Hablar con los muertos, de Sarah Pinsker

Sarah Pinsker es una joven escritora, cantante y compositora estadounidense. Su carrera literaria ha estado centrada mayormente en la ficción breve, aunque, tras publicar alrededor de cincuenta relatos y novelas cortas, en 2019 vio la luz A Song For A New Day, su primera novela. Sin duda su nombre lleva ya unos años sonando con fuerza en el panorama del género, sobre todo gracias a que en 2014 ganó el premio Sturgeon (con el relato In Joy, Knowing the Abyss Behind, que sería el que yo hubiese traducido de no ser porque ya está disponible en español en la revista Axxon) y en 2016 el Nebula. También 2019 fue el año en que Sarah publicó su primera colección de cuentos, Sooner or Later Everything Falls Into the Sea, que como ya dije por aquí me parece francamente recomendable.

Hablar con los muertos (Talking With Dead People) se publicó en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 2016, y es uno de los cuentos incluidos en la ya mencionada primera colección de esta autora. Se trata de un relato que no resulta fácil de clasificar, a caballo entre la ciencia ficción, la ficción criminal e incluso tal vez el terror. Tan solo diré que a mí esta historia me resulta extrañamente inquietante.

Espero que Hablar con los muertos os guste y os animéis a continuar leyendo más relatos de esta autora (podéis encontrar otro en la revista Supersonic y un segundo cuento en Axxon). Y, para que podáis lanzaros ya mismo a leer, tan solo me voy a limitar a expresar mi agradecimiento a Sarah por compartir su historia con todos nosotros. Thanks a million, Sarah!

Descargar Hablar con los muertos en formatos para e-book (ePub, Mobi, FB2)
                        Descargar Hablar con los muertos DOC
                  Descargar Hablar con los muertos PDF

Hablar con los muertos

Sarah Pinsker

Sí, fue a mí a quien se le ocurrió el nombre «La Casa de los Hachazos», sí, como en la rima: «Lizzie Borden un hacha empuñó, y cuarenta hachazos a su madre le dio». Como si yo fuese quién para bromear sobre esa clase de asuntos. Y sí, es cierto que Elizabeth Mint me propuso ser socias en el negocio y yo decliné la oferta. Por entonces compartíamos habitación en la universidad, y no me importa reconocer que mi olfato comercial era nulo por completo. Si hubiera visto todas las posibilidades que ella sí le vio a la idea, si hubiese aceptado su oferta, si no hubiera dejado de trabajar con Elizabeth, ahora sería millonaria.

Por aquel entonces se hacía llamar Eliza. Y se aseguraba de que te enterases de que se pronunciaba «i-lai-sa» y no de otra manera. Mantenía una extraña relación de amor-odio con todo el famoso asunto de Lizzie Borden, la presunta asesina acusada de cargarse a sus padres a hachazos. De pequeña había vivido al sur del estado de Nueva Jersey, y allí era simplemente Lizzie sin que nadie montase ningún revuelo por ello. Luego su familia se mudó al norte del estado, a Teaneck, a una hora en coche de donde vivían, justo cuando ella iba a empezar el instituto, justo cuando se estrenó aquella famosa película sobre Lizzie Borden. Y, como al sur de Teaneck había un municipio llamado Bordentown, al poco se encontró convertida en «Lizzie, la de Bordentown», y todo el mundo se dedicaba a preguntarle cómo seguían sus padres. Tras cuatro años aguantando tomaduras de pelo, estuvo encantada de poder hacer borrón y cuenta nueva en la universidad.

A pesar de todo eso, o tal vez a causa de todo eso, la historia ejercía una fascinación especial sobre ella. Yo no lo entendía, pero estaba acostumbrada a convivir con personas que no eran capaces de dejar atrás el pasado. En más de una ocasión prácticamente me obligó a acompañarla en los viajes que hacía de Rochester a Fall River (Massachusetts), la ciudad donde había vivido la familia Borden. También me llevó casi a rastras a otros lugares siniestros: sanatorios abandonados, escenarios de crímenes, hogares de asesinos en serie. Yo no tenía ni idea de cuantísima gente peregrinaba a esos sitios. Al menos, el interés de Eliza era pragmático; aunque al principio yo no lo supiese.

Yo la acompañaba porque ella pagaba la gasolina y porque nunca me había alejado de casa más de ciento cincuenta kilómetros. Además, que a alguien le apeteciese viajar conmigo era toda una novedad, aunque, con la perspectiva que da el tiempo, ahora pienso que tal vez yo estaba asumiendo como mío su propio interés.

