Las cartas de los Mongergi, de Geetha Iyer – Especial Calvino X

Geetha Iyer nació en la India, creció en los Emiratos Árabes Unidos, y posteriormente ha residido en otros países como Estados Unidos y Panamá. Sus relatos, poesías y textos de no ficción han aparecido en diversas publicaciones y la han hecho acreedora de premios tanto de poesía como de ficción breve. Y yo la descubrí gracias a uno de estos premios.

El Italo Calvino Prize es un galardón convocado anualmente por la University de Louisville y concedido a obras de ficción que se caracterizan por hacer gala de esa fabulación experimental tan característica del escritor italiano. Entre los nombres de los finalistas de las diversas ediciones hay algunos que es muy posible que os suenen, como Sofia Samatar, Carmen Machado o E. Lily Yu. Y, en 2013, el premio recayó en el relato de Geetha que tengo el placer de presentar aquí.

Tal como decía, Las cartas de los Mongergi (The Mongerji Letters) ganó la edición de 2013 del Italo Calvino Prize, en un año en que la decisión estuvo en manos de todo un maestro del relato breve, el norteamericano Tobias Wolff, que lo escogió porque, según sus propias palabras, a Calvino le hubiese encantado su alcance imaginativo, a un mismo tiempo juguetón y serio; y porque es un himno a la imaginación y un estremecimiento atemorizado ante las fuerzas mundanas que amenazan con arrollarla y destruirla. En 2014, el cuento apareció en Orion Magazine, publicación sobre ecología y naturaleza, y asimismo se reimprimió en la revista literaria Salt Hill. Posteriormente también sería incluido en la entrega de 2016 de la serie de antologías anuales The O. Henry Prize Stories, que recogen los mejores relatos publicados en inglés en revistas literarias.

Espero que disfrutéis con esta nueva entrega del Especial Calvino que ya enfila su recta final. Y, por supuesto, muchísimas gracias a Geetha por todas sus aclaraciones y por permitirme compartir este cuento con todos vosotros. Por cierto, Geetha se defiende perfectamente en español, así que en esta ocasión me limitaré a decir, ¡muchísimas gracias por tu delicioso relato, Geetha!

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Las cartas de los Mongergi

Geetha Iyer

Desde la caída de una de las últimas dinastías de la era común y del subsiguiente fin de la propia era, los historiadores han tratado de localizar a descendientes tanto de la familia Mongergi como de los escribas que, a su servicio, recogían muestras de flora y fauna por todo el mundo. El único testimonio descubierto hasta el momento son las cartas que se transcriben a continuación. Los autores de estas misivas son el señor Mongergi, su esposa, Kavita, y dos de los tres hijos de la familia; todas van dirigidas a un tal señor Chappalwala, que se cree fue el último de los escribas de los Mongergi. Los archivistas continúan buscando la otra mitad de la correspondencia, la escrita por el señor Chappalwala.

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7 de septiembre de —18

Mi joven señor Chappalwala:

En esta ocasión desearía que la prolongada correspondencia entre nuestras dos familias consistiese más bien en transacciones cara a cara. Su carta comunicándome el fallecimiento del señor Chappalwala ha supuesto un fuerte golpe para todos nosotros. Mi señora no ha dicho ni diez palabras, y hasta los niños están alicaídos, afectados por la profunda pena de sus padres. Incluso ahora se me hace cuesta arriba escribiros, acusar recibo de esta entrega y tratar de nuestras prolongadas relaciones comerciales.

No obstante lo cual, el oso polar que ha introducido en el sobre interior apunta a que está interesado en continuar con el negocio familiar. Ese primer estallido de dientes y burbujas de aire cuando la criatura me lanzó un mordisco a la cara… ¡qué estilo! Ese día aprendí a nadar a espalda… Nos llevó una semana achicar el agua del océano Ártico del salón y volverla a introducir en el sobre.

Doy gracias porque nuestro pequeño de tres años estaba en el cuarto de los niños cuando liberé su captura, lo que le permitió ahorrarse su primer chapuzón. Mientras tanto, la mediana estaba hasta tal extremo cautivada por su envío que se puso una escafandra y se zambulló en el agua. Se quedó allí sin salir durante horas. Ya empezábamos a pensar si la habríamos perdido, pero a la postre, cuando el salón ya estaba casi seco, mi señora tuvo el inspirado impulso de buscar en el interior de la vasija funeraria del rincón. Vertimos los últimos restos de océano en el sobre ya a punto de reventar y agarramos a nuestra hija por los tobillos cuando intentó colarse a continuación.

Mi señora sigue contrariada. Una vez pasada la impresión inicial me dijo, «Me encantaría tener ahora mismo frente a mí a ese joven», aunque no estoy seguro de si quería reprenderle por ese espécimen tan impetuoso que ha capturado o expresarle sus condolencias. No dejaba de abrazar a nuestro hijo mayor, así que tal vez se tratase de esto último. Tal como quizás ya sepa, será él quien herede la colección Mongergi y quien un día me releve en esta nuestra correspondencia. A él no le gustó el oso (me da la impresión de que tal vez lo asustara), pero también creo que aprenderá a apreciar el gusto de usted tal y como yo aprendí a apreciar el de su padre.

Y sí, puede considerar esta carta como una renovación del contrato entre nuestras familias. Le aseguro que los disturbios que se han producido por aquí son una nimiedad y no deberían suponer impedimento alguno para nuestra importante labor. Adjunta a la presente le envío la cantidad de dinero de costumbre. El ramillete de campanillas moradas es un detalle de parte de mi señora. Creo que son de la colección, algo que el padre de usted debió de enviarnos mucho tiempo atrás. A él lo tenemos en nuestros pensamientos, y esperamos que usted siga sus pasos.

