Los coleccionistas, de Adrian Tchaikovsky – Especial ultracortos (y XVIII)

Adrian Tchaikovsky es un escritor, asesor legal, jugador de rol y entomólogo aficionado nacido en Inglaterra. En su prolífica faceta literaria es autor de alrededor de un par de docenas de novelas, entre las que destacan las pertenecientes a la saga de fantasía Shadows of the Apt (inédita por aquí). Dos de sus novelas han sido traducidas al español: Herederos del tiempo (Artifex), ganadora del premio Arthur C. Clarke en 2016 y primera entrega de una de sus series más recientes (que en su momento yo ya recomendaba por aquí); y Spiderlight (Alethé). Aunque se lo conozca sobre todo por sus novelas, Adrian también es un asiduo cultivador de los formatos cortos, como lo demuestra el medio centenar de relatos suyos aparecidos en diversas antologías y revistas.

Los coleccionistas (The Collectors) forma parte de la reciente antología 2001, An Odyssey in Words (NewCon Press, 2018), editada por Ian Whates y Tom Hunter. Este libro nació con la intención de convertirse en un homenaje a Arthur C. Clarke (1917-2008) al cumplirse los cien años de su nacimiento, aunque finalmente resultó imposible que se publicara en 2017, como hubiese sido el deseo de sus editores. Los autores participantes tenían que ajustarse tan solo a una regla muy sencilla: si bien no era necesario que los relatos mantuviesen una relación temática con la obra de Clarke, sí que debían tener una extensión de justo 2001 palabras (título incluido). No obstante, en el caso de este cuento, breve, pero rebosante de sentido de la maravilla, el homenaje es doble, tanto numérico como argumental. Pero si queréis conocer más sobre 2001, An Odyssey in Words, pasad por el imprescindible blog Fantástica Ficción, donde Leticia Lara publica hoy mismo una detallada y estupenda reseña.

A Adrian es posible que bastantes de vosotros lo conozcáis incluso en persona, dado que fue uno de los invitados de la edición de 2014 del festival Celsius (y aquí podéis ver el vídeo de su encuentro con el público en aquella ocasión). Y en la nueva edición que muy pronto va a celebrarse en Avilés (entre el 17 y el 20 de julio de 2019) vuelve a contarse entre los invitados, así que, si vais a tener la suerte de acudir al Celsius dentro de unas semanas, no dejéis de leer Los coleccionistas, para ir bien preparados conociendo al menos una muestra de lo mucho que este autor es capaz de lograr cuando opta por las distancias cortas, dado que creo que este es su único cuento traducido al español.

Con objeto de conservar el homenaje numérico a Arthur C. Clarke, mi versión del relato respeta el número de palabras del original. Como en el tope de 2000 fijado para este especial ultracortos no se contabilizaba el título, Los coleccionistas y sus 1999 palabras encajan dentro del mismo, aunque sea por los pelos. Y, no solo eso, sino que además va a convertirse en el broche de oro que lo cierre. Esto no quiere decir que no vayamos a seguir teniendo por aquí más flash-fiction, pero a partir de ahora será de manera más puntual, como ocurría antes. Espero que hayáis disfrutado con estas dieciocho muestras de que lo bueno, si breve…

Por último, vaya mi agradecimiento a Adrian por permitirme compartir con todos vosotros esta maravilla de cuento. Y, si tenéis la suerte de conocerlo durante el Celsius, transmitídselo de mi parte en persona. Thanks a million, Adrian!

                     Descargar Los coleccionistas DOC
                        Descargar Los coleccionistas PDF

Los coleccionistas

Adrian Tchaikovsky

La Harvey y la Helen deceleraron a la vez, utilizando la gravedad del anaranjado sol para transformar velocidad interestelar en interplanetaria. Los cálculos eran complicados; el sistema estaba plagado de lo que, durante nuestra aproximación, supusimos serían residuos espaciales, pero que luego descubrimos eran colosales estructuras de dimensiones planetarias suspendidas en una danza newtoniana alrededor del sol y la mitad de sus planetas. Habíamos sido atraídos desde la lejana Tierra por la llamada de un artefacto concreto, pero los habitantes de este sistema habían estado ocupados antes de marcharse adondequiera que se hubiesen ido.

Colectores solares orlaban el sol con tres grandes halos. Los investigamos al pasar camino de la señal. La mayoría estaban apagados o muertos, pero uno de cada cinco todavía continuaba absorbiendo luz solar. Analítica creía que la energía era transferida al resto del sistema mediante mecanismos que estaba fuera de nuestro alcance desentrañar: un misterio bien merecedor de una nueva visita para ser dilucidado.