Cuando regresábamos de alguno de esos lugares en mi viejo Ford Fiesta —ella era la única persona adinerada que yo había conocido que no conducía—, siempre se mantenía en silencio mientras yo buscaba en mi móvil las canciones más animadas que se me ocurrían. Entonces, de manera inevitable, llegaban las preguntas:

—Oye, Gwennie, ¿por qué crees que no había agua en la piscina?

—¿Porque es octubre?

—No me refiero a ahora, sino a entonces. Lo encontraron en pleno julio en la piscina, y estaba vacía.

—¿Se sabe si fue vaciada antes o después de que él fuese a parar ahí? —pregunté yo tras reflexionar sobre el asunto.

—Ni se ahogó ni se cayó dentro. Ya estaba muerto. ¿Es que no estabas prestando atención?

La respuesta a esto era siempre: «No». Para entonces ya había tenido suficientes asesinatos y personas desaparecidas. Yo me dedicaba a vagar por esos lugares tratando de enterarme de lo mínimo posible sobre el misterio en cuestión. Todo el asunto me parecía voyeurista, morboso; en mi opinión, lo que sucedía detrás de la puerta cerrada de una morada no era algo destinado a ser visto por ojos ajenos, y mucho menos a ser esclarecido. En lugar de prestar atención a las pistas me concentraba en la arquitectura, el diseño interior, la jardinería, las obras artísticas… Examinaba los libros en las estanterías, el mobiliario, la cubertería… Imaginaba cómo lo reproduciría en miniatura si fuese a incorporar esa casa a las maquetas ferroviarias que solía construir en el sótano de mis padres.

Al rato, ella respondía su propia pregunta:

—Estoy segura de que la piscina estaba vacía porque alguien había convencido al anciano señor Haygood de que había alguna costosa reparación que se tenía que acometer mientras el resto de la familia estaba de vacaciones. A lo mejor lo había persuadido de que había un montón de cosas que arreglar, se tenía que vaciar la piscina y él tenía que pagar por adelantado. Entonces la familia regresó y descubrió que lo habían engañado y…

—¿Me estás diciendo que eso fue lo que acabó con la carrera del político estadounidense más popular del siglo xxi?, ¿una estafa? Tenían dinero. ¿Cómo explica tu teoría lo de su hijo en la piscina o la desaparición del senador Haygood durante tres semanas? —No me hacía falta haber prestado atención durante la visita para estar al tanto de todo eso.

—Si no lo ves, no pienso explicártelo de cabo a rabo.

Entonces yo saltaba a una canción que pudiera cantar y, al poco rato, ella se disculpaba y cambiaba de tema para que lo dejase. Ella contó todo esto en su autobiografía: los viajes por carretera y los interrogantes que se planteaba a sí misma después, aunque a mí me dejó fuera de esa parte. Más introspección, menos preguntas.

En el libro, yo tengo derecho a poco más de una escena. De acuerdo con su versión, estábamos en Massachusetts, circulando por la autopista Mass Pike, tras la primera de las seis horas de viaje que nos iba a llevar de regreso a la universidad desde Fall River, cuando se volvió hacia mí y me dijo:

—¿Y si les pudiésemos hacer preguntas?

En la vida real, yo dije:

—¿A quién?

Y ella dijo:

—A ellos. Ya sabes.

Y yo dije:

—No tengo ni idea de qué estás hablando.

Y entonces jugamos un rato a ver quién se exasperaba más. En Hablar con los muertos, ella sintetizó la conversación en aras de la claridad.

De acuerdo con su versión, ella dijo:

—¿Y si les pudiésemos hacer preguntas?

Mi versión ficcional pilló al vuelo su idea y respondió.

—Sería genial.

Desde luego que lo que ella quería decir era: «¿Y si les proporcionáramos voz?». Esa fue su idea. Plantear preguntas a asesinos, monstruos y personas injustamente acusadas.

—¿Como una sesión de espiritismo? —dije cuando comprendí lo que estaba sugiriendo, tras un lapso de tiempo que en su libro también es mucho más breve de lo que lo fue en la vida real.

—Una sesión de espiritismo, pero mejor. Vas a Fall River, le planteas a Lizzie Borden preguntas concretas y obtienes respuestas concretas.

—«La Casa de los Hachazos» sería un buen nombre, ¿lo pillas? —dije por seguirle la corriente.

—Es la mejor idea que has tenido en la vida.

Noté que tras sus palabras se ocultaba una sonrisa. Durante el resto del camino tratamos de dar con algún nombre mejor, pero ese tuvo todas las papeletas desde el principio.

