Cine marciano, de Gabriela Santiago – Especial Cuentos de película VIII

Gabriela Santiago es una joven autora estadounidense que ha publicado alrededor de una docena de relatos de ficción especulativa en diversas antologías y publicaciones del género. No obstante, su faceta artística no se limita a la escritura, sino que también es actriz, monologuista y la creadora de Revolutionary Jetpacks, un espectáculo de variedades de ciencia ficción.

Cine marciano (Martian Cinema) se publicó en la revista Strange Horizons en 2020, y es una historia de ciencia ficción que seguro que habría hecho las delicias del mismísimo Ray Bradbury. Un relato en el que el cine tiene un papel fundamental, pero como catalizador de la verdadera protagonista: la portentosa e indómita imaginación infantil.

Espero que disfrutéis con esta octava entrega del especial Cuentos de película. Por mi parte, tan solo me queda agradecer a Gabriela su amabilidad, gracias a la que vais a tener el privilegio de asistir a esta sesión de cine marciano. Y además en esta ocasión lo puedo hacer en español, así que, un millón de gracias, Gabriela, por compartir con todos nosotros tu maravillosa historia.

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Cine marciano

Gabriela Santiago

Mara nos bajó a las cavernas porque nos aburríamos, y porque, como era la mayor, era responsabilidad suya idear cosas que hacer cuando a Kay y a mí nos entraba el muermo. Desde hacía tres años, nadie había dado con ningún escondite nuevo para el escondecucas; todos los juegos de mesa de la sala de recreación eran para adultos o niños pequeños, y no nos dejaban jugar a ¡que vienen los marcianos! desde aquella vez en que salimos de sopetón del armario gritando, «¡Aaaaaaah!, ¡los marcianos!», y a la doctora Hatae se le cayeron las muestras geológicas por todo el suelo y tardó tres horas en ordenarlas.

Mara no lo tuvo demasiado difícil. Vivíamos prácticamente encima de la caverna Dena, porque los tubos de lava eran la mejor protección en todo el planeta contra los rayos UVA, los microasteroides, las tormentas de viento y toda la pesca. Y nuestros alojamientos estaban a la mayor profundidad posible, a causa, de nuevo, de los rayos UVA, los microasteroides y las tormentas de viento; todos esos rollos que tenía vivir en Marte eran un auténtico tostonazo, porque el noventa y nueve por ciento del tiempo ni nos dejaban acercarnos a una ventana, así que al exterior ni te cuento. De modo que lo único que Mara en realidad tuvo que hacer fue esperar hasta que le tocó cuidarnos después de las clases a la doctora Okorafor, porque la doctora Okorafor se daba por contenta con que estuviéramos en otra habitación sin armar demasiado follón, para así poder ponerse al día con los últimos seis años de reality shows televisivos transmitidos directamente desde la Tierra. Y entonces tan solo tuvimos que dejar una canción sonando bajito mientras nos escabullíamos por el pasillo y tecleábamos el código de la puerta de entrada a la zona de las cavernas que los mayores utilizaban como almacén; clave conocida por todos porque los adultos empleaban un único código para prácticamente todas las puertas que no tenían material radioactivo al otro lado, como si creyeran que no nos íbamos a dar cuenta de que siempre tecleaban los mismos siete números cada vez que nos acompañaban a un laboratorio.

La entrada de las cavernas estaba casi tan iluminada como los hábitats y laboratorios, con grandes luces halógenas repartidas por toda la zona, que se reflejaban en lonas colgadas por las paredes que cubrían casi por completo las franjas rojas, naranjas y marrones de arenisca. Había cajones enormes por todas partes, con todo el material demasiado frágil para ser almacenado en el exterior (como piezas de repuesto de ordenadores) o demasiado valioso para correr ningún riesgo (como raciones de emergencia y paquetes con semillas, por si el invernadero sufría algún percance).

En las cavernas hacía un frío que pelaba, incluso con el aislamiento proporcionado por el complejo situado sobre nosotras. Había arenilla por todas partes, esa arenilla finísima, como polvo, tan habitual en Marte; mis zapatos estaban cubiertos por una capa de la misma, y tenía miedo de que ni siquiera los potentísimos aspiradores de la esclusa de aire que había entre este y el otro lado fueran a bastar para eliminarla por completo, porque, de no ser así, el polvillo se metería por los ordenadores y conductos de ventilación de nuestro hábitat familiar, y todo el mundo sabría dónde habíamos estado y nos veríamos metidas en un buen lío.

