Hermanastra, de Leah Cypess

Leah Cypess es una autora estadounidense que, desde que vendió su primer relato cuando iba al instituto, ha publicado cuatro novelas (todas ellas dirigidas al público juvenil) y varias docenas de obras de ficción breve, entre novelas cortas y relatos, tanto de ciencia ficción como de fantasía. Siete de sus cuentos de fantasía fueron recopilados en la que hasta ahora es su única colección, Changelings & Other Stories. Entre los de ciencia ficción me gustaría destacar el que tal vez sea el más conocido, Nanny’s Day, que estuvo nominado a los Nebula y que si tenéis ocasión os recomiendo leer. A todo lo anterior hay que añadir que en abril de este año publicará su primera novela infantil.

Hermanastra (Stepsister) es una de sus historias más recientes, publicada en el número de mayo/junio de 2020 de la revista Fantasy & Science Fiction. Al igual que el anterior relato del blog (Esperando a que Bella…) se inspira en un cuento de hadas clásico, pero ahí terminan las similitudes entre ambas obras. Hermanastra es mucho más extenso (15 000 palabras) y su tono es mucho más ligero e irónico. Y el cuento al que da una nueva vuelta de tuerca y aporta una continuación es otro, del que existen infinidad de versiones, aunque tal vez la más conocida sea la de Perrault (aparte de la de Walt Disney, por supuesto).

En cualquier caso, espero que disfrutéis con este segundo retelling y que os sirva para descubrir a esta autora que hasta ahora estaba inédita por aquí. Y, por supuesto, muchísimas gracias a Leah por permitirme compartir su delicioso Hermanastra con todos vosotros. Thanks a million, Leah!

ACTUALIZACIÓN I (21/03/2021): Hermanastra acaba de ser nominado a los premios Nebula 2021 en la categoría de Mejor Relato Largo. ¡Enhorabuena a Leah!

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Hermanastra

Leah Cypess

La historia que conoces no es que sea exactamente mentira.

Se deja fuera un montón de cosas, pero todo lo que te hemos contado es totalmente cierto. Esta es la misma historia que ya has oído, aunque no exactamente como la has oído.

Te voy a contar esta nueva versión ahora que ya eres mayor para que veas sus inconsistencias, sus sinsentidos siniestros y crueldades horribles. Pero tampoco es tan distinta de la que te narramos de pequeño. Para un niño, todo lo que le relata un adulto de confianza se convierte en una verdad sólida y razonable. Si a los niños no se les contaran cuentos, a lo mejor el mundo entero se les antojaría cruel y sin sentido.

En lugar de eso, nuestra mente se ajusta a la verdad que conocemos, que crece con nosotros y se convierte en una parte de nuestra persona, y que resulta imposible cuestionar sin asesinar una pequeña porción de uno mismo.

¿Y qué empujaría a alguien a hacer eso?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Me gusta contar a mis amigos que, cuando éramos más jóvenes, el rey Ciar y yo solíamos pelearnos con palos de madera, a modo de entrenamiento, y que en una ocasión el príncipe golpeó con tanta fuerza mi improvisado casco que este giró sobre mi cabeza y quedó atascado, y necesitaron cinco criados y un cubo de mantequilla para liberarme.

«La mantequilla me dejó el pelo de punta —explicaba yo—, y me gustó tanto cómo me quedaba que me negué a lavármelo. Mi madre aguantó dos meses hasta que ya se hartó. Me ató mientras dormía y acto seguido me despertó vertiéndome un cubo de agua jabonosa en la cabeza. Se pasó media hora frotándome el pelo y haciendo caso omiso de mis alaridos».

Las carcajadas resonaron por la taberna, procedentes incluso de mesas apartadas a las que yo no había estado dirigiéndome. Era una imagen que no les costaba demasiado concebir; aunque yo ya tenía más de dos décadas a mis espaldas, mi rostro aún conservaba su aspecto redondeado e infantil, y mis intentos esporádicos por dejarme crecer la barba solo conseguían empeorar la situación en lugar de arreglarla. Para más inri, cuando llevaba el cabello demasiado largo —como solía ocurrir, porque tenía ciertas reservas respecto a permitir que las cuchillas de los barberos del castillo se acercasen en exceso a mi pescuezo—, algunos mechones se me quedaban de punta.

—¿Tu madre? —terció Lissa, y maldije en voz baja antes de girarme para sonreírle. Había olvidado que su madre, al igual que la mía, había servido largos años en el castillo. Lissa sabía que mi madre había muerto cuando yo tenía cinco años.

—Sí —dije mirándola a sus ojos oscuros—. Ella siempre deseó tener una niña. Yo creo que se alegró de que le diese una excusa.

Un momento de silencio. Contuve la respiración. Aquello podía haber tirado por cualquiera de los dos caminos; no había nada que a Lissa le gustase más que demostrar que la gente estaba equivocada; pero, en parte como consecuencia de esa afición suya, le quedaban muy pocos amigos. Con suerte, no se arriesgaría a enfadar a uno de ellos.

—¿Una excusa para lavarte el pelo? —preguntó retrepándose—, ¿o para atarte?

Más carcajadas, mucho más fuertes que las que yo había suscitado. Me alegré de ello y de la sonrisita de Lissa. Si se quedaba conforme con las risas permitiría que mi metedura de pata quedara impune.

Yo no estaba mintiendo, dicho sea de paso. La historia era cierta. Lo único es que fui yo quien golpeó al príncipe, fue a él a quien tuvieron que quitarle el casco utilizando mantequilla y fue su madre, la reina, quien lo ató y le echó por encima agua jabonosa (no con sus propias manos, ni que decir tiene). Ella tampoco me azotó con sus propias manos, aunque estuvo allí presente y miró, para asegurarse de que yo comprendía las consecuencias de poner en peligro la vida del príncipe heredero.

Ella también obligó a Ciar a mirar. Ha sido la única vez que he visto correr una lágrima por la mejilla de nuestro monarca, tristemente famoso por su implacabilidad.

Esa versión de la historia no es tan divertida. Y si yo hubiese narrado la humillación de nuestro rey, eso habría sido traición y yo habría podido terminar colgado en lugar de tan solo azotado. Cuando se trata con la realeza caminas en la cuerda floja. Salvo que seas lo bastante listo como para, en primer lugar, mantenerte lejos de ella.

Me complace pensar que yo hubiese sido lo bastante listo si en algún momento me hubieran dado la posibilidad de elegir sobre este asunto.

Alguien tosió en la puerta de la taberna. Con un tipo de tos que consiguió interrumpir en seco nuestras carcajadas y borrar la sonrisita del rostro de Lissa. Todos nos volvimos hacia la entrada, cual marionetas manejadas por un único hilo.

—Lord Garrin —dijo el mensajero real; el resto de rostros se giraron hacia mí, Lissa entornó los ojos con curiosidad.

Contuve el impulso de señalarle que yo carecía de título. No era culpa del mensajero; nadie está seguro nunca de cómo dirigirse a mí. Yo era el mejor amigo del rey, su hermano de sangre. También era un pretendiente en potencia a su trono, una posible daga en su garganta. Y la única familia que le quedaba.

«Lord» no lo resumía todo exactamente, pero era la aproximación más precisa que se podía encontrar.

El mensajero se aclaró la garganta y dijo:

—Su majestad os necesita.

Me alegré de haber contado la historia. Había evitado que me acabara la jarra y lo último que me convenía cuando trataba con el rey Ciar era estar borracho.

—No faltaría más —dije poniéndome en pie con tan solo un ligerísimo traspié—. Llevadme con él.

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A la sazón, Ciar era dos personas: el rey en que se estaba convirtiendo —severo, fatigado y resuelto— y el hermano en compañía del cual yo había crecido —temerario, hedonista y leal—. Por lo general me resultaba sencillo saber con cuál de los dos Ciar iba a tratar, pero ese día era una persona por completo distinta, una persona que se sentó en su cámara mirando fijamente por la ventana, con el rostro surcado por arrugas melancólicas.

Rebusqué entre todos mis recuerdos de Ciar —mis veintidós años de recuerdos— sin lograr dar con uno siquiera en el que Ciar tuviese aire melancólico. Incluso aquel día en el patio, con el látigo rasgándome la piel, su semblante había sido distinto. En realidad no recordaba la expresión de su rostro aquel día, pero estaba seguro de que no había sido así de sombría.

Nunca había tenido oportunidad de preguntar, habida cuenta de que Ciar jamás lo volvió a mencionar. Su mirada siempre se dirigía al frente, jamás al ayer. Eso era parte de su problema, pero también era en parte la razón por la que los hombres lo seguían: su certeza de que aquello hacia lo que se encaminaba, fuese lo que fuese, era mejor que lo que dejaba detrás.

—Los demás —dijo sin apartar la mirada de la ventana—, marchaos.

Fue todo un éxodo, al ocupar la estancia al menos diez personas: ayudas de cámara, guardias, criados y supuestos amigos. Todos desfilaron ante mí mirándome con rencor. Lady Aniya, que o bien era su amante o andaba a la caza del puesto, me dirigió una cálida sonrisa, como si nos conociéramos. No era el caso, pero admiré la inteligencia que demostraba al tratar de ponerme de su lado. A diferencia de la reina Ella, que siempre había considerado al hermano bastardo de su marido un rival y que había tratado de volver a Ciar en mi contra. La reina parecía no haberse dado cuenta aún de que yo era la única persona a la que Ciar había mantenido a su lado toda su vida.

«Todo se andará», me había dicho Lissa en una ocasión, pero solo porque estábamos discutiendo; incluso ella sabía que eso no iba a ocurrir. Yo había sido amigo de Ciar toda la vida. Nadie —ni una mujer, ni un compañero, ni siquiera un perro favorito de caza— había conservado su cariño más allá de cinco años.

—Garrin —dijo Ciar una vez a solas—, necesito tu ayuda.

Yo no sabía si postrarme sobre una rodilla o acercarme y tomarle del brazo. No obstante, en ambos casos, las palabras que me correspondía decir eran las mismas, así que las pronuncié sin moverme:

—Por supuesto, majestad.

Él dejó de mirar por la ventana y se giró hacia mí. La tristeza no encajaba en sus facciones, como si fuese una máscara que no ajustase bien.

—Debes encontrar a la hermanastra de mi esposa y traerla a la corte.

—Así lo haré —respondí de manera automática antes de asimilar el significado de las palabras. Y entonces lo asimilé y todos los músculos de mi cuerpo se pusieron en tensión—. Ciar, ¿por qué?

Él parpadeó y una expresión más familiar afloró en su rostro: resolución fría y clara.

—Eso no es de tu incumbencia.

Un arrebato de cólera se apoderó de mí, cólera que solo había sentido —que solo me había permitido a mí mismo sentir— en otra ocasión. La aplaqué de vuelta a su habitual estado de hervor reprimido. Al fin y al cabo, hasta donde él sabía, eso era cierto: yo no tenía ningún motivo para que esta orden me importara más que cualquiera de las otras que me daba.

Ahora mismo, él era el rey, y yo tenía que pensar qué preguntas osaba plantear:

—¿Está al tanto su majestad la reina de que vais…?

—Claro que no. —De nuevo ese fogonazo de dolor, antes de que su expresión volviera a ocultarlo—. Y debes asegurarte de que no se entere.