El nombre también ayudó a centrar el proyecto. Creo que su idea original habían sido bustos robóticos animados de los asesinos, lo que a ella le parecía molón y a mí un cruce entre el Salón de los Presidentes (esa atracción de Disney World con muñecos animatrónicos de mandatarios estadounidenses) y las cabezas de quita y pon de la bruja de Oz. De lo más inquietante y siniestro.

A lo mejor se hubiera atenido a ese plan de no ser porque no conocíamos a nadie que fabricase el tipo de escultura que necesitábamos para que esos bustos cobrasen vida. A Eliza siempre se le dio bien adaptarse a lo que tenía a mano, y lo que tenía a mano era yo.

Hacer maquetas siempre había sido lo mío. Primero, dioramas con árboles de brócoli y ríos de mahonesa teñida de azul. Luego, pueblos enteros para mis trenes en miniatura en el sótano de mis padres, antes de que Tristan, mi hermano, desapareciese; después, todos los talleres y asignaturas de diseño que mi instituto ofrecía. Fabricar casas donde se habían cometido asesinatos no era tan distinto; si incluso las maquetas arquitectónicas que construyo hoy en día en realidad tampoco son tan diferentes… La gente pregunta: «¿Por qué casas? ¿Por qué no los propios protagonistas?». La respuesta es que tuvimos que elegir entre modelos de personas que parecían de mentira y modelos de casas que parecían de verdad.

Construí la primera en el taller de decorados del teatro del campus, donde ese año tenía un curro a tiempo parcial que me ayudaba a pagar los estudios. Era un buen puesto; me gustaba fabricar cosas y me gustaba tener que trabajar solo de manera esporádica, incluso aunque eso quisiera decir que nunca andaba sobrada de dinero. Algo que no era una novedad para mí.

Huelga decir que el prototipo fue la vivienda de Lizzie Borden. No la mansión Maplecroft, su último hogar, sino la situada en el número 92 de Second Street. En todas nuestras visitas, Eliza había reservado habitación en la pensión que ahora ocupa la casa; y con la suficiente antelación como para pedir el cuarto donde encontraron asesinada a la madrastra de Lizzie. Yo siempre me había dedicado a recorrer los pasillos con la cabeza más puesta en la propia casa que en los asesinatos, pero, una vez me hubo explicado mi papel en su plan, todavía me fijé más. La anchura de las escaleras, la orientación de las ventanas para aprovechar la cambiante luz del sol… Encontrar en internet fotos y planos de la vivienda fue bastante sencillo, pero mi propio conocimiento de habitaciones y pasillos impregnaba todo el proyecto.

—¡Joder, Gwen! —exclamó Eliza cuando le mostré el modelo que me había encargado.

Unas bisagras permitían abrir la pared de poniente. Todos los cuartos estaban ahí, en perfecta proporción. Réplicas diminutas del sofá del asesinato, de los espejos, de las barandillas… Ventanas y puertas que se abrían y cerraban. Tenía treinta centímetros de alto, sin contar la base, que le añadía unos diez más. La casa de los Borden carecía de electricidad, así que instalé diminutas lámparas de gas de mentira en mesas y paredes.

—Es lo que me pediste, ¿no?

—Bueno, sí, pero ¿cuánto te ha llevado?

Sumé días y horas mentalmente y luego me encogí de hombros. Ella había estado ocupada con la programación y los componentes electrónicos durante exactamente el mismo tiempo que yo había dedicado a construir el modelo. También se había encargado de adquirir todo el material que me había hecho falta mientras había estado trabajando en la casa, de modo que ya tenía que saberlo.

Le dio la vuelta y miró por las ventanas.

—Ha hecho todos los muebles —musitó para sí misma, como si yo no la estuviese escuchando—. Alucinante.

Yo había dejado la base hueca, tal como me había pedido, y ella faltó a clase al día siguiente para montar los componentes electrónicos que había preparado. Cuando volví a la habitación después de la cena, estaba tumbada en su cama, leyendo.

—Enciéndela —me dijo, girándose para colocarse frente a mí.

En su mesa siempre reinaba el desbarajuste, en agudo contraste con la mía; el modelo estaba colocado en el centro, con diversas herramientas esparcidas a su alrededor. Al ver que faltaba un postigo sentí una punzada de ansiedad. Fui palpando la base hasta localizar un interruptor. No sucedió nada.

—¿Y ahora qué?

—Pregúntale algo.

No se me ocurrió nada y, tras un momento, Eliza gruñó y preguntó en mi lugar:

—Abby, ¿hacia dónde estabas mirando cuando fuiste atacada?

