Algo que a lo mejor no sabíais sobre Vera, de J. Robert Lennon – Especial ultracortos VIII

J. Robert Lennon es un autor estadounidense que hasta el momento ha publicado ocho novelas (una de ellas, Cartero, traducida al español) y dos colecciones de relatos. Si bien es cierto que la mayor parte de su obra no se encuadra ni en la ciencia ficción ni en la fantasía, de vez en cuando gusta adentrarse en estos géneros, como demuestran su novela Familiar o relatos como Portal, The Rememberer (incluido en la antología ¿Y ahora quién nos salva?) o el que podéis leer a continuación.

Algo que a lo mejor no sabíais sobre Vera (Something You May Not Have Known About Vera) fue publicado en 2015 y es el tercer relato de la antología Gigantic Worlds (tras el cuento del microondas de Charles Yu y Rex de Laird Barron) que tenemos en el blog. Se trata de un cuento de ciencia ficción muy breve (unas 1 500 palabras en inglés), de ahí que sea perfecto para este especial ultracortos. Espero que os guste.

Y pasemos ya al relato, no sin antes dar las gracias a J. Robert por permitirme tenerlo aquí. Thanks a million, J. Robert!

ACTUALIZACION I: Pinchando aquí ya podéis descargar este relato en los formatos habituales (EPUB, FB2 y MOBI). Y una vez más, muchas gracias a Johan y Jean por su colaboración.

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Algo que a lo mejor no sabíais sobre Vera

J. Robert Lennon

Había quedado con Vera en el centro, en nuestro lugar de costumbre. Parecía ser primavera y, por algún motivo, yo había tomado el autobús, y el niño que tenía sentado a mi lado había sacado una loncha de fiambre de la bolsa del almuerzo y se estaba frotando con ella su rodilla desnuda. El olor a carne procesada combinado con los que flotaban en el ambiente a sudor y repelente de mosquitos me provocó una ligera sensación de náusea. El chiquillo me ofreció fiambre y yo moví la cabeza negativamente.

Me volví y miré por la ventanilla. Hacía un día radiante, pero el vehículo estaba envuelto en una niebla espesa, tan espesa que yo no alcanzaba a vislumbrar absolutamente nada más allá del cristal. El conductor hacía rugir el motor y avanzaba a la que a todas luces era una velocidad peligrosa dada la climatología, lo que despertó mi inquietud. No entendía por qué no había acudido a pie desde mi apartamento a mi cita con Vera; no conseguía recordar dónde había tomado el autobús.

El vehículo era un autocar escolar. El niño sentado a mi lado se llamaba Frank. Yo era consciente de que deseaba estar en otro lugar, con otras personas, aunque no conseguía recordar con quiénes. Frank me dio un codazo y abrió la boca para hablar, pero de ella solo salió ruido de interferencias.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

El autobús se detuvo y nos pusimos en fila para bajar. Una mujer situada en la puerta nos iba haciendo a cada uno una serie de preguntas. ¿Habíamos traído el almuerzo?, ¿y el gorro? ¿Nos habíamos aplicado repelente de mosquitos y protector solar? La mujer tenía los rasgos desdibujados; de hecho, tenía el rostro liso, tan liso como las ventanillas del vehículo.

Respondí que sí a sus preguntas y salí a la radiante tarde veraniega, en el centro de la ciudad. La niebla se había disipado. Nuestro lugar de costumbre estaba al otro lado de la calle, y vi a Vera saludándome con la mano desde la mesa junto a la ventana donde nos gustaba sentarnos. Le devolví el saludo, crucé por el semáforo y entré.

Sabía que tenía que girar a la izquierda para reunirme con ella, pero primero miré al frente, hacia la esquina derecha al fondo del restaurante, donde, detrás de un mueble metálico con tres estantes, se veía la zona de la cocina en la que cortaban y preparaban los alimentos antes de ser cocinados. Por entre las baldas divisé a mi madre, de pie con su cuchillo de carnicero y delantal blanco, tal como la había visto tantísimas veces tras el mostrador de la carnicería del supermercado donde había trabajado en vida. Me saludó con la mano, sin despegar el brazo del cuerpo, alegre pero sin sonreír, que era su modo de demostrar nuestro vínculo especial cuando estaba trabajando. Tuve la sensación de que mi padre hubiera debido estar ahí dándome la mano, pero yo estaba solo.

