Renacido, de Ken Liu

Ken Liu inauguró Cuentos para Algernon hace exactamente seis años, con el que fue su primer relato traducido al español: Quedarse atrás. En este tiempo, la situación ha cambiado mucho, y este escritor, traductor, informático y abogado estadounidense nacido en China ha pasado de ser un desconocido para la mayoría de los seguidores del género de nuestro país a ser un nombre francamente popular, como demuestran sus cuatro premios Ignotus en la categoría de relato extranjero y la publicación en español dentro de la colección Runas (ed. Alianza) de varias de sus obras: la colección El zoo de papel y otros relatos, las dos primeras novelas de su trilogía La Dinastía del Diente del León y la antología de ciencia ficción china Planetas invisibles, de la que es editor y traductor en su versión inglesa.

Además del ya mencionado Quedarse atrás, que fue finalista de los premios Ignotus, recordemos que en el blog tenéis disponibles otros cuatro relatos suyos: Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies (galardonado con uno de esos cuatro Ignotus); La llamada de La Compañía de las Tortitas, incluido en nuestro especial dedicado al humor; Error de bit único, con el que celebramos el tercer cumpleaños del blog, y Antes y después, una muestra de flash-fiction. Y, dado que Ken fue el autor más votado en la IV encuesta del blog en la categoría de escritor favorito, me he visto obligada a abusar por sexta vez de su amabilidad para poder ofreceros otro de sus cuentos.

Renacido (Reborn) se publicó originalmente en 2014 en Tor.com como parte de un proyecto del editor David Hartwell: The Anderson Project. Hartwell pidió a varios autores que escribieran un cuento inspirándose en una obra concreta del artista gráfico Richard Anderson, obra que podéis ver un poco más abajo dado que es la ilustración que precede al relato. De entre los cuentos recibidos, Hartwell seleccionó y publicó tres, uno de ellos esta impactante historia de ciencia ficción que espero que os guste tanto como los anteriores cuentos de Ken.

Y llegamos al habitual capítulo de agradecimientos, que en esta ocasión es triple. En primer lugar, gracias a todos los que a lo largo de estos seis años habéis leído y apoyado este blog, o contribuido a su difusión de cualquier modo. Nunca me cansaré de decirlo: Cuentos para Algernon solo tiene sentido si hay alguien que lee y disfruta de sus contenidos, detrás de los cuales hay mucha ilusión y muchas horas de trabajo (y no solo mías). En segundo lugar, muchísimas gracias a Richard Anderson, por permitir que su sugerente obra también acompañe aquí a Renacido. Y, en tercero, quiero reiterar una vez más mi enorme agradecimiento a Ken, que a lo largo de estos seis años siempre me ha demostrado que su generosidad y amabilidad no van en zaga a su calidad como escritor. Thanks a million Richard and Ken!

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Renacido

Ken Liu

 

 Todos tenemos la sensación de que es un único «yo» el que está al mando, pero esa es una ilusión que el cerebro se esfuerza en producir…

Steven Pinker, La tabla rasa

 

Recuerdo cuando me renacieron. Me sentí como imagino se siente un pez al ser devuelto al mar.

La Nave de la Sentencia sobrevuela despacio Fan Pier tras entrar por el puerto de Boston; su casco metálico y discoidal en perfecta armonía con el cielo oscuro y borrascoso, su cara superior curvada como un vientre preñado.

Es tan grande como el antiguo Palacio de Justicia que se alza bajo ella en tierra. Un puñado de naves escolta flota a su alrededor, y hay momentos en que las luces que se apagan y encienden en sus cascos adoptan configuraciones que parecen rostros.

En torno a mí, los espectadores van enmudeciendo. La nave, que tiene previstas cuatro visitas anuales, todavía continúa atrayendo una numerosa multitud. Examino los rostros vueltos hacia arriba: impasibles en su mayoría, aunque algunos parecen sobrecogidos. Los hombres de un corrillo cuchichean y se ríen entre dientes. Les presto una somera atención, pero no demasiada. Llevamos años sin que se produzca ningún ataque en un acto público.

—Un platillo volante —comenta uno de ellos en voz un poco demasiado alta. Algunos miembros del corrillo se apartan, tratando de desvincularse de él—. Un puto platillo volante.

El gentío ha dejado libre la zona situada justo bajo la Nave de la Sentencia. Un grupo de observadores tawnin está plantado en el centro, para dar la bienvenida a los renacidos. Sin embargo, Kai, mi pareja, no está presente. Me ha dicho que en estos últimos tiempos ya ha presenciado demasiados renacimientos.

Kai me explicó una vez que la Nave de la Sentencia había sido diseñada con esa forma en señal de respeto hacia las tradiciones terrestres, para evocar nuestras fantasías históricas de hombrecillos verdes y películas como Plan 9 del espacio exterior.

«Igual que vuestro antiguo Palacio de Justicia se remató con esa cúpula para asemejarlo a un faro: una baliza de la justicia presentando sus respetos a la tradición marítima de Boston».

La historia no es algo que por lo general interese a les tawnin, pero Kai siempre ha defendido que tienen que esforzarse más por adaptarse a nosotros, los autóctonos.

Me abro paso despacio por entre la multitud, para acercarme más al grupo de los cuchicheos, en el que todos llevan abrigos gruesos y largos, perfectos para esconder armas.

La parte superior de la preñada Nave de la Sentencia se abre y un brillante rayo de luz dorada sale disparado y se eleva hacia el cielo, donde las nubes oscuras lo reflejan y devuelven a tierra transformado en un suave resplandor que no proyecta sombras.

Puertas circulares se abren por todo el contorno de la Nave de la Sentencia, y desde ellas van desenrollándose y descendiendo unos cables largos y elásticos, que oscilan, se encogen y extienden como tentáculos. La Nave de la Sentencia es ahora una medusa que se desliza por el aire.

En el extremo de cada cable hay un humano, bien sujeto, como si fuera un pez con un anzuelo clavado en el puerto tawnin dispuesto sobre la columna vertebral a la altura de los omoplatos. Mientras los cables se van extendiendo y aproximando despacio a tierra, las figuras en los extremos menean brazos y piernas lánguidamente, con movimientos gráciles.

Ya casi he alcanzado el corrillo de hombres. Uno de ellos, el que antes ha hablado en voz demasiado alta, tiene la mano dentro de su grueso abrigo. Aprieto el paso, apartando a la gente a empellones.

—¡Pobres cabrones! —murmura mientras contempla a los renacidos aproximándose al espacio despejado en mitad de la multitud, regresando a casa. Veo aflorar en su rostro la determinación del fanático, del xenófobo que se dispone a matar.

Los renacidos ya casi han llegado a tierra. Mi objetivo está esperando el momento en que los cables de la Nave de la Sentencia se sueltan y los renacidos ya no pueden volver a ser izados, el momento en que a los renacidos todavía les flaquean las piernas, todavía están inseguros de quiénes son.

Todavía son inocentes.

Recuerdo bien ese momento.

El hombro derecho de mi objetivo se mueve cuando el hombre trata de sacar algo del abrigo. Empujo a un lado a las dos mujeres que tengo delante y salto gritando: «¡Quieto!».

Y entonces el mundo se ralentiza cuando bajo los pies de los renacidos el terreno explosiona como un volcán, y ellos, junto con les observadores tawnin, salen despedidos por el aire, con sus extremidades sacudiéndose cual marionetas con las cuerdas cortadas. En el instante en que choco contra el hombre que tengo delante, una ola de calor y luz lo borra todo.

 

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Encausar al sospechoso y vendar mis heridas lleva unas horas. Para cuando me permiten irme a casa ya es medianoche pasada.

Las calles de Cambridge están vacías y silenciosas por el nuevo toque de queda. Un grupo de coches de policía está aparcado en Harvard Square; freno entre los destellos desfasados de una docena de luces estroboscópicas, bajo la ventanilla y enseño mi placa.

El joven y bisoño oficial contiene la respiración. El nombre, «Joshua Rennon», tal vez no le diga nada, pero ha visto el punto negro en la esquina superior derecha de mi placa, el punto que me da acceso al interior del complejo residencial de alta seguridad de les tawnin.

—Mal día el de hoy, señor —dice—. Pero no se preocupe, tenemos controles en todas las calles que llevan a su edificio.

Trata de decir el «su edificio» como si nada, pero noto la excitación en su voz. «¡Es uno de esos! ¡Vive con elles!».

