A veces cazas al oso y otras…, de Tim Pratt

Tim Pratt —autor que desde hace tiempo ya no necesita presentación en Cuentos para Algernon— ha sido de nuevo el más votado en nuestra Gran Encuesta Anual, la quinta, en esta ocasión. Y no solo eso, sino que además ha hecho doblete: Pequeños dioses se ha impuesto en la categoría de relato y él mismo ha hecho lo propio en la de autor. Así que, gracias a vuestros votos, hoy tenemos aquí otro de sus maravillosos cuentos.

A veces cazas al oso y otras… (Sometimes You Get the Bear) es un relato que hasta el momento solo han podido leer los mecenas de Tim de su Patreon (que aprovecho para recordar en qué consiste: por tan solo un euro al mes, recibiréis un nuevo relato inédito suyo todos los meses), aunque sí que va a estar incluido en su próxima colección, Miracles and Marvels: Stories, que está previsto se publique antes de final de 2019. Este volumen recopilará lo mejor de su ficción breve de estos últimos seis años. Así que de nuevo los seguidores de este blog tenéis la oportunidad de disfrutar de un cuento que hasta ahora tan solo un puñado de privilegiados había podido leer. Espero que no dejéis pasar la oportunidad porque estoy convencida de que esta historia emotiva, original e inclasificable no os va a defraudar.

Una vez más quiero dejar constancia de mi enorme agradecimiento hacia Tim, que a lo largo de estos más de seis años siempre se ha mostrado totalmente receptivo ante mis peticiones. Gracias a su amabilidad y generosidad esta ya es la séptima obra suya que se publica en Cuentos para Algernon. Y quiero agradecerle que me haya permitido traducir esta historia en concreto, que a mí me llegó muy dentro. Once again, thanks a million, Tim!

Y, por último, me gustaría dedicar este cuento a Jorge, dado que lo he elegido y traducido pensando en él.

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A veces cazas al oso y otras…

Tim Pratt

Conocí al cazador la noche en que murió mi madre. Yo también trabajaba en un centro de cuidados paliativos, pero no en el que ella había pasado sus últimos meses: no habría podido sobrellevarlo. Sin embargo, sí que conocía a algunos médicos y empleados del hospital donde estaba ingresada y, como muestra de cortesía hacia un compañero, la trataban especialmente bien. No había mucho que se pudiese hacer por ella, salvo asegurarse de que continuara recibiendo sus analgésicos y esperar. Mi madre había empezado con un cáncer de pulmón años atrás y, tras pasar por varias etapas de tratamiento y remisión cada vez con menos éxito, era ya tan solo cuestión de tiempo el que el oso viniera a por ella.

Yo no debía cruzar la línea de cinta amarilla del suelo —no es seguro, cuando están tan cerca del fin—, pero a pesar de ello me acerqué apresuradamente, besé su mejilla caliente y ajusté el gotero de morfina. Luego me retiré a la esquina más alejada de la habitación y esperé.

El oso llegó minutos después. Naturalmente que yo ya lo había visto muchas veces: policías, soldados y profesionales sanitarios son quienes más se topan con el oso cara a cara. La mayoría de la gente solo llega a verlo por televisión o en fotografías… hasta que se lo encuentran en persona, por supuesto.

Mientras se acercaba, el oso profirió un sonido de irritación, a medio camino entre gruñido y bufido. Su figura inmensa y torpe apareció en el umbral, que traspasó a duras penas para entrar en la habitación. Si la puerta es demasiado pequeña o está cerrada a cal y canto, el oso atraviesa las paredes: nada detiene su avance. Es grande, más de lo que te esperas, siempre. Apesta a pelaje húmedo y a algo terroso y almizcleño. Los científicos aseguran que parece tratarse de un oso de las cavernas macho: Ursus spelaeus. Mide unos dos metros setenta y cinco centímetros de la nariz a la cola y su altura al hombro es de casi metro ochenta. El pelaje es mayormente pardusco, pero su corto hocico es gris, y cuando abre las fauces se ven unas mandíbulas repletas de dientes. Yo había velado catorce lechos de muerte, por lo que había contemplado el interior de esa boca catorce veces; cerca del centro tenía un diente roto y el resto amarilleaban.

Todos los demás osos cavernarios se extinguieron hace veinticuatro mil años, pero ni que decir tiene que este es eterno. Alrededor de ciento cinco seres humanos mueren cada minuto, así que yo sabía que el oso se hallaba también en otros cien lugares de la Tierra, haciendo esto mismo a otras personas.

