Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!, de George Alec Effinger

George Alec Effinger fue un escritor estadounidense que, a lo largo de sus alrededor de treinta años de carrera, hasta su fallecimiento en 2002, publicó más de veinte novelas y varias colecciones de relatos, con los que cosechó importantes premios dentro del género, como el Nebula, el Hugo o el Sturgeon. Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas, y al menos tres de sus novelas se publicaron en España hace ya unos cuantos años. En español también se puede leer un buen puñado de sus relatos, aunque en ediciones en su mayoría descatalogadas. De ahí que me haya parecido un buen momento para recuperar uno de sus cuentos más populares, que curiosamente creo seguía inédito en nuestro idioma.

Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! (The Aliens Who Knew, I Mean, Everything) se publicó en octubre de 1984 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y posteriormente ha sido incluido en numerosísimas antologías, la última de ellas la muy recomendable The Very Best of Fantasy & Science Fiction, Volume 2. Aunque, a la postre, no consiguiese ningún galardón, quedó segundo en los premios Hugo, tercero en los Locus, y asimismo fue finalista de los Nebula y del SF Chronicle, algo sin duda bastante meritorio. Se trata de un relato de ciencia ficción francamente divertido, que perfectamente podía estar incluido en el Especial Humor que tuvimos en Cuentos para Algernon hace ya un par de años.

Como complemento al cuento, a continuación del mismo podéis leer un breve texto de la también escritora Barbara Hambly sobre este relato y sobre el propio autor. Y seguro que Barbara habla con total conocimiento de causa, dado que estuvo casada con Effinger durante varios años. George Alec Effinger y los extraterrestres que lo sabían todo fue publicado en 2011 en el muy añorado blog SF Signal.

Tan solo un aviso importante: Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! no se va poder descargar en ninguno de los formatos habituales, y ya os avanzo que tampoco va a estar incluido en la antología anual. Así que me temo que tendréis que leerlo directamente aquí o generar el ebook por vuestra cuenta. Os aseguro que el pequeño esfuerzo adicional merece la pena.

En esta ocasión me gustaría expresar en primer lugar mi agradecimiento a Barbara, no solo por permitirme tener aquí su texto, sino porque ha sido ella quien me ha autorizado a compartir este cuento con todos vosotros. Y, por supuesto, muchísimas gracias al propio George, por escribir esta hilarante historia. Thanks a million, Barbara and George!

 

Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!

George Alec Effinger

Yo estaba sentado en mi escritorio, leyendo un informe sobre la situación del pelícano pardo, cuando el secretario de Estado irrumpió en el despacho.

—Señor presidente —dijo con los ojos desencajados—, ¡han llegado los extraterrestres!

Así, sin más, «¡Han llegado los extraterrestres», como si yo fuera a saber qué hacer con ellos.

—Ya veo —dije yo.

En los albores de mi primer mandato había aprendido que «ya veo» es una de las réplicas más útiles y menos arriesgadas que podía dar en cualquier situación. Al decir «ya veo» indicaba que había asimilado la noticia y que, con inteligencia y calma, estaba a la espera de más información. Eso devolvía la pelota al tejado de mis asesores. Miré al secretario de Estado con expresión expectante. Ya tenía perfectamente preparada mi siguiente frase en caso de que él no tuviese nada más que añadir. Mi siguiente frase sería, «¿Y bien?», que indicaba que yo podía solventar el problema, pero que no podía esperarse que tomara una decisión ejecutiva sin suficientes datos, y que él tenía que haber sabido que no debía irrumpir en el despacho oval a menos que esa información obrase en su poder. Por eso teníamos un protocolo; por eso se habían establecido conductos reglamentarios; por eso yo contaba con asesores. Los votantes no querían que tomara decisiones sin la información pertinente. Si no tenía nada más que decirme, bajo ningún concepto debía haber entrado de sopetón en mi despacho. Lo contemplé unos instantes más.

—¿Y bien? —requerí por fin.

—Eso es todo lo que sabemos por ahora —respondió incómodo.

Lo miré con severidad durante unos segundos, anotándome un par de tantos mientras él seguía plantado frente a mí, todo aturullado. Luego le dije que se podía retirar y retomé el informe del pelícano. Yo no pensaba aturullarme, solo faltaría. Tan solo se me ocurría un presidente de la historia reciente que hubiese dado muestras de aturullamiento durante su mandato, y todos sabíamos cómo había acabado. Sonreí mientras el secretario de Estado cerraba la puerta del despacho tras de sí. Era probable que los extraterrestres acabaran convirtiéndose en un problema bastante jodido, pero aún no eran mi problema. Todavía contaba con algo de tiempo.

Sin embargo, me encontré con que me costaba concentrarme en la situación del pelícano. Incluso el presidente de los Estados Unidos tiene una pizca de imaginación y, de estar el secretario de Estado en lo cierto, iba a tener que enfrentarme a esos alienígenas pero que ya mismo. De niño había leído historias sobre extraterrestres, había visto todo tipo de alienígenas en el cine y la televisión, pero estos iban a ser los primeros que habían hecho una paradita para charlar un rato. Bien, no pensaba ser el primer presidente estadounidense que se pusiera en ridículo ante unos visitantes de otro mundo. Me prepararía a conciencia. Telefoneé al secretario de Defensa.

—Seguro que contamos con algún plan de contingencia para esto —le dije—. Los tenemos para cualquier otra situación.

Esto era cierto: el Departamento de Defensa está preparado para posibilidades tan peregrinas como que se establezca un régimen imperialista fascista en Liechtenstein o que de buenas a primeras se agote todo el selenio del mundo.

—Un momento, señor Presidente —dijo el secretario. Lo oí mascullar algo a alguien. Me mantuve a la espera y miré por la ventana. En el exterior, una multitud histérica corría de aquí para allá, probablemente por culpa de lo de los extraterrestres—. ¿Señor Presidente? —me llegó la voz del secretario de Defensa—. Tengo conmigo a uno de los alienígenas, y él sugiere que empleemos el mismo plan que ya utilizó el presidente Eisenhower.

Cerré los ojos y suspiré. Odiaba cuando me salían con respuestas como esa. Yo quería información, y me soltaban cosas así, sabiendo que tendría que hacer cuatro o cinco preguntas más solo para entender la contestación a la primera.

—¿Tienes contigo un alienígena? —inquirí con una voz no completamente desprovista de amabilidad.

—Sí, señor, aunque prefieren que no se les llame «alienígenas». Me dice que es un «nuhp».

—Gracias, Luis. Dime, ¿cómo es que tú tienes un al…? ¿Cómo es qué tú tienes un nuhp y yo no?

Luis le trasladó la pregunta a su nuhp en voz baja.

—Dice que es porque querían seguir los conductos reglamentarios. Con el presidente Eisenhower ya se enteraron de cómo iba todo eso.

