Reconciliación, de Eileen Gunn

Eileen Gunn es una autora y editora estadounidense que, a lo largo de su extensa carrera, ha publicado alrededor de una treintena de relatos. A pesar de no ser excesivamente prolífica, ha sido finalista de la mayoría de los galardones más destacados del género, y en 2005 ganó el premio Nebula con la obra que tengo el honor de presentaros aquí.

Reconciliación (Coming To Terms) se publicó por primera vez en Stable Strategies and Others (Tachyon Publications, 2004), una de las tres recopilaciones de relatos de la autora, que fue nominada a los premios World Fantasy Award, Philip K. Dick y James Tiptree Jr. de 2005. Y, no solo eso, sino que como ya decía, el propio cuento también triunfó en la categoría de relato corto de los Nebula, que otorga la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Estados Unidos.

Este relato es en cierta manera un homenaje a otro de los autores de este blog, Avram Davidson, que al parecer tenía la costumbre de llenar sus libros de anotaciones. Aunque Eileen no fue amiga suya, ayudó al hijo de Avram a recoger las pertenencias de su padre tras el fallecimiento de este, y de ahí nació la idea que está detrás de esta historia. Y, a pesar de su aparente sencillez, no debió de ser un relato fácil de escribir, ya que tardó diez años en conseguir darle su forma definitiva.

Espero que aprovechéis la oportunidad de descubrir este emotivo cuento que inexplicablemente estaba hasta ahora inédito en español. Y, por supuesto, muchísimas gracias, Eileen, por haberme dado la oportunidad de compartir tu maravillosa historia con los lectores de habla hispana.

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar pinchando aquí los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) del cuento. Gracias una vez más a Johan y Jean por su desinteresada colaboración.

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Reconciliación

Eileen K. Gunn

La vida se escapaba del cuerpo del anciano. Yació en la cama durante más de un mes, en el hospital y en una residencia, en mundos de dolor. Primero luchó por controlar su muerte, luego por controlar su vida una vez más. Hacia el final, renunció a su deseo de control, hasta donde fue capaz. Seguía encargando a todas las visitas una lista de tareas, pero sabía que no podía controlar si las mismas se llevaban a cabo.

Así que, de manera concienzuda, empezó a desenmarañar la madeja del pasado. Tornó a los viejos misterios y enigmas, y reflexionó largamente sobre la vida y motivaciones de personas muertas largo tiempo atrás. Elaboró teorías para explicar las pueriles crueldades de los matones de la clase. Hizo planes para comprarse una casita; para recuperar su terreno de Guatemala; para publicar ensayos, ficción, fragmentos de prosa… Tomó plátanos, pan de centeno y las comidas del hospital y la residencia, y se puso la dentadura postiza cuando tenía alguna visita. Decidió dejar de preocuparse por las cosas que no podía arreglar y se esforzó por ceñirse a su propósito.

Entonces, los músculos de su corazón, exhaustos tras tres mil millones de latidos y debilitados por la neumonía, diabetes y el estrés de un temperamento colérico, se detuvieron un instante y ya no fueron capaces de arrancar de nuevo. Una enfermera pidió ayuda y, junto con un equipo de auxiliares, consiguió traerlo de vuelta. Él le apretó la mano, pero el corazón volvió a fallarle y lo dejaron morir. El tenue flujo de impulsos electroquímicos que eran la base de su sistema nervioso central se ralentizó y se detuvo, y el orden que el anciano había impuesto en el universo comenzó a desintegrarse, liberando calor.

Su cuerpo se enfrió. Un empleado de la funeraria vino y se lo llevó. Un auxiliar de enfermería recogió sus pertenencias, tiró algunos papeles sin importancia y metió lo demás en una bolsa de plástico. Volvieron a hacer la cama: alguien la estaba esperando.

Algunos amigos fueron a visitarlo y se encontraron con que había fallecido. La noticia corrió, un espasmo de pesar ante la desaparición de una mente aguda, una inteligencia brillante, un amigo generoso. Los favores aplazados ya no se dispensarían. Las palabras ásperas, fuera cual fuera el motivo o la causa, ya no podrían ser retiradas.

