La paradoja de la señora Zenón, de Ellen Klages – Especial ultracortos X

Ellen Klages es una escritora estadounidense que a lo largo de sus veinte años de carrera ha publicado tres novelas, un par de novelas cortas y numerosos relatos. Con uno de estos, Basement Magic, obtuvo el premio Nebula en 2005, y con Wakulla Springs, novela corta escrita a cuatro manos con Andy Duncan, ganó el World Fantasy Awards en 2014. Portable Children, su primera colección de relatos, fue también finalista del World Fantasy Awards, y su segunda colección, Wicked Wonders, es una de las nominadas a los premios Locus de este año. A pesar de todo lo anterior, me temo que hasta el momento su obra sigue inédita por aquí.

La paradoja de la señora Zenón (Mrs. Zeno’s Paradox) se publicó en 2007 dentro de la antología Eclipse One, editada por Jonathan Strahan, y también está incluido en Wicked Wonders. Según cuenta la propia Ellen, este relato se le ocurrió al observar que cuando llega el momento de pedir el postre en un restaurante, siempre hay alguien que busca un voluntario para compartirlo con él. Y la relectura de Dorothy Parker le permitió encontrar, no solo el tono y la voz adecuados para el cuento, sino a las protagonistas del mismo, dado que Annabel y Midge las tomó prestadas de Nivel de vida (The Standard of Living), un relato de Parker. Si a lo anterior le añadimos unas gotitas de ciencia, el resultado es esta original historia que espero os sepa a poco y os anime a seguir descubriendo la obra de esta autora.

Como digo siempre en las entregas de este especial, no quiero alargarme más que el propio cuento, así que vaya ya simplemente mi agradecimiento para Ellen. Thanks a million, Ellen!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponible para descargar desde aquí el fichero con los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Johan y Jean por hacerlo posible.

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La paradoja de la señora Zenón

Ellen Klages

Annabel ha quedado con Midge con la intención de darse un capricho.

Entra en un pequeño café en el barrio de Mission District de San Francisco: paredes cubiertas de llamativos grafitis y baristas displicentes luciendo múltiples piercings. A veces se trata del local de la cadena de restaurantes Schrafft’s que hace esquina entre la Calle 57 y la avenida Madison, justo después de la guerra, las camareras ataviadas con uniformes negros de almidonados puños blancos. En una ocasión es una patisserie de la rue Montorgueil, donde el estruendo de la artillería prusiana dificulta la conversación.

Al entrar en el restaurante escudriña las mesas en busca de Midge, que todavía no ha llegado.

Annabel se sienta y pide un expreso. Pide té con leche. Espera a que llegue Midge para pedir, por cortesía.

Midge llega. Es joven y lleva ropa barata, un abrigo de cachemira, zapatos de tacón de aguja que tac-tac-taconean sobre el suelo de mármol. Tiene el cabello del color de los narcisos marchitos, liso y oscuro, peinado a la perfección. Arrastra las deportivas por el suelo de madera desgastado.

Da un beso al aire cerca de la mejilla de Annabel.

―¿Llego tarde? ―pregunta.

Deja el bolso en una silla libre. Sus contenidos repiquetean y tintinan, restallan y crujen.

―No sabría decir ―dice Annabel. Una mentirijilla, un detalle con una querida amiga.

Aparece el camarero.

―¿Qué va a ser?

Annabel responde y Midge apostilla:

―Para mí lo mismo, por favor.

―¿Sabes qué? ―añade Annabel―, se me antoja alguna cosita dulce.

―Uy, yo no debería.

—Nada empalagoso, nada demasiado refinado. ¿Qué tal un brownie?

—Lo que te apetezca. Yo solo tomaré un bocado.

―¿Estás segura?

—Totalmente. ―Midge se da unas palmaditas en la cintura―. El bocadito más minúsculo posible.

El brownie llega en un plato moderno y colorido, en una servilleta plegada, en una preciosa bandejita de porcelana del siglo XVII. Las dos mujeres lo contemplan: de un tono caramelo oscuro, la superficie glaseada, agrietado como Arizona en julio, espolvoreado con azúcar glasé.

Annabel lo parte por la mitad.

Annabel come brownie con evidente fruición, y un rastro de lascas de chocolate perfila las comisuras de su boca. Se limpia los labios con un pañuelo de papel, dejando una mancha abstracta de chocolate y pintalabios Rosy Future de la marca Revlon.