—Muy bien, Luis. —Esto me iba a llevar todo el día, ya lo estaba viendo; y tenía una sesión fotográfica con la nieta de Mick Jagger—. Luis, mi segunda pregunta es: ¿a qué demonios se refiere con «el mismo plan que ya utilizó del presidente Eisenhower»?

Otra consulta entre dientes.

—Dice que esta no es la primera vez que los nuhp han aterrizado en la Tierra. Una nave de reconocimiento con dos nuhp a bordo aterrizó en la base Edwards de las fuerzas aéreas en 1954. Los dos nuhp se reunieron con el presidente Eisenhower. Al parecer fue un acto de lo más cordial, y a los nuhp el presidente les pareció un caballero agradable y sincero. Llevaban desde entonces haciendo planes para regresar a la Tierra, pero, entre unas cosas y otras, han estado la mar de ocupados. El presidente Eisenhower les pidió que no revelasen su presencia a los terrestres de a pie hasta que nuestro gobierno decidiera cómo controlar la inevitable histeria. Me imagino que el gobierno nunca llegó a tomar una decisión y, cuando los nuhp se marcharon, se le daría carpetazo al asunto tras estudiarlo. Con el paso de los años, cada vez habrán ido siendo menos los que estuviesen al tanto de que esa primera reunión había tenido lugar. Los nuhp han regresado ahora, en gran número, confiando en que a estas alturas ya habríamos preparado a la población. No es culpa suya que no sea así. Ellos daban prácticamente por descontado que serían bienvenidos.

—Ajá —dije yo. Esa era mi respuesta habitual cuando no tenía ni pajolera idea de qué decir—. Asegúrales que desde luego que son bienvenidos. No creo que el estudio que se hiciera durante el gobierno de Eisenhower llegara nunca a terminarse. Ni que realmente exista un plan para dar a conocer la noticia a la opinión pública.

—Por desgracia, señor Presidente, se me antoja que ese es el caso.

—Ajá. —«Típico de los republicanos», pensé—. Tengo otra pregunta para tu nuhp. Pregúntale si está al tanto de lo que le dijeron a Eisenhower. Seguro que son un pozo de sabiduría extraterrestre. A lo mejor tienen alguna idea sobre cómo deberíamos hacer frente a esta situación.

Una nueva pausa.

—Señor Presidente, dice que de lo único que hablaron con el señor Eisenhower fue de la técnica golfística del presidente. Le ayudaron a corregir su golpe de putt. Pero, en efecto, son un pozo de sabiduría. Saben de todo. Mi nuhp (bueno, Hurv, que es como se llama) dice que nos aconsejará encantado.

—Dile que se lo agradezco, Luis. ¿Podría alguno de ellos reunirse conmigo en, digamos, media hora?

—Ahora mismo hay tres nuhp camino del despacho oval. Uno es el jefe de su expedición y otro el capitán de su nave nodriza.

—¿Su nave nodriza?

—¿No la ha visto? Está amarrada en el Mall[1]. Sienten terriblemente lo que le han hecho al monumento a Washington. Dicen que lo solucionarán mañana.

Me limité a encogerme de hombros, colgué el teléfono y llamé a mi secretario.

—Van a llegar tres…

—Ya están aquí, señor Presidente.

—Que pasen —dije con un suspiro.

Y así es como, al igual que el presidente Eisenhower, yo también conocí a los nuhp.

Los nuhp eran unos tipos bien parecidos. Además de simpáticos. Sonrieron, me estrecharon la mano y sugirieron se tomasen fotografías del histórico momento, así que avisamos a los medios de comunicación; y entonces tuve que más o menos improvisar sobre la marcha la cumbre diplomática más importante de toda mi carrera política. Les di la bienvenida a la Tierra:

—Bienvenidos a la Tierra, y bienvenidos a los Estados Unidos.

—Gracias —dijo el nuhp al que acabaría conociendo con el nombre de Pleen—. Estamos encantados de estar aquí.

—¿Cuánto tiempo tienen previsto quedarse con nosotros?

No bien terminé de hacer la pregunta ya me estaba tirando de los pelos. Había sonado como el recepcionista de un Holiday Inn, y delante de los periodistas de la Associated Press y la UPI, y de todos los reporteros de las cadenas televisivas.

—No lo sabemos con exactitud —respondió Pleen—. No tenemos que trabajar hasta el lunes, no este, sino el siguiente.

—Ajá —dije.

Y a partir de ese momento tan solo posé para las fotografías y mantuve la boca cerrada. No pensaba ni decir ni hacer una puñetera cosa más hasta que mis asesores aparecieran y empezasen a asesorarme.

 

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Bueno, la gente fue presa del pánico, eso por descontado. Pleen me advirtió de que contara con ello, pero a esa conclusión ya había llegado por mí mismo. Hemos visto demasiadas películas sobre visitantes del espacio. De tarde en tarde llegan con un mensaje de paz y fraternidad universal, y en posesión de justo la información privilegiada que la humanidad necesita desde hace miles de años. Sin embargo, es más habitual que los extraterrestres vengan para esclavizarnos y asesinarnos, porque en esos casos los efectos especiales son más espectaculares; así que, cuando los nuhp arribaron, todo el mundo estaba bien preparado para odiarlos. La gente no se fiaba de su aspecto agraciado. Recelaba de sus modales agradables y su discreto buen gusto al vestir. Cuando los nuhp se ofrecieron a resolver todos nuestros problemas, todos nosotros dijimos, «Adelante, resolved nuestros problemas… pero ¿por cuánto nos va a salir?».

Esa primera semana, Pleen y yo pasamos mucho tiempo juntos, simplemente conociéndonos y tratando de comprender lo que el otro quería. Lo invité a él, al comandante Toag y al resto de gerifaltes nuhp a una recepción en la Casa Blanca. Tuvimos al coro de una iglesia de Alabama cantando góspel; la banda de un instituto de Michigan interpretando un popurrí de los himnos deportivos universitarios más populares; unos talentosos imitadores del famoso dúo y matrimonio Steve y Eydie recreando con nostalgia una actuación de las estrellas originales; un espectáculo de comedia improvisada a cargo de una troupe de Los Ángeles o por ahí; y la Orquesta Filarmónica de Nueva York bajo la batuta de una niña prodigio de doce años, que interpretó la Novena sinfonía de Beethoven en un intento por impresionar a los nuhp y demostrarles lo maravillosa que era la cultura terrestre.

Pleen disfrutó sobremanera con todo el evento.

—Los hombres expresan su alegría de muy diversas maneras, como los nuhp —comentó mientras aplaudía enérgicamente—. Todos nosotros somos unos grandes aficionados a la música humana. Creemos que Beethoven compuso algunas de las melodías más bellas que hemos oído en los lugares que hemos visitado a lo largo de todos nuestros viajes galácticos.

