Domino total, de Kim Newman – Especial Cuentos de película VI

Kim Newman es un veterano y prolífico periodista, crítico de cine y escritor de ficción. En esta última faceta, este autor inglés ha publicado varias novelas y docenas de relatos, y editado varias antologías. Asimismo ha escrito numerosos libros sobre cine y guiones para radio y televisión. También ha colaborado con multitud de publicaciones y programas de televisión y radio, sobre todo escribiendo y hablando del séptimo arte, dado que es un reputado crítico cinematográfico y todo un experto en cine de terror británico. Gracias a su ficción y no ficción, ha ganado premios como el Bram Stoker, el International Horror Critics Award, el British Science Fiction Award y el British Fantasy Award. En español podéis leer varias novelas suyas (algunas publicadas con el pseudónimo Jack Yeovil) y un puñado de relatos.

Dominio total (Illimitable Dominion) se publicó por primera vez en 2009 en Poe: 19 New Tales of Suspense, Dark Fantasy, and Horror Inspired by Edgar Allan Poe, antología editada por Ellen Datlow que recogía relatos inspirados en Edgard Allan Poe y su obra. Posteriormente se ha incluido en otras antologías (entre las que destaca The Cutting Room, también editada por Ellen Datlow, que recopiló en ella sus cuentos de película favoritos) y en una de las colecciones del propio autor. Se trata una original, divertida y frenética historia llena de referencias a la obra de Poe y a multitud de películas, sobre todo de la productora American International Pictures. Sin embargo, se disfruta igualmente aunque se os escapen la mayoría de ellas (lo digo por propia experiencia, ya que eso fue lo que me ocurrió a mí en mi primera lectura). No obstante, reconozco que la diversión es mucho mayor si se dedica un tiempo a indagar y descubrir lo que hay detrás de lo narrado en el cuento, ya que la mayor parte de los hechos están más o menos basados en la realidad, por descabellados que algunos puedan parecer. De igual modo, si alguna frase o expresión o suena conocida, extraña o un tanto forzada, investigad un poco y descubriréis que este relato es un perfecto ejemplo de reciclaje literario. De todas maneras, he tratado de facilitar un poco las cosas incluyendo unas cuantas notas que espero que os resulten útiles.

Ojalá que al leer esta sexta entrega del especial Cuentos de película os divirtáis tanto como yo me he divertido traduciéndola. Y ya tan solo me queda dar las gracias a Kim, por autorizarme a incluir su peliculera historia en mi particular homenaje al séptimo arte. Thanks a million, Kim!

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Dominio total

Kim Newman

Vale, se podría decir que fue culpa mía, que yo soy el responsable. Yo, Walter Paisley, agente de estrellas sin estrella en Hollywood Boulevard. Yo dije: «¿Y qué me decís de Eddy?», y la epidemia Poe se desató…

Estamos en 1959 y ya conocéis el escenario. Los coches lucen aletas de tiburón. Las gramolas atruenan con canciones de The Platters y Frankie Lyman. Ike Eisenhower ya está demasiado visto, pero JFK todavía no ha despegado. Los rojos han puesto varios Sputniks en órbita, el pistoletazo de salida para la carrera espacial. Las cafeterías están llenas de barbas y de poesía mala. A Boomba el Chimpancé, mi cliente más destacado, le han cancelado una serie infantil. Todos los canales de televisión andan programando wésterns, pero mis peroratas tratando de vender El chimpancé cherokee, El simio sheriff de Mesa City y Boomba se va al oeste caen en terreno baldío. La única cadena en la que tengo influencia es DuMont, que va de mal en peor, lo que demuestra lo bajo que ha caído la Agencia Paisley desde su época de esplendor con Jillian de la jungla y su guerrilla de gorilas (con Boomba como mascota del pelotón de matones aportando la nota cómica) y El campeón, el mono y el gnomo (un boxeador acabado amigo de un gnomo y un chimpancé que fuma puros).

American International Pictures es un nombre sofisticado para referirse a James H. Nicholson, Samuel Z. Arkoff y su oficina compartida. Se autodenominan «estudio», pero no vais a encontrar ningún plató de exteriores de la AIP. Alquilan hangares abandonados como platós y ruedan cuanto pueden en exteriores y sin permisos. A finales de la década de 1950, la AIP está haciendo películas como churros, unas treinta o cuarenta al año, para programas dobles que colocan en autocines y salas cochambrosas de sesión continua que satisfacen las necesidades de un público acneico. Venden paquetes «dos por una» de delincuencia juvenil de bajo presupuesto (Reformatorio femenino y Tres fugitivas), ciencia ficción asequible (El terror del año 5000 y Las sanguijuelas humanas), éxitos musicales tirados de precio (Noche de rock y El fantasma de Dragstrip Hollow[1]), monstruos de baratillo (Yo fui un hombre lobo adolescente y La no muerta), batallas cicateras (Batallón suicida y Comando paracaidista) y exotismo de saldo (La diosa tiburón y Yo fui un cavernícola adolescente). Cuando Jim y Sam prueban con lo épico, confían en que un título que ocupe la marquesina entera (La saga de las mujeres vikingas y su viaje a las aguas de la gran serpiente de mar[2]) distraiga a los moteros de la calidad ínfima de las producciones y de la serpiente marina de pacotilla filmada en las encrespadas aguas de una bañera.

En la AIP, el método de trabajo es el siguiente. A Jim se le ocurre un título —por ejemplo, La bestia de un millón de ojos o El furor y el delirio— y encarga un cartel truculento que llena de eslóganes llamativos. Se lo muestra a los exhibidores, que contribuyen a la producción con una aportación modesta, y entonces se asigna un productor al proyecto. El productor en cuestión se trae un guionista el fin de semana y lo engatusa tirándole cacahuetes por entre los barrotes hasta que consigue que le escriba un guion. Resulta que alguien tiene que dirigir la película e interpretarla, pero, mientras el póster muestre a una muñeca adolescente embutida en un jersey ajustado y gritando —ante un monstruo, una navaja o un guitarrista—, eso es algo que a nadie le quita el sueño. Sam redacta la letra pequeña de los contratos que garantiza que nadie tenga una participación en las ganancias, y da caladas a sus puros durante las reuniones de negocios.

Roger Corman es solo uno de la recua de productores de la AIP —Bert I. Gordon y Alex Gordon son otros—, pero es el más joven, el más ocupado y el más barato. Tras, desde su punto de vista, malgastar la mitad de su presupuesto contratando a un director llamado Wyott Ordung para una obra maestra de 1954 llamada El monstruo del océano, Roger recorta gastos dirigiendo él mismo la mayoría de sus películas. Y es raro que lo haga mucho peor que Wyott Ordung. Cinco críticos de Francia y dos de Inglaterra afirman que Roger es más interesante que Cukor o Zinnemann, aunque, de manera incomprensible, Conquistaron el mundo queda fuera de las nominaciones de los Oscar a Mejor Película. Para colmo, Mike Todd gana por La vuelta al mundo en 80 días. Antes prefiero ver sesenta y ocho minutos de Lee Van Cleef achicharrando con un soplete a un nabo venusiano que arremete contra él entre rugidos a tres o cuatro horas de David Niven haciendo cucamonas a más de doscientos petulantes actores que hacen cameos en localizaciones exóticas. Y no hay que ser crítico de revistas sesudas como Cayenne du Cinéma o Sight & Sound para estar de acuerdo conmigo.

