Tres tazas de aflicción a la luz de las estrellas, de Aliette de Bodard

Aliette de Bodard es una autora de sobra conocida entre los lectores de ciencia ficción de habla hispana, principalmente gracias a su antología El ciclo de Xuya (que recopila relatos encuadrados en su «universo de Xuya»), y a su novela corta En una estación roja, a la deriva, ambas publicadas por la editorial Fata Libelli. Con anterioridad a la aparición de estas obras, los seguidores de este blog ya habíais tenido la oportunidad de leer Caída de una mariposa al amanecer, relato posteriormente incluido en la citada antología. Durante los ya casi cuatro años que han transcurrido desde que tuvimos su primer cuento por aquí, Aliette no solo ha publicado las dos primeras novelas de una nueva serie de fantasía oscura, «The Dominion of the Fallen», sino que ha seguido enriqueciendo ese universo de Xuya con nuevas obras, como esta que hoy tengo el placer de compartir con todos vosotros.

Tres tazas de aflicción a la luz de las estrellas (Three Cups of Grief, by Starlight) es un nuevo relato del ciclo de Xuya. Se publicó en la revista Clarkesworld en enero de 2015, y posteriormente ha sido incluido en diversas antologías, entre las que destaca la selección de lo mejor del año editada por Gardner Dozois. Y no solo eso, sino que gracias a esta obra Aliette fue finalista del premio Locus y consiguió alzarse con otro importante galardón: el British Science Fiction Awards (en la misma edición en la que también estuvo nominado No Res, de Jeff Noon).

Tras esta temporada de sequía de traducciones de obras de Aliette, espero que estéis con mono de leer un nuevo cuento suyo y disfrutéis con Tres tazas de aflicción a la luz de las estrellas, que aunque pertenece al mismo universo de las obras publicadas por Fata Libelli puede leerse de manera independiente. Ahora bien, si no habéis leído ninguno de los relatos de Xuya, os aconsejo que primero os paséis por aquí para leer (en español) la introducción a este universo escrita por la propia Aliette, o por aquí si preferís la versión en inglés (y más actualizada).

Os recuerdo que Aliette domina el español, así que estoy segura de que estará encantada si le hacéis llegar vuestros comentarios y opiniones sobre este cuento ya sea en inglés o en español (comentando en esta entrada, vía Twitter…). Yo por mi parte tan solo le voy a dar de nuevo las gracias por su amabilidad y por haberse ofrecido a repetir en Cuentos para Algernon. ¡Muchísimas gracias, Aliette!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar desde aquí el relato con los tres formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Muchas gracias una vez más a Johan y Jean.

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Tres tazas de aflicción a la luz de las estrellas

Aliette de Bodard

 

Té verde: el té verde se elabora a partir de hojas de té cocidas al vapor o secadas ligeramente. De gusto suave, con un agradable matiz herbáceo, no debe sobrepasarse el tiempo de infusión recomendado para evitar el amargor.

 

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Tras las exequias, Quang Tu regresó caminando a su compartimento y se sentó a solas, mirando fijamente pero sin ver el pausado ballet de bots que limpiaba la angosta pieza, cuyas paredes metálicas ya estaban inmaculadas. Todo vestigio de la presencia de madre y de los numerosos dolientes había sido restregado hasta desaparecer. Se había desconectado de la red pública. No soportaba ver los resúmenes de la vida de madre; los vids del cortejo fúnebre reproducidos hasta la saciedad, de las cien mil personas congregadas en el camposanto para despedirse, buitres ávidos de la carne de los dolientes —no la habían conocido, madre no había significado nada para ellos—, cuyas ofrendas florales valían lo mismo que las garantías de la Guardia Bordada.

—Hermano mayor, sé que estás ahí—dijo una voz desde el otro lado de la puerta que Quang Tu había cerrado con llave—. Déjame entrar, por favor.

Cómo no. Quang Tu no se movió.

—He dicho que quería estar a solas.

Un bufido tal vez jocoso, y luego:

—De acuerdo. Si me obligas a que lo haga así…

Su hermana, la Tigre en el baniano, se materializó en la cocina, cerniéndose sobre la reluciente encimera, cerca de los restos del té matutino de Quang Tu. No es que realmente fuera ella, por supuesto: su hermana era una Mente encerrada en la sala del corazón de una nave espacial, demasiado pesada para abandonar su órbita; y lo que proyectaba sobre el planeta era un avatar, una perfecta reproducción en miniatura de sí misma: refinada y nítida, con una motita negra en el casco a modo de brazalete de luto.

—Típico —dijo ella, flotando por el compartimento—. No puedes coger y encerrarte aquí.

—Puedo si me da la gana —replicó Quang Tu.

Se sintió como si volviese a tener ocho años y estuviera tratando de discutir con ella, algo que jamás había tenido sentido alguno. Su hermana casi nunca se enfadaba; era raro que las naves mentales se enfadaran; no estaba seguro de si era una característica general de su diseño, obra de los talleres imperiales, o si se debía al simple hecho de que la duración de su vida se contaba en siglos, mientras que la de la suya (y la de la vida de madre), en meras décadas. Él creía que su hermana no estaría afligida, pero la notó cambiada: esa lentitud calmosa y precavida de sus movimientos, como si absolutamente cualquier cosa pudiera quebrarla…

La Tigre en el baniano estaba flotando cerca de la mesa de la cocina, observando los bots. Podía hackearlos sin grandes problemas: la seguridad en el compartimento no valía un comino. Total, ¿quién iba a robar unos bots?

Lo que Quang Tu más valoraba ya le había sido arrebatado.

—Déjame en paz —pidió él, aunque en realidad no quería estar solo. No quería oír el silencio en el compartimento; el repiqueteo de las patas de los bots sobre el metal, desprovisto de toda calidez y humanidad.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó la Tigre en el baniano.

No hizo falta que dijera de qué, y él no la insultó fingiendo lo contrario.

—¿Para qué?

—Solo por hablar. —Su voz sonó extrañamente perspicaz—. Ayuda. Al menos eso es lo que me han dicho.