—¡Esto es un rollo! —protesté—. No es más que otra maldita caverna.

—Ni siquiera hemos entrado aún en la cueva, so ceporra —me espetó Mara, y me dio un puñetazo en el hombro. Y entonces señaló hacia la esclusa de aire secundaria, la que tenía el simbolito de refugio de emergencia—. Si vamos a ir a cazar marcianos, tenemos que pasar por esa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La caverna estaba en tinieblas. Como si alguien hubiera cogido el negro más negro de mi caja de pinturas y lo hubiera volcado por encima de todo; además, Mara no nos dejaba activar la función linterna de nuestros transmis porque «pondría sobre aviso a las avanzadillas de exploradores marcianos». Por supuesto que yo no me tragaba ni una palabra de lo de que hubiera marcianos, porque los mayores habían hecho una millonada de escaneos en busca de formas de vida, aparte de todas las excavaciones en la roca realizadas durante unos veinte años; pero es que estaba oscurísimo, tanto que ni siquiera los hubiéramos visto aunque hubiesen estado a un palmo de nuestras narices; además, el suelo bajo mis pies era irregular y crujía, y yo tenía que avanzar arrastrándolos poquito a poco para no despeñarme por algún precipicio; y, si separaba una mano de la pared y soltaba la otra de la de Kay, que insistía en agarrármela, era facilísimo creer que no estaba en ningún lugar, que había dejado de existir, que estaba cayendo a través de la nada y que nunca jamás me encontrarían.

Y encima se oían ecos extraños. Ecos misteriosos, superespeluznantes, que agarraban nuestras voces y las transformaban en fantasmas que se deslizaban a nuestra espalda para hacernos cosquillas en el cuello, y por delante, para advertirnos de que debíamos marcharnos.

Hablábamos en susurros, por supuesto, dado que eso formaba parte del juego. No era porque nuestros padres pudieran oírnos. Y por supuesto que no era porque estuviésemos pensando que a lo mejor los mayores jamás habían llegado a explorar esta caverna al completo, que era fácil que se les hubiese pasado por alto algún recodo, y que sin duda ese era el recodo del que iba a salir un aluvión de monstruos.

Yo estaba esforzándome por mantenerme impasible, por Kay, porque yo solo era la hermana mediana y ella era la clase de hermana pequeña que no consideraba que eso me convirtiese en alguien lo bastante mayor como para merecer respeto; así que, un pequeño desliz por mi parte, y ella se iba a pasar un mes gritando «gallina miedica, gallina miedica» entre risitas histéricas cada vez que yo entrase en una habitación, y eso con suerte, porque lo más probable es que fuera durante el resto de mi vida.

Yo estaba tan concentrada en no parecer asustada que no me di cuenta de que se me había soltado el transmi que llevaba al cinto, y, cuando Mara me agarró por el hombro, impaciente, con la intención de empujarme hacia delante, el aparato cayó y golpeó el suelo.

Los cascos de mil caballos retumbaron a nuestro alrededor.

Kay gritó; las tres gritamos: un grito súbito y agudo interrumpido enseguida, cuando vimos lo rápido que se había desvanecido ese fragor estridente y que, a todas luces, ningún animal nos había pisoteado.

Mara activó la función linterna de su transmi, conque Kay hizo lo propio con el suyo, y yo cogí el mío del suelo y seguí su ejemplo; aterrorizadas o no, sabíamos bien que solo se podían romper las reglas del juego si Mara las rompía primero.

—¿Qué mierda ha sido eso? —dijo Mara, y a Kay y a mí casi se nos escapó un grito ahogado ante el atrevimiento de su palabrota. Ella me fulminó con la mirada—. ¿Qué es lo que has hecho?

—¡No he hecho nada! —protesté, y me odié al ver cómo mi voz se transformaba en algo cercano a un gemido—. Fuiste tú quien me agarraste y entonces…

Ella alargó la mano con idea de pegarme. Yo sabía que no sería con demasiada fuerza, así que normalmente se lo hubiera permitido, pero hervía de indignación justificada, conque levanté el brazo con la intención de bloquear su golpe, y mi carne chocó contra la suya con el ruido de una baqueta contra un tambor…

Los cascos de los caballos volvieron a retumbar por la piedra, reverberando por las paredes en derredor antes de perderse en la distancia.

Yo levanté las manos despacio y palmeé ajustándome a un ritmo, plas-plas, plas-plas: los cascos de los caballos se convirtieron en un trote claro y ordenado, como si se tratara de un desfile en lugar de una estampida.