Tras entre sesenta y setenta películas en cuatro años, llega un momento en que Roger es capaz de hacerlas con la gorra en solo un fin de semana. La pequeña tienda de los horrores se rueda en tres días aprovechando que, como está lloviendo, Roger no puede jugar al tenis. Roger aborda todos los géneros, dentro de los límites marcados por Jim y Sam. Hace películas sobre chicas delincuentes juveniles, chicas pistoleras, chicas que son brujas reencarnadas, chicas beatnik, chicas fugadas de la cárcel, chicas cavernícolas, chicas vikingas, chicas convertidas en monstruos, chicas apaches, chicas roqueras, chicas devoradas por plantas, chicas que trabajan en ferias, chicas de sororidades, chicas que son la última chica de la Tierra, chicas pescadoras de perlas y chicas criminales. De no ser porque por algún motivo se salta a las chicas selváticas, a lo mejor Boomba hubiera conseguido un contrato con la AIP.

Pero resulta que todo el mundo —salvo Sam, que ríe satisfecho ante los libros de contabilidad sin siquiera ver las películas— acaba aburriéndose de esta línea de producción. Otra semana, y La sangre de Drácula y Arpías de bachillerato ya están listas, pues vaya… No sé de dónde saca Roger tiempo para soñar, pero vaya si sueña… con cosas más grandes. Jim propone que los pósters sean más grandes, o al menos de distinta forma. En los cincuenta, el enemigo es la televisión, pero el producto de la AIP se parece una barbaridad a la tele: pequeño, cuadrado, en blanco y negro y borroso, con actores que no te suenan de nada vagando por el cañón Bronson[3]. Las pantallas de los autocines tiene la misma forma que los parabrisas. La típica producción AIP solo ocupa una banda central. Incluso con un programa triple de El ataque de los cangrejos gigantes, El asombroso hombre creciente y La criatura, los chavales se impacientan. ¿Dónde está el impresionante CinemaScope, el glorioso Technicolor y el sonido estereoscópico. El 3D llegó y se marchó, y ni el Odorama ni William Castle con sus chismes que dan garrampas en el trasero están consiguiendo animar la taquilla.

A Jim o a Roger se le ocurre la idea de juntar los presupuestos y calendarios de rodaje de dos películas normales de la AIP y echar el resto en una superproducción de ochenta y cinco minutos. Entre los dos obligan a Sam a abrir el talonario de cheques lleno de telarañas. Esta vez, Mike Todd —bueno, no Mike Todd, puesto que Mike está muerto, sino algún otro pez gordo imaginario compuesto por una amalgama de productores— tendrá que estar ojo avizor cuando llegue la temporada de los Oscar. Y bien, ¿qué pueden hacer?

En Inglaterra están empezando a producir películas de miedo en color, con platós como es debido y actores de talento luciendo cuellos almidonados. Se emplean cubos de sangre y chicas con camisones escotados, de modo que no es que estemos hablando de obras de arte. En una de cada dos pelis exprés de la AIP sale un monstruo, por lo que la productora considera que ellos son unos grandes expertos en el negocio de los sustos. Ahí está la respuesta. Roger rodará una película de miedo con clase —pero tampoco demasiada—. Jim puede conseguir como protagonista a Vinnie Price, quien tras participar en aquella película de William Castle de las garrampas en el trasero, para la Columbia, y en un Los crímenes del museo de cera en 3D, para la Warner, se ha labrado un nombre en el mundillo del terror; a pesar de ello, su carrera se ha estancado, y él se dedica a aparecer como invitado en concursos televisivos, posiblemente amañados, y como cicerone de voz profunda que nos guía por Tombstone en documentales sobre wésterns. Tras Brando, los actores de acento culto y batín que gustan de enarcar las cejas han sido marginados de las películas de serie A. Sin embargo, Jim y Roger no tienen ni la más remota idea de sobre qué debería ir su espectracular film en pantalla panorámica y a todo color. Tan solo saben que El ataque de los cangrejos gigantes o El día del fin del mundo no darán la talla.

Entra Walter Paisley, con un ejemplar de bolsillo de Cuentos de imaginación y misterio, de Edgar Allan Poe. No, no es por altruismo: el cliente es siempre lo primero.

Boomba no tiene trabajo y cada día se zampa su peso en plátanos. Bonzo y Chita tienen la exclusiva para trabajar con Ronald Reagan y Tarzán, así que mi estrella está injustamente excluida de las escasas franquicias con chimpancé de la ciudad, salvo que esté dispuesto a encargarse de las acrobacias peligrosas —saltar por lianas y esquivar cocodrilos— de las que esos valiosos primates quieren escaquearse. De manera que me veo obligado a sacarme de la manga propuestas que puedan convertirse en un vehículo para un chimpancé barrigón. Considero un remake de King Kong con chimpancé en lugar de gorila, pero la RKO no me hace ni caso. Trato de vender un biopic del mayor Sam, el mono astronauta estadounidense, pero ese maldito chucho ruso copa todos los titulares.

Desesperado, pregunto a un becario que hace tiempo asistió unas semanas a la universidad por obras de dominio público famosas en las que salgan monos, y menciona Los crímenes de la calle Morgue. De acuerdo, si nos ponemos estrictos, el asesino en esa historia es un orangután y no un chimpancé, pero en todas las versiones cinematográficas el papel ha estado interpretado por un tipo con un andrajoso traje de gorila, así que difícilmente Boomba se aleja más de la idea original del autor. Estoy al corriente del dilema espectracular de la AIP, y una bombilla se enciende sobre mi cabeza. Visto a Boomba con un traje elegante, corbata y una boina, por lo del aire parisino, y le enseño a blandir una navaja de cartón. Entro con el chimpancé en el despacho de Jim y Sam justo cuando están mirando desanimados a un dibujante que sostiene un póster en blanco que debería haber estado cubierto de ilustraciones truculentas para promocionar la película que les catapultará al éxito.

Por desgracia, Boomba pone en peligro sus posibilidades de conseguir trabajo cuando se caga en sus bombachos de terciopelo y alarga la mano hacia el puro de un palmo de Sam, pero mi ejemplar de bolsillo de Poe cae sobre la mesa y Roger lo agarra. Tiempo atrás, Roger leyó algunos de los cuentos y le parece que La caída de la casa Usher le gustó bastante. Sam se opone. A los chavales que van a ver las producciones de la AIP les hacen estudiar a Poe en la escuela, así que, como es natural, lo odian. Pero Jim se acuerda de que, en la época de Boris y Bela, la Universal sacó un par de películas de Poe que obtuvieron buenos beneficios. Entonces, Sam —todo apunta a que realmente ha leído La caída de la casa Usher— dice que no se puede hacer una película de miedo sin un monstruo y que en ese cuento no hay monstruo. «La casa… —tercia Roger, con los ojos brillantes—, ¡la casa es el monstruo!». Jim y Sam intercambian una mirada y se lo piensan. Nadie se acuerda de Boomba, ocupado en masticar el puro. Por fin, los jefes aceptan la idea de Roger. La casa… la casa es el monstruo.

