Se han ido, de John Crowley

John Crowley es sin duda un autor fundamental dentro la narrativa fantástica de estas últimas décadas, como demuestra el hecho de que en 2006 se le concediese el premio Mundial de Fantasía por toda su carrera. En los más de cuarenta y cinco años que lleva escribiendo ha publicado unas diez novelas y alrededor de un par de docenas de relatos. Entre las primeras destacan Pequeño, grande (ganadora del premio Mundial de Fantasía y finalista de prácticamente todos los demás galardones importantes del género) y su monumental tetralogía La historia secreta del mundo (que se abre con la novela Aegypto). Como curiosidad me gustaría destacar que también es autor de numerosos guiones de documentales, sobre todo históricos, y que, de hecho, su vocación inicial no fue la literatura sino el cine.

Aunque gran parte de las novelas y relatos de este escritor han sido traducidos al español ―sobre todo gracias a la editorial Minotauro, a la que sin embargo más de uno jamás perdonará que dejase inacabada la tetralogía antes mencionada―, el cuento con el que en 1997 ganó el premio Locus y fue finalista del Hugo y del Theodore Sturgeon continuaba inédito en español, algo bastante sorprendente dado que se trata de una historia original y deliciosa y, en mi opinión, uno de sus mejores relatos. Por suerte, hoy tengo el grandísimo honor de poder ofrecéroslo aquí.

Se han ido (Gone) se publicó en 1996 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction. y posteriormente ha sido incluido en varias antologías y en un par de colecciones del propio autor, además de ser traducido al francés y al alemán. Tal como comentaba anteriormente, en 1997 se alzó con el prestigioso premio Locus y fue nominado al Hugo y al Sturgeon. Se trata de una extraña y emotiva historia de ciencia ficción y, a pesar de no ser un cuento navideño, está imbuida de un espíritu de lo más acorde a estas fechas. De manera que me parece perfecta para el día de hoy y para tratar de empezar este nuevo año con buen pie. Así que si tenéis un hueco aprovechad para leer Se han ido antes de que se acaben estas fiestas.

Para terminar me gustaría agradecer a John su amabilidad al permitirme tener en Cuentos para Algernon este relato, algo que me hace una especial ilusión dado que este es un autor al que descubrí y empecé a leer hace muchos, muchos años. Thanks a million, John!

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Se han ido

John Crowley

Elmers de nuevo.

Esperaste el tuyo sintiendo una especie de regocijo exasperado, pensando que dado que la otra vez habías sido pasada por alto tu casa ahora sí que probablemente estaría entre las elegidas, aunque cómo se desarrollaba ese proceso de selección nadie lo sabía, lo único que se sabía era que se había detectado una nueva cápsula entrando en la atmósfera (captada por uno de los miles de satélites espías y aparatos con oídos y ojos que vigilaban la Nave Nodriza que durante el pasado año había estado orbitando alrededor de la luna) y, aunque al parecer la cápsula se había incendiado en la atmósfera, eso era justo lo mismo que había sucedido la otra vez y, acto seguido, elmers por doquier. No era descartable que se te saltaran o pasasen por alto —la ocasión anterior había habido personas que fueron dejadas a un lado a pesar de que a su alrededor todos sus vecinos y amigos los habían aguantado y padecido, y que de vez en cuando eran entrevistados en las noticias, a pesar de que, al fin y al cabo, no tenían nada que contar, éramos los demás quienes teníamos historias—, pero de todas maneras empezaste a mirar por la ventana, observando el camino de entrada, los oídos bien abiertos por si el timbre de la puerta sonaba en mitad del día.

A Pat Poynton no le hizo falta mirar por la ventana del dormitorio de sus hijos en el que estaba cambiando las sábanas de las camas, la única ventana desde la que se veía la puerta principal, cuando sonó el timbre en mitad del día. Casi podía oír, de manera subliminal, cómo uno de cada dos timbres de Ponader Drive, uno de cada dos timbres de South Bend sonaba justo en ese instante. Y pensó: Aquí está el mío.

Se les había ocurrido llamarlos elmers (o Elmers) al menos en todo Estados Unidos después de que David Brinkley[1] contase en una tertulia televisiva la historia de cómo, durante la construcción de la exposición universal de Nueva York de 1939, se pensaba que a los habitantes de las zonas rurales, a los habitantes de pequeñas ciudades como Dubuque, Rapid City y South Bend jamás se les pasaría por la cabeza viajar a la costa este y pagar cinco dólares para ver todas esas maravillas, que creerían que el magnífico espectáculo a lo mejor no era para la gente como ellos; de suerte que los promotores de la exposición contrataron a una caterva de individuos —hombres de aspecto corriente con ropa corriente que llevaban gafas y pajaritas corrientes— a fin de que se desplegaran por lugares como Vincennes, Austin y Brattleboro[2] y simplemente contaran maravillas sobre ella. Para que fingieran ser tipos normales que habían visitado la exposición, y allí nadie los había mirado por encima del hombro, en absoluto, amigo, lo pasé de miedo y la parienta también, y ¡caramba!, sí que había visto el futuro sí, tal como proclamaba su pin de la exposición, y te podía garantizar que la visión merecía los cinco dólares que cobraban, sin duda, que no era demasiado puesto que incluían la entrada a todas las atracciones y el almuerzo. Y a todos estos tipos, fuera cual fuera su verdadero nombre, los promotores que los habían enviado los llamaban Elmer.

