Exhalación n.º 10, de A. C. Wise – Especial Cuentos de película V

A. C. Wise es una autora que nació y se crió en Canadá, aunque en la actualidad reside en Estados Unidos. A lo largo de sus más de quince años de carrera literaria, ha publicado una novela, una novela corta (que fue finalista del premio Nebula) y más de un centenar de relatos. Uno de estos cuentos (How the Trick is Done, uno de mis favoritos de esta escritora) fue asimismo finalista del Nebula, y un buen puñado de ellos han sido seleccionados para antologías de «lo mejor del año». Aunque su obra toca todos los palos del género fantástico (de la ciencia ficción al weird, pasando por el terror y la fantasía), tal vez el subgénero que más frecuente sea la fantasía oscura rayana en el terror. Una muestra excelente es el relato con el que ganó en 2017 el premio canadiense Sunburst: La última travesía de la Henry Charles Morgan en seis piezas de eboraria (1841), su única obra traducida al español hasta el momento, que puede leerse en la revista Supersonic. Y una segunda muestra, igual de inquietante y oscura, pero radicalmente distinta, es la que vais a poder disfrutar como quinta entrega de nuestro especial Cuentos de película.

Exhalación n.º 10 (Exhalation #10) fue uno de los relatos originales seleccionados por Ellen Datlow para su estupenda antología temática Final Cuts: New Tales of Hollywood Horror and Other Spectacles ―que, al igual que nuestro especial, tiene como protagonista el cine―, publicada en 2020, y que hace unos meses ya os recomendaba aquí. La propia Ellen Datlow también lo escogió para abrir su volumen anual con la selección de los mejores relatos de terror del año. Y también puede leerse en la tercera colección de A. C. Wise, The Ghost Sequences, publicada en 2021 por Undertow Publishing (editorial que tal vez os suene porque su principal responsable es otro de los autores del blog, Michael Kelly). Se trata de una historia inquietante y desazonadora, pero, por encima de todo, se trata de una historia de amistad, sacrificio y amor. Espero que os guste.

Ojalá este relato sirva para dar a conocer un poco más por aquí a esta interesante autora, porque realmente lo merece. Mientras tanto, tan solo me queda agradecerle su amabilidad, gracias a la que hoy podemos tener su relato en Cuentos para Algernon. Thanks a million, A. C.!

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Exhalación n.º 10

A. C. Wise

No es una snuff movie, al menos no una al uso. La cinta MiniDv fue encontrada en la guantera de un Ford Taurus beige que se había estrellado. El automóvil había atravesado una barrera de seguridad y dado una o más vueltas de campana en su descenso por la pendiente al otro lado de la valla. No se encontró ningún cadáver. La matrícula había sido arrancada, el número de identificación del vehículo borrado y, en el interior, no se halló documentación alguna.

La etiqueta de la cinta está escrita a mano y dice: Exhalación n.º 10. La película que contiene dura cincuenta y ocho minutos; cincuenta y ocho minutos de los últimos estertores de una mujer y, finalmente, su muerte, cuando el sello de la hora marca 56:19.

Henry mira la grabación de principio a fin.

La letra del sobre acolchado en el que llegó la cinta es la de Paul, al igual que la de la etiqueta de la misma —una copia de la original, bien guardada en el depósito de pruebas—. Apenas los separa media hora en coche; Paul podía haberle entregado la cinta en persona, pero Henry comprende por qué no lo ha hecho. Incluso sabiendo que no es la original, el mero hecho de tocarla para introducirla en un reproductor hace sentir a Henry los dedos cubiertos de restos invisibles de inmundicia.

Henry está rodeado de aparatos caros: mesas de mezclas, un montón de pantallas y dispositivos reproductores, aparatos para convertir de un formato a otro… Aunque Paul le advirtió sobre la cinta por teléfono, Henry no estaba preparado.

Durante los cincuenta y ocho minutos de duración del vídeo, el cuerpo de la mujer yace desplomado contra una pared de hormigón, apenas consciente. Se está muriendo de inanición y tiene un brazo encadenado a una cañería gruesa encima de la cabeza. La luz es débil; las sombras, espesas. El ángulo de la cabeza, que cuelga hacia un hombro, oculta el rostro. La cámara observa durante cincuenta y ocho minutos y captura pequeños movimientos involuntarios —el cuerpo demasiado débil para nada más— hasta que su respiración se detiene.

Henry lo busca: de media, una persona necesita diez días para morir por falta de comida y agua. El número diez en la etiqueta apunta a que existen otras nueve cintas, una hora grabada cada día. ¿O hay más cintas que han estado grabando en todo momento a fin de garantizar que la muerte quedase registrada?

«Tú escucha, nada más —le había pedido Paul—. A lo mejor oyes algo que nosotros hemos pasado por alto.»

Los oídos de Henry son de oro. Eso es lo que su profesor de Edición de Sonido de la New York University le decía en su época de estudiante. De niños, su hermano mayor, Lionel, lo llamaba superpoder. Pero lo llamaras como lo llamaras, lo que significa es que, cuando Henry mira la cinta, no puede evitar oír cada pausa, cada jadeo; cada vez que la respiración de la mujer trata de detenerse, cada vez que el sistema nervioso autónomo la fuerza a introducir una nueva bocanada de aire en los pulmones.

Él jamás habría accedido a ver la cinta de no haber estado un tanto achispado y un tanto enamorado, que es más o menos lo que ha estado desde el día en que conoció a Paul en la facultad de cine. Paul, cuyos ojos son equivalentes a los oídos de oro de Henry cuando del encuadre se trata, los detalles, la toma perfecta. Paul, cuyo padre, que era policía, murió abatido por un disparo en acto de servicio tres meses antes de que su hijo se graduara, lo que obligó a este a abandonar sus sueños de rodar películas para seguir los pasos de su progenitor y hacerse también policía.

Henry sabe bien que es tontería dedicarse a perseguir chicos heteros, pero, ante Paul, la racionalidad y la lógica no sirven de defensa. Así que, cuando Paul lo llamó desesperado y le pidió que escuchara la cinta, nada más, por favor, Henry accedió.

Tras cincuenta y seis minutos y diecinueve segundos, la mujer muere. Tras otro minuto y cuarenta y un segundos, la cinta termina. Henry apaga la pantalla y se tiene que controlar para no arrancar el enchufe de la pared.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¡Por Dios, Paul!, ¿qué es lo que acabo de ver?

Henry tiene una botella medio vacía junto al codo y el teléfono contra la oreja. Dejó bien cerrada la sala de montaje al marcharse, pero él sigue viendo la película, y sintiéndose estremecer.

—Lo sé. Lo siento. No te lo habría pedido si… No se me ocurría qué otra cosa podía hacer.

Henry percibe el leve susurro de los dedos de Paul pasando por su cabello, el rumor de la electricidad estática viaja por la línea. O, al menos, imagina oírlo. Incluso tras todo este tiempo no siempre está seguro de si lo que oye está solo en su cabeza o de si realmente tiene un «superpoder».

Tras mirar el vídeo de la mujer agonizante, aún está menos seguro. Lo vio entero y no oyó nada que pudiera ayudar a Paul. Sin embargo, no logra quitarse de encima la sensación de que sí que hay algo: un sonido atrapado al filo de la audición, un sonido que todavía no ha oído. Un sonido que está esperando a que Henry vuelva a mirar el vídeo, que es justo lo último que desea hacer.

