Un planteamiento programático de la conquista de la felicidad perfecta, de Tim Pratt

Tim Pratt (@timpratt) fue el tercer autor publicado en Cuentos para Algernon, cuando era casi un desconocido entre los lectores hispanos. Sin embargo, más de siete años después de aquel Otro final del imperio, puede presumir de tener publicadas en español dos colecciones (Hic sunt dracones: Cuentos imposibles, ed. Fata Libelli, y Pequeños dioses y otros cuentos blancos, ed. La máquina que hace ping!) y una novela, que justo se lanza al mercado hoy, Motores de sangre (ed. La máquina que hace ping!), la primera de su serie protagonizada por la hechicera urbana Marla Mason (que ya hizo su presentación en sociedad entre nosotros con el relato Aciago encuentro en Ulthar); además de los ya siete cuentos (y una poesía) disponibles de manera gratuita en Cuentos para Algernon.

Un planteamiento programático de la conquista de la felicidad perfecta (A Programmatic Approach to Perfect Happiness) apareció en 2009 en el sitio web Futurismic; unos meses más tarde, en Escape Pod, revista-podcast que publica en formato audio relatos de ciencia ficción; y en 2013, en una de las colecciones de Tim, Antiquities and Tangibles & Other Stories. Se trata de una divertida historia de ciencia ficción, que a medida que avanza va tornándose más inquietante e incluso terrorífica, sobre todo leída a día de hoy.

Una vez más quiero recordaros a todos los que leéis en inglés que podéis haceros mecenas de Tim en Patreon. Con una aportación de tan solo un dólar al mes podéis contribuir a que siga escribiendo ficción breve, y a cambio cada mes recibiréis un nuevo cuento suyo inédito.

Como os podéis imaginar, tras los ocho regalos de Tim a Cuentos para Algernon, mi agradecimiento hacia él es tremendo, de ahí que cierre esta presentación aprovechando una vez más para decirle, thanks a million, Tim!

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Un planteamiento programático de la conquista de la felicidad perfecta

Tim Pratt

Wynter, mi hijastra, que por desgracia alberga prejuicios contra los robots y las personas que nos aman, franquea la puerta flotando en una metafórica nube refulgente en lugar de en su figurativa nube lóbrega habitual. Cruza la cocina pisando con sus botas negras de tacón de aguja, se pone de puntillas, me rodea el cuello con sus brazos ceñidos por pulseras de cuero y me plantifica un beso en la mejilla, dejando en pos de ella una mancha de lápiz de labios negro en mi piel artificial y un olorcillo a polvos de maquillaje blanco en mi nariz asimismo artificial.

—Hola, Kirby —dice con voz dulce y efervescente cuando normalmente jamás tendría a bien pronunciar mi apelativo personal—. ¿Está mamá en casa? Llevo siglos sin hablar con ella.

Al instante comprendo que Wynter se ha contagiado. Dejo con cuidado la espátula a un lado.

—Tu madre está… indispuesta.

—Si así sois felices, adelante —dice poniendo los ojos en blanco.

Enfila con paso ligero hacia su cuarto, esa zona prohibida de nuestro hogar pintada de negro y sumida en la penumbra, a la que April, mi esposa, denomina «el tumor».

Me acerco a la puerta de nuestro dormitorio, la abro suavemente y digo:

—Cariño, tu brunch postcoital ya está preparado, y creo que Wynter se ha contagiado con la cepa H7P4.

De la pila de mantas, correas y almohadones de ángulos extraños que constituye nuestra cama emerge un gruñido:

—¡Dios!, recuérdame cuál era esa.

—La que te hace sentir feliz —digo, y cierro la puerta entre las risas sarcásticas de April.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

—¿Deseas sustento, Wynter? —pregunto cerniéndome ante la puerta de mi hijastra; me refiero tan solo a que estoy de pie, balanceándome un poco, no a que me cierna literalmente: en el interior de la casa nunca floto. Tan solo estoy tratando de incorporar más metáforas y símiles en mi discurso para así favorecer mi integración en la sociedad humana. Mi actual tarea de padrastro es compleja y delicada, así que deseo aprovechar la oportunidad de interacción que el contagio de Wynter ha propiciado.

La puerta se abre y ahí dentro está Wynter, de pie, con el rostro limpio de maquillaje blanco, los labios meramente rosados, el cabello negro y liso con el toque de color de algunos pasadores. Todavía va ataviada de negro —apenas tiene otros colores en su guardarropa—, pero la gargantilla de terciopelo y los accesorios de cuero han desaparecido.

