Sí, yo conocí al comodoro venusiano, de Mark Valentine – Esp. Cuentos de película IX

Mark Valentine es un autor inglés del que ya tuve el placer de publicar un relato en Cuentos para Algernon hace un par de años, el nostálgico y evocador Los mascarones del último imperio. Aunque su nombre siga sin ser demasiado conocido por aquí, él sigue escribiendo relatos y ensayos, y editando libros y revistas. Por suerte, este especial de Cuentos de película me sirve de excusa perfecta para ofreceros una nueva muestra de sus peculiares historias.

Sí, yo conocí al comodoro venusiano (Yes, I Knew the Venusian Commodore) se publicó en 2015 dentro del volumen Strange Tales V, quinta entrega de la interesante serie de antologías Strange Tales, editadas por Rosalie Parker. Y sin duda encaja a la perfección dentro de ella, dado que tal vez el adjetivo que primero me viene a la cabeza para definir esta historia inclasificable sea «extraña». Sobre su argumento tan solo diré que el cine desempeña un papel importante, de ahí que asimismo sea perfecta para nuestro especial Cuentos de película. Espero que os guste.

Como seguro que más de uno estáis deseando conocer ya a este enigmático comodoro venusiano, dejadme tan solo que dé las gracias a Mark por sus maravillosas historias y por su amabilidad en todo momento, y, sin más dilación, ya podéis pasar a disfrutar del relato. Thanks a million, Mark!

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Sí, yo conocí al comodoro venusiano

Mark Valentine

No necesitaba demasiado maquillaje: su aspecto ya era de suyo extraño. Ese cabello rubio brillante, corto y engominado, apelmazado contra el cráneo; en contraste con las cejas tupidas, oscuras y extremadamente arqueadas. Las delicadas aletas nasales, que siempre parecían estar temblando, y el mentón triangular, casi tan puntiagudo como un obelisco. Lo único que hicieron para la película fue empalidecerle aún más la cara, y pintarle un par de galones con forma de uve invertida en las mejillas. De por sí, su figura era esbelta y sus dedos largos, y cuando impartía altaneramente instrucciones a sus tropas o a los cautivos terrícolas, todo su cuerpo parecía señalar y ordenar. El efecto tan solo se disipaba un tanto por su manera de caminar pomposamente por el plató ataviado con la túnica azul de seda de imitación que se le pegaba al cuerpo, y la capa morada, con fruncidos y cuello alto.

Venus nos invade era el título de la película, y él interpretaba al comodoro venusiano al frente de la flota invasora. Respondía ante el almirante —calvo, de labios finos y ojos pequeños y brillantes, interpretado por Roderick Fox en uno de sus últimos papeles—, que se encontraba en un palacio hecho de cubos rosas en su propio planeta. Se comunicaban mediante un enlace visual, que consistía en un triángulo alargado, con un brillo pulsante cuando estaba activado. La consigna de Fox era: «Debemos demostrarles nuestro poder», proferida con la frente arrugada y abundantes salpicaduras de saliva, ante la que el comodoro siempre respondía con una enérgica sacudida de cabeza y el saludo venusiano, un revoloteo veloz y complejo de los dedos. Sin embargo, incluso con todos estos recursos efectistas y exagerados, su interpretación tenía algo que te mantenía paralizado por una fascinación malsana. Todas las escenas que se desarrollaban en la superficie terrestre —separaciones de amantes, héroes cuyos planes se veían frustrados, torres de yeso que se desplomaban, mares embravecidos y rayos que surcaban los cielos por encima de ruinas sobrecogedoras— se toleraban solo porque estabas esperando con impaciencia la reaparición del comodoro, siempre implacable con sus subordinados, y desdeñoso ante los mensajes que le llegaban de la Tierra ofreciéndole armisticios, rehenes y riquezas.

Por cierto, el nombre que a lo mejor estáis tratando de recordar —haciendo memoria de los títulos de crédito borrosos que discurrían a toda prisa por la pantalla, y de aquel gesto iracundo suyo, con la mirada clavada en la cámara con toda su rubia insolencia— era Tritón. Por aquel entonces, estaba de moda entre algunos actores de culto emplear solo un nombre, sin apellido alguno: Leonardo, Sabrina, Zena… No tengo ni idea de a quién se le ocurrió Tritón, pero cuajó, y a él le gustaba utilizarlo también en su vida privada. No parecía tan extraño, no en sus círculos: total, casi nadie usaba su nombre auténtico, y algunos —y a lo mejor él podría haber sido uno de ellos— tenían motivos para mantenerlo oculto. Vida nueva, nombre nuevo.

