En los pórticos de mis oídos, de Norman Prentiss – Especial Cuentos de película VII

Norman Prentiss es un escritor, editor y profesor estadounidense que lleva cerca de veinte años publicando novelas, relatos y poesías. Gran parte de su obra puede encuadrarse en la fantasía oscura y el terror, aunque, más que en el terror violento y gráfico, en el que se denomina quiet horror (terror tranquilo, silencioso), esas historias sutiles y atmosféricas que más que tratar de aterrorizar al lector buscan que se sienta recorrido por un escalofrío. A pesar de que es muy posible que su nombre no os suene, puesto que hasta donde yo sé su obra está inédita en español, puede presumir de haber publicado en numerosas antologías y en prestigiosas revistas del género, y haber ganado nada menos que dos premios Bram Stoker (que la HWA, la Asociación de Escritores de Terror, concede a las mejores obras de fantasía oscura y terror), uno en la categoría de relato y otro en la de novela (con su novela corta Invisible Fences). Para este blog es un tremendo honor poder compartir con todos los lectores de habla hispana el cuento que fue merecedor de este prestigioso galardón.

En los pórticos de mis oídos (In the Porches of My Ears) se publicó originalmente en 2009 en Postscripts 18: This Is the Summer of Love (PS Publishing), y fue seleccionado tanto por Ellen Datlow como por Paula Guran para sus antologías de los mejores relatos de fantasía oscura y terror de ese año. Además, tal como decía, fue galardonado con el premio Bram Stoker. A pesar de esto, no se trata en absoluto de la típica historia de terror al uso, así que, incluso aunque el terror no sea lo vuestro, no dejéis de leerlo, porque, sin una gota de sangre ni de violencia física, esta historia doble consigue inquietar, emocionar y resultar inolvidable. Por cierto, por si alguien siente curiosidad sobre el título, se trata de una frase tomada de Hamlet, y, si tras leer el cuento investigáis un poco, comprobaréis que encaja a la perfección.

Para cerrar, como siempre, llegamos al apartado de los agradecimientos. Para empezar me gustaría darle las gracias a Ellen Datlow, que además de ser la editora de varias de las obras de este especial Cuentos de película, me echó una mano para que lograra contactar tanto con Norman Prentiss como con Kim Newman. Y, por supuesto, al propio Norman, gracias a cuya amabilidad hoy podéis disfrutar de esta maravillosa historia. Thanks a million, Norman!

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En los pórticos de mis oídos

Norman Prentiss

Helen y yo deberíamos haber prestado más atención a la pareja que entró delante de nosotros al cine: el paso rígido y vacilante de él, y la manera en la que la mujer lo sujetaba, rodeándole la cintura con el brazo y con el cuerpo apretado contra su costado. Esa postura tan íntima se me antojó un signo de cariño: una pareja mayor que abandona el decoro largo tiempo respetado en favor de la efusividad pública corriente entre los jóvenes de hoy en día. Sentí una cierta vergüenza ajena y aparté la mirada. Lamento que ni mi esposa ni yo observáramos entonces algún detalle crucial, pero la vida real no siempre despierta el impulso de sacar conclusiones que desencadenan las imágenes proyectadas en una pantalla, y tampoco es que exista un departamento de atrezo que proporcione pistas manifiestas: gafas de sol en el interior o un fino bastón blanco tanteando el suelo y trazando semicírculos por el aire.

Helen se adelantó a fin de coger asientos, mientras yo me quedaba haciendo cola en el bar para comprar botellines de agua. Las palomitas nos disgustaban por su olor metálico a mantequilla falsa, y lo que era más importante, preferíamos no contribuir a los crujidos que nos rodeaban: ruidos como de pies aplastando hojas secas, que importunaban en los momentos más silenciosos de las películas. Por motivos similares evitábamos los caramelos, con sus envoltorios ruidosos, y, la peor abominación de los últimos tiempos: la bandeja de plástico con nachos y salsa de queso caliente. Por suerte, el cine Midtowne no servía esto último, lo que lo convertía en uno de nuestros predilectos del barrio. Esto, y su público ya no tan joven, que se comportaba de acuerdo con las normas de aquella época perdida en la que la gente aún no había aprendido a hablar a voces para hacerse oír por encima del sonido de las películas alquiladas que veían en el salón de su casa.

El Midtowne no era lo que se llama un cine de arte y ensayo, y rara vez proyectaban películas subtituladas o con desnudos demasiados explícitos. En lugar de eso, lo suyo eran las adaptaciones de Shakespeare, Dickens o E. M. Forster —equivalentes al teatro televisivo, pero de mayor presupuesto y rodadas para la pantalla grande—, que yo solía preferir; y las comedias románticas más cercanas al gusto de Helen, que resultaban más llevaderas si venían interpretadas por voces con acento británico.

