Soltad a la bestia, de Stephen Volk – Especial Cuentos de película II

Stephen Volk es un veterano y polifacético escritor galés, autor de novelas, relatos, guiones para cine y televisión, artículos, obras de teatro… Aunque no sea su faceta que más nos interesa aquí, voy a destacar un par de detalles de su carrera en el campo cinematográfico. En primer lugar, su guion tal vez más conocido, el de la película Gothic, dirigida por Ken Russell. Y, en segundo, que un cortometraje escrito por él (The Deadness of Dad) fue galardonado con un premio BAFTA (los Oscar británicos). En su faceta más literaria destaca su trilogía de novelas cortas The Dark Master (centradas en Peter Cushing, Alfred Hitchcock y Aleister Crowley) y sus más de cincuenta relatos, gran parte de ellos recopilados en tres colecciones, que le han servido para ganar dos British Fantasy Awards. Sin embargo, a pesar de su amplia obra y extensa carrera, creo que hasta ahora estaba inédito en español.

Soltad a la bestia (Unchain the Beast) se publicó por primera vez en 2019 en la revista británica Black Static, y es uno de los cuentos que forman parte  de la próxima colección de relatos del autor (Lies of tenderness, que publicará PS Publishing en marzo de 2022) . Si con la primera entrega de este especial Cuentos de película viajamos a la Constantinopla del siglo XV, con esta segunda saltamos hasta el México del siglo XX. Y si con aquella todos descubrimos los verdaderos orígenes del séptimo arte, con esta creo que bastantes vais a descubrir la Edad de Oro del cine de terror y ciencia ficción mexicano, que tuvo lugar durante la década de 1960. Y ello gracias a un relato ameno, delicioso, divertido y con algunos momentos aterradores. Una historia sobre cine, pero sobre todo sobre la amistad y la lealtad. No os la perdáis.

Por último, vaya mi agradecimiento para Stephen, que tan amablemente me ha permitido compartir con todos los lectores de habla hispana su estupendo Soltad a la bestia. Thanks a million, Stephen!

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Soltad a la bestia

Stephen Volk

Déjame que te hable de mi amigo José Camacho Mestre, el director. ¿Te suena? No. A lo mejor no. No es demasiado popular fuera de mi país. No recuerdo cómo nos conocimos, pero éramos uña y carne. José, que siempre fue «Pepe». Y yo, Abelino, siempre «Beli». Mi madre era de La Paz, y todas las semanas, y a veces hasta diariamente, amenazaba con volverse allí conmigo y con mis cuatro hermanas. Decía que el trabajo de mi padre en una fábrica de botellas era el empleo con el que él siempre había soñado, en vista de su amor por la botella.

El padre de Pepe era agricultor. En su tiempo libre tallaba alebrijes[1] —figuras de artesanía tradicional— a fin de complementar sus ingresos, y los vendía en el mercado local. Todo el mundo hacía piñatas o figuras de Judas de cartón piedra. Ver arder a Judas durante la Semana Santa era uno de los puntos álgidos de nuestras vidas. Crecimos con diablos pintados de rojo y ángeles de cartón de grandes alas doradas; con escenas de Jesús siendo descendido de la cruz y depositado sobre un lienzo ensangrentado.

Una mojiganga de santos, sus rostros trágicos en contraste con ropajes de diseños y colores de lo más alegre. Esqueletos a lomos de perros escuálidos de lengua escarlata, desafiando con su humor salvaje tanto al cielo como al infierno. Sin embargo, lo que el padre de Pepe hacía era distinto.

Armadillos. Iguanas. Jaguares. Quimeras. Tallas en madera —en la madera de la zona: el copal— de animales y criaturas míticas e imaginarias. Era una tradición ancestral en el valle de Oaxaca, donde vivíamos. En San Martín Tilcajete, para ser exactos, al sur de México, en el distrito de Ocotlán en la región Valles Centrales, donde siempre, desde hacía siglos, desde hacía milenios, los zapotecas habían tallado animales y bestias fantasmagóricas —criaturas sobrenaturales de nuestro pasado prehispánico—. Y a mí me fascinaba ver a su padre dándoles vida.

No había dos idénticos. Cada uno tenía su propia personalidad, como si algo emanase de manera espontánea de la materia prima. Se decía que la madera de copal tenía propiedades mágicas, pero yo creo que la auténtica magia residía en las manos del padre de Pepe. Mientras observábamos embelesados, teníamos la sensación de que en su génesis intervenía cierto misticismo, misticismo que la mente de su creador había olvidado pero que sus dedos recordaban.

Él siempre confería a los animales características humanas exageradas, que casi rayaban en una burla a nuestra herencia cultural más arraigada. Un zorro ejecutaba un swing con un palo de golf, un gato jugaba al póquer, un grillo rasgueaba una serenata en una guitarra o un cerdo con seis patas y gafas de sol fumaba en pipa. La función de los monstruos era ahuyentar a los malos espíritus y proteger el hogar, servir como tótems de buena suerte o convertirse en juguetes infantiles. Pero, a todas luces, los suyos eran obras de arte.

Su creación más brillante y aterradora fue un Coyote, de orejas enormes y puntiagudas, morro alargado, nariz negra, ojos amarillos, cola y zarpas. Aún veo al viejo dando los últimos toques con un pincel a aquellos caninos blancos y brillantes.

¡Dios! Menudo canguelo me dio, esa criatura con sus cuatro patas sobre la mesa, de dedos separados y uñas diminutas y perfectas. Porque para los mexicanos Coyote no es simplemente un animal carroñero y molesto. Su nombre viene del de la deidad azteca Huehuecóyoti y, al igual que el cuervo, es un mediador entre los reinos de la vida y la muerte. Puede cambiar de forma, de ahí que el padre de Pepe lo representara con pies y manos humanos.

Cuando aquel día el viejo apagó el candil de un soplido y salimos del taller, con Pepe y yo a la carrera por delante, la imagen de Coyote ya estaba grabada en nuestra memoria y no nos abandonaría jamás.

Durante semanas y semanas, habíamos sido testigos de cómo esta criatura —esta figura curvada de madera hecha a partir de una única rama de copal tallada con un machete y luego trabajada con un escoplo— cobraba vida ante nuestros ojos. ¡Y además a todo color!

El padre de Pepe primero dibujó los ojos, luego las zonas con diseños repetitivos: el trampantojo del pelo y músculo bajo la piel. Todo hecho a base de símbolos. El rombo grande, luego los pequeños. Todos los colores obtenidos combinando ingredientes naturales. Ninguno de bote. Semillas de granada mezcladas con compuestos alcalinos para crear el azul. Bicarbonato sódico. Zumo de lima. Cochinilla. Todo con gran complejidad. Todo con pasión. El triángulo. El laberinto. La mariposa con puntos en las alas, titilando cual cristales de colores en la vidriera de una iglesia. El pincel con la cantidad precisa, la concentración intensa. Negro para el inframundo. Amarillo para la tierra.

Coyote cobró vida en nuestra cabeza. Se podría decir que encendió nuestra imaginación para siempre.

De hecho, así es como empezó todo.