El oso se acercó al lecho de mi madre y se irguió sobre las patas posteriores. Su cabeza casi rozaba los paneles del techo. Rugió y luego cayó sobre ella, asestándole con una enorme garra un zarpazo en el pecho, que quedó destrozado por los arañazos rojos, y luego le dio el bocado de rigor en el hombro. (Me vino a la cabeza la comparación absurda de las galletas que dejan los niños para Papa Noel; por la mañana siempre hay una mordida, la demostración de su existencia. La diferencia es que Papa Noel es una criatura sobrenatural imaginaria mientras que el oso es a todas luces real).

Una vez concluido su trabajo, el oso cavernario dio media vuelta y se alejó pesadamente. Mi madre estaba muerta, desde luego. El oso se le aparece a todo el mundo en el momento de su muerte, se yergue sobre las patas, ruge y asesta un zarpazo y un mordisco, luego se marcha lentamente y desaparece poco después. En realidad, el propio oso no mata a nadie… a menos que alguien trate de interferir. Se dan casos en los que algún afligido deudo presa de la desesperación intenta detenerlo —a veces incluso llegan a dispararle— y el oso se limita a acercarse implacable, se yergue y le da un zarpazo y un mordisco antes de proceder de modo idéntico con su víctima original. De ahí la cinta amarilla demarcando una zona de seguridad en torno al lecho de muerte.

El nuevo celador —tan solo llevaba tres o cuatro meses— entró por la puerta con la cabeza inclinada en señal de respeto y las manos alrededor del mango de la fregona.

—Se ha marchado —dijo—. Ha desaparecido atravesando la pared, como siempre. Le acompaño en el sentimiento.

Aunque probablemente me doblaba la edad —él andaría por los cincuenta y cinco— era ancho de hombros, mientras que yo era menudo; se trataba de un hombre corpulento, de aspecto curtido y cabello entrecano. Se daba un aire a sargento mayor o a capataz de hacienda ganadera.

Yo asentí con un aturdido cabeceo.

—Supongo que debería avisar —dije—. Empezar… todo… con todos… los trámites.

Me acerqué a mi madre, con lágrimas en los ojos, y la cubrí con una sábana. La sangre de la herida del pecho empapó el tejido. ¿Por qué la muerte tenía que ser tan horrible? ¿Por qué ninguna vida podía llegar plácidamente a su fin?

—Hay a quien le parece extraño, que el oso no venga a por los cuervos —comentó el celador.

Levanté la cabeza y lo miré con el ceño fruncido. Era cierto: el oso se presentaba siempre que moría un ser humano; asimismo aparecía cuando se trataba de la mayor parte de variedades de simios, pulpos y calamares; y sin falta con todos los delfines y elefantes. ¿Qué pintaban los cuervos en todo esto?

—¿Cómo dice?

—Los cuervos. Mucha gente se pregunta por qué el oso no viene a por ellos. Los cuervos también son inteligentes, en ciertos aspectos son tan listos como las otras especies a por las que el oso sí que viene. Mi teoría es que no se trata de una cuestión de inteligencia. Se trata de si se es consciente de la propia mortalidad. Si eres capaz de temer tu propia muerte por anticipado, el oso viene a por ti. Y no creo que los cuervos sean capaces de eso, por inteligentes que sean: son conscientes de la mortalidad ajena, porque es lo que les proporciona su siguiente comida, pero no de la suya propia.

A veces los viejos desvarían.

—Mi madre acaba de morir. Por favor… déjeme quedarme con ella un minuto.

—No faltaría más. Lo siento. Pero cuando acabe, si es tan amable de hablar conmigo… podríamos ayudarnos mutuamente.

La paciencia es muy importante en mi trabajo, pero a mí se me estaba agotando.

—¿Ayudarnos mutuamente en qué?

—En realidad, yo no soy celador. He cogido este trabajo solo para poder ver al oso de cerca unas cuantas veces. Soy cazador. —Hizo una pausa—. La próxima semana saldré a la caza del oso, y voy a matar a la muerte. Usted debería acompañarme. Le ruego acepte mis condolencias.

El hombre se alejó por el pasillo.