A veces es muy peligroso que un rey confíe en ti. Sobre todo cuando la reina te odia por ello.

Sobre todo cuando ese odio está justificado.

—Por supuesto, majestad. —Decidí hacer una reverencia—. ¿Cuál será la excusa para mi partida?

—Dudo que vayas a necesitar una. Ayer estuve por ahí cazando desde el amanecer hasta el ocaso y la reina ni siquiera me preguntó dónde había estado. Hoy en día, mi esposa no presta demasiada atención a nada que no tenga que ver con los cotilleos de las damas.

Parpadeé sorprendido ante su tono desdeñoso. Hasta entonces solo lo había oído hablar de Ella con amor reverencial y profundo. A mí me irritaba su ceguera en lo que a ella respectaba, aunque, huelga decir, nunca había hecho comentario alguno. Yo no tenía derecho a arrebatarle nada a Ciar, y en ese nada se incluía su felicidad.

Aunque, en realidad, tampoco debería haberme sorprendido. Después de todo, él y la reina Ella ya llevaban casados casi cinco años.

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Tampoco me sorprendí al encontrarme a una de las doncellas de la reina esperándome en la puerta de mi habitación.

«Debes asegurarte de que no se entere», ¡cómo no!

La doncella me hizo una reverencia, con cierta sorna. Amelie lo hacía todo con cierta sorna, como si todos los habitantes del castillo le pareciesen ridículos y ella solo estuviera interpretando el papel de doncella de la reina por mera diversión.

—Su majestad desea verte, en su salón.

—Bueno, total, tampoco es que tuviera intención de comer o beber algo hoy.

Amelie prorrumpió en risas.

—Puedo pedir que envíen pastelitos al salón, si crees que tu estómago va a estar como para comerlos mientras ella te grita.

—¿Acaso su majestad tiene previsto gritarme?

—¿Que si lo tiene previsto? No. —Amelie enarcó una ceja—. Pero me apostaría una buena bolsa de monedas a que eso va a suceder.

Amelie me caía bien. Era menuda y lista —guapa no, pero solo porque era incapaz de molestarse en serlo—, y se comportaba como si todos estuviéramos al mismo nivel: rey, nobles y plebeyos. Actuaba así porque nos consideraba a todos tan por debajo de ella que las diferencias eran inapreciables; lo que, no obstante, era un soplo de aire fresco.

Me caía bien, pero no confiaba en ella, de modo que me aguanté las ganas de hacerle más preguntas. En lugar de eso, dije:

—Pide los pastelitos. Creo que estaré en condiciones de comerlos.

Ella esbozó un fugaz mohín al comprobar que no estaba dispuesto a seguirle el juego, luego se rio y se alejó alegremente pasillo abajo.

Suspiré y la seguí.

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No había pastelitos. Tampoco había reina: me tuvo esperando cerca de una hora. Yo no tenía nada que hacer salvo contar los arañazos del recargado mobiliario de madera y los pliegues de las gruesas cortinas de terciopelo. Notaba el resquemor de la orden del rey en el fondo de mi mente, lo que me hacía sentir impaciente e inquieto. Ya tenía que haber estado sobre una montura, galopando por el camino en dirección a las montañas.

Mi única esperanza era que Ciar comprendiera que, si yo me había demorado, era también por él.

No me permití pensar que parte de mi impaciencia proviniese de mí mismo o que, para empezar, yo tuviera mis propios motivos para sentirme ansioso. Jacinda no se hallaba tan lejos como Ciar creía. Ya era media tarde, pero si partía de inmediato y cabalgaba raudo podía llegar a su cabaña antes del anochecer.

En lugar de eso, tuve que quedarme esperando en un barroco salón, vacío y silencioso salvo por los gruñidos de mi estómago.

La reina jugaba a esto con todo el mundo y, por lo general, no me molestaba. Comprendía sus motivos. Ella había pasado muchísimos años siendo la persona a la que le tocaba esperar y servir; y no precisamente en una estancia lujosa y cálida, sino en un desván frío y húmedo o en una cocina sofocante, descalza, hambrienta y a menudo dolorida. En una ocasión, por casualidad, yo había vislumbrado los verdugones en su espalda, y Ciar me había contado algunas de las cosas que ellas le solían espetar: que era una inútil; que vivía de la compasión ajena; que su misión en la vida era correr tras ellas anticipándose a sus necesidades, y mantenerse a la espera, a la espera, a la espera…

Así que la comprendía. No obstante, ya habían pasado nada menos que cinco años; a lo mejor ya era hora de que empezase a pasar página.

Cuando la reina Ella entró majestuosamente en la estancia, me postré de inmediato sobre una rodilla e incliné la cabeza. No había tardado en aprender que, si bien con Ciar podía prescindir de algunas formalidades, más me valía no permitir que su consorte pensara que yo había olvidado su rango.

—Levántate, Garrin —dijo. La soberana no se andaba con ese «lord» hipócrita.

Me levanté.

Las crónicas no mienten sobre la belleza de la reina: las crónicas, los bardos y cualquiera que haya tenido la oportunidad de verla hasta hoy mismo. Toda ella tersura, elegancia y gracia; rasgos perfectamente perfilados bajo una cascada de cabello dorado.

El pelo de Jacinda era basto y oscuro; sus cejas, espesas; la nariz, prominente. No era hermosa, eso estaba claro. Sin embargo, ejercía una poderosa atracción sobre los hombres… o al menos sobre dos hombres. En mi caso, era por esa agudeza de sus ojos oscuros, ese porte enérgico. La manera en que se movía, rápida y segura, no tanto grácil como resuelta.

Yo siempre di por hecho que en el caso de Ciar sería por eso mismo.

Pero, claro, de ningún modo podía preguntar.

La reina rebosaba hermosura ese día, con un traje azul celeste y un sobrevestido de encaje, el pelo recogido en imponentes trenzas alrededor de la cabeza. Sus famosos ojos azules estaban perfilados delicadamente con kohl y, como siempre, eran lo primero que veías al mirarla. Todos los poetas dedican al menos tres estrofas al azul de sus ojos, y con motivo.

La soberana solo se había hecho acompañar por Amelie, señal inequívoca de que se avecinaban problemas, porque eso significaba que no deseaba que nadie oyese lo que fuera que me iba a decir.

Mi mirada se cruzó con la de Amelie, que negó ligeramente con la cabeza. No habría sabido decir si se trataba de una advertencia o de una indicación de que no habría pastelitos.

—Siéntate —ordenó la reina, y yo me senté, acomodándome en una delicada silla acolchada que era un pelín demasiado pequeña para mí—. ¿Qué deseaba mi marido de ti?

La reina acostumbra a ir al grano. Es una herencia de sus orígenes plebeyos.

Pero yo también había sido criado por una plebeya.

—Me ordenó no decíroslo.

Ella siseó entre dientes y dio dos pasos hacia mí.

—Podría hacerte ejecutar por traición ahora mismo.

Podía, eso estaba claro, la única duda era cómo reaccionaría Ciar ante ello. Yo no lo sabía. Él la amaba profundamente, pero yo era su más viejo amigo.

Incliné la cabeza, confiando en que ella tampoco lo supiese.

La reina estaba tan cerca de mí que podía apreciar el aspecto de sus manos. Los puños se apretaban y aflojaban, con nudillos sarmentosos. A pesar de todos los cuidados y cremas —y, según algunos rumores, la alquimia—, no había sido capaz de conseguir que sus manos volvieran a lucir impecables. Las seguía teniendo ásperas y llenas de manchas, destrozadas tras años de fregar, restregar y frotar.

—Me sorprendes, Garrin —dijo, pausada y comedidamente, y mi nombre sonó como la raspadura del papel de lija sobre la piedra—. ¿No me temes? ¿Me consideras dulce, inocente e incapaz de cobrarme venganza? Creía que me conocías mejor.

—Sí —dije. Deseé levantar la mirada, pero me contuve. Sabía qué aspecto tendría su semblante; todavía recordaba su expresión cuando anunció el castigo de su familia: «Lleváoslas de aquí y lapidadlas»—. Sí os temo, pero no lo bastante como para hacerme traicionar a mi rey.

Amelie dejó escapar un ruidito jocoso.

La reina se giró sobre los talones y se alejó de mí, acompañada por un suave taconeo y el frufrú de sus gruesos faldones. No alcé la mirada hasta que la puerta se cerró tras ella con un golpe fuerte y seco.

Amelie permaneció en la estancia, cerca de la puerta. Se recostó y apoyó un pie contra la pared, una pose nada refinada que hubiera resultado escandalosa en cualquier otra persona.

—Deberías temerla más —dijo—. Más de lo que temes a tu rey.

—A Ciar no lo temo. Lo amo.

—Ella también —dijo enarcando una ceja.

A eso no tuve nada que replicar.

Amelie se irguió y se me acercó. Caminaba de una manera peculiar, como si estuviera a punto de echarse a volar pero se le hubiese olvidado cómo hacerlo.

—Mi soberana ama con pasión. Y asimismo odia con pasión —dijo.

Yo notaba que, de todas maneras, mi semblante me estaba traicionando, así que me permití soltar una áspera carcajada:

—Eso es algo que todos sabemos.

Amelie supo al momento a qué me refería.

—Tenía todo el derecho del mundo a castigarlas —dijo frunciendo la boca—. Yo estaba allí, Garrin. Vi cómo la trataban. Su madrastra era la peor, pero las hijas demostraban un enorme interés por aprender. Y aparte estaban los celos. Era mejor que ellas, mucho mejor, y sin embargo era la que se veía obligada a quedarse en casa y limpiarles los zapatos mientras ellas se iban al castillo a bailar con los duques.

Con «mejor» quería decir «más hermosa», por descontado.

—No lo dudo —convine, y de veras no lo dudaba. Educar a los hijos para odiar es igual de fácil (más fácil, probablemente) que educarlos para amar—. Pero no sé por qué me estás contando esto.

—Creo que sí lo sabes —replicó Amelie antes de darse media vuelta y salir silenciosamente por la puerta.

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Para entonces ya era demasiado tarde para emprender el camino. No pude evitar preguntarme si esa había sido la intención de la reina.

Regresé a la taberna para cenar (soy un hombre de costumbres) y alivié mi frustración con un tazón de un guiso lleno de tropezones y un hidromiel la mar de bien especiado. Suelo beber únicamente en compañía de Ciar —cuando está borracho tiene tendencia a olvidar que es el rey, y la reanudación de nuestra antigua amistad sin complicaciones compensa de sobra la resaca del día siguiente—; sin embargo, últimamente me dejaba llevar y terminaba bebiendo a solas cada vez con más frecuencia. Tal vez porque había llegado a asociar la sensación de embriaguez con la risa y la confianza de Ciar.

Tenía esperanzas de toparme con Lissa en la taberna, pero no estaba. A cambio me encontré rodeado por sirvientes del castillo: mozos de cuadra, encargados de la perrera y herreros; aquellos cuya paga les alcanzaba para poder permitirse comer en este establecimiento sin llegar a tener la categoría necesaria para cenar con la nobleza.

—He oído que has mantenido audiencias con sus majestades, Garrin, con los dos —dijo uno de los sastres mientras me pasaba una jarra para que pudiese rellenar mi taza—. Pero por separado, ¿eh? ¿Qué hay detrás de todo eso?