Pat se preguntó qué sucedería si se limitaba a no abrir la puerta. ¿Acabaría por marcharse? Lo que estaba claro era que no entraría por la fuerza, con ese aspecto delicado y amorfo (desde la ventana del piso superior veía que era idéntico a los anteriores) y eso la hizo preguntarse cómo, al fin y al cabo, era posible que todos hubieran logrado entrar porque, hasta donde ella sabía, no eran muchos los que no habían conseguido al menos ser escuchados. Alguna sustancia química hipnotizante que calmaba el miedo, tal vez… Lo que Pat sintió plantada en lo alto de las escaleras oyendo tocar de nuevo el timbre de la puerta (con timidez, le pareció, con vacilación, con esperanza) fue un regocijo exasperado, exactamente igual que todo el mundo: una especie de «vaya por Dios, no» bajo el que borboteaba el asombro, incluso la expectación, porque ¿quién no se sentiría como poco intrigado ante la perspectiva de contar con su propio cortador de césped y leña, espaleador de nieve y acarreador de agua durante el tiempo que durara?

—¿Cortar el césped? —dijo el elmer cuando Pat abrió la puerta—. ¿Sacar basura?, ¿señora Poynton?

En ese momento, cara a cara, mirándolo a través de la contrapuerta de malla, Pat experimentó sobre todo una nueva faceta de la sensación que provocaban los elmers: una repugnancia mareante que no se había esperado. El elmer no era del todo humano. Parecía haber sido fabricado con la intención de que se asemejase a un ser humano por otro tipo de criaturas que no lo eran y no comprendían del todo qué es lo que otros humanos considerarían humano. Al hablar, su boca se movía («agujero-boca debe mover al emitir palabras»), pero daba la sensación de que el sonido provenía de otro lugar, o de ningún lugar.

—¿Lavar platos?, ¿señora Poynton?

—No —dijo ella, siguiendo las instrucciones que habían recibido los ciudadanos—. Por favor, vete. Muchas gracias.

El elmer no se marchó, por supuesto, se quedó en el umbral balanceándose suavemente como una chiquilla avergonzada a la que no le han comprado los boletos o las manualidades que vendía.

—Muchas gracias —repitió el elmer, con el mismo tono que ella—. ¿Cortar leña? ¿Sacar agua?

—Bueno, esto… —dijo Pat sonriendo con impotencia.

Lo que todo el mundo sabía, amén de la respuesta correcta que había que dar a los elmers, que todo el mundo daba y a la que casi nadie era capaz de atenerse, era que estas no eran en sí las criaturas o seres de la Nave Nodriza que estaba allá arriba (tan colosal que se alcanzaba a vislumbrar, del tamaño de la cabeza de un alfiler, cuando cruzaba por delante de la cara de la ofendida luna) sino una creación suya, enviados a modo de avanzadilla. Un artefacto, era la palabra oficial: una proteína de algún tipo, se creía; con algún proceso químico en el corazón o la cabeza, tal vez un ordenador basado en ADN o algo igualmente descabellado; sin embargo, nadie lo sabía porque la primera oleada de elmers —defectuosos, quizás— se había descompuesto en un abrir y cerrar de ojos, encogiéndose y derritiéndose como muñecos de nieve a los que en cierto modo se asemejaban tras una o dos semanas cortando césped, fregando platos y dando la tabarra a la gente con su Formulario de Buena Voluntad, marchitándose hasta convertirse primero en una especie de pelusa seca y luego en prácticamente nada de nada, como algodón de azúcar en la boca.

—¿Formulario de Buena Voluntad? —dijo el elmer que estaba en la puerta de Pat Poynton ofreciéndole una tablilla de un material que no era papel, en la que estaba escrito o impreso o, en cualquier caso, plasmado mediante algún sistema, un breve mensaje.

Pat no lo leyó, no le hacía falta, para cuando abrías la puerta a un elmer de la segunda oleada, como era su caso, ya te lo sabías de memoria. A veces, tumbada en la cama por la mañana durante la nefasta hora que precedía al momento en que los niños se levantaban para ir a la escuela, Pat repetía como una oración el escueto mensaje que por lo visto más tarde o más temprano iba a serles ofrecido a todos los habitantes de la Tierra.

