Presencia, de Maureen F. McHugh

Maureen F. McHugh es ya conocida por los seguidores de este blog, puesto que desde febrero de 2013 habéis podido leer aquí su relato La hija de Frankenstein. Así que, sin más preámbulo, pasemos a hablar del nuevo cuento de esta autora que hoy tengo el placer de compartir con vosotros.

Presencia (Presence), relato nominado a los premios Hugo de 2003, se publicó por primera vez en marzo de 2002 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Unos meses más tarde, Gardner Dozois lo incluyó en The Year’s Best Science Fiction: Twentieth Annual Collection, su prestigiosa antología anual con la mejor ciencia ficción breve del año, y también se puede leer en Mothers & Other Monsters, la primera de las colecciones de relatos de la propia Maureen, publicada por la interesante editorial Small Beer Press bajo licencia Creative Commons, que puede descargarse íntegramente aquí. Al igual que La hija de Frankenstein, se trata de un emotivo relato de ciencia ficción de futuro cercano que plantea una situación que ¿ojalá? tengamos a la vuelta de la esquina.

Ya por último, vaya de nuevo mi agradecimiento para la editorial Small Beer Press, que nos permite disfrutar gratuitamente de este y de más cuentos de sus autores, y, muy especialmente, para la propia Maureen. Thanks a million, Maureen!

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ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar aquí los tres formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI), gracias una vez más a la amable colaboración de Jean y Johan.

Presencia

Maureen F. McHugh

Mila está sentada en su mesa en Ohio y coge el mango de la nueva maquinilla de afeitar desechable en… ¿Shen Zhen, en China?, ¿en Juárez, en México? No recuerda dónde están ensamblando las piezas. Mueve la cámara hacia la izquierda y hacia la derecha, y decide que debe de ser Shen Zhen, porque cuando mira a su alrededor no hay nadie más en su campo visual. La diferencia horaria es de doce horas. En China son las once de la noche, así que la única actividad corresponde a otro ingeniero de producción trabajando telepresencialmente: manipuladores por control remoto revisando un cubo lleno de bisagras dos mesas más allá en un círculo de luz. Las fábricas son lugares sucios y poco iluminados, pero las cámaras necesitan luz, así que las estaciones telepresenciales son islas en la oscuridad.

Levanta la pieza de plástico azul oscuro y la sitúa delante de la máquina de medición de coordenadas, y espera a que esta mida la cavidad. Calcula que alrededor de un veinte por ciento no se ajustan a las especificaciones, pero llevan tanto retraso en el lanzamiento de las maquinillas que no pueden permitirse esperar a que el vendedor les proporcione una nueva remesa; así que al día siguiente, los mal pagados empleados chinos del departamento de materias primas de Shen Zhen tendrán que inspeccionar a mano las piezas, descartar las malas y pasar las demás a la sección de embalaje.

Suena el teléfono.

Se quita los manipuladores y el visor. La pantalla del teléfono muestra el número de su casa y Mila da un respingo.

—Hola —dice su marido, Gus—. Hola, ¿quién es?

—Soy Mila —responde ella—, soy Mila, cariño.

—¿Mila? Eso es lo que decía la tecla de marcación abreviada. ¿Dónde estás?

—Estoy en el trabajo.

—¿En P&G?

—No, cariño, ahora trabajo en Gillette. Tú también has trabajado en Gillette.

—Yo no —dice él con recelo.

Gus tiene alzhéimer a sus cincuenta y siete años.

—¿Dónde está Cathy? —le pregunta Mila.

—¿Cathy? —Gus baja la voz—, ¿se llama así? Te llamaba porque ella estaba aquí. ¿Qué está haciendo en nuestra casa?

—Está en casa para ayudarte —responde Mila sabiendo que no va servir de nada.

Cathy es la nueva cuidadora. Ya lleva casi tres semanas a cargo de Gus durante el día, pero él sigue telefoneando para preguntar quién es.

—Es negra —dice Gus—. Aunque no es que eso me importe. ¿Es del barrio? ¿Es amiga de Dan?

Dan es su hijo. Tiene veinticinco años y vive en Boulder.

—¿Tienes hambre? —le pregunta Mila—. Cathy puede prepararte un sándwich. ¿Te apetece un sándwich?

—No necesito que me ayuden —dice Gus—. ¿Dónde está mi coche? ¿Está en el taller?

