El buen hijo, de Naomi Kritzer

Naomi Kritzer es una autora estadounidense bien conocida por todos vosotros, dado que su cuento Recetas a tutiplén ―publicado en este blog en 2020― fue el más votado en nuestra 8ª Encuesta Anual en la categoría de Relato Favorito, de ahí que hoy la tengamos de nuevo por aquí con otra estupenda historia. Cabe destacar que, desde entonces, Naomi ha conseguido su segundo premio Locus gracias al relato El nido de libros, que también estuvo nominado a los Hugo, y cuya traducción al español podéis leer tanto en Supersonic nº 16 como en Tor.com.

El buen hijo (The Good Son) se publicó por primera vez en 2009 en Jim Baen’s Universe, se reeditó en 2015 en Lightspeed y asimismo es uno de los cuentos incluidos en su última colección de relatos, Cat Pictures Please and Other Stories. A diferencia de Recetas a tutiplén, esta no es una historia de ciencia ficción sino de fantasía, tan emotiva (o incluso más) que aquella, y con grandes dosis de romanticismo. Espero que os guste tanto como su recetario pandémico.

Vaya por último mi agradecimiento a Naomi, por autorizarme a tener en el blog este segundo relato y por su amabilidad en todo momento. Thanks a million, Naomi!

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El buen hijo

Naomi Kritzer

Yo no quiero simplemente estar contigo. Lo que quiero es vivir de verdad contigo. En nuestro reino, bajo la colina, podríamos haber estado juntos para siempre. Pero no era eso lo que yo quería. Yo quería tenerte… en cuerpo y alma. Pero eso era antes de comprender las implicaciones.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La primera vez que la vi, Maggie estaba haciendo turismo —era estadounidense—, de excursión por los cerros irlandeses con un grupo de estudiantes compañeros suyos de la universidad. Llovía. Maggie no llevaba paraguas y, cuando la llovizna se tornó aguacero, el agua le apelmazó los rizos negros contra las mejillas. Los otros corrieron de vuelta al autobús, pero Maggie se quedó allí, con la cámara colgando contra la cadera y, una vez todos los demás se hubieron marchado, sacó del bolsillo un tin whistle y tocó la flauta durante diez minutos antes de darse media vuelta y caminar pesadamente de vuelta a la carretera.

Yo hice una puerta, para poder salir sigilosamente de la colina y seguirla. Mi hermano mayor me agarró la mano.

—No lo hagas, Gaidion —dijo—. Tráela aquí, si necesariamente tiene que ser tuya. —Al ver que no respondía, sacudió la cabeza—. Solo dolor, eso es lo único que sacas cuando vas en pos de una mortal.

—Quiero ver dónde va, nada más —aseguré, y me adentré en la lluvia.

La alcancé en Dublín. Adopté un rostro joven y ropas que no desentonasen con las que veía a mi alrededor. Lo primero que se me ocurrió decirle fue que yo era un estudiante irlandés de su misma edad, pero, cuando me enteré de que ella iba a regresar a Chicago en menos de dos semanas, decidí ser un estudiante estadounidense que también iba a volver en esas mismas fechas, aunque a otra ciudad.

En el pub había violinistas y Maggie bailó conmigo, sus rizos negros cabriolando en la atmósfera húmeda.

—¿De dónde has dicho que eras? —preguntó cuando tras la última ronda la estaba acompañando a la parada del autobús.

Nombré una ciudad que había oído mencionar esa tarde a uno de los otros estudiantes:

—Minneapolis.

—¡No está demasiado lejos! A lo mejor te vuelvo a ver —dijo, y me obsequió con un largo beso—. Deja que te dé mi dirección.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Si tan solo hubiera aspirado a poseerte, podía haberte atraído con artimañas hasta debajo de la colina. Pero deseaba tu amor mortal; deseaba que tú me eligieras. Por supuesto que en ningún momento se me pasó por la cabeza contarte la verdad. Hubieses creído que estaba loco. Así que necesitaba un nombre mortal. Necesitaba números, referencias, direcciones. Necesitaba documentación.

Cuando me lancé a esto, en ningún momento pensé en todas esas otras personas que pasarían a formar parte de mi vida.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Abrirme una puerta a Minneapolis fue bastante sencillo. Ya había hecho escapadas al mundo mortal otras veces, así que sabía cómo cambiar oro por dinero y cómo dar con alguien que me preparase documentación falsa. Quería un apellido corriente, conque eché un vistazo a la guía telefónica y elegí Johnson. A Maggie le había dicho que me apodaban Finch —de ningún modo iba a decirle mi nombre verdadero a una mortal que acababa de conocer—. Le encargué al hombre un carnet de conducir, aunque no pensaba conducir nada, y uno de esos carnets con números. Construir una identidad que pudiese utilizar más allá de unos pocos días fue un trabajo de tomo y lomo. Por fin me instalé en un apartamento cercano a la universidad y me puse en contacto con Maggie.

Menos de un día después de que le mandase mi dirección, ella se plantó en mi puerta.