Le sonreí y cogí la jarra. En realidad no me lo había preguntado en serio. Todo el mundo sabía que yo no chismorreaba sobre los asuntos de mi rey.

—Lo que hay detrás son futuros problemas —terció una de las camareras, que pasó por mi lado y me arrancó la jarra de la mano—. Últimamente, a sus majestades se las ve juntos cada vez con menos frecuencia, según tengo entendido.

El sastre estalló en risas y dijo:

—Vaya, pues eso no va a ayudarles a proporcionarnos un heredero.

—Es probable que sea la falta de un heredero lo que está provocando el problema. —Esto dicho por un hombre al que yo no conocía—. La reina ha estado mandando llamar doctores de todo el continente para averiguar qué le pasa a su vientre.

—Lo que le pasa no es ningún misterio y no es algo que un doctor pueda curar —gruñó la camarera—. Si te dedicas a enredar con la magia feérica acabas pagando el precio.

Se hizo el silencio durante un momento y a la camarera se le arrebolaron las mejillas. La mujer echó un rápido vistazo por la sala. Su comentario había estado un pelín demasiado cerca a lo considerable traición para la tranquilidad general.

—Si quieres rellenar la taza serán dos peniques —me dijo por fin, con tono agudo y forzado.

Le entregué las monedas y también pedí un trozo de pastel, para proporcionarle una excusa que le permitiera regresar a la cocina; pero me marché antes de que regresara con mi postre, y además con la taza a medio beber.

No estaba seguro de por qué la idea de un distanciamiento entre los monarcas me apenaba. Yo nunca me había creído su cuento de hadas porque siempre había sabido que la magia estaba detrás de lo suyo, aunque no había sido la reina quien había enredado con ella.

A lo mejor era porque el matrimonio había hecho sentir a Ciar tan extremadamente dichoso… Podría parecer extraño que yo me preocupase por el bienestar del rey, pero así era. Yo deseaba su felicidad tanto como deseaba la mía propia.

Cuando llegué a mi habitación en el castillo, encontré una bandeja con pastelitos esperándome en la cama. Uno era un esponjoso cruasán de almendra, que yo no podía comer; las almendras me provocaban picor de garganta, algo bien sabido por todos los que trabajaban en la cocina del castillo. Lo que significaba que no había sido llevado allí para que me lo comiera.

Partí el cruasán con cuidado y saqué un papel plegado de su interior.

La letra era grande y tipo imprenta, como la de un niño. O como la de un plebeyo que hubiese aprendido hacía poco a trazar las letras.

Garrin:
Si me amas, déjame en paz.
Por favor.
Jacinda

Al pie, ella había dibujado —con más cuidado que las letras— un delicado zapatito de cristal con una mancha de tinta oscura extendiéndose desde la puntera.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Todos crecíamos sabiendo que compartíamos nuestro mundo con las hadas. Ellas aportaban un toque de magia y maravilla a nuestras míseras vidas, tenían a bien salpicarnos con gotitas de prodigios o tragedias, y lo único que nos pedían a cambio era que bailáramos. Una vez en el solsticio de verano y otra en el de invierno: un baile espléndido, para realeza y plebeyos por igual, en el que las danzas se van desenfrenando con el transcurrir de la noche y belleza y abandono centellean en nuestros movimientos. Noches en las que los malcarados parecen hermosos y la belleza trasciende límites, en las que la melancolía se torna felicidad y los jubilosos enloquecen, en las que lo romántico cobra realidad tangible y los príncipes se enamoran de campesinas.

Muchas familias encierran a sus hijas las noches de los bailes feéricos. Entre el oropel y la magia, suceden cosas que las muchachas de moral recta no deben presenciar —y en las que tampoco deben participar—. Los pestillos de las puertas, empero, tienen a descorrerse; la ventanas, a abrirse entre crujidos; los hábiles dedos feéricos nos arrastran a todos a su baile.

La historia se ha exagerado —un carruaje, una recua de caballos, un vestido mágico—, pero yo estuve allí. Las hadas no hicieron por la reina Ella más de lo que han hecho por docenas de muchachas ansiosas dispuestas a arriesgar su futuro a cambio de una noche de jarana.

Lo único es que para la mayoría de ellas las cosas no resultan tan bien.

Eso es algo que mi madre me enseñó. Dicen que lo que acontece durante las noches feéricas ya está olvidado y perdonado al llegar la siguiente mañana. En el caso de los hombres, sin duda es así; en el de las mujeres, no tanto.

También dicen que los niños concebidos la noche de un baile feérico pueden obrar su propia magia, pero jamás he visto prueba alguna de ello.

Mi madre me enseñó a mantenerme lejos de los bailes. Nunca me prohibió acudir, porque eso solo sirve para tentar a las hadas, pero me metió el miedo en el cuerpo. Incluso aunque yo solo tenía cinco años cuando ella murió, incluso aunque apenas recuerdo su rostro, sigo acordándome de su voz grave e intensa: «Los bailes no son para nosotros. Son para ellas, para que puedan apurar nuestra energía y engullir nuestras vidas. Necesitan alimentarse de nosotros, así que han montado una trampa maravillosa. Ellas poseen belleza en abundancia, de modo que no les cuesta nada arrojarnos una poca. Y nosotros estamos demasiado deslumbrados para preguntar cuál es el precio que debemos pagar».

Sin embargo, aquella noche yo tenía diecisiete años y me sentía molesto por las advertencias de mi madre. Estaba deambulando alrededor del castillo mientras ráfagas de música frenética y sobrenatural se colaban por los muros; acercándome más a él a cada vuelta que daba, como una polilla atraída hacia la llama, pero sin querer admitir aún lo que estaba haciendo.

Fue entonces cuando vi a la muchacha salir corriendo del castillo. Iba sujetándose los faldones, pero eran tan voluminosos que le impedían ver el suelo y, tal como era de esperar, tropezó y cayó.

Me dirigí hacia ella, agradecido por la distracción. Cuando llegué a su lado, todavía estaba de rodillas en el suelo, el cabello oscuro cayéndole por la cara, sus hombros sacudiéndose.

—Mi señora —dije—. ¿Os encontráis bien?

Ella me miró parpadeando y sus oscuros ojos se agrandaron al contemplar mi rostro:

—Ciar…

—No, no soy Ciar. ¿Estáis buscando al príncipe?

Ella me examinó con más atención y una mezcla de alivio y decepción atravesó su semblante. Luego sacudió la cabeza.

Le ofrecí mi mano y la ayudé a levantarse. De cerca pude ver que su vestido, aunque acorde a la moda y con elaborados adornos, estaba fabricado con telas de segunda categoría cosidas de cualquier manera entre sí. Probablemente lo mejor que se podía permitir. Numerosas jóvenes plebeyas gastaban todo lo que tenían en los bailes, en esas noches en las que el amor tenía la fuerza suficiente para cambiar una vida.

«Pero, por lo general, no a mejor. Y nadie se lo dice a esas muchachas hasta que es demasiado tarde».

A esas alturas, yo ya había visto bastante mundo como para saber que mi madre se equivocaba. Sí se lo decían. Lo único que pasaba es que ellas no tenían demasiado interés en enterarse.

A juzgar por las lágrimas en el rostro de esta, ella ahora lo sabía, y ya era demasiado tarde.

Se me encogió el corazón. No era una chica demasiado hermosa, pero había algo en sus ojos —grandes, oscuros, directos— y en el gesto de sus gruesos labios. Y la música, todavía flotando por el aire, revoloteando por mi corazón y empujándolo a sumirse en un salvaje desenfreno sentimental.

—El baile apenas ha comenzado —dije—. Si queréis, os puedo acompañar de vuelta.

Una chispa de deseo brilló en sus ojos y yo casi vislumbré la música moviéndose en ellos. No obstante, ella negó con un cabeceo.

Yo observé el castillo. Ella había estado allí, rodeada por la música y la magia, pero se había marchado. ¿Qué podía haberla impulsado a ello?

¿Y qué clase de fuerza le había permitido lograrlo?

—Podéis bailar aquí conmigo —me soltó de sopetón con voz ronca y ligeramente temblorosa—. Si… si gustáis.

La miré a los ojos y vi la desesperación que traslucían. Atisbé restos de magia feérica empujándola a regresar, a unirse a los demás, a bailar hasta el fin de la noche. A olvidar lo que podría traer el mañana.

Extendí mis brazos y ella avanzó hacia ellos.

No regresamos. No nos unimos a los demás. Pero bailamos y eso nos bastó, esa noche, para permitirnos resistir. Bailamos como si hubiéramos llevado toda la vida bailando juntos. Y a la postre también reímos; y en las postrimerías de nuestro baile, cuando el alba ya teñía el cielo y el poder feérico se desvanecía junto con su música; cuando la gente que se hallaba en el castillo estaba parpadeando, mirando en derredor y descubriendo que el mañana había llegado a pesar de que ellos habían cerrado los ojos ante él, por fin nos separamos. Yo hice una venia; ella, una reverencia.

Para entonces, yo ya sabía cómo se llamaba: Jacinda. Y había visto y reconocido lo que llevaba guardado en el interior del canesú de su vestido: un mechón de cabello dorado atado con un hilo argénteo. Ciar entregaba uno a todas las muchachas que le gustaban, a modo de recuerdo.

No obstante, ella había abandonado a Ciar y bailado conmigo y, aunque yo sabía que no debería haberlo permitido, me sentía rebosar de una tierna alegría. La culpa la tenían la música y la magia que vibraban por mi piel, poniendo mi mente patas arriba y haciéndome olvidar la regla que constituía el puntal de mi seguridad: «Jamás debes arrebatarle nada a Ciar».

Sin embargo, ella era tan feroz y real que por primera vez en mi vida anhelé algo con tanta vehemencia que pasé por alto las consecuencias (actitud insensata, no valiente; las consecuencias, como la mañana, llegarían de todas todas). La tomé de la mano y tiré de ella hacia mí; sus ojos oscuros me observaron y luego se cerraron despacio cuando yo incliné la cabeza hacia ella.

Nuestros labios apenas se rozaron. Ella profirió un sonido leve y afligido y retrocedió.

—Esto… lo siento —dijo.

—¿El qué? —susurré. Ella no se había soltado de mi mano.

—Que… —Abrió los ojos y escrutó mi semblante—. Esto no es lo que crees. No sientes lo que crees sentir. Solo es magia feérica.

Claro que era magia feérica; todavía alcanzábamos a oír las cada vez más débiles ráfagas de música del castillo; pero yo nunca había comprendido la manía de considerar que los sentimientos son menos reales solo porque conoces su origen. Al fin y al cabo, si decidías amar a alguien —tras barajar tus opciones y tomar en cuenta carácter, estatus y aficiones comunes—, entonces eso no era amor, al menos no según los criterios de los bardos palaciegos. El verdadero amor se suponía que tenía que ser repentino, injustificado y devorador; se suponía que no tenía que tener ni pies ni cabeza. Justo como la magia. Una fuerza más destructora que edificadora.

El amor había arruinado la vida de mi madre, y ella siempre me había prevenido contra él. Y, sin embargo, ahí estaba yo, con la música feérica vibrando sobre mi piel y mi corazón palpitando como si estuviese a punto de rasgarme el pecho, mientras que la advertencia de mi madre se me hacía algo débil, lejano e intranscendente.