Un día, Pepe pidió prestada una cámara Brownie y nos colamos en el taller de su padre. Dispusimos nuestros soldados de juguete y cochecitos metálicos alrededor de Coyote y sacamos fotografías de manera que la criatura pareciese descomunal. Estábamos que nos moríamos por recoger las fotos reveladas y colgarlas en la pared. Cuando lo pienso ahora, aquello fue nuestro primer storyboard.

Sin embargo, a Pepe ya entonces aquello no le bastó. Hizo acudir a sus padres, hermanas y tíos a la mejor habitación de la casa, colocó una fila de sillas y puso música clásica en un gramófono a fin de dar ambiente. Cuando el espectáculo terminó, los invitados aplaudieron como locos mientras el rostro de Pepe irradiaba alegría.

En cierto modo, aquella fue nuestra primera película.

No obstante, para cuando dejamos atrás oficialmente la cámara fotográfica y pasamos a una de cine, ya habíamos cumplido los quince. Mi padre no podía permitirse algo así, pero mi abuela materna, cuyo marido había sido dentista, tenía algo de dinero guardado a buen recaudo y sabía que las películas nos chiflaban. Todo tipo de películas, pero sobre todo las de miedo. Hablábamos de ellas sin parar. Nuestra educación consistía en Juan Bustillo Oro —El fantasma del convento, Dos monjes, El misterio del rostro pálido—. El proyeccionista del cine del pueblo solía invitarnos siempre que tenía algo un tanto extravagante y poco apropiado para críos. A lo mejor tenía otros motivos, pero ¿qué más da?, jamás nos tocó ni un pelo.

Era preciosa, aquella cámara de cine Kodak modelo BB Junior, y ganamos algo de dinero haciendo trabajillos por el barrio hasta ahorrar lo necesario para un proyector Kodascope de 16 mm.

Madre de Dios… ¡aquello sí que era Hollywood!

Rodamos todo tipo de tonterías, los fines de semana y por las tardes después del colegio. En una zanja al borde de un camino encontramos un coche accidentado y pensamos, «¡Justo! ¡Aquí está nuestra siguiente película!». ¿Cómo íbamos a dar de lado a la idea de rodar un accidente de coche? Así que convencimos a nuestro amigo Emanuel Silva para que se sentara dentro y forcejeara con el volante mientras nosotros encendíamos bengalas de humo y lo filmábamos por la ventanilla lateral. Luego lo resucitamos convertido en zombi y pusimos trocitos de pastillas efervescentes Alka-Seltzer en el maquillaje para que burbujearan cuando le arrojásemos agua a la cara.

Sin embargo, el momento decisivo en nuestra vida llegó cuando por primera vez vimos a Lon Chaney júnior en Frankenstein y el hombre lobo. La mandíbula se nos desencajó del asombro. No dábamos crédito a nuestros ojos. Las películas de terror mexicanas estaban plagadas de estrellas de la lucha libre —forzudos ridículos que lanzaban rocas de cartón piedra por el aire—. Y ahí estaba el personaje de Larry Talbot, que pensaba, que sentía, ¡que era de carne y hueso! Tras esta película rabiábamos por ver El hombre lobo propiamente. ¡Que era incluso mejor!

El largo plano panorámico del bosque recreado en el plató de la Universal con árboles escuálidos perfilándose contra la niebla de hielo seco. Luego ese extraordinario primer plano del maquillaje de Jack Pierce a base de genuina piel de yak —que a punto estuvo de hacerme perder el control de la vejiga—. Nada de hombres con mallas de lucha. Nada de gorilas recibiendo trasplantes de cerebros. Esta era una película sobre un hombre que rezaba a Dios por la noche, pero que se convertía en una bestia asesina cuando la luna llena brillaba en el cielo. Mi corazón se estremecía solo de pensarlo, aunque yo también sentía lástima por el pobre y desgraciado Larry Talbot.

Tras la película tuvimos clarísimo que a partir de ese momento nuestro maquillaje tenía que ser así de realista. No queríamos luchadores, queríamos personas de verdad.

Asalté el estuche de maquillaje de mi madre y supliqué a la peluquera del barrio que me entregase todas las pelucas que ya no necesitaba. Rebuscamos en todos los contenedores de basura del pueblo. Rapiñábamos despojos igual que el doctor Frankenstein rapiñaba trozos de cadáveres en los cementerios. Y lo aprovechábamos todo. Una estola de piel de zorro se convirtió en algo que cobró vida y estranguló a una de las hermanas de Pepe.

Más o menos por aquella época se estrenó El monstruo resucitado, de Chano Urueta, protagonizada por José Maria Linares-Rivas. Nos encantaron los decorados góticos, el anticuado y mohoso laboratorio, la fotografía en blanco y negro y, por encima de todo, el aterrador maquillaje del rostro. Yo salí entusiasmado. La idea de crear monstruos en la pantalla se me antojaba un acto de alquimia imposible. De hechicería, en realidad.

Pepe soñaba con llegar a participar en la realización de películas así. Bueno, ¡ambos lo soñábamos! Ahora bien, ¿cómo lograrlo?, dos críos pobres de solemnidad del valle de Oaxaca con una cámara barata. Era un sueño, no una realidad.

En la realidad, como a lo mejor has adivinado, nuestros caminos se separaron. Pepe fue a la Escuela de Interpretación —siempre le había gustado lucirse—. Yo era demasiado tímido para eso. No deseaba llamar la atención, pero sí quería ser creativo. Con el tiempo me encargaron varios anuncios y me convertí en artista publicitario, como los llamaban entonces. Y en ilustrador. Para periódicos. Para revistas. Para quienquiera que pagase.

Me gustaba mi trabajo. Seguía viendo películas de miedo. Una vez enganchado es muy difícil renunciar a la adicción. Me daba igual que fuesen auténticas genialidades, como El espejo de la bruja, o ridiculeces de tomo y lomo, como El barón del terror. Me traía sin cuidado. Me permitían evadirme del día a día. De la rutina. De lo ordinario. A mi esposa nunca le gustaron —le resultaban demasiado perturbadoras, mientras que a mí me parecían emocionantes—, de suerte que terminé yendo a verlas yo solo.

Pepe me tenía al corriente de los trabajos actorales que conseguía —extra aquí, figurante allá; una frase suelta en una telenovela o un anuncio—. Yo sonreía cuando por casualidad lo veía en la tele y llamaba a Adoración para que viniera de la cocina. Para entonces me había casado y tenía hijos. Mi adorable prole: Baltasar, Marina, Tycho y Abril.

La gran oportunidad de Pepe llegó en 1961, con el rodaje de una superproducción de la MGM en la que México pasaba por la Palestina de la época de Jesucristo. Fue elegido en un casting y le dieron el papel de Judas. Cómo nos reímos por teléfono… ¡Judas! Al instante me pidió que acudiera al plató. Por supuesto que conseguiría el permiso. ¡Lo exigiría! Típico de Pepe. En el centro del plano o nada. Y un bocazas, que no vacilaba en soltar todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Nos abrazamos bajo el sol abrasador y fuimos a su caravana. Pero Pepe no estaba satisfecho. Yo me reí: ¿cómo podía no estar satisfecho? Estaba consiguiendo buenos papeles en películas importantes. Sin embargo, él dijo que se sentía frustrado y aburrido recitando las terribles frases escritas por otros y siendo mangoneado como un títere en producciones ajenas. Quería pasárselo bien, tan bien como nos lo pasábamos nosotros con aquella cámara de mierda y a dos velas.