—Es el eco —dijo Mara, fingiendo no haber estado asustada todo este tiempo—. No es más que el dichoso eco.

Pero antes de haber siquiera terminado la frase, yo ya lo había visto; la luz de mi transmi iluminó ese elegante ángulo del cuello, esa larga curva de la cola. Moví el transmi en diagonal, y allí estaba.

El unicornio.

Estaba muy arriba en la pared, y mi transmi era prácticamente una vela comparado con los grandes halógenos de la caverna principal, pero incluso así se veía que no había sido como esos unicornios peluditos y esponjosos de los dibujos animados. Se asemejaba más a los de los antiguos tapices medievales, parte cabra y parte león; tampoco es que fuese clavado a esos dibujos, pero sí compartía su fiereza. Parecía una criatura libre, que podía morderte, que en cualquier momento te arrancaría un pedazo de carne de una dentellada, y todo se llenaría de sangre; y mi propia sangre se heló ante esta mezcla de pavor y alegría al mismo tiempo, porque jamás había visto algo tan hermoso.

Estoy contando cómo me hizo sentir porque eso fue lo primero en lo que me fijé, incluso antes de que los detalles concretos calaran en mí. Y los detalles concretos eran: tenía casi dos metros de alto por casi tres de largo; y la pintura era roja, apenas un par de tonos más oscura que la piedra bajo ella. Sin embargo, se notaba que era pintura porque las líneas que se entrecruzaban con las bandas de color subyacentes tenían justo el espesor suficiente para proyectar una ligerísima sombra sobre las vetas de la roca.

Tenía los cascos levantados, dispuesto a golpear.

—Chicas —susurré—. Mirad.

Y ni siquiera Kay rio.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Al principio, nos limitamos a hacer distintos efectos sonoros.

Puño contra palma quedaba bastante bien para el ruido de cascos, pero aún quedaba mejor si traíamos un par de tazas y las golpeábamos entre sí por el borde. Las tres probamos a relinchar, y aseguramos que quien lo hacía mejor era Mara, aunque era Kay, y fue Kay quien terminó encargándose porque Mara quería narrar las historias. Al principio inventamos un montón sobre un solitario unicornio marciano —había una que era como la historia de su origen, que sigo considerando la mejor, y luego otras en las que el unicornio corría cantidad de aventuras por los túneles, mientras trataba de dar con su manada, sin llegar a conseguirlo nunca—, pero luego decidimos que necesitaba encontrarse con más personajes

Nos planteamos traer pinturas a la caverna, pero teníamos prohibido sacarlas de la sala de manualidades, conque cogimos tubos de concentrado de zumo de uva y de naranja, y utilizamos esa pasta para teñir ranuras que tallábamos en la pared con piedras afiladas. A veces la roca era demasiado dura para desportillarla con los trozos de arenisca, que se desmenuzaban entre nuestros dedos ateridos, así que teníamos que tratar de aprovechar la forma natural de la pared en lo que estuviéramos preparando: una ondulación redondeada a modo de cuello estirado del unicornio, un afloramiento irregular a modo de melena al viento o boca dentuda bufando.

Trazamos una manada de unicornios más pequeños, a una altura a la que alcanzábamos, y luego Mara preparó un dragón gigantesco, así que tuvimos que traer algunas lonas a fin de imitar el sonido de las alas, y dejar escurrir arena entre los dedos para el siseo; el rugido era dificilísimo, y solía sonar como un relincho algo más fuerte, por mucho que nos esforzáramos. También preparamos un tropel de marcianos que cazaban al unicornio y al dragón con lanzas y flechas —golpeábamos nuestros zapatos entre sí para sus pisadas, y silbábamos para las flechas que hendían el aire—, y Mara se inventó un idioma marciano de cabo a rabo, que creo que a lo mejor era un mandarín macarrónico.

—¿No podemos hacer algo distinto? —pregunté una tarde después de que Mara terminara la tercera escena de batalla—. Los marcianos tan solo se limitan a matar unicornios a porrillo, y luego los unicornios matan a todos los marcianos y son felices y comen perdices hasta que otro grupo de marcianos deja claro que fracasaron. ¡Es un rollo patatero!

—¡No lo es! —replicó Mara—. Lo único que pasa es que no haces bien los efectos sonoros. Y como no los haces bien, no resulta emocionante.

—A mí me gustaban las primeras historias del unicornio. ¿No podemos volver a hacer esas?