Y la pregunta cuya respuesta desea conocer un puñado de cinéfilos perspicaces es: ¿por qué no apareció en ninguna otra película? Bueno, en ninguna salvo, tal vez, en otra, porque existe una secuela dirigida por él mismo mucho después. Apenas nadie puede presumir de haberla visto, y tampoco se tiene la certeza de que exista una copia íntegra. Pero yo he visto escenas, tanto durante la realización como después. Ayudé con el guion. No con el argumento, que él ya tenía pensado con pelos y señales. Solo con el diálogo, que era casi en su totalidad en off, y limando alguna aspereza en las transiciones entre escenas.

¿Qué película era esa? Todos contra Marte. Naves procedentes de todos los puntos del sistema solar tratan de poner fin a la guerra disparando rayos de amor sobre el planeta rojo. El comodoro venusiano, con más años y sabiduría, es ahora el Almirante General de Todos, y está al mando de la flota que bombardea Marte —con fragancias, ráfagas de aire balsámico, música dulce y «equilibradores kármicos», unas acariciadoras olas azules—. Cada una de estas emanaciones se muestra con planos lentos y temblorosos, que él insistía en mantener mucho más tiempo del que cualquier público —con la excepción, quizá, del más vanguardista y de arte y ensayo— jamás soportaría. Lo único que se ve son susurrantes corrientes de colores. Y la acción escasea. El efecto sobre Marte se limita a primeros planos de brillantes rostros escarlatas que mudan los adustos ceños fruncidos en sonrisas radiantes, y largas tomas de ágiles mancebos y doncellas marcianos arrancándose las ceñidas corazas de papel de aluminio mientras, en las alturas, el comodoro asiente en señal de aprobación.

La pista de por qué no apareció en ninguna otra película de los estudios tras Venus nos invade se encuentra en su papel en aquel proyecto sobre Marte y en sus ideas sobre el mismo. Jamás se presentó a audiciones y rechazó los papeles que le ofrecieron. Tenía un trabajo más importante que realizar. Había empezado a creer que realmente estaba recibiendo mensajes de Venus. Aseguraba que una inteligencia de ese planeta descendía sobre él y hablaba y escribía a través suyo. Cuando esto sucedía, su voz y caligrafía no tenían nada peculiar, eran las suyas, las de siempre. Sin embargo, lo que comunicaban no provenía de él, sino de una mente privilegiada que existía en el éter del planeta del amor de una manera que él no alcanzaba a comprender. Tanto se había concentrado, como actor, en el papel del comodoro, que una criatura venusiana auténtica había sentido las fuerzas desatadas y había establecido contacto para dilucidar este asunto, es decir, para aclarar que los venusianos no tenían las miras puestas en la Tierra y tan solo aspiraban a guiarnos en el camino del amor. Y esta iba a ser la misión de Tritón a partir de entonces: explicar esto.

Bueno, se podría pensar que todo era un plan, que se había dado cuenta de que era un actor de culto, una novedad y poco más, y se figuraba que algún día los trabajos actorales podían llegar a faltarle. ¿Por qué no explotar el exotismo de su aspecto y su indudable atractivo para redirigir su carrera hacia los beneficios que se podían obtener en el campo del perfeccionamiento espiritual? La Era de Acuario ya casi estaba entre nosotros, y la gente buscaba gurús por doquier. Lo que él tenía que ofrecer era una agradable mezcla de sentencias armoniosas con un tranquilizador mensaje de que no estamos solos y una certeza serena y extraña. El estrambótico origen de la historia podría de hecho aportarle un cierto atractivo, incluso credibilidad, a los ojos de algunos.

