Marzo, Abril, mayo, de Malcolm Devlin

Malcolm Devlin es el pseudónimo que el diseñador gráfico y escritor Vince Haig utiliza para firmar sus obras literarias. Malcolm, que aunque es inglés en la actualidad reside en Australia, empezó a publicar relatos en 2014, y desde entonces ya se han podido leer un par de docenas de cuentos suyos en diversas antologías y revistas ―recopilados en su mayoría en dos colecciones: You Will Grow Into Them y Unexpected Places to Fall From, Unexpected Places to Land―, además de un par de novelas cortas, la última de las cuales, And Then I Woke Up, os recomendaba recientemente por aquí.

Marzo, Abril, mayo (March, April, May) se publicó originalmente en la antología 2084, editada por George Sandison (Unsung Stories, 2017). En ella, un puñado de escritores imaginaba cómo puede ser nuestro mundo cuando alcancemos ese año tan significativo. Sin embargo, salvo por algunos pequeños detalles salpicados por la historia, el relato de Malcolm se siente como algo tan inquietantemente cercano que no sería de extrañar que lo tengamos a la vuelta de la esquina, o que incluso ya lo estemos viviendo en su mayor parte. En cualquier caso, espero que este cuento, su primer obra traducida al español, despierte vuestro interés hacia este autor. De todas maneras, me gustaría señalar que tal vez este relato no sea demasiado representativo de su obra, ya que aquí nos encontramos ante una historia de ciencia ficción pura y, aunque no sea la única que ha escrito, la mayor parte de sus cuentos son más oscuros y extraños, y encuadrables a la perfección en la categoría de literatura weird.

Y, por supuesto, no puedo terminar esta presentación sin agradecerle a Malcolm que haya accedido amablemente a compartir con todos nosotros su estupendo relato. Thanks a million, Malcolm!

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Marzo, Abril, mayo

Malcolm Devlin

Si nos remontamos hasta el mismísimo origen, el motivo por el que Abril desapareció fue por no actualizar la imagen de su perfil en The Space.

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Después de que la noticia de la bomba en Skopie fuera aprobada, compartida y difundida, el resto de nosotros actualizamos nuestra foto del perfil para incluir la banderita en la esquina como muestra de apoyo. Publicamos breves comentarios o vídeos expresando nuestra repugnancia hacia los autores del atentado, nuestra solidaridad con las víctimas. Nuestras cronologías se llenaron de sentimientos idénticos manifestados por la gente de costumbre; nosotros les dimos me gusta diligentemente y los compartimos, sin dejarnos ni uno. Durante un lapso de veinticuatro horas, The Space se convirtió en un muro homenaje a gente que jamás habíamos conocido.

No era más que un pequeñísimo gesto, y así es cómo se hacían estas cosas.

Abril no utilizaba The Space así, jamás lo había hecho. Tenía principios, nos decía siempre que le preguntábamos. Tenía sus propios principios. Utilizaría The Space como le saliera de las narices.

Desde que alcanzábamos a recordar, la imagen de su perfil había sido la misma: una fotografía de un maneki-neko, con la pata derecha en movimiento, animada toscamente mediante un bucle de cuatro imágenes.

«Yo no actualizo mi imagen para representar a ninguna plataforma —escribía a modo de explicación—. Y me refiero a absolutamente ninguna plataforma. Jamás sigo a ninguna empresa, ni siquiera sigo a la empresa para la que trabajo. No me gusta nada que solo me vaya a ofrecer publicidad. Eso no es lo que significa el verbo ‘gustar’.»

Era verdad. A veces, después de que hubiera dedicado una de sus entradas a reafirmar concisamente su postura, pinchábamos en su perfil, solo para ver ese formal mensajito del sistema informando de que «Abril2063 aún no ha indicado que le guste nada. ¿Por qué no le sugieres algo que pudiera interesarle?». Así era The Space, siempre a la búsqueda de nuevas maneras de animar a sus usuarios a traicionarse entre sí.

Todos los demás tenemos páginas y páginas de cosas por las que hemos demostrado algún tipo de interés, bien por amor bien por lealtad. Abril no tenía ni empresas ni famosos ni películas ni series de televisión ni juegos ni razas de cachorritos ni lugares emblemáticos ni dietas de moda ni citas motivacionales ni letras de canciones sentimentales. Cuando le preguntábamos qué pensaba su empresa sobre su decisión de no seguirles, contestaba con una ilustración realizada por ella misma: una fábrica de las de antes con más o menos la forma de un puño; la chimenea de ladrillo rojo, un dedo corazón levantado vomitando humo negro.

Abril utilizaba The Space como le salía de las narices. Al menos así lo hizo hasta que desapareció.

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Cuando decimos que Abril desapareció, nos referimos a que murió, desde luego.

Aunque jamás publicaríamos algo insinuándolo. Sería demasiado negativo y a la gente no le gustan los mensajes negativos en The Space.

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A veces deambulamos por el perfil de Abril como quien va de romería. La buscamos en nuestras cronologías y observamos cómo, a medida que transcurren las semanas, su nombre se hunde más y más abajo en la lista de todas las Abriles del mundo, ordenadas por contactos, actividad, estatus, fecha de alta… Pero continuamos visitando su perfil solo para asegurarnos de que, al menos en cierto modo, ella sigue aquí.

A veces, cuando estamos desconectados y sobrellevando una noche de insomnio, no es descartable que miremos el disco azul mortecino de la Interfaz más cercana, que palpita suavemente en la oscuridad.

—Escucha —decimos, y observamos cómo el disco reacciona y su brillo se expande ligeramente.

—Te escucho —responde la Interfaz, con tono neutro.

Le pedimos que lea en voz alta la entrada más reciente de Abril y ella obedece obedientemente. Abril jamás eligió ni grabó una voz para su perfil, así que utiliza por defecto un sonsonete monótono y artificial que suaviza el sarcasmo de Abril, que hace sonar sus últimas palabras amargas y taciturnas.

Nadie le dio me gusta ni dejó ningún comentario en su momento, así que la entrada sigue allí, como la inscripción en un monumento, con cuatro meses de antigüedad ya, sola y desnuda. A veces, cuando la releemos, nos preguntamos si estamos buscando una pista que nos confirme qué le sucedió a Abril, y acto seguido cerramos la página y borramos nuestro historial para poder fingir que nadie sabrá jamás que hemos estado allí.