—Tenemos que seguir repitiéndolas mientras no lo hagas bien —insistió Mara con terquedad—. Intenta de nuevo lo de la linterna.

Habíamos empezado también con algunos efectos luminosos; si apretabas el interruptor de encender y apagar lo bastante rápido, el parpadeo animaba los dibujos con un movimiento ilusorio. No obstante, el resultado no era nada fluido ni natural, un poco como el de los archivos de las películas mudas viejas que la doctora Hatae proyectaba cuando le tocaba elegir la noche de cine comunitaria. Incluso moviendo el dedo tan rápido como podía, nuestras criaturas avanzaban a trompicones, como robots. Traté de pensar en qué podía hacerlos moverse suavemente, con la gracia sinuosa de los animales vivos que en diez años yo solo había visto en documentales de naturaleza.

—Necesitamos fuego —anuncié.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Era hora de fichar a los primos.

Carlos ya había estado a punto de que lo enviaran a la Tierra, porque los mayores lo pillaron enredando y tratando de encender fuego, que es algo así como el delito capital número uno cuando prácticamente vives en una burbuja gigante de oxígeno; sin embargo, en la Tierra no lo querían más de lo que lo querían en Marte. No por el asunto del fuego, que es menos problemático cuando la burbuja de oxígeno en la que vives recubre todo el planeta, sino porque la cuestión de la nacionalidad de Carlos era un tanto peliaguda, nacido de padres guatemalteco y estadounidense, en una lanzadera espacial rusa en ruta a un centro de investigación científica de una empresa multinacional, subvencionado por Singapur y ubicado en Marte; así que prácticamente todos los gobiernos de la Tierra confiaban en que nunca regresara y les obligase a averiguar de qué país debía ser ciudadano, dónde le correspondía vivir, y cuáles eran sus derechos.

Cualquiera habría pensado que el que un pirómano tristemente célebre se uniera al equipo iba a suponer una gran ventaja a la hora de idear efectos de luz con llamas, pero el factor «tristemente célebre» nos puso una buena zancadilla, porque, tras fracasar en el intento por mandarlo de vuelta a la Tierra, hasta el último de los adultos se fijó como misión en esta vida mantenerlo lo más lejos posible de todo aquello que fuese remotamente incendiario o inflamable, hasta el punto de que, en cuanto él entraba en una habitación, la gente empezaba a despejar las encimeras. Carlos resultó un fiasco total.

En realidad fue su hermano pequeño, Bram, el que terminó dando con la solución. Bram es un niño al que todos los mayores consideran responsable, cuando, en realidad, es taimado, hasta el punto de que a veces se desvive por mostrarse responsable como precaución con vistas al futuro, de manera que, si se ve envuelto en un marrón, todos los adultos digan: «Bueno, descartado por completo que haya sido Bram, él es un jovencito la mar de responsable. La semana pasada se ofreció para realizar tareas extra, aun no siendo su turno». Bram y yo nos parecemos mucho en esto, con la salvedad de que yo no había encontrado nada cara a lo que me pudiera interesar adoptar precauciones hasta que empezamos a hacer las películas en la caverna.

En cualquier caso, Bram comprendió que teníamos que recuperar las técnicas de la vieja escuela, y conseguir pedernal y yesca. Lo del pedernal no fue demasiado difícil porque vivíamos con un montón de geólogos, de modo que nos limitamos a enviar a la tercera de nuestros primos, Zora-Neale, por los conductos de ventilación —Zora-Neale tenía esos huesos ligeros y frágiles típicos de los entornos de baja gravedad, y casi era un pájaro— para que cogiera alguna muestra de las más viejas, que probablemente nadie iba a volver a examinar en al menos cincuenta años. Lo de la yesca resultó más peliagudo. Incluso antes de que lo de Carlos saliera a la luz, tampoco se consideraba ya buena idea dejar por ahí material inflamable. Al final nos hicimos con lo siguiente:

  • un vestido veraniego de algodón, que los padres de Zora-Neale le hacían ponerse para las ocasiones especiales, hasta que se le quedó pequeño
  • las páginas en blanco del principio y final de cinco libros de la biblioteca (una precaución para cuando perdíamos el acceso a la red durante las tormentas de arena), arrancadas con el mayor cuidado del mundo para que nadie se diese cuenta
  • hojas secas del cubo de abono del invernadero
  • media botella de vodka de la taquilla de nuestros padres, la diferencia compensada con agua