Yo no creo que él estuviera en esto por dinero. Cuando lo veías en acción dominado por ese ser era imposible no pensar que parecía sincero; y, a decir verdad, como actor tampoco era nada del otro mundo. El segundo motivo estriba en que no empezó a comportarse como un gran y sabio gurú. Siguió frecuentando los mismos pubs del Soho londinense, bebiendo sus empalagosos cócteles de ginebra y licor de grosella negra; luciendo una camisa beige festoneada con dientes de león malvas, y un pañuelo escarlata de gasa; teniendo algún que otro amiguito, alguna que otra amiguita (se sentía cómodo en ambos casos); y fumando cigarrillos búlgaros que adquiría en un peculiar quiosco de Belgravia, un barrio del centro; y ni fingía tener virtudes sublimes ni negaba sus vicios.

No obstante, en paralelo con esta vida bastante ajetreada y con pocas pretensiones, también celebraba lo que llamaba sus «veladas», una vez cada pocas semanas, durante las que era visitado por la Inteligencia Venusiana. Las mismas tenían lugar en su piso, y para asistir se requería invitación. Algunos de los miembros de su propio círculo solían acudir, pero también acostumbraban a asistir personas a las que jamás habría dado alas en otras circunstancias: mujeres con aire agresivo ataviadas con chaquetas y faldas gruesas y recios zapatos de cuero planos; serios jóvenes de barba frondosa con jerséis negros; escépticos gafotas y alopécicos, con grabadoras y las uñas mordidas. A todos se les ofrecía té en aquellas tazas disparejas de porcelana que él tanto apreciaba, y galletas de mantequilla de su marca favorita. Y, cuando el tintineo de las tazas y el crujido del mordisqueo de las pastas se acallaban, tañía un pequeño gong birmano que un admirador le había regalado, y sus invitados se sumían en el silencio.

Entonces él empezaba, con bastante calma y claridad, a recitar las noticias de Venus, o a escribirlas en un rimero de folios color crema que tenía ante él. Después, miraba a los presentes, como ligeramente sorprendido de verlos allí, parpadeaba varias veces y extendía las manos. Las conversaciones se reanudaban poco a poco mientras él se levantaba y empezaba a circular entre los invitados. Jamás pedía dinero, aunque había personas que le dejaban con discreción alguna pequeña cantidad en la repisa de la chimenea; y en una mesa del pasillo había un puñado de octavillas impresas en papel barato, pero nada más.

Si intentó rodar Todos contra Marte fue por los mensajes, por supuesto. Lo que tenían que decir no era solo para el círculo que se reunía en su piso: el mundo entero tenía que tener conocimiento de ello. Y la mejor manera de lograrlo era recurriendo al medio que mejor conocía, aunque saltaba a la vista que la película no iba a conseguir que los espectadores acudiesen lo que se dice en masa a las salas. A algunos de sus viejos amigos todo ese rollo de que «Venus habla» les sacaba de quicio, y trataron de convencerlo de que lo dejara, pero lo único que consiguieron fue una de esas miradas que podían detener a un terrícola en cualquier situación. Todavía contaba con el suficiente prestigio en el negocio como para reunir un equipo decente y, a la postre, la mayoría de nosotros trabajamos gratis o a cambio de una vaga promesa de un pago futuro, lo que acabó siendo lo mismo. Nos dábamos cuenta de lo importante que era para él. No obstante, se produjeron los retrasos, percances, pataletas y golpes de mala suerte habituales en cualquier rodaje, y él empezó a pensar que estaba siendo víctima de una conspiración.

—Marte tiene agentes aquí —me aseguró.

Yo creí que lo decía metafóricamente, de modo que le seguí la corriente.

—Por todas partes —dije, pero entonces vi el frío fuego de sus ojos—. «Debemos demostrarles nuestro poder» —cité, restándole importancia.

Por su manera de asentir con la cabeza, brusca y enérgicamente, al principio creí que me estaba siguiendo el juego, retomando su papel ante la pantalla triangular, pero entonces él añadió, en voz muy baja y con gran solemnidad:

—Y nuestro poder es el amor. Nosotros lo sabemos.

Tritón me caía la mar de bien, así que no le veía ningún sentido a ponerme a discutir con él sobre sus creencias. Si nos paramos a pensarlo, un montón de las obsesiones que tiene la gente en realidad son igual de raras: el golf, la moda, los coches, los cotilleos e incluso el cine. Tan solo estamos matando el tiempo.

