Érase una vez un pueblo…, de Eliza Victoria – Especial ultracortos VII

Eliza Victoria es una escritora filipina autora de varias novelas y numerosos cuentos y poemas. Varias de estas obras han ganado o han sido finalistas de prestigiosos premios literarios en su país, entre los que destaca el Philippine National Book Award, con el que fue galardonada su novela Dwellers. Sus relatos han aparecido en numerosas antologías y revistas, tanto filipinas como estadounidenses, y parte de ellos se han recopilado en sus dos colecciones de cuentos.

Érase una vez un pueblo… (Once in a Small Town) se publicó por primera vez en Very Short Stories for Harried Readers (Milflores 2007), antología editada por Vicente Garcia Groyon que recopilaba más de 40 relatos flash fiction de escritores filipinos. También fue incluido en A Bottle of Storm Clouds (2013), una de las dos colecciones de la propia Eliza, y en la antología Fantastic Stories of the Imagination: People of Color Flash Anthology (2017). Aunque el tema no sea especialmente original, las menos de mil palabras de este muy emotivo cuento consiguen que no se olvide fácilmente. Espero que os animéis a leer esta primera muestra de literatura filipina que tenemos en Cuentos para Algernon y que os guste.

Y, antes de pasar a lo que realmente importa, tan solo me queda agradecer a Eliza que me haya permitido tener aquí el que creo es su primer relato traducido al español, aunque esperemos que no sea el último. Thanks a million, Eliza!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar desde aquí el fichero ZIP con el cuento en los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI).

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Érase una vez un pueblo…

Eliza Victoria

… al que todos los muertos regresaron. Cuando los vecinos del lugar, jóvenes o viejos, desmejorados y atribulados, abrieron la puerta tras ser despertados por los ladridos de los perros, se encontraron una imagen con la que habían soñado desde el mismo día de su abandono: sus seres queridos, limpios e incólumes, plantados sonrientes en el porche. Hijos, hijas, madres, padres, primos: todos volvieron, en perfectas condiciones, como si nunca hubiesen estado muertos, como si nunca hubieran acontecido los sucesos que los habían matado.

Los que habían fallecido en un incendio tornaron con la piel tersa. Los cuerpos de los que habían sido abatidos por balas no mostraban orificios de proyectiles. Los pocos que habían muerto en sucesos variados —una caída desde lo alto de las escaleras, un accidente de automóvil en una carretera sin iluminación, una fuerte descarga eléctrica— no presentaban heridas que pudieran siquiera llevar a pensar que tales tragedias se hubiesen producido. Incluso a los niños —fallecidos por palizas, falta de cuidados o juegos que habían acabado mal— se los veía indemnes. Ninguno olía a tierra de cementerio ni tenía restos de ella bajo las uñas. Hola, padre. Hola, madre. Hola. ¿Por qué has tardado tanto? ¿Qué hay para cenar?, preguntaron, como si tan solo volvieran de un recado. No se acordaban de su muerte.

La mayor parte de las mujeres que abrieron la puerta se desmayaron. Las que consiguieron mantenerse en pie dirigieron la mirada más allá de la verja de su casa y vieron que sus vecinos tenían en sus propios jardines al menos a un ser querido resucitado sumido en el desconcierto. ¿Qué pasa?, preguntaron los seres queridos. ¿Por qué no me dejas pasar? Y todos los habitantes del lugar se apercibieron a un tiempo de que no estaban soñando.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Un grupo de hombres se reunió y marchó hacia el camposanto del pueblo para comprobar si las tumbas seguían intactas, creyendo que sus muertos habrían destrozado los ataúdes al salir; sin embargo, en el cementerio se encontraron con que no había tumbas. Los hombres acudieron al sacerdote del lugar en busca de consejo, pero este estaba sirviendo la cena a su hermana fallecida de unas fiebres cinco años atrás. ¿Por qué pensar en el demonio en una noche tan dichosa?, les dijo el sacerdote mientras echaba cucharadas de arroz en un bol de porcelana. Reconfortados, regresaron junto a sus esposas y familias para contarles las noticias.

Por todas las calles se oyeron grandes gritos de alegría, y a los muertos —desconcertados, y todavía  más desconcertados a causa del júbilo— se les permitió entrar en sus hogares. El día siguiente habría de ser el más feliz de la historia del pueblo. Los vecinos se habían puesto de acuerdo para actuar con naturalidad y así evitar confundir más a los resucitados, aunque hubo quien no consiguió reprimirse. Prepararon desayunos opulentos y contemplaron a sus seres queridos comer con una ferocidad que los habría asustado de haberse visto a sí mismos. Sacaron los mejores cubiertos y la vajilla de porcelana, y sintonizaron en la televisión los programas favoritos de sus seres queridos. Mamá está muy rara hoy, le decía un niño resucitado a otro, y las madres estallaban en llanto porque sus hijos estaban vivos, vivos, vivos…

Sin embargo, con el transcurrir del día, los vecinos fueron reparando en que cada vez se les iba haciendo más y más cuesta arriba mirar a sus muertos. Porque aunque ellos no recordaran el incendio, el accidente de coche, el odio que los había matado, los vecinos sí. Recordaban la larga espera y el momento de recibir la noticia, la llegada de cirios y flores, el aroma a café, las noches en las que no toleraban oír ni su propia voz. El sacerdote del pueblo, por ejemplo, se acordaba de cómo había limpiado el vómito sanguinolento del cabello de su hermana, y este recuerdo, vívido y persistente, le impedía disfrutar con plenitud del sonido de la risa de ella. En cierto modo lo sentía más real que su presencia.