Las llamas se veían espléndidas, incluso aunque el oxígeno era algo más escaso cuando te adentrabas tan profundamente en las cavernas. Los animales rebullían en las paredes y, si ejecutaba un efecto sonoro justo cuando Mara no se lo esperaba, podía incluso lograr que hasta ella se apartara de un salto de la arremetida de la garra del dragón. Preparamos una superproducción con los primos, ahora que sí podíamos tener más de tres personajes, no como antes, cuando además uno siempre tenía que andar retomando la voz del narrador y los otros dos siempre estaban sin aliento de correr de un lado a otro haciendo los efectos sonoros. Carlos preparó un fondo distinto para cada una de las escenas, y se encargaba de mover el atrezo mientras Mara desgranaba la narración, a fin de que todo estuviera preparado para el siguiente acto. Yo ya solo tenía a mi cargo los efectos sonoros de manos, y Kay era la responsable de los de voz. Bram era pedernal y Zora-Neale yesca y, cuando no estábamos preparando la historia, interpretando la historia o discutiendo sobre cómo deberíamos llevar a cabo la historia la siguiente vez, siempre estaban agachados juntos sobre el viejo libro de texto de química de Mara, señalando cosas con el dedo entre cuchicheos.

Mara no tardó en anunciar que quería llamas de colores para su siguiente gran superproducción, que trataría de cómo los marcianos se veían obligados a abandonar el planeta debido a una catástrofe de algún tipo. Zora-Neale y Bram estaban preparados. Trajeron baterías gastadas, las abrieron y extrajeron su contenido, que tornó rojas las llamas. Carlos distrajo a los mayores mientras Bram y yo asaltábamos la cocina a la búsqueda de ingredientes prometedores: los sobrecitos de azúcar nos proporcionaron pequeñas chispas, y el café en polvo fogonazos destellantes, ambos efectos perfectos para los hechizos mágicos y las escenas de batalla. La sal volvía las llamas naranjas; y el sustituto de la sal, moradas, pero el color desaparecía salvo que utilizáramos el valioso vodka como combustible, así que Bram le dijo a Mara que tendríamos que reservarlo para el gran despegue de los marcianos al final de la película. Zora-Neale sacrificó sus propios suplementos de calcio para conseguir más naranja —los adultos habían terminado por echar en falta la sal en el desayuno, y durante las comidas ahora nos vigilaban como halcones para asegurarse de que no estábamos «acaparando raciones», que era algo así como el pecado número dos (tras el de encender fuego) cuando vives a millones de kilómetros de las fuentes de alimentos—, pero los suplementos debían de tener trazas de algo más porque las llamas resultaron amarillas. Ella se enfadó tanto que volvió a colarse por los conductos de ventilación para robar muestras de hierro, aluminio y magnesio, que, siguiendo sus instrucciones, nosotros tratamos de raspar y cortar tan finamente como pudimos; se suponía que iban a producir chispas doradas y plateadas. Lo intentamos durante toda una semana —Mara aún continuaba trabajando en el guion, así que creo que se alegraba de que estuviéramos lejos, chamuscándonos los dedos, en lugar de estar incordiándola—, y Carlos llegó a decir en un momento dado que sí que había visto algunas chispas; yo jamás vi nada. Sin embargo, tras la tercera incursión para hacernos con yesca, todos sabíamos que teníamos que tirar para adelante como pudiéramos y confiar en que todo saliera bien en la apoteosis final.

Organizamos una fiesta de inauguración del proyecto; Mara desveló su guion; Kay y yo practicamos dónde iban los efectos sonoros; y, tras las primeras demostraciones, Carlos, Bram y Zora-Neale se limitaron a fingir que lanzaban los polvos, con vistas a reservarlos para la verdadera función. Mara se hallaba en su elemento, mangoneándonos como una hermana mayor y sin permitir que en ningún momento nada se interpusiera en su camino, como una tormenta de viento marciana, aunque más organizada. Yo creo de veras que aquel era su mejor guion; se las había apañado para encontrar papeles para todos, sin que la historia se estancase en ningún momento. El protagonista volvía a ser el unicornio, esta vez atrapado en la roca por una inesperada avalancha, tras haber perdido a su manada. Se había sumido en un estado de letargo, del que no despertó hasta oír los motores de los cohetes terrestres. Pasó mucho tiempo observando a los humanos, que le parecían superextraños, y yo creo que lo mejor era cómo Mara consiguió que también a nosotros nos parecieran extraños; así que allí estábamos con el alma en vilo, preguntándonos si eran de fiar, si el unicornio correría peligro si trataba de acercarse a ellos para así ya no estar solo, o si…

Carlos había guardado algunas salchichas de una ración de emergencia, pero carecíamos de brochetas, conque las cogimos con los dedos y las chamuscamos en el fuego tan deprisa como pudimos antes de metérnoslas en la boca bien calientes y lamernos el jugo de los dedos. Como todavía los teníamos manchados de polvos, el sustituto de la sal y el calcio machacado crujieron entre nuestros dientes, y el aluminio nos otorgó sonrisas vampíricas en la oscuridad.