—Estoy seguro de que todo el mundo se alegrará cuando se entere —dije con una sonrisa.

—Aunque desde luego que la Novena sinfonía no es su mejor obra.

Mis aplausos flaquearon.

—¿Cómo dice?

Pleen me dirigió una educada sonrisa.

—Es un hecho archisabido entre nosotros que la más exquisita composición de Beethoven es su Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor.

Dejé escapar un suspiro.

—Huelga decir que eso es cuestión de opiniones. Es posible que los criterios de los nuhp…

—Oh, no —se apresuró a asegurarme Pleen—, los gustos no tienen nada que ver con esto. El Concierto para piano nº 5 es lo mejor de Beethoven de acuerdo con parámetros críticos rigurosos y bien definidos. Pero esa encantadora pieza no es ni por asomo la mejor obra musical compuesta por la humanidad.

Me sentí un pelín irritado. ¿Qué sabía este nuhp llegado de un planeta raruno del quinto pino, de una sociedad sin el más mínimo vínculo con nuestra cultura y herencia, qué podía saber este nuhp de los sentimientos que despertaba la Novena sinfonía de Beethoven en el alma humana?

—Dígame, Pleen —dije con voz inquietantemente suave—, ¿cuál es entonces la mejor composición musical humana?

—La banda sonora de la película Ben-Hur, de Miklós Ròzsa —respondió lisa y llanamente.

¿Qué podía hacer yo sino asentir con la cabeza sin decir ni mu? No era un asunto por el que mereciera la pena provocar un incidente interplanetario.

De modo que nuestra reacción inicial de miedo mudó en recelo. Seguíamos esperando que los nuhp revelaran su verdadero ser; esperábamos que se despojaran de esas máscaras amables y nos mostraran los auténticos rostros de pesadilla que todos sospechábamos escondían detrás. Resultó que no se volvieron a casa ni ese lunes ni al siguiente. Les gustaba la Tierra y les gustábamos nosotros, así que decidieron quedarse un poco más. Les hablamos de nosotros y de los problemas que arrastrábamos desde hacía siglos; ellos mencionaron, con esa ligereza que los caracterizaba, que podían solucionar algunas cosillas, realizar algunos pequeños ajustes, de modo que la vida de todos los habitantes del planeta mejorase un montón. Y no querían nada a cambio. Era un regalo que deseaban hacernos en señal de gratitud por nuestra hospitalidad: por permitirles atracar su nave nodriza en el Mall y por todos esos refills de café gratuitos que les servían en todas partes. Nosotros desconfiamos, pero nuestra vanidad y avaricia se impusieron. «Adelante, haced florecer nuestros desiertos —dijimos—. Adelante, terminad con las guerras, la pobreza y las enfermedades. Y enseñadnos una docena de nuevas y excitantes maneras de reciclar los desperdicios. Avisadnos cuando terminéis».

El miedo mudó en recelo, pero el recelo no tardó en mudar en esperanza. Los nuhp hicieron florecer los desiertos, en efecto. Nos pidieron cuatro meses. No tuvimos ningún problema en concederles todo el tiempo que necesitaran. Construyeron una cerca alta que rodeaba por completo el desierto de Namib, y no permitieron que nadie viera lo que estaban haciendo. Transcurridos cuatro meses ofrecieron un gran cóctel e invitaron a todos los países para que fuesen testigos de lo que habían logrado. Yo envié al secretario de Estado en representación mía. Me trajo unas diapositivas preciosas: el inmenso desierto se había convertido en un milagro botánico. Ahora había miles y miles de floridas plantas en lugar de ese monótono mar de guijarros y arena sin vida. El inmenso jardín tan solo contenía malvarrosas, ¡cómo no!, un sinfín de millones de malvarrosas. Le comenté a Pleen que los habitantes de la Tierra esperaban un poco más de variedad, y también algo un pelín más práctico.

—¿A qué te refieres con «práctico»? —me preguntó.

—¿A qué va a ser?, a comida.

—No te preocupes por la comida. Del hambre nos ocuparemos enseguida.

—Estupendo. Pero es que malvarrosas…

—¿Qué tienen de malo las malvarrosas?

—Nada —reconocí.

—La malvarrosa es la flor más bonita de entre todas las que crecen en la Tierra.

—Los hay que opinan que es la orquídea. Los hay que opinan que la rosa.

—No —replicó Pleen con firmeza—. La malvarrosa. Nunca te engañaría en un asunto así.

De modo que dimos las gracias a los nuhp por ese desierto de Namib lleno de malvarrosas y les paramos los pies antes de que repitieran la jugada en el Sahara, el Mojave y el Gobi.

 

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En general, a todo el mundo le empezaron a caer bien los nuhp, aunque costó un poco acostumbrarse a ellos. Tenían opiniones contundentes sobre todo, y se negaban a reconocer que lo que tenían eran… pues eso, opiniones. Cuando se los oía hablar era como si tuviesen línea directa con algún imperativo categórico que enunciaba todo en términos de un inexorable blanco y negro. Las malvarrosas eran las mejores flores. Alejandro Dumas, el más grande novelista. El azul claro, el color más bonito. La melancolía, la emoción más ennoblecedora. Gran Hotel, la mejor película. El mejor coche jamás fabricado era el Chevy Bel Air de 1956, pero solo el modelo verde aguamarina y blanco. Y no había espacio para la discusión: los nuhp formulaban sus dictámenes como si tuvieran el peso de una revelación divina.

En una ocasión le pregunté a Pleen sobre los presidentes estadounidenses. ¿Quién consideraban los nuhp que era el mejor presidente de nuestra historia? Me sentí un poco como la madrastra de Blancanieves. Espejo, espejito mágico… En realidad no creía que fuese a contestar que yo era el mejor presidente, pero mi corazón palpitaba mientras aguardaba su respuesta, porque nunca se sabe, ¿a que no? A decir verdad, me imaginaba iba a nombrar a Washington, Lincoln, Roosevelt o Akiwara. Su contestación me sorprendió: James K. Polk.

—¿Polk? —repetí yo. Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de reconocer su retrato.

—No es el más conocido, pero, aunque un tanto insulso, fue un presidente honrado. Declaró la guerra a México y anexionó gran cantidad de territorio a los Estados Unidos. Consiguió que hasta el último punto de su programa se convirtiese en ley. Era trabajador y un hombre de bien, y merece una mejor reputación.

—¿Y qué me dices de Thomas Jefferson? —inquirí.

—También lo hizo bastante bien —respondió Pleen con un encogimiento de hombros—, pero no fue James Polk.