—Lo siento —repite Paul—. Es que… Es como si me hubiera topado con un muro. No tengo ni puñetera idea de dónde murió la mujer, quién es o quién la mató. A mí, la cinta no me dio ninguna pista, pero tú oyes cosas que nadie más es capaz de oír. Joder, si hasta sabes por qué carretera circula un coche solo por el sonido de los neumáticos…

En la voz de Paul —tan solo ligerísimamente alterada— están presentes su miedo, su frustración. Su ira. No contra Henry, sino contra el mundo, por permitir morir a una mujer de ese modo. El espectro de la respiración de ella resuena en el oído interno de Henry. ¿Acaso las sombras, que despiezan a la mujer con limpios cortes, manchan los párpados de Paul y emborronan su visión cada vez que pestañea?

—Lo intentaré —acepta Henry, porque ¿qué otra cosa puede decir? Porque se trata de Paul.

Si hace falta, escuchará la cinta cien veces. Escuchará atento a los sonidos que no están ahí: algo en la cadencia de la respiración de la mujer, el susurro de un conducto de ventilación en el que no se fijó la primera vez, algún detalle que desvelará el emplazamiento de ese lugar.

—Gracias.

Las palabras de Paul suenan cansadas, crispadas, y Henry sabe que en el caso de su amigo no será una bala perdida, como la que se llevó a su padre por delante. Será un corazón roto.

Las sobredosis de drogas, los accidentes de tráfico, el niño que se abalanza a la calzada en pos de su pelota, el anciano que muere de frío en un callejón por no tener otro lugar al que ir. Todo esto desgastará a Paul, igual que el agua erosiona la piedra, hasta que ya no quede nada.

Más cercano que el pesar de Paul, el tintineo de cristal contra cristal cuando Henry se sirve otra copa. La boca de la botella choca contra el vaso. El hielo se desplaza con un susurro. Se imagina a Paul sentado al borde de la cama y cae en la cuenta demasiado tarde de que no se ha molestado en mirar el reloj antes de llamar. Trata de oír a Maddy en segundo plano, fingiendo dormir, dándose la vuelta y rechinando los dientes, frustrada ante otra llamada de trabajo más a altas horas de la noche.

Maddy le cae bien a Henry. Le tiene cariño, incluso. Si Paul tenía que casarse con una mujer, se alegra de que haya sido con Maddy. Desde la primera vez que Paul los presentó, Henry observó los puntos en los que Paul y Maddy encajaban, la manera en la que sus cuerpos gravitaban el uno hacia el otro —sus caderas chocaban cuando se movían por la cocina mientras preparaban la cena, sus dedos se rozaban al pasarse los platos—. Que ellos estuvieran juntos parecía lo más lógico del mundo, a diferencia de Paul y Henry, y eso que la amistad entre ellos había sido instantánea, y había terminado de afianzarse cuando Paul se encontró a Henry tratando de colarse borracho en el apartamento de su antiguo novio para recuperar su cámara y se ofreció a ayudarle a alcanzar la ventana para que entrase por ella.

Al final de aquella primera cena con Maddy, Henry se había sentado en el porche con ella, apurando la última copa de vino mientras Paul fregaba los platos.

—¿Él lo sabe? —había preguntado Maddy.

Su mirada se dirigió a la ventana de la cocina, un cuadrado de luz amarilla que enmarcaba a Paul ante el fregadero. En su voz no había celos, tan solo una amable comprensión.

—No lo sé.

—Si tú no se lo dices, yo tampoco se lo diré.

Maddy alargó el brazo y estrechó la mano de Henry y, desde ese instante, su relación había quedado sellada: ambos amaban al mismo hombre y lamentaban la carrera que había elegido.

A Henry le gustaría decirle a Paul que se acurruque contra Maddy, que busque consuelo en la forma de su cuerpo y se olvide de la otra mujer, pero lo conoce demasiado bien.

—Te llamaré si oigo algo —asegura Henry.

—Henry… —dice Paul cuando Henry ya se dispone a colgar.

—¿Sí?

—¿Todavía estás trabajando en la…?

—¿En la película? Sí. Todavía.

La película de Henry. La película de Henry y Paul. La que habían empezado juntos cuando estaban en la universidad, en la época en la que tenían sueños, en la época anterior a la muerte del padre de Paul. La película que Henry está haciendo ahora, que no está consiguiendo hacer, él solo.

—Bien. Me alegro. Me la tendrás que enseñar algún día.

—Sí, claro. —Henry se frota la frente—. Y ahora duerme un poco, ¿eh?

Henry cuelga. Detrás de sus ojos, una mujer respira, respira, respira… hasta que ya no respira más.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Henry tiene trece años. El sudor le empapa las sábanas y le pega a la piel la camiseta y los calzoncillos con los que duerme. Su madre ha dejado la ventana abierta, pero no hay ni rastro de brisa, tan solo el calor opresivo que los acompañó durante el viaje en coche hasta el bungalow alquilado. Su hermano ronca en la litera de arriba, con una mano colgándole por el borde.

El ruido llega de súbito, empieza como un chirrido y crece hasta convertirse en un grito, que golpea a Henry con toda su fuerza. Él se tapa los oídos con las manos. El instinto animal le empuja a salir de la cama precipitadamente. Las piernas se le enredan en las sábanas y se estrella contra el suelo. El ruido sigue presente, fundido con el calor; el peso y el espesor del aire encarnados en un horrible sonido.

—Henry… —Encima de él, la voz de Lionel suena estropajosa por el sueño.

Henry apenas la oye por encima del otro sonido, cada vez más agudo, que se le clava entre huesos y piel. Y que además alberga otro en su interior, todavía peor. Un sonido entrecortado lleno de angustia y dolor.

Pisadas. Las voces de sus padres se unen a la de su hermano. Unas manos le arrancan las suyas de los oídos.

—¿No lo oís? —La voz de Henry brota en un gemido aterrorizado; su respiración, en bocanadas entrecortadas.

—Henry.

Su madre lo sacude y la mirada de Henry recupera la normalidad.

—Son solo cigarras, mira —dice su padre, y señala hacia la ventana.

Un insecto solitario se aferra a la mosquitera. Lionel corre hasta allí y lo espanta con un papirotazo antes de cerrar la ventana.

—¿Qué le pasa a Henry? —pregunta su hermano.

Incluso con la ventana cerrada, el ruido persiste y llena hasta el último rincón del cuarto.

—¿Es que no lo oís? —Henry vuelve a llevar lentamente las manos hacia las orejas.

Su madre le trae un vaso de agua. Su padre y su hermano lo observan con ojos preocupados. Ellos no lo oyen. Oyen el chirriar de las cigarras, pero no el sonido entrecortado y vacilante que hurga y raspa los huesos de Henry. Nadie lo oye salvo él.

Más adelante, Henry averigua que el sonido es la llamada de alarma de las cigarras, el ruido que emiten ante el dolor o una amenaza. Y, a lo largo de las dos semanas en el lago, descubre que su oído es distinto al del resto de su familia, posiblemente al de todos sus conocidos. Existen tonos, matices, fibras de sonido que a los demás se les escapan. Es como si él hubiera desarrollado un sentido extra, y lo odia.

Sin embargo, Lionel lo convierte en un juego. Lleva a rastras a Henry a distintas zonas del lago y le pregunta qué oye, y consigue que Henry lo rete a que también él trate de oírlo. El hermano mayor sonríe, maravillado ante cada uno de los sonidos descritos por Henry: el murmullo de pájaros en árboles distantes, los animalillos en las madrigueras, sedales que caen al agua, el entrechocar de un bote a remos contra el muelle en la otra punta del lago…

Henry casi se permite relajarse, disfrutar, hasta que en una de sus excursiones oye llorar a la niña.

Henry y Lionel se han adentrado tanto en los bosques que rodean el lago que el denso follaje de mediados de verano oculta la carretera, el agua y el resto de bungalows. Henry está examinando troncos de árboles, buscando pieles mudadas de cigarras. Al igual que la primera noche, el sonido llega de repente, trabajoso, discontinuo, semejante a una respiración entrecortada. Pero esta vez no está oculto en el canto de las cigarras, sino desnudo y aislado, entre mecánico y orgánico, lleno de dolor.