BUENA VOLUNTAD

FIRME ABAJO

TODO BIEN CON AMOR DESPUÉS

POR QUÉ NO DECIR SÍ

|__| SÍ

Y ningún espacio para el «No», lo que quería decir —si se trataba de algún tipo de votación (y los expertos y políticos, aunque Pat no sabía cómo habían podido llegar a esa conclusión, creían que de eso se trataba), una votación a favor de permitir o aceptar la llegada o el descenso de la Nave Nodriza y sus ocupantes o pasajeros que nadie era capaz de imaginar— que tu única salida era rechazar cogérselo, negando con la cabeza con firmeza y diciendo «No» clara pero educadamente, porque podía ocurrir que incluso la mera aceptación de un Formulario de Buena Voluntad fuese equivalente a un «Sí» y, aunque sería un «Sí» a algo que nadie sabía con exactitud qué era, en los comités de expertos existía al menos una corriente de opinión que propugnaba que significaba el consentimiento, o al menos la no oposición, a la Dominación Mundial.

No obstante, tampoco debías disparar a tu elmer. Se decía que eso es lo que estaban haciendo en lugares como Idaho y Siberia, aunque una o dos balas no parecían afectarles lo más mínimo: seguían a lo suyo perforados con agujeros como los personajes de los antiquísimos tebeos de Dick Tracy, sonriendo con timidez desde el otro lado de la ventana. ¿Rastrillar las hojas? ¿Arreglar el jardín? Pat Poynton estaba convencida de que Lloyd no dudaría en disparar, de que se llevaría una buena alegría al tener por fin frente a él a un ser vivo, o que al menos se movía, que constituía una amenaza oficial para la libertad y al que podía apuntar. En el cajón de la mesa del recibidor, Pat aún conservaba la pistola Glock 9 mm de Lloyd; él le había avisado de que quería pasar a buscarla, pero jamás volvería a pisar esa casa, ella misma le dispararía con el arma si se acercaba demasiado.

La verdad es que no, no, no le dispararía. Pero bueno…

—¿Limpiar ventanas? —preguntó ahora el elmer.

—Ventanas —repitió Pat, sintiendo algo similar a esa mezcla, que experimentan las personas a quienes cómicos y maestros de ceremonias persuaden para que mantengan una conversación con una marioneta o muñeco, de timidez tonta con precaución, al olerse que al final van a ser ellos quienes acaben haciendo el ridículo—. ¿Limpias ventanas?

El elmer tan solo osciló frente a ella como un enorme muñeco hinchable.

—De acuerdo —accedió Pat, sintiendo henchirse su corazón—. De acuerdo, pasa.

Se movía con una gracia asombrosa; al desplazarse por la casa, el mobiliario y él parecían tener cargas opuestas, a la vista de cómo, cuando ya estaba muy cerca del horno o la nevera, de pronto era repelido suavemente y evitaba la colisión. Además daba la sensación de ser capaz de encogerse o comprimirse, de empequeñecerse en espacios angostos y volver a crecer hasta su tamaño habitual en los más amplios.

Pat se sentó en el sofá de la sala de estar y observó. Era imposible hacer ninguna otra cosa aparte de observar. Observó cómo agarraba el asa de un cubo; observó cómo quitaba el tapón de las botellas de productos de limpieza y parecía inhalar los olores para identificarlos; cómo cogía la espátula de goma y el trapo que ella le había buscado. El mundo, el universo, pensó Pat (el mismo pensamiento que estaban teniendo casi todas las personas que acababan de sentarse lentamente en el sofá de su propia sala de estar, o en su huerto o chatarrería o donde quiera que fuese, y observaban a un elmer de la segunda ola orientándose y poniendo manos a la obra): qué inmenso es el mundo, el universo, qué extraños; qué suerte he tenido de haberlo descubierto, de estar aquí y ahora presenciando esto.

De modo que el trabajo del mundo, al menos las pequeñas faenas, estaba siendo realizado mientras los humanos que acostumbraban a ocuparse de él se quedaban sentados mirando, compartiendo todos ellos el mismo sentimiento de gratitud y júbilo, y no solo porque las tareas estuvieran siendo ejecutadas: era una sensación de maravilla, de sobrecogimiento, una marea muerta universal como jamás había sido experimentada antes, no por esta especie, al menos no desde los remotísimos días en las praderas africanas cuando todos sus miembros podían compartir las mismas bromas, el mismo amanecer, el mismo asombro. Pat Poynton, ocupada observando al suyo, no oyó el piiipiiipiii del claxon del autobús escolar.

La mayoría de los días la mirada de Pat bailaba entre el reloj de pared y su propio reloj de pulsera con al menos media hora de anticipación al sonido de la bocina del autobús, igual que alguien que sumido en un sueño intranquilo se despierta todo el rato a fin de mirar el reloj y comprobar cuánto falta para que suene. Había acordado con el conductor que no dejaría salir a los niños hasta haber tocado el claxon. El hombre se lo había prometido. Ella no le había explicado el porqué.

Sin embargo, ese día el sonido de la bocina se había hundido en lo más profundo de su cerebro, y transcurrieron tal vez tres minutos hasta que Pat por fin lo volvió a oír o recordó haberlo oído sin apercibirse de ello. Se puso de pie de un salto mientras le invadía una espantosa certeza; salió por la puerta a toda prisa, mientras su corazón también se aceleraba de golpe, y cuando bajaba los escalones de la entrada alcanzó a ver cómo al final de la manzana los niños desaparecían en el interior del Chevrolet Camaro modelo clásico de Lloyd (cuyo agresivo rugido Pat cayó en la cuenta en ese momento también llevaba varios minutos oyendo) y cerraban con un portazo. Los gases expulsados por el tubo de escape doble del potente y robusto automóvil rojo cereza —la otra esposa de Lloyd, y su favorita— removieron las hojas al borde de la calzada, y acto seguido el coche salió disparado hacia delante igual que si hubiera recibido una patada.

