Empatía bizantina, de Ken Liu

Ken Liu repite en Cuentos para Algernon en este 2020 con un segundo relato mucho más extenso y por completo distinto a Monos, la breve y divertida historia con la que nos deleitó hace unos meses.

Empatía bizantina (Byzantine Empathy) se publicó por primera vez en 2018 dentro de la antología Twelve Tomorrows, y fue seleccionado por Neil Clarke para su volumen con los mejores cuentos de ciencia ficción de ese año. Asimismo se pudo leer en la revista Breaker y en la antología italiana Solarpunk. También fue uno de los elegidos por el propio Ken para incluirlo en su segunda colección, La chica oculta y otras historias (The Hidden Girl and Other Stories), publicada en inglés en 2019 y que aparecerá en español a lo largo de 2021 dentro de la colección Runas, de Alianza Editorial. Así que podéis considerar la publicación de Empatía bizantina aquí como un pequeño adelanto para que vayáis abriendo boca ante la próxima aparición en nuestro mercado de la nueva colección de Ken. En esta ocasión, nos encontramos con una sofisticada historia de ciencia ficción cercana en la que, jugando con el punto de vista de dos personajes contrapuestos, se nos plantea cómo el negocio de la filantropía y la caridad puede verse afectado por las nuevas tecnologías.

Con esta ya son ocho las veces en las que le he dado las gracias a Ken por aquí desde que se inauguró este blog, pero sin duda se las merece, dado que a lo largo de estos ocho años en todo momento se ha mostrado totalmente receptivo ante mis peticiones y ha hecho gala de una amabilidad extrema.  Thanks a million once again, Ken!

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Empatía bizantina

Ken Liu

Caminas a buen paso por un camino embarrado, junto con una muchedumbre que avanza en tropel. El tumulto a tu alrededor te obliga a bregar para no quedar rezagada. Mientras tus ojos se adaptan a la luz mortecina del principio del alba, observas que todo el mundo va cargado con sus posesiones: un bebé firmemente fajado contra el pecho de su madre; una abombada sábana rebosante de ropa a la espalda de un hombre de mediana edad; una palangana llena de lichis y frutipanes que una niña de ocho años sostiene entre los brazos, contra el pecho; un enorme smartphone Xiaomi que una anciana ataviada con un pantalón de chándal y una blusa arrugada utiliza en modo linterna; una maleta de Mickey Mouse a la que le falta una rueda, arrastrada por el barro por una joven con una camiseta estampada con una frase en inglés: «Happy Girl Lucky»[1]; una funda de almohada atestada de libros, o tal vez de fajos de billetes, que cuelga de la mano de un anciano con una gorra de béisbol de propaganda de una marca de cigarrillos chinos…

La mayor parte de las personas del gentío parecen más altas que tú, y así es como sabes que eres una niña. Al bajar la mirada ves que calzas chanclas con una imagen de Bella, de Disney. La gruesa capa de barro amenaza con arrancártelas a cada paso, y te preguntas si a lo mejor representan algo especial para ti —el hogar, la seguridad, una vida donde fantasear tranquila—, de ahí que no quieras desprenderte de ellas.

En la mano derecha aferras una muñeca de trapo con un vestido rojo bordado con letras redondeadas pertenecientes a un alfabeto que no reconoces. Estrujas la muñeca, y por el tacto sabes que está rellena de algo ligero que cruje, a lo mejor semillas. Una mujer, con un bebé a la espalda y un fardo de mantas en una mano, te lleva cogida con la otra de tu mano izquierda. Tu hermanita, piensas, demasiado pequeña para estar asustada. Ella te mira con sus ojos oscuros y adorables y tú le diriges una sonrisa reconfortante. Aprietas la mano de tu madre y ella responde con otro apretón cálido y tranquilizador.

A ambos lados del camino ves tiendas desperdigadas, algunas naranjas y otras azules, que llegan hasta la linde de la jungla, a medio kilómetro. No estás segura de si una de esas tiendas era antes tu hogar o si tan solo estáis de paso.

No hay música de fondo, ni graznidos de exóticas aves del sureste asiático. En lugar de eso, en tus oídos resuenan los gritos y el parloteo inquieto. No entiendes ni el idioma ni el topolecto, pero por la tensión en las voces sabes que son gritos exhortando a los familiares a mantener el paso, a los amigos a tener cuidado, a los parientes ancianos a no tropezar.

Un fuerte zumbido pasa por encima de tu cabeza y, delante de ti y a tu izquierda, el campo estalla en una abrasadora explosión más brillante que un amanecer. El suelo tiembla; caes al barro viscoso.

Más zumbidos pasando a toda velocidad por encima y más proyectiles estallando a tu alrededor, sacudiendo tus huesos. Te pitan los oídos. Tu madre se arrastra hacia ti y te cubre con su cuerpo. Una clemente oscuridad te aísla del caos. Gritos fuertes y penetrantes. Chillidos aterrorizados. Algunos gemidos de dolor incoherentes.

Tratas de sentarte, pero el cuerpo inerte de tu madre te empuja contra el suelo. Te esfuerzas por quitarte su peso de encima y logras salir de debajo arrastrándote.

La parte posterior de la cabeza de tu madre es una masa sanguinolenta. Tu hermanita está llorando en el suelo junto a su cuerpo. A tu alrededor, la gente corre de aquí para allá, algunos todavía tratando de aferrarse a sus posesiones, pero bultos y maletas yacen abandonados en el camino y en los campos, al lado de cuerpos inmóviles. Del campamento llega un estruendo de motores y, por entre el vaivén de la vegetación exuberante, ves aproximarse una columna de soldados con traje de camuflaje, las armas listas.

Una mujer señala hacia ellos y grita. Algunas personas dejan de correr y levantan las manos.

Se oye un disparo, seguido de otro.

Cual hojas arrastradas por una ráfaga de viento, la muchedumbre se dispersa. El barro te salpica la cara cuando por tu lado pasan pies corriendo.

Tu hermana pequeña llora más fuerte. «¡Calla! ¡Calla!», gritas en tu idioma. Tratas de gatear hacia ella, pero alguien tropieza contigo y te derriba. Intentas protegerte la cabeza de los pisotones con los brazos y hacerte un ovillo. Alguien salta por encima de ti; otros lo intentan, pero no lo consiguen, te caen encima y te propinan fuertes patadas cuando vuelven a ponerse en pie.

Más disparos. Atisbas por entre los dedos. Unas cuantas figuras se desploman. En medio de la estampida apenas queda espacio para maniobrar y, en cuanto alguien besa el suelo, un montón de gente cae encima. Todos empujan y atropellan para poner a alguien, a quien sea, entre las balas y ellos.

Un pie en una zapatilla embarrada se abate sobre la figura envuelta de tu hermanita, y oyes un crujido escalofriante cuando sus gritos son silenciados de sopetón. El dueño de la zapatilla vacila un segundo antes de desaparecer de tu vista empujado hacia delante por la creciente multitud.

Gritas, y algo te golpea con fuerza en el estómago y te deja sin aliento.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Tang Jianwen se arrancó el casco RV, jadeando. Las manos le temblaban mientras se bajaba la cremallera del traje de inmersión, que logró quitarse a medias antes de quedarse sin fuerza. Cuando se acurrucó en la plataforma RV omnidireccional, los moratones púrpuras que tenía en su cuerpo bañado de sudor brillaron iluminados por el débil resplandor blanquecino de la pantalla del ordenador, la única luz en el sombrío apartamento-estudio. Tras reprimir varias arcadas, estalló en sollozos.

Aunque tenía los ojos cerrados, todavía continuaba viendo las expresiones adustas de los rostros de los soldados; la masa sanguinolenta que había sido la cabeza de su madre; el cuerpecillo destrozado del bebé, su vida truncada por un pisotón.

Jianwen había inutilizado los controles de seguridad del traje de inmersión y quitado los filtros de amplitud de los circuitos álgicos. No le parecía correcto experimentar la terrible experiencia de los refugiados muertien con los filtros para el dolor instalados.

Un equipo RV era la máquina de la empatía definitiva. ¿Cómo podía decir con sinceridad que se había puesto en su lugar sin haber sufrido como ellos sufrían?

Las luces de neón de la bulliciosa noche de Shanghái se filtraban por las rendijas de las cortinas y dibujaban deslavazados arcoíris chillones en el suelo. Riqueza virtual y avaricia real se mezclaban ahí fuera: un mundo indiferente a las muertes y el dolor en las junglas del sureste asiático.

Dio gracias por no haberse podido permitir el accesorio olfativo. El olor metálico de la sangre mezclado con la fragancia de la pólvora hubiera sido demasiado para ella y le hubiese impedido llegar al final. Los olores penetraban hasta la zona más recóndita de nuestro cerebro y hacían aflorar las emociones más intensas, como si fueran la hoja de una azada deshaciendo los entumecidos terrones de modernidad y dejando al descubierto la rosada carne de las lombrices de tierra que se retorcían heridas.

Al cabo se levantó, se despojó del resto del traje y entró a trompicones en el cuarto de baño. Dio un respingo cuando el agua retumbó por las cañerías —el ruido de los motores acercándose por la jungla— y se estremeció bajo el chorro caliente de la ducha.

—Hay que hacer algo —dijo entre dientes—. No podemos permitir que esté sucediendo esto. Yo no puedo permitirlo.

Pero ¿qué podía hacer? La guerra entre el gobierno central de Birmania y los rebeldes de la minoría étnica han que vivían en la zona del país cercana a la frontera con China estaba pasando prácticamente desapercibida para el resto del mundo. Estados Unidos, la policía internacional, no decía ni mu porque deseaba un gobierno leal y pro-Estados Unidos en Naipydó, para utilizarlo a modo de pieza de ajedrez contra la creciente influencia china en la región. Por su parte, China quería ganarse al gobierno de Naipydó con negocios e inversiones, y en esa Gran Partida no le convenía montar un drama porque los civiles de la etnia china han estuviesen siendo masacrados por los soldados birmanos. El gobierno chino, asustado ante la posibilidad de que la simpatía hacia los refugiados pudiera transformarse en una ola de nacionalismo incontrolable, incluso censuraba las noticias de lo que estaba ocurriendo en Muertien. Tampoco se mostraban imágenes de los campos de refugiados a ambos lados de la frontera, como si fuesen un secreto vergonzoso. Los testimonios de primera mano, vídeos y archivos RV como ese tenían que ser colados a escondidas por minúsculos agujeros encriptados perforados en el Gran Cortafuegos. En Occidente, por el contrario, la apatía popular funcionaba con mayor eficacia que cualquier censura oficial.

Ella no podía organizar marchas ni recoger firmas para peticiones; no podía fundar una ONG cuyo objetivo fuese el bienestar de los refugiados, ni unirse a una —aunque tampoco es que en China se fiasen de las organizaciones benéficas, todas ellas unos fraudes—; no podía pedir a todos sus conocidos que llamasen a sus representantes políticos y les instasen a hacer algo en relación con el problema de Muertien. Tras haber estudiado en Estados Unidos, Jianwen no era tan inocente como para creer que esas vías con las que contaban los ciudadanos de una democracia fueran demasiado efectivas —con frecuencia, tan solo se utilizaban como meros gestos simbólicos que no influían lo más mínimo ni en las ideas ni en los actos de quienes en realidad establecían las líneas de la política exterior—. No obstante, esas acciones al menos le hubieran permitido sentir que gracias a ella algo podía cambiar.