Sacudí la cabeza. Pensé que el celador —el cazador— estaba loco. Y a lo mejor lo estaba… pero no de la manera que yo creía.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Cerca del centro de cuidados paliativos hay un bar —un antro agradable y tranquilo—, justo el tipo de establecimiento necesario al final de un largo día esperando al oso. El cazador se sentó en el taburete junto al mío.

—La cosa es que he seguido la pista del oso hasta su guarida —aseguró—. Me ha llevado años, pero he conseguido emplazar su ubicación en una zona de unos pocos kilómetros cuadrados.

Lo miré perplejo. Yo llevaba ya dos whiskys e iba por el tercero.

—¿Qué?

Él también era paciente: cualidad tan importante para cazar como lo es para mi trabajo.

—El oso. Siempre regresa al mismo lugar cuando se marcha. He visto cientos de horas de grabaciones en las que se le ve irse. Acostumbra a desaparecer entre cincuenta y cien metros después, pero siempre toma la misma dirección, siempre se dirige al mismo destino.

—No —dije moviendo la cabeza negativamente—. Yo lo he visto, catorce veces, de cerca, en varios lugares distintos. A veces va hacia la izquierda, a veces va hacia la derecha… la dirección no es única.

Él extendió una servilleta y abrió una pluma.

—Sí, toma direcciones distintas, dependiendo de dónde se encuentre y de cómo sea el terreno. Pero, a ver, cuando sales a hacer recados, si vas a una tienda al norte de la ciudad, para volver a casa te encaminas hacia al sur. —Dibujó una flecha que bajaba desde la parte superior de la servilleta hacia el centro—. Si estás en el este, vas hacia el oeste. —Otra flecha, de derecha a izquierda—. En el sur, vas hacia el norte; en el oeste, hacia el este. —Dos líneas más dibujadas enérgicamente y terminadas en una uve apuntando hacia el centro—. Si alguien te estuviera observando diría que habías tomado direcciones distintas… pero todas convergen en un único lugar. —Dibujó un círculo allí donde las puntas de las flechas confluían en el centro—. Tu casa.

Deseé estar más borracho de lo que lo estaba.

—¿Me estás diciendo que el oso tiene una casa?

—Así es. Vengo observándolo. Si el oso está en los Estados Unidos, siempre se marcha hacia el este, por lo general noreste. Si está dentro de un edificio, puede tener que seguir un pasillo, por supuesto, de modo que a veces se ve obligado a tomar primero otra dirección, pero si sale al exterior antes de desvanecerse, siempre enfila hacia el este. En África, va hacia el norte. En Asia, hacia el oeste.

—¿Y en Europa?

Esbozó una sonrisa que iluminó su rostro curtido.

—Ajá, ahí está el quid de la cuestión. A veces este, a veces oeste, a veces norte, a veces sur. —Dibujó más flechas, más pequeñas, entre las grandes—. Todas las líneas convergen en Europa central. Ese fue el hábitat de los osos cavernarios antes de extinguirse, por lo que tiene su lógica que venga de allí.

—El oso no es de ningún sitio. Es un dios. O un… cómo se llama… un psicopompo, que lleva a los muertos… a donde sea que vayan después.

Durante mis dos años de universidad, antes de que mi madre enfermara, había asistido a un curso de Introducción a la tanatología, y al menos de eso me acordaba.

El cazador hizo caso omiso de mi escepticismo.

—Sí, también es todas esas cosas, pero además es un oso cavernario. He conseguido ubicar su guarida en una región del norte de Rumanía. Voy a ir a por él. Pensaba ir solo, pero un poco de ayuda me vendría bien.

—¿Por qué yo? —pregunté negando con un cabeceo.

—Tienes nociones de medicina, de primeros auxilios. Podría venir bien. Te he oído contarle a uno de los cuidadores que a veces vas a explorar cuevas. Y los osos cavernarios viven en cuevas. Y bueno… acabas de ser testigo de cómo el oso le pegaba un bocado a tu propia madre. ¿No te gustaría vengarte?

Vengarme del oso me parecía una idea absurda: lo del oso no era algo personal, era universal. Los científicos mantenían que se trataba de la manifestación externa de un proceso natural. El oso mordía a todo el mundo, daba igual que resbalaras en unos escalones helados, te calcinases en un accidente de coche, te ahogaras en la bañera o te desplomases repentinamente muerto de un infarto o una embolia cerebral (y estas dos últimas posibilidades tenían que ser las peores, porque, aunque tú te encontraras bien, el oso aparecía y enfilaba hacia ti, y entonces sabías que tu muerte era inminente). Desear vengarse del oso era como desear vengarse de un coágulo, un derrumbe o un tornado.