De buenas a primeras se animó y me contó que había escrito un guion llamado Soltad a la bestia. Dijo que quería rodarlo igual que habíamos rodado nuestras películas de críos. Yo también me ilusioné, incluso sin haber leído ni la primera página.

Trataba de un espíritu del estilo del hombre lobo, que se llamaba Coyote: mitad hombre, mitad fiera. Todas esas ideas de nuestra infancia. Del taller de su padre. De nuestros sueños.

Él la protagonizaría y dirigiría.

Yo me encargaría del maquillaje y del diseño de producción.

A medias.

Igualito que en los viejos tiempos.

Él interpretaría a Bill Tarquin, un estadounidense —siempre tenía que ser un estadounidense— que viaja a México, se pierde en el desierto y, cuando está al borde de la muerte, es mordido por una misteriosa y peluda criatura nocturna de brillantes ojos amarillos. Este es el nacimiento de «el hombre coyote», aunque por aquel entonces ninguno de los dos imaginábamos que nos iba a cambiar la vida a ambos. Incluso entonces, tanto él como yo sabíamos, sin necesidad de decirlo en voz alta, que lo fundamental era que este Coyote no fuese solo una bestia voraz. Pepe quería añadirle el patetismo de Chaney, de Karloff.

Bueno, los dos nos quedamos de piedra: Soltad a la bestia fue éxito rotundo a principio de la década de los sesenta, convirtió a Pepe en una gran estrella de la noche a la mañana y prácticamente erigió a Coyote en un héroe popular. Los niños coleccionaban cromos de chicles con su imagen. Los comediantes hacían chistes sobre él. Fuera por lo que fuera, el caso es que el público quería más y, para 1964, a una velocidad vertiginosa y sumidos en una especie de subidón adrenalínico, los dos habíamos rodado ya doce películas protagonizadas por Bill Tarquin y el hombre coyote. Trabajando hasta las tantas, escribiendo hasta que los dedos nos sangraban. Descartando escenas, redactando otras nuevas. Dibujando nuevos bocetos tan deprisa como desechábamos los viejos. Viviendo en las nubes en el despacho mientras escribíamos el guión de La noche del doctor X entre toma y toma de El Coyote y los monstruos de Walpurgis, que estábamos rodando en el edificio contiguo. Y metiendo con calzador las horas de sueño y la vida familiar en nuestros horarios demenciales solo cuando no quedaba más remedio. Era como ir colgados del costado de un tren de carga, y fue la época de mi vida en la que más vivo me he sentido.

Nosotros dos siempre habíamos encajado como anillo al dedo. Yo, a cargo de los efectos especiales, la composición cinematográfica, la paleta de colores… Él, volcado en la dirección de los actores y en la supervisión del montaje. Entre los dos alcanzamos una especie de virtuosismo técnico en nuestra recreación de un universo onírico en el que se enfrentaban Bien y Mal que los aficionados aseguraban hacía que nuestras películas fuesen algo especial. Además de profundamente católicas (¡ja!). Algunos incluso las calificaban de poéticas, pero ¿quién soy yo para decir nada? ¿Qué tienen de poético una momia maya, un Zorro zombi, el «profesor sin rostro» y un revivido cavernícola con una zarpa mecánica? O, ya puestos, la hermana Bloomsbury, nuestro Sherlock Holmes del ocultismo, y su malvado archienemigo, el consabido Coyote, que no se ajustaba a ninguna cronología lógica entre película y película: tras morir en una cuba de ácido en una, renacía gracias a una poción mágica en la siguiente; se lo veía colgando de una soga al final de El aullido de Coyote, pero todavía sin haber recibido el mordisco trascendental al inicio de su secuela, Coyote en el museo de cera.

Al público no parecía importarle.

La gente adoraba a Pepe… y yo también.

Tampoco me malinterpretes, no es que no pudiéramos vivir el uno sin el otro. Una vez que aprendimos a aflojar un poco el paso, entre una producción y otra recuperábamos nuestra vida normal, redescubríamos a nuestras esposas e hijos. Durante el rodaje de ¡Aleluyas para el demonio!, Pepe se casó con Elina, una actriz a la que le encantaba coquetear. Su primer hijo nació cuando estábamos filmando La maldición del señor Pánico.

Yo era consciente de que él podía haber conseguido a cualquier diseñador de maquillaje del mundo para trabajar sus películas. La cola de profesionales de los efectos especiales con más experiencia que yo dispuestos a trabajar con él habría dado la vuelta al bloque. Pero jamás lo hizo. Él quería a Beli como cómplice en sus obras, y a ningún otro.

La misma pregunta por teléfono cada vez: «¿Quieres salir a jugar?». Y, cada vez, yo decía, claro. A Pepe nadie le decía nunca que no. Era el mismo Pepe que yo había conocido tantísimos años atrás con pantalones cortos, las rodillas llenas de costras y la sonrisa desdentada. Por esa sonrisa desdentada hacías cualquier cosa.

Yo nunca era capaz de negarme, incluso cuando tenía trabajo de sobra como artista e ilustrador, mi propio estudio de diseño y una docena de creadores a mis órdenes. No podía resistir la tentación. Siempre quería salir a jugar. La imaginación es el patio de recreo más maravilloso del mundo. Y a Pepe también le gustaba jugar.

Cuando Pepe aparecía en la televisión para promocionar su última película, como Satánica o El cementerio de los 1000 cadáveres, aseguraba que no solo creía en fantasmas y fuerzas sobrenaturales sino que, de hecho, podía transformarse en Coyote a voluntad (en privado, ¡por supuesto!). Incluso enseñaba la cicatriz de su espalda, justo encima del omóplato izquierdo, y afirmaba que era de cuando un coyote viejo, gris y enorme le había mordido de niño. Yo era el único que sabía que se la había hecho al caer de una pendiente cubierta de lodo cuando estábamos jugando a John Wayne contra los platillos volantes.

Esto aumentó su popularidad entre sus fans. Y también entre las mujeres.

Una mujer de Puerto Vallarta escribió a un diario asegurando que Pepe la había visitado por la noche bajo la forma de Coyote. Otra de Mérida afirmó que cuando ella tenía doce años él la había dejado embarazada, pero los satanistas habían enterrado al bebé. Esos periódicos podían publicar lo que les viniese en gana, que Pepe jamás desmentía una historia. Estaba encantado de ser el personaje que ellos deseaban.

Eso es lo que hacía que la gente se sintiese atraída hacia él. Todo tipo de gente.

Creo que fue durante el rodaje de Carnaval en la isla de los monstruos cuando el presidente nos hizo saber, a través de sus esbirros, que deseaba visitar el plató. A mí la idea no me hizo gracia. Pepe era más magnánimo. O más cínico. «A ver, necesitamos financiación para nuestra próxima película, ¿no?». Así que recibimos al presidente, lo agasajamos a él y a su séquito con un banquetazo y les ofrecimos un pase previo de Aquiles y los 13 demonios.