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«Que os den a todos —decía el último mensaje—. Me largo a la marcha, putos lemmings. Os veré al otro lado.»

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No es que no nos importe. Todos echamos de menos a Abril. Siempre se le ocurrían las cosas más divertidas para compartir y difundir. Era ilustradora. Posiblemente profesional, creíamos nosotros, o al menos era una artista del collage. Mezclaba secuencias de la sección de noticias y las convertía en algo soberbio y obsceno. Sentía debilidad por los juegos de palabras malísimos. A veces escribía artículos breves sobre sucesos de actualidad, lo que de por sí ya era algo bastante inusual. En The Space, a la gente no le gusta demasiado publicar entradas sobre noticias. En parte porque son poquísimos los que reaccionan de manera positiva, en parte porque activan las arañas —esos pequeños algoritmos que clasifican los artículos en función de la veracidad de los hechos, y luego sopesan las opiniones que contienen y muestran los sesgos detectados mediante una serie de iconos que no dejan lugar a dudas—. Como otras muchas funcionalidades de The Space, estos iconos son útiles —de hecho, en absoluto son algo baladí—, pero son mojigatos y distraen. Y lo que es más importante: las arañas jamás han sido capaces de diferenciar como Dios manda realidad de sátira, de suerte que a casi todas las entradas de Abril les agregaban pequeños avisos circunspectos.

«Advertencia: Este contenido es falso», aseguraban, y nosotros hacíamos caso omiso, porque Abril era divertida e inteligente, y mucho más amena de lo que The Space parecía tolerar con comodidad.

Lo más normal era que sus entradas no fuesen en absoluto políticas, aunque incluso así encontraba manera de poner a prueba la paciencia de los algoritmos y escandalizarlos. Como aquella vez que se esforzó hasta extremos ridículos por defender la teoría de que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en realidad trata sobre la búsqueda del clítoris por parte del hombre. «El protagonista sigue el río prohibido por la jungla tenebrosa para poder sacudir al tipo calvo en la canoa». Y la ilustraba con capturas de pantalla de Apocalypse Now, y podéis imaginaros lo que queráis, que aquello fue muchísimo peor… y muchísimo mejor.

«Advertencia: Este contenido es falso», declararon las arañas, lo que no fue óbice para que asignaran alegremente a las fotografías anatómicas la etiqueta «Marlon Brando». Y, como Abril había utilizado palabras conflictivas, también incluyeron una encuesta.

«Cuestionario: ¿Te parece ofensivo este contenido? Sí / No», decía el mensaje. Las barras del gráfico indicaban que el resultado se inclinaba hacia el «Sí», así que todos pinchamos prestamente el «No» hasta que sus tamaños se invirtieron.

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Kai dice: «Abril era una provocadora».

Mako dice: «A todos nos gustan los provocadores cuando sabemos que están de nuestro lado».

Billy K dice: «Provocadores S. A. es la mejor consultora mundial de selección de personal. Actualiza tu perfil en The Space y gana dinero».

Mako dice: «¡Cierra el pico, Billy! La gente de verdad está hablando».

Todos damos me gusta. Hasta Kai.

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Abril trabajaba con imágenes y pasaba mucho tiempo en The Space, porque ahí es donde terminan la mayoría, ya sea por un camino u otro. Todo lo que los usuarios de The Space suben es etiquetado y guardado y, si decides que quieres incluir una imagen en una entrada, puedes buscar entre todo lo que ha sido subido hasta ese momento. Les puedes aplicar filtros y añadir texto, o animarlas con las herramientas disponibles. Puedes convertirlas en pequeñas películas o tiras cómicas con bocadillos de diálogo. Cualquier imagen que haya sido subida puede ser utilizada libremente dentro de The Space por los usuarios. Las empresas tienen la opción de pagar un canon si desean emplearlas en su propia publicidad. Resulta extraño ver cómo nuestras propias fotografías vuelven a nosotros convertidas en anuncios.

El problema es que tienes que saber lo que estás buscando, y esto era algo que fascinaba a Abril.

«No creo que sea algo premeditado, pero The Space está definiendo nuestra manera de ver las cosas», aseguró en una de sus entradas.

Naturalmente que existen algoritmos para reconocer rostros y logotipos de marcas, pero no es solo eso. The Space utiliza la manera en la que los usuarios asignan etiquetas a las imágenes para identificar todo lo demás. Se trata de una de esas IA recursivas que parece ir volviéndose más inteligente según le proporcionamos más información. Gana confianza con cada imagen que devora. A medida que acumula datos, deja de hacerte tímidas preguntas del tipo de, «¿Es esto una manzana?», y empieza simplemente a asignar la correspondiente etiqueta a todas las manzanas que es capaz de localizar, haciendo recaer sobre los usuarios la responsabilidad de señalar sus errores. Luego comienza a subdividir, evoluciona de la categorización de «Manzana (¿tipo?)» a «Manzana (¿fuji?) y a «Manzana, fuji», y se sumerge cada vez más profundamente en el inesperado océano de diferencias entre deformes circulitos rojos, amarillos y verdes, a la caza de pegatinas medio desprendidas en las pieles, realizando deducciones lógicas sobre lo que son.

«El problema es la perspectiva —afirmaba Abril—. Y la percepción. El problema también es la percepción.»

Abril sostenía que, como la mayoría de los usuarios de The Space se hallaban en la Tierra y, de estos la mayor parte era en concreto de los Estados Unidos, todos los términos eran viejas palabras terrícolas y, en particular, norteamericanas. Si buscabas una «casa», solo ibas a encontrar fotografías de viviendas estadounidenses: bloques bajos en el extrarradio, mansiones en los barrios más antiguos del centro… incluso esos caserones coloniales tan característicos del sur de país —posiblemente ya inundados todos ellos a estas alturas—, que solo se veían en las películas antiguas. Podías añadir calificadores a la búsqueda a fin de profundizar más, pero el defecto de «casa» para The Space era de diseño terrestre y norteamericano; todas las demás eran secundarias. El software de traducción empleado por The Space y las funcionalidades del corrector ortográfico y la autocorrección agravaban el problema.