Gritó y se volvió a un lado y otro, en busca de ayuda, pero la calle estaba desierta. De dos en dos, enfurecida y chillando aún, subió los escalones, entró en la casa y le pegó un tirón al cajón de la hermosa mesita estilo clásico donde estaba el teléfono; el aparato cayó al suelo con cada pieza por su lado, las patas del mueble se levantaron por los aires, sus fauces se abrieron y la Glock 9 mm a punto estuvo de caerse del cajón. Pat la agarró, salió por la puerta con ella y corrió calle abajo llamando a su ex marido por su nombre y apellidos, que alternaba con improperios e insultos obscenos que sus vecinos jamás la habían oído proferir; pero por supuesto que para entonces al Camaro ya se hallaba fuera del alcance de su vista y su voz.

Se han ido. Se han ido, se han ido. El mundo se oscureció y la acera se alzó hacia ella como si quisiera golpearle en la cara. De pronto estaba de rodillas, sin saber cómo había llegado a esa posición, sin saber tampoco si iba a desmayarse o a vomitar.

No hizo ni una cosa ni la otra, y al rato se puso en pie. ¿Cómo había llegado a su mano esa pistola, pesada como un martillo? Volvió a entrar en la casa, la devolvió a la ultrajada mesita y se agachó para recoger y colgar el teléfono, que gimoteaba apremiantemente.

No podía llamar a la policía; él había dicho —con ese tono quedo y suave que utilizaba cuando quería sonar implacable, peligroso, al borde de perder el control, con los ojos lanzándole amenazas— que si involucraba a la policía en sus asuntos familiares él los mataría a todos. Pat no se lo acababa de creer, no se acababa de creer nada de lo que él decía, pero lo había dicho. No se creía todo su rollo de que «hay que ser autosuficiente y estar siempre preparado para sobrevivir ante cualquier hecatombe con la ayuda de Dios», no creía que fuese a llevarlos a una cabaña en las montañas donde se alimentarían de alces, tal como había amenazado o prometido, casi seguro que no iría más allá de la casa de su madre.

Por favor, Señor, que sea así.

El elmer se mantenía, sonriente e indeciso, dentro de su visión periférica, como un invitado que por casualidad se encuentra presente cuando estalla una crisis, mientras ella iba de un cuarto a otro dando portazos, se ponía el abrigo y se lo volvía a quitar, se sentaba a sollozar en la mesa de la cocina y buscaba entre gritos el teléfono inalámbrico, dónde demonios se había quedado esta vez. Telefoneó a su madre y lloró. Luego, con el corazón palpitándole, lo llamó a él. Algo que se desconocía (pensó mientras esperaba a que concluyese el mensaje largo y jovial del contestador de su suegra) era si los elmers eran como las señoras de la limpieza y los manitas a los que avisas cuando hay algo que arreglar, ante quienes no hay que manifestar los sentimientos; o si en su presencia podías soltarte el pelo, igual que en compañía de una mascota. Pregunta retórica, habida cuenta de que ella ya se lo había soltado.

El aparato pitó y comenzó a grabar el silencio de Pat. A la postre, ella colgó con un golpe sin haber hablado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Avanzada la tarde por fin cogió el coche y atravesó la ciudad camino de Mishiwaka. La casa de su suegra estaba a oscuras y en el garaje no había ningún automóvil. Se quedó vigilando un buen rato, hasta que anocheció, y entonces regresó. Debería haber habido elmers por doquier: cortando hierba, golpeteando con martillos, empujando carretillas llenas de chiquillos. No vio ninguno.

El suyo se hallaba donde lo había dejado. Las ventanas relucían como cubiertas por una película de plata.

—¿Qué? —le preguntó ella—, ¿quieres algo que hacer? —El elmer botó ligeramente, preparado, sacó pecho (por así decirlo, pensó Pat) y siguió sonriendo—. Recupera a mis hijos. Encuéntralos y tráelos de vuelta.

El elmer pareció dudar, vacilando entre partir para acometer la tarea que le había sido encomendada y permanecer allí, a modo de negativa o tal vez esperando más explicaciones; le mostró a Pat sus manos caricaturescas de tres dedos, regordetas y amorfas. De los elmers se sabía que no se vengarían por ti, ni repararían agravios. La gente se lo había pedido, ni que decir tiene. La gente quería ángeles, ángeles vengadores, creía merecerlos. Pat también: sabía cuánto deseaba el suyo propio, lo deseaba ya mismo.