En espera de su respuesta, quedo de usted.

G. Mongergi

 

5 de junio de —19

Señor Chappalwala (hijo):

Señor, mi padre me pide que le escriba porque él está en la ciudad por un negocio urgente y mi madre está ocupada buscando unos archivos importantes en la colección. Dice que me vendrá bien como práctica de cara al futuro, pero yo creo que para entonces todos nos habremos visto obligados a escondernos. He tratado de explicárselo a mis hermanos pequeños, pero son unos bobos y no me hacen caso. Jayu dijo que se iba a esconder ya mismo, metiéndose en la carta con el pulpo durmiente. Pero yo le impedí que se llevara con ella a nuestro hermanito. No soy un irresponsable.

Mi tutor, el señor Ali, dice que la gente ya no confía en nosotros, que piensa que somos dueños de lo que en realidad debería ser suyo. Dice que por el pueblo corren rumores y que todos deberíamos estar preparados para huir. Yo no lo entiendo, de verdad. Le pregunté a mi padre por qué no podíamos darles algunas cosas si tanto las deseaban (con tantos sobres como hay en casa ni los echaríamos en falta), y menuda mirada me echó. Dijo que ya puestos también podíamos repartir los huesos de nuestros antepasados. Ni que yo fuese a hacer algo así…

He estado patrullando por el jardín con el guarda nocturno y creo que se me ha ocurrido otra solución. En su próxima carta, ¿nos puede enviar una estampida? Podríamos utilizarla para ahuyentar a la gente del jardín. Tal vez entonces mi padre se dará cuenta de que estoy preparado para este trabajo. ¿Se puede creer que me dijo que cuando fuese a escribirle copiara de otra carta? Como si no fuera a saber decir «Estimado señor» y «Gracias» por mi cuenta.

Sinceramente.

R. Mongergi (hijo)

 

12 de diciembre, —19

Estimado señor Chappalwala:

Tan solo una breve misiva para confirmarle nuestro cambio de dirección. El traslado a la ciudad ha resultado agotador. Nuestra nueva casa es un piso de dos plantas. Un loft en el último piso, en honor a la verdad, pero mucho más de lo que soñaba conseguir dada la premura con la que tuvimos que buscar un nuevo alojamiento tras los disturbios. No obstante, comisariar la colección Mongergi va a resultar bastante complicado en un entorno de dimensiones tan exiguas. Estoy en conversaciones con los directivos del museo municipal y con el responsable del teatro de la ópera, pero, por el momento, la mayor parte de las piezas de la colección que están expuestas son muestras bastante modestas: peanas en el salón con mariposas y helechos.

Hemos tenido la fortuna de que los microscopios de bronce sobreviviesen a la mudanza: el alcalde quedó muy impresionado con los ejemplares de diatomea que nos envió usted desde los Grandes Lagos el pasado verano. A raíz de esto se me ha ocurrido lo siguiente: cuando este invierno repita su excursión a los glaciares, ¿podría intentar localizar manchitas oscuras sobre el hielo azul? Son bolas de musgo acumulado alrededor de piedrecillas, que los locales llaman ratones glaciares. Me han comentado que en esa calidez aterciopelada se ocultan manadas enteras de osos de agua microscópicos, con sus ocho patas. Sería una pieza fascinante para exhibir ante el alcalde. Me estoy dando cuenta de que en estos tiempos los amigos como él son cada vez más necesarios.

A la espera de sus noticias, atentamente.

G. Mongergi

 

28 de agosto de —22

Estimado señor Chappalwala-gi:

Me llamo Abhimanyu Mongergi, pero me puede llamar Abhi, como todo el mundo. Le estoy escribiendo porque ammi dice que debo darle las gracias por enviarme el lobato gris albino para mi séptimo cumpleaños. Papá dijo que no lo ha mandado con la intención de que fuese un regalo, que él lo quería para su trabajo, pero ammi dijo que era lo justo, porque cuando Jayu-dhidhi y Rohan-bhaiya cumplieron siete años, ella recibió un cachorro de zorro y él un bebé camello con nada menos que dos jorobas.

La carta del cachorro de zorro de dhidhi se ha perdido, y bhaiya dijo que vendió su camello a algún niño en su nuevo colegio, aunque yo creo que en realidad se lo robaron. He tratado de compartir mi lobato con ellos dos, aunque ahora a bhaiya ya no le gusten demasiado las cartas de usted, y dhidhi, bueno, ella siempre se está quejando de que deberíamos ser nosotros quienes fuéramos al mundo del lobato en lugar de traernos al lobato aquí, así que los dos son un rollo.

Hay algo sobre lo que he estado pensando: ¿la madre y el padre del cachorro albino también eran blancos? He mirado y remirado dentro del sobre, pero no encuentro a los padres por ninguna parte, ni siquiera encuentro sus huellas en la nieve. ¿Me podría decir qué ha sido de ellos, por favor?

Gracias.

Abhi

 

5 de enero de —23

Estimado señor Chappalwala:

Supongo que a estas alturas ya habrá llegado al Caribe. Si yo tuviera su talento para escribir cartas compartiría con usted mi invierno, que ahora mismo está cómodamente instalado en esta ciudad envuelto en un manto de smog tan espeso que a duras penas vislumbro la calle desde aquí arriba. Su largo periplo rumbo al sur a través de los continentes de poniente despierta en mí una extraña desazón. Añoro nuestro viejo hogar, a pesar de que durante todos estos años haya tratado con todas mis fuerzas de olvidar aquellos días tan cálidos.

