Masacre en el pícnic del monte Frost, de Seth Fried

Seth Fried es un escritor al que ya tuvimos por aquí con su estupendo Hola de nuevo, incluido dentro del homenaje dedicado a Italo Calvino. También es autor de una colección de relatos de lo más recomendable, The Great Frustration, de ahí que en su momento me quedara con ganas de daros la oportunidad de leer alguno de los cuentos de la misma. Por cierto, quiero aprovechar para felicitarle dado que hace unos días anunció la publicación de su primera novela, Metropolis, que a la vista del argumento parece encuadrarse en la ciencia ficción.

Masacre en el pícnic del monte Frost (Frost Mountain Picnic Massacre) se publicó por primera vez en 2009 como número 124 de la colección One Story (One Story Inc.) Posteriormente fue seleccionado para la antología The Year’s Best Dark Fantasy and Horror, editada por Paula Guran en 2010, y asimismo se incluyó en la ya mencionada The Great Frustration (Softskull Press 2011). Además, también fue galardonado con el premio Pushcart Prize, que se concede anualmente a los mejores relatos, ensayos y poesías publicados por pequeñas editoriales independientes. Se trata de un cuento un tanto kafkiano que, a pesar de que por momentos pueda parecer absurdo, consigue resultar bastante inquietante.

Muchísimas gracias a Seth por haberme cedido tan amablemente este segundo relato para Cuentos para Algernon, que ojalá no sea el último. Thanks a million, Seth!

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Masacre en el pícnic del monte Frost

Seth Fried

El año pasado, los organizadores del pícnic nos hicieron saltar por los aires. Cada año es peor. Me refiero a que cada año son más los que mueren. El pícnic del monte Frost siempre ha sido una fuente de incertidumbre en nuestra ciudad, y la masacre es la peor parte. Incluso hubo algunos que sin haber extendido la manta precisamente encima de la línea de bombas perdieron el conocimiento tras ser golpeados por las extremidades que salieron despedidas; a los demás, como poco, la negra tierra de la base del monte Frost se les metió bajo parpados y uñas y les subió por las fosas nasales. Los carritos de buñuelos de manzana, las casetas donde te adivinan el peso y los puestos de algodón de azúcar que no fueron arrasados por las primeras explosiones se fueron deslizando lentamente hacia el interior de los recién formados cráteres, asentándose entre débiles crujidos sordos. Las escasas personas que estando situadas sobre la línea de bombas sobrevivieron a la onda expansiva salieron despedidas y acabaron, como mínimo, entre las ramas de algún árbol.

El año anterior, el estruendo de la banda de polca había ocultado las detonaciones aisladas de los lejanos rifles. Un hombre adulto que se disponía a dar un mordisco a una manzana caramelizada giró brusca y violentamente, como impulsado por el fino chorro de sangre que brotó de su cuello. Una anciana irrumpió en medio de un corrillo de risueños adolescentes sujetándose el estómago y dando tumbos. Alguien cayó hacia delante y aterrizó sobre su plato de churros, y durante todo el día deambulamos por la zona cerrando los ojos ante lo que estaba sucediendo.

Hubo un año en que los mosquetes de la Asociación para la Recreación de Batallas de la Guerra de la Independencia resultaron estar cargados con munición real. Otro año, todos los niños que jugaron en el castillo hinchable fallecieron tras haber recibido altas dosis de radiación. Mientras que otro, a mitad del pícnic se descubrió que en un tercio de los sanitarios portátiles había serpientes venenosas. El año en que se ofrecieron paseos gratuitos en globo, ninguno de los aerostatos que despegó —llenos de gente riendo y saludando desde las cestas, y tomando fotografías durante el ascenso— regresó jamás.

No obstante, todos los años continuamos acudiendo por cientos al pintoresco muelle fluvial del puerto deportivo para esperar los barcos que nos llevarán al monte Frost. En el aparcamiento en la cima de la colina, aplicamos crema solar en las narices de nuestros hijos. Rebuscamos en nuestras grandes bolsas de lona, haciendo inventario de las gominolas, las sandalias de goma de repuesto, los tetrabriks de zumo… intentando anticiparnos a la inquietud y las inevitables necesidades de nuestros hijos durante los veinte minutos que tendrás que esperar hasta que los barcos estén preparados. Deseosos de ocupar nuestro puesto en la fila, bajamos deprisa y corriendo por la ladera camino de las enormes embarcaciones blancas que flotan sobre las aguas.