Ella lo miró fijamente a los ojos, llena de resentimiento; a la larga le dijo olvídalo, lo siento, solo era una especie de broma; en realidad no hay nada que hacer, olvídalo, no hay nada más que hacer. Pat pasó junto a él, tras desviarse primero hacia un lado en perfecta sincronía con el elmer y luego hacia el otro; una vez lo dejó atrás entró en el cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo al máximo, y tras un momento vomitó por fin, una arcada desgarradora que tan solo produjo una flema macilenta.

Hacia medianoche se tomó un par de pastillas y encendió la televisión.

Lo primero que vio fue a dos paracaidistas en caída libre con los brazos y las piernas extendidos girando uno en torno al otro en el aire, sus trajes naranjas sacudidos violentamente por el viento en su caída. Flotaron acercándose el uno al otro y apoyaron las manos enguantadas en los hombros del compañero. La tierra se extendía allá abajo, muy lejos, semejante a un mapa. El locutor dijo que se desconocía lo que había sucedido o si existía algún problema entre ellos, y en ese momento uno le dio un tortazo al otro. Entonces este agarró al primero, que a su vez se aferró a él, y los dos empezaron a girar por el aire, cada uno con un brazo alrededor del cuello del otro en un gesto bien de amor bien de odio, y con el brazo libre echando un pulso en el aire, o danzando, cada uno impidiendo a su compañero abrir el paracaídas. El comentarista dijo que, en tierra, miles de espectadores presenciaron horrorizados el hecho y, efectivamente, Pat los oyó ahora: un grito o gemido atroz de un millar de personas, un rumor que sonó cargado de sobrecogida satisfacción mientras los dos paracaidistas —trabados, según el presentador, en un combate mortal— se precipitaban raudos hacia el suelo. La cámara del helicóptero los perdió, pero entonces los recuperó la situada en tierra, como una única criatura, con cuatro piernas que se sacudían; los siguió casi hasta el suelo, hasta que la gente se puso de pronto en pie delante del objetivo y tapó la imagen; pero la multitud chilló y alguien situado junto a la cámara exclamó, «¡Qué coño!»

Pat ya había visto esa escena, la había visto un par de veces. Habían interrumpido las telenovelas para emitirla. Apretó una tecla del mando a distancia. Unos negros de aspecto demoníaco ataviados con ropa demasiado grande y gafas negras estaban amenazándola, moviéndose al son de un ritmo desenfrenado y señalándola con el índice conminatoriamente. Pulsó otra tecla. Policías en una calle de una ciudad, de su propia ciudad según dijeron, cubriendo con una manta un cadáver tiroteado. Una oscura mancha en la calle llena de basura. Pat pensó en Lloyd. Le pareció vislumbrar a un elmer doblando una esquina calle abajo, embarcado en algún encargo.

Pulsó una nueva tecla.

El relajante canal donde Pat veía ruedas de prensa y discursos a menudo; a veces se despertaba tras echar una cabezadita y se encontraba con que el acto había concluido o uno nuevo había empezado, la gente importante se había marchado o aún estaba por llegar, la pantalla estaba llena de espaldas de periodistas y políticos que se arremolinaban charlando en voz baja. Justo en ese momento un senador de cabello canoso y expresión de exquisita tristeza tenía la palabra en el Senado. «Mis disculpas a su señoría —dijo—. Deseo retirar la palabra “chulo”. No debería haberla empleado. Lo que quería expresar con la misma era: arrogante, insensible, engreído; altanero; que disfruta mezquinamente de la turbación de sus rivales y de aquellos a quienes su éxito ha perjudicado. Pero no debería haber utilizado la palabra “chulo”. Retiro la palabra “chulo”».

Cambió de nuevo de canal con el mando y los dos paracaidistas volvieron a caer hacia tierra.

¿Qué es lo que nos pasa?, se preguntó Pat Poynton.

Se puso de pie, con el aparato negro en la mano, una nueva oleada de náuseas apoderándose de ella. ¿Qué es lo que nos pasa? Se sintió como si se estuviera ahogando en una marea de lodo frío e imparable; no quería seguir en este planeta más tiempo, rodeada por todo eso. Sabía que este no era, ni nunca lo había sido, su verdadero lugar. Si ella estaba aquí era a causa de algún espantoso y terrible error.

—¿Formulario de Buena Voluntad?

Ella se volvió para quedar frente a la gran criatura, gris a la luz del televisor. El elmer le ofreció la plaquita o tabilla. Todo bien con amor después. No existía ningún motivo en el mundo para no firmar.

—De acuerdo. De acuerdo.

El elmer le acercó el formulario y lo sostuvo frente a ella. No parecía algo que estuviese sujetando sino parte de su propio cuerpo. Ella presionó el pulgar sobre el cuadrado contiguo al «SÍ». La tablilla se hundió ligeramente bajo la presión, como uno de esos ingeniosos botones de los aparatos modernos que cuando se aprietan tienen un tacto como de carne. Su voto quedó registrado, tal vez.

