Volver a cruzar la Estigia, de Ian R. MacLeod

Ian R. MacLeod es un escritor inglés ya conocido por todos vosotros, dado que en 2018 publicamos por aquí su estupenda historia La chica picadillo. Este cuento no solo ganó en su momento el premio Mundial de Fantasía, sino que además ahora también se ha impuesto en la categoría de relato favorito de la 6ª encuesta anual del blog, de ahí que Ian se pase de nuevo por Cuentos para Algernon con un nuevo relato bajo el brazo.

Volver a cruzar la Estigia (Recrossing the Styx) se publicó por primera vez en 2010 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Posteriormente fue incluido en varias de las antologías de lo mejor de ese año, y también se ha recogido en un par de las colecciones de relatos del propio autor (Frost on Glass y Nowhere). Tanto en tono como en argumento es una historia muy distinta a La chica picadillo, algo que he buscado premeditadamente para que comprobéis que estamos ante un escritor de muy variados registros. En esta ocasión vais a poder leer una historia de ciencia ficción con elementos de literatura negra y toques de humor también un tanto negro, que a la postre resulta bastante sombría, lo que tampoco es sorprendente habida cuenta de que, al fin y al cabo, nos habla de la vejez y la muerte. Y que seguro que os trae a la memoria algún clásico de la literatura o el cine.

Confío en que disfrutéis con este segundo relato de Ian tanto como yo he disfrutado traduciéndolo. Y a él tan solo me queda expresarle por segunda vez mi enorme agradecimiento por su amabilidad y paciencia en todo momento. Thanks a million, Ian!

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Volver a cruzar la Estigia

Ian R. MacLeod

Bienvenidos a bordo de El Grandioso Trotamundos, propulsado íntegramente con energía atómica, cada una de sus 450 000 toneladas. Se trata de un pequeño país, en sentido literal y con todas las de la ley, con sus propias fuerzas armadas, legislación y moneda. No obstante, a pesar de toda su modernidad, a bordo se sigue viviendo a la antigua usanza. Cuenta con los tradicionales locales de comida rápida, restaurantes temáticos, fuentes iluminadas, artistas callejeros e incluso una entrañable barbería improvisada atendida por un cuarteto de espontáneos. Y también con cualificadas legiones de chefs, basureros, recogedores de cacas de perros y técnicos de mantenimiento. Todas las noches, si el tiempo acompaña, hay espectáculos de fuegos artificiales en la cubierta superior, sobre el casino El Multimillonario Feliz. Es fácil comprender por qué quienes se pueden permitir sus tarifas continúan navegando hasta la muerte, y luego hasta mucho después.

Cuando paseaba por cubierta ataviado con su blazer a rayas lilas que lo identificaba como miembro de la tripulación, Frank Onions, guía oficial del crucero, nunca prestaba demasiada atención a las noticias que veía en las coloridas revistas abandonadas sobre los brazos de las tumbonas. No obstante, sabía que morir ya no era el terrible problema de antaño. La muerte había resultado ser la respuesta a numerosos problemas de la tercera edad. Una vez que tu débil corazón se había detenido y tu deteriorado cuerpo había sido eviscerado, tu memoria transferida y tus órganos sustituidos, eras libre de arrastrarte de aquí para allá con tu cadera de titanio durante unas cuantas décadas más. Transcurridas las cuales podías solicitar que el procedimiento se llevara a cabo otra vez. Y otra. Es cierto que algunos quisquillosos cuestionaban que, estrictamente hablando, los posvivos continuasen siendo las mismas personas de antes, pero, en el caso de Frank, que trabaja en un sector que dependía tanto de los poscentenarios, hubiera sido una grosería poner algún reparo.

Cuando acompañó a ese grupo a la excursión matutina a las ruinas de Cnossos, en Creta, con El Grandioso Trotamundos fondeado frente a lo que quedaba de la ciudad de Heraclión, Frank tuvo la sensación de que ese día había más cadáveres que nunca. Al menos catorce de las cuarenta y dos cabezas que contó en el autobús del tour parecían estar muertas. Multiplicadas por dos, si incluías a sus cuidadores. La manera más sencilla de distinguir a muertos de vivos era una ojeada a sus pelucas y peluquines. No era que esos aderezos no gozasen también de popularidad entre los vejestorios vivos, pero no había ni un solo muerto que no estuviera calvo —los científicos no parecían acabar de coger el tranquillo a la sustitución del cabello, e igual pasaba con la piel—, y todos tenían un gusto de lo más nauseabundo en lo relativo a prótesis capilares. De las filas de asientos del autobús que Frank tenía frente a él brotaban copetes dignos de Elvis Presley, crestas punkis teñidas y moños cardados estilo Motown. A los muertos también les encantaba lucir gafas de sol enormes. Evitaban la luz, como los vampiros a los que en cierto modo se asemejaban, y preferían la ropa holgada en insólitas combinaciones de fibras artificiales. Incluso los hombres se maquillaban en exceso para disimular su tez pálida. Mientras el vehículo trepaba camino del destino cultural del día, Frank cogió el micrófono y, cuando estaba soltando su perorata sobre Perseo y el minotauro, le llegó un efluvio mezcla de olor a carne putrefacta, crema facial y formaldehído o algo así.

El sol de septiembre no pegaba con excesiva fuerza mientras Frank, con la mano derecha alzada enarbolando la insignia redonda de El Grandioso Trotamundos, guiaba a su grupo, que se desplazaba arrastrando los pies por los lugares de interés, salvaescaleras y pasillos rodantes. Este es el fresco del rey-sacerdote y esta es la sala del trono y este el primer retrete con depósito de agua del mundo. El único grupo que había además del suyo era de El Trovador Feliz, otro gran barco de cruceros atracado en la vieja base naval estadounidense de la bahía de Suda. Cuando las dos lentas corrientes se juntaron y mezclaron en sus débiles esfuerzos por llegar a la tienda de souvenirs primero, Frank no pudo evitar preocuparse al pensar que iba a terminar con algunos cruceristas equivocados. Luego, tras contemplarlos un rato más —tan frágiles, con ese entusiasmo tan rematadamente absurdo por gastar el dinero que habían ganado en sus pasadas vidas como contables en Idaho, abogados en Estocolmo o comerciales de empresas de alquiler de maquinaria en Wolverhampton— se preguntó si eso tendría alguna importancia.

