Sueños de octubre, de Michael Kelly

Michael Kelly es un autor canadiense volcado mayormente en la ficción breve, como demuestra el que a lo largo de estos últimos veinticinco años haya publicado infinidad de relatos (al menos uno de ellos traducido al español) y tres colecciones, que recopilan gran parte de los mismos. Sin embargo, tal vez sea incluso más conocido por su faceta como editor. En la actualidad es el editor jefe y principal responsable de una pequeña editorial canadiense independiente francamente interesante: Undertow Publications, dedicada a la publicación de colecciones, antologías y novelas cortas del género, sobre todo de fantasía oscura, terror y literatura weird. También en su faceta como editor destaca su labor como antologista, que le ha valido galardones tan prestigiosos como el Shirley Jackson Award y el British Fantasy Award, además de varias nominaciones al premio Mundial de Fantasía.

Sueños de octubre (October Dreams) es un poético cuento muy breve que se publicó por primera vez en 2012 en la revista Supernatural Tales. Solo tiene alrededor de quinientas palabras, pero le han bastado para que fuera seleccionado para las antologías The Mammoth Book of Best New Horror 24 y October Dreams II: A Celebration of Halloween. Asimismo está incluido en la última de las colecciones del autor, All the Things We Never See. Y sí, se trata de un relato de lo más apropiado para estas fechas, de ahí que lo tengamos justo hoy por aquí. Espero que a pesar de su brevedad consiga haceros sentir un escalofrío.

Para no extenderme más que el propio cuento, acabo ya esta presentación simplemente agradeciéndole a Michael que haya accedido a compartir su relato con todos nosotros. Thanks a million, Michael!

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Sueños de octubre

Michael Kelly

Sus sueños eran sueños de octubre.

La niña estaba en esa edad extraña, despreocupada y alegre, llena de sueños y añoranzas, en la que no nos damos cuenta de que probablemente nunca volveremos a ser tan felices. Soñaba con la tierra húmeda, las hojas susurrantes y el humo de leña; con sidra caliente y especiada y vientos fríos; con manzanas caramelizadas y fantasmas juguetones; con calabazas sonrientes y la noche infinita.

La niña soñaba en naranja y negro.

Luego la niña se fue haciendo mayor. Destacó en el instituto. Y sus sueños cambiaron. Se llenaron de sonrisas de muchachos, extremidades entrelazadas y sonrisas dulces. Fue a la universidad. Consiguió un empleo.

El mundo se fue tornando serio.

Pero ella aún continuaba soñando, aunque soñaba menos, porque ahora no era una niña sino una mujer, una mujer adulta. Y sabía que los adultos casi nunca soñaban. Los adultos no tenían por qué soñar.

Se enamoró y se casó. Él no era el hombre de sus sueños —¿quién lo hubiese podido ser?—, pero era bueno y cariñoso y la amaba. Esos sueños que ella aún tenía fueron aparcados a un lado, y tuvo una niña, de hermosura indescriptible. La llamó Otoño. Y la mujer que otrora fuese una niña era feliz, sí, pero era una felicidad distinta. No era la euforia desenfrenada ante una infinidad de posibilidades. No era una felicidad naranja y negra. Era complacencia. Y ella estaba complacida con su complacencia.

Y la vida, como es de rigor, fue pasando.

La mujer que otrora fuese una niña fue envejeciendo. Su hija, Otoño, también soñaba, pero sus sueños eran distintos. Otoño consiguió un buen trabajo, se casó y se marchó de casa, y tuvo sus propios hijos. El marido de la mujer, que nunca supo de sus sueños, cayó enfermo y falleció.

La mujer que otrora fuese una niña lloró en silencio.

Fue envejeciendo. Fue quedándose más sola.

Soñó, de nuevo, con calabazas sonrientes, hogueras de hojarasca, pasteles otoñales recién horneados, aceras mojadas y ráfagas de viento con fragancia a calabaza. Soñó con brujas, demonios, monstruos y zombis.

Soñó con la noche más oscura.

Soñó con los muertos.

El tiempo fue pasando. El mundo se fue apaciguando. La mujer se fue apaciguando. La mujer esperó… esperó y soñó sus sueños de octubre. Le llegó el aroma a otoño, a lenta podredumbre. Continuó esperando. Y, por fin, llamaron a la puerta, y ella los oyó en la calle, riendo, yendo de aquí para allá, susurrando cual hojas anaranjadas mecidas por el viento húmedo, pisadas de pies diminutos, parloteo nervioso e ilusionado.

La anciana que había sido una niña llena de sueños sonrió, se levantó dolorida de la silla, con cuidado, y avanzó hacia la puerta. Cogió algunas chucherías de un cuenco, abrió, deseosa —anhelante— de presenciar alguna trastada, alguna travesura infantil. Se quedó allí plantada, con una sonrisa. Y todos los niños se dieron media vuelta y salieron corriendo, de estampida, entre gritos, como si hubieran visto un fantasma.

O algo peor.

Copyright © 2012 Michael Kelly

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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6 respuestas a Sueños de octubre, de Michael Kelly

  1. Gabriel dijo:

    Triste y precioso.

  2. Marcos Gallardo dijo:

    Ay, de mis (tus) sueños que postergo (postergas).

  3. patroclo58 dijo:

    Me gustó mucho, pero la instrospectiva desencadenada me ha dejado …

    • marcheto dijo:

      Me alegro de que te haya gustado, y confieso que también de lo otro. A mi entender, eso quiere decir que con solo 500 palabras el cuento funciona a la perfección. Muchas gracias por comentar.

  4. Juan dijo:

    La futuro da miedo.

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