El perrito faldero del presidente, Luis Amato Muñoz, con su perillita negra y exceso de tufo a lavanda, no dejó de darle a la lengua en ningún momento mientras fumaba sus cigarrillos y le pegaba con ganas al ron, hasta que a la postre cayó dormido durante el cuarto rollo. A mí el hombre ya no me gustaba antes, y con esto mi imagen de él no mejoró. Como jefe de la policía se mostraba ampuloso. Ponía los galones encima de la mesa ante la menor provocación. Y, ahora que tenía más poder dentro del engranaje burocrático, aún se comportaba más como un chiquillo desabrido y caprichoso.

Nuestros invitados tomaron fotografías de Pepe en una pose típica de hombre lobo junto al presidente, que sonreía como si fuera un buen tipo. Yo le estreché la mano, pero con un regusto desagradable en la boca porque sabía bien que este mismo presidente odiaba que los actores criticasen abiertamente su política. O los periodistas, por supuesto. Los llamaba traidores al pueblo. Los llamaba tarados y homosexuales. Decía que no eran hombres de verdad, que solo fingían serlo.

Pero nosotros nos reímos de esas bromas porque sus brazos rodeaban nuestros hombros. Y aceptamos encantados invitaciones a sus fiestas y banquetes. De niños habíamos dado brincos de alegría cuando teníamos la suerte de comer un insípido trozo de pollo. Ahora veíamos arrojar a los perros más comida de la que nuestras familias habían tenido para alimentarse durante todo un año. Sin embargo, Pepe sucumbió a la adoración. Me dijo que me relajase. Él se sentía a gusto con esa gente. Al fin y al cabo, todo eso era la parafernalia del éxito, ¿y no nos habíamos roto los cuernos ambos para llegar hasta allí?

Un día le pidieron que hiciera acto de presencia en el banquete nupcial del general Muñoz. Dos mil de los detestables incondicionales del presidente en una de las mayores propiedades privadas de Ciudad de México. Se trataba de que acudiese caracterizado de pies a cabeza como el hombre coyote y saliera de un pastel con forma de castillo gótico. Yo fui incapaz de ocultar mi falta de entusiasmo. «Venga ya, será divertido», dijo Pepe. Justo era eso —la idea de que su imagen se asociara a algo divertido, ridículo— lo que me molestaba, pero no se lo podía decir.

Pepe salió de sopetón del pastel y el aplauso fue entusiasta. Durante una temporada, aquello pareció ser lo único que importaba. A él, al menos. La adoración.

José Camacho Mestre, el director de cine, y el general Muñoz no tardaron en ser vistos juntos en todas partes —aprovechando cualquier oportunidad para tomar una foto que cimentase su amistad; disfrutando de cenas compartidas en sus respectivas mansiones, de noches en la ciudad en compañía de sus respectivas esposas—. Incluso iban de vacaciones juntos con sus dos lotes de vástagos. A veces me invitaban a acompañarlos. Yo rehusaba siempre que podía. Con el tiempo dejaron de invitarme. Se convirtieron en grandes colegas, situación conveniente para ambos. Pepe le presentaba al general Muñoz estrellas cinematográficas deslumbrantes y glamurosas —masculinas y, lo que era más importante, femeninas—. A cambio, el general se aseguraba de que las películas de Pepe recibieran fondos oficiales. Pepe ya no tuvo que rellenar ningún formulario más… ni tampoco preocuparse por las esposas que desaparecían, los maridos que desaparecían y los hijos y hermanos que se esfumaban por arte de birlibirloque de las calles.

«¿Quién iba a pensar que llegaríamos tan lejos, eh?», decía cuando nos veíamos, mientras tomábamos un café y fumábamos un cigarrillo. Yo no podía decirle el precio que consideraba que estaba pagando. Tenía que mantener la boca bien cerrada. Pero ni que decir tiene que en este mundo nadie te da nada gratis, como él estaba a punto de descubrir.

El Ministerio de Cultura empezó a requerir cambios en los guiones, sutiles, al principio, pero luego más relevantes, como convertir a Bill en policía. «¿Qué tal estaría si Coyote limpiase las calles de indeseables? Vagabundos, drogadictos, lisiados… Al público le gustaría. Y a nosotros también». Hacían que sonase como una mera sugerencia, pero por supuesto que no lo era.

—Pepe, los policías no son héroes —dije cuando leí el nuevo borrador—. Y además siempre hemos dicho que Coyote es la bestia interior que no vemos. Queremos que el público lo compadezca, pero la bestia es el enemigo, no el héroe.

—¿Qué más da?

Me plantó un puro grueso en la mano. Él ahora tenía una mansión. Una fortuna. Ninguna preocupación. Creía que yo envidiaba todo eso. No era así.

—La poesía puede significar muchas cosas —dijo él con un encogimiento de hombros.

—No, amigo, la poesía solo puede significar una cosa: la verdad.

De buenas a primeras, sus ojos ardían cual ascuas.

—¡Cómo te atreves a venir a mi casa, comer mi comida y llamarme traidor y enemigo!

—Te quiero como a un hermano. No lo entiendes.

—No, tú eres quien no lo entiende —me espetó, y me acompañó tambaleante hasta la puerta—. Vete. ¡Lárgate!

No volvimos a hablar en años.

Yo no recibí la llamada para la siguiente película, El fantasma del coyote pálido. Del maquillaje se encargó otro tipo.

Las lágrimas anegaban mis ojos mientras contemplaba la pantalla. No por mí, sino porque en los ojos de Coyote ya no había nada salvo sed de sangre. Un hombre afeminado es atacado por Coyote. Un banquero judío es atacado por Coyote. Un jorobado es atacado por Coyote. Y, por supuesto, varias mujeres son agredidas por Coyote. Y Coyote no paga el precio. Coyote vive. Con sangre en los labios.

El público a mi alrededor aplaudía como loco, igual que aquellos ricachones del banquete nupcial. Se pusieron en pie, animando y silbando, y yo ya no pude aguantar más. Tuve que marcharme. Me daba asco. Plantado a solas en el callejón junto al cine lloré por aquello que habíamos dejado atrás en nuestra infancia, aquello tan valioso que jamás podríamos recuperar.

En las entrevistas de televisión, Pepe se negaba a hacer comentarios sobre las medidas políticas del régimen. Restaba importancia al asunto y decía que estaba allí para hablar únicamente de monstruos.

Yo apagaba el aparato. No aguantaba oír más. Y me ponía a jugar con mis hijos. Colocábamos toallas colgando alrededor de la mesa de la cocina y yo me escondía debajo, en la guarida del monstruo, y salía de repente haciéndoles gritar entre risas. Yo fingía vivir en un mundo ilusorio.

Las películas iba llegando una tras otra –La marca del Coyote, La furia del Coyote, El Coyote de Londres–. Yo ya ni iba a verlas. Sabía lo que iba a encontrarme y me resultaba demasiado doloroso.