Murió con un libro recién salido al mercado, un ensayo en el último número de una publicación de carácter general y un relato a punto de aparecer en una conocida revista. Dejó tras de sí una respetable cantidad de trabajo, y una pila de manuscritos inéditos a los que su fallecimiento hizo más comerciales. Sus amigos continuaron recibiendo sus postales y cartas días después de su muerte.

Transcurridas varias semanas, su hija, afligida por la muerte de su padre, pero no demasiado contenta de tener que cargar con la responsabilidad, llegó desde otro estado para recoger sus papeles y libros, y disponer de algún modo del resto de sus pertenencias. Abrió la puerta con la llave y entró en el silencioso apartamento con olor a cerrado.

El espíritu del anciano seguía estando fuertemente presente: siempre había dejado su sello en todas sus posesiones relevantes.

Un paraguas con el mango tallado en forma de cabeza de ganso estaba apoyado contra la pared detrás de la puerta. Una etiqueta que colgaba del cuello, decía con la caligrafía de su padre: «Regalado gentilmente por Arthur Detweiler, a quien conocí en la sala de lectura de la biblioteca pública una lluviosa tarde de marzo».

Recorrió con la mirada el abarrotado apartamento de dos habitaciones. Precarias pilas de manuscritos y útiles de escritura. Montañas de ropa, trapos y vajilla sucia. Un puñado de CD sin caja esparcidos por el escritorio. Rimeros de libros, libros, libros.

Nunca antes había estado allí. Su padre se había trasladado, no mucho antes de su muerte, a este último apeadero remoto de su itinerante vida. La desorganización reinaba en el apartamento, que había entrado en la vida del anciano demasiado recientemente para que se lo pudiera llamar su hogar. Algunas pertenencias estaban en cajas de cartón, todavía sin desembalar desde este último traslado o desde el anterior.

Por un instante se le pasó por la cabeza la posibilidad de que alguien se hubiera colado en la casa con la intención de robar sus escasas pertenencias y las hubiera metido en cajas para llevárselas. Cuando su padre vivía en su anterior domicilio, había entrado un chaval con un cuchillo y le había exigido que le entregara los cuarenta dólares de la cartera. La posibilidad de que alguien hubiera podido entrar y registrar las cosas de su padre mientras este yacía moribundo en el hospital la hizo sentir enojada. Aunque bueno, se dijo, da igual. Su padre no se había llevado el dinero, pero seguro que tampoco había dejado demasiado en casa. Sus posesiones valiosas eran su mente, su perseverancia y sus dotes como escritor, y todo eso, eso sí que se lo había llevado consigo.

Adecentar el lugar le pareció una tarea de enormes proporciones, excesiva para encararla de buenas a primeras. Se prepararía un té antes. Si es que había té.

En la cocina había trozos de papel pegados por las superficies, encajados en las aberturas, metidos en botes. Un pedazo de papel pautado amarillo, pegado en la parte de delante del frigorífico, decía, «Este cacho de nevera, ¿para qué? Soy un anciano y no cocino».

Tampoco cocinabas de joven, pensó la hija. Un perrito caliente cuando ella iba a comer, comida china si se quedaba para la cena. De adolescente, intentando forjar una vida normal para este extravagante padre, había tratado de cocinar para él cuando lo visitaba, pero su padre no tenía paciencia con sus meteduras de pata.

En el horno, un papelito estaba pegado delante del reloj, tapando la esfera, «Ni caso a este reloj. Los relojes de horno siempre funcionan mal».

Notas cuadradas estaban pegadas por todo el horno:

«Por las mañana me preparo una taza de café, con permiso de mi estómago.»

«¡Una freidora! ¿Qué es lo que pretenden?, ¿matarme?»

«Hay que limpiar el horno. Mi madre se arrodillaba y lo limpiaba todas las semanas. Ella horneaba su propio pan, y todas las noches cocinaba algo caliente para la cena. Por las mañanas nos preparaba copos de avena hervidos, nada de esos desayunos de confleiks tostados instantáneos. Se confeccionaba su propia ropa, y también la de mi hermana. Lleva muerta treinta y cinco años y aún la echo de menos.»

