Breve enciclopedia de los mares lunares, de Ekaterina Sedia – Especial Calvino V

Ekaterina Sedia nació y pasó sus primeros años de vida en Rusia, hasta que ya en su juventud emigró a Estados Unidos, donde reside actualmente y compagina su carrera docente con la literaria. En cuanto a esta última, ha publicado cinco novelas y una colección de relatos que incluye parte de sus aproximadamente cincuenta cuentos. También ha editado varias antologías, una de las cuales, Paper Cities: An Anthology of Urban Fantasy, fue galardonada con el World Fantasy Award.

Breve enciclopedia de los mares lunares (A Short Encyclopedia of Lunar Seas) se publicó por primera vez en 2008 en The Endicott Studio Journal of Mythic Arts. Cuatro años más tarde fue elegido para abrir su colección Moscow But Dreaming (Prime Books, 2012), y también fue incluido posteriormente en The Mammoth Book of SF Stories by Women, una antología de relatos de ciencia ficción escritos por mujeres. Se trata de un cuento inspirado por Las ciudades invisibles, y que por lo tanto encaja perfectamente en este especial Calvino. Además es vuestra oportunidad de descubrir a esta autora, ya que creo que hasta ahora estaba inédita en nuestro idioma.

Por último, quiero agradecer a Ekaterina que haya aceptado participar en este homenaje a Italo Calvino con su poético y evocador cuento. Thanks a million, Ekaterina!

ACTUALIZACION I: Pinchando aquí ya podéis descargar el relato en los tres formatos de costumbre para ebook (EPUB, FB2 y MOBI), gracias como siempre a la colaboración de Jean y Johan. Muchas gracias a los dos.

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Breve enciclopedia de los mares lunares

Ekaterina Sedia

  1. El mar de Moscú (Mare Moscoviense)

Moscú es una de las ciudades de la Tierra que más lejos está de cualquier litoral, pero todo lo que desaparece allí termina en el mar de Moscú. Los habitantes de la zona, a quienes esto resulta un tanto irónico, siempre festejan las nuevas llegadas. Aplaudieron cuando las iglesias que había quemado Napoleón surgieron sobre las aguas poco profundas de este mar, reflejándose en ellas junto con los gorriones y los inmigrantes. Dieron la bienvenida a los popes muertos con monedas de cobre en los ojos, a los equipos de hockey y a las calesas tiradas por caballos. Todavía siguen esperando que lleguen las grajillas, pero estos pájaros tienen mucho aguante y se quedan en su ciudad.

Hoy en día, al contemplar esta balsa, todavía se puede ver al Ejército Rojo desfilando, a Belka y a Strelka, y la Gran Revolución de Octubre.

  1. El mar de las Lluvias (Mare Imbrium)

Los habitantes de este mar están acostumbrados a la lluvia. Es un mar solo de nombre, esta poza vacía abandonada por el agua mucho tiempo atrás. Sin embargo, llueve todos los días. A veces, en lugar de agua, del cielo caen pétalos de flores; a veces, llueven caballitos de madera y patitos de goma.

Una precipitación que todavía todo el mundo recuerda tuvo lugar hace pocos años, cuando del cielo cayeron palabras. No escampó durante semanas, y las palabras llenaron la poza vacía hasta desbordarla. Los lugareños gemían y se ahogaban bajo el peso de esa aglomeración de lamentaciones, promesas, mentiras, boletines de calificaciones escolares, alta literatura, canciones pop y listas de la compra. Si no se hacía algo pronto, estaban condenados a una muerte segura.

El consejo de ancianos decidió que tendrían que drenar las palabras acumuladas, pero durante sus deliberaciones se percataron de que la lluvia de palabras estaba amainando. Así que decretaron que el deber cívico de los ciudadanos era utilizar tantas palabras como resultara posible.

Compraron teléfonos y lanzaron campañas de marketing telefónico; se quejaron de la salud y les narraron a sus hijos largas historias; empezaron a escribir poesía.

A los pocos días dejó de llover; en menos de un mes, el mar ya se había secado. Hoy en día, los habitantes de este mar son mudos y la poza está vacía… salvo cuando llueven trinos de ruiseñor o minúsculos peces azules iridiscentes.