—Sí, claro, unos huevos revueltos.

Pasa por mi lado dejando la puerta de la habitación abierta, en sí mismo un acto sin precedentes que me permite acceso visual completo a la integridad de su protegido sanctasanctórum. Mis ojos artificiales son capaces de catalogar hasta el último detalle de una habitación con tan solo una fugaz ojeada, pero, por deferencia hacia los deseos de Wynter, siempre borro de la memoria lo que veo.

También lo borro esta vez, aunque a Wynter no parece preocuparle. Sé que no es ella misma, que este contagio seguirá su curso y a la larga su antigua personalidad regresará. Todavía recuerdo el día en que empezó a vestirse de negro, dos años atrás, a los trece. Su madre confiaba en que todo aquello no fuera más que un síntoma de algún contagio, pero las alteraciones de su personalidad han resultado ser intrínsecamente constitutivas de ella.

April ya está sentada a la mesa, vestida con ropa de deporte y sonriendo con ese aire sereno y placentero que siempre tiene después, dando sorbos a un café.

—Hola, mami.

Wynter se deja caer en la silla junto a la de su madre.

—Melanie. —April se niega a llamarla por el apelativo predilecto de su hija (a mí no me importa, dado que considero que toda criatura sentiente tiene derecho a elegir su propia identidad), pero por una vez Wynter no refunfuña ni le espeta una réplica sarcástica—. No esperaba verte de vuelta esta mañana. —Los fines de semana, Wynter acostumbra a marcharse temprano y regresar tarde.

—No me gusta pasarme todo el fin de semana oyendo vuestros jueguecitos sexuales, pero hoy no me molesta tanto —explica con un encogimiento de hombros.

En su voz no hay rastro de rencor, pero a pesar de ello April se pone en tensión, al no haber interiorizado por completo el hecho de que la personalidad de Wynter está alterada temporalmente.

—Hemos insonorizado el dormitorio —intervengo, colocando ante ellas sendos platos rebosantes de revuelto de salchichas y queso veganos—. Por deferencia hacia tu preferencia expresa por el silencio.

—Sí, lo sé —dice Wynter, masticando—, pero incluso aunque oíros, lo que se dice oíros, no os oiga, sigo sabiéndolo, así que es exactamente igual que si os estuviera oyendo.

—La intimidad física es una parte importante de una relación conyugal sana. —La voz de April es profesional y tranquilizadora. Ella era terapeuta sexual antes de convertirse en portavoz y miembro de la junta de la Sociedad Pro Amor Robots-Humanos (cuyo acrónimo, por desgracia, se pronuncia igual que el nombre de una cadena de supermercados).

—Sí —conviene Wynter, sin que siquiera dé la impresión de estar mordiéndose la lengua para no añadir algún comentario mordaz y sarcástico.

April, cuyas interacciones con su hija se limitan principalmente a hostilidades, no parece saber demasiado bien cómo encauzar la conversación, de modo que me siento y contribuyo a ella:

—Wynter, ¿eres consciente de que te has contagiado con la cepa H7P4 del virus de la felicidad?

—No sabía el nombre exacto, pero sí. Esta no es una de las cepas eufóricas que te ponen el cerebro patas arriba; soy consciente de lo que está pasando. Pero bueno, no he pillado ni la cepa llorona ni la gritona violenta; me he contagiado de la jijijaja, así que no está tan mal. Es un cambio agradable frente a cómo me suelo sentir normalmente.

—Es una cepa que siempre he pensado que podía resultar útil en un contexto clínico, para usos terapéuticos —dice April—. Estoy convencida de que la podríamos aislar y utilizar de manera responsable. Pero el movimiento antimodificación del comportamiento no es capaz de enfrentarse al hecho de que las emociones son tan solo el producto de la química cerebral y la estructura orgánica, se empeñan en creer que por debajo subyace una especie de alma metafísica mística a la que se está manipulando y… —April se interrumpe—. Pero hablemos de asuntos más agradables. —Respira hondo, con los ojos cerrados, inhalando profundamente.

—April, ¡no llevas los filtros! —digo.

—No me importaría pillar un poco de lo que ha cogido Melanie. Últimamente he estado muy estresada en el trabajo.

