A veces cazas al oso y otras…, de Tim Pratt

Tim Pratt —autor que desde hace tiempo ya no necesita presentación en Cuentos para Algernon— ha sido de nuevo el más votado en nuestra Gran Encuesta Anual, la quinta, en esta ocasión. Y no solo eso, sino que además ha hecho doblete: Pequeños dioses se ha impuesto en la categoría de relato y él mismo ha hecho lo propio en la de autor. Así que, gracias a vuestros votos, hoy tenemos aquí otro de sus maravillosos cuentos.

A veces cazas al oso y otras… (Sometimes You Get the Bear) es un relato que hasta el momento solo han podido leer los mecenas de Tim de su Patreon (que aprovecho para recordar en qué consiste: por tan solo un euro al mes, recibiréis un nuevo relato inédito suyo todos los meses), aunque sí que va a estar incluido en su próxima colección, Miracles and Marvels: Stories, que está previsto se publique antes de final de 2019. Este volumen recopilará lo mejor de su ficción breve de estos últimos seis años. Así que de nuevo los seguidores de este blog tenéis la oportunidad de disfrutar de un cuento que hasta ahora tan solo un puñado de privilegiados había podido leer. Espero que no dejéis pasar la oportunidad porque estoy convencida de que esta historia emotiva, original e inclasificable no os va a defraudar.

Una vez más quiero dejar constancia de mi enorme agradecimiento hacia Tim, que a lo largo de estos más de seis años siempre se ha mostrado totalmente receptivo ante mis peticiones. Gracias a su amabilidad y generosidad esta ya es la séptima obra suya que se publica en Cuentos para Algernon. Y quiero agradecerle que me haya permitido traducir esta historia en concreto, que a mí me llegó muy dentro. Once again, thanks a million, Tim!

Y, por último, me gustaría dedicar este cuento a Jorge, dado que lo he elegido y traducido pensando en él.

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A veces cazas al oso y otras…

Tim Pratt

Conocí al cazador la noche en que murió mi madre. Yo también trabajaba en un centro de cuidados paliativos, pero no en el que ella había pasado sus últimos meses: no habría podido sobrellevarlo. Sin embargo, sí que conocía a algunos médicos y empleados del hospital donde estaba ingresada y, como muestra de cortesía hacia un compañero, la trataban especialmente bien. No había mucho que se pudiese hacer por ella, salvo asegurarse de que continuara recibiendo sus analgésicos y esperar. Mi madre había empezado con un cáncer de pulmón años atrás y, tras pasar por varias etapas de tratamiento y remisión cada vez con menos éxito, era ya tan solo cuestión de tiempo el que el oso viniera a por ella.

Yo no debía cruzar la línea de cinta amarilla del suelo —no es seguro, cuando están tan cerca del fin—, pero a pesar de ello me acerqué apresuradamente, besé su mejilla caliente y ajusté el gotero de morfina. Luego me retiré a la esquina más alejada de la habitación y esperé.

El oso llegó minutos después. Naturalmente que yo ya lo había visto muchas veces: policías, soldados y profesionales sanitarios son quienes más se topan con el oso cara a cara. La mayoría de la gente solo llega a verlo por televisión o en fotografías… hasta que se lo encuentran en persona, por supuesto.

Mientras se acercaba, el oso profirió un sonido de irritación, a medio camino entre gruñido y bufido. Su figura inmensa y torpe apareció en el umbral, que traspasó a duras penas para entrar en la habitación. Si la puerta es demasiado pequeña o está cerrada a cal y canto, el oso atraviesa las paredes: nada detiene su avance. Es grande, más de lo que te esperas, siempre. Apesta a pelaje húmedo y a algo terroso y almizcleño. Los científicos aseguran que parece tratarse de un oso de las cavernas macho: Ursus spelaeus. Mide unos dos metros setenta y cinco centímetros de la nariz a la cola y su altura al hombro es de casi metro ochenta. El pelaje es mayormente pardusco, pero su corto hocico es gris, y cuando abre las fauces se ven unas mandíbulas repletas de dientes. Yo había velado catorce lechos de muerte, por lo que había contemplado el interior de esa boca catorce veces; cerca del centro tenía un diente roto y el resto amarilleaban.

Todos los demás osos cavernarios se extinguieron hace veinticuatro mil años, pero ni que decir tiene que este es eterno. Alrededor de ciento cinco seres humanos mueren cada minuto, así que yo sabía que el oso se hallaba también en otros cien lugares de la Tierra, haciendo esto mismo a otras personas. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Recordatorio/sugerencias Premios Ignotus 2019

Como es habitual por estas fechas, se acaba de abrir el plazo para votar candidatos para los premios Ignotus 2019 convocados por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, así que también un año más por estas fechas ya está aquí la entrada repasando las obras publicadas en Cuentos para Algernon que, si os han gustado lo suficiente, podéis votar por cumplir el resto de condiciones necesarias.