Henry se queda inmóvil, aterido a pesar del húmedo calor estival. Lionel ya casi se ha perdido de vista entre los árboles cuando se da cuenta de que su hermano se ha quedado atrás. Vuelve corriendo a su lado.

—¿Qué sucede? —pregunta, tocándole el brazo.

Henry se estremece. Es plenamente consciente de su propia respiración. Nota una opresión en el pecho. Por debajo del sonido de los insectos hay algo más, algo claramente humano, rebosante de terror. Trata de hablar, pero el único sonido que emerge es una prolongada exhalación, un «fffffff» que se alarga sin fin.

Las insistentes preguntas de Lionel se desvanecen. Henry se aleja de su hermano a trompicones, medio cegado por el escozor de los ojos, apoyándose en troncos de árboles. Sigue el sonido, su insistencia una finísima correa que tira de su corazón. Tiene que encontrar el origen. Tiene que…

Henry cae de rodillas, no se ha precipitado a un hoyo abierto en la tierra de puro milagro. Los bordes son irregulares y blandos, el suelo del bosque se devora a sí mismo a bocados ávidos. A sus pies, alguien contiene el aliento por el miedo, aliento mojado de lágrimas, débil por el agotamiento, aliento que se va apagando.

—Ahí abajo hay alguien —dice Henry entre jadeos. Las palabras salen por entre sus dientes apretados, los estremecimientos le recorren todo el cuerpo. Está inclinado hacia delante, con los brazos abrazándose el pecho, donde el sonido anida en su interior.

—¿Qué…? —empieza a decir Lionel, pero entonces mira y ve lo que Henry ve.

A la niña apenas se la vislumbra. El dosel arbóreo bloquea la luz del sol directa, y el agujero es lo bastante profundo como para que la pequeña no sea más que una mancha en el fondo.

—Ve a por… —a Henry le falla la voz, las lágrimas le corren por las mejillas— mamá, a por papá. Busca ayuda.

Lionel se aleja corriendo, y Henry se tumba boca abajo en el suelo a pesar del dolor. Las hojas crujen, las ramas se le clavan. Los bichos se arrastran por la tierra que tiene debajo; gusanos, escarabajos y topos ciegos, ocupados en socavar aún más la integridad del terreno, criaturas inconcebibles que no debería poder oír. Alarga los brazos cuanto puede, con la mejilla apretada contra el suelo. No espera que la niña sea capaz de alcanzarlo, pero sí que su presencia pueda reconfortarla.

—Tranquila. —Tiene la sensación de que el hombro está a punto de dislocársele—. No voy a dejarte sola.

En las tinieblas del hoyo, la chiquilla gimotea. Henry se estira todavía más e imagina unos deditos que se alargan hacia él.

—Tranquila —repite, aterrorizado ante la posibilidad de que la niña muera antes de que llegue la ayuda. Aterrorizado porque suya será la culpa, el fracaso, si ella muere—. Tú aguanta, ¿vale? Aguanta.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La segunda vez, Henry escucha la cinta con los ojos cerrados. Apenas supone diferencia. Sigue viendo a la mujer, desplomada, respirando superficialmente sus últimas bocanadas; no obstante, en la película que se proyecta en su mente su estado es incluso mucho peor. Está rajada por las sombras y luce manchas en la piel como si ya se estuviera pudriendo por dentro. Ella levantará la cabeza en cualquier instante y lo fulminará con la mirada, por su voyeurismo, por su impotencia.

Se esfuerza por atrapar cualquier atisbo de sonido significativo, mientras se pregunta si ese superpoder no deseado ha elegido este momento para abandonarlo por fin. Luego, cuando menos se lo espera, el sonido está ahí, tangible como un golpe físico.

Un débil chirrido que crece desde la nada hasta convertirse en un grito. La canción de las cigarras, que no puede evitar interpretar como un presagio funesto, y que de un puñetazo deja sus pulmones sin aliento, sustituido por el bochorno estival, el aire pesado y sofocante que se acumula al otro lado de las mosquiteras. Aparta la silla de la mesa tan violentamente que a punto está de perder el equilibrio, y mira, con ojos como platos. La imagen de la pantalla no cambia. Tras un instante, se obliga a presionar la tecla de rebobinado. Y la de reproducción.

Resuello irregular y dificultoso. Ni rastro de insectos. Aunque Henry conoce con exactitud el momento en que el pecho de la mujer dejará de subir y bajar, contiene su propio aliento. Cada vez que a ella le flaquea la respiración, se descubre deseando que el lastimoso sonido se detenga de una vez. Es un pensamiento horrible, pero no puede evitarlo, y sus propios pulmones gritan mientras espera, espera y espera a oír si ella respirará de nuevo.

Entonces, un sonido tan débil pero tan nítido que Henry no puede creer que se le pasara por alto, y al mismo tiempo no está seguro de su presencia real. Rebobina la cinta otra vez, temeroso de que el sonido se desvanezca. Siente el cosquilleo del sudor, acre y caliente, en las axilas. Esta vez apenas oye la respiración de la mujer, sus extraños poderes auditivos se concentran en el casi imperceptible sonido de un tren.

Una reacción instintiva de júbilo: Henry siente ganas de gritar y da un triunfal puñetazo al aire. Pero, mientras tanto, la mujer de la pantalla sigue muriendo, lleva muerta días, semanas, incluso meses, y no hay nada que él pueda hacer. Henry se obliga a escuchar una última vez, solo para asegurarse. El tren suena más nítido esta vez, el aullido solitario de advertencia cuando se aproxima a un paso a nivel. A Henry se le pone la carne de gallina. Su cuerpo quiere temblar, y él aprieta los dientes como si estuviera muerto de frío.

Debe de haber imaginado el sonido de las cigarras, a pesar de que lo percibió como algo totalmente real, un incontrolable estremecimiento que le recorrió la piel. Sin embargo, el tren… el tren sí que es real. Puede aislar el sonido, reproducírselo a Paul. Es una pista fehaciente.

Piensa en aquel verano en el lago, a los trece años, en Lionel roncando en la litera superior. En esa primera noche terrible en la que fue como si todas las cigarras de los árboles en torno al lago se hubieran colado en su habitación. Y en cómo, más tarde, le habían conducido con su canto hasta la niña medio enterrada.

Henry alarga la mano hacia el teléfono.

—Te voy a mandar un fichero de sonido —dice cuando Paul responde—. Es algo, aunque no sé si será suficiente.

—¿Qué es?

De fondo se oye agua corriendo, acompañada de los ruidos de Paul al lavar los platos. Henry se imagina el teléfono balanceándose precariamente entre la oreja y el hombro de su amigo, las arrugas de preocupación que le enmarcan la boca y se amontonan en su entrecejo.

—Un tren. Suena como si estuviera llegando a un paso a nivel.

—Eso es genial. —Durante un instante, en la voz de Paul se percibe una euforia sincera, la misma sensación de victoria que Henry sintió unos momentos atrás. E, igual de deprisa, la presión se impone de nuevo—. Podría proporcionarnos un área en la que buscar, si nos basamos en el lugar donde se encontró el coche y asumimos que el asesino era más o menos de esa zona.

Paul suena un tanto adusto, un poco distraído, mientras sus pensamientos le dan vueltas en la cabeza, como si casi hubiera olvidado que Henry está en el otro extremo de la línea.

—Gracias —dice, cuando un momento después recupera la compostura.

El agua deja de correr, pero Henry se imagina a Paul todavía de pie junto al fregadero, con las manos mojadas y aire perdido.