¿Y no eran justo los sentimientos la esencia de lo que es ser humano?

Los viejos políticos de Pekín, a los que les aterrorizaba cualquier desafío a su autoridad y la posibilidad de desestabilización, habían hecho que todas esas opciones resultaran imposibles. Ser ciudadano chino consistía en ser recordado continuamente la cruda realidad de la impotencia absoluta del individuo en un estado moderno, centralizado y tecnocrático.

El agua extremadamente caliente estaba empezando a molestarle. Se frotó con fuerza, como si eliminando el sudor y las células epiteliales se fuera a poder librar de los perturbadores recuerdos de los refugiados muriendo, como si el gel con aroma a melón pudiese absolverla de la culpa.

Salió de la ducha, todavía aturdida, con los sentimientos aún a flor de piel, pero al menos ya en condiciones de funcionar. El aire filtrado del apartamento olía un poco a pegamento caliente, la consecuencia del exceso de aparatos electrónicos en un espacio reducido. Se envolvió en una toalla, entró en la habitación caminando suavemente y se sentó frente a la pantalla del ordenador. Tecleó, tratando de distraerse con las últimas novedades del progreso de su minado.

La pantalla era enorme y con una resolución espectacular, pero por sí sola no era más que un insignificante aparato tonto, nada más que la punta visible del potente iceberg informático que Jianwen controlaba.

El clúster de runruneantes equipos ASIC fabricados a medida que ocupaba la estantería de la pared estaba dedicado a una única misión: resolver rompecabezas criptográficos. Ella y los demás mineros repartidos por el mundo utilizaban sus equipos especializados para descubrir las pepitas compuestas por números especiales que mantenían la integridad de diversas criptomonedas. Aunque trabajaba como programadora de servicios financieros, era con esta segunda tarea con la que se sentía auténticamente viva.

Este trabajo le proporcionaba la sensación de tener un cierto grado de poder, de ser parte de una comunidad global en estado de rebelión contra la autoridad en todas sus formas: gobiernos autoritarios, estatismo apoyado por hordas democráticas, bancos centrales que manipulaban la inflación y el valor del dinero a golpe de decreto… Era lo más cerca que podía llegar a estar de ser la activista que realmente ansiaba ser. Para esto solo importaban las matemáticas, y la lógica de la teoría de números y la programación elegante conformaban un código de confianza inquebrantable.

Afinó algunos parámetros de su clúster minero, se unió a un nuevo fondo de minería y se pasó por unos cuantos canales en los que otros entusiastas de ideas afines a las suyas chateaban sobre el futuro; mientras leía el texto que se desplazaba por la pantalla se fue sintiendo más tranquila, incluso sin participar activamente en la conversación.

N❤T>: Acabo de montar mi GWX Huawei. ¿Alguien tiene alguna recomendación de una buena RV con la que probarlo?

1001>: ¿En una habitación o en todo el piso?

N❤T>: En todo el piso. Yo solo me conformo con lo mejor.

1001>: ¡Vaya! Debe de haberte ido bien con la minería este año. Yo te diría que probases Titanic.

N❤T>: ¿De Tencent?

1001>: ¡No! El de SLG es mucho mejor. Si el apartamento es grande tendrás que conectar tu equipo minero para poder soportar la carga gráfica.

Anónim☀>: Vaya, jugar con más prestaciones o proof of work. ¿Qué es más importante?

Al igual que muchos otros, Jianwen se había lanzado de cabeza a la moda de la realidad virtual. Por fin la resolución de los equipos era lo bastante alta como para no marearse, e incluso un smartphone tenía la suficiente capacidad de procesamiento para manejar un casco RV básico, aunque no de los que proporcionaban inmersión total.

Jianwen había coronado el monte Everest; había realizado un salto BASE desde lo alto del rascacielos Burj Khalifa; había «salido de copas» a bares RV con amigos de todo el mundo, cada uno encerrado en su respectivo apartamento bebiendo chupitos de erguotou o vodka de verdad; había besado a sus actores favoritos y se había acostado con unos cuantos que le gustaban pero que muy mucho; había visto películas RV (que eran exactamente lo que su nombre indicaba, y tampoco eran demasiado allá); había participado en partidas de juegos de rol en vivo RV; había revoloteado por la habitación encarnada en una mosca diminuta mientras doce mujeres sin piedad ficticias discutían sobre el destino de una joven ficticia, e influido sutilmente en sus argumentos al posarse en las pruebas en las que quería que se fijasen.

No obstante, todas esas experiencias le habían suscitado una vaga insatisfacción que no era capaz de expresar con palabras. La RV, ese medio emergente, era como arcilla amorfa, llena de potencial y posibilidades, movida por la esperanza y la avaricia, prometiendo todo y nada, una solución tecnológica a la búsqueda de un problema, y todavía no estaba claro qué clase de placeres, narrativos o lúdicos, terminarían predominando a la larga.

Sin embargo, esta última experiencia RV, un breve vídeo de la vida de una refugiada muertien anónima, le había provocado una sensación distinta.

Yo podría haber sido esa niña, de no ser por las casualidades de la vida. Su madre incluso tenía los mismos ojos que la mía.

Por primera vez en años, desde que, tras la universidad, la indiferencia del mundo había pulido su idealismo juvenil, se sintió obligada a hacer realmente algo.

Contempló la pantalla. Los balances parpadeantes de sus cuentas en criptomonedas se basaban en un consenso sobre cadenas criptográficas, un vínculo de confianza forjado a partir de la desconfianza. En un mundo en el que la avaricia se erigía como un muro que lo aislaba del dolor, ¿podía esa confianza ser asimismo una manera de perforar un agujero en esa barrera, de permitir que la esperanza la atravesara? ¿Podía realmente el mundo transformarse en una aldea virtual en la que la empatía fuese el vínculo de unión entre unos y otros?

Abrió una nueva sesión en la pantalla y se lanzó a teclear frenéticamente.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Odio Washington, decidió Sophia Ellis mientras miraba por la ventana.

El tráfico se arrastraba por las calles lluviosas, entre bocinazos puntuales de algún conductor enfadado —una buena metáfora de lo que en esos días pasaba por normalidad política en la capital—. A lo lejos, los monumentos de la explanada del National Mall, etéreos por entre la llovizna, parecían burlarse de ella con su perdurabilidad y transcendencia.

Los miembros de la junta estaban de palique, mientras esperaban el comienzo de la reunión trimestral. Ella solo prestaba atención a medias, tenía la cabeza en otros asuntos.

… tu hija… ¡Felicítala!

… demasiadas empresas emergentes de blockchain

pasé por Londres en septiembre…

Sophia hubiera preferido encontrarse de vuelta en el Departamento de Estado, que es donde le hubiera correspondido estar, pero la aversión de la actual administración hacia la diplomacia al estilo tradicional la había hecho pensar que tal vez tuviese mejores perspectivas pasándose como alta ejecutiva al sector de las ONG. Al fin y al cabo, era un secreto a voces que algunas de las mayores ONG estadounidenses con oficinas en el extranjero funcionaban como brazos ejecutivos extraoficiales a la hora de poner en práctica las políticas exteriores norteamericanas, y ser la directora ejecutiva de Refugiados Sin Fronteras no era un mal trampolín cara a volver a la administración cuando el siguiente gobierno tomara el relevo. La clave era hacer algo por los refugiados, fomentar los valores estadounidenses y estabilizar el mundo incluso aunque el gabinete actual pareciese empeñado en malgastar el poder norteamericano.

… vio un vídeo grabado con un móvil y me preguntó si íbamos a hacer algo sobre… Muertien, creo que era.

Sophia se arrancó de su ensueño.

—Ese no es un asunto en el que nos convenga involucrarnos. Es como la situación en Yemen —dijo.

El miembro de la junta asintió con la cabeza y cambió de tema.

Un par de meses atrás, Jianwen, una antigua compañera de cuarto de su época universitaria, le había mandado un correo electrónico hablándole de Muertien. Sophia le había contestado con un mensaje amable y considerado, excusándose. Somos una organización con recursos limitados. Resulta imposible hacer frente adecuadamente a todas las crisis humanitarias. Lo siento.

Era la verdad. Más o menos.

Quienes entendían cómo funcionaban las cosas estaban de acuerdo en que intervenir en lo que estaba sucediendo en Muertien no beneficiaría ni los intereses de Estados Unidos ni los de Refugiados Sin Fronteras. El realismo tenía que atemperar y guiar el deseo de hacer del mundo un lugar mejor, que era lo que en un principio había llevado a Sophia a trabajar en el ámbito de la diplomacia y las ONG. A pesar de sus diferencias con la presente administración —o quizás debido a ellas—, creía que la preservación del poder estadounidense era un objetivo importante y merecedor del esfuerzo. Poner de relieve la crisis de Muertien colocaría en una tesitura embarazosa a un nuevo aliado clave de Estados Unidos en la región, algo que debía ser evitado. Nuestro complicado mundo exigía dar prioridad a los intereses norteamericanos (y a los de sus aliados) por delante de los de algunas personas que estaban sufriendo, para así poder proteger a más indefensos.

Estados Unidos no era perfecto, pero, tras sopesar todos los candidatos a tomar las riendas, era la mejor opción.

—… el número de pequeñas donaciones de menores de treinta años ha caído un setenta y cinco por ciento durante el último mes —dijo uno de los miembros de la junta. La reunión había comenzado mientras Sophia había estado elucubrando.

El hombre que estaba hablando era el marido de una importante parlamentaria británica, que participaba desde Londres mediante un robot de telepresencia. Sophia sospechaba que estaba más enamorado de su propia voz que de su esposa. La pantalla que se cernía en el extremo del cuello telescópico hacía que su rostro pareciese severo y dominante, y las manos del robot gesticulaban para dar más énfasis, es de suponer que imitando las de carne y hueso del hombre.

—¿Me están diciendo que no tienen ningún plan para tratar de reconducir esta pérdida de vinculación?

¿Ha sido alguien del gabinete de tu esposa quien te ha preparado la pregunta?, pensó Sophia. Dudaba que él en persona hubiese prestado la suficiente atención a la trayectoria financiera como para percatarse de algo así.

—La mayor parte de nuestra financiación no depende de los pequeños donativos directos de ese grupo demográfico… —empezó a responder Sophia, pero fue interrumpida por otro miembro de la junta.

—No se trata de eso, sino del futuro de la presencia de nuestra organización, de la publicidad. Sin un gran número de donaciones pequeñas de ese grupo demográfico clave, los medios de comunicación dejarán de hablar de Refugiados Sin Fronteras. Lo que a la larga afectará a las subvenciones importantes.

La mujer que la había interrumpido era la directora general de una empresa de dispositivos móviles. Sophia la había tenido que disuadir en más de una ocasión de que forzase a invertir donaciones de Refugiados Sin Fronteras en la adquisición de teléfonos baratos de su compañía para refugiados de Europa, lo que hubiera incrementado la cuota oficial de mercado de su empresa (y violado las normas sobre conflictos de intereses).