«Los poetas dicen que renunciarían a cualquier cosa a cambio del amor, pero solo lo dicen porque no creen que vayan a tener que hacerlo», me había asegurado ella.

Yo no era poeta, pero sabía exactamente a qué estaría renunciando. Ciar ya había visto a esta chica, había bailado con ella, la había elegido. Se trataba de una lección que me habían hecho aprender ya en mi primera infancia a fuerza de machacármela, un requisito para seguir viviendo en la corte —tal vez para seguir viviendo, punto—: jamás debo arrebatarle nada a Ciar.

En caso contrario, ese acto sería la línea que separase la tolerancia a regañadientes del miedo vengativo. Porque si alguna vez llegaba a quitarle su juguete, su triunfo o a su chica…

A continuación podría tratar de quitarle su reino.

Y mi vida dependía de que nadie, nunca jamás, me creyese capaz de eso.

—No debería haber bailado contigo —dijo Jacinda—. No ha sido justo. Yo los… —Se agachó y se quitó los zapatos, que eran transparentes y brillaban como el cristal. Los balanceó en la mano y una gota cayó de la puntera de uno de ellos, pequeña y líquida como el rocío, pero más oscura—. Los encanté con mi propia sangre y dolor, para atrapar un pretendiente de sangre real.

—Estoy impresionado —dije sin soltarle la mano—. Muchas mujeres buscan la mirada del príncipe, pero pocas llegan al extremo de venderse a las hadas.

—Bueno, otras mujeres cuentan con su belleza —respondió con un encogimiento de hombros.

Como si eso fuera un fundamento para el amor más legítimo que la magia.

Mi silencio consiguió curvar hacia arriba las comisuras de sus labios.

—¿No vas a protestar y afirmar que sí soy hermosa?

—Creo que lo eres —dije con sinceridad—. Eres bella como la noche, pero no de una manera acorde a los gustos de Ciar.

—¿Conoces al príncipe Ciar? —preguntó sobresaltada.

—Somos… —La palabra tembló en mis labios, pero jamás la había pronunciado en alto. De hacerlo, estaría arrebatándole algo a Ciar—. Hemos sido amigos desde la cuna. Mi madre era su nodriza.

Ella me escrutó de nuevo —la forma de mi rostro, que le había inducido a error al verme por primera vez—. Tiró de su mano y yo la solté.

—Lo siento —repitió.

Se levantó de nuevo los faldones para poder atravesar los terrenos del castillo. Avanzó con rápidas zancadas por la oscuridad, con los zapatitos de cristal balanceándose en su mano y goteando algo negro y pegajoso sobre la hierba crecida.

La siguiente vez que los vi, los pies de la reina estaban enfundados en ellos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

«Si me amas», decía la nota.

A lo mejor ella había cambiado de opinión sobre qué es lo que hacía real el amor.

Más probable: simplemente estaba desesperada.

Dejé que los trozos de cruasán cayeran de nuevo a la bandeja y pasé los dedos por el papel, como si pudiera sentir sus dedos tocándolo.

Desde luego que yo ya no la amaba. ¿Cómo iba a amarla? Habían pasado cinco años; había habido otros bailes y otras chicas. Además, yo ahora conocía la verdad sobre ella. Su crueldad hacia su hermanastra, su mezquindad y revanchismo.

Yo nunca había dudado de las historias que se contaban porque había vislumbrado esa crueldad en sus ojos. Eso a lo que yo había denominado «ferocidad», que suscitaba mi admiración al no ser yo su víctima.

Nadie había echado nada en cara a la nueva soberana cuando condenó a muerte a su madrastra y hermanastras. La reina había mostrado las marcas en sus brazos, las cicatrices que nunca se borrarían. Nadie había tratado de impedirle castigar a sus torturadoras.

Ni siquiera yo.

Se me pasó por la cabeza comentarle algo a Ciar. ¿Pero qué podía haberle dicho? ¿Debería haberle dicho que le negara esa satisfacción a su amada?, ¿que sus zapatitos de cristal estaban encantados y no exactamente como ella mantenía?, ¿qué él la amaba por motivos ajenos a su belleza, su misterio y el hecho de que se hubiera visto obligado a perseguirla?

No podía arrebatarle nada a Ciar, y eso incluía la felicidad que le deparaba su flamante consorte.

Había sido él quien me había llamado, la noche anterior a la ejecución de la sentencia, arrancándome de mi lecho con su requerimiento. De todas maneras, yo no estaba dormido. Había estado pensando en Jacinda, en la dicha en su semblante cuando habíamos bailado en la pradera del castillo, como si la ilusión de la libertad fuese un sabor dulce e inusual en su boca. Me había estado preguntando qué aspecto tendría mientras moría.

«En una ocasión, enterró varios cubiertos en el patio y luego obligó a mi prometida a desenterrarlos y limpiarlos», me había contado Ciar en uno de los escasos minutos que pasamos juntos, probando jubones para su boda, que estaba siendo organizada deprisa y corriendo. «Y los que no estaban bien limpios se los arrojó encima. Aún conserva aquellas cicatrices. Ellas se merecen este castigo».

¿Cuál había sido?, pregunté yo, y él me miró de soslayo, como si hubiese notado algo en el tono de mi voz. Yo atrapé su mirada y se la sostuve, manteniendo el semblante impasible. Eran tres las que tenían que ser castigadas —una madrastra y dos hermanastras—, así que era una pregunta razonable.

«Las tres —me había respondido con brusquedad—. Las tres la atormentaban juntas. No importa cuál eligiera una atrocidad concreta».

Era lo más cerca que yo había estado jamás de la frontera de lo que podía preguntar a Ciar. Ni siquiera por Jacinda podía ir más lejos.

El amor tiene sus límites.

Desesperada o no, ella tenía que haber sabido que no debía pedírmelo.

Quemé la nota antes de acostarme. Contemplé cómo las llamas devoraban esas letras trazadas con esmero, mientras los bordes del papel se plegaban sobre sí mismos, curvándose y ennegreciéndose.

No debería haberla quemado. Debería haberla conservado para mostrársela a Ciar. Incluso aunque esa nota fuera mía, estuviese escrita para mí y con la intención de que solo mis ojos la vieran, yo no tenía derecho a escamoteársela a mi rey.

Me quedé mirando hasta que el papel se convirtió en cenizas y luego me acosté.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esperaba soñar con Jacinda pero el olor a papel quemado me mantuvo despierto, de suerte que me tuve que conformar con limitarme a rememorarla, sin la confusión ni la dulcificación que hubiesen acompañado a un sueño.

Jacinda me había hablado de Ella, un poco. No la noche del baile sino más adelante, en el patio de las caballerizas bajo la dura mirada de Ciar. Admitió todo: la degradación, el rencor, la crueldad. No había fingido no odiar a su hermanastra, ni tampoco sentirse arrepentida por cómo la había tratado. Supongo que no tenía motivos para ello. Ya sabía que, por el motivo que fuese, Ciar pensaba enviarla a un lugar seguro a espaldas de Ella.

En un momento dado, Jacinda desvió sus ojos un instante hacia mí y algo se quebró en esa mirada; pero se volvió de nuevo hacia Ciar antes de continuar hablando:

—Se suponía que había que pegarle —dijo—. Así es como siempre habían sido las cosas y nos parecía lo normal. Nunca tuve motivos para cuestionarlo.

No lo dijo como si fuese una excusa, porque por supuesto no lo era.

En ningún momento me dirigió la palabra directamente, ni siquiera durante aquella larga cabalgata vespertina a través de las montañas. Estaba demasiado ocupada aferrándose a su montura y vomitando sobre la hierba. Sin embargo, tras llegar a la aldea y una vez la hube instalado en una cabaña habitable, me miró con esos ojos suyos feroces y directos.

—Resulta que es cierto —dijo—. Todo lo que confesé a tu príncipe. Todo lo que Ella dijo que le hice. Mi hermanastra no exageró ni un ápice. —Se había envuelto en su capa, acurrucado en el angosto camastro y girado hacia la pared; en el mismo tipo de casucha campesina del que con tanto ahínco ella había tratado de escapar—. Me lo merezco.

Quise contradecirla, pero no se me ocurrió qué decir.

Así que, siguiendo las órdenes de mi príncipe, simplemente la dejé allí.

No.

Pensé en sus ojos oscuros, en su negativa a inventarse excusas para sí misma, y me avergoncé de mis propias excusas.

La había dejado allí, totalmente sola, y había cabalgado de regreso al castillo y a mi vida.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando a la postre me dormí, no soñé nada de nada. A lo mejor por eso, al despertar, tan solo era capaz de pensar en qué hacer primero: contarle a Ciar lo de la carta o averiguar cómo había sido introducida en el castillo y en mi pastel.

Comunicar esta nueva a Ciar sería complicado. En primer lugar, tendría que explicarle por qué la nota ya no existía. En segundo, aún no estaba seguro de si existía una razón por la que Ciar me había confiado a Jacinda todos esos años atrás. ¿Sabía que yo contaba con mis propios motivos para desear mantenerla a salvo?, ¿o había pensado que yo era su hombre —fiel y sin opiniones—, como siempre lo había sido y debería haber continuado siéndolo siempre?

Yo había hecho mucho por Ciar a lo largo de los años. Había sido su mejor amigo, su confidente y su leal seguidor. No obstante, su madre siempre me había considerado una amenaza, como un perro guardián fiel pero con cierta predisposición a ponerse violento, y le había advertido —nos había advertido a ambos— que por bien que yo le cayera a Ciar, por muy amigos que fuéramos, él tenía que estar preparado para ejecutarme en cuanto fuese necesario.

«Nunca te ejecutaré —me dijo él en una ocasión. Solo en una—. Sé que tú nunca me traicionarías».

Y jamás lo había traicionado.

Ciar era un rey justo. Era un amigo fiel. No obstante, había crecido inmerso en la opinión que su madre tenía de mí —que todo el reino tenía de mí—. Nadie la había cuestionado nunca, y yo no tenía motivos para creer que en algún momento él la hubiese desestimado.

No quería contarle que había quemado la carta. Si se lo decía, tendría que explicarle por qué, y no estaba seguro de ser capaz.

Sin embargo, resolver por mi cuenta el misterio de la aparición de la nota era igualmente imposible. En el castillo nadie estaba al tanto del paradero de Jacinda, salvo yo. Ciar había insistido en que fuese yo el único que lo conociera. Dijo que era el único en quien confiaba.

«Ni siquiera me lo digas a mí —me había dicho mientras yo montaba. Me miró, con una mano en mi silla, su rostro brillando diáfano a la luz de la luna—. La reina es lista. Si se entera de lo que he hecho, si le llegan rumores de que solo dos mujeres han sido ejecutadas esta noche… no quiero poder decirle dónde se esconde su hermanastra».

Lo miré, horrorizado ante su admisión del dominio que esa plebeya ejercía sobre él. ¿Realmente el amor poseía ese tipo de fuerza o era esto un indicio de la siniestra magia que ella había utilizado para atraparle?

Y de ser así… ¿era por eso por lo que dejaba marchar a Jacinda?, ¿porque ella era la fuente de esa magia y además su cepo todavía continuaba prendido a su corazón?

No le pregunté entonces. Pensé que el momento oportuno para sondearlo llegaría cuando cambiase de opinión y acabase por ordenarme que le dijese dónde se hallaba Jacinda.

