Viaje al Reino, de M. Rickert

M. Rickert es una escritora estadounidense con casi veinte años de carrera a sus espaldas. En 2014 publicó su primera novela, The Memory Garden, aunque con anterioridad ya había destacado gracias a su ficción breve: cerca de medio centenar de relatos que han sido recopilados en tres colecciones. Y si su única novela se alzó con un premio Locus, su ficción breve ha conseguido nominaciones a prácticamente todos los galardones del género, e incluso ha ganado alguno de ellos tanto en la categoría de mejor colección como de mejor relato. A pesar de todo esto, creo que hasta el momento tan solo uno de sus cuentos estaba traducido al español: «Pan y bombas», dentro de la antología Paisajes del Apocalipsis (ed. Valdemar).

Viaje al Reino (Journey into the Kingdom) se publicó por primera vez en el número de mayo de 2006 de la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y posteriormente ha sido incluido en múltiples antologías, entre las que destacan la mayoría de las selecciones de lo mejor de ese año, The Very Best of Fantasy & Science Fiction (en la que esta revista reunió los relatos más destacados de sus sesenta primeros años de vida) y dos de las colecciones de cuentos de la propia autora. Y como guinda de este envidiable y extenso currículum es de recibo mencionar que, no solo fue nominado a los Nebula, sino que además obtuvo el World Fantasy Award, el premio el Mundial de Fantasía.

Cuentos para Algernon cumple hoy cinco años, y espero que tras leer Viaje al Reino estéis de acuerdo conmigo en que este estupendo relato es una manera magnífica de celebrarlo (aparte de que venga muy al caso habida cuenta de que hoy es Todos los Santos). Por cierto, este cuento no va a estar incluido en la antología anual, aunque, como podéis ver, sí se puede descargar de manera individual. Así que no esperéis un año para leerlo y disfrutadlo ya mismo.

Por último quiero recordar que si este blog ha conseguido alcanzar su quinto cumpleaños es gracias a todos esos autores que tan generosamente han cedido sus relatos para que los comparta con vosotros. Muchas gracias de nuevo a todos y cada uno de ellos. Pero hoy, muchísimas gracias sobre todo a M. Rickert. Thanks a million, Mary!

ACTUALIZACION I: Dado que este cuento no va a estar incluido en la antología anual, si queréis leerlo en vuestro lector electrónico tendréis que descargarlo de manera individual desde aquí. Como siempre lo tenéis disponible en tres formatos: EPUB, FB2 y MOBI. Gracias una vez más a Johan y Jean por su colaboración.

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Viaje al Reino

M. Rickert

El primer cuadro representaba un huevo, el pálido ovoide pintado con suaves pinceladas rosas, azules y violetas para crear la ilusión del blanco. A continuación venían dos manzanas, una pera y un aguacate; y, finalmente, un plato vacío sobre un mantel blanco ante una ventana con cortinas de gasa echadas, y una solitaria mosca instalada en un pliegue de la esquina superior derecha de las mismas. La serie se titulaba «Viaje al Reino».

En una mesita bajo el aguacate había una carpeta de anillas negra con un rectángulo de papel blanco mal cortado pegado en la tapa con cinta adhesiva, y las palabras «Manifiesto del artista» manuscritas en él en pulcras letras cuadradas. Haciendo equilibrios con el plato y la taza de porcelana en una mano, Alex cogió la carpeta y se la llevó a una mesa pequeña situada junto a la pared al fondo del café; una vez allí la abrió, pensando en que para variar podía ser interesante leer algo que no fuese el periódico, aunque a punto estuvo de desechar la idea al ver que la página que tenía ante él estaba manuscrita con la misma pulcritud de la tapa. Sin embargo, el título había despertado su curiosidad.

 

Una vida de imitación

Aunque siempre me gustó pintar con mis lápices de colores y acuarelas, no fui una niña con grandes dotes artísticas. Mis obras consistían en la habitual colección de figuras de palotes y casas con soles amarillos goteando pintura. Sí que fui una coleccionista entusiasta de conchas y cristales marinos, y prefería con creces estar al aire libre, arrojando piedras a las gaviotas (defensores de los derechos de los animales, no me soltéis ningún sermón, por favor: hace ya tiempo que dejé atrás ese entretenimiento) o jugando con amigos imaginarios, a estar sentada tranquilamente en las estancias saturadas de sal de la vivienda del farero, dibujando en la gran mesa de madera de la cocina mientras mi madre, en su vestido negro, amasaba pan y cantaba viejas canciones francesas en los interludios que le dejaban sus distintas obligaciones como farera, centinela de las olas, baliza para los extraviados y patrona de los muertos.

El primer fantasma en acudir a mi madre fue mi propio padre, que había zarpado la víspera en un pequeño bote camino de tierra firme para aprovisionarse de cabos, arroz y demás, y también de bolsas de tierra, que en años anteriores habíamos utilizado para rellenar grietas entre las rocas y plantar semillas; un jardín improvisado y un «aguerrido esfuerzo», en palabras de mi padre, referidas al hecho de que vivíamos sobre un árido pedrusco.

No lo esperábamos hasta varios días después, de modo que mi madre se sorprendió al verlo regresar en mitad de una tormenta, con el bigote cubierto de goteantes carámbanos, comportándose de manera extraña y sin dejar de repetir una y otra vez, «Maggie, amor mío, se ha perdido; el jardín está en el fondo del mar».

Mi madre le preparó un té bien caliente, pero él no lo quiso; ella le rogó se despojase de la ropa mojada y se fueran a acostar a su cama de colchón de plumas con un montón de edredones encima, pero él dijo, «Ocúpate de la luz, no pierdas el tiempo conmigo». Así que mi madre salió de la pequeña vivienda del farero con expresión preocupada en el rostro y se encaminó al faro luchando contra el temporal, sin reparar en que me había dejado con un fantasma que se estaba derritiendo ante el fuego, formando un gran charco, lo único que quedaba de mi padre a su regreso. Mi madre lo buscó desesperadamente mientras yo no dejaba de señalar el charco e insistir en que era él. A la postre se embutió en su capa y se adentró en la tormenta, llamándolo por su nombre. Yo pensé que esa noche me quedaba huérfana de todas todas.

Mi madre sobrevivió, no obstante, aunque se metió en la cama y dejó que fuese yo quien se ocupara de la lámpara del faro y de recibir la noticia de que habían encontrado los restos del bote de mi padre en los rocosos bajíos, y a él, que todavía mantenía aferrada en una mano congelada una bolsa de tierra, que me entregaron; yo se la llevé a mi madre, pero no la quiso.

Para una criatura como yo, mis obligaciones eran desmedidas. Me encargaba de la lámpara del faro y de mantener encendido el fuego de nuestra propia chimenea. Preparaba caldo y té para mi madre, que solo empezó a tomarlos muy poco a poco. También esparcí el contenido de la bolsita de tierra en las inmediaciones de la puerta de nuestra pequeña casa, disfrutando de su intenso aroma, preguntándome si quienes vivían oliéndolo de continuo apreciarían o no su perfume.

En realidad no contaba con que creciera nada, aunque tenía alguna esperanza de que las gaviotas pudiesen dejar caer semillas o el océano depositara algunos despojos, así que me llevé toda una sorpresa cuando, tan solo unas semanas más tarde, descubrí unos minúsculos brotes verdes. Mi madre no se mostró nada impresionada cuando se lo conté. Para entonces pasaba parte del día sentada en la cama zurciendo calcetines de mi padre y lamentándose, «Agatha, ¿qué va a ser de nosotras?». Yo no quería preocuparla, así que le mentía y le contaba que las mujeres de tierra firme venían a echar una mano, y que los hombres se encargaban del faro por turnos.

—Cómo es que son tan silenciosos… Nunca oigo a nadie.

—Es que nadie quiere molestarte —le expliqué yo—. Hablan en susurros y caminan de puntillas.

No insistí a mi madre en que se levantara de la cama hasta muchas semanas después, cuando un día, al abrir la puerta de casa, contemplé desperdigadas frente a mí, creciendo entre las rocas (incluso en grietas donde no había puesto tierra), unas minúsculas florecillas rosas, violetas y blancas, cuyos tallos eran zarandeados por el salobre viento.

Ella se resistió en un principio. Pero le supliqué e intenté engatusarla prometiéndole que el esfuerzo merecería la pena.

—Las hadas han plantado flores para nosotras —le aseguré, al ser esta la única manera que se me ocurría de describir y explicar las diminutas florecillas que habían brotado por doquier.

Mi madre me siguió de mala gana por la salita de estar y la cocina. «Las mujeres del pueblo han mantenido la casa la mar de limpia», fue su comentario. Al alcanzar la puerta abierta vaciló. El sol brillante y el salobreño aroma marino, sumados al estruendo de las olas rompiendo en derredor nuestro, parecían haberla aturdido; no obstante, entornó los ojos, me lanzó una mirada y salió por la puerta para contemplar el milagro de las flores feéricas.

En nuestro pedrusco jamás se habían visto tales colores, jamás había tenido lugar una floración así. Mi madre salió al exterior descalza y dijo:

—Nomeolvides, son nomeolvides, pero ¿de dónde…?

Le dije que ni yo misma lo entendía, le conté cómo había esparcido la tierra de la bolsa que mi padre tenía en la mano cuando lo encontraron, aunque sin albergar excesivas esperanzas de conseguir gran cosa, y por descontado que no me había esperado algo así, añadí abarcando con un gesto del brazo el terreno y las flores, que tras brotar en grietas y hendiduras sin tierra, cubrían ahora por completo nuestra pequeña isla de piedra.