—Recientemente se han producido algunos cambios inesperados en el panorama de las donaciones, que todo el mundo aún está tratando de asimilar… —dijo Sophia, pero de nuevo no pudo terminar la frase.

—Se refiere a Empathium, ¿verdad? —preguntó el marido de la parlamentaria—. Bien, ¿tiene un plan?

Lo de sacar a colación este asunto está claro que ha sido idea del gabinete de tu mujer. A Sophia le parecía que los fanáticos de las criptomonedas siempre ponían más nerviosos a los europeos que a los norteamericanos. Pero como en la diplomacia, a los fanáticos es mejor llevarlos por donde a ti te interesa que enfrentarte a ellos.

—¿Qué es Empathium? —preguntó otro miembro de la junta, un juez federal jubilado que todavía creía que el fax era el mayor invento tecnológico de la historia.

—Me refiero a Empathium, en efecto —respondió Sophia, tratando de que su voz sonase tranquilizadora. Luego se volvió hacia la directora general de tecnología—. ¿Quiere explicarlo usted?

Si Sophia hubiera tratado de contar lo que era Empathium, seguro que la mujer la hubiese interrumpido. No aguantaba que alguien demostrase saber más que ella sobre ningún asunto tecnológico. A Sophia le convenía tratar de guardar las formas.

La mujer movió la cabeza afirmativamente.

—Es sencillo. Empathium es otra nueva aplicación blockchain de desintermediación basada en la utilización de contratos inteligentes; pero en este caso nos encontramos con la particularidad de que distorsiona el mercado de la filantropía al afectar a las labores para las que tradicionalmente se contrataba a las organizaciones benéficas.

Los rostros en derredor de la mesa la miraron perplejos. Al cabo, el juez se volvió hacia Sophia.

—¿Por qué no prueba usted?

Sophia se había hecho con el control de la reunión simplemente permitiendo que los demás se extralimitaran, una jugada diplomática clásica.

—Permítanme que vaya parte por parte. Empezaré con los contratos inteligentes. Supongamos que usted y yo firmamos un contrato en el que se especifica que, si mañana llueve, tengo que pagarle cinco dólares, y que, si no llueve, usted tiene que pagarme un dólar.

—Suena como una mala póliza de seguros —comentó el juez jubilado.

—Con esa oferta en Londres no le iba a ir demasiado bien —dijo el esposo de la parlamentaria.

Débiles risitas en torno a la mesa.

—Con un contrato ordinario —continuó Sophia con soltura—, incluso si mañana hubiese una tormenta eléctrica, a lo mejor usted no cobraba su dinero. Yo podría incumplir mi parte y negarme a pagar, o discutirle lo que significa la palabra «llover». Y usted se vería obligado a llevarme a juicio.

—Bueno, conmigo de juez, a usted no le iba a ir demasiado bien en un juicio sobre el significado de «llover».

—Claro, pero tal como Su Señoría sabe, la gente discute sobre los asuntos más ridículos. —Sophia había aprendido que era mejor permitir al juez irse por las ramas antes de guiarlo de nuevo hacia la senda—. Y litigar sale caro.

—Ambos podemos poner nuestro dinero en manos de un amigo del que nos fiemos, y dejar que pasado mañana él decida a quién pagar. Ya sabe, lo que se llama depositar en garantía.

—Desde luego. Es una sugerencia estupenda —convino Sophia—. No obstante, requiere que nos pongamos de acuerdo en una tercera persona de la que ambos nos fiamos, a la que tendremos que pagar una tarifa por sus molestias. En resumidas cuentas: un contrato tradicional conlleva un montón de costes operativos.

—¿Y qué pasaría si tuviésemos un contrato inteligente?

—Los fondos le serían transferidos a usted en cuanto lloviera. No hay nada que yo pueda hacer para impedirlo porque todo el proceso de ejecución del contrato está codificado en programas informáticos.

—De modo que me está diciendo que un contrato y un contrato inteligente son en esencia lo mismo; salvo que uno está escrito en jerigonza legal y requiere de personas que lo lean y lo interpreten, mientras que el otro está escrito en código informático y solo necesita una máquina que lo ejecute. Sin juez, sin jurado, sin depósito en garantía, sin vuelta atrás.

Sophia estaba impresionada. El juez no entendía demasiado de tecnología, pero de tonto no tenía un pelo.

—Así es. Las máquinas son mucho más transparentes y predecibles que el sistema legal, incluso que un sistema legal que funcione sobre ruedas.

—No estoy seguro de que me guste la idea —dijo el juez.

—Pero seguro que entiende por qué resulta atractiva, sobre todo cuando uno no se fía…

—Los contratos inteligentes reducen los costes operacionales al eliminar intermediarios —intervino la directora general de tecnología con impaciencia—. Podía haberse limitado a decir eso en lugar de contar ese ejemplo prolijo y ridículo.

—Cierto —reconoció Sophia. También había aprendido que fingir estar de acuerdo con la mujer reducía costes operacionales.

—¿Y qué tiene que ver eso con las organizaciones benéficas? —preguntó el marido de la parlamentaria.

—Hay quien las considera intermediarias innecesarias que se aprovechan de que la gente se fía de ellas para sacarle más dinero —explicó la directora general—. ¿Es que no es evidente?

Una vez más, miradas de perplejidad alrededor de la mesa.

—Algunos entusiastas de los contratos inteligentes pueden ser un pelín extremistas —admitió Sophia—. En su opinión, las organizaciones como Refugiados Sin Fronteras gastamos la mayor parte de nuestro dinero en el alquiler de oficinas, los sueldos de empleados, la organización de costosos actos para recaudar fondos en los que los ricos alternan y se divierten, y la malversación de las donaciones para que nuestros círculos cercanos se enriquezcan…

—Que es una opinión de lo más absurda mantenida por idiotas con teclados vocingleros y ningún sentido común… —apostilló la directora general con el rostro arrebolado por la ira.

—Y ni idea de cómo funciona la política —interrumpió el esposo de la parlamentaria como si su matrimonio lo convirtiese automáticamente en una autoridad en el asunto—. También coordinamos operaciones humanitarias sobre el terreno, aportamos la experiencia de expertos internacionales, concienciamos a la población occidental, tranquilizamos a los funcionarios locales con tendencia a ponerse nerviosos y nos aseguramos de que el dinero acabe en manos merecedoras de ello.

—Esa es la garantía que ponemos sobre la mesa —dijo Sophia—. Pero la generación de WikiLeaks da por hecho que toda atribución de autoridad o aptitud es sospechosa. En su opinión, incluso la manera en que utilizamos los fondos de nuestros programas es ineficaz. ¿Cómo podemos saber nosotros mejor que los propios necesitados de qué modo conviene gastar el dinero? ¿Cómo podemos desestimar la opción de que los refugiados compren armas para defenderse? ¿Cómo podemos decidir colaborar con funcionarios locales corruptos que se llenan sus propios bolsillos antes de pasar alguna migaja a las víctimas? Es mejor enviar el dinero directamente a los niños del barrio que no pueden costearse el comedor escolar. Los muy publicitados fracasos de las operaciones humanitarias en lugares como Haití o la antigua Corea del Norte refuerzan sus argumentos.

—¿Y cuál es la alternativa? —preguntó el juez.

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Jianwen miraba las notificaciones que se iban desplazando pantalla arriba, cada una anunciando la formalización de un contrato inteligente formalizado en alguna criptomoneda totalmente anónima. Eran ya muchos los negocios que se llevaban a cabo así, sobre todo en los países en vías de desarrollo, en los que abundaban los gobiernos que trataban de aumentar su control mediante la prohibición del dinero en efectivo. Ella había leído en algún sitio que más del veinte por ciento de las transacciones financieras mundiales se realizaban ya utilizando alguna de las diversas criptomonedas.

Sin embargo, las transacciones que estaba mirando en la pantalla eran diferentes. Las ofertas eran peticiones de ayuda y promesas de suministrar fondos; lo único que importaba era la necesidad de hacer algo realmente. La plataforma blockchain Empathium cruzaba y agrupaba las ofertas en contratos inteligentes con múltiples participantes y, cuando las condiciones estipuladas se satisfacían, los formalizaba.

Vio que se pedían libros infantiles; verdura fresca; herramientas de jardinería; anticonceptivos; un médico que estuviese dispuesto a ir a un cierto sitio y abrir una consulta permanente, en lugar de los voluntarios a los que soltaban allí durante treinta días y que luego se largaban aprisa y corriendo, dejando todo inacabado y sin medios para que se pudiese acabar…

Rezó para que las ofertas fuesen aceptadas, para que fuesen satisfechas por el sistema, a pesar de que ni creía en Dios ni en ningún dios. Aunque ella había creado Empathium, no podía hacer nada para influir en su funcionamiento. Eso era lo bueno del sistema. Nadie podía tomar el mando.

Cuando estaba en Norteamérica estudiando en la universidad, Jianwen regresó a China durante el verano del año del gran terremoto de Sichuan para ayudar a las víctimas de aquella catástrofe. El gobierno chino había dedicado una enorme cantidad de recursos a las tareas de rescate, llegando incluso a movilizar al ejército.

Algunos soldados del Ejército Popular de Liberación, de su misma edad e incluso más jóvenes, le enseñaron las feas cicatrices que tenían en las manos, de cuando habían excavado en busca de supervivientes y cadáveres entre los escombros llenos de barro de los edificios que se habían desplomado.

«Tuve que dejarlo porque las manos me dolían muchísimo —le contó uno de los muchachos con voz avergonzada—. Dijeron que si seguía perdería los dedos».

A Jianwen se le nubló la vista de la rabia. ¿Por qué el gobierno no les ha proporcionado a los soldados palas y material de rescate en condiciones? Se imaginó las manos ensangrentadas de los soldados, la carne de los dedos despegándose de los huesos, mientras continuaban sacando puñados de tierra con la esperanza de encontrar a alguien todavía vivo. No tienes nada de lo que avergonzarte.

Más adelante había relatado sus experiencias a su compañera de habitación, Sophia, que había compartido su ira por la actuación del gobierno chino, pero su rostro no se había inmutado lo más mínimo cuando Jianwen le describió al joven soldado.

—Él no era más que una herramienta para una autocracia —había dicho su compañera como si fuese totalmente incapaz de imaginar aquellas manos ensangrentadas.

Jianwen no había acudido a la zona del desastre con una organización oficial, sino que había sido tan solo una de los miles de voluntarios que habían llegado a Sichuan por su cuenta, confiando en poder aportar algo. Tanto ella como los demás habían llevado comida y prendas de vestir, creyendo que eso era lo que se necesitaba. Sin embargo, las madres le pedían libros para colorear y juegos con los que tranquilizar a los niños que gimoteaban; los granjeros le preguntaban cuánto se tardaría en restablecer el servicio de telefonía móvil; los vecinos deseaban averiguar si podían conseguir herramientas y materiales para poner manos a la obra en la reconstrucción; una niña que había perdido a toda su familia quería saber cómo iba a poder terminar el instituto. Jianwen carecía de la información y de los suministros que necesitaban y, al parecer, lo mismo les pasaba a todos los demás. A los responsables gubernamentales al frente de las labores de rescate no les gustaba tener voluntarios como ella por la zona porque no estaban a las órdenes de nadie, así que no les informaban de nada.