La joven suspiró. Dentro de treinta y cinco años, ¿echaría de menos a su padre? A lo mejor vamos echando a la gente cada vez más de menos al irnos haciendo mayores, se dijo, aunque ella había aceptado la ausencia de su padre muchos años antes.

Cuando él se había trasladado a vivir a la otra punta del país, en busca de trabajo o de una mujer, había dejado por completo de sentirse su hija, de sentirse bajo su protección. Todavía no lo echaba de menos: no tenía la sensación de que hubiera muerto, sino de que simplemente se había marchado a otro lugar.

Llenó un cazo pequeño con agua y lo puso a hervir, luego abrió la puerta del armario contiguo al horno: una lata de levadura en polvo, una caja de cartón, un salero y un pimentero, vinagre, especias…

Al apartar un frasco de hierbas aromáticas, cayó una nota amarilla. «El olor del serpol, dice Plinio, ahuyenta las serpientes. Por otra parte, Dionisio de Siracusa lo considera afrodisiaco. Y tengo entendido que los egipcios utilizaban esta hierba para embalsamar, así que a lo mejor todavía acabo necesitando entero este paquete tan grande».

Metió la mano por detrás de las hierbas y alcanzó una caja de bolsitas de té de una marca blanca de supermercado. Mejor que nada. Escrito en la caja: «Mi madre bebió té Red Rose durante toda su vida, y yo me preguntaba cómo podía conformarse con beber un té que se llamaba rosa roja estando como estaba el mundo lleno de aromáticos tés con nombres tan seductores como Lapsang Souchong, Gunpowder o Caravana Rusa. Guardo esta caja para las visitas de paladar poco atrevido. En la lata que pone “Levadura en polvo” hay té bueno. ¿Por qué ahí? Ni idea».

Cogió la lata de la levadura en polvo. En el interior de la tapa había pegada una notita amarilla, que decía con caligrafía diminuta, «El famoso té verde de Uji, donde existe un templo dedicado a Inari atendido por musgosos zorros de piedra con baberos rojos». Su padre había pasado varios años en Japón estudiando zen. En opinión de ella, la experiencia no lo había convertido en una persona más tranquila, más tolerante, más en sintonía con el universo, ni en ninguna de esas cosas en las que ella creía que las religiones orientales te convertirían.

¿Y un infusor de té? Abrió el cajón de debajo de la encimera. Allí no había notas, pero entre los cuchillos y palas de cocina encontró un infusor de bambú. Lo cogió. En el mango, con trazos finos e inseguros de tinta negra, estaban escritas las palabras, «Se sale igual que si fuera un colador».

Sentada en el raído sillón de la sala de estar del apartamento, con una taza de té verde apoyada sobre el brazo del mismo, evaluó la situación. El contrato de arrendamiento vencía en una semana, y no tenía intención alguna de pagar otro mes de alquiler. Era mejor empezar ordenando y empaquetando los libros, y luego echar un vistazo al resto de cosas para ver qué podía vender y qué podía donar. Su intención no era conservar demasiado. ¿Realmente se habría leído su padre todos estos libros?

De niña, a ella le gustaba leer; pero a la lectura había que dedicarle mucho tiempo, tiempo que se pasaba íntegramente en la cabeza de otra persona. Las películas y la televisión se pueden mirar acompañado. A eso se reducía la cuestión: a cuánto tiempo se quiere estar solo, con un libro por toda compañía.

En el apartamento de su padre comprendió hasta qué punto los libros, y su compañía, habían sido el centro de su vida. No era solo que él creara libros; en cierto modo, los libros lo creaban a él. Él era la suma de los libros que había leído y de los que había escrito. Y ahora, lo único que quedaba eran los libros. Y ella misma.

Cuando era más joven, ella había considerado los libros, tanto los que su padre leía como los que escribía, rivales por su cariño. Y ya hacía mucho tiempo que se había retirado de la competición.

Cerrado sobre el escritorio, junto a la máquina de escribir, había un diccionario descomunal, el Webster’s Third New International Dictionary. Lo abrió. La encuadernación estaba destrozada, y la tapa cayó flácidamente sobre la mesa dejando a la vista la portada. El nombre del director estaba marcado con un asterisco de tinta roja, y la caligrafía de su padre cubría la parte inferior de la página: «El doctor Gove fue mi profesor de Lengua Inglesa durante mi primer año en la Universidad de Nueva York, en el viejo campus del Bronx allá por 1940. Me dijo que nunca había tenido un alumno tan prometedor como yo en primero», decía en rojo. Debajo, en negro: «Mis intentos por restablecer el contacto con él han resultado infructuosos».