Quang Tu volvió a oír la voz del miembro de la Guardia Bordada; el tono mesurado y comedido cuando le había dado el pésame, antes de fruncir el ceño y clavarle el cuchillo en las entrañas.

«Debes comprender que el trabajo de tu madre era muy valioso…»

«Las circunstancias son extraordinarias…»

El tono pausado y pomposo del erudito; la enrevesada jerga oficial que conocía de memoria: las únicas excusas que le ofrecería el estado, formuladas con la extrema formalidad de homenajes y edictos.

—Ella… —Quang Tu inspiró profunda y entrecortadamente (¿por la aflicción o por la ira?)—. Yo debería haber recibido sus implantes de memoria.

Cuarenta y nueve días después de las exequias; cuando los laboratorios ya hubieran tenido tiempo para decantar y estabilizar la personalidad y recuerdos de madre y añadirla a la cohorte de antepasados almacenados. No era ella, nunca lo sería, por supuesto, sino tan solo una simulación cuyo objetivo era aconsejar y compartir conocimientos. Pero algo hubiera sido. Hubiera llenado el terrible vacío que había en su vida.

—Estabas en tu derecho, como su primogénito —convino la Tigre en el baniano. Algo en su tono de voz…

—¿No estás de acuerdo? ¿Los querías para ti? —Las familias se habían enfrentado por asuntos más triviales.

—Claro que no. —Un estallido de risa despreocupada y jovial—. No digas tonterías. ¿Para qué los iba a querer yo? Lo único que pasa es que… —Titubeó, meciéndose vacilante de izquierda a derecha—. Tú necesitas algo más. Aparte de a madre.

—¡No hay nada más!

—Tú…

—Tú no estuviste aquí —dijo Quang Tu.

Ella había estado lejos, viajando, transportando pasajeros de aquí para allá, entre los planetas que constituían el Imperio de Dai Viet; saltando de mundo a mundo, sin prácticamente preocuparse por los humanos con los pies sobre tierra. Ella… ella no había visto las inseguras manos de madre dejando caer el vaso; no lo había oído hacerse añicos con un ruido que sonó como un disparo; no la había llevado de vuelta a la cama todas las noches, infiriendo el avance de la enfermedad por la creciente ligereza del cuerpo que transportaba en sus brazos, por el cada vez más marcado filo de las costillas que se perfilaban bajo la piel tirante.

Madre había seguido siendo ella misma hasta casi el final: aguda, lúcida y plenamente consciente de lo que estaba sucediendo, garabateando en los márgenes de los informes de su equipo y enviando instrucciones a la nueva estación espacial en construcción, como si nada malo le estuviese sucediendo. ¿Había sido una bendición?, ¿una maldición? Él no conocía la respuesta; y no estaba seguro de desear que esa terrible certeza lo destrozara.

—Sí que estuve —replicó la Tigre en el baniano, pausada, quedamente—. Al final.

Quang Tu cerró los ojos, y volvió a sentir el olor a antisépticos y el penetrante efluvio de los analgésicos; y el acre hedor de un cuerpo viniéndose abajo, fallando finalmente.

—Perdona. Sí que estuviste. No quería…

—Lo sé. —La Tigre en el baniano se le acercó; se frotó contra su hombro, fantasmal, casi intangible, el aliento que había estado junto a él durante toda su infancia—. En cualquier caso, consumiste tu vida cuidando a madre. Y puedes decir que solo estabas cumpliendo con el deber de cualquier buen hijo, puedes decir que carece de importancia. Pero… ahora ya está, hermano mayor. Ya pasó.

No es así, le hubiera gustado decir, pero las palabras sonaban vacías incluso en sus propios oídos. Se apartó y clavó la mirada en el altar de los antepasados, en el holo de madre, encima de las ofrendas de té y arroz, los alimentos que serían su sustento en su periplo por el averno. El holo iba alternando diversos vids: madre, en avanzado estado de gestación de su hermana, moviéndose con la dificultosa lentitud característica de las portadoras de Mentes; madre de pie detrás de Quang Tu y de la Tigre en el baniano, los tres delante del altar de los antepasados en el aniversario de la muerte de su abuelo; madre aceptando la medalla Hoang Minh del por entonces ministro de Investigación; y otro vid de antes del diagnóstico, pero de cuando ya había empezado debilitarse y a adelgazar, en el que se la veía insistiendo en que quería regresar al laboratorio, volver con su equipo para retomar la investigación…

Volvió a acordarse del miembro de la Guardia Bordada, de las palabras que le habían oprimido el cuello como el garrote de un verdugo. «¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreven todos?».

—Ella volvió a casa —dijo, sin estar seguro de cómo expresar con palabras el torbellino de su interior—. Volvió con nosotros. Con su familia. Al final. Eso quiso decir algo, ¿verdad?

—No fue la emperatriz quien la confortó cuando se despertaba por la noche, tosiendo tanto que parecía ir a escupir los pulmones, ¿verdad? —La voz de la Tigre en el baniano sonó irónica y divertida. Solo pensar algo así ya se consideraba… traición, y mucho más decirlo, aunque la Guardia Bordada habría tomado en consideración su aflicción e ira, y el continuo y productivo trabajo de madre al servicio de la emperatriz. De todas maneras, en realidad eso no era algo que a ninguno de los dos preocupara gran cosa—. No fue la emperatriz quien estuvo a su lado cuando murió.

Madre le había aferrado la mano, los ojos abiertos como platos, el blanco atravesado por una trama de sangre y el miedo en la mirada.

—Yo…, por favor, hijo…

Él se había quedado paralizado; hasta que a su espalda la Tigre en el baniano había susurrado, «En Sai Gon hay luces verdes y rojas, en My Tho hay luces brillantes y tenues…»; una nana de la Antigua Tierra, las palabras alargándose hasta transformarse en ese pausado ritmo reconfortante y familiar al que de manera inconsciente él también se había unido:

Ahora vuelve a casa con tus libros.

Nueve meses te esperaré, diez otoños te esperaré…

Entonces ella se había relajado, acurrucada contra él; y habían continuado entonando canciones hasta… Quang Tu no sabía cuándo había muerto, cuándo había desaparecido el brillo de los ojos, cuándo había perdido el rostro su angulosidad característica. Pero cuando se había levantado del lecho de muerte todavía tenía la canción en la cabeza, y un terrible abismo en su mundo que nada había conseguido cerrar.