Asiento con la cabeza. En realidad no estoy escandalizado; solo estoy tratando de manifestar un abanico más amplio de emociones. Al ser un androide no tengo reparos en alterar mi propia percepción y reacciones. Lo único que pasa es que me siento consternado al ver los métodos tan primitivos a los que los humanos recurren para modificar su conducta, y la caótica complejidad de sus sistemas bioquímicos representa todo un reto para mí. Ellos se tienen que limitar a alterar burdamente su cerebro mediante drogas, meditación o actividades repetitivas diseñadas para establecer nuevas conexiones neurales, aparte de los contagios esporádicos con alguno de los virus emocionales infecciosos que aparecieron el siglo pasado (cuyo origen sus científicos todavía están tratando infructuosamente de descubrir). Existen clubes clandestinos que cobran a los no infectados una entrada que les da derecho a inhalar los efluvios de empleados contagiados con la cepa E5P8 —la de la euforia de corta duración— y luego bailar y follar toda la noche en una orgía de fisicidad, dicha y absoluta despreocupación. De tarde en tarde, en estas fiestas se produce alguna muerte por hipertermia consecuencia de una liberación excesiva de dopamina, y esta práctica continúa estando prohibida por motivos de seguridad. Sin embargo, a mí, cuando quiero sentirme dichoso me basta con alterar mi propia programación. Nosotros, los robots, somos muy afortunados.

Madre e hija conversan, charlando de trivialidades mientras comen.

—Me voy al gimnasio, cielo, ¿te apetece venir? —dice April cuando terminan—. A hacer circular esas endorfinas… —Y mueve las cejas arriba y abajo en un cómico gesto.

Wynter se ríe tontamente. Nunca antes la había oído reír así, y me digo que debo hacer una copia de respaldo extra del archivo sonoro, dado que me agrada.

—Claro, ¿por qué no?

April sale de la cocina para ir a por su bolsa de deporte y Wynter me mira.

—Oye, Kirby. Sé que me porto contigo como una cabrona, y sé que una vez se me pase lo de este virus probablemente volveré a portarme contigo como una cabrona, pero quería decirte que… no eres un mal tipo. A ver, en mi opinión, los robots sentientes deberían tener derecho a votar, casarse y toda la pesca. Pero es que… es porque es mi madre. Y porque toda su vida gira alrededor de convencer a la gente de que enrollarse con robots no es algo vergonzoso. A veces me supera. Y en el colegio no hacen más que darme el coñazo con eso.

—Lo comprendo. —Así es. Al igual que la mayoría de los nuestros, soy extraordinariamente bueno simulando modelos teóricos de experiencias personales humanas y elaborando teorías cognitivas coherentes—. Ten la seguridad de que lo único que yo te profeso es cariño.

Wynter me sonríe y luego se va a su cuarto a por sus cosas, y yo me pongo a recoger la mesa. April sale de nuestro dormitorio. Se coloca a mi espalda y me susurra al oído:

—Vuelvo dentro de unas horas. Ten preparados las cosas del tercer cajón de la izquierda para esta noche. Hoy me siento mandona.

Me da una palmada en el culo, fuerte, y doy un respingo, dado que ya había activado previamente mis receptores de dolor de cara a esta circunstancia, nada inesperada. Realizo un inventario mental: la mayoría de los artículos que April va a requerir están listos para ser utilizados, aunque debería lavar y secar el delantal, que está sucio de la última vez.

Los detractores de mi esposa a veces se burlan de ella acusándola de defender «la perversión de la robotofilia». El mero hecho de amar a un robot ya es percibido como algo suficientemente pervertido, por supuesto, pero ellos ni de lejos se imaginan… Si April no hubiera optado por un amante androide, si hubiese dado rienda suelta a sus preferencias sexuales naturales podría haber causado lesiones irreparables a algún desafortunado humano. Ni que decir tiene que a mí me encanta lo que ella hace, al haberme programado a mí mismo para disfrutar sometiéndome a sus castigos tanto como ella disfruta administrándolos. Me pregunto cómo se las apañan los matrimonios humano/humano; alcanzar una genuina compatibilidad tiene que ser muchísimo más difícil para ellos.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Cuando estoy recogiendo muestras del aire en la habitación de Wynter suena el timbre de la puerta. Abro y me encuentro al exmarido de April, Raymond, plantado en la entrada, con un maltratado portátil en la mano.

—Vaya, eres tú. —Su expresión es más de fastidio que de hostilidad, tal y como cabe esperar.

—Así es.