—No han sido las hadas, ha sido él —dijo mi madre volviéndose hacia mí. Y entonces rompió a llorar, una reacción con la que no había contado. Intenté tranquilizarla, pero ella me dijo—: No, Agatha, déjame sola.

Mi madre se quedó allí un rato, llorando mientras paseaba entre las flores. Cuando más tarde, tras haber entrado de nuevo en casa, me preguntó, «¿Dónde están hoy todos los que nos están echando una mano?», me encogí de hombros, y entonces fui yo quien, para evitar más preguntas, salí al exterior, donde descubrí puntos escarlatas entre las flores. Mi madre había estado postrada en la cama tanto tiempo que sus pies habían perdido las durezas. Durante días siguió dejando diminutas lágrimas de sangre a su paso, que yo limpiaba a escondidas para que no llamasen su atención al temerme pudiesen conturbar su ánimo. Mi madre recogió un puñado de nomeolvides y los guardó entre las gruesas páginas de su libro de mitos y folclore. Pocos días después se levantó una terrible tormenta que sacudió nuestra pequeña vivienda, puso a prueba nuestro temple y arrambló con todas las flores. Nuestra isla volvió a ser el peñasco yermo de siempre. Yo estaba preocupada por la reacción de mi madre, pero ella se limitó a suspirar, encogerse de hombros y decir, «¿Verdad que eran muy lindas, Agatha?».

Así transcurrió mi infancia: grandes dosis de soledad, alguna que otra aventura peligrosa, la monotonía del duro trabajo y, por todas partes, el inmenso y vasto mar con su miríada de secretos y razones, los extraviados a los que salvábamos, y los que no. Y los fantasmas que nos traía mi padre, aunque nunca entendimos bien con qué objetivo, habida cuenta de que se limitaban a quedarse plantados ante el fuego, goteando y derritiéndose como hechos de cera, lamentándose por lo que habían perdido (un buen bote, el amor de una mujer, su ilusión por el mar, un puñado de joyas, una esposa y unos hijos, una talla en hueso, una canción cuya letra había sido olvidada). Tratábamos de confortarlos como mejor podíamos, escuchándolos y asintiendo con la cabeza, porque poco más podíamos hacer; no querían ni té ni mantas, solo parecían desear estar junto al fuego llorando su propia muerte, mientras mi padre montaba guardia a su lado, derritiéndose y convirtiéndose en charcos salinos, que limpiábamos con trapos limpios que eran escurridos en el océano mientras recitábamos improvisadas oraciones o versos de poemas irlandeses.

Aunque ahora sé que no fue una infancia corriente, a mis ojos lo era, y no me aparté de ese curso hasta un día en que, el cabello de mi madre ya bastante encanecido y yo convertida en una jovencita, mi padre nos trajo un fantasma distinto por completo: un apuesto joven con ojos del mismo azul verdoso que el verano. Su cabello era de un color indeterminado y los rizos mojados le llegaban por los hombros. Ataviado de modo sencillo, como cualquier marinero muerto, tenía aire de estar más versado en las artes que en el mar, sospecha que pronto me fue confirmada cuando rechazó el té que le ofrecí con las siguientes palabras: «No, no lo aceptaré, no puedo aceptar la bebida que me ofreces sin antes implorarte un beso. Ay, un beso es toda la bebida que anhelo, socórreme con tus labios».

Como es normal, yo me ruboricé y, como es igualmente normal, cuando mi madre se marchó a echar un vistazo al faro y una vez mi padre se hubo derretido y convertido en un bigotudo charco, lo besé. Aunque el frío glacial debería haberme puesto sobre aviso, al igual que el hecho de que mi propio padre no fuese más que un charco junto a la chimenea, se trataba de mi primer beso, y en absoluto tuve la sensación de que revistiese carácter mortífero, peligroso o espectral —sobre todo no me pareció espectral—, si bien es cierto que tras él experimenté una agradable sensación de estar flotando.

Cuando mi madre regresó, se quedó pasmada al descubrir que el muchacho todavía seguía plantado junto al charco de mi padre, tan vigoroso como cualquier hombre vivo. A las dos nos sorprendió que aguantara toda la noche, agasajándonos con historias del indómito mar plagado de ballenas, sirenas y tiburones; cautivándonos con descripciones del «fondo del mundo», como él lo denominaba, salpicado de extrañas rocas púrpuras, ostras rosadas que secretaban perlas, y zarcillos de algas de las melenas de las brujas marinas. A las dos nos sorprendió que, cuando el negro nocturno tornó en el gris del amanecer, nos hiciera una reverencia a cada una (girándose por completo para quedar frente a mí de modo que yo pudiese ver su guiño), prometiese regresar y se marchara, saliendo por la puerta como cualquier tipo corriente. Resultó todo tan convincente que mi madre y yo la volvimos a abrir para ver a dónde se había encaminado, y escrutamos el peñasco y el lóbrego mar antes de aceptar que, por extraño que pareciese, por muy vigoroso que fuera su porte, no había duda de que se trataba de un fantasma.

—O algo de naturaleza similar —añadió mi madre—. Es raro que no se derritiera como los otros. —Me miró con los ojos entornados y yo me alejé de ella antes de que pudiese percatarse de mi sonrojo—. No teníamos que haberle permitido mantenernos en vela toda la noche. Nosotras no estamos muertas. Necesitamos dormir.

¿Dormir?, ¿dormir? Yo no podía dormir, sintiendo como sentía sus labios fríos sobre los míos, la fuerza de su beso, como si con ese beso hubiese aspirado un lastre siniestro que yo tenía en mi interior, liberándome de él. Le dije a mi madre que durmiera ella, que yo me encargaría de todo. Ella protestó, pero utilizando el pasado como argumento para tranquilizarla (ya había descubierto mucho tiempo atrás que había sido yo quien se había hecho cargo del lugar mientras ella convalecía tras la muerte de mi padre), conseguí que terminase por acceder.

Me alegré una vez tuve a mi madre bien arropada en la cama. Me alegré de saber que sus ojos inquisitivos estaban cerrados. Despaché todas las tareas necesarias para que el lugar estuviera en orden. Ni siquiera esa noche, en pleno atolondramiento juvenil, me olvidé de la lámpara del faro. No obstante, he de admitir con vergüenza que hasta bien pasadas las cuatro no me acordé del charco de mi padre, que para entonces ya casi había desaparecido. Limpié la poca agua que quedaba y escurrí a mi padre en el mar, diciendo como única oración, «Padre, perdóname. Y tráemelo de vuelta», refiriéndome, para mi desgracia, pobre cría insensata, al joven que me había besado y no a mi propio y querido padre.

Y efectivamente esa noche él regresó, llamando a la puerta como cualquier hombre vivo, trayendo en sus manos mojadas un ramillete de coral rosa, que me obsequió a mí, y una piedrecita blanca con forma de estrella, que entregó a mi madre.

—¿No hay nadie más contigo? —inquirió ella.

—Lo siento, pero no.

Mi madre se puso a trajinar en la cocina y nos dejó solos. Yo la oía, llevando cosas de un lado para otro, abriendo aparadores, barriendo el suelo ya barrido. Mi descuido era el motivo de la ausencia de mi padre, estaba convencida; si lo hubiese limpiado antes, si hubiese rezado con más sinceridad por él en lugar de limitarme a pedir que mi deseo se viese cumplido, estaría en casa esa noche. Me sentí fatal, pero entonces lo miré a él a los ojos, esos hermosos ojos del color del mar, y no puede evitarlo, mi cuerpo se estremeció con su mirada. «¿Es esto amor? —me pregunté—. ¿Me besará por segunda vez?». Cuando parecía que sin querer perder el tiempo con palabras estaba a punto de hacerlo, inclinándose hacia mí, sus labios entreabiertos exhalando el aroma del agua marina, mi madre irrumpió en la estancia, aclarándose la garganta, sujetando la escoba ante ella, como si pensase que podía tener que utilizarla a modo de arma.

—En realidad no sabemos nada sobre ti —dijo.

 

Comenzaré diciendo que me llamo Ezekiel. Mi madre era muy aficionada a los santos, la Biblia y demás parafernalia. Murió al poco de nacer yo, su primer y único hijo. Me crió mi padre, en la isla de Murano. Tal vez les suene, ¿el cristal de Murano? Somos famosos en todo el mundo gracias a él. Mismamente, mi padre era un talentoso vidriero. Cualquier cosa imaginable, él era capaz de plasmarla en vidrio. Pájaros de cristal, diminutas abejas de cristal, conchas de cristal, incluso lágrimas de cristal (arte que perfeccionó mientras yo fui un bebé), y me enseñó todo lo que sabía.

Como era de esperar, a la larga mi destreza superó la suya. Perdónenme, pero no hay manera humilde de decirlo. En todo caso, como durante toda mi vida mi padre me había enseñado y alentado a desarrollar mi talento, yo no advertí en qué momento su entusiasmo comenzó a agriarse. Estaba emocionado y encantado al ver lo que era capaz de crear, y creía que él sentiría hacia mí lo mismo que yo había sentido hacia él cuando, de niño, me sentaba en la banqueta de su estudio y celebraba cada ala de cristal, cada lágrima fraguada.

Muy a mi pesar, no fue así. Mi padre empezó a sentir celos de mí. ¡Mi propio padre! Por la noche entraba a hurtadillas en nuestro estudio y destrozaba mis pájaros, mis pastelillos de cristal. Por la mañana se fingía consternado y me insistía en que evitara se formasen burbujas de aire en el interior de mis obras. No se imaginaba que yo conocía la amarga verdad.

Decidí abandonarlo, embarcarme rumbo a algún otro lugar que convertiría en mi nuevo hogar. Mi padre me rogó que me quedase.