En cualquier caso, quería hacerle notar que la liberación de su último espécimen provocó bastante conmoción en la ciudad, lo que me obliga a criticar su envío con cierto detenimiento. Las instrucciones que incluyó en el sobre exterior tenían un par de errores cruciales. Por ejemplo, seguro que lo que pretendía decir era que «la boca del sobre interior debe mantenerse lejos del cuerpo» cuando se levantara la solapa.

Me hice con los seis metros y medio de cuerda resistente indicados y subí al tejado con mis hijos, ya que ellos nunca antes habían visto un espécimen así. Abrí la solapa del sobre y, antes de que supiera qué había sucedido, nos encontramos montados sobre las ramas más altas de su ciprés de los pantanos. Buscamos desesperadamente puntos de agarre por entre las ramas más finas mientras, allá abajo, la ciudad se mecía como una hamaca de hormigón. Mientras observaba cómo nuestra cuerda se deslizaba desde una de las ramas más bajas y se adentraba en las entrañas de las raíces del ciprés, contemplé el escribirle una carta explicando la importancia de ser específico. Porque yo hubiese debido atarme la cuerda a la cintura antes de aventurarme en uno de sus árboles.

Mi hija y el benjamín, tal vez porque el mundo todavía les resulta una novedad, en lugar de buscar un camino para descender del ciprés treparon subiendo y adentrándose todavía más en el mismo. Permanecieron en sus ramas durante horas, lanzando ululatos, mientras el mayor y yo mismo buscábamos un camino de descenso.

Todavía estábamos a casi cinco metros del suelo cuando llegamos a los peldaños más bajos del ciprés. Haré una pausa para reconocer que el árbol que eligió es sin duda alguna un espécimen magnífico. Su tronco esbelto como una copa de champagne, la corteza argéntea como la piel de una ballena. Debe de tratarse del último de estas dimensiones y me alegro de que ahora esté bajo mi custodia. Aunque esto no es algo que se me ocurriese en aquellos instantes. Bajé la mirada hacia el torbellino de raíces de ese coloso, que en su enmarañamiento formaban esas tan características estalagmitas, y me pregunté si no sería posible que nos empaláramos en ellas con la misma facilidad con que los dinosaurios se empalaron en el pasado cuando trataron de arrastrarse, en su caso, árboles arriba.

Mi hijo mayor estaba tan impaciente por poner punto final a esta aventura que prácticamente se lanzó al suelo en su premura por descender. Doy gracias porque no sufrió daño alguno. Desapareció escaleras abajo y regresó instantes después con un atizador de chimenea con el que ayudarse a aguijonear y hostigar al árbol hasta introducirlo, nudo a nudo, íntegramente de vuelta en el sobre. Tan pronto como me resultó posible saltar desde mi rama, lo relevé en la labor. Como el tronco se iba estrechando, la cima del ciprés resultó más sencilla de guardar. Mis hijos pequeños salieron finalmente despedidos de las ramas más altas y se encontraron de nuevo en el tejado, donde se quedaron parpadeando como polluelos recién salidos del cascarón arrancados del nido, con los dedos manchados de savia de ciprés.

Mi hija dijo que en las ramas más altas había jardines de helechos tachonados de pequeños insectos, y que teníamos que volver a trepar para verlos. Parecía tan inflexible, igualita a su madre, que el pequeño, pobrecillo, mirando ora el rostro de su hermana ora el mío, rompió a llorar. Pero yo no soy de esos a los que lágrimas o rabietas hacen mudar de parecer. No debemos seguir mimando a estos niños: es tanto lo que ya han perdido que detesto hacer cualquier cosa que les transmita la falsa impresión de que por ser un Mongergi van a poder vivir como nuestra familia viviera otrora. Continué doblando las ramas del ciprés e introduciéndolas de nuevo en el sobre. Para cuando llegó el alba, tan solo restaban por plegar las ramitas más altas y los últimos y pálidos brotes de hojas. Sellé el sobre con cinta adhesiva y lo archivé en el gabinete. Mañana preguntaré en el museo si disponen de algún espacio interior donde exhibir un espécimen tan alto.

Adjunto el pago, que podrá comprobar es inferior a lo que antaño era. Sé que depende de mi apoyo para ganarse la vida y, a modo de disculpa, le recuerdo que nuestras condiciones de vida son ahora mucho más precarias. Asegúrese de incluir instrucciones más precisas en futuros envíos y de seleccionar especímenes de dimensiones más moderadas. Me temo que en el mundo en el que vivimos ya no tienen cabida las demostraciones de grandeza.

Su seguro servidor.

G. Mongergi

P. S.: Justo ahora mi señora me acaba de informar, bastante exaltada, de que ha tenido que acompañar a la policía local al tejado para demostrarles que habíamos desmantelado el árbol en su totalidad. Ha conseguido convencerlos de que la carta era propiedad privada, pero pronto tendremos que incorporar la colección Mongergi a la de la ciudad para garantizar su pervivencia futura.

