Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan, de Ian McDonald

Ian McDonald es un autor lo bastante popular para que no necesite presentación, y menos en este blog, donde hace un par de años ya tuvimos el honor de contar con uno de sus relatos, El aria de la reina de la noche. Tras la publicación en España de las dos primeras novelas de su trilogía Luna (Luna nueva y Luna de lobos), supongo que más de uno estaréis ansiosos por leer la tercera entrega, anunciada para 2019, y ¿qué mejor manera de entretener la espera que con un nuevo cuento suyo? Aunque el principal motivo por el que volvemos a tener a Ian por aquí es que El aria de la reina de la noche fue votado por vosotros como el relato favorito de la cuarta temporada del blog y, de acuerdo con las normas de la encuesta, esto me obligaba a ofreceros otro de sus cuentos.

Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan (Botanica Veneris: Thirteen Papercuts By Ida Countess Rathangan) se publicó en 2015 dentro de la antología Old Venus, ganadora del premio Locus de 2016, y  a su vez no solo quedó en sexta posición de estos mismos premios, sino que además fue finalista de los Theodore Sturgeon Memorial Award. También fue incluido en las principales recopilaciones de lo mejor de ese año (las de Jonathan Strahan, Gardner Dozois, Rich Horton, Neil Clarke y Allan Kaster), y repescado en diciembre de 2017 para su publicación online en la revista Clarkesworld.

Old Venus fue editada por George R. R. Martin y el recientemente fallecido Gardner Dozois, y era en cierta manera una continuación de Old Mars, al compartir ambas antologías la misma premisa: se trataba de ofrecer obras que recuperan el espíritu pulp y aventurero de gran parte de la ciencia ficción de la Edad de Oro del género, aunque en esta ocasión el escenario tenía que ser Venus en lugar del Marte de su predecesora. Dado que El aria de la reina de la noche era uno de los relatos incluidos en Old Mars y fue tan bien recibido entre vosotros (no solo ganó la encuesta, sino que quedó segundo en los premios Ignotus), me pareció que Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan era una muy buena opción, porque además se trata de otro relato estupendo, por el que incluso su propio autor siente una especial predilección. Si a esto le añadimos que contiene un explícito homenaje a una de las novelas que más me impresionó en mi infancia, me temo que tenía todas las papeletas para ser el escogido a pesar de su extensión (creo que es el más largo de todos los publicados en el blog). Espero que os guste.

Ya por último, quiero agradecer a Ian no solo su generosidad al cederme este segundo cuento, sino también su paciencia y amabilidad, porque de nuevo le ha tocado lidiar con mis dudas y cuestiones sobre la traducción del mismo. Thanks a million, Ian!

ACTUALIZACION I: Pinchad aquí y podréis descargar el relato en los formatos de ebook de costumbre (EPUB, FB2 y MOBI), cortesía como siempre de Johan y Jean. Dado que es un cuento bastante extenso, en esta ocasión espero que os resulten especialmente útiles.

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Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan

Ian McDonald

 

INTRODUCCIÓN, de MAUREEN N. GELLARD

Mi madre tenía instrucciones taxativas de que, en caso de incendio en casa, había que salvar dos cosas: el álbum de fotografías familiar y los granville-hydes. Yo crecí a la sombra de cinco recortados florales originales, ajena por completo a su historia y valor. Al igual que tantos otros en este y otros mundos, no empecé a apreciar el arte excepcional de mi tía abuela hasta alcanzar la edad adulta.

Los coleccionistas buscan con avidez los granville-hydes originales en esas escasas ocasiones en que salen a subasta. Los originales se venden por decenas de miles de libras (a Ida esto le hubiera hecho gracia); hace dos años, las entradas para una exposición en el Museo Victoria and Albert se agotaron con meses de antelación. Se han publicado y continúan estando disponibles docenas de colecciones con reproducciones de sus obras: de Botanica Veneris, en concreto, existen quince ediciones en veintitrés idiomas, no todos terranos.

Podría parecer que lo último que necesita el mundo es otra edición de Botanica Veneris. No obstante, el misterio de la decisiva (y única) visita de Ida a Venus continúa intrigando medio siglo después de su desaparición. Cuando la totalidad de sus diarios, cuadernos de bocetos y notas de campo llegaron a mis manos tras haber obrado en poder de los duques de Yoo durante cincuenta años, reparé en la oportunidad valiosísima de contar la verdadera historia de la expedición de mi tía abuela —y de un capítulo olvidado de la historia de mi familia— que se me presentaba. El material se encontraba en muy mal estado, enmohecido y deteriorado por el clima húmedo y caluroso de Venus. Había considerables fragmentos que resultaban ilegibles o faltaban sin más. La narración estaba frustrantemente incompleta. He resistido la tentación de rellenar esos huecos. Hubiera sido sencillo dramatizar, novelar e incluso otorgarle un toque de sensacionalismo; pero en lugar de eso he permitido que sea Ida Granville-Hyde quien hable. La suya es una voz fuerte, atractiva y con carácter; de una clase, época y sensibilidad distintas a las nuestras, pero es la original y es una voz genuina.

Huelga decir que los recortados hablan por sí mismos.

 

Figura 1: V strutio ambulans: planta peripatética de Ducrot, conocida en la zona como paseante diurna (thent) o florerrante (thekh).

Papel de recortar, tinta y cartulina.

 

¡Qué gran espectáculo!

Durante el almuerzo, Het Oi-Kranh comentó que estaba previsto que un aerotransbordador marciano —el En busca de la cosecha estelar— amerizase en la laguna. Yo dije que me gustaría verlo —al parecer, el amerizaje de mi propia llegada a este mundo lo pasé durmiendo—, lo que nos iba a obligar a privarnos del sorbete, ¡pero a los Mundos Interiores no se viene por los sorbetes! Het Oi-Kranh puso su coche arácnido a nuestra disposición. Poco después, la princesa Latufui y yo nos bamboleábamos en la burbuja suntuosamente tapizada bajo las seis robustas patas mecánicas que nos transportaban cuesta arriba, ascendiendo por callejones vertiginosos y escaleras serpenteantes, por encima de muros y balconadas ajardinadas, avanzando por contrafuertes y tejados, y subiendo por las antiguas escalerillas de hierro de Ledekh-Olkoi. Las islas del archipiélago son pequeñas; su población, enorme, y solo se puede construir hacia arriba. Ledekh-Olkoi se asemeja a un Monte Saint Michel mucho más extenso y tosco. Por encima de las calles se han tendido puentes y construcciones que las han convertido en una red de túneles bastante impenetrable para los forasteros. Los hets trepan sin más por encima de los hogares y vidas de las clases inferiores en sus maniobrables coches arácnidos.

Llegamos al mirador en lo alto del Starostry, el antiguo faro de Ledekh-Olkoi que antaño guio a los marineros a través de los arrecifes y atolones del archipiélago Tol. Allí nos agarramos bien —mi camarada, la princesa Latufui, tenía arcadas: vértigo, aseguraba, aunque podrían deberse a lo reciente del almuerzo—, Ledekh-Olkoi al completo a nuestros pies en una miríada de niveles y capas, como los pétalos plegados de una rosa.

—¿No necesitaríamos prismáticos? —preguntó la princesa.

¡En absoluto! Porque justo entonces, la perpetua capa de nubes grises se abrió y un rayo de luz, como una lanza rutilante, hendió los cielos. Vislumbré un objeto oscuro en descenso, y luego un borbotón mastodóntico alzándose como una docena de Niágaras. Fugaces arcoíris danzaron por el cielo; mi compañera se retorció las manos encantada —añora terriblemente el sol—, tras de lo cual las nubes se cerraron de nuevo. Círculos de olas rizaron la superficie al alejarse del casco del aerotransbordador, que tenía la línea de flotación baja, como una gran ballena, aunque este mundo alardea de fauna marina incluso más prodigiosa que las ballenas terranas.

Mi compañera aplaudió y gritó entusiasmada.

Sí, ¡un espectáculo francamente magnífico!

Los remolcadores ya zarpaban de las abrigadas dársenas del muelle Oceánico para arrastrar la nave hasta el atracadero.

Pero esto no era lo mejor que Ledekh-Olkoi tenía que ofrecer. En el archipiélago se acostumbra a dormir en balcones-diván, para disfrutar de una tregua de las emanaciones fétidas de las capas más profundas de la ciudad. Yo me había retirado para mi cóctel vespertino —de acuerdo con mi reloj, aunque de acuerdo con el Gran Día venusiano todavía era media mañana y continuaría siéndolo durante otras dos semanas—. Un movimiento junto a la pata de mi diván. ¿Qué es esto? El corazón me dio un vuelco. V strutio ambulans: la planta ambulatoria trepando ciega y despreocupadamente ¡por mi diván!

La observé avanzar, mirando a través de mi copa. Las hojas gruesas y carnosas contienen reservas de agua que mediante presión hidráulica impulsan el enrollar y desenrollar de los tres ambulae —sin duda raíces modificadas—. Un mecanismo sencillo, pero, en cuanto ve movimiento, la mente humana de inmediato atribuye personalidad y objetivo. No era un simple sistema hidráulico atraído hacia la luz y el líquido: era una valiente florecilla embarcada en un viaje épico lleno de peligros y aventuras. Durante dos horas largas tracé un boceto de la planta mientras trepaba por mi diván, atravesaba la balaustrada y continuaba su periplo ascendiendo Ledekh-Olkoi arriba. Supongo que en cualquier instante dado millones de estas flores están en migración constante por el archipiélago, pero una sola fue suficiente milagro para mí.

¡Al diablo el cóctel! Me acerqué a mi baúl espacial y desenrollé la funda de gamuza en la que estaban envueltas las tijeras. ¡Chis, chas! Cuando un recortado pide ser hecho, ¡mis dedos se abalanzan literalmente a por las tijeras!

 

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Cuando se enteró de mis intenciones, Gen Lahl-Khet me imploró que no bajara a Puerto Ledekh, pero que, si insistía (e insistí, oh, ¡bien que insistí!), al menos llevara escolta o fuese armada. Lo sorprendí enormemente al preguntarle el nombre del mejor armero que su ciudad podía ofrecer. Mejor tirador en la cacería de noviembre de Clarecourt, yo, ¡diez años seguidos! Ledbekh-Teltai es el arcabucero más famoso del archipiélago. Es ilegal importar armas extraplanetarias: una imposición que sospecho deriva de la inmensa popularidad de la caza de janthars ishtarís. La pistola que me han fabricado está hecha a medida de mi mano y de mi fuerza: pequeña, de acuerdo con mis instrucciones; potente, de acuerdo con mis instrucciones; y grabada con un bajorrelieve archipielagueño de espirales y círculos que la convierte en toda una obra de orfebrería.

 

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Puerto Ledekh era efectivamente una repugnante laceración llena de callejones y túneles iluminados por rayos de deslavazada luz grisácea que entraban por altas claraboyas. ¡Y qué hedores y pestilencias…! Aunque bueno, los malos olores nunca han matado a nadie. Una mujer terrestre sola en un lugar tan poco apropiado como ese era una novedad, pero los venusianos no humanoides me dedicaron poco más que una mirada. Estos últimos años me han agraciado con una imponente presencia física y una demoledora mirada. Los thekh, descendientes de nómadas de Asia Central arrancados en masa de su vigorizadora estepa durante el siglo XI, ahora se consideran los humanos originales, de ahí que estimen inferiores a ellos a los terranos y no esperaran gran cosa de una terrestre subhumana.

Mi presencia sí que volvió cabezas en el bar. Yo era la única hembra —bueno, la única humanoide—. De acuerdo con el Bestiario de los Mundos Interiores de Carfax, entre los semiacuáticos krid el macho es un pequeño parásito simbiótico inútil que vive en el manto de las hembras. El camarero, un thent de cuatro brazos, me acompañó hasta el reservado donde iba a reunirme con mi contacto. El bar tenía vistas al puerto Oceánico. Observé a los portuarios corretear por el inmenso casco del aerotransbordador, entrando y saliendo por escotillas que se habían abierto en el revestimiento de la nave. Esas escotillas me desagradaban: echaban a perder la perfección, la precisa y primorosa curva del revestimiento.

—¿Lady Granville-Hyde?

Un hombre de lo más untuoso: tan bien lubricado que ni le oí acercarse.

—Stafford Grimes, a su servicio.