«Y probad a buscar ‘mujer’ —propuso Abril—. Todas son blancas, todas son jóvenes, todas son guapas. Buscad también ‘hombres’ y ‘niños’. Lo mismo. Estamos enseñando a The Space a ver y, como no estamos prestando atención, ya lo hemos hecho mal.»

Es de conocimiento público que, hoy en día, todo equipo fotográfico está conectado a The Space, así que a cualquier fotografía que tomas mediante tu Interfaz o implante se le asignan etiquetas automáticamente: fecha y hora, localización, personas y objetos que aparecen, condiciones climatológicas, etcétera; y la información es almacenada y catalogada en los metadatos. Sin embargo, aún resulta posible manipular imágenes viejas.

Para demostrarlo, Abril colgó una fotografía de un extraño objeto y nos pidió que lo identificásemos. Se trataba de un helicoide hecho de tallos de planta amarillos, trenzados bien apretados, que formaban una figura geométrica que se retorcía sobre sí misma. Se asemejaba a un bastón corto y curvado, con una cinta atada en un extremo.

«Es una muñeca de la cosecha», dijo Abril, una vez agotados todos los chistes sobre la apariencia fálica del objeto y desestimadas todas las advertencias automáticas sobre contenido posiblemente ofensivo. «Es un amuleto que acostumbraban a confeccionar en los pueblos de Gran Bretaña y Europa alrededor de la época de la cosecha del trigo. Los diseños varían de unas regiones a otras. Ahora probad a buscar una foto de una en The Space. ‘Muñecas de la cosecha’. Venga. A ver qué encontráis.»

Encontramos imágenes de campos: espigas, pacas, tractores… Encontramos instantáneas de muñecas de trapo de mejillas sonrosadas. Todos encontramos el mismo puñado de fotografías en las que se combinaban ambas cosas. Ninguna coincidía con la imagen que Abril nos había mostrado.

«¿Veis a lo que me refiero? Esto es algo que The Space desconoce. Es ancestral. De una cultura ajena. El lenguaje de The Space no alcanza estas profundidades. Es una imagen obsoleta, que convierte a la historia en algo asimismo obsoleto. Nadie buscará este concepto si la gente solo comprende su mundo a través de The Space.»

Abril propuso una idea: «Veamos si podemos enseñar algo nuevo a The Space».

«Todos necesitamos conocer lugares nuevos —respondió Billy K—. ¿Os habéis planteado alguno la posibilidad de elegir un destino extraterrestre para vuestras vacaciones?»

Abril tenía varias fotografías de muñecas de la cosecha con distintos diseños. Nadie le preguntó de dónde las había sacado. Las subió, las dejó en una carpeta y nos pidió que nos las descargásemos, las manipuláramos para que no fueran exactamente el mismo fichero y luego las subiéramos de nuevo.

«Vamos a ponerles una etiqueta de algo que no son.»

Pidió sugerencias, pero no le convenció la trivialidad de nuestras propuestas. Necesitábamos algo menos obvio, nos dijo, algo que ya no fuera de uso habitual.

«’Marcio’ —sugirió. Había buscado en un grupo desconocido dedicado al vocabulario tradicional perdido—. Es un nombre arcaico del mes de marzo. Viene de Martĭus, el nombre en latín de Marte, el dios de la guerra. También significa ‘marcial’.»

«¿Marzo?, ¿Martĭus?, ¿del latín? —dijimos—. Uf.»

Ya nadie estudiaba latín, nadie que conociéramos había estudiado latín ni conocía palabras como esa. De modo que el término había quedado huérfano, nadie sabía que quería decir marzo, carecía de significado; pero Abril tenía razón, sonaba como si efectivamente lo tuviera.

Así que todos subimos las fotografías y les asignamos la etiqueta diligentemente. A lo largo de los siguientes meses, «marcio» se fue convirtiendo paso a paso en una palabra, y la muñeca de la cosecha se convirtió en un marcio.

«Nos hemos adueñado del lenguaje de The Space —dijo Abril—. Naturalmente que esto ya tiene precedentes. Es bastante habitual que las palabras pasen a incorporar nuevos significados culturales. Pensad en la historia de términos como ‘dictador’ o ‘terrorista’. Una vez, el dueño de un teatro de Dublín apostó a que podía introducir en el inglés una palabra inventada. Y lo consiguió. Empapeló con ella toda la ciudad, hasta que los propios habitantes le proporcionaron una definición. Funcionó.»

Le preguntamos qué palabra fue.

«La palabra inglesa quiz, que significa, ‘cuestionario’ —respondió Abril—. Él inventó esta palabra en el siglo xviii. ‘Marcio’ es el ‘quiz’ de nuestros días. Ya lo veréis.»

Y así fue. Los algoritmos arácnidos revisaron nuestras entradas, wikis y conversaciones públicas y privadas, de las que solo habíamos falseado una pequeña parte. The Space reunió una página con definiciones y la llenó de referencias a fuentes, como acostumbraba a hacer cuando detectaba suficientes ejemplos distintos de una etiqueta, cuando encontraba un término empleado las veces suficientes en conversaciones. Hizo malabares con los significados contradictorios que estableció a partir de nuestros intercambios de opiniones sobre la broma, de las definiciones y ejemplos de uso inventados que habíamos puesto por escrito, sopesando unos frente a otros. Completó la página con las fotografías de las muñecas de la cosecha de Abril y citas tomadas de las definiciones que nosotros mismos habíamos sembrado. La información que tenía del marcio superaba a la de las muñecas, de suerte que esta quedó en un segundo plano frente a la primera.

Abril compartió los resultados con orgullo.

«Señoras y caballeros —anunció—. En un acto de rebeldía contra el sistema, hemos inventado el consolador de mimbre. ¡Viva la revolución[1]

«Cuestionario: ¿Te parece ofensivo este contenido?», preguntó The Space.

Por supuesto que no nos lo pareció, estábamos eufóricos.