Esperamos en una larga cola demarcada mediante sogas, que se dobla sobre sí misma innumerables veces antes de alcanzar el muelle con su toldo de vinilo azul. No bien llegue la hora de partir, la fila avanzará y nos conducirá hasta el embarcadero, donde los marineros nos dividirán equitativamente entre los distintos barcos. Desde ahí navegaremos río arriba, hacia el norte de nuestra ciudad, donde se levanta imponente el monte Frost. Al cabo de un rato divisaremos desde las cubiertas un lozano prado verde salpicado de carpas de brillantes colores y de rutilantes atracciones de feria, el cuadro enmarcado al completo por la impresionante altura del monte Frost alzándose hacia el cielo de un azul gélido y esplendoroso.

Al ver el atractivo espectáculo del lugar donde se va a celebrar el pícnic al pie del monte Frost, la mayoría de nosotros se convencerá, una vez más, de que este año será diferente, de que lo único que nos espera por delante es un día lleno de entretenimiento y diversión… pero, más tarde o más temprano, una de las atracciones se desplomará o un camión con propano explotará cerca de alguna de las carpas con comida cobrándose docenas de víctimas.

Ni que decir tiene que cada año hay más gente que asegura que no vendrá. Año tras año se celebran asambleas en las que todos condenamos el pícnic del monte Frost. Nos reunimos en las pistas de tenis vacías del parque de la ciudad donde prometemos renunciar a las bolsas de cacahuetes gratis, a los boniatos asados gratis, a la cerveza gratis y a los fuegos artificiales y paseos en tractor gratis.

Nuestros rostros se inflaman mientras juramos alineamiento eterno contra los diversos comités, organismos públicos y oscuros intereses privados encargados de organizar el pícnic. Cada año hay más gente en las asambleas que camina con muletas y luce parches en los ojos a causa de las heridas sufridas en años anteriores. Cada año hay más gente que sostiene en lo alto fotografías de seres queridos fallecidos y se golpea el pecho. Cada año son más los que se acaloran, se interrumpen entre ellos, reclaman a la multitud allí reunida su derecho a ser los primeros en hablar. Cada año se firman juramentos de lealtad. Cada año se formulan y aceptan libremente promesas de abstención del pícnic del monte Frost, y cada año, sin excepción, todo el mundo termina acudiendo al pícnic a pesar de todo.

Quienes muestran más abiertamente su oposición al pícnic son con frecuencia también los más ansiosos por presentarse en él, los que casi seguro se cuelen en la fila ante las embarcaciones, los que se muestran más desdeñosos con el piquete del aparcamiento compuesto por media docena de fanáticos.

 

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Mientras esperamos en fila para subir a bordo, nuestros hijos restriegan la barbilla contra la tierra y nos empujan los pies con la frente. Se tiran por el suelo gritando obscenidades y corren en círculo berreando tonterías; nosotros, mientras tanto, jugueteamos con las llaves del coche en el bolsillo y permanecemos pasivos contemplando embobados las embarcaciones. Por lo general no permitimos que se comporten así de mal. Sin embargo, nos esforzamos por ser comprensivos puesto que les duele la cara.

A nuestros hijos les empiezan a doler las mejillas mientras hacen cola para los barcos, y les continúan doliendo hasta que les pintan la cara en el pícnic del monte Frost. Ahora ya comprendemos que todos los niños nacen con el fantasma de unos bigotes felinos. Todos los niños nacen con el fantasma de una cara perruna. Todos los niños nacen con el fantasma de una bandera estadounidense en la frente, de un arcoíris en la mandíbula y de profundas y curvadas cicatrices de pirata, cuya ausencia les atormenta durante toda su infancia. Ahora entendemos que todos los niños nacen con unas lacerantes imágenes banales ocultas bajo el rostro, cuyo enmascaramiento les provoca un tremendo malestar. Es un dolor que solo puede ser aliviado por el pincel de un pintacaras, cuyos trazos van revelando los crípticos dibujos escondidos tras los semblantes de nuestros hijos. Este es un hecho que todo buen progenitor conoce.