Mi mujer, la primera dama, intimó con Doim, la esposa del comandante Toag. Con frecuencia iban de compras juntas, y Doim le hacía sugerencias sobre moda y cuidados del cabello. Doim le dijo a mi mujer qué estancias de la Casa Blanca necesitaban un cambio en la decoración y qué organizaciones benéficas eran merecedoras de apoyo oficial. Fue Doim quien negoció el contrato discográfico de la primera dama, y fue también ella quien le descubrió el pepito de ternera con queso, uno de los manjares predilectos de los nuhp (aunque aseguraban que la mejor gastronomía terrestre era la tex-mex).

Un día, Doim y mi mujer estaban almorzando sentadas a una pequeña mesa en un restaurante chic de Washington, con un par de docenas de agentes de seguridad de los nuhp y miembros de nuestros propios servicios secretos camuflados entre la clientela.

—Vengo observando que a cada semana que pasa parece haber más nuhp en Washington —comentó la primera dama.

—Sí —convino Doim—, todos los días llegan nuevas naves nodriza. La Tierra se nos antoja uno de los planetas más agradables de entre todos los que hemos visitado.

—Ni que decir tiene que estamos encantados de teneros con nosotros, y parece que nuestro pueblo ha superado sus temores iniciales.

—Fue gracias a las malvarrosas.

—Supongo. ¿Cuántos nuhp hay en la Tierra ahora mismo?

—Yo diría que unos cinco o seis millones.

La cifra cogió por sorpresa a la primera dama.

—No creía que fueseis tantos.

Doim se echó a reír.

—Bueno, no estamos únicamente en Norteamérica, sino por todas partes. La Tierra nos encanta. Aunque por supuesto tampoco es el no va más en cuestión de planetas. Nuestro propio hogar, Nuhporbe, continúa siendo el número uno; pero sin duda la Tierra estaría en cualquier lista de los diez mejores.

—Ajá. —Son muchos los trucos oratorios destacables que mi esposa ha aprendido de mí.

—Por eso estamos encantados de ayudaros a embellecer y modernizar vuestro mundo.

—Lo de las malvarrosas estuvo bien, pero ¿cuándo vais a abordar las cuestiones verdaderamente vitales?

—No te preocupes por eso —dijo Doim antes de pasar a concentrar toda su atención en su ensalada de requesón.

—¿Cuándo vais a acabar con el hambre en el mundo?

—Pronto. No te preocupes.

—¿Y con las zonas urbanas deprimidas?

—Pronto.

—¿Y la crueldad del hombre para con el hombre?

—Todavía no llevamos ni seis meses aquí —replicó Doim lanzándole a mi esposa una mirada de impaciencia—. ¿Qué es lo que queréis?, ¿milagros? Ya hemos hecho más que tu marido en todo su primer mandato.

—Malvarrosas —masculló la primera dama.

—Te he oído. Al resto del universo le privan las malvarrosas. No es culpa nuestra que los humanos carezcan de gusto.

Terminaron el almuerzo en silencio, y cuando mi esposa regresó a la Casa Blanca estaba que trinaba.

Esa misma semana, uno de mis asesores me mostró una carta enviada por un joven de Nuevo México. Varios nuhp se habían mudado al apartamento contiguo al suyo y habían empezado a aconsejarlo sobre las mejores opciones de inversión (balnearios urbanos para tratamiento de problemas respiratorios), los tejidos y colores que le realzaban el tono de la tez y el cabello, los mejores sistemas holográficos del mercado (los Esmeralda F-64 con pantalla Libertad hexafásica y solipsizador de argón Ruy Challenger), el mejor lugar para contemplar las puestas de sol (el restaurante giratorio en lo alto del edificio Weyerhaeuser en Yellowstone City), los vinos que mejor maridaban con todo (demasiados para mencionarlos aquí, envíen un sobre franqueado si desean la relación) y la mujer con la que debía casarse de entre las dos con las que estaba saliendo (Candi Marie Esterhazy). «Señor Presidente —decía el apabullado joven—, soy consciente de que debemos comportarnos como anfitriones corteses con nuestros benefactores del espacio, pero se me está haciendo un poco cuesta arriba no perder los estribos. No hay duda de que los nuhp están bien informados y desean compartir todos esos conocimientos tan ventajosos, pero es que no son capaces de esperar a que se les pida. Si mis vecinos de la puerta de al lado fuesen personas, seres humanos corrientes, a estas alturas ya les habría partido la cara. Por favor, dígame qué puedo hacer. Y pronto: el próximo viernes me llevan al centro a elegir una alianza y mobiliario nuevo para el salón. ¡Pero si yo no quiero mobiliario nuevo para el salón!».

Luis, mi secretario de Defensa, preguntó a Hurv sobre los objetivos a largo plazo de los nuhp.

—No tenemos objetivo alguno —dijo Hurv—. Tan solo estamos tomándonos una temporada de relax.

—Entonces, ¿por qué habéis venido a la Tierra? —preguntó Luis.

—¿Por qué juegas tú a los bolos?

—Yo no juego a los bolos.

—Pues deberías. Es la actividad más placentera a la que puede dedicarse una persona.

—¿Qué me dices del sexo?

—Los bolos son sexo. Son una representación simbólica del acto sexual, con la diferencia de que no hay que preocuparse por los sentimientos de otra persona. Los bolos son sexo sin culpabilidad. Los bolos son lo que la gente lleva milenios deseando: sexo sin un ápice de responsabilidad. Son la mismísima destilación de la esencia del sexo. Los bolos son sexo sin temor ni vergüenza.

—Los bolos son sexo sin placer —replicó Luis.

Durante unos breves instantes reinó el silencio.

—¿Me estás diciendo que cuando haces un lanzamiento perfecto y ves cómo los bolos salen volando de la pista no tienes un orgasmo? —preguntó Hurv.

—Pues no.

—Ese es tu problema, entonces. Me temo que en esta cuestión no puedo serte de ayuda; tendrás que ver a algún terapeuta. Me doy perfectamente cuenta de que este asunto te incomoda, así que cambiemos de tema.

—Por mí bien —aceptó un malhumorado Luis—. ¿Cuándo vamos a beneficiarnos de las verdaderas ventajas de vuestra superioridad tecnológica? ¿Cuándo vais a desvelarnos los más recónditos secretos del átomo? ¿Cuándo vais a liberar a la humanidad de la esclavitud del trabajo?

—¿A qué te refieres con «superioridad tecnológica»?

—A bordo de vuestras naves nodriza debe de haber maravillas científicas que sobrepasan los límites de nuestra imaginación.

—Tampoco hay gran cosa. Ni siquiera estamos tan avanzados como lo estáis aquí en la Tierra. En el tiempo que llevamos en vuestro planeta hemos aprendido todo tipo de cosas maravillosas.

—¿Qué?

Luis no tenía ni idea de qué es lo que Hurv estaba tratando de decir.