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Algunos de nosotros creemos que Abril murió por algún problema de salud que nos ocultó y jamás mencionó en sus entradas. Todo el mundo habla de su salud en The Space. De todos sus chequeos y medicaciones, y de hasta su más ínfima inquietud. Los síntomas son puestos en común y discutidos antes de consultar una cara IA médica. El asunto va más lejos. Nuestros llevables e implantes pueden grabar nuestras cifras de azúcar en sangre y presión arterial. El gráfico de nuestro ritmo cardiaco palpita bajo nuestra fotografía de perfil —incluso en el caso de Billy K—. Ante cualquier irregularidad, es posible enviar una notificación a las autoridades sanitarias registradas más cercanas, y, mientras estás siendo tratado, se muestra el logotipo de tu proveedor de atención sanitaria.

En la página del perfil hay una pestaña en la que se reflejan todas esas cifras, cada usuario reducido a una página de estadísticas como si fuese un personaje generado para algún tipo de juego de rol.

Abril jamás tuvo un llevable, y por supuesto que nunca tuvo un implante. Algunos de nosotros creemos que seguramente los tendría, pero está claro que jamás los utilizó. La línea plana de su ritmo cardiaco bajo su maneki-neko siempre fue motivo de orgullo para ella.

Algunos nos preguntamos si no sucedería algo más. De tanto en tanto, se oyen historias de esas. Cuando estamos en The Space no las creemos; ahora bien, en privado, a solas, dormidos y desconectados, a veces pensamos que a lo mejor sí las creemos. Historias de gente desaparecida, gente muerta, gente encerrada en habitaciones de paredes blancas hasta que comprende. Ni que decir tiene que son meras historias, que se filtran por las grietas, como las que se narran en los fuegos de campamento. Y, cuando nos despertamos, borramos nuestro historial de sueños, para poder fingir que nadie lo sabrá jamás.

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Cuando decimos que Abril murió, nos referimos a que fue suspendida, desde luego. En The Space, la muerte puede ser algo de lo más transitorio y embarazoso; por lo general, provocado por un fallo en la red o un error de hardware. Una página que lleva un determinado tiempo sin actualizarse podría considerarse muerta, un grupo con actividad mínima podría considerarse moribundo.

Podrían haberle restringido el acceso por haber contravenido las condiciones de servicio. Algunos estábamos seguros de que se las habría leído con lupa a la búsqueda de maneras de poner patas arriba el sistema de algún modo que la hiciese reír. Las aguas hubieran vuelto a su curso si hubiera esperado un poco y mostrado el arrepentimiento oportuno, pero Abril utilizaba The Space como le salía de las narices.

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Uno de los principios básicos de The Space era que en él no existían fronteras. Nuestra ubicación geográfica está grabada en nuestro perfil, al igual que determinada información personal sobre nuestras raíces culturales y familiares, incluida la relativa a religión, raza y demás; sin embargo, ninguno de estos datos se difunde, y, a las entradas en las que se admiten detalles de esta índole, los algoritmos suelen asignarles prioridad baja, conque en realidad nadie las ve. Podemos publicar mensajes en nuestro idioma y dialecto maternos, y The Space traducirá lo que decimos para los demás, de manera que es posible hablar entre nosotros como si todos estuviéramos en la misma habitación. No es una traducción perfecta, pero, tal como se vienen degradando la sintaxis y la gramática en la red, cada vez resulta más y más difícil ver las costuras. En general, sí que es posible adivinar en qué parte del mundo está la gente a partir de sus horas de conexión, y también te puedes imaginar quién está en la Tierra y quién no; sin embargo, ni siquiera esto es del todo infalible: algunos amigos que habíamos dado por sentado que se hallaban en la otra punta del globo en realidad solo habían ajustado sus ciclos temporales a fin de coincidir con otros usuarios en The Space. La gente hace este tipo de cosas, más de lo que uno se esperaría.

Ese es uno de los motivos por los que, más allá de las informaciones procedentes de fuentes de noticias aprobadas, en The Space nunca se hayan alentado demasiado los intercambios sobre política —al menos en su primera época—, que al ser algo tan local ayuda a ubicar a los usuarios, lo que The Space ha tratado de evitar desde sus orígenes. Es ridículo esperar que a los demás les vaya a gustar algo que en absoluto es relevante para ellos. Sin embargo, de tarde en tarde surge algo, y resulta imposible mantenerse al margen.

Sin fronteras. Suena extraño, pero es uno de los aspectos que contribuyó al éxito inicial de The Space: «Todo el mundo es ciudadano de The Space —decía la primera publicidad—. Todos son bienvenidos, nadie está excluido». Se suponía que la gente dejaría atrás los mundos en los que se habían movido hasta entonces y forjarían otros nuevos en los que el género, la raza y la clase serían en gran parte irrelevantes. Mundos en los que no importaría en qué rincón del universo estuvieses varado, en los que todos tendrían la misma categoría.

Para quienes gusten de ver las cosas con perspectiva histórica: se trataba de la misma promesa del primer internet, resucitada y desempolvada; había sido una promesa ingenua cuando se empezó a echar mano de ella en los primeros chats y mundos virtuales, y no lo era menos ahora. Las diferencias culturales y los distintos puntos de vista no se eliminan con tan solo aparentar que no existen. No obstante, The Space se adaptó, arrolló con una beligerancia benevolente, con su absoluto y carismático convencimiento de que podría convertir el mundo en un lugar mejor con tan solo fingir que las cosas malas ya no existían.

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La bomba de Skopie mató a cinco personas e hirió a otras dieciséis. Su objetivo era un repetidor de una red de telecomunicaciones al sur de la ciudad y, como consecuencia, la conexión en las inmediaciones se ralentizó y funcionó a paso de tortuga durante al menos las tres horas siguientes. La noticia se filtró poco después del mediodía, con un hilillo de testimonios e imágenes de los testigos colándose por los márgenes de The Space, pero nadie publicó ni compartió nada específico sobre el asunto hasta que los algoritmos de verificación acreditaron que el incidente era en efecto una noticia genuina. Entonces sí que aparecieron fotografías, entonces sí que aparecieron vídeos. Entrevistas a testigos, comentarios, preocupación palpable.

Era un suceso terrible, y nos volcamos en él.