Helen había elegido la película esa tarde, así que de nuevo íbamos a ver a ese actor bajito y un tanto bobalicón que había sobrevivido a un embarazoso escándalo sexual unos años atrás y, aun así, aun así, en la pantalla lograba cautivar a la actriz de largas piernas y cabello rubio rojizo (que en realidad había nacido en Norteamérica, pero que imitaba nuestro acento favorito lo suficientemente bien para que la mayoría no se fijara, y tenía una sonrisa lo suficientemente radiante para conseguir que los demás se lo perdonáramos). Entré en la sala con los botellines —dos dólares cada uno, por desgracia, pero lo compensábamos al ahorrarnos otro tanto con el precio reducido de la primera sesión— y busqué a Helen en la oscuridad parpadeante.

Habíamos llegado más tarde de lo que me esperaba. Los tráileres ya habían comenzado y la sala en penumbra estaba casi llena. Yo sabía que Helen prefería un asiento de pasillo, en la parte derecha de la zona central, pero los abundantes espectadores la habían obligado a colocarse más atrás de lo acostumbrado. Pasé a su lado y seguí avanzando, hasta que un quedo «Chsss, Steve» me llamó a la fila correcta.

Ella se colocó de lado, con las piernas en el pasillo, para que yo pudiera pasar sin problemas. Le entregué un botellín antes de sentarme.

—¿Te parece bien aquí? —preguntó.

—Sí —respondí sin pensarlo demasiado. La película era una de esas comedias que ella elegía, así que a mí no me importaba lo más mínimo sentarme demasiado lejos de la pantalla.

Helen señaló con un gesto al hombre que yo tenía delante, y luego separó los dedos corazón e índice y apuntó hacia sus propios ojos. Yo reconocí al tipo de la pareja en la que me había fijado de pasada al entrar. Estaba sentado bien erguido en su butaca: desde mi asiento, sus hombros y su cabeza de pelo canoso, espeso y encrespado dibujaban una muesca oscura en la parte inferior de la pantalla, como el hueco donde encaja la pieza faltante de un puzle. Su acompañante era bastante más baja, lo que permitía a mi mujer ver bien la película.

Yo sabía que Helen se sentía culpable porque le gustaba sentarse en el pasillo, de hecho, creía que en realidad lo necesitaba, porque a lo largo de una película de noventa minutos solía levantarse al menos un par de veces para ir al servicio. Como es lógico, el botellín de agua no ayudaba.

La música de la banda sonora del tráiler subió de volumen, y una esplendorosa imagen de una casa solariega apareció en la pantalla. Como si fuera una secuela de La edad de la inocencia o, a lo mejor, de Una habitación con vistas.

—Veo bien —la tranquilicé. Además, esa pequeña incomodidad era preferible a tener a Helen pasando por encima de mis piernas varias veces durante la proyección de la película—. Mientras no haya subtítulos —bromeé.

Helen se señaló de nuevo los ojos, y las yemas de sus dedos casi tocaron los cristales de las gafas. Yo veía que ella quería decirme algo más, pero se contuvo.

—¿Qué pasa?

Yo había hablado en tono normal, justo lo bastante fuerte para que me oyese por encima de la frase elogiosa que el The New Yorker había dedicado a la película y que en ese momento estaban citando en el tráiler, pero, a juzgar por su expresión, cualquiera hubiera pensado que yo acaba de gritar «Fuego».

—Olvídalo —dijo ella, más bajo de lo normal, pero su mensaje quedó claro.

El hombre de delante de mí giró la cabeza. Fue un movimiento rápido, casi como un espasmo muscular, y mantuvo unos instantes el incómodo ángulo, que me permitía verlo de perfil. Luego hundió el hombro en el acolchado de la butaca y giró la cabeza aún más hacia mí. A causa de un efecto de la luz de la cabina de proyección, supuse yo, sus ojos parecían vidriosos, con el iris estriado, como mármol gris jaspeado.

Su acompañante le dio un golpecito. «Ya va a empezar la película». Como si ella hubiera pulsado una tecla en su hombro, el tipo volvió la cabeza con brusquedad y miró al frente.

—¡Qué raro! —comenté, en voz apenas audible, a pesar de lo cual a Helen se le crispó el rostro.

Yo no comprendía su inquietud. En nuestra interpretación compartida de las normas de etiqueta del espectador de cine, hablar en voz baja durante los minutos de proyección dedicados a los tráileres era algo perfectamente aceptable.

Las luces de la salida se atenuaron por completo y el logo del estudio apareció en la pantalla. Acto seguido, antes de los títulos de crédito, una panorámica de Trafalgar Square, luego el Big Ben y, por último, un autobús rojo de dos pisos. Imágenes que servían para situar rápidamente al espectador, para que hasta el último idiota supiera que…

«Estamos en Inglaterra.»

La mujer que teníamos delante había hablado en un susurro conspiratorio, en voz baja e imperiosa, mucho menos musical que el tono cantarín y cariñoso con que se había expresado antes, cuando le había dado el golpecito en el hombro.

¡Uf!, gracias por señalar lo obvio, señora.