 

2 de septiembre de —25

Querido señor Chappalwala-gi:

Ammi ha estado hojeando hoy mis libros de texto de cuarto y sus dos cejas se han unido en una sola línea de lo que se ha enfadado. Me ha preguntado si sabía lo que era un ajolote. Luego me ha preguntado si sabía lo que eran muchos otros animales, y yo no conocía ninguno de esos nombres, así que ha ido a buscar a mi padre y se le ha quejado de mi colegio y de que allí solo estaba aprendiendo naderías. Ahora ya está decidido que cuando llegue de la escuela ammi irá repasando conmigo las colecciones del gabinete grande del piso de abajo, las de todos los anfibios primero, y luego las de todos los pájaros extintos.

Pero creo que ammi no debería preocuparse, porque Jayu-dhidhi ya me está enseñando en secreto todo tipo de cosas sobre las cartas de usted. Hoy me ha mostrado una que llegó del siglo pasado, de su tatarabuelo o así. Dentro había una fruta podrida, alargada y marrón. A mí no me ha parecido nada del otro mundo, yo quería ver más ajolotes como el que me había enseñado mi madre antes de la cena, pero entonces dhidhi me ha dado una lupa y los dos nos hemos tumbado boca abajo con la cabeza justo encima de la fruta y ella ha apartado la carne para que viera que dentro había una mosca diminuta, más pequeña que una pepita de manzana. Tenía el cuerpo del color de un pavo real y los ojos dorados, y estaba poniendo huevos minúsculos entre la piel y la carne de la fruta. Los huevos eran alargados y blancos, y bajo la lupa parecían capullos de flor firmemente cerrados.

Le he preguntado a dhidhi si dejando la fruta fuera del sobre nacerían mosquitas de los huevos, pero me ha dicho que todo lo que está encerrado dentro de los sobres de los Chappalwala era como los ajolotes: nunca podría llegar a crecer de verdad.

Sé que ahora usted está en Camerún, y que allí todavía quedan bosques, así que, señor Chappalwala-gi, me preguntaba si podría buscar algunas frutas podridas más y mandárnoslas a dhidhi y a mí. Ella no se lo va a pedir, porque no le gusta hablar con gente a la que no conoce, pero los dos sentimos un enorme interés por sus cartas y aprendemos un montón rebuscando en su interior. Si ammi o papá nos pillan examinándolas les diremos que es porque queremos aprender más de lo que nos enseñan en el colegio, y listo. No tienen por qué enterarse de que solo lo hacemos por diversión.

Gracias.

Abhi

 

30 de mayo de —26

Querido Farshad:

Tú no te acuerdas de mí, y mi marido no lo sabe, pero en una ocasión, cuando tenías no más de cinco años, nos conocimos. Yo debía de tener unos veintiséis a la sazón y llevaba menos de diez casada, y sentía una absoluta fascinación por vosotros, los Chappalwala.

Yo estaba visitando vuestro hogar, al noreste, al otro lado del paso de las montañas. Y sí, había llegado a vuestra manera, por carta. Allí el aire era tan puro que tenía miedo de que mi propia respiración lo contaminara. El suelo estaba sembrado de unas alegres florecillas (se me ha olvidado el nombre) cuya cabezuela lila se inclinaba bajo el peso del rocío. Decidí no volver a casa.

Salvo que esté totalmente equivocada con respecto a tu padre, él era demasiado discreto para haberte mencionado alguna vez esta historia, y tú apenas guardarás memoria alguna de mi presencia. Cuando nos presentaron, me saludaste con tu cabecita evitando mirarme a los ojos. Acababas de aprender el truco para introducir lagartos en el interior de unas pequeñas tarjetas de felicitación, y en cuanto tu padre te retiró la mano del hombro te adentraste corriendo en el bosque que había más allá de la aldea.

Confío, empero, en que tú también hagas gala de la misma discreción que yo siempre supe podía esperar de tu padre.

El motivo por el que te escribo es para rogarte cautela. Dado que tienes cinco años más que mi hijo mayor cuento con que actúes con madurez. Estoy al tanto de que te carteas con mis dos hijos menores, y sé que esos curiosos especímenes que les envías enriquecen su vida más que cualquier cosa que esta ciudad pueda ofrecerles. A mi benjamín, la luz de mis ojos, el conocimiento de la naturaleza le resulta de sumo provecho. Él es el heredero natural de la colección Mongergi, aunque sea mi primogénito quien en un principio tenga derecho a ella. Mi hija es tan indómita como las semillas silvestres, y si no fuese por los portales de entrada a vuestro mundo estoy convencida de que huiría. Después de todo, ella es sangre de mi sangre.

Pero sé precavido cuando satisfagas las demandas de mis hijos. Los Mongergi se han labrado un nombre en el mundo a base de pedir a otros, y hemos caído en desgracia por pedir demasiado. No deseo que mis hijos sigan los pasos de la familia y compartan su mismo destino.

Un cordial saludo.

Kavita Mongergi

 

1 de julio de —27

Querido señor Chappalwala:

¿Tiene usted hijos? ¿Les prepara pequeñas expediciones para enseñarles la profesión? ¿Cómo tiene organizado todo esto su gente? Desde que alcanzo a recordar, los Chappalwala han recogido material para los Mongergi, y nunca se me ocurrió preguntar a mi propio padre cómo se entabló nuestra relación.

Estoy tratando de convencer a mi hijo mayor de que ese gran legado que es la labor realizada por nuestra familia debe permanecer en nuestras manos, incluso aunque trabajemos para la municipalidad y tengamos que seguir las directrices de sus funcionarios. Es difícil. Ahora mismo tiene vacaciones en la universidad, y de tanto en tanto se digna escucharme cuando le explico el contenido de las distintas cartas, precisándole cuándo y desde dónde fueron remitidas, y las condiciones en las que pueden abrirse. En ocasiones señala aparatosamente por la ventana, hacia la ciudad a nuestros pies, y dice, «Todo es en vano, padre, basta con mirar dónde vivimos ahora».