Escudriñé el interior de la casa, casi esperando ver figuras dentro.

—Espera, ¿por qué Abby? Creía que era a Lizzie a quien ibas a interrogar.

—Cuando abandonamos la idea de los bustos y optamos por las casas, caí en la cuenta de que ahí dentro podíamos poner a todo el mundo.

Repitió la pregunta. Por los altavoces se oyó la voz de una mujer. Reconocí a Angie, una amiga de Eliza.

—Estaba de cara a mi atacante.

—Abby, ¿dónde recibiste el primer golpe?

—Me golpearon en la habitación de invitados.

Solté una risita y Eliza me lanzó una mirada cortante. A la vista de esa respuesta estaba claro que había un error en la programación.

—Abby —lo intentó de nuevo—, ¿en qué parte de tu cuerpo recibiste el primer golpe?

—Me golpearon en un lado de la cabeza.

Eliza sonrió con expresión triunfante y continuó:

—Andrew, ¿adónde fuiste cuando saliste de casa la mañana de tu muerte?

Una voz masculina ahora, que no reconocí. ¿Tal vez un profesor? Sonaba a alguien de más edad que nuestros amigos:

—Fui a dar mi paseo matinal.

—¿Quién te atacó? —pregunté. No obtuve respuesta.

—Tienes que anteponer un nombre —explicó Eliza.

—Esto… señor Borden —dije sintiendo una repentina timidez y ceremoniosidad—, ¿quién le atacó?

—Estaba dormido.

Ladeé la cabeza mirando a Eliza.

—¿Qué pasa si le pregunto eso mismo a la señora Borden? —inquirí—. O directamente a Lizzie.

—Prueba a ver.

—Lizzie Borden, ¿mataste a las personas de cuyo asesinato fuiste acusada?

—Fui absuelta de esos crímenes —respondió Lizzie Borden con la voz de Eliza imitando penosamente el acento de Massachusetts.

—¿A que mola? —dijo la misma voz desde la otra cama.

Algo chocó contra la ventana que había detrás de mi cama: una abeja atrapada entre el mosquitero y el cristal. Crucé la habitación para liberarla. El insecto rebotó contra el vidrio un par de veces más antes de alejarse titubeante edificio abajo. Me dejé caer sobre la cama.

—Sigo sin entenderlo —dije—. No sabe nada que no se sepa ya. Solo puede decir lo que la has programado para que diga. Si tú no sabes quién lo hizo, la casa tampoco lo sabrá.

—Esto es un prototipo —dijo ella lanzando un suspiro—. Solo puede responder preguntas que he programado, pero estoy casi segura de que si proporciono a la inteligencia artificial información suficiente, si introduzco hasta el último detalle conocido sobre todas las víctimas y todos los sospechosos, puedo conseguir que llegue a ser capaz de responder preguntas cuya respuesta yo desconozco; que establezca relaciones que a mí se me han escapado, basándose en los datos que haya recibido. E incluso si eso no llega a ocurrir, la comprarán de todas maneras.

—¿Para qué?

—A la gente le encantan los asesinatos sin resolver —dijo, una frase que repetía y sobre la que se explayaba en su autobiografía—. Y le encantan los escenarios de crímenes. Yo, quiero decir, nosotras, vamos a fabricarlas y se las vamos a vender a las propias casas, ahora convertidas en museos. Esta tiene la calidad suficiente para ser exhibida. Y también vamos a producir otras más pequeñas y baratas, sin mobiliario ni postigos que se abren y cierran y se caen cuando estoy soldando.

El comentario me hirió más de lo que dejé traslucir. De mis modelos no se caía nada si se los manipulaba como era debido. Tristan, mi hermano pequeño, destrozó bastantes más de la cuenta hasta que ya no pudo seguir destrozándolos simplemente porque ya no estaba, pero la culpa nunca fue de la factura de mi trabajo.

—¿Cómo que nosotras?

—Nosotras.

Me puse de pie y hurgué por el amasijo de objetos que había en la mesa de Eliza hasta dar con el postigo que se había caído. Luego rebusqué entre el material que yo utilizaba para fabricar los modelos hasta localizar una clavija minúscula que me permitiese volverlo a sujetar en su lugar.

—Las otras voces están bien, pero tu Lizzie suena falsa.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Dos semanas más tarde, Eliza actualizó la base de la casa y las respuestas pasaron a ser más variadas. También sustituyó su propia voz por la de alguien cuyo acento se parecía más a los que oíamos en Fall River. Durante las vacaciones de Semana Santa, cuando yo estaba en mi casa, ella cogió un autobús y fue a Massachusetts con la casa en el regazo, y se la vendió a una tienda de la ciudad por mil dólares.