Empezaron a aparecer los créditos, letras amarillas sobre una larga toma del río Támesis y los edificios de Londres recortándose contra el horizonte. Los nombres de los dos actores principales en primer lugar y, a continuación, el título de la película.

En ese mismo susurro estridente, la mujer fue leyendo en voz alta para su acompañante. Los protagonistas, los secundarios y el «con la aparición especial de sir James de tal y cual». El guionista, el montador y, ¡hay que fastidiarse!, el compositor y, por último, el director.

Él no ve, pensé. No será…

Pero sí que lo era, por supuesto, y yo había sido tonto al no darme cuenta antes. Durante un instante, vislumbré un rayo de esperanza ante la posibilidad de que simplemente fuera analfabeto. Una vez terminaran los créditos, ella se callaría y verían la película tranquilamente. Pero era soñar por soñar, porque me acordaba de cómo ella lo llevaba bien pegado a su lado cuando habían entrado en el edificio. Guiándolo.

Y sabía que la mujer se pasaría toda la película hablando.

De haberme dado cuenta antes, nos podíamos haber cambiado de sitio. En la oscuridad, a duras penas distinguí unos pocos asientos libres repartidos por la sala —incluido el de mi izquierda—, pero ningún par de butacas juntas. Helen y yo siempre teníamos que sentarnos juntos. Si al final terminaban echándonos a perder la película, al menos sería una experiencia compartida.

Entonces los comentarios empezaron de verdad. «Ella está tratando de echar la llave de la puerta, pero lleva demasiadas cosas en los brazos. Un bolso, una funda de acordeón, una bolsa de la compra y un vaso de café de plástico, que no tiene la tapa bien encajada».

En la pantalla, una Emma o Judi o Gwyneth —posiblemente esté confundiendo el nombre de la actriz con el del personaje— hizo equilibrios con el vaso, hasta que la tapa salió volando y el líquido se derramó sobre su ropa de trabajo. «Mierda, mierda, mierda», exclamó con un acento delicioso, y el público rió a carcajadas.

«Ha tirado el café —informó al hombre su acompañante—. Tiene una mancha enorme en la blusa.»

Yo no me había reído. El comentario de la mujer —di por hecho que era la esposa del ciego— me había puesto sobre aviso del derramamiento. ¿De veras la tapa no había estado bien encajada?, ¿hasta el extremo de que parte del público pudiera percatarse del presagio?

«No me lo puedo creer», musité a Helen, y a ella se le crispó ligeramente el rostro de nuevo. Por fin caí en la cuenta de a qué se debía su nerviosismo: el lugar común de que una persona que carece de uno de los cinco sentidos tendrá más desarrollado otro, en este caso, el oído.

Cómo no. La gritona de la esposa podía estropearnos toda la película, pero Dios nos libre de susurrar algo que pueda herir los sentimientos del tipo.

«Lo siento», se atrevió por su parte a musitar Helen.

Por supuesto que no era culpa suya, en realidad, no. Pero ya llevábamos casados casi quince años, y con la intimidad familiar se desarrolla un nuevo rasero para la culpabilidad. La mujer, su marido, la situación en sí eran los que creaban el problema, y nosotros podíamos compartir nuestra desaprobación ante la molestia que suponía la pareja, o blandir el puño hacia el cielo en sincronizada consternación, maldiciendo a las Parcas, que nos habían reunido a ellos y nosotros en la misma sesión. Pero, ese mediodía, Helen había almorzado con calma y se había equivocado en la hora de comienzo de la película, lo que había limitado nuestras opciones para elegir butaca (y ella por fuerza tiene que sentarse junto al pasillo y por fuerza tiene que ver estas comedias británicas el fin de semana de su estreno). Así que yo le echaba la culpa un poco; ahora bien, era ese tipo de culpa que reservamos para aquellos a los que amamos profundamente, el tipo de culpa que saboreas mientras le das el gusto a tu cónyuge de ajustarte a sus costumbres y manías.

Helen hacía lo mismo por mí. Cuando a ella no le gustaba una de las películas que yo elegía —la sombría violencia de la última adaptación de El rey Lear o (con la salvedad de Bajo el árbol del bosque) cualquiera de las celebraciones de la depresión de Thomas Hardy—, yo notaba su desasosiego mudo a mi lado, mientras el rosario de fotogramas se encaminaba hacia un final trágico e inevitable. De una manera extraña, su desazón con frecuencia mejoraba mi experiencia. Amplificaba la tensión de la cinta. Le proporcionaba autenticidad.

Sin embargo, ahora mismo la tensión se había desmoronado, puesto que nada echa a perder más una comedia que una explicación. Mientras el personaje llamado Rupert o Ian o Trevor se daba aires y largaba convencidas afirmaciones, y Emma/Judi/Gwyneth lo miraba con cara avinagrada, la mujer del ciego constató lo obvio: «A ella le ofende su arrogancia. Él es tan egocéntrico que aún no se ha dado cuenta de que está enamorado de ella».