Las cuestiones importantes se resuelven. ¿Hay un papel para Price? Sí, en la casa que cae hay alguien llamado Roderick Usher. ¿Hay una chica? Roderick tiene una hermana llamada Madeline. Ojean el libro y descubren que Poe no dice en ningún momento que Madeline no sea una adolescente de jersey ajustado. Yo sugiero que el sucinto argumento del relato de dieciocho páginas mejoraría si un chimpancé asesino escapara de la calle Morgue y se colase en la casa Usher para aterrorizar a la familia. Nadie me presta atención.

Jim y Roger siguen adelante con La caída de la casa Usher. Felices y contentos, leen en voz alta párrafos con el acento de Vinnie Price. El cartelista llena su póster con una casa que cae, un Vinnie que enarca una aterrada ceja, una pibita enterrada viva envuelta en un sudario ajustado, ataúdes, criptas, esqueletos, una explosión atómica (que no tarda en ser borrada) y eslóganes robados a la prosa de Poe. «La enterró viva… para salvar su propia alma». «Oí sus primeros movimientos, débiles, en el ataúd… ¡la habíamos encerrado viva en la tumba!»[4]. «¡La sobrecogedora historia de MALDAD y CRUELDAD de Edgar Allan Poe!».

Veo esfumarse mi parte del pastel a la par que el puro de Sam. Eddy está muerto y toda su obra es de dominio público desde hace un montón de tiempo, de manera que hay Eddy para rato. Esto anima a Sam, al que le había entrado un tembleque ante la perspectiva de tener que comprar los derechos de un libro de terror de un autorzuelo.

Bien, cuando ya habría hecho falta un tren parado en mitad de la vía para detener los planes de la AIP de rodar La caída de la casa Usher, menciono que soy el agente de la Sociedad Edgar Allan Poe de Baltimore y puedo conseguirles sin grandes problemas —a cambio de una tarifa simbólica— el permiso para que puedan utilizar el nombre del autor, que la sociedad ha registrado como marca. Durante unos instantes, el silencio reina en la sala y nadie me cree. Sam se muestra escéptico, pero yo le explico que el motivo por el que el segundo nombre de Poe aparece mal escrito tantas veces es porque se quiere evitar tener que pagar los derechos correspondientes a la Sociedad Edgar Allan Poe. Él lo reconsidera y se lo traga, puesto que lo ve razonable. Se lanza a abogar por La caída de la casa Asher de Edgar Allen Poe como título, hasta que Jim y Roger lo acallan a gritos. A Sam, los críticos le traen sin cuidado, pero no así a una pequeña parte de Jim y de Roger, así que ellos están dispuestos a llegar a un acuerdo allí mismo. Yo llevo encima un modelo de contrato en el que hay que tachar varias cosas, habida cuenta de que es para un mono que va a trabajar como actor y no para un respetable organismo que va a autorizar la utilización de una marca, pero aun así sirve.

En cuanto salgo del despacho, localizo la Sociedad Edgar Allan Poe de Baltimore y comienzo el papeleo a fin de registrar el nombre. Resulta que ni siquiera soy el primero al que se le ha ocurrido el chanchullo. Edgar Rice Burroughs y Mark Twain (o sus herederos) se me han adelantado. Puede que el acuerdo no sea cien por cien kosher, pero a mí me pagan el cheque de la AIP. Es probable que tan solo quieran cerrarme la boca, porque en teoría yo soy quien les ha proporcionado la idea para la película —¡eh!, que ese ejemplar de bolsillo es mío—. Me ofrecen figurar como «productor asociado», pero se olvidan de incluirme en los títulos de crédito. Aunque a lo mejor mi nombre está perdido por entre los cinco minutos de vapores polícromos fluyendo y arremolinándose que son añadidos después de que la casa se haya desmoronado envuelta en llamas y hundido en el estanque. Pero, a partir de ese momento, yo estoy incluido en el paquete Poe.

La caída de la casa Usher —o La casa Usher, como se la llama en los carteles para ahorrar en rotulación— es rodada a lo largo de unos relajados —en comparación— quince días. Vinnie se afeita el bigote entre protestas, como si fuera Cesar Romero[5], y lleva una peluca blanca, que le gusta lo bastante como para lucirla por Sunset Boulevard fuera de horas de trabajo. El elenco tan solo cuenta con otros tres actores con frase, de modo que la estrella tiene ocasión de lucirse en todos las escenas. Durante el rodaje, Vinnie pone pegas a la frase «¡la casa está viva!, ¡la casa respira!». Roger le explica que «La casa… la casa es el monstruo», y Vinnie la declama con los ojos en blanco e histriónica elegancia. En calidad de «prod. ejec.», hago que Boomba pose para el retrato de un degenerado antepasado de los Usher, pero Floyd, el genio de la cámara, no lo saca en ninguno de los planos, así que no podéis ver el cameo del chimpancé en la cinta.

La película va de lo siguiente. En un siglo pasado (nadie sabe con seguridad cuál), un melancólico joven de desdeñosa expresión estilo Brando y peinado estilo Dean atraviesa los páramos baldíos y llega a una mansión pintada sobre cristal en la que Vinnie da respingos ante los más leves sonidos y pone los ojos en blanco como si fueran canicas. Tiene los sentidos sensibles en extremo, lo que es un tormento continuo, y parece sufrir terriblemente cada vez que a alguien se le cae un tenedor o una lámpara es encendida. Nuestro héroe está buscando a su novia desaparecida, la hermana de Vinnie. Ella hace acto de presencia, luciendo escote, luego se desmaya y es enterrada viva en el sótano. La chica araña hasta lograr salir de la cripta y, furiosa, le arranca los ojos a Vinnie como si él estuviera tratando de birlarle el novio en un baile. Una vela cae y la casa Usher arde como Atlanta en Lo que el viento se llevó —en efecto, no me extrañaría que parte del metraje del incendio del edificio fueran tomas descartadas de la época de David O. Selznick—. Vinnie y la chica mueren aplastados o quemados (o ambas cosas). Nuestro héroe escapa sin chamuscarse y se sume de nuevo en la melancolía —supongo que su agente le acaba de informar de lo que le van a pagar y ha decidido abandonar su carrera como actor y convertirse en productor, para que así algún día sea él quien tenga en la mano esos puros de un palmo de largos—. Una cita sobreimpresa: «“y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.” —Poe». Por si no lo sabéis: el nombre de Eddy aparece varias veces más entre los remolinos de los títulos de crédito.

Contra todo pronóstico, Usher se convierte en un éxito tremendo, lo peta en taquilla, molto ducados en los cofres. Roger gana dinero. Vinnie gana dinero. Sam y Jim ganan más dinero del que pueden imaginar, y al menos Jim tiene una gran imaginación. Edgar Allan Poe —bueno, la Sociedad de Baltimore en su nombre— gana dinero. Hasta Boomba cobra derechos de redifusión por el empleo de su retrato que no se ve. Porque efectivamente hay derechos de redifusión, y Sam tiene que averiguar cómo pagarlos. Un problema que nunca se había planteado con La mujer vudú o El fantasma de las 10.000 leguas. Como es natural tratándose de Hollywood, esto significa solo una cosa: secuelas.