La esquina del fondo a la izquierda del restaurante estaba vacía. En mi campo de visión apareció una palabra, de un amarillo brillante: «BUSCANDO». Y luego otra: «CARGANDO». Las palabras parecían flotar como a un par de metros delante de mí y a algo más de un metro sobre el suelo. La segunda palabra se desvaneció y el rincón de la sala apareció ante mí. No encajaba. Había niños sentados en mesas de pícnic y la pared posterior del local había sido demolida. Detrás del restaurante había arena, y más allá estaba el mar. El estruendo de las olas apenas se alcanzaba a oír desde donde yo me encontraba.

Noté que alguien me tocaba la mano y me giré. Era Vera. Me besó. Yo tenía algo que preguntarle. También tenía algo que darle, algo que estaba en mi bolsillo.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Llevábamos mucho tiempo saliendo juntos: un par de años. En nuestra primera cita habíamos quedado para almorzar, justo en este mismo restaurante, y desde entonces habíamos comido aquí una vez por semana. Vivíamos a pocas manzanas el uno del otro, y rara era la noche que no pasábamos juntos. Los dos habíamos empezado a hacer gestos que apuntaban a que estábamos dispuestos a irnos a vivir juntos a no mucho tardar, o incluso a algo más. Así que había decidido pedirle que se casara conmigo. Estaba convencido de que diría que sí. De hecho, tenía una sorpresa especial para ella. No era un anillo lo que tenía en el bolsillo. Había solicitado ser transferidos juntos.

Sabía que ella había estado ahorrando para ser transferida. Yo también —en realidad, yo ya había pagado la mayor parte de mi cuota y había sido transferido parcialmente—. Estaba casi seguro de que, si hacíamos fondo común, el dinero nos alcanzaría para la oferta para parejas, y podríamos acabar juntos. Si aceptaba casarse conmigo hoy, cogería el teléfono, escanearía mi retina y la de ella y validaría la solicitud. Llevaría a Vera de luna de miel a Seattle, y el momento álgido del viaje sería una escapada a las afueras de la ciudad para que fuese transferida. Así, cuando llegara la invasión, si ambos moríamos, tal como se esperaba que le sucediera a casi todo el mundo, podríamos estar juntos, aunque fuera digitalmente. Incluso tal vez llegase a ser posible que en algún momento de un futuro lejano pudiéramos ser descargados a cuerpos nuevos. La Compañía lo insinuaba, aunque no prometía nada. Pero yo tenía fe tanto en la Compañía como en el amor de Vera.

Nos sentamos y nos miramos a los ojos. Vera era una mujer preciosa: cutis radiante, cabello sedoso y una sonrisa amable y cálida. No necesitábamos hablar, este era nuestro rito semanal. Simplemente disfrutábamos en compañía del otro.

Yo ya sabía qué iba a pedir, cómo no —los dos comíamos siempre lo mismo—, pero a pesar de ello eché una ojeada al menú, por guardar las formas. O a lo mejor podíamos tomar algún entrante, por cambiar. Sin embargo, el menú no estaba bien. En la cartulina con manchas y salpicaduras de salsa no aparecía la carta del almuerzo, que habían sido remplazada por dos únicas palabras dispuestas en ángulo oblicuo, escritas con caracteres grises y repetidas por toda la página: «FICHERO DAÑADO, FICHERO DAÑADO, FICHERO DAÑADO, FICHERO DAÑADO». Y entonces, mientras estaba mirando, una esquina del antiguo menú apareció con un parpadeo —entreví las palabras «bibimpap de tofu»— momentos antes de que todo el menú fuera sustituido por lo que parecía ser una noticia de periódico. «ESTÁN ENTRE NOSOTROS», decía el titular, debajo del cual había una foto, una imagen borrosa de un hombre trajeado con una especie de garra prensil que brotaba de su espalda. La garra sujetaba un brillante cilindro metálico, que el redactor había rodeado con un círculo rojo, como para llamar la atención sobre él. El cilindro estaba tocando a otra persona, un transeúnte cualquiera que pasaba por ahí, y podía interpretarse que se trataba de un arma.