—Debería… —empieza a decir Paul.

—Espera —lo interrumpe Henry. Toma aire. Sabe que está a punto de pedir algo irrazonable, pero tiene que verlo. Sin la seguridad y la distancia que proporcionan una cámara y una pantalla de vídeo interpuestas—. Cuando salgas a buscar, quiero acompañarte.

—Henry, yo…

—Lo sé —lo interrumpe de nuevo. Su mano izquierda se abre y cierra, hasta que se obliga a relajarse—. Lo sé, pero probablemente tampoco debías haberme enviado la cinta.

Henry espera. No lo pide por favor. Paul respira hondo, quiere negarse. Pero Henry ya está involucrado, él lo invitó, y ahora Henry está decidido a llegar hasta el final.

—De acuerdo. Te llamaré, ¿vale?

Cuelgan, y Henry vuelve al ordenador para cortar el fragmento y mandárselo a Paul. Una vez enviado, Henry abre otro archivo, el que contiene el batiburrillo de escenas que rodó con Paul en la universidad. En la época en la que tenían grandes sueños. En la época anterior a la muerte del padre de Paul. En la época anterior a los cincuenta y ocho minutos de los últimos estertores de una mujer en una habitación desconocida.

Henry elige un fragmento al azar y lo reproduce. Un joven está sentado en el asiento trasero de un coche, con la cabeza apoyada en la ventanilla. El automóvil atraviesa un paisaje rural, camino de una gran ciudad desde un pueblo. El mismo viaje que el propio Henry había realizado, aunque él solo había cruzado un estado. Hay otras secuencias que muestran a un chico que creció en la ciudad a la sombra demasiado alargada de su padre, pero ambos muchachos tienen la cabeza llena de sueños. Las dos partes de la misma historia, que tratan de encontrar la manera de encajar y componer un todo. Pero ahora, la película quedará inacabada para siempre, al faltarle la otra mitad.

Aunque sabe que jamás terminará la película sin Paul, Henry todavía piensa en el sonido que debería acompañar a la secuencia. Es un ejercicio en el que se embarca de tanto en tanto, para atormentarse, no queriendo olvidar la película. Aquí pondría el runrún de los neumáticos, pero oído a través de los huesos del cráneo del joven, una cámara de eco creada donde la frente se apoya contra el cristal.

El paisaje sonoro perfecto también evocaría campos de rastrojos tras la siega, y el olor a polvo y a alquitrán y asfalto recalentados. Transmitiría los nervios del muchacho al dejar atrás todo lo que ha conocido hasta entonces para cambiarlo por luces brillantes y líneas de metro. Incluso más importante, pondría al público en su lugar cuando sueña con besar a otro chico sin temer que algún conocido lo vea, sin decepcionar a sus padres ni tener que ver la censura en los rostros de los vecinos en la iglesia cada domingo.

Henry contempla los reflejos que se deslizan por la pantalla: postes telefónicos y nubes vistos desde un ángulo extraño. En su propio viaje no faltó el susurro del viento y la carretera, interrumpido por los intentos de conversación de sus padres, que trataban de arreglar las cosas que ya se habían deteriorado demasiado entre ellos. Henry se había convertido en un experto en filtrar lo que le decían, en hacer oídos sordos a lo que no deseaba oír. A lo mejor hubiera debido darles una oportunidad, pero el amor ofrecido con la condición de fingir ser quien no era no le interesaba entonces y no le interesa ahora.

Entre un fotograma y el siguiente, la imagen de la pantalla da un vuelco, y el corazón de Henry también. Árboles —de ramas irregulares que se asemejan a grietas en el cielo— reemplazan los reflejos de nubes y postes telefónicos. La propia ventanilla del automóvil ha desaparecido, y la cámara observa desde un ángulo bajo las ramas finas cual cabellos.

Entonces, un nuevo vuelco de la imagen, que recupera el curso correcto justo cuando Henry golpea el botón de pausa. Sabe lo que Paul y él filmaron. Ha visto las secuencias infinidad de veces, y toda esa parte con árboles que cuartean el cielo no debería estar ahí, no debería, no.

Cuando el teléfono suena en la mesa, el corazón está a punto de salírsele del pecho. Al tratar de cogerlo lo tira al suelo y, entre una cosa y otra, cuando por fin se lo lleva al oído y responde suena extrañamente jadeante.

—Te recogeré mañana sobre las diez —dice Paul—. Tengo una idea.

—Vale.

Henry respira entrecortadamente. El pulso se le ha desbocado y no consigue calmarse. Necesita beber algo y darse una ducha. Y luego, a lo mejor, una cafetera entera, porque lo último que quiere es dormir. Al parpadear, ve un entramado de finas ramas negras en el cielo, y oye el canto de las cigarras, cada vez más fuerte.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Existe una leyenda que cuenta que, antaño, las cigarras eran seres humanos. Su canto era tan hermoso que las musas los hechizaron para que siguiesen cantando incluso cuando ya habían llegado al punto en que, por lo general, se sentían cansados, y así pudiesen proporcionar entretenimiento durante toda la noche mientras los dioses celebraban sus banquetes.

Sin embargo, el hechizo funcionó demasiado bien. Los cantantes dejaron de comer. Dejaron de dormir. Olvidaron cómo hacer todo, salvo cantar.

Fallecieron de inanición, pero incluso entonces el hechizo se mantuvo. Siguieron cantando, sin ser conscientes de que habían muerto. Sus cuerpos se pudrieron, pero su canción continuó, hasta que una de las musas se compadeció y les proporcionó cuerpos nuevos con alas y caparazones quitinosos. Cuerpos con la ilusión de inmortalidad, que podían vivir años bajo tierra, enterrados como si estuviesen muertos, pero que podían volver a despertar.

Las cigarras están estrechamente familiarizadas con el dolor, porque saben qué es morir una muerte lenta convertidas en espectáculo para el placer ajeno. Pero, aunque yazcan bajo tierra, no están muertas, sino entregadas a soñar y a escuchar a las demás criaturas que también están enterradas y que, a lo mejor, en absoluto deberían estar allí. Y recuerdan lo que oyen. De suerte que, al despertar, pueden revelar los secretos que obran en su poder. Y, al despertar, cantan.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Paul está al volante y Henry va a su lado, en el asiento del copiloto; entre ambos, una bolsa con donuts recubiertos de azúcar glas y dos humeantes vasos de café en los posavasos.

—¿El estereotipo del policía comiendo donuts y bebiendo café no está ya un poco demasiado visto? —pregunta Henry.

Paul sonríe y se limpia el azúcar de los vaqueros.

—Tú ríete, pero están deliciosos. —Y coge otro.

Henry tiene un nudo en el estómago que le impide comer, pero da un sorbo tras otro al café, y eso que ya tiene los nervios a flor de piel.

A partir del lugar donde se había encontrado el coche con el MiniDv en la guantera, Paul ha trazado una ruta que va cubriendo un radio cada vez mayor y ha marcado con un círculo los pasos a nivel cercanos. No es gran cosa, pero menos da una piedra. Están en la carretera con la esperanza de que quien fuera que asesinase a la mujer estrellara el automóvil cuando volvía a casa, que podría ser el lugar donde la mató. A lo mejor encuentran el cadáver allí, o a lo mejor el asesino regresaba tras haberlo enterrado en algún otro lugar. A lo mejor lo encuentran a él. Henry está y no está preparado para esta posibilidad.