El elmer no se alteró, no expresó satisfacción ni gratitud, no expresó nada de nada salvo el placer carente de sentido que venía demostrando, si esa es la palabra, desde el primer momento. Pat se sentó de nuevo en el sofá y apagó el televisor. Del respaldo del sofá cogió la toquilla (tejida por su madre) y se envolvió en ella. Sintió la tranquila euforia de haber hecho algo irrevocable, aunque no supiera exactamente qué era lo que había hecho. Durmió un rato allí mismo, el efecto de las píldoras en su torrente sanguíneo por fin demoledor, bajo la inmutable luz de las farolas que proporcionaba al cuarto un aspecto atigrado, vigilada por el bamboleante elmer hasta que el gris amanecer despuntó.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En su decisión, en su precipitación al tomarla, en lo que casi podría describirse como su despreocupación de no ser porque había experimentado un sentimiento de urgencia absoluta, Pat Poynton no estaba sola, ni siquiera era un caso inusual; por todo el mundo, a tenor de las encuestas, cada vez había muchos más votos contra la vida en la Tierra tal como la conocemos y a favor de lo que quiera que fuese eso a lo que se estaba dando el SÍ, algo sobre lo que las opiniones discrepaban. Los sabiondos de la tele, sabios y no sabios, daban cuenta y razón de las cifras crecientes, y por lo visto todos ellos habían llegado al acuerdo, acuerdo al que asimismo se habían unido dirigentes políticos y editorialistas de periódicos, de describir esta cobarde renuencia a resistirse como una señal de decadencia, de corrupción social, de comportamiento despreciable y en absoluto humano: los periodistas informaban sobre la tendencia a pasar por el aro y rendirse en silencio con el mismo semblante al que recurrían para informar de noticias sobre mujeres que ahogaban a sus hijos, hombres que asesinaban a tiros a su esposa para complacer a su amante o francotiradores en lugares remotos que abatían ancianas que habían salido a recoger leña; sin embargo, lo que resultaba divertido de ver (les resultaba divertido a Pat y a quienes como ella ya habían sentido el impulso del alma, y también la lasitud extrema, que había hecho que la elección resultara de lo más obvia) era que en sus rostros tersos y bronceados se vislumbraba una mirada que nunca antes exhibieran, hasta entonces solo presente en los semblantes del resto de nosotros, en nuestras propias caras: una mirada para la que en cualquier caso Pat Poynton carecía de nombre a pesar de conocerla como la palma de la mano, una especie de añoranza afligida, semejante, pensó, a la mirada desorientada que ves en el rostro de los niños cuando acuden a ti en busca de ayuda.

Era cierto que en el mundo se estaban comenzando a evidenciar ciertas alteraciones en nuestra manera de afrontar el trabajo: una perceptible tendencia a tirar la toalla, a ceder el volante, a descuidarnos y meter la pata. Los había que pasaban menos tiempo enfrascados en sus tareas y más mirando el firmamento. Aunque otros tantos ahora se sentían con más fuerzas para poner manos a la obra, por ese principio según el cual te pones a trajinar y a adecentar la casa justo antes de que llegue la señora de la limpieza. Sin duda los elmers habían sido enviados con el objeto de enseñarnos que la paz y la cooperación eran más deseables que los enfrentamientos, el egoísmo y el dejar que las tareas se acumulasen para que otros se encargaran de ellas.

Porque pronto desaparecieron de nuevo. El de Pat Poynton comenzó dar muestras de cierta apatía en cuanto ella firmó o ratificó o aceptó su Formulario de Buena Voluntad y, hacia el final de la tarde del día siguiente, aunque para entonces ya había completado una lista de tareas que ella había confeccionado largo tiempo atrás pero que en el fondo nunca había creído que llegase a acometer, resultaba evidente que se movía más despacio. Siguió sonriendo y asintiendo con la cabeza, como un anciano en las garras de la demencia, incluso cuando empezó a dejar caer herramientas y a chocar contra las paredes, hasta que por fin, nada dispuesta a ser testigo de su disolución y convencida de no estar obligada a ello, Pat le explicó (con esa claridad excesiva con la que hablamos a una canguro adolescente no muy espabilada o a una asistenta recién contratada que acaba de llegar de otro país y no domina nuestro idioma) que tenía que salir a recoger unas cosas y volvería enseguida; y luego cogió el coche y sin un destino concreto salió de la ciudad y condujo durante un par de horas en dirección a Michigan.

Terminó pasando un buen rato de pie en las dunas junto al lago, las dunas donde una noche estival Lloyd y ella lo habían hecho por primera vez. Aunque él no había sido el único, solo el último de una serie que durante un instante se le antojó tanto larga como lamentable. Menudos pardillos. También ella, engañada a base de bien, y además más de una o dos veces.

A lo lejos, donde se curvaba la orilla de las plateadas aguas, atisbó un grupo de abetos oscuros y las montañas septentrionales que se elevaban hacia lo alto. El lugar al que él había ido o amenazado con ir. Lloyd había participado en una demanda colectiva, resuelta a su favor, contra la empresa en la que había trabajado y en la que todo el mundo había sufrido el síndrome del edificio enfermo; Lloyd había estado lo bastante cabreado (aunque en ningún momento se hubiera visto afectado gravemente, al menos hasta donde ella había podido ver) como para seguir adelante con un grupito que, no conforme, reclamó una indemnización mayor, que también lograron, y que fue la que le proporcionó el Camaro modelo clásico y las ocho hectáreas de bosque en las montañas. Y montones de tiempo para reflexionar.