Las primeras ideas van en la línea de El regreso de la casa Usher… pero resulta que donde antes se alzaba la vieja mansión ahora hay un estanque apestoso, conque las opciones dramáticas que no conlleven carísimas tomas submarinas escasean. Me invento una historia en la que el fantasma de Roderick Usher sale arrastrándose del estanque convertido en un mono verde con aletas. Jim pilla al vuelo que ando detrás de un papel estelar para Boomba y rechaza la idea. Sería fácil sentirme ofendido, al fin y al cabo, el chimpancé es mejor actor que los macarras de pelo engominado peinado hacia atrás a los que la AIP embute en gorgueras, jubones y bonetes con borla en las siguientes películas.

Al hojear mi ejemplar de Cuentos de imaginación y misterio —que ahora tiene esquinas dobladas y el lomo roto—, Roger se entusiasma con El pozo y el péndulo. El baboso cartelista, que está empezando a preocuparme, dibuja una quinceañera de jersey ajustado amarrada en un pozo mientras Vinnie hace oscilar una hoja de acero sobre sus domingas. A Jim y Sam les encanta, y se llevan un chasco cuando Roger comprueba la historia y descubre que quien está en los calabozos de la Inquisición española ¡es un tío! «No importa —asegura—, el péndulo… el péndulo es el monstruo». Se refiere a que el elemento tortura es de por sí lo bastante atrayente sin la distracción añadida de las domingas. El artista borra la espetera y dibuja un pecho masculino, que se entrevé por los cortes del péndulo en una camisa con chorrera.

Así que El pozo y el péndulo recibe el visto bueno. Hasta Sam comprende que una película al precio de dos es un negocio mejor si proporciona ingresos brutos que multiplican por diez los de sus paquetes de cuatro cintas de monstruos rodadas a la vieja usanza. Da un silencioso carpetazo a Los hombres diminutos contra la bestia colosal, de Bert I. Gordon, y a La criatura y el cowboy cantor, el largamente acariciado proyecto de Alex Gordon, y echa más cuartos a El Pozo, que es la gran esperanza de la AIP para 1961.

El único problema es que El pozo y el péndulo no es en modo alguno una historia, sino solo una escena. Un tipo en un pozo, a punto de ser cercenado por un péndulo, escapa. Ni Roger es capaz de estirarlo hasta un largometraje con largos planos de paredes rezumantes, ratas royendo y Vinnie relamiéndose. Por una vez, el problema lo soluciona el guionista. Dick Matheson coge su propio guion de La casa Usher, cambia los nombres y sustituye el clímax del incendio de la mansión por el asunto pozo/péndulo. Esta vez, el joven melancólico —no el mismo, aunque lo tendréis difícil para notar la diferencia— está buscando no a su novia sino a su hermana desaparecida, que está casada con Vinnie. Pero también aquí es enterrada viva… y resulta que dos veces. Los decorados de La casa Usher regresan, con fondos pintados nuevos y aparatos de tortura a fin de elevar la mansión a la categoría de castillo. El plano general inicial es una pintura sobre cristal de mayor tamaño, que incluye olas rompiendo. Vinnie conserva el bigote, lo que evita el drama entre bambalinas, y luce calzas, de siempre una de sus prendas favoritas.

Cuando me despierto una mañana, descubro que me he dejado bigote. Además estoy más delgado y pálido, y tengo los ojos llorosos. Mi guardarropa —antes compuesto por vistosos atuendos a rayas— se limita al negro básico. No le doy demasiadas vueltas, porque, como canta Dylan, los tiempos están cambiando. Y, si cabe, El péndulo lo peta todavía más en taquilla que La casa Usher, y las paredes empiezan a avanzar hacia nosotros.

Historias de terror cumple con el expediente de su propio remake de La casa de Usher en el primer rollo y lo titula «Morella». Luego continúa con «El gato negro» y «El tonel de amontillado» (con Peter Lorre y Vinnie enzarzados en una competición gestual) como segundo acto, y termina con «La verdad sobre el caso del señor Valdemar» (un malhumorado Basil Rathbone convierte a Vinnie en una «masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción»). Como la mayoría de las páginas ya han sido arrancadas de mi ejemplar, aventuro la opinión de que estamos utilizando todo el Poe adaptable a una velocidad alarmante, sobre todo teniendo en cuenta que la AIP está rodando más de una película de estas al año. Trato de poner de nuevo La calle Morgue sobre la mesa, decidido a que Boomba vuelva a la escena antes de que el filón se agote. Después de tan solo remake y medio de La casa Usher, todo el mundo está aburrido otra vez —la maldición del éxito en este negocio, en mi opinión— y tratando de escapar.

El primero es Roger, que se escabulle sigilosamente para rodar en otro estudio La obsesión, basada en El entierro prematuro, con Ray Milland haciendo de Vincent Price; pero Sam y Jim se unen a la producción y Roger es succionado de vuelta. La obsesión no es realmente un remake de La casa Usher como El péndulo o «Morella», pero sí que es un remake de la subtrama «conjura para volver loco al marido» con la que Matheson rellenó El péndulo. Roger quiere pirarse y hacer, no sé…, películas con relevancia social sobre la segregación. Termina enterrado vivo en Venice (California), en unos platós con decorados fijos del diseñador de producción Danny Haller. Mansiones ruinosas con el mobiliario típico. Minúsculos platós representando exteriores con árboles raquíticos en falsa perspectiva. Niebla de hielo seco arremolinándose en el suelo desnudo.

Molesto ante la posibilidad de que Milland ose usurpar su nicho, Vinnie se recorre la biblioteca a toda prisa y rueda El amo del mundo, Confesiones de un comedor de opio, Un trío de terror (basada en cuentos de Hawthorne), Diario de un loco (en otro de Maupassant) y La torre de Londres. En boca de Vinnie, Verne, de Quincey, Hawthorne, de Maupassant y Shakespeare de algún modo se convierten en Poe. Jóvenes melancólicos. Batines de terciopelo. Chicas enterradas vivas. Vinnie inquieto. Una cripta en el sótano. La casa que se desploma envuelta en llamas. Remolinos en los créditos. El Shakespeare (La torre de Londres es Ricardo III traducido al inglés) lo dirige Roger, que jura no recordar haber estado presente en el plató, aunque reconoce que es posible que rodara la película durante el período de amnesia que le sobrevino en la proyección de una película de ciencia ficción rusa a la que estaba despojando de los efectos especiales para montarlos alrededor de unas escenas de monstruos de goma rodadas por un chaval, que se iban a estrenar con el título Viaje al planeta de las sanguinarias mujeres prehistóricas. Mientras tanto, Vinnie es muy fortunato y se ha convertido en señor de los castillos de la AIP, ocupación que complementa pregonando su selección de obras de arte para los grandes almacenes Sears-Roebuck y sus libros de cocina.

Incluso los críticos comienzan a darse cuenta de que lo que se les ofrece es siempre la misma película. Me acuerdo de que esto ya ha sucedido en el pasado y propongo una solución ingeniosa. Cuando la Universal se estancó en la rutina con las películas de Frankenstein, Drácula y la Momia, hicieron que los monstruos se enfrentaran a Abbott y Costello. La comedia rompió el bucle. Una vez te has reído de un monstruo, jamás te vuelve a dar miedo. Como Lou ha fallecido, no podemos reunir de nuevo al dúo, pero sugiero que la hilaridad se triplicaría, como poco, si el nuevo compañero cómico de Bud fuese un rechoncho y talentoso chimpancé… y la AIP podría lanzar una nueva serie de películas con Abbott y Boomba contra el gato negro. El público se morirá de risa en sus butacas cuando Boomba empiece a arrojar putrefacciones abominables y repugnantes al bigote de Vinnie Price. Podemos apodarlo «el chimpancé de la perversidad».