Ahora mismo, Henry no se permite pensar en algo tan remoto. Está concentrado en el plan, por endeble que sea, en ir recorriendo los distintos emplazamientos posibles, donde él escuchará atentamente. Se siente como si fuera un adivino televisivo, es decir, como un auténtico farsante. Quiere disfrutar del relativo silencio del coche, del tictac del intermitente, del ruido del motor al acelerar y frenar. Quiere disfrutar del tiempo compartido con Paul, ponerse al corriente de sus novedades, como dos viejos amigos. No quiere pensar ni en snuff movies ni en fantasmas y, para colmo, una punzada nerviosa en el pecho subraya cada ocasión en la que se gira hacia Paul y le hace ser consciente de ello y preguntarse si su mirada se entretiene en exceso.

Los árboles flanquean la carretera. Están a principios de otoño y la mayoría lucen desnudos. Henry atisba entre los troncos, buscando ciervos. El sonido, cuando llega, es tan inesperado y violento como la última vez. Un chirrido resonante que crece hasta un grito: el canto de las cigarras, pero esta vez con otro sonido encerrado en su interior, uno que recuerda de su infancia.

Aquel sonido discontinuo, entrecortado. Como el motor de una máquina que se esfuerza por arrancar. Como el llanto de un bebé. Como un animal herido. Henry da un respingo; de manera instintiva, su cuerpo trata de huir. Se golpea la cabeza contra la ventanilla, y el dolor le estalla en la frente encima del ojo derecho.

—¿Estás…?

La voz de Paul trasluce inquietud, pero Henry apenas la nota. El sonido le ha hundido ganchos bajo la piel, con la intención de arrastrarlo hacia los árboles.

—Gira aquí. —Henry profiere las palabras sincopadas por el dolor, mientras la canción lo va llenando hasta dejarlo sin espacio para su propia respiración.

Paul lo mira con recelo, pero enciende el intermitente y toma una carretera que no tarda en ceder su lugar a la grava y la tierra. Allí, los árboles crecen más juntos, con ramas finas cual cabellos, las mismas que vio en el fragmento alterado de su película.

—Para.

A Henry ya le cuesta menos respirar, el dolor se está difuminando en una molestia apagada, como la de un moratón, con la canción de las cigarras en segundo plano, menos apremiante, pero aún presente. Paul apaga el motor. Su expresión es de enorme preocupación. Henry quiere agradecerle su confianza, pero lo que sea que les espera en el bosque no es motivo para que ninguno de los dos se sienta agradecido.

Henry se apea del automóvil, hunde las manos en los bolsillos y echa a andar. Las hojas crujen cuando Paul corre en pos de él. El aire entre ambos se carga de energía nerviosa. Henry oye las preguntas que Paul desea hacer, que su amigo contiene tras los dientes. No hay nada que Henry pueda explicar, así que continúa caminando, con la cabeza gacha.

Cuando Henry se detiene, frena tan de repente que Paul casi tropieza con él. El entramado de ramas en el cielo se ajusta a la configuración exacta que Henry vio en la película, tan solo el ángulo no encaja. Henry debería estar viéndolas desde más abajo. Desde la altura de un niño.

El chirrido de las cigarras aumenta de intensidad, el persistente ruido crece hasta convertirse en un chillido clamoroso. Henry se obliga a no apartar la mirada de los árboles y se da media vuelta para caminar de espaldas. Se imagina a una niña que es conducida por el bosque, con la mano de un hombre aferrándole la parte superior del brazo. Entre los árboles le espera la muerte, y también una cámara en un trípode.

Henry tiene trece años de nuevo y está oyendo llorar a la niña, perdida, asustada, presa del dolor. Las horas posteriores a su localización se confunden en su recuerdo, aunque determinados instantes destacan tan claros como el dolor de una astilla que se clava bajo la piel. El olor a tierra y hojas podridas, su mejilla apoyada contra el suelo del bosque. Sus padres levantándolo a la fuerza para apartarlo de en medio cuando llegó el equipo de rescate, y Henry tratando de aferrarse al suelo, sin querer soltarse, aterrorizado de tener que dejar sola a la chiquilla.

Se acuerda del momento en que vio el rostro de la niña por primera vez, pero no de su aspecto. En su memoria, los rasgos están tan borrosos y vagos como cuando se hallaba en el fondo del hoyo: ojos y boca, unas sombrías heridas abiertas en la piel pálida.

Lo bombardearon con un sinfín de preguntas, sus padres, el equipo de rescate: ¿cómo había encontrado a la niña?, ¿la había visto caer?, ¿había sido un accidente?, ¿alguien había hecho daño a la pequeña? Dijeron que Henry era un héroe, pero él no quería saber nada de eso. Se acuerda de cómo se arrebujó bajo las mantas de la litera inferior del bungalow y deseó poder quedarse allí durante años, como una cigarra, y salir solo cuando todo el mundo se hubiera marchado.

Ahora, igual que entonces, la canción de los insectos se sincroniza con la sangre que palpita en el cráneo de Henry como si tuviese jaqueca. Cuando Henry se detiene y da media vuelta, sabe perfectamente que Paul lo está observando, con los ojos abiertos de par en par.

La choza está medio oculta por los árboles, y apenas es mayor que un cobertizo de jardín. Paul respira entrecortadamente, y cuando Henry lo mira lo ve desplazar la mano hacia su pistola reglamentaria.

La puerta no está cerrada con llave, pero está atascada, combada por la climatología y obstruida por hojas. Henry contiene la respiración, esperándose un hedor, esperándose un sobresalto de película de miedo, pero en el interior lo único que hay son más hojas secas y un montón de harapos mugrientos. Un pequeño mazo de madera descansa contra una pared.

Paul barre la estancia con una linterna, a pesar de que desde la puerta se ve hasta el último rincón. La luz ilumina una hendidura en el suelo y, una vez que Paul la señala, ya es lo único que Henry ve. Paul se arrodilla y, con la ayuda del filo de una navaja, levanta los tablones con una especie de energía desesperada.

—Hay otra cinta —anuncia Paul, y se incorpora, con tierra bajo las uñas.

—Mató a más de una persona —dice Henry, y traga, luchando contra el regusto amargo en la garganta. Lo sabía, desde que vio los fotogramas alterados de su película, desde que oyó el chirrido de las cigarras, pero había deseado con todas sus fuerzas estar equivocado.

Paul sostiene la cinta, envuelta en un pañuelo, y le da la vuelta para que Henry pueda ver la etiqueta manuscrita: Desangramiento.

—He traído la videocámara. La tengo en el coche —dice Henry, mientras nota un inicio de temblores, empezándole en la planta de los pies y subiéndole hacia la columna vertebral. Adrenalina. Miedo animal. Una intuición le ha empujado a coger la cámara antes de salir de casa y en estos momentos odia esa parte de sí mismo.

De vuelta en el coche, Paul enciende la calefacción, aunque apenas hace fresco. A Henry el sudor se le acumula en el interior de la sudadera mientras manipula torpemente la cinta con los guantes de algodón que Paul le ha entregado para no alterar las huellas dactilares. Enciende la pequeña pantalla de la videocámara para que ambos puedan ver, pero vacila un instante antes de empezar a reproducir, como si eso pudiera alterar el resultado. Henry sabe que todas las películas son historias de fantasmas, instantes congelados, reproducidos hasta la saciedad. Lo que va a suceder ya ha sucedido. Lo único que Paul y él pueden hacer es ser testigos de ello.

La pantalla se llena de estática y luego la imagen se estabiliza. La niña no puede tener más de diez años. Lleva el pelo muy largo, recogido en una trenza que le cae por encima del hombro. Está de pie en el centro del cobertizo, con camiseta y pantalones cortos. Una luz tenue se cuela por la única ventana, que está muy sucia. La niña está tiritando.

Un hombre vestido con una chaqueta voluminosa y un pasamontañas que solo deja ver los ojos entra en el plano. Coge la maza que hay apoyada contra la pared —que ahora se halla en una bolsa para pruebas en la parte de atrás del coche de Paul— y rompe metódicamente todos los dedos de la niña.