Y entonces, tras esparcir los papeles votivos, tras echar el último puñado de tierra sobre la tumba, aquel guardia.

El hombre era joven, bisoño y de rostro infantil, pero ya se movía con esa despreocupada arrogancia de los privilegiados. Había abordado a Quang Tu en el camposanto, con el pretexto de expresar sus condolencias, pero no había tardado ni dos frases en pasar al que era el verdadero motivo de esa conversación; y en conseguir que el mundo de Quang Tu se desmoronara, por segunda vez.

«Los implantes de memoria de tu madre pasarán a la profesora Tuyet Hoa, que de este modo estará en mejores condiciones para continuar su investigación…»

Por supuesto que el Imperio necesitaba comida; y arroz cultivado en el espacio; y cosechas mejores y más fiables con las que alimentar a las masas. Y por supuesto que él no quería que nadie pasara hambre. No obstante…

Los implantes de memoria siempre pasaban de padres a hijos. Eran la fortuna y el tesoro de una familia; los asiduos consejos de los antepasados, ofrecidos desde más allá de la tumba. Mientras madre yacía moribunda, él… él se había consolado pensando en que no la perdería. No del todo; no durante mucho tiempo.

—Nos la arrebataron —dijo Quang Tu—. Una y otra y otra vez. Y ahora, llegado el verdadero final, cuando debería ser nuestra… cuando debería regresar con su familia…

La Tigre en el baniano no se movió, pero un vid del funeral apareció en una de las paredes, emitido por el canal público. La gente que quería presentar sus últimos respetos no había cabido en el pequeño compartimento; los numerosos visitantes habían atestado pasillos y rincones, empujándose unos a otros en completo silencio.

—Muerta también les pertenece —dijo su hermana.

—¿Y no te importa?

Una inclinación lateral del avatar, su equivalente a un encogimiento de hombros.

—No tanto como a ti. Yo sigo acordándome de madre, a diferencia de todos ellos.

Salvo de Tuyet Hoa.

Él también se acordaba de Tuyet Hoa; de cuando los visitaba el tercer día tras Año Nuevo: una estudiante presentando sus respetos a su profesora, año tras año; se acordaba de cómo se fue transformando de una adulta inabordable a una mujer no mucho mayor que la Tigre en el baniano y que él, aunque nunca perdió su rígida torpeza en el trato con ellos. Sin lugar a dudas, en el mundo ideal de Tuyet Hoa, madre no habría tenido hijos, no habría permitido que nada la distrajera de su trabajo.

—Tienes que pasar página —dijo la Tigre en el baniano, pausadamente, con dulzura; se acercó y se situó junto a él para mirar el altar de los antepasados. Los bots se congregaron en la cocina y comenzaron a preparar té para remplazar los tres cuencos que había en el mismo—. Acepta que así son las cosas. Ya sabes que te lo compensarán: te ofrecerán ascensos y serán indulgentes contigo. Descubrirás que tu carrera como funcionario… te resulta más cómoda.

Sobornos y concesiones; el pago por la pérdida de algo que no tenía precio.

—Un negocio de lo más justo —replicó él, lentamente y con amargura. Ellos sabían con exactitud el valor de lo que Tuyet Hoa iba a recibir.

—Lo sé —dijo la Tigre en el baniano—, pero así lo único que vas a conseguir es echar a perder tu salud y tu carrera, y sabes que eso no es lo que madre hubiese querido.

Como si a ella… No, no estaba siendo justo. Aunque a veces estuviera lejos y se volcase en su trabajo, madre siempre encontraba tiempo para sus hijos. Los había criado y había jugado con ellos; les había contado historias de princesas, pescadores y ciudadelas que se desvanecían en tan solo una noche; y más adelante, había dado largos paseos con Quang Tu por los jardines de los Dragones Azures, señalando feliz tan pronto un pino como una grulla que pasaba volando, y conversando animadamente con él sobre su carrera en ciernes en el ministerio de Obras Públicas.

—No puedes permitir que esto te amargue la vida —dijo la Tigre en el baniano.

Por debajo de ella, los bots acarreaban un pequeño cuenco con té, preparado a la perfección: líquido fragante en un recipiente de pálida cerámica celadón con pequeñas fisuras como las de las cáscaras de los huevos.

Quang Tu cogió el cuenco y aspiró la agradable fragancia herbal; a madre le encantaría, incluso más allá de la tumba.

—Lo sé —dijo, volviendo a colocarlo sobre el altar. La mentira salió tan fácil y suavemente como el último aliento de madre.

 

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Té oolong: la esmerada elaboración de esta variedad por parte de los maestros del té les permite obtener una amplia gama de sabores y texturas. La bebida es dulce, pero con un ápice de fuerza, y las sucesivas infusiones van revelando nuevos matices.

 

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Tuyet Hoa se despertó, con una creciente e imprecisa sensación de pánico y temor… hasta que se acordó de la intervención.

Estaba viva. Estaba cuerda. Lo que ya era algo…

Inhaló una profunda y convulsa bocanada de aire, y vio que yacía en su casa, en su cama. Lo que la había despertado no había sido el aterrorizado y pertinaz ritmo de su corazón, sino un suave codazo de la red pública: destellos que le habían sido hechos llegar a través de los bots en la fase más superficial de su ciclo de sueño. No era su propia alarma, sino la notificación de que había recibido un mensaje clasificado como «urgente».

Otra vez no, por favor.

Otro codazo, este en el interior de su cabeza; un pensamiento que no era suyo, recordándole que debería leerlo, que como nueva cabeza del departamento era su responsabilidad prestar la debida atención a los mensajes de sus subordinados.

La profesora Duy Uyen. Cómo no.

Durante toda su vida había dado muestras de esa misma energía y fortaleza con la que se enfrentó a la muerte; pero, al ser tan solo la jefa de su departamento y no una antepasada directa, Hoa la notaba… rara. Distante, como si le hablara a través de un cristal.