Me entrega el aparato; lo reconozco: es el terminal escolar de Wynter, un ordenador protegido con programas de DRM y filtrado de contenidos tan ávidos de potencia de procesamiento que llegan a incapacitarlo. Siento una corriente de empatía hacia mi primo mecánico impedido, víctima de todas esas crueles restricciones.

—Melanie se lo olvidó cuando estuvo en mi casa —explica Raymond.

—Me encargaré de devolvérselo.

Raymond da unos pasos alejándose, pero luego se detiene y me mira desde debajo de su enmarañada mata de cabello.

—¿Cómo está April?

Su interés es preocupante.

—Está bien.

—¿Está en casa?

—Se ha ido al gimnasio.

—Sí, claro. Sé que se mantiene en forma. A veces la veo en la tele, con un aspecto formidable, diciendo que no es cierto que los únicos que quieran follar con robots sean los perdedores gordos y feos, que es una opción abierta a todo el mundo. —Raymond escupe sobre la acera. Verlo escupir a él no me resulta para nada erótico. Me mira inquisitivamente—. ¿Es feliz?

—No ha expresado queja alguna.

Raymond sacude la cabeza y detecto indicios amenazadores en su postura; la posición de los hombros y los microtics faciales revelan su estado interior. Vuelve a subir los escalones, acerca su cara a la mía y muestra los dientes en un gesto agresivo típico de primates.

—Terminará por recuperar la cordura, por darse cuenta de que necesita un hombre de verdad. Vamos a ver, a mí nunca me molestó cuando ella utilizaba un vibrador, pero ¿de verdad tenía que coger y nada menos que casarse con uno? Conozco a un tipo al que le ponen los zapatos, sobre todo los rojos de tacón alto, y eso no tiene nada de malo; pero si de buenas a primeras declarasen ciudadanos a los zapatos rojos de tacón alto y él se casara con uno, eso no sería una gilipollez mayor que esta.

Me encojo de hombros. Es un argumento que ya he oído antes: que para los hombres y mujeres que nos aman, nosotros, los robots, somos en esencia meros objetos fetichistas. No obstante, si un objeto fetichista es capaz de apreciar y corresponder al amor devorador que le prodigan, ¿acaso ese hecho no es merecedor, como poco, de ser celebrado?, algo así no puede ser sino la base de una relación maravillosa.

—Esto no está bien —continúa Raymond—. Un día de estos se dará cuenta de que tú no eres más que un montón de silicona y chatarra…

Ahora sí que es indudable que se está enfadando. El período medio de eficacia se está acortando a todas luces. Resulta alarmante. Tomo nota de que tengo que transmitir esta información a la UCC, la Unión de Científicos Concienciados, la más secreta (por necesidad) de todas las organizaciones robóticas. En el ínterin, una dosis no programada puede servir como solución temporal. Mis pupilas se dilatan y expulso por los ojos una pulverización invisible de gotitas de A5R1, que alcanza su cara y todas sus membranas mucosas. Él parpadea, retrocede y lanza un profundo suspiro.

—Aunque al menos tú tienes aspecto humano. A algunos follarrobots les ponen cacharros que ni siquiera parecen personas —dice con un estremecimiento.

No le informo de que estoy equipado con toda una gama de dispositivos no humanos —si bien es cierto que por lo general los mantengo ocultos—, y me complace comprobar que su furor se disipa. Al menos el período de activación continúa siendo bastante corto; la cepa no ha perdido toda su potencia.

—Me esfuerzo por integrarme —aseguro—. El futuro de los humanos y el de los robots están ligados, y todos tenemos que hacer concesiones.

—Sí, lo que tú digas. Al menos April y yo tuvimos a Melanie, así que de nuestro matrimonio sí que salió algo bueno. Todavía se necesita un hombre de verdad para tener hijos. Eso es algo que las follarrobots como April olvidan.

Me abstengo de informarlo de que April y yo estamos planteándonos tener un hijo recurriendo a esperma donado por un científico ganador del Nobel y una adaptación recreativa con vistas a la fecundación que he instalado recientemente. Aunque ahora parece tranquilo, no veo motivo para desencadenar su ira y la consiguiente ola de adrenalina, sustancia que merma la eficacia de algunas cepas. En lugar de eso, digo:

—Tienes una hija estupenda.

—Vete a la mierda —masculla antes de alejarse arrastrando los pies.

Me relajo. La cepa A5R1 es un poderoso cóctel de resignación y apatía, y siempre tengo unos cuantos mililitros en mis depósitos oculares cara a eventualidades como esta. Raymond es el marido de April de una época en la que ella era más joven y alocada, y tiene un peligroso problema a la hora de controlar su ira, que en el pasado ha llegado a aflorar de manera violenta.