Resultó que Maggie estudiaba en la universidad de Chicago, pero que justo era de Minneapolis. Al no haberle dado yo mi dirección tras darme ella la suya, se había imaginado que en realidad yo no estaba demasiado interesado en ella. Pasamos una agradable tarde, noche, mañana, tarde y noche. Y entonces ella se levantó, preparó tortitas para ambos y dijo:

—Te acabas de mudar hace nada, ¿verdad?

—¿Por qué lo dices? —pregunté, un tanto nervioso ante la posibilidad de que mis mentiras fuesen descubiertas.

Maggie se echó a reír.

—Tienes la cocina tan bien abastecida que me da que ha sido tu madre quien se ha encargado de ello. Pero no hay nada empezado. Ni la harina ni los huevos. Ni siquiera la leche. Pero tanto la leche como los huevos son recientes. Lo he comprobado antes de preparar las tortitas, así que la explicación no es que nunca cocines. Porque sí que cocinas, ¿verdad?

—Claro que sí. —Tomé el plato de tortitas que me ofreció y me senté a la mesa de la cocina—. Hoy te prepararé yo algo para cenar.

Maggie se sentó frente a mí con sus propias tortitas. Como tenía miedo de que empezase a hacerme preguntas para las que no tuviera pensada la respuesta, le pedí que me contase más sobre sí misma y la escuché hablar. Era una buena narradora. Aquello era incluso mejor que oírle tocar el tin whistle.

Pero a la postre acabó por pedírmelo, que le contara mis propias historias.

—Ahora háblame tú de tu familia —dijo una vez hubo acabado con sus cuatro hermanas (ella era la menor) y veintisiete primos.

—Soy hijo único.

—¿Dónde te criaste?

Siempre que voy a algún sitio, adonde sea, escucho con atención lo que habla la gente. Desde mi llegada a Minneapolis había estado muy atento a las historias que se contaban sobre mi nuevo hogar, de manera que recurrí a ellas a fin de proporcionarme una propia.

—En Brainerd —respondí.

—¿En serio? Yo iba de vacaciones allí. Es precioso. Supongo que te lo dicen muchas veces.

—Sí, bueno, no me importa. —Me aclaré la garganta—. Mis padres… bien, ¿te sabes ese viejo chiste de un escandinavo que quería tanto a su esposa que a punto estuvo de decírselo? Pues ese era mi padre.

—Ah, sí, creo que lo conozco. O a uno de sus treinta y seis hermanos gemelos. —Se apartó el pelo de la cara con una sacudida de la cabeza—. Mi familia es irlandesa. Ellos son algo así como el polo opuesto.

—¿Así que por eso fuiste a Irlanda?

—No, en realidad fui porque ese curso me servía para cumplir uno de los requisitos que necesitaba para poder graduarme, y no era demasiado caro. —Se rió—. Jamás creí que yo fuese a viajar a Irlanda. Porque, venga ya, todo ese rollo de los estadounidenses de origen irlandés que quieren ir para recuperar sus raíces… ese no era mi caso. Aunque luego acabé haciéndome una foto junto a la estatua de mi antepasado célebre, exactamente igual que todos esos tontainas norteamericanos. ¡Qué vergüenza!

—Ya. ¿Quién es tu antepasado?

—«El cascarrabias del banco», así es como llaman a su estatua: Patrick Kavanagh.

—Ah, claro. Debería habérmelo imaginado. —Ella se llamaba Margaret Cavanaugh.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Maggie, tú eras todo lo que había soñado que sería una mujer mortal. Si nosotros somos piedra, inmutable, vosotros sois fuego. Todos los mortales lo sois, pero tú especialmente. Sabía que había hecho bien yendo en pos de ti.

Pero para no perderte, necesitaría un respaldo para mi historia.

Cuando tú regresaste a la universidad de Chicago, yo fui en busca de una familia.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Hola, mamá —dije. La mujer de cabello blanco se quedó plantada inmóvil durante un instante, con los ojos abiertos de par en par, jugueteando con un grueso anillo de oro que lucía en la mano derecha. Antes de que pudiese cerrarme la puerta en las narices, la besé en la mejilla y el encantamiento quedó sellado (la mitad de los hechizos de mi pueblo tienen tanto de sugestión como de cualquier otra cosa)—. Me alegro de verte.

Tenía los ojos azules; el cabello blanco muy rizado. Era una madre un poco mayor para alguien de mi edad, pero ella y su marido cumplían mis requisitos: sin hijos y sin demasiadas personas en su vida cuyos recuerdos hubiese de alterar a su vez.

—Yo no tengo… —Sus ojos se encontraron con los míos, y en ellos vislumbré la fugaz sombra de un profundo anhelo. Parpadeó—. Esto… no te esperaba.

—Lo sé. Como andaba cerca se me ha ocurrido acercarme. Ya no subo por aquí demasiado. ¿Qué tal estáis papá y tú?

—Bob. —Se apartó de la puerta—. Ha venido Robert.

¿Robert? Bueno, vale. Podía ser Robert.

—Hola, papá —dije, y le estreché la mano. Los hombres de su edad no besaban a sus hijos, pero sentí asentarse en él la magia en cuanto nuestras manos se tocaron—. ¿Qué tal te van las cosas?