Pero nunca me lo ordenó. Durante los últimos cinco años, hasta ayer, jamás la había mencionado. A veces me preguntaba si la habría olvidado de verdad.

Pero estaba claro que ella no lo había olvidado a él. Porque, al fin y al cabo, dos eran las personas conocedoras de este secreto. Yo me había mordido mi propia lengua; pero, por lo visto, Jacinda no se había quedado donde la había dejado.

Yo no podía imaginar qué la habría llevado a arriesgarse de tal manera cuando tenía que saber que la reina la quería muerta —y probablemente el rey también, tras haber incumplido ella las condiciones que Ciar le había impuesto para su salvación—. Ahora, demasiado tarde, Jacinda estaba tratando de enmendar el error que había cometido, fuese el que fuese.

¿Pero cómo había conseguido que la carta llegara a mis manos?, ¿un aliado en el castillo? Y si así era, ¿se trataba de la misma persona que la había traicionado y delatado ante el rey?

Me parecía algo bastante probable, lo que me llevaba de nuevo a esa primera opción que por todos los medios había tratado de evitar: tenía que hablar con Ciar.

Me dirigí hacia la puerta de mi habitación, intentando decidir qué contarle. A lo mejor podía decirle que la nota había ardido de manera espontánea en mi mano… pero eso habría apuntado a que Jacinda continuaba enredando con la magia y la habría puesto en peligro. Además, eso era indigno de mí. Yo nunca había mentido a mi rey.

Bastaría con la verdad. Ciar comprendería e, incluso en el caso de que no comprendiese, me perdonaría. Debía confiar en él igual que él confiaba en mí.

Abrí la puerta, salí resueltamente al pasillo y sentí el cuchillo deslizarse por mi piel un momento antes de percibir el súbito movimiento a mi derecha.

Casi fui demasiado lento. De haberse tratado de una hoja ordinaria, ese habría sido el final de esta historia. Pero era un cuchillo de piedra, tosco y de filo romo, no el tipo de arma que empleas cuando de verdad quieres asesinar a alguien. Obligué a mi atacante a soltarlo cuando tan solo había logrado hacerme un poco de sangre (y también muchísimo daño).

Mi atacante se lanzó a por el cuchillo. Era increíblemente rápida —a lo mejor no había sido tan solo mi distracción lo que le había permitido sorprenderme en el primer momento—, pero su velocidad no era rival para mi fuerza, entrenamiento y, por encima de todo, acero. Apoyé mi hoja bajo su barbilla y el brazo contra su pecho, inmovilizándola contra la pared, y me encontré mirando la carita triangular de la doncella de la reina, Amelie.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No te ha sorprendido. Incluso aunque la reina tenía doncellas por docenas y podía haber sido cualquiera de ellas.

Eso es porque te estás enterando de lo sucedido a través de mi historia. Si Amelie no fuese importante, yo no te habría contado tanto sobre ella, ¿no?

Yo carecía de esta ventaja. Yo sí que me sorprendí, tanto que bajé la hoja. Sin embargo, Amelie no trató de aprovechar la oportunidad. En lugar de eso, me sonrió como si me estuviese desafiando a algo.

Yo no tenía ni idea de a qué me estaba desafiando, así que no tuve que pensar si debía hacerlo o no. Retrocedí y ella se enderezó y arregló el cabello.

—Lo siento —dijo, sin sonar en absoluto arrepentida.

—¿Qué tratabas de conseguir? ¿De veras creías que ibas a poder asesinarme?

—Solo trataba de atraer tu atención —respondió con ojos chispeantes.

—¿Con un cuchillo?

—Vale, de acuerdo —dijo encogiéndose de hombros—. Estaba tratando de asesinarte, pero llamar tu atención era mi segunda opción.

A lo mejor debería haberme sentido más enfadado, pero era difícil tomar en serio la idea de que pudiese haber logrado asesinarme. Ladeé la cabeza y le pregunté:

—Y de haber tenido éxito con tu primera opción, ¿cómo pensabas apañártelas para salir del paso?

—Habría sido un accidente. Una caída desde una ventana. —Su sonrisa no flaqueó; se inclinó un poco hacia delante, como si me estuviese contando un chiste privado en voz baja—. Las ventanas en este castillo son demasiado grandes. Y muy peligrosas.

Traté de permanecer impasible. Cinco años atrás, una semana después de la boda real, uno de los hombres de mayor confianza de Ciar había muerto al precipitarse al vacío. Los testigos habían asegurado haberlo visto haciendo eses borracho cerca de la ventana, de manera que yo nunca había dudado de que se hubiera tratado de un accidente, aunque sí me había preocupado lo poco que había apenado su muerte a nuestro recién casado príncipe. Antes de su matrimonio, Ciar siempre había mostrado hacia sus hombres la misma lealtad que ellos le demostraban a él.

Esa había sido la primera señal de cómo la felicidad conyugal podía cambiar a Ciar. Yo me había sentido aliviado cuando nuestra relación, tras unas pocas semanas de distanciamiento, había recuperado la normalidad. O al menos había vuelto a ser lo que siempre había sido.

Ahora me pregunté si esa falta de preocupación no escondía algo más. Si a lo mejor él no había querido investigar en profundidad las circunstancias del fallecimiento de su criado y quién podía haberlo ordenado.

—¿Por qué tu reina me quiere muerto? —pregunté.

—Probablemente para impedir que traigas a su perversa hermanastra de vuelta a la corte —respondió mirándome con cara de fastidio.

—Yo… eso no es… —Empecé a desmentirlo de manera automática, pero me interrumpí. Al parecer, Amelie había decidido que ambos íbamos a ser sinceros. A mí me interesaba continuar en esa vena, puesto que a todas luces ella sabía mucho más que yo—. ¿Desde cuándo está enterada la reina de que su hermanastra está viva?

—Ah, desde el principio. El rey no es tan sutil como cree.

—Siendo así, ¿por qué no trató de impedírselo entonces?

—¿Quién sabe? ¿Gratitud, a lo mejor? Si Jacinda no hubiese empezado a enredar con la magia de sangre, Ella jamás se hubiese llegado a convertir en reina.

Así que efectivamente tocaba ser de lo más sinceros.

Me pregunté hasta dónde llegaría esa franqueza. ¿Qué diría Amelie si le preguntaba de dónde había salido ella y por qué era tan fiel a nuestra soberana plebeya?, ¿por qué había tratado de atacarme con un cuchillo nada más y nada menos que de piedra y qué le sucedería si esgrimía uno que tuviese hierro?

Ojalá se lo hubiera preguntado, pero yo era leal y perseverante, y estaba embarcado en una misión real; así que, como un buen soldado, me concentré en mi encomienda.

—En ese caso —dije—, ¿por qué no quiere que Jacinda regrese a la corte?

—Está dispuesta a permitir vivir a su hermanastra, pero eso no quiere decir que desee verle la cara todos los días. —Amelie se apartó de mí y yo se lo permití. Cuando se giró para que quedáramos frente a frente, envainé mi acero—. Es por los motivos del rey por los que deberías estar preguntándote, Garrin. Durante cinco años ha hecho como si Jacinda no existiera. ¿Por qué crees que ahora la quiere de vuelta?

«Porque ha dejado de amar a su consorte y se ha acordado de que la amaba a ella». En cuanto abrí la boca para decirlo, me di cuenta de que era una soberana ridiculez. Había habido docenas de chicas antes de cualquiera de ellas dos y Ciar siempre había pasado página. Si se estaba encaprichando de otra, sería de una nueva. Al caer en la cuenta sentí como si me hubieran golpeado en el estómago.

—Acompáñame y pregúntaselo a la reina tú mismo —propuso Amelie mientras yo todavía lo estaba asimilando.

Giró sobre sus talones y echó a andar pasillo abajo sin esperar a comprobar si la seguía.

Yo debería haberme dado media vuelta y caminado en dirección contraria. Nada de lo que la reina me dijese podía cambiar las cosas. Yo conocía la orden de mi príncipe. No necesitaba conocer sus motivos.

Pero si él no amaba a Jacinda, si nunca la había amado…

Durante todo este tiempo yo había sabido dónde estaba Jacinda y nunca había acudido a su lado. Nunca había averiguado en qué se podría haber convertido aquel baile a la luz de la luna una vez desvanecidas las últimas ráfagas de música y la atracción de la magia feérica.

Había dado por descontado que no podía. Y a lo mejor, durante todos estos años, a Ciar no le hubiese importado.

Aunque Amelie me estaba dando la espalda, me imaginé perfectamente la cara que pondría si yo decía algo de esto. Lo que, por supuesto, ni se me había pasado por la cabeza.

Pero sí que la seguí: pasillo abajo, por un salón lateral y escalinata occidental arriba, hasta los aposentos de la reina.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La reina Ella no se sorprendió al vernos. Estaba sentada en la cama totalmente vestida, con un simple traje verde que le daba a su belleza un aire sano e inocente. Su doncella y ella se comunicaron algo sin palabras, y entonces Amelie atravesó la estancia y se plantó junto a la cama, con las manos entrelazadas.

—Majestad —dije yo. No me quedó más remedio que hacer una reverencia, así que la realicé más aparatosamente de lo necesario, con la esperanza de que pareciese burlona—. ¿Deseabais hablar conmigo?

—Ojalá no tuviese que volver a hablar contigo nunca jamás —dijo la reina.

Vaya, qué amable. Todos estábamos siendo sinceros con todos.

—Os dije que el plan no funcionaría —intervino Amelie—. Es un luchador adiestrado.

—Pero tú eres… —La reina se calló en mitad de la frase—. Muy bien, Garrin. ¿Qué puedo ofrecerte para que dejes a mi hermanastra en paz?

«En paz…», repetí para mí.

—No fue ella —dije. De pronto me resultó evidente, y me sentí horrorizado al descubrir con cuanta facilidad había sido engañado—. Vos, fuisteis vos quien escribió esa nota.

La reina se encogió de hombros.

Tenía que haber caído en ello. Al fin y al cabo, solo había otra persona que sabía cuán importantes eran en realidad aquellos zapatitos.

¿Y el «Si me amas»? ¿Había sido una mera conjetura o es que se me había notado tanto?

En este último caso, ¿también lo habría notado Ciar?

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué os estáis esforzando tanto por mantenerla en el exilio? Permitidle regresar.

Durante un momento fugaz, a la reina no se la vio en absoluto bella, sino semejante a un animal que gruñe atrapado.

—Tú no la conoces. Tú no… puedes entender de lo que es capaz. Es una bruja, sacrificó su propia sangre a las hadas…

—Si tan malvada es, ¿por qué no sacrificó vuestra sangre?

Amelie se rio en voz baja. La soberana la hizo callar con una mirada y luego se volvió de nuevo hacia mí.

—¿Sabes por qué, si bien me permitió matar a las otras dos, Ciar la perdonó a ella?

—No.

Que es lo que hubiese respondido incluso de haberlo sabido. No obstante, aquella noche Ciar no me había confesado sus motivos. Se había reunido conmigo en la cuadra, con un caballo ensillado y otro ya montado por una figura envuelta en una capa oscura y el cabello rebelde y despeinado por el viento.

«Llévatela. Llévatela a algún lugar lejos de aquí», había dicho.