 

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Diez años atrás, la masacre llegó en forma de veinticinco gorilas de espalda plateada liberados en el momento álgido del pícnic. Entre las víctimas se contó una niña llamada Louise Morris, que murió despedazada. Tal vez porque Louise había interpretado a la Virgen María en la función navideña el invierno anterior, o tal vez por las expresiones fieras en el rostro de los tres gorilas de espalda plateada que tiraron de los brazos y piernas de Louise en distintas direcciones, o tal vez tan solo porque era mucho más guapa y formal que los otros niños fallecidos ese día… pero, por el motivo que fuera, la muerte de Louise Morris conmocionó profundamente a la comunidad.

Ese año, la asistencia a las asambleas creció hasta convertirlas en mítines en toda regla. Durante un mes, la fotografía de Louise Morris se publicó todos los días en la portada de los periódicos locales. Cuando íbamos a la iglesia nos poníamos un lacito amarillo, y una tienda de regalos de la ciudad empezó a vender camisetas con la leyenda «Acordaos de Louise», que enseguida se pusieron de moda. Ante la enorme presión del ayuntamiento, el zoo local se vio obligado a prescindir de su valiosa familia de gorilas: Gigi, Taffy y Jo-Jo, su cría recién nacida, que fueron vendidos a los zoos de San Luis, Calgary y Cleveland, respectivamente.

El consejo escolar añadió un fin de semana de tres días al calendario lectivo del distrito en memoria de Louise, e impulsó con éxito una campaña de protesta contra un colegio un par de distritos más allá exigiendo que su equipo cambiara de mascota y que los Gorilas de Brightonville pasaran a ser los Relámpagos de Brightonville. Sin que el consejo escolar interviniera oficialmente, la oposición a que en los colegios públicos se enseñara la teoría de la evolución empezó a disfrutar de una repentina popularidad en la zona. Sin ningún tipo de orden por escrito, con tan solo la indignación moral de la comunidad como faro, los profesores fueron quitando poco a poco de sus aulas los pósteres plastificados que mostraban a esos supuestos antepasados nuestros en exceso gorilescos avanzando pesadamente por algún paisaje prehistórico.

La reacción de la comunidad ante la muerte de Louise fue tan desmesurada que, con el tiempo, empezó a resultar complicado seguir la pista a todos los cambios por ella suscitados. Era difícil saber dónde terminaba uno y comenzaba otro. Tal vez fuera nuestro odio por los gorilas lo que a la larga motivó nuestra desconfianza hacia los hombres corpulentos con tendencia a andar encorvados, que a su vez desembocó en el proceso de destitución del alcalde Castlebach. Tal vez nuestro miedo generalizado a los países remotos —gracias a cuyos bosques, sabíamos o sospechábamos, subsistían las poblaciones de gorilas— tuvo más que ver con las deportaciones de aquellos cuatro estudiantes keniatas de un intercambio escolar de lo que a ninguno de nosotros le gustaba reconocer. Con todos esos cambios relacionados con la muerte de Louise, había muchos pormenores, muchos aspectos intrincados y posiciones poco claras que hacían que resultase difícil saberlo. De hecho, lo único que pareció seguir exactamente igual fue el pícnic del monte Frost.

 

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Cuando las asambleas populares se van apagando, empezamos a ver anuncios del pícnic del año siguiente. Como es lógico, la reacción inicial siempre vuelve a ser de indignación. Pero después de que los anuncios sigan ahí mes tras mes, después de contemplarlos en vallas publicitarias y laterales de autobuses, después de oír sus sintonías comerciales en la radio y ver en los noticiarios locales los vacuos reportajes sobre el inminente pícnic, nuestra postura siempre empieza a ablandarse. Aunque jamás nadie da un paso al frente y lo reconoce, el razonamiento general parece ser que, si el pícnic puede ser publicitado de manera tan abierta, eso tiene que significar que los problemas que tenía ya deben de haberse solventado. Si es posible escribirle una sintonía comercial así de simpática, si el presentador de las noticias y el meteorólogo pueden mantener una conversación tan insulsa sobre el mismo, no puede entrañar peligro alguno. Nuestros juramentos contra el inminente pícnic empiezan a resultar difíciles de mantener. El mero optimismo de esa propaganda basta para exorcizar los aciagos sucesos del año anterior.