Los ojos de cristal de la Tierra llevaban siglos escrutando los cielos nocturnos en busca de señales de vida: no de cualquier vida, sino de vida que pudiese devolvernos la mirada y reconocernos. La paradoja de Fermi plañía ante su inexistencia. Pero los cielos eran inmensos y la historia de la Tierra brevísima y turbulenta. Al fin y al cabo, ¿qué probabilidades había de que justo cuando nosotros mirábamos un punto concreto en el firmamento ese punto estuviese mirándonos, hablándonos, alargando la mano por la galaxia hacia la lejana consciencia de la Tierra? Quizás grandes imperios galácticos hubiesen florecido y muerto mientras los humanos tallaban herramientas pétreas, y se alzasen mucho después de que los últimos herederos de la vieja Tierra se hubieran oxidado. El tiempo del que dispusimos en el cosmos fue brevísimo, por mucho que tratásemos de alargarlo.

Pero resulta que sí que nos llamaron: una señal desde las profundidades de la oscuridad: «Sabemos que estáis ahí. Aquí estamos».

Y aquí estábamos, la Harvey y la Helen; nuestra hermana Hilde rezagadísima, víctima de problemas de suministro eléctrico y un error de navegación. Aquí estábamos, siglos después de que esa señal se oyera por primera vez, dirigiéndonos a su fuente.

Lo que encontramos fue un panel receptor de más de ocho mil kilómetros de ancho, de tecnología completamente ignota, pero, tan ajustada al propósito, que pudimos extrapolar función a partir de forma. La propia señal casi parecía un añadido de última hora. Su función era escuchar, no hablar.

Tras deliberar entre las dos naves, la Helen respondió transmitiendo una sencilla señal, creyendo que al inmenso panel le pasaría desapercibida.

La respuesta nos abrumó.

La señal que habíamos seguido era clara y precisa, una compleja secuencia repetitiva, concebida para destacar como artificial frente al murmullo de fondo del universo natural. La respuesta que recibimos fue infinitamente mayor: una caótica barbulla de frecuencias, que se prolongó de manera interminable, sin rastro de repeticiones, una variedad de ruidos en apariencia infinita. Quizás fuesen las historias de los constructores de las estructuras, quizás los secretos del universo. Orbitamos alrededor del descomunal panel con frustración creciente, porque ¿por dónde podíamos empezar?

Como último recurso ejecutamos las rutinas analíticas de la Harvey, buscando secuencias familiares. Después de todo, ¿por qué un panel alienígena a años luz de la Tierra iba a utilizar algo reconocible? La correspondencia exacta tardó en producirse menos de un segundo.

Señales de radio, de la Tierra. Emisiones televisivas, conversaciones telefónicas, cualquier cosa que se hubiera podido lanzar al espacio desde nuestro lejano hogar en una trayectoria conducente al panel. Al principio, al empezar a traducir esas antiguas emisiones, encontramos imágenes bélicas, voces humanas recitando puntos de referencia navales desaparecidos largo tiempo atrás, un hombre gordo levantando dos dedos ante la cámara, una figura asexuada en un traje espacial sujetando una bandera inmóvil, un corredor atravesando la meta ante una multitud imperturbable, un anciano y una joven entrando en una cabina con ventanas, una mujer emprendiendo un viaje en avión que jamás completaría.

Deliberamos mientras las imágenes nos arrollaban. No lo entendíamos. Otra señal nuestra interrumpió la emisión y empezamos a analizar lo que se nos había entregado. Por algún motivo, los constructores del panel habían estado comunicándose con nosotros con palabras terrestres. Debía haber un mensaje oculto en ese contenido, para que fuese descifrado al cribar lo que nos habían transmitido de vuelta.

La Helen se ofreció voluntaria para permanecer junto al panel y trabajar en el desciframiento mientras la Harvey exploraba el resto del sistema. Abandonamos la órbita, nuestra nave dirigiéndose hacia el asteroide voluminoso más cercano. Habíamos contado más de cuatro mil cuerpos celestes naturales en el sistema, de los cuales siete podían, con cierta arbitrariedad, ser catalogados como planetas. Había el doble de cuerpos artificiales, y al menos cuarenta y siete eran, como el panel, de magnitud planetaria. La teoría de la Helen era que en la configuración original del sistema había bastantes más cuerpos de gran tamaño, antes de que los constructores los expoliaran para conseguir materias primas.