Frank acorraló a los que parecían sus propios especímenes y los llevó de vuelta al autobús sin más incidentes, y se dirigieron hacia lo que el itinerario del día describía como «una típica villa pesquera cretense». El aspecto de todo el pueblo era bastante convincente si pasabas por alto los malecones de hormigón erigidos como protección ante el avance del mar, y los aldeanos del lugar hacían de aldeanos del lugar tan bien como cabía esperar de cualquiera que tuviese que representar el mismo papel día tras día.

Más tarde, Frank se sentó bajo un olivo en el establecimiento que representaba el papel de taberna del puerto, sacó una pantalla del bolsillo trasero y fingió leer. El camarero le trajo unas aceitunas rellenas, un solo descafeinado bastante decente y un plato de pan de pita caliente. A veces era difícil poder quejarse.

—¿Te importa si nos sentamos?

Frank reprimió un gesto de disgusto y guardó la pantalla. Entonces, cuando levantó la vista, su sonrisa de compromiso se convirtió en genuina.

—Para nada. Por mí encantado.

Ella llevaba un vestido de tirantes de un tejido que centelleaba y metamorfoseaba bajo la titilante luz. Y lo mismo ocurría con sus hombros dorados al aire. Y con su cabello dorado.

—Soy Frank Onions.

—Sí… —Lo miró con una peculiar intensidad, con unos ojos asimismo dorados—. Lo sabemos. —Arrastró hacia atrás una silla. Luego otra. E hizo un ademán llamando a alguien.

Mierda. No estaba sola. Aunque Frank suponía que era de esperar; aparte de la tripulación, los únicos jóvenes que encontrabas a bordo de barcos como El Grandioso Trotamundos eran cuidadores. El muerto que se acercó con andar pesado tenía un aspecto de lo más lamentable. Su peluquín era una especie de tupé plateado a lo James Dean, pero lo llevaba totalmente torcido; igual que las gafas de sol. Y la lengua que asomó entre los labios pintados de un modo ridículo mientras se concentraba en el acto de sentarse parecía un trozo de hígado echado a perder.

—Soy Dottie Hastings, por cierto. Él es Warren.

Mientras esa visión de ensueño llamada Dottie se inclinaba para colocarle bien peluquín y gafas, el muerto masculló algo que Frank interpretó como un saludo.

—Bueno… —dijo ella mirando de nuevo a Frank—. Hemos disfrutado de lo lindo con la excursión y tus explicaciones de esta mañana. ¿Podemos invitarte a algo?, ¿a una botella de retsina?, ¿a un ouzo?

Aunque le hubiera encantado aceptar cualquier sugerencia que viniese de Dottie, Frank movió la cabeza negativamente.

—Nunca pruebo ese tipo de bebidas… No porque tenga ningún problema con ellas… —se sintió obligado a añadir—. Tan solo me gusta cuidarme, nada más.

—Sí, claro. —Frank sintió cómo la mirada de Dottie lo recorría de arriba abajo (lo sintió literalmente, ¡joder!)—. Ya lo veo. ¿Vas al gimnasio?

—Bueno, a veces. Cuando eres parte de la tripulación no tienes muchas otras cosas que hacer durante tu tiempo libre.

—Ya, volviendo a lo de la invitación —dijo sonriendo irónicamente—. ¿A lo mejor otro café? Descafeinado, supongo…

Frank observó que Dottie se conformaba con un ouzo pequeño, mientras que el tal Warren se limitaba a tomar un zumo de naranja; luego, ella tuvo que limpiarle las arrugas del cuello, donde había terminado gran parte del zumo. Los gestos de Dottie traslucían una ternura extraña y poco habitual en los cuidadores, que casi resultaba enternecedora. A pesar de todo el encanto de la mujer, a Frank le resultó duro mirarlos.

—¿Te das cuenta —dijo ella mientras estrujaba servilletas de papel— de que la mayoría de las historias que nos has contado sobre Cnossos no son más que mitos sin ningún fundamento histórico?

A Frank se le atragantó el café, pero Dottie le estaba sonriendo con la boca ligeramente torcida, lo que le daba un aire travieso. Esa sonrisa cómplice se convirtió a continuación en una carcajada a la que él se vio forzado a unirse. Al fin y al cabo, gran parte de lo que acababan de estar examinando religiosamente (los pilares, los frescos, los cuernos de toro) era obra de Arthur Evans, el resultado de su insensato intento de tan solo un par de cientos de años atrás por recrear Cnossos tal como a él le parecía que tenía que haber sido. Pero Evans se había equivocado en casi todo. Se había equivocado hasta en el nombre del lugar. Por lo general, Frank nunca se molestaba en estropear sus narraciones de mitos y minotauros con nada que se asemejara a la verdad, pero, mientras Warren babeaba y Dottie y él charlaban, regresaron a él algunas vagas memorias del entusiasmo que en el pasado lo había empujado a estudiar historia clásica.

Dottie no solo era increíblemente bella, sino también increíblemente inteligente. Hasta había oído hablar de Wunderlich, cuya teoría de que todo Cnossos era en realidad un inmenso mausoleo se contaba entre las favoritas de Frank. Para cuando tuvieron que regresar al autobús para ir a ver la famosa estatuilla de la mujer de pechos al descubierto con serpientes en las manos —y que ahora también se sabía que era una falsificación moderna—, Frank ya estaba bastante cerca de sentir algo semejante al amor. O, al menos, a un profundo apego. Dottie tenía algo especial. En concreto, esa mirada dorada suya tenía algo especial. En ella coexistían una oscuridad juguetona y una inocencia serena que él no sabía cómo interpretar. Era como contemplar dos monedas que te lanzaban destellos desde el fondo de un río frío y profundo. Dottie no solo era inteligente y bella. Era única.

—Bueno… —Frank se puso en pie, mareado como si hubiera sido él quien hubiese estado bebiendo ouzo—. Habrá que ir a echar un ojo a esos tesoros…

—Sí, claro. —Ese espectáculo de carne bronceada y vestido aleteante que era ella también se levantó. Luego se inclinó para ayudar al tal Warren y, a pesar de cuánto le repugnaba lo que Dottie estaba haciendo, Frank no pudo evitar admirar la manera en que la punta de sus pechos se movía bajo el vestido—. Lo de esta tarde me apetece un montón. Bueno, me refiero a que… —Tras un pequeño esfuerzo, Warren ya estaba también de pie, aunque ladeado y apoyándose en ella. Tenía la boca abierta. Su peluquín estaba torcido de nuevo y la piel que había quedado al descubierto debajo parecía un globo gris medio desinflado—. A los dos, nos apetece un montón a los dos. —Dottie le dirigió otra encantadora sonrisa traviesa—. A mí y a Warren, mi marido.