Se ofreció a invitarme a una copa, pero aceptar hubiese sido cruzar la frontera de lo indecoroso. Eso no le impidió pedir uno para sí mismo y, al igual que los varios subsiguientes, beberlo ruidosamente mientras yo le iba planteando mis preguntas. Años de luz venusiana habían transformado su piel en arrugado cuero marrón; los ojos de bebedor atisbaban desde detrás de unos párpados terriblemente caídos: el resultado de entrecerrar los ojos escrutando la luz ultravioleta año tras año. Su cuello y manos estaban salpicados de pequeños hoyos allí donde los melanomas habían sido extirpados. Quemaduras de sol, melancolía y alcoholismo: la clásica receta para los cónsules honorarios de todo el sistema, no solo de Venus.

—Gracias por aceptar reunirse conmigo. De modo que usted lo conoció…

—Nunca lo olvidaré. ¡Perlas de Afrodita! Grandes como su cabeza, Lady Ida. Una fortuna está esperando al hombre…

—O mujer —lo corregí con tono de censura, y activé con disimulo el anillo grabador bajo mi guante.

 

Figura 2: V flor scopulum: flor de la bruma oceánica. El nombre es engañoso: la flor de la bruma oceánica no es una flor, sino un animálculo coralino de los arrecifes aéreos del océano Tellus. Lo que pasa por pétalos son superficies de absorción que captan la humedad de las frecuentes nieblas oceánicas de aquellas latitudes. Pistilos y estambres lucen palpos pegajosos, con una función semejante a la de las telarañas terranas: atrapar presas. Venus se enorgullece de todo un ecosistema de insectos marinos desconocidos en la Tierra.

Este es el recortado más tridimensional de la Botanica Veneris de lady Ida. Las reproducciones solo alcanzan a transmitir una ligera idea del aire escultórico del original. Los pétalos han sido rizados por los bordes con el lado romo de un par de tijeras. Cada uno de los doscientos ocho palpos ha sido combado para que se alce arrogante desde el fondo de papel negro.

Papel cebolla, cartulina pintada a mano.

 

EL CUENTO DEL CÓNSUL HONORARIO

Perlas de Afrodita. Las perlas que no tienen precio, en verdad. Las perlas de starosts y aztars. Pero los arrecifes nebulosos están llenos de peligros, lady Ida. Parten a un hombre limpiamente por la mitad, esos bivalvos. Le aplastan la cabeza cual melón vulpeculano. Le atrapan una mano o un tobillo y lo ahogan. Las perlas de Afrodita son perlas de sangre. Una fortuna espera a quienquiera que las pueda cultivar, mi estimada señora. Un hombre encantador, Arthur Hyde, con ese acento irlandés que hacía sonar todo lo que decía como una auténtica bendición celestial. Con su encanto habría sido capaz de ganarse a cualquiera, hasta a los avios venusinos… pero sencillo, nada afectado. No fue ninguna sorpresa descubrir que era de linaje aristocrático. La calidad, imposible de ocultar. Por aquel entonces, yo era propietario de un negocio: excursiones de pesca por el archipiélago. La leyenda del Ourogoonta, la isla que es un pez, era un gancho tremendo. ¡Imagínese atrapar uno de esos! Por descontado que jamás ocurrió. No, yo los acompañaba, les mostraba los arrecifes nebulosos, las colmenas krid, la migración de los peces alados, las medusas aéreas; me encargaba de que pillaran una buena cogorza en el barco, les sacaba fotografías posando junto a algún pez jabalina descongelado que ellos no habían pescado. Dinero fácil, sencillo y honrado. ¿Por qué no me bastaría? Yo mismo había jugado así bastantes veces: beber una por cada dos del cliente; sin embargo, aquel atardecer piqué, en la taberna Barlovento, bebiendo cachaça caliente y especiada mientras entre los chapiteles de la guarida-colmena krid abandonada el viento nocturno aullaba como almas atrapadas de marineros ahogados. Bebiendo días y días durante el Gran Crepúsculo, una suya por dos mías. Encantador, la mar de encantador… hasta que entregué mi barco como garantía de su plan. Él compraría un planctonero: un barco recolector que no era más que una vieja carraca sin una chapa sin abolladuras y ni un remache en condiciones. Lo sembraría con esporas y lo mandaría rumbo norte arrastrado por la gran corriente circular, como un arrecife nebuloso marítimo. Cinco años tarda esa corriente en dar la vuelta al globo antes de regresar a las aguas árticas que la vieron nacer. Cinco años es asimismo el tiempo que tarda la almeja de Afrodita en madurar; lo que llamamos perlas no son tal cosa. Esperma, lady Ida. Esperma solidificado. En el agua, se disuelve y dispersa. Todos los Grandes Amaneceres blanquea el océano Tellus. Fuera del agua, se mantiene compacto: la joya más preciada. Pero basta de fluidos. Para cuando la nave arrecife alcanzase lo más profundo del norte, las almejas estarían maduras y las aguas gélidas las matarían. El trabajo sería pan comido: limpiar el casco con mangueras de alta presión, recolectar las perlas y embolsar una fortuna.

Cinco años consiguen que un hombre empiece a sentir inquietud por su inversión. Arthur nos enviaba informes semanales de bajeles krid y la Guardia Marina. Con el transcurrir de los meses, de los años, empecé a sospechar que la verdad se había desviado bastante de las coordenadas de esas cartas náuticas. No estaba solo en mis sospechas. Formé un consorcio con el resto de inversores y fleté un ‘rigible.

Y allí, a 60º de latitud norte y 175º de longitud este, encontramos el barco —o lo que quedaba de él, de tan cubierto como estaba por almejas de Afrodita—. Nuestra inversión había sido rodeada y abordada por cuatro cantoons krid; cuando llegamos estaban ocupados desvalijándola con alabardas y garfios. Los muelles y superestructuras ya estaban verdes de carne de almeja y púrpura de sangre krid. Arthur estaba plantado en la popa agitando frenéticamente una bandera con la cruz de San Patricio, indicándonos por gestos que nos marcháramos, que nos alejáramos.

¡Los piratas krid estaban saqueando nuestra inversión! Y todavía peor: habían tomado prisionero a Arthur. Nosotros éramos unos simples trotacielos desarmados, así que pusimos pies en polvorosa y enfilamos hacia el castillo más cercano de la Guardia Marina para pedir ayuda.

Encantador. Un malnacido hijo de puta encantador. Sé que es de su misma sangre, pero… ¡tenía que haberme dado cuenta! Si los piratas krid lo hubiesen capturado no le hubieran dejado ondear una maldita bandera para advertirnos.

Cuando llegamos con una lancha de las fuerzas del orden, lo único que encontramos fue el casco del planctonero flotando invertido y una bandada de avios atiborrándose con los despojos de las almejas. ¡Engañados! Piratas… ¡y una leche! Discúlpeme. Aquellos cuatro cantoons estaban cargados hasta los topes de trabajadores contratados. En ningún momento tuvo intención de dividir las ganancias con nosotros.

Lo último que supimos de él: había convertido el botín en títulos al portador del Banco de Ishtar —mejores que el oro— en Yez Tok y se había dirigido hacia el interior. Eso fue hace doce años.

Su hermano me costó mi negocio, lady Granville-Hyde. Era un buen negocio; podría haberlo vendido, ganado una pequeña fortuna; comprado una casa en Ledekh Syant —a lo mejor incluso regresado a la Tierra para terminar mis días rigiéndome por un calendario decente—. En lugar de eso… Bah, qué más da… Por favor, créame cuando le aseguro que no siento animadversión hacia su familia, tan solo hacia su hermano. Si llegase a encontrarlo —y habida cuenta de que yo he fracasado, dudo sobremanera que usted lo logre—, recuérdeselo, y recuérdele que todavía tiene una deuda conmigo.

 

Figura 3: V lilium aphrodite: lirio marino archipielagueño. «Camina por el agua» en thekh; no hay una traducción comprensible del nombre krid. Planta diurna omnipresente y fecunda; se reproduce de manera tan agresiva durante el Gran Día hespérido que, cuando llega el Gran Atardecer, sus flores obstruyen bahías y puertos, y barcos rompeflores especiales deben reabrir el paso.

Papel pintado, papel de seda con marca de agua venusiana, tintas y cartulina rizada con tijeras.

 

Una camarada tan admirable, a la que aprecio tanto, la princesa Latufui. Ella sabía que le había escatimado la verdad con mi excusa de la compra de papel, cuando bajé a Puerto Ledekh para reunirme con el cónsul honorario. Y más cuando regresé sin papel alguno. Durante los días anteriores a nuestra partida hacia Ishtaria me entretuve con dos recortados: el lirio marino y la flor de la bruma oceánica (aunque esta no sea una flor, según mi ejemplar del Bestiario de los Mundos Interiores de Carfax). A ella no la engañó mi laboriosidad y me sentí sucia y venal. Todas las mujeres tonganas son dignas, pero la princesa posee tal nobleza innata que la mera idea de mentirle ofende a la propia naturaleza. El orden moral del universo se altera. ¿Cómo puedo decirle que mi visita a este mundo es toda ella una trama de mentiras?

 

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Buen tiempo de nuevo, con los invariables vientos suaves y cielos grises sin fin. Soy de Irlanda, se supone que a nosotros la nubosidad permanente nos sienta de maravilla, pero hasta yo me descubro añorando vislumbrar el sol. Pobre Latufui: está palideciendo por la falta de luz. Su piel está blanquecina; su cabello ha perdido el lustre. Tenemos por delante una larga espera hasta disfrutar de un atisbo del sol: Carfax señala que el cielo se despeja parcialmente durante el amanecer y el crepúsculo del Gran Día venusiano. Confío en haber abandonado este mundo para entonces.

Nuestro barco, el Diecisiete navegantes distinguidos, es una jaicoona krid veloz y sólida; entre los krid, los marinos son las hembras, que no les van a la zaga a los varones de mi mundo en cuanto a suntuosidad y prodigalidad en la taxonomía de sus naves. Por lo visto, una jaicoona es un rápido vapor catamarán para mercancías y viajeros, construida con vistas al comercio en el archipiélago. Lo de navegar no es lo mío, pero el Diecisiete navegantes distinguidos era la única opción que nos iba a permitir llegar a Ishtaria en un tiempo razonable. La princesa Latufui asegura que se trata de una nave robusta y magnífica, si bien construida de acuerdo a las dimensiones alienígenas: ella ya se ha dado varios golpes, y muy dolorosos, en la cabeza. Pronostica Con Tino, la capitana, habiendo reconocido en la princesa a otra loba de mar, entabla prolongadas conversaciones con ella sobre archipiélagos y travesías entre islas, que hacen acordarse terriblemente a Latufui de sus ínsulas natales. El resto de humanos a bordo son un altanero thekh y Hugo von Trachtenberg, un alemán muy pagado de sí mismo, perteneciente a la categoría de cabezas de chorlito que se estiman caballerosos aventureros pero que son poco más que farsantes presuntuosos. No obstante, habla krid (todo lo bien que un humano puede hablarlo) y ejerce de intérprete entre la princesa y la capitana. Es una verdad venusiana universalmente admitida que dos mujeres viajando en solitario necesitan un protector masculino. Herr von Trachtenberg llena las tediosas horas con lo que es su idea de cháchara amena… Y por las noches, las partidas interminables de Barrington. Von Trachtenberg asegura haber jugado como profesional en los casinos de las nubes; yo lo dejo ganar lo suficiente de suerte que se le sube a la cabeza, y a continuación me impongo partida tras partida. Ser diez veces campeona del torneo de bridge de parejas mixtas del condado de Kildare me basta y sobra para darle una buena tunda al Barrington. A pesar de ello, sigue sin pillar el mensaje: sí, soy una viuda adinerada, pero los lechuguinos prusianos no me interesan lo más mínimo. De modo que me retiro a mi camarote para comenzar mis estudios para el recortado de la crescite dolium.