—No disponemos de nada semejante a vuestros increíbles chips de silicio o vuestras asombrosas memorias de burbuja. Ni siquiera hemos inventado algo comparable al transistor. Adivina por qué las naves nodriza son tan grandes.

—¡Santo cielo!

—Exacto: válvulas de vacío. Todas nuestras naves funcionan con válvulas de vacío, que ocupan una barbaridad de espacio. Y encima se funden. ¿Sabes cuánto se tarda en localizar la puñetera válvula que se ha estropeado? Acuérdate de cuando la gente llevaba a la ferretería bolsas con válvulas de los aparatos de televisión para comprobar con el testador si funcionaban. Imagínate lo que es tener que hacer eso mismo con algo de las dimensiones de nuestras naves nodriza. Y tampoco podemos salir pitando hacia el espacio en cuanto se nos antoja. Hay que dejar que la nave se caliente primero. Girar la llave de contacto y dejar que el cacharro se caliente durante un par de minutos, y entonces sí que ya puedes largarte a toda leche. Un auténtico coñazo.

—No lo entiendo —dijo un perplejo Luis—. Si vuestra tecnología es tan primitiva, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Si estamos mucho más avanzados que vosotros, deberíamos haber sido nosotros quienes hubiésemos descubierto vuestro planeta en lugar de haber sido al revés.

Hurv se rio suavemente.

—No te des tantos aires, Luis. El simple hecho de que vuestros componentes electrónicos sean mejores que los nuestros no os hace necesariamente superiores en modo alguno. A ver, imagínate que vosotros, los humanos, sois un hombre que está en Los Ángeles con un flamante Trujillo, y nosotros somos un nuhp que está en Nueva York con un Ford viejo y destartalado. Los dos tipos parten hacia St. Louis. Bien, el del Trujillo va lanzado a ciento veinte por la autopista, mientras que el del Ford va tan tranquilo a cincuenta y cinco; pero resulta que el humano del Trujillo se detiene en Las Vegas y pierde todo el dinero que tiene para gasolina en la mesa de blackjack, mientras que nuestro pequeño y resuelto nuhp viaja durante días hasta alcanzar su destino. Todo es cuestión de superioridad intelectual y espíritu de superación. Los humanos no paráis de hablar de viajar a las estrellas, pero continuáis invirtiendo vuestro dinero en otros proyectos, como guerras, música popular, eventos deportivos internacionales y la revitalización de las modas de décadas atrás. Si quisieseis viajar al espacio, ya lo habríais hecho.

—Pero la cosa es que sí queremos viajar al espacio.

—Entonces os ayudaremos. Os desvelaremos los secretos. Vosotros podéis compartir con nuestros ingenieros vuestra tecnología electrónica, y juntos construiremos nuevas y maravillosas naves nodriza que abrirán las puertas del universo tanto a humanos como a nuhp.

Luis respiró aliviado.

—Suena bien —señaló.

Todos estuvimos de acuerdo en que esto parecía más prometedor que lo de las malvarrosas, y confiamos en conseguir refrenar nuestras ganas de darles una patada en su culo colectivo hasta que esa promesa se hiciera realidad.

 

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En mi segundo curso de universidad, tuve por compañero de cuarto a un chaval alto y flaco llamado Barry Rintz. Barry tenía el cabello negro ondulado y rebelde, y un rostro afilado que parecía haber sido una cara normal y de rasgos atractivos con la que alguien hubiera jugueteado hasta desfigurarla ligeramente. Barry entornaba los ojos con frecuencia, no porque tuviera algún defecto en la vista sino porque quería dar la impresión de que estaba evaluando el mundo todo el tiempo. Lo cual era cierto. Barry te podía decir el valor de mercado y el real de cualquier objeto con el que te cruzases.

Un fin de semana en el que el equipo de fútbol americano de la universidad jugaba en casa, concertamos una cita doble con dos estudiantes de otra facultad de nuestra misma ciudad. Quedamos con ellas antes del partido y las llevamos al museo de arte de la universidad, que era bastante grande y contaba con una colección impresionante. Me dediqué a vagar de galería en galería con mi chica, una bonita estudiante de educación infantil llamada Brigid, comentando lo similares que eran nuestros gustos en cuestiones artísticas. A ambos nos gustaban los impresionistas y a ambos nos gustaba el surrealismo. Admiramos un par de pequeños Renoirs durante cerca de media hora, y luego hicimos un montón de chistes tontos y pueriles sobre las escenas representadas en los cuadros de Magritte, Dalí y Chirico.

Barry y su chica, Dixie, se cruzaron por casualidad con nosotros cuando los cuatro pasábamos por la galería de escultura.

—Allí hay un Seurat genial —le comentó Brigid a su amiga.

—Seurat —repitió Barry, con la voz rebosante de divertida incredulidad.

—Me gusta Seurat —explicó Dixie.

—Bueno —dijo Barry—, tampoco es que Seurat tenga nada de malo especialmente.

—¿A qué te refieres?

—¿Conocéis a F. E. Church? —preguntó él.

—¿A quién? —dije yo.

—Venid por aquí.

Barry prácticamente nos arrastró hasta la galería de pintores estadounidenses. F. E. Church fue un destacado paisajista norteamericano (1826-1900) que lograba dotar a sus obras de una luminosidad asombrosa y hermosísima.

—¡Mirad esa luz! —exclamó—. ¡Mirad ese espacio! ¡Mirad ese aire!

—¿Mirad ese aire? —musitó Brigid dirigiendo una furtiva mirada a Dixie.

Era un buen cuadro, y así lo reconocimos todos, pero Barry continuó insistiendo: F. E. Church era el mayor artista de toda la historia estadounidense y uno de los mejores que el mundo había conocido jamás.

—Yo lo situaría en lo más alto, junto a Van Dyck y Canaletto.

—¿Canaletto? —se sorprendió Dixie—, ¿el que pintó todos esos cuadros de Venecia?

—¡Esos cielos! —murmuró extasiado Barry, con su semblante reflejando el arrebatamiento del voluptuoso satisfecho.

—Hay a quien le gustan los cuadros de cachorritos o de mujeres desnudas —apostillé yo—. A Barry le gusta la luz y el aire.

Nos marchamos del museo y fuimos a comer. Barry nos dijo qué platos de la carta merecía la pena pedir y cuáles eran abominables, y nos hizo beber a todos una desconocida cerveza importada de Ecuador. Para Barry, el mundo se dividía en obras maestras y abominaciones. Esta clasificación le simplificaba enormemente la vida; salvo por el hecho de que jamás entendía por qué sus amigos nunca eran capaces de distinguir las unas de las otras.