¡¿En serio?! ¡No me diga…!

Era fácil llegar a esas mismas conclusiones a partir del diálogo. Yo podía haber cerrado los ojos y habérmelas apañado sin los continuos cuchicheos de la mujer. Y habría sacado un diez en el examen. Además, todas estas comedias románticas seguían la misma fórmula: había un personaje del estilo del señor Darcy de Orgullo y prejuicio, un tipo altivo, pero que acabaría enamorándose de ella y declarándole su amor, ella cambiaría de opinión justo cuando ya pareciese que iba a ser demasiado tarde, se produciría un malentendido que afectaría a una o a ambas partes, hasta que una coincidencia ridícula los reuniría torpe y, a la postre, felizmente. Fin.

«Ahora ella tira a la basura los envases de la comida china para llevar, consciente de que se ha pasado comiendo, pero también de que da igual, porque está sola.»

Un pequeño aporte interpretativo de su propia cosecha, con el fondo de la juguetona canción de The Supremes metiendo prisa al amor en la banda sonora, pero probablemente certero. En ese momento me pregunté cuántos espectadores más oían los comentarios de la mujer. Las personas que tenían delante sin duda se encontraban en la misma situación que Helen y yo: lo bastante próximos para no poder evitar oírlos, pero demasiado cerca para poder exteriorizar su fastidio. Nadie más parecía reaccionar ante la voz: ni gruñidos de desaprobación ni nadie revolviéndose nervioso en el asiento. No se había desencadenado esa ola de desdén gélido que hiela el patio de butacas cuando suena un móvil durante la primera aria. A lo mejor la voz que susurraba estaba entrenada para proyectarse en una dirección, para oírse con claridad de cerca y apagarse rápidamente con la distancia, como si una burbuja invisible limitara el sonido a una reducida esfera.

Menuda suerte la nuestra.

De veras que traté de controlar mi indignación, por Helen. Ambos éramos hipersensibles a la cháchara superflua durante las películas, pero este era su tipo de film (aunque no fuese, como ya era evidente, la cumbre del arte cinematográfico) y estaba decidido a no estropearle la experiencia aún más con resoplidos desaprobatorios durante toda la cinta. En lugar de eso, toqué el dorso de su mano en el reposabrazos que compartíamos. Nuestra señal secreta en la oscuridad: tres rápidos golpecitos que significaban «Te-quie-ro».

Era una película ligera, con el estúpido título La pesca del reparto de un romance: en referencia al trabajo de ese nuevo Darcy como director de casting y al hecho de que se reúne con la chica y el padre de ella en una casa de verano, donde perderá su comportamiento altanero entre anzuelos y caídas en lagos, y con su decepcionante pesca de un renacuajo frente a la gigantesca trucha arcoíris de ella. En algún momento del camino —más o menos equidistante de la primera y segunda escapada de Helen al servicio de señoras—, yo me había acostumbrado a la película y a los comentarios, que pasado un rato había empezado a apreciar a regañadientes —la habilidad de la mujer para seleccionar los detalles justos y suministrar a toda pastilla la narración al ansioso oído de su marido—. A fin de mantenerme entretenido, me dediqué a jugar un poco, cerrando los ojos a ratitos y permitiendo a las palabras de la mujer tejer imágenes alrededor del diálogo. Cuando Helen regresó del aseo, no tuve que molestarme en resumirle lo que se había perdido: los comentarios de la mujer llenaron los huecos sin ningún problema.

Al cabo de un rato dejó de importarme compartir la burbuja con ellos. La forma de la cabeza del ciego se convirtió en algo familiar para mí, sobre el fino cuello y ladeada de continuo con objeto de no perderse ni una palabra de su esposa. Ese susurro nítido y subyacente se convirtió en parte de la película, como los comentarios de los expertos durante la retransmisión de un acontecimiento deportivo. Incluso medio barajé la idea de que ella misma fuera una experta. Por ejemplo, cuando susurró que el hombre había dejado la chaqueta en la silla y avisó, acertadamente, que los billetes de avión se iban a caer del bolsillo. También predijo el momento en que él se daría cuenta de la embarazosa relación que lo unía al hermano de la protagonista —era el sinvergüenza que en el primer rollo había tratado de chantajearlo para que le consiguiera un papel—. Lo narraba tan bien que sospeché que ya había visto la película antes; a lo mejor incluso había practicado con un bloc y un cronómetro, para localizar los momentos precisos en los que susurrar detalles cruciales o musitar pistas que a los espectadores poco atentos se les podían pasar por alto.

De modo que de mala gana empecé a admirar su habilidad, y casi a confiar en ella para apreciar plenamente la película. Y entonces, durante la última escena, ella jugó sucio.

La mujer cambió el final. Lo hizo de una manera casi elegante, aprovechando los silencios y la ambigüedad de las últimas palabras de los protagonistas. En la pantalla, el hombre dijo: «Todavía te amo», con una ligera entonación ascendente en la voz, tal vez más reflejo de la inseguridad del actor que de la del personaje, pero la mujer tergiversó su declaración retorciéndola hasta convertirla en una interrogación.