Corte en la imagen, y ahora el hombre y la niña se encuentran en el exterior. La cámara está colocada en un trípode, observando cómo el hombre lleva a la pequeña a un lugar enmarcado por dos árboles achaparrados. Ella está descalza. Solloza, con un sonido de puro agotamiento que a Henry le recuerda a la chiquilla del hoyo. Tiene los tobillos atados; no así las manos, pero estas le son inútiles, con todos los dedos doblados en ángulos extraños, destrozados y convertidos en pulpa.

El hombre le deshace la trenza, con el mismo cuidado con el que ha roto los dedos. Una vez suelto, el cabello le cae bastante por debajo de la mitad de la espalda. El hombre levanta y ata mechones a las finas ramas de los árboles que crecen detrás de ella, y crea una agreste y caótica aureola de nudos y ramas.

La niña no puede huir cuando el hombre saca un cuchillo. Se debate, como un animal atrapado y presa del pánico, pero los nudos del cabello la sujetan con firmeza. Él corta. Largos tajos cubren las rodillas, las pantorrillas, los brazos y los muslos desnudos.

¿Cuánto tarda una persona en morir desangrada? Henry y Paul están a punto de averiguarlo.

Tras lo que parece una eternidad, mucho después de que la niña haya dejado de forcejear, el hombre sale del plano. La cámara observa cómo los árboles se inclinan, cómo la niña se desploma. Las ramas se rompen y liberan mechones de cabello, pero es demasiado tarde.

Henry abre la puerta justo cuando la bilis y el café alcanzan su boca. Vomita y escupe hasta vaciar el estómago. Paul le apoya una mano en la espalda, el único punto de calidez en un mundo que se ha tornado gélido. Henry se incorpora y recuesta de nuevo en el asiento del coche, Paul lo rodea con los brazos y lo abraza hasta que deja de temblar.

—Lo siento —dice Paul—. No debía haberte metido en esto.

La expresión en el semblante de Paul al decirlo constituye todo un golpe para el recién vaciado estómago de Henry. El dolor en sus ojos es sincero, sí, pero no va acompañado de arrepentimiento. En su lugar, lo que subyace al dolor es culpabilidad, y Paul aparta la mirada.

En ese momento, Henry se da cuenta de que Paul no cambiaría nada aunque pudiese. Seguiría pidiéndole a Henry que mirara la cinta, por muchas veces que pudiese rebobinar hasta el principio de la historia. De entre todas las muertes que ha presenciado, esta es demasiado terrible para hacerle frente solo. Necesita compartir la carga con alguien, y ese alguien no podía ser Maddy, porque una muerte así se extiende como la podredumbre y corrompe todo lo que toca, como ha corrompido la película de Henry y Paul, su pasado, su sueño compartido. Henry comprende.

Si Paul compartía ese dolor con Maddy, eso es lo único que vería al mirarla, y la única manera de evitarlo sería renunciar a ella. Y Maddy no es alguien a quien Paul esté dispuesto a renunciar.

—Lo siento —repite Paul.

—Yo también.

Henry alarga la mano hacia la puerta del copiloto y la cierra. Se siente incapaz de mirar a Paul. Le duele la cara, como si tuviese un ataque de jaqueca por toda la cabeza a la vez. Paul arranca el coche.

—¿Estás…? —Las palabras de Paul rompen el silencio al poco de haber echado a andar, pero se interrumpe, como si se hubiera dado cuenta de lo inapropiado de lo que se disponía a decir.

Henry oye las palabras a pesar de todo: «¿Estás saliendo con alguien?». Nota un regusto amargo en la garganta, aunque tiene el estómago vacío. Paul podría haberle hecho esa pregunta cuando iban en el coche antes, si de veras quisiera saberlo, si la pregunta naciese de una curiosidad sincera y no de la culpabilidad. Paul le ha pedido a Henry que compartiera su carga, y ahora le duele pensar que, a su vez, Henry tal vez tenga que llevarla solo. Henry oye las palabras incluso cuando Paul no las dice, su oído de oro capta sonidos que nadie más oiría.

—Espero que encuentres a alguien —dice al cabo Paul, cuando se incorpora de nuevo a la carretera—. No deberías estar solo. Ni tú ni nadie.

Henry sabe lo que Paul está diciendo: él también debería buscar a alguien con quien compartir su carga. Henry no es capaz de imaginar que nadie pueda amarlo lo bastante como para aceptar un dolor así; ni siquiera es capaz de imaginarse a sí mismo deseándolo. Sabe qué se siente cuando se es la otra parte en un amor así.

La calefacción hace un ruido, como si resollara por el esfuerzo. Paul la apaga y baja la ventanilla. El aire brama en el interior del coche y el sudor frío se seca en la piel de Henry. De no ser por su oído de oro, el viento se habría tragado por completo las siguientes palabras de Paul:

—Siento que no pudiera ser yo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Pasan dos días enteros antes de que Henry consiga obligarse a comprobar el resto de secuencias que rodó con Paul. La corrupción se ha extendido hasta la última de ellas. La puerta abierta de un granero que da a un campo yermo en cuesta, que impide ver los edificios de Manhattan; una mancha de humedad en un techo que se extiende y tapa el rostro del muchacho en el momento en que ve la ciudad por primera vez; una rendija de luz bajo la puerta de un armario en lugar de la luz centelleante entre un vagón de metro y otro. Cada nueva imagen es un agujero perforado en una estructura ya de por sí frágil, que la descompone incluso más.

Henry comprende ahora, tras haber visto Desangramiento, qué son esas escenas. Son películas rodadas por fantasmas, la última imagen que cada una de las víctimas del asesino contempló antes de morir. Lo que no entiende es por qué las está viendo él. ¿Es porque tuvo la desgracia de oír lo que no debería haber estado ahí para que él lo oyera? Las cigarras, que lo habrían unido a la mujer cuya última mirada fue para unos árboles a través de una ventana sucia. La muerte de ella lo habría unido a las muertes de los otros fantasmas.

Henry se sacude de encima esas cavilaciones y piensa en Paul y él durante el camino de vuelta tras su fracasado intento por encontrar respuestas. Se había impuesto un silencio incómodo, hasta que Henry ya estuvo fuera del coche, mirando a Paul por la ventanilla del conductor. En ese momento, sus frases incompletas se habían amontonado una sobre otra.

«No hace falta que…», la de Paul.

Y, «La próxima vez que vayas…», la de Henry.

Allí plantado, mientras trataba de no tiritar, Henry había arrancado una promesa.

«Llámame cuando vayas a salir a buscar. Lo digo en serio. Iré contigo». A punto estuvo de decir «tanto si te gusta como si no», pero Henry sabe que no es cuestión de gusto; es cuestión de necesidad. Vislumbró gratitud en los ojos de Paul y, por debajo, desprecio hacia sí mismo, cómo se odia por tener que pedirle a Henry que haga esto, por ser demasiado cobarde para negarse y exigirle que se quede en casa. De una manera u otra, ambos llegarán hasta el final de este asunto.

Henry no le cuenta a Paul lo de las imágenes que han corrompido su película, pero las mira de nuevo, de manera obsesiva, a solas, hasta que todas quedan grabadas en sus párpados. Sus sueños están llenos de puertas, árboles y rendijas de luz. Paul llama por fin al final de la semana, con voz cansada y tensa.

—Mañana por la tarde —dice.

Henry apenas le deja terminar antes de decir:

—Estaré preparado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Se alejan de la ciudad en el coche. Henry siente el estómago agarrotado por el miedo y la sensación de déjà vu. Aprieta la mandíbula, preparado para el sonido de las cigarras.