Creo que al muchacho le molesta que ahora mismo tenga un empleo, como colaborador de los conservadores del museo. Sospecho que esperaba heredar mi trabajo, no mi puesto de trabajo. Él se acuerda de cuando los Mongergi organizaban galas, en nuestro antiguo hogar, exhibiciones privadas de especímenes, experiencias de inmersión en mundos lejanos. Tan solo algunos meses antes de perder nuestra casa a causa de los disturbios, le había estado preparando para acompañar a nuestros invitados en las expediciones de buceo por los estanques de corales que habíamos instalado en los jardines. Resulta irónico que nunca tuviésemos oportunidad de hacer alarde de esos corales, habida cuenta de que incluso iban a tener su propia retrospectiva.

En ocasiones envidio a mi benjamín. Él no se acuerda en absoluto de nuestro viejo hogar: los inmensos terrenos, el invernadero, las numerosas bibliotecas anexas al edificio principal… Todavía no había cumplido los cuatro años cuando estallaron los disturbios, y no recuerda cómo fue pasando de brazo en brazo, del guarda, al jardinero-wala, a la criada, a lo largo de la cadena humana que formamos por los ancestrales túneles de escape con el objeto de poner a salvo los objetos de valor de la familia.

Mi hija está taciturna. A pesar de que sea evidente que, al igual que lo fue su madre, debe ser preparada para integrarse en un hogar ajeno, ella se resiste a tales planes. Como mi señora está ocupada con la educación del benjamín y yo trato siempre que puedo de que el mayor se vaya familiarizando con el museo, creo que nuestra pobre hija lo está pasando mal. Pero de ningún modo puedo permitir que me acompañe al trabajo. Temo que si desaparece en los archivos del museo (que son francamente copiosos, incluso sin contar con el añadido de la colección Mongergi) tal vez nunca la vuelva a encontrar. Si ya ahora, al volver del trabajo, la mayor parte de las tardes me toca sacarla de alguno de los sobres de los cada vez más reducidos archivos familiares… Lo que no es tarea sencilla: a veces ni siquiera vacía los sobres, sino que se limita a introducirse en su interior. Dígame, ¿no es eso una insensatez? Nunca he cuestionado el oficio de los Chappalwala, pero ahora mismo, al ver cómo mi hija se va implicando cada vez más en los aspectos prácticos del funcionamiento de vuestras cartas, me preocupa que pueda ponerse en peligro.

Ella lloraba cuando me veía coger cajas llenas de nuestras cartas (excedentes de stock, empecé a llamarlas) para trasladarlas al museo municipal. Creo que incluso llegó a robar algunos sobres, pero no tengo manera de demostrarlo, habida cuenta de que nunca he conseguido pillarla con uno encima ni encontrar ninguno en su habitación. Pero tengo la sensación de que siempre está metida en mi despacho o en el gabinete del piso de abajo, investigando lo poco que todavía conservamos en nuestra residencia.

Hoy he tenido que sacudir su último despacho (la liana atestada de tejedores) hasta que he conseguido que cayera. Mi hija no parecía recordar qué es lo que había estado haciendo allí dentro. Le he preguntado una y otra vez por qué va a un lugar donde tiene que permanecer inmóvil, tan inconsciente como las palabras de esta página; pero no sabe, o no quiere, explicármelo. A lo mejor para ella es como estar durmiendo, dado que siempre emerge como si la hubiesen arrancado de un sueño. A veces me pregunto si no podría usted enviar algo que la aterrorizara, de suerte que quedara curada de su adicción.

Queda de usted este abnegado padre.

G. Mongergi

P. S.: En nombre del museo me gustaría pedirle algunos vistosos ejemplos más de moradas con habitáculos en miniatura en su interior. La liana fue uno de los platos fuertes de la exhibición estival, colgada atrevidamente en una pared vacía del museo. El público se entusiasmó al ver los minúsculos piquitos asomando de los nidos de los tejedores, los pequeños destellos amarillos y negros cuando los polluelos ponían a prueba sus alas; si hasta hubo quien llegó a preguntar si eran mecánicos.

Se me está ocurriendo una idea: ¿no sería posible comercializar en la tienda de recuerdos del museo versiones en formato de tarjeta postal de algunas de las piezas voluminosas exhibidas? O quizás algunos escarabajos ornamentales o flores cuyo tamaño no supere al de una uña. Por reacio que pueda ser a ver especímenes como los de la colección de los Mongergi en manos de personas corrientes, debo admitir que el mundo parece encaminarse en esa dirección, ¿no es así?

 

19 de abril de —28

Querido señor Chappalwala-gi:

Jayu-dhidhi está intentando descubrir su secreto. Hoy he recibido por correo un pequeño sobre monedero con remite de nuestra propia casa. Lo he sacudido para que cayera el contenido, pero estaba bien pegado en el interior, así que he tenido que sujetarlo bien abierto delante del ojo como si fuera un caleidoscopio.

Pegada a las junturas interiores había una lámina de corteza de árbol. Y en la corteza había un pequeño óvalo de liquen, una costra naranja del tamaño de un pulgar en cuya superficie brotaban minúsculos cálices negros. A lo largo de una de las caras del sobre, dhidhi había escrito, «¡El liquen está floreciendo!».