«Aseguran quererse, pero no son sinceros —musitó—. Él abre los brazos para abrazarla —aunque, en la pantalla, ellos ya se habían fundido en un abrazo—, pero ella se aparta. Es demasiado poco, demasiado tarde.»

En ese momento me di cuenta de la tremenda precariedad de este tipo de película: un cuasirromance juguetón, postergado a lo largo de noventa inciertos minutos. La relación entre los personajes principales es al mismo tiempo inevitable y frágil: un final feliz aplazado hasta la saciedad y, en todo momento, la amenaza del desastre tras la fachada de comicidad.

La actriz rio en la pantalla, en una demostración clara de felicidad y alivio, y la mujer dijo: «Está resentida. Es una risa seca y vacía. Su rostro rezuma desprecio».

Alargué de nuevo mi mano hacia la que Helen tenía a mi lado. No dijimos palabra; el mero roce bastaba para expresar nuestra indignación. Esta horrible mujer estaba traicionando no solo la película sino también a su marido ciego.

Ahora ya estaba convencido de que ella había ensayado los comentarios con anterioridad. ¿Cómo si no podía verter a la perfección su veneno en el oído de él —sabedora del mejor momento, de la dosis justa— y con la seguridad de que ningún diálogo adicional fuera a proporcionar un antídoto?

Al hacer memoria, me percaté de algo más siniestro. Su descripción del actor principal lo había hecho más alto de lo que lo era en la realidad cinematográfica, le había conferido un cuello fino y una cabeza bamboleante que se ladeaba torpemente, muy semejante a… la de delante de mí, una sombra que se alzaba por encima de la butaca y tapaba el borde inferior del cuadro de la película. Ella había transformado al protagonista en una versión más joven de su marido, lo había hecho encajar en cómo el ciego se —a falta de una palabra mejor— veía a sí mismo. Para él, el decepcionante final sería especialmente cruel.

La cámara se alejó del feliz abrazo final de la pareja en la pantalla, y la banda sonora nos atronó con una canción, supuestamente una elección alegre, de tempo animado y letra optimista. Es probable que la mayor parte del público tratara de no pensar demasiado en que la solista había muerto de una sobredosis justo cuando el grupo estaba al borde del estrellato.

Los hombros del ciego se sacudieron con ritmo irregular. Y su cabeza ya no estaba ladeada hacia su mujer, sino agachada. No lo oía por encima de la alegre banda sonora, pero a todas luces el hombre estaba llorando.

Aun así, tanto Helen como yo continuamos sin decir nada —ni a ellos ni entre nosotros—. La mujer le había hecho algo terrible e imperdonable a su marido, pero decidimos que no éramos quiénes para intervenir. Un cuchicheo oído por casualidad es sagrado, como aquello revelado bajo secreto de confesión. Lo último que necesitábamos era inmiscuirnos en el drama privado de otra pareja, incluso si se nos había obligado a escucharlo, incluso si (y yo sabía que esto era más aplicable a Helen que a mí) las palabras susurradas nos habían echado a perder la película de esa tarde.

A mi mujer y a mí no nos hizo falta manifestar en voz alta esta decisión. Nos la comunicamos mediante una extraña telepatía, refinada a lo largo de muchos años en salas de cine a oscuras: el aliento contenido y que se suelta tras una excitante escena de persecución; un cambio imperceptible en la postura para transmitir aburrimiento; un suspiro apenas audible ante un paisaje bellamente encuadrado. Sentíamos en el otro lo que no oíamos ni veíamos. El suave respingo de Helen me había dicho: «No merece la pena». Yo tamborileé el pie sobre el suelo como diciendo: «Tienes razón. Lo voy a dejar pasar».

Al igual que muchos de los espectadores habituales del cine Midtowne, éramos bastante tituleros. Tampoco es que forzosamente nos quedáramos hasta el mismísimo final de los créditos —ni siquiera al mayor cinéfilo del mundo le interesa demasiado saber qué estilista peinó a los extras o quién proporcionó el catering para el equipo—, pero siempre merecía la pena permanecer sentado mientras aparecía el reparto, reconocer el nombre de algún actor y pensar, «Ah, ya me parecía que lo había visto antes. ¿No salía en…?».

Sin embargo, el ciego y su acompañante hicieron ademán de irse a marchar de inmediato. La mujer pareció levantar al hombre de su asiento. Juntos salieron lentamente al pasillo. En lugar de guiarlo, como cuando habían entrado en el cine, ahora daba más la impresión de estar cargando con él, con el brazo ciñendo la espalda del hombre, sosteniendo sus hombros hundidos y derrotados. Las luces de la sala se encendieron ligeramente para facilitar la salida del público, y yo vislumbré durante un instante la expresión apesadumbrada del ciego. Deseé que su mujer le hubiera dado más tiempo para serenarse antes de exponer sus emociones desnudas al luminoso mundo vidente del vestíbulo.