Antes de que logre convencer a Jim, Sam y Roger —y a Bud Abbott, por supuesto—, Matheson escribe aprisa y corriendo un remake más o menos cómico de La casa Usher, supuestamente basado en El cuervo. Se me rompe el corazón cuando tengo que informar a Boomba de que de nuevo lo han mandado al banquillo, pero yo aún conservo el título de «prod. ejec.» y los derechos pagaderos a la Sociedad Edgar Allan Poe siguen fluyendo. Con vistas a la comicidad, en El cuervo se le asigna a Vinnie el papel de joven melancólico con calzas, la churri enterrada viva es una fulana infiel y Boris Karloff interpreta a Vincent Price. El castillo sigue desplomándose envuelto en llamas en unas imágenes de archivo que a estas alturas ya están llenas de rayas, lo que casi cuenta como un gag. Lorre también sale en esta, y vuelve loco a Karloff al improvisar su propio diálogo. El galán es un don nadie con dientes de piraña que se hace con el papel tras difundir el rumor falso de que es hijo ilegítimo de Jim Nicholson. Cuando se descubre que no lo es, Sam jura que el sonriente chaval jamás volverá a trabajar en esta ciudad, aunque llega demasiado tarde para dejarlo fuera de El terror, otro remake más de La casa Usher, que Roger rueda en tres días para aprovechar que aún tiene a Karloff bajo contrato. La vuelta de tuerca en esta ocasión es que la casa se viene abajo arrasada por las aguas en lugar de por el fuego.

Tras revitalizar el ciclo con El cuervo y a continuación demolerlo cínicamente con El terror, es imposible que esta perpetuación de Poe pueda proseguir. Conque, en 1964, alivio general y la sensación de que todos pueden embarcarse en proyectos mejores —o, al menos, nuevos—. Jim cree que H. P. Lovecraft podría ser el nuevo Poe y compra un montonazo de sus historias. Sí, ¡AIP gasta dinero en derechos para la pantalla! Gran titular en Variety. Verne, Hawthorne, Quincey y los otros pelagatos se me escaparon, pero ahora localizo la Sociedad Howard Phillips Lovecraft de Providence. Hojeo El intruso y otros cuentos, decidido a dar con una historia con un buen papel para un chimpancé —lo mejor que encuentro es una rata que luce una cabeza humana atrofiada en Los sueños de la Casa de la Bruja, y que debería ser lo bastante similar—. Pero el primer lugar en el calendario lovecraftiano de la AIP lo ocupa El caso de Charles Dexter Ward. Aunque va a ser La maldición de Charles Dexter Ward. «Maldición», que suena a blasfemia y violencia, es una palabra mejor para un título de película que «caso», que suena a sarampión y reposo en cama.

Por algún motivo que nadie alcanza a comprender, Roger quiere que el Nicholson no bastardo interprete a Charles Dexter Ward. Al no bastardo se le ocurre una escena en la que Charles es poseído por un malvado brujo antepasado suyo y destroza una puerta con un hacha tratando de llegar hasta donde se encuentra su aterrorizada esposa (Debra Paget), mientras grita algo sacado de un programa de entrevistas de la tele[6]. Sé que es imposible que la frase funcione, pero no digo ni mu. Entre tanto, Vinnie se larga encantado a Broadway para interpretar a un predicador llamado Big Daddy en el musical Sweet Charity, con la intención de lanzarse a una flamante carrera como estrella de la comedia musical. Los batines de terciopelo se guardan en el trastero. Las secuencias de edificios ardiendo se meten de nuevo en las latas. Y, según Lovecraft, ahora sí, el monstruo es el monstruo.

Aunque no vivo ni remotamente cerca de una Casa de la Bruja, las pesadillas me atormentan —pesadillas en las que no aparecen ratas de rostro humano ni monos verdes, sino un cabreado Eddy—. En mis inquietos sueños, Poe acude a mí con una larga lista de agravios que, en mi capacidad de representante de la Sociedad de Edgar Allan Poe de Baltimore, quiere que presente ante el Congreso, la industria editorial, establecimientos de bebidas que dieron cerrojazo largo tiempo atrás, el ejército estadounidense y otros organismos e individuos diversos. Con su nombre escrito en letras enormes en pantallas panorámicas para linternas mágicas que ni siquiera el cuento mil y tres de Sherezade habría alcanzado a imaginar, Poe siente que ha captado la atención del gran público que en su día pasó de él olímpicamente, y desea abogar por que se enmienden las injusticias cometidas antaño. Achaco estos sueños a las comidas opulentas que me puedo permitir gracias a mis honorarios como «prod. ejec.» y me planteo muy en serio almorzar más ligero.

En el preestreno de Charles Dexter Ward, descubrimos que en algún momento del proceso de producción ha sucedido algo misterioso e inaudito. Me acomodo en mi butaca con un enorme cartón de palomitas, que Sam me ha hecho pagar convencido de que la Sociedad Howard Phillips Lovecraft de Providence va a dejar fuera de combate a la Sociedad Edgar Allan Poe de Providence el próximo año fiscal. Las luces se apagan, el telón se abre y el proyector ronronea. El logo de la AIP llena la pantalla. El título con el que se abre la película no es La maldición de Charles Dexter Ward, de H. P. Lovecraft, sino El palacio encantado, de Edgar Allan Poe.

Una sensación de terror se extiende sigilosamente por la sala, susurrante, como un murmullo. El puro demasiado húmedo que está fumando Sam cae de su boca abierta. Roger se pone unas gafas oscuras y rompe a llorar. Jim se levanta y verifica con el proyeccionista que la película es la correcta. Yo ahora sé que todos estamos malditos, que jamás nos libraremos de Eddy Poe Rey.

Los batines de terciopelo han vuelto. La niebla se arremolina en aquellos mismos decorados minúsculos. Hay una cripta en el sótano, donde mora el monstruo. La imagen está desenfocada. Vincent Price, lamentándose por las oportunidades perdidas en Broadway, batalla contra un papel escrito para un hombre mucho más joven y aterrador y, con sensación agridulce, se despide de la vida que hubiera podido tener como el nuevo Rex Harrison (o el Sammy Davis Jr. blanco). Al final, mientras nosotros sollozamos en la sala de proyección, la casa se derrumba envuelta en llamas. Se trata de otro remake de La casa Usher. Después de que las vigas se desplomen por novena o décima vez, incluso aparece una cita: «“Mientras, cual espectral torrente, por la pálida puerta sale una horrenda multitud que ríe… pues la sonrisa ha muerto.” —Edgar Allan Poe».