«Eso demuestra por qué necesitas expertos —había dicho Sophia luego—. No basta con que llegue una marabunta desorientada con ganas de ayudar. Al frente de las operaciones de rescate tienen que estar los que saben qué se traen entre manos».

Jianwen no estaba segura de estar de acuerdo, no había visto demasiadas pruebas de que ningún experto pudiese prever todo lo que se necesitaba en una catástrofe.

El texto se desplazaba todavía más deprisa en otra ventana de la pantalla, en la que se mostraban más ofertas que se estaban recibiendo para nuevos contratos: peticiones de profesores de griego; de fondos para construir una nueva torre de telefonía móvil; de medicamentos; de personas que pudieran enseñar a los refugiados a no perderse en el laberinto de trámites necesarios para la obtención de visados y permisos de trabajo; de armas; de camioneros dispuestos a transportar hasta los compradores obras artísticas realizadas por refugiados…

En algunas de estas peticiones se solicitaba el tipo de cosas que ninguna ONG ni gobierno iba a entregar jamás a los refugiados. A Jianwen le repugnaba la idea de que hubiese una autoridad que dictaba lo que necesitaba y no necesitaba la gente que estaba luchando por sobrevivir.

Quienes se hallaban en la zona de la catástrofe eran quienes mejor sabían lo que necesitaban. Lo mejor era entregarles el dinero a ellos para que pudiesen comprar lo que les hiciese falta —montones de temerarios vendedores e ingeniosos aventureros estarían dispuestos a proporcionar a los refugiados cualquier mercancía o servicio que solicitasen si ello les reportaba beneficios—. Poderoso caballero es don dinero, lo que tampoco tiene por qué ser algo malo.

Sin las criptomonedas, nada de lo que Empathium había logrado hasta ese momento hubiera resultado posible. Las transferencias de dinero internacionales eran caras y estaban sometidas a un minucioso escrutinio por parte de sospechosos organismos estatales. Hacer llegar los fondos a manos de los necesitados era casi imposible a menos que contases con la colaboración de algún sistema de pagos centralizado, al que múltiples instituciones podían fácilmente llegar a controlar.

Sin embargo, con las criptomonedas y Empathium, te bastaba con un smartphone para comunicar al mundo tus necesidades y recibir ayuda. Podías pagar a cualquiera de manera segura y anónima. Podías unirte a otros que necesitasen lo mismo que tú y presentar una solicitud de grupo, o ir por libre. Nadie podía interferir e impedir que los contratos inteligentes se formalizaran.

Era excitante ver cómo algo desarrollado por ella empezaba a funcionar tal como lo había imaginado.

No obstante, en Empathium muchísimas peticiones de ayuda no quedaban satisfechas. No había suficiente dinero, no había suficientes donantes.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—… y, en pocas palabras, eso es básicamente todo —dijo Sophia—. Las donaciones a Refugiados Sin Fronteras han caído porque muchos jóvenes ahora están realizando sus aportaciones a través de la plataforma Empathium.

—Espere, ¿acaba de decirme que esos jóvenes están donando «criptomonedas» en esta plataforma? —preguntó el juez—. ¿Eso qué es?, ¿como dinero falso?

—Bueno, falso no es. Pero no son dólares ni yenes (aunque las criptomonedas se pueden convertir a moneda fiduciaria en oficinas de cambio). Es un vale electrónico. Imagíneselo como —Sophia se esforzó por dar con alguna referencia anticuada que tuviese sentido para el juez, y entonces se le encendió la bombilla— un MP3 en su iPod. Salvo que estos vales pueden utilizarse para pagar.

—¿Qué me impide enviar una copia a alguien para pagar algo y conservar otra para mí mismo?, igual que los chavales solían hacer con las canciones.

—Hay un libro de contabilidad electrónico donde está registrado quién es el dueño de cada canción.

—Pero ¿quién mantiene ese libro de contabilidad? ¿Qué impide que los hackers se cuelen y lo sobrescriban? Ha dicho que no existía una autoridad central.

—El libro de contabilidad, que se llama cadena de bloques o blockchain, está distribuido por ordenadores repartidos por todo el mundo —intervino la directora general—. Se basa en principios criptográficos que solucionan el problema de los generales bizantinos. Las blockchains son el motor tanto de las criptomonedas como de Empathium. Los que utilizan blockchains confían en las matemáticas; no necesitan confiar en la gente.

—¿Qué? —preguntó el juez—. ¿Bizancio?

Sophia suspiró para sus adentros. No se esperaba tener que llegar a ese grado de detalle. Todavía no había terminado siquiera de explicar los fundamentos básicos de Empathium, y habría que ver cuánto tardarían aún en llegar a un consenso sobre lo que Refugiados Sin Fronteras debía hacer al respecto…

Igual que las criptomonedas aspiraban a arrebatarle el control del suministro de dinero a los arbitrarios decretos gubernamentales, Empathium aspiraba a arrebatar el control del suministro de compasión a los expertos de las organizaciones benéficas.

Empathium era una iniciativa idealista, pero impulsada por la fuerza de la emoción, no por la razón ni la experiencia. Hacía que el mundo fuese más impredecible para Norteamérica y, por lo tanto, más peligroso. Sophia ya no estaba en el Departamento de Estado, pero aún anhelaba convertir el mundo en un lugar más ordenado, en el que las decisiones se tomaran sobre la base de análisis racionales y tras sopesar pros y contras.

Era complicado lograr que una habitación llena de egos comprendiese un mismo problema, y ni que decir tiene que se pusiera de acuerdo en una solución. Deseó tener ese don de algunos líderes carismáticos que les permitía convencer a todo el mundo de que adoptase una línea de acción aunque no la entendiera.

—A veces creo que lo único que quieres es que la gente esté de acuerdo contigo —le había dicho Jianwen en una ocasión tras una discusión especialmente acalorada.

—¿Y qué tiene eso de malo? —había preguntado ella—. No es culpa mía que yo haya reflexionado más que ellos sobre todos estos asuntos. Yo tengo una visión general.

—En realidad tú no quieres ser la más razonable. Quieres ser quien más razón tenga. Quieres ser un oráculo.

Ella se había sentido insultada. Jianwen podía ser muy testaruda.

Espera un momento, Sophia se quedó dando vueltas a la idea del oráculo. A lo mejor es así como podemos conseguir poner a Empathium a nuestro servicio.

—El problema de los generales bizantinos es una metáfora —explicó Sophia. Trató de que su nuevo entusiasmo no se trasluciera en la voz. Se alegraba de que su obsesiva necesidad de comprender los detalles (junto con, si era sincera, el deseo de quedar por encima de la directora general de tecnología), la hubiese empujado a estudiar ese asunto en profundidad—. Imagine que un grupo de generales, cada uno al frente de una división del ejército bizantino, está sitiando una ciudad. Si todos los generales pueden coordinarse para atacarla, entonces la ciudad caerá. Y si todos son capaces de ponerse de acuerdo para replegarse, nadie correrá peligro. Sin embargo, con que tan solo alguno ataque mientras los demás se retiran, el resultado será catastrófico.

—Tienen que llegar a un consenso sobre qué hacer —dijo el juez.

—Sí. Los generales se comunican a través de mensajeros; pero el problema es que los mensajeros que se despachan no llegan a su destino al instante, y que además puede haber generales traidores que, durante las negociaciones, envíen mensajes falsos sobre el incipiente consenso para de ese modo sembrar la confusión y viciar el resultado.

—Este incipiente consenso, tal como usted lo llama, es como el libro de contabilidad, ¿verdad? —preguntó el juez—. Es el registro del voto de todos los generales.

—¡Exacto! Así que, simplificándolo un poco, las blockchains resuelven este problema aplicando métodos de criptografía (acertijos de teoría de números dificilísimos de resolver) a la cadena de mensajes que representa el incipiente consenso. Mediante técnicas criptográficas, a cada general le resulta sencillo verificar que una cadena de mensajes que refleja la situación del voto no ha sido alterada, pero le resulta trabajoso añadir a la cadena un nuevo voto codificado criptográficamente. Para poder engañar al resto, un general traidor no solo tendría que falsear su propio voto sino también el resumen criptográfico de todos los demás que preceden al suyo en esa cadena creciente. Algo que, a medida que esta se va haciendo más larga, resulta cada vez más difícil.

—No estoy seguro de estar siguiéndolo del todo —refunfuñó el juez.

—La clave es que las blockchains utilizan la complejidad de ir añadiendo a la cadena un bloque de transacciones codificado criptográficamente (eso se llama proof of work, es decir, «prueba de trabajo») para garantizar que, mientras la mayoría de los ordenadores de la red no sean traidores, dispondremos de un libro de contabilidad distribuido más fiable que cualquier autoridad centralizada.

—¿Y eso es… confiar en las matemáticas?

—Sí. Un libro de contabilidad distribuido e incorruptible no solo posibilita la existencia de una criptomoneda, sino que también es una manera de contar con un marco de voto seguro que no está administrado centralizadamente, y una manera de garantizar que los contratos inteligentes no puedan ser manipulados.

—Todo esto es muy interesante, ¿pero qué tiene que ver con Empathium o con Refugiados Sin Fronteras? —pregunto impaciente el marido de la parlamentaria.

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Jianwen se había esforzado sobremanera para conseguir que la interfaz de Empathium fuese sencilla de utilizar, algo que no era una prioridad para gran parte de los incondicionales de las cadenas de bloques. De hecho, numerosas aplicaciones basadas en blockchains parecían estar diseñadas a propósito para que resultase complicado utilizarlas, como si el requisito para separar a quienes eran realmente libres de los aborregados fuese poseer profundos conocimientos técnicos.

Jianwen despreciaba el elitismo en todas sus manifestaciones —y era muy consciente de la ironía del asunto, siendo como era una tecnóloga del sector de los servicios financieros educada en una universidad de élite y con una habitación atestada de aparatos RV de gama alta—. Había sido un grupo de miembros de la élite el que había decidido que la democracia no era «adecuada» para China, su país, y otro grupo también de miembros de la élite el que había resuelto que ellos eran los que mejor sabían quién merecía nuestra compasión y quién no. La élite desconfiaba de los sentimientos, desconfiaba de aquello que hacía a la gente humana.

La razón de ser de Empathium era ayudar a quienes les traía sin cuidado las complejidades del problema de los generales bizantinos y las implicaciones del tamaño de bloque en la seguridad de las blockchains. Hasta un niño tenía que ser capaz de utilizarlo. Jianwen se acordó de la frustración y desesperación de los habitantes de Sichuan que tan solo querían herramientas básicas para ayudarse a sí mismos. El manejo de Empathium tenía que ser lo más sencillo posible, tanto para quienes querían donar como para quienes necesitaban la ayuda.

Ella estaba desarrollando la aplicación para quienes estaban hartos y cansados de que les dijeran qué les tenía que importar y cómo, no para quienes se lo decían.