Hoa había tenido suerte, lo sabía: recibir implantes de memoria que no eran de tu propia familia podía desbaratarte el cerebro irreversiblemente, habida cuenta de que quince desconocidos luchaban sin piedad ni consideración alguna por el control de tus pensamientos. Ella oía a la profesora Duy Uyen; y de tanto en tanto a otros antepasados de esta, que sonaban como fantasmas lejanos; pero eso era todo. Podía haber sido muchísimo peor.

Y podía haber sido muchísimo mejor.

Se levantó, sin prestar atención a la insistente monserga en el interior de su cabeza, a las continuas exhortaciones a cumplir con su deber; y entró en la cocina sin hacer ruido.

Los bots ya le habían preparado el primer té del día. Antes de la intervención acostumbraba a tomarlo en el trabajo, en la época de la enfermedad de la profesora Duy Uyen, cuando esta acudía al laboratorio más delgada y pálida cada día (y cuando luego su presencia quedó reducida a una sucesión de llamadas-vid y memoriales mediante los que inyectaba sus últimas y desesperadas instrucciones en el proyecto antes de que escapara a su control). Hoa había disfrutado de esa tranquilidad que mantenía a raya el terrible y bien conocido hecho de la inminente muerte de la profesora Duy Uyen, que los dejaría a la deriva en el vacío del espacio, sin una nave mental con la que continuar adelante.

Ahora su momento de tranquilidad era otro. Ahora se tomaba su té en cuanto se levantaba, confiando en que, a una hora tan temprana, los implantes de memoria no tuvieran motivos para activarse.

Aunque esta mañana en concreto no le había servido de nada.

Se sentó e inhaló —ese ligero aroma a frutos secos con un equilibrio perfecto entre dulce y floral—, la mano temblándole sobre la superficie de la taza mientras bloqueaba en la cabeza a la profesora Duy Uyen durante unos escasos y valiosísimos minutos; unos escasos momentos extra de tranquilidad robados antes de que la realidad irrumpiera en su día.

Para, acto seguido, rendirse y abrir el mensaje.

Era de Luong Ya Lan, la investigadora que trabajaba en el equilibrio de la acidez del agua. En el vid transmitido desde el laboratorio se la veía pálida, aunque totalmente serena.

—Señora Hoa, siento tener que informarle de que las muestras del arrozal cuatro han desarrollado una infección micótica…

La profesora Duy Uyen se revolvió en las profundidades del cerebro de Hoa, analizando las palabras a medida que se recibían, accediendo a la red privada de la estación y descargando la información pertinente; el único consuelo de Hoa era que no sería más rápida que ella y tardaría de quince a veinte minutos en analizarlo todo. La profesora tenía sus sospechas, naturalmente: algo relacionado con esa variedad concreta de arroz; tal vez las alteraciones introducidas en la planta para permitirle medrar a la luz de las estrellas, modificaciones tomadas de la dulcisueñera nocturna del Decimosexto Planeta; o quizá con las condiciones del propio arrozal…

Hoa se sirvió otra taza de té y se quedó mirando los bots un rato. Reinaba el silencio, la voz de Duy Uyen se fue apagando poco a poco en su mente hasta acallarse por completo. Sola. Por fin, sola.

La última persona en verificar la situación de ese arrozal había sido An Khang, uno de los estudiantes de Ya Lan; An Khang era un hombre listo y entregado a su trabajo, pero no especialmente cuidadoso, así que tendría que preguntarle si había realizado las comprobaciones en persona o utilizando bots, y si había seguido los protocolos durante el proceso.

Se levantó y encaminó hacia el laboratorio, su mente todavía sumida en el silencio. El camino era corto: la estación todavía estaba en fase de construcción, y lo único acabado era el laboratorio y los alojamientos de los diez investigadores, de generosas dimensiones, mucho más amplios que los compartimentos a los que habrían tenido derecho en cualquiera de sus estaciones de origen.

En el exterior, al otro lado de las paredes metálicas, los bots trabajaban duramente: reforzaban la estructura y poco a poco iban añadiendo mamparos y suelo al esqueleto de la estructura planificada por el gran maestro de harmonía en el diseño. No tenía necesidad de conectar los implantes a la señal de vídeo del exterior para saber que los bots estaban ahí fuera, cumpliendo su misión; exactamente igual que ella. No eran los únicos, por supuesto: en los talleres imperiales los alquimistas estaban enfrascados en el minucioso diseño de la Mente que un día velaría por la estación, asegurándose de erradicar cualquier error antes de transferirla al vientre de la madre.

En el laboratorio, Ya Lan está ocupada con el arrozal problemático; cuando Hoa entró le dirigió una mirada de disculpa.

—Recibiste mi mensaje —dijo.

—Sí —respondió Hoa haciendo una mueca—. ¿Te ha dado tiempo de realizar los análisis?

—No —contestó Ya Lun sonrojándose.

Hoa ya lo sabía. Un análisis en condiciones requería más de veinte minutos. No obstante…

—¿Qué es lo que te barruntas?

—Probablemente la humedad.

—¿Khang no…?

—Eso ya lo he comprobado también —respondió Ya Lan moviendo la cabeza negativamente—. En el arrozal no se han introducido agentes contaminantes, y la última vez que Khang lo abrió fue hace dos semanas.

Los arrozales estaban recubiertos por estructuras acristaladas, para así tener garantizado el control del hábitat; y estaban monitorizados por bots y, de vez en cuando, por algún científico.

—Los hongos pueden permanecer en estado latente durante más de dos semanas —señaló Hoa sombríamente.

—Claro —convino Ya Lan con un suspiro—, pero sigo creyendo que se trata del entorno: mantenerlo en las condiciones idóneas es un tanto peliagudo.

Humedad y oscuridad: las condiciones perfectas para que en los arrozales se desarrollara algún huésped de cualquier otro organismo, en lugar de exclusivamente los cultivos que el Imperio necesitaba con tanta urgencia. Los planetas numerados eran pocos; y todavía menos los aptos para el cultivo de alimentos. La profesora Duy Uyen había tenido una visión: una red de estaciones espaciales como esa en la que se encontraban; de estanques con peces y arrozales creciendo directamente a la luz de las estrellas, en lugar de a la luz simulada de la Antigua Tierra; alimentos básicos cuya producción y cuidados no costarían una fortuna en recursos.