Devuélvemelos, hijo de puta, pensó; mientras al mismo tiempo se decía que era culpa de ella, que ella no tenía que haber hecho lo que hizo o que tenía que haber hecho lo que no hizo, que quería a sus hijos demasiado o que no los quería lo bastante.

¡Ellos!, ellos le devolverían a sus hijos; había llegado a un convencimiento total, luchando contra cualquier impulso racional de ponerlo en duda. Ella había votado a favor de un futuro que nadie era capaz de imaginar, pero había votado por él tan solo por una razón: ese futuro contendría —tenía que contener— todo lo que ella había perdido. Todo lo que deseaba. Ese era el sentido de los elmers.

Regresó al anochecer y desparramados por el pasillo y (¿por qué?) en mitad de las escaleras que bajaban al cuarto de juegos del sótano encontró sus extraños despojos consumidos, como salpicaduras de espuma tras un accidente con un extintor de fuego, con olor a (pensó Pat, aunque otros lo describían de otras maneras) tostada untada con mantequilla; y llamó al teléfono gratuito que todos habíamos memorizado.

Y luego nada. Ya no llegaron más, quienes habían sido pasados por alto esperaron en vano la oportunidad de ser partícipes de la experiencia que casi todo el mundo había vivido, sin saber con seguridad por qué habían sido excluidos pero pudiendo afirmar que ellos, al menos, no se habían dejado engatusar; y poco después quedó claro que no habría más, por bien que los hubiéramos recibido, porque la Nave Nodriza o lo que fuese exactamente aquello de donde con toda seguridad procedían también se marchó: no se marchó siguiendo ninguna dirección que se pudiera rastrear o seguir, simplemente desapareció, perdiendo nitidez en los diversos aparatos espías y rastreadores, generando menos datos, titilando, volviéndose transparente a la postre y luego invisible. Se han ido. Se han ido, se han ido.

Y entonces ¿a qué es a lo que todos habíamos accedido?, ¿a cambio de qué nos habíamos traicionado a nosotros mismos y habíamos traicionado a nuestros líderes, habíamos abandonado a la ligera todas nuestras responsabilidades y lealtades cotidianas? Por todo el mundo eso es lo que nos preguntábamos, la clase de cuestión que engendra esas religiones desesperadas de los abandonados y olvidados, de quienes han estado esperando grandes señales divinas en cualquier momento y acaban descubriendo que no van a conseguir nada salvo una espera larga, a lo mejor más larga que una vida, y un cielo vacío sobre su cabeza. Si su objetivo había sido simplemente hacernos sentir insatisfechos, inquietos, incapaces de hacer nada salvo esperar a ver qué sería de nosotros a partir de ese momento, entonces tal vez habían tenido éxito; sin embargo, Pat Poynton estaba segura de que ellos habían hecho una promesa y la mantendrían: el universo no era tan extraño, tan improbable, como para que tras producirse una visita así luego todo acabase en agua de borrajas. Al igual que muchos otros, yacía despierta mirando el cielo nocturno (por así decirlo, mirando el techo de su dormitorio en su casa en Ponader Drive, encima o más allá del cual se extendía el cielo nocturno) y se repetía a sí misma el breve texto con el que había expresado su conformidad o al que había dado su consentimiento: «Buena voluntad. Firme abajo. Todo bien con amor después. ¿Por qué no decir sí?».

Al cabo se levantó y ató el cinturón de la bata; bajó las escaleras (la casa estaba de lo más silenciosa, estaba silenciosa con los niños y Lloyd dormidos en sus camas en la época en la que ella se había acostumbrado a levantarse a las cinco para prepararse un café instantáneo lavarse y vestirse para ir a trabajar, pero ahora estaba más silenciosa), se puso la parka encima de la bata y salió descalza al jardín trasero.

Ya no era de noche, sino que reinaba un diáfano amanecer de octubre, tan diáfano que el cielo se veía ligeramente verdoso, y aunque el aire parecía en completa inmovilidad, las hojas caían a su alrededor, se soltaban de una en una, de dos en dos, tras resistir hasta ese momento.

Dios, qué hermoso, en cierta manera más hermoso de lo que lo había sido antes de que ella decidiese que este no era su verdadero lugar; a lo mejor estaba tan ocupada tratando de que lo fuera que ni se había fijado.

Todo bien con amor después. ¿Pero cuándo empezaba ese después?, ¿cuándo?

Mientras estaba allí de pie le llegó un ruido extraño, procedente de algún lugar lejano y elevado, un ruido que se le antojó sonaba como el ladrido de una jauría de perros o quizás como los gritos de los niños al salir del colegio, pero que no era ninguna de esas dos cosas; durante un instante se permitió creer (este era el tipo de talante en el que, comprensiblemente, mucha gente se hallaba sumida) que ya estaba aquí, la tromba o la avalancha o lo que fuera que les había sido prometida. Entonces, del norte surgió una especie de mancha o de onda oscura que se iba extendiendo por el cielo, y Pat vio pasar por lo alto una gran bandada de gansos, y los gritos eran los suyos, aunque parecían demasiado fuertes y llegados de alguna otra parte o de todas partes.