No se aparta del coche.

—Si me permite una pregunta, ¿cómo va la investigación?

Me recorre con la mirada, con una curiosidad tan ansiosa que casi resulta palpable.

Yo sé que la pregunta que en realidad quiere hacer es: «¿Cómo es?».

Miro al frente y subo la ventanilla.

Tras un momento, él retrocede y yo piso el acelerador con tanta fuerza que los neumáticos lanzan un gratificante chirrido mientras me alejo a toda velocidad.

 

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El complejo tapiado era antiguamente Radcliffe Yard, uno de los centros de la universidad de Harvard.

Abro la puerta de nuestro apartamento y la suave luz dorada que a Kai tanto le gusta —un recordatorio de esta tarde— me hace estremecer.

Kai está en el salón, sentade en el sofá.

—Perdona que no haya llamado.

Kai se pone de pie y se yergue en toda su altura, sus casi dos metros y medio, abre los brazos y sus ojos oscuros se clavan en mí como los de esos peces gigantes que nadan por el enorme tanque del Acuario de Nueva Inglaterra. Me hundo en su abrazo e inhalo su familiar fragancia, una mezcla de aromas florales y especiados, el olor de un mundo alienígena y del hogar.

—¿Te has enterado?

En lugar de responder, me desnuda lentamente, evitando con cuidado los vendajes. Cierro los ojos y no me resisto, sintiendo cómo las capas van cayendo una tras otra.

Cuando estoy desnudo alzo la cabeza y me besa, su lengua tubular cálida y salada en mi boca. Le rodeo con los brazos y notó en la parte de atrás de su cabeza la larga cicatriz cuya historia ni conozco ni quiero averiguar.

Entonces elle envuelve mi cabeza con sus brazos primarios, acercando mi cara hacia su pecho mullido y velloso. Sus brazos terciarios, fuertes y flexibles, rodean mi cintura. Los ágiles y sensibles extremos de sus brazos secundarios acarician con suavidad mis hombros un instante antes de localizar mi puerto tawnin y, tras apartar con cuidado la piel, abrirse camino en su interior.

Doy un respingo en el momento en que se establece la conexión, y siento cómo mis extremidades se tensan y luego se relajan cuando me dejo llevar, permitiendo que los fuertes brazos de Kai sostengan mi peso. Cierro los ojos para poder disfrutar de cómo Kai percibe mi cuerpo a través de sus sentidos: de cómo la sangre caliente que circula por mis ventas crea un brillante mapa de destellantes corrientes rojas y doradas contra la piel azulada y más fría de mi espalda y nalgas, de cómo mi cabello corto pincha la sensible piel de sus manos primarias, de cómo mis pensamientos caóticos se calman poco a poco y se van volviendo inteligibles a medida que Kai los va reconduciendo con delicadeza. Ahora estamos conectados del modo más íntimo en que dos mentes, dos cuerpos, pueden estarlo.

Así es como es — pienso.

No te irrites por su ignorancia —piensa elle.

Voy repasando en mi cabeza los hechos de esa tarde: mi arrogancia y dejadez en el cumplimiento del deber, la sorpresa de la explosión, la culpabilidad y el pesar al ver morir a renacidos y tawnin. La ira impotente.

Darás con ellos —piensa elle.

Sí.

Entonces siento su cuerpo moviéndose contra el mío, sus seis brazos y dos piernas buscando, acariciando, agarrando, apretando, penetrando… Y yo le imito, mis manos, labios y pies recorriendo su piel fría y tersa como he aprendido que le gusta, su placer tan evidente y presente como el mío.

Los pensamientos parecen tan superfluos como las palabras.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

La sala de interrogatorios del sótano del Palacio de Justicia es minúscula y claustrofóbica, una jaula.

Cierro la puerta tras de mí y cuelgo la chaqueta. No me da miedo darle la espalda al sospechoso. Adam Woods está sentado con el rostro hundido entre las manos, los codos apoyados en la mesa de acero inoxidable. Ya no le quedan arrestos para luchar.

—Soy el agente especial Joshua Rennon, de la Agencia para la Protección de les tawnin —digo mostrándole mi placa por la costumbre.

Él levanta la vista y me mira con ojos mortecinos e inyectados en sangre.

—Tu antigua vida ha terminado, como estoy seguro de que ya sabes —continúo.

Ni le leo sus derechos ni le digo que puede disponer de un abogado, los rituales de una época menos civilizada. Los abogados ya no son necesarios: se acabaron los juicios, se acabaron los trucos de la policía.

Me mira de hito en hito, sus ojos llenos de odio.

—¿Qué se siente siendo follado por une de elles todas las noches? —pregunta en un susurro quedo.

Hago una pausa. No creo que de una ojeada tan breve se haya percatado del punto negro de mi placa. Entonces caigo en la cuenta de que ha sido porque le he dado la espalda: ha visto el contorno del puerto tawnin bajo mi camisa. Él ya sabía que me habían renacido y, aunque haya acertado un poco por casualidad, no es descabellado pensar que alguien cuyo puerto continúa abierto mantenga una relación con une tawnin.

No caigo en la trampa. Estoy acostumbrado al tipo de xenofobia que empuja a los hombres a matar.

—Después de la cirugía serás sondeado. Ahora bien, si confiesas ya y nos proporcionas información útil sobre los otros conspiradores, después de tu renacimiento disfrutarás de un buen trabajo y una buena vida, y podrás conservar los recuerdos de la mayoría de tus amigos y familiares. Pero si mientes o no dices nada, de igual manera averiguaremos todo lo que necesitamos y tú serás enviado a California con la mente enteramente borrada para trabajar en las labores de limpieza en la zona radiactiva. Y todos aquellos para los que significabas algo te olvidarán, por completo. Tú eliges.

—¿Cómo sabes que hay otros conspiradores?

—Te vi cuando se produjo la explosión. La estabas esperando. Creo que tu misión era tratar de asesinar más tawnin en el caos subsiguiente al estallido.

Continúa mirándome fijamente, con odio implacable. Entonces parece ocurrírsele algo de sopetón:

—Te han renacido más de una vez, ¿verdad?

—¿Cómo lo has sabido? —pregunto poniéndome en tensión.

—Una simple corazonada —responde sonriendo—. Siempre estás demasiado rígido, tanto de pie como sentado. ¿Qué hiciste la última vez?

Debería estar preparado para la pregunta, pero no lo estoy. Dos meses después de mi renacimiento todavía no lo he superado, sigo sin estar en forma.

—Sabes que no puedo contestar a esa pregunta.

—¿No recuerdas nada?

—Esa era una parte de mí que estaba podrida y fue extirpada. Igual que te será extirpada a ti. El Josh Rennon que cometió un crimen, fuera el que fuera, ya no existe, y es de justicia que el crimen sea olvidado. Les tawnin son compasives y clementes. Solo eliminan las partes de ti y de mí que son las auténticas responsables del delito: la mens rea, la intención criminal.

—Compasives y clementes —repite él, y en sus ojos vislumbro algo nuevo: lástima.

Una repentina ira se apodera de mí. Él es el digno de lástima, no yo. Sin darle tiempo a levantar las manos me abalanzo sobre él y le golpeo en la cara, una, dos, tres veces, con fuerza.

La sangre le brota de la nariz mientras sus manos tiemblan ante él. No profiere sonido alguno, pero continúa mirándome con esos ojos tranquilos y rebosantes de compasión.

—Elles mataron a mi padre delante de mí —dice. Se limpia la sangre de los labios y sacude la mano para quitársela de encima. Algunas gotas alcanzan mi camisa; las salpicaduras escarlatas resaltan sobre la tela blanca—. Yo tenía trece años y estaba escondido en el cobertizo del jardín de atrás. Por una rendija de la puerta vi cómo mi padre trataba de pegar a une con un bate de béisbol. Esa cosa paró el golpe con un brazo, y con otro par de brazos agarró la cabeza de mi padre y se la arrancó de cuajo. Luego quemaron a mi madre. Jamás olvidaré el olor a carne carbonizada.

Trato de mantener mi respiración bajo control. Trato de ver al hombre que tengo frente a mí tal como lo ven les tawnin: dividido. Hay un niño asustado que aún puede ser rescatado, y un hombre amargado y furioso que no puede serlo.