El día que regresé a la universidad tras las vacaciones, ella arrojó el dinero sobre mi cama. El pago había sido realizado a través de internet, pero Eliza había sacado la suma del banco en billetes de veinte.

—Gwennie, necesito saber si somos socias en esto.

—Creía que ya lo éramos…

—Podemos serlo. Te necesito para construir los modelos, pero se me ocurren un par de maneras de funcionar. O bien somos socias, ambas invertimos el dinero para que el negocio salga adelante, ambas tomamos decisiones y nos repartimos todo al cincuenta por ciento; o bien dejas que te pague los modelos y el negocio es mío.

—¿Cuánto me pagarías?, por los modelos.

—Esa primera era una obra de arte. Necesitaremos unas cuantas más así (tengo una lista de casas) y aparte algunas versiones más pequeñas sin florituras. Sin mobiliario. Sin postigos que se abran y cierren. Por cada una de las grandes cobrarías seiscientos dólares, material aparte. Por las pequeñas, esto… cincuenta. Te pagaría todas y cada una de ellas, independientemente de que consiga venderlas o no.

»En la cama hay novecientos dólares, por todo lo que trabajaste en la primera. Nada de esto podría estar sucediendo si no hubiera logrado venderla. Puedes quedarte los novecientos dólares por ella si quieres limitarte a trabajar bajo contrato. En caso contrario, cogeré de nuevo el dinero y lo invertiré en el siguiente paso, y seremos socias al cincuenta por ciento. Éxito o fracaso, repartido por igual.

Miré los billetes que se amontonaban sobre la cama. En mi vida había visto tanto dinero y ella lo sabía. Mis padres nunca habían gozado de una posición económica demasiado holgada, y cuando la policía dejó de buscar a Tristan se gastaron hasta el último penique en investigadores privados. Novecientos dólares me permitirían comprar neumáticos nuevos y un silenciador para el coche. Con más pagos así, yo misma podría costearme las cuotas del siguiente semestre sin necesidad de pedir a mis padres un dinero que no tenían. O bien podía convertirme en su socia. Pero si a la postre nadie quería comprar esas casitas de muñecas que hablaban con vocecitas de asesinos, me tocaría apechugar con las casitas en cuestión. Dinero a cambio de mi trabajo, sin responsabilidades, o dinero por una parte del negocio, jugándome lo que no estaba segura de poder darme el lujo de no embolsarme.

—Trabajaré para ti.

—Entonces vamos a hacerlo oficial —dijo metiendo la mano en el bolso y sacando un contrato.

Nunca llegué a saber si había un segundo contrato por si hubiera respondido lo contrario.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

«A la gente le encanta resolver misterios. Les hace sentirse inteligentes», escribió en su libro.

Ella tenía un montón de ideas sobre lo que le gustaba y no le gustaba a la gente, tal vez porque veía a todo el mundo como meros apéndices de sí misma. Esto no sale en su libro, por supuesto. Es mi propia teoría.

Convertimos nuestra habitación en una fábrica. Cuando empezamos a recibir pedidos, alquiló parte de un almacén y trasladamos todo allí. El lugar era una sauna en verano y una nevera en invierno, pero nadie se quejaba. Contrató a varios amigos para ocuparse de diversos aspectos del negocio, incluidos un reparto de actores de voz y un par de expertos en electrónica. Mo Bara pintaba mis modelos. Samia Gilman se encargó de montarnos un sitio web y de la presencia de la empresa en las redes sociales.

Eliza tenía razón: por el motivo que fuera, la gente sí que quería las macabras casas. Al principio solo unas pocas, pero entonces alguien utilizó nuestro modelo para resolver el asesinato de Haygood de 2021; consiguió que el caso se reabriese, dio con la manera de demostrar su hipótesis basándose en pruebas reales y logró que la familia fuese eximida de toda culpa. El senador Haygood incluso nos escribió para dar las gracias.

A partir de ese momento nos llegaron tantos pedidos que no dábamos abasto. La lista de espera solo servía para aumentar el atractivo de las casitas. Ofrecíamos una gama que podíamos montar al por mayor y otra más cara para trabajos hechos especialmente por encargo. Hicimos una de Charles Lindbergh y otra de JonBenét Ramsey, la reina de belleza infantil hallada muerta en su hogar en 1996. Ahorré el dinero suficiente para pagarme yo misma la matrícula del siguiente semestre, dado que, sin contar a Eliza, yo era quien más dinero estaba ganando.