Entonces todo cambió.

En el verano de 1968, no todo el mundo en Ciudad de México apoyaba a los estudiantes. Daba igual que hasta el último hijo de vecino supiera que el gobierno lo controlaba todo: televisión, radio, periódicos, cine… Para algunos, el problema eran esos espíritus rebeldes. ¿Cómo se atrevían a poner patas arriba el statu quo? ¿Cómo se atrevían a tratar de dar un vuelco a las cosas? Pero ese fue el año de las revueltas en todo el mundo. Era el momento adecuado para que la juventud de nuestro país desafiase al sistema.

En Ciudad de México, cientos de miles tomaron las calles exigiendo libertad individual y más derechos para sindicalistas y prensa. La reacción fue justo la que irremediablemente tenía que ser: el régimen sucumbió al pánico. Por completo. Carente de respuestas en el plano político, la única respuesta fue la violencia. El ejército tomó las universidades. Miles de jóvenes fueron arrestados y encarcelados con muy pocas o ninguna prueba. En medio de una descarada demostración de fuerza bruta, la tortura, los asesinatos de un tiro y las palizas al azar eran algo corriente. Y constante.

Todo esto alcanzó su clímax cuando miles de manifestantes se congregaron en la plaza Cuervo, donde iba a tener lugar el prestigioso estreno de la nueva película de Pepe: Coyote contra la bruja. Su coche no pudo pasar y la proyección se canceló. Aun así, cuando la multitud ya empezaba a dispersarse, policías y soldados recurrieron a ametralladoras y cargas de bayoneta para aprovechar la oportunidad de aplastar un movimiento de oposición creciente. Quinientas personas fueron asesinadas y muchas más resultaron heridas. Aparte de las decenas de arrestados, a muchos de los cuales nunca más se los volvió a ver… tan solo como lección para el resto de simpatizantes. Y que el general Luis Amato Muñoz había sido quien había dado la orden de abrir fuego no tardó en ser un secreto a voces.

En el exterior del cine había un paramento enorme en la que habían pintado a Pepe tal como aparecía caracterizado en la película; al verlo se tenía la espantosa sensación de que su rostro de seis metros de alto sonreía presidiendo la masacre. Por mucho que nos hubiéramos distanciado, yo sabía que a mi amigo el espectáculo le habría resultado nauseabundo.

Yo estuve allí la siguiente mañana, cuando él se plantó en ese mismo lugar, los adoquines aún manchados de sangre, la policía apostada en el césped que rodeaba la plaza y agentes motorizados a la sombra de hasta el último de los árboles.

Pepe se negó a proyectar la película, alegando que ya habían tenido bastante horror. Señaló a sus conocidos entre la multitud, amigos del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, que ya habían estado valientemente en la plaza la noche anterior. Jóvenes inocentes habían sido asesinados a tiros, dijo. Habló de la imaginación y de los sueños, del anhelo colectivo de la gente por compartir su corazón mediante historias, de crear historias y, cuando se presenta la necesidad, cuando no tienen nada que temer, de crear la Historia con mayúsculas. Los presentes estallaron un estruendoso clamor.

Aunque temblorosa, su voz se alzó en un grito apasionado: «Yo no soy un héroe. Yo no soy vosotros. Yo soy un hombre. ¡Vosotros sois Coyote! ¡Vosotros debéis aullar!».

La ola de ovaciones fue abrumadora, pero el régimen estaba muy nervioso y no podía arriesgarse a inclinar la balanza hacia la revolución con una segunda masacre. La televisión no informó del discurso. La noticia se extendió tan solo gracias al boca a boca; la gente no hablaba de otra cosa y yo estaba aterrorizado.

Telefoneé a mi amigo de inmediato.

—Pepe, ¿qué te pasa? Lo que has dicho es peligroso. Piensa en tu familia.

—Hace tiempo me dijiste que pensara en la verdad.

Traté de razonar con él, pero se negó a escucharme.

—En el corazón de la gente hay un aullido que deben liberar —dijo—. Aullar es connatural al ser humano. Es un derecho inalienable. Tú conoces bien a Coyote. Coyote mordería.

Sin embargo, el PRI mantuvo la misma mano dura, sin abrirla ni relajarla un ápice. Mediante los sumisos medios de comunicación se informó de que solo veintiuna personas habían fallecido en la plaza Cuervo, y que estas muertes se habían debido a que los estudiantes contaban con «francotiradores» que habían disparado a las fuerzas gubernamentales. Fue vergonzoso.

Los estudiantes habían sido aplastados y toda esperanza de cambio erradicada. Las estaciones de radio y los periódicos continuaban en manos del gobierno, que podía decir y hacer lo que quisiera, con impunidad y desprecio, y continuar reafirmando su poder con todavía más brutalidad.

Cuando nos volvimos a ver, Pepe había perdido muchísimo peso. Había envejecido diez años, como poco. Cuando le estreché la mano la sentí temblar y tuve que reprimir un sollozo.

Me aseguró con firmeza que quería que yo me encargase del maquillaje de la criatura en su siguiente película: El Coyote de la morgue roja. Había preparado un borrador, pero la escribiríamos juntos, como en los viejos tiempos: los dos en la misma habitación, en torno a la mesa de la cocina, con cuencos de pozole cuando nos atascáramos.

—Quiero que sea fiero, más fiero que nunca. ¡Conviérteme en algo grotesco! Consigue que la gente me desprecie. Me trae sin cuidado lo que piensen de mí. ¡Quiero ser real!

—Sabes que jamás conseguirás fondos del gobierno.

—Mi gobierno está aquí —dijo, y se golpeó con fuerza el pecho con un puño.

Ya no aparecía en la televisión pública. El PRI no era tan tonto como para proporcionarle esa tribuna. Pero Calavera, una revista clandestina y subversiva, sí que publicó una entrevista con él, supuestamente sobre su siguiente película, pero nada más lejos de la realidad. «Entre nosotros hay monstruos con forma humana —decía—. Ellos tienen balas, pero nosotros también tenemos algo: una bala de plata —y en la fotografía se lo veía sujetándola entre pulgar e índice—. Esta bala tiene poderes mágicos. Con ella podemos derrotar a los monstruos».

Pepe contaba con el respaldo de los jóvenes, que adoptaron la bala de plata como símbolo, incluso cuando sus películas fueron prohibidas acusadas de corromper la moral. Los rumores de que Pepe se iba a presentar como candidato a la presidencia del país se frenaron a las primeras de cambio con acusaciones de haber participado en sórdidas actividades sexuales con niños, en un intento por cerrarle la boca. Como es natural, Pepe se angustió ante la perspectiva de ser juzgado, aun sabiendo que todas las acusaciones carecían por completo de fundamento. No habría sido el primero al que un tribunal irregular encarcelaba en una farsa de juicio.

Que es lo que estoy seguro que hubiese sucedido si Pepe no hubiera desaparecido semanas antes de que la causa se celebrara.