Durante el partido, Barry comparó al quarterback del equipo de nuestra universidad con Y. A. Tittle. Comparó al punter del equipo visitante con Ngoc Van Vinh[2]. Comparó el show del descanso con la espectacular coreografía por la que era famosa la banda de la universidad de Ohio. Antes del final del tercer cuarto del partido yo ya vi claro que Barry no tenía ni la más remota posibilidad con Dixie. Antes de que el reloj señalara la finalización del último cuarto, Brigid y yo ya estábamos haciendo planes entre cuchicheos para escabullirnos y dejar plantados a los otros dos a la más mínima oportunidad. Seguro que Dixie encontraría una excusa para coger el autobús de vuelta a su colegio mayor antes de la cena. Barry, como de costumbre, pasaría la noche en nuestro cuarto, leyendo Cómo vender un presidente 1996[3].

Otras veces, Barry me daba lecciones sobre asuntos tan variopintos como literatura estadounidense (el mejor poeta era Edwin Arlington Robinson; el mejor novelista, James T. Farrell), animales (los golden retrievers eran los únicos animales apropiados para tener como mascota), moda en el vestir (si un hombre se salía de la chaqueta azul marino y los pantalones grises se estaba buscando un problema) e incluso hobbies (Barry coleccionaba condecoraciones militares de la Rusia imperial zarista; después de que le contara que mi padre coleccionaba alambres de púas se pasó varios días sin dirigirme la palabra).

Barry era un pozo de conocimientos. Era el árbitro del campus en cuestiones de buen gusto. Todos sabían que era el hombre al que había que preguntar.

Y sin embargo, nadie acudía a él. Todos lo teníamos atragantado. Me cambié de cuarto antes del final del cuatrimestre de otoño. Rehuido por todos, solitario y amargado, Barry Rintz terminó trabajando como orientador académico en un instituto de Ames (Iowa). El puesto le venía como anillo al dedo; son pocos los que tienen tanta suerte a la hora de encarrilar su trayectoria profesional.

Porque sabía que no era el caso, que si no hubiese pensado que Barry era un espía enviado por los nuhp como avanzadilla.

El viaje interestelar fue el regalo que nos hicieron los nuhp cuando ya llevaban todo un año en la Tierra. Resultó ser sorprendentemente barato. Los nuhp nos explicaron su sistema propulsor, que era económico, seguro y adaptable a todo tipo de usos sobre la superficie de nuestro planeta. La revelación abrió un campo de especulación científica totalmente nuevo. A continuación nos enseñaron sus técnicas de navegación y los «atajos» que habían descubierto en el espacio. La gente los llamaba distorsiones espaciales; sin embargo, técnicamente hablando, los atajos no tenían nada que ver ni con la teoría de Einstein ni con la curvatura del espacio ni con nada por el estilo. Tan solo un puñado de humanos entendía de qué estaban hablando los nuhp, pero eso no tenía mayor importancia: ni los propios nuhp entendían los atajos, los utilizaban y punto. Todo esto nos lo sirvieron en bandeja, como el pavo de Acción de Gracias. Nosotros nos saltamos toda la parte de la escrupulosa experimentación científica y nos lanzamos directamente a la explotación comercial. La filial de Mitsubishi en La Paz y Martin Marietta emplearon los diagramas de los nuhp para comenzar a construir tres lujosas naves de pasajeros, cada una capaz de transportar un millar de turistas a cualquier lugar de nuestra galaxia. Aunque el hombre todavía no había pisado las lunas de Júpiter, ciertas agencias de viajes selectas empezaron a admitir reservas para un gran tour que recorrería la docena de planetas habitados más cercanos.

Porque sí, al parecer el espacio era un hervidero de vida; la mitad de las estrellas de tipo G del cielo tenían planetas con vida humanoide.

—Llevamos décadas tratando de comunicarnos con inteligencias extraterrestres —se quejó un científico soviético—. ¿Por qué no han respondido?

—Ahí fuera todo el mundo está intentando comunicarse con todo el mundo —explicó un cordial nuhp con un encogimiento de hombros—. A vuestros mensajes ellos les hacen el mismo caso que vosotros a la propaganda engañosa de sorteos y premios que os buzonean.

Al principio, esto supuso un golpe a nuestro orgullo de especie, pero nos repusimos. En cuanto nos unimos a la comunidad interestelar comenzaron a tomarnos más en serio. Y eran los nuhp quienes lo habían hecho posible.

Aunque les estábamos muy agradecidos, la convivencia con ellos seguía siendo igual de difícil. No había quien los aguantara. Cuando mi segundo mandato llegó a su fin, Pleen comenzó a aconsejarme sobre mi futura carrera.

—No escribas un libro —me dijo (cuando ya llevaba escritas las primera doscientas páginas de Memorias de un presidente)—. Vale que quieras labrarte una imagen como estadista; pero no des la nota y espera a que la gente acuda a ti.

—¿En qué se supone entonces que debo emplear el tiempo? —pregunté.

—Elige una nueva carrera. Tampoco eres tan mayor. Hay mucha gente que lo hace. ¿No te has planteado la posibilidad de empezar un negocio de ventas por correo? Podrías llevarlo desde tu propio domicilio. O puedes volverte a matricular en la universidad en algún curso sobre alguna materia que siempre te haya interesado. O participar de manera activa en proyectos cívicos o de tu comunidad religiosa. O buscarte un hobby nuevo, como cultivar malvarrosas o coleccionar condecoraciones militares.

—Pleen, déjame en paz —le rogué.

—Por supuesto, si es eso lo que quieres —dijo con una expresión ofendida que me hizo lamentar mis ásperas palabras.

Por todo el país, por todo el planeta, todo el mundo estaba teniendo el mismo problema con los nuhp. Daba la sensación de que habían venido tantos a la Tierra que cada humano tenía el suyo propio para hacerle sugerencias sin fin. En el mundo no había habido tanta tensión desde el certamen de Miss Universo de 1992, cuando la mayoría de los jueces votaron a favor de que el premio se declarase desierto.

Por eso no me sorprendió en exceso cuando la primera de nuestras propias naves nodriza regresó de su periplo de veintiocho días por las estrellas con solo doscientos setenta y seis de sus mil pasajeros todavía a bordo. Los restantes setecientos veinticuatro se habían ido quedando por los distintos mundos exuberantes, exóticos, fascinantes y acogedores. Todos esos planetas tenían una cosa en común: sus habitantes eran individuos encantadores, cordiales, inteligentes y semejantes a los humanos, que habían abandonado su mundo natal tras ser descubierto por los nuhp. Numerosas razas convivían en paz y armonía en esos planetas, en ciudades espaciosas construidas recientemente para albergar a los que se habían expatriado por estar hasta las narices. Es posible que los miembros de estas razas alienígenas hubiesen albergado los mismos odios y celos hacia sus congéneres que nosotros, los humanos, conocíamos desde tiempos inmemoriales; pero todo eso había quedado relegado al pasado. Llegados de innumerables planetas repartidos por toda nuestra galaxia, estos individuos tan dispares vivían felizmente codo con codo, unidos por un único sentimiento en común: su aversión hacia los nuhp.