Más tarde, en la página de los créditos editoriales de un ejemplar barato y forrado con plástico de otro diccionario, el Webster Ninth Collegiate, encontró una inscripción en rojo: «Asunto: ¿P. B. Gove?», y, de nuevo en negro: «P. B. Gove está muerto».

Como también lo estaba su padre. Y como también lo acabaría estando ella, tras dejar tras de sí todos los restos de su vida para que alguien los recogiera. Con esto en mente, las pequeñas notas amarillas cobraban sentido. Al igual que sus obras, las notas le permitían a su padre prolongar la duración de su vida, eran ganchos que se clavarían en la vida de otras personas cuando él ya no estuviera.

En el dormitorio había un montón de cajas vacías, ¿las cajas de donde habían salido los libros? Arrastró unas cuantas hasta la sala de estar y empezó a meter libros. Una caja para los que iba a conservar; otra para los que iba a vender; una tercera para los que no tenían ningún valor e iba a donar.

Había muchos para vender. Comprobó con cuidado que no tuvieran papelitos amarillos, pero lo único que encontró fueron anotaciones en los márgenes. Su padre mantenía un diálogo con todos los libros que leía, a veces polemizando sobre los hechos, a veces simplemente interrumpiendo el discurso del autor con sus propias evocaciones.

«Desembarcar de los transportes de tropas no era tan fácil como da a entender esta descripción.»

«Cuando estuve en Samarcanda en 1969, esta mezquita estaba abierta al público. Los azulejos de mayólica del iwan están entre los más maravillosos que jamás he visto.»

«1357 es el año que con más frecuencia aparece citado para esta batalla, aunque, en realidad, sin duda se libró en 1358.»

Frunció el ceño al ver las menudas anotaciones que seguro que iban a rebajar el precio de reventa del libro. ¿Por qué demonios habría llenado de comentarios todos esos ejemplares tan valiosos? Parecía una muestra de falta de respeto.

Abrió el Diario de Samuel Pepys y leyó la extensa nota que su padre había escrito en el interior. «Los libros son memoria —decía—. Recuerdan sus contenidos y los transmiten. Saben quién reivindica su propiedad, por quién fueron regalados y en ocasión de qué. Median, en sus márgenes, los desacuerdos entre lector y autor». Al parecer, los libros de su padre cargaban con una tremenda responsabilidad. ¿Podrían actuar como mediadores y solventar esa laguna de una década entre su padre y ella? ¿Puedes hacer las paces con alguien después de que haya muerto?

Mientras trabajaba, se percató de algo que la extrañó: las estanterías, que acostumbraban a ser lo más ordenado en todos los lugares en los que su padre había vivido, mostraban una cierta desorganización. Había huecos entre los volúmenes, aunque se veían pocos libros junto a la cama o por encima del escritorio. En el cuarto de baño encontró tan solo uno sobre el alfabeto griego; otro sobre arquitectura islámica, y un ejemplar encuadernado en tela barata del tomo Ed-Fu de la Enciclopedia Británica, edición décimo primera. ¿Qué libros faltarían? De nuevo volvió a preguntarse si alguien habría tocado las cosas de su padre.

Los siguientes días no pasaron volando, pero pasaron. Se terminó el té japonés de su padre y se comió un paquete de crackers sin abrir que había encontrado en el armario. Encargó pizza por teléfono. Bebió demasiada Pepsi Light.

Embaló las cartas y manuscritos para enviárselos a una biblioteca de Kansas que estaba dispuesta a quedarse con los papeles de su padre. Encontró numerosas fotografías de desconocidos, y unas pocas de personas que sí que le sonaban.

Una polaroid de su madre, a los veinte años tal vez, con un vestido naranja ridículo y unas recias botas de piel. Otra de su padre, ya un hombre de mediana edad, con ella de bebé en brazos. Sus rostros parecían reflejar tan solo una cosa: esperanza en el futuro.