Y por eso me extrañaban tanto mis enormes ganas de venganza.

—Tengo una vida —objeté no obstante—, un trabajo, no puedo largarme ahí, a Rumanía, a meterme en una cueva.

Tampoco es que mi vida fuese nada del otro mundo —la había dejado en suspenso mientras cuidaba de mi madre durante su último par de años—. Es cierto que tenía un trabajo… pero solo de pensar que iba a tener que presenciar cómo el oso venía a por más de esas personas a las que cuidaba y había llegado a conocer, me ponía malo. Sin embargo, tenía que pagar las facturas. Muchas facturas. Morir no es barato, y el funeral iba a pulirse mis ahorros y a agotar el crédito de mis tarjetas. No podía embarcarme en una aventura épica en compañía de un celador deicida.

Hasta que él dijo:

—Te pagaré todos los gastos del viaje y diez mil dólares por adelantado, y luego otros diez mil si logramos matar el oso.

Su plan me parecía ridículo, pero el cheque tenía fondos, de modo que nos fuimos a Rumanía.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

El cazador no me necesitaba por mis conocimientos de primeros auxilios ni por mi experiencia como espeleólogo, no. Me pareció que tan solo quería alguien con quien hablar y que le ayudara a acarrear el material, y a lo mejor que fuera testigo de su entrega a la misión. Compramos una furgoneta y nos lanzamos a recorrer la campiña cercana a los montes Apuseni. Es una región preciosa, nada que ver con la espeluznante pesadilla gótica que yo ingenuamente me había esperado: abundantes campos cultivados, colinas suaves y bosques verdes, en lugar de castillos en ruinas, lobos de ojos rojos y murciélagos vampiro.

Nuestro segundo día visitamos Chișcău, donde existía una red de cuevas en la que en los años ochenta se habían descubierto cerca de ciento cincuenta esqueletos de osos cavernarios. En el exterior había un puñado de miembros de un culto de adoradores del oso, con sus espeluznantes tocados en la cabeza, que protestaban por la transformación de un «lugar sagrado» en museo, pero sin demasiado entusiasmo dado que, al fin y al cabo, el museo llevaba años abierto.

Visitamos el lugar, en el que estaban expuestos varios esqueletos intactos. Se trataba de una caverna de piedra caliza atestada de fantásticas estalactitas, estalagmitas, helictitas, columnas y coladas: una catedral de roca retorcida, bien iluminada y con caminos señalizados. El cazador miraba en derredor como un atracador de bancos reconociendo el terreno antes de un golpe.

Después, en un hotel cercano, nos sentamos en la cama y deliberamos sobre nuestros siguientes pasos. Yo había clasificado todo el asunto como vacaciones en el extranjero con compañero de viaje un tanto plasta, pero él estaba volcado en la misión.

—Resultaría más sencillo si contáramos con unas cuantas criaturas inteligentes a las que poder matar —dijo—. Podríamos ver el camino que tomaba el oso y eso nos ayudaría a triangular su guarida con más precisión.

—No vamos a asesinar a nadie —declaré mirándolo fijamente.

—Estaba pensando en calamares, no en humanos, pero tienes razón —dijo con un encogimiento de hombros—. Nos ceñiremos a investigar a partir del material con el que contamos. Es que estoy tan cerca…

Teníamos periódicos regionales e instantáneas de escenas de crímenes donde se veía el oso —ni idea de cómo se había hecho con estas últimas—, y recorrimos la zona en la furgoneta buscando los lugares donde habían sido tomadas las fotografías, comparando detalles geográficos, estimando trayectorias y calculando en qué dirección se había marchado de cada lugar. Dibujando flechas, que señalaban hacia un destino todavía desconocido.

En un momento dado, cuando nos dirigíamos a examinar otro lugar por una carretera de tierra, el cazador empezó a cantar:

—Voy a cazar un oso…

—No había oído esa canción desde que de niño iba a campamentos —comenté con una sonrisa—. Pero nosotros la cantábamos con «cazar un león».

—No tengo nada contra los leones. Solía cantarle esa canción a mi hija, de pequeña.

—¿Tienes una hija?

Él nunca había mencionado que tuviera familia. Yo había dado por hecho que estaba tan solo como yo… o a lo mejor incluso más.