—Eso fue hace más de veinte años —digo—. Fue una época oscura, una época terrible y azarosa, que el mundo ya ha dejado atrás. Les tawnin han pedido perdón y se han esforzado por desagraviarnos. Deberías haber solicitado ayuda. Deberían haberte puerteado y extirpado esos recuerdos. Hubieras podido tener una vida libre de esos fantasmas.

—Pero es que no quiero en modo alguno liberarme de esos fantasmas. ¿Nunca se te ha ocurrido pensarlo? No quiero olvidar. Mentí y les aseguré no haber visto nada. No quería que se metieran en mi cabeza y me robaran los recuerdos. Quiero vengarme.

—No puedes vengarte. Ninguno de les tawnin que cometieron esos actos está ya aquí. Han sido castigades, relegades al olvido.

Se echa a reír.

—«Castigades», dices. Les tawnin que cometieron esos actos son exactamente les mismes que andan pavoneándose por las calles hoy en día, preconizando el amor universal y un futuro en el que tawnin y humanos vivan en armonía. Que elles puedan olvidar tranquilamente lo que hicieron no quiere decir que nosotros también debamos hacerlo.

—Les tawnin carecen de una conciencia integrada…

—Hablas como si no hubieras perdido a nadie en la Conquista. —Va alzando el tono a medida que la compasión se va convirtiendo en algo más siniestro—. Hablas como un colaboracionista. —Me escupe, y noto la sangre en el rostro, entre los labios: caliente, dulce, con sabor metálico—. Ni siquiera sabes lo que te han arrebatado.

Salgo de la habitación y cierro la puerta tras de mí, lo que me evita oír su sarta de palabrotas.

 

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Claire, del departamento de Investigaciones Tecnológicas, se reúne conmigo en el exterior del Palacio de Justicia. Los suyos ya escanearon y grabaron la escena del crimen anoche, no obstante lo cual rodeamos el cráter efectuando una inspección visual a la antigua usanza, por si, por improbable que pueda ser, a los aparatos les faltó algo por registrar.

Les faltó algo. Falta algo.

—Uno de los renacidos heridos murió en el Massachusetts General Hospital esta madrugada alrededor de las cuatro —me informa Claire—, lo que eleva el número de víctimas a diez: seis tawnin y cuatro renacidos. No tan terrible como lo sucedido en Nueva York hace dos años, pero sin duda la peor masacre en Nueva Inglaterra.

Claire es menuda, de rostro afilado y movimientos rápidos y bruscos que me traen a la mente un gorrión. El hecho de ser los únicos dos agentes de la Oficina Local de Boston de la APT casados con tawnin nos ha unido bastante. La gente nos toma el pelo diciendo que casi parecemos un matrimonio.

Yo no perdí a nadie en la Conquista.

Kai de pie a mi lado durante el entierro de mi madre. El rostro de ella en el ataúd se ve sereno, libre de dolor.

Siento el tierno roce del brazo de Kai en mi espalda, transmitiéndome su apoyo. Me gustaría decirle que no se sienta mal. Ha hecho todo lo que estaba en sus manos por salvarla, igual que ya lo hizo antes en el caso de mi padre; pero el cuerpo humano es frágil y todavía no sabemos cómo utilizar de manera efectiva los avances que les tawnin han compartido con nosotros.

Avanzamos con cuidado por entre un montón de escombros que se ha solidificado en el lugar gracias al asfalto derretido. Trato de controlar mis pensamientos. Adam Woods me ha alterado.

—¿Alguna pista sobre el detonador? —pregunto.

—Es bastante sofisticado —responde Claire—. Basándonos en los fragmentos que han quedado, había un magnetómetro conectado a un circuito temporizador. Yo diría que el magnetómetro estaba preparado para activarse ante la presencia de una gran masa de metal en las inmediaciones, como lo era la Nave de la Sentencia. Y que al activarse arrancaba un temporizador preparado para detonar justo cuando los renacidos llegaran a tierra. El sistema requiere conocer con bastante exactitud la masa de la Nave de la Sentencia; en caso contrario, los yates y cargueros que navegaban por el puerto podían haberlo activado.

—Y también requiere estar al tanto de la operativa de la Nave de la Sentencia —añado yo—. Tenían que saber cuántos renacidos iba a haber aquí ayer, y calcular cuánto se tardaría en completar la ceremonia y bajarlos a tierra.

—No hay duda de que requirió grandes dosis de planificación meticulosa. Esto no es obra de alguien que actúe por libre. Nos enfrentamos a una sofisticada organización terrorista.

Claire me agarra para que me detenga. Estamos en un punto desde donde se ve bien el fondo del cráter de la explosión, que es menos profundo de lo que me esperaba. El responsable del atentado, quienquiera que hubiese sido, había utilizado explosivos direccionales que canalizaban la energía hacia arriba, era de suponer que para minimizar los daños entre la muchedumbre en derredor.

La muchedumbre.

Un recuerdo de mi infancia aflora de imprevisto.

Otoño, aire fresco, olor a mar y a algo quemándose. Una muchedumbre enorme y bullente, pero en absoluto silencio. Los que están en el exterior, como yo, empujan tratando de acercarse al centro; mientras los que están cerca del centro empujan para salir, como una colonia de hormigas aglomerándose sobre los restos de un pájaro. Por fin consigo abrirme paso hasta el centro, donde hogueras brillantes arden en docenas de bidones de petróleo.

Introduzco la mano en mi abrigo y saco un sobre. Lo abro y alargo un puñado de fotografías al hombre que está plantado junto a uno de los bidones. Él las hojea, elige unas cuantas y me devuelve el resto.

«Estas te las puedes quedar, y ahora ve a hacer cola para que te practiquen la intervención», me dice.

Echo un vistazo a las fotografías que tengo en la mano: mi madre conmigo de bebé en brazos; mi padre subiéndome a hombros en una feria; mis padres dormidos, ambos en la misma postura; mis padres jugando conmigo a un juego de mesa; yo disfrazado de vaquero, con mi madre detrás tratando de asegurarse de que llevo bien el pañuelo.

El hombre arroja el resto de fotografías al bidón y, cuando me aparto, trato de vislumbrar lo que había en ellas antes de que las llamas las consuman.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —digo, desorientado—, pero todavía ando con alguna secuela de la explosión.

Puedo confiar en Claire.

—Oye, ¿alguna vez te preguntas qué es lo que hiciste antes de que te renacieran? —le pregunto.

Claire clava sus perspicaces ojos en mí, sin parpadear.

—No sigas por ahí, Josh. Piensa en Kai. Piensa en tu vida, en la vida real que tienes ahora.

—Tienes razón. Es que Adam Woods ha conseguido crisparme los nervios.

—A lo mejor te interesa cogerte unos días de vacaciones. Valiente favor nos haces si no puedes concentrarte.

—Se me pasará.

A Claire se la ve escéptica, pero no insiste sobre el asunto. Entiende cómo me siento. Kai percibiría la culpabilidad y los remordimientos que albergo en mi mente: en esa intimidad suprema no hay donde esconderse. Yo no aguantaría quedarme en casa de brazos cruzados mientras Kai trataba de consolarme.

—Como decía —continúa ella—, esta zona fue reasfaltada hace un mes por la empresa W. G. Turner Construction Company. Es probable que la bomba se colocara entonces, y que Adam Woods fuese uno de los operarios. Deberías empezar por ahí.

 

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La mujer deja el archivador en la mesa frente a mí.

—Estos son todos los trabajadores y contratistas de la obra de reasfaltado de Courthouse Way.

La mujer se apresura a marcharse, como si yo fuera contagioso, temerosa de intercambiar con un agente de la APT nada que vaya más allá del mínimo de palabras necesario.

En cierto modo supongo que sí lo soy. Cuando me renacieron, las personas de mi entorno cercano, que sabían lo que había hecho y cuya relación conmigo constituía una parte de la identidad de Joshua Rennon, tuvieron que ser puerteadas para suprimir esos recuerdos, como parte del proceso de mi renacimiento. Mis crímenes, cualesquiera que fuesen, los habían infectado.

Ni siquiera sé quiénes pudieron ser.

No debería estar pensando estas cosas. No es conveniente que me obsesione con mi vida anterior, la vida de un hombre muerto.

Voy hojeando los expedientes, uno tras otro, mientras tecleo los nombres en mi teléfono para que en la oficina los algoritmos de Claire puedan configurar una red a partir de ellos, relacionarlos con entradas en millones de bases de datos, rebuscar por foros de antitawnin radicales y sitios xenófobos, y descubrir conexiones.