—¿Qué diablos harás allí? ¿Cómo te abrirás camino en el mundo?

Le revelé mis verdaderas intenciones, al no ser lo suficientemente astuto para mentir.

—Este no es el único lugar con fuego y arena —dije—. Tengo intención de fabricar cristal.

Me aseguró que eso sería mi sentencia de muerte. En aquel momento interpreté su afirmación como mera inquietud de padre desconcertado. No lo tomé como una amenaza.

Es cierto que se suponía que el secreto de la fabricación del cristal no debía salir de Murano. Es cierto que la población al completo creía que esta industria, y tan solo esta, era la que les daba de comer y les vestía. Por último, también es cierto que se había aprobado una ley (muchos años antes de que mi padre se enfrentara a mí) según la cual quienquiera que osara tratar de sacar el secreto de la fabricación del vidrio de la isla sería condenado a muerte. Todo lo anterior es cierto.

Pero lo que asimismo es cierto es que yo era un prisionero en mi propio hogar, torturado por mi propio padre, que fingía ser un vidriero amable y humilde pero que, noche tras noche, rompía mis creaciones para a continuación, por la mañana, negar mis acusaciones, su dulce y anciano semblante patilludo y bigotudo mudado en una expresión de consternación y pesar.

«Esto es absurdo», razoné yo. ¿De qué otro modo podía salir adelante? Uno de los dos tenía que marcharse o morir. Elegí la opción menos drástica.

Entre nuestras posesiones tan solo se contaba una pequeña barca, que utilizábamos para recorridos que nunca se alejaban demasiado de la costa. Salidas a coger mejillones, visitas a vecinos… De tarde en tarde a mi padre también le gustaba sentarse en ella a fumar una pipa mientras contemplaba la puesta de sol. Luego encendía un farol y regresaba a casa, oliendo a mar, y ponía a calentar un perol de sopa, con aire melancólico y de total inocencia, para poco más tarde entregarse a escondidas a su labor destructora.

Esa pequeña barca fue la que me llevé para mi travesía marítima. También me proveí de algunos aparejos de pesca, una cuerda, bacalao seco que había guardado para el invierno, una manta y varias tinajas de vino rojo, con las que nos había obsequiado el panadero, cuya hija estoy casi seguro se había encaprichado de mí. Para ustedes, que han vivido tanto tiempo en este peñasco bien amarrado, debe de resultarles patente que mi plan era una locura. ¿Era una locura realmente? Lo era. Aunque ¿qué otra cosa podía hacer?, ¿continuar día tras día elaborando mis sublimes obras de arte solo para que, noche tras noche, mi padre las destruyera? ¡Era a mí a quien iba a terminar destruyendo!

Zarpé de noche, cuando el océano parece tinta y el cielo es un cristal negro con miles de burbujas de aire. Burbujas de aire, en efecto. La salumbre del aire marino olía a libertad. Elegí las estrellas por las que me guiaría. Neciamente, no había trazado una derrota clara para mi travesía, limitándome a planear mi huida.

Con lo que ahora sé sobre el océano, huelga decir que soy consciente de que fue un milagro que sobreviviese esa primera noche, y aún más siete. Fue la octava mañana cuando avisté una vela distante y, completamente borracho y quemado por el sol, además de perdido, me lancé a la desesperada faena de remar hacia ella, que estoy convencido estarán de acuerdo era otro desatino, teniendo en cuenta lo lejos que está el horizonte. Por suerte para mí, o eso pensé, el barco navegaba en mi dirección, y transcurridos unos pocos días más estuvo lo suficientemente cerca como para que yo volviese a creer que tenía una vida por delante.

Pero ¡ay de mí!, la nave era propiedad de una acaudalada amiga de mi padre, una mujer que le había encargado un castillo de cristal con un jardín de cristal y una fuente de cristal, minúsculos cisnes de cristal, un rey y una reina de cristal, una princesita de cristal y árboles de cristal con doradas manzanas de cristal, todo para el disfrute de su nieta (la cual, todo hay que decirlo, tenía dedos como salchichas y rompió la mitad de las figuritas antes de su siguiente cumpleaños). Esta necia le había prestado de mil amores el barco a mi padre, y asimismo también había pagado de mil amores a la tripulación de la nave, afectando en todo momento que estaba ayudando a mi padre, cuando, en realidad, lo único que pasaba es que le divertía ser partícipe de una aventura así. La mujer aseguraba que lo hacía por Murano, pero la verdad era que lo hacía para poner un poco de emoción en su vida.

Mi padre esperó a dejarse ver a que hubiese sido rescatado y subido a bordo. Me recibió con los brazos bien abiertos, puro teatro cara a la tripulación, me abrazó e incluso lloró, pero a pesar de lo convincente de su actuación, yo sabía que tenía en mente destruirme.

Ningún hijo debería tener que enfrentarse a decisiones así, pero esa noche, mientras mi padre dormía mecido por el barco que desandaba el cansino camino de vuelta a Murano, donde lo más probable sería que me colgaran o sentenciaran a vivir con mi propio enemigo, mi padre, degollé al viejo. Aunque abrió los ojos, no creo que alcanzase a verme, dado que ya estaba adentrándose en el reino más lejano.

Señoras, parecen horrorizadas. No puedo echárselo en cara. Tal vez en lugar de esto hubiese debido elegir mi propia muerte, pero era joven y deseaba vivir. Incluso tras todo lo que había pasado ansiaba vivir.

Para mi desdicha, esto no iba a poder ser. Sabía que si encontraban a mi padre con la garganta rajada, me enfrentaría a acusaciones y problemas; no así si desaparecía sin más en mitad de la noche, como es bastante habitual que suceda en embarcaciones grandes. Son muchos los viajeros que simplemente caen por la borda y de los que nunca se vuelve a saber, y mi padre ya había dado muestras de una bisoñez en asuntos marinos que solo podía rivalizar con la mía.

Lo envolví en la ahora ensangrentada manta pero, a pesar de ser un hombre menudo, seguía notándose que se trataba de un cuerpo, de modo que comprendí que tendría que doblarlo y meterlo en un talego. Esa expresión de aversión en su rostro… pierdan cuidado: para entonces estaba muerto y bien muerto.

No las aburriré con los pormenores del traslado, escondiéndome y avanzando a hurtadillas con mi funesta carga. Baste decir que me llevó un buen rato alcanzar por fin la borda, momento en el que creí estar fuera de todo peligro.

No olvidemos que yo ya estaba bastante debilitado tras mis días a la deriva, y el tener que encargarme de todo este asunto de mi progenitor tan solo había conseguido fatigarme más. Convencido de que por fin había alcanzado el colofón de mi tarea, me descuidé. Mi padre pesaba mucho más de lo que aparentaba. Requerí de todas mis fuerzas para levantar el talego y (para terminar cuanto antes con la triste y lamentable verdad) al alzarlo la cuerda se me enredó en la muñeca y, sí, mis estimadas señoras, lo acompañé en su caída por la borda, hasta el fondo del mundo. Allí permanecí hasta que su amante esposo y querido padre me encontró y me trajo a este lugar, donde, por primera vez en mi vida, me siento seguro y, a pesar de estar muerto, dichoso.

 

Más tarde, una vez mi madre se hubo ocupado de la lámpara del faro mientras Ezekiel y yo nos fundíamos en esos besos que me dejaban sin aliento, ella le pidió que se marchara, alegando que yo necesitaba dormir. Ni que decir tiene que protesté, pero ella insistió. Acompañé a mi fantasma a la puerta, tal como creo que cualquier muchacha haría en una situación similar, donde, por primera vez, él me dio un beso delante de mi madre, no tan apasionado como los que lo habían precedido, pero efectivo en cualquier caso.

Sin embargo, tras su marcha, estando yo todavía ruborizada, mi madre habló con voz adusta:

—No lo alientes, Agatha.

—¿Por qué? —pregunté, mi cuerpo estremeciéndose bajo la impresión del cariño de él y la repulsa de mi madre, como si, tras chocar en mi interior, ambas emociones continuaran temblando—. ¿Qué es lo que no te agrada de él?

—Está muerto, eso para empezar.

—¿Y papá qué? También está muerto y has seguido amándolo todo el tiempo.

—Agatha, no es lo mismo —dijo mi madre moviendo la cabeza negativamente—. Piensa en lo que este muchacho te ha contado esta noche. Asesinó a su propio padre.

—No puedo creer que uses eso en su contra. Ya has oído lo que nos ha dicho. Se limitó a defenderse.

—Pero Agatha, lo que alguien dice no es siempre lo más revelador, ¿o acaso no lo sabes? Pues sí que te he educado bien si ahora me sales así de crédula.

—No es que sea crédula, es que estoy enamorada.

—Te lo prohíbo.