  1. El mar de las Nubes (Mare Nubium)

El mar de las Nubes está rodeado completamente por montañas, a tal altura de la azul superficie lunar que las nubes atestan su lecho. Sirenas de todas partes hacen su peregrinaje anual hasta este mar; se arrastran por tierra, la cola abriendo surcos en el polvo azul, las planas piedras lunares raspando sus pechos y codos. Dejan tras de sí rastros de pálida sangre de sirena, con ese ligero aroma a cobre.

Atraviesan los vastos campos de hielo, y la escarcha hace brillar sus escamas bajo las veleidosas luces de la aurora boreal. Su aliento empaña el aire a tal extremo que es raro que los nativos viajen solos en la espesa niebla de su hálito, para evitar perderse para siempre.

Finalmente, las sirenas llegan al mar de las Nubes, para al menos por un día poder nadar en el cielo e imaginar que son pájaros.

  1. El mar de las Crisis (Mare Crisium)

Este mar parece engañosamente tranquilo cuando se observa desde la superficie, pero en el fondo, donde solo los rayos solares más verdes consiguen penetrar, hay una ciudad. Las calles están cubiertas de algas rojas, que ondulan movidas por la corriente; y caracolas blancas, verdes y amarillas tachonan las aceras.

Todos los días, la guerra se desata en sus calles. Cuando sale el sol, los ejércitos enemigos marchan por delante de los escaparates y de las casas de verano cegadas con tablones. Se encuentran en la esquina, y la batalla comienza. A la caída de la tarde, son muy pocos los que quedan en pie, e incluso estos se desvanecen al desaparecer el sol por detrás del horizonte. A la mañana siguiente, comenzarán de nuevo.

En la Luna no hay Valhalla.

  1. El mar de la Fertilidad (Mare Fecunditatis)

Existe la creencia generalizada de que las propiedades de este mar se descubrieron de forma accidental, cuando las aguas dulces bajaron rojas por la sangre, y las desgraciadas mujeres no tenían donde hacer la colada. Presas de la desesperación, recurrieron al mar. La sal hacía que las prendas allí lavadas se quedaran duras, y las mujeres tenían las manos en carne viva de tanto frotar, con la sal corroyéndoles piel y articulaciones. Todo aquel que se ponía esas prendas tiesas por la sangre y la sal se veía bendecido con muchos hijos, y así es como este mar recibió su nombre. Según una parte menos conocida de esta leyenda, los benditos por el mar no pueden amar a sus hijos: la sal es demasiado amarga, y la sangre quema demasiado profundamente. No es algo que te cuenten, porque ¿qué progenitor reconocería que sus hijos son unos monstruos despreciables?

  1. El mar de la Tranquilidad (Mare Tranquillitatis)

Aquellos que habitan en la orilla del mar todavía recuerdan el primer alunizaje. Se acuerdan de dos hombres avanzando torpemente en sus intrincados trajes, levantando a cada paso nubes de ese polvo tan azul. En un principio, los nativos observaron boquiabiertos a los visitantes, y luego se acercaron a darles la bienvenida. Sin embargo, los selenitas no son fáciles de ver, ni siquiera para los de su propia raza, de manera que los visitantes no les prestaron atención y se dedicaron a dar saltos jubilosos en un mundo donde la gravedad era tan complaciente.

Y entonces los nativos se rieron, porque los hombres de la Tierra no se percataban de que, con tan solo liberarse de su pesado equipo, podrían saltar lo suficientemente alto como para alcanzar el nirvana.

  1. El mar de la Humedad (Mare Humorum)

En este clima todo se pudre. Incluso las piedras y metales preciosos, traídos para dar buena suerte, se desintegran en el húmedo ambiente, y lo único que dejan tras de sí es un puñado de óxido empapado. A las plantas les encanta, empero. El mercader de canastas Eshlev trajo una única semilla como presente para su joven esposa, que la plantó en una maceta.

A la mañana siguiente, emergió un tallo verde y carnoso; esa tarde, ya había echado ramas. La joven planta engullía la humedad del aire y crecía minuto a minuto. Sus hojas se desplegaron como estandartes, y las ramas se abrieron paso por todas las ventanas, puertas y chimeneas. En una semana, se había tragado la casa, enterrando en sus profundidades a Eshlev, y a sus perros y canastas. Su esposa, sentada en el exterior, miraba aturdida la verde colina que había sido su casa, esperando a que su planta floreciera.