De pronto se me ocurrió una idea estrambótica: me pregunté si ella se lo llevaba ya con toda intención, antes de que el veloz desplazamiento por la pantalla de nombres de personas y oscuras profesiones pusiera en evidencia su notable habilidad. Ella habría terminado por bloquearse de haber tratado de seguir el paso a los créditos, como los primeros ordenadores cuando se les ordenaba dividir por cero.

Helen y yo esperamos mientras aparecía el resto del reparto, y mantuvimos nuestro silencio incluso cuando los nombres en la vida real de «Florista» y «Camarero n.º 4» flotaron hacia el techo. Alrededor de un tercio de las butacas continuaban ocupadas cuando nos incorporamos para marcharnos. Tras empujar las puertas dobles y salir al vestíbulo, mi mujer se desvió por un pasillo: una nueva visita al servicio de señoras.

Yo tiré los botellines vacíos en el contenedor de reciclaje y luego me quedé esperando a un lado, cerca de las puertas principales. En el exterior se había formado una fila: gente comprando entradas para el siguiente pase; por las puertas de la sala en ambos extremos del mostrador del bar proseguía el goteo continuo de espectadores, que parpadeaban cegados al salir de nuevo a la luz, la satisfacción pintada en el rostro de todos ellos. Al menos a algunos les había sido dado disfrutar de la película.

Divisé al ciego junto al arco de entrada al pasillo lateral. Estaba solo, apoyado algo encorvado contra la pared. Su cabeza se bamboleaba indecisa sobre el fino cuello, como anhelando poder inclinarse hacia la voz de su mujer.

La oportunidad se me presentó como llovida del cielo. A pesar del acuerdo tácito entre Helen y yo, avancé hacia él por la gastada alfombra beige del vestíbulo con mis silenciosas —al menos para mí— zapatillas de tenis.

—Disculpe —dije, aunque antes de que yo pronunciara las palabras su rostro ya se había vuelto hacia mí.

El hombre parecía mayor de lo que había imaginado, con las sombras que grababan las lámparas del techo bajo las arrugas de la piel. Aunque su atuendo era informal —una camisa azul claro de manga corta y pantalones de sarga—, adoptó una postura rígida y formal que, lamentablemente, le hizo parecer más ridículo que circunspecto. Su mirada era expectante y vacía, y tenía los ojos hinchados y rojos.

—Disculpe —repetí, tratando de aplazar mis palabras, aunque temía que una de nuestras esposas pudiera regresar del servicio. Lo dije en voz bastante alta, incapaz de controlarla, como si necesitara atravesar el velo de esa mirada inexpresiva—. Solo quería, esto, solo quería decirle…

—¿Sí?

Era la primera vez que lo oía hablar. Su voz sonaba debilitada por el ataque de llanto, con apenas la fuerza necesaria para animarme a continuar.

La gente pasaba por nuestro lado sin prestarnos atención. Miré hacia el fondo del pasillo, hacia los aseos. Ni rastro aún de Helen ni de la horrible mujer de los susurros.

—La película no ha terminado como ella se lo ha descrito. —Y solté el resto antes de perder el valor—: Al final son felices. Están enamorados. He pensado que debería saberlo.

El hombre tardó en reaccionar. Luego vislumbré algo semejante al alivio: el cuerpo se relajó, la tensa línea de la boca se distendió como pidiendo permiso para sonreír. Entonces hizo una floritura con el brazo izquierdo, apoyó el derecho en el estómago e inclinó el torso en una reverencia profunda y exagerada. Se incorporó y luego habló con una firmeza imprevista:

—Oh, gracias. Gracias de corazón. No sé qué habría hecho sin su ayuda.

Era una parodia del agradecimiento. El sarcasmo se instaló en su rostro, una expresión de desdén que me indicó que nuestro encuentro ya había concluido.

Por suerte, vi acercarse a Helen. Crucé el arco para reunirme con ella y la guie por el vestíbulo, manteniéndola lejos del ciego. Cuando llegamos a la acera de la calle, antes de que la puerta del cine se cerrara con un chirrido herrumbroso, me pareció oír al hombre dándome las gracias de nuevo.

Mientras esperábamos la cena no comentamos la película como acostumbrábamos a hacer. Nada de repetir las líneas favoritas de diálogo ni buscar sutilezas en el guion; nada de juzgar las interpretaciones ni establecer matizadas comparaciones con películas similares. En lugar de eso, nos dedicamos a desmigajar los panecillos de bolsa que nos habían servido y a recolocar las flores de seda, de pétalos polvorientos, en el jarrón blanco de cerámica. Nos turnamos para decir que teníamos hambre y preguntarnos en voz alta cuándo nos traerían la sopa minestrone.

Por fin Helen sacó el tema.

—No sé en qué estaba pensando. Ojalá hubiera elegido otro sitio.