—¿Qué te hace pensar que siempre conoces la respuesta correcta? —había preguntado Jianwen a Sophia una vez, en la época en la que hablaban de absolutamente todo y las discusiones entre ellas eran conversaciones desapasionadas, en las que se embarcaban por el mero placer intelectual—. ¿Nunca dudas y piensas que a lo mejor podrías estar equivocada?

—Cuando alguien señala un fallo en mi razonamiento, sí. Siempre estoy abierta a otras ideas.

—¿Pero nunca… sientes que podrías estar equivocada?

—Permitir que los sentimientos dicten su manera de pensar es la razón de que tanta gente nunca llegue a dar con las respuestas correctas.

Si lo pensaba de manera racional, el trabajo que estaba haciendo no tenía futuro. Había empleado todos sus días de vacaciones y baja por enfermedad en escribir Empathium. Había publicado un artículo explicando sus principios básicos con tremendo detalle. Había embarcado a otros para que le revisaran el código. Ahora bien, ¿cómo podía realmente esperar cambiar el sistema establecido de grandes ONG y comités de expertos en política exterior mediante una desconocida plataforma que usaba criptomonedas y que no valía nada?

No obstante, ella sentía que estaba haciendo lo correcto trabajando en Empathium. Y eso pesaba más que cualquier contrargumento que pudiera ocurrírsele.

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—¡Pero sigo sin comprender cómo se satisfacen estas «condiciones estipuladas»! —insistió el juez—. No entiendo cómo Empathium decide que una solicitud de ayuda merece ser financiada y le asigna dinero. Es imposible que quienes proporcionan los fondos puedan revisar personalmente miles de peticiones y decidir a cuáles donar.

—Hay un aspecto de los contratos inteligentes que todavía no he explicado —dijo Sophia—. Para que funcionen, tiene que haber una manera de importar la realidad al software. A veces, los requisitos para que las condiciones estipuladas hayan sido satisfechas no son algo tan sencillo como si llovió un día concreto (aunque tal vez incluso eso pueda estar abierto a debate en casos extremos), y requieren una valoración humana compleja: si un contratista ha instalado las cañerías como es debido, si la vista prometida es realmente pintoresca o si alguien merece ser ayudado.

—Se refiere a que se necesita un consenso.

—Exacto. De manera que Empathium solventa este problema repartiendo a algunos miembros de la plataforma un determinado número de vales electrónicos, llamados emps. Entonces, los titulares de emps tienen la tarea de evaluar los proyectos que buscan financiación y votar sí o no durante una franja de tiempo fijada de antemano. Solo los proyectos que reciben el número de votos favorables necesario (y el número de votos que puedes emitir viene determinado por tu balance de emps) son financiados por la bolsa de donantes disponibles, y el mínimo de votos a favor requerido es mayor cuanto mayor sea la cantidad solicitada. Para evitar el voto útil, los resultados del recuento solo se hacen públicos una vez finaliza el período de evaluación.

—Pero ¿cómo deciden los titulares de emps el sentido de su voto?

—Cada uno es libre de hacerlo como quiera. Pueden limitarse a evaluar los materiales aportados por los solicitantes: sus historias, fotografías, vídeos, documentación… lo que sea. O pueden ir e investigar a los candidatos in situ. Pueden valerse de cualquier medio de que dispongan dentro del período de evaluación fijado.

—Estupendo, de modo que el dinero que debería ser para los pobres y desesperados será adjudicado por una panda de individuos a los que a duras penas se los podría convencer para que respondiesen a una encuesta de satisfacción del cliente entre sesión y sesión de videojuegos —se mofó el marido de la parlamentaria.

—Ahora es cuando llega lo ingenioso del sistema. A los titulares de emps se los incentiva entregándoles una pequeña cantidad de dinero de la plataforma, proporcional a su cuenta de emps. Cuando se cierra un período de evaluación de proyectos, a quienes han votado por el bando «perdedor» se les castiga transfiriendo una parte de sus emps a quienes se alinearon con el bando «ganador». Los balances individuales de emps son una especie de marcador de reputación y, con el tiempo, aquellos cuyos juicios (o medidores de empatía, de ahí el nombre de la plataforma) están más en sintonía con el criterio de consenso se hacen con la mayor parte de los emps y se convierten en los oráculos infalibles que son la base del funcionamiento del sistema.

—Entonces, ¿qué impide…?

—No es un sistema perfecto —dijo Sophia—. Incluso sus diseñadores (que en realidad no sabemos quiénes son) lo reconocen. No obstante, al igual que sucede con otras muchas cosas en la red, funciona incluso aunque parezca que no debería. Cuando empezó, tampoco nadie creyó que Wikipedia fuese a funcionar. En sus dos meses de existencia, Empathium ha demostrado ser sorprendentemente eficaz y resistente a ataques, y es cierto que está atrayendo a infinidad de donantes jóvenes desilusionados con los modelos de donación tradicionales.

A la junta le llevó un rato asimilar esta información.

—Suena a que vamos a tener un duro competidor —dijo por fin el esposo de la parlamentaria.

Sophia respiró hondo. Aquí está, el momento en que empiezo a crear consenso.

—Empathium es popular, pero ni de lejos ha sido capaz de atraer tantos fondos como las organizaciones benéficas más consolidadas, en gran parte porque las donaciones a Empathium no son desgravables, como es lógico. Algunos de los proyectos más importantes de la plataforma, sobre todo los relacionados con refugiados, no han sido financiados. Si el objetivo es que Refugiados Sin Fronteras se convierta en uno de los actores de este nuevo escenario, deberíamos presentar una oferta de financiación importante.

—Pero creía que no íbamos a poder elegir a qué proyecto de ayuda a refugiados de los que existen en la plataforma irá a parar el dinero —dijo el esposo de la parlamentaria—. Que eso va a quedar en manos de los titulares de emps.

—Tengo que confesar algo. Desde hace un tiempo yo misma soy usuaria de Empathium y cuento con algunos emps. Podemos hacer de mi cuenta la cuenta corporativa y empezar a evaluar esos proyectos. En algunos casos, solo con la documentación basta para identificar y descartar las peticiones fraudulentas, pero para saber de verdad si alguien merece nuestra ayuda no hay nada que sustituya a la investigación in situ de toda la vida. Con nuestra experiencia sobre el terreno y el personal que tenemos en el extranjero estoy convencida de que seremos capaces de decidir qué proyectos financiar más certeramente que nadie, y ganaremos emps deprisa.

—Pero ¿por qué no podemos invertir directamente el dinero en los proyectos que queramos y listo? ¿Por qué añadir un intermediario como Empathium? —preguntó la directora general.

—Se trata de conseguir influencia. Una vez nos hagamos con los emps suficientes, convertiremos Refugiados Sin Fronteras en el oráculo supremo de la empatía mundial, en el árbitro de quién es merecedor de ella —explicó Sophia, luego inspiró hondo y asestó el golpe de gracia—: Habrá otras ONG importantes que seguirán nuestro ejemplo. Y si a eso añadimos todos los fondos de países como China e India, donde los donantes filantrópicos cuentan con escasas organizaciones benéficas nacionales de confianza pero tal vez estén dispuestos a subirse al carro de una aplicación blockchain descentralizada, resulta que Empathium puede convertirse a no mucho tardar en la mayor plataforma benéfica mundial. Si nos hacemos con la mayoría de los emps, entonces estaremos realmente en condiciones de encauzar la utilización de la mayor parte de las donaciones mundiales.

Los miembros de la junta se quedaron clavados en sus asientos, anonadados. Incluso las manos del robot de telepresencia se paralizaron.

—Caray… piensa darle la vuelta a una plataforma pensada para eliminar nuestra intermediación y convertirla en la escalera por la que subamos al trono —dijo la directora general con genuina admiración—. Toda una llave de jiu-jitsu: aprovechando la fuerza del adversario en beneficio propio.

Sophia le sonrió brevemente antes de volverse de nuevo hacia la mesa.

—Bien, ¿cuento con su beneplácito?

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La línea roja que representaba la cantidad total de contribuciones a Empathium se había disparado directa hacia la estratosfera.

Jianwen sonrió frente a la pantalla. Su niñito ya se había hecho mayor.

La decisión de Refugiados Sin Fronteras de unirse a la plataforma había sido imitada menos de veinticuatro horas después por varias de las más importantes ONG internacionales. Empathium había quedado legitimado a los ojos del público, y ahora incluso los donantes adinerados interesados en desgravar podían canalizar sus fondos a través de las organizaciones benéficas tradicionales que se habían unido a la red.

Los proyectos que fuesen objeto de la atención de los usuarios de Empathium sin duda alguna despertarían gran interés mediático y atraerían reporteros y observadores. Empathium no solo iba a atraer las donaciones sino también la mirada del mundo.

En el canal #empathium, de acceso restringido a invitados, el debate se estaba animando.

NoMiniver>: Esto es una estratagema de las grandes ONG. Van a jugar a acumular emps para así obligar a la plataforma a financiar sus proyectos preferidos.

N❤T>: ¿Qué te hace pensar que pueden lograrlo? El sistema del oráculo solo premia resultados. Si tal como creemos las ONG tradicionales no saben lo que están haciendo, entonces no dispondrán de medios mejores que los nuestros para identificar los buenos proyectos dignos de nuestro apoyo. Empathium los obligará a financiar aquellos que el conjunto de titulares de emps considere lo merecen.

Anónim☀>: Las ONG tradicionales tienen acceso a canales de publicidad que quedan fuera del alcance de la mayoría de las organizaciones. El resto de titulares de emps no dejan de ser personas. Influirán sobre ellos.

N❤T>: No todo el mundo está tan influido por los medios de comunicación tradicionales como tú te crees, sobre todo cuando sales de la burbuja en la que vivís vosotros, los yanquis. Creo que competimos en igualdad de condiciones.

Jianwen siguió el debate pero no participó. Como creadora de Empathium comprendía que la reputación invisible asociada a su alias implicaba que cualquier cosa que dijese podía influir de manera desproporcionada en la discusión y desvirtuarla. Así es como funcionaban los humanos, incluso cuando estaban hablando mediante textos que se desplazaban por la pantalla atribuidos a identidades electrónicas bajo pseudónimo.

No obstante, lo que le interesaba no era el debate. Lo que le interesaba era la acción. La participación de las ONG tradicionales en Empathium era lo que había deseado y planeado desde un principio, y ahora había llegado el momento de dar el segundo paso.

Abrió una consola de comandos y arrancó un nuevo envío a la red de Empathium. El fichero RV de Muertien era demasiado grande para que cupiese tal cual en un bloque, de manera que tendría que ser distribuido en redes P2P. Sin embargo, la firma que lo autentificaba e impedía su manipulación se incorporaría a la cadena de bloques y se distribuiría a todos los usuarios de Empathium y a todos los titulares de emps.

A lo mejor incluso a la pragmática Sophia.

El hecho de que el remitente del fichero fuese Jianwen (o, con más precisión, el alias del creador de Empathium, que nadie sabía que era ella en la vida real) haría que se suscitase un desmedido interés inicial, pero todo lo que sucediese después ya escapaba a su control.