—La tuve. Tuve una hija.

Su rostro se mantuvo por completo impasible. Subió el volumen de la radio a pesar de que sobre todo se oían interferencias. Eso fue lo más cerca que llegué a estar de mantener una conversación personal con él, y también lo más cerca que llegué a estar de comprenderlo, creo.

 

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Continuamos dando vueltas alrededor de un centro aún sin ubicar, acercándonos cada vez más y más… y, por fin, tras una marcha de cuarenta minutos desde un camino de tierra sin señalizar, localizamos la boca de una cueva en una ladera, oculta tras los árboles, en la penumbra de las sombras vespertinas.

Mientras contemplaba la abertura en la roca me recorrió un estremecimiento. Se me ocurrió de sopetón que el cazador podía haberme llevado hasta allí para utilizarme como una especie de brújula humana: podía dispararme y comprobar si el oso salía de esa caverna, me daba un mordisco y luego volvía a entrar con su andar pesado. Lo que confirmaría con total certeza la localización de su guarida. Sentí un picor entre los omoplatos mientras esperaba una bala…

El cazador me dio una palmada en el hombro.

—¿Entramos? —preguntó.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Yo era el encargado del material de espeleología: cuerdas, cascos, linternas frontales, baterías y demás. El cazador se encargaba de las armas. A mí las armas no me van, pero él tenía un rifle grande —que según decía podía derribar un rinoceronte— y un par de pistolas de gran calibre, amén de munición y más cuchillos de los que probablemente íbamos a necesitar.

Iniciamos el descenso. Ni que decir tiene que esta no era una cueva turística: en la entrada nos tuvimos que abrir paso a puntapiés por entre montones de hojas mojadas; había tramos angostos en los que nos veíamos obligados a avanzar de costado, bifurcaciones en las que teníamos que elegir el ramal por el que continuar explorando, caminos sin salida que nos obligaban a desandar nuestros pasos… El cazador se detenía de tanto en tanto, tocaba la roca y farfullaba entre dientes para sí mismo. Me preguntaba si andaría buscando huellas, aunque yo no veía ni pelos ni boñigas, y en la roca era imposible dejar marcas… pero sí que es cierto que en algunos momentos me pareció percibir un ligero tufo a piel mojada de oso, lo que bastó para conseguir que esa búsqueda me pareciera menos vana y más peligrosa. ¿Qué pasaría si sí que lográbamos dar con la guarida de la mismísima muerte?

Seguí adelante. Me habían pagado diez mil dólares y a cambio yo había dado mi palabra, pero formulé la gran pregunta.

—¿Que qué sucede si matamos a la muerte? —repitió el cazador, que avanzaba en pos de mí mientras descendíamos con precaución por un rampa de piedra muy empinada—. Eso es lo que vamos a averiguar. A lo mejor la gente ya no muere. O a lo mejor mueren sin más, de lo que sea que los ha matado, sin esa vejación final, sin el miedo a ver cómo se acerca un monstruo; sin que exista la posibilidad de que otras personas inocentes también mueran por correr a ayudar, de que mueran a causa de su loable impulso al interponerse entre el oso y su víctima. A lo mejor los asesinos ya no podrán ocultar sus crímenes apuñalando a la gente justo donde el oso asesta el zarpazo y luego muerde. A lo mejor las familias quedarán un pelín menos traumatizadas. ¿Alguna vez has visto morir a un niño? ¿Has visto cómo queda el cuerpecillo cuando el oso termina su trabajo?

Negué con un mudo cabeceo. No me volví a mirarlo, en parte porque tenía que llevar cuidado con dónde pisaba y en parte porque no quería ver en su rostro esa intensidad que percibía en su voz.

—Nadie debería tener que verlo, jamás —dijo.

 

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La caverna había cambiado. La transformación fue gradual, pero primero se fue apagando el lejano goteo de agua, a continuación las paredes calizas empezaron a lucir vetas de roca más oscura y, finalmente, la piedra caliza desapareció por completo y en torno a nosotros ya solo hubo roca negra. La cueva se fue abriendo poco a poco en derredor, las paredes fueron alejándose, y también el techo, y el suelo pasó a estar extrañamente nivelado y cubierto de arena gris. El cazador se detuvo y cogió un puñado y, cuando la luz de su linterna frontal la iluminó, vislumbramos minúsculos granitos nacarados entremezclados con ella.