Un barato marco doble plegable con una imagen borrosa de su padre de niño, dormido en el césped delante de un bloque de pisos, emparejada con otra de ella en una pose similar. Se parecían, pensó, un par de críos flacuchos con el pelo oscuro y muy corto. Curioso que su padre se hubiera percatado…

Encontró una fotografía minúscula, de tan solo unos seis centímetros cuadrados, de su padre durante la Segunda Guerra Mundial. Un adolescente delgaducho con pantalones de camuflaje y casco, posando con una ametralladora, y una foto similar de otro muchacho, en cuyo dorso decía: «Woody Herald, muerto en Guadalcanal». Nunca había oído hablar de Woody Herald, y su padre, empero, había guardado esa foto durante cincuenta años.

Clasificó libros, pero también leyó. No estaba avanzando tanto como le hubiera gustado. Los libros en los que él había escrito eran numerosísimos, y los estaba leyendo en completo desorden. Lo sabía porque él fechaba sus comentarios. Habría podido, no era irrealizable, ordenarlos e ir descubriendo los intereses y estados de ánimo de su padre al ir desfilando los mismos frente a ella. A lo mejor Woody Herald aparecía en alguna anotación. A lo mejor su madre y ella también estaban ahí.

Continuó encontrando notas amarillas. En el cajón de arriba de la cómoda, su padre guardaba carteras viejas, relojes que no funcionaban y gemelos, una docena de cajas de gemelos. ¿Cuándo crees, pensó, que se pondría camisas de puño francés? Abrió una caja al azar. En el interior había una nota amarilla: «Antes se podía saber la edad y posición social de un hombre gracias a sus gemelos. Hoy en día tienes que mirarle la camisa entera. Si es que lleva».

Tras la irritación inicial al descubrir que su padre había escrito en los libros, fue sintiendo, a medida que leía, que él había compartido más de sí mismo en ellos de lo que jamás lo había hecho en vida. Quizás debiera conservarlos: si los soltaba por el mundo (ya fueran vendiéndolos o donándolos), perdían su significado, se desligaban de su lugar legítimo. ¿Para quién había escrito las anotaciones?, se preguntó, ¿para ella? ¿Cómo podía saber que las leería? Se encontró apartando todos los ejemplares con los márgenes escritos, para enviarlos a su propia casa en lugar de venderlos, incluso aquellos que no le llamaban la atención.

Avanzada la tarde del tercer día ya estaba agotada, con numerosos libros todavía sin clasificar. A esas alturas ya debería haber sido mayor que las otras, pero, por lo que fuera, la pila de libros de los que iba a desprenderse era la más pequeña.

La física de la asimetría del tiempo. ¿Guardarlo o no? Lo abrió: estaba lleno de apretadas ecuaciones que demostraban que el tiempo no fluye hacia atrás. Era imposible que su padre hubiera entendido eso, pensó. Lo volvió a dejar en la pila. ¿Por qué tendría ese libro? Se arrellanó en el sillón, colocó los pies en el escabel y se permitió echar una cabezadita, tan solo unos instantes.

La despertó un sonido en el extremo opuesto de la sala, un ruido en la ventana. La hoja se abrió deslizándose, y un crío de aspecto faunesco se coló en el interior. Al ser mucho más grande que el niño, se sintió más sorprendida que asustada. ¿Sería él quien había revuelto los papeles de su padre? A lo mejor era un chiquillo del vecindario con el que su padre acostumbraba a charlar y al que daba caramelos. Esa posibilidad la molestó. ¿Qué clase de niño, y encima tan pequeño, robaría a un muerto?

La habitación estaba iluminada únicamente por la luz que entraba desde la calle. El crío avanzó en la oscuridad, evitando los lugares en los que, por lo que ella sabía, había cajas de libros y pilas de trastos. Se acercó a la estantería de las obras escritas por su padre, que todavía estaban sin empaquetar, cogió un ejemplar, lo abrió y comenzó a hojearlo, pasando las páginas de una en una. ¿Qué estaba buscando?, se preguntó. Estaba demasiado oscuro para leer. Lo observó desde las sombras, desde la parte más sombría de la sombría habitación, mientras iba examinando un libro detrás de otro, página por página. Finalmente le habló:

—Sea lo que sea lo que andas buscando, no está ahí.