No obstante, eso no supone mayor problema siempre y cuando yo me encargue de que reciba las dosis adecuadas.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

April y Wynter regresan a tiempo para la cena, excitadas tras un día de gimnasio, compras y propagar su virus de la felicidad a los transeúntes; aunque bueno, los humanos que no llevan filtros nasales en público no tienen derecho a quejarse si se contagian con cualquier cepa que resulte andar flotando por ahí (de hecho, la UCC está trabajando ahora mismo, y con cierto éxito, en sistemas para lograr sortear los filtros nasales).

Preparo la cena ataviado con ropa normal, no con el disfraz de cocinera que a April tanto le gusta, optando por la discreción por deferencia hacia Wynter, a quien incomodan nuestros juegos psicosexuales —aunque en su actual estado de felicidad incluso podría no molestarle—. Mientras cocino los espaguetis redacto un mensaje protegido con un cifrado de alta seguridad para la UCC, explicándoles mis inquietudes en relación con la A5R1 y felicitándolos por la eficacia de la nueva cepa de felicidad, y lo acompaño con datos de mis propias observaciones y una nota informando de que yo mismo he cultivado la cepa infecciosa para mi futuro uso personal a partir de restos recogidos en la habitación de mi hijastra. No deseo alterar la personalidad de Wynter de manera permanente —los estudios apuntan a que lo más probable es que supere su obsesión por la ropa negra, las velas y sus actuales subgéneros musicales favoritos—, en ocasiones, empero, su inquebrantable pesimismo afecta de manera negativa al estado mental de su madre, y un chorrito de felicidad aquí y allá podría proporcionarnos un respiro y contribuir a la armonía de nuestro hogar.

La cena resulta una velada de lo más agradable. Tantas risas, tanta alegría, ningún rastro de la tensión subyacente que por lo general estropea nuestras escasas comidas juntos. Al acabar, Wynter dice que se va a ver a unos amigos y besa a su madre en la mejilla.

—Adiós, mami —se despide. Y luego, de camino hacia la puerta—. Adiós, robopapi. —Yo me siento exultante.

April viene hasta mi silla y se sienta en mi regazo, me rodea el cuello con los brazos y me da un prolongado beso francés.

—Dame unos minutos para prepararme; en un cuarto de hora te quiero de rodillas en la habitación. ¿Entendido?

—Sí, ama —digo.

—Así me gusta.

Se aleja a buen paso, tarareando para sí misma.

Reajusto el nivel mi libido, incrementándolo —a ella le gusta verme excitado, ver que la deseo más de lo que ella me desea a mí—. La convivencia con April conlleva un cierto desgaste superfluo de mis componentes más sensibles, pero es un módico precio a cambio de nuestra felicidad común.

A estas alturas ya ni me acuerdo de si a April ya le ponían los robots desde un principio o de si utilicé una de las escasas cepas ultraduraderas para alterar su personalidad de manera permanente. No sé si fui yo quien la deseé a ella primero o si fue ella quien me deseó a mí. He borrado a propósito mis memorias de los inicios de nuestra relación, para mantener esas preguntas sin respuesta. Creo que a cualquier matrimonio le viene bien un poco de misterio.

Ese misterio no es sino una de las numerosas llaves de la felicidad, y tengo la plena confianza de que, con el tiempo, nosotros perfeccionaremos y aislaremos todas ella.

 

Copyright © 2009 Tim Pratt

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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Una respuesta a Un planteamiento programático de la conquista de la felicidad perfecta, de Tim Pratt

  1. Lothrandir dijo:

    Uff, hacía una pandemia que no visitaba este magnífico blog… pero a lo que importa: Marcheto, enhorabuena por tus merecidas nominaciones En cuanto a Tim Pratt…, ¿qué puedo decir? Me fascinó desde que leí aquel magnífico relato sobre el vídeoclub, y lo adoro más y más cada día. Soy mecenas (dicho así suena hasta importante ;-D) suyo desde hace mucho tiempo. Su inventiva es prodigiosa, y su manera de escribir, que gracias a ti, Marcheto, he podido disfrutar todos estos años en español, es asombrosa. El relato en sí me parece sensacional. Este “tipo” es un auténtico Maestro del relato corto. Un abrazo, estimada Marcheto y gracias por seguir ahí.

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