—Esto… tan mal como siempre. ¿Te apetece una cerveza? —Asentí—. Doreen, ya que estás levantada…

Nos sentamos los tres en el salón. Era el típico salón pasado de moda de persona mayor, atestado de baratijas. Por lo visto, Doreen bordaba. Tenían colgada una reproducción de La noche estrellada, de Van Gogh, encima de la chimenea, y un mapa de Noruega enmarcado. Cuando me senté en una butaca cerca del hogar estornudé por el polvo. No tenían demasiadas visitas. Perfecto. Bueno, salvo que cuando Maggie los conociera saliese en dirección contraria dando alaridos.

Sin embargo, eran muy agradables. Con su laconismo, Bob era el típico oriundo de la Minnesota rural, y Doreen era encantadora y bastante tranquila. Cuando se ponía nerviosa le daba vueltas a la sortija de la mano derecha. Hacia el final de la tarde les comenté que, como habían perdido todas mis fotos de niño cuando el cobertizo se había inundado, se me había ocurrido traerles una para que empezasen una nueva colección, y les entregué una fotografía que me había hecho la víspera, enmarcada y lista para ser colgada. Doreen la cogió y me dio las gracias. Sus manos la aferraron con fuerza. Bob se la quitó con cuidado, descolgó un bordado y la colocó en su lugar.

—Por cierto —dije mientras me estaba preparando para marcharme—. Tengo una nueva novia: Maggie. Es realmente fabulosa. Estaba pensando en que la próxima vez que ella venga a casa de vacaciones a lo mejor podía traerla para que os conozca. Estudia en la universidad en Chicago.

—Sería estupendo, cariño —dijo Doreen—. Ojalá puedas volver a venir pronto. Te echamos de menos. —Se puso de puntillas para besarme en la mejilla y alborotarme el cabello—. Conduce con cuidado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Me pasé días atacado de los nervios pensando en vuestro primer encuentro, pero todo fue sobre ruedas. Mis padres se acordaban de mí y se alegraron de conocerte, y a ti ellos te conquistaron. Me preocupé antes de nuestro primer Día de Acción de Gracias, e incluso más antes de nuestras primeras Navidades, pero todo salió bien. El encantamiento mantuvo su efecto. Mi fotografía siempre estaba colgada en la pared; mi madre hasta le quitaba el polvo.

Terminaste los estudios y conseguiste un empleo en Minneapolis. Encontramos un apartamento y nos fuimos a vivir juntos. Era perfecto. Justo lo que había soñado cuando te había seguido.

Había límites, naturalmente. No podía casarme contigo. Porque se presentarían todos esos otros familiares… demasiados de golpe. Temblaba al pensar en tener que hechizarlos a todos. Incluso si nos hubiéramos fugado, yo no habría podido hacer los votos matrimoniales como Robert. Ni siquiera como Finch. No te podía hacer eso, no utilizar mi nombre verdadero en el momento de hacerte esa promesa. Y había demasiado que explicar. Y todavía creía que ibas a pensar que estaba loco, pero, incluso si no lo pensaras… bueno, te había mentido. Yo te amaba de veras, y de veras era yo quien te amaba, pero había tantas cosas sobre las que había mentido… Era demasiado tarde.

Y entonces mi madre enfermó.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Doreen está en el hospital —dijo Bob. El teléfono había sonado cuando Maggie estaba saliendo de la ducha, y ahora ella estaba observándome la cara, con el pelo húmedo pegado a la suya propia—. Estamos en Saint Paul. He pensado que debía llamarte.

—¿Qué le pasa? —pregunté.

—Lleva un tiempo con mareos. Le he estado dando la tabarra para fuera al médico y ayer por fin fue. Le hicieron unos escáneres y luego nos mandaron aquí para realizarle más pruebas.

—¿Qué creen que es?

Una pausa.

—Vieron algo en el TAC —dijo Bob lentamente—. Parece que aún no quieren ponerle nombre. Supongo que debe de ser malo si no quieren decirnos qué es. ¿Puedes acercarte?

—Sí, claro.

Colgué el teléfono y luego llamé a mi jefe (por aquel entonces estaba trabajando en una librería).

—Acaban de ingresar a mi madre en el hospital. Está aquí al lado, en Saint Paul. Voy a ir a verla.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Maggie.

Dudé. Cuando Maggie estaba con mis padres siempre me sentía tenso.

—Te llamaré cuando sepa qué es lo que hay —dije—. Podría no ser nada, ¿vale?

—Vale. —Me besó—. Dale un abrazo de mi parte. Tengo unas madejas que compré para ella la semana pasada. Llévaselas tú.

De camino hacia el centro de Saint Paul en el autobús urbano, eché una ojeada a la bolsa con las madejas. Eran de un intenso marrón rojizo y suaves como una maraña de seda. Doreen había empezado a tejer un año atrás, pero al parecer empleaba sobre todo fibras acrílicas baratas, temiendo «desperdiciar» las de más calidad que Maggie trataba de convencerla de que comprara. La acaricié un momento, pensando en Maggie y mentalizándome para el hospital.

Hay mortales que piensan que odian los hospitales porque temen su propia mortalidad. Yo no soy mortal, así que puedo afirmar con total certeza que odio los hospitales porque son lugares horribles. Siempre que Maggie enfermaba, trataba de asegurarme de que tuviese una buena dosis de sueño reparador y comida tentadora y saludable. Los hospitales ofrecen sueño intermitente y comida vomitiva. Para mí sigue siendo un misterio por qué la gente espera curarse en un hospital.