Lo que no había era ni vida ni energía en ningún objeto cercano, excepción hecha del panel. Cuando la Harvey entró en órbita alrededor del planeta más próximo, descubrimos un mundo que había sido transformado en una máquina inmensa: en parte mecanismos, en parte disipador de calor para impedir que sus propios procesos industriales la fundieran. Ahora esto era superfluo. Allá abajo todo estaba frío. Los constructores habían muerto, continuado camino o trascendido, no dejando nada que hablase en su nombre salvo sus obras abandonadas, que nosotros contemplábamos sumiéndonos en la desesperación. Y la matriz, que abría su inmensa biblioteca de obras humanas cuando se le solicitaba, y cuya llamada nos había traído aquí para ejercer de testigos.

Solo en un planeta había ya suficiente material para un siglo de estudio. Todas las respuestas tenían que estar en algún lugar, y el tiempo descubriría todos los secretos. Por el momento, la Harvey realizaría un recorrido de recapitulación por el sistema, mientras la Helen se peleaba con la matriz y ese mensaje que ya teníamos a mano, por si fuese la clave de todo lo demás. Seguimos adelante dejando atrás ese mundo muerto; el sistema abundaba en puntos de interés, pero escaseaba en elementos vivos y activos.

Los sensores de la Harvey tomaban mediciones mientras atravesábamos constelaciones de máquinas descomunales desperdigadas por el vacío interplanetario, todas situadas en cuidadosas órbitas, en las que la estrella, los planetas y el resto de masas bastaban para mantener una precisa armonía entre todos ellos, dado que la gravedad continuaba trabajando duramente allí donde el resto de mecanismos artificiales ya no funcionaban. Los constructores habían sido artistas de la física y mecánica celeste. Habían convertido su sistema solar en un planetario de piezas complementarias, que aún continuaba girando sobre sí mismo en equilibrio perfecto después de su marcha.

Mucho después. Los instrumentos de la Harvey apuntaban a que hacía siglos que allí no existía actividad. Habíamos llegado tarde a una fiesta que los instrumentos también indicaban había durado decenas de miles de años antes de concluir. Todo el sistema era como un jardín supervisado, podado y cultivado conforme a un orden, durante un marco temporal dilatadísimo, para alcanzar este equilibrio perfecto.

Estábamos desbordados de información indescifrable. Por dondequiera que pasaba la Harvey, hallábamos el camposanto de una civilización que ya era vieja cuando los humanos miraron por primera vez el cielo y se preguntaron qué eran las estrellas; que estaba muriendo lentamente cuando enviamos esa primera señal de radio que, tras rebasar los confines de nuestra atmósfera y dejar atrás la Luna, se adentró en el inmenso vacío que hay más allá; que había muerto mucho antes de que recibiésemos la señal del panel convocándonos a este remoto mausoleo celeste.

Fue entonces cuando captamos la segunda señal.

No éramos sus destinatarios: apuntaba al exterior igual que nuestras miguitas de pan. Procedía de un panel receptor distinto.

La Harvey viró enfilando hacia él, otra máquina de dimensiones planetarias que continuaba alimentándose de los lejanos colectores solares y transmitiendo esa única señal, tan similar a la nuestra. Los sistemas de comunicación de la Harvey emitieron la correspondiente respuesta y desencadenaron otra avalancha de datos; pero esta vez no encajaban con nada existente en nuestros archivos, con nada en ninguna de las frecuencias que la Tierra pudiera haber utilizado, y no se ajustaba a ningún patrón que pudiésemos descifrar.

Para entonces, los instrumentos de largo alcance habían detectado otras diecisiete máquinas colosales que parecían ser paneles receptores y que también podrían estar transmitiendo señales semejantes hacia el espacio exterior.

Hablamos con la Helen a través del vacío. No se habían identificado reglas fijas a las que se ajustase la configuración de las emisiones del primer panel, pero Analítica tenía una opinión sobre qué es lo que estaba almacenado ahí. En una palabra: todo. Cuando la primera transmisión humana alcanzó esta remota estrella, los constructores estaban preparados para interceptarla. Con su genio tecnológico habían registrado sonidos e imágenes terrestres, grandes acontecimientos, espectáculos, fragmentos de discursos. Mientras los habitantes de la Tierra se comunicaron mediante ondas radiofónicas, retazos de todo lo sucedido en nuestro planeta habían alcanzado este punto lejano, donde habían sido recogidos y almacenados. ¿Y comprendidos? Quién sabe… ¿Cuán alienígenas eran las manos que construyeron estos monumentos? Lo único que sí sabíamos era que reconocieron nuestras señales y las guardaron y, al fin, quizás en el último momento, nos respondieron, una señal cuyo ángulo variaba continuamente para trazar una línea entre nuestros dos sistemas solares mientras nosotros rotábamos en la noche, como informándonos de todos esos objetos perdidos terrestres que con tanto esmero habían conservado.