—No te culpes. Yo ni siquiera me había fijado en que el tipo era ciego. ¿Y quién se iba a esperar que su mujer le fuera a contar toda la película?

—Ojalá hubiera elegido otro sitio —repitió Helen.

Eso fue prácticamente todo lo que necesitábamos decir sobre el asunto. No obstante, tras el plato principal y tras decidir no quedarnos a tomar ni postre ni café, la camarera tardó un buen rato en traer la cuenta. En el incómodo silencio, flaqueé y decidí confesar. Le relaté mi curioso encuentro con el ciego en el vestíbulo.

Helen se estremeció, como si fuera la historia más aterradora que jamás hubiera escuchado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Dejadme que os hable de una película distinta. Se trata de otra comedia romántica, esta sobre una pareja con muchos años de matrimonio a la espalda, que lo aparta todo a un lado para poder tomarse un mes durante el que viajar juntos por el mundo. El marido se muestra reacio al principio, temiendo rezagarse en el trabajo, y tampoco es que sea su aniversario ni el cumpleaños de ninguno de los dos, y además él nunca ha sido dado a hacer las cosas así de improvisadamente. Sin embargo, ella lo convence, y además ya ha reservado los vuelos, los hoteles y el crucero, y ha comprado guías y folletos, e impreso páginas y páginas con consejos de sitios online de viajes: pequeños restaurantes no frecuentados por turistas; tours especiales que solo se organizan los domingos por la tarde, y solo si sabes cómo pedirlo; listas de «visitas imprescindibles» en cada ciudad; itinerarios con los que ocupar todos los días…

Antes de partir, ella lo sorprende con un paquete envuelto, que resulta tratarse de una cámara digital con un montón de memoria, para que puedan sacar tantas fotografías como quieran. Él jamás había sido partidario de las fotos, al creer que distraían de la experiencia del viaje. En sus anteriores escapadas, los otros turistas eran una lata con sus cámaras, le tapaban la vista o interrumpían la suave calma de la luz natural con el disparo de los flashes. Pero el regalo es un bonito detalle, y él descubre que disfruta con él: cuando encuadra una catarata, una montaña o un monumento, con ella delante; y por la noche, en el hotel, se lo pasa bien revisando las fotos.

Él había accedido a realizar el viaje solo por darle el gusto a su mujer, pero el entusiasmo de ella no tarda en contagiársele y termina disfrutando. Sin embargo, a fin de que sea una comedia mejor, las cosas tienen que torcerse: conexiones perdidas; reservas de hotel equivocadas; un dedo señalando al azar en una carta de restaurante, «Tomaré esto», y a la mesa llega un plato de sesos de cordero o un exótico pescado de dos kilos con ojos cual globos que miran fijamente desde la fuente; o una palabra mal pronunciada dirigida a un malabarista callejero en Francia —fou en lugar de feu, por ejemplo, («¡Lo ha llamado loco, m’sieu!»), el preludio de un malentendido divertidísimo.

Pero no sucede nada de eso. Ocurren cosas similares, aunque no con frecuencia, y nada importante. Un cepillo de dientes olvidado en lugar de un pasaporte perdido. Como guía, ella es estupenda, y él la ama más que nunca. El viaje es inolvidable, vigorizante. De acuerdo, no es una gran película: ni hay conflicto ni complicaciones. Pero es dulce.

Tras el viaje, él tiene los recuerdos y las fotografías. La mujer sonríe en todas ellas: apoyada en la barandilla del barco durante su crucero por Hawái, con la costa Napali al fondo; en una esquina, diminuta, con el cabello agitado por el viento, y el inmenso Gran Cañón a su espalda; en una mesa en la terraza de un café en Venecia, levantando una copa de un vino añejo de la zona, como brindando hacia la cámara… y por él.

Él ha impreso todas las fotos, cientos. Coge un montón y las va pasando deprisa —como si fueran uno de esos libros con dibujos que varían ligeramente de una página a la siguiente— y el mundo pasa a toda velocidad detrás de la imagen siempre sonriente de su esposa. El fajo de grueso papel crea una corriente de aire, casi como un suspiro.

«Cáncer de vejiga —dice el informe—. Inoperable.»

Todo había parecido parte de una de esas películas de Helen, blanditas y con final feliz. Ella lo mantuvo así tanto tiempo como pudo.

Los especialistas lo llaman cáncer de vejiga cuando es ahí donde el tumor se origina, incluso si el mal se extiende a otras partes del cuerpo. Las frecuentes visitas de Helen al baño eran un síntoma, pero el cambio se había producido poco a poco y ninguno de los dos se había dado cuenta. Para cuando se lo diagnosticaron, ya estaba demasiado avanzado. Incluso con un tratamiento agresivo, el pronóstico no era bueno. Cuando ella se enteró, decidió no decírmelo. En lugar de eso, anunció: «¡Nos vamos de viaje!».

