Amarillo muerto, de Tanith Lee – Especial ultracortos XII

Tanith Lee es una prolífica autora inglesa que, hasta su fallecimiento en 2015, publicó docenas de novelas y cientos de relatos, muchos de ellos compilados en sus cerca de treinta colecciones. Aunque su obra se encuadra principalmente dentro de la ciencia ficción, fantasía y terror, a lo largo de sus más de cuarenta años como escritora también tocó otros géneros, como la poesía y la literatura histórica e infantil. Gracias a esta vasta obra consiguió ganar varios premios Mundiales de Fantasía y estar nominada a la mayoría de los galardones más destacados del género. Si bien es cierto que un puñado de sus novelas y relatos se han traducido al español, esto fue hace ya bastantes años (alrededor de 1990, mayormente), y tal vez hoy en día esté un tanto olvidada por aquí. Así que espero que aprovechéis la oportunidad de poder disfrutar de esta breve muestra de su extensa obra.

Amarillo muerto (Dead Yellow) se publicó en 2008 en la prestigiosa revista científica Nature. Posteriormente fue incluido en Space Is Just a Starry Night (Aqueduct Press), una de las colecciones de relatos de la autora. Son menos de mil palabras, así que lo mejor es que no diga nada más y que paséis directamente a leerlo. Eso sí, no sin antes darle las gracias a John Kaiine, sin cuya generosidad este cuento no estaría aquí. Thanks, John!

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Amarillo muerto

Tanith Lee

Este fue mi vestido de boda. En su momento, mi elección de color provocó los comentarios de la gente, pero con el pelo como lo tenía entonces quedaba bien. Me acuerdo de que había narcisos en flor, pero no te voy a enseñar las fotografías. Ahora ya, ¿para qué?

¿Que cuándo empezó? Oficialmente en 2036, pero antes los periódicos ya llevaban años informando de curiosas anomalías. Y la gente, percatándose de cosas. Al principio pensaban que eran ellos los que tenían algún problema y se asustaban, de ahí que haya tantos casos registrados en expedientes médicos.

¿Y yo? Bueno, creo que la primera vez que de verdad reparé en ello fue aquel día cuando estábamos paseando por el parque, algo que por entonces hacíamos bastante. Era un bonito parque, con árboles abundantes y zonas agrestes. Pero entonces oí a un niño —¿a que es curioso cómo los niños siempre hacen las preguntas más terribles?—, a un niño que le decía interpelando a un adulto, «¿Por qué todos los árboles se están volviendo marrones?». Y estábamos a finales de mayo, ¿te das cuenta?, en un verano temprano, hojas brotando por doquier, la hierba crecida y todo frondoso. ¿Que qué respondió el adulto? No me acuerdo. Pero cuando continuamos caminando, la venda, como se suele decir, se me cayó de los ojos. Ojalá no hubiera sido así. Yo también empecé a verlo.

No era como hoy en día. Entonces solo estaba empezando a imponerse, el… ¿cómo lo llamaron?… el «Fenómeno».

Era casi como mirar a través de un filtro fotográfico. Salvo porque, lógicamente, este filtro no lo cambiaba todo por completo, como hubiera sido lo normal.

Ninguno de los dos dijo nada al otro. Aunque yo me di cuenta de que él, mi marido, también había empezado a verlo en esos momentos. Continuamos charlando y bromeando, incluso paramos a tomarnos un café y un dónut en la cafetería del parque. Pero una sombra inquietante nos iba envolviendo. Y un silencio.

Durante varias semanas no hicimos comentario alguno sobre el asunto. Una noche estábamos preparando la cena y —lo recuerdo con toda claridad— de pronto él se quedó mirando la encimera y preguntó:

—¿De qué color dirías que es ese pimiento?

—Naranja o así, supongo; es un pimiento naranja— respondí yo

—No, es un pimiento marrón —dijo él—. Y la lechuga, esa es una lechuga marrón claro, solo los bordes son… azul claro.

De pronto nos habíamos convertido en dos estatuas, mientras en la cocina el agua bullía con total despreocupación. Y entonces él dijo:

—Hoy un compañero del trabajo ha ido a su revisión oftalmológica. Me había comentado que temía estar quedándose ciego. Pero su problema no está provocado por ningún defecto en la visión. Al parecer el oculista le ha dicho que es algo que se está generalizando.