Nosotros sabemos cómo se siente esa pálida multitud…

Presa de una desesperación melancólica, Roger escapa a la efervescente Inglaterra, jurando que va a hacer películas sobre Oliver Cromwell y los Beatles. Incapaz de resistirse a la garra fatídica del pavoroso destino, rueda La máscara de la Muerte Roja y La tumba de Ligeia, con Vinnie Price, chicas enterradas, edificios en llamas, remolinos en los créditos y citas finales. «Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde empieza la otra?». «Y las tinieblas, la corrupción y la Muerte Roja lo dominaron todo». Roger no puede evitarlo. Contrate a Richard Chamberlain, Christopher Lee, Shirley MacLaine o Jerry Lewis, cuando visita el camerino de la estrella el primer día de rodaje se encuentra a Vinnie Price con el rostro lívido, carrillos temblorosos y ojos inyectados en sangre, al que están maquillando las cejas y ayudando a embutirse en otro batín de terciopelo.

Doy carpetazo a la Sociedad Lovecraft y me entrego a tiempo completo a los intereses de la Sociedad Poe, que tiene oficinas regionales en Boston, Nueva York, París y la Antártida. La Sociedad presenta una sólida demanda contra la NASA, alegando que el programa Apollo vulnera los derechos de propiedad intelectual de El camelo del globo.

Boomba se ahoga en su piscina. En el cementerio, marcho lentamente detrás de Chita, Bonzo, J. Fred Muggs y Stanley (que protagonizó El tío del mono, de la cual la propaganda de la Disney aseguraba: «Con más risas que una juerga de chimpancés»), mientras portan el ataúd tamaño infantil hasta la tumba diminuta. Judy la chimpancé, la furcia que se ganó con artimañas el afecto de Boomba y luego le robó aquel bombón, el papel fijo en la serie ¡Daktari!, se finge desconsolada y utiliza ruidosamente su pañuelo de papel. En la ceremonia, el ambiente es deprimente y tenso. Me aguanto las ganas de embadurnar con brea a los chimpancés presentes, colgarlos de las vigas de Ben Frank’s[7] y prenderles fuego.

Poe continúa adelante. Roger, en una vana huida de la Muerte Roja, da una vuelta al mundo en ochenta películas. La ciudad sumergida, La caja oblonga, Cuando las brujas arden (a la que en Estados Unidos cambian el título a El gusano vencedor), Asesinatos de la calle Morgue (por fin, ¡pero con un maldito disfraz de gorila y rodada en España!), X en un suelto, El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether… Los cuentos y poemas se agotan, así que la AIP empieza, sí, con los ensayos. En ¡Eureka!, un filósofo ataviado con batín de terciopelo está a punto de comprender el funcionamiento del universo cuando su sobrina, que había sido enterrada viva, le araña los ojos y la casa es pasto de las llamas.

Mi pelo luce largo y lacio, tengo las mejillas hundidas, los ojos inyectados en sangre, el bigote caído… reparo en que soy la viva imagen de Eddy Poe. Teniendo en cuenta que lo encontraron moribundo con ropa prestada que le venía grande, al parecer incluso visto como el desdichado poeta cuyo palpitante corazón colmado de horror oigo bajo el suelo de madera de mi despacho o emparedado en el sótano de mi bungalow (¡que ni siquiera tiene sótano!). Doquiera que vaya, en cada espejo en que me mire, vislumbro el espectro de mí mismo, que me acusa en silencio: «¡Tú eres el hombre!».

Yo sí que soy aquel «amo miserable que el Desastre inexorable persiguió, ya tanto, tanto, que por treno funeral, por responso a mis ensueños, mi estribillo funeral era: “¡Nunca nunca; nunca más!”».[8]

Pero no soy el único acosado por el horror, atrapado por Eddy, enajenado por Allan, perseguido por Poe…

Ahora, ya no son solo las películas de Roger y los vehículos para el lucimiento de Vinnie. Es absolutamente todo lo que Jim y Sam producen. Además de remakes de La casa Usher, la AIP está rodando su serie de reuniones playeras anuales de adolescentes, que comenzó con Escándalo en la playa (que a su vez era un remake ligeramente disfrazado de otra película, Chiquilla), con nenas en bikini y chavales que se pasan el día en la playa surfeando y dándose el lote mientras suenan canciones de Frankie y Annette (que también son los protagonistas de las cintas); y unos Ángeles del Infierno cómicos capitaneados por Rocco Barbella, de la serie de televisión Bilko. La primera señal ya está presente en la entrega inaugural de la serie surfera, cuando el personaje llamado Big Daddy, que regenta el tugurio frecuentado por los jóvenes en la playa, alza la vista y resulta ser… Vincent Price. AIP prueba con una parodia de James Bond y lo que le sale es Doctor G y su máquina de bikinis, con Vinnie Price valiéndose de un afilado péndulo para hacerle la raya en el pelo a Frankie Avalon. Muy pronto, hasta la última de las películas playeras lleva la marca de Poe: El bikini enterrado vivo, Berenice de juerga en la playa, Los Metzengerstein y los surfistas cachas. Annette pasa más tiempo con un sudario que en traje de baño, y su cardado esconde un gato negro. Rod Usher se pone al frente de los Ángeles del Infierno, ataviado con un batín de terciopelo con tachuelas y un bonete con borla, y se queja de que el estruendo de las motos al acelerar constituye una auténtica tortura para sus oídos en extremo sensibles.

A estas alturas, todos nos hemos dado a la bebida y estamos arruinándonos la salud. El Hollywood Reporter publica la noticia de que Jim está a punto de casarse con su prima de trece años. Variety asegura que Roger está tratando de reunir fondos para una revista llamada Southern Literary Magazine[9], cuando debería estar en Europa rodando una película de carreras de coches. En un restaurante cercano a los estudios, comentan que a Sam siempre se lo ve acompañado por un cuervo que aletea siniestramente y grazna estrofas enteras. A Vinnie lo contratan para un especial de humor en una hora de máxima audiencia, pero lo emiten como Una noche con Edgar Allan Poe. Mi segundo mejor cliente, una excepcional y radiante stripper, la que se oye Leonora por los ángeles nombrar, se marcha volando por la puerta de mi agencia y yo paso largas horas atormentándome por su pérdida y añorando sus encantadores flecos.

No obstante, la cosa continúa. AIP lo intenta con una película bélica, que acaba estando protagonizada por un soldado joven y melancólico que asalta un castillo nazi en búsqueda de su novia desaparecida y se encuentra a Vinnie con un uniforme de terciopelo de las SS; a continuación llegan la inevitable tortura, el enterramiento en vida y el desplome del castillo envuelto en llamas. En calidad de productor, Roger envía a varios estudiantes de cine y al joven Nicholson al desierto para que rueden un wéstern, y regresan con Vinnie en el papel de un ganadero víctima de una maldición, pistoleros con misteriosos gemelos y, en lugar de un incendio, una estampida de reses arrasa el rancho. A la larga, Viaje al planeta de las sanguinarias mujeres prehistóricas es vendida a la televisión, con la insignia de la hoz y el martillo de la nave espacial borrada. Por lo que sea la remontan, y un joven y melancólico astronauta aterriza en un mundo embrujado donde el señor Veleta Cabezudo (Vincent Price) es el jefe de una tribu de aulladoras chicas telepáticas en bikini que son enterradas vivas mientras unos dinosaurios sobre los que pesa una maldición prenden fuego a todo el planeta.

Y luego ya no es solo la American International Pictures.