Los habitantes del lugar no tardaron en darse cuenta de que, al seguir intactos sus recuerdos de esos días aciagos, la resurrección de sus seres queridos no suponía diferencia alguna. Podían estar vivos, pero en su cabeza fallecían una y otra vez.

Esa tarde, los vecinos decidieron dejar que sus seres queridos murieran de nuevo. Pusieron pesticida en su comida, les sumergieron la cabeza bajo el agua, los asfixiaron con almohadas. Llevaron los cadáveres al camposanto del pueblo y, llorando, los enterraron en fosas poco profundas.

Tras regresar a casa, los vecinos se lavaron las manos y sacaron las fotografías de sus muertos. Recuperaron el sosiego con recuerdos de lo que sus seres queridos habían hecho en vida. Y cuando al cabo cayó la noche, se durmieron con una sonrisa en el rostro.

Copyright © 2007 Eliza Victoria

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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12 respuestas a Érase una vez un pueblo…, de Eliza Victoria – Especial ultracortos VII

  1. Carmen dijo:

    Fantástico e inquietante cuento, que hace reflexionar.
    Muy buena elección.

  2. mangrii dijo:

    Muy pero que muy inquietante. Me doy cuenta (o eso creo) que es la primera vez que leo una escritora filipina. Gracias por traérnoslo 🙂

  3. Caplan dijo:

    No conocía a esta escritora, gracias por presentarnosla.

    El cuento es curioso e inquietante. Deja marca.

  4. Desde que leí a Fredric Brown me gustan los relatos ultracortos y considero que son ideales para leer en un blog. Para relatos más largos sigo prefiriendo el papel.

    Me ha gustado esta historia terrible y me ha gustado como la cuenta, como sin darle demasiada importancia, como un cuento. Los vivos dan más miedo que los muertos.

    • marcheto dijo:

      Hola, Carlos. Bueno, espero que también te animes a leer alguno de los relatos más largos. En papel no los puedo sacar, pero siempre que me lo autorizan los autores pueden descargarse en diversos formatos electrónicos que se puedan leer en tablets, e-books…
      Efectivamente, la historia está planteada como un cuento, basta con ver el título. Pero teniendo en cuenta lo terroríficos y crueles que son algunos de los cuentos clásicos en su versión sin edulcorar, tampoco debería sorprendernos la dureza de esta historia incluso aunque adopte ese formato.
      Y muchas gracias por comentar.

  5. Lothrandir dijo:

    Una vez más nos sorprendes, Marcheto. Me ha gustado mucho, con ese sabor a Ray Bradbury -o al menos a mí me lo parece–. También es mi primera autora filipina. El año pasado descubrí la riqueza de registros y temáticas y el poderoso empuje de los autores chinos actuales. Por virtud de tu difícilmente sustituible labor, me ha sido dado recordar que la fuerza de la creación literaria trasciende fronteras y habita allí donde existen seres humanos. Algo bueno debía tener la globalización. Muchísimas gracias, Marcheto.

    • marcheto dijo:

      En mi opinión, la globalización tiene muchas cosas buenas y, en el caso de mi blog, tiene otra importante: muchos autores de países no anglosajones escriben directamente en inglés, de ahí que pueda traducirlos y tenerlos por aquí. No elijo los autores en función de su nacionalidad (salvo que algún día me decida a hacer algún especial que tenga que ver con ello), pero sí que es cierto que me gusta tratar de publicar cuentos que sé que es más difícil que puedan llegar a traducirse por las vías comerciales tradicionales, y los autores no anglosajones es cierto que suelen encajar en esta categoría, de ahí que cuando me cruzo con un relato como este procure no dejarlo escapar, aunque sé perfectamente que su repercusión y tirón, incluso entre los seguidores del blog, puede que sea menor que si opto por autores más populares.
      En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado. Y a tenor del resto de comentarios aquí y en Twitter, por suerte no eres el único. 😀

  6. Gilberto dijo:

    Gracias Marcheto, excelente relato, gracias por permitirnos leer autores que de otra forma jamás conoceríamos. Perturbador, profundo, humano, cotidiano. ¡Algo extraordinario!

    • marcheto dijo:

      Este es uno de los tres o cuatro relatos ultracortos que me animaron a montar este especial. No solo por la posibilidad de tener en el blog una representante de un país del que es difícil encontrar material traducido, sino porque me impacto enormemente. Así que me alegro de que también a ti te haya gustado.

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