Los escasos ciudadanos que se aferran a su ira son considerados indefectiblemente individuos que se niegan a pasar página, individuos que disfrutan con la discordia. Cuando hacen campaña por los barrios o reparten por las calles folletos con los datos de anteriores masacres, se los llama excéntricos y fanáticos de las conspiraciones. Se los acusa de excesiva creatividad en sus reconstrucciones de los sucesos, de elegir los hechos de manera selectiva para que encajen en sus fantasías paranoicas. O bien se dice de ellos que tienen razón en algunos puntos que merecerían ser tomados en consideración si no fuese porque sus métodos son tan detestables, si no se empeñaran en sostener pancartas en las esquinas de las calles y dejar octavillas bajo nuestros limpiaparabrisas, si no se dieran esos aires de superioridad moral y se mostrasen tan convencidos de sus opiniones… A la larga, de lo único de lo que estos disidentes consiguen convencernos es de que no acudir al pícnic es vivir fuera de la normalidad.

Hacemos cola para los barcos ataviados con nuestras camisetas «Acordaos de Louise». Pensamos ilusionados en los pinchos de salchicha gratuitos, cucuruchos de helado gratuitos y gorritos de fiesta gratuitos. Nuestros niños gritan y agarran las piernas de los marineros cuando estos recorren la fila con sus uniformes impolutos. Con sus pantalones azul pálido pulcramente planchados y la corbata a juego metida por dentro de la camisa de manga corta y cuello abotonado, los hombres dedican a nuestros hijos sonrisas exageradas. Un marinero hinca una rodilla en el suelo y coloca su gorra blanca y plana en la cabeza de un niño. Cuando el chiquillo grita, se la quita e intenta rasgarla por la mitad, el hombre prorrumpe en risas, como si el crío acabara de decir una gracia.

La amabilidad de los tripulantes es forzada y el atroz comportamiento de nuestros hijos la hace resultar todavía más increíble. Muriéndose de ganas de que les pinten la cara, nuestros hijos se retuercen por el suelo y gimotean cuando ellos pasan por nuestro lado camino de la zona de embarque. Una vez ocupado su lugar bajo el toldo, los marineros dirigen alguna esporádica mirada hacia la larga cola y esbozan esas mismas sonrisas exageradas. Nos saludan enérgicamente con la mano, un gesto que sume a nuestros hijos en un renovado frenesí.

En varias ocasiones se ha sugerido que tal vez el problema de las caras de nuestros hijos no es en realidad un malestar físico sino un malestar emocional similar al de cualquier niño cuando alguna vez se le niega un capricho. Se ha sugerido que tal vez, como norma general, podría ser conveniente prescindir de pintarles la cara o, ya puestos, prescindir de todo aquello cuya carencia pudiera inducirles a comportarse con tamaña violencia. Se ha sugerido que tal vez el carácter de nuestros hijos saldría fortalecido si les permitiéramos sufrir bajo la carga de las imágenes ocultas en su rostro, obligándolos a hacerlas salir a la luz de forma gradual mediante el desarrollo de aficiones personales y un temperamento amable, en lugar de que tan solo les sean pintadas toscamente.

Aunque, al final, a todos nos cuesta ver las cosas así. Después de todo, cuando los niños acuden al colegio al día siguiente con el rostro pintado, los trazos ya emborronados y difuminándose, ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos sean los que luzcan caras desnudas. Ninguno de nosotros queremos que a nuestros hijos se los deje de lado o se los ridiculice. Como buenos padres que somos, queremos que tengan éxito, aunque sea en asuntos de lo más irrelevante, habida cuenta de que esperamos que esos pequeños éxitos puedan a la larga conducirlos a otros más profundos y significativos. Ninguno de nosotros deseamos que nuestros hijos sean víctimas de alguna acusación arbitraria y casi con toda probabilidad falsa por culpa de la carencia de algún elemento de relevancia social. Ninguno de nosotros confiamos en que nuestros hijos sean capaces de resistir una prueba así.

Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos terminen siendo unos parias. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos se conviertan en criminales o pervertidos. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos empiecen a fumar marihuana o a masturbarse en exceso. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos acaben convertidos en unos sin techo o desarrollen fetichismos extraños que alejen de su lado a parejas perfectamente idóneas, pero que no desean que se les meen encima, se las ate o les apaguen cigarrillos en el trasero. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos se lancen a merodear por parques públicos para robar perros ajenos con algún propósito inimaginable y siniestro. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos ronden las inmediaciones de las iglesias tras la misa matutina ataviados con gabardinas negras para exhibir ante los feligreses que salen del templo sus genitales amoratados por un exceso de actividad, genitales que antaño nos parecían diminutos y adorables, genitales que antaño envolvimos con todo cariño en pañales de tela. Ninguno de nosotros queremos que nuestros hijos espanten a muchedumbres de feligreses de edad avanzada con esas partes pudendas recién echadas a perder y los hagan salir gritando, gruñendo enojados, rebuscando las llaves de sus Cadillacs y tapándose los ojos en vano.