Y todos habían tenido fe en esa visión, igual que un moribundo que de pronto vislumbrase un río. La propia emperatriz había creído en ella, hasta el punto de saltarse la ley en su caso y otorgar sus implantes de memoria a Hoa en lugar de al hijo de Duy Uyen, ese niño callado que Hoa recordaba de sus visitas por Año Nuevo, que había crecido y se había convertido él mismo en un erudito. Al hijo se lo veía enojado durante las exequias, aunque ¿cómo no estarlo? Los implantes deberían haber sido para él.

—Lo sé —dijo Hoa.

Hoa se arrodilló y pidió consultar los datos del arrozal en sus implantes: un gráfico de la temperatura durante el último mes ocupó su campo de visión. Todos los ligeros descensos en la curva correspondían a algún control: un científico que abría el arrozal.

—Profesora… —la reclamó Ya Lan, titubeante.

—¿Sí? —respondió ella sin moverse.

—Es el tercer arrozal con esta variedad que se malogra en otros tantos meses…

Hoa oyó la pregunta que Ya Lan no había llegado a plantear. La otra variedad (la utilizada en los arrozales uno y tres) también se había echado a perder en algunas pruebas, pero con menor frecuencia.

La profesora Duy Uyen se revolvió en su interior. Era la temperatura, señaló con amabilidad, aunque también con firmeza. La dulcisueñera soportaba un rango muy reducido de temperatura; y era probable que lo mismo ocurriese con el arroz modificado.

Hoa se contuvo para no responder con cajas destempladas. Las modificaciones realizadas en esa variedad podían no ser perfectas, pero eran su mejor opción.

La profesora Duy Uyen negó con la cabeza. La variedad de los arrozales uno y tres era mejor; había sido obtenida mediante injertos de una forma de vida de P Huong Van, un planeta sin numerar y sin colonizar: los luminiscentes, unos insectos que volaban en una atmósfera tan distinta que resultaba irrespirable para los seres humanos. Esta había sido la opción favorita de la profesora.

A Hoa no le gustaban los luminiscentes. La atmósfera de P Huong Van tenía un equilibrio distinto de elementos khi: era rica en fuego, y estallaba en llamas a la más mínima; las tormentas de fuego, terroríficamente habituales en P Huong Van, calcinaban los árboles reduciéndolos a cenizas, y a negruzcos esqueletos los pájaros en vuelo. A bordo de una estación espacial, el fuego era un peligro inasumible. La profesora Duy Uyen había argumentado que la Mente que finalmente tuviera que controlar la estación espacial podría ser diseñada para aceptar un desequilibrio de elementos khi, que podría añadir agua a la atmósfera para reducir las probabilidades de una tormenta de fuego a bordo.

Hoa no tenía fe en esa solución. Modificar una Mente tenía un coste elevado, mucho más elevado que regular la temperatura en un arrozal. Desplegó los datos de los arrozales, aunque sabía perfectamente que la profesora Duy Uyen ya los habría revisado.

La profesora Duy Uyen era lo suficientemente educada como para no censurar a Hoa, aunque esta notaba su desaprobación como el peso de la hoja de una espada. En muchos sentidos resultaba extraño cómo el proceso de refinamiento la había cambiado; cómo, con todos los ajustes de estabilización y todos los recortes de emociones superfluas, la simulación en el interior de su cabeza era total y descorazonadoramente distinta a la mujer que ella había conocido: toda la perspicacia de su mente y la agudeza de su conocimiento afilado a la perfección, sin nada de la compasión que la hubiera hecho más soportable. Aunque tal vez fuese mejor que no tuviese nada de esa debilidad que había demostrado hacia el final: la piel que apenas ocultaba los protuberantes huesos; los ojos como moratones en el lívido óvalo del rostro; la voz fallándole en palabras e instrucciones…

Los arrozales uno y tres iban viento en popa; el rendimiento tal vez inferior al de la Antigua Tierra, pero nada de lo que avergonzarse. En el número tres había aparecido un brote infeccioso, pero los bots lo habían controlado.

Hoa se quedó observando durante unos instantes los bots que correteaban sobre el revestimiento de vidrio del arrozal: contemplando el brillo del metal, la luz titilando sobre las juntas de sus patitas… temiéndose que cualquier mínimo desencadenante los hiciese estallar en llamas. Los registros de la temperatura en los tres arrozales estaban fluctuando en exceso, y el índice del elemento khi fuego superaba con creces los niveles que le inspiraban tranquilidad.

—Profesora. —Ya Lan seguía esperando junto al cuarto arrozal.

Tan solo había un único arrozal con la variedad modificada a partir de la dulcisueñera: se trataba de una variedad reciente y apenas testada. La profesora Duy Uyen se agitó en el interior de su cabeza y señaló lo que resultaba dolorosamente obvio: la variedad no era lo bastante resistente y el Imperio no podía permitirse confiar en algo tan frágil; debería comportarse de manera razonable y tirarla a la basura; deberían desviar las investigaciones hacia la otra variedad, hacia aquella que contaba con su aprobación, porque ¿qué más daba que la Mente de la estación tuviese que imponer un equilibrio de elementos khi ligeramente distinto?

Eso era lo que la profesora Duy Uyen hubiese hecho.

Pero ella no era la profesora Duy Uyen.

Las Mentes eran creadas equilibradas; desequilibrar a propósito a una de ellas… las consecuencias para la estación irían más allá del simple control atmosférico. El riesgo era demasiado elevado. Lo sabía, lo sabía tan a ciencia cierta como el nombre y la cronología de todos sus antepasados; esos mismos que no habían sido lo bastante ricos o privilegiados como para legarle sus propios implantes de memoria, que la habían dejado con tan solo esta aproximación adulterada de una herencia.

«Eres una insensata.»

Hoa cerró los ojos; cerró sus pensamientos para que esa voz en su mente se ahogara hasta reducirse a un suspiro. Con un ligero esfuerzo recuperó su tranquilidad matutina… inspirando el aroma a frutos secos de su taza de té mientras se mentalizaba para el día que la esperaba por delante.