No obstante, también los leo minuciosamente, sin saltarme ni una línea. A veces el cerebro establece conexiones que a los ordenadores de Claire se les escapan.

La empresa responsable de la obra había actuado con diligencia. Todos los candidatos habían sido investigados rigurosamente, sin que los algoritmos considerasen sospechoso a ninguno de ellos.

Al cabo de un rato, los nombres empiezan a confundirse en un revoltijo indistinguible: Kelly Eickhoff, Hugh Raker, Sofia Leday, Walker Lincoln, Julio Costas…

Walker Lincoln.

Retrocedo y vuelvo a examinar ese expediente. La fotografía muestra un varón blanco en la treintena. Ojos rasgados, con entradas, sin sonrisa para la cámara. Sin nada que parezca particularmente llamativo. No me resulta familiar en absoluto.

Pero ese nombre tiene algo que me hace dudar.

Las fotografías encogiéndose entre las llamas.

En la que está encima se ve a mi padre de pie delante de nuestra casa. Sostiene un rifle en las manos con expresión adusta. Mientras el fuego lo consume, en la última esquina que queda alcanzo a entrever un poste con dos placas perpendiculares con nombres de calle.

Walker y Lincoln.

Me descubro temblando, a pesar de que en el despacho la calefacción está fuerte.

Saco el teléfono y consulto el informe del ordenador sobre Walker Lincoln: operaciones con tarjetas de crédito, registro de llamadas telefónicas, búsquedas y presencia online, historial laboral y escolar… Nada que los algoritmos consideraran relevante por salirse de lo habitual. Walker Lincoln parece ser el perfecto arquetipo de ciudadano medio.

Nunca he visto un perfil en el que los algoritmos paranoides de Claire no den un toque de atención sobre algún detalle. Walker Lincoln es demasiado perfecto.

Examino el historial de compras de sus tarjetas de crédito: leños caloríficos, líquido de encendido, simuladores de chimeneas, parrillas de exterior…

Y luego, desde hace dos meses, nada.

 

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Cuando sus dedos están a punto de introducirse, hablo:

—Por favor, esta noche no.

Los extremos de los brazos secundarios de Kai se detienen, dudan y acarician suavemente mi espalda. Tras un momento, se aparta de mí. Sus ojos me miran, como dos mortecinas lunas en la tenue luz del apartamento.

—Lo siento —digo—. Tengo la cabeza llena de cosas, y no precisamente agradables. No quiero agobiarte con ellas.

Kai asiente con un cabeceo, un gesto humano que parece fuera de lugar. Agradezco el esfuerzo que está haciendo para que me sienta mejor. Siempre ha sido muy comprensive.

Kai se marcha, dejándome desnudo en mitad de la habitación.

 

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La casera alega desconocer por completo la vida de Walker Lincoln. El importe del alquiler (que para esta zona de Charlestown está tirado de precio) es ingresado el primero de cada mes, y ella no ha visto a su inquilino desde que este se mudó a la vivienda cuatro meses atrás. Le muestro mi placa, y ella me entrega la llave del apartamento de Walker y me observa en silencio mientras subo las escaleras.

Abro la puerta y enciendo la luz; la estancia que se ofrece ante mis ojos parece sacada de la exposición de una tienda de muebles: un sofá grande blanco y otro de piel de dos plazas, mesa de centro de cristal con un puñado de revistas en una pulcra pila, cuadros abstractos por las paredes… Todo ordenado, nada fuera de su lugar. Inspiro profundamente. No huele ni a comida ni a detergente, la mezcla de aromas que acompaña a los lugares donde vive gente de verdad.

El lugar me resulta familiar y desconocido a un mismo tiempo, como cuando se experimenta un déjà vu.

Deambulo por el apartamento abriendo puertas. Armarios y dormitorio están dispuestos con el mismo buen gusto que el salón. Todo la mar de corriente, todo la mar de irreal.

Los rayos de sol que entran por las ventanas de la pared de poniente dibujan nítidos paralelogramos en la alfombra gris. Esa luz dorada es la favorita de Kai.

No obstante, todo está cubierto por una fina capa de polvo. El acumulado en tal vez un mes o dos.

Walker Lincoln es un fantasma.

Al cabo me vuelvo y veo algo colgado en la cara interior de la puerta de entrada: una máscara.

La cojo, me la pongo y entro en el cuarto de baño.

Es un tipo de máscara con el que estoy bastante familiarizado; fabricadas con fibras suaves, flexibles y programables, de tecnología tawnin, del mismo material del que están hechos los cables que devuelven al mundo a los renacidos. Activadas por el calor corporal, se amoldan a una forma preprogramada. Independientemente del perfil del rostro que tengan debajo, se reconfiguran para adoptar la apariencia de la cara que han memorizado. Su uso legal está restringido a los agentes de las fuerzas públicas, que a veces las utilizamos para infiltrarnos en células xenófobas.

En el espejo, las frías fibras de la máscara van poco a poco cobrando vida —igual que el cuerpo de Kai cuando lo toco—, presionando, tirando de la piel y músculos de mi cara, que durante un instante se convierte en una masa amorfa, como la de un monstruo salido de alguna pesadilla.

Y entonces los movimientos convulsos se interrumpen y me encuentro mirando la cara de Walker Lincoln.

 

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El de Kai fue el primer rostro que vi tras mi último renacimiento.

Era un rostro de oscuros ojos ictíneos y piel palpitante, como si bajo su superficie se retorcieran gusanos diminutos. Me encogí y traté de apartarme, pero no tenía donde ir: tenía la espalda contra una pared de acero.

La piel alrededor de sus ojos se contrajo y volvió a relajar, una expresión alienígena que no supe interpretar. Se apartó, para no agobiarme.

Me incorporé despacio y miré a mi alrededor. Me hallaba sobre un bloque metálico estrecho sujeto a la pared de una celda diminuta. Las luces eran demasiado brillantes. Sentí náuseas y cerré los ojos.

Un tsunami de imágenes que fui incapaz de procesar se abalanzó sobre mí: rostros, voces, sucesos a cámara rápida. Abrí la boca dispuesto a gritar.

Al momento Kai ya estaba a mi lado. Rodeó mi cabeza con sus brazos primarios, inmovilizándome. Me envolvió una mezcla de aromas florales y especiados, cuyo recuerdo brotó de improviso del caos que bullía en mi cerebro. El olor de mi hogar. Me aferré a él como a una tabla en medio de un mar embravecido.

Kai me rodeó con sus brazos secundarios, tanteando mi espalda, buscando un orificio. Los sentí introducirse en un agujero sobre mi columna, una herida que yo no sabía estaba allí, y quise gritar de dolor…

… y el caos en mi mente se apaciguó. Estaba viendo el mundo a través de los ojos de Kai: mi propio cuerpo desnudo, temblando.

Déjame ayudarte.

Me resistí unos instantes, pero elle era demasiado fuerte y me rendí.

¿Qué ha pasado?

Estás a bordo de la Nave de la Sentencia. El antiguo Josh Rennon hizo algo terrible y tuvo que ser castigado.

Traté de recordar qué era lo que había hecho, pero no conseguí acordarme de nada.

Él ya no está. Tuvimos que extirparlo de este cuerpo para rescatarte a ti.

Otro recuerdo afloró a la superficie de mi mente, guiado con delicadeza por las corrientes de los pensamientos de Kai.

Estoy sentado en un aula, en primera fila. Los rayos de sol que entran por las ventanas de la pared de poniente dibujan nítidos paralelogramos en el suelo. Kai pasea lentamente arriba y abajo ante nosotros.

«Cada uno de nosotros está compuesto por numerosas agrupaciones de recuerdos, numerosas personalidades, numerosas formas de pensar coherentes». La voz proviene de una caja negra que lleva al cuello. Suena ligeramente mecánica, pero clara y melodiosa.

»¿Acaso no son distintos vuestro comportamiento, vuestras expresiones, incluso vuestra manera de hablar, cuando estáis con vuestros amigos de la infancia, de donde crecisteis, y cuando estáis con vuestros nuevos amigos de la gran ciudad?¿No es distinta vuestra manera de reír, vuestra manera de llorar e incluso vuestra manera de enfadaros cuando estáis con vuestra familia y cuando estáis conmigo?».