 

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A Frank los cuidadores siempre le habían parecido unas personas peculiares, incluso aunque la mayor parte de sus conquistas a bordo perteneciesen a esa categoría. Sin embargo, Dottie era distinta. Dottie era otra cosa. Dottie rebosaba una vitalidad diferente a esos pobres diablos a los que simplemente les pagaban por hacer lo que hacían. Ahora bien, ¿casados? Es cierto que a veces encontrabas parejas que habían cruzado juntos el llamado «umbral del tránsito». Y luego estaban las cazafortunas: rubias neumáticas que no exhibían sonrisas demasiado misteriosas mientras empujaban de aquí para allá a alguno de esos carcamales en una silla de ruedas chapada en oro. No obstante, el típico magnate petrolífero multimillonario ahora ya se limitaba a aceptar lo inevitable, morir y hacer que lo resucitasen. Luego seguía más o menos como antes. Que era de lo que se trataba.

Esa noche, Frank Onions estaba tumbado en su cápsula-dormitorio con una molesta sensación de descolocación. ¿Adónde exactamente pensaba llegar con esa vida que llevaba ahí abajo, en las cubiertas para tripulantes, muy, muy por debajo de la línea de flotación de El Grandioso Trotamundos, donde el único espacio que podías considerar propio era tan reducido que apenas te alcanzaba para moverte? Arriba, en los parques y centros comerciales, tal vez no se notase, pero ahí abajo jamás tenías la más mínima duda de que te hallabas en el mar. El fuerte hedor a combustible y agua de sentina competía con otros penetrantes olores más inherentes a los humanos: a comida echada a perder, calcetines y vómito. En realidad resultaba cómico —aunque no era una comicidad que te hiciese sentir ganas de echarte a reír— que todo ese progreso de la tecnología moderna hubiera terminado desembocando en eso: una estructura con pinta de colmena en la que te encerrabas como si fueses una crisálida preparándose para eclosionar. No era casualidad que Frank matara los ratos libres en el gimnasio de la tripulación, ejercitando el cuerpo hasta alcanzar algo cercano al agotamiento, u ocupase el poco tiempo que le quedaba cazando el siguiente polvo fácil. No era casualidad que ninguna de las numerosas atracciones del barco despertase el más mínimo interés en él. No era casualidad que no lograse pegar ojo.

No dejaba de pensar en Dottie. Dottie de pie. Dottie sentada. Dottie esbozando esa sonrisa torcida suya. La oscilación de sus pechos contra ese tejido centelleante. Entonces Frank pensó, aunque para nada deseaba pensar en ello, en lo que Dottie podía estar haciendo justo en esos momentos con ese zombi que tenía por marido. El simple sexo entre ambos no parecía algo demasiado probable, pero limpiarle cuando se manchaba al comer y ayudar a sus extremidades atrofiadas a sentarse en el salvaescaleras y luego a levantarse eran tan solo la punta del iceberg de las tareas de las que los cuidadores tenían que encargarse. El problema de estar muerto era que la sangre, las células nerviosas y los tejidos, incluso recién clonados, eran susceptibles de volverse a corromper, de ahí que necesitaran renovarse y ser remplazados continuamente. Para ganarse el sueldo, los cuidadores no se limitaban a renunciar a unos pocos años de su vida: tras ser atiborrados con inmunodepresores, tenían que donar regularmente sus tejidos y fluidos corporales a sus empleadores. Muchos de ellos incluso desarrollaban esas excrecencias semejantes a las del bocio donde crecían los nuevos órganos sustitutos.

Frank se revolvió en la cama. Frank se dio media vuelta. Frank vio tubos palpitantes, medio de carne, medio de goma, saliendo de orificios inimaginables. Luego sintió el movimiento del mar bajo el enorme casco de El Grandioso Trotamundos mientras la nave surcaba el Mediterráneo. Y vio a Dottie emergiendo de sus aguas, resplandeciente e intacta como una nueva diosa marina.

 

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Mientras El Grandioso Trotamundos zigzagueaba por el Egeo en su camino de la ciudadela medieval de Rodas a la isla sagrada de Patmos, Frank Onions continuó atisbando a Dottie Hastings incluso cuando ella no estaba presente. Un destello de su cabello entre las baratijas de las callejuelas de Esciros. Un vislumbre de sus muslos oscurecidos por las sombras entre las dunas doradas de Eubea. Se sentía como un gato en celo, como un ángel colocado. Se sentía como si hubiera retrocedido hasta un tiempo pasado que jamás había existido.

A Frank no le costó encontrar información sobre Warren Hastings cuando asaltó los archivos de El Grandioso Trotamundos. Había ganado por primera vez una fortuna con esos ganchitos que se utilizaban antes para colgar las cortinas de ducha. Y por segunda vez gracias a poseer el copyright de parte de la cadena de ADN de una cierta sustancia bioquímica de uso industrial. Warren Hastings estaba forradísimo de pasta. Era el tipo de rico que no llegas a ser ejerciendo de mánager de alguna banda pop virtual ni inventando una cura para la melancolía, sino dedicándote a cosas tan corrientes que en realidad nadie sabe de qué van ni tampoco le importa. Sí, la suite Emperador Rojo —de ultralujo y primerísima clase— debía de estar costándole un pastón, pero lo que en realidad les hubiese correspondido a él y a Dottie era estar surcando los océanos en su propio barco, vivir en una isla privada o flotar en una cápsula espacial. A lo mejor disfrutaban con la compañía de los simples mortales. O a lo mejor simplemente disfrutaban viviendo a lo pobre.

Cuantas más vueltas le daba, más interrogantes se iban amontonando en su cabeza. Y el mayor de todos era la propia Dottie. A pesar de que a esas alturas ya había sido testigo en innumerables ocasiones de todo tipo de muestras de cariño entre Warren y ella, el descubrimiento de que se habían casado diez años atrás, cuando él todavía ni había muerto, en una pequeña ceremonia privada en Nuevo Bali, lo impresionó de una manera extraña. Allí estaba ella, vestida de un blanco virginal bajo un arco de flores, y Warren, de pie a su lado, con un aspecto muchísimo mejor que el actual. Las diversas informaciones sobre el momento exacto en que él había decidido morir eran confusas y contradictorias, pero debía de haber empezado a deteriorarse seriamente antes de dar por fin el paso; en tanto que la propia Dottie, hermosa, sonriente y con idéntico aspecto al actual, parecía haber aparecido de pronto en las páginas de sociedad más sobrias y de mayor categoría, y en lo que ahora ya no podía calificarse como la vida de Warren.