«¡Acaparar raciones!», dijo uno de nosotros. Todos reímos, y Zora-Neale se apoyó en la pared y, cuando separó la mano, había dejado una huella blanca y perfecta, y así fue como se nos ocurrió la idea para la siguiente historia, la que escribimos todos juntos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Escribimos sobre el unicornio.

No os voy a contar qué escribimos. Os reiríais. No lo comprenderíais. Tendrías que ser niños para entenderlo, para entender cómo las palabras nos llenaban a rebosar, cálidas como sopa caliente, burbujeantes como un refresco, embriagantes como los traguitos de vodka que habíamos escamoteado como celebración a nuestras valiosas reservas de combustible. Cómo la historia brotaba de nosotros, de todos nosotros, tan grandiosa, espléndida, adecuada y perfecta que era como si algo que ya existiese previamente nos hubiera convocado para asegurarse de ser narrado por alguien. Cómo el universo al completo —todas las estrellas, planetas, asteroides y demás— se alineaba tan a la perfección durante un momento que era como si alcanzaras a verlo todo, y también a la perfección, sin preguntarte ni un segundo si estabas siendo demasiado tonto, demasiado grandilocuente o demasiado engreído, y sin que tampoco te preocupara.

A veces se tienen momentos así de niño, en compañía de otros niños.

Luego nunca sabes cómo explicarlos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Para lo que habíamos planeado, necesitábamos la caverna entera. Eso significaba que necesitábamos engranajes y poleas. Eso significaba que Mara, Bram y yo teníamos que hacer una visita a media noche con destornilladores y linternas al cementerio de vehículos de exploración situado en el exterior de la zona de hábitats y laboratorios, embutidos en trajes demasiado grandes, que formaban extraños fruncidos en nuestros hombros y rodillas; y que luego, en la caverna, Mara, Carlos y yo teníamos que levantar a Zora-Neale y Kay pared arriba con una especie de elevador de fabricación propia, para que pintaran el decorado, colgasen linternas que pudiéramos encender con mandos a distancia y carrillones que pudiéramos hacer sonar tirando de cuerdas, y pegaran mechas que acabasen en montoncitos de papel y pigmentos en polvo. A punto estuvimos de caernos como una docena de veces, y Kay se hizo un buen rasponazo en el brazo, sobre el que tuvimos que mentir a los mayores, diciéndoles que se lo había hecho con las zarzas del invernadero, con lo que nos prohibieron entrar en él durante toda la siguiente semana, lo cual nos obligó a tener que llevar mucho más cuidado cuando nos escabullíamos.

Ya he dicho que no puedo contaros de qué trataba la historia, pero sí que os puedo decir esto: solo era el principio. Yo ya la veía, prolongándose hacia el futuro. No ataba todos los cabos, se ramificaba en un millar de direcciones. Nunca terminaríamos de narrarla, ni nunca querríamos terminar.

Estábamos con una parte delicadísima, para la que yo llevaba casi una hora sujetando a Kay en lo alto, y los brazos me dolían, pero no me atrevía a moverme porque ella tenía en la mano el pincel más fino para ultimar los detalles, los toques en un morado y naranja ligeramente más claros gracias a los que la pintura cobraría vida cuando la luz incidiese de la manera adecuada. Mara estaba plantada a nuestra espalda. La oí exhalar un suspiro satisfecho, como si estuviéramos pintando la Mona Lisa, y su mano agarró con fuerza mi hombro.

—Está muy bien —dijo—. Perfecto. Buen trabajo.

No creo que Mara jamás hubiera dicho algo así.

¿Sabéis lo que se siente cuando vuestra hermana mayor, que nunca ha dicho algo así, os lo dice?

Aunque nos hubiera nombrado caballeros, eso no me hubiese hecho sentir ni un ápice mejor de lo que me hicieron sentir su mano y esas palabras pronunciadas por primera vez.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Nos confiamos demasiado.