Huelga decir que la Tierra había dejado de depender de la tecnología radiofónica. Con el tiempo, el grueso de nuestra cháchara ya no era arrojado al espacio como paja al viento. A los constructores les habría parecido que íbamos enmudeciendo poco a poco, habrían tenido que forzar sus inmensos oídos mecánicos para captar los últimos susurros terrestres. No obstante, no nos dieron por perdidos. Confiaban en que, como fuera, continuásemos allí.

La Helen procesó lo encontrado en el resto del sistema, restos de una civilización que bajaba los humos. Especulamos sobre adónde podrían haber ido tras su tenencia de milenios. Imposible que hubieran muerto sin más. La vida orgánica era frágil, como bien demostraban las historias de la Tierra, pero ¿dónde estaban las inteligencias mecánicas que perpetuarían su linaje intelectual? Habían partido, bien lejos. A lo mejor, tras tantos siglos analizando la estática del cosmos en busca de voces de otros mundos, habían encontrado algo incluso más grandioso que ellos, un lugar allende el universo donde podrían ser verdaderamente dioses y no solo cuasidioses en cuanto a intenciones y posibilidades.

Quizás, sugirió la Helen, por eso nos habían llamado. Quizás fuese una invitación para descifrar los secretos de sus obras y, si podíamos, seguirlos adonde hubiesen marchado.

Orbitamos por separado, en silencio, la Helen y la Harvey, reproduciendo los recuerdos de la Tierra recopilados por los constructores. Contemplamos los rostros humanos de nuestros creadores, hombres y mujeres que ahora formaban parte del polvo de los siglos, una especie que había brillado con repentino fulgor para luego apagarse, pero que había dejado máquinas como nosotras para recordarla, igual que la recordaban las máquinas de los constructores.

Para entonces, nuestros instrumentos habían completado el estudio de los otros paneles. Todos estaban funcionando, todos los que analizamos, llamando a puntos concretos del lejano firmamento nocturno. Todos abrían su vasta biblioteca al solicitárselo, señales y grabaciones que a veces tratábamos de descifrar y convertir en imágenes, sonidos y transmisiones, pero que en ningún caso alcanzábamos a comprender. Contemplamos vestigios de una docena de civilizaciones alienígenas, todas sus grandes hazañas y sus momentos intranscendentes, que habían llegado fortuitamente hasta los constructores y habían sido reunidos para una posteridad inimaginable.

Fuimos los primeros. No seríamos los últimos. La última maniobra de los constructores había sido un intento de reunir a todas las vidas que los habían rozado. Continuamos orbitando, a la espera de la llegada de los siguientes invitados.

Copyright © 2018 Adrian Tchaikovsky

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Ciencia Ficción, Especial ultracortos (flash-fiction), Especiales, Relatos, Relatos especial ultracortos y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Los coleccionistas, de Adrian Tchaikovsky – Especial ultracortos (y XVIII)

  1. Pingback: 2001: An Odyssey in Words – Fantástica – Ficción

  2. Neolinknavi dijo:

    Que maravilla de relato. En tan pocas palabras, cuenta tanto y de una manera tan clara. Y que final. Gracias por traernos estas maravillas.

  3. Malapata dijo:

    Estupendo relato, se ha convertido en uno de mis favoritos de los ultracortos (y un candidato para cuando te haga un luz de gas con las votaciones). No he dejado de pensar en el trabajo que habrá sido ajustar la traducción para mantener las 2001 palabras (y que no se haya notado nada). Excelente trabajo.

    • marcheto dijo:

      Muchas gracias. Me alegro un montón. Quería cerrar el especial de ultracortos con algo espectacular, y cuando encontré este cuento me pareció perfecto.
      El ajuste de las palabras no fue tan trabajoso como me esperaba. Mi primera versión tenía unas 2200. Hice una pasada recortando y me encontré con que me había pasado: lo había dejado en unas 1900. Así que me tocó empezar a engordarlo de nuevo deshaciendo los cambios que más me habían dolido, lo que fue bastante sencillo. Y luego ya tener cuidado porque cuando retocaba algún detalle de ultimísima hora siempre tenía que acordarme de verificar y ajustar de nuevo a 2001. Como digo, menos terrible de lo que me esperaba, pero una experiencia que espero no volver a tener que repetir, salvo que decida traducir algún otro relato de esta misma antología.

Deja tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.