Todo el asunto continuó rodeado de un cierto misterio, pero, por una vez, Frank se sintió agradecido por la cláusula de su contrato que lo obligaba a pasar un determinado número de horas en compañía de los pasajeros de pago. Empezó a mezclarse con ellos durante la hora del cóctel en el bar Waikiki y fingió interesarse por muchas de las diversas actividades a su disposición, que en realidad le importaban un comino, hasta que consiguió averiguar el tipo de rutina social a la que se atenían los Hastings, y entonces empezó seguir una similar.

Continuaron navegando hacia la isla de Quíos, con su monasterio bizantino y espléndidos mosaicos, y las olas otoñales fueron encabritándose cada vez más mientras Frank Onions se ganaba a la que suponía podría denominarse «la pareja Hastings». Durante sus animadísimas conversaciones, con Warren lanzando miradas de adoración a Dottie desde detrás de esas gafas insectiles apoyadas en su nariz estilo Michael Jackson totalmente echada a perder, Frank no podía evitar preguntarse una y otra vez cómo era posible que la belleza de Dottie no dejara de sorprenderlo, y cómo diablos había consentido ella en convertirse en eso que era ahora. De acuerdo con la experiencia de Frank, la mayoría de los cuidadores estaban casi tan muertos como los zombis a los que se les pagaba por atender. Habían dejado su vida en suspenso hasta que esa cuita terminara. Salvo el dinero, odiaban todo lo que conllevaba el trabajo. Incluso en el clímax de la pasión, siempre te parecía que su cuerpo pertenecía a otra persona.

Sin embargo, Dottie no parecía odiar su vida, decidió Frank una vez más mientras la veía secar con su habitual ternura la baba de la barbilla de su marido, que le respondió con un mugido igualmente cariñoso. La idea de que formaban la pareja perfecta llegó a pasársele por la cabeza. No obstante, continuaba sin tragárselo. Cuando Dottie se giró para contemplar por la ventana panorámica el inmenso y azul Mediterráneo, Frank percibió algo más en su encantador y orgulloso perfil. Una especie de desesperación. Si sus ojos dorados no hubieran estado concentrados con tanta fijeza en el horizonte, a Frank casi le habría parecido que estaba llorando.

 

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A Frank por fin se le presentó su oportunidad tras una excursión de un día a la diminuta isla de Delos. Aunque los Hastings habían elegido unirse a esa visita en concreto, se rezagaron mientras Frank soltaba su perorata de siempre sobre el pueblo jónico y sus monumentos fálicos, como si Dottie estuviera tratando de evitarle. Luego, justo cuando llegaba la lancha para llevarlos de vuelta a El Grandioso Trotamundos, se organizó cierto barullo en torno a la pareja. Frank deseó que se tratara de una pelea de enamorados, pero el motivo resultó ser algún tipo de disfunción orgánica que requirió medidas urgentes en cuanto estuvieron de vuelta a bordo.

Cuando más tarde esa noche Dottie apareció sola en el bar Waikiki, todavía continuaba ataviada con la misma camiseta blanca que había llevado todo el día, aunque ahora lucía lo que parecía ser (aunque probablemente no fuese) una manchita de comida en el pecho izquierdo. Su cabello tampoco era ya la habitual maravilla de hilo de oro, y una pequeña arruga descendente le enmarcaba la comisura izquierda de la boca. Parecía preocupada y cansada. Sin embargo, los demás —ninguno de todos esos agentes inmobiliarios y consultores informáticos muertos— apenas se fijaron en ella cuando se sentó. Ni siquiera se molestaron en preguntar si Warren se encontraba bien. Los muertos reaccionaban ante las insuficiencias orgánicas igual que los conductores de los vehículos de gasolina de antaño ante el pinchazo de un neumático: un pequeño incordio, pero nada demasiado preocupante siempre que te hubieses asegurado de contar con uno de repuesto. La balbuceante conversación sobre rentas vitalicias no se interrumpió, y las líneas de tensión se acentuaron más alrededor de los ojos de Dottie mientras se dedicaba a entrelazar y desentrelazar los dedos en el regazo. Incluso cuando se puso de pie y abrió paso camino de la cubierta por entre el círculo de extremidades flacas como palillos, Frank fue el único que le prestó atención.

Frank la siguió al exterior. Era una noche agradable y oscura, y las estrellas parecían flotar alrededor de ella cual luciérnagas. Un mechón de cabello golpeó el rostro de Frank cuando se apoyó en el pasamano junto a Dottie.

—¿Se encuentra bien Warren?

—Lo estoy cuidando. Por supuesto que se encuentra bien.

—¿Y qué me dices de ti?

—¿Yo? Yo estoy bien. No fue a mí a quien…

—No me refería a eso, Dottie. Me refería a…

—Sé a lo que te referías. —Se encogió de hombros y suspiró—. La gente, cuando nos ve juntos, ve que Frank siente un gran cariño por mí…

—Pero se preguntan por lo que sientes tú…

—Supongo. —Volvió a encogerse de hombros—. Yo solo era una chica cualquiera que quería una vida mejor. Los deportes se me daban bien (era buena nadadora) y soñaba con ir a los Juegos Olímpicos y ganar una medalla. Pero, para cuando tuve la edad, los competidores de las Olimpiadas ya no utilizaban sus propias extremidades y por sus venas no corría nada semejante a sangre humana normal. Así que terminé descubriendo que el mejor lugar para conseguir trabajo fijo era en barcos como este. Hacía exhibiciones de saltos de trampolín. Vigilaba piscinas embutida en un salvavidas. Enseñaba a muertos y vivos a nadar, o al menos a mantenerse a flote. Tú ya sabes cómo es esto. No es una vida tan terrible siempre que seas capaz de soportar las minúsculas cápsulas-dormitorio y todas esas copas servidas con sombrillas de papel.

—¿En qué barcos estuviste?