Doreen estaba en la cama del hospital, con aspecto debilitado y consumido. Las manos parecían desnudas sin sus anillos, que le habían hecho quitar para la resonancia magnética.

—Quiero irme a casa —dijo cuando entré—. ¿Me van a dejar marcharme pronto a casa?

—Creo que querían hacer más pruebas —respondí, inclinándome para darle un beso.

—Ya me han hecho todas las pruebas habidas y por haber. ¿Cuándo me van a dejar irme a casa?

—¿Por qué no voy a buscarte algo de comida en condiciones? —propuse.

Bob negó con la cabeza.

—El doctor iba a venir en unos minutos —dijo—. Espera hasta entonces.

Por supuesto que no vino hasta más de una hora después, y entonces se quedó al otro lado de nuestra puerta, hablando con una enfermera durante otros diez minutos antes de entrar realmente a hablar con nosotros.

—Doreen —dijo, mirando las gráficas de mi madre—. Tengo malas noticias sobre sus mareos. Tiene un tumor cerebral. Ahora bien, podría ser benigno…

Continuó hablando sobre los distintos tipos de tumores cerebrales, opciones de tratamiento, pronósticos… No creo que ninguno de nosotros oyera gran cosa a partir de «tumor cerebral».

—¿Puedo marcharme a casa? —preguntó Doreen cuando él terminó—. ¿Tengo que quedarme en el hospital?

—La intervendremos aquí y haremos una biopsia. Si lo desea, el resto del tratamiento lo puede recibir en Brainerd, y probablemente pueda estar en su casa la mayor parte del tiempo.

Doreen rompió a llorar.

—Me toca plantar los bulbos —dijo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Llamé a Maggie al trabajo desde un teléfono que había en la sala de espera.

—Oh, Finch, —musitó al enterarse—. Lo siento. Puedo ir…

—Está echando una cabezadita. Puedes pasarte después. Y, bueno… podría no ser tan malo. El doctor ha dicho que los benignos no son ni con mucho tan temibles como nos pensamos.

Maggie profirió una risita nerviosa.

—No me trago que haya tumores cerebrales que no sea temibles.

—Ya, ni yo.

Hablamos un poco más y luego colgué. Había una mujer esperando para llamar por teléfono, así que me cambié de asiento. «¿Jenny?», la oí decir tras marcar, y luego su voz se apagó. Se había tapado la cara con la mano libre y los hombros le temblaban. Estaba llorando demasiado para poder articular palabra.

Cerré los ojos, tratando de pensar en mis propios problemas en lugar de escuchar a escondidas los ajenos. Caí en la cuenta de que yo podía averiguar si Doreen estaba condenada sin remedio. La banshee lo sabría. No, decidí. Mejor ignorarlo, como los mortales, para que no se olieran nada raro.

A la mujer del teléfono los sollozos le seguían impidiendo hablar. Sentí el impulso de tocarle la mano, de ofrecerle algún tipo de consuelo, pero en lugar de eso me dirigí al ascensor y bajé.

Cuando salí al exterior y me adentré en la lluvia, me pareció oír la voz de mi hermano, riéndose de mí.

—Tienes razón —le dije, medio perdido en mi ensoñación—. No quiero saberlo. Prefiero creer que va a salir adelante.

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Era un tumor de los malos.

No estuvieron seguros de cómo de malo hasta después de la intervención. Doreen todavía estaba inconsciente, con la cabeza envuelta en vendajes; el doctor nos dijo que había extirpado todo lo que había podido del tumor. Habló de radio y quimioterapia. Nos dio porcentajes, cifras recitadas tan deprisa que ni Bob ni yo las entendimos. Se obligó a sonreír, dijo algo que trataba de ser esperanzador pero que no lo fue, y luego se marchó.

Bob se volvió hacia mí y dijo:

—Se está muriendo, ¿verdad?

—No lo sé —respondí.

Cuando Doreen se despertó, durante unos minutos no nos reconoció a ninguno de los dos. Que no me reconociese a mí no me sorprendió: los traumas podían quitarte de encima un encantamiento como ese. Pero Bob estaba horrorizado. El lapsus de Doreen lo asustó más que cualquier pronóstico del doctor. Al poco algo encajó en su lugar y Doreen volvió a ser ella misma. Pero ese mismo día, cuando me estaba marchando, Bob me miró y me dijo:

—Esto es lo que nos espera, ¿verdad? Me va a olvidar. Y a ti. A los dos.

—No lo sé —dije de nuevo.

—Uno de nuestros amigos tuvo alzhéimer. Al cabo de no mucho ya no nos reconocía a ninguno. Yo pensé que preferiría morirme a vivir así.

—Mamá solo ha estado desorientada un minuto.

Bob sacudió la cabeza y no respondió.