Tampoco es que juzguemos a la gente cuyos hijos han salido así. Tan solo es algo que no querríamos para los nuestros. Incluso los padres menos implicados en el bienestar de sus hijos están hartos de pagar las facturas de hospital de sus hijos sin pintar en las que se traducen los empujones que los derriban de los columpios o introducen su cabeza en la taquilla. Incluso esos padres están hartos de que a sus hijos les pongan apodos como despintado, caramonda y mariquita sin pintas. Incluso esos padres, en su mayor parte, parecen comprender.

 

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Aunque las entidades públicas y organismos responsables del pícnic siguen siendo para nosotros unos entes vagos y envueltos en el misterio, hay que reconocer que tampoco es que en ningún momento se nos nieguen abiertamente esos datos. El problema radica tan solo en que desconocemos las preguntas adecuadas y dónde formularlas.

Un año, después de que veinte jóvenes parejas fallecieran electrocutadas en el Túnel del Amor, muchos de nosotros nos presentamos en entidades públicas y privadas para exigir explicaciones. Pero en todos los casos, un apático empleado se limitó a informarnos de que el organismo en cuestión no tenía nada que ver con el pícnic por lo que no podía proporcionarnos información alguna. O bien se nos dijo que su participación había sido tan secundaria que el único documento disponible era un impreso de reserva del parque para una fecha concreta, una copia de la licencia temporal para venta de licores durante el evento o algún otro papel irrelevante.

Cuando uno de nosotros preguntaba dónde podíamos obtener más información o sobre qué entidad recaía la mayor parte de la responsabilidad, los empleados tan solo nos brindaban una mirada de impotencia, como dándonos a entender que nos estábamos mostrando poco razonables. Y, siendo francos, una vez empezamos a advertir el gigantesco aparato del que por lo visto cada uno de los departamentos era tan solo una parte increíblemente minúscula, tuvimos que reconocer que nos estábamos mostrando poco razonables. Quedó claro que no es que estuviéramos tratando con algún funcionario díscolo u ordenanza ineficaz, sino que nos enfrentábamos a una confluencia de intereses públicos y privados tan complejos que no parecían ser de nuestra incumbencia.

Como mucho, algún empleado aludía a alguna corporación internacional mastodóntica de la que se decía era la principal orquestadora del pícnic. Ahora bien, ¿qué era lo que se podía hacer con esa información? Al igual que pasaba con ese otro gigantesco aparato, solo que a una escala incluso mucho mayor, estas entidades eran demasiado grandes para que realmente se les pudiera pedir cuentas de nada. El alcance del poder de las personas que estaban al frente era tal, que, para cuando cualquiera de sus decisiones se llevaba a la práctica, intentar culparles de las mismas hubiera sido como tratar de culparles del mal tiempo. Aparte de que, aprovechando que ya teníamos la sensación de ser una molestia, se nos recordaba —un auxiliar presionándose el puente de la nariz y luego volviendo a ponerse las gafas— que los muros de incomunicación construidos alrededor de esos individuos eran elevados, y por buenos motivos.

Abandonábamos esas oficinas en silencio, nuestro enojo aplacado por nuestro propio bochorno. De pronto nos temíamos que esos empleados nos hubiesen tomado por otros excéntricos o fanáticos de las conspiraciones. Avergonzados, muchos de nosotros nos dábamos media vuelta y regresábamos para disculparnos.

 

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A decir verdad, por mucho que todos nosotros nos sintamos obligados a acudir al pícnic del monte Frost, tanto por nuestro propio bien como por el de nuestros hijos, somos pocos los que realmente terminamos disfrutando de aquellos aspectos del mismo que al principio encontrábamos atrayentes.