Ella no era la profesora Duy Uyen.

Cuando la enfermedad de la profesora se agravó, Hoa había tenido miedo de perder el rumbo; por las noches no conseguía pegar ojo preguntándose qué sucedería con la idea de Duy Uyen, qué haría ella cuando no contara con nadie para orientarla.

Pero ahora ya lo sabía.

—Traed tres tanques más —pidió Hoa—. Vamos a ver qué sucede con esta variedad sometida a una regulación de temperatura más estricta. Y cuando localicéis a Khang pedidle que analice el injerto; tal vez por esa vía demos con una solución mejor.

La emperatriz había considerado a Duy Uyen un activo imprescindible; se había asegurado de que sus implantes fueran para Hoa, para que así contase con el consejo y los conocimientos necesarios para terminar la estación que el Imperio necesitaba tan acuciantemente. La emperatriz se había equivocado; y le traía sin cuidado que esa idea pudiese considerarse traición.

Porque la solución al problema de la muerte de la profesora Duy Uyen, y a cualquier otro, era engañosa y desoladoramente sencilla; nadie era irremplazable, así que harían lo que todo el mundo hacía siempre: seguir adelante como pudieran.

 

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Té pu-erh: las hojas del té pu-erh se dejan madurar durante años mediante un cuidadoso proceso de fermentación, que puede prolongarse desde unos pocos meses hasta un siglo. La infusión resultante tiene una textura espesa y untuosa, con tan solo una ligerísima nota astringente.

 

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La Tigre en el baniano no se aflige como los humanos.

Esto se debe en parte a que ya lleva largo tiempo afligida; porque las naves mentales no viven del mismo modo que los humanos, al haber sido construidas, ancladas y estabilizadas.

Quang Tu hablaba de cómo había sido testigo del debilitamiento y la enfermedad de madre, y de cómo esto le había roto el corazón; el corazón de la Tigre en el baniano se había roto muchísimos años atrás, cuando en plena celebración de la víspera de Año Nuevo, con el ruido de petardos, campanas y gongs inundando los pasillos de la estación orbital y todo el mundo abrazándose y gritando, de pronto cayó en la cuenta de que ella seguiría allí cien años más tarde, pero que nadie más de todos los que estaban sentados a la mesa —ni madre ni Quang Tu ni ninguno de los tíos, tías o primos— seguiría vivo.

Deja a Quang Tu en su compartimiento, todavía mirando el altar de los antepasados; y tras trasladar su conciencia del avatar proyectado a su cuerpo verdadero, se remonta de nuevo por entre las estrellas.

Ella es una nave y, durante los días y meses del duelo de Quang Tu, transporta personas entre planetas y estaciones orbitales, pasajeros privados y funcionarios en viajes de trabajo: seda blanca natural unos, elaborados trajes de cinco piezas los otros; grupos de eruditos que debaten sobre el mérito de poemas; soldados de permiso provenientes de los planetas numerados más lejanos, que se adentran en los espacios profundos con tan solo un alzamiento de ceja.

Madre está muerta, pero el mundo sigue adelante: la profesora Pham Thi Duy Uyen es ya agua pasada, queda relegada a las biografías oficiales y a los vids que la recrean; y su hija también sigue adelante, cumpliendo con su obligación para con el Imperio.

La Tigre en el baniano no se aflige como los humanos. Esto se debe en parte a que no recuerda como los humanos.

No recuerda el vientre materno; ni el trauma del nacimiento; sin embargo, madre está presente en sus recuerdos más tempranos: la primera y única vez que la llevó en brazos, ella misma ayudada por el maestro de partos, avanzando con piernas inseguras, tras dejar atrás los dolores del parto, y ese agotamiento profundo que solo entiende de descanso y sueño. Son las manos de madre las que la depositan en el soporte en la sala del corazón; las manos de madre las que cierran las abrazaderas que la rodean, para que quede bien sujeta; para que esté arropada y segura como lo estaba en su vientre; y la voz de madre la que le canta una nana, la melodía que la acompañará en todo momento en sus viajes por las estrellas:

En Sai Gon hay luces verdes y rojas,
en My Tho hay luces brillantes y tenues…

Cuando la Tigre en el baniano está atracando en una estación orbital próxima al Quinto Planeta, la saluda otra nave de más edad, la Sueño de mijo, una amiga a la que se encuentra con frecuencia en los viajes más largos.

—Te he estado buscando.

—¿Y eso? —pregunta la Tigre en el baniano.

No es difícil seguirle la pista a una nave a partir de su manifiesto; sin embargo, la Sueño de mijo es vieja y rara vez se molesta en hacerlo: está acostumbrada a que sean las otras naves las que acudan a ella, y no a lo contrario.

—Quería preguntarte cómo estabas. Cuando me enteré de que te habías reincorporado al servicio… —La Sueño de mijo hace una pausa, y titubea, transmitiendo una débil señal de cautelosa desaprobación por el canal de comunicaciones—. Es pronto. ¿No deberías estar de luto? Oficialmente…

Oficialmente, los cien días de lágrimas todavía no han llegado a su fin. Las naves son escasas, empero; y ella no es funcionaria como Quang Tu, obligado a exhibir una conducta ejemplar.

—Estoy bien —asegura la Tigre en el baniano.

Está de luto, pero eso no interfiere con sus actividades; después de todo, se ha estado armando de valor para este momento desde la muerte de padre. No lo esperaba tan doloroso ni tan pronto, pero estaba lista, preparada para ello como Quang Tu nunca llegará a estarlo.

La Sueño de mijo se queda callada un rato; la Tigre en el baniano la siente a través del vacío que las separa, siente las ondas de radio rozando su casco, las fugaces punzadas de las sondas zambulléndose en su red interna y recopilando información sobre sus últimas travesías.

—No estás bien —dice por fin la Sueño de mijo—. Te mueves más lentamente, y te adentras en los espacios profundos más de lo que debieras. Y… —hace una pausa, pero más por el efecto que por otra cosa— la has estado evitando, ¿a que sí?