—Está de pecado ―comenta Midge humedeciéndose el índice para atrapar un número indeterminado de miguitas.

—Mañana gimnasio ―añade Annabel de acuerdo con ella―. Probablemente. ―Le da un sorbo a su taza.

Hablan de sus trabajos, de los hombres con los que están saliendo, de los hombres con los que se han casado. Son amigas desde el principio de los tiempos, bromea Midge.

—Esa es tu mitad ―dice Annabel señalando el brownie.

—Ay, no puedo, no con todo.

Midge parte el brownie por la mitad.

Echan una ojeada al reloj. El tiempo no importa nada. A Annabel le sirven otra taza.

―¿Te vas a comer lo que queda? —inquiere.

Midge mueve la cabeza negativamente.

Annabel parte el brownie por la mitad.

Tras la vigésima división, el brownie es del tamaño de un grano de arena. Midge saca de su enorme bolso una cuchilla de afeitar de un único filo y divide la migaja.

Hablan del tiempo. Coinciden en que es probable que llueva. La conversación da vueltas y más vueltas sobre sí misma, con un número infinito de temas sobre los que charlar.

Annabel se coloca una lupa de joyero en el ojo derecho y saca de una funda de cuero un fino cuchillo de obsidiana con la hoja del grosor de una única molécula. Un regalo de un cirujano oftalmológico con el que salió tiempo atrás. Biseca limpiamente la oscura mota y se mete la mitad en la boca.

—Venga, acábalo, cómete el último trozo ―la anima Midge.

—No, es de cajón que es todo tuyo.

—Eso lo daba por sentado.

La lisa superficie del bolso de Midge se comba cuando esta introduce la mano en una de sus dimensiones para extraer un microscopio electrónico.

Midge parte el brownie ―ahora de un ángstrom de grueso― por la mitad.

—Una hoja de papel tiene un grosor de un millón de ángstroms ―afirma Midge como si Annabel no lo supiera desde siempre.

Annabel es física nuclear. Es la hija bastarda de Stephen Hawking. Es recepcionista en el laboratorio de física de partículas Fermilab.

Midge les tiene a todas mucho cariño.

Cinco cortes más tarde, la sala centellea y tiembla ligeramente. Annabel y Midge intercambian una sonrisa.

―Tienes que terminarlo sí o sí ―insiste Midge señalando el espacio aparentemente vacío entre ambas―. Solo queda una pizca.

Annabel baja la mirada siguiendo la dirección del dedo: un error. Los fotones de luz visible juegan al futbolín con la partícula de brownie.

―No estoy segura de dónde está ―dice.

Midge se pone las gafas de leer y con dedos diestros pulsa teclas en una calculadora gráfica. Rebusca por su bolso con un suspiro. A ENIAC le llevará décadas procesar todos esos datos.

―Noventa y nueve por ciento de probabilidades de que esté justo aquí ―dice tras una eternidad, y añade cerrando los ojos—: O en una tetería en las afueras de Katmandú.

―En esta fase resulta difícil saberlo —reconoce Annabel.

El acelerador lineal en la séptima dimensión del bolso de Midge divide el ahora teórico brownie por la mitad.

—La longitud de Planck ―señala Annabel―. Indivisible.

El camarero desaparece tragado por un agujero de gusano. El sofá de polipiel, la cuenta y el universo conocido se disuelven en una espuma rebosante de incertidumbre.

—Ha estado muy bien. —La voz de Midge se oye distante, indefinida—. Tenemos que volverlo a hacer alguna vez.

—Ya lo hemos hecho —dice Annabel.

 

Copyright © 2007 Ellen Klages

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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9 respuestas a La paradoja de la señora Zenón, de Ellen Klages – Especial ultracortos X

  1. Patricia dijo:

    Que un cuento te haga sonreìr un martes a las 8 de la mañana ya es bueno, y si ademàs te recuerda a las Annabel y las Midge que conoces, mucho mejor! Gracias, Marcheto!! =)

  2. Javier Nostromo dijo:

    Me ha encantado. Original y divertido. Gracias, Marcheto. Saludos

  3. Abel dijo:

    Un relato delicioso como el buen brownie. ¡Gracias!

  4. Albert dijo:

    He disfrutado y he sonreído, breve pero dos veces bueno! Gracias!

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