—Estamos buscando una casa con granero —dice sin mirar a Paul.

Henry ve por el rabillo del ojo que Paul se gira ligeramente hacia él, un interrogante y la confusión confieren a su mirada una expresión de inquietud. Pero su amigo no le plantea la pregunta en voz alta y Henry no da ninguna explicación. Prosiguen en relativo silencio hasta llegar al primer cruce a nivel del mapa de Paul, con la intención de, a partir de ese punto, ir conduciendo en círculos cada vez más amplios.

Henry tarda un rato en percatarse de que el sonido para el que se venía preparando ha estado allí desde el principio: un murmullo subyacente al runrún de los neumáticos y el ruido de la carretera, un dolor continuo en la base del cráneo. ¿Cuánto tiempo lleva oyendo las cigarras? ¿Cuánto tiempo llevan conduciendo?

Le llegan fragmentos de conversación. Se da cuenta de que Paul ha estado haciendo preguntas y él ha estado respondiéndolas, pero no es consciente de que de su boca hayan salido palabras, ni tiene la más remota idea de qué están diciendo. El ruido en su cabeza se intensifica de improviso y, con él, el dolor. Henry aprieta los dientes con tanta fuerza que está convencido de que las muelas se le van a rajar.

—Aquí. —La palabra suena entrecortada, trabajosa, como la llamada de alarma de las cigarras.

Henry vuelve a tener trece años y quiere taparse los oídos con las manos, quiere arrastrarse lejos del sonido.

—¿Qué…?

—Gira aquí. —Henry habla a voz en grito, con aspereza, y Paul obedece.

El coche colea cuando Paul vira y toma un camino largo y angosto. El camino va ascendiendo y, cuando coronan la cima, Henry ve ante él una granja. Paul detiene el automóvil. Desde su posición elevada, Henry vislumbra el tejado de un granero situado donde el terreno desciende de nuevo.

Henry es el primero en salir del coche, apoya una mano en el capó para tratar de estabilizarse. Cierra los ojos y escucha. Está mareado y respira superficialmente, pero en ese lugar, como si hubiese estado esperando su llegada, suena a lo lejos el lastimero y grácil silbido de un tren.

—Tú también lo oyes, ¿verdad? —pregunta Henry. Abre los ojos y por fin se vuelve hacia Paul.

Paul asiente con la cabeza, solo un ligerísimo movimiento. Henry nunca lo ha visto así conmocionado.

—Este es el lugar. —Henry avanza hacia la puerta principal.

Un porche medio hundido se extiende a lo largo de dos lados de la casa. A la derecha, unos árboles desangelados se alzan hacia el cielo. Sin necesidad de mirar, Henry sabe que se ven desde una ventana que hay en el sótano.

Paul desenfunda la pistola. El ruido que hace al llamar a la puerta es el sonido más fuerte que Henry ha oído jamás. Al ver que nadie acude, Paul prueba a girar el pomo. La llave no está echada. Paul entra primero y Henry le sigue, y se adentran en la penumbra de un pasillo sin luz. El hedor golpea a Henry de inmediato, y se tapa la nariz con la camisa.

Unas escaleras suben hacia la izquierda. El pasillo está flanqueado a ambos lados por habitaciones, atestadas de muebles tapados con sábanas, las ventanas cegadas con tablones de contrachapado. Paul sube por las escaleras y Henry le sigue de nuevo. En el piso de arriba, el olor es peor. En la pared hay manchas parduzcas, como si alguien hubiera apoyado una mano ensangrentada y luego la sangre se hubiera secado.

A la izquierda de la escalera hay una puerta que luce la huella íntegra de una mano ensangrentada. Está medio abierta, y Paul la abre del todo. Henry solo echa un vistazo por encima del hombro de Paul, sin siquiera llegar a entrar al cuarto, pero incluso eso es demasiado.

El cadáver de la cama está en proceso de descomposición, yace entre sábanas arrugadas, casi negras por la inmundicia. No hay moscas, esa fase ya quedó atrás; no obstante, Henry las oye, el eco fantasmal de su zumbido. Pero que las moscas se hayan ido no significa que no haya otros carroñeros. Un escarabajo se arrastra por el pie del hombre.

Henry ya está corriendo escaleras abajo antes de darse cuenta, de vuelta a la cocina, donde los platos sucios se amontonan en las encimeras, además de en el fregadero. El cubo de basura que hay junto a la puerta está lleno a rebosar. En el ambiente flota un olor acre, pero, tras la habitación de arriba, casi es un alivio.

Henry piensa en el coche que se estrelló e imagina al asesino apañándoselas para salir a duras penas de entre los restos, apañándoselas para regresar a su casa, solo para terminar muriendo allí, desangrado igual que la niña del bosque. Quiere sentir satisfacción por este extraño giro de la justicia, pero tan solo siente náuseas y, por debajo, un vacío que aún necesita ser llenado.

Henry se vuelve hacia la puerta del sótano, que parece mirarle desafiante, hasta que se obliga a atravesar la habitación y abrirla. Unos escalones de madera —de esos hechos con tablones que dejan rendijas de oscuridad entre ellos— conducen abajo.

Hay un interruptor, pero no se molesta en utilizarlo. La luz se filtra por el ventanuco situado en lo alto de la pared del sótano. Se corresponde con la luz de la cinta en la que la mujer respiraba y moría, y con eso le basta.

Debajo de la ventana, una tubería asciende desde el suelo de hormigón en bruto. Hay un trípode apuntando hacia la tubería y una cámara colocada en él, con el compartimento del que se extrajo la cinta abierto. En la base de la tubería hay marcas en el suelo. Cuando Henry se inclina para mirar, se convierten en palabras: «Encontradme».

La respiración de Henry emerge transformada en un gemido. Por una vez, sus oídos le fallan. No oye a Paul descender las escaleras hasta que lo tiene a su lado, tocándole el hombro. Henry no es capaz de levantar la mirada. Ni siquiera es capaz de incorporarse. Continúa inclinado donde está, tambaleándose ligeramente. Cuando por fin alza la vista no es hacia Paul, sino hacia el ventanuco. Al otro lado del cristal sucio, un entramado de ramas negras y desnudas en el cielo gris. Henry las mira largo tiempo. Y respira.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Hay doce cintas más. Llegan en un sobre acolchado, cada una con una etiqueta como la de las originales, copias escritas con la letra de Paul: Exhalación, de la 1 a la 9, Contusión, Asfixia y Delirio. Henry no se lo pidió, pero Paul sabía que necesitaría verlas. A pesar de ello, pasan varias semanas antes de que Henry por fin consiga obligarse a mirarlas.

En Asfixia, un hombre cuelga de las vigas del granero, estrangulándose lentamente bajo su propio peso, hasta morir. En Contusión, el asesino golpea a un niño hasta dejarlo al borde de la muerte, y luego lo encierra en un armario a oscuras, con tan solo una finísima rendija de luz que se cuela bajo la puerta. En Delirio, ata un anciano a una cama, le inyecta algo con una jeringuilla y lo abandona para que se desgañite hasta morir, con la mancha de humedad del techo por única compañía.

Paul informa a Henry por correo electrónico de que en la propiedad se han desenterrado cuatro cadáveres: el anciano, el niño, el hombre ahorcado y la niña. Pero no la mujer. Paul informa a Henry de que la búsqueda continúa, el asesino puede haber abandonado el cadáver en algún lugar del bosque, enterrado o no. Incluso podría ser que se hubiera estrellado justo cuando volvía a casa y que hubiese salido arrastrándose de los restos del automóvil olvidando la cinta en el interior.