No hay tres palabras que dichas por un progenitor puedan apuntalar un amor tanto como estas. Discutir era inútil, ¿para qué? Ella, la mujer que llevaba tanto tiempo amando únicamente a un charco, nunca podría comprender lo que estaba sucediendo en mi corazón. Me fui a la cama sin entrar en más polémicas, pero dormí mal, sintiendo como si me hubiesen despojado de mi vida, mientras que mi madre, según deduje más adelante, se quedaba levantada leyendo su libro de mitos. Por la mañana me la encontré sentada a la mesa de la cocina con el voluminoso tomo frente a ella. Alzó la vista para mirarme con ojos ojerosos y, sin mediar saludo alguno, comenzó a leer con voz lúgubre:

—«Existen muchas variedades de fantasmas. Hay fantasmas que desplazan objetos, cierran puertas y cajones de golpe, tiran la plata por el suelo… Hay fantasmas [por lo habitual de niños de corta edad] que juegan en rincones sombríos con carretes de hilo y asustan a los animales de la casa. Hay fantasmas sollozantes y quejumbrosos. Hay fantasmas que saben que están muertos y los hay que lo ignoran. Hay fantasmas arbóreos, que son aquellos que pasan a la otra vida en un determinado árbol [las marcas de mordiscos en la fruta caída pueden ser un indicio de la presencia de uno de estos inquilinos]. Hay fantasmas atrapados eternamente en el momento de su muerte [yo vi uno de estos una vez, en los aseos de un viejo cine, ahorcado del techo]. Hay fantasmas que se derriten [de la existencia de estos ya estábamos enteradas, ¿verdad?], por lo común de ahogados. Y hay fantasmas ladrones de aliento. Estos últimos, a los que en ocasiones se confunde con los mucho menos refinados vampiros, mantienen una especie de semivida escamoteando aliento a los vivos. Pueden tener cualquier edad, pero lo habitual es que sean adolescentes o jóvenes, en su mayoría fallecidos cuando se encontraban en una de esas etapas de su vida, ambas tan típicamente egoístas. Estos fantasmas se dedican a aspirar con avidez el aliento de los vivos, algo que pueden llevar a cabo tragando restos de aliento de tazas aún sin fregar o, de manera mucho más efectiva, mediante un beso. Aunque es frecuente que sean seductoramente encantadores se cuentan entre los más peligrosos. Cada ser vivo dispone de tan solo una cierta cantidad de aliento en su interior, y al parecer estos fantasmas hurtan una porción infinitesimal con cada inspiración. De resultas, el fantasma, aunque nunca alcance a vivir de nuevo, empieza a imitar la vida de manera bastante convincente, mientras que sus víctimas [aquellos cuyo aliento roba] se van acercando cada vez más a su propia muerte».

Mi madre me miró con expresión triunfante, y yo me largué de casa hecha una furia… y me di de bruces contra el mar que me rodeaba por doquier, tan desolado como mi corazón.

Esa noche, cuando él vino y llamó a la puerta, mi madre no abrió y me prohibió abrir a mí.

—Da igual, es un fantasma —me mofé—. Las puertas le traen sin cuidado.

—No, te equivocas, te ha arrebatado tanto aliento que ya no es por completo un espectro. Ya no puede atravesar paredes. Te necesita, pero no le importas lo más mínimo, ¿es que no lo entiendes, Agatha?

—Agatha, ¿estás en casa? Agatha, ¿por qué no abres? ¿Agatha?

No podía soportarlo y rompí a llorar.

—Sé que es duro —dijo mi madre—, pero es necesario. Escucha, su voz ya se está debilitando. Solo tenemos que aguantar esta noche.

—¿Y qué hay del faro? —inquirí yo.

—¿Qué hay de qué?

Pero sabía a qué me refería. Su expresión la delataba.

—¿No tienes que ir a echar un vistazo a la lámpara?

—Agatha, ¿es que he hecho algo mal? —Mi madre miró fijamente la puerta antes de volverse hacia mí; las oscuras ojeras bajo los ojos le daban un aire de mujer maltratada—. El faro funciona perfectamente.

Me giré sobre los talones y entré en mi pequeño cuarto, cerrando de un portazo. Mi madre, una mujer inteligente, no estaba acostumbrada a pensar como una carcelera y se olvidó de mi ventana. Para cuando me hube deslizado desde el alféizar hasta el suelo, Ezekiel ya estaba sobre la rocosa orilla, contemplando el tenebroso océano que se extendía frente a él. Ya había perdido parte de su barniz de vitalidad, sobre todo debajo de las rodillas, donde casi era translúcido. «Ezekiel», lo llamé. Se volvió y yo di un respingo al percatarme del cambio que se había operado en su rostro: los ojos hundidos, la piel tirante en la barbilla que le daba un aire esquelético… Al ver mi expresión horrorizada, asintió con un cabeceo y abrió los brazos, como diciendo, sí, en esto me he convertido. Corrí hacia esos brazos abiertos y lo abracé, aunque crujió como si estuviese hecho de madera vieja. Inclinó la cabeza, apretando sus labios fríos contra los míos, hasta que el frío fue sustituido por el ardor del fuego.

Pasamos la noche juntos sin que me molestaran las huracanadas rachas de viento salino que azotaban mi piel, sin que me importara que la lámpara del faro se hubiese apagado y que el mar se estuviera encrespando bajo el cielo negro, sin que me preocupase por los muertos que gemían en la orilla rocosa, ni por la ligereza que sentía, como si estuviese flotando junto a mi amor; y cuando la mañana llegó evidenciando que estábamos rodeados por muertos, lo seguí, adentrándome en el agua, lo seguí hasta el fondo del mar, donde él se volvió hacia mí y me espetó, «¿Qué has hecho? Serás estúpida… ¿Es que no te das cuentas? ¡Muerta no me sirves de nada!».

Así que, lamentablemente, al igual que otras muchas hijas, descubrí que después de todo mi madre tenía razón, y cuando volví a su lado, chorreando agua salada y algas marinas, con minúsculos pececillos muertos deslizándose por mi cabello, ella me abrazó. Al ver el estado en que me encontraba, me besó en los labios, llorando, nuestras bocas abiertas. Bebí de ella, el dulce aliento, hasta que estuve colmada y ella se desplomó sobre el suelo, mi madre con su vestido negro, como una flor aplastada en un funeral.

No tuve tiempo para llorarla. La lámpara llevaba horas apagada. Se habían ido a pique barcos y habían fallecido marineros. En el exterior el sol rielaba sobre el mar. No tardarían en acudir a averiguar qué había sucedido.

Me embarqué en nuestro pequeño bote y remé alejándome de allí. Muchas horas después atraqué en un pueblo costero e hice autoestop hasta otro, hasta que por fin estuve tan lejos de mi hogar como me resultó posible sin alejarme de mi océano.

Durante una temporada las pasé canutas. La gente acostumbra a recelar de quien carece de pasado y tiene poco futuro. Viví en la calle y tuve que suplicar que me dejasen trabajar limpiando váteres y fregando suelos; solo con el tiempo me fui ganando una cierta buena fama que me permitió prosperar hasta mi actual situación y hacerme por fin con mi propio apartamento, pequeño y sombrío, tan distinto de mi hogar cuando era la hija del farero y el océano era mi patio.

Un día, tras meses de total apatía, entré en una tienda de material de bellas artes y compré un lienzo, pinturas y un par de pinceles. Lo pagué con el dinero de las propinas, contando una a una las monedas ante una dependienta cuya expresión hacía pensar que lo que estaba depositando en su mano eran zurullos en lugar de peniques. Me fui a casa, colgué el lienzo en un clavo que clavé en la pared y comencé a pintar. Al igual que a otras muchas personas creativas, me pareció que el arte me brindaba un cierto consuelo ante los desventurados sucesos de mi joven vida (y muerte).

Vivo sencilla y virginalmente, sin jamás hurtar aliento mediante un beso. Esta es la promesa que me hice y la he mantenido. Es cierto que hay días en los que flaqueo y me siento tentada de recurrir a la solución fácil para recuperar mi vigor, pero en lugar de eso sostengo las tazas vacías contra la cara e inhalo, inhalo de todo: aliento de ancianos, aliento de jóvenes, aliento dulce, aliento agrio, aliento con sabor a lápiz de labios y aliento con aroma a humo. Esta no es manera de vivir, verdaderamente, pero tampoco es esta una verdadera vida.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Alex mantuvo la mirada clavada en la página durante varios segundos tras terminar de leer la sorprendente narración. Al cabo levantó la vista, parpadeó bajo la tenue luz del café y cerró la carpeta negra.

Detrás de la barra varios baristas iban de aquí para allá, estorbándose entre ellos, acarreando tazas de porcelana, teteras y bolsas de café. Una de ellos, una chica bajita cuyo cabello rojo y verde en punta formaba una especie de aureola celestial alrededor de su cabeza, estaba de pie junto al fregadero, apilando tazas y platos sucios. Cuando lo vio mirar, le sonrió. No fue una verdadera sonrisa, pero tampoco fue una sonrisa burlona: la chica del pelo navideño sonrió como alguien que o bien había olvidado por completo qué era la felicidad o bien nunca lo había llegado a saber. Alex la saludó con un gesto de la cabeza y, para su sorpresa, ella se dirigió hacia él llevando un trapo sucio y una botella pulverizadora.

—¿Te lo has leído entero? —le preguntó mientras rociaba la mesa junto a la de él y empezaba a limpiarla con el pringoso trapo.

Alex hizo una mueca ante el desagradable olor del líquido limpiador, pero asintió con la cabeza, y al ver que la muchacha no lo estaba mirando dijo:

—Sí.

Entonces echó un vistazo a la pared donde estaban colgados los cuadros.

—¿Y qué opinas? —preguntó ella.

Tenía a la chica plantada a su lado, con la botella del repugnante líquido y el trapo sucio, sonriendo con esa sonrisa triste y marcando cadera de un modo que a Alex se le antojó extrañamente sensual. Abrió la boca para hablar, señaló los cuadros y luego la carpeta que tenía ante él.

—Yo… tengo que conocerla. Esto es algo fuera de serie —dijo golpeando el archivador con el dedo.

—Pero ¿qué te parecen los cuadros?

Tras volver a mirar la pared donde estaban colgados, Alex movió la cabeza negativamente.

—No, esto. —Y volvió a golpear la carpeta con el dedo.

Ella sonrió, esta vez con una verdadera sonrisa, ladeó la cabeza y le alargó la mano.

—Agatha —se presentó.