Ella no creía en conspiraciones. Confiaba en los ángeles de naturaleza humana.

Pulsó ENVIAR, se recostó y esperó.

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Mientras el todoterreno avanzaba a través de la jungla siguiendo la montañosa carretera embarrada cercana a la frontera entre China y Birmania, Sophia echó una cabezadita.

¿Cómo hemos llegado a esto?

La locura del mundo era a un mismo tiempo totalmente impredecible y totalmente inevitable.

Tal como Sophia había pronosticado, la experiencia sobre el terreno de Refugiados Sin Fronteras no había tardado en convertir la cuenta corporativa de Empathium en uno de los titulares de emps con más peso en la red. Las opiniones de Sophia eran consideradas infalibles y, bajo su guía, la plataforma desembolsaba fondos para los grupos necesitados y las propuestas de proyectos convenientes. La junta estaba muy satisfecha con su trabajo.

Pero entonces, en la plataforma empezaron a aparecer esos malditos vídeos RV y toda la pesca.

Las experiencias RV afectaban a los que se sumergían en ellas de una manera que quedaba fuera del alcance de palabras, fotografías y vídeos. Caminar kilómetros descalzo por una ciudad arrasada por la guerra; ver cadáveres desmembrados de madres y bebés desparramados en derredor; ser interrogado y amenazado por hombres y muchachos con machetes y pistolas… las experiencias RV dejaban conmocionados y abrumados a los usuarios. Algunos incluso habían tenido que ser hospitalizados.

Los medios de comunicación tradicionales, condicionados por ideas anticuadas sobre el decoro y la corrección, no podían mostrar imágenes como esas y se negaban a recurrir a lo que ellos consideraban pura manipulación emocional.

«¿Dónde está el contexto? ¿Quién es la fuente? —inquirían los despechados profesionales—. El auténtico periodismo exige meditación, exige reflexión».

«No recordamos mucha reflexión por vuestra parte cuando abogasteis por una guerra sustentada en las fotografías publicadas por vosotros —replicó la mente-colmena de los titulares de emps—. ¿No será que lo único que pasa es que estáis molestos porque ya no sois vosotros quienes controlan nuestras emociones?».

Gracias al generalizado uso del cifrado en Empathium, la mayoría de las técnicas de censura resultaban inútiles, de suerte que los titulares de emps se enfrentaron a historias que hasta ese momento les habían sido ocultadas. Ellos votaban por los proyectos asociados a las mismas, con el corazón palpitándoles, la respiración agitada y la visión nublada por la rabia y el dolor.

Activistas y propagandistas no tardaron en darse cuenta de que la mejor manera de conseguir que sus causas recibiesen financiación era participar en la carrera de armas de realidad virtual. De forma que gobiernos y rebeldes competían por crear experiencias RV persuasivas que forzaran a los que se sumergían en ellas a evaluar la coyuntura desde su punto de vista, que los obligaran a empatizar con su bando.

Fosas comunes repletas de refugiados muertos por inanición en Yemen. Muchachas que tomaban parte en una marcha de apoyo a Rusia abatidas a tiros por soldados ucranianos. Niños de minorías étnicas corriendo desnudos por las calles mientras sus casas eran quemadas por soldados del gobierno de Birmania…

Los fondos comenzaron a fluir hacia colectivos que las noticias habían olvidado o presentado como la facción no merecedora de ser compadecida. En una experiencia RV, un minuto de su angustia tenía mayor peso que diez mil palabras en un artículo de opinión de cualquier periódico respetado.

«¡Esto es la mercantilización del dolor!», escribían blogueros educados en universidades de élite en sesudos artículos de opinión. «¿Acaso no es otra manera más de que los privilegiados exploten el sufrimiento de los oprimidos para así conseguir sentirse mejor?».

«Exactamente igual que una fotografía puede ser manipulada y retocada para que mienta, también puede serlo la realidad virtual», escribía la expertocracia de los medios de comunicación y los estudios culturales[2]. «La realidad virtual es un medio tan profundamente artificial que todavía no hemos alcanzado un consenso sobre cuál es el significado de “realidad” en él».

«Es una amenaza para la seguridad nacional», aseguraban los senadores que, preocupados, exigían el cierre de Empathium. «Podrían estar desviando fondos hacia grupos hostiles a los intereses de nuestro país».

«Lo único que sucede es que estáis asustados porque estáis perdiendo esa autoridad que detentabais de manera inmerecida», se burlaban los usuarios de Empathium ocultos tras sus cuentas anónimas y encriptadas. «Esta es una verdadera democracia de la empatía. A aguantarse toca».

El consenso sobre los hechos había sido sustituido por el consenso sobre los sentimientos. El ímprobo esfuerzo emocional de sentir las experiencias ajenas a través de la realidad virtual había sustituido al trabajo mental y físico de investigar, de evaluar costes y beneficios, de juzgar de manera racional. Una vez más, para garantizar la autenticidad se utilizaba el proof of work, la «prueba de trabajo», lo único es que ahora se trataba de un tipo de trabajo distinto.

¿Y no podríamos los periodistas, los senadores, los diplomáticos y yo desarrollar nuestras propias experiencias RV?, se preguntó Sophia cuando las sacudidas la despertaron en la parte de atrás del todoterreno. Una pena que haya que hacer atractivo el nada glamuroso pero necesario trabajo de entender a fondo una situación compleja…

Miró por la ventanilla. Estaban atravesando un campo de refugiados de Muertien. Hombres, mujeres y niños, la mayoría de ellos con rasgos chinos, devolvían la mirada a los pasajeros del todoterreno con una expresión aturdida que a Sophia le resultaba familiar: el mismo desaliento que había visto en rostros de refugiados por todo el mundo.

Que el proyecto de Muertien hubiera logrado financiación había sido un golpe tremendo para Sophia y Refugiados Sin Fronteras. Ella había votado en contra, pero el resto de titulares de emps la habían arrollado y, de la noche a la mañana, había perdido el diez por ciento de sus emps. Otros proyectos que también tenían la RV como principal puntal siguieron sus pasos y consiguieron fondos a pesar de la oposición de Sophia, lo que había mermado incluso más su cuenta de emps.

Sabiendo que tenía que enfrentarse a una indignada junta, Sophia había viajado a Muertien para dar con la manera de desacreditar el proyecto, de demostrar que tenía razón.

De camino desde Rangún, Sophia había hablado con la persona que Refugiados Sin Fronteras tenía desplazada en la zona y con varios corresponsales destacados en el país, que le habían confirmado la opinión prevalente en Washington. Ella sabía que la tesitura de los refugiados estaba en gran parte creada por los rebeldes. La población de Muertien, en su mayoría de etnia china han, no se llevaba bien con la mayoría de etnia bamar del gobierno central. Los insurgentes habían atacado a las fuerzas gubernamentales y luego habían tratado de camuflarse entre la población civil. El gobierno prácticamente se había visto obligado a recurrir a la violencia para evitar que la joven democracia del país sufriese un revés y la influencia china se extendiera por el corazón del sureste asiático. Es cierto que se habían producido algunos incidentes lamentables, pero la mayor parte de la culpa era achacable al bando de los rebeldes. Financiarlos solo serviría para enconar el conflicto.

Sin embargo, los titulares de emps detestaban este tipo de opiniones, las opiniones con conocimiento de causa; y esta manera de explicar la geopolítica. No querían sermones; lo que los convencía era la inmediatez del sufrimiento.

El todoterreno se detuvo. Sophia se apeó junto con su intérprete. Se ajustó el collarín que llevaba —un prototipo que la directora general de tecnología le había conseguido de Canon Virtual—. El aire era húmedo y cálido, y estaba saturado de hedor a aguas residuales y podredumbre. Supuso que era lo que se tenía que haber esperado, pero, por lo que fuese, en su despacho de Washington no se había parado a pensar en cómo olerían las cosas en el campamento de refugiados.

Cuando Sophie estaba a punto de abordar a una joven de mirada recelosa vestida con una blusa estampada con flores, un hombre gritó enfadado. Ella se volvió para mirarlo. Estaba señalándola y chillando. La multitud en torno a él se detuvo para observar a Sophia. La tensión se palpaba en el ambiente.

En la otra mano, el hombre tenía una pistola.

Uno de los objetivos del proyecto de Muertien había sido financiar grupos dispuestos a pasar armas de contrabando a través de la frontera china y hacérselas llegar a los refugiados. Y Sophia lo sabía. A que acabo lamentando haber venido sin escolta armada…

Ruido de vehículos acercándose por la jungla. Un estruendoso zumbido en el cielo seguido por una explosión. Un tableteo de disparos tan cercanos que tenían que proceder de dentro del campamento.

Sophia fue empujada y cayó al suelo cuando en derredor de ella el caos se desató entre el gentío, que gritaba y corría en todas las direcciones. Se protegió el cuello con los brazos, tapando las cámaras y micrófonos, pero los pies de los refugiados que huían presas del pánico pisotearon su torso, impidiéndole respirar y obligándola a aflojar los brazos. El collarín con cámaras incrustadas se le desprendió del cuello y rodó por el suelo, y ella alargó la mano hacia él, sin preocuparse por su propia seguridad. Justo antes de que sus dedos consiguieran alcanzarlo y aferrarlo, un pie calzado con una bota lo aplastó con un horrible crujido. Ella soltó un taco; alguien que pasaba corriendo le dio una patada en la cabeza.

Sophia se desvaneció.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Un dolor de cabeza espantoso. Encima de mí, el cielo, naranja y sin una nube, me queda al alcance de la mano.

La superficie que tengo debajo es dura y arenosa.

Estoy dentro de una experiencia RV, ¿verdad? ¿Soy Gulliver contemplando el cielo liliputiense?

El cielo gira y oscila y, aunque estoy tumbada, tengo la sensación de estar cayendo.

Tengo ganas de vomitar.

—Cierra los ojos hasta que se te pase la sensación de vértigo —dice una voz.

El timbre y el fraseo me resultan familiares, pero no logro caer en de quién se trata. Solo sé que llevo bastante sin oírla. Espero hasta que el mareo remite. Solo entonces noto el bulto rígido de la grabadora de datos que se me está clavando en la espalda, donde está sujeta con cinta adhesiva. El alivio me invade. Las cámaras pueden haberse perdido, pero la pieza fundamental del equipo ha sobrevivido a la odisea.

—Toma, bebe —dice la voz.

Abro los ojos. Me esfuerzo por sentarme y una mano se acerca y se apoya entre mis omoplatos para ayudarme. Es menuda, fuerte, la mano de una mujer. Ante mi rostro surge una cantimplora, un claroscuro bajo esa luz mortecina. Bebo un trago. No me había dado cuenta de lo sedienta que estaba.

Alzo la mirada hacia el rostro que hay detrás de la cantimplora: Jianwen.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

Todo parece aún totalmente irreal, pero comienzo a reparar en que estoy dentro de una tienda, es probable que de una de las que he visto antes, en el campamento.

—A las dos nos ha traído aquí lo mismo —responde Jianwen.

Tras todos esos años, Jianwen no ha cambiado demasiado: la misma actitud dura y sensata; el mismo pelo muy corto; el mismo gesto de determinación, como desafiando a todo y a todos. Tan solo se la ve más enjuta, más seca, como si los años le hubiesen arrebatado parte de su dulzura.