—A ver… —dijo bajando la mirada hacia las aguas turbulentas—, la mayor parte del tiempo trabajé en el Alegre Alice.

—¿No fue en ese donde la mitad de la tripulación murió cuando el reactor se incendió?

—No, eso fue en su buque gemelo. Y entonces, un día, apareció Warren. Por entonces su aspecto era mucho mejor. Siempre dicen que la tecnología va a avanzar, pero la muerte no le ha sentado demasiado bien.

—¿Quieres decir que de veras lo encontrabas atractivo?

—No exactamente, no. Yo era más… —Se interrumpió. Un pequeño dispositivo en su muñeca había empezado a pitar—. Tengo que ir a ver a Warren. ¿Alguna vez has estado en una suite como la nuestra? ¿Quieres bajar conmigo?

 

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—¡Guau! Está muy bien…

Dorados. Cristal. Terciopelo. Todas las superficies eran, o bien brillantes y duras, o bien tan blandas que te hundías en ellas. Frank ya había visto todo eso antes, pero no era el momento de decirlo. La única nota discordante era una gran estructura blanca que zumbaba apoyada en el suelo junto a la cama festoneada con cojines.

—Solo tengo que echarle un vistazo…

Cuando Dottie abrió una de las puertas de esmalte y cromo y se inclinó hacia dentro, pareció estar inspeccionando los contenidos de una de esas cámaras frigoríficas enormes. La ráfaga de aire que escapó tenía ese mismo olor: frío y como a carne echándose a perder. Incluso el interior estaba iluminado con el mismo tipo de luz mortecina, como de acuario; interior donde también se vislumbraban lo que podrían haber sido bandejas de carne de ternera y envases de zumo de colores, aunque el objeto de mayor tamaño en los anaqueles, y con diferencia, era el propio Warren, que yacía boca abajo, desnudo y colocado de tal modo que Frank pudo ver perfectamente los esqueléticos pies grisáceos, las piernas lampiñas salpicadas de manchas azules, el vientre con cicatrices y marcas, y esos frutos marchitados por el invierno que eran sus cojones y polla. Más que haber muerto parecía haber sido succionado hasta quedar seco. No obstante, lo que aún resultaba más alarmante, era el espacio vacío en la repisa contigua, que a todas luces estaba diseñado para acomodar otro cuerpo.

—Se encuentra bien —murmuró ella, con una vez más esa extraña ternura en la voz.

Dottie toquiteó una o dos cosas, goteros y vías, a juzgar por su aspecto. Brotaron destellos y pitidos. Luego se oyó un ruido, como de algo viscoso, que obligó a Frank a apartar la vista incluso aunque no había visto con exactitud cuál era su origen. Por fin se oyó el golpe de la puerta al cerrarse.

—Por la mañana estará como nuevo.

—No te meterás ahí dentro con él, ¿verdad?

—Soy su esposa.

—Pero… joder, Dottie. Tú eres una auténtica preciosidad. —Ahora o nunca: Frank avanzó hacia ella—. No puedes desperdiciar tu vida así… No cuando podrías…

Por un instante, esa táctica tan directa pareció estar funcionando. Ella no se apartó de él, y la mirada de sus ojos dorados no traslució frialdad alguna. Pero entonces, cuando Frank alargó la mano hacia su mejilla, Dottie dejó escapar un gritito y retrocedió por la mullida alfombra, frotándose allí donde sus dedos ni siquiera habían llegado a tocarla. Fue como si le hubiera picado una abeja.

—Lo siento, Dottie. No quería…

—No, no. No eres tú, Frank. Soy yo. Me gustas. Te deseo. Decir que me gustas es quedarme muy corta. Pero… ¿sabes lo que es la impronta?

—Es algo que nos pasa a todos, cuando algo te deja huella, ¿no?

—Me refiero en el sentido estrictamente biológico. Se trata de lo que le sucede al cerebro de un pollito cuando, tras salir del cascarón, ve por primera vez a su madre. Es un instinto, algo innato, conocido desde hace siglos. En mayor o menor grado, esto mismo sucede incluso en las especies más avanzadas. Así es como puedes conseguir que un patito siga a la primera cosa que ve, incluso si resulta ser un par de chanclos.

Frank asintió con un cabeceo. Creyó entender lo que ella estaba explicándole, aunque no tenía ni la más remota idea de adónde quería ir a parar.

—Los humanos tenemos ese mismo instinto, aunque en nuestro caso no sea tan fuerte ni simple. Al menos no lo es hasta que se hace algo para reforzarlo.

—¿Qué estás diciendo?, ¿que puedes forzar improntas en un ser humano para que se sienta unido a otras personas? Eso no puede ser legal.

—Hoy en día, ¿cuándo importa si algo es legal o no? Siempre hay algún lugar en el mundo donde puedes hacer cualquier cosa que desees, y Warren ya sabía que estaba muriéndose cuando lo conocí. Y era encantador. Y rico hasta más no poder. Me dijo que podía ofrecerme el tipo de vida que de otro modo nunca llegaría a tener, por mucho que trabajara o viviese. Y tenía razón. Todo esto… —señaló la suite— no es nada, Frank. Esto es algo de lo más normal. Este barco es una prisión con restaurantes temáticos y un campo de golf virtual. Me di cuenta de que con Warren tenía la oportunidad de escapar de este tipo de sitios. Por entonces no me pareció tan duro, el trato que había hecho…

—¿Me estás diciendo que aceptaste que Warren te impusiera una impronta?

Ella asintió con la cabeza. Y sí, sí que parecía haber lágrimas en sus ojos.

—Era un pequeño artilugio fabricado por Warren. Se podría decir que fue una especie de regalo de boda. Parecía un insecto de plata. De hecho, era bastante bonito. Me lo colocó en el cuello y el bicho echó a andar… —Se tocó la oreja—. Entró por aquí. Me dolió un poco, pero tampoco demasiado. Y Warren me obligó a mirarlo mientras el chisme se abría paso hasta encontrar la zona apropiada de mi cerebro. —Se encogió de hombros—. Así de sencillo.

—¡Joder!, Dottie… —De nuevo avanzó hacia ella, esta vez de manera más impulsiva. De nuevo ella retrocedió a trompicones.