Alex sintió que la cabeza le daba vueltas. Estrechó la mano de la muchacha, sorprendentemente diminuta, como la de un niño, apretándola con excesiva fuerza en un primer momento. Tras mirar de refilón hacia la barra, ella cogió una silla y se sentó frente a él.

—Solo puedo hablar un momento. Hoy está de encargada Marnie, que vive en un cabreo perpetuo, pero ahora mismo está abajo comprobando un pedido.

—¿Tú? —dijo él rozando la carpeta con la punta de los dedos como si estuviese acariciando algo sagrado—, ¿tú has escrito esto?

Ella asintió con una ligera inclinación de la cabeza, luego se encogió de hombros y, con repentina seriedad, se inclinó sobre la mesa, golpeando con el codo la taza vacía de él.

—Nadie se molesta en leerlo. He visto a unas cuantas personas coger la carpeta, pero eres el primero que se lo lee de cabo a rabo.

Alex se echó hacia atrás, frunciendo el ceño.

Ella puso los ojos en blanco, y él se fijó en que eran de un precioso tono azul lavanda, perfilados con un oscuro lápiz negro.

—Bueno, estaba tratando de hacer algo distinto. Eso era todo. —Golpeó con el dedo la carpeta, hacia la que él experimentó un repentino sentimiento protector—. Estaba intentado colar una historia en un lugar donde la gente no acostumbra a esperar encontrar una. ¿No crees que en nuestra sociedad la actitud hacia las historias es de excesiva confianza? Como si siempre fueran a desarrollarse de acuerdo con un patrón e incluso encontrarse únicamente en determinados lugares. De eso se trataba. Los cuadros son algo accesorio, pero eso tú ya lo sabes, ¿verdad? —Se inclinó tanto hacia él que Alex alcanzó a oler su aliento, que le pareció extrañamente dulce—. ¿Te puedes creer que una persona incluso mostró interés por comprar el cuadro de la mosca? —Sacudió la cabeza, boquiabierta, y volvió a poner en blanco esos preciosos ojos azul lavanda—. ¡Joder!, ¿pero cómo no ve que es una mierda?

Alex no estaba seguro de qué hacer. Ella parecía estar inclinándose hacia su taza. Inclinándose sobre su taza, cayó en la cuenta. Abrió la boca, sin tener ni idea de qué decir.

Justo en ese momento, otra barista, una que siempre llevaba fular y exhibía una actitud imperiosa (como si en realidad no trabajara en ese lugar sino que simplemente estuviese allí realizando una investigando o algo por el estilo), pasó por su lado. Agatha la miró de refilón.

—Tengo que irme. —Se puso en pie—. ¿Has terminado? —preguntó tocando su taza.

Aunque todavía no había aprovechado el refill gratuito, Alex asintió con la cabeza.

—Ha sido un placer charlar contigo —dijo ella—. Y toda una sorpresa, ¿verdad?

Alex no tenía ni idea de a qué se refería. Asintió sin demasiada convicción, confiando en que a continuación ella echara algo de luz al asunto, pero al no ser así, la miró inquisitivamente enarcando las cejas.

Ella se echó a reír.

—Me refiero a que ni de lejos tienes pinta de ser la clase de persona que fuera a entender mi rollo.

—Bueno, tú tampoco tienes demasiada pinta de Agatha.

—Pues soy Agatha —bisbiseó ella mientras se daba media vuelta y se alejaba, recogiendo por el camino una taza vacía y un platito de una mesa cercana.

Alex la contempló caminar hacia el diminuto fregadero situado en el extremo de la barra, donde depositó tazas y platos. Dio un agua a estos últimos y los colocó en el cubo gris que utilizaban para llevar la vajilla sucia a la parte de atrás. Alargó la mano hacia una taza y entonces lo miró.

Él bajo los ojos de inmediato hacia la carpeta negra, la cogió, colocó la silla debajo de la mesa y se dirigió hacia la parte de delante del establecimiento. Se detuvo a observar los cuadros. Eran correctos y aburridos, unos cuadritos aceptables sin conexión alguna con lo que había leído. No se entretuvo demasiado contemplándolos. Cuando ya casi estaba en la puerta, ella apareció a su lado y le dijo:

—Ya la llevo yo. —Él fue incapaz hasta de fingirse inocente. Se encogió de hombros y le entregó la carpeta—. Me siento de lo más halagada —añadió ella, pero no intentó llevar adelante la conversación.

La muchacha dejó el archivador en la mesa situada bajo el cuadro del aguacate. Él la observó recoger una taza vacía y llevársela a la cara, inhalando los restos de aliento de su interior. Ella alzó la vista de pronto y lo pilló mirándola, torció el gesto y se dio media vuelta.

Alex lo comprendió. Ella tampoco era lo que él había estado esperando, pero cuando el amor llega no siempre se presenta tal y como uno lo esperaba. Alex no podía pasarlo por alto. No podía fingir que no había sucedido. Salió del café y se adentró en la soleada tarde.

Por supuesto que el asunto tenía sus problemas, empezando por el hecho de que ella no estuviese viva. Pero Alex no era un hombre prejuicioso.

Alex también era un hombre paciente. Se quedó horas delante de la tienda de material de bellas artes, fingiendo gran interés por los maniquíes articulados de hombres y mujeres asexuados expuestos en el escaparate, hasta que ella pasó junto a él con el cabello resplandeciendo como un bosque en llamas.

—Agatha —la llamó.

Ella se volvió, lo miró con cara de pocos amigos y continuó caminando. Él tuvo que correr unos pasos para alcanzarla.

—Hola —la saludó. La vio morderse el labio inferior—. ¿Sales ahora del trabajo?

Ella se detuvo justo delante del banco, que a esa hora ya estaba cerrado, y lo miró entrecerrando los ojos.

—Alex —dijo él—. He estado charlando contigo en el café hoy.

—Ya sé quién eres.

Sonaba enfadada. Alex no alcanzaba a entenderlo. ¿Habría hecho algo que la hubiese ofendido?

—No tengo alzhéimer. Me acuerdo de ti.

Álex movió la cabeza afirmativamente. Estaba resultando más duro de lo que se había esperado.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, la hostilidad patente en su voz.

—He pensado que podríamos… pues eso, hablar —respondió él con un encogimiento de hombros.

—A ver —dijo ella negando con la cabeza—, me alegro de que te gustara mi historia.

—Sí que me gustó, era genial —aseguró él con un cabeceo.

—Pero ¿de qué íbamos a hablar?, tú y yo.

Alex se revolvió incómodo bajo la mirada azul lavanda. Se pasó la lengua por los labios. La mirada de ella ya ni siquiera estaba clavada en él, sino que lo sorteaba para dirigirse al otro lado de la calle.

—Me da igual si eso me hace morir antes —aseguró él—. Deseo darte un beso.

Ella se quedó petrificada.

—¿Pasa algo? —le preguntó Alex.

La muchacha dio media vuelta y echó a correr. Llevaba una zapatilla roja y otra verde, a juego con su pelo.

Mientras Alex caminaba de vuelta al coche aparcado delante del café, intentó convencerse de que no se tenía que sentir tan mal por cómo le salían las cosas. Él no siempre había sido así. Antes era capaz de hablar con la gente. Incluso con las mujeres. De acuerdo, nunca había sido especialmente desenvuelto, eso ya lo sabía, pero sí que había sido un tipo normal y corriente. Y jamás nadie había salido huyendo de él, eso seguro. Pero tras la muerte de Tessie, la gente había cambiado. Por supuesto que eso había tenido sentido en un principio. Él estaba de duelo, incluso aunque no llorase (algo por lo que no se tenía que preocupar, le había asegurado el médico, lo más probable era que las lágrimas brotaran cuando menos lo esperase). Era evidente que sufría y todos se mostraban muy amables con él. Le hablaban en voz baja. Lo tocaban con delicadeza. Incluso algunos hombres le daban palmaditas. A todos estos toques delicados había que añadir los abrazos enérgicos. La gente o lo tocaba como si fuera a quebrarse o lo abrazaba como si ya se hubiese roto y solo la energía de ese abrazo pudiese mantenerlo de una pieza.

Durante una larga temporada él había sido el centro de toda esa actividad. La gente lo telefoneaba, le mandaba amistosos correos electrónicos, incluso cartas manuscritas, y tarjetas con flores y oraciones. Le llevaban guisos, panes y postres de gelatina con fruta (aunque nunca galletas con pepitas de chocolate, que tal vez sí hubiese comido).

Para su sorpresa, cuando Tessie murió sintió como si le hubieran quitado un enorme peso de encima; pero en lugar de apreciar esa sensación, la libertad de ser aligerado del lastre del cuerpo moribundo de su esposa, sintió que corría peligro de alejarse flotando o de desaparecer. ¿Acaso era posible, se preguntó, que el cuerpo de Tessie, incluso cuando ella era poco más que huesos y aliento, fuese lo único que lo hacía seguir siendo real? ¿Acaso iba a tener que vivir así a partir de entonces, unido a la vida por una fuerza extraña pero sin llegar jamás a volver a formar parte de ella?

Estas preguntas lo llevaron al breve período durante el que probó a hacerse Hare Krishna, se afeitó la cabeza y atavió con una túnica naranja y se dedicó a bailar en el parque. No estaba seguro, pero le parecía que fue entonces cuando la gente comenzó a tratarlo como si fuese un tipo raro; e incluso tras dejarse crecer el cabello de nuevo y volver a llevar ropa normal, lo siguieron tratando de una manera extraña.

Y, mientras metía la llave en la cerradura del coche, se vio obligado reconocer que había olvidado cómo comportarse. Cómo ser normal, posiblemente.