La versión oficial fue que, siendo como era un cobarde y un pervertido, Pepe había preferido poner pies en polvorosa antes de tener que enfrentarse a un veredicto de culpabilidad. Pero yo sabía, al igual que todo el mundo sabía en el fondo —aunque no se pudiese decir—, que José Camacho Mestre, el famoso director y mi más viejo amigo, había sido llevado a La Casa Feliz, que era el irónico apodo del edificio de hormigón de aspecto inocente en el que Luis Amato Muñoz presidía los interrogatorios de quienes alzaban la voz contra el régimen.

Se rumoreaba que el general acudía de tanto en tanto al lugar y presenciaba las actividades que allí se desarrollaban como si de un espectáculo en vivo se tratara. Los chismorreos aseguraban que, a veces, se hacía llevar comida cara de su restaurante favorito y se entretenía arrojando huesos de pollo a su perro y bebiendo un buen vino mientras los prisioneros políticos eran molidos a palos ante sus ojos.

A veces llevaba a sus amiguitas, y sus muestras de repugnancia aún lo hacían disfrutar más.

Docenas, a lo mejor cientos, de supuestos agitadores continuaron languideciendo en La Casa Feliz durante años. A algunos se los liberó a la larga, con secuelas psicológicas y destrozados físicamente, pero ni siquiera treinta y dos años después —cuando el PRI perdió poder y algunos documentos relacionados con las atrocidades cometidas en la plaza Cuervo fueron desclasificados— se llegó a saber qué había sido de mi amigo.

En algún momento de esos años, sus fans empezaron a dedicar altares a Coyote el Día de los Muertos, con pequeñas recuerdos suyos, y a encender velas para honrar y recordar a su héroe: José Camacho Mestre, mi Pepe. Yo no necesitaba encender una vela para acordarme de él. El vacío en mi interior me lo recordaba todos los días.

A modo de pequeña compensación, mi corazón se henchía de orgullo al comprobar que nuestras películas se proyectaban a menudo en festivales y se pasaban de madrugada en los canales por cable, para los trasnochadores. Cuando como un reloj me despertaba a las 4 de la madrugada, a veces veía cinco o diez minutos de La casa de la bestia o Coyote contra las mujeres vampiro antes de que las lágrimas me empañasen los ojos y me viese obligado a cambiar de canal.

Hoy en día, algunos directores de primera fila —la nueva ola de mexicanos que parece estar tomando Hollywood al asalto— aseguran haber crecido viendo películas del hombre coyote. Siempre están diciendo que ocupan un lugar especial en su corazón, y eso me hace sentir una punzada en el mío. Me conmueve pensar que nuestras descabelladas historias cambiaron su vida. Cuando algún fan se pone en pie y me cuenta que tras ver una de nuestras películas vivió aterrorizado durante semanas y tuvo que dormir con la luz encendida, pero que eso fue lo que le hizo desear convertirse en director… bueno, no sé si decir «lo siento» o «muchas gracias», así que digo ambas cosas.

A veces regreso a Tilcajete, mi pueblo —donde, aunque el padre de Pepe murió largo tiempo atrás, la tradición de las tallas pervive, y ahora es la base de la próspera economía de la población—, pero nunca veo nada que me apetezca comprar. Ningún alebrije tiene magia, no para mí.

¿El general Luis Amato Muñoz? Fue ascendiendo por el escalafón del partido, aplaudido por sus reformas progresistas como si sus manos no estuviesen manchadas de sangre. A lo mejor te acuerdas —aunque seguramente eres demasiado joven—, vino a Inglaterra y se fotografió junto a la primera ministra Margaret Thatcher, ambos sonriendo a las cámaras. La buena noticia es que durante esa visita murió en la habitación de un hotel. Nunca se reveló la causa, pero espero que sufriera atrozmente.

Y pensarás que este es el punto final de la historia.

Pues no.

Heme aquí, también yo en Inglaterra.

Hace diez semanas estaba regando mis rosas. Persiguiendo a mis biznietos con una regadera. Probándome un nuevo par de zapatillas. Y de pronto recibo una llamada de Los Ángeles de una importante productora para pedirme que vuele al Reino Unido para trabajar en una superproducción con monstruo.

«Un momento, ¿saben que tengo ochenta y cuatro años? Si yo estuviese en la estantería de un supermercado dirían que había que ir pensando en tirarme a la basura», digo yo.

«No, no. El director no quiere a ningún otro. ¡Lo quiere a usted!», dicen ellos.

Así que, ¿te lo puedes creer? Abelino Ortiz es arrancado de su retiro por este visionario en pañales que se conoce todas las películas de Coyote como la palma de la mano y me cita frases que ni yo recuerdo haber escrito. Sin embargo, hay un brillo en sus ojos que me hace evocar al nuestro tiempo atrás. Y quiere que reviva, quiere hacer… —¿cuál es la palabra?— … un reboot de Coyote para el público moderno.

¡Increíble!

Y nada de efectos generados por ordenador ni ninguna de esas sandeces, me dijo, mientras agitaba las manos enardecido. «El estudio ha aceptado este planteamiento, y estamos superentusiasmados con ello. Vamos a utilizar prótesis físicas y maquillaje auténticos, todo vieja escuela», me aseguró.

Yo abrí los brazos en un gesto de aceptación y le dije que era su hombre.

La verdad es que no fue solo porque me sintiese halagado. Deseaba sentir la cera y la masilla en la yema de los dedos, el maquillaje en polvo en la nariz.

Pero también tenía otro motivo.

La productora me había alojado en un hotel de cinco estrellas en Piccadilly, en el que acostumbraba a instalar a los estadounidenses, porque a los estadounidenses les gusta el esplendor trasnochado y un cierto aire de pomposidad servil. Solicité con gran educación que me cambiaran al hotel King George, que estaba solo a un corto paseo. Pedí la habitación 416, de ser posible. Era la habitación en la que el general Muñoz había exhalado su último suspiro.

Sabía que las probabilidades eran pocas. Pensé supersticiosamente que si estaba ocupada no pasaba nada, que simplemente el destino me estaba diciendo que no podía ser. Pero no estaba ocupada sino disponible.

Me llevé una decepción. Esperaba que tuviese una atmósfera especial que yo percibiría nada más entrar, pero no fue así.

El jovial mozo que me mostró dónde se hallaban los interruptores de la luz y el minibar era un londinense mestizo. El joven notó mi acento y me preguntó si era español. Había estado de vacaciones en España una vez, en Ibiza. Se animó de nuevo cuando le dije que era de México, y me informó de que en la recepción del hotel trabajaba un hombre mayor, Oswaldo, y que Oswaldo era mexicano. «Lleva aquí desde el año de la nana». Me encantó la expresión. Le sonreí y le di una propina generosa, seguramente demasiado generosa habida cuenta de que aún me seguía haciendo un lío con las libras.

Una vez se hubo marchado y antes siquiera de abrir la maleta, bajé directo a recepción. No tuve problemas en identificar a Oswaldo puesto que ni aunque hubiese estado tocando la guitarra en un mariachi hubiera podido parecer más mexicano. Tenía el cabello canoso, pero el bigote negro azabache, moldeado con cera y en punta, al estilo de Salvador Dalí.