De tanto en tanto me preguntaba si habría cometido un error al no aceptar ser su socia. Y me lo sigo preguntando. Creo que hubiera disfrutado con las casas que fabricó para institutos de criminología y para el FBI, esos rompecabezas que le encargaban para utilizar como supuestos prácticos —al estilo de aquellas casas de muñecas construidas por Frances Glessner Lee, los «Estudios en miniatura de muertes inexplicables», que recreaban escenarios reales de crímenes y que en la actualidad se hallan en Maryland y siguen siendo utilizadas en seminarios forenses— pero con voces y una inteligencia artificial que podía seguir una línea de interrogación. Asimismo me hubieran parecido bien los encargos de los dueños de las casas de verdad que pagaban a Eliza a cambio de una IA que, conectada a intercomunicadores o teléfonos inteligentes, les permitía cobrar la entrada a la gente que deambulaba por las habitaciones originales.

Incluso de no haber tenido la desavenencia que tuvimos, es probable que hubiésemos terminado enfrentándonos por algunos de los otros encargos que aceptó, que yo me hubiera negado a realizar. Programas de televisión sensacionalistas que adquirían nuestras casas para provocar y hostigar a personas absueltas largo tiempo atrás. Dictadores, casos abiertos, situaciones que estaban demasiado en carne viva como para andar hurgando en ellas. En aquella época, mis motivos para desear continuar como una mera contratada eran más sencillos: veía cuánto tiempo dedicaba Eliza a todos esos otros aspectos que no tenían que ver con la construcción en sí de las casas; yo estaba más que satisfecha fabricando mis modelos y sin preocuparme por la parte comercial del negocio.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Tal vez hubiéramos podido continuar así de manera indefinida de no haber hecho ella lo que hizo, que fue lo que terminó con nuestra amistad. Anécdota que tampoco incluyó en Hablar con los muertos… El libro salta del gélido almacén al momento en que ella abandona la universidad antes del empezar el último curso.

Lo que omitió fue lo del regalo con el que me obsequió por mi vigésimo cumpleaños. Como ambas cumplíamos años en fechas bastante próximas, todos los tres de diciembre que compartimos habitación organizamos una fiesta conjunta, justo antes del comienzo de los exámenes de Navidad; fiesta íntima aunque atestada, con todos nuestros amigos y compañeros de negocio, más o menos siempre la misma gente. Ese día ella le pegó a la cerveza light y yo a la sidra. Este detalle lo recuerdo sobre todo porque esa noche, más tarde, estuve vomitando, y desde entonces no he vuelto a tocar la sidra.

En cualquier caso, cuando ya habíamos bebido un tanto, ella se subió encima de mi mesa y reclamó nuestra atención. Alguien —creo que Mo Bara, aunque esa parte no la recuerdo con claridad—, alguien le entregó una bolsa de compra de lona. Ella enchufó un cable que colgaba de la misma antes de entregármela. De eso también me acuerdo, así que yo ya sabía de qué clase de regalo se trataba, aunque desconociera los detalles concretos.

Lo saqué de la bolsa. Con la base de contrachapado de sesenta centímetros por treinta y el edificio del tamaño de una máquina de coser, era mucho mayor que cualquiera de mis modelos, incluso los de gama alta. Los detalles eran bastante burdos, y me llevó un minuto reconocer la casa de mi propia infancia; sin embargo, en cuanto la identifiqué, tuve una idea bastante clara de lo que Eliza había hecho.

—¿Cómo te llamas? —pregunté a la maqueta con voz temblorosa, aunque todavía no había empezado a arrastrar las palabras.

Una voz (no la mía, puesto que yo no había grabado nada para esta sorpresa tan particular) respondió desde el interior:

—Gwen. —No la reconocí. Probablemente sería alguna de esas alumnas de escuelas de interpretación a las que a veces pagábamos para hacer ese trabajo.

Entonces miré a Eliza. No sé por qué ella contaba con que a mí me entusiasmase el que hubiera programado la versión que conocía de los detalles de mi vida en una IA encerrada en una casa. Supongo que a lo mejor a ella no le hubiese importado contar con una equivalente de sí misma, para interrogarla y recibir sus propias respuestas, de manera que ni se le pasó por la cabeza que yo no fuese a sentir eso mismo. No obstante, miré a Eliza y en ese momento creo que cayó en la cuenta de que a lo mejor había sido un error. La fulminé con la mirada hasta que la sonrisa se le borró del rostro.