Las mesas de trabajos manuales, el pequeño zoológico con animales que pueden ser acariciados por los niños, los artistas ambulantes con festivos jubones de colores… Una vez las tenemos ahí, todas esas atracciones tan esperadas tienden a antojársenos un tanto vistas. Incluso la comida gratis, algo que tan difícil resulta desaprobar, ya no nos suele satisfacer tanto, por mucho que finjamos lo contrario. Bolas de helado flambeadas y tortas de masa frita son apartadas a un lado sin poder evitarlo por aquellos de nosotros que de pronto sentimos unas náuseas repentinas; aquellos de nosotros que, un rato antes, mientras hacíamos cola para embarcar, habíamos alardeado de estar hambrientos.

Muchos de nosotros nos montamos a modo de guasa en el viejo tiovivo cada vez más ajado, y casi antes de que eche a andar ya estamos deseando que pare. Incluso ese disfrute burlón de una atracción infantil nos parece artificioso y alargado en exceso. Montados en el tiovivo miramos a los otros jinetes y nos inclinamos hacia delante, fingiendo intentar tomar la delantera. Ladeándonos de manera exagerada en nuestros caballos, aplaudimos, gritamos entusiasmados y nos obligamos a soltar carcajadas tan torpes y desvaídas que nos provocan dolor de garganta, tan agudas y endebles que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos.

Somos conscientes de que las atracciones del pícnic del monte Frost deberían divertirnos. Somos conscientes de que cuando hablamos con los demás de las atracciones del pícnic fingimos que nos divierten. En torno a los dispensadores de agua y en los restaurantes, repetimos historias sobre inacabados paquetes de palomitas caramelizadas y vertiginosas montañas rusas chirriantes como si de gratísimos recuerdos se trataran.

Pensando en esto y aquello gratis, y en lo otro y lo de más allá también gratis, conseguimos convencernos de que tenemos muchas ganas de que llegue el pícnic. Adjudicamos en nuestra cabeza un valor falso a los artículos que nos serán entregados con tamaña generosidad. O bien tratamos de considerar nuestra participación como un homenaje a algo romántico y arcaico, como una cuestión de herencia cultural.

 

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Entre las dificultades a las que nos enfrentamos para desligarnos del pícnic del monte Frost, un problema que nunca se trata en profundidad en las asambleas locales es el hecho de que —igual que sucede con todos esos departamentos desperdigados por la ciudad encargados de algún cometido sencillo relacionado con el pícnic, pero que pueden asegurar no saber gran cosa ni tener responsabilidad alguna— existen vínculos a muy distintos niveles entre la mayoría de nosotros y el pícnic, de algunos de los cuales podríamos incluso no estar por completo al tanto.

En nuestra ciudad son muchos los negocios, clubs sociales, asociaciones de voluntarios, cadenas de televisión y estaciones de radio locales, y empresas de servicios públicos que, o bien están patrocinados o financiados por los organizadores del pícnic del monte Frost, o bien reciben donaciones de ellos. Con que compremos una bolsa de naranjas a un comerciante de la ciudad, con que echemos una moneda en la hucha del crío ataviado con el uniforme de su equipo de fútbol que está plantado junto a las puertas automáticas, con que escuchemos el continuo sonsonete de los Cuarenta Principales que brota de los altavoces de una tienda, con que apretemos un interruptor de la luz en casa o tiremos de la cadena en un inodoro, estaremos contribuyendo de un modo u otro al pícnic del monte Frost. Nuestro papel no se limita a nuestra asistencia, sino que se extiende hasta abarcar prácticas como beber agua del grifo, comer fruta fresca o ir al servicio.

Es más, incluso si pudiéramos privarnos de estas cosas, por todas partes nos toparíamos con incorrecciones e inconsistencias peculiares que analizadas de manera global resultan inquietantes. Nuestros extractos bancarios presentan continuos errores, junto a los cuales aparecen las letras PMF, y, todas las semanas, una entidad desconocida aplica extrañas deducciones de más en nuestras nóminas.

Cuando un club rotario que está tratando de reunir dinero para los niños con leucemia revisa las cuentas, se encuentra con que la mayor parte de lo recaudado ha sido enviado por error a un distribuidor de algodón de azúcar de New Jersey. Cuando la patrulla de carreteras nos telefonea dos semanas antes del pícnic para preguntar si nos gustaría contribuir con una donación al fondo de ayuda a las viudas de agentes, la llamada, enrutada vía Filadelfia, Ciudad de México y Anchorage, aparece en nuestras facturas telefónicas como un cargo de diecisiete dólares.