Al año del lanzamiento de nuestra primera nave interestelar, la población de la Tierra ya había disminuido en un 0,5 por ciento. A los dos años, ya casi se había reducido en catorce millones. Los nuhp eran demasiado sinceros y demasiado serviciales y demasiado comprensivos para que se pudiese luchar contra ellos. Pero no por eso eran ni una pizca menos pesados. La mayor parte de la gente prefirió coger y largarse a montar una escena. Había una plétora de mundos hermosísimos que visitar, no salía demasiado caro y las oportunidades en el espacio eran ilimitadas. Muchas personas que en la Tierra vivían frustradas y desilusionadas tuvieron oportunidad de iniciar una vida nueva y gratificante en planetas de cuya existencia ni siquiera teníamos noticia antes de la llegada de los nuhp.

Los nuhp sabían que esto iba a suceder. Ya había sucedido docenas, cientos de veces en el pasado, en todos los lugares en los que sus naves nodrizas habían aterrizado.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Los nuhp nos habían hecho promesas y las habían cumplido, aunque nunca hubiéramos podido imaginar cómo iban a evolucionar las cosas.

Nuestras ciudades ya no eran urbes ruinosas y superpobladas en las que las masas empobrecidas vivían encerradas. Los pocos que se quedaron pudieron escoger entre las mejores viviendas. Los arrendadores se vieron obligados a abaratar los alquileres y a mantener las propiedades en perfectas condiciones para atraer inquilinos.

El hambre se terminó cuando la ratio entre consumidores y productores de alimentos cayó en picado. En diez años la población de la Tierra se redujo a la mitad, y continuó menguando.

La pobreza comenzó a desaparecer por ese mismo motivo. Había puestos de trabajo de sobra para todos. Una vez fue patente que los nuhp no iban a competir por ellos, resultó haber más oportunidades que individuos que pudiesen aprovecharlas.

La discriminación y los prejuicios se esfumaron casi de la noche a la mañana. Todo el mundo cooperaba para que las cosas marcharan sobre ruedas a pesar de la emigración a gran escala. La buena vida pasó a estar al alcance de cualquiera, y como consecuencia los resentimientos se desvanecieron. Además, cualquier animadversión que la gente todavía sintiera se podía focalizar en los nuhp; y a los nuhp tampoco es que les importara. Todo eso les traía sin cuidado.

Yo ahora soy alcalde y jefe de la oficina de correos de la pequeña comunidad humana de Nueva Dallas, aquí, en Tercius, el cuarto planeta de una estrella conocida en nuestro antiguo catálogo estelar como Struve 2398. Las distintas razas extraterrestres que encontramos en este mundo habían bautizado a la estrella con otro nombre, que se podría traducir como «Glándula Pineal de Dios». Todos los alienígenas que residen aquí son la mar de serviciales y generosos. También tenemos un puñado de nuhp.

A lo largo y ancho de la galaxia, a los nuhp se los considera mensajeros de paz. Su misión es viajar de un planeta a otro llevando la reconciliación, la prosperidad y la genuina civilización. No hay ninguna raza inteligente en la galaxia que no los aprecie. Todos les agradecemos lo que han hecho y lo que nos han aportado.

Ahora bien, si los nuhp empezaran a mudarse a nuestro barrio, a la mañana siguiente ya habríamos hecho las maletas y estaríamos saliendo por pies de aquí.

 

First published in The Magazine of Fantasy & Science Fiction, October 1984. / Publicado por primera vez en The Magazine of Fantasy & Science Fiction en octubre de 1984.

Copyright © 2011 by the Estate of George Alec Effinger

All rights reserved. / Todos los derechos reservados.

 

George Alec Effinger y los extraterrestres que lo sabían todo

Barbara Hambly

El relato Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! es probablemente —junto con White Hats— el cuento de George Alec Effinger por antonomasia. ¿Qué pasaría si los extraterrestres llegasen en son de paz, con la intención, llevada religiosamente a la práctica, de ayudar a la humanidad, pero fuesen tan rematadamente plastas que a la postre la humanidad prefiriera seguir metiendo la pata por su cuenta a aceptar esa ayuda? George era en esencia un miniaturista, un genio a la hora de identificar esos pequeños rasgos de la naturaleza humana que pueden ser los más trágicos, los más heroicos, los más humanos… y los más enloquecedores. Incluso cuando no estaba en plena forma —y tuvo momentos en los que escribió algunos disparates de orden cósmico—, sus dotes de observador destacan como pepitas de oro.

Este relato también le ofreció a George la oportunidad de entregarse a uno de sus pasatiempos favoritos: el análisis de nimiedades curiosas de la cultura popular. George era un hombre que estudiaba los distintos tipos de máquinas de pinball, que investigaba en qué punto del suelo de una bolera convenía aplicar una dosis extra de cera, que en el museo de Coca-Cola en Atlanta se empeñaba en catar hasta la última muestra de los distintos productos que la marca fabrica a lo largo y ancho del mundo. George era un hombre que coleccionaba piezas de cristal de la Depresión fabricadas con el vidrio barato y de colores típico de aquel período —lo que le llevaba a ser el varón más joven en la mayoría de las reuniones del Club del Cristal de la Depresión de Nueva Orleans; y habría que ver lo que pensarían de él todas aquellas ancianitas sureñas de cabello azulado—, y que podía explayarse durante horas hablando de las diferencias entre el diseño «patricio» y el «dórico» de las mismas; o lanzarse a la búsqueda, no del Santo Grial, sino de la tapa de un azucarero modelo blanco traslúcido «American Sweetheart». En una ocasión —creo que a raíz de estar escribiendo un relato en el que las cartas del tarot de la muñeca Barbie tenían su importancia— también empezó a coleccionar estas muñecas; cuando limpié su despacho tras su muerte creo que regalé ocho bolsas de basura llenas de Barbies.

Las descripciones de George se caracterizaban por esa lúcida precisión tan fundamental en la buena escritura, equivalente al hincapié que pone Ian Fleming (a través del personaje de James Bond) en que la ginebra marca Gordon’s debe ser servida en copa de champagne, o a lo que nos dice sobre uno de sus personajes el hecho de que sea miembro del club de caballeros londinense Boodles en lugar de serlo de Blades.

Y en cierta manera, esa es la clave de Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!

(Así es también como trato de escribir yo, construyendo personajes y situaciones a partir de un mosaico de pequeños detalles. En eso, George era todo un maestro.)

Más adelante, George trasladaría esa característica suya a las novelas, como uno de los escritores fundadores del cyberpunk con Cuando falla la gravedad; un sensación de inmediatez y humanidad que se deriva de ese agudo detallismo. Pero yo creo que George siempre consideró sus obras breves («las graciosas de los inicios», tal como decía Woody Allen) lo más afín a la persona que él realmente era.