Yo deseaba gritar, oír el eco de mi voz y convencerme de que a nuestro alrededor seguía habiendo paredes y un techo, en algún punto, pero me parecía que si armaba una escandalera en aquel lugar tan fúnebre estaría violando alguna ley natural.

—Estamos cerca —anunció el cazador—. ¿Lo notas? Este sitio es distinto. Ya no estamos en la caverna. Hemos dejado atrás nuestro mundo.

Abrí la boca —para disentir, para aconsejar retroceder, para pedir aclaraciones— y entonces oí un rugido lejano.

Aunque se oyó débilmente, supe que ya había oído ese sonido antes. Catorce veces en persona; innumerables por televisión. Era el rugido que el oso profería antes de asestar el zarpazo y morder a los muertos.

El cazador retomó la marcha, avanzando deprisa, situándose ahora a la cabeza, y yo seguí el haz oscilante de su linterna frontal a través de ese desierto.

Me pareció que seguimos caminando largo tiempo —kilómetros—. De vez en cuando oíamos ese rugido y el cazador ajustaba la trayectoria para dirigirnos hacia él. Yo resoplaba, sudaba, jadeaba, y a punto estuve de chocar contra él cuando se quedó inmóvil.

Nos hallábamos justo al borde de un círculo de piedras, de tal vez unos treinta pasos de diámetro. Lo formaban ocho monolitos, o diez, o trece —perdí la cuenta una y otra vez, algo que achaqué a mi agotamiento para evitar tener que plantearme otras explicaciones—, todos de unos tres metros y medio de alto, todos de la misma roca negra de las ahora lejanas paredes de la cueva, con una separación de varios palmos entre ellos.

El oso caminaba en círculos dentro del recinto demarcado por los monolitos, como un animal dando vueltas por una jaula. Avanzaba unos pasos, se erguía sobre las patas traseras, rugía, lanzaba un zarpazo y mordía el vacío; luego volvía a ponerse a cuatro patas y avanzaba torpemente unos pocos pasos más antes de volver a erguirse, rugir, lanzar otro zarpazo y morder. Vuelta tras vuelta, idénticas, sin fin. Lo contemplamos un buen rato, y en ningún momento alteró su recorrido ni nos prestó la más mínima atención, ni cuando el cazador se acercó más.

—No creo que sea consciente de nuestra presencia siquiera —dijo él—. Es como si estuviera atrapado en un bucle.

Yo asentí con la cabeza.

—¿Es este el oso original? ¿El…?, ¿los que vemos en el mundo son una especie de… proyección de este?

—Este es un lugar de cosas genuinas, no un lugar de sombras —dijo el cazador. Una de esas afirmaciones que suenan profundas, aunque yo no estaba seguro de que tuviese sentido—. Voy a matarlo.

—¿Y si el oso no puede morir?

—Todo puede morir.

El cazador dejó el rifle en el suelo y desenfundó una de las pistolas. Se aproximó más al círculo de piedras pero sin llegar a entrar, sintiendo, tal vez, igual que lo sentía yo, que el espacio del interior tenía algo extraño, incluso más que este árido inframundo que nos rodeaba.

Cuando el oso se irguió, rugió y luego volvió a ponerse a cuatro patas a la altura del cazador, este levantó el arma, apuntó por entre dos de los monolitos y le descerrajó un tiro en la cabeza.

La verdad es que yo no esperaba que sucediese nada. Ya había visto cómo disparaban al oso otras veces. Había visto cómo lo acuchillaban, lo arponeaban, le arrojaban bombas, lo electrocutaban y le prendían fuego. El oso era invulnerable. Ni tan siquiera prestaba atención a los ataques —salvo que alguien se interpusiera en su camino—, limitándose a seguir adelante con su torpe andar, sin un rasguño.

En esta ocasión, la cabeza del oso se ladeó bruscamente, en medio de una lluvia de sangre y fragmentos de hueso, sesos y piel, y luego el animal de desplomó, inmóvil. El cazador se volvió hacia mí con una sonrisa de triunfo en el semblante…

Y entonces desapareció. El oso también se había esfumado: la inmensa mole de carne muerta se había desvanecido. Ahora era el cazador quien se hallaba en el interior del círculo de piedras; dio unos pasos, alzó la pistola y disparó a la oscuridad. Luego miró en derredor y durante un momento sonrió triunfante, antes de bajar de nuevo el arma, avanzar otros pocos pasos por el interior del círculo, volver a levantar el arma y vuelta a empezar.