Podría suceder que nos ofreciéramos voluntarios para formar parte de un comité de estudio de las reparaciones de los baches de la ciudad y, engañados de un modo u otro, termináramos en el sótano de algún edificio público preparando masivas campañas de buzoneo que nada tuviesen que ver con los baches, pero que incluyeran folletos en idiomas extranjeros con fotografías de familias riendo, comiendo pinchos de salchicha y participando en competiciones al aire libre junto a grandes palabras de llamativos colores como lustig y glücklich.

Varias veces al año, unos hombres con traje azul marino llegan en tropel a la ciudad. Sin previo aviso, sin una regularidad clara en sus visitas, se presentan por doquier. Conducen despacio por nuestra población en grandes comitivas de sedanes negros y ventanas tintadas. Docenas de ellos hacen cola en la oficina de correos y envían paquetes idénticos envueltos pulcramente en papel marrón y con la dirección impresa en pequeñas etiquetas azules adhesivas. Plantados en el exterior de edificios oficiales les hablan a los puños de sus americanas. Se sientan en grupos numerosos en restaurantes, entre nubes de risas ahogadas y humo de cigarrillos. En su mayoría son de edad avanzada, pero van bien arreglados y lucen un buen bronceado, dentaduras de un blanco reluciente y relojes caros. Se sientan de tres en tres en bancos de parques públicos, y también se los ve encorvados sobre niveles de agrimensor en el exterior de iglesias, hospitales y escuelas de primaria. Entran y salen de todos los tipos de edificio imaginables a todas las horas del día imaginables. Hasta que un día, incluso más de sopetón que cuando llegaron, desaparecen.

Uno casi no sabe qué hacer con todos estos pequeños detalles, con todos estos fenómenos. Uno casi no sabe cómo combinarlos, cómo separarlos o cómo considerarlos en relación con el resto. Pero independientemente de cuál sea su suma o su diferencia, tales sucesos tienden a intensificar la sensación de que el pícnic del monte Frost es, de hecho, inevitable. Aunque nunca se exprese de manera abierta, el consenso general parece ser que no hay nada de nada que podamos hacer que vaya a servir para lograr algo definitivo; que vaya a terminar afectando al pícnic, a la masacre o a cualesquiera maquinaciones que puedan subyacer tras ellos.

 

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Si bien nosotros no nos sentimos con fuerzas para escapar de él, muchos soñamos a menudo con que, a la larga, nuestros hijos consigan dejar atrás el pícnic. Tras las asambleas populares, la mayoría de nosotros ya somos plenamente conscientes de que vamos a traicionar nuestros juramentos y promesas de fidelidad. Salimos de ellas sintiéndonos avergonzados e impotentes. Aunque algunos aprovechamos la oportunidad para detenernos a hablar en voz queda entre nosotros sobre la posibilidad de que la siguiente generación pueda terminar rebelándose y rompiendo con nuestro comportamiento sumiso.

De vuelta a casa tras el pícnic, con el eco del fuego de mortero todavía en los oídos o el hedor a gorilas o pólvora en las fosas nasales, miramos de reojo a nuestros hijos dormidos en los asientos posteriores de nuestras rancheras o monovolúmenes. Lo habitual es que vayamos vendados tras algún flirteo con la masacre, los brazos en cabestrillos improvisados a partir de los jirones de nuestras camisetas «Acordaos de Louise». Los labios desgarrados, la nariz ensangrentada, las palmas de las manos sudorosas sobre el volante. Rememoramos los primeros instantes de la masacre, la primera explosión, el primer disparo, el solapado primer runrún de los aviones, con la tierra temblando bajo nuestros pies. Por el retrovisor contemplamos a nuestros hijos dormidos, la luz de la luna recorriendo sus rostros tranquilos. Por debajo de esos pegotes de pintura vislumbramos el aspecto que tenían antes de que el pícnic les dotara de un espíritu tan egoísta e impaciente.

Cuando llega el momento de abandonar la carretera, mientras rodamos despacio hacia nuestra salida, sentimos la tentación de dar un volantazo en dirección contraria y acelerar camino de alguna ciudad lejana, de algún lugar libre de pícnics. Sabemos que nuestro marido o nuestra esposa no diría ni mu, no pediría explicación alguna, no giraría la cabeza siquiera para ver pasar nuestra salida, sino que mantendría la vista al frente, como nosotros, con una mirada eufórica en el rostro.