Y entonces, como obligados a ello, miramos alrededor, a todas y cada una de las cosas: a las cortinas marrones que habían sido de un verde intenso; y a los árboles verdes que eran del color del fango, sí, incluso bajo esa luz crepuscular, más allá de las ventanas, donde al cielo azul le pasaba algo y el poniente era de un muy sombrío rojo oscurísimo. En la botella de vidrio transparente, el vino blanco brillaba incoloro, como el agua, pero la mostaza del frasco era barro. Y en mi mano, la alianza de oro había metamorfoseado en el metal sin brillo de un penique antiguo y deslustrado.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—Sabe Dios —dijo él.

Pero no creo que Dios, si es que existe, tampoco lo sepa. No más que el resto de nosotros.

Ahora ya todos lo comprendemos, o supongo que la mayoría deberíamos comprenderlo. Al fin y al cabo, se trata de un fenómeno mundial. Apenas nadie habla de ello. Aparte de los muy jóvenes, como tú, que no lo visteis suceder. Ha traído consigo montones de cambios de imagen, casas redecoradas, ropa nueva… bueno para los negocios, por lo tanto. Incluso yo me decoloré mi pelo rubio dorado para dejarlo totalmente blanco. Mejor que ese tono como de agua estancada que había pasado a tener (como mi vestido de boda, ya ves). Y si bien nadie quiere lechugas o repollos azules, marrones y negros; huevos con el centro color café; ni melocotones y albaricoques marronáceos con pinta de estar pudriéndose a pesar de estar recién cogidos, todavía quedan alimentos que se pueden comer. Manzanas y tomates que se asemejan a una vieja herida, dónuts que parecen excrementos. La industria de la joyería se resintió. ¿Quién compra ahora un topacio? Una esmeralda tallada del tamaño del ojo (marrón/gris) de un gato vale menos de nueve euro-dólares… menos que una botella de buen Pinot Gris (color té rancio). O de Merlot negro.

Para los animales es peor. Esos leopardos blancos que perdieron su camuflaje, los canarios marrones que dejaron de criar y se extinguieron… como ocurrió con leopardos y tigres. Y allá en lo alto, el Sol es del blanco del acero fundido o de un carmesí sucio; y las cenizas de la Luna, que a veces fraguan en una masa color sangre.

Al ser el amarillo un color primario no murió solo. Se llevó verde y naranja con él, y prácticamente todos los demás tonos perdieron matices o definición. Algo de lo más extraño. ¿Cómo podríamos haberlo imaginado jamás? Dijeron que lo provocaba algún tipo de microbio del espectro, que atacaba solo a un elemento: el color amarillo. Nada peligroso, no había que alarmarse, inocuo para nosotros. Pero… duele. No, no te voy a enseñar las fotos. También afecta a las fotografías, por supuesto. Esa chica del vestido… marrón, el vestido marrón y los narcisos… color hueso…

¿Mi marido? Por desgracia murió joven.

Gracias por la visita. Sí, ¿verdad que es una puesta de sol espectacular?

Apocalíptica, podría decirse.

 

Copyright © 2008 Tanith Lee

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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4 respuestas a Amarillo muerto, de Tanith Lee – Especial ultracortos XII

  1. Javier Nostromo dijo:

    Me parece muy original, un apocalipsis sensorial en cierto modo.
    En el tercer párrafo, al final, hay una pequeña errata: “Yo también empecé verlo.”
    Aún tengo pendiente Botanica Veneris, qué desastre…
    Muchas gracias, Marcheto. Saludos

    • marcheto dijo:

      Corregida la errata. Muchas gracias.
      Tranquilo, el próximo cuento también va a ser corto, para que lo puedas leer en un pispás y no te agobies pensando que se te acumula el trabajo. 😉

  2. ¡Buenísimo! La idea me parece delirante. Una de esas que no se le ocurriría al común de los mortales ni en 100 años. La primera pieza de la obra corta de Tanith Lee que jamás he leído.

    • marcheto dijo:

      Alguien me comentaba que seguro que se le ocurrió cuando le falló la pantalla del ordenador y empezó a verlo todo parecido al cuento. No sé si sería el caso, pero lo que sé es que a mí ni incluso así se me hubiera ocurrido que de ahí podía salir un cuento. Supongo que por eso me dedico a traducir y no a escribir.

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