Vera estaba hablando, así que solo pude echar un rápido vistazo al texto del artículo; distinguí las palabras «invasión ya ha comenzado» y «adoptando forma humana» antes de volver a prestar atención a lo que ella estaba diciendo.

—… cómo me alegro de verte —me aseguró.

—¿Qué decías, amor?

—Que cómo alegro de verte —repitió, y sonrió apaciblemente.

Alargué la mano y tomé la suya.

—Bueno, sí, claro.

Vera tenía unas manos preciosas, fuertes, aunque de huesos finos. Sin embargo, el tacto de esa mano era frío.

—¿Te encuentras bien, Vera?

—¡Sí! —exclamó parpadeando muy deprisa.

Durante un instante sentí como si su mano se contrajera dentro de la mía, cerrándose para formar un puño y endureciéndose; retiré la mano.

Al otro lado de la ventana, algo captó mi atención: una furgoneta blanca que pasaba, sin ventanas traseras. Pero no se trataba de una furgoneta. Solo era un bloque totalmente blanco con las palabras, «SUSTITUCION EN CURSO DE ELEMENTO AUSENTE» desplazándose por su superficie; y de pronto se convirtió en un elefante, un elefante viejo y cansino, que yo recordaba haber visto de niño en un zoo. El animal dobló la esquina pesadamente, al parecer inadvertido de lo anómalo de su presencia en las calles de la ciudad, y sin que tampoco los transeúntes aparentasen reparar en ello.

Entonces es cuando noté la mano de Vera en la mía, y sin necesidad de mirar supe que no era en absoluto una mano, sino una garra. Cuando me volví hacia ella, sus ojos eran discos blancos, en cada uno el familiar símbolo de imagen no encontrada, las tres figuras pixeladas, y detrás de ella mi madre subida a una mesa vacía con el cuchillo de carnicero, cortando para bajar a mi hermano que se había ahorcado del ventilador del techo. «No quiero estar aquí para la invasión», decía su nota. Mi madre se giró hacia mí, sobrecogida, con la mirada rebosante de la angustia y los remordimientos que la llevarían a hacer lo mismo algunas semanas más tarde. Los echo de menos, a ambos.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

De pronto me acordé, justo cuando Vera sacó la otra garra que esgrimía un reluciente cilindro, de adónde íbamos en aquella excursión en la que me senté junto a Frank Cousins en el autobús. A la playa, era una salida a la playa, en primavera, malograda por la muerte en masa de una determinada variedad de cangrejos —cangrejos herradura, creo—. La arena estaba sembrada de caparazones quitinosos que apestaban bajo el sol, y yo nunca había olvidado el tacto en mis dedos de los caparazones, de los exoesqueletos, pero me consoló saber que la invasión ya se había producido, que se habían apoderado de Vera primero, y que al final la Compañía sí que había cumplido. Que, en cierto modo, yo todavía vivía.

 

Copyright © 2015 J. Robert Lennon

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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4 respuestas a Algo que a lo mejor no sabíais sobre Vera, de J. Robert Lennon – Especial ultracortos VIII

  1. Anuska dijo:

    Ay! Un tanto angustioso para leerlo tan temprano, pero me ha gustado mucho. Gracias 😊

  2. Gilberto dijo:

    Bastante terrorífico y muy bien logrado. Gracias, Marcheto. No conocía a este autor.

    • marcheto dijo:

      Me temo que no es demasiado conocido entre los lectores de habla hispana, ni dentro ni fuera del género, pero creo que en EEUU incluso hay una serie de TV basada en la idea de su relato The Rememberer. En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado.

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