Si esto fuera de verdad una película, esa omisión convertiría la historia en algo de mayor peso. Siempre fuimos una pareja feliz, pero yo fui especialmente feliz durante ese mes de vacaciones. Yo fui feliz. Solo puedo imaginar lo que en realidad pasaba por la cabeza de Helen, a pesar de su sonrisa permanente. La preocupación ante la terapia agresiva cuando regresara a casa. El miedo a los largos días de hospital, con los agudos dolores atravesando incluso la bruma de la medicación. Y si tenía suerte, tal vez un rápido declive.

No organizó el viaje para ella, sino para mí. Un hermoso y conmovedor regalo de despedida. Y en todo momento, bajo la dulce fachada de comedia romántica, una terrible tragedia silenciada.

Me odio por no haberme dado cuenta. Helen me ocultó la noticia tanto tiempo como pudo.

Un día ya cerca del fin, mientras estaba postrada en una cama de cuidados intensivos —eso que tanto había temido en silencio—, me reveló algo muy extraño. Casi desearía que no me lo hubiera contado, aunque comprendo por qué necesitaba hacerlo. Aquel día en el cine había sucedido algo más, tras nuestra experiencia sentados detrás del ciego y su locuaz acompañante. En el servicio de señoras, cuando la película ya había acabado, Helen oyó susurrar de nuevo a aquella voz, en el cubículo contiguo al suyo. La voz sonaba clara y proyectada hacia ella; Helen sabía que nadie más podía oírla. El murmullo comenzó en el momento preciso en el que mi esposa hizo un esfuerzo y comenzó a vaciar la vejiga. Helen recordaba con exactitud lo que la voz había dicho: «No te duele. Es tan solo una molestia sin importancia, conque lo vas dejando. Para cuando vayas al médico, será demasiado tarde». Mientras repetía las palabras, la voz de Helen, debilitada por el cáncer y los tratamientos, logró una imitación perfecta e inquietante del imperioso susurro de la mujer.

Y, en el acto, el hospital se me antojó un lugar más aséptico, frío y desesperanzador. Helen falleció esa noche, mientras yo estaba en casa durmiendo.

Y ahora todas mis películas son tristes. Voy a verlas solo. Quiero sentir la presencia de Helen en el asiento vacío a mi lado, aferrarme a esas señales que de manera casi automática siempre compartíamos en la oscuridad. Quiero golpear con suavidad el dorso de su mano, tres veces.

En lugar de eso, ladeo la cabeza ligeramente. Una voz que susurra tergiversa el argumento de la película, hace que la historia trate sobre mí y sobre mi pérdida. Cambia el final, lo retuerce hasta convertirlo en algo horrible.

Copyright © 2009 Norman Prentiss

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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3 respuestas a En los pórticos de mis oídos, de Norman Prentiss – Especial Cuentos de película VII

  1. JascNet dijo:

    Leído y disfrutado. 🥰🥰🥰
    La verdad es que esta vez, con este relato, he quedado bastante desconcertado.
    El giro final es una bofetada con la mano abierta y te deja cavilando durante bastante tiempo. De hecho, lo leí anoche y todavía da vueltas en mi cabeza. Sigo sin encajarlo todo y hay cosas que no llego a entender, a pesar de haber leído el tramo final varia veces. Dejaré pasar un tiempo y lo releeré. Aunque si me quieres dar pistas por privado, agradecido estaré. 😝
    He buscado la referencia que comentabas sobre la relación entre el título y Hamlet y es cierto. El oído, sobre todo el indiscreto, puede ser un camino para el terror.
    Muchísimas gracias por compartir el relato y felicidades por tu maravillosa traducción.
    Un abrazo 🤗😊👍🏼

    • marcheto dijo:

      Mi opinión personal es que ese efecto es algo totalmente buscado por el autor (pero no se lo he preguntado). Aparte de la bofetada que también me dejó KO. Yo todavía sigo dándole unas cuantas vueltas más de vez en cuando, y cada vez llego a una interpretación ligeramente distinta, que me parece explicar el 95 % de lo leído, pero sigue quedándome ese 5 % que me genera una fuerte sensación de intranquilidad, y que al cabo de unos días me obliga a repensarlo todo y llegar a una explicación un tanto distinta y que me cuadra de nuevo al 95 % (pero un 95 % distinto al de la vez anterior). Y en esas sigo. Así que bienvenido al club. 😉
      Muchas gracias por leerlo y compartir tu opinión. Y por tus amables palabras sobre la traducción.

      • JascNet dijo:

        ¡Gualá!
        Por un lado me dejas más tranquilo, porque no pienso que soy más torpe y obtuso en las entendederas. 😅😂
        Por otro, ahora tendré que seguir encontrando racionamientos en mi cabeza para esas otras explicaciones. 🤦🏻‍♂️
        La verdad es que no deja de ser un arte conseguir eso. 👍🏼👌🏻
        Aunque si llegas a hablar con el autor alguna vez y consigues que te explique algo, descansaremos. 😂😂😂
        Gracias de nuevo 🤗😊👍🏼

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