Brotaron banderas macedónicas en las imágenes de nuestros perfiles como si el sol estuviera despuntando en todas ellas; brotaron muestras de repulsa, de simpatía, de indignación concisa y bien medida.

Como siempre, uno de los grupos neoluditas se responsabilizó del atentado. Los desconectados, tal vez, o a lo mejor Los desenchufados. En su mayoría eran intercambiables y tenían eslóganes similares: «Destruyamos The Space», «La libertad es individual», «Desconéctate, despierta y abre los ojos». Consideraban que The Space era demasiado grande, demasiado inmanejable, que ponía demasiada información y demasiados datos en un número demasiado reducido de manos.

Abril no actualizó su imagen de perfil. Su maneki-neko agitaba la pata, cuatro instantáneas cada vez, aún sin añadido alguno.

«De quienes estáis leyendo esto, ¿alguno estáis cerca de Skopie? —preguntó—, ¿o tenéis familia o amigos allí?». El tono de la entrada era escéptico, desagradable, y no tuvo ninguna respuesta ni ningún me gusta hasta que Abril la desarrolló con otra más extensa ese mismo día.

«Lo pregunto porque todo esto se me antojan respuestas condicionadas. Actos reflejos ante determinado tipo de noticia. No dudo de la sinceridad de nadie, pero, de manera inconsciente, estamos enseñando a The Space a anticipar este tipo de reacción ante noticias como esta. ¿Nos da miedo que no se nos vea publicando nuestras muestras de repulsa? ¿Nos da miedo que The Space descarte nuestras entradas si lo hacemos? ¿No será esto un ciclo de comportamiento que nos está siendo enseñado?

»Estamos etiquetando imágenes de una atrocidad. Justo eso es lo que nosotros estamos enseñando a comprender a The Space.»

Y más tarde aún, hubo otra entrada:

«Yo jamás he tenido ninguna conexión directa con los lugares en los que han sucedido todos estos incidentes de los que nos han llegado noticias —dijo Abril—. No dudo de que algo sucediera. No dudo de que hubiese heridos y muertos, pero encuentro muy extraño que, siempre que ocurren estas cosas, todo el mundo habla de lo conmocionado que se siente, pero nadie dice, ‘Yo lo vi, sucedió cerca de donde estaba’, o, ‘Le pasó a un amigo mío’. No sé… Se supone que The Space une a la gente, pero, en momentos así, me siento más aislada que nunca.»

Silencio de nuevo, y la entrada fue sumergiéndose en nuestras cronologías, con su peso aportándole una brusca velocidad mientras se hundía y desaparecía.

Al rato, Abril publicó otro comentario más.

«El año pasado, cuando fui a casa durante las vacaciones, coincidí con una persona en una reunión familiar no virtual (somos parientes, pero casi nunca nos vemos). También está en The Space, aunque aquí no nos relacionamos. Me preguntó por una bomba que había estallado en Londres. De nuevo neoluditas. Pero yo no había visto nada sobre el asunto en The Space. En ningún momento había aparecido en mi cronología. Fui retrocediendo y busqué. Incluso miré en algunos de los sitios externos de noticias, pero no encontré nada.»

Algunos respondimos, aunque de manera escueta. Menciones a las sospechas habituales de sesgos en las fuentes externas de noticias. A algunos nos pareció detectar el germen de otra de las bromas de Abril y fuimos prudentes para no acabar en su punto de mira. También estaba la cuestión del buen gusto. Abril había rozado la frontera en el pasado, pero rara vez se había mostrado cruel, rara vez había hecho comentarios personales.

Algunos le leímos la cartilla. Con amabilidad, pero con firmeza.

«Murió gente, Abril. Un poco de respeto», le recriminó Mako.

Comentario que concitó numerosas demostraciones de aprobación, muchas más que la entrada original de Abril.

«Demasiado pronto. Y con mucho», añadió Kai.

Casi oíamos el rechinar de sus dientes mientras Abril les iba contestando.

«Ya sé que hubo muertos —escribió bajo el comentario de Mako—. No estoy cuestionando eso. Solo estoy haciendo lo que siempre he hecho. Cuestiono la manera de catalogar estas imágenes. Cuestiono lo que nos están mostrando. Cuestiono quién está enseñando a quién, y qué.»

«Ahora mismo, lo que tú pienses es algo secundario», señaló alguien, pero ella ya estaba ocupada respondiendo a Kai.

«Demasiado tarde», escribió. Y, a pesar de todo, muchos le dimos me gusta. Porque, al fin y al cabo, sonó a la antigua Abril.

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Una vez le preguntamos sobre la imagen de su perfil. Era la misma desde que se había unido a The Space, y ella llevaba de alta más tiempo que la mayoría.

«Es muy popular —dijo—. Incluso quienes no conocen realmente su origen, están al tanto de algún aspecto del mismo. Para ellos, es un gato; y habrá quienes también sepan que simboliza la buena suerte. Se lo ve en tiendas, moviendo la pata para animar a entrar a los transeúntes. Sin embargo, en la mayoría de los países occidentales, la codificación de la imagen (la manera en que las distintas culturas la interpretan) es diferente. Como tiene la pata vuelta hacia fuera, se presume que está despidiéndose, no invitando a entrar.»

Le dimos me gusta, aunque a veces nos preguntamos si todos sabíamos por qué. Sonaba a Abril siendo Abril, y en ocasiones eso bastaba.

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Unas semanas después de que Abril fuera suspendida, Kai publicó una entrada en la que aseguraba haber sido testigo del atentado.

«La bomba de Londres —dijo—, eso que Abril negó creer que hubiese sucedido… pues sí que sucedió. No he querido publicar nada antes porque no me apetecía que la tomase conmigo. Ya sabéis que cuando se lanza no hay quien la pare. Pero yo estaba allí.»

Era extraño que Kai reconociese algo así, el haber estado en una ubicación física concreta, y era una sorpresa comprobar que a la entrada no le habían asignado una prioridad baja. En cualquier caso, Kai apoyó sus palabras con un puñado de imágenes montadas en un vídeo: un edificio arrasado por las llamas, un rostro ensangrentado, una borrosa multitud de curiosos mirando. También publicó un fichero de sonido grabado con su móvil: sirenas.