Los estudiantes a mi alrededor sueltan unas risitas al oír esto, como yo. Cuando Kai llega a la otra punta de la clase se gira y nuestras miradas se cruzan. La piel alrededor de sus ojos se retrae haciéndolos parecer incluso más grandes, y mi rostro se acalora.

«La noción de individuo integrado es una falacia de la filosofía humana tradicional. De hecho, es la base de muchas antiguas costumbres desafortunadas. Un criminal, por ejemplo, es solo un habitante de los muchos individuos que comparten un cuerpo. Un hombre que asesina puede a pesar de ello ser un buen padre, marido, hermano e hijo; y es un hombre distinto cuando planea un asesinato y cuando baña a su hija, besa a su esposa, consuela a su hermana o atiende a su madre. Sin embargo, el antiguo sistema judicial humano hubiera castigado a todos esos hombres juntos y de manera indiscriminada, los hubiera juzgado juntos, encarcelado juntos e incluso ejecutado juntos. Castigo colectivo. ¡Una auténtica barbaridad! ¡Una auténtica crueldad!».

Imagino mi mente tal como la describe Kai: fraccionada, un individuo dividido. Puede que no haya otra institución humana que les tawnin desprecien más que nuestro sistema judicial. Su desdén cobra pleno sentido cuando se lo considera en el contexto de su comunicación directa entre mentes. Les tawnin carecen de secretos entre elles y comparten una intimidad con la que nosotros solo podemos soñar. La idea de un sistema judicial tan limitado por la opacidad individual que debe recurrir a una lid contenciosa ritualizada en lugar de acceder directamente a la mente para recuperar la verdad debe de parecerles una salvajada.

Kai me mira como si pudiera oír mis pensamientos, aunque sé que eso no es posible dado que no he sido puerteado. No obstante, la idea me resulta agradable. Soy su alumno favorito.

Rodeé a Kai con los brazos.

Mi docente, mi amante, mi cónyuge… Estuve perdido y ahora he llegado al hogar. Estoy empezando a recordar. —Palpé la cicatriz en la parte de atrás de su cabeza. Elle estaba temblando—. ¿Cómo te hiciste esto?

No me acuerdo. No te preocupes por eso. —Le acaricio con cuidado, evitando la cicatriz—. El proceso de renacimiento es doloroso. Vuestra biología no evolucionó como la nuestra, y en vuestro caso resulta más difícil separar las diferentes partes de vuestra mente, aislar las distintas personas. Los recuerdos necesitarán un tiempo para asentarse. Tienes que volver a recordar, reaprender las conexiones necesarias para hacerlos volver a cobrar sentido, reconstruirte a ti mismo de nuevo. Pero ahora eres una persona mejor, libre de las partes enfermas que tuvimos que extirpar.

Me aferré a Kai y juntos recogimos los fragmentos de mi persona.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Le muestro la máscara a Claire, y el perfil demasiado perfecto del ordenador.

—Para tener acceso a este tipo de equipo y poder crear una personalidad con un rastro electrónico así de convincente hay que contar con mucho poder y autorizaciones de acceso de alto nivel. A lo mejor es incluso alguien de dentro de la Agencia, dado que nosotros tenemos que manipular las bases de datos para eliminar los antecedentes de los renacidos —digo.

Claire se muerde el labio inferior mientras echa un vistazo a la pantalla de mi móvil y contempla la máscara con escepticismo.

—Eso me parece de lo más improbable. Todos los empleados de la Agencia están puerteados y son sondeados con regularidad. No se me ocurre cómo se podría colar un topo entre nosotros y conseguir no ser descubierto.

—Sin embargo, es la única explicación.

—Pronto lo sabremos. Adam ha sido puerteado. Tau está sondeándolo ahora mismo. En media hora debería haber terminado.

Prácticamente me dejo caer sobre la silla contigua a la suya. Siento sobre mí el agotamiento de los dos últimos días como si de una pesada manta se tratara. He estado evitando que Kai me tocara por motivos que ni siquiera yo soy capaz de explicar. Me siento escindido de mí mismo.

Me digo que debo permanecer despierto, solo un poco más.

Kai y yo estamos sentados en el sofá de piel de dos plazas. Estamos bastante apretados debido a su gran corpulencia. Tenemos la chimenea detrás y noto en la nuca su agradable calorcillo. Sus brazos izquierdos me acarician la espalda con suavidad. Estoy tenso.

Mis padres están sentados enfrente, en el sofá grande blanco.

—Nunca había visto a Josh tan feliz —dice mi madre, y me siento tan aliviado al ver su sonrisa que deseo abrazarla.

—Me alegro de que piense así —dice Kai a través de su caja negra de voz—. Creo que Josh estaba preocupado por lo que podrían pensar de mí… de nosotros.

—Siempre habrá xenófobos —interviene mi padre. Suena un poco falto de aliento. Sé que un día identificaré este momento con el comienzo de su enfermedad. Mi recuerdo feliz se ve empañado por un asomo de pena.

—Se cometieron acciones terribles —admite Kai—. Lo sabemos, pero nosotres siempre queremos mirar al futuro.

—También nosotros —dice mi padre—, pero hay gente que vive atrapada en el pasado. Son incapaces de dejar que los muertos descansen en paz.

Miro en derredor y observo que la casa está limpísima. La alfombra está inmaculada, las mesitas auxiliares despejadas. El sofá blanco en el que están sentados mis padres está impecable. La mesa de cristal del centro está vacía salvo por un montón de revistas dispuesto con gusto y esmero.

El salón parece la exposición de una tienda de muebles.

Me despierto con un sobresalto. Los fragmentos de mis recuerdos se han vuelto tan irreales como el apartamento de Walker Lincoln.

Tau, le cónyuge de Claire, está en la puerta. Los extremos de sus brazos secundarios están destrozados y rezuman sangre azul. Da un traspiés.

Claire se planta al momento a su lado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

En lugar de responder, Tau le arranca chaqueta y blusa, y sus brazos primarios, más gruesos y menos delicados, buscan ciega y ávidamente el puerto tawnin en la espalda de ella. Cuando por fin localizan el acceso, se introducen bruscamente; Claire da un respingo y luego se relaja de inmediato.

Aparto la mirada de esta escena tan íntima. Tau está sufriendo y necesita a Claire.

—Debería marcharme —digo, levantándome.

—Adam tenía una bomba trampa en la columna —dice Tau a través de su caja de voz.

Me detengo.

—Cuando lo puerteé, se mostró cooperativo y parecía resignado a su suerte —continúa Tau—. Pero cuando empecé el sondeo, estalló un dispositivo explosivo en miniatura que lo mató en el acto. Supongo que algunos de vosotros aún nos odiáis tanto que preferís morir a renacer.

—Lo siento —digo.

—Soy yo quien lo siente. —La voz mecánica se esfuerza por sonar apenada, pero a mi mente trastornada le suena falsa—. Algunas partes de él eran inocentes.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

A les tawnin no les interesa demasiado la historia y, ahora, tampoco a nosotros.

Les tawnin tampoco mueren de viejes. Nadie sabe qué edad tienen les tawnin: siglos, milenios, eones… Kai habla vagamente de un viaje más largo que la historia de la raza humana.

¿Cómo fue? —pregunté en una ocasión.

No me acuerdo —había pensado elle.

Sus características biológicas son la explicación de esta actitud suya. Su cerebro, como los dientes del tiburón, nunca deja de crecer. En el centro del órgano se está fabricando nuevo tejido cerebral todo el tiempo, a la par que las capas más externas se van desprendiendo periódicamente de manera semejante a como las serpientes mudan la piel.

Con vidas que a todos los efectos son eternas, les tawnin se habrían visto desbordades por los recuerdos acumulados durante eones. No es de extrañar que se convirtieran en maestres del olvido.

Los recuerdos que desean conservar deben ser copiados en el tejido nuevo: recuperados, recreados, regrabados. Por el contrario, las memorias que desean dejar atrás son desechadas en cada ciclo de cambio cual capullos secos de crisálidas.

No solo son recuerdos lo que dejan atrás. Pueden adoptar personalidades desde cero, asumirlas como un papel, para más adelante dejarlas a un lado y olvidarlas. Consideran que le tawnin de antes del cambio y le tawnin de después son seres independientes por completo —personalidades distintas, recuerdos distintos, responsabilidades morales distintas— que se limitan a compartir, uno tras otro, un mismo cuerpo.