—Empathium. Yo lo creé y tú quieres destruirlo.

Claro, tenía que habérmelo imaginado. A Jianwen siempre le desagradaron las instituciones, siempre creyó que había que poner todo patas arriba.

No obstante, me alegro de verla.

Durante nuestro primer curso en la facultad, yo escribí un reportaje para el periódico universitario sobre una agresión sexual ocurrida en una fiesta de una fraternidad de Harvard. La víctima no era una estudiante y su versión fue desacreditada posteriormente. Todo el mundo atacó mi artículo y me acusaron de negligencia, afirmando que había permitido que las ansias por publicar una buena historia interfiriesen con los hechos y al análisis. Tan solo yo sabía que tenía razón: la víctima se había retractado meramente porque la habían presionado, pero yo carecía de pruebas. Jianwen fue la única persona que me apoyó en todo momento y me defendió a la menor ocasión.

—¿Por qué me crees? —le pregunté.

—No es por algo que pueda explicar —respondió—. Es una… sensación. Yo percibí el dolor en su voz… y sé que tú también.

Así fue como nos hicimos buenas amigas. Ella era alguien con quien podía contar en una pelea.

—¿Qué ha pasado ahí fuera? —pregunto.

—Depende de con quién hables. En los noticiarios chinos no saldrá nada de esto. En caso de que en Estados Unidos sí que se vea, será otra pequeña escaramuza entre gobierno y rebeldes, cuyos guerrilleros se hacen pasar por refugiados, lo que obliga al gobierno a tomar represalias.

Jianwen siempre ha sido así. Ve falseamientos de la verdad por doquier, pero nunca te dirá cuál cree ella que es la verdad. Supongo que es algo a lo que se acostumbró durante el tiempo que vivió en Estados Unidos, para así evitar discusiones.

—¿Y qué pensarán los usuarios de Empathium? —pregunto.

—Verán más niños a los que las bombas hacen saltar por los aires y mujeres corriendo que son abatidas a tiros por los soldados.

—¿Quién disparó el primer tiro, los rebeldes o el ejército?

—¿Qué más da? El consenso en Occidente siempre será que el primer tiro lo dispararon los rebeldes, como si eso lo condicionara todo. Ya habéis tomado vuestra decisión sobre este asunto, y cualquier otra cosa solo sirve para reforzarla.

—Lo entiendo. Comprendo lo que estás tratando de hacer. Consideras que no se está prestando la necesaria atención a los refugiados de Muertien, así que estás utilizando Empathium para dar a conocer su terrible situación. Sientes un vínculo emocional hacia ellos porque os parecéis físicamente…

—¿De veras es eso lo que piensas? ¿Crees que estoy haciendo esto porque son de etnia china han? —Me mira decepcionada.

Puede mirarme como quiera, pero la intensidad de sus emociones la traiciona. La recuerdo afanándose para recaudar fondos para el terremoto de China, al principio de la carrera, cuando todavía estábamos tratando de decidir qué especialidad cursar; la recuerdo en una vigilia con velas en memoria tanto de los uigurs como de los han que habían muerto en Ürümqi, el siguiente verano, cuando nos quedamos en el campus juntas para editar la guía en la que se recopilaba información y opiniones de estudiantes sobre todas las asignaturas; la recuerdo cuando en una ocasión, en clase, se había negado a ceder ante un hombre blanco del doble de su tamaño que se plantó frente a ella y le exigió que reconociese que la participación de China en la guerra de Corea había sido un error.

«Pégame si quieres —le había desafiado ella con voz firme—. No voy a mancillar la memoria de los hombres y mujeres que murieron para que yo pudiese nacer. MacArthur iba a arrojar bombas atómicas sobre Pekín. ¿De veras es esa la clase de imperio que quieres defender?».

Algunos de nuestros amigos de la universidad creían que Jianwen era nacionalista china, pero eso no era del todo cierto. Le desagradan todos los imperios porque, para ella, son las instituciones supremas, con una concentración de poder mortífera. No considera que el imperio norteamericano sea más digno de apoyo que el ruso o el chino. Tal como ella dice: «Estados Unidos solo es una democracia para quienes tienen la suerte de ser estadounidenses. Para todos los demás es solo el dictador con las bombas y misiles más gordos».

Ella prefiere la perfección del caos sin intermediarios a la estabilidad imperfecta, aunque perfeccionable, de las instituciones falibles.

—Estás permitiendo que tus emociones se impongan a la razón —digo. Sé que tratar de persuadirla es inútil, pero no puedo evitar intentarlo. Si no me aferro a la fe en la razón, ya no me queda nada—. A la paz mundial no le conviene una China poderosa con influencia sobre Birmania. La preeminencia estadounidense debe…

—Así que tú crees que está bien que se lleve a cabo una limpieza étnica entre los habitantes de Muertien para así preservar la estabilidad del régimen de Naipydó, reforzar la Pax Norteamericana y cementar con su sangre las murallas del imperio estadounidense.

Se me crispa el rostro. Ella nunca ha medido las palabras.

—No exageres. Si este conflicto étnico no se controla, el resultado será más influencia y correrías chinas. He hablado con mucha gente en Rangún. En Birmania no se quiere a los chinos.

—¿Y te crees que sí que quieren a los estadounidenses mangoneándoles? —pregunta ella, con la voz enardecida por el desprecio.

—Se trata de elegir el mal menor —reconozco—. Pero una mayor implicación china pondrá más nervioso a Estados Unidos, y eso solo servirá para agudizar el conflicto geopolítico que tanto te disgusta.

—Aquí la gente necesita el dinero chino para la construcción de embalses. Sin desarrollo no pueden resolver ninguno de sus problemas…

—A lo mejor los empresarios que los van a construir sí que quieren eso, pero no la gente corriente.

—Y esa gente corriente de tu imaginación ¿quién es? He hablado con muchas personas en Muertien. Dicen que los birmanos no quieren los embalses donde ellos viven, pero que estarán encantados de que se construyan aquí. Por eso luchan los rebeldes, para conservar su autonomía y el derecho a controlar su tierra. ¿O es que tú no valoras la autodeterminación?, ¿no te parece importante? ¿Cómo es posible que permitir que los soldados asesinen niños vaya a hacer de este mundo un lugar mejor?

Podríamos seguir así eternamente. Su dolor es tan grande que le impide ver la verdad.

—El dolor de esta gente te ha cegado —digo—. Y ahora quieres que el resto del mundo sufra tu mismo destino. Mediante Empathium te has saltado los filtros tradicionales de las ONG y medios de comunicación institucionales y has llegado a los individuos. Pero, para la mayoría, la experiencia de enfrentarse a niños y madres muriendo a un paso de ellos es tan sobrecogedora que les impide considerar las complicadas implicaciones de los sucesos que han conducido a estas tragedias. Las experiencias RV son propaganda.

—Sabes tan bien como yo que la RV de Muertien no es fraudulenta.

Sé que lo que dice es cierto. He visto morir gente en derredor mío e, incluso si esa RV estaba amañada o sacada de contexto, había en ella la suficiente verdad para que lo demás no importe. La mejor propaganda muchas veces es cierta.

No obstante, hay una verdad superior que ella no ve. El mero hecho de que algo haya sucedido no basta para convertirlo en algo decisivo; el mero hecho de que haya sufrimiento no significa que siempre exista una opción mejor; el mero hecho de que la gente muera no implica que debamos dejar de lado principios más importantes. El mundo no es siempre blanco o negro.

—La empatía no es siempre algo bueno —digo—. La empatía irresponsable desestabiliza el mundo. En todos los conflictos siempre hay múltiples llamadas a la empatía, lo que lleva a la implicación emocional de personas ajenas al mismo y a su ampliación. Para abrirte paso por la maraña, tienes que razonar hasta encontrar el camino que conduce a la respuesta menos perniciosa, a la respuesta correcta. Por eso a algunos de nosotros se nos encomienda la tarea de estudiar y comprender las complejidades de este mundo y decidir, en nombre de los demás, cómo ejercitar la empatía de manera responsable.

—No puedo desconectarla y listo. No puedo olvidar a los muertos. Su dolor y terror… ahora forman parte de la cadena de bloques de mi experiencia, son imborrables. Si ser responsable significa aprender cómo no sentir el dolor de los demás, entonces no estás al servicio de la humanidad, sino del mal.

La miro. Lo siento por ella. De verdad. Es tristísimo ver a una amiga sufriendo y saber que no hay nada que puedas hacer para ayudarla; saber que, de hecho, tienes que hacerle más daño. En ocasiones, el dolor —y la admisión del dolor— sí que es egoísta.

Me levanto la blusa para mostrarle la grabadora RV que llevo pegada en la zona baja de la espalda.

—Esto ha estado grabando hasta el instante en que empezaron los disparos (que empezaron dentro del campamento) y me tiraron al suelo de un empujón.

Ella clava la mirada en la grabadora RV y en su rostro se suceden la sorpresa, la comprensión, la ira, la negación, una sonrisa irónica y, luego, nada.

Cuando la grabación RV basada en mi experiencia se suba a la red —no necesita demasiado trabajo de edición—, Estados Unidos se indignará. Una americana indefensa, la jefa de una ONG volcada en ayudar a refugiados tratada brutalmente por rebeldes de etnia china han que esgrimían armas compradas con dinero de Empathium —cuesta imaginar una manera mejor de desacreditar el proyecto de Muertien—. La mejor propaganda muchas veces es cierta.

—Lo siento —digo, y lo digo de verdad.

Ella me mira, y no sé decir si lo que veo en sus ojos es odio o desesperación.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La miro con lástima.

—¿Has probado alguna vez la primera grabación de Muertien? —pregunto—. La que subí yo.

—No pude —dice Sophia moviendo la cabeza negativamente—. No quería que mi objetividad pudiera verse afectada.

Ella siempre ha sido tan racional… En una ocasión, en la universidad, cuando le pedí que mirase un vídeo de un joven ruso, apenas un niño, al que los rebeldes chechenos decapitaban ante la cámara, no quiso.

—¿Por qué te niegas a mirar lo que está haciendo la gente a la que apoyas? —pregunté.

—Porque no he visto todos los actos brutales cometidos por los rusos contra los chechenos. Premiar a quienes suscitan empatía es lo mismo que castigar a quienes se les ha negado esa opción. Mirar esto no sería objetivo.

Con Sophia siempre se necesita un contexto más amplio, el panorama general. No obstante, con los años he aprendido que para ella, igual que para otros muchos, esa racionalidad es solo una cuestión de racionalización. Quiere un panorama justo lo bastante general para justificar las acciones de su gobierno. Necesita entender justo lo bastante para poder llegar razonadamente a la conclusión de que lo que Estados Unidos desea es también lo que desea cualquier persona racional del mundo.

Comprendo su manera de pensar, pero ella no comprende la mía. Comprendo su lenguaje, pero ella no comprende el mío —o no quiere comprenderlo—. Así es como funciona el poder en este mundo.