El niño se volvió, sus ojos enormes y brillantes incluso en la oscuridad. Ella se levantó del sillón y avanzó hacia él.

—¿Qué estás haciendo? ¿Cómo puedes ver?

El oscuro pelo muy corto y ligeramente rizado, grandes ojos oscuros. Era menudo, de tal vez unos nueve años, y le resultó extrañamente familiar. ¿Lo habría visto merodeando fuera?

—¿Quién eres?

El crío no se movió, igual que un ratón o una ardilla que saben que los estás observando. Ella se acercó más.

—No tengas miedo. ¿Qué estabas buscando? —El chiquillo no parecía respirar siquiera—. ¿Te llevaste los otros libros?

Ni un sonido. Los ojos del niño atrapaban la luz y la reflejaban.

¿Sería mudo? ¿Podría oírla?

Sin previo aviso, el niño saltó sobre ella como un mono y la derribó, pataleando, arañando y mordiendo, intentando alcanzar sus ojos. Al principio, ella solo pretendía quitárselo de encima, pero no era tan fácil. Para ser tan pequeño, el chiquillo peleaba con mucha fiereza. Cuando el niño le apretó la tráquea, ella sintió un auténtico y repentino miedo. Reuniendo unas fuerzas que ignoraba poseer, levantó los brazos por entre los de él y los empujó hacia afuera por los codos, obligándolo a soltarle la garganta y haciéndole perder el equilibrio. Lo empujó a un lado y lo tumbó, con la cara contra la alfombra, y luego se le sentó encima. Se percató de que había dejado de forcejear. Le levantó la cabeza con precaución, tirando del pelo, y notó que se movía desmadejadamente. Le había roto el cuello. Se puso de pie y se arrodilló a su lado. No es que estuviera inconsciente. Estaba muerto, y parecía incluso más pequeño que antes.

¿Qué se supone que hay que hacer? Tenía que llamar a la policía. Ella no quería matarlo. ¿La creerían? ¿Por qué no iban a creerla? Se incorporó, tambaleándose. ¿Cómo podía deshacer lo que acababa de hacer? ¿Qué es lo que tendría que haber hecho de otra manera?

Sin atreverse a encender la luz, atravesó con cuidado el sombrío cuarto camino de la cocina. Llenó un vaso de agua en el grifo y se lo tomó de un trago. Se quedó plantada allí sin moverse durante un minuto, dos minutos. Luego regresó a la sala de estar. Llamaría a la policía.

Se acercó al niño muerto. En la oscuridad, el cadáver apenas se distinguía de las pilas en las que había clasificado los libros por el suelo. Seguía resultándole extrañamente familiar, con un aire a su padre de niño, pensó. A esa foto suya de pequeño dormido en el césped.

Cerca de la cabeza del chiquillo había un papelito amarillo. Lo cogió.

«Chéjov escribió: “Solo los tontos y los charlatanes lo saben y lo entienden todo”.»

—Totalmente de acuerdo —dijo—, pero ¿es posible saber y entender algo? ¿Es irrecuperable el pasado? ¿Es posible hacer las paces con los muertos?

Se arrodilló junto al cuerpo. ¿Se parecía a su padre? ¿Se parecía a ella? Las preguntas quedaron sin respuesta. No había cuerpo alguno; tan solo más y más montones de libros.

Se agachó y cogió uno de la pila que había sido el niño. La física de la asimetría del tiempo. Tomó el bolígrafo, abrió el volumen y escribió en la guarda: «Por motivos desconocidos para la física, el tiempo solo fluye en una dirección. La mente y el corazón, curiosamente, transcienden el tiempo».

© Copyright 2004 Eileen K. Gunn

Todos los derechos reservados, incluidos los de reproducción en formato electrónico, papel y en internet.

Primera publicación en Stable Strategies and Others, Eileen Gunn (Tachyon Publications, San Francisco 2004).

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4 respuestas a Reconciliación, de Eileen Gunn

  1. Ayrton da Silva dijo:

    Simplemente genial.

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