La epidemia asoma en pequeños detalles de pequeñas películas. Dos soldados de caballería que se llaman William Wilson en La gran matanza Sioux. Un episodio de la Pantera Rosa titulado «P» de péndulo. Un entierro prematuro en Una yanqui en el harén. Y luego, un descenso al Maelström. La Muerte Roja llega durante las escenas de la revolución de Doctor Zhivago y, durante el resto del film, la Oscuridad y la Desesperación se abaten sin medida sobre Omar Sharif y Julie Christie. En El tormento y el éxtasis, Charlton Heston pinta durante décadas un pequeño retrato oval de una antepasada de Roderick Usher. El espía que surgió del frío termina con Richard Burton aferrado a una carta robada mientras asegura que el culpable es el orangután. Hasta un wéstern de John Wayne y Howard Hawks se transforma en un poema de Poe: El Dorado.

La maldición alcanza su apogeo cuando los cines contratan un estreno de campanillas como Sonrisas y lágrimas y se encuentran con Maullidos y lágrimas. En inmensas salas vacías, ruinosas y embrujadas de todo el país, Julie Andrews sube por montañas escarpadas y fisgonea en un sótano, para terminar descubriendo que el capitán von Trapp (Vincent Price) ha emparedado a su esposa junto a su escandaloso gato. La película termina con Austria viniéndose abajo pasto de las llamas.

Mis sentidos son dolorosamente más finos a cada hora. No puedo salir de día salvo cuando el sol está cubierto por completo por nubes espesas y lúgubres, y una vez cae la noche solo tolero la llama minúscula y titilante de una vela. El sonido más leve es una agresión a mis oídos. El crujido de un paquete de cereales al ser abierto por un ama de casa a dos bloques de distancia retumba en mi cabeza cual disparos de ametralladora. Tan solo tolero la comida más insípida, y dejo de lado las barras que antes frecuentaba para convertirme en una especie de necrófago asiduo a esa nueva cadena, McDonald’s, donde a cambio de un puñado de insignificantes centavos puedes conseguir comida que solo sabe a cartón. El roce de mi secretaria se me antoja lija sobre mi piel terriblemente sensible, y me provoca agudos dolores y un vértigo repentino, y luego los poros me sangran. Pocos son los que devuelven mis llamadas en la industria, y casi mejor, porque a duras penas soporto la tortura del tintineo… de las campanas… que suenan, suenan, suenan, suenan, suenan… del gemir y el lamentar de las campanas.

Las películas solo son el principio. Poe no tarda en estar presente por doquier. La casa… la casa es el monstruo, y la casa es Estados Unidos. Los grandes éxitos televisivos de la siguiente temporada son La familia Usher, El agente de U. L. A. L. U. M. E. y La chica de la tele, protagonizada por una tal Marie Tyler Rogêt. Vincent Price sustituye a un popular presentador de noticiarios, recita las malas noticias ataviado con un batín de terciopelo y promete «mucha locura y todavía más pecado, y el horror como alma de la intriga» en las noticias sobre Vietnam, Washington y Oriente Próximo. Sonny y Cher llevan su versión del relato de Poe El coloquio de Monos y Una al número uno de la lista de éxitos. Y a continuación llegan A Whiter Shade of Poe, de Procol Harum; San Francisco (Be Sure to Put Some Flowers on Your Grave), de Scott McKenzie; Dream a Little Dream within a Dream of You, de The Mamas and the Papas; Bon-Bon, de los Archies; y Little Old Amontillado Drinker Me, de Dean Martin.[10]. Vinnie también presenta un programa musical, y observa con recelo a los jóvenes que bailan por si apareciera una figura de rostro cadavérico y túnica roja.

Entre los surferos se ponen de moda las camisas holgadas, los dedos manchados de tinta y la tez macilenta; y en Sunset Boulevard todo el mundo tiene como mascota un cuervo o un mono amaestrado. Los concursos de belleza para catalépticos son el último grito y, en la final de Miss Universo, colocan una corona en el ataúd de la ganadora mientras los jueces la emparedan con toda solemnidad. Los boinas verdes del ejército estadounidense adoptan una insignia para el gorro con un «gusano vencedor». Se erigen tambaleantes urbanizaciones en tremedales próximos a pozas de aguas estancadas, construidas con materiales pretensados de tal manera que se asegure la aparición de grietas estilo Usher, y se incorporan dispositivos incendiarios en las instalaciones eléctricas para garantizar deflagraciones más espectaculares. Los nombres de niña más populares en 1966 y 1967 son Leonora, Annabel, Ligeia y Madeline.

En un reino junto al mar, vivimos hechizados. En el El Dorado de Los Ángeles, una espesa niebla blanca envuelve los bulevares. Los acongojados «nunca mases» de los cuervos posados sobre estatuas son respondidos con ahogados maullidos de gatos negros emparedados en sótanos. Y las gaviotas se unen con sus «¡tekeli-li, tekeli-li», como si eso pudiera resultar de ayuda.

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se ciernen bajas y pesadas en el cielo, cruzo solo, en un Cadillac descapotable, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encuentro a la vista de la melancólica Casa Roger. No sé cómo es, pero a la primera mirada que echo al edificio invade mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Trato de despejar la niebla —como en el despertar de un fumador de maría— que flota en mi cabeza y librar mi mente de las palabras de Poe. Pero lo tengo sentado a mi lado, espectral, toquiteando el dial de la radio, con aliento a whisky mientras musita al compás de complicadas métricas. He venido por la carretera que bordea la costa, hasta Malibú, donde la AIP y Corman —montado en el dólar gracias a las películas de Poe— han instalado un estudio en un castillo lóbrego en lo alto de un escarpado acantilado, Visto desde la carretera parece tan falso como una toma pintada sobre cristal. Crespo el matorral en derredor, lívido y mustio, y yo ni siquiera sé por qué demonios hablo así de raro.

El castillo parece abandonado, pero consigo entrar colándome por una amplia brecha en la pared. En las tinieblas, encuentro a los demás. Roger, con gafas oscuras con protectores laterales. Sam, con un puro en la boca y un cuervo. Jim, con el doble que ya no asegura ser su hijo rondándole. Vinnie, el más malparado de todos nosotros, el rostro licuefacto goteándole sobre su camisa con chorrera, las cejas y el bigote desplazados unos centímetros hacia abajo por la marea de repugnante, de abominable putrefacción. El grupo está acompañado por algunos otros: el cadáver embalsamado y desdentado de Lorre; un simio viejo y arrugado en el que a duras penas se reconoce a Boris Karloff; chicas que prácticamente ni respiran y un cantante adolescente que expectora sangre en un pañuelo; y uno o dos jóvenes melancólicos a los que nadie hace caso, ocultos entre las sombras y tratando de evitar ser eclipsados.