«Abril estaba equivocada —aseguró—. Y si estaba equivocada en esto, entonces también lo estaba en todo lo demás. No estoy diciendo que me alegre de que ya no esté, pero no podemos olvidar que se equivocó en esto.»

No respondimos gran cosa. De hecho, todos nos acordamos de cuando Abril había acusado a Kai de ser un bot como Billy K.

Fue hace ya unos años. Él había empezado a echar humo, en su momento resultó divertido.

—Los bots son tontos —había dicho él—. Mirad a Billy, se limita a parlotear sin ton ni son. No se implica en nada.

—Pero también es lo bastante inteligente como para no dejar nunca comentarios en nada que pudiera considerarse polémico, ni darle me gusta —le había replicado Abril—. Es más listo de lo que crees. La idea es que resulte obvio que Billy es un bot. No está ahí para vendernos nada, está ahí para hacernos subestimar lo inteligentes que son las verdaderas IA de The Space.

Probablemente no fue más que una broma, pero así y todo…

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Cuando decimos que Abril fue suspendida, nos referimos a que fue desconectada, desde luego.

Lo uno lleva a lo otro, suponemos. Una desconexión es una suspensión prolongada. A la muerte le sigue la oportunidad de la resurrección; la desconexión es una condena más definitiva. Abril no publicó nada más, no respondió a nada más. Algunos tratamos de llamarla directamente a través de nuestras Interfaces.

—Escucha, llama a Abril2063 —pedimos—. Averigua si está bien.

El disco azul fluctúa unos instantes antes de responder:

—No contesta. ¿Quieres dejar un mensaje?

No decimos nada y, al rato, la Interfaz pasa a modo de espera; su luz se contrae y pulsa, pero en todo momento sigue allí.

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Abril quería organizar una marcha de protesta.

—Deberíamos hacer algo que se viera —propuso—. Algo tan grande y notorio que sea imposible pasar por alto.

Muchos estuvimos de acuerdo con ella; lo planteó de tal manera que lo hizo sonar excitante, aunque, con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, sospechamos que probablemente fue porque en realidad no entendíamos lo que estaba pidiendo. En cierta manera, dimos por sentado que se había embarcado en otra de sus bromas, y la idea nos atrajo. Aunque solo fuese porque era una manera de recuperar a la vieja Abril. Así que recurrimos a los instrumentos habituales del buen activista. Las peticiones que se firmaban con un clic; el formulario generador de cartas de protesta; la aplicación que te permite asignarte una determinada ubicación en un momento concreto y, de ese modo, crear concentraciones virtuales. También existía un simulacro creado mediante RV al que nos podíamos conectar todos a la vez.

La idea de Abril era otra.

—Esto tenemos que hacerlo fuera de la red —dijo—. Tenemos que ir más allá de decir lo tristes, apenados o enfadados que estamos. Lo tenemos que sacar de The Space y ver si The Space deja constancia de ello de algún modo. The Space nos está mintiendo de un modo u otro. Está ocultándonos cosas. Solo nos muestra lo que quiere que veamos. Lo que tenemos que hacer es organizar algo que no pueda pasar por alto. Así es como la gente solía hacer las cosas. Esto lo deberíamos montar cien por cien a la antigua usanza.

Su mensaje fue recibido con desconcierto. Nadie le dio me gusta porque nadie lo llegó a entender.

—No todos estamos en el mismo lugar —dijo Mako—. Ni siquiera estamos todos en la Tierra. Carecemos de licencias. De papeles. ¿Cuánto dinero te crees que tenemos?

—Pues nos reuniremos donde estemos. Grupos locales, protestas locales. Haremos lo mismo en todos los sitios. Y si solo estáis online, dadle publicidad, compartidlo, pasadlo a quienes no se hallen en vuestro caso. The Space está por todas partes y nosotros también. En todos los lugares, nuestra proclama será la misma: «The Space miente». Los recopiladores de noticias de The Space deberían detectar los distintos incidentes y correlacionarlos, salvo que sean una auténtica patata.

—Suenas como los neoluditas —la acusó Mako.

—Ellos son el hombre del saco. Fíjate en lo que hacen y pregúntate si tiene sentido. Son villanos de tebeo.

—Son terroristas.

—A lo mejor. Puede ser. Signifique lo que signifique esa palabra.

—¿De eso va la protesta?

—Esto no es una protesta. Es una declaración. Es lo mismo que lo del marcio. Si un número suficiente de nosotros participamos, si un número suficiente de nosotros hablamos de ello, entonces The Space tendrá que aprobarlo y difundirlo.

—¿Quieres salir en las noticias? —preguntó Kai.

—Quiero poner a prueba los metadatos que The Space aplicará a la noticias.

Ninguno respondimos a esto. Todo sonaba un poco excesivo, incluso para Abril. Algunos empezamos a revisar las condiciones de servicio, otros buscamos información sobre la legalidad de ese tipo de concentraciones presenciales.

Y, como la mayoría de las cosas presenciales, no parecía nada práctico.

Dimos largas al asunto, y el mensaje de Abril entró en una espiral descendente y cayó por nuestras cronologías hasta perderse de vista. En su lugar, aparecieron las agradables distracciones habituales de The Space ―los cotilleos, las bromas, los toma y daca, los bandazos que daba el mundo a nuestro alrededor―, y todos nos entregamos a ellas felices y aliviados.

Abril se mantuvo en sus trece. Empezó a publicar imágenes del último atentado y a etiquetarlas con «Skopie». Luego fue más lejos y publicó instantáneas de atrocidades anteriores que encontró en su sección de noticias. Todas ellas las etiquetó de la misma manera: «Skopie», «Skopie», «Skopie». Ninguno dijimos nada, así que ella siguió adelante. Fotografía tras fotografía tras fotografía.

Abril también continuó dale que te pego con lo de la marcha, como si ninguno de nosotros hubiera expresado inquietud alguna sobre la misma. Ella continuó indagando por su cuenta. Eligió una fecha a finales de mayo y todo el mundo recibió su invitación: un pequeño recordatorio que nos aparecía insistentemente en el buzón. También averiguó las mejores maneras de viajar para los que estaban en la Tierra y para los que no, las mejores rutas, los lugares más visibles para las protestas. Preparó un documento con toda la información que había recopilado sobre cómo reunirnos en distintos lugares de los distintos mundos.