Lo que no cambia de un año a otro, es que tanto el blog como la última antología, en este caso, la sexta, Cuentos para Algernon: Año VI, son nominables en las categorías de Mejor sitio web y Mejor antología, respectivamente. Si todavía no habéis leído la antología, esta puede ser la excusa perfecta para que os animéis a ello. Como siempre, podéis descargarla gratuitamente en diversos formatos aquí.

Pasemos al apartado de los relatos, que es un pelín más complicado, dado que no todos los incluidos en la sexta antología pueden ser candidatos. Rex, de Laird Barron, Antes y después, de Ken Liu y Más allá de Paraparapara, de Rhys Hughes, no son nominables, puesto que aparecieron en el blog en 2017.

El resto de los cuentos incluidos en la antología sí que pueden optar al Ignotus 2019, y son los siguientes 15 títulos (los detallo en el orden en que se incluyen en la antología):

. Renacido, de Ken Liu
. La paradoja de la señora Zenón, de Ellen Klages
. El azogue, de Jeff Noon
. Das Steingeschöpf, de G. V. Anderson
. Algo que a lo mejor no sabíais sobre Vera, de J. Robert Lennon
. Cese y desistimiento, de Tyler Young
. Amor Vincit Omnia, de K. J. Parker
. Érase una vez un pueblo…, de Eliza Victoria
. La ecuación del trébol negro, de Zach Shephard
. La chica picadillo, de Ian R. MacLeod
. Carta, de Tim Pratt
. Telomerasa, de Ian Muneshwar
. Masacre en el pícnic del monte Frost, de Seth Fried
. Amarillo muerto, de Tanith Lee
. Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan, de Ian McDonald

Dejando a un lado el autobombo, me gustaría destacar también las dos últimas antologías editadas por Mariano Villarreal, Ciudad nómada y otros relatos y El viento soñador y otros relatos, dado que son estupendas y además en ellas se incluyen varios relatos de autores de este blog (Jeffrey Ford, Ken Liu, Tim Pratt, Caroline M. Yoachim, Maureen F. McHugh y Mike Resnick).

Y, en el apartado de revista, creo que Supersonic no debería ser olvidada, y no solo porque en ella hayan aparecido dos excelentes relatos traducidos por mí (La antigua ley, de Lavie Tidhar, y Artificio e inteligencia, de Tim Pratt, ambos también nominables en la categoría de Mejor relato extranjero), sino porque sin duda es una de las publicaciones más interesantes dedicadas a estos géneros.

Si vais a votar en los Ignotus, espero que esta entrada os resulte útil para tener claro qué contenidos del blog pueden optar a estos premios y para recordaros alguna lectura que a lo mejor se os había quedado en el tintero. Y, si no vais a votar, espero que os pueda servir para descubrir alguna obra que os proporcione unos minutos u horas de disfrute, dado que eso es lo más importante y la finalidad principal de todos los premios: descubrir obras de calidad, leerlas y disfrutarlas.

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Cuento motivacional, de Eric James Stone – Especial ultracortos XVI

Eric James Stone es un autor estadounidense que compagina la escritura con su trabajo como informático. A lo largo de los quince años que lleva escribiendo de manera regular, ha publicado una novela y más de cincuenta relatos en diversas antologías y revistas del género. Algunos de sus cuentos han sido asimismo reunidos en la que por ahora es su única colección, Rejiggering the Thingamajig and Other Stories. Aunque posiblemente su relato más popular sea That Leviathan, Whom Thou Hast Made, ganador del premio Nebula y nominado al Hugo en 2011, el que vais a poder leer a continuación es un ultracorto, subgénero del que es asiduo cultivador.

Cuento motivacional (Motivational Story) se publicó en 2014 en la revista online Daily Science Fiction. Se trata de un texto de difícil clasificación y, aunque si bien es cierto que siendo estrictos no podría considerarse ni ciencia ficción ni fantasía, difícilmente se puede encuadrar dentro de la «literatura realista», de ahí que crea que encaja perfectamente en este blog y en este especial, porque con sus alrededor de 700 palabras sí que cumple de sobra la condición de la extensión. En cualquier caso, me parece que lo mejor es no adelantar nada más, salvo que espero que os guste y cumpla su misión. 😉

Por último me gustaría agradecer a Eric su amabilidad por permitirme tener aquí su cuento. Pero en esta ocasión lo voy a hacer en español, porque al ser su padre argentino él creció hablando tanto español como inglés. Muchísimas gracias, Eric, por compartir tu relato con los lectores de Cuentos para Algernon.