Yo no le había preguntado el motivo, porque no tenía necesidad de saberlo y porque además creía conocerlo ya. Él la había amado primero a ella, y todavía la amaba, y no deseaba verla morir.

Y aunque tampoco le había preguntado sus motivos para mi actual misión, asimismo podía imaginármelos. Habían trascurrido cinco años y él había cambiado de opinión; pero no en lo referente a dejarla marchar.

En lo referente a dejarla vivir.

Y por eso yo continuaba todavía en el castillo, fingiendo que notas y reina eran de mi incumbencia. Debería haber estado montado sobre mi caballo, cabalgando a toda velocidad por el camino largo y recto que termina serpenteando montaña arriba. Ya podría haber estado en la aldea, en aquella diminuta cabaña. Imaginé los ojos de Jacinda abriéndose como platos al verme. Ella comprendería al momento por qué me encontraba allí.

Comprendería que la clemencia del rey se había agotado y yo había sido enviado a ejecutar la voluntad real.

En lugar de eso, yo estaba aquí mismo, en el castillo, hablando con la reina. La única persona, aparte de mí, que no deseaba que eso sucediera.

Pero solo porque ella no sabía lo que estaba sucediendo. La reina pensaba que Ciar me enviaba a por Jacinda para reemplazarla. Yo había creído eso mismo, hasta que me vi obligado admitir cuán ridícula era esa posibilidad. Ninguno de nosotros piensa con racionalidad cuando de los responsables de sus cicatrices más profundas se trata.

—Lo siento, Majestad —dije—, pero el rey me ha dado una orden y debo cumplirla.

—¿Porque eres su fiel sirviente? —preguntó torciendo el gesto.

—Lo soy.

—Por favor, Garrin. —Articuló mi nombre como si lo tuviese atascado en la garganta—. A mí no me engañas. Eres peligroso. Algún día te volverás contra Ciar.

Lo dijo como si fuese una conclusión propia, aunque esa era la opinión de hasta la última persona del castillo.

Opinión equivocada. No obstante, nada de lo que dijese la iba a convencer, así que no dije nada.

—¿Sabes cómo lo sé? —Pasó las piernas por encima del borde de la cama y Amelie la tomó de la mano para ayudarla a ponerse en pie—. Porque es lo que yo hice. Tantísimos años siendo la hermana de segunda, sin derechos ni nada por el estilo, la hermana agradecida en deuda con ellas por proporcionarme un techo bajo el que cobijarme, por cederme un lugar en mi propia casa… Nunca imaginaron que algún día podría arrebatarles todo lo que poseían; pero eso es lo mejor que he hecho en la vida.

—Ellas fueron crueles con vos —dije yo—. Os trataron como a una esclava. Ciar me trata como a un amigo. —Ella profirió un ruidito escéptico y yo me puse en tensión—. Tanto si lo creéis como si no, es cierto.

—Ah, lo creo. —Se soltó de la mano de Amelie—. Pero ambos sois tontos si pensáis que eso cambia algo. Incluso así, él tiene infinidad de cosas que tú no tienes.

—Son suyas. Yo no las quiero. Soy leal a Ciar. Siempre, siempre he sido leal a Ciar. —Estaba tan harto de que la gente lo dudara tras pasar veintidós años demostrando mi fidelidad… Aunque bueno, ella solo había vivido en el castillo cinco de esos años—. Siempre he hecho todo lo que me ha pedido y continuaré haciéndolo. Dudo que vos podáis decir lo mismo.

Ella se irguió y su mirada se tornó glacial.

—Ten cuidado. Soy su esposa y tu soberana. Él me ama.

—Por supuesto que os ama. Ya os encargasteis vos de ello, ¿verdad?

Ella movió los pies hacia atrás en un gesto reflejo, a pesar de ir calzada con unas hogareñas zapatillas de satén adornadas con cuentas. Los zapatitos de cristal solo los lucía en las ocasiones especiales. Por suerte para ella vivíamos en un castillo, así que las mismas abundaban.

—Le robasteis la magia a vuestra hermanastra —aseguré con firmeza—. La utilizasteis para obligar al rey a amaros.

—¿Y qué más da si me ama gracias a mi belleza, mi inteligencia o la magia feérica? —me replicó airadamente—. Sea por lo que sea, la auténtica razón continúa siendo la misma. Me ama porque lo hago feliz. —Dio un paso hacia mí—. Y así es. Yo sí lo hago feliz.

—Pero no teníais que haber sido vos. Ese es el verdadero motivo por el que no la queréis aquí, ¿verdad? No porque ella os arrebatase lo que era vuestro, sino porque ¡vos! le arrebatasteis lo que era suyo.

—Te equivocas. —Tenía los labios blancos—. Fue mucho lo que robé a Jacinda, pero no le robé a Ciar. Y ahora lo único que deseo es conservar lo que me pertenece. Quiero que te la lleves lejos.

—Podríais ir a las islas Daeonian —terció Amelie, mientras yo permanecía inmóvil mirándolas fijamente—. El príncipe Ciar no os perseguiría a través de las montañas ni se arriesgaría a empezar una guerra. No por una mujer de la que se deshizo años atrás.

«Y tampoco por ti». No necesitaba decirlo. Ciar me echaría de menos, pero prestaría oídos a sus consejeros, y todos ellos estarían de acuerdo en que me convenía no estar aquí. Un peligro menos.

—Yo me encargaría de lo necesario —añadió la reina—. Lo organizaría todo de modo que partieses con riquezas y papeles falsos.

Estaba claro que lo habían planeado con antelación. Una alternativa en caso de que su conspiración para asesinarme se torciera.

Este era un plan mucho mejor. No solo para mí, sino para todos. La madre de Ciar lo había propuesto en innumerables ocasiones, instando primero a su esposo y luego a su hijo a enviarme lejos.

—Si el bastardo de un rey vive en la corte constituye una amenaza —les había dicho. Sabía que yo lo estaba oyendo; le había traído sin cuidado—. Sin embargo, si el bastardo vive en el extranjero no es nada. Será mucho más feliz bien lejos de aquí.

Esto último lo decía en atención a Ciar. A ella mi felicidad le importaba un comino.

Lo que no quiere decir que no tuviese razón.

—¿Y qué os hace pensar que Jacinda estaría dispuesta a irse de aquí conmigo?

—Tú confía en mí —dijo la reina sonriendo y con los ojos brillándole.

—Pero ahí está el quid de la cuestión. No confío en vos. —Apreté la mandíbula—. Sí que confío en Ciar, empero. Él es mi rey. No lo traicionaré.

Las palabras se me antojaron vacías, pero sonaron firmes y yo sentí encogérseme el estómago, señal de que estaba haciendo lo correcto.

—Menudo idiota —dijo la reina entre dientes, pero yo ya había oído lo suficiente y perdido demasiado tiempo. Me giré hacia la puerta y la abrí.

Ciar estaba plantado al otro lado.

Me di la vuelta justo a tiempo para ver cómo la reina asumía una expresión de sorpresa, algo que se le daba muy bien. Su turbación me hubiera resultado convincente de no haber visto su semblante un instante antes de que adoptase el gesto de sorpresa.

Esa había sido su intención: que Ciar estuviese allí. Para oírme acceder a traicionarle, a arrebatarle lo que le pertenecía, a convertirme en el peligro que todo el mundo siempre le había avisado que yo acabaría por ser.

Mi corazón palpitó de terror cuando me di cuenta de lo cerca que había estado de caer en la trampa de la reina. Hice una reverencia a mi soberano, tratando de ganar tiempo para recomponer mi semblante.

—Garrin —dijo Ciar con tono frío—, todavía tienes pendiente tu misión. ¿A qué se debe?

—Me disponía a ponerme en camino. —Lancé a la reina una mirada, incapaz de borrar por completo el resentimiento de mi voz. Esta trama suya había sido planeada para terminar con mi muerte; tenía derecho a guardarle un poco de rencor—. Pero, tal como podéis ver, me han entretenido.

Del rostro de Ciar se borró toda expresión, como si fuese incapaz de decidir cuál superponerle. Yo solo le había visto ese semblante una vez, y ese recuerdo se abrió camino de improviso y sin ser llamado: el dolor desgarrándome la espalda, mi cuerpecillo tensándose a la espera del siguiente latigazo, la sangre en mi labio donde me lo había mordido tratando de no gritar. Ciar, con la mano de su madre aferrando la suya, manteniéndolo a su lado y obligándolo a mirar.

Yo no había visto qué expresión eligió a la postre. El siguiente latigazo me arrancó un alarido y me giré avergonzado. Cuando levanté la mirada, su madre se lo estaba llevando, y a Ciar solo alcancé a verle el cogote.

En mi recuerdo había una lágrima en su mejilla. ¿Pero de veras la había visto?

No podía estar seguro. De manera que ahora escruté su rostro, con más intensidad de la que el momento merecía, e incluso aunque él ni siquiera me estaba mirando. Él estaba mirando a su reina.

Ella le devolvió la mirada, con la misma intensidad con la que yo lo estaba escrutando, pero el rostro de Ciar se mantuvo inexpresivo, hasta que al cabo su esposa cruzó la habitación a grandes zancadas dirigiéndose hacia él, con los faldones susurrando contra sus piernas.

—Amor mío —dijo ella—. No lo hagas, por favor. No traigas a mi hermanastra de vuelta a nuestras vidas.

—Lo siento. —Aunque no sonó como si lo sintiera—. La necesitamos.

¡¿Por qué?! —La reina alzó la voz y perdió el control de su acento; su entonación vulgar y basta se coló dejándose oír—. He mandado venir a los doctores de las islas. Dicen que pueden ayudarme. Concebiré, Ciar, tan solo…

—Los doctores no pueden ayudarte. —Ciar se apartó de su consorte y ella se estremeció como si él la hubiese golpeado—. ¿No te das cuenta? Es la magia feérica lo que está obstruyendo tu vientre. Tu hermanastra te echó una maldición. Tenemos que obligarla a revertirla.

Los ojos de la reina se abrieron de par en par. Ella sabía perfectamente que la única magia que su hermana había conjurado estaba atrapada en el par de zapatitos guardados en su propio ropero.

—Quería ocultártelo para ahorrarte el sufrimiento. —El tono de Ciar era sincero, su mirada profunda y cálida… pero no tocó a su esposa—. Veo que estaba equivocado. Lo siento. Vayamos juntos.

—¿Juntos? —repitió la reina, por cuyo rostro pasó una fugaz expresión de alarma.

—Sí. Partamos los tres —Amelie le dedicó un exagerado mohín que solo yo vi—, para traer a tu hermanastra y obligarla a anular su última tentativa de dañarte.

La reina me miró y luego volvió a mirar a su marido.

—No tienes que temerla —continuó Ciar con dulzura—. Ya no. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, pero sigo sin creerlo. —La reina respiró hondo y alzó la barbilla—. Pero contigo siempre me siento segura. Tú ya me rescataste una vez. Sé que me rescatarás de nuevo.

Ciar alargó la mano hacia la de ella y entrelazó los dedos con los suyos.