  1. El mar del Ingenio (Mare Ingenii)

Había una vez un anciano que construía robots a partir de restos de madera, conchas de mar y paja. Sus robots eran máquinas inteligentes, aunque ni siquiera su creador habría sido capaz de explicar exactamente cómo funcionaban. Pero funcionar, funcionaban, y una vez habían terminado con sus labores, se reunían detrás de la casa del anciano y construían invenciones de su propia cosecha. A ojos inexpertos, su proyecto parecía consistir en una enorme ala, y la gente se reía de los robots, porque todo el mundo sabe que en la Luna la atmósfera no es lo suficientemente densa como para que permita volar. En la Luna, incluso los pájaros se ven obligados a caminar.

A pesar de ello, los robots no desistían, y su ala iba creciendo más y más día tras día. Pulieron la superficie y la adornaron con incrustaciones de nácar. El ala ya estaba preparada y, cuando la alzaron hacia el sol naciente, se estremeció y despegó.

Todos contemplaron maravillados cómo el ala se llevaba a los robots, refulgente bajo el sol e impulsada por la fuerza de sus rayos. Los robots trabajaban coordinadamente, inclinándola, ora a un lado, ora al otro, para gobernarla; pero nadie sabe adónde fueron. A Marte, dicen algunos.

  1. El mar de la Serenidad (Mare Serenitatis)

Las viudas vienen a llorar a este mar y lo mantienen colmado, rebosante de agua que forma una superficie perceptiblemente convexa bajo la débil gravedad de la Luna. Las viudas llegan de todas partes, con carámbanos en el cabello sin trenzar, las manos vacías cruzadas sobre el vientre vacío. Se sientan en la orilla y lloran, hasta que los ojos se les enrojecen, los labios se les resecan y los pechos se les marchitan.

Cuando ya no pueden llorar más, se marchan, el alma purificada y tan vacía como sus manos. La serenidad es lo que queda una vez han sido derramadas todas las lágrimas.

10 El mar de los Vapores (Mare Vaporum)

El vaho de los géiseres y manantiales de agua caliente oculta el contorno de este mar y demás accidentes geográficos contiguos. Nadie tiene la certeza de qué es lo que hay en medio de la densa niebla. No obstante, se considera una conjetura probable que los géiseres son solo una inteligente tapadera, y que todos los niños fugados han encontrado un hogar en este lugar.

Hay ferias ambulantes y circos; elefantes amaestrados y tigres que no muerden, sino que lamen con avidez toda aquella mano que les ofrece mazapanes. Hay columpios, balancines y peceras con los peces de colores más grandes y gordos que jamás os hayáis imaginado, pero no hay payasos. Y el horno de la bruja es demasiado pequeño incluso para el niño más escuálido.

No hay ni un solo adulto en la Luna que no se plantee la posibilidad de fugarse al mar de los Vapores, pero la bruma es demasiado espesa.

  1. El mar del Conocimiento (Mare Cognitum)

Si nos sentáramos en la orilla de este mar y miráramos las profundidades de sus transparentes aguas, veríamos que el fondo está cubierto por infinidad de canicas (rojas, amarillas, verdes, azul pastel, y transparentes con una espiral azul en su interior, las mejores). Movidas continuamente por la corriente, se disponen formando complejos motivos. Si les asignáramos un valor numérico o alfabético, pronto nos percataríamos de que esos motivos únicamente transmiten hechos verdaderos.

Pasaríamos día tras día embelesados por todos estos hechos del universo revelados sin un orden concreto. Aprenderíamos que el diámetro de Fobos es de 22,2 kilómetros; que los patos tienen una glándula especial en la base de la cola para mantener impermeables las plumas; que el cobalto se funde a 1.495º; y que, en 1495, Rusia invadió Suecia.

Y entonces, de manera inevitable, nos impacientaríamos y miraríamos las canicas con cara de pocos amigos. Ninguno de los hechos que el mar revela tiene nada que ver con la propia Luna. Podríamos pasarnos la eternidad con la mirada clavada en el mar del Conocimiento sin aprender nada sobre él.