 

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¿Tiene este mundo una vista más espléndida que el puerto de Yez Tok? Esta es una ciudad eminentemente perpendicular, de pilares y torres, mástiles y chapiteles. Las altas chimeneas de los barcos, destellantes merced a los escudos heráldicos de las familias marineras krid, se mezclan con postes tallados con figuras de dioses, un faro, las torres de la aduana y las grúas del embarcadero; a partir de cierto punto todo este panorama cede el escenario a las viviendas torre y los campaniles de la Bolsa; para, por fin, el conjunto en pleno terminar elevándose y fundiéndose con los árboles del bosque del Gran Litoral de Ishtaria, punteados aquí y allá por los tejados cónicos de las estancias de zavars thents y las figuras doradas de dioses estelares en sus minaretes. Ese bosque también asciende, un manto de verdor, hasta adentrarse en los precipicios rocosos de los despeñaderos Exx. Y allí —¡ay, qué emoción!— vislumbradas entre pasos montañosos inconcebiblemente elevados, se entrevén las rutilantes nieves del altiplano. Nieve. Frío. ¡Dicha!

No es hasta ahora, tras páginas y páginas de prosa grandilocuente, cuando caigo en la cuenta de lo que trataba de expresar sobre Yez Tok: sencillamente, es la encarnación botánica de una ciudad… ¡tallos y troncos!, ¡ramas y brácteas!, ¡raíz y duramen!

Y en ella, en la ciudad que es un bosque, se halla el hombre que me ayudará a proseguir tras los pasos de mi hermano: el señor Daniel Okiring.

 

Figura 4: V crescite dolium: calabacera de la abundancia. Esta planta trepadora, muy extendida por el litoral ishtarí, se ha adaptado tan bien a los entornos urbanos que sería considerada una mala hierba de no ser por su fruto, que contiene un néctar, venenoso para krid y humanos pero apreciadísimo por los thents costeños, que lo consideran una exquisitez.

El recortado va acompañado de una nota, escrita con tinta dorada, en la que se indica el verdadero tamaño de la planta.

 

EL CUENTO DEL CAZADOR

¿Ha visto alguna vez una janthar? ¿Ha visto una janthar con sus propios ojos? Son una pasada de espléndidas, del mismo modo en que un huracán o un volcán en erupción son espléndidos. Espléndidas y terribles. Las grabaciones nunca consiguen transmitir sus verdaderas dimensiones. Imagine un caballo, con incisivos muy desarrollados. Y colmillos de elefante. Una casa que pudiera golpear a sesenta y cinco kilómetros por hora. Las grabaciones jamás logran transmitir esa sensación de masa y velocidad —ni la elegancia y la gracia—, ni que algo tan enorme pueda ser tan rápido, ¡tan ágil! Y lo que las grabaciones jamás de los jamases pueden atrapar es el olor. Huelen a curri. A curri vindaloo. Química corporal venusina. Y por eso nunca jamás comes curri durante un asjan. En la Estalva, la hierba es tan alta que incluso oculta a las janthars. El olor es el único aviso que recibes. Notas un cierto aroma a vindaloo… echas a correr.

Siempre corres. Cuando estás cazando una janthar, siempre habrá un momento en que la janthar se dará la vuelta y ella te cazará a ti. Y tú corres. Si tienes suerte, la atraerás hacia la línea de fuego. Si no… Los ‘tóctonos de la Estalva llevan siglos cazándolas con ese sistema. Uno de esos ritos de paso a la edad adulta. Como en mi propio pueblo, los masáis, que te entregan una lanza y te señalan más o menos hacia donde anda algún león. Sí, yo he matado un león. También he matado janthars… y corrido delante de todavía más.

Los ‘tóctonos tienen una palabra para ello: el pnem. El tonto que corre.

Así es como conocí a su hermano. Se presentó candidato para trabajar como pnem para Asjans Okiring. Aseguró tener experiencia, haber trabajado ya en Hunderewe en el negocio de cacerías de Costa. No me hizo falta llamar a Costa para saber que su hermano era un mentiroso. Pero me cayó bien: el tipo tenía encanto y no se tomaba a sí mismo demasiado en serio. Yo sabía que como pnem no iba a durar ni cinco minutos. Me lo llevé al campamento como camarero. Les gusta el servicio personalizado, a los cazadores. Cuando te puedes permitir volar a Venus con tus amigos para correrte una juerga, esperas tener a alguien que se encargue de limpiarte el culo. Con esos capullos, el encanto funciona. Su hermano los conquistaba con halagos y conseguía hacerlos beber. Lo invitaban y, en un visto y no visto, les había sonsacado la historia de su vida —aparte de mucho más—. Además era un tío precavido: siempre una copa por detrás de ellos, y a la mañana siguiente se levantaba temprano, desde el primer momento los ojos bien abiertos y la vista de lince. Les llevaba té a la cama. Les ahuecaba la almohada. Siempre el primero en ganarse una propina. Yo estaba al tanto de sus tejemanejes, pero lo hacía tan bien… por algo lo había contratado yo, ¿o no? Así que aristócrata… ¿Por qué será que no me sorprende? Tres partidas de caza más tarde ya lo había nombrado Maître de la Chasse. Me llegó que anteriormente ya había ganado y perdido una fortuna… ¿es cierto? ¿Ladrón de joyas? ¿Por qué será que tampoco eso me sorprende?

El decimotercer conde de Mar se consideraba todo un cazador. Contrató un Gran Asjan de tres meses; él y cinco amigos, abriéndose camino a tiros desde el Gran Litoral hasta la Estalva. Esposas, maridos, amantes, criados personales, veinte asjanis thents y una caravana de cuarenta graapa para transportar maletas y equipajes. Tenían un graap solo para el champán —importado desde la Tierra, hasta la última gota—. Armaban tanto escándalo que se despejaban quince kilómetros de bosque a la redonda. Menuda panda de cafres: preparábamos los tollos junto a abrevaderos para que pudieran liarse a disparar a bocajarro. Eso no es cazar. Cada día mandábamos de vuelta una docena de porteadores con pieles y trofeos. Me sorprendía que quedara algo que mandar, con la cantidad de metal que les embutían a esas pobres bestias. El hedor a putrefacción… ¡la leche! El cielo estaba negro de tantos avios carroñeros como había.

Su hermano se superó a sí mismo: educado, sin perder los papeles, encantador, ingenioso, la atención personificada… Sí, atentísimo. Sobre todo con lady Mar… No es que ella fuera torpe con las armas, pero creo que se hartó de las gracias de club masculino de los caballeros. O a lo mejor simplemente de la despiadada carnicería. Fuera lo que fuera, empezó a quedarse cada vez más en el campamento, donde su hermano se encargaba de atenderla. Aristócratas… se huelen a la legua entre ellos.

Así que Arthur se tiraba a la lady mientras nosotros proseguíamos a tiro limpio nuestro brutal, sangriento y salvaje recorrido camino de la Estalva Alta. El décimo tercer conde no se iba a quedar tranquilo hasta haber ido en pos de una janthar. Tres de cada cinco asjanis jamás llegan a cruzarse con una. El diez por ciento de los cazadores que van a por una janthar no regresan. ¡Nada más que el diez por ciento! Sin problema entonces, según el conde.

Veinticinco veces dormimos allá arriba, mientras el Gran Día mudaba en Gran Atardecer. Yo no tenía intención de quedarme en la Estalva durante la noche. No es solo una estación distinta: es un mundo distinto. Las criaturas salen de su letargo, de cubiles, del suelo… No, ni por toda la fortuna de los condes de Mar iba a pasar yo la noche en la Estalva.

Para entonces ya habíamos abandonado el campamento base. Llevábamos lo indispensable, dormíamos al raso junto a nuestras monturas con una oreja pegada a la radio. Y entonces llegó la llamada: ¡huellas de janthar! Un asjani había dado con un rastro reciente que atravesaba un prado de hierbalanza a ocho kilómetros al norte de donde nos encontrábamos. En un santiamén estuvimos montados y lanzados a toda carrera por la Estalva Alta. El conde cabalgaba como un loco, fustigando su graap hasta hacerlo galopar a una velocidad temeraria. ¡Tonto del culo!: de los incontables tipos de pradera de la Estalva, los de hierbalabarda, con sus altas briznas, son los más peligrosos. Podías tener una janthar a un palmo de las narices y no verla. Y la hierbalabarda desorienta, refleja el sonido, ofusca. Pero el conde de Mar y sus compinches echaban los consejos en saco roto. Su esposa se rezagó —alegó que su montura estaba renqueando un poco—. ¡¿Por qué no diría nada cuando Arthur se quedó atrás para escoltarla?! Aunque claro, lo que me preocupaba era conseguir que todo el mundo saliese vivo del prado de hierbalabarda.

Entonces el conde clavó la picana en el flanco de su graap y, antes de que yo pudiese hacer nada, había desaparecido. Encendí la radio: ¡formad una línea de fuego! Ese necio chalado se disponía a correr en persona delante de la janthar. ¡Aristócratas! Mis disculpas, señora. Instantes después, su graap reapareció estrepitosamente por entre la hierbalabarda, dispuesto a reunirse con sus congéneres. Mi única esperanza era montar una armada y confiar —mientras rezaba por ello— en que el conde atrajera a la janthar justo hasta nuestro fuego cruzado. Para detener a una janthar se necesita tela de munición. Y en una pradera con la hierba tan alta como aquella, donde apenas te ves la mano a un palmo de la cara, tenía que distribuir los puestos de tiro con todo el cuidado del mundo para evitar que esos idiotas se acribillaran entre ellos.

Más o menos conseguí repartirlos formando algo parecido a una armada. Yo me reservé el centro: el lakoo. A su hermano y a la lady les ordené que ocuparan el jeft y el garoon: las dos últimas posiciones del ala izquierda de la línea de fuego. Por último hice apagar la radio a todo el mundo. Los ‘tóctonos te enseñan a mantenerte inmóvil, escuchar y diferenciar lo seguro de lo mortal. Silencio, y a continuación un estrepitoso rosario de chasquidos. Mi atalayadora me avisó, pero no hacía falta que me lo dijera: ese era el sonido de la muerte. Tan solo me quedaba confiar en que el conde se acordara de correr en línea recta y en que no tropezase con nada y en que la armada disparara a tiempo… cien cosas que esperar. Cien maneras de morir.

El sonido más aterrador del mundo: ¡una janthar en plena persecución! Suena como si llegara de todas partes a un mismo tiempo. Les grité: todos quietos, bien quietos; ¡no disparéis todavía! Y entonces lo olí. Nítido, penetrante: inconfundible. Curri. ¡Vindaloo!, ¡Vindaloo!, anuncié a voz en cuello. Y allí estaba el chalado del conde, emergiendo del cañaveral. ¡Menudo loco!, ¿en qué estaría pensando? Estaba en el lugar equivocado, corriendo en dirección equivocada. Los únicos que podrían haberlo cubierto eran Arthur y lady Mar. Y allí, detrás de él: la janthar. La mayor que jamás había visto. La Madre de Todas las Janthars. ¡La Reina de la Estalva Alta! Me quedé de piedra. Todos nos quedamos de piedra. Era como tratar de matar a una montaña. Grité a Arthur y a lady Mar. ¡Disparad! ¡Disparad ya! Nada. ¡Disparad por el amor de todas las estrellas! Nada. ¡Disparad! ¿Por qué no disparaban?

Los ‘tóctonos encontraron al decimotercer conde de Mar esparcido por un centenar de metros.

No habían disparado porque no estaban allí. Estaban dale que te pego como perros: el hermano de usted y la lady, donde habían abandonado la partida de caza. Ni siquiera habían oído llegar a la janthar.

Una mujer extraña, lady Mar. Su rostro apenas se inmutó cuando se enteró de la terrible muerte de su esposo. Como si no la pillara por sorpresa. Huelga decir que cuando recibió la herencia se convirtió en una mujer tremendamente rica. Y de ningún modo su hermano iba a volver a trabajar para mí. Lástima. Me caía bien. Si bien no puedo evitar pensar que en ese sórdido asuntillo fue manipulado tanto como manipuló. ¿Asesinó la lady a su marido? Había demasiado que dependía del azar. Lo que no quita para que fuera un accidente de lo más conveniente. Y no puedo evitar pensar que el decimotercer conde sabía lo que su señora se traía entre manos; y una dosis excesiva de cuernos lo empujó a demostrar su hombría.

La janthar rondó las tierras altas durante años. Se convirtió en una leyenda. Todos los aristócratas cenutrios de los Mundos Interiores que se las daban de Gran Cazador Terrano fueron a por ella. Ninguno llegó a atraparla, aunque el bicho se cobró cinco vidas más. La Asesina de Hombres de la Selva. Terminó cayendo en una trampa de mordaza ’thone y murió empalada en un estaca punji, devorada por la gangrena. A todos nos llega nuestra hora. Sin carrera final, sin cazadores apostados, sin trofeos.

Su hermano —tal como he dicho, me caía bien aunque nunca me fie de él—, su hermano se marchó cuando estalló el escándalo; se dirigió hacia el interior, dejó atrás la Estalva y se adentró en los Despeñaderos. Oí rumores de que se había unido a un grupo de javrosts mercenarios que luchaban en la altiplanicie.

Botánica, ¿verdad? Una ocupación menos peligrosa que la caza mayor.

 

Figura 5: V trifex aculeatum: trífido ornitóvoro de Stannage. Planta nativa del bosque del Gran Litoral de Ishtaria. De costumbres carnívoras, utiliza sus dulces exudaciones para atraer a pequeños avios que se alimentan de néctar, y luego los mata con su estilo con forma de látigo y su pegajoso estigma venenoso.

Papel para recortar, tintas, papel de seda plegado.

 

La princesa se está cepillando el cabello. Es algo que hace todas las noches, ya esté en Tonga, en Irlanda, en la Tierra, a bordo de un aerotransbordador o en Venus. El ritual es invariable. Se arrodilla, se quita las horquillas y suelta el apretado moño permitiendo que el pelo caiga y recupere su extensión natural, hasta la cintura. Entonces coge dos cepillos de dorso plateado y, con movimientos amplios y vigorosos, se cepilla el pelo desde la coronilla hasta las puntas. Cien pasadas, que va contando con una rima tongana que me encanta oír.

Una vez ha terminado, limpia los cepillos, los guarda de nuevo en el estuche forrado de paño, coge un frasco de aceite de coco y se lo aplica por el cabello. Un dulce aroma a coco impregna el ambiente, que me recuerda muchísimo a las primaverales flores de la aulaga de mi tierra. Se aplica a ello paciente y concienzudamente y, al acabar, vuelve a enrollar el cabello en un moño y lo sujeta con horquillas. Una tarea sencilla y repetitiva, a la que se entrega por completo, y que me conmueve hasta dejarme al borde de las lágrimas.

¡Qué cabello tan hermoso tiene mi amiga Latufui! ¡Cuán profundo es mi cariño hacia ella!

 

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Estamos durmiendo en una hohvandha, una posada thent al borde de la Gran Carretera Norte en el cantón Hoa, en el bosque del Gran Litoral. Las ramas de los árboles arañan los postigos de mi ventana. El calor, la humedad, los ruidos de animales… todo ello resulta agobiante. Estamos lejos de las refrescantes brisas del mar Vestal. Yo me marchito, pero Latufui se deleita con el calor. En este bosque, las criaturas arbóreas poseen voces más profundas que en Irlanda: bramidos y graznidos, rugidos estentóreos. Cómo me gustaría poder pasar aquí la noche —la Gran Noche—, porque mi Carfax me dice que el bosque del litoral ishtarí contiene la mayor concentración de criaturas luminosas de este mundo: hongos, plantas, animales y ese filo intermedio peculiar de Venus. La claridad casi alcanza a la del día. He realizado algunos estudios diurnos de la flor estelar —ningún herbario venusiano puede considerarse completo sin ella—, pero tendré que confiar en que en Loogaza, donde embarcaremos para emprender el trayecto a través de la Estalva, pueda conseguir pintura luminiscente, si es que quiero llevar ese recortado a buen puerto.

Mi querida Latufui ya ha terminado y ha guardado los cepillos en la caja forrada de paño verde. ¡Es una amiga verdadera y leal! Nos conocimos en Nuku’alofa, durante la etapa tongana de mi tratado botánico del Pacífico Sur. El rey, su padre, me cursó una invitación —era un ávido coleccionista— y durante la recepción fui presentada a su amplísima familia, incluida Latufui, cuya sensatez, dignidad y vivacidad me conquistaron de inmediato. Latufui me invitó a tomar el té al día siguiente —una ceremonia de lo más solemne— y me confesó que, siendo como era una de las princesas menores, su única esperanza de lograr algo en la vida pasaba por un buen matrimonio, institución que no la atraía lo más mínimo. Por mi parte le expliqué que mi visita al Pacífico Sur era una manera de pasar una temporada lejos de lord Rathangan —dado que desde hacía ya unos años estaba claro que mi marido no sentía interés alguno por mí (ni yo por él)—. Latufui y yo éramos dos damas nobles de temperamentos y necesidades compatibles, y de inmediato nos convertimos en grandes amigas y compañeras inseparables. Cuando Patrick se pegó un tiro y Rathangan pasó a mi propiedad, nos pareció perfectamente natural que se trasladase a vivir conmigo.

Soy incapaz de concebir la vida sin Latufui; no obstante, no he sido totalmente sincera sobre mis motivaciones para esta expedición venusiana, por lo que me siento profundamente avergonzada. ¿Por qué no puedo confiarle la verdad? ¡Malditos secretos! ¡Malditos fingimientos!

 

V stellafloris noctecandentis: flor estelar venusiana. Su nombre es el mismo en thent, thekh y krid. Se ha convertido en una popular planta de jardín en la Tierra, donde se la conoce como baya luminosa, aunque el nombre sea falaz. Su aspecto es el de un racimo de bayas blancas que brilla de noche, aunque las bayas son en realidad brácteas globulares con las flores bioluminosas en el centro. Algunas variedades concretas de esta flor han sido utilizadas tradicionalmente para dotar de iluminación durante la Gran Noche a los asentamientos venusinos.

Papel, pintura luminiscente (no reproducida aquí). La obra original es ligeramente radioactiva.

 

En el tren elevado camino de Camaju.

Disponemos de nuestro propio vagón, de vetusta madera de gothar, que todavía desprende un aroma especiado. Las hamacas no me convencen en absoluto. De hecho, todo el tren avanza con un oscilante movimiento de balanceo que me hace sentir mareada. En el caravasar de Loogaza, este armatoste parecía ridículo además de poco práctico. Sin embargo, aquí, entre las altas briznas, se manifiesta su genialidad. Las ruedas de seis metros de alto nos transportan por encima de la hierba, aunque temo que esta pueda ser presa de las llamas: el tractor a vapor en la cabecera del tren despide violentos torbellinos de hollín y ascuas.

Me encuentro a gusto quedándome en mi vagón y trabajando en el estudio de esta planta herbácea de la Estalva, que creo puede resultar de lo más escultural. El balanceo me hace cometer abundantes errores con las tijeras, pero creo haber atrapado la naturaleza liviana, casi sedosa, de las cabezuelas. Al pertenecer a un pueblo de navegantes, la princesa se encuentra como en casa en este ondulante océano herbáceo y pasa gran parte del tiempo en la plataforma mirador, contemplando las figuras que el viento dibuja en la pradera.

Fue allí donde entabló conversación con el honorable Cormac De Buitlear, un compatriota irlandés. Como era inevitable, este se ganó a la princesa y pocos minutos después ya estaba tomando té en nuestro vagón. Los Mundos Interiores están plagados de jóvenes que aseguran ser el hijo menor de algún aristócrata irlandés de chichinabo, pero unos minutos de amable interrogatorio demostraron que no solo era el honorable Cormac —de los De Buitlear de Bagenalstown— sino además un pariente, lo bastante cercano para estar al tanto del fallecimiento de mi esposo y del escándalo de la Emperatriz Azul.

Nuestra conversación se desarrolló tal que así:

ÉL: Los Hyde de Grangegorman. Mi padre frecuentaba mucho a su hermano mayor… ¿cómo se llamaba?

YO: Richard.

ÉL: Su hermano pequeño ¿no era un poco la oveja negra de la familia? Me acuerdo de aquel escándalo tremendo. Una joya: un zafiro grande como un huevo de tordo. Sí, esa fue la expresión utilizada en los periódicos. Un huevo de tordo. ¿Cómo se llamaba?

YO: La Emperatriz Azul.

ÉL: ¡Sí! Justo. Un obsequio que le hizo al abuelo de usted una princesa marciana. Por los servicios prestados.

YO: Mi abuelo la ayudó a escapar por la estepa de Tharsis durante la revolución del 11, y luego organizó las Brigadas Blancas para ayudarla a recuperar el Trono Jaspe.

ÉL: Su hermano, no el mayor… ustedes se despertaron una mañana y se encontraron con la piedra desaparecida y con que él se había esfumado. Había sido robada.

Noté que la falta de pelos en la lengua del honorable Cormac alteraba a la princesa Latufui; pero, si uno hace suyos los privilegios de una familia noble, asimismo debe asumir sus deshonras.

YO: Nunca se demostró que Arthur robara la Emperatriz Azul.

ÉL: No, no, pero ya sabe lo chismosos que somos en nuestra tierra. Y reconocerá que su desaparición fue la mar de oportuna. ¿Hace cuánto de aquello? Dios, yo debía de ser un churumbel.

YO: Quince años.

ÉL: ¡Quince años! ¿Y ni una palabra? ¿Saben siquiera si está vivo?

YO: Creemos que huyó a los Mundos Interiores. Cada pocos años nos llegan rumores de que ha sido visto, pero en su mayoría son tan contradictorios que los descartamos. Él ya hizo su elección. En cuanto a la Emperatriz Azul: hecha añicos y vendida largo tiempo atrás, No albergo ninguna duda.

ÉL: Y mira por dónde que me la encuentro a usted aquí, de excursión por los Mundos Interiores.

YO: Estoy elaborando un nuevo álbum de recortados: la Botanica Veneris.

ÉL: Por supuesto. Si me permite el atrevimiento, lady Rathangan: la Emperatriz Azul, ¿usted cree que fue Arthur quien la cogió?

No le brindé respuesta verbal alguna, sino que negué con un ligerísimo cabeceo.

 

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La princesa Latufui había estado inquieta durante el atardecer —es decir, durante el lapso de tiempo que antecede a la hora de dormir: para el Gran Atardecer todavía faltaban muchos días terranos—. ¿Es posible llegar a adaptarse plenamente al desmesurado calendario venusiano? Arthur lleva quince años en este planeta, ¿habrá sido subsumido no solo por otro mundo sino también por otro reloj, por otro calendario? Trabajé en mi recortado de la hierba estalveña —descubro que curvar los nudos que soportan las hojas le proporciona la tridimensionalidad necesaria—, pero mi corazón no estaba en ello. Latufui bebía sorbitos de té, daba torpes puntadas y revolvía los periódicos; finalmente abrió la puerta del compartimento presa de la frustración y me pidió que la acompañase a la plataforma mirador.

El movimiento bamboleante del tren elevado me obligó a aferrarme desesperadamente a la barandilla, pero la altiplanicie se veía nítida y lozana, como almidonada y, a lo lejos, una larga hilera en el horizonte más allá de la humeante chimenea del tractor y los pistones que se movían atrás y adelante, se alzaban los despeñaderos de Exx: un muro gris de un extremo a otro del horizonte. Las nubes ocultaban los picos, cual cortina colgando del cielo.

Perfilándose oscuras contra las grises montañas, divisé las agujas de los observatorios de Camaju. Los thents eran originarios de esta región; y yo sentía cierta aprensión, porque entre esas torres y minaretes se halla un hoondahvi —un fumadero de opio— propiedad de la persona que tal vez pudiera narrarme el siguiente capítulo de la historia de mi hermano, una historia cada vez más perturbadora y oscura. Una persona que no era humana.

—Ida, mi querida amiga. Hay algo que tengo que preguntarte.

—Lo que quieras, querida Latufui.

—Debo advertirte que no es algo que se pueda preguntar con delicadeza.

El corazón me dio un vuelco en el pecho. Sabía qué era lo que Latufui iba a preguntar.

—Ida, ¿has venido a este mundo para buscar a tu hermano?

Tuvo la gentileza de formular una pregunta directa. Sin preámbulos, sin los preliminares de exponer sus dudas y pruebas. Le debía una respuesta directa.

—Sí —respondí—. He venido para encontrar a Arthur.

—Eso me parecía.

—¿Desde cuándo?

—Desde Ledekh-Olkoi. Ay, no sé pronunciarlo bien. Desde que fuiste a comprar papel y goma de pegar y regresaste con las manos vacías.

—Fui a ver a un tal Stafford Grimes. Me habían informado de que había conocido a mi hermano poco después de que Arthur llegara a este mundo. Él me encaminó hacia el señor Okiring, un cazador de asjans de Yez Tok, ya retirado.

—¿Y Cama-u?, ¿es otro eslabón en la cadena?

—Lo es. Pero la Botanica no es una farsa. Tengo una obligación para con mis patrocinadores: tú conoces tan bien como yo mi situación financiera, Latufui. El difunto conde de Rathangan era un hombre despilfarrador. Esquilmó sus propiedades hasta decir basta.

—Cómo me hubiera gustado que confiaras en mí. Todas esas semanas planificando y organizando… Los mapas, los itinerarios, los billetes, las llamadas interplanetarias a representantes comerciales y factores. ¡Me hacía tanta ilusión! ¡Un viaje a otro planeta! Pero para ti siempre hubo algo más. Nada de eso era toda la verdad. Nada de eso era sincero.

—Ay, mi querida Latufui… —Pero cómo podía explicarle que no se lo había contado porque temía pensar en qué se podía haber convertido Arthur. Temores que parecían confirmados por todas esas vidas arruinadas que se habían cruzado con la suya. ¿Qué es lo que iba encontrar? ¿Quedaba algo del muchacho travieso y despreocupado que yo recordaba persiguiendo al viejo Bunty, nuestro perro, por los prados estivales de Grangegorman? ¿Reconocería a mi hermano? Peor, ¿me escucharía él?—. Hay un error que reparar. Una vieja deuda que debe ser saldada. Se trata de un asunto familiar.

—Vivo en tu casa, pero no pertenezco a tu familia —dijo la princesa Latufui. Sus palabras estaban envueltas en púas de verdad que me desgarraron—. En Tonga no nos comportaríamos así. Vuestras costumbres son distintas. Y yo creía ser para ti más que una simple acompañante…

—Ay, mi querida Latufui. —Tomé sus manos entre las mías—. Mi queridísima Latufui. Tú eres muchísimo más que una acompañante. Tú eres mi vida, pero de haber alguien que debiese comprender a mi familia esa persona serías tú. Estamos en otro mundo, pero no estamos tan lejos de Rathangan, creo. Estoy buscando a Arthur y no sé qué voy a encontrar, pero te prometo que, lo que él me cuente, yo te lo contaré a ti. Todo.

Ahora fue ella quien rodeó mis manos con las suyas, y allí nos quedamos, nuestras manos apoyadas en la barandilla de la plataforma mirador, contemplando los chapiteles de Camaju elevarse por encima de las lanzas herbáceas de la Estalva.

 

V vallumque foenum: hierbalabarda estalveña. Otra especie no terrana que ha sido muy bien acogida en los jardines ornamentales terrestres, aunque en la Tierra en ningún momento recibe la luz solar necesaria para alcanzar la misma altura que en la Estalva. Yetten en el dialecto thent estalveño.

Cartulina, papel cebolla, papel corrugado, pintura. La característica que hace único este recortado es que se despliega en tres partes. El original, en la Biblioteca Chester Beatty en Dublín, siempre se exhibe desplegado.

 

EL CUENTO DEL MERCENARIO

En nombre del Líder de los Cielos Constelados y de la Familia Espiritual Eternamente Orbitante, bienvenida a mi hoondahvi. ¡Que los apsas hablen!, ¡que los gavanda canten!, ¡que los thoo compartan sus secretos!

Sé perfectamente que no ha venido a beber, pero el saludo es estándar. Nos enorgullecemos de ser el hoondahvi más tradicional del cantón Exxaa.

¿Le molesta la música? ¿No? A la mayoría de los terranos les parece insoportable. Me temo que es una parte esencial de la experiencia hoondahvi.

Su hermano, sí. ¿Cómo podría haberlo olvidado? Le debo la vida.

Luchaba como un hombre que odia luchar. En el altiplano, cuando entrábamos en las alfarerías derribando puertas e incendiábamos las Ciudades Porcelánicas a lo largo y ancho del valle de los Hornos, los había que ardían de pasión y alegría ante la matanza y los había con rostros tan sombríos que parecían tener el alma anegada de hollín. El hermano de usted era uno de estos últimos. A nosotros nos resulta difícil leer las expresiones humanas: sus caras son de madera, como si fueran máscaras. Pero yo contemplaba su rostro y sabía que él aborrecía lo que estaba haciendo. Fue eso lo que lo convirtió en el mejor de los javrosts. Soy un veterano soldado profesional. He visto incorporarse a nuestra banda a muchísimos. A los que están enamorados de la violencia los rechazamos, a menos que sean capaces de acatar la disciplina. Pero cuando un mercenario detesta lo que hace para ganarse la plata, ha de haber algo todavía más oscuro que lo esté moviendo a ello. Existe algo que odian incluso más que la violencia que infligen.

¿Está segura de que la música le resulta tolerable? Al parecer, nuestras cadencias armónicas y acordes producen resonancias eléctricas desagradables en el cerebro humano. Como pequeños ataques epilépticos. A nosotros nos resultan francamente sedantes, como el ritmo de las contracciones de un útero pariendo.

El hermano de usted llegó a nosotros al amanecer del Gran Día 6817. Sabía montar en graap, instalar un vivac y cocinar, y era hábil tanto con la ballesta como con el acero. Nunca hacemos preguntas a nuestros javrosts —con el tiempo ellos mismos las responden todas—, pero el viento arrastra los rumores como plumón de thagoon: era un aristócrata de segunda categoría, era un jugador, era un ladrón, era un asesino, era un seductor, era un traidor. Nada que lo descalificara. Méritos suficientes.

En los Antaños, los colindantes ducados de Yoo y de Hetteten se disputaron con ferocidad el derecho a administrar el altiplano y sus lucrativas alfarerías. Desde tiempos inmemoriales había sido un territorio fuera de su control: independiente y de temple terco, con escaso respeto hacia dioses y duques. Durante generaciones los ducados se enzarzaron en contiendas que destruyeron reputaciones y fortunas y, cuando al cabo la Casa Yoo se impuso, los pueblos de la altiplanicie habían olvidado que en el pasado jamás tuvieron amos, señoras y deudas de lealtad. Es ley tanto aquí sobre la tierra como allá arriba en las estrellas que la gente debería gobernarse como es debido, que debería ser obediente y de costumbres pacíficas, de modo que la duque de Yoo se embarcó en una campaña de disciplina civil. Las unidades militares de su casa habían quedado diezmadas durante las guerras Porcelánicas, así que la Casa Yoo reclutó mercenarios. Entre ellos, mi antigua unidad: los Javrosts de Gellet.

Arriba en el altiplano todavía hablan de nosotros. Somos los monstruos de sus Grandes Noches, los protagonistas de las pesadillas de sus hijos. Somos leyenda. Somos los Javrosts de Gellet. Somos los nuevos demonios.

Durante un Gran Día y una Gran Noche actuamos sin traba alguna. Incendiamos los santuarios estelares de Javapanda, que carecen de techo, y los contemplamos arder cual chimeneas. Hicimos añicos las urnas funerarias y pisoteamos los huesos de los ilustres muertos de Toohren. Saqueamos las moradas de hombres santos, y quemamos ancianos y cachorros en sus hogares. Atrapamos rebeldes con el lazo y los arrastramos detrás de nuestros graapa, dando vueltas y más vueltas alrededor de los pueblos, hasta que solo quedaba una soga ensangrentada. Obligamos a comunidades enteras a abandonar sus hogares, conduciéndolas a través del altiplano hasta que la nieve cubrió sus cadáveres. Y Arthur estaba a mi lado. No éramos amigos: en este mundo han pasado demasiadas cosas para que humanos y thents lleguen jamás a serlo. Él era mi badoon. Los humanos no tienen un concepto equivalente, y mucho menos una palabra. Un compañero ardiente. Un hermano sin vínculo familiar. Un camarada en la causa…

Matábamos y matábamos y matábamos. Y detrás de nosotros venían los soldados de la duque de Yoo —restaurando el orden, reconstruyendo ciudades, ofreciendo protección frente a los asesinos renegados—. Todo formaba parte de una estrategia. La duque de Yoo sabía que nunca se iba a ganar el cariño de los altiplaneros, pero podía convertirse en su salvadora. De modo que planearon una campaña de atrocidades definitivas. ¡Qué vileza…! Se nos envió a Glehenta, una ciudad de alfareros en la cabecera del valle de los Hornos, donde debíamos asaltar los glotoonas —los nidos de recién nacidos— y masacrar todos los bebés, hasta el último cachorro. Cabalgamos, Arthur a mi vera, y aunque las emociones humanas me son extrañas y ajenas, las conocía lo suficiente para discernir la tempestad en su corazón. La nieve nocturna caía cuando nos adentramos en Glehenta, iluminada por diez mil flores estelares. Los habitantes cerraban las puertas y se escondían de nosotros. Atravesamos el centro de la ciudad en nuestras monturas; dejamos atrás los enormes hornos cónicos, camino de los glotoonas. Matres arrojándose delante de nuestros graapa… descabalgamos. El rostro de Arthur estaba más sombrío que la Gran Medianoche. Arthur rompió la formación y galopó hasta plantarse ante el mismísimo Gellet. Yo fui tras él. Vi cómo tenía lugar un intercambio de palabras entre nuestro comandante y el hermano de usted, pero no alcancé a oírlo. Entonces Arthur sacó su blasket y de un solo disparo calcinó el torso de Gellet. Durante el tumulto consiguiente derribé con mis disparos a tres de nuestra unidad; y poco después cabalgábamos a toda velocidad por las calles iluminadas, los cascos de nuestras monturas chacoloteando sobre los adoquines de porcelana, los que habían sido los Javrosts de Gellet en pos de nosotros.

Y resultó que los salvamos. Porque la duque de Yoo lo había organizado todo para que su Guardia Ducal cayera sobre nosotros mientras atacábamos, nos aniquilara y se apuntara un doblete de señaladas victorias: presentarse como los salvadores de Glehenta y eliminar cualquier prueba de su ardid. Su hermano de usted y yo hicimos saltar la trampa. Pero no lo supimos hasta leguas y meses después, ya lejos del altiplano. Al pie de los Diez Mil Peldaños nos separamos —nos pareció más seguro—. Jamás volvimos a vernos, aunque oí decir que él había vuelto a subir las escaleras, para ir con las pelerinas. Y, por favor, si lo encuentra no le cuente cómo he acabado. Este es un lugar bochornoso.

Y yo me siento abochornado por haberle contado verdades tan sangrientas y sombrías sobre su hermano. No obstante, a la postre actuó honorablemente. Actuó con rectitud. Que salvara a los culpables… una consecuencia imprevista. Nuestras vidas son un batiburrillo de hechos así.

Por supuesto, podemos continuar fuera, en el porche del hoondahvi. Ya le advertí de que la música resultaba molesta para la sensibilidad humana.

 

V lucerna vesperum: Schaefferia, candela vespertina. Se trata de un solitario árbol autóctono de las estribaciones de los despeñaderos Exx de Ishtaria, conocido por sus numerosas flores luminosas que se abren hacia arriba durante el Gran Atardecer y el Gran Amanecer venusinos.

El recortado se limita a las flores. Cartulina, papel de seda plegado y recortado, pintura luminiscente (no reproducida aquí). El original es además ligeramente radioactivo.

 

Un ferrocarril de cremallera circula entre la estación terminal de Camaju y el convento de las Pelerinas Consteladas. El Astropanorama Especial lleva a los peregrinos a contemplar estrellas y planetas. Nuestro vagón es pequeño, lujoso, lleno de detalles e ingenioso de esa manera tan típica de los thents, y un lugar terriblemente aburrido. La vía ha sido construida siguiendo una hélice en el interior de la montaña Awk, de modo que nuestro viaje consiste en trechos ruidosos e interminables en el interior del túnel interrumpidos por breves momentos de deslumbradora claridad cuando salimos a los tramos a cielo abierto. ¡No apto para vertiginosos!

Así, hora tras hora, trazamos una espiral monte Awk arriba.

La princesa Latufui y yo jugamos a las cartas: un sinnúmero de partidas de whist lunar, aunque no tenemos la cabeza en ello. Mis aprensiones son más sombrías tras mi conversación con el thent dueño del hoondahvi de Camaju. La princesa se inquieta al verme angustiada. Hasta que por fin no puede soportarlo más.

—Háblame de la Emperatriz Azul. Cuéntamelo todo.

 

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Crecí con dos instrucciones en caso de que se declarase un incendio: salvar los perros y la Emperatriz Azul. Durante casi toda mi vida, la joya fue una piedra fantasmal: presente pero invisible, planeando sobre Grangegorman y sobre las vidas de los que allí moraban. Tengo un recuerdo de mi más tierna infancia, de haber visto la piedra —sin llegar a tocarla—, pero no me fío de mi memoria. Las fantasías se convierten en recuerdos con excesiva facilidad; y los recuerdos, en fantasías.

No somos libres en muchos aspectos, nosotros, la aristocracia rural. Richard heredaría. Arthur se abriría camino por los mundos y yo me casaría como mejor pudiera: tierras con tierras. La baronía de Rathangan era considerada una de las más deseables de Kildare, a pesar de la aparente determinación de Patrick de arrastrarla hasta el tribunal de quiebras. Se orquestó un emparejamiento, y él era encantador y audaz; gran deportista y muy bien parecido. Un emparejamiento entre iguales: comentarios maliciosos en ambas partes del país. La Emperatriz Azul formaba parte de mi fortuna, con la condición estricta de que permanecería bajo la custodia de mis abogados. Patrick se opuso —y fue entonces cuando por primera vez tuve un atisbo de su verdadero carácter—, y la boda se canceló se anunció se canceló se anunció de nuevo, y las amonestaciones se publicaron. Se fijó una reunión para que los suyos pudiesen conocer con detalle y valorar el tesoro Hyde. Por primera vez en mucho tiempo, la Emperatriz Azul fue sacada de su caja fuerte y expuesta a la vista. Azul como el inmenso Atlántico era, y tan inabarcable y cristalina como él. Podías perderte para siempre en la luz del interior de esa gema. Y efectivamente, era del tamaño de un huevo de tordo.

Y entonces llegó el momento en que todas las historias concuerdan: las luces fallaron. No algo demasiado inusual en Grangegorman —el mismo abuelo que trajo la Emperatriz Azul fue quien instaló la planta hidroeléctrica—; y cuando regresaron, el zafiro había desaparecido: estuche, paño, todo.

Apelamos al honor de todos los presentes, damas y caballeros por igual. Las luces se apagarían durante cinco minutos y, cuando se volvieran a encender, la Emperatriz Azul estaría de vuelta en el tesoro Hyde. No fue así. Los nuestros exigieron que se avisara a la policía; los de Patrick, conocedores de la facilidad para el escándalo de su cliente, fueron menos insistentes. Se apelaría de nuevo al honor: si la Emperatriz Azul no había sido devuelta por la mañana llamaríamos a la policía.

No solo seguía faltando la Emperatriz Azul, también faltaba Arthur.

Se avisó a la Garda Síochána, nuestra policía. Lo último que supimos de Arthur fue que había partido rumbo a los Mundos Interiores.

Seguimos adelante con la boda. El escándalo todavía hubiera sido mayor de haberse cancelado. Las dos familias gozaban de similar mala fama. Patrick jamás pasó página: se fue a la tumba creyendo que Arthur y yo habíamos conspirado para evitar que la Emperatriz Azul cayera en sus manos. Yo no albergo duda alguna de que Patrick hubiese encontrado la manera de obligarme a cederle la posesión de la gema y entonces la hubiera vendido. Menudo despilfarrador…

En cuanto a la Emperatriz Azul: siento que ahora ya estoy muy cerca de Arthur. No se puede huir eternamente. Nos encontraremos, y la verdad será revelada.

 

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La luz inundó nuestro vagón cuando el tren salió del túnel y enfiló la rampa final; y allí, ante nosotras, con las agujas y cúpulas espolvoreadas de nieve arrastrada desde los altos picos, se alzaba el convento de las Pelerinas Consteladas.

 

V aquilonis vitis visionum: costanera norteña o parra fantasma. Planta trepadora bastante extendida por los bosques de las laderas meridionales del altiplano ishtarí, y que ahora también se cultiva de manera generalizada en las terrazas jardín thents. Sus blancas flores abocardadas resultan atractivas, pero son sus bayas la causa del fervor que despierta. Tras machacarlas y prepararlas en infusión se obtiene un licor conocido como pula, que provoca poderosas alucinaciones auditivas en la fisiología venusiana y constituye la base del místico culto hoondahvi thent. En los terranos induce una fuerte euforia y una sensación de omnipotencia.

Papel impregnado en alcaloides. Ida Granville-Hyde utilizó licor de parra fantasma thent para entintar y calar el papel de este recortado, que al parecer sigue siendo ligeramente alucinógeno.

 

EL CUENTO DEL PEREGRINO

¿Quiere salir al mirador? Se supone que el acceso está vedado a los terranos —una profanación, estrictamente hablando: un lugar sagrado y todo eso—, pero las pelerinas hacen la vista gorda. Discúlpeme la tos… espantosa, ¿verdad? Suena como una bolsa llena de puñetera calderilla. No creo que el aire fresco siente demasiado bien a mis viejos y queridos alveolos, pero a estas alturas ya carece de toda importancia.

Aquel es el pico del Ocaso. No lo verá hasta que la nube se despeje. Todos los Grandes Atardeceres, todos los Grandes Amaneceres, cada vez durante unos pocos días terrestres, clarea. El pico llega tan arriba… mucho más arriba de lo que jamás se pueda imaginar. Vas alzando la mirada, alzándola más y más y más… hasta que detrás de él ves las estrellas. Por eso vinieron aquí las pelerinas. Una religión de lo más sensata. Las estrellas son dioses. Una estrella, un dios. Sencillo. Ni fe, ni paraíso, ni castigo, ni pecado. Tan solo levantar la vista y maravillarse. La Perla Azul: así es como llaman a nuestra Tierra. Me pregunto si por eso se ocupan de nosotros, porque descendemos de una divinidad… ¡Si supieran! Realmente son amabilísimas.

Discúlpeme. El brebaje este es acojonante. No me duele nada de nada. Me resulta bastante tranquilizador que vaya a abandonar esta carne tan, tan rancia envuelto en un sudario de pensamientos beatíficos y resplandor analgésico. Son amabilísimas, las pelerinas. Amabilísimas.

Ahora, mire a su derecha. Allí. ¿La ve? Esa escalera, tallada en la roca, que asciende serpenteante más y más y más. Los Diez Mil Peldaños. Ese era el antiguo camino hasta el altiplano. Todo subía y bajaba por esos escalones: personas; animales; mercancías; palanquines y porteadores; mercantes, peregrinos y ejércitos. El hermano de usted. Yo lo vi marcharse, desde este mismo mirador. Hace tres años, ¿o hará cinco? Uno nunca se acostumbra del todo al Gran Día. El tiempo se desdibuja.

Éramos grandes amigos, a la manera de los adictos. Usted no puede haber llegado hasta aquí sin haber descubierto algunas verdades sobre su hermano. Nuestra degradación nos une. Bendito bebistrajo. ¡La de entuertos que desfacíamos mientras trasegábamos damajuana tras damajuana de este mejunje! Él no tardó en descubrir la verdad de este lugar. Es el camino a las estrellas. La sala de espera de Dios. Y nosotros, esta panda de carcamales tambaleantes que andamos deambulando por aquí, quedamos deslumbrados cuando columbramos las estrellas. Pero él era un amigo querido; un amigo queridísimo. Mi querido viejo Arthur.

Todos los que aquí estamos somos almas sombrías, pero él vivía atormentado, por las acciones cometidas y las omitidas, como dice el devocionario. Mi padre era vicario, ¿no se me nota? Arthur nunca habló abiertamente sobre su época con los javrosts. Dejó caer algunas cosas; creo que deseaba contármelo, y mucho, pero temía contagiarme sus pesadillas. Ese viejo dicho de que los problemas compartidos son menos problemas… Mentira cochina. Un problema compartido es un problema multiplicado por dos. Pero yo me lo encontraba aquí a todas horas del Gran Día y la Gran Noche, atisbando la escalera, las caravanas y convoyes de palanquines que subían y bajaban. Porcelana del altiplano, la más exquisita del universo. Tan fina que puedes leer la Biblia a su través. Cada taza, cada plato, cada jarrón y bol era acarreado peldaños abajo a hombros de un porteador. Ya sabe que, durante la Pacificación de la duque de Yoo, Arthur sirvió en el altiplano. Yo no estaba aquí por aquel entonces, pero Aggers sí, y me contó que veías ascender las humaredas: incesantes columnas de humo, tan espesas que el cielo nunca se llegaba a despejar, y las pelerinas pasaron todo un Gran Día sin vislumbrar las estrellas. El único comentario de Arthur al respecto era que de ahí saldría buena porcelana. Eso era lo que hace que la porcelana del valle de los Hornos fuese de tanta calidad: los huesos, los huesos de los muertos, molidos hasta pulverizarlos. Él jamás bebía de una copa del valle; decía que era como beber de un cráneo.

Otra cosa que tenemos los adictos: nunca nos libramos de la adicción. Lo único que haces es reemplazar una por otra. A lo más que puedes aspirar es a que sea una adicción mejor. Algunos se convierten en adictos a dios; otros se vuelcan en las buenas obras, en convertirse en mejores personas, en los grandes ideales o en ayudar a los demás, ¡que Dios nos asista! En mi caso, mi adorable vicio de nada es la pereza: soy un cabroncete de lo más vago. Es muy fácil, dejar pasar las estaciones; días de pereza y noches de indolencia, consumiendo un poco más de mi vida con cada ataque de tos. Para Arthur fueron las visiones. Arthur veía maravillas y horrores, ángeles y demonios, esperanzas y temores. Visiones genuinas, de las que empujan a los hombres a la gloria o la muerte. Visiones de visionario. Se trataba de algo que albergaba el altiplano, más allá de las curvas y recodos de los Diez Mil Peldaños. Nunca llegué a comprender de qué se trataba, pero era lo que lo empujaba. Lo que lo consumía. Devoraba su sueño, devoraba su apetito, devoraba su cuerpo, su alma y su cordura.

Era peor durante la Gran Noche… Todo es peor durante la Gran Noche. Arthur veía cosas —rostros— y oía voces en la nieve que se arremolinaba en su descenso escaleras abajo. Los rostros y voces de los que habían muerto, allá arriba en el altiplano. Se vio obligado a ir en pos de ellos, a subir y adentrarse en el valle de los Hornos, donde pedía a los lugareños que lo perdonaran… o lo matasen.

De modo que se fue. No pude detenerlo, no quise detenerlo. ¿Lo entiende? Lo observé desde este mismo mirador. Las pelerinas no son nuestras guardianas, todos somos libres de marcharnos en cualquier momento, aunque nunca he visto irse a nadie aparte de a Arthur. Partió al atardecer, con la luz lila cayendo sobre el pico del Ocaso. No se volvió en ningún momento. Ni una mirada para mí. Lo contemplé subir los escalones hasta aquel recodo. Allí es donde lo perdí de vista. Nunca he vuelto a verlo ni a saber de él, pero las historias bajan por las escaleras con los porteadores y se abren camino incluso hasta este pequeño destierro en las alturas, historias de un profeta, de un visionario. Miro e imagino ver humaredas alzándose, allá arriba en el altiplano.

Es una lástima que no se quede a ver cómo escampa alrededor del pico del Ocaso, a contemplar las estrellas.

 

V genetric nives: madre de las nieves (traducción directa del thent). Planta rastrera de las zonas alpinas más altas de los despeñaderos Exx. Esta planta forma extensas alfombras de miles de minúsculos capullos blancos.

El recortado más complejo de la Botanica Veneris. Cada flósculo tiene tres milímetros de diámetro. Papel, tinta, gouache.

 

Un coche arácnido de caminar equino me llevó Diez Mil Peldaños arriba, dejando atrás caravanas de porteadores, lomos encorvados, hombros doblados bajo brutales cargas de la más exquisita porcelana.

He entregado a la princesa los doce recortados de la Botanica Veneris, junto con descripciones y notas botánicas. Se negaba a dejarme marchar, aferrándose a mí, presa de estremecedores sollozos de pérdida y temor. Era peligroso; un territorio sombrío con la Gran Noche en puertas. No conseguí convencerla de mis motivos para enfilar escaleras arriba en solitario, porque ni siquiera me convencían a mí. El único, el auténtico motivo no podía confesárselo. ¡Ay, me he comportado con ella como una canalla! Mi más querida amiga, mi amor. E incluso peor que eso, como una falsa.