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A Doreen le dieron el alta pocos días más tarde, y Maggie nos llevó a todos en el coche a Brainerd. Esperábamos haber podido salir por la mañana, pero el doctor no vino a darle el alta hasta pasado el mediodía y no emprendimos la marcha hasta después de las tres. Doreen se sentó delante con Maggie; yo detrás, junto a Bob. Fue un viaje silencioso. Doreen dormitó la mayor parte del camino. Bob miró por la ventanilla. Cuando ya estábamos llegando a Brainerd, Doreen se revolvió y Bob la miró desde su asiento detrás de Maggie. Yo vi terror puro en sus ojos, como si allí fuera hubiese atisbado la muerte de ella en lugar de silos de cereal y maizales.

—Se va a curar, papá —susurré—. Todo va ir bien.

Bob me dirigió una mirada larga y sombría, y luego se volvió de nuevo hacia la ventanilla.

La casa estaba a oscuras cuando aparcamos. Bob abrió y encendió las luces, y Maggie levantó con cuidado a Doreen. Maggie tenía que trabajar al día siguiente, y decidimos que ella volviese en el coche esa noche. Yo regresaría a casa en autobús uno o dos días después. Maggie acomodó a Doreen en su sillón y luego calentó algo de sopa para la cena mientras yo buscaba sábanas para la cama de invitados. Cenamos delante de la televisión, y luego Maggie besó a Doreen y volvió a Minneapolis.

Cuando regresé al salón, Doreen se me quedó mirando.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Robert, tu hijo —dije, y di unos golpecitos en mi fotografía de la pared, tratando de afianzar el hechizo.

Ella me observó fijamente, la perplejidad pintada en su rostro.

—Nosotros no hemos tenido hijos.

—Doreen —dijo Bob, y se sentó a su lado.

Doreen rompió a llorar y hundió el rostro en el cuello de su marido.

—Bob, ¿por qué no?, ¡¿por qué no?!

Bob le acarició el cabello, que estaba húmedo de sudor.

—¿Qué dijo el doctor de la fiebre? —me preguntó con voz trémula.

—Dijo que la fiebre era peligrosa. Si tiene fiebre tenemos que llevarla a urgencias. —Me acerqué y le toqué la frente—. ¿Tenéis termómetro? —pregunté, aunque estaba ardiendo.

—No lo sé. Doreen es la que siempre se encarga de ese tipo de cosas.

Doreen me miró.

—Ay, Robert —dijo—. Menos mal. Creía que te habías marchado. Que te habías vuelto a Minneapolis, quiero decir.

—Voy a ver si encuentro uno —dije, y me dirigí al cuarto de baño.

Encontré un termómetro digital en el botiquín, con las instrucciones aún plegadas a su alrededor. Doreen estaba a casi treinta y nueve.

—Voy a por el coche —dijo Bob.

El centro médico Saint Joseph estaba a poco más de un kilómetro y medio de su casa, así que no tardamos mucho en llegar. Ayudé a Doreen a entrar en urgencias mientras Bob aparcaba el automóvil. La ingresaron casi de inmediato; sospechaban que podía tener alguna infección. La habitación de este hospital era inquietantemente similar a la del anterior, hasta en el color de la cortina de privacidad. Bob se desplomó en la silla junto a la cama. Yo jugueteé con el termómetro, que me había metido en el bolsillo camino de la puerta.

—¿Todavía estamos en Saint Paul? —preguntó Doreen.

Bob levantó la cabeza y dirigió a Doreen una mirada de sombrío horror.

—¿No te acuerdas de haber vuelto a casa? —preguntó.

—Estamos en Brainerd —tercié yo—. Te hemos llevado a casa esta tarde, pero luego te ha empezado a subir la fiebre.

Doreen me miró con impotencia.

—No me acuerdo para nada de haber vuelto a casa.

—La mayor parte del camino lo pasaste dormida.

Sus manos tiraron de la fina manta del hospital.

—¿No puedo simplemente tomarme una aspirina para la fiebre y marcharme a casa?

—Creen que tienes una infección.

—Pero no quiero quedarme aquí.

—No creo que te tengan demasiado tiempo. ¿Por qué no tratas de dormir un poco?

Doreen asintió.

—Llévate a tu padre a casa. Parece estar teniendo un día incluso más duro que el mío.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando me levanté por la mañana, Bob no estaba.

Encontré su nota en la mesa de la cocina. Era muy breve: solo decía que lo sentía. El coche tampoco estaba, pero no se había llevado nada de dinero. Junto a la nota había dejado su alianza y los dos anillos que Doreen solía llevar: su propia alianza y la gruesa sortija que por lo general lucía en la mano derecha. Me los metí en el bolsillo.

Confiaba en poder evitar contárselo a Doreen, al menos de momento, pero cuando entré miró más allá de mí y preguntó:

—¿Dónde está Bob?

—Hoy no ha podido venir.

—Está jubilado. ¿Qué?, ¿tenía algún compromiso urgente? —se mofó ella. Luego observó mi rostro—. ¿Qué ha sucedido, Robert? ¿Es la casa? ¿Se ha quemado la casa?

—¡Oh, no! —dije con fingida alegría, preguntándome por qué no podía mentir sobre esto cuando no tenía problemas para mentir sobre mí—. La casa no ha sufrido ningún percance, no te preocupes.

—Se ha marchado, ¿verdad?

Rodeé con la mano las sortijas que tenía en el bolsillo.

—Sí —respondí al fin—. Ha dejado tus anillos.