Ni siquiera el mismo cuerpo —pensó Kai.

¿?

En alrededor de un año todos los átomos de tu cuerpo habrán sido remplazados por otros. —Esto fue cuando acabábamos de hacernos amantes, cuando era habitual que se pusiera en plan didáctico—. En nuestro caso el proceso es incluso más rápido.

Como la nave de Teseo en la que con el tiempo se acabaron sustituyendo todos los tablones, hasta que dejó de ser la misma nave.

Siempre estás haciendo estas referencias al pasado. —Pero el tono de su pensamiento era más indulgente que crítico.

Durante la Conquista, les tawnin habían adoptado una actitud extremadamente agresiva. Y nosotros habíamos respondido con la misma moneda. Ni que decir tiene que los detalles son confusos. Les tawnin no los recuerdan y la mayoría de nosotros no deseamos recordarlos. California continúa inhabitable tras todos estos años.

Sin embargo, tras nuestra rendición, les tawnin habían despojado sus mentes de esas capas agresivas —el castigo por sus crímenes de guerra— y se habían convertido en les gobernantes más benévoles imaginables. Ahora son unes comprometides pacifistas y detestan la violencia; y comparten con nosotros su tecnología, curan enfermedades y realizan milagros maravillosos, todo esto de buen grado. La paz reina en el mundo. Nuestra esperanza de vida ha aumentado sobremanera, y a quienes están dispuestos a trabajar para elles les ha ido estupendamente.

Les tawnin no se sienten culpables.

Ahora somos personas distintas —pensó Kai—. Este también es nuestro hogar. Y, sin embargo, algunos de vosotros os empeñáis en cargarnos con los pecados de nuestros antiguos yoes ahora muertos. Es como considerar al hijo responsable de los pecados del padre.

¿Y si volviera a estallar una guerra? ¿Qué pasaría si los xenófobos convencieran al resto de humanos para alzarse contra vosotres?

Entonces podríamos volver a cambiar otra vez, volvernos implacables y crueles como antes. En nosotres esos cambios son reacciones fisiológicas ante una amenaza, escapan a nuestro control. Ahora bien, esos futuros yoes no tendrían nada que ver con nosotres. No se puede responsabilizar al padre de los actos del hijo.

Una lógica así es difícil de rebatir.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Lauren, la novia de Adam, es una joven con un rostro duro que no se alteró cuando le hice saber que, dado que los padres de Adam habían fallecido, se la considera su familiar más cercano y la responsable de acudir a la comisaría para hacerse cargo del cadáver.

Estamos sentados uno a cada lado de la mesa de la cocina. El apartamento es minúsculo y oscuro. Muchas de las bombillas se han fundido y no han sido sustituidas.

—¿Voy a ser puerteada? —pregunta ella.

Ahora que Adam ha muerto, lo siguiente en el orden del día es decidir qué familiares y amigos deberían ser puerteados —con las oportunas precauciones ante posibles columnas vertebrales con bombas trampa— para poder descubrir el auténtico alcance de la conspiración.

—Aún no lo sé —digo—. Depende de lo que me parezca que está cooperando. ¿Tenía Adam tratos con alguien sospechoso?, ¿alguien que a usted le pareciera xenófobo?

—No sé nada. Adam es… era muy retraído. Nunca me contaba nada. Pueden puertearme si quieren, pero será una pérdida de tiempo.

Habitualmente, a la gente como ella le aterra la posibilidad de ser puerteada, de ser violada. Su fingida despreocupación solo consigue acrecentar mis sospechas.

Lauren parece notar mi escepticismo y cambia de táctica.

—Adam y yo a veces fumábamos olvido o nos colocábamos con chispa.

Se revuelve en el asiento y mira hacia la encimera de la cocina. Sigo su mirada con la mía y veo la parafernalia de las drogas delante de una pila de vajilla sucia, cual atrezo dispuesto sobre un escenario. Un grifo gotea proporcionando un rítmico ruido de fondo a toda la escena.

Tanto el olvido como la chispa tienen un potente efecto alucinógeno. El mensaje tácito: su mente está tan plagada de recuerdos falsos que ni puerteada sería de fiar. Lo más que podemos hacer es renacerla, pero no descubriremos nada que podamos utilizar contra otros. No es un mal truco, pero no ha conseguido que la mentira resulte lo bastante convincente.

Vosotros, los humanos, creéis que sois lo que habéis hecho —pensó Kai en una ocasión. Recuerdo que estábamos tumbados juntos en un parque, sobre la hierba, y lo agradable que me resultaba sentir el calor del sol a través de su piel, mucho más sensible que la mía—. Pero en realidad sois lo que recordáis.

¿No es lo mismo? —pensé yo.

Ni de lejos. Para recuperar un recuerdo tenéis que reactivar un conjunto de conexiones neuronales, que se ven alteradas en el proceso. Vuestra biología es tal que, con cada reminiscencia, asimismo rescribís el recuerdo. ¿Nunca has pasado por la experiencia de descubrir que un detalle que recordabas con meridiana claridad era inventado?, ¿de haberte convencido a ti mismo de que un sueño era un experiencia real?, ¿de que te hayan contado un cuento chino y te lo hayas creído?

Nos haces sonar tan endebles.

Ilusos, en realidad. —El tono de su pensamiento era cariñoso—. No sois capaces de distinguir los recuerdos auténticos de los falsos, y a pesar de ello insistís en su importancia y basáis una gran parte de vuestras vidas en ellos. Esa afición que tenéis por la historia no le ha beneficiado demasiado a vuestra especie.

Lauren aparta la mirada de mi rostro, tal vez pensando en Adam. La mujer tiene algo que me resulta familiar, como el estribillo medio olvidado de una canción de la infancia. Cuando se pierde en sus recuerdos, su rostro parece relajarse de una manera indescriptible que me agrada. Justo en ese instante decido que no la haré puertear.

En lugar de eso, saco la máscara de mi bolsa y, sin apartar los ojos de su cara, me la pongo. Mientras la máscara se templa sobre mi rostro, aferrándose a él, moldeando músculos y piel, observo sus ojos buscando indicios de que me ha reconocido, buscando la confirmación de que Adam y Walker eran compañeros de conspiración.

Su rostro se tensa y recupera la impasibilidad.

—¿Qué hace? Esa cosa da repelús solo de verla.

—Era una mera comprobación rutinaria —digo decepcionado.

—¿Le importa que cierre ese grifo que está goteando? Me está poniendo de los nervios.

Asiento con la cabeza y permanezco sentado cuando ella se levanta. Otro callejón sin salida. ¿Realmente Adam pudo haber hecho todo eso por su cuenta? ¿Quién era Walker Lincoln?

Tengo miedo de la respuesta que está tomando forma en mi cabeza.

Noto que un objeto pesado se dispone a golpear mi nuca, pero ya es demasiado tarde.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

—¿Nos oyes? —La voz suena distorsionada, enmascarada por algún artilugio electrónico. Es curioso, me recuerda a una caja de voz tawnin.

Muevo la cabeza afirmativamente en la oscuridad. Estoy sentado con las manos amarradas a la espalda. Algo suave, un pañuelo o una corbata, está atado bien ceñido alrededor de mi cabeza, tapándome los ojos.

—Siento que tengamos que hacer las cosas así. Es mejor que no puedas vernos. Así, cuando tus tawnin te sondeen no nos delatarás.

Tanteo las ligaduras de mis muñecas. Están bien atadas. Imposible conseguir aflojarlas por mis propios medios.

—Tenéis que poner fin a esto ya mismo —digo, poniendo tanta autoridad en la voz como me resulta posible—. Sé que pensáis que habéis atrapado a un colaborador, a un traidor a la raza humana. Creéis que este es un acto de justicia, de venganza; pero pensad: si me hacéis daño, os acabarán cogiendo, y todos vuestros recuerdos de lo sucedido serán borrados. ¿De qué sirve vengarse si ni siquiera lo vais a recordar? Será como si nunca hubiera ocurrido.

Voces electrónicas riendo en la oscuridad. No sé decir cuántos hay. Viejos o jóvenes, hombres o mujeres.

—Soltadme.

—Te soltaremos —dice la primera voz—, después de que escuches esto.

Oigo el clic de un botón al ser presionado y luego una voz incorpórea: «Hola, Josh. Ya veo que has encontrado las pistas que realmente importaban».