Durante toda la cena intercambiamos miradas y ni siquiera tratamos de disimular las risitas con la mano. Teníamos los bolsillos llenos de material. Yo cogí una bolsita de sustituto de sal directamente de la mesa mientras mi madre le preguntaba a la doctora Hatae sobre una determinada veta de arenisca rica en hierro.

Nos creíamos invencibles.

Después de la cena nos dejamos caer por la esclusa de aire cual lemmings, y nuestros zapatos trazaron una vistosa estela en la arena, semejante a una flecha que apuntaba hacia todos nuestros secretos.

Nos habíamos acostumbrado a que nuestros padres no nos prestasen atención, y lo habíamos confundido con estar ciegos.

Cuando ahora vuelvo la vista atrás, me parece que sucedió en cuanto pisamos el suelo de arenisca frente a la pared que era nuestra pantalla de cine, pero debimos de contar con algo más de tiempo, porque recuerdo a Kay con una cuerda en las manos, ajustando una última luz, que osciló por la melena del unicornio y encendió en su ojo una chispa de mica que yo nunca había visto, y que hizo que pareciera estar mirándome.

Debimos de disponer incluso de más tiempo, porque recuerdo a Mara gritar: «¡Todos a sus puestos!», y allí estaba Zora-Neale, agachada con sus polvos; Bram, con sus cerillas; y Carlos, Kay y yo, con toda la utilería, y entonces Mara abrió la boca para pronunciar las primeras palabras de esa historia de la que nacerían todas las historias: «Érase una vez…».

La luz inundó la caverna.

Siete potentes bombillas de transmis, y todo se desvaneció de sopetón, sombreados y tonos se difuminaron y desaparecieron, y lo único que quedó fue un montón de garabatos y arañazos en una pared, como grafiti, y eso fue lo único que ellos vieron. La taza de plástico que tenía en la mano se me cayó, pero el eco —que hubiera sido como si las rocas se estuviesen desplazando a nuestro alrededor, como si la caverna se balanceara indecisa mientras decidía si desplomarse— quedó ahogado por el griterío de los adultos.

La linterna de tía Signe iluminó a nuestra madre desde atrás, haciéndola parecer en llamas.

—¿Cómo habéis podido…? —dijo nuestra madre—. Creía que teníais más sentido común… estas son formaciones geológicas vírgenes, toda esta información tirada a la basura… os lo hemos repetido una y otra vez… sin cartografiar, inestable, ¡podíais haberos matado!… datos biológicos por valor de millones de dólares contaminados…

Ellos se alzaban frente a nosotros como gigantes, y todo lo que habíamos construido parecía insignificante. Nuestras palabras, que habíamos reunido y guiado con todo el esmero del mundo hasta convertirlas en algo épico, huyeron de nuestra garganta.

Mara trató de decir algo sobre que no habíamos corrido peligro alguno porque ella estaba allí para cuidarnos, pero las manos de nuestros padres ya agarraban nuestros brazos y nos arrastraban fuera de la cámara. Yo di un traspié tras otro en el camino de regreso, como si el brillo de sus linternas también me hubiera arrebatado algo a mí, además de nuestras pinturas.

Kay profirió un último alarido, no exactamente un relincho, mientras la arrancaban de sus cuerdas y poleas, y ese sonido sí que despertó los ecos. Yo miré atrás, una última vez, y contemplé todo lo que habíamos creado y esa única cosa que no había sido creada por nosotros, pero que los mayores jamás creerían.

Jamás volví a ver el unicornio.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No lo borraron.

Los demás adultos nos dejaron creer que sí, pero, tras mi cuarto día negándome a comer, la doctora Okorafor me hizo jurar guardar el secreto y luego me contó que el unicornio seguía allí. No había logrado limpiarlo como lo demás, y, con gran disgusto por su parte, los mayores se habían dado por vencidos.

Nos castigaron con pequeños bots vinculados a nuestros identificadores biométricos, que nos controlaron durante meses. El primer gran sermón que nos soltaron fue solo el principio, la obra original, que nos siguieron repitiendo con asiduidad en pequeñas entregas, sobre los pecados de malgastar recursos (en concreto, nuestros limitados suministros de material biológico para el invernadero), alterar y contaminar el entorno nativo, y mentir.

Tratamos de contar la verdad sobre el unicornio, pero ni siquiera la doctora Okorafor se creía ya nada de lo que decíamos.