Sin embargo, estas fantasías son tan tentadoras como improbables, de ahí que nuestra única esperanza continúe cifrándose en nuestros hijos. Nuestros hijos, que dieron sus primeros pasos mientras esperaban en la cola para embarcar, que chapurrearon sus primeras palabras a pintacaras y malabaristas, que perdieron sus primeros dientes en los caramelos masticables o en el regaliz rojo. Nuestros hijos, que, al irse haciendo mayores, empezaron a explicarnos el pícnic como si nosotros no lo entendiéramos. Nuestros hijos, que han empezado a burlarse y ridiculizarnos en cuanto se nos ocurre mentar el monte Frost, que hacen explotar pompas de chicle y ríen con sus amigos como si nuestra senectud y supuesta insignificancia amenazaran la propia existencia del pícnic.

 

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Suena una sirena, la señal de que la cola puede empezar a avanzar. Por mucho que llevemos esperando las embarcaciones o muy ansiosos que parezcamos estar, siempre se produce una ligera pausa entre el toque de la sirena y el consiguiente tumbo hacia delante de la multitud. En ese instante nos acordamos del año en que algunos de los barcos volcaron justo cuando zarpaban camino del pícnic, y de cómo todos los que iban a bordo confiaron en los sorprendentemente voluminosos salvavidas y se hundieron como piedras hasta el fondo del río. Es un instante de mirar de un lado a otro, un instante de toses y encogimientos de hombros.

En la orilla opuesta, una pequeña orquesta de hombres con traje oscuro se lanza a interpretar el segundo movimiento de la Heroica de Beethoven. Congregados bajo una gran carpa, los hombres tocan con maestría. Aquellos a los que todavía no corresponde intervenir se mantienen en completa inmovilidad, se ajustan las gafas oscuras sobre el puente de la nariz o hablan pausadamente a los puños de sus americanas. La música suena extraña por encima del sonido del río, y flota pesadamente en el ambiente.

Es este un momento de lucidez y angustia, en el que deseamos que algo nos libere de nuestro sentimiento de obligación hacia el pícnic, de la sensación de vergüenza que nos provocaría sacar a nuestros hijos de la fila, imaginándonos berrinches tan furibundos como para hacerlo inconcebible. Es un momento en el que esperamos que alguna antigua emoción brote en nuestro interior, alguna pasión que nuestros antepasados poseían y gracias a la cual se enfrentaban sin miedo a los cambios, por muy radicales o peligrosos que pudiesen ser —con los marineros indicándonos por gestos que avancemos, sus rostros de repente airados e impacientes—, o por muy imposibles.

Copyright © 2009 Seth Fried

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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5 respuestas a Masacre en el pícnic del monte Frost, de Seth Fried

  1. Olga dijo:

    Maravilloso.

  2. Lothrandir dijo:

    Muchas gracias Marcheto por esta delicia de relato. Es inevitable leerlo como una alegoría, y como una reflexión sobre la psicosociología humana, pero como sucede con los grandes autores, es mucho más que eso: es una magnífica obra de arte.
    Muchísimas gracias a Seth Fried y por supuesto a ti Marcheto; siempre engrandeces nuestro conocimiento del género. «Hola de nuevo« me gustó, pero después de «Masacre en el picnic de monte Frost» tengo que leer más de él.
    Un abrazo muy fuerte.

  3. Adrián Quintero dijo:

    Leyendo este cuento no paraba de pensar en la maquiavélica maquinaria del sistema político de mi país y de como todos contribuimos a su sostenimiento con nuestra indiferencia y sumisión. Muchas gracias Mercheto por este y todos los esfuerzos, son un privilegio al que tú nos das entradas gratis.

  4. Irene dijo:

    Me ha dejado hasta mal cuerpo este relato, pero me consuelo pensando en la próxima excursión al Monte Frost, donde habrá cerveza y barbacoa gratis.

  5. Mertonio dijo:

    Genial relato. Da bastante que pensar, la verdad. Me gusta como analiza todos los puntos (la campaña de información, desinformación, los conspiranoicos, los comités, etc). Mi parte favorita es la de los gorilas.

    Una vez más, gracias Marcheto.

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