Así era: los cálices liberarían esporas que se pegarían a otras zonas de la corteza del árbol, y los nuevos líquenes se irían extendiendo por el mismo, poco a poco, como fuegos artificiales a cámara lenta. Pero podrían pasar muchos años hasta que llegara ese momento y, en cualquier caso, el experimento había sido un fracaso. Dhidhi me llevó a ver el árbol del que provenía el liquen, un roble de un parque municipal, que ahora tiene un feo agujero ahí donde ella lo había cogido, con la herida exudando. Dhidhi intentó que no la viese, pero yo sabía que sus ojos se habían llenado de lágrimas al ver lo que había conseguido.

Señor Chappalwala-gi, sé que es de mala educación preguntarle por sus secretos, pero ¿me podría dar alguna pista sobre cómo hacer cartas como las suyas? Dhidhi está esforzándose mucho por demostrarles a mi padre y a Rohan-bhaiya que puede cuidar de nuestra colección tan bien como ellos, o incluso mejor. Cuando se gradúe este año, mi padre quiere que empiece a pensar en casarse, pero yo sé que eso no es lo que ella desea. Si dhidhi pudiese perfeccionar vuestro truco a lo mejor mi padre recapacitaba y le permitía quedarse con nosotros. No hay nadie que pueda hacerle cambiar de parecer, ni siquiera ammi, y por eso ammi ya nunca la riñe cuando hace algo que no tenía que haber hecho o va a donde no tenía que haber ido. Yo también quiero ayudar a dhidhi.

¿Nos puede usted ayudar?

Gracias.

Abhi

P. S.: Acabo de mirar de nuevo en el interior del sobre pequeño, y el trozo de corteza de árbol se acaba de partir en dos. Se lo envío para que así dhidhi no lo encuentre.

 

25 de junio de —31

Querido Farshad:

Los negocios lo primero. La frágil salud de mi marido durante estos últimos meses me obliga a ayudarle en la escritura de cartas. Te transmito su felicitación por tus últimas capturas en la costa sudeste de África. A él le hicieron especialmente gracia las babosas marinas azul eléctrico, aunque el museo siente bastante más interés por las medusas. Les gustaría saber si podrías posponer tu viaje a Socotora hasta después del desove de mitad de temporada. Dicen que las crías de estos especímenes se venderían bien en la tienda de recuerdos del museo.

Por mi parte, yo te aconsejaría que te lo pensases bien. Los Mongergi no somos comerciantes, aunque mi primogénito piense lo contrario. Él está empezando a tasar los restos de la colección; tus predecesores se pudieron permitir el lujo de capturar catervas en lugar de especímenes sueltos, y está convencido de que puede aislar ejemplares para coleccionistas privados. Yo sé por mi propia experiencia que no es sencillo separar fragmentos de esas cartas, pero no me hace ningún caso. Nadie en esta familia me lo hace.

Sea como sea, tu plan original de llegar a los mares del sur de la península arábiga me parece bueno. Socotora debe de estar bellísima en esta época del año, con el fulgor del sol obligando a refugiarse en sus escondrijos a todas las criaturas salvo las más resistentes. Tu padre me contó en una ocasión que había pasado cuatro meses en el archipiélago buscando culebras de tierra. Tal vez tú puedas confirmar que efectivamente ya no queda ninguna en las islas. Seguro que conoces el truco para llevar una carta rebosante de nieve al desierto. Cuando tu padre me lo explicó me dejó maravillada.

Y ahora pasemos a los asuntos de índole personal. Sospecho que eres consciente de los intentos de mi hija por enviarse desde la ciudad a… no estoy segura adónde. Tal vez desea escapar a vuestro mundo, lo mismo que yo intenté cuando en aquella ocasión visité a tu padre. Si se presentase allí, ¿le explicarás que la desagradable sensación de estar atrapada en un bucle terminará por pasársele? Cuando yo visité a tu padre no podía dejar de frotarme los hombros, como intentando entrar en calor. Era como si mi cuerpo hubiese sido hipnotizado para que hiciera lo que recordaba haber estado haciendo en el momento de introducirse en el sobre.

Yo me envié a tu padre en una turbera. En un cuadrante de un metro cuadrado de musgo y helechos, aunque tan solo recuerdo los delicados penachos de vapor que brotaban del suelo y subían hasta la altura de mis rodillas. La muestra había sido recogida al alba, y la superficie del tremedal exudaba besos al frescor nocturno que se iba disipando. Tu padre era un artista. Sus especímenes llegaban como si estuviesen atrapados en pinturas tridimensionales del paisaje. No me extraña que me enamorase.

Tu padre fue muy amable. Una vez me hube recuperado lo suficiente, te trajo para que te conociera, me enseñó la casa, me llevó a dar una vuelta por el pueblo para presentarme al resto del clan Chappalwala. Conocí a tu madre. Recuerdo que tenías su misma cara, con los ojos cobrizo oscuro. Tu padre me explicó que los Chappalwala sois como las piedras que rebotan sobre la superficie del agua: habéis viajado tanto y durante tanto tiempo que ya no podéis crear vínculos ni con lugares ni con personas; vivís juntos solo porque compartís ese sentimiento de estar fuera de lugar, esa incómoda sensación de estar atrapado, siempre repitiendo los mismos gestos y tomando las mismas decisiones, incluso cuando arribáis a un lugar nuevo, o cuando retornáis a uno ya conocido y lo encontráis cambiado por completo.