—No. ¡No puedo! —gimió—. ¿Es que no lo entiendes? Justo esto es lo que conlleva la impronta. —La mancha en su pecho izquierdo subía y bajaba—. Me encantaría escapar y estar contigo, pero estoy atrapada. Entonces me pareció que era un precio razonable. Y es cierto que he visitado lugares increíbles, que he disfrutado de las experiencias más alucinantes… Vivir en un barco de cruceros como este, admirando las ruinas del mundo antiguo porque no podemos aguantar ver el desastre que hemos organizado en el nuestro… No tiene sentido. Frank, ahí fuera se puede vivir de otra manera, en montañas altas, en el cielo o en las profundidades de los océanos. Al menos quienes se lo pueden permitir. Y Warren podía. Nosotros podíamos. Es como una maldición en un cuento de hadas. Yo soy como aquel rey que deseaba un mundo hecho de oro, y que luego descubrió que para conseguirlo estaba destruyendo todo lo que le importaba. Ojalá pudiera estar contigo, Frank, pero Warren aguantará tiempo y tiempo en su actual estado y yo no puedo entregarme a nadie más; ni siquiera tolero que me toquen. Ojalá existiese una escapatoria. Ojalá pudiera borrar lo que pasó, pero estoy atada para siempre. —Alargó la mano hacia él. Incluso bañada en lágrimas era increíblemente hermosa. Entonces todo su cuerpo pareció paralizarse. Era como si un muro de cristal se interpusiera entre ambos—. A veces deseo que estuviéramos muertos.

—No puedes decir eso, Dottie. Lo que hay entre tú y yo… lo que podría haber. Lo nuestro acaba…

—No, no me refiero a ti, no deseo que tú estuvieses muerto. O ni siquiera yo misma. Me refiero a esta situación… —alzó sus ojos dorados y parpadeó más despacio— y a Warren.

 

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Las aguas se arremolinaban mientras El Grandioso Trotamundos embestía las cada vez más altas olas otoñales. Frank se encontró impartiendo una charla sobre el concepto griego de la transmigración de las almas, y cómo los muertos eran asignados a uno de los tres reinos: los Campos Elíseos, para los bienaventurados; el Tártaro, para los condenados, y los Prados Asfódelos —un territorio aburrido y neutro— para los demás. Para llegar a ellos primero tenías que cruzar la laguna Estigia y pagar a Caronte, el barquero, una monedita de oro llamada obŏlus, que los apenados familiares colocaban en la lengua del fallecido. «Para alcanzar nuestros deseos —concluyó, mirando las máscaras de cartón piedra de esos malparados rostros antaño humanos que tenía expuestas ante él en la sala de conferencias del Starbucks— tenemos que estar dispuestos a pagar».

¿Veneno? La idea no carecía de atractivo, y a bordo había montones de sustancias tóxicas que Frank podría apañárselas para conseguir, pero ni Dottie ni él eran expertos en bioquímica, y no tenían ninguna garantía de que Warren no pudiese volver a ser resucitado. Así que tal vez un terrible accidente de algún tipo, sobre todo con esas tormentas… A lo mejor algo tan sencillo como inutilizar el magneto de una de esas enormes puertas de mamparo cuando Warren la atravesara dando tumbos… Pero sería complicado lograr que la avería se produjera en el momento exacto, y seguiría existiendo una posibilidad, leve pero frustrante, de que de un modo u otro Warren lograra recuperarse y, entonces, ¿qué pasaría con ellos?

Las opciones que durante los siguientes días Frank y Dottie sopesaron durante sus encuentros en la cubierta salpicada de espuma parecían innumerables, amén de confusas. Incluso si una de ellas pudiera llegar a funcionar como la seda, quedaban otros problemas. Pronto se les iba a presentar la oportunidad de abandonar la nave juntos, cuando fondearan frente a las costas de la ancestral Tierra Santa para una excursión voluntaria en trajes antirradiación, pero todo el mundo esperaría que Dottie se comportase como una viuda doliente y, si Frank dejaba el trabajo y más adelante alguien los veía juntos, se suscitarían sospechas. Por muchas fronteras que atravesaran, continuarían siendo vulnerables no solo ante la persecución de la ley sino también ante el chantaje. Pero uno de los rasgos de Dottie, que a Frank no solo le gustaba sino que cada vez admiraba más, era su agilidad mental.

—¿Y si pareciese que eras tú quien había muerto, Frank? —le susurró a voces mientras se aferraban al pasamano de la nave—. Podrías… no sé… Podrías fingir suicidarte, orquestar tu suicidio. Y entonces… —miró hacia las ondulantes luces, con esos inteligentes ojos dorados— nos libraríamos de Warren.

Un plan tan perfecto y magnífico como ella; Frank deseó besarla, abrazarla y hacer todas las demás cosas que se acababan de estar prometiendo en esa cubierta resbaladiza. Disfrazarse de Warren durante unos meses, oculto bajo ese peluquín, detrás de esas gafas de sol y de todo ese maquillaje, no sería tan difícil. Solo había que dejar pasar un tiempo y podría empezar a tener un aspecto mejor sin ayuda de nadie. Al fin y al cabo, la tecnología progresaba continuamente. Bastaría con que dijeran que había muerto de nuevo y lo habían resucitado más a fondo. Solo necesitarían un poco de paciencia, lo que sin duda era un precio razonable teniendo en cuenta las recompensas que les esperaban: Dottie libre de su maldición y ambos ricos para siempre.

Un ahogamiento había sido siempre la opción más obvia. Ya habían barajado la idea varias veces, pero ahora encajaba a la perfección. Si arrojaban a Warren por la borda, con todas esas prótesis metálicas que llevaba encima se hundiría como una piedra. Y si lo tiraban cerca de la popa —lo lanzaban a la bullente e impetuosa estela fosforescente de los dieciocho propulsores azimutales de El Grandioso Trotamundos— sería triturado y pasaría por picadillo de tiburón; y no quedaría ningún cuerpo merecedor de ser encontrado. Por supuesto que se dispararían alarmas y alguna de las cámaras del casco podría filmar su caída, pero incluso la tecnología más sofisticada lo iba a tener complicado para discernir lo que había sucedido en medio del vendaval de fuerza ocho que se esperaba. Sobre todo si aguardaban a que oscureciese, y el cuerpo de Warren llevaba encima una de las placas identificativas con transmisor obligatoria para todos los miembros de la tripulación e iba vestido con un blazer a rayas lilas.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Al día siguiente ya se estaba gestando una tormenta del estilo de la que había hecho naufragar a Odiseo, y las zonas públicas de El Grandioso Trotamundos no tardaron en quedar desiertas cuando los pasajeros se retiraron a sus suites. La barbería cerró temprano. Las distintas piscinas fueron cubiertas. Se vació el lago ornamental de la franquicia Parque del Placer. El aire se llenó de crujidos y gruñidos, de lejanos golpes y bramidos de lo más extraño, y de un penetrante olor a vómito.