La primera vez que fui a Norteamérica me pareció el lugar más maravilloso del mundo. Todas las causas humanitarias contaban con defensores fervorosos entre los estudiantes, y yo traté de apoyarlas todas. Recogí dinero para las víctimas de los ciclones de Bangladés y las inundaciones en la India; empaqueté mantas, tiendas de campaña y sacos de dormir tras el terremoto de Perú; participé en las vigilias en recuerdo de las víctimas del 11-S y sollocé frente a la Memorial Church de Harvard mientras trataba de impedir que la brisa vespertina de finales de verano apagase las velas.

Entonces se produjo el gran terremoto de China y, mientras el número de víctimas aumentaba camino de las cien mil, el campus estaba extrañamente tranquilo. Quienes yo creía que eran mis amigos se distanciaron de mí, y todos los voluntarios de la mesa para donaciones que instalamos delante de la Facultad de Ciencias eran estudiantes chinos, como yo. Ni siquiera fuimos capaces de recaudar la décima parte del dinero que habíamos recogido para catástrofes con muchos menos muertos.

Cualquier conversación sobre el asunto se centraba en cómo la campaña china en pro del desarrollo había llevado a la construcción de edificios poco seguros, como si enumerar los contras del gobierno chino fuese una reacción apropiada ante los niños muertos, como si reafirmar los pros de la democracia estadounidense fuera una buena justificación para abstenerse de ayudar.

En los grupos de noticias se publicaron chistes de chinos y perros. «A la gente no le gusta demasiado China», reflexionaba el autor de un artículo de opinión. «Les está bien empleado, por lo que les hicieron a los elefantes», dijo una actriz en la televisión.

¿Pero qué os pasa?, quería gritar yo. En sus ojos no había empatía cuando, estando yo de pie junto a la mesa de donaciones, mis compañeros de clase pasaban por mi lado a toda prisa, desviando la mirada.

Pero Sophia sí donó. Entregó más dinero que nadie.

—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué te importan las víctimas cuando a nadie más parecen importarle?

—No voy a permitir que regreses a China con la irracional impresión de que a los estadounidenses no nos caen bien los chinos. Trata de acordarte de mí en los momentos de desesperación como este.

Así fue como supe que nuestra relación nunca sería tan estrecha como a mí me hubiese gustado. Su donativo era un medio de persuasión, no respondía a que compartiese mis sentimientos.

—Me acusas de manipulación —digo a Sophia. En la tienda, la humedad del ambiente resulta agobiante: siento como si en el interior de mi cráneo alguien estuviese presionándome los ojos—. ¿Pero acaso tú no estás haciendo exactamente lo mismo con esa grabación?

—Existe una diferencia. —Ella siempre tiene una respuesta—. La mía será utilizada para, mediante la emoción, persuadir a la gente de que haga lo que racionalmente es lo correcto, como parte de un plan bien meditado. La emoción es una herramienta tosca que debe ponerse al servicio de la razón.

—Así que tu plan es cortar todas las ayudas para los refugiados y sentarte a mirar cómo el gobierno birmano los expulsa de sus tierras obligándolos a irse a China. ¿O algo peor?

—Tú conseguiste que el dinero llegase a los refugiados arrastrado por una marea de rabia y compasión, pero ¿cómo los ayuda realmente eso? En última instancia, su destino siempre lo va a decidir la rivalidad geopolítica entre China y Estados Unidos. Todo lo demás no es sino ruido de fondo. Es imposible ayudarles. Armar a los refugiados solo servirá para proporcionar al gobierno más excusas para recurrir a la violencia.

Sophia no se equivoca. No del todo. Sin embargo, existe un principio superior que a ella se le escapa. El mundo no siempre avanza conforme a los pronósticos de las teorías económicas y las relaciones internacionales. Si todas las decisiones se tomasen de una manera tan calculadora como las toma ella, el orden, la estabilidad y el imperio siempre se impondrían. Nunca habría cambios, independencia, justicia. Pero lo que a nosotros nos mueve, o así debería ser, son los sentimientos.

—La mayor manipulación es engañarse a uno mismo y convencerse de que siempre es posible encontrar el camino hacia lo correcto solo mediante la razón —digo.

—Sin la razón es por completo imposible llegar a lo correcto.

—Las emociones siempre han sido una parte esencial de lo que significa hacer lo correcto, no son solo una herramienta de persuasión. ¿Te opones a la esclavitud porque has analizado de manera racional los costes y beneficios del sistema? No, te opones porque te repugna. Sientes empatía hacia las víctimas. Sientes de verdad, de corazón, que está mal.

—El razonamiento moral no es lo mismo…

—Con frecuencia, el razonamiento moral no es más que un método para domar nuestra empatía, uncirla y ponerla al servicio de los intereses de las instituciones que nos han corrompido. Nadie es demasiado reacio a la manipulación cuando favorece una causa que encaja bien en su ideología.

—Llamándome hipócrita no vas a conseguir gran cosa…

—Pero es que sí que eres una hipócrita. No protestaste cuando aquellas imágenes de bebés fueron el desencadenante del lanzamiento de Tomahawks ni cuando las de playas con cadáveres de niños ahogados llevaron a una revisión de las políticas sobre refugiados. Apoyaste el trabajo de corresponsales que, para suscitar sentimientos de empatía hacia quienes estaban atrapados en el mayor campo de refugiados de Kenia, relataban a los occidentales ñoñas historias de amor tipo Romeo y Julieta sobre jóvenes refugiados y hacían hincapié en cómo las Naciones Unidas los habían educado de acuerdo con ideales occidentales…

—Esos casos eran distintos…

—Por supuesto que eran distintos. Para ti, la empatía es tan solo un arma más que blandir, en lugar de un valor fundamental del ser humano. A algunos los premias con tu empatía y a otros los castigas negándosela. Siempre es posible encontrar razones.

—¿Y qué es lo que te diferencia a ti? ¿Por qué el sufrimiento de unos te afecta más que el de otros? ¿Por qué la gente de Muertien te importa más que la de cualquier otro lugar? ¿No es porque se parecen físicamente a ti?

Ella todavía cree que ese es un argumento concluyente. La entiendo, de verdad que sí. Resulta de lo más reconfortante saber que estás en lo correcto; que has triunfado sobre las emociones gracias a la razón; que eres un agente del imperio de la ecuanimidad, inmune a la traición de la empatía.

Pero yo no puedo vivir así.

Lo intento una última vez:

—Yo confiaba en que al despojar del contexto y las circunstancias, al exponer los sentimientos a la crudeza de los suplicios y el dolor, la realidad virtual podría impedir que utilizásemos la razón para dejar de lado nuestra empatía. En el sufrimiento no hay ni raza ni credo ni ninguna de las barreras que nos dividen y subdividen. Cuando se está inmerso en las experiencias de las víctimas, todos nos hallamos en Muertien, en Yemen, en el corazón de las tinieblas del que los Grandes Poderes se alimentan.

Ella no responde. Veo en sus ojos que ya me da por un caso perdido. Razonar conmigo es inútil.

Yo confiaba en poder utilizar Empathium para crear un consenso sobre la empatía, un libro de contabilidad incorruptible del corazón que ha vencido a la traidora racionalización.

Pero a lo mejor aún soy demasiado ingenua. A lo mejor tengo en excesiva estima la empatía.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Anónim☀>: ¿Qué pensáis que va a pasar?

N❤T>: China tendrá que invadir. Esas grabaciones RV no le han dejado elección. Como no envíen tropas a Muertien para proteger a los rebeldes, habrá revueltas callejeras.

cibergranjero89>: Da que pensar. ¿No andaría China detrás de esto desde un principio?

Anónim☀>: ¿Crees que la primera RV era una producción del gobierno chino?

cibergranjero89>: Tenía que haber algún gobierno detrás. Estaba demasiado bien hecha.

N❤T>: Yo no estoy tan seguro de que los autores fuesen los chinos. La Casa Blanca lleva tiempo detrás de una excusa para enzarzarse en una guerra con China que desvíe la atención de todos esos escándalos.

Anónim☀>: ¿Así que tú crees que la RV fue un montaje de la CIA?

N❤T>: No sería la primera vez que los norteamericanos hubieran manipulado un sentimiento antinorteamericano para conseguir sacar de él justo lo que les interesaba. La grabación de esa Sophia Ellis también está consiguiendo que la opinión pública estadounidense esté cada vez más a favor de la adopción de una postura firme contra China. Cada vez que pienso en esa pobre gente de Muertien me siento fatal. Menudo desaguisado.

mini_bloques>: ¿Todavía estás enganchado a esas snuff RV de Empathium? Yo las dejé hace tiempo. Acabas demasiado exhausto… Te mando por privado un juego nuevo que seguro que te gusta.

N❤T>: Un juego nuevo siempre me viene bien. ^_^

Nota del autor: El término «álgico» y algunas de las ideas sobre el potencial de la realidad virtual como tecnología social se los debo al siguiente artículo, a cuyos autores estoy muy agradecido:

LEMLEY, Mark A. y VOLOKH, Eugene, «Law, Virtual Reality, and Augmented Reality» (Legislación, realidad virtual y realidad aumentada), Stanford Public Law Working Paper No. 2933867; UCLA School of Law, Public Law Research Paper No. 17-13, que puede leerse en https://ssrn.com/abstract=2933867 o http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.2933867.

Copyright © 2018 Ken Liu

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto


Notas sobre la traducción:

[1] «Chica feliz afortunada». Volver

[2] El término «cultural studies» se refiere a una disciplina que a través de todo tipo de manifestaciones culturales analiza la cultura y su interacción con la política y su contexto histórico. Volver

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5 respuestas a Empatía bizantina, de Ken Liu

  1. Consuelo Abellán dijo:

    Este me lo descargo en el e-book, que es bastante largo. ¡Gracias!

  2. Iñaki Fariña Muradás dijo:

    Creo que es uno de los mejores relatos que has publicado en el blog. Y Ken Liu un gran contador de historias…

  3. Lothrandir dijo:

    Uff, ha sido un año duro y en el que estamos ya veremos. Al menos tú sigues ahí, Marcheto. Millones y millones de gracias sean dadas a los dioses literarios.
    Acabo de leer el relato, y lo he disfrutado. Ken Liu tiene muchísimo oficio, y en este relato se muestra, una vez más, como un autor camaléonico; conjuga en él lo emocional con lo tecnológico, y nos invita a una reflexión, pero ante todo, consigue una historia redonda.
    Ahora, a finalizar la antología de relatos para votar en la encuesta. Feliz año a tod@s.

  4. Dan Bus dijo:

    ¿Que ves cuando me ves? Cuantos adjetivos para la verdad, aún asi hay que manipularla. Muchos pecamos de ingenuos como Jianwen, tenemos esperanza para la humanidad, una genia en plantear una posible solución. Pero siempre habrá Sophies que vean al prójimo con diferencias de color o religión, que saben, son inteligentes, pero fuerzan tu opinión con fakes news o relatos adecuados para justificar su postura, Muchas Gracias por este aporte, de Ken por la generosidad y a todos lo que hacen y colaboran con Cuentos para Algernon.

  5. Pingback: Ken Liu – Empatía Bizantina (2018) – Relatos cortos fantásticos. Reseñas breves

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