Me presenté y empecé a hablar de temas triviales, bromeando sobre el llamado «muro» que próximamente nos separaría de Estados Unidos, ante lo cual él torció el gesto y dijo: «Alrededor de Gran Bretaña no están construyendo muro alguno. ¡Al menos no por ahora!». Tras haber dejado constancia de nuestra herencia hispana compartida, se estableció entre nosotros un vínculo natural que yo no dudé en aprovechar. Le dije que me alojaba en la habitación 416 y vi desvanecerse la bondadosa expresión de su rostro.

Me contó que la noche en cuestión él estaba en el hotel, era uno de los mozos. Yo insistí tratando de averiguar más. Se puso nervioso y me dijo que en ese momento no podía hablar de eso, pero que terminaba el turno a las 11 de la noche y que entonces sí que ya podría contarme más, si yo quería. Le dije que estaría en el bar.

Efectivamente, poco después de las once y con el bar casi vacío, Oswaldo se presentó, vestido con elegancia pero no de uniforme. Me ofrecí a invitarle a una copa, pero rehusó, y parloteó sin parar sobre tantísimos otros temas que creí que jamás llegaríamos al que me interesaba. Al final acabé preguntándole sin rodeos qué había ocurrido aquella noche.

«Algo así no pudo ser obra de un ser humano», dijo. Le pregunté a qué se refería, pero pareció recular. Movió la cabeza negativamente. «Dijeron que a lo mejor una mujer de la calle. Que su chulo, por lo que fuera… Una discusión por dinero… ¿Quién sabe?», respondió con un encogimiento de hombros. Yo notaba que no creía ni palabra de lo que estaba diciendo. «Las camareras… las sábanas, las camareras dijeron que… tuvieron que quemarlas».

Le pregunté que qué era eso que no podía ser obra de un ser humano. Y que si él había visto el cadáver.

Oswaldo no respondió. Se limitó a mover la cabeza negativamente otra vez. Le pregunté por segunda vez si le apetecía una copa, un buen coñac, a lo mejor. Dijo que no. Que no, que ya tenía que marcharse a casa, pero se inclinó hacia delante, balanceándose titubeante, como si quedase algo por decir. Y en efecto quedaba.

Había algo raro que no lograba sacarse de la cabeza. Probablemente no fuese nada y solo se tratase de su imaginación. Por aquel entonces trabajaba muchísimas horas, y con el tiempo los turnos nocturnos acaban por afectarte a la cabeza. Pero esa misma noche —antes de que se supiese lo de la muerte del general—, él estaba subiendo en el ascensor desde la cocina, para llevar al quinto piso un pedido del servicio de habitaciones. Se acordaba de que estaba harto porque el ascensor se iba deteniendo en todos los pisos, pero en el cuarto, donde paró de nuevo y él pulsó como un poseso el botón para que las puertas se cerraran, estaba seguro de que, antes de que le obedeciesen, había vislumbrado, durante solo una décima de segundo, un perro callejero vagando por el pasillo. «¡Un perro callejero en un hotel de cuatro estrellas! ¡Se imagina!». Se daba un cierto aire a un pastor alemán, pero más flacucho. Con las piernas más largas, las orejas más grandes y el morro más puntiagudo. Y los ojos amarillos. Recordaba perfectamente los ojos amarillos.

Oswaldo parpadeó frenéticamente, como despertándose de pronto de un sueño, y rebuscó en uno de los bolsillos de la chaqueta. «La he llevado encima desde entonces. No sé por qué. Una de las camareras la encontró en la mesilla de noche», dijo, y me puso una bala de plata en la palma de la mano. Yo la hice girar, luego la cogí e hice ademán de írsela a devolver, pero él se apartó con las manos en alto y añadió: «Quédesela. Yo nunca la quise, pero no podía tirarla. No sabía qué hacer con ella. Ahora ya lo sé».

Minutos más tarde yo estaba sentado solo.

Caminé dando tumbos hasta el ascensor, que me llevó de vuelta a mi habitación, tras abrir sus puertas al azar frente a varios pasillos vacíos. Corrí las cortinas. Tan solo se oían los ladridos de un perrito y el ruido de botellas siendo arrojadas a un contenedor detrás del hotel. Me tumbé en la cama completamente vestido y me sumí en un duermevela, hasta que al cabo volví a levantarme y me desnudé como era debido. La calefacción del cuarto estaba encendida y traté de bajar la temperatura programada en el regulador de la pared, sin conseguirlo. Las habitaciones de hotel siempre me han parecido insoportablemente calurosas y agobiantes, y esta no era una excepción. Yací desnudo con la mejilla apoyada en la almohada y la lucecita roja del detector de humo del techo reflejándose en la superficie plateada de la bala que había colocado de pie en la mesilla de noche. Cerré los ojos y me quedé dormido al momento, o eso me pareció.

Me despertó un distante aullido lastimero, que no venía de la ciudad sino de algún lugar árido y despoblado. El sonido transmitía una sensación de vacío y desolación. En cuanto se acalló, otro ocupó su lugar, lejano, igual de prolongado e interminable, como en respuesta… y luego un tercero desde una dirección distinta. Este todavía flotaba en el aire nocturno cuando la sirena de un coche de policía —un sonido que nunca resulta grato en mi país natal, que garantiza que mi corazón se lance al galope— atravesó la melodía. Sentí sangre en las fosas nasales y pensé que se trataba de una hemorragia consecuencia de la atmósfera viciada de la habitación.

Abrí los ojos y descubrí que mis labios estaban pegados entre sí por la sequedad como con pegamento.

Una figura desnuda con la espalda cubierta de cortes estaba plantada al pie de mi cama. Cuando se giró para quedar frente a mí, vi que tenía un agujero del tamaño de un botón en un lado del cráneo y, en lugar de orejas, cavidades ensangrentadas. El pelo de Pepe estaba apelmazado por chorretones de sangre espesa cual melaza. Unos brazos extremadamente escuálidos le colgaban a los costados, con la sangre goteando de la punta de los dedos. Al momento temí por la alfombra, aunque al mismo tiempo sabía que era una inquietud absurda. De su ingle y pecho brotaba humo, que lo envolvía en una acre neblina gris azulada no muy distinta al humo de cigarrillo. Detrás de ese velo vislumbré la piel pálida cubierta de cardenales rojos y púrpura, que se estaban oscureciendo en algunas zonas, como si la luz escapase de ellos. De la boca le colgaba algo grueso, brillante y rojo, que no era una lengua.

Encendí la lámpara que había junto a la cama. Separé los labios con dificultad y comencé a respirar. El brillo de la bombilla me cegó unos instantes y, mientras recorría la habitación con la vista, el fantasma del resplandor acompañó a mi mirada. Pero estaba solo. Me senté en la cama. Me puse de pie. Estaba solo.

Sé lo que estás pensando. Sé lo que quieres preguntarme.

¿Por qué se me apareció a mí?

¿Por qué no descansa en paz?

Si mi querido Pepe se cobró venganza, ¿por qué su espíritu está inquieto? Esto es algo que te debo explicar.

Verás, aquella noche, en aquel instante, cuando me desperté o soñé y lo vi al pie de la cama… entonces supe lo que debía hacer.