Mientras se dirigía por los bamboleantes pasillos hacia el lugar donde habían acordado reunirse, Frank ya se sentía curiosamente convencido por los detalles de su propio suicido. La última charla que había impartido a bordo había versado sobre el intento de Orfeo por rescatar del Inframundo a Eurídice, su esposa muerta, y, al mirar a esos zombis de rostro lívido, no le había costado ningún esfuerzo dejar de lado su habitual sonrisa indiscriminada y adoptar un aire hosco y abatido. Ídem de ídem durante las últimas frases que había intercambiado con sus compañeros. De hecho, cayó en la cuenta, llevaba años comportándose así con ellos. En todo, incluso en la ferocidad de esa tormenta, notaba esa misma sensación de inevitabilidad. De vuelta en su cápsula-dormitorio de las cubiertas inferiores, redactar un mensaje final le resultó incluso mucho más sencillo de lo que había esperado. Fue capaz de escribir con sorprendente pasión sobre lo vacía que estaba su vida: la terrible monotonía de charlas, excursiones, cápsulas-dormitorio y embarques; y también las largas sesiones de gimnasio, y las seducciones rituales con esa falsa resistencia que había que vencer, los polvos inevitables y las consiguientes rupturas todavía más inevitables con sus muestras de pesar igualmente falsas. ¿Pero qué mierda de sentido —se encontró preguntándose— había tenido su vida antes de conocer a Dottie? Analizada con objetividad, la perspectiva de su propia e inminente muerte tenía todo el sentido del mundo.

Frank llegó al cruce de pasillos entre la bolera Contrincantes y la más pequeña de las cinco franquicias de hamburguesas con solo un par de minutos de antelación, y se tranquilizó al comprobar que toda la zona estaba desierta y sin vigilancia. Dottie llegó puntual, tal como él esperaba, e, incluso ataviada con un largo impermeable gris y llevando medio a rastras a su marido muerto por el oscilante pasillo, de algún modo conseguía seguir teniendo un aspecto maravilloso. Warren llevaba su habitual camisola de terciopelo suave, unos arrugados pantalones informales de nailon y unas zapatillas de deporte abrochadas con velcro; sin embargo, gafas de sol y peluquín estaban de lo más desbaratados.

—Hola, Frank —dijo Dottie aferrándose a un asidero y sujetando a Warren por un fruncido que tenía en la nuca—. Ya sé que hace una noche terrible, pero he convencido a Warren de que igual nos despejábamos si dábamos un paseo. —Frank asintió con la cabeza. Tenía la boca seca—. A lo mejor me podrías ayudar con él —añadió, y plantificó a Warren entre los brazos de un tanto sorprendido Frank.

—Allá vamos, chaval —se oyó mascullar Frank mientras apoyaba a la amojamada criatura contra el mamparo—. ¿Por qué no nos quitamos esto…?

Frank despojó apresuradamente a Warren de su camisola negra, y la prenda se deslizó dejando entre sus dedos la calidez de las prendas usadas, además de cierto tacto grasoso. Sin embargo, lo que le dio auténtico repelús fue ver y tocar al Warren de debajo. El muerto musitó algo y volvió la cabeza para mirar a Dottie con su devoción de costumbre, como un cachorrillo, pero no hizo ningún esfuerzo apreciable por resistirse.

—A lo mejor esto también… —continuó Frank. El tacto del peluquín era todavía más cálido y grasiento—. Y esto…

Fuera las gafas, que desenganchó de lo que pasaba por orejas y nariz. Es cierto que el subir y bajar de las olas obstaculizaba los movimientos de Frank, pero, ¡joder!, el hombre estaba hecho una piltrafa.

—Tiene pinta de tener un poco de frío, señor Hastings… —Frank se despojó de su propio blazer—, así que ¿por qué no nos ponemos esto?

Unas cuantas maniobras más y Warren ya lucía el blazer de tripulante. Frank no se acordó de la placa identificativa hasta que Dottie se lo recordó con un apresurado susurro. Incluso entonces, con su nuevo atuendo, Warren no parecía más que un espantapájaros anémico y pelón. Frank empezó a preguntarse cómo ese cambiazo podía llegar a engañar a nadie, pero solo hasta que abrió la pesada escotilla y se enfrentó a la tormenta en toda su fuerza y magnitud.

La cubierta estaba bañada por el agua. Dottie se quedó atrás. El aire quemaba a causa de las salpicaduras salinas. En realidad era un milagro que ella hubiese sido capaz de hacer todo lo que había hecho para ayudarle, teniendo en cuenta el acuerdo que ese guiñapo muerto la había obligado a aceptar. Lo único que ella tenía que hacer ahora era mantener bien agarrados el peluquín, la camisola y las gafas de sol. El cielo estalló en grises y púrpuras. A pesar de todos sus resbalones y forcejeos mientras llevaba a Warren Hastings hacia la popa, Frank Onions se sintió como Odiseo cuando zarpó de la isla de Circe, o como Jasón, a la búsqueda del vellocino de oro con sus Argonautas. Pronto arribaría a esas costas cálidas y acogedoras que Dottie le había venido prometiendo.

Unos cuantos tumbos más y ya estaba agarrándose al último pasamano y, aunque a duras penas, todavía mantenía sujeto a Warren, a pesar de que ambos estaban empapados por igual y ahí fuera costaba distinguir mar y cielo. Entonces notó cómo la pared de ese acantilado de acero que era la popa de El Grandioso Trotamundos se levantaba trabajosamente hasta que las hélices estuvieron girando por encima de las olas, y durante un prolongado momento pareció que toda la nave continuaría subiendo hasta que el océano la arrastrase de vuelta. Frank resbaló y, cuando agarró los brazos de Warren y trató de arrojarlo por encima del pasamano, a punto estuvo de caer.