Así que, a riesgo de comportarme igual que los extraterrestres de este cuento diciéndoles qué es lo mejor, afirmo: Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! es probablemente una muestra del mejor George.

Copyright © 2011 Barbara Hambly

 


Notas sobre la traducción:

[1] Céntrico parque de Washington. Volver


[2] Y. A. Tittle fue un famoso quarterback que jugó en la liga profesional de fútbol americano entre 1948 y 1964. Por el contrario, no parece haber existido ningún jugador conocido que se llamara Ngoc Van Vinh. Volver


[3] The Making of the President 1960 (Cómo vender un presidente, 1960), escrito por el periodista Theodore White, explicaba y analizaba los entresijos de la campaña y de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 1960. Este título fue el primero de una serie del mismo autor sobre los comicios de 1964, 1968 y 1972. Volver

 

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19 respuestas a Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!, de George Alec Effinger

  1. Malapata dijo:

    Muy divertido, me ha gustado mucho. ¿Sabes si esta faceta cómica es común en Effinger? Me ha picado la curiosidad por leer algo más.
    Gracias por el descubrimiento 🙂

    • manuti dijo:

      La trilogía ciberpunk no es de un humor, pero hay mucha ironía. Todavía recuerdo como al empezar a leerla y en las primeras páginas un personaje se presenta como:
      — Bond, James Bond.
      Simplemente porque lleva un modificador de personalidad que le hace creerse el auténtico agente 007.

      • marcheto dijo:

        Mi memoria es espantosa y no recuerdo con seguridad si llegué a leer una de las novelas de la trilogía en su momento, aunque recuerdo perfectamente haber visto las llamativas portadas a las que haces referencia.
        En cualquier caso, creo que descubrir facetas hasta ahora desconocidas entre nosotros de los autores es algo siempre muy interesante. Si en el caso de Effinger lo hemos conseguido (y encima el relato os divierte), misión conseguida. 😀

    • marcheto dijo:

      Hola, Malapata. Tampoco te sé decir porque tampoco he leído mucha ficción breve de Effinger. A este relato llegué gracias a la antología de F&SF, no porque estuviera leyendo una colección de este autor. El cuento que sí que he leído es White Hats, que también es muy divertido, aunque me temo que requiere un mayor conocimiento de la cultura popular estadounidense del que yo tengo para ser disfrutado al 100 %.

  2. manuti dijo:

    Qué bueno Marchetto!!!
    Este autor me encantó cuando de joven compré y leí su trilogía ciberpunk (qué portadas, mamma mía, tenía que esconderlas de mis padres no pensaran que había comprado otra cosa).

  3. Anónimo dijo:

    Un relato muy agradable, como los que leía cuando era joven. Gracias y un saludo

    • marcheto dijo:

      Hola. Me alegro de que el cuento te haya gustado. Efectivamente es un relato bastante clásico, pero no por ello menos divertido.
      Y muchas gracias por tu comentario.

  4. Grandísimo relato. Me ha parecido divertidísimo. Nunca leí nada de Effinger pero me pregunto si se puede conseguir White Hat por ahí.

    Por cierto, los nuhp me recuerdan poderosamente a los Meeseeks de la serie de animación estadounidense Rick and Morty. Los meeseeks son más serviciales (en plan criado) pero también tienen unas opiniones muy sólidas sobre cómo son las cosas (esa característica “plasta” tan inherente en los nuhp).

    • marcheto dijo:

      Hola, Antonio.
      Conseguir “White Hats” puede ser un tanto complicado, aunque por lo que he visto no es imposible. Si miras mismamente en Amazon lo comprobarás.
      No he visto la serie que comentas, pero por lo que dices sería francamente interesante tener la oportunidad de enfrentar a un meeseek y a un nuhp.
      Y, por supuesto, me alegro un montón de que te haya gustado el relato.

  5. Javier Nostromo dijo:

    Como dice Barbara Hambly en su comentario, una pepita de oro. Muy divertido y original. Muchas gracias, Marcheto.

    • marcheto dijo:

      La verdad es que la antología de F&SF es muy buena. Bastantes de los relatos son conocidos, como es lógico al ser una selección de lo mejor de la revista, pero cuando menos te lo esperas te encuentras sorpresas tan agradables y desconocidas como esta. Por cierto, yo también he echado buenas unas risas traduciéndolo.

  6. Anuska dijo:

    Genial relato. Muchísimas gracias, Marcheto, por acercarnos todos estos autores. Yo te estoy muy agradecida. 🙂
    Me ha recordado, el relato, a la novela de Brown, “¡Marciano, vete a casa!”, que fue, seguramente, mi primera lectura de ciencia ficción humorística… bueno, yo al menos me reí un montón.

    • marcheto dijo:

      “¡Marciano, vete a casa!” fue una de las novelas culpables de mi afición al género. Yo también me lo pasé pipa con ella. Por aquel entonces tenía una amiga, también del club de CF del instituto, a la que los marcianos de la novela le resultaban tan insoportables y agobiantes que la ponían nerviosa, y tuvo que dejar el libro a mitad. No sé qué opinaría de este cuento…

      • Paco Pil dijo:

        me too! XD
        ahora mi chaval de 5 años se partía de risa cuando se lo leía por la noche. Gracias por tu trabajo,y esperando con ganas la recopilación anual, ya que mi tiempo no me da para pasarme mucho por acá

        • marcheto dijo:

          Está claro que tu chaval promete. Sigue eligiéndole las lecturas así de bien y creo que dentro de unos años este blog tendrá un nuevo seguidor. 😉
          Y gracias a ti por pasarte a dejar tu comentario y leer las antologías. Una pena que este relato no vaya a poder estar incluido en la de este año, pero creo que lo importante es que al menos esté disponible aunque solo sea online.

  7. Hola 🙂 Me ha encantado el cuento, muy divertido. Igual que Antonio me vinieron a la cabeza los Meeseeks. Me apunto algunos libros que nombrasteis por aquí, sobre todo ¡Marciano, vete a casa! que creo que me va a gustar.

    PD: Encontre un error, aunque no sé si fue al pasarlo a formato Kindle. Pone “Otra veces, Barry me daba lecciones sobre asuntos….” cuando supongo que sería “Otras veces,…”.

    Un abrazo^^

    • marcheto dijo:

      ¡Marciano, vete a casa! (¡Marcianos, largo de aquí!, en la última edición de la novela publicada por la editorial Gigamesh) es divertidísima y, en mi opinión, uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción. Si te ha gustado este cuento, no lo dudes, lánzate a por ella.
      Y muchas gracias por avisarme de la errata. Ya está corregida.

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