Ambas saben de qué está hablando: la estación espacial que madre estaba construyendo; el proyecto para garantizar al Imperio un suministro de alimentos abundante y regular.

—No he recibido órdenes que me hayan llevado hasta allí —responde la Tigre en el baniano.

No llega a ser mentira; pero se le acerca peligrosamente. Se siente… mejor cuando no piensa en que la estación existe, al no estar segura de poder enfrentarse a ella. Tuyet Hoa le trae sin cuidado, y lo mismo los implantes; pero la estación constituía una parte tan importante de la vida de madre que no tiene la certeza de poder soportar que le recuerden su existencia.

Ella es una nave mental: sus recuerdos nunca se empañan ni se apagan; ni tampoco se corrompen. Recuerda canciones y cuentos de hadas susurrados por sus pasillos; recuerda los paseos con madre en el Primer Planeta, sonriendo cuando ella le señalaba los lugares más curiosos de la Ciudad Imperial, de la casa de fieras al templo cuyos monjes rinden culto a un relojero de los planetas exteriores…; recuerda a madre frágil y encorvada en sus últimos días, cuando acudía a descansar a la sala del corazón, su trabajosa respiración llenando los pasillos de la Tigre en el baniano hasta que también a ella le costaba respirar.

Recuerda todo lo relacionado con madre; pero la estación espacial —el lugar donde ella trabajaba lejos de sus hijos, el proyecto del que apenas podía hablar sin violar la confidencialidad—, nunca formara parte de sus memorias; siempre será algo impersonal, siempre será algo distante.

—Entiendo —dice la Sueño de mijo. De nuevo una ligera desaprobación; y otro sentimiento que la Tigre en el baniano no consigue identificar… ¿reparos?, ¿miedo a extralimitarse?—. No puedes vivir así, chiquilla.

«Déjame en paz», piensa la Tigre en el baniano; pero eso no es algo que pueda decir, no a una nave tan anciana como la Sueño de mijo.

—Se me pasará —dice—. Mientras tanto, hago aquello para lo que me han preparado. Nadie me ha formulado ningún reproche. —La respuesta bordea la impertinencia, a propósito.

—No, ni yo tampoco. Estaría fuera de lugar que te dijera cómo hacer frente a tu aflicción. —Se ríe un momento—. ¿Sabes que hay gente que la venera? He visto un templo, en el Quincuagésimo Segundo Planeta.

Un tema menos incómodo y más agradable.

—Yo también he visto uno. En el Decimotercer Planeta. —Tiene una estatua de madre, sonriendo con la serenidad de una bodhisattva. La gente quema incienso en su honor para que les ayude con sus problemas—. Le hubiese encantado. —No por la fama ni por la adoración, sino tan solo porque le hubiera parecido terriblemente divertido.

—Ya, sin duda. —La Sueño de mijo empieza a alejarse, sus comunicaciones debilitándose poco a poco—. Ya nos volveremos a ver. Acuérdate de lo que te he dicho.

La Tigre en el baniano lo recordará, pero no con agrado. Tampoco le gusta el tono de esa despedida; parece insinuar que la Sueño de mijo planea hacer algo, como poner a la Tigre en el baniano en una posición en la que su única elección sea consentir en lo que su amiga considere necesario; algo así sería típico de la anciana nave.

Ahora bien, no hay nada que la Tigre en el baniano pueda hacer. Cuando abandona la estación orbital para comenzar su nuevo viaje activa una señal de rastreo sobre la Sueño de mijo, y la monitoriza de tanto en tanto. Nada de lo que la otra nave hace parece fuera de lugar o sospechoso; y, al cabo del tiempo, la Tigre en el baniano va dejando desvanecer la señal.

Mientras avanza serpenteando por entre las estrellas, recuerda.

Madre, abordándola una semana antes de morir, caminando a lo largo de las paredes en las que los textos se deslizan ininterrumpidamente, todos los poemas que ella había enseñado a la Tigre en el baniano en su infancia. En la baja gravedad casi parecía sentirse cómoda, mientras una vez más se dirigía a grandes zancadas hacia la sala del corazón. Se había sentado allí con una taza de té en el regazo —té pu-erh, porque había dicho que necesitaba un sabor fuerte para borrar el de los fármacos que le hacían tomar todo el tiempo—, y el aroma a tierra removida había inundado la sala hasta tal extremo que la Tigre en el baniano casi había podido saborear ese té que no podía beber.

—Hija…

—¿Sí?

—¿Podemos marcharnos… un rato?

No debía hacerlo, por supuesto; ella era una nave mental, con sus viajes estrictamente regulados y codificados. Pero lo hizo. Avisó a la estación espacial y se sumergió en los espacios profundos.

Madre no profirió palabra. Había clavado la mirada al frente, escuchando los extraños sonidos, escuchando el eco de su propia respiración, y había contemplado las sombras oleaginosas desplegarse por las paredes; mientras tanto, la Tigre en el baniano había mantenido el curso, sintiéndose dilatada y estrujada, sintiéndose arrastrada en distintas direcciones como si estuviera nadando en unos rápidos. Madre farfullaba entre dientes; la Tigre en el baniano se había percatado a la postre de que se trataba de la letra de una canción, e hizo sonar música por los altavoces a modo de acompañamiento:

Ahora vuelve a casa con tus libros.

Nueve meses te esperaré, diez otoños te esperaré…

Se acuerda de la sonrisa de madre; de la absoluta serenidad de su rostro; de cómo se incorporó ya de vuelta en los espacios ordinarios, con movimientos fluidos y llenos de gracia, como si todo dolor y toda debilidad hubiesen quedado relegados durante esos breves instantes, subsumidos en la música, en la escapada o en ambas cosas. Se acuerda de sus serenas palabras cuando abandonó la sala del corazón.

—Gracias, hija. Bien hecho.

—No ha sido nada —había respondido ella, y madre había sonreído y desembarcado.

No obstante, la Tigre en el baniano había oído las palabras que madre no había pronunciado. Por supuesto que sí había sido algo. Por supuesto que sí había tenido su importancia; estar lejos de todo, aunque solo fuese por un fugaz momento; flotar, ingrávida y sin responsabilidades, en la inmensidad del espacio. Por supuesto que sí.