Sin embargo, ya era demasiado tarde. La gente ya estaba abriéndose paso para plantear preguntas a esa otra yo de mentira. ¿Me había acostado con Caz Mendelson el año anterior? ¿Y con Samia? ¿De verdad me habían cateado en Ética de la Ingeniería? Las respuestas fueron inquietantemente correctas. No. Sí. No, conseguí una prórroga para poder terminar de prepararla durante el verano, porque había estado demasiado ocupada construyendo modelos de casas de asesinatos, y el profesor me dijo que podía entregar un trabajo sobre la ética de construir modelos de casas de asesinatos, que fue lo que hice. Todo esto eran cosas que Eliza sabía sobre mí gracias a dos años y medio de intimidad. La voz, aunque no era la mía, se ajustaba a mi manera de hablar, a mi entonación.

Las preguntas derivaron hacia otros derroteros. Esperé a que la voz se equivocase, para demostrar que no era yo, pero conocía la dirección de la casa de mi infancia y los nombres de mis padres y el de mi profesora favorita del instituto. Me imaginé a Eliza poniéndose en contacto en secreto con mi familia, con mis amigos de internet, preguntándoles si querían formar parte de una sorpresa de cumpleaños. Seguro que si hubo alguien que le señaló que no creía que a mí me gustasen las sorpresas, ella se limitó a proporcionar esa información a la IA, como un dato más.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien, y creo que se me cortó la respiración.

«Tan solo están haciendo preguntas al azar», me dije.

—Ninguno —respondió la IA y, tras una pausa—: Ya no tengo ninguno.

Agarré la mochila de debajo de la cama, me aseguré de tener las llaves, la cartera y el ordenador, y me largué. Podía haberme quedado y haber puesto a todos los demás de patitas en la calle, pero los dejé allí, interrogándome. Solo sabía que tenía que marcharme antes de oír las preguntas que vendrían a continuación o, todavía peor, las respuestas.

Probé a llamar a algunas puertas para encontrar un lugar donde dormir, pero todo el mundo o estaba en nuestra fiesta o ya se había marchado del campus. Cuando me encaminé a mi coche caía una lluvia gélida, pero el frío tampoco era insoportable. Mi padre me hacía llevar una manta en el maletero para emergencias, y encogí brazos y piernas para introducirlos dentro de mi propia ropa. Me desperté una vez en plena noche y vomité junto al neumático trasero, resbalé en el hielo que se había acumulado y poco me faltó para aterrizar en mi propia vomitona.

Durante el resto del período de exámenes me alojé en habitaciones ajenas y aproveché las vacaciones de Navidad para solicitar cambio de cuarto. La universidad me asignó otra habitación que compartiría con otra estudiante de tercero cuya compañera estaba estudiando en Roma durante la primavera.

Yo sabía que estaba dejando a la empresa en la estacada en cuanto a la fabricación de los modelos, pero en aquel momento me traía sin cuidado. Había terminado con esas macabras casas de muñecas. Había terminado con las voces de IA que sabían demasiado. En mi trabajo para la asignatura de Ética había justificado lo que estábamos haciendo: «En algunos casos, estamos dando voz a quienes no la tienen —escribí—. La inteligencia artificial puede representar a todos los implicados en el caso. Y no especula. «No lo sé» o «No me acuerdo», dice si no conoce la respuesta. Y a veces realiza saltos intuitivos que alguna de las personas que investigaban el caso debería haber hecho, pero que nadie hizo. Está por ver si alguna de esas deducciones se pueden demostrar, pero la posibilidad de ayudar a la justicia resulta excitante y puede pesar más que cualquier escrúpulo ético o moral».

Durante las Navidades, cuando sabía que ella no iba a estar, conduje durante dos horas hasta Rochester para recoger todos mis bártulos. Habíamos entregado todos los pedidos navideños antes de la fiesta —sí, la gente regala casitas de estas para Navidad— y todo el mundo había sido recompensado con dos semanas enteras de vacaciones. Yo estaba casi segura de que ella estaría en Barbados con su familia.

La habitación estaba exactamente igual que cuando me había largado, salvo por la ausencia de gente. Vasos de plástico rojo y botellas de cerveza por doquier, junto con olor a levadura, señal de que se habían quedado tirados tal cual sin que nadie los lavase.

Mi regalo, por llamarlo de alguna forma, seguía en la mesa donde yo lo había dejado. Todavía enchufado. No debería haber preguntado nada, pero yo era la única persona en todo el edificio y tenía que saberlo.

—¿Qué le sucedió a tu hermano, Gwen?

—No lo sé —respondió aquella Casa de los Hachazos.

—Pero ¿no lo estabas vigilando tú ese día?

—Sí.

—¿Y qué sucedió?