¿Has visto un hoyo redondo bajo el que aflora la roca desnuda en la pendiente occidental más allá de vuestra aldea, por donde corre ese arroyuelo? Fue tu padre quien lo excavó. Con eso fue con lo que me envió de vuelta. Siempre llevo conmigo esa carta. Últimamente siento la necesidad de acudir a ese terrón de la pendiente con más frecuencia que cuando mis hijos eran pequeños. La hierba está aplastada, y me imagino que todavía conserva el calor de nuestros cuerpos, yaciendo juntos, diciéndonos adiós.

No albergo duda alguna de que mi hija intentará lo mismo que ya intenté yo. No soy quién para interferir en esa decisión. Ahora bien, te pido por favor que si la envías, bien de vuelta, bien a otro lugar, lo hagas con pensamientos que sean más venturosos que tristes. Ella siente una inclinación especial hacia los escarabajos. Tal vez puedas distraerla con uno de ellos en el momento de la separación. Aquellos sentimientos que se tienen en el momento de introducirse en el sobre son los que persisten cuando se sale de él, y no quisiera que se sintiese tan desamparada como me sentí yo cuando regresé a mi hogar.

Kavita

 

30 de diciembre de —32

Mi querido señor Chappalwala:

A los trece años tuve una varicela tan fuerte que por las noches tenía que dormir en un sillón, del miedo que me daba que se me reventaran las ampollas cuando me diese la vuelta en la cama, Mi padre, muy poco dado a demostraciones de afecto, entró una noche en mi habitación agitando una carta.

«Del señor Chappalwala,», dijo, refiriéndose al padre de usted, por supuesto. Se agachó junto a mi sillón y, al abrir el sobre, liberó una bandada de patos de río en la habitación. Los observé volar de aquí para allá por encima del suelo, con las patas palmeadas rozando la alfombra de seda, buscando agua.

Mi padre me explicó que esos patos provenían de Chiang Rai. Me contó que el padre de usted, el ya fallecido señor Chappalwala, se había plantado en el punto de la ribera donde el Ruak y el Mekong se encuentran; donde Tailandia, Laos y Myanmar dormitan costado contra costado como lagartos al sol. El sol salía sobre Laos, y las aves emergieron de entre los juncos en Myanmar y atravesaron volando la confluencia fluvial camino de Tailandia. Volaron directamente hacia los brazos de su padre, que estaba preparado con un sobre bien abierto.

Yo pensaba con frecuencia en esos patos de Chiang Rai. ¿No serían en realidad patos de río birmanos (porque, por supuesto, a la sazón el país se llamaba Birmania) que iban de visita a Tailandia? Pero claro, quién sabe si no serían aves migratorias en plena ruta, llegadas de más al norte o más al sur, que habían hecho un alto en las aguas del Triángulo Dorado antes de continuar su viaje hacia algún otro destino… Aunque otra posibilidad era que fuesen patos laosianos, habida cuenta de que cuando salieron volando de aquella carta sobre su lomo todavía refulgían monedas broncíneas de luz solar, del alba laosiana, porque, desde luego que nadie puede disputarle al sol su reivindicación sobre criatura alguna cuya carne esté marcada con esa suave luz.

Los años transcurrieron, mi padre falleció y la carta fue extraviada (yo creo que fue robada por algún empleado). Ya hacía mucho tiempo que había renunciado a toda pretensión de llegar a ser capaz de gobernar el hogar de los Mongergi como lo había hecho mi padre. Sentía la memoria porosa por tantos recuerdos perdidos. En el aniversario de la muerte de mi padre, escribí al de usted rogándole que regresara a Chiang Rai a por más patos de río.

Su padre llevaba un mes de viaje cuando por fin llegó una carta en la que explicaba que Chiang Rai había sufrido un cambio radical. Desde el lugar de la otra vez, el punto donde convergían el Mekong y el Ruak, se vislumbraba el precario armazón de un casino a medio construir, para los turistas que iban a Laos. Él mismo había pasado un par de horas de lo más informativas en el museo erigido en el sector tailandés del Triángulo Dorado, documentándose sobre las rutas migratorias de los antiguos traficantes de opio.

Su padre entabló amistad con un tallista: un hombre menudo de mediana edad que ejercía su oficio bajo el saledizo de chapa acanalada de un taller con tan solo tres paredes. El hombre aseguraba que le iba bastante bien vendiendo esculturas hechas con descartes de madera a los turistas que pasaban por allí llegados desde el museo, el nuevo hotel o el muelle fluvial. Su padre contaba que el tallista recordaba los patos del río de cuando era niño. Dijo que volaban sobre el agua en bandadas tan densas que la superficie se agitaba y espumaba. Y que la última vez que había visto uno de esos animales había sido cinco años atrás en el jardín de una anciana, con una pata atada a una cuerda sujeta a una morera.

Yo no daba crédito. Arrugué la carta y la arrojé al otro extremo del cuarto. Presa de la desesperación cogí el sobre, cuyas esquinas parecían de tela, fofas por el viaje, lo abrí y le di la vuelta. Varios objetos pequeños cayeron en medio de un buen estrépito. Recogí uno: un pato, tallado en madera amarillo pálido. En la cola tenía un perno con una bola que giraba, con tres plumas de pollo insertadas en la misma como si fuesen las palas de una hélice. Supuse que la idea era colgarlos en una ventana abierta de forma que las plumas giraran movidas por el viento. En total había cincuenta patos de madera. Le envío uno de ellos en esta misma carta.