  1. El mar Oriental (Mare Orientale)

El Emperador Amarillo baña todos sus animales en este mar. Ellos miran con sus ojos acuosos de todas las tonalidades del jade, el ámbar y el topacio; y sus cabezas melenudas y crestadas se mueven arriba y abajo obedientemente mientras las aguas tranquilas y cálidas lamen sus costados. La sal escuece un poco, pero al emperador le gusta que sus animales estén bien limpios. Ellos entrecierran los ojos y sueñan con ese día en que podrán adentrarse en el mar ellos solos, sin látigos ni chasquidos apremiantes de lenguas humanas.

  1. El mar Austral (Mare Australe)

El mar Austral es cálido y poco profundo, y la playa es de arena blanda. Las estrellas de mar vagan por entre las olas que bañan la orilla, y succionan las conchas de los mejillones hasta no dejar nada. A los ancianos les gusta este mar. Persiguen las olas que avanzan y retroceden, se lanzan enormes pelotas de playa con rayas, y se sientan en la arena a beber Pepsi tibia de botellines de vidrio. Escuchan la radio y forman grupitos, charlan y cuchichean, y se lanzan miradas de refilón entre ellos. Y ríen, echando la cabeza hacia atrás, tapándose con las manos los risueños labios.

En la playa del mar Austral siempre es aquel verano en que tenías trece años.

  1. El mar de las Olas (Mare Undarum)

Un voluminoso galeón habría parecido un juguete sobre estas olas. Los innumerables seísmos lunares sacuden su cuenca, y olas gigantes, sin una gravedad que las constriña, embisten contra la costa.

Los que han perecido en terremotos y tsunamis se asientan en este lugar. Nadie los obliga a ello, pero muchos de los fantasmas tan solo son capaces de pensar en su propia muerte. Inmóviles, miran cómo las olas azotan el terreno, tragándose de golpe casas y bueyes, envenenando sus campos, arrancándoles la vida una y otra vez.

Algunos se marchan, pero continuamente están llegando otros nuevos.

  1. El mar del Néctar (Mare Nectaris)

Las leyendas sobre este mar han existido entre los pueblos nativos desde tiempo atrás, transmitidas mediante susurros efímeros y miradas inquietas bajo pestañas entornadas. Un puñado de hombres, cansados de tales historias, anhelaba sentir la dulzura en sus propios labios (aunque la dulzura fuera tan solo un concepto, puesto que en la Luna nunca jamás ha habido algo dulce). Atraídos por ese sabor imaginario que no alcanzaban a concebir, atravesaron inmensas llanuras desiertas y cordilleras escarpadas. Muchos se hundieron en los profundos bancos de nieve, algunos otros fueron aplastados por desprendimientos de rocas, otro fue tragado por un lodazal, dos desistieron de seguir controlando su alma, tres se ahogaron y uno contrajo la difteria. Todos murieron, pero continuaron su camino, incapaces de renunciar a aquello con lo que no podían ni soñar. Y cuando alcanzaron el mar lloraron, porque los muertos no pueden saborearlo.

  1. El mar Marginal (Mare Marginis)

En este lugar, el horizonte es una cuchilla que corta el cielo en dos, y sangra durante el ocaso y el amanecer. Los acantilados son escarpados, y el fondo del mar está cubierto por fragmentos puntiagudos de espejos rotos.

Los suicidas acuden a este mar, y esperan el viento cortante mientras contemplan el precipicio cortado a pico a sus pies. Imaginan su lenta caída y su carne rasgada por los dientes del universo que los rodea.

Y entonces saltan. En la Luna se tarda mucho tiempo en caer, y los suicidas se ven reflejados en los espejos rotos allá abajo.

  1. El mar del Frío (Mare Frigoris)

Mucho tiempo atrás, el emisario Togril se sentó a la orilla del mar y observó con sus ojos rasgados cómo el cielo se iluminaba con vetas azules y blancas, y cómo las franjas de colores crepitaban y bailaban en la noche. Tras ondular e intensificarse, la luz perdió intensidad y se desvaneció, cual una gota de leche en un cubo de agua.

Cuando solo quedaba un brillo leve del esplendor anterior, una débil sombra fosforescente se extendió hacia abajo. El aire se enfrió, y a Togril le llegó el aroma picante del tamarisco y el ajenjo expuestos al sol. Los tentáculos de luz aumentaron de grosor, hasta que unos caminos blancos se desplegaron entre el cielo y la estepa lunar.

Por ellos descendieron once columnas de sombríos jinetes, los cascos de los caballos chascando, justo por encima del límite de lo audible, sobre la sólida superficie lechosa. Su aliento no empañaba el aire, y sus armaduras, decoradas con un intrincado diseño en el peto, estaban hechas de hielo verde translúcido.

Sin dar señales de ir a terminar, la procesión de los guerreros alcanzó el suelo. Detrás de cada guerrero había sentado un guepardo, con un helado brillo dorado en los ojos, la rosa lengua colgando, como si acabaran de saltar a la montura de sus amos tras una persecución. Las correas que encadenaban a los felinos a la parte posterior de las sillas estaban tejidas con finas hebras del mismo hielo verde del resto de arreos y armaduras.

El primer jinete se acercó a Togril, que se estremeció cuando uno de los cascos le golpeó de pleno en el pecho. Con una aguda punzada heladora, la pata del caballo le perforó el torso y salió por la espalda. El grito se le heló en la garganta cuando, uno tras otro, los espíritus lo atravesaron. El paso de los jinetes no le ocasionó daño físico alguno, salvo por el terrible frío que le llegó a lo más profundo de los huesos, hasta tal punto, que ya nunca lo abandonó. De igual manera, el mar también ha retenido para siempre esa frialdad que dejó el paso de los guerreros persas muertos.

  1. El mar de las Serpientes (Mare Anguis)

Es bien sabido que las serpientes con pechos femeninos son las más mortíferas de todas. Asoman su cabeza venenosa y afilada por encima del agua mientras las olas les mecen los senos.

Los viajeros saben que deben evitarlas cuando estos monstruos se arrastran hasta la playa y se tumban al sol bajo el gris cielo lunar. Las cicatrices de las azules arenas de la playa tienen forma de serpiente.

Cuando las serpientes depositan los huevos en la playa, se enroscan alrededor de los mismos en una protectora espiral, a la espera de los débiles chasquidos. Libres de las cáscaras, las recién nacidas beben una vez la venenosa leche de su madre, para después adentrarse nadando en el mar. Y pobre de aquel nadador que se cruce con una madre serpiente que acabe de ver a su prole desaparecer bajo las aguas.

  1. El mar de las Islas (Mare Insularum)

Las islas que tachonan la plácida superficie del mar, tan lisa como cristal verde, han atraído desde tiempo atrás a amantes y marineros. La gente miraba las formas redondas y alargadas que brotan del mar y soñaba con bosques fragrantes y lagos glaciares, con el zumbido de las abejas alimentándose de las rosas robustas, y con libélulas metálicas posadas sobre los tallos cabeceantes de las azucenas.

Pero en realidad las islas son las jorobas de monstruos ancestrales de plomizos ojos muertos y pensamientos lentos y ronroneantes. De vez en cuando, cuchichean entre ellos en voz bajísima, pero nunca se mueven ni salen a la superficie a por una bocanada de aire o un bocado de pescado. Exhalan con cuidado, y las suaves olas que levanta su respiración lamen la orilla de las islas. Mueren lentamente, demasiado cohibidos para dejarse ver, su timidez la base de una ilusión exquisita.

Por muy horripilantes que sean estos monstruos, saben lo importante que es tener una hermosa apariencia.

  1. El mar Espumoso (Mare Spumans)

Es bien sabido por todo el mundo que, al carecer de alma, las sirenas al morir se transforman en espuma. Sin embargo, en la Luna todas las criaturas comparten el destino de las sirenas.

El mar rebosa de burbujas multicolores, todas ellas reflejando a todas las demás durante un fugaz momento antes de estallar.

En la Luna no se visitan las tumbas. De hecho, ni siquiera hay tumbas. Aquellos que se cansan de estar muertos se desvanecen y reaparecen en el mar Espumoso. Todo lo que alguna vez ha existido acaba llegando a este mar, que contiene, o contendrá en un futuro cercano, la Luna al completo.

Copyright © 2008 Ekaterina Sedia

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