—Él estaba jugando en el jardín, y yo, a un juego en mi móvil. Entonces subí al piso de arriba, y él desapareció. —Mis palabras en el informe policial, textuales.

—Pero seguro que oíste algo, ¿a que sí?

—No se lo dije a la policía.

—Repite esa respuesta, por favor —pedí.

—No. Se lo dije a la policía.

No sabía si me había imaginado la diferente inflexión de la primera respuesta. Resultaba espeluznante hasta qué punto ese matiz cambiaba el significado de mis palabras. De las suyas, en realidad. ¿A qué línea de código era achacable la diferencia entre ambas? Me quedaba otra pregunta.

—¿A qué estabas jugando en el móvil?

La casa se quedó callada. Esa información nunca se había publicado en ningún artículo.

—No me acuerdo —dijo por fin.

Ese «No me acuerdo» fue lo que evitó que destrozase el cacharro, aunque probablemente hubiese debido hacerlo añicos. Yo estaba jugando a Guerrero kármico. En el nivel más alto al que jamás había llegado. Al que jamás he llegado, debería decir, puesto que nunca he vuelto a jugar. Ese artilugio no era yo. Eliza no me había recreado. Solo era una aproximación.

La casa no sabía que Tristan me había rogado que le enseñase a jugar a Guerrero kármico. Sabía que él llevaba su camiseta del Tyrannosaurus, vaqueros con un roto en la rodilla derecha y deportivas que estaban empezando a apretarle los dedos —justo esa mañana se había quejado de eso—, porque yo le describí a la policía exactamente la ropa que llevaba. Sabía que en la coronilla tenía una minúscula zona con el pelo blanco, donde el año anterior se había ganado ocho puntos con la esquina de la mesita del café, porque eso caía en la categoría de «marcas distintivas».

No sabía que Tristan resoplaba al reír. No sabía que corría como si fuese un borrachín en miniatura, inclinado hacia un lado y dando tumbos. Nadie le había contado lo de la extraña fascinación que sentía por las abejas —a las que capturaba con gran cuidado, pero que a veces se le escapaban sin querer dentro de la casa—, ni que había conseguido que a todos nos picasen tantas veces que ya habíamos perdido la cuenta. No sabía que yo había estaba enfrascada en conseguir mi puntuación récord en Guerrero kármico y que lo mandé a paseo. Esas fueron mis palabras exactas: «Vete a paseo», y jamás lo volví a ver.

Antes de atravesar por última vez el campus con mi última caja, desenchufé la IA Gwen. Estaba a mitad de pasillo cuando cambié de opinión y regresé. En el cajón superior de la mesa había un destornillador; puse el modelo boca abajo y desatornillé la base. Quité el chip y me lo guardé en el bolsillo. Hice una parada en la cocina de la planta baja, lo metí en el microondas y puse en marcha el aparato. No me quedé a ver los fuegos artificiales.

Esa fiesta fue la última vez que hablé con Eliza. Ella trató de ponerse en contacto conmigo por teléfono varias veces, pero yo no respondí y terminó por dejarlo. Por lo que me contaron Samia y un par de compañeros, que seguían en la plantilla de La Casa de los Hachazos, ella no entendía qué es lo que me había ofendido, un signo claro de que yo había tomado la decisión correcta. Para Eliza no existía diferencia entre Lizzie Borden, el escándalo Haygood y la desaparición de Tristan. Todos nosotros no éramos más que misterios esperando a ser resueltos por ella.

Copyright © 2016 Sarah Pinsker

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Traducido del inglés por Marcheto

Esta entrada fue publicada en Ciencia Ficción, Relatos y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Hablar con los muertos, de Sarah Pinsker

  1. Gilberto dijo:

    ¡Esta es una escritora realmente extraordinaria! Sus cuentos poseen una calidad literaria muy notable. Ayer mismo, 13 de abril, la antología a la que pertenece este cuento, Sooner or Later Everything Falls into the Sea, ha ganado el Philip K. Dick. ¡Felicidades para ambas, Marcheto!
    “The Blur in the Corner of Your Eye”, por cierto, también es genial.
    Gracias desde el corazón!

    • marcheto dijo:

      The Blur in the Corner of Your Eye es otro de los relatos que leí de Sarah cuando andaba decidiendo qué cuento suyo me apetecía traducir. Aunque me gustó bastante, no desbancó a Hablar con los muertos, que era mi favorito hasta ese momento. Y, a pesar de que The Blur in the Corner of Your Eye está sonando bastante en las nominaciones a premios importantes de este año, no me arrepiento.

  2. Pingback: Sarah Pinsker | La Nave Invisible

Deja tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .