Telomerasa, de Ian Muneshwar – Especial ultracortos XI

Ian Muneshwar es un escritor y profesor residente en Estados Unidos, pero de raíces indo-guayanesas. Su primer cuento se publicó en Clarkesworld en 2015, y desde entonces sus relatos han seguido apareciendo en otras revistas como The Dark, Gamut y Strange Horizons, además de en diversas antologías. Y, aunque su obra no sea todavía muy extensa, es un autor muy variado que tan pronto escribe ciencia ficción o fantasía oscura, como relatos tan inclasificables como este.

Telomerasa (Telomerase) vio la luz en 2016 en An Alphabet of Embers, una antología editada por Rose Lemberg (la autora de Las siete pérdidas de Na Re), que buscó para la misma piezas muy breves que se caracterizaran por ser especialmente líricas, surrealistas o extrañas. Telomerasa encajaba perfectamente, y es sin duda mi cuento favorito del volumen. Se trata de una emotiva historia sobre la pérdida, la enfermedad y el lenguaje, que confío os sirva para descubrir y estar atentos a un autor que, aunque todavía está empezando, creo que nos puede deparar bastantes alegrías en el futuro.

Y antes de pasar al relato, tan solo me queda dar las gracias a Ian por permitirme tenerlo aquí, ya que desde que empecé a pensar en montar este especial ultracortos tuve muy claro que Telomerasa tenía que formar parte de él. Thanks a million, Ian!

ACTUALIZACION I: Ya está disponible aquí el cuento en los formatos de ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Johan y Jean por su colaboración.

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Telomerasa

Ian Muneshwar

Tú perdiste tu primera palabra cuando yo empecé a perder el pelo.

Trajiste una cesta de mimbre al hospital y la abriste en la sala de espera, sacaste una manta de cuadros azules que extendiste sobre nuestros regazos. Dentro de la cesta había un libro de mitos griegos y dos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, sin corteza y cortados en triángulos, tal como los solías preparar cuando los chicos eran pequeños.

Te dije que era una tontería, que no estaba allí de excursión sino porque tenía cáncer, pero tú sonreíste de oreja a oreja como si me hubieras tendido una trampa para conseguirme hacer justo ese comentario.

Ya con la aguja bajo mi piel y las náuseas arremolinándose en la boca de mi estómago, abriste el libro. Leíste las palabras de Hades con una voz sibilante y enfurecida que hizo estallar en risitas a los niños al otro lado de la sala; Zeus era un grandilocuente barítono que me recordó a ti cuando nos conocimos: rebosante de arrogante y vital confianza.

Tras las primeras historias te pusiste en pie, diciendo que tenías que ir por algo. Tus labios trataron de pronunciar la última palabra, de decirme qué era, pero no fuiste capaz de articular los sonidos. Te pedí que la deletrearas, que la escribieras, pero la palabra se había esfumado por completo, extirpada de raíz de tu memoria.

Regresaste con un té en uno de los vasos desechables del hospital. Lo señalaste y trataste de nuevo de conjurar la palabra; tus finos labios separándose, la punta de la lengua presionando sobre el paladar.

«Té. Té caliente», dije yo.

Sacudiendo la cabeza, cogiste el libro y retomaste la lectura donde la habías interrumpido.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Para cuando decidí afeitarme la cabeza, ya habías descubierto la norma aplicable. «Quiero» fue la siguiente en desertar. «Sí» y «no» te abandonaron mientras estabas picando zanahorias, «arriba» y «abajo» cuando llevabas a los nietos a los columpios.

Estabas perdiendo primero las palabras más sencillas, las estabas perdiendo en el orden en el que las habías aprendido. Cuando se lo explicaste a los médicos, no pude evitar percatarme de la ironía, de lo absurdo de que tú, profesor jubilado de Semiótica y Ciencias Clásicas, te quedaras sin tus palabras. Sin embargo, ellos solo vieron un acertijo sin respuesta: no era alzhéimer ni demencia, no era apraxia ni afasia; en todas las páginas de todos sus libros no había un nombre para la manera en que tus palabras se estaban difuminando y desvaneciendo, una a una.

Cuando nos lo explicaron, asentiste educadamente con la cabeza y nos marchamos; no necesité que me dijeras nada para saber que no íbamos a volver.

Eras demasiado inteligente para avenirte a que el lenguaje se fugara de nosotros con tanta facilidad. Durante esas últimas semanas de quimio —cuando el cáncer no estaba remitiendo pero rezábamos para que remitiera tras la siguiente sesión y la siguiente a esa— preparamos un cuaderno con significados paralelos, un diccionario para un idioma que solo tú y yo entendíamos. «Hermosura» se convirtió en «venustidad», «desear» se transformó en «acezar». Para «amor» teníamos una página entera: de «adoración» a «veneración», de «idolatría» a «reverencia».

Cuando las enfermeras en sus rondas trataban de ocultar su confusión ante tu rebuscado dialecto, yo me reía como no me había reído en mucho tiempo. En esos momentos dejaba de notar el olor a hospital: ese aroma dulzón y empalagoso a muerte aséptica; dejaba de oír el runrún de la máquina que tenía a mi lado dosificando mi vida en miligramos de fármacos cuyos nombres había olvidado.

En esos momentos solo estabas tú, tratando de hablarme cuando «vusted» y «voacé» eran los únicos pronombres que te quedaban.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Con el tiempo, incluso los pronombres se desvanecieron. La noche en que llamaste pidiendo una ambulancia carecías de las palabras necesarias para explicarles lo que había sucedido, adónde necesitábamos ir. Lo único que te quedaba eran aquellas frases aprendidas en la universidad o después; escucharte hablar era como leer a Derrida. Tuviste que ir a buscar al vecino a toda prisa, y aun así llegamos a tiempo por los pelos.

Una vez me hubieron estabilizado, el doctor nos informó de que el cáncer había metastatizado; se quitó el gorro y la mascarilla mientras nos explicaba cómo la muerte se abre camino hasta penetrar en los huesos.

No se marchó de inmediato, como esperando a que yo hablara, pero las únicas palabras que tenía para él se me habían quedado clavadas en la garganta, afiladas y gélidas. Así que no dije nada. Él miró el pie de la cama, luego el gotero de morfina y por último te miró a ti.

Tú le dirigiste una sonrisa fugaz y un guiño de tu ojo izquierdo. Con una mano en su espalda lo acompañaste a la puerta, hablándole en tono quedo y amable sobre el postestructuralismo.

Luego regresaste con el cuaderno, señalando palabras viejas y definiciones nuevas. Había algo que querías decir, pero los significados se habían embrollado demasiado, se habían distanciado en exceso.

«Hermosura» pasó de «venustidad» a «hermenéutico» y de ahí a «macrofágico». Las palabras para «amor» las consumiste incluso más deprisa; había páginas de nombres tachados que terminaban desembocando en «telomerasa».

No supe lo que era la telomerasa hasta que llamé a la enfermera. Ella nos explicó que era la enzima que hacía inmortales a las células cancerígenas, al permitirles producir copia tras copia de hélices de ADN que nunca se debilitan, que nunca se desgastan.

Al final de la noche te pedí que te marcharas. Alegué cansancio, pero no era verdad, no del todo. Ya no quedaba nada más que nos pudiéramos decir el uno al otro.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Poco después me trasladaron a un centro de cuidados paliativos.

Pensaba que allí no iba a tener compañía, en esa habitación en semipenumbra con un ventilador cuyas aspas sonaban cual alas; pero tú venías a visitarme todos los días y, cuando empecé a tener fiebre, incluso te comenzaste a quedar por la noche. Te sentabas en silencio en el rincón, gesticulando para expresar ideas y sentimientos que yo comprendía solo a medias.

Te pedí que te marcharas. Aseguré que no me faltaba ningún cuidado, que no te necesitaba para ahuecarme la almohada ni hacía falta que me trajeras libros.

Te acercaste al borde de la cama con la recopilación de mitos bajo el brazo y sonreíste como si yo no hablara en serio, como si no supiese lo que estaba diciendo, con una sonrisa que traslucía una cansada compasión.

Por fin te fuiste cuando llamé a la enfermera y le pedí que se te llevara. Pusiste el libro en la mesilla y dejaste que la puerta se cerrara tras de ti.

En la habitación penetró un miedo que ocupó tu espacio; me fue invadiendo con cada vaharada de aire, instalándose bajo mi piel, sombrío y electrizante a un mismo tiempo. Yo no te quería allí, deambulando, vigilando, compadeciéndome. Pero cuando te marchabas tenía miedo, tenía miedo de que cuando la última de las palabras titilase y se apagara también tú te apagaras.

El zumbido del ventilador no me proporcionaba sosiego alguno, ni el crujir del colchón. Tiré de las sábanas hacia arriba y cerré los ojos.

En mi dormir inquieto y superficial, soñé que flotaba en un canasto por un mar de cuadros azules. Los libros me rodeaban, pero al estar sus páginas en blanco los arrojé por la borda. Al irse volviendo más pesados se fueron hundiendo, el suave y blanco papel rasgándose y alejándose flotando en el piélago.

Mi piel estaba caliente, tan caliente que me sentí como un pequeño sol moribundo poniéndose lentamente, esperando a que las aguas me arrastrasen a su seno.

Cuando la cesta empezó a hundirse, medio deshecha, te oí por encima de mí. La piel de tu espalda se había estirado, hendida por dos sólidas alas. Estaban hechas de mimbre; la urdimbre y la trama inhalando y exhalando mientras surcabas el aire remontándote hacia el cielo despejado. Volaste en círculos sobre mí, antes de volver a abatirte para a continuación ascender de nuevo; la potencia de tus aletadas rizaba el mar abierto.

Cuando me desperté habías regresado. Te acercaste y sentaste a mi lado, observándome pacientemente.

Yo quería decirte que esperaba que cuando esto terminara las palabras regresasen a ti igual que te habían abandonado, como una cadena que avanzando hacia atrás te fuera aproximando a tierra con cuidado; que tú, mi Ícaro de alas mimbreñas, dirías «sí» y «no», «quiero» y «té», mientras tus pies se posaban sanos y salvos sobre el suelo.

Pero a las palabras ahora les costaba salir, incluso a las mías.

Y ahí estabas tú, cogiéndome de la mano, tus bellos labios agrietados articulando la palabra «telomerasa» una y otra vez.

 

Copyright © 2016 Ian Muneshwar

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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10 respuestas a Telomerasa, de Ian Muneshwar – Especial ultracortos XI

  1. Me ha tocado la patata. Es un relato muy sutil :’)

  2. Javier Nostromo dijo:

    Nudo en la garganta y cinco estrellas. Gracias, Marcheto. Saludos

    • marcheto dijo:

      Un placer. Porque además es un ejemplo claro de cuento que no creo que jamás pudiera haber llegado a ver la luz en español fuera de este blog. Así que me alegro mucho de que te haya parecido de cinco estrellas.

  3. precioso cuento. preciosas imágenes. yo soy médico genetista y lo leí atraido por lo de la telomerasa. me encantó.

  4. Patricia dijo:

    Es muy triste, pero me gustó mucho, van 5 estrellas!! Hay un cuento de una autora argentina, Angela Pradelli, que se llama “El sentido de las palabras”, sobre la misma enfermedad (un tipo de demencia) que padece él. Te lo recomiendo, Marcheto! Gracias por tantos cuentos!! =)

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