Ella se quedó allí plantada, mirando mi coche arácnido trepar peldaños arriba hasta que una curva de la escalera me ocultó de su vista. ¿Acaso la verdad siempre debe expresarse mediante falsedades?

 

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Al acordarme ahora de ella soltándose su larga cabellera y cepillándosela con firmeza, sin rodeos, encantadoramente, la pluma se me cae de las manos…

 

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Egayhazy es una ciudad cerrada; encorvada, recóndita, compacta. Sus calles son angostas, sus edificios se inclinan los unos hacia los otros, con los gabletes tan engalanados con flores estelares que parece vivir en un festival perpetuo. Nada podría estar más lejos de la verdad: Egayhazy es una ciudad airada, agresiva y amedrentada, huraña. Llevo mi Ledbekh-Teltai en la bolsa, pero la ira no se dirige contra mí, a pesar de que, de acuerdo con la historia que escuché en el hoondahvi de Camaju, mis congéneres humanos de este mundo no han dejado en buen lugar nuestra especie. Se trata de la ira de un país ocupado. Capas y capas de proclamas de la duque de Yoo empapelan paredes y puertas; su pabellón, luciendo las cuatro manos blancas de la Casa Yoo, ondea en edificios públicos, en la antena de la estación de radio, en lo alto de torres y en la horca. Sus javrosts patrullan calles tan angostas que sus graapa a duras penas consiguen abrirse camino por ellas. Los habitantes de Egayhazy lanzan torvas miradas a su paso, murmuran imprecaciones del altiplano. Y hay otro distintivo también presente: una flor de ocho pétalos, de un azul tan intenso que casi parece brillar. La veo estarcida con premura en paredes y puertas, y en los carteles de la fuerza de ocupación. La veo en pequeñas insignias cosidas a las chaquetas acolchadas de los egayhazianos; y en diminutos tarros de cristal en las ventanas más bajas. En el mercado de Yent fui testigo de cómo los javrosts volcaban y destrozaban un puesto de plantas que osaba ofrecer algunos ramilletes de estas flores azules.

 

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El personal de mi hotel se mostró desconfiado al verme trabajar de memoria en algunos bocetos de esta flor azul de la disconformidad. Les expliqué mi trabajo, les mostré algunas fotografías y les pregunté qué era esa flor. Una planta común en las zonas más elevadas del altiplano, respondieron. Crece al aliento de la nieve de las alturas; pequeña, resistente y pertinaz. Su rasgo más notable es que florece cuando ninguna otra flor lo hace: en mitad de la Gran Noche. La gloria de medianoche era un nombre, aunque tenía otro, más reciente, que había empezado a popularizarse desde la ocupación: la emperatriz azul.

Entonces supe que había encontrado a Arthur.

 

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Un velo permanente de humo sulfuroso pende sobre el valle de los Hornos, iluminado con tintes infernales por el resplandor de los hornos que arden debajo. ¿Un importante centro productor de cerámica en una altiplanicie sin árboles? ¿Cómo se alimentan los hornos? Fumarolas volcánicas cuecen las piezas, pero convierten este largo desfiladero de la falda del monte Tooloowera en un pequeño averno de arcilla, huesos, restos de porcelana, arena, escoria y azufre que reseca la garganta. Glehenta es la última de las Ciudades Porcelánicas, encajada en la cabecera del valle, donde el río Iddis todavía guarda un recuerdo de frescor y pureza. Las alfarerías, con su apariencia de jarrones volcados, se inclinan unas sobre otras como si de sociables comadres se tratara.

Y allí está la casa a la que mis preguntas me han encaminado, tal cual mis informantes me la describieron: no la más grande sino tal vez la más humilde; no en primera fila pero tal vez la más prominente, escondida en un callejón. En su tejado flamea una bandera y la sorpresa me corta la respiración: no las cuatro manos blancas de Yoo, eso jamás, pero tampoco la emperatriz azul. El viento cargado de smog ondea la mano con la daga de los Hyde de Grangegorman.

 

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Actuar sin dilación: vacilar me llevaría a flaquear y fracasar, a dar media vuelta y alejarme de allí, bajando de nuevo por el valle de los Hornos y los Diez Mil Peldaños. Hago sonar el carrillón de cerámica. Del interior, un jadeo y un suspiro. Y luego una voz: áspera por el desgaste, forzada y exhausta, pero inconfundible.

—Pasa. Te estaba esperando.

 

V crepitant movebitvolutans: estrella errante de Wescott. Parriza rodadora del altiplano de Ishtaria. Al crecer forma una compacta esfera de vástagos que, durante el Gran Día venusiano, se suelta de la atrofiada cepa y rueda campo a través arrastrada por el viento. Un cáliz central contiene frutos leñosos que producen un agradable sonido de traqueteo cuando la estrella errante está en movimiento.

Papel de recortar pintado, vergueteado y pegado. Tal vez el más intrincado de los recortados venusianos.

 

LA HISTORIA DEL VIDENTE

¿Té?

Me lo envían desde Camaju aprovechando el viaje de vuelta de los porteadores. Té como Dios manda. Variedad Irish breakfast. A esta altitud cuesta mucho que el agua alcance la temperatura necesaria, pero es mi pequeño ritual. Debería haberte pedido que me trajeras un poco. Desde que partiste de Loogaza sé que me andabas buscando. ¿Te crees que cualquiera puede llegar alegremente a Glehenta?

Té.

Tienes buen aspecto. Los años te han tratado bien. Yo estoy hecho una mierda. No lo niegues. Lo sé. Tengo una excusa: resulta que me estoy muriendo. El licor de la parra… se cobra tanto como otorga. Y este planeta es implacable con los humanos. Los Grandes Días —nunca llegas a ajustarte por completo— y el clima: cuando no es el aire rarificado de aquí arriba, son los mohos, hongos y esporas de allá abajo. Y la luz ultravioleta. Te reseca, te marchita por completo. El curandero de la ciudad debe de haberme extirpado como veinte melanomas. No, me estoy muriendo. Podrido por dentro. Un saco de piel lleno de putrefacción y huesos. Pero tú tienes un aspecto estupendo, Ida. ¿Así que Patrick se pegó un tiro? Quince años demasiado tarde, en mi opinión. Nos podría haber ahorrado a todos… dejémoslo. Pero me alegro de que seas feliz. Me alegro de que tengas a alguien que se preocupa por ti, que te trata como mereces.

Yo soy el Misericordioso, el Vidente, el Profeta de la Perla Azul, el Hombre de la Tierra, y me estoy muriendo.

Yo recorrí a pie la misma calle por la que tú has bajado. No encabalgado, sino a pie, por el mismo centro de la ciudad. No sabía qué esperar: silencio; una turba; piedras; balas; atravesar el pueblo de punta a punta y salir por el extremo opuesto sin una puerta abriéndose a mi paso. A punto estuve. En la ultimísima casa se abrió la puerta y un anciano salió y se plantó ante mí impidiéndome el paso. «Te conozco —dijo señalándome—. Viniste la noche de los javrosts». Tuve la certeza de que iba a morir, y no fue algo que se me antojase demasiado terrible. «Tú fuiste el misericordioso, el que perdonó a nuestros pequeños», añadió. Entró en la casa y me trajo una taza de porcelana con agua, que yo bebí hasta la última gota, y aquí sigo. El Misericordioso.

Han decidido que los voy a conducir a la gloria o, más probablemente, a la muerte. Es de justicia, supongo. Tengo visiones… alucinaciones provocadas por la pula. El licor no tiene el mismo efecto sobre terranos y thents. Bueno, ellos son lo bastante racionales como para no creer en la inspiración divina ni en cualquier otra mandanga por el estilo, pero necesitan un líder a efectos decorativos: el mercenario arrepentido es un buen papel, y las paparruchadas que de tanto en tanto brotan de mi cerebro aturullado encajan bien.

¿Está bien el té? A tanta altitud cuesta mucho que el agua alcance la temperatura necesaria. ¿Te lo había dicho ya antes? No me hagas caso… es un efecto de las alucinaciones. ¿Te he dicho que me estoy muriendo? Pero me alegro de verte; sí, ¿cuánto hacía?

¿Y Richard?, ¿y los niños?, ¿y Grangegorman? E Irlanda estará… por supuesto. ¡Qué no daría por contemplar el verdor, por un atisbo de sol estival, de un cielo azul!

Pues bien, he sido estafador y amante, soldado y adicto, y ahora acabo mi vida como revolucionario. Es sorprendentemente sencillo. El Ejército de Liberación de los Siete Pueblos del Altiplano se encarga del trabajo: yo lanzo declaraciones herméticas que se propagan de aquí a Egayhazy como fuego en rastrojo. Se me ocurrió el motivo de la emperatriz azul: la gloria de medianoche, que florece en la oscuridad, al aliento de la nieve de las alturas. Encaja. No es que sean un pueblo demasiado poético, estos alfareros. Expulsamos a la duque de Yoo del valle de los Hornos y de la llanura de Ishtar: encuentra oposición por doquier, pero no va a renunciar a sus aspiraciones sobre el altiplano con tanta facilidad. Has estado en Egayhazy; has visto las fuerzas que está desplazando al altiplano. Está reuniendo ejércitos, y mis agentes me informan de ‘rigibles que llegan por los pasos de los despeñaderos. Atacarán. La Duque ha establecido una alianza con la Casa Shorth: un acuerdo para repartirse el altiplano entre las dos. Nos superan en número. Superados en número y en armamento, y sin tener adónde huir. En menos de un Gran Día estarán tirándose los trastos a la cabeza, pero a ti y a mí eso nos la refanfinfla. Es posible que la Duque perdone los hornos: son una fuente de riqueza. También me la refanfinfla. Yo no lo veré, ocurra lo que ocurra. Deberías marcharte, Ida. Pula y guerras intestinas… nunca dejes que te atrapen.

Ay, vaya, otra alucinación. Cada vez son más breves, pero más intensas.

Ida, corres peligro. Márchate antes de la noche: atacarán por la noche. Yo tengo que quedarme. El Misericordioso, el Vidente, el Profeta de la Perla Azul no puede abandonar a los suyos. Pero me alegro, me alegro mucho de tu visita. Este es un lugar terrible. Jamás debí venir. Las mejores trampas son las más lentas. Te adentras en ellas, a través de todos los lugares, a lo largo de la vida y de los años, sin percatarte en ningún momento de que estás dentro de una trampa, y entonces, cuando te das media vuelta, se ha cerrado a tu espalda. Ida, márchate cuanto antes… márchate ya mismo. Jamás debiste venir. Aunque… ¡ay, cómo odio la idea de morir aquí arriba, en esta terrible llanura! Volver a ver Irlanda…

 

V volanti musco: musgo aéreo del altiplano. El recortado muestra parte de esta criatura simbiótica más ligera que el aire autóctona del altiplano ishtarí. El simbionte vegetal consiste en cortinas de musgo colgante extremadamente ligeras que absorben agua del aire y de las nubes bajas. El simbionte animal no está reproducido.

Papel rasgado, goma de pegar.

 

Me acompañó a la puerta de su casa porcelánica, apoyándose pesadamente en un bastón, tapándose boca y nariz con un pañuelo para protegerse de los gases volcánicos. Yo había tratado de convencerlo con súplicas de que se marchara pero, independientemente de todas aquellas otras cosas en las que se haya convertido, continúa siendo un Hyde de Grangegorman, y testarudo como una vieja mula. En su interior alberga un deseo de morir; algo antiguo, asfixiante, implacable y de dulcísima mirada.

—Tengo algo para ti —dije, y le entregué la caja sin ceremonia alguna.

Enarcó las cejas al abrirla.

—Vaya.

—Yo robé la Emperatriz Azul.

—Lo sé.

—Tenía que mantenerla fuera del alcance de Patrick. La hubiera quebrantado y malgastado, del mismo modo que quebrantó y malgastó todo. —Fue entonces cuando mi torpe mente, tan concentrada en articular como era debido esta confesión, ensayada en el aerotransbordador, en todas las estancias y en todos los medios de transporte de mi viaje por este mundo, flor a flor, cuento a cuento, fue entonces cuando mi mente de mediana edad trastabilló en las dos palabras de Arthur—. ¿Lo sabías?