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Cuento motivacional

Eric James Stone

Empiezas a leer un relato y te das cuenta de que está en segunda persona y en presente, como en una de esas historias de Elige tu propia aventura. Pero este no es el caso. De hecho, este cuento está escrito en formato epistolar: es un mensaje de mí para ti. He elegido este método de comunicarme contigo porque es discreto y siempre puedes hacer oídos sordos aduciendo que no es más que un relato.

¿Que quién soy? Bien, soy un escritor, eso es obvio. Pero la pregunta más importante es: ¿quién eres tú? Y la respuesta es: tú eres el protagonista de la obra en la que ahora mismo estoy trabajando, una novela sobre… Bueno, no quiero destripártela.

Por ahora te está resultando difícil suspender tu incredulidad. Piensas que es totalmente inverosímil que estés viviendo en una novela en proceso de escritura. Quieres que te lo demuestre. Me parece razonable: yo pensaría eso mismo si estuviese en tu lugar.

Si realmente yo fuese tu autor, entonces conocería tu pasado. Conocería cosas sobre ti que nunca has contado a nadie. Y podría escribir una de esas cosas en el siguiente párrafo, dirigiéndome expresamente a ti por tu nombre, y entonces estarías seguro de que soy tu autor.

Sin embargo, no lo voy a hacer por dos motivos. El primero: tú no eres la única persona que está leyendo este cuento, y sería bastante embarazoso para ti en tu mundo que los demás que leyesen esto descubrieran determinados aspectos de tu vida. Y lo que es todavía más importante: la certeza de ser el protagonista de la novela que alguien está escribiendo sin duda cambiaría tu proceder. Por ejemplo, sabrías que no podías morir (al menos no hasta que el devenir de tu vida hubiese alcanzado un cierto clímax dramático), y no deseo que hagas gala de un comportamiento injustificadamente peligroso que te conduciría a situaciones de las que sería yo quien tuviese que sacarte con mi pluma.

Entonces ¿por qué mandarte este mensaje?

Bueno, resulta que no eres exactamente el personaje que esperaba que fueses cuando empecé a escribirte.

No me malinterpretes: eres una buena persona con muchas cualidades admirables. También tienes defectos que te humanizan, lo que está bien. No te estoy criticando como persona. Te estoy criticando como protagonista de mi novela. Y tienes que reconocer que la historia de tu vida hasta el momento tampoco es que huela a superventas en potencia.

Bien, tal vez pienses que no está bien que te critique como personaje por no vivir una vida que dé para un superventas. «Ese es un problema de la trama —podrías decir—. Si mi vida no es digna de una novela es porque tú no le has dado a mi vida una trama digna de una novela».

Tienes razón. Confieso que no soy de los que planifican. Soy más bien uno de esos escritores que van descubriendo todo sobre la marcha, así que no sé con exactitud hacia dónde se encamina esta obra, y es muy probable que termine descartando los dos primeros capítulos, que he escrito fundamentalmente para familiarizarme contigo como personaje.

Ahora que ya sé qué clase de persona eres, me he topado con un problema. En un futuro muy cercano te enfrentarás a una decisión en la que una de las opciones te sacaría tanto de tu terreno conocido que parece poco realista que pudieses optar por ese camino. Pero esa es la opción que tienes que elegir para llegar a embarcarte en la aventura de tu vida (o a lo mejor en varias aventuras, si mi agente consigue llegar a un acuerdo con la editorial para una serie de varios libros).

Por eso estás leyendo esto: para que pueda incluir una línea sobre cómo habías leído hacía poco un cuento brillante (vale, aquí estoy cargando un poco las tintas) que te hizo plantearte cómo a veces es necesario decantarnos por opciones que nos saquen de nuestro elemento. Es tu motivación para hacer algo que de otra manera podría no encajar del todo en el personaje.

Ahora que has leído esto, confío en que tomes la decisión de elegir tu propia aventura.

Gracias y ¡buena suerte!

(La vas a necesitar.)

 

Copyright © 2014 Eric James Stone

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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Dígitos, de Robert Shearman

Robert Shearman es un escritor inglés de cuentos, obras de teatro y guiones de radio y televisión. Tal vez algunos lo conozcáis porque estuvo invitado en el festival Celsius hace unos años (y aquí lo podéis ver en acción) o porque ha firmado el guion de un episodio de la serie Doctor Who que fue nominado a los premios Hugo, pero para este blog su faceta más interesante es la de autor de ficción breve. Sus docenas de relatos están recopilados en cinco colecciones, con las que ha conseguido numerosos galardones de primera fila, como el World Fantasy, el Shirley Jackson y tres British Fantasy.