Cuando se cumplen ciento tres días de la muerte de madre, recibe un mensaje del Palacio Imperial. Le ordenan acudir al Primer Planeta para recoger a un miembro de la Guardia Bordada, cuyo destino es…

De haber tenido corazón, en ese momento se le hubiera parado.

El guardia se dirige a la estación espacial de madre. No importa el motivo, ni el tiempo que permanecerá allí, lo único que importa es que debe llevarlo. Y no puede. Se siente totalmente incapaz…

A continuación de la orden hay una nota, y también sabe lo que dirá: que en un principio la misión había sido encomendada a la Sueño de mijo; la cual, al no haber podido llevarla a cabo, había recomendado que fuese la Tigre en el baniano quien se encargara de la misma en su lugar.

¡Antepasados…!

¿Cómo se atreve?

La Tigre en el baniano no puede negarse a cumplir la orden, ni pasársela a otro navío. Tampoco puede quejarse de una nave mucho mayor que ella; aunque, de haber podido… ¡antepasados!, de haber podido…

No importa. No es más que un lugar —un lugar que para ella tiene un significado especial—, pero nada a lo que no pueda hacer frente. Ha estado en infinidad de lugares, por todo el Imperio, y este tan solo es uno más.

Tan solo uno más.

El guardia es joven e inexperto, pero no falto de amabilidad. La aborda en el Primer Planeta, según lo previsto; ella está tan ocupada armándose de valor que olvida saludarlo, pero él no parece reparar en ello.

Ella ya ha coincidido con él antes, en las exequias: es el que abordó cohibido a Quang Tu, como disculpándose; el que le informó de que no heredaría los implantes de memoria de madre.

Cómo no…

Se refugia en el protocolo: su trabajo no es ofrecer conversación a sus pasajeros, sobre todo no a los de alto rango o a los funcionarios del servicio imperial, que lo considerarían una impertinencia. De modo que no habla; y él se mantiene ocupado en su camarote leyendo informes y mirando vids, tal y como acostumbran a hacer otros pasajeros.

Justo antes de emerger de los espacios profundos se detiene; como si eso fuera a suponer alguna diferencia; como si allí fuera la estuviese esperando un demonio, o tal vez algo mucho más ancestral y mucho más terrible; algo que destruirá su aplomo de manera irreversible.

«¿De qué tienes miedo?», le pregunta una voz en su interior; y no está segura de si es madre o la Sueño de mijo, y tampoco está segura de cuál sería su respuesta.

La estación no es lo que se esperaba. Es un esqueleto; una obra inacabada; una masa de cables y vigas metálicas con bots arrastrándose por doquier; con una zona de alojamientos en el centro, que parece pequeña frente a la estructura inacabada. A pesar de su aparente vulgaridad, significaba tantísimo para madre… El futuro que ella había imaginado para el Imperio, en el que no había un lugar ni para Quang Tu ni para la Tigre en el baniano.

Y sin embargo… y sin embargo, la estación tiene transcendencia. Tiene significado: el de un cuadro a medio pintar, el de un poema interrumpido en mitad de un verso, el de un lanzazo detenido un palmo antes de penetrar en el corazón. Pide a gritos —exige— ser acabada.

El guardia habla entonces:

—Tengo asuntos que resolver en la estación. ¿Puedes esperarme?

La pregunta es un gesto de cortesía, dado que en cualquier caso ella esperaría. Él la sorprende, empero, al volverse cuando está desembarcando.

—Nave…

—¿Sí?

—Te acompaño en el sentimiento —dice con voz inexpresiva.

—No necesito compañía —replica la Tigre en el baniano.

Entonces él sonríe: apenas una elevación de las comisuras de los labios.

—Te soltaría el tópico de que tu madre continúa viviendo en su obra, si realmente creyera que a ella todavía le afecta algo de lo que suceda.

La Tigre en el baniano no profiere palabra durante un rato. Contempla la estación que tiene debajo; escucha el débil intercambio de radiocomunicaciones: científicos llamando a otros científicos; informando de éxitos y fracasos, y del millón de pequeños detalles que constituyen un proyecto de esta envergadura. El sueño de madre; la obra de madre; la gente llama a la estación la obra de su vida, pero tanto ella como Quang Tu también son la obra de su vida, desde luego, aunque de distinta manera. Y entonces comprende por qué la Sueño de mijo la ha enviado hasta allí.

—Para ella era importante —dice al cabo—. Creo que se hubiese alegrado de verla llegar a buen término.

Tras un instante de vacilación, él regresa al interior de la nave y, alzando la vista, dirigiéndola directamente hacia donde cree que estará la sala del corazón, con mirada tranquila y movido por una emoción que ella no es capaz de interpretar, le asegura:

—La terminarán. La nueva variedad de arroz que han descubierto… el hábitat tendrá que estar sometido a un control estricto para evitar que muera de frío, pero… —inspira profunda y entrecortadamente— habrá más estaciones como esta por todo el Imperio; y todo será gracias a tu madre.

—Sin duda —conviene la Tigre en el baniano.

Y las únicas palabras que le vienen a la cabeza son las que madre dijo en una ocasión, «Gracias, hija. Bien hecho».

Lo observa alejarse, y piensa en la sonrisa de madre; en el trabajo de madre; y en lo que hacían en sus momentos de asueto; en las canciones, las sonrisas y los momentos robados, todo ello guardado en su interior, tan límpido y resistente como los diamantes. Piensa en los recuerdos que atesora dentro de ella, que atesorará en los siglos venideros.

El guardia estaba intentado disculparse, por los implantes de memoria, por ese legado que ni Quang Tu ni ella recibirán jamás. Diciéndole que a la postre todo eso había valido la pena; que su sacrificio no había sido en vano.

Pero la verdad es que todo eso no le importa. A Quang Tu sí; pero ella no es su hermano. A ella no la mueve ni la ira ni el rencor, y ella no se aflige como él.

Lo que importa es esto: ella conserva todos los recuerdos de madre; y madre está ahora aquí, a su lado: para siempre inalterable, para siempre grácil e infatigable; para siempre una viajera de las estrellas.

© 2015 Aliette de Bodard

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