Doreen no lloró. Tan solo asintió una vez y dijo:

—¿Me los puedes dar? Me gustaría ponérmelos. Aunque me haya abandonado. He llevado alianza treinta y seis años y ahora me siento rara si me falta en la mano. —Volvió a ponerse los anillos—. Mira, este —dijo señalando el de la mano derecha—, este era de mi bisabuela. Mi madre me contó que formaba parte del botín que los vikingos se llevaron de la Galia, y que fue así como llegó a mi familia. Pero un joyero me dijo una vez que era imposible que realmente pudiera ser tan antiguo. Yo habría debido pasárselo a mi hija, pero nunca tuve una hija. No me llevo bien con mis sobrinas. Supongo que lo heredarás tú, y tú se lo puedes dar a Maggie cuando os caséis.

—No tengo prisa —le aseguré.

—Bah. Si vosotros dos os dieseis prisa en casaros, yo podría darle a Maggie el anillo ya. Resulta que no voy a vivir eternamente.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El personal del hospital se mostró amable cuando se enteró de lo de Bob, pero no tan sorprendido como me había esperado. Reaccionaron a la noticia demostrando un eficiente dominio de las normas: Doreen necesitaba nuevo papeleo. Años atrás había firmado documentos autorizando a Bob a tomar en su lugar decisiones sobre cuestiones médicas. Todo eso tenía que cambiarse, y los enfermeros pensaron que era yo quien debía ser designado en lugar de Bob.

—Claro —convino el doctor—. Usted es su hijo. Su familiar más cercano.

«Pero soy un impostor», pensé. ¿Cómo se suponía que iba a tomar decisiones en lugar de Doreen? Apenas la conocía. Tan solo estaba empezando a comprender lo poco que sabía sobre esta gente. «No puedo».

—No seas tonto, Robert —dijo mi madre—. No tengo a nadie más.

—Pero yo no sé lo que tú querrías.

—Utiliza el sentido común. Si tú no lo querrías para ti mismo, puedes asumir que yo tampoco.

—Yo lo querría todo, mamá. Querría hasta el último minuto de vida que pudiese tener. Si ellos pudieran mantener mi cuerpo respirando, mi sangre bombeando, eso es lo que yo querría.

—No, no lo querrías. Solo si existiese alguna posibilidad de recuperación.

—Siempre hay esperanza. Mientras hay vida, hay esperanza. Seguro que podría encontrar una docena de historias de personas que se suponía estaban en muerte cerebral y que acabaron saliendo del hospital por su propio pie.

—Si yo ya no estoy aquí dentro, deja que me vaya.

—¿Y cómo se supone que debo saberlo?

—Lo sabrás.

Siempre me quedaría la banshee. Firmé los papeles. Mejor yo que un desconocido.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La infección mantuvo a Doreen en el hospital varias semanas. Incluso cuando ya parecía haberse recuperado seguían sin darle el alta: tenía muy pocas células sanguíneas, dijeron. No estaba tolerando bien la quimio. Y lo que era peor, los tratamientos no parecían estar funcionando. El tumor no estaba respondiendo a la quimio y radioterapia tal como hubiese debido.

Maggie y yo establecimos una rutina. Yo trabajaba de miércoles a sábado. Los sábados por la noche íbamos en coche juntos a Brainerd. Maggie pasaba conmigo el domingo y regresaba en coche por la noche, porque tenía que trabajar el lunes. Yo me quedaba hasta el martes a última hora, y entonces cogía un autobús de vuelta a Minneapolis.

En el autobús disponía de mucho tiempo para darle vueltas a la cabeza, lo que no era bueno. En lo que más pensaba era en mi hermano mayor diciéndome que me arrepentiría de haber ido en pos de Maggie. «Yo no me arrepiento de eso. Jamás me arrepentiré de haber seguido a Maggie. Pero ojalá hubiese elegido una madre más sana. O le hubiera dicho a Maggie que era huérfano».

Una noche, el autobús se retrasó y se me pasó por la cabeza abrir una puerta a Minneapolis. «¿Qué hago viajando de aquí para allá en autobús como un mortal? Soy un feérico. No me hace falta».

Y a continuación un eco más siniestro de ese pensamiento. «Soy un feérico. No me hace falta hacer nada de esto».

Podía irme a casa. Al fin y al cabo, era lo que se suponía que nosotros hacíamos: cortejar a la doncella mortal y luego abandonarla. O atraerla hasta nuestro propio salón de banquetes. La echaría de menos, pero lo superaría. O eso es lo que me aseguraría mi hermano. El tiempo avanza de manera diferente allí. Volvería a unirme a la fiesta y, total, para cuando quisiera darme cuenta, ya sería demasiado tarde. Ella habría seguido adelante con su vida, se habría casado con un dentista, tendría tres hijos…

Comenzó a llover.

Yo no quería abandonar a Maggie. Tampoco quería abandonar a Doreen. «No tengo a nadie más», me había dicho.

Ella no es tu madre, susurró el eco siniestro.

Puede que no, pero yo soy su hijo.

El autobús llegó por fin y yo subí, sintiendo mi agotamiento como un peso sobre los hombros. A lo mejor la siguiente semana podía regresar con Maggie a Minneapolis para así descansar un poco más.