¿Qué es lo que hacía especial a la mujer? Si es que realmente lo era. A lo mejor el asesino no se atrevió a enterrar otro cadáver más tan cerca de su casa. A lo mejor tenía planeado exhumar los demás y trasladarlos también, pero no llegó a tener oportunidad. O, a lo mejor, solo a lo mejor, el insistente chirrido de las cigarras lo despertó en plena noche y trató de llevarse el cadáver de la mujer tan lejos como pudo. Como si con eso fuera a lograr acallarlas.

Henry mira las secuencias una última vez, las que Paul y él rodaron, las que los fantasmas han corrompido. Los fotogramas han recuperado la normalidad, solo planos filmados por Paul y él en las calles de la ciudad y en el metro —ningún árbol desnudo, ningún techo manchado de humedad—. Sin embargo, Henry sigue viendo todo eso. Lo seguirá viendo cada vez que mire la película. La única manera de evitarlo es renunciar a ella.

Tras mirar las secuencias por última vez, las borra todas, hasta la última.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando Henry por fin rueda su película, su gran obra maestra, ya no es sobre un muchacho que se va del campo a la ciudad, encuentra su verdadero hogar y conoce a un chico de la ciudad que creció a la sombra de su padre. La ciudad ya no pertenece al muchacho que Henry fue antaño, y el chico que creció a la sombra de su padre jamás le perteneció.

Antes de empezar a trabajar en la película, Henry se traslada a la otra costa, a una ciudad con aroma a mar. Los árboles que se alzan hacia el cielo en ella son rectos y esbeltos; sus ramas no se bifurcan ni se extienden cuarteando el cielo. Lo que le ayuda a dormir más sosegadamente, aunque los sueños persisten.

Mientras trabaja en la película que ya no es sobre un muchacho, Henry conoce a un ayudante de dirección de fotografía encantador, que le dirige unas sonrisas que no puede evitar devolver. Henry no tarda en descubrirse sonriendo todo el tiempo.

Aunque la película que Henry rueda no es la que creía que iba a hacer cuando empezó a soñar con luces de neón, líneas de metro y fama, le proporciona una nominación a los Oscar. Está enamorado del ayudante de dirección de fotografía, que a su vez está enamorado de él. Es feliz en la ciudad con aroma a mar, tan feliz como cabe ser. El amor que se profesan él y el ayudante de dirección de fotografía —que tiene unos ojos excelentes, pero no de oro puro— no es el tipo de amor que aceptaría con gusto aliviar a Henry de su carga de muerte y dolor. Algo por lo que Henry se siente agradecido. El peso de un amor así lo aplastaría y, además, la mitad de esa carga pertenece al hombre al que Henry se la quitó de buen grado años atrás.

Al principio, Maddy le envía una tarjeta de felicitación todas las Navidades, y Henry y Paul intercambian correos electrónicos por sus respectivos cumpleaños. Pero Henry sabía —ya lo sabía el día que empaquetó sus últimas pertenencias para trasladarse a la otra costa— que cuando había dicho «nos vemos» a Paul, en realidad estaba diciendo «adiós». Paul eligió y Henry aceptó su elección. A lo mejor, la relación de Paul con Maddy habría sobrevivido al peso del dolor de Paul, pero compartir su carga con Maddy no era un riesgo que él estuviera dispuesto a correr.

Henry es el que interrumpe la cadena de correos, al olvidarse de responder la felicitación de cumpleaños de Paul. Cuando llega el cumpleaños de su amigo, Henry se olvida de nuevo. Es un acto de piedad, no hacia sí mismo, sino hacia su amistad. Henry no puede soportar ver cómo algo muere lentamente, pudriéndose por dentro, esforzándose por tomar una última bocanada que le permita mantenerse con vida. A lo mejor no es justo, pero Henry se imagina oír el suspiro de alivio de Paul a kilómetros de distancia, imagina cómo por fin se relaja la tensión de sus hombros al permitir que le quiten los últimos restos de la carga de la muerte de la mujer.

Por su parte, Henry continúa adelante contra viento y marea. La película que le proporciona la nominación al Oscar es sobre una mujer, una desconocida, a la que, sin embargo, conoce íntimamente. La vio en sus momentos de mayor debilidad. La vio morir. Las palabras grabadas en el suelo donde la mujer exhaló su último «encontradme» también están escritas en el corazón de Henry.

Henry no puede encontrar a la mujer materialmente, de manera que transforma las palabras en una súplica de que la encuentre de otra manera: que descubra quién fue en vida y quién podría haber llegado a ser. Se imagina la mejor vida que es capaz de concebir para ella y la plasma en una película. Es el único regalo que le puede hacer; pero no es suficiente.

Cuando Henry gana el Oscar, su marido, el ayudante de dirección de fotografía, está a su lado, rebosante de orgullo. Ambos suben al escenario, junto con el resto del equipo, con la banda sonora de la película sonando mientras se colocan alrededor del micrófono. Henry trata de no apretar la mandíbula. Un hilillo de sonido serpentea entre la música, tan débil que nadie más podría oírlo jamás: el chirrido apenas perceptible, pero creciente, del canto de los insectos.

Aunque parezca paradójico, rodar la película que nunca esperó realizar es lo que permite a Henry comprender por fin la película que trató de filmar años atrás. Aunque destruyó las secuencias, aquella primera cinta todavía pervive en su cabeza. Sueña con ella, dormido y despierto. Cuando se proyecta en su mente, se ve interrumpida todo el tiempo por ventanas vistas desde un ángulo equivocado, manchas de humedad y finas líneas de luz; y está acompañada por una banda sonora compuesta en su totalidad por chirridos de insectos.

La película inexistente no es una historia de aprendizaje. Es una historia de amistad. Es una historia de amor, aunque no del tipo tradicional.

Porque ¿qué otra cosa podría ser contemplar tantas horas de muerte?, ¿de qué otra manera explicar que haya permitido que esas imágenes de muerte corrompieran su película, hundiesen sus raíces hasta el lugar de donde brotaba su amistad y la devorara?, ¿qué otro nombre existe para las horas de sueño perdidas por Henry, y el hecho de que sepa que no diría no, incluso si Paul le pidiera de nuevo ayuda? Incluso ahora. Cuando Henry seguiría diciendo siempre «sí», una y otra vez.

Cada vez que Henry rememora la película, lo único que ve es dolor, la carga de la que de buen grado liberó a Paul para que no tuviera que llevarla solo. Aun así, Henry jamás pasará página. La película no existe, él destruyó hasta el último fotograma, pero parte del corazón de Henry siempre le pertenecerá. A la película, y también al hombre para el que la hizo.

Copyright © 2020 A. C. Wise

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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2 respuestas a Exhalación n.º 10, de A. C. Wise – Especial Cuentos de película V

  1. JascNet dijo:

    Un relato duro y emocionalmente tremendo.
    Por un lado, muestra la maldad humana llevada a límites execrables. Usada además, como forma de diversión o, más bien, perversión.
    Por otro lado, refleja el pesar por el amor no correspondido, su encadenamiento a él y el tormento de verse abocado a hacer tremendos sacrificios.
    Está maravillosamente escrito y, a pesar de la dureza del tema, permite disfrutar de la técnica narrativa, en donde, a través de los sonidos, el protagonista nos transmite la belleza del entorno, los recuerdos y sus sentimientos.
    Muy bueno.
    Muchas gracias, Marcheto, por permitirnos disfrutar de este relato en castellano.
    Un abrazo.

    • marcheto dijo:

      Muchas gracias por tu certero análisis del cuento, que, a pesar de su brevedad, es complejo y toca todos esos elementos que tan bien comentas. Me alegro mucho de que te haya gustado. A. C. Wise es una autora muy interesante. A ver si alguna editorial se anima a traernos más cuentos suyos por aquí.

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