—Desde un principio.

—¿Nunca pensaste que a lo mejor Richard, a lo mejor padre, o mamá, o algún miembro del servicio la había cogido?

—No albergaba duda alguna de que habías sido tú, por esos mismos motivos que has expuesto. Decidí guardar tu secreto, y así lo he hecho.

—Arthur, Patrick está muerto, Rathangan me pertenece. Ahora puedes volver a casa.

—Ay, ¡como si fuera tan sencillo…!

—Es mucho lo que tengo que pedirte que me perdones, Arthur.

—No hace falta. Lo hice de buen grado. Y, ¿sabes qué? No lamento lo que hice. He gozado de una mala reputación: el honorable Arthur Hyde, ladrón de joyas y sinvergüenza. Eso tiene su valor en los otros mundos. Dice mucho el que ninguna de las personas ante las que me aproveché de ella pidiese ver la joya, o la fortuna que era de suponer habría ganado vendiéndola. Ni una. Todo lo que he hecho, lo he hecho apoyándome únicamente en mi fama. Todo un logro. No, no volveré a casa, Ida. No me lo pidas. No invoques a ese fantasma para que se me aparezca. Campos verdes y agradables mañanas en Kildare. Aquí me aprecian y son muy buena gente. Me han acogido entre ellos. Este lugar tiene sus ventajas. Aquí no soy el hijo menor de una familia aristocrática irlandesa, sin tierras y con el culo al aire. Soy el Misericordioso, el Profeta de la Perla Azul.

—Arthur, quiero que te quedes la joya.

Retrocedió como si le hubiera ofrecido un escorpión.

—No me la quedaré. No la tocaré. Es una alhaja de mal fario. Está gafada. En este mundo no hay zafiros. Es imposible tocar la Perla Azul. Llévatela de vuelta al lugar de donde vino.

Durante un instante me pregunté si estaba sufriendo otro de sus ataques alucinatorios; pero sus ojos, su voz, eran firmes.

—Deberías marcharte, Ida. Déjame aquí. Este es mi hogar ahora. La gente tiene unas ideas fantásticas sobre la familia (lealtad, cariño y amor eternos), expectativas e ideales fantásticos que los empujan a atravesar mundos para confesar y ser absueltos. Sin embargo, las familias son lo que mejor convenga a cada uno. Gracias por haber venido. Siento no ser lo que tú deseabas que fuese. Te perdono, aunque como ya he dicho no hay nada que perdonar. Ya está. ¿Nos convierte eso de nuevo en una familia? La duque de Yoo está en camino, Ida. Aléjate de aquí antes de que llegue. Márchate. Los lugareños te ayudarán.

Y tras agitar el pañuelo, se dio media vuelta y me cerró la puerta.

 

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Escribí lo anterior en compañía de un bol de mate del altiplano en el caravasar de porteadores de Yelta, la última ciudad del valle de los Hornos. Recordaba cada palabra con claridad y precisión. Entonces se me ocurrió una idea, tan clara y precisa como mi memoria de esa triste e insatisfactoria conversación con Arthur. Me volví hacia mi bolsa de papeles, saqué las tijeras y una hoja del añil más intenso y, con cuidado y de memoria, comencé a recortar. Los porteadores me observaban con curiosidad, y al cabo con asombro. La limpia precisión de las tijeras, tan fina e intrincada, y la dificultad y exactitud del corte me absorbieron por completo. Las dudas me abandonaron: ¿por qué había venido a este mundo?, ¿por qué me había aventurado en solitario en este valle fétido?, ¿por qué me sentía tan decepcionada por el flemático conformismo de Arthur hacia lo que yo había hecho, hacia aquel acto que había determinado tanto su vida como la mía? ¿Qué era lo que había esperado de él? Un tijeretazo, delicados tirabuzones de papel añil cayendo sobre la mesa. Siempre ha sido a las tijeras a lo que he recurrido al sentirme desbordada por el comportamiento de los hombres. Era un recortado sencillo. El meollo lo tuve en un abrir y cerrar de ojos, sin intentos fallidos, sin empezar de nuevo. Simple e impecable. Mis espectadores murmuraron apreciativamente. Entonces plegué la figura y la guardé en mi diario, recogí el equipaje y enfilé hacia el coche arácnido que me estaba esperando. Las nubes perpetuas hoy parecían incluso más bajas, como si se aproximara un frente tormentoso. El atardecer está al caer.

 

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Escribo deprisa, sucintamente.

Eso no son nubes. Son los ‘rigibles de la duque de Yoo. El camino está cortado. Los ejércitos están acampados a lo largo y ancho del altiplano. Miles de soldados y javrosts. Estoy atrapada aquí. ¿Qué puedo hacer? Si retrocedo a Glehenta, tendré que hacer frente al mismo destino que Arthur y los habitantes del valle… eso si me permiten retroceder. Podrían creer que estoy tratando de hacerles llegar una advertencia. Podría ser capturada y acusada de espía. Prefiero no imaginar cómo trata la duque de Yoo a los espías. No creo que mi identidad terrana vaya a protegerme. Y siendo la hermana del Vidente, ¡la Emperatriz Azul! ¿Me oculto en Yelta y confío en que pasen de largo? Pero ¿cómo podría vivir con la conciencia tranquila sabiendo que he abandonado a Arthur?

No puedo continuar adelante, ni retroceder, ni rodearlos.

Soy una aristócrata. De segunda categoría, pero de alcurnia. Conozco las reglas de la clase y de la buena cuna. La Duque podrá ser infinitamente más poderosa que yo, pero jugamos en una misma liga. Puedo hablar con ella, una conversación entre nobles. Podemos comunicarnos de igual a igual.

Debo convencerla de que suspenda el ataque.

¡Imposible! Una viuda irlandesa de mediana edad armada únicamente con unas tijeras. ¿Qué puede hacer?, ¿acabar con un ejército con goma de pegar y papel de seda?, ¿la muerte de un millar de recortables?

Tal vez pudiera sobornarla. Un premio superior a cualquier premio: una joya venida de las estrellas, de la propia diosa. Arthur dijo que en este mundo no se conocen los zafiros. Una piedra sin par.

Ahora estoy escribiendo a la misma velocidad vertiginosa a la que estoy pensando.

Debo ir y enfrentarme a la duque de Yoo, de mujer a mujer. Soy de Irlanda, ciudadana de un país excelso. Nosotros nos encaramos a los poderosos, derrotamos imperios. Iré a ella, me presentaré y le ofreceré la Emperatriz Azul. La Emperatriz Azul genuina. A partir de ahí ya no sé. Pero debo hacerlo y debo hacerlo ya.

No puedo obligar a la conductora de mi coche arácnido a que me lleve al campamento enemigo. Le he pedido que me deje y regrese por su cuenta a Yelta. Escribo esto con el cabo de un lápiz. Estoy sola en el alto altiplano. Por encima del muro de escudos, el cielo está despejando. Inmensos haces de luz deslumbrante se desparraman por la altiplanicie. Dos figuras montadas han abandonado la formación y cabalgan hacia mí. Estoy asustada… y al mismo tiempo tranquila. Saco la Emperatriz Azul de su caja y la aferro en mi mano enguantada. Complicado escribir ahora. Basta de diario. Ya están aquí.

 

Gloria medianocte: gloria de medianoche o emperatriz azul.

Cartulina, papel, tinta.

 

Copyright © 2015 Ian McDonald

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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13 respuestas a Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan, de Ian McDonald

  1. Consuelo Abellán dijo:

    Me ha encantado el relato ¡muchas gracias por traducirlo y subirlo! Me ha sorprendido muy agradablemente encontrar ese aire decimonónico en un relato de ciencia ficción.

    • marcheto dijo:

      Hola, Consuelo. La mezcla que comentas resulta curiosa, porque tal vez sea más habitual en obras de fantasía que de ciencia ficción. Pero lo importante es que, al menos en mi opinión, McDonald ha conseguido que quede la mar de bien.
      Y, por supuesto, me alegro mucho de que te haya gustado. 😀

  2. Gilberto dijo:

    ¡Pero qué maravilla! ¡Este hombre escribe cada día mejor! Disfruté hace muchos años Camino Desolación, pero ahora escribe mucho mejor. El aria de la reina de la noche es divertidísimo y a la vez apoteósico, con un final delicioso. Le tenía unas ganas extraordinarias a este cuento aparecido en la antología Old Venus del recientemente fallecido Gardner Dozois. Probablemente uno de los mejores cuentos del 2016. Gracias, gracias, gracias Marcheto. Y gracias a Ian McDonald por su generosidad. Es un cuento extraordinario.

  3. Malapata dijo:

    Pues nada, que no lo consigo, tercer intento y no termino de pillarle el punto a McDonald (no se lo digas a Malenko :-)) . No conseguí acabar el primero de Luna y los dos relatos que has traído por aquí no han terminado de engancharme. Tengo en la Pila Camino desolación, será mi último intento y solo porque he escuchado hablar muy bien de él.
    Saludos.

    • marcheto dijo:

      No me parece mala idea. Dale una oportunidad a Camino desolación y si tampoco, pues déjalo y limítate a leer los que en un futuro puedan volver a salir por aquí. 😉
      Hay autores con los que por lo que sea no se sintoniza y punto. Y tampoco hay que darle mayor importancia ni esforzarse más allá de lo necesario, que se trata de disfrutar con lo que se lee, no de obligarse a leer lo que no nos apetece con todos los libros que hay pendientes que sí nos apetecen.

  4. Irene García Muelas dijo:

    Me ha parecido bastante cursi el rollo de las tijeritas y el papel corrugado, pero el desenlace me ha sorprendido agradablemente. No es que sea mi estilo favorito, pero gracias por traducirlo y al autor darte permiso.

    • marcheto dijo:

      Bueno, bien está lo que bien acaba, ¿no?
      Ya ves, en cambio a mí lo de los recortados me pareció que le aportaba un toque de originalidad y que redondeaba perfectamente el cuento. Y gracias a ti por comentar.

  5. Gilberto dijo:

    Lo he leído de nuevo y me ha vuelto a maravillar. El efecto final y la ambientación es estéticamente muy similar o especular a la de El aria de la reina de la noche pero en un contexto totalmente diferente. Uno jocoso, otro épico y trágicamente humano. Personajes muy bien construidos en un Venus victoriano que envuelve y se torna real. Increíble lo que ha hecho McDonald. ¡Y cómo los recortes terminan enmarcando la historia!
    Ah… ¡y Beau Geste!
    Lo he leído a dos bandas y no puedo sino reconocer que no sólo es el cuento más extenso sino de los más complicados.
    ¡De verdad, muchas gracias Marcheto!

    • marcheto dijo:

      Me alegro mucho de que el relato te haya gustado tanto como para leerlo dos veces y dejar dos comentarios. Muchísimas gracias. 😀
      A mí también me parece que este cuento y “El aria de la reina de la noche” comparten muchas características y a un mismo tiempo son muy distintos, sobre todo en el tono, de ahí que me pareciera muy interesante tener ambos en el blog. Y, aunque tal vez te sorprenda, me resultó más difícil traducir “El aria de la noche” que este. Y a mí también me gusta mucho el toque que aportan los recortes. Y el claro homenaje a “Beau Geste” fue lo que terminó por decidirme por este cuento.

  6. Javier Nostromo dijo:

    Hola, Marcheto
    Bueno, ya me pongo con ello. Solamente señalar, por ahora, que hay una pequeña errata casi al principio del relato:

    “—Stafford Grimes, a su servicio.

    Se ofreció a invitarme a una copa, pero aceptar hubiese sido cruzar la frontera de lo indecoroso. Eso no le impidió pedir uno para sí mismo y, al igual que los varios subsiguientes, beberlo ruidosamente mientras yo le iba plantea(n)do mis preguntas.”

    Sigo con ello con deleite. Hasta pronto

  7. Javier Nostromo dijo:

    Terminado. Magnífico, evocador. En ciertos pasajes me ha recordado a las Ciudades Invisibles de Italo Calvino.
    Muchas gracias, Marcheto. Saludos

    • marcheto dijo:

      No se me había ocurrido, tal vez por ser ciencia ficción en lugar de fantasía, pero tienes razón, sí que puede recordar a Calvino. En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado.

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