Cuando escribí algunos de los discursos de los plenipotenciarios interplanetarios —sí, él insistía en que así se llamaban— para Todos contra Marte, se mostró de lo más satisfecho. Me dijo que casi era como si yo mismo estuviera canalizando los mensajes de los planetas exteriores. Yo me limité a sonreír y a comentar que lo más seguro era que se debiese al efluvio de su influencia, una posibilidad que pareció tomarse bastante en serio. Tengo que reconocer que las palabras me salían con más facilidad de lo habitual, pero yo pensaba que se debía a lo tremendamente insustanciales que eran.

Algunos fans entusiastas de Venus nos invade se preguntan si algún día llegaremos a ser testigos del regreso de Tritón. Ha sucedido con otros actores veteranos de clásicos que en su momento fueron pasados por alto y que ahora son muy apreciados por los cinéfilos. Alguien los localiza y lleva a eventos y convenciones, y ellos disfrutan con el revuelo levantado y la pasta embolsada. Sin embargo, Tritón no va a aparecer en ningún acto ni va a rodar ninguna otra película. No aquí en la Tierra, al menos.

Fue Leila Vale quien me puso sobre aviso. Ella no le había dado de lado, ni siquiera durante la fase venusiana. Él le tenía un cariño especial porque, en la película de la invasión, ella había interpretado a una sacerdotisa de las estrellas que trata de convencer al almirante de que suspenda el ataque y haga las paces con la Tierra. Tan solo aparecía unos pocos minutos en pantalla, pero a todas luces él se identificaba con su mensaje, y ella contaba con un papel similarmente benévolo en la película de Marte que nunca llegó a ser. O que probablemente nunca llegó a ser.

Leila tenía una de esas caras… bueno, digamos que ella sabía que jamás iba a recibir ninguna oferta para interpretar a la protagonista. Su agente decía que tenía charme, y la mayoría de los periodistas lo repetían una vez les deletreaban la palabra. Leila tenía los ojos verdes y despiertos; la nariz larga, con un ligero aire a cuerno de unicornio; y los labios como el primer y el último cuarto de una luna carmín, misteriosos pero afilados cual hoces. No obstante, lo que la definía era su voz: si los cigarrillos pudieran hablar mediante humeantes espirales argénteas, sonarían como Leila.

Todo empezó cuando lo atacaron. Ella encontró a Tritón en el callejón que hay justo detrás del Black Lion, caído y encogido junto al bordillo. Eso no era propio de él. Por lo general, estaba demasiado ocupado hablando y relacionándose con los invitados como para beber en exceso y, a lo largo de las veladas, su brillantez no hacía más que aumentar. Y entonces vio que la cabeza no estaba envuelta en el pañuelo escarlata, como le había parecido en un primer momento, sino que sangraba.

Jamás averiguamos lo que sucedió, aunque desde siempre algunos habían tenido atravesada su ostentosidad —lo que lo hacía alardear incluso más—. A la sazón, había grupos de vigilantes paramilitares, las brigadas típicas de individuos con brazaletes y porras. Tal vez fueron ellos quienes le golpearon. Pero es muy probable que también debiese dinero a todo quisqui, porque no andaba sobrado, y lo que tenía lo invertía en la película que todavía estaba tratando de rodar. Si él lo sabía, no quiso decirlo.

«Tenemos que enfrentarnos a Marte con más amor», fue su único comentario.

Sin embargo, a partir de ese momento, Tritón ya no salió tanto. Seguía celebrando sus veladas, pero era más cauto a la hora de decidir a quién permitía asistir. Las reuniones pasaron a ser más reducidas a medida que los invitados se fueron aburriendo o avergonzando de todo el asunto. Independientemente de lo que se pensara de las transmisiones venusianas, él siempre había sido un anfitrión ameno y las veladas habían resultado entretenidas. Pero parte de todo eso se fue perdiendo. La gente que estaba en la onda se largó a otra parte.

Entonces Leila vino a verme. Por lo general, para mí era un tremendo placer escuchar su voz exquisita y contemplar las medias lunas rosadas de sus labios, pero esta vez su tono era tan apremiante que ni les presté atención.