«No coges, lees algo que ha escrito una mujer y ya con eso decides que la amas —se regañó a sí mismo mientras se incorporaba al tráfico—. No vas por ahí enamorándote de fantasmas robaliento. La gente normal no hace eso.»

Alex no acudió al café al día siguiente, ni al siguiente, pero era el único que había en el pueblo y tenía el mejor café del estado. Tostaban los granos allí mismo, y eso es inimitable.

Se sintió incómodo al verla tras el mostrador, donde estaban las tazas sucias, cómo no. No obstante, cuando ella levantó la vista, Alex trató de esbozar una sonrisa amable antes de apartar la mirada.

No estaba allí para molestarla. Pidió un café de tueste francés para llevar, aunque odiaba beber en vasos de papel; lo pagó, dejó caer el cambio en el bote de las propinas y se marchó sin que mediase ningún otro gesto ni palabra entre ellos.

Fue caminando hasta el parque, se sentó en un banco y se dedicó a observar a una mujer con dos niños de corta edad que estaban echando pan a los patos. Esto estaba prohibido, porque los patos devoraban todo el pan que se les diese: al carecer de la sensación de apetito y de estar llenos comían hasta que les reventaba el estómago. O algo por el estilo. Alex no se acordaba con exactitud, pero de lo que estaba casi seguro era de que acabarían muertos. Sin embargo se sentía incapaz de decidir qué hacer. ¿Debía acercarse y decirle a la mujer y a los dos chiquillos que estaban asesinando a los patos? ¿Cómo se sentirían al enterarse?, sobre todo ahora que estaban sacudiendo triunfantemente la bolsa vacía, con los animales aglomerándose a su alrededor y uno de los críos chillando de placer. Tal vez debiera decírselo únicamente a la mujer y en voz baja. Pero a ella también se la veía tan feliz… A lo mejor estaba pasando una mala racha. Alex había visto en el programa de televisión de Oprah a todas esas mujeres explicando lo duro que es ser madre, y a lo mejor ella había tenido una de esas mañanas horribles y había tenido que gritar a los niños, y entonces se le había ocurrido esta idea, llevarlos al parque y dar de comer a los patos, y ahora se sentía bien y a lo mejor estaba pensando que al fin y al cabo no era tan mala madre, y si él le decía que estaba matando a los animales, ¿conseguiría evitarles la muerte o lo único que iba a lograr sería interrumpir el momento de felicidad de ella? Suspiró. No conseguía decidir qué hacer. Los patos estaban contentos, la mujer estaba contenta y uno de los niños estaba contento. El otro parecía un tanto asustado. La mujer lo cogió en brazos y se alejaron juntos: ella acarreando al niño que agitaba la bolsa vacía como si de un globo se tratara, el otro brincando tras ellos, y unos cuantos patos renqueando en pos de los tres.

Durante tres días, Alex pidió el café para llevar y se lo tomó en el parque. El cuarto día no vio a Agatha por ninguna parte, así que supuso que sería su día libre y se sentó al fondo del local, en su mesa favorita. Sin embargo, el quinto día, y aunque tampoco la vio —y que librase dos días seguidos tenía su lógica—, pidió el café para llevar y se fue con él al parque. Le había cogido gusto a sentarse en el banco y contemplar a los paseantes, a los niños que correteaban y a los patos peligrosamente obesos.

No tenía ni idea de que ella fuese a estar allí, y se sintió sonrojar cuando la vio acercarse por el camino que pasaba justo por delante de él. Miró de hito en hito el interior de su vaso y luchó contra el impulso de echar a correr. Sin embargo, en cuanto las punteras de las zapatillas rojas y verdes entraron en su campo de visión, no pudo evitar levantar la mirada. «No voy a hacerte daño», pensó, y luego sonrió, con esa sonrisa falsa que había estado practicando con ella y, por increíble que pudiese parecer, ¡ella le devolvió la sonrisa! También falsa, dio por hecho Alex, aunque no era algo que pudiese echarle en cara.

Ella miró camino abajo, y él siguió su mirada y se percató de que, aunque el sendero que rodeaba al estanque de los patos estaba flanqueado por bancos situados más o menos cada quince metros, todos estaban ocupados.

—¿Te importa que me siente aquí? —preguntó ella con un suspiro.

Él se apartó a un lado y ella se sentó despacio. Alex observó su perfil. Parecía agotada, decidió. Sus ojos azul lavanda se volvieron de repente hacia él, que volvió a entregarse al escrutinio del interior de su vaso. Cuadraba que estuviese cansada, pensó, si había librado dos días también llevaría ese mismo tiempo sin robar aliento de las tazas.

—¿Quieres un poco? —dijo ofreciéndole su café.

Pareció sorprendida, luego contenta y, por último, falsamente desinteresada. Miró por encima del borde del vaso, se encogió de hombros y dijo:

—Sí, claro.

Él se lo alargó y cortésmente se entretuvo observando los patos para que ella pudiese disfrutar de un asomo de intimidad. Agatha le dio las gracias y se lo devolvió al cabo de un rato. Él asintió con un cabeceo y echó una nueva ojeada a su perfil. Le alegró comprobar que ya tenía mejor color. ¡Y era gracias a su aliento!

—Siento lo del otro día —dijo ella—. Es que estaba…

Esperaron juntos, pero no llegó a terminar la frase.

—No pasa nada —la tranquilizó él—. Ya sé que soy raro.

—No, lo que eres es… bueno… —Sonrió, le echó una mirada y se encogió de hombros—. No es eso. Me gusta la gente rara. Yo misma lo soy. Ahora bien, no estoy muerta, ¿vale? Me dejaste un tanto rayada con eso.

Él movió la cabeza afirmativamente antes de preguntar:

—¿Te gustaría salir conmigo algún día?

Gimió para sí. No conseguía creer que acabara de decir eso.

—A ver, Alex.

Él volvió a asentir. «Deja de cabecear —se ordenó—. Deja de comportarte como un muñequito de esos que mueven la cabeza en los coches».

—¿Por qué no me hablas un poco de ti?

Así que él le contó todo. Cómo últimamente había estado viniendo al parque, donde miraba a la gente echar demasiada comida a los patos y se preguntaba si debía advertirles de que no lo hiciesen, pero como todos parecían tan contentos dando de comer a los animales y los patos también lo parecían… y además él tampoco estaba seguro, ¿y si estaba equivocado?, ¿si le decía a todo el mundo que dejase de echar pan a los patos y resultaba que en realidad no era malo para ellos?, porque ¿cómo podía saberlo? ¿Explotarían como globos o sería más como había sido cuando su esposa había fallecido?, una muerte lenta y dolorosa, devorándola desde dentro; y cómo solía venir al parque cuando era monje, bueno, no monje de verdad, nunca se había ordenado ni nada por el estilo, aunque había estado probando lo de ser monje una temporada, y cómo cantaba y giraba sobre sí mismo y cómo eso lo hacía sentir algo muy parecido a lo que recordaba de la felicidad, pero nunca estaba seguro porque el recuerdo de una emoción es como el recuerdo de un sabor, no es algo que llegue a estar realmente presente. Y entonces, un día, un monje auténtico se le había acercado y lo había estado observando girar y salmodiar tonterías, y el monje se había quedado ahí plantado mirándolo, y Alex se sintió cohibido porque en realidad no sabía qué estaba haciendo, y el monje se echó a reír, lo que lo hizo detenerse, y el monje le preguntó, «¿Por qué te paras?». Y él dijo, «No sé qué estoy haciendo». Y el monje asintió con la cabeza, como si hubiese dicho algo muy inteligente, y esto, simplemente ese monje con la cabeza calva y redonda y gafas de fina montura metálica, con su sencilla túnica naranja (nada que ver con la sábana teñida de naranja que llevaba él) asintiendo cuando él dijo «No sé qué estoy haciendo», lo hizo romper a llorar, y el monje y él se sentaron bajo un árbol, y el monje (que se llamaba Ron) le habló de Kali, la diosa que es a un mismo tiempo vientre materno y sepultura. Y a Alex le pareció que era la primera cosa con sentido que alguien le había dicho desde la muerte de Tessie, y a partir de ese día dejó de acudir al parque, hasta recientemente, y se dejó crecer el pelo de nuevo y se quitó la túnica. Antes de que ella muriese, él era uno de los afortunados, o eso es lo que había creído, porque había ganado un pequeño dineral en una puntocom de la que se salió antes de que todo se viniera abajo, mientras que tantos conocidos suyos lo perdieron todo, pero entonces Tessie llegó de su cita con el médico y no estaba embarazada sino que tenía cáncer, y él cayó en la cuenta de que para nada era afortunado. Se habían conocido en el instituto y estuvieron juntos hasta que ella murió, en casa, para entonces ya casi ciega, y ella le había hecho prometer que no renunciaría a la vida. Así que había empezado a vivir esta especie de semivida, pero ni se sentía desgraciado ni deprimido, no quería que ella pensara eso, lo único que pasaba es que no se sentía seguro.

—Es como si hubiera perdido la confianza en la vida —explicó Alex—. Es como si ya no creyera más en ella. No es que piense en el suicidio, sino que… es como si todo, como si todo esto en cierta manera no fuera real. A veces tengo la sensación de que todo es un sueño, o una prolongada pesadilla de la que no consigo despertar. Supongo que por eso me he vuelto raro.

Ella se mordió el labio inferior y echó una mirada ansiosa al vaso de café.

—Toma —ofreció Alex—. Total, yo ya no quiero más.