Todas las miradas se posan acusadoramente sobre mí. «Tú eres el hombre», está escrito con claridad en todos los rostros. Yo lo admito, ante mí mismo y ante el grupo estragado por la plaga: hemos traído de vuelta a Poe. Desairado y despreciado en vida, privado con malas artes de las riquezas y el reconocimiento que, a su ver, su genialidad merecía, lo hemos mantenido en la tumba en un estado de latencia, con plagios y ediciones de bolsillo, compras y ventas, convirtiéndolo en objeto de burla. Así que no es de extrañar que hayamos invocado a un Eddy iracundo, a un genio rencoroso y vengativo. Esta vez, nos ha atrapado y no va a soltarnos, ni a nosotros ni al mundo. Este es el amanecer de la Edad de Edgar Allan, la era de la Imaginación y el Misterio. Nosotros hemos provocado este amontillamiento —ejem—, y ahora vamos a convertirnos en sus víctimas momificadas, disecadas y emparedadas; en las ofrendas necesarias para apuntalar los cimientos hasta en el edificio menos firme.

Un nuevo pavor me atenaza. Se aferra a mi cerebro como las garras de un buitre —no, de un cuervo—. Oigo el débil roce de uñas contra madera, el golpeteo de nudillos peludos contra la tapa de un ataúd, los primeros balbuceos de miedo previos a la asimilación de la terrible tesitura. Oigo a Boomba y sé que, en mi negligencia, ¡he permitido que lo enterraran vivo! Los balbuceos se convierten en gruñidos, bramidos y gritos furiosos y desgarradores. El golpeteo, como el de alguien tocando quedamente a una puerta, se convierte en un aporreo, un clamor, un roer, un arañar, un astillar, un estrépito. La madera se quiebra, la tierra se abre, y unas ensangrentadas manos horriblemente semihumanas de dedos largos y uñas rotas palpan a la búsqueda del mango de marfil de una navaja barbera.

Jim y Sam quieren saber qué hacer, cómo escapar. Para ellos, todo contrato incluye una cláusula de rescisión. Roger y Vinnie saben que esto no es cierto.

En el exterior, ruge una tormenta. Los cielos braman ante las penas del mundo.

Una puerta se abre con un chirrido. La débil sombra de un chimpancé se proyecta sobre las losas, con una hoja brillante y cruel esgrimida en lo alto. Nos giramos para mirar, nuestra capacidad para el asombro y el terror sobrepasada largo tiempo atrás.

Por todas partes, las llamas consumen la maleza, mientras luchan contra la riada. La grieta que atraviesa el castillo —la grieta que atraviesa toda California— se ensancha, entre alaridos, como si el propio planeta gritara de dolor y miedo. Un millón de toneladas de barro avanza, y nosotros nos interponemos en su camino hacia el mar. Los muros se comban e inclinan como fondos pintados sobre lona. Una vela cae y el fuego se extiende. Una doncella chilla. Un pájaro envuelto en llamas surca el aire raudo cual cometa.

La garra del simio en torno a mi garganta, la navaja empuñada en lo alto. En los ojos brillantes y torvos de Boomba atisbo un indicio de cruel reconocimiento.

Vinnie tiene que ser, antes de que las vigas se desplomen envueltas en llamas, quien tenga la última cita:

«“… el guion es una tragedia que se llama El Hombre, ¡cuyo héroe es el Gusano Vencedor!” —Edgar Allan…»

Copyright © 2009 Kim Newman

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto


[1] La mayoría de los títulos en español corresponden a los estrenos de las películas en su momento. En los pocos casos en los que no he encontrado un título más o menos oficial en español, me los he inventado, como con esta película: The Ghost of Dragstrip Hollow! El otro es Arpías de bachillerato, cuyo título original es High School Hellcats.Volver

[2] Esta película, cuyo título original era The Saga of the Viking Women and Their Voyage to the Waters of the Great Sea Serpent, en español se llamó simplemente Las mujeres vikingas y la serpiente de mar. El título por el que he optado se ajusta mucho más al original en su significado y extensión.Volver

[3] En el cañón Bronson (Los Ángeles) se han rodado numerosas películas y series televisivas, sobre todo del oeste y de ciencia ficción. Por ejemplo, una de las cuevas ubicadas en el mismo fue la Baticueva de la serie televisiva de Batman de los años sesenta.Volver

[4] En las citas tomadas de los cuentos de Poe (tanto las evidentes como las que se hallan más o menos camufladas por todo el relato) he utilizado casi sin ningún cambio la traducción de Julio Cortázar.Volver

[5] César Romero fue un popular actor de Hollywood de origen cubano cuyo rasgo físico más distintivo era su bigote. Cuando le ofrecieron interpretar al primer Joker cinematográfico, aceptó con la condición de que no lo obligaran a afeitárselo. Su bigote fue respetado durante el rodaje y disimulado con maquillaje blanco.Volver

[6] Este falso hijo ilegítimo es más o menos Jack Nicholson, que en la versión española de la escena del hacha y la puerta de El resplandor grita «¡Aquí está Jack!», mientras que en la versión original grita «Here’s Johnny!», referencia a la frase con la que se presentaba a Johnny Carson en su programa The Tonight Show.Volver

[7] Cafetería de Hollywood abierta en 1962. Su público juvenil fue el arquetipo a la hora de elegir a los protagonistas para la serie de televisión The Monkees, que serviría para lanzar al grupo musical homónimo.Volver

[8] Fragmento del poema «El cuervo», traducción de Carlos Obligado.Volver

[9] De la biografía de Poe, es bien conocido el dato de que se casó con su prima Virginia, de trece años. Tal vez no lo es tanto que trabajó como redactor y crítico en la revista Southern Literary Messenger.Volver

[10] Todas estas canciones corresponden a éxitos reales de la época cuyos títulos han sido modificados para incluir referencias a Poe y sus obras. A Whither Shade of Pale ha pasado a ser A Whiter Shade of Poe. San Francisco (Be Sure to Put Some Flowers In Your Hair), cuyo título dice que te asegures de ponerte flores en el cabello, se ha convertido en San Francisco (Be Sure to Put Some Flowers on Your Grave), que ahora te pide que te asegures de poner flores en tu tumba. Dream A Little Dream, se transforma en Dream a Little Dream within a Dream of You (referencia al poema A Dream Within a Dream, de Poe). Sugar Sugar (que literalmente quiere decir «azúcar, azúcar»), ahora es Bon-Bon (título de un poema de Poe). Little Ole Wine Drinker Me se convierte en Little Old Amontillado Drinker Me, referencia al relato de Poe El tonel de amontillado.Volver

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Una respuesta a Domino total, de Kim Newman – Especial Cuentos de película VI

  1. JascNet dijo:

    Leído y disfrutado.
    La verdad es que son tantas las referencias que Newman hace de las obras de Poe, y los giros lingüísticos de sus títulos, que al principio pierdes un poco el ritmo de lectura intentando identificarlos y recordar sus tramas. Sin embargo, luego te sumerges dentro de la trepidante y loca aventura peliculera y te diviertes bastante con su increíble habilidad e imaginación para mezclarlo todo.
    Me solidarizo con el pobre Boomba, carne de parado, y con Vince Price, chico para todo, que terminó como muchos del oficio trabajando en lo que se podía.
    Muchas referencias también a actores y películas de hace ya algunos añitos. Dadas mis canas he podido identificarlos y reírme con sus alusiones.
    En conjunto creo que es un grandísimo homenaje a Poe y su influencia real en el género del Misterio y del Terror, tanto literario como cinematográfico.
    Muchísimas gracias por las notas, aclaran muchos conceptos que, de otra forma, pasarían inadvertidos. Y, por supuesto, por la extraordinaria traducción.
    Un abrazo.

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