La voz es la mía.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

«… por mucho que se ha investigado sobre el asunto, no es posible borrar todos los recuerdos. Al igual que un viejo disco duro, la mente de un renacido todavía conserva rastros de esas antiguas conexiones, en estado latente, a la espera del desencadenante apropiado…».

El cruce de las calles Walker y Lincoln, mi antigua casa.

En el interior, un revoltijo; mis juguetes esparcidos por todas partes. No hay sofá, solo cuatro sillas de mimbre alrededor de una vieja mesita de centro de madera, con el tablero lleno de manchas redondas.

Estoy escondido detrás de una de las sillas. La casa está en silencio y la luz es mortecina, primera hora del amanecer o última del crepúsculo vespertino.

Un grito en el exterior.

Me levantó, corro hasta la puerta y la abro de golpe. Veo a une tawnin levantando a mi padre por los aires con los brazos primarios. Los secundarios y terciarios le rodean brazos y piernas, inmovilizándolo.

Detrás de le tawnin, el cuerpo de mi madre yace postrado, inerte.

Le tawnin sacude los brazos y mi padre trata de gritar de nuevo, pero tiene la garganta encharcada de sangre y lo que brota es una mera gárgara. Le tawnin agita de nuevo sus extremidades y soy testigo de cómo va despedazando a mi padre poco a poco.

Le tawnin baja la mirada hacia mí. La piel alrededor de sus ojos se retrae y luego se vuelve a contraer. El aroma a especias y flores desconocidas es tan fuerte que me produce arcadas.

Es Kai.

«… en sustitución de los recuerdos auténticos, llenan tu cabeza de mentiras. Reminiscencias artificiales que se desmoronan al ser examinadas…».

Kai se me acerca por el exterior de la jaula. Hay muchas jaulas como la mía, con un hombre o una mujer joven encerrado en cada una. ¿Cuántos años llevamos aislados en la oscuridad para impedirnos elaborar recuerdos significativos?

Nunca existió ningún aula bien iluminada, ninguna disertación filosófica, ningún rayo de sol entrando oblicuamente por las ventanas orientadas a poniente y dibujando paralelogramos nítidos y bien perfilados al proyectarse sobre el suelo.

—Lamentamos lo que sucedió —dice Kai. Al menos la caja de voz es real, pero el tono mecánico parece contradecir las palabras—. Llevamos mucho tiempo diciéndolo. Nosotres no somos quienes hicieron esas cosas que os empeñáis en recordar. Elles fueron necesaries durante un tiempo, pero han sido castigades, desechades, olvidades. Ya es hora de pasar página.

Escupo a Kai a los ojos.

Kai no se limpia la saliva. La piel alrededor de sus ojos se contrae y luego vuelve a retroceder.

—No nos dejas elección. Tenemos que rehacerte.

«… te dicen que el pasado es el pasado, que está muerto, que ha quedado atrás. Te dicen que son individuos nuevos, que no son responsables de sus antiguos yoes. Y estas afirmaciones tienen algo de verdad. Cuando me acoplo con Kai veo el interior de su mente, y no queda nada de le Kai que asesinó a mis padres, de le Kai que maltrató niños, de le Kai que nos obligó por real decreto a quemar nuestras viejas fotografías, a erradicar cualquier rastro de nuestras antiguas existencias que pudiera interferir con lo que elles desean para nuestro futuro. Es cierto que olvidar se les da tan bien como aseguran, y que contemplan ese pasado sangriento como si de un territorio desconocido se tratara. Le Kai que es mi amante es en verdad un individuo distinto: inocente, intachable, irreprochable.

»Pero elles continúan pisoteando los huesos de tus, mis, nuestros padres. Continúan viviendo en las casas arrebatadas a nuestros muertos. Continúan profanando la verdad al negarse a reconocerla.

»Hay humanos que han aceptado la amnesia colectiva como precio de la supervivencia, pero no todos. Yo soy tú y tú eres yo. El pasado no muere; el pasado va calando, se cuela, permea, espera una oportunidad para brotar. Eres lo que recuerdas».

El primer beso de Kai, viscoso, desmañado.

La primera vez que Kai me penetra. La primera vez que mi mente es invadida por su mente. La sensación de indefensión, de que se me está haciendo algo de lo que nunca podré librarme, de que nunca podré volver a estar limpio.

El aroma a flores y especias, el olor que nunca puedo olvidar ni apartar de mí porque no procede solo de mis fosas nasales, sino que ha arraigado en lo profundo de mi mente.

«… aunque en un principio fui yo quien se infiltró en los xenófobos, al final fueron ellos quienes se infiltraron en mí. Sus archivos clandestinos sobre la Conquista, sus testimonios y los recuerdos que compartieron conmigo por fin me despertaron de mi sopor y me permitieron recuperar mi propia historia.

»Cuando descubrí la verdad planeé mi venganza con todo cuidado. Sabía que no sería fácil ocultar algo a Kai, pero se me ocurrió un plan. Al estar casado con elle estaba exento de los sondeos periódicos a los que son sometidos el resto de agentes de la APT. Si evitaba las relaciones íntimas con Kai, alegando no encontrarme bien, podía eludir totalmente los sondeos y guardar secretos, al menos cierto tiempo.

»Creé otra identidad, utilicé una máscara, proporcioné a los xenófobos lo que necesitaban para alcanzar sus objetivos. Todos llevábamos máscaras para evitar que, si cualquiera de los conspiradores era capturado, el sondeo de su mente pudiese delatar al resto».

Las máscaras que utilizo para infiltrarme en los xenófobos son las que entrego a los conspiradores…

«Y entonces guarnecí mi mente como si de una fortaleza se tratara cara al día de mi inevitable captura y renacimiento. Recordé con todo detalle cómo habían muerto mis padres, rememoré los sucesos una y otra vez hasta que quedaron grabados indeleblemente en mi memoria; hasta tener la certeza de que Kai, que solicitaría encargarse de prepararme para mi renacimiento, se estremecería ante esas imágenes tan vívidas, sentiría repulsión ante la sangre y la violencia de las mismas, y no continuaría sondeándome más profundamente. Elle había olvidado lo que había hecho y no deseaba que le fuese recordado.

»¿Acaso sé si todos los detalles de estas imágenes son ciertos? No, no lo sé. Las recordé a través del borroso filtro de la mente de un niño, y sin duda los recuerdos compartidos por el resto de supervivientes han plantado sus semillas en ellas, las han distorsionado aportándoles detalles. Nuestros recuerdos sangran y, al mezclarse, esa sangre los funde en un ultraje colectivo. Les tawnin dirán que no son más reales que las memorias falsas implantadas por elles, pero olvidar es un pecado mucho grave que recordar demasiado bien.

»Para ocultar todavía más mi huellas tomé fragmentos de los recuerdos falsos que elles me habían proporcionado y a partir de los mismos elaboré otros reales, para que cuando Kai diseccionara mi mente no fuera capaz de diferenciar sus mentiras de mis propias mentiras».

El falso salón despejado y limpio de mis padres es recreado y reconvertido en la habitación en la que me reúno con Adam y Lauren…

Los rayos de sol que entran por las ventanas de la pared de poniente dibujan nítidos paralelogramos en el suelo…

No sois capaces de distinguir los recuerdos auténticos de los falsos, y a pesar de ello insistís en su importancia y basáis una gran parte de vuestras vidas en ellos.

«Y ahora, cuando estoy seguro de que el complot ya está en marcha pero todavía no conozco los suficientes detalles para desvelar los planes si soy sondeado, voy a atacar a Kai. Mis probabilidades de éxito son mínimas, y seguro que Kai quiere que renazca, que se borre este yo —no que se me borre al completo, sino solo lo bastante para que nuestra vida en común pueda seguir adelante—. Mi muerte protegerá a mis compañeros de conspiración, les permitirá triunfar.

»Ahora bien, ¿de qué me sirve la venganza si no puedo ser testigo de la misma? Si tú, mi yo renacido, no la recuerdas y no saboreas la satisfacción del éxito… Por eso he enterrado pistas, he dejado tras de mí indicios a modo de rastro de miguitas que tú recogerás hasta que recuerdes y sepas lo que he hecho».