—Tenemos que hacer algo —dijo—. No come suficiente, está invirtiendo toda su energía en tratar de recibir nuevos mensajes de Venus, y se está consumiendo. Tenemos que salvarlo.

Ni que decir tiene que Leila tenía un plan. Yo le había contado lo que Tritón me había dicho sobre mis discursos interplanetarios, solo para echar unas risas. Y ella se había acordado.

—Él cree que tú estás en contacto con algún otro planeta. Conque ve y cuéntale lo que te están diciendo.

—¿Y qué están diciendo?

Ella clavó su ojos verdes en mí. Lo tenía todo pensado.

—El ser venusiano necesita conservar las fuerzas. Así que le ha pedido a un aliado de otro planeta que lo sustituya una temporada, a través de ti. Le están tremendamente agradecidos por el gran servicio que ha prestado al universo con sus transmisiones, pero ahora debe descansar. Y bla-bla-bla, bla-bla-bla.

—Leila, yo no soy actor… —empecé a decir, pero sabía que era inútil.

Yo había visto a Tritón recibir sus transmisiones tantas veces que sabía cómo iba la cosa, aparte de que había improvisado ese tipo de mensaje para el guion de la película.

Fuimos a visitarlo. Las cortinas de azul persa de su dormitorio destellaban cual columnas de lapislázuli. Tritón estaba tumbado en una destartalada chaise longue verde, como una náyade sobre un lecho de musgo. En la esquina, una lámpara brillaba como una deslucida ágata, y las sombras realzaban lo demacrado de sus facciones. Bajo la bata satinada estaba tan delgado que cuando se incorporó fue solo como si la superficie de un estanque se rizara.

Tritón escuchó nuestro rollo. Yo puse todo mi oficio en ello, pero, incluso mientras recitaba las frases que Leila me había hecho memorizar, vacilé. Algo flotaba sobre las palabras, una especie de impulso que las disolvía según trataba de articularlas. Casi empecé a creer que sabía cómo se sentía Tritón cuando los mensajes de Venus se apoderaban de él; aunque, en mi caso, era como si hubiese una presencia que se interpusiera en el camino de lo que yo deseaba decir. A lo mejor podríamos llamarla conciencia: aunque la intención fuera buena, allí, en su habitación, tan semejante a un templo, todo parecía una treta chapucera.

Una indicación de lo apagado que estaba fue que, aunque era evidente que caló nuestra estratagema, se limitó a reaccionar apaciblemente. El Tritón de antaño nos hubiera fulminado. Con un ligero ademán de la mano me hizo parar.

—Son los agentes de Marte —dijo—. Están tratando de controlar la señal. Plántales cara por mí.

No tuvimos valor para seguir adelante. Leila probó por otros medios, cómo no: lo persuadió para llevar a su presencia médicos, loqueros, curanderos, hipnotistas e, incluso, presa de la desesperación, a Zenith, el hombre de la extraordinaria fuerza de voluntad. El Tritón que habíamos conocido en el pasado habría fingido temblar aterrorizado ante sus bíceps y grandes ojos negros, pero se limitó a dedicarse a servir té en las frágiles tazas de porcelana y proponer buscarle un papel en la gran película inacabada. El último intento de Leila —¡qué pobre!, creo que realmente no lo entendía— fue hacer que el viejo Roderick Fox lo visitara y le ordenase regresar a la base. Tritón le dijo, con toda naturalidad, que estaba a punto de ser ascendido a tareas de más nivel. En esa frase pareció estar presente un ligero rastro de su antigua sorna, pero incluso así sonó a mal augurio.

Al final, yo fui uno de los pocos que acudió y lo vio tumbado entre sábanas blancas y rígidas. Tenía un mensaje importante para mí, dijo. Sobre Todos contra Marte. Un débil susurro alcanzó mis oídos:

—Era una alegoría.

Asentí y le tomé los dedos, que parecían cirios pálidos.

—Lo sé —dije.

Vi que ya no llevaba ninguno de los anillos de utilería que solía lucir, todo estaño y vidrio, pero astutamente diseñados para asemejarse a magníficas gemas estelares.

—No era sobre Marte.

—No.

—Sino sobre la Tierra.

—Sí.

—Una profecía.

—Entiendo.