Pero no regresé con Maggie. Cuando el siguiente sábado llegamos al hospital, Doreen nos dirigió una sonrisa agradecida y desesperanzada, y supe que me quedaría hasta el martes, como siempre.

Doreen se mantuvo tercamente optimista durante semanas. Soportó la enfermedad y se cubrió la cabeza calva con gorros de suave algodón que Maggie tejía para ella. Su favorito era uno amarillo canario entreverado de hebras multicolores. Se lo ponía tanto que Maggie compró más madejas y le hizo otro par.

Una tarde, salí a comprar sándwiches para nosotros dos y, cuando regresé, oí a mi madre contándole a Maggie una anécdota graciosa de mi infancia. Al parecer, yo había pintarrajeado un libro con mis ceras de colores y luego había asegurado que había sido el perro. «Recuerdo que de niña eché a mi hermana la culpa de algo así, pero el pobrecito no tenía hermanos, así que trató de culpar al perro. Jamás he visto un perro que pueda coger una cera, pero por lo visto él pensó que merecería la pena intentarlo…».

Yo lo estaba viendo, tal como ella lo describía: el libro pintarrajeado abierto en mitad de la cocina; las ceras tiradas por el suelo; el niño abrumado por la culpa. Mi madre levantó la mirada cuando me oyó en la puerta y me sonrió cariñosamente.

—¿Qué libro fue el que pintarrajeó? —preguntó Maggie.

—Pues sabes que no me acuerdo…

Por quién doblan las campanas —dije yo; me acomodé en la otra silla para visitas y le entregué un sándwich a Maggie—. Creo que me pareció que necesitaba algunas ilustraciones.

—Después de eso te castigué sin ceras varias semanas —continuó mi madre, con cierta nostalgia—. Pero te portabas bien, la mayor parte del tiempo. Casi siempre. —Y miró a Maggie.

—Lo educaron bien —dijo Maggie, y la saludó llevándose el sándwich a la cabeza.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La noche del día en que el doctor nos sugirió hablar con cuidados paliativos, me quedé haciendo compañía a Doreen hasta la madrugada. Cuando me pareció que se había quedado dormida, cogí mi abrigo tan silenciosamente como pude y me dispuse a marcharme.

—Siempre lo he sabido —dijo ella cuando yo estaba apoyando la mano en el picaporte.

Me giré. Un mortal no habría podido ver su rostro en la oscuridad de la habitación del hospital, pero yo la miré directamente a los ojos y ella me devolvió la mirada.

—¿Qué es lo que has sabido?

—Lo sabía. Cuando llamaste a la puerta aquel día y me saludaste como si fuera tu madre, eras un desconocido. Tu magia, o lo que fuera, funcionó con Bob. Pero yo lo sabía. —Sus ojos brillaban por las lágrimas—. Nosotros deseábamos un hijo. Durante años lo intentamos. Una vez incluso quedé embarazada, pero perdí el bebé pocas semanas después… Hoy en día lees en los periódicos sobre tratamientos y técnicas sofisticadas, pero entonces nosotros no teníamos nada. Mi madre me dijo que me relajara, que me tomase unas vacaciones… pero nada funcionó. Aquello casi acabó conmigo. —Dejó escapar un ronco suspiro—. Yo habría adoptado, pero Bob se negó en redondo. Y, si te soy sincera, a mí adoptar me daba miedo. Temía no quererlo como a un hijo propio y, si no estaba segura, tal vez mejor no hacerlo. Yo sé que Bob quería un hijo, pero él no sintió la pérdida como yo. O, si la sintió, lo disimuló.

Abrí la boca para hablar, pero de ella no salió nada.

—Entonces llegaste tú. Y nos adoptaste como padres. Ay, Robert. —Las lágrimas le surcaban las mejillas—. Lo siento. De haber sabido cómo iba a acabar esto, de haber sabido que me iba a convertir en una carga, habría cerrado la puerta.

Me volví a sentar, con el abrigo en el regazo.

—Sabes que podría marchame, mamá. Pero prefiero quedarme. Contigo. —Le apreté la mano.

—Eres un buen hijo —musitó.

Minutos después, cuando yo ya pensaba que se había quedado dormida, se revolvió y habló de nuevo:

—Tengo algo que quiero darte. No puedo cambiar el testamento (cualquiera podría impugnarlo si lo modificase ahora). Pero puedo entregarte esto antes de que el cáncer robe lo que queda de mí. —Se sacó el grueso anillo de la mano derecha—. Esto es para ti, mi único hijo. Dáselo a Maggie cuando estés preparado para casarte.

—No puedo…

—Sí que puedes.

Me cerró la mano alrededor de la sortija y yo sentí el poder de la joya quemándome la palma. «El anillo robado por los vikingos. ¡Vaya!, sin duda procedía de Irlanda», pensé.

—Siempre lo he sabido —repitió ella—. ¡Esto es para ti!

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Ese fue probablemente el último de sus días buenos.

Llamé a cuidados paliativos; Doreen quería morir en casa, así que la llevamos allí. Yo tenía miedo de que la ausencia de Bob la deprimiera, pero Doreen se sintió reconfortada en su hogar incluso sin su marido. Los enfermeros de cuidados paliativos pasaban muchas horas en casa durante el día. Yo trataba de estar con ella el resto del tiempo. Y Maggie me sustituía de vez en cuando.