Ella lo cogió, se lo acercó a la cara y, Alex estaba convencido, inhaló de su interior, y solo después se bebió el café. Siguieron así sentados en silencio durante un rato, y luego empezaron a charlar un poco de todo, tal y como Alex había deseado que ocurriera. Ella le contó cómo de niña había vivido cerca del océano, que su padre había muerto joven y luego también había muerto su madre, y ella había tenido un novio, su primer amor, que le había destrozado el corazón, pero que la historia que había escrito no era más que una historia, una historia sobre su propia vida, su vida soñada, y cómo en su interior sentía, al igual que le pasaba a él, como si en cierta manera la vida fuese un sueño. Y aunque todo el mundo creía que era pintora (porque él era el único que había leído la historia, el único que la había entendido), era escritora, no pintora, y las historias le parecían más reales que la vida. Al rato Alex se ofreció a ir a la papelera a tirar el vaso vacío, pero ella dijo que le gustaba raspar la película de cera y se lanzó a ello. Él fingió cortésmente no percatarse de las variadas excusas que encontraba para poder continuar bebiendo su aliento. No quería que se sintiese violenta.

Al cabo se levantaron, estiraron y echaron a andar por el parque juntos, sumidos en el silencio, con la incomodidad típica de las amistades incipientes.

—¿Quieres que te lleve? —preguntó él señalando su coche.

Ella declinó el ofrecimiento, lo que supuso todo un chasco para Alex, que a pesar de ello decidió no permitir que nada arruinase su buen humor. Estaba dispuesto a que todo quedara ahí, a aceptar que lo que había sucedido entre ellos esa tarde era algo muy especial que recordaría con gran cariño, sin esperar nada más, cuando ella le preguntó:

—¿Qué haces el próximo martes?

Quedaron en salir, bueno, no exactamente en salir, se recordó Alex, tan solo quedaron en verse el siguiente martes en el parque, y lo cumplieron, y a ese martes le siguieron muchos martes maravillosos. No se besaron. Solo eran amigos. Alex continuaba amándola, por supuesto. La amaba incluso más, Pero no la molestaba con eso, y fue en plan amigo como un día le propuso (tras semanas de martes en el parque) que ella fuese a cenar a su casa el martes siguiente. «Nada especial», le prometió cuando vislumbró una leve vacilación en su rostro.

Sin embargo, cuando ella aceptó, no puedo evitarlo: empezó a hacer grandes planes para la noche.

Como es natural, ambos se sintieron un tanto violentos a su llegada. Él se ofreció a guardarle el jersey, una basta prenda de chillones tonos naranjas, morados y verde lima. Hubiese debido dejar que ella se limitara a tirarla encima del sofá, eso hubiese sido lo propio en una no-cita informal, pero ella se lo entregó y luego, pasándose la mano por el pelo que a la luz de las velas parecía hierba ensangrentada, examinó el lugar con esos ojos azul lavanda con ojeras tan oscuras que parecía llevar semanas sin dormir.

Alex se percató de que las velas la habían puesto nerviosa. No es que él hubiese perdido el juicio ni nada por el estilo. Tan solo eran un par de velas pequeñas, sin olor, ni siquiera compradas en la tienda del centro comercial sino en el supermercado.

—Me gustan las velas —dijo sonando a la defensiva incluso a sus propios oídos.

Ella sonrió con aire burlón, como si no lo creyese, antes de girarse sobre las punteras de su zapatilla roja y su zapatilla verde y dejarse caer sobre el sofá. Parecía totalmente exhausta, lo que no pilló a Alex por sorpresa. En realidad eso formaba parte de su plan, aunque no por eso dejó de sentir lástima por ella.

La cena fue sencilla: lasaña, ensalada verde y, de postre, pastel de chocolate. No cenaron en el comedor (hubiese sido demasiado formal), sino en el salón, con ella sentada en el sofá y él en el suelo, los platos en la mesa de centro, viendo un DVD de la popular serie de los años cincuenta Yo amo a Lucy, que habían descubierto era una afición común (y aunque lo que Agatha le había contado de cómo veía las reposiciones de la serie de niña no encajaba en la imagen que él se había formado de ella en la tosca casa del farero, ofreciendo té a los fantasmas que se derretían, no prestó demasiada atención a la incongruencia). Alex le ofreció de beber en todo momento, pero no le permitió entrar en la cocina ni acercarse a su propia taza. Se sintió mal por ello, de hecho se sintió fatal, pero trató de no perder de vista el objetivo último.

Tras un rato picoteando de su trozo de tarta, Agatha dejó el plato en la mesita, se recostó en los cojines grises y cerró los ojos.

Alex la observó, sin pensar en nada, solo observándola. Entonces se levantó en completo silencio, como si no quisiera molestarla, y entró en la cocina donde con gran cuidado y sigilo abrió el cajón en el que había guardado los pertrechos. Se acercó a ella por detrás, deprisa y sin apartar los ojos de su cabello rojo y verde. Ella se giró hacia él y maldijo en voz alta, los asustados ojos muy abiertos mientras él le empujaba la cabeza contra las rodillas, tiraba de sus brazos hacia atrás (movimiento que fue acompañado por un escalofriante chasquido y el grito de ella), le sujetaba las muñecas juntas a la espalda y las ataba con la cuerda. Ella se resistió a pesar de su estado de debilidad; sacudió las piernas y golpeó la mesita de centro. El plato con la tarta de chocolate salió volando y aterrizó sobre la alfombra beis mientras sus gritos arreciaban hasta convertirse en un terrible sonido, sin parecido alguno a nada que Alex hubiera oído antes. Por suerte tenía preparada cinta adhesiva para taparle la boca. Para entonces él mismo estaba ya bastante agotado. Sin embargo, ella se puso en pie y echó a correr patosamente por la habitación. A él le destrozó el corazón verla así. La agarró por la espalda. Ella pataleó y se retorció, pero era bastante menuda, y a Alex no le resultó difícil atarle las piernas.

—¿Está demasiado apretado? —le preguntó.

Ella lo miró con ojos como platos. Como si el fantasma fuese él.

—No quiero que estés incómoda.

Ella sacudió la cabeza. Intentó hablar, pero solo consiguió emitir sonidos ahogados.

—Te la puedo quitar —ofreció él señalando la cinta adhesiva—. Pero me tienes que prometer no gritar. Si gritas te la pondré y ya no te la volveré a quitar. Aunque deberías saber que desde la muerte de Tessie tengo pesadillas y sueños muy vívidos, y muchas noches me despierto gritando sin que jamás ninguno de mis vecinos haya movido un dedo. Nadie ha llamado nunca a la policía dando parte ni nadie me ha preguntado siquiera si me pasaba algo. Así son las cosas entre los vivos. ¿De acuerdo?

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Alex agarró el borde de la cinta con la punta de los dedos y cuando la tuvo bien sujeta dio un tirón. Se oyó un fuerte rasguido. Ella gruñó y jadeó, las lágrimas cayéndole por las mejillas mientras se pasaba la lengua por los labios.

—Siento terriblemente todo esto —se disculpó Alex—, pero no se me ocurrió otra manera.

Ella empezó a soltar palabrotas, una ristra de improperios ahogados que pronto quedaron sofocados en su propio llanto, hasta que al cabo consiguió preguntar.

—Alex, ¿qué es lo que estás haciendo?

—Sé que es verdad, ¿vale? —respondió él con un suspiro—. Vengo observando tu forma de ser, lo cansada que estás, y conozco el motivo. Sé que robas aliento. Quiero que comprendas que lo sé y que te amo, y que no tienes que seguir fingiendo conmigo, ¿de acuerdo?

Ella recorrió la habitación con la mirada, como intentando dar con algo en lo que centrar sus esperanzas.

—Escúchame, Alex. Escúchame. Me canso todo el tiempo porque estoy enferma. No quería decírtelo después de lo que me contaste de tu mujer. Pensé que te afectaría demasiado. Y punto. Por eso me canso siempre.

—No —dijo él quedamente—, eres un fantasma.

—No estoy muerta —insistió ella sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que sus lágrimas le salpicaron a él en la cara—. No estoy muerta —repitió una y otra vez, cada vez más fuerte, hasta que Alex se sintió obligado a taparle de nuevo la boca con la cinta.

—Sé que tienes miedo. El amor puede dar miedo. ¿O es que crees que yo no estoy asustado? Por supuesto que lo estoy. Mira lo que pasó con Tessie. Sé que tú también estás asustada. Te preocupa que resulte ser como Ezekiel, pero no soy como él, ¿vale? No te voy a hacer daño. E incluso por fin he conseguido entender que estás asustada por lo que pasó con tu madre. Claro que lo estás. Pero tienes que entenderlo. Es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Tal vez solo disfrutemos de una noche juntos o de solo una hora, o incluso de un minuto. No lo sé. Aunque mis genes son de buena calidad. Mis padres todavía están vivos, los dos. Si incluso mi abuela murió hace pocos años… Hay muchas probabilidades de que dentro de mí haya un montón de aliento, y me refiero a un buen montón. Pero incluso de no ser así, ¿acaso no entiendes que prefiero pasar un tiempo contigo, aunque sea poco, a nada de nada?

Alex no podía soportarlo, no podía soportar la manera en que ella lo miró como a un monstruo cuando la llevó al sofá.

—¿Tienes frío?

Ella se limitó a mirarlo fijamente.

—¿Quieres seguir viendo Yo amo a Lucy?, ¿o una película?

Ella no respondió. A veces podía ser de lo más cabezota.

Alex se decidió por Annie Hall.

—¿Te gusta Woody Allen? —Ella tan solo clavó en él una mirada llena de acusaciones—. Es una historia de amor.