Sobre todo publicó fotografías que había encontrado de marchas de protesta del pasado. Riadas vertiginosas de figuras humanas portando pancartas, carteles y banderas. Y de nuevo las etiquetó de manera subversiva.

Empezó a publicar la misma imagen una y otra vez: una instantánea en blanco y negro de una multitud de finales del siglo xx. Parecía una foto analógica escaneada y subida a la red, y no tenía la suficiente resolución para que se pudiera sacar mucho más en claro.

«Verdad», etiquetó Abril la imagen la primera vez que la publicó. «Violencia», la etiquetó la segunda vez. Luego, «Esperanza», «Insurrección», «Amor», «Ira», «Comunidad», «Deslealtad».

No os creeríais la de veces que la llegó a publicar.

Lo dejamos pasar. Todos lo dejamos pasar, y su público fue reduciéndose hasta terminar desvaneciéndose por completo. Alguien publicó la imagen de perfil de Abril y la etiquetó «gilipollas». Hicimos caso omiso igual que hacíamos caso omiso de las entradas de Abril, que no eran ni inspiradoras ni divertidas, que ni siquiera eran ofensivas, tan solo plúmbeas. Nadie les daba me gusta, a nadie se le ocurría responder, así que simplemente aparecían para acto seguido desaparecer, destellos de la excentricidad de Abril, chispas de su desesperación creciente que descendían flotando hasta perderse de vista.

Sabíamos que era inevitable que The Space acabara interviniendo en algún momento. The Space era un lugar diseñado para facilitar el intercambio de opiniones, así que no era sorprendente que una voz solitaria gritando de manera aislada hiciese saltar alguna alarma del sistema. A su benigno modo, The Space vio un problema y trató de resolverlo de la manera más sencilla.

«Que os den a todos. Me largo a la marcha, putos lemmings. Os veré al otro lado», publicó Abril.

«Cuestionario: ¿Te parece ofensivo este contenido? Sí / No», preguntó The Space.

No todos respondimos que sí. Abril era nuestra amiga. No queríamos ser los que no la entendían, no queríamos ser los que la estaban apartando a un lado.

Para quienes no respondimos que sí, el cuestionario incluyó una segunda pregunta:

«No has marcado ‘Me gusta’ en ninguna de las interacciones de Abril2063 en The Space desde el jueves 24 de mayo. ¿Deseas continuar viéndolas? Sí / No»

No todos dijimos que no.

No sabemos cómo maneja The Space las cifras. No sabemos qué proporción de usuarios debe manifestarse en un sentido para que llegue a tomar una determinada decisión. Utilizando sus propios términos: se limita a supervisar y personalizar nuestras cronologías, a hacer que sean más relevantes para nuestra experiencia individual. Los suficientes debimos de responder que «no» para que Abril fuera desconectada.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando decimos que Abril fue desconectada, en realidad no es eso lo que queremos decir, desde luego que no.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Al principio, el silencio en el rincón de Abril viene acompañado por un extraño alivio, e incluso aquellos de nosotros que votamos «sí» sentimos como si la atmósfera se hubiese aligerado un poco, como si las cosas hubieran vuelto a ser de nuevo como antes. Eso es lo que nos pareció entonces. Como si la normalidad hubiera sido reconstruida alrededor de la ausencia dejada por Abril con su marcha. Continuamos viviendo nuestra vida en The Space como antes, y la única diferencia es la falta de esas novedades que aportaba Abril: fotografías nuevas, historias nuevas, animaciones y vídeos nuevos. El día de la marcha de protesta, todos miramos la sección de noticias con interés, pero no se aprueba nada, no se informa de nada, no se comparte nada.

«Bueno, ¿qué esperabais? —dice Mako—. The Space miente, ¿no?»

Ninguno estamos seguros de si habla en serio o en broma.

En privado, todos nos preguntamos si Abril ha llevado a término su largamente acariciado plan. No nos cabe en la cabeza que haya podido desistir, incluso sin su público. Nos la imaginamos en algún lugar, bien abrigada contra el esmog, portando una pancarta que exhibía algún juego de palabras tonto, y gritando, gritando, gritando…

La Abril de carne y hueso es una criatura más triste y extraña que la que conocíamos.

Alguien dibuja una caricatura de la escena, como habría hecho ella, pero nadie se pone de acuerdo en qué aspecto tendrá Abril en realidad. Billy K es el primero en darle me gusta. Propone algo sobre vender copias cobrando una comisión de lo más razonable, lo que ni que decir tiene que es una tontería, pero es como si su comentario nos hubiera dado permiso para hablar de ella. Como si fuera una señal indicando que podemos volver a respirar sin peligro.

Dice Mako: «Anoche tuve un sueño. Vi el maneki-neko de Abril hundiéndose en el mar. Su pata se movía con ese clonc-clonc-clonc suyo. Y pensé, no está saludando, no se está ahogando, ¡nos está llamando!».

Dice Kai: «A lo mejor resulta que, al final, el bot era Abril. Puede que no desde siempre, sino desde hace poco; The Space le canceló la cuenta y la remplazó con un bot. Era un algoritmo para poner a prueba nuestra lealtad. Urdió su propia disidencia para ver quiénes éramos tan débiles como para seguirla».

Nos reímos de él. ¡Disidencia! Solo es The Space, decimos. La idea es ridícula. Sería como rebelarse contra un electrodoméstico de la cocina.

Dice Kai: «Abril contravino las condiciones de servicio. ¿Qué pensabais que iba a pasar?».

Y, por suerte, lo deja ahí. Todo el asunto es demasiado negativo y en The Space a la gente no le gustan las entradas negativas.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

¡The Space miente!

Naturalmente que no publicamos eso. Pero sí que lo pensamos con más frecuencia de la debida. Pensamientos, sueños, los únicos lugares en los que The Space no puede enjuiciarnos y determinar la mejor manera de proporcionarnos contenido, la mejor manera de personalizar y perfeccionar nuestra experiencia.