En 2015, nuestra añorada Fata Libelli publicó Homo homini lupus, un estupendo volumen con una selección de ocho de cuentos de Robert (descatalogado desde la desaparición de la editorial) y creo ahora mismo ninguno de sus relatos está disponible en español. Cuando decidí tratar de poner remedio a esto, lo que no esperaba es que Robert no solo accediese a cederme uno de sus cuentos, sino que además me ofreciera leer su futura sexta colección, We All Hear Stories, por si me apetecía traducir alguno inédito y de este modo tener una premier mundial en Cuentos para Algernon. Como esta era una ocasión que no creo se vuelva a repetir, decidí no dejarla escapar y hoy este blog tiene el grandísimo honor de publicar Dígitos en primicia mundial. 😀

Como digo, Dígitos (Digits) es un relato incluido en We All Hear Stories in the Dark, una mastodóntica colección que está previsto sea publicada por PS Publishing a lo largo de 2019. We All Hear Stories in the Dark es un tanto peculiar, y no solo por sus más de 1000 páginas: es una especie de homenaje a Las 1001 noches, pero con una estructura tipo Elige tu propia aventura. Me explico: al terminar cada cuento se nos van a ofrecer cinco caminos (cinco relatos) por los que seguir adelante, para que optemos por uno u otro en función de lo que nos apetezca en ese momento, de nuestra reacción ante el cuento que acabamos de terminar, de nuestras opiniones… El objetivo es navegar por ese laberinto y conseguir llegar al final del libro habiendo pasado por todos y cada uno de los 101 relatos. Si se logra, el protagonista recuperará a su esposa fallecida, y habremos leído un libro distinto al que han leído todos los demás lectores. Dígitos es el número 44 de estos cuentos, una deliciosa historia en la que se combinan matemáticas y alquimia con grandes dosis de humor, aunque con un tono bastante menos oscuro de lo que suele ser habitual en este autor. Espero que os guste tanto como a mí.

Vaya por último mi enorme agradecimiento para Robert, por haberme permitido disfrutar en primicia de su colección (que me ha proporcionado muchas horas de diversión) y elegir de entre todos sus cuentos el que más me apetecía traducir y compartir con todos vosotros, y, sobre todo, por la extraordinaria amabilidad (además de paciencia y sentido del humor) que ha demostrado en todo momento. Thanks a million, Robert!

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Dígitos

Robert Shearman

Matthew Partis era el mejor alquimista del reino; en efecto, como Alquimista Real, eso era un hecho demostrable mediante pruebas empíricas. Sin embargo, él no creía que ser el mejor implicase necesariamente ser bueno. Al rey de Inglaterra le gustaba el oro y le había dicho que quería montones, y que su única meta diaria era trabajar en su laboratorio con ese objetivo. Matthew bregaba con tinturas, compuestos y matraces de formas tan extrañas que su propio reflejo en ellos —en el que su rostro parecía combarse hasta mutar en algo sobrenatural e inhumano— lo dejaba estupefacto. Y tras todos esos años de experimentos, el número de éxitos cosechados se aproximaba a un total de casi exactamente cero patatero; fracaso digno de admiración por su regularidad infalible. Lo único que se le pedía era transformar metal vulgar en oro. Y no lo había hecho. No era capaz. Su padre, el alquimista real que le había precedido, tampoco lo había llegado a lograr; no obstante, Matthew Partis sabía que sus dotes alquímicas eran inferiores a las de su progenitor; cuando su padre fracasaba, se las arreglaba para fracasar… mejor.

A Matthew Partis ni siquiera le gustaba el oro, eso era lo irónico del asunto. El hierro le gustaba, y mucho; le gustaba el cobre, le gustaba el estaño y sentía una admiración secreta por el zinc. El oro le parecía demasiado ostentoso, demasiado vistoso. Y sin embargo soñaba con oro todas las noches, soñaba con encontrar una finísima escamilla de oro descansando sobre el fondo de sus tubos de ensayo —y entonces podría solicitar audiencia al rey inglés, entregarle su descubrimiento y anunciar: «Mirad, señor, os traigo vuestro oro, ¡tanto oro como alcancéis a imaginar!», y el rey le estaría agradecido y el rey se mostraría generoso y el rey incluso tal vez le devolviese a su esposa.

Porque su esposa le había sido arrebatada de su lado hacía más de un año, y ahora ella vivía en algún lugar recóndito en las entrañas del palacio. Y él solo tenía a su hija por compañía. Y su hija era amable, le sonreía todos los días y le decía que le quería y que tenía fe en él, y le preparaba sopa. Y a lo mejor eso era suficiente. A lo mejor podía vivir con eso, vivir feliz, al fin y al cabo.

Un día, Matthew Partis fracasó tan espectacularmente en su intento por fabricar oro a partir de vulgar metal que obtuvo algo por completo distinto. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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