Se giró para meter el DVD. Le puso la película y le dejó el mando a distancia en el regazo, un gesto de lo más tonto, se percató, habida cuenta de que ella seguía teniendo las manos atadas a la espalda, y además estaba bastante seguro de que, de no haber tenido la boca tapada con cinta, Agatha lo estaría mirando con esa expresión petrificada y boquiabierta. No le estaba poniendo las cosas demasiado fáciles. Recogió del suelo el plato, y los cubiertos, y llevó todo a la cocina, donde lo lavó junto con las ollas y cazos; tapó con papel de aluminio la lasaña sobrante y la guardó en la nevera. Una vez hubo terminado de barrer el suelo se sentó y miró la película con ella. No se acordaba del triste final. Alex siempre pensaba en ella como en una comedia romántica, sin acordarse nunca del amargo final. Apagó la televisión y dijo:

—Creo que ya es suficientemente tarde. No creo que vayamos ya a tener problemas.

Ella le dirigió una mirada inquisitiva.

Alex fue primero al coche y abrió el maletero, luego volvió a entrar y se encontró a la pobre Agatha arrastrándose por el suelo, al parecer tratando de escapar. Él pasó por su lado, cogió la manta del sofá y la extendió en el suelo junto a ella; a pesar de que se retorció y trató de resistirse, la obligó a rodar hasta quedar sobre la manta.

—Agatha, intenta calmarte —le pidió, pero ella no le hizo caso. Lo cabezota que podía ser…

Se la cargó al hombro. No estaba acostumbrado a llevar demasiado peso y al momento sintió la tensión recorriéndole la espalda hasta alcanzar las rodillas. Cerró la puerta del apartamento tras de sí sin molestarse en echar la llave. El barrio en que vivía era seguro.

Cuando llegó al coche la metió en el maletero y solo entonces retiró la manta de su linda cara.

—No te preocupes, va a ser poco tiempo —dijo mientras cerraba el capó.

Rebuscó entre los CD, tratando de elegir alguno que pudiese gustarle a Agatha, por si se oía desde el interior del maletero; pero como no se le ocurrió qué música podía ser apropiada, finalmente optó por conducir en silencio.

Le llevó unos veinte minutos llegar a la playa; era tarde y había poco tráfico. No obstante, el trayecto le proporcionó una oportunidad de reflexionar sobre lo que estaba haciendo. Para cuando aparcó junto al muelle se había reafirmado en que lo que se disponía a hacer era lo correcto, aunque pareciese lo contrario.

Había elegido bien el lugar. Él y Tessie solían aparcar ahí, y le asombró comprobar que por lo visto todavía no había sido descubierto por otras parejas a la búsqueda de un refugio en la oscuridad.

Cuando salió del coche respiró profundamente el aire salino y se quedó contemplando un instante las olas negras, escuchándolas romper y runrunear. Luego se dirigió a la parte de atrás y abrió el maletero.

Miró por encima del hombro, por precaución. Si lo descubrían en plena faena, sus acciones iban a ser malinterpretadas. Sin embargo, no había moros en la costa. Le hubiese gustado llevar a Agatha en brazos, como a una recién casada. Así era como lo había visualizado cada vez que se lo imaginaba, pero como ella estaba forcejeando de nuevo se la tuvo que echar al hombro, donde continuó retorciéndose. Bueno, Agatha podía ser cabezota, pero él no le iba a la zaga; en realidad en eso residía parte del encanto. Aunque así le resultaba más difícil caminar, y el embarcadero no solo estaba mojado, sino que allí el viento soplaba con más fuerza. En resumidas cuentas: todo el recorrido resultó bastante precario y desagradable hasta el final.

Había preparado un breve discurso, pero como ella se debatía con la misma energía que un pez en el anzuelo, lo único que alcanzó a decir fue «Te quiero», consiguiendo a duras penas fijar la mirada en la frenética expresión de su rostro y en sus ojos rabiosos, antes de arrojarla a las aguas, en las que inicialmente se hundió y a continuación quedó flotando como un corcho, tan solo la cabeza por encima de las olas negras, con esos ojos suyos clavados en los de él, sin dejar de mirarlo cuando se apartó del borde del embarcadero y echó a andar por la larga plataforma de madera, sintiéndose más ligero, aunque no se tratara de una ligereza agradable. Notaba esos ojos, observándolo, cuando en el coche fue cambiando de una emisora de radio a otra presa de la inquietud; esos ojos, observándolo, cuando llegó a casa y contempló el desorden reinante resultado de su noche juntos: las velas consumidas, las cajas de los DVD de Yo amo a Lucy y Annie Hall por el suelo, el extravagante jersey de ella sobre la mesa del comedor; esos ojos, observándolo… y de pronto sintió frío, un frío tan intenso que los dientes le estaban castañeteando y él se estremecía entre sudores. Las aguas oscuras cubrieron esos ojos y los cerraron, y él corrió al cuarto de baño y por los pelos llegó a tiempo, vomitó todo lo que había comido y se desplomó en el suelo, llorando. ¿Qué había hecho? ¿En qué estaba pensando?

Decidió quedarse ahí tirado hasta que alguien viniese a por él y se lo llevara, pero al rato notó un repugnante regusto en la boca. Se incorporó, se la aclaró y se cepilló dientes y lengua, se mudó de ropa y acostó en la cama, donde, tras todavía otro buen rato llorando y tratando de comprender cómo se le había podido ocurrir algo así, se sorprendió al descubrirse cayendo hacia una oscuridad tan profunda como las aguas, de la que confiaba nunca volver a emerger.

De pronto fue consciente de que estaba tumbado, con los ojos cerrados, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, y cayó en la cuenta de que ya llevaba un rato así. Estaba bastante seguro de que se había quedado dormido pero algo lo había despertado. En ese estado intermedio había estado oyendo un sonido que por fin reconoció: gotear de agua. Le sacaba de quicio que algún grifo quedara mal cerrado. Intentó pasarlo por alto, pero el goteo continuó. Estaba tan trastornado que incluso le pareció notar una gota en la mano y otra en la frente. Abrió un ojo, luego el otro.

Ella estaba allí, chorreando, el cabello una oscura masa apelmazada alrededor del rostro, el negro que perfilaba sus ojos corrido.

—Encontré una roca afilada en el fondo del mundo —dijo ella levantando los brazos.

Él creyó que se disponía a golpearlo, pero en lugar de eso ella le mostró la cuerda cortada colgando de las muñecas.

Alex asintió con la cabeza, incapaz de proferir palabra.

Agatha ladeó la cabeza y sonrió:

—Vale, tenías razón —admitió—. Tenías razón en todo. ¿Me haces un hueco?

Él asintió de nuevo. Ella se quitó la camiseta mojada y la dejó caer sobre el suelo, dejando al descubierto sus pequeños pechos blancos como la luna, se desabrochó los vaqueros y bajó la cremallera, contoneándose seductoramente mientras luchaba por despojarse del ajustado tejido mojado y aprovechando para quitarse las bragas al mismo tiempo. Cuando levantó los pies, Alex observó que ya no los rodeaba cuerda alguna y que por debajo de las rodillas era ya transparente. Cuando Agatha apartó el embozo de la cama, a él le llegó un peculiar olor a agua salada y cieno, como si ella fuera a un mismo tiempo una criatura fresca y limosa. Alex se echó a un lado, pero no tanto como para que cuando ella se introdujo en la cama a su lado no pudiese abrazarla, rodear con los brazos su piel húmeda y fría, sabiendo que él le estaba ofreciendo todo, todo lo que podía dar, y que ella había venido para tomarlo.

—Corriste un riesgo tremendo en el muelle —señaló ella.

Alex asintió otra vez.

Agatha apretó los labios contra los de él, que fue notándose cada vez más y más ligero, como si ese aliento extra hubiese sido un lastre durante toda su vida, y aunque los labios de ella estaban fríos se tornaron más y más tibios, y del calor de ambos fue brotando un vapor, hasta que llegó un momento en que ella quemaba, pero no obstante continuaron besándose sin que en ningún instante Alex dejase de pensar, «Te amo, te amo, te amo», hasta que finalmente ya no pudo seguir pensando, su cabeza tan ligera como su cuerpo, yaciendo junto a ella, carne tórrida contra carne tórrida, las cenizas de su mente ya incapaces de razonar, y él deseó, mientras se precipitaba hacia un lugar oscuro y distinto a cualquier otro que hubiese conocido hasta entonces, que todo eso estuviese sucediendo realmente, que ella de verdad estuviera allí y ese dolor que tanto tiempo llevaba sintiendo por fin hubiese quedado atrás.

Copyright © M. Rickert 2006

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8 respuestas a Viaje al Reino, de M. Rickert

  1. Gilberto dijo:

    ¡Muchas felicidades y muchas gracias por cinco años de lectura genial, por cuentos maravillosos y autores extraordinarios! Y gracias sobre todo a ti, Marcheto, por tu desinteresada labor de inmenso labor a la ciencia ficción y la fantasía.

    • marcheto dijo:

      Cinco años también muy intensos para mí. Gracias a ti por tu apoyo a este proyecto desde un principio y por tu ayuda en todo momento. 😀
      Y, por supuesto, espero que disfrutes del cuento.

  2. Javier Nostromo dijo:

    Qué fuerte.
    Muchas gracias, Marcheto. Saludos

  3. Anónimo dijo:

    Felicidades por el cumpleaños y gracias por tu gran trabajo. Como corresponde a la fecha, me quedo pensando en aquellos que se “disolvieron”.

  4. Malapata dijo:

    Gran relato. Me ha gustado especialmente ese cambio al finalizar la lectura del “Manifiesto”. Por un momento pensé que el comienzo era una excusa para leerlo, y me gustó ver cómo continuaba la historia después.
    Saludos y felicidades por el cumpleblog. Aquí seguiremos leyéndote el tiempo una temporada más.

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