—Estupendo —dije yo. Sabía que mi voz sonaba demasiado ácida pero no pude evitarlo; además, Amelie estaba poniendo unas exageradas caras de asco y si yo dejaba de concentrarme en mi propia amargura estallaría en risas—. Nos lo vamos a pasar pipa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Yo ya iba vestido con mi ropa de montar, así que tenía tiempo de sobra hasta la hora en la que teníamos que reunirnos en las caballerizas. A pesar de ello, acudí directo allí, ensillé mi caballo a toda prisa y luego lo dejé tras darle una palmadita en el hocico para dirigirme al compartimento que albergaba la yegua favorita de la reina.

Contaba con ser el primero en llegar. Mi plan consistía en ocultarme para poder escuchar a escondidas la conversación entre la reina y Amelie. Sin embargo, había errado en mis cálculos. Las dos se encontraban ya en el cubículo de la yegua, y tuve que limitarme a merodear tras las paredes de madera. Me pareció que era Amelie la que hablaba mayormente, pero yo estaba demasiado lejos para oír lo que estaba diciendo. Su voz era como una brisa suave que, para cuando alcanzaba mis oídos, ya se había disipado en hálitos incomprensibles.

Sin embargo, la voz de la soberana era cortante y clara como el cristal:

—Yo sí estoy cumpliendo mi parte del trato. Lo único que pido es un día más de plazo. Te devolveré los zapatitos cuando regrese. Juré liberarte y así lo haré.

Amelie dijo algo y la reina rio con amargura antes de volver a hablar:

—¿Y de qué va a servir decirle que mi vientre ha concebido si él ya ha elegido otra esposa y otro heredero? Puede apartarme a un lado fácilmente y legitimar al hijo de ella. Entonces, el mío será el bastardo y ella, una vez más, tendrá todo lo que debería haber sido mío. El amor del rey por mí es la única arma de que dispongo. Necesito conservarlo.

Estaba tan ansioso por oír más que me arriesgué a acercarme y, aunque débilmente, alcancé a escuchar lo que Amelie dijo a continuación:

—El amor no cambia las acciones de nadie, mi reina. Y menos en el caso de vuestro marido.

—Las cambió en una ocasión —replicó la reina, y entonces yo debí de hacer ruido porque ambas se callaron y se volvieron en mi dirección. Dejé atrás la pared, entré como si acabase de llegar e hice una venia.

—Majestad, ¿estáis lista para partir? —pregunté.

—Supongo que tendré que estarlo —respondió ella apartándose de su montura.

Tardé un instante en caer en la cuenta de qué es lo que estaba esperando. Apreté los dientes, me arrodillé y comencé a ajustar las cinchas de su silla.

Amelie prorrumpió en risas, que sonaron cual tintineo de campanas.

—Esa es una de las cosas que siempre me ha gustado de vos, mi señora: vuestra mezquindad —dijo.

—Bueno —replicó la reina con expresión adusta—, tuve las mejores profesoras.

—La mezquindad no era el fuerte de Jacinda —objetó Amelie moviendo la cabeza negativamente—. Primero tenía que esforzarse hasta conseguir odiar. ¡Qué gran pérdida de energía!

El cuero se me escapó de la mano. Por algún motivo, me llevé una sorpresa al oír su nombre. Aunque ella era el motivo de todo este embrollo, yo tenía la extraña sensación de que el asunto era algo totalmente ajeno a ella. Como si Jacinda solo existiera como un mero dibujo; uno que cada uno de nosotros hubiese trazado conforme a la imagen que cada cual tenía de ella; un dibujo frente al que continuábamos reaccionando, ante la ausencia de la realidad de la auténtica Jacinda.

«Salvo yo». Pero nada más pensarlo supe que no era cierto. Yo había compartido un baile con Jacinda y una terrible cabalgada nocturna y, desde entonces, solo había contado con mi propia imagen de ella. El recuerdo de esa única faceta suya de la que yo había sido testigo: no la de la muchacha que había anhelado con desesperación la aprobación de su madre, no la de la muchacha que había maltratado a su hermanastra tan sádicamente como había podido, no la de la muchacha que había derramado su propia sangre y tenido tratos con las hadas para convertirse en reina. Solo la de una muchacha que escapaba por la pradera, con el castillo alzándose amenazador sobre ella; la de una muchacha aterrada que, no obstante, se había detenido para un baile breve y desenfrenado.

Esa era la Jacinda que yo recordaba. Pero la reina recordaba a esa misma persona de manera distinta y, cuando yo me erguí y la miré a sus ojos azules, vi que estaba aterrorizada. Temía encontrarse cara a cara con la persona que en el pasado la había maltratado, cuando ella todavía era una cría indefensa.

—La última vez la vencisteis —le recordé—. Ahora no tenéis nada que temer.

Sus ojos garzos se abrieron de par en par y sus labios se contrajeron.

—¿Es que nunca te lo contó? —inquirió.

¿Es que absolutamente todo el mundo estaba al tanto de lo mío con Jacinda? ¿Y es que todo el mundo daba por hecho que había habido más de lo que en realidad había habido?

—¿Contarme el qué?

—Que yo nunca la vencí. Que no le robé esos zapatitos.

Me reí ásperamente, sabiendo que esa era la única vez que iba a osar reírme de mi reina.

—Entonces, ¿cómo llegaron a vuestros pies? ¿Os los entregó a modo de regalo?

—Sí.

Ambos nos sostuvimos la mirada. Luego yo desvié la mía hacia Amelie, que me miró a su vez y asintió en silencio.

—¿Por qué iba a hacerlo? —pregunté.

—No lo sé. Jamás me lo dijo. —La reina subió y bajó los hombros—. Culpabilidad, tal vez.

—No soy capaz de imaginarme a Jacinda sintiéndose culpable —dije soltando un resoplido.

—Tú no la conocías. La amabas, y eso te cegó.

—Y vos la odiabais —repliqué—, y eso no es más que otro tipo distinto de ceguera.

Ella se rió, queda y amargamente.

—¿Y tú cómo puedes saberlo, Garrin? ¿A quién odias? Tengo la sensación de que lo único que sabes hacer es gimotear y someterte, incluso ante quienes te tratan injustamente una y otra vez…

—Majestad —terció Amelie. Una advertencia.

La reina apretó los labios, luego soltó el aire que estaba conteniendo y relajó los hombros. Apartó la mirada de mí y se volvió hacia su doncella, a la que dirigió una sonrisa dulce y compungida.

—¿Qué voy a hacer cuando no estés aquí para aconsejarme, Amelie?

Amelie se encogió de hombros.

—¿No estás dispuesta a quedarte? —preguntó la reina—. Cuando ya no tenga ningún poder sobre ti, ¿no sentirás ni el más mínimo deseo de protegerme?

Amelie la miró de soslayo, como si la reina hubiese dicho algo de lo más estúpido.

—No, mi reina. Esa es una magia que nosotras ni practicamos ni comprendemos. Ya os lo he dicho, infinidad de veces.

—Al mirarte veo algo distinto. A lo mejor ya no sabes quién eres en realidad.

Amelie estalló en risas, que sonaron cual campanas tocando a rebato.

El rostro de la reina se endureció. Se volvió hacia mí.

—Ayúdame a montar, Garrin, y deprisa. No queremos hacer esperar al rey.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Ni que decir tiene que fue Ciar el que nos tuvo esperando a nosotros; no por significarse, sino porque jamás se le habría ocurrido apresurarse por consideración hacia otros. La reina y yo ya no teníamos nada más que decirnos y fue una espera larga e incómoda.

Finalmente, partimos poco antes del mediodía. Para cuando arribamos a la cabaña, el sol ya estaba arrastrando los colores del cielo hasta detrás de las montañas, dejando en su lugar una mancha violácea y oscura.

La mayor parte del tiempo cabalgamos en silencio. Tuve que ir mostrándoles el camino, lo que fue una buena excusa para mantener mi montura lo bastante adelantada como para no oírles, incluso de haber hablado.

Pero creo que no fue el caso.

Ciar iba vestido con un sencillo atuendo negro con una capucha que le cubría la cabeza, y Ella llevaba un traje de montar gris y un velo que le tapaba la mitad inferior de la cara. No eran tanto disfraces como una indicación a sus súbditos de que debían fingir no reconocer a sus monarcas. Tanto los viajeros con los que nos encontramos por el camino como los aldeanos de las montañas obedecieron en todos los casos.

La cabaña de Jacinda estaba apartada de la aldea, lo que ahora me pareció una crueldad innecesaria. Desmonté junto a la valla recién pintada, sintiéndome consternado al descubrir que mi corazón palpitaba con fuerza. No habría sabido decir si de impaciencia o temor.

Ciar desmontó a su vez y luego ayudó a su esposa a bajar del caballo. La reina tenía el rostro pálido como la nieve. Eso sí que era pavor y, en cuanto lo vi, reconocí cuán distinto era de lo que yo sentía. Yo me había armado de valor para el encuentro, pero en realidad no estaba asustado.

Estaba… ansioso.

Ahora bien, nosotros tres no nos estábamos preparando para ver a la misma persona. Los tres la habíamos contemplado desde ángulos distintos, con cada una de nuestras perspectivas ocultando determinados aspectos suyos y destacando otros. Y Jacinda era más de lo que cualquiera de nosotros percibía en ella. Estaba compuesta no de esas perspectivas sino de un núcleo al que, hasta donde yo sabía, ninguno de nosotros jamás había llegado a acercarse.

Miré a Ciar y esperé hasta que me hizo un gesto con la cabeza, entonces me acerqué a trancos a la puerta y llamé.

No hubo respuesta.

Ciar se acercó y se quedó detrás de mí. Yo sabía que él no iba a llamar —eso no era propio de la realeza—, así que empuje la puerta y entré.

Toda mi mentalización se fue al garete tras una sola mirada.

Ciar emitió un ruidito, cruce entre tos y jadeo, y yo alargué las manos en un gesto reflejo para sujetarlo.

Al hacerlo me giré y vi el rostro de la reina. Se había llevado una de sus delicadas manos a los labios y apretaba el velo contra la boca. Pero sí que le vi los ojos, y la expresión en ellos cuando se dio cuenta de que su hermanastra estaba muerta.

Durante unos segundos, en la cabaña reinaron una inmovilidad y un silencio absolutos.

Durante esos escasos segundos, me fijé en varios detalles de la estancia en la que nos encontrábamos.

Ordenada y limpia, salvo por el charco de sangre cada vez más oscuro.

Una hoja de metal en la mano de Jacinda, sus dedos curvados alrededor del mango.

El oscuro cabello había estado recogido en trenzas, pero se habían soltado, y ahora estaba desparramado en torno a su rostro inmóvil, con algunos mechones apelmazados por la sangre.

Su cadáver estaba agarrotado y rígido. Llevaba muerta solo uno o dos días.

Las mantas en su camastro se abultaban y formaban una enorme protuberancia, protuberancia que estaba completamente inmóvil.

—Tú eres el autor de esto —dijo la reina con voz aguda, señalándome—. Tú eras el único que sabía dónde estaba. ¡Tú la has matado!, ¡tú!

La frase terminó en un sollozo ahogado, antes de que levantase las manos para cubrirse los ojos.

—¿Estáis llorando por ella? —pregunté, con tono mucho más duro del que debería haber osado utilizar al dirigirme a mi soberana; pero a veces la magia feérica no es imprescindible para hacer que la gente no se preocupe por las consecuencias—. Vos ordenasteis su muerte cinco años atrás. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

La reina se acercó unos pocos pasos, luego se detuvo, probablemente por el hedor, y contempló el rostro inmóvil y rígido de su hermanastra.