Adam Woods… que al fin y al cabo no es tan distinto de mí, su recuerdo un catalizador para los míos…

Las compras que realicé con el objetivo de que algún día despertaran en otro de mis yoes la memoria del fuego…

La máscara, para que los otros se acuerden de mí…

Walker Lincoln.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Cuando regreso, Claire está esperándome en el exterior de la comisaría. Dos hombres están de pie entre las sombras que hay tras ella. Y aún más atrás, irguiéndose imponente por encima de ellos, se vislumbra la figura de Kai.

Me detengo y me vuelvo. Otros dos hombres caminan calle abajo a mi espalda, bloqueándome la retirada.

—Es una lástima, Josh —dice Claire—. Deberías haberme hecho caso en lo que te dije sobre los recuerdos. Kai nos ha informado de sus sospechas.

La penumbra me impide distinguir los ojos de Kai. Dirijo la mirada hacia la sombra borrosa que se alza por detrás de Claire.

—¿No vas tener a bien hablarme tú misme, Kai?

La sombra se queda inmóvil, y entonces la voz mecánica, tan distinta de esa otra voz a la que me he acostumbrado a que acaricie mi mente, surge de la oscuridad entre chasquidos.

—No tengo nada que decirte. Mi Josh, el Josh que yo amaba, ya no existe. Ha sido subyugado por fantasmas, se ha ahogado en la memoria.

—Yo sigo aquí, pero ahora estoy completo.

—Esa es una persistente ilusión tuya que no parecemos ser capaces de corregir. Yo no soy le Kai que tú odias, y tú no eres el Josh que yo amo. No somos la suma de nuestros pasados. —Hace una pausa—. Confío en ver pronto a mi Josh.

Kai se retira al interior del edificio, dejándome solo ante mi juicio y ejecución.

Soy perfectamente consciente de que es inútil, pero a pesar de ello trato de razonar con Claire:

—Claire, tú sabes que tengo que recordar.

—¿Te crees que eres el único que ha perdido a alguien? —dice con una expresión de tristeza y cansancio en el rostro—. Yo no fui puerteada hasta hace cinco años. Yo tuve una esposa que era como tú: incapaz de pasar página. Por su culpa fui puerteada y renacida. Pero como estaba decidida a olvidar, a dejar en paz el pasado, me permitieron conservar algunos recuerdos de ella. Mientras que tú te empeñas en resistirte.

»¿Sabes cuántas veces te han renacido? Es porque Kai te ama… te amaba, deseaba salvar cuanto se pudiera de ti, por lo que han puesto muchísimo cuidado en cercenar cada vez el mínimo imprescindible.

No sé por qué Kai deseaba tan fervorosamente rescatarme de mí mismo, limpiarme de fantasmas. Tal vez en su mente queden leves ecos del pasado, de los que ni elle es consciente, que le atraen hacia mí, que le empujan a intentar hacerme creer las mentiras para de ese modo poder creerlas también elle. Olvidar es perdonar.

—Pero la paciencia ha terminado por agotársele. Después de esta vez no recordarás nada de nada de tu vida, así que con tu crimen has condenado a morir a una parte mayor de ti, a más de esos que aseguras te importan. ¿De qué te sirve esta venganza tras la que andas si nadie va a recordar siquiera lo sucedido? El pasado pasado está, Josh. Los xenófobos no tienen futuro. Les tawnin no van a marcharse.

Asiento con un cabeceo. Lo que dice es cierto, pero el que algo sea cierto no implica que tengas que dejar de luchar.

Me imagino a mí mismo en la Nave de la Sentencia una vez más. Imagino a Kai acudiendo a darme la bienvenida de vuelta a casa. Imagino nuestro primer beso, inocente, puro, un nuevo comienzo. El recuerdo del aroma a flores y especias.

Hay una parte de mí que le ama, una parte de mí que ha visto su alma y anhela sus caricias. Hay una parte de mí que quiere pasar página, una parte de mí que cree en lo que les tawnin tienen para ofrecer. Y a mí, el ilusorio yo integrado, esas partes me dan una lástima tremenda.

Me giro y echo a correr. Los hombres ante mí esperan con paciencia. No tengo donde escapar.

Aprieto el detonador que tengo en la mano. Lauren me lo ha entregado antes de que me fuera. Un último regalo de mi antiguo yo, de mí mismo para mí mismo.

Imagino mi columna estallando en un millón de pequeños fragmentos un instante antes de que así ocurra. Imagino todos esos fragmentos de mi ser, átomos esforzándose por mantener una estructura un momento más, por ser una ilusión coherente.

 

Renacido, copyright © 2014 Ken Liu

De la ilustración, copyright © Richard Anderson

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12 respuestas a Renacido, de Ken Liu

  1. Patricia dijo:

    ¡¡¡Felicitaciones por el sexto aniversario del blog, y muchísimas gracias por haber elegido y traducido un cuento de Len Liu, nada menos!!

    • Patricia dijo:

      *Ken Liu

      • marcheto dijo:

        Gracias, Patricia. Ken tenía que repetir en el blog porque había ganado la encuesta. Así que hacedme caso: si queréis leer más cuentos de vuestros escritores favoritos llevad las lecturas al día y votad en las encuestas anuales. 😉

        • Patricia dijo:

          Marcheto, este blog se volvió un vicio para mí! Cada vez que publicas un cuento, empiezo a saltar de uno a otro dentro de los referenciados, y estoy horas leyendo cuentos anteriores! Y de a poco voy leyendo las compilaciones ya editadas =) ¡No sé cómo no me enteré antes de Cuentos para Algernon!! Te reitero las felicitaciones, y el agradecimiento por el trabajo hecho!!

  2. Gilberto dijo:

    ¡Muchas felicidades, Marcheto! ¡Qué gran labor y que perseverancia de trabajo desinteresado y generoso! Con enorme gratitud, profunda admiración y y genuino reconocimiento: ¡Muy larga vida a Cuentos para Algernon!
    ¡Y qué manera de celebrarlo con el genial y entonces tan poco conocido Ken Liu, que ahora es todo un referente en castellano!
    Bravo, bravo!!!

    • marcheto dijo:

      Muchísimas gracias a ti, Gilberto. Por estos seis años de apoyo, y no solo al blog. Y a mí también me gustaría que Cuentos para Algernon tenga todavía una larga vida por delante, aunque los años ya van pesando.
      Y tener a Ken Liu (y encima con este pedazo de cuento) como celebración de aniversario es sin duda todo un honor y un lujo.

      • Gilberto dijo:

        ¡Lo que has hecho ha trascendido ya! Cuentos para Algernon ha dejado huella y suceda lo que suceda seguirá iluminando y llenándonos de maravilla.
        Yo insisto: el lujo de tener a Ken Liu entre nosotros -y me refiero a todos sus cuentos y novelas- como a muchos otros, ¡Te lo debemos a ti!
        Un muy fuerte abrazo.

  3. jenofontealfa dijo:

    Sumarme y compartir las felicitaciones.
    Sin dudas un gran cuento y una excelente elección y adición a este gran proyecto literario.
    Salud por muchos años más!!!

    • marcheto dijo:

      Muchísimas gracias. La verdad es que yo siempre he considerado el blog como un proyecto pequeñito, pero, tras estos seis años y más de 80 cuentos publicados, reconozco que no es que sea grande, pero sí que tiene mayor enjundia de la que jamás pensé llegaría a tener. 😀

  4. Vizcaíno dijo:

    Felicidades por estos 6 años, que tal un recopilatorio de los mejores cuentos de los 5 primeros? se podría hacer un ebook? podríamos subirlo a amazon y publicarlo bajo demanda?

    • marcheto dijo:

      Antes de nada, muchas gracias por las felicitaciones.
      En cuanto a lo del ebook, lo veo complicado. Supongo que dejaría de ser un proyecto no comercial y requeriría firmar contratos con todos los autores (y tratar con sus agentes, en lugar de directamente con los propios autores como hago yo en la mayoría de los casos). Si hubiera alguna editorial interesada en lanzarse a ello y encargarse de toda esa gestión farragosa, por mi parte todo serían facilidades, pero yo no conozco el negocio editorial para poder embarcarme en ese proyecto por mi cuenta. Porque además eso me robaría el tiempo que ahora mismo dedico a traducir nuevos cuentos. Así que me temo que la edición física de “Lo mejor de Cuentos para Algernon” se quedará en algo que hubiera sido muy bonito que existiera pero que nunca llegó a existir.

  5. Javier Nostromo dijo:

    Felicidades por estos seis años, Marcheto.
    Saludos

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