Me pregunto, mi joven y querido amigo, si podría realizar el mismo viaje que llevó a cabo su padre. Ya sé que usted se encuentra en el extremo opuesto del mundo, pero yo soy un anciano con la memoria más porosa que nunca. ¿Podría localizar al viejo tallador? ¿Me lo podría enviar? Ese hombre ha despertado mi curiosidad. Me pregunto si de niño se fijaría alguna vez, por debajo de esas motas de luz de sol, en el color de las plumas del lomo de los patos del río. Yo ya no me acuerdo.

Suyo afectísimo.

G. Mongergi

 

27 de marzo de —33

Estimado señor Chappalwala:

Sin duda a estas alturas ya estará al tanto del fallecimiento de mi padre, dado que al menos uno de mis hermanos le escribe con frecuencia. Sobre lo que hace, o incluso sobre dónde está mi hermana, no tengo comentario alguno que hacer. Me pregunto si ella sabrá siquiera que nuestro padre ha muerto.

Seré breve, a diferencia de otros miembros de mi familia. Como nuevo cabeza de los Mongergi, mediante esta carta procedo a rescindir el contrato entre mi familia y los Chappalwala. Ya no requerimos de sus buenos oficios, puesto que la colección que hemos acumulado no está ya en boga como antaño. Agradezco a su familia los servicios que nos ha prestado durante generaciones.

A título personal, ¿es pedirle demasiado si le ruego que interrumpa toda comunicación con los miembros que restan de mi familia? Ya son en exceso esclavos de las adquisiciones, como si coleccionar fragmentos del mundo fuera a ayudarles a comprender mejor cuál es su lugar en él. Les convendría liberarse de la influencia de sus cartas. Tengo la sensación de que usted, cuando no está vendiendo plantas o animales, está estafando con falsas esperanzas. Basta ya, por favor. Déjenos en paz.

Sinceramente.

R. Mongergi

 

15 de junio de —33

Querido Farshad-bhaiya:

En el interior de este sobre envío las últimas piezas de la colección Mongergi, las últimas que quedaban en la casa. Mañana, por primera vez, voy a trabajar codo a codo con mi hermano. Todavía tardaré un tiempo en tener acceso a la colección archivada en el museo, pero te lo comunico ya para que te mantengas a la espera. El museo no tardará en descubrir lo que planeo hacer. Cuenta con que te van a llegar uno o dos sobres de manila abultados y, por favor, cuando los recibas, asegúrate de despejar una amplia zona a tu alrededor y de abrir las solapas manteniéndolos bien lejos del cuerpo.

Casi deseo poder estar allí para ver la explosión. La colección al completo: cientos y cientos de años de duro trabajo, montones de sobres amarillentos… Me estoy riendo solo de pensarlo.

Hace tiempo que te quería preguntar qué tal andas de músculos. Antes de marcharse, Jayu-dhidhi introdujo una rata en una carta y, por cómo se tuvo que esforzar para levantar el fino sobre de papel hasta el buzón, cualquiera hubiese pensado que contenía una red llena de ballenas. Tiene que requerir un esfuerzo tremendo analizar una y otra y otra vez hasta el último e insignificante pequeño detalle de las criaturas que capturas, tomar en consideración todas sus complejidades de modo que mantengan su integridad durante el viaje. Dhidhi me contó cosas de la rata en las que yo nunca hubiese pensado (la mugre bajo las uñas, la fauna microscópica en el intestino…). Me dijo que lo último que había comido había sido el corazón y el rabo de una pera. Y que averiguarlo le había costado cinco horas de elucubraciones.

No alcanzo a imaginar lo enormemente pesado que será el resto de la colección, y te agradecería cualquier consejo que puedas ofrecerme al respecto. Si los despachos llegan sin problemas, ammi ha accedido a enviarme a donde estáis tú y dhidhi, aunque supongo que ella ya andará de nuevo por quién sabe dónde, dado que siempre fue un culo de mal asiento. Le he preguntado a ammi si le gustaría acompañarme, pero dice que tiene su propia carta y le basta con ir a donde esta la lleva.

Entretanto, la próxima vez que dhidhi se pase por ahí para enviar algo ¿puedes hacer el favor de decirle que ya basta? Me encantan los escarabajos que ha estado mandando, pero ahora de lo que se trata es de enviarlos de vuelta, ¿verdad? Cuando me marche quiero viajar ligero, y en el bolsillo ya tengo escarabajos procedentes de veinte sitios distintos; ya casi ni consigo cerrar la cartera. Dile que la próxima vez basta con que me los describa.

Gracias.

Abhi

Copyright © 2013 Geetha Iyer

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2 respuestas a Las cartas de los Mongergi, de Geetha Iyer – Especial Calvino X

  1. Javier Nostromo dijo:

    Qué original relato. Polifónico, poético y evocador. Solamente una pequeña apreciación: ocurre en dos ocasiones, casi al final de sendos párrafos, donde dice “me preguntó”, ¿no será “me pregunto”? Tiene toda la pinta de traidora corrección automática.
    Muchas gracias, Marcheto.
    Saludos

    • marcheto dijo:

      Hola, Javier. Si hay un adjetivo que creo que define la mayor parte de la obra de Calvino es «original». Así que supongo que para ganar este premio la originalidad es una característica casi imprescindible, y una de las principales de este relato, junto a las otras que señalas.
      Y muchísima gracias por avisarme de las erratas. A ver si todo cogéis esa muy buena costumbre 😉

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