—Cinco años —dijo—. Eso es todo lo que ha cambiado. Han pasado cinco años. Esos años no han alterado lo que me hizo, pero me han proporcionado tiempo para odiarla menos.

—Amor mío —terció Ciar, y ella se giró hacia él.

Por la mirada de su cara, durante un instante creí que le iba a acusar a él, al rey, de haberme ordenado hacer eso. Pero, en lugar de culparle, dejó escapar un grito ahogado y se arrojó a sus brazos.

Me aproximé al cadáver de Jacinda y me arrodillé a su lado. Le habían rebanado la garganta, limpia y profesionalmente. Lo más seguro es que solo hubiera tardado segundos en morir.

Apreté los dientes. Con Ciar mirando no me atreví a llorar.

—¿Quién puede haber hecho esto? —preguntaba la reina entre sollozos.

La respuesta obvia era: «tú». Ella había tratado desesperadamente de mantener a su hermanastra bien lejos y se había sentido incapaz de impedir que yo la llevase de vuelta a la corte. Seguro que Amelie y ella tenían preparado un tercer plan alternativo.

Pero ellas no sabían dónde estaba Jacinda.

¿O sí? Sospechaba que Amelie contaba con maneras de averiguar cosas que yo ni siquiera era capaz de imaginar.

—Todos lo hicimos —respondió Ciar con tristeza—. La abandonamos, con su soledad y pesar, y no pudo resistir más. Ella misma se quitó la vida.

—No. —La reina se apartó ligeramente de él—. No. Eso no es lo que Jacinda… ella, ¡jamás!

Yo me inclinaba a estar de acuerdo con esta opinión. No por aquella ferocidad que recordaba: en cinco años pueden cambiar muchas cosas, incluida esa; sino por ese bulto en la cama, que acababa de ver moverse.

No dije nada, empero, porque la reina tenía razón. Yo era la única persona que había estado al tanto del paradero de Jacinda. Nunca se lo había contado a Ciar; él me lo había puesto fácil no preguntando en ningún momento. Nunca se lo había contado absolutamente a nadie. Si se juzgaba que se trataba de un asesinato, yo sería el único sospechoso.

Los sollozos por la mujer a la que antaño había condenado a muerte sacudieron los hombros de la soberana. El rostro de Ciar se veía demacrado y afligido —se trataba, me percaté, de una nueva expresión que estaba practicando—; sus ojos, amables cuando miró a su esposa. La reina se giró hacia la puerta y yo atisbé el brillo del cristal bajo el dobladillo. Una elección curiosa como calzado de montar.

Ciar miró por encima del hombro de la reina y sus ojos se encontraron con los míos.

—Deberías registrar la habitación —me dijo.

No miró el bulto de la cama. Dejaría que fuese yo quien lo destapase y fingiría no haber sabido que estaba allí.

«Es la falta de un heredero lo que está provocando el problema».

«Él puede legitimar al hijo de ella».

—Naturalmente —dije, obediente como siempre, y vislumbré una tenue chispa de alivio en sus ojos antes de que volviese a mirar a su esposa.

Yo siempre había sido obediente, pero él nunca había confiado plenamente en mí. Siempre había estado esperando que algo me hiciese volverme en su contra.

Claro, ¡cómo no!, me había hecho seguir. Todos esos años atrás, cuando yo había cabalgado veloz con Jacinda por aquellos caminos, habíamos tenido a alguien pisándonos los talones. Para garantizar que yo cumplía sus órdenes. Para garantizar mi regreso. Para garantizar que yo no trataba de apoderarme de lo que le pertenecía.

El hombre que se había precipitado por la ventana dos días después de mi regreso había sido justo la clase de persona que él habría escogido para esa tarea. Un fiel don nadie.

No era de extrañar que Ciar jamás me hubiera preguntado dónde estaba. Durante todo este tiempo, él lo había sabido. Sin embargo, me había enviado a mí a llevarla de vuelta en lugar de venir él mismo.

¿O sí que había venido?

Aparté la manta. El niño que había debajo la agarró y tiró, tratando de cubrirse de nuevo. Sus ojos oscuros estaban aterrorizados y abiertos como platos, su redonda cara estaba lavada y limpia, su cabello negro era una maraña de rizos.

Tenía unos cinco años y se parecía a Ciar.

No puedo explicar lo que se apoderó de mí al mirar esa carita redondeada; los enormes ojos oscuros, asustados pero confiados y expectantes. Diría que fue la magia, porque de acuerdo con mi propia experiencia solo el amor producto de la magia golpea así: rápido, repentino y sin pies ni cabeza.

Pero las hadas no engendran hijos, y esa clase de magia ni la practican ni la comprenden.

—¿De quién es este niño? —inquirió la reina con voz aguda, y yo me volví.

Los ojos de la soberana miraban acongojados por encima del velo. Ella ya sabía de quién era ese niño. Y ahora sabía por qué Ciar había salvado a su hermanastra y por qué había enviado a buscarla ahora, tras cinco años de matrimonio sin descendencia.

Salvo que en realidad él no había enviado a nadie. No en un principio. Él había cabalgado hasta aquí en solitario, para informar a Jacinda de que necesitaba recuperar a su heredero.

Me lo imaginé. Ciar presentándose de improviso, confiando en que ella le entregara a su hijo para así poder criar al niño en la corte. Un heredero por si necesitaba uno… o, si la reina Ella le proporcionaba otro, un bastardo real.

Probablemente no se había imaginado que Jacinda pudiera negarse. Que pudiera tratar de arrebatarle lo que era suyo.

A todos nos habían enseñado a no quitarle nada a Ciar… y, como consecuencia, él también había aprendido algo: a no esperar ni permitir que nadie le arrebatase nada.

Cuando años atrás su madre lo había obligado ver cómo me azotaban, Ciar había obedecido en silencio, su carita vacía de toda expresión. Terminado el castigo, había tomado a su madre de la mano y había permitido ser llevado a su habitación.

Jamás me había dicho ni una palabra sobre el asunto. Jamás de los jamases. Yo había pensado que a lo mejor estaba avergonzado, a lo mejor se sentía confundido, a lo mejor estaba enfadado. Lo había imaginado llorando por mí.

Todos nos comportamos como unos grandísimos tontos cuando de las personas que necesitamos que nos quieran se trata. Esa era mi única excusa para haber pasado por alto la explicación más obvia.

Él no había dicho nada porque, por lo que a él respectaba, no había nada que se tuviese que decir.

La reina profirió un débil gimoteo en el que percibí pena genuina. Ella tampoco era capaz de ver la verdad sobre la persona cuyo amor ansiaba. Con qué facilidad había creído que su hermanastra le había regalado los zapatitos por generosidad… a pesar de que Jacinda jamás le había demostrado generosidad en toda su vida.

Y tal vez la mayor crueldad que Jacinda le había infligido a su hermanastra había sido entregarla a Ciar.

Sin embargo, ni aun así había logrado escapar de él. Me pregunté si Jacinda se habría sorprendido al verlo en su puerta y cuánto tiempo se habría prolongado la lucha. Aunque sus trenzas se habían soltado, como pelea no habría sido gran cosa. Ciar era mucho más corpulento y estaba bien adiestrado. Era implacable y tenaz.

Me pregunté por qué Ciar no se había llevado al niño entonces. Podía haberse salido con la suya: era el rey. ¿Había temido la reacción de la reina?, ¿o la de la corte? Al fin y al cabo, si hubiese aparecido con un niño, sin explicación alguna, su linaje siempre se habría puesto en entredicho. Incluso aunque se le pareciese.

Hablé sin pensar. De haber pensado, es posible que no hubiese hablado.

—Es mío —afirmé.

Ambos rostros se volvieron hacia mí: Ciar, horrorizado; la reina, asombrada.

Pero ninguno incrédulo.

Todo el mundo pensaba que yo había conocido a Jacinda mucho mejor de lo que la había conocido. Que entre nosotros había habido más de lo que en realidad había habido.

Yo no la había conocido en absoluto. Pero ahora ella estaba muerta y ya no importaba demasiado quién había sido realmente, ¿verdad? Lo único que quedaba era la imagen de una persona particular que ella había grabado en cada uno de nuestros corazones. En el de Ciar. En el de Ella. En el mío.

En el de ese niño.

—Nunca me lo dijo —continué. No era difícil sonar traicionado y como un tonto—. Nunca me habló de mi propio hijo.

La reina tomó aire, luego lo soltó sin proferir palabra.

—Tenía que haberlo sabido —continué—. Me hizo jurar que nunca le contaría a nadie lo nuestro, y por cómo se marchó… tan súbitamente… tenía que habérmelo imaginado. ¿Cómo he podido ser tan estúpido?

Miré al rey a los ojos y mantuve mi expresión de costumbre: lealtad, confianza, sumisión ciega.

Lo vi analizar la situación. El parecido. Las fechas. El hecho de que él jamás había engendrado un hijo, no con ninguna de todas esas otras mujeres y tampoco con su esposa.

—Lo siento —dije, y vi que me creía.

Todos esos años de obediencia tuvieron por fin su recompensa. Él no iba a pensarme capaz de hacer algo así de osado, no cuando nunca, nunca jamás, desde que teníamos siete años y jugábamos con lanzas, le había arrebatado ni una sola cosa.

La reina entrecerró los ojos y pensé que a lo mejor no la había engañado; pero daba igual, porque ahora nos encontrábamos en el mismo bando. A ella le convenía que el niño fuese mío. El bastardo de un rey era una amenaza, pero el bastardo de un bastardo no era nada de nada.

La reina no tardaría en darse cuenta de que yo estaba apartando al niño del centro de la corte, de los ojos de su padre, de su propio hijo. Cuando llegase el momento de alejarlo todavía más, de llevármelo a algún lugar bien apartado de toda la realeza, confiaba en que ella se acordase del trato que me había ofrecido por la mañana.

Me coloqué delante del niño, para que no viese el cadáver de su madre. Él alzó sus manitas hacia mí —¿cómo podía ser así de confiado?, ni idea: su madre debió de conseguir que al chiquillo el mundo se le antojara un lugar muy seguro— y yo lo cogí en brazos.

—Vámonos —dije—. Quiero llevarme a mi hijo a casa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Y esto es lo que hay. Esta es la historia que prometí contarte cuando fueses lo bastante mayor para oírla.

Seguramente aún no lo seas, pero no he tenido elección. Es posible que no pueda esperar hasta que cuentes con la bastante madurez y sentido común —y, en serio, un jovencito que le pone esas caras a su padre ni por asomo es lo suficientemente mayor—, jajaja, bueno, ya vale.

Con el tiempo, se te ocurrirán preguntas. Te contestaré, si puedo.

Probablemente ya te estés preguntando por qué Lissa no ha sido parte de este relato.

No hay un porqué, hijo. Simplemente no lo fue. El castillo estaba lleno de gente que no lo fue. Mencioné su nombre al principio solo porque era la única oportunidad que tenía; era el único momento en que ella rozó de pasada esta historia.

Se te tiene que antojar extraño, dado que en todos tus recuerdos de nosotros ambos aparecemos cuidándote mano a mano. Pero el cómo llegó a suceder eso…

Bueno, eso ocurrió después, mucho después. Y es una historia para otro momento.

Copyright © 2020 Leah Cypess

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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