«Deja de retorcerte, ¡hijo de puta!», gritó Frank al viento aunque Warren no se estaba retorciendo en absoluto. Cuando el barco osciló y comenzó a descender de nuevo, trató de volverlo a levantar, y esta vez consiguió agarrarlo algo mejor. Mientras ambos se balanceaban como bailarines sobre el abismo de la popa, Frank pensó que estaba mucho más cerca de un muerto de lo que jamás hubiera deseado estar; no obstante, a pesar de esa piel grisácea mojada, esas mejillas hundidas y ese pecho esquelético, bajo esa luz trémula percibió en Warren Hastings algo que no parecía por completo muerto. Algo en los ojos, quizás, ahora que habían sido despojados de sus aparatosas gafas de sol, o en el gesto de la boca, ahora que maquillaje y colorete se habían corrido. Aunque el tipo tenía que haberse dado cuenta de lo que estaba sucediendo, todavía no había señal alguna de resistencia, ni tampoco de miedo. En todo caso, pensó Frank cuando por fin se las arregló para pasar una mano por debajo del sobaco mojado y descarnado de Warren y la otra por debajo de su todavía más descarnada entrepierna y dar el último empujón que lo arrojó por encima del pasamano, esa última mirada traslucía algo parecido al alivio, tal vez incluso una cierta lástima…

—¿Lo has logrado? ¿Te encuentras bien?

Dottie ya se las había apañado para arrastrarse cubierta arriba. La maldición de la impronta ya se había roto y no tardó en rodearlo con sus brazos. Se fundieron en un beso brusco y mojado.

—Te amo, Frank —dijo ella, y sus brazos eran fuertes y en el barco los reflectores brillaban y las sirenas atronaban cuando lo arrastró hasta detrás de un bote salvavidas al abrigo de la tormenta y del bolsillo de su impermeable sacó algo plateado que se retorció y desenroscó como una joya viviente.

—Te amo —repitió ella.

Y lo besó con más fuerza mientras él notaba arrastrarse por su cuello algo punzante.

—Te amo.

Ella lo abrazó con más fuerza que nunca mientras el dolor estallaba en el interior del oído de Frank.

—Te amo.

Ella lo repitió una y otra y otra y otra vez.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

¿Dónde no ha estado? ¿Qué es lo que no ha visto? Frank ha contemplado desde lo alto una Tierra tan pequeña que podía taparla con el pulgar, ha surcado los cielos camino de la cumbre del monte Everest. Si hubiera un precio que pagar por todas esas maravillas, Frank Onions lo hubiese pagado de buen grado. Sin embargo, lo más maravilloso para él, eclipsando cualquier puesta de sol y salida de luna, era la felicidad permanente que le proporcionaba la compañía de Dottie. El dinero —incluso todas las cosas increíbles que permite comprar: techos de cristal, jardines submarinos, palacios birmanos restaurados— es solo la laguna, la moneda, el obŏlus. Estar con ella y compartir su propia carne y sangre con ella es una experiencia frente a la que incluso los momentos cumbre de éxtasis sexual palidecen.

Los tiempos cambian. Los vivos mueren y los muertos viven, pero el amor de Frank hacia Dottie no cambia. En una o dos ocasiones, igual que podríamos mirar extasiados las huellas que en tiempos ancestrales unos pies desnudos dejaron en el suelo, Frank se ha vuelto a mirar el camino que los reunió. Ahora sabe que el auténtico Warren Hastings se casó con su hermosa sexta esposa justo unos meses antes de morir, o tal vez simplemente de desaparecer, en circunstancias que en otros tiempos y culturas podrían haberse considerado misteriosas. Desde entonces, y como antes, Dottie ha seguido igual de despampanante y eternamente bella. Y siempre tiene un acompañante a quien gusta de llamar marido. A veces, en los momentos apropiados, incluso lo llama Warren. Frank no necesita preguntar a Dottie por qué optó por la muerte en lugar de la vida. Ya lo entiende perfectamente. Al fin y al cabo, ¿por qué alguien con el dinero y la posibilidad de elegir esperaría la llegada de la vejez y decrepitud antes de hacerse resucitar? ¿Y a qué sacrificios y esfuerzos no iba a estar dispuesta a someterse para conservar eternamente su belleza?

Para Frank, Dottie es su mundo, el eje alrededor del que gira su vida. Vive con y dentro de ella, y sacrificaría de mil amores cualquier órgano, apéndice o fluido corporal. En cuanto a sí mismo, sabe que ya no es aquel pulcro ejemplar de hombre que era cuando por primera vez cayó rendido ante ella. Mismamente, una semana atrás, en las vítreas llanuras radioactivas de los alrededores de París, le entregó una buena porción de su médula y un tercer riñón regenerado. Estas y otras donaciones, junto con todos los inmunodepresores que debe tomar continuamente, lo dejan flaco, débil y mareado. Hace tiempo que perdió el cabello, tiene que llevar gafas de sol para proteger sus ojos vidriosos y camina arrastrando los pies, encorvado y medio de lado. Se da cuenta de que ya ha empezado a asemejarse a la criatura que arrojó por la popa de El Grandioso Trotamundos, y que esa vida maravillosa que disfruta ahora no puede durar por siempre.

Los miembros de los círculos en los que se mueven —bien alejados de El Grandioso Trotamundos y sus rebaños de ejecutivos medios que tras fallecer dulcemente se dedican a visitar ruinas—, no consideran la relación de Frank y Dottie algo fuera de lo común. Tal como ella le dijo en lo que ahora parece otra existencia, hoy en día, ¿quién sabe lo que es legal?, ¿y a quién le importa? A veces, cuando los débiles guiñapos que los acompañan, como él mismo, se acercan al deterioro definitivo, Dottie y sus conocidos regresan para vivir un poco menos a lo grande durante unas semanas y disfrutar de la emoción de encontrar un sustituto voluntario fresco y lozano. A eso lo llaman «volver a cruzar la Estigia». Es un nuevo tipo de simbiosis, esa impronta, y a Frank se le antoja una relación cuasiperfecta. Tan solo en esos momentos en los que se siente superado por el dolor y la debilidad de sus huesos cada vez más frágiles y mira a esas esplendorosas criaturas que lo rodean, se pregunta quiénes son los que en realidad están muertos y quiénes los que están vivos.

Copyright © 2010 Ian R. MacLeod

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

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Una respuesta a Volver a cruzar la Estigia, de Ian R. MacLeod

  1. Intrascendiente dijo:

    Aunque te lo suelo agradecer por Twitter (con un me gusta) también quiero de nuevo agradecerte por aquí que traduzcas y subas relatos, ese esfuerzo para que podamos disfrutar los demás.

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