—Tengo que marcharme.

—Lo sé.

—Atento a las señales.

—Lo estaré. Que le vaya bien, Almirante de Todos.

Me quedé unos instantes contemplando ese rostro chupado, más severo que nunca; el cabello aún rubio; las cejas, oscuras; los huesos que se perfilaban con claridad través de la piel tirante. Entonces vinieron y le cubrieron la cara con la sábana.

A veces, cuando acudo de nuevo a los lugares donde nos solíamos reunir, me pregunto sobre esas señales. Siempre que las cosas van mal o me topo con alguno de los innumerables idiotas que pueblan nuestro planeta, me digo: «agentes marcianos». Pero también hay días mejores. Me basta con percibir un rastro de aroma por la calle —que podría no ser más que unas gotas de colonia que algún enamorado se acaba de aplicar—, para pensar que a lo mejor el Almirante de Todos ha ordenado lanzar la primera ola de fragancia sobre nosotros. Y sonrío ante la idea. O cuando, paseando, oigo una música hermosa llegada de algún lugar. Seguramente haya algún estudiante practicando en algún piso de un bloque de apartamentos, y el eco de su titubeante melodía me alcanza en todos los ángulos y curvas de la ciudad. Eso es todo. No se trata de una sinfonía del sistema solar. No obstante, alzo la mirada como si fuera a ver algún rayo perdido de la flota del almirante. Y también están esos amaneceres y anocheceres en los que un rosa brillante y un violeta sombrío se ciernen sobre el horizonte, y tengo la sensación de que un enorme pincel cósmico se agita sobre nosotros, y me detengo un instante y miro. Radiación kármica, a lo mejor.

Sí, yo conocí al comodoro venusiano. Él iluminó mi propia presencia en la Tierra, de eso no hay duda.

Copyright © 2015 Mark Valentine

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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2 respuestas a Sí, yo conocí al comodoro venusiano, de Mark Valentine – Esp. Cuentos de película IX

  1. JascNet dijo:

    Buenos días, Marcheto.
    Realmente, como comentas en la introducción, es una historia bastante extraña. No solo por lo que cuenta, sino por como entenderlo.
    Desde mi punto de vista, es una grandísima metáfora de situaciones muy parecidas que ocurren en la realidad. Estrellas del cine, la música u otras actividades que se creen tocados o elegidos por entidades «especiales» y que increíblemente arrastran a mucha gente en su «locura». El final del relato, además, muestra como se puede contagiar este fenómeno y hasta delegar en funciones.
    En la mayoría de los casos, son personas que se creen su don privilegiado, aunque terminan siendo utilizados por otros para sus propios intereses. Siempre nos quedará la cuestión de si están locos o, en verdad, entre ellos habrá algún «elegido».
    El relato es muy interesante, además, porque está contado en primera persona por alguien alejado, inicialmente, de toda la parafernalia, para terminar implicado emocionalmente en ella. De esta forma, vivimos más íntimamente todo el proceso.
    Me quedo con la maravillosa idea del Comodoro: todo se puede arreglar con amor. «…tratar de poner fin a la guerra disparando rayos de amor sobre el planeta». ¡Qué distintas serían las guerras!
    La verdad es que el título es muy elocuente, terminas cogiéndole cariño y agradeciendo el haber conocido al Comodoro Venusiano.
    Relato disfrutado.
    Muchas gracias, Marcheto, por compartirlo y por tu maravillosa traducción.
    Un abrazo.

    • marcheto dijo:

      Si te digo la verdad, yo no me molesté en interpretarlo como una parábola, que seguramente lo es. Me dejé por llevar por la historia y me embarqué en la inútil tarea de tratar de descubrir pistas que me demostraran si realmente todo eran imaginaciones del comodoro o no. Y sigo en ello, sin haber llegado a una conclusión definitiva. Así que está claro que es un relato con múltiples lecturas, todas ellas muy interesantes y disfrutables.
      En lo que coincidimos plenamente es en lo segundo que comentas: ojalá que las guerras fueran así.
      Me alegro de que lo hayas disfrutado. Mark Valentine tiene relatos estupendos, dentro y fuera del género. Una pena que no sea más conocido. Muchas gracias por leerlo y comentar.

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