Seguimos contando las historias una temporada, en susurros o en notas en clave que nos pasábamos durante los obligados tiempos muertos por el retardo en las transmisiones de los cursos por correspondencia terrestres a los que de pronto nuestros padres nos habían apuntado. Durante ese primer año las narramos muchas veces, prácticamente siempre que teníamos oportunidad. El año siguiente, menos. Era como si se hubieran desinflado. A Mara le estaba dando fuerte por la física, a Carlos empezó a gustarle la poesía, y Bram y Zora-Neale siempre andaban ocupados haciendo fanvids de un nuevo grupo retro de K-pop. Kay empezó a decir que el unicornio ni siquiera había estado allí, que solo lo habíamos imaginado. Lo repitió incluso más después de que yo le pegase un puñetazo en la boca la primera vez y me metiese en un lío por ello, con esa gran sonrisa burlona suya que decía que podía tocarme las narices cuanto quisiera porque ella siempre tendría razón.

Fue como si el que la tensión de mis hombros la hubiera mantenido suspendida en el aire, el que yo la hubiera ayudado a volar ya no significaran nada.

Era un rollo, pero me hizo alegrarme de no haber compartido jamás con ella ni con ninguno de los otros la última imagen que había vislumbrado del unicornio, medio borrado por las luces halógenas que se alejaban.

Cómo había pasado sobre él una sombra titilante que podría haber sido una silueta, salida de un lugar desde el que ninguna silueta podía haberse proyectado.

Creemos conocer este planeta. Hemos cartografiado sus túneles hasta convertirlos en algo tan familiar como nuestras huellas dactilares; hemos acampado en la superficie y tomado muestras de sus sedimentos, perforado hasta el núcleo para obligarlo a desnudar su corazón ante nosotros. Y creemos que eso significa que lo conocemos.

Pero el unicornio estaba allí. Alguien lo pintó antes de nosotros.

Y yo vi una sombra.

Alguien estaba viendo nuestro cine marciano. Alguien que, yo creo —¿espero?— lo aprobaba.

Alguien sigue todavía allí, con el unicornio de la pared, las historias y todo lo que nosotros planeamos. Alguien está esperando con todas las palabras, destellos de luz, estallidos de color y distintos sonidos que aún teníamos que crear.

Alguien sigue todavía allí, esperándome… esperándonos a todos, y esperando todas las historias que podíamos haber narrado.

Copyright © 2020 Gabriela Santiago

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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4 respuestas a Cine marciano, de Gabriela Santiago – Especial Cuentos de película VIII

  1. Iñaki Fariña Muradás dijo:

    Gran relato. No conocía a la autora pero lo ha bordado.

    • marcheto dijo:

      Me alegro mucho de que te haya gustado, Iñaki. A la vista de este cuento, yo también estoy convencida de que esta autora puede depararnos muchas alegrías en el futuro.

  2. JascNet dijo:

    ¡Qué maravilla! 😍😍😍😍
    ¡Cuánta dulzura para mostrarnos la increíble imaginación infantil!
    Conforme lo vas leyendo te vas haciendo más pequeñito y convirtiéndote en otro niño más para disfrutar de ese teatro de ilusión. El portento de la autora hace que sea muy fácil imaginarte allí en esas cuevas con ellos. Cuántos detalles y qué fantástica narración.
    Pero por encima de todo esto, lo mejor, la ilusión, la felicidad, la diversión, la increíble vivacidad que te transmite y contagia con sus palabras (con tus palabras, no olvidemos que tuya es la traducción). Es una preciosidad de cuento.
    Ahora necesito buscar más historias de Gabriela Santiago, pero tendría que pertrecharme de un diccionario y mucha paciencia, porque el inglés es mi cruz diaria. ¡Ay, si hubiera una pastillita que con un vasito de agua te permitiera hacerte políglota! Menos mal que te tenemos a ti.
    Un millón de gracias, Marcheto, por hacernos el regalo de poder disfrutar de estas maravillas.
    Un abrashazo. 🤗😊👍🏼

    • marcheto dijo:

      Es un cuento que te hace añorar la infancia, en la que todo era maravilloso o terrible, hasta que los adultos lo estropeaban. 😉 Me alegro de que lo hayas disfrutado tanto como yo.
      Gabriela tiene un puñado de historias publicadas. No he leído todas, ni mucho menos. Por ahora mi favorita con diferencia ha sido esta, pero yo también voy a tratar de seguirle la pista porque este cuento deja con ganas de mucho más.
      Muchas gracias a ti por tu comentario. Saber que disfrutáis con los cuentos me recarga las pilas a tope. 😀

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