Supe por qué había venido hasta aquí. Por qué él me había traído hasta aquí.

A ver, así era como funcionaba el régimen… No necesitaban a nadie especial para perpetrar sus atrocidades. Tan solo necesitaban… gente. Gente ordinaria. La gente ordinaria es capaz de proezas extraordinarias.

Dicen, pasa y échanos una mano con este problemilla que tenemos. Dicen, mira, esta persona se ha opuesto al gobierno. A ti eso no te parece bien, ¿a que no? Claro que no. Tú estás de nuestro lado. Lo sabemos.

Resulta que si no le haces esto a este prisionero, dicen, resoplando, como avergonzados, entonces, bueno, nosotros tendremos que hacerle algo peor a tu familia, a tu esposa, a tus hijos. Y no es eso lo que tú quieres, ¿verdad que no?

Vamos, tortura a tu amigo, Abelino, o nosotros te torturaremos a ti, ¿lo entiendes?

Inflige más dolor del que puedas imaginar a este capullo de mierda o nosotros infligiremos más dolor del que puedas imaginar a tus seres queridos. Es así de sencillo. Ni siquiera necesitas pensarlo mucho, ¿a que no? Claro que no.

Y por supuesto que te dicen que este supuesto ser humano que tienes delante va a morir de todas maneras, te encargues tú o no. De modo que en el fondo no importa. El resultado es el mismo. Lo único que está en juego es evitarle todo mal a tu familia. Evitarle el dolor. El horror. ¿Y no es eso lo que maridos y padres hacen?

Así que… lo haces.

Agarras los instrumentos de tortura. No son tan pesados ni tan extraños como esperabas. Son herramientas como cualesquiera otras. Como las de tu taller. Tratas de convencerte de ello. Las utilizas. Las utilizas bien. Y cuando él grita —¡cuando él aúlla!—, bloqueas tus oídos. Enseguida dejas de oírlo. Porque no es tu mejor amigo. No es el niño con el que jugabas sobre la tierra con soldaditos de juguete y coches de hojalata a cuerda. Y no eres tú.

Le arrancas las uñas. Sigue sin dar ningún nombre. Ningún nombre de sus compañeros de conspiración. Le azotas el cuerpo con un cinturón de cuero. Le golpeas la espalda con un rastrillo de jardín. Pasan las horas. Los días. Sigues sin arrancarle ningún nombre. Le aplicas electricidad en pelotas y pezones. El olor a quemado, no tan distinto al de una barbacoa. Fumas uno o dos cigarrillos mientras recupera el sentido, mientras alguien te sustituye un rato. Haces una pausa para comer. Es agotador. Le cortas las orejas. Las fríes en una plancha y tratas de obligarle a comérselas mientras el general Muñoz observa. Ya no se trata de nombres. Nunca se ha tratado de nombres. El general te dice que cortes el pene del prisionero y se lo introduzcas en la boca, y que luego le metas una bala en el cerebro.

Lo haces.

Así que ahora sabes… lo que me trajo a Inglaterra. ¡El destino!

El destino y el brillante joven director que justo ahora está ahí fuera en el plató mirando su reloj, que tiempo atrás se sentó en la oscuridad de un cine en su pueblo y se enamoró del hombre coyote.

Y henos aquí.

Casi a punto para empezar a rodar.

Ahora, los últimos toques en el cutis, en los párpados —gris, azafrán, marrón chocolate—, que son clave en los primerísimos planos. E incluso aunque tenemos la larga nariz reforzada con varillas, y el maxilar inferior y el labio superior prominentes, creo que es importante dejar desnuda la piel del centro del rostro, porque siempre quiero que la expresión del actor aflore. Ese es mi trabajo. Ayudarte, no complicarte la vida. Permitirte creer plenamente que eres el personaje, en cuerpo y alma.

El mismo principio aplica a las manos, que jamás toco. Algo que Pepe y yo decidimos ya en nuestros comienzos. Nada de pelo, nada de garras. Un recordatorio visual permanente de la faceta humana de la bestia.

Un poco de agua pulverizada y un último tironcito aquí y allá para que el pelaje de clavícula y cuello se vea natural; peinar el cabello para que se confunda con el pelo de los postizos, revolviéndolo bien a fin de que tenga una apariencia de lo más efectiva y animal. Listo…

La prótesis dental inferior. Nada de colmillos para un hombre lobo, ¡jamás! ¡Perfecto!

El viejo Coyote, de vuelta a la vida. No a todo el mundo le gustan las orejas puntiagudas en un hombre lobo, pero a mí, personalmente, siempre me han gustado. Así que no hay más que hablar.

Por último, importantísimas, las lentes de contacto. En los viejos tiempos, si te las ponías más de diez minutos empezaban a molestar. Las lentes de contacto blandas, esas sí se pueden llevar eternamente.

Ah, es incómodo, lo sé, mientras te las pongo. Pero parpadea un poco. Eso es. Trata de derramar unas lagrimitas y las notarás mejor.

El mundo tiene un tono amarillento, ¿verdad? Así es como el Coyote lo ve.

Ves lo que él ve.

Tienes el aspecto que él tiene.

Sientes lo que el Coyote siente.

El espejo te devuelve la mirada. Su espíritu es tu espíritu. Cuando contemplo tu reflejo sé que mi trabajo está terminado, y sé que mi Pepe ya no está muerto.

Beli y Pepe vuelven a estar juntos. Como siempre estuvieron destinados a estar.

Mis pinceles, maquillaje y pintura corporal han completado la transformación. He reproducido los dibujos en tu piel. Te he proporcionado laberintos y mariposas. El copal corre por tus venas. Nuestra historia compartida corre por tu cuerpo. Y pronto estallarás como estalla siempre la verdadera naturaleza de Coyote cuando la escena está preparada.

En el espejo rodeado por bombillas veo subir y bajar tu pecho, bombeando como un fuelle. Veo cómo se abren tus labios y descubren unos caninos bañados en saliva animal. El gruñido gutural de la criatura del interior ya es como música que va tomando más y más vuelo… una melodía que crece lentamente y que yo he añorado, he anhelado con mi corazón pesaroso durante demasiados años.

Pero ahora estoy preparado, amigo mío, Coyote.

Estoy preparado para sentir tus dedos humanos en mi garganta; tus dientes hundiéndose en mi cuello. No me aterra que tu boca desgarre las paredes de mis vísceras, me muerda en el rostro y el hombro, me saque las tripas del vientre, me arranque los brazos con los que me debato y se apoye en mi cuerpo caído mientras mi sangre corre por las paredes del camerino.

He soltado a la bestia y por fin me siento feliz.

Ahora, antes de que esos jovencitos vengan a llamar a la puerta y nos pidan que acudamos al plató, aúlla, amigo mío. Sé que el sonido anhela escapar de tu cuerpo. Está listo para emerger de tu garganta cual lava de un volcán y helar mi corazón. No te contengas. Vamos, me gustaría oírlo, una última vez.

¡Aúlla! ¡¡¡Aúlla!!!

Copyright © 2019 Stephen Volk

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto


[1] Todas las palabras que aparecen en cursiva están en español en el texto original.Volver

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