Lo llamé, primero en voz queda y luego más fuerte. Me aproximé al círculo sin atreverme a entrar. Al cabo, el cazador alcanzó de nuevo el lugar junto al que yo me encontraba, levantó la pistola y apuntó justo hacia mí.

Hui, abandonando allí armas y equipo, y corrí por ese desierto. Alcancé las cavernas de piedra caliza mucho antes de lo debido —si me basaba en lo que habíamos tardado en descender—, y en menos de una hora salí a la gélida noche rumana, jadeando, cubierto de polvo, el rostro surcado de lágrimas.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

En la habitación que habíamos alquilado había una televisión y, a pesar de no hablar rumano, comprendí lo que estaba pasando al contemplar los aterrados rostros de los locutores y las temblorosas imágenes que se estaban emitiendo.

Cuando alguien moría, ya no aparecía el oso. En su lugar venía un hombre, vestido con una mugrienta indumentaria estilo militar color caqui, que apuntaba con una pistola y descerrajaba un tiro en la cabeza a la víctima. Al principio, la gente pensaba que el pistolero era un asesino y la policía respondía a sus disparos. Entonces el cazador se volvía y también abatía a tiros a los agentes, antes de sonreír como si acabara de obtener un triunfo, seguir caminando y desvanecerse cincuenta o cien metros más adelante. Pude leer las noticias en inglés en mi teléfono. Las autoridades estaban desconcertadas. Nadie reconocía este nuevo avatar de la muerte. Nadie comprendía cómo había remplazado al oso.

En la práctica, el nuevo avatar no supuso ninguna diferencia relevante; sin embargo, respecto al impacto psicológico, fue un cambio traumatizante y terrible. Que alguien con apariencia humana se te acercara y te disparase en la cabeza —ocasionando una herida de bala y un aparatoso orificio de salida— era mucho más horrible que el que un oso te diera un bocado, y no solo porque con el oso ya estuviéramos familiarizados. El horror lo suscitaba el hecho de ver cómo alguien que se te parecía, que parecía humano, se acercaba como portador de tu muerte. La gente se sentía desconsolada, aturdida, aterrorizada, abrumada. Y todo eso mismo me sentía yo.

El primer atraco a un banco en el que el asaltante iba ataviado como el cazador aconteció al día siguiente. Todos los cajeros y demás empleados salieron por pies, y el impostor cogió tranquilamente el contenido de los cajones de efectivo y se largó con toda la calma del mundo. Todos se mantuvieron a distancia, porque nadie era tan tonto como para obstaculizar a la muerte. Surgió una avalancha de imitadores; algunos tuvieron éxito, otros no; a veces los encontronazos con impostores terminaban en tiroteo con la policía, y entonces aparecía el auténtico cazador, sonriendo y disparando, disparando y sonriendo.

En internet había colgadas imágenes de niños llorando. Al fin y al cabo, el cazador se parecía a algunos padres, un poco, lo suficiente para hacerlo más aterrador que un oso cavernario de dos metros setenta y cinco.

Me quedé en mi habitación, comiendo cereales de desayuno y bebiendo agua, y leí, tratando de comprender.

A la postre encontré una entrevista con un tanatóloga que aseguraba que este cambio no carecía de precedentes. «Existen pruebas (puestas en entredicho durante largo tiempo, pero de pronto más dignas de crédito) de que la muerte no siempre se ha manifestado con la forma de un oso —aseguraba—. En algunas de las más tempranas creaciones artísticas del hombre, junto a los muertos aparece representada un ave del terror (depredador rey del Cenozoico) desgarrando los cadáveres. Las aves del terror se habían extinguido casi dos millones de años atrás, mucho antes de la aparición de los neandertales y los Homo sapiens; así que, ¿cómo es posible que ese pájaro aparezca en esos dibujos que pintaron en las paredes de las cavernas a menos que lo hubiesen visto? En algún momento, el ave del terror fue sustituida por el oso cavernario. Y ahora… este ha sido sustituido por un hombre».