Miramos el perfil de Abril, fingiendo que nadie puede vernos, y, aunque comprobamos que permanece inalterado, nos preguntamos cómo lo verá ella. Ninguno dudamos de que sigue conectada, pero sí que nos preguntamos si alguien ―y de ser así, quién― continúa reparando en su presencia a estas alturas.

¿Sigue escribiendo pese a todo?

¿Sigue siendo Abril?, ¿sigue publicando imágenes, chistes, montajes de vídeo, opiniones polémicas y diatribas?

¿Es la misma Abril de siempre actuando ante una sala vacía?

Ya no pertenece a nuestro círculo, y lo agradecemos, pero a lo mejor eso significa que forma parte de otro. Con otra gente que la aprecia como, por lo visto, nosotros ya no somos capaces. Amigos que la toman en serio, un público que cree lo que dice y para el que hasta la última de sus palabras cuenta.

«Olvidadla —dice Kai—. Es como un virus. Os hará dudar, os hará descontrolaros, y a no mucho tardar también vosotros tendréis encuestas bajo vuestras entradas.»

«Advertencia: este contenido es falso», asegura The Space.

¿Sabe Abril cómo han cambiado las cosas? A lo mejor ahora está rodeada de bots que le impiden enterarse de nada. A lo mejor son bots recién programados, disfrazados con nuestros perfiles. Versiones benignas de todos nosotros para que no se desmadre: Kai, Mako y todos los demás. A lo mejor incluso otra versión de Billy K. Bots que solo verá ella, que asienten, ríen y están de acuerdo con hasta la ultimísima cosa que hace. Su The Space propio y personalizado, que la mantiene feliz y lejos de donde podría ofender o resultar peligrosa.

O a lo mejor no hay nadie escuchando, nunca. The Space es todo. The Space lo sabe todo. The Space solo desea lo mejor para nosotros. Su atención resulta intrusiva, pero su apatía es aterradora.

A solas, apagamos nuestro terminal para la noche y buscamos el mortecino brillo azul de la Interfaz más cercana.

«Escucha», decimos, y, a veces, la falta de confianza hace fallar nuestra voz un instante y tenemos que repetirlo: «¡Escucha!».

Y esperamos, una pausa acompañada por un zumbido antes de que la luz azul se expanda ligeramente como un iris dilatándose.

«Te escucho», dirá The Space.

«Gracias —decimos—. Perdona. Vuelve al modo de espera, por favor». Y la luz se atenúa un poco, pero permanece allí, mortecina, a la espera de nuestra próxima orden.

Entonces ya dormiremos profundamente —el gráfico de nuestro ritmo cardiaco palpitará bajo nuestra imagen de perfil, la banderita continuará izada en solidaridad con las noticias que no comprendemos del todo—, sabedores de que The Space está escuchando. «¡Menos mal! ―pensamos―. The Space está atento a todo lo que hacemos».

Abril utilizaba The Space como le salía de las narices.

Nos permitimos un momento de duda, y luego lo borramos todo, para poder fingir que nadie lo sabrá jamás.

Copyright © 2017 Malcolm Devlin

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto


[1] En español en el original.Volver

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3 respuestas a Marzo, Abril, mayo, de Malcolm Devlin

  1. JascNet dijo:

    Buenos días, Marcheto.
    Un relato que, bajo su apariencia de Fantasía, transmite un sobrecogedor aviso, más que una ficción.
    Poco le quedan a las Redes Sociales para convertirse en controladoras y manipuladoras de la población. En el relato la gobierna una, aparente, IA, pero quién sabe quiénes se ocultan tras la censura de nuestros mensajes; quiénes controlan, escuchan y supervisan todo lo que publicamos y, lo peor, a dónde llegará este control.
    La verdad es que da mucho miedito, pero se percibe como inevitable.
    Muchos lo catalogarán como Ciencia Ficción de Anticipación. Yo, directamente, de Terror tecnológico. 🤦🏻‍♂️😟

    Me ha encantado la forma de contarlo, con la subjetividad del narrador, y dejando a los personajes en la neblina de nuestra interpretación, sobre todo, el de Abril. Hay un curioso contraste de emociones, entre empatías, recelos e indiferencias.

    Muy significativas estas frases de la volatilidad del contenido de las Redes:
    «… la entrada fue sumergiéndose en nuestras cronologías, con su peso aportándole una brusca velocidad mientras se hundía y desaparecía».
    «Durante un lapso de veinticuatro horas, The Space se convirtió en un muro homenaje a gente que jamás habíamos conocido».

    A propósito, ¿tiene algún significado subliminal que los meses de Marzo y Abril estén en mayúsculas y, sin embargo, mayo, no? ¿Es quizás una metáfora de que la chica no llegará al siguiente mes? 😅 (No es sarcasmo, es curiosidad 😊)
    Muchas gracias, como siempre, por permitirnos disfrutar de esta historia en castellano. Me gustaría leer más de este autor, pero, al menos de momento, queda fuera de mi alcance y dominio del inglés. 😜
    Un abrazo.

    • marcheto dijo:

      A mí me pasa también como a ti, que casi lo veo más de terror que de ciencia ficción, porque mi sensación es que en gran parte ya lo estamos viviendo, seamos o no conscientes de ello. Y el resto lo tenemos a la vuelta de la esquina. Me alegro de que te haya gustado.
      En cuanto a lo que comentas de los meses tiene una explicación sencilla. Marzo está con mayúscula por ser la primera palabra del título; Abril, por ser el nombre de ella. Y mayo, en minúscula porque simplemente es el nombre del mes, que en español se escriben con minúscula. Como curiosidad, en inglés «March» significa tanto «marzo» como «marcha». Y hace referencia a la marcha que está organizando Abril. Como en español no tenía ese doble sentido pero quería mantener el título, tuve que buscar alguna manera de justificarlo. Y encontré lo de «Marcio», porque en el original la palabra arcaica que utilizan no tiene nada que ver con marzo, pero no tenía equivalente en español, así que de todas maneras tenía que cambiarla por otra. Se lo comenté al autor y le pareció bien. Así que ahí conseguí colar la referencia a «marzo» que justifica su aparición en el título. A veces toca trampear un poco los textos originales. 😉
      Y, por supuesto, muchas gracias por tu interesante comentario.

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