Yo llevaba el anillo bajo la camisa, colgado de un cordón de cuero. En esos momentos era incapaz de pensar en casarme con nadie; era demasiado difícil pensar en nada salvo en la siguiente dosis de morfina de Doreen, en la siguiente visita del enfermero de cuidados paliativos, en el siguiente viaje de Maggie a Brainerd.

Una noche, unas dos semanas después de aquella conversación nocturna en el hospital, Maggie y yo estábamos en el salón de la casa de mi madre. Maggie estaba sentada junto a la lámpara de lectura, tejiendo un conejito con dos cabezas, una franja roja alrededor de muñecas y tobillos y un corazoncito en el pecho. Se oía el tictac del reloj de la repisa de la chimenea. Yo creía que Doreen estaba dormida, pero la oí gemir en su habitación. Me levanté y fui a ver cómo estaba. Parecía haber conciliado el sueño otra vez, de modo que regresé al salón y me senté.

En uno de esos extraños trucos de la luz y las sombras, durante un instante Maggie pareció vieja. Luego se revolvió en el asiento y de nuevo tenía veintitrés años. Le dio la vuelta al conejito para examinarlo, se giró hacia el patrón y deshizo varios puntos. Entonces me miró, me dedicó una sonrisa dulce y cansada y retomó la labor.

Ella sería vieja, algún día, como mi madre. Yo jamás sería viejo, pero Maggie sí.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En la colina feérica el tiempo no existe. Los mortales creen haber pasado una noche allí, y regresan a casa cien años más tarde; sin embargo, para nosotros, es como una fiesta que nunca termina. Sin preocupaciones ni dolor. Sin nada que importe.

Yo quería tenerte. En cuerpo y alma. Quería compartir tu mortalidad.

La noche en que Doreen murió comprendí las implicaciones.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Yo estaba velando a Doreen cuando murió. Ella llevaba varios días de capa caída: sin hablar, sin abrir los ojos. Su respiración se había ralentizado y ahora era más superficial. Durante doce horas seguidas no me aparté de su lado, creyendo que cada aliento sería el último. Ella no quería morir sola. Maggie me trajo sándwiches y café y yo me senté junto a la cama.

Cuando Doreen nos dejó, un silencio absoluto se adueñó de la habitación.

Los mortales cuentan historias sobre cómo la Muerte llega con una guadaña para llevarse sus almas; cuentan historias sobre ángeles conduciéndolos al hogar y sobre túneles de luz. Cuando Doreen murió, yo no vi nada, salvo su habitación abarrotada, y no oí nada, salvo el silencio que se impuso tras detenerse su respiración.

Me puse de pie y me estiré. Eran las cuatro de la mañana. Salí del cuarto. Maggie estaba durmiendo acurrucada en una butaca del salón, con la labor de punto en el regazo. Alargué la mano para despertarla, pero luego me lo pensé mejor. Me apetecía dar un paseo.

Mientras caminaba cerca del río, con el viento gélido azotándome, pensé en Doreen y sentí un sombrío vacío y un ligero alivio culpable porque las horas de velar junto a la cama habían terminado. Y un alivio menos culpable porque su dolor había llegado a su fin.

«Solo dolor», había dicho mi hermano cuando me había advertido de que me mantuviese lejos de Maggie.

Maggie era joven. Nosotros aún teníamos años por delante… probablemente. Pero algún día ella sería vieja y yo no. Ella enfermaría y yo no. Yo tendría que pasar por todo esto de nuevo: el hospital, la incertidumbre, el sufrimiento, la pérdida… Tendría que pasar por todo esto con ella, ¡con Maggie!

Saqué el anillo de Doreen y contemplé el brillo dorado a la luz de una farola. «Si me caso con Maggie, si me caso de verdad, tengo que quedarme. No puedo prometerle serle fiel y luego salir corriendo como Bob. Si es eso lo que voy a hacer, mejor dejarla ahora».

Pensé en la muerte de Maggie. ¿También sería cáncer en su caso?, ¿o su mente le sería robada por la demencia, esa siniestra ladrona?, ¿o algo rápido, como un infarto, sin sufrimiento prolongado y sin tiempo para despedidas? A lo mejor sería un accidente de tráfico a los veinticinco. Fuera lo que fuera, yo tendría que estar allí. Tendría que velarla, humedecerle los labios con una gasa cuando no pudiera tragar, darle la mano. Enterrar su cuerpo. Decirle adiós.

Era el precio que pagaría por amar a una mortal.

Desaté el cordón de cuero y me metí el anillo en el bolsillo. Luego me di media vuelta y me dirigí a casa de mi madre.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Yo te tomo a ti, Margaret. Como Gaidion —mi verdadero nombre—, te tomo a ti; y me entrego a ti con un voto que no puedo romper.

Con este anillo, me comprometo.

Si me aceptas, viviré contigo durante toda tu vida mortal. Te amaré. Permaneceré a tu lado. Y, un día, te enterraré. Porque te amo. Y pagaré el precio sin sentir ni una punzada de arrepentimiento.

Copyright © 2009 Naomi Kritzer

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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