El entrevistador le preguntó por el significado de todo esto, y ella dijo que no tenía ni idea, pero que la gente debería leer su libro…

Yo sí lo entendí. Decenas de miles de años atrás, el oso debía de andar vagando por esa cueva concreta y por casualidad habría llegado al inframundo, matado al ave del terror y ocupado su lugar. Las aves del terror vivían en Sudamérica, ¿verdad que sí? A lo mejor por todo el planeta había otras cavernas, dolinas y árboles huecos que también acaban llevando a ese desierto. A lo mejor alguien, una raza de criaturas inteligentes anterior a la humanidad, había construido ese círculo de piedras en un intento por contener a la muerte. A lo mejor las cosas serían mucho peor sin las piedras. No lo sabía, y no creía que lo fuera a averiguar leyendo libro alguno. Por ignorante que pudiese ser, sabía más sobre la verdadera naturaleza de la muerte que cualquier otra persona viva. Ahora bien, ¿qué debía hacer con ese conocimiento?

Apagué el teléfono y la televisión y clavé la mirada en el techo. Era muy poco lo que sabía sobre las motivaciones del cazador, pero reflexioné sobre ese poco. Él quería conseguir que la muerte resultase menos aterradora, menos traumática, pero ahora él era la muerte, entrando con paso decidido y una pistola en hogares, hospitales y aulas, sonriendo en ese momento final. Eso no era lo que él había querido. Eso tampoco era lo que yo quería.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

La barrera idiomática supuso un problema, pero tenía miles de dólares del dinero del cazador y el dinero es un idioma universal, si bien no tan universal como la muerte. Me llevó unos días, pero me hice con los suministros que necesitaba y regresé a la cueva.

El descenso fue tan largo como el anterior, aunque esta vez no me llegaban vaharadas a pellejo de oso mojado. En su lugar, de tanto en tanto notaba cierto olor a sudor rancio, loneta húmeda y pólvora: los olores del cazador. Continué bajando, avanzando en la oscuridad, hasta llegar al desierto. Esta vez no contaba con un rugido que me guiase, pero se oían disparos, fuertes chasquidos a intervalos regulares.

Por fin di con el círculo de piedras y con el cazador que seguía dando vueltas en el interior, atrapado en un bucle homicida, convertido en lo que había deseado matar. Había querido procurar sosiego y, en lugar de eso, se había convertido en el heraldo del terror.

No me llevó demasiado preparar la jeringuilla, llena de una sobredosis masiva de morfina. Pensé en la última vez —la única— en la que había ayudado de una manera semejante a que una persona cruzase la frontera entre el dolor y la paz, y en cómo esa paz se había ido al garete con la llegada del oso, su zarpazo y su dentellada. Yo podía remediarlo. Podía cambiar la naturaleza de la muerte.

Ensayé mentalmente mis movimientos: daría un paso hacia las piedras e inyectaría la morfina al cazador cuando pasase ante mí. Lo sujetaría en su caída, lo estrecharía contra mi pecho y lo confortaría mientras su vida se le escapaba, facilitándole el tránsito.

Y por todo el mundo, cien veces por minuto, aparecería con una jeringuilla llena de dulce olvido. La gente pasaría sus momentos finales flotando en una nube indolora, conmigo, o con una versión de mí mismo atrapada en el tiempo, susurrándoles al oído: «Tranquilo. No va a ocurrirte nada malo».

El cazador pasó junto a mí y yo di un paso al frente para encontrarme con él.

Copyright © 2018 Tim Pratt

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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7 respuestas a A veces cazas al oso y otras…, de Tim Pratt

  1. Anónimo dijo:

    Mira tú. Venía a por uno y me llevo dos: no me explico cómo se me ha podido pasar la publicación de Carta, el anterior relato de este muchacho, en su momento… Aunque, bien pensado, es Tim Pratt, así que voy a creer que me ha dejado un bonito regalo debajo del sofá. Muchas gracias a Tim y a ti, Marcheto. Saludos

    • Anónimo dijo:

      Vaya. He olvidado incluir mi nombre. Javier Nostromo. Saludos

      • marcheto dijo:

        Pues no será que no dé la tabarra por Twitter cuando saco cuento nuevo… Supongo que sabes que existe la opción de suscribirte y recibir un correo cada vez que publico una entrada, para que no te vuelva a pasar esto. 😉
        En cualquier caso, espero que te gusten los dos cuentos.

  2. Anónimo dijo:

    Excelente

  3. Diego dijo:

    Gracias, todavia no tuve tiempo de leerlo, pero siempre es de agradecer un nuevo cuento de Tim Pratt.

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