Rumbo sur. Una uve enorme e irregular cubrió medio cielo.

«Un camino largo», dijo en voz alta, envidiándoles su huida, su fuga; y acto seguido pensando que no, que no estaban escapando, no de la Tierra, ellos eran de la Tierra, nacidos y criados en ella, allí morirían, tan solo estaban cumpliendo con su obligación, gritando tal vez para darse ánimos. De la Tierra, igual que ella.

Entonces lo entendió, mientras volaban por encima suyo, en cierta manera un regalo de su paso, aunque la manera en que se produjo fue algo que nunca sería capaz de averiguar, pero siempre que en adelante pensase en ello también pensaría en esos gansos, esos gritos, de ánimo o de alegría o de lo que fuesen. Lo entendió: al presionar con el pulgar en su Formulario de Buena Voluntad (lo estaba viendo en la cabeza, en la mano del desgraciado elmer ahora ya muerto) no había suscrito ni acatado nada, no había capitulado ni se había rendido, ninguno de nosotros lo habíamos hecho aunque así lo creyéramos e incluso deseáramos: no, ella había hecho una promesa.

«Bueno, sí», dijo, mientras una especie de lucecita se encendía en lo profundo de su cerebro, en infinidad de otros también justo en ese momento en numerosos lugares, tantas que podrían haber parecido —se lo podría haber parecido a alguien o algo capaz de percibirlo, a alguien que a pesar de estar observándonos a nosotros y a nuestro planeta desde muy arriba pudiese reparar en cada persona de manera individual— luces encendiéndose por un terreno en penumbra, o los brillantes puntitos que señalan el creciente número de outlets en un mapa televisivo, pero en realidad eran nuestros cerebros, entendiéndolo uno tras otro, iluminándose momentáneamente, mientras el filo del amanecer se desplazaba hacia el oeste.

No eran ellos quienes habían hecho una promesa, era ella quien la había hecho: buena voluntad. Ella había dicho sí. Y si mantenía esa promesa todo iría bien, con amor, después: tan bien como era posible.

«Sí», repitió, y alzó los ojos hacia el cielo, tan vacío… más vacío ahora que antes. No una traición sino una promesa; no una renuncia sino una ganancia. Valedera únicamente mientras nosotros, solos por completo en nuestro planeta, la respetáramos. Todo bien con amor después.

¿Por qué habían venido?, ¿por qué habían hecho un esfuerzo tan grande para decirnos eso, cuando nosotros ya lo sabíamos desde siempre? ¿A quién le importaba tanto como para venir a decírnoslo? ¿Regresarían, en algún momento, para ver cómo nos había ido?

Volvió a entrar, el rocío gélido en sus pies. Durante largo rato se quedó plantada en la cocina (la puerta sin cerrar a su espalda) y luego se dirigió al teléfono.

Él respondió tras la segunda señal. Dijo dígame. Todas las lágrimas sin derramar de las últimas semanas, de toda su vida probablemente, se agolparon en su garganta formando un terrible bolo; no lloraría, empero, no, no aún.

—Lloyd —dijo—. Lloyd, escucha. Tenemos que hablar.

Copyright © 1996 John Crowley

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto


[1] David Brinkley fue un popular presentador de la televisión estadounidense durante las décadas de los cincuenta y sesenta.Volver

[2] Vincennes y Brattleboro son dos pequeñas ciudades de Indiana y Vermont, respectivamente. Austin es la capital de Texas.Volver

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3 respuestas a Se han ido, de John Crowley

  1. ¡Oh, qué bonito! Y con esa imaginación no domesticada que caracteriza a Crowley, tantas veces interpretada como absurda y que se explica por su fobia a las recetas de taller.

  2. Gilberto dijo:

    Una verdadera joya de uno de los autores más notables y literarios que ha dado el género. El fallecido y siempre polémico Harold Bloom, autor del Canon Occidental, lo colocaba a la altura de los grandes clásicos de todos los tiempos y más de alguna vez refirió que Pequeño, Grande era de los libros que más veces había leído y disfrutado.
    Gracias. Crowley es de mis autores favoritos, recién terminé su tetralogía de Aegypto (una maravilla que trasciende todos los géneros) y ha sido una verdadera delicia releer en castellano este hermoso relato.
    Un extraordinario regalo!
    Y qué hermosa traducción, pues realzas, Marcheto, ese estilo tan peculiar que caracteriza a Crowley.
    Ojalá y alguien se animara a traducir Endless Things (la última de Aegypto que dejó pendiente Minotauro) y Ka, su última obra.
    Gracias desde el alma.

  3. malditaberna dijo:

    Mi autor favorito, del que he logrado completar todo lo que publicó Minotauro en su mejor época. Muchas, muchas gracias por este cuento.

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