—Sí —responde Mila, aprovechando el cambio de tema.

—No es verdad. Me estás mintiendo. En casa hay una mujer, una desconocida, y es ella quien ha cogido mi coche.

—No, cielo —le asegura Mila—. ¿Quieres que vaya a comer a casa?

Son las once; podría salir a almorzar temprano. Aunque no es que le apetezca demasiado ir a casa si Gus está agitado.

Gus cuelga el teléfono.

«Hijo de puta», piensa Mila, y luego agarra su bolso.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cathy está en la puerta, sujetándose los codos con las manos. Tiene veinticinco años y Gus es el primer trabajo que le asigna la agencia de servicios domiciliarios de asistencia a la salud. A Mila le cae bien, e incluso le gustan sus largas uñas pulidas y bellamente decoradas

—Señora Schuster… el señor Schuster se ha escapado. Iba a seguir su localizador, pero se ha llevado mi receptor. Lo siento, lo tenía en el bolso y ni se me pasó por la cabeza que lo fuera a coger…

—¡Oh, Dios! —exclama Mila.

Corre al piso de arriba y coge su receptor de la mesilla de noche. Lo enciende y ve que Gus está a menos de trescientos metros. La flecha indicadora dice que no se dirige hacia Glenwood, donde está todo el tráfico, sino hacia el extremo sin salida de la calle o quizás hacia el estanque.

—Lo siento, señora Schuster —se disculpa Cathy.

—No está lejos. No es culpa tuya. Es muy astuto.

Bajan los escalones de la entrada. Cathy es muy joven. Ahora mismo está muy preocupada y continúa abrazándose nerviosamente los codos como si le dolieran las costillas. Tiene las uñas rosas, adornadas con largos trazos que parecen los rayos de un amanecer. Sigue de cerca a Mila, arrastrando sus zapatos planos. Es una chica tranquila, que no se suele alterar, y por eso Mila había tenido esperanzas de que a Gus le cayera bien.

Encuentran a Gus al doblar la esquina y girar hacia el extremo sin salida de la calle. Está en el jardín lateral de una casa a cuyos dueños Mila no conoce… y menos mal que durante el día en la vivienda nunca hay nadie, salvo los niños. Está en cuclillas con los pantalones bajados junto a un arriate; Mila vislumbra los vellosos muslos y cruza los dedos para que no se lo esté haciendo en los pantalones. Detrás de él se alzan espigas de malvarrosas rosa pálido.

—¡Gus! —le llama.

Él le hace un gesto indicándole que se vaya.

—Gus —insiste ella, con Cathy todavía a la zaga—, Gus, ¿qué estás haciendo?

—¿Es que no se puede ir tranquilo al baño? —dice él, y suena tan a Gus que, si Mila no estuviera acostumbrada a toda esta locura, quizás se hubiera echado a llorar.

Pero no llora. Porque le trae sin cuidado. Y es en ese momento cuando decide que todo esto tiene que terminar. Porque le trae sin el más mínimo cuidado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

«En ocasiones se puede curar el alzhéimer, pero lo que no es posible es curar a la persona que tiene alzhéimer —explica el vídeo informativo sobre el tratamiento—. Podemos reparar el cerebro y reemplazar las neuronas dañadas con tejido cerebral nuevo, pero no podemos reemplazar los recuerdos perdidos». «El alzhéimer siempre ha sido así —piensa Mila—, una enfermedad progresiva e insidiosa, que se lleva a la persona a la que conocías y te deja a este desconocido desorientado y cascarrabias». El vídeo continúa explicando cómo el tratamiento (que es casi plenamente efectivo en alrededor de solo el treinta por ciento de los casos, pero que detiene el progreso de la enfermedad en un noventa por ciento y proporciona una cierta mejoría funcional en prácticamente la totalidad de los mismos) no puede reparar las zonas del cerebro que han sido destruidas.

Mila es ingeniero de calidad. Y está acostumbrada a moverse en este campo, entre porcentajes y estimaciones, afirmaciones seguras sobre grupos grandes y tan solo conjeturas sobre individuos particulares. Así que es capaz de traducirlo: «Podemos prometerle todo, pero lo que no podemos prometerle es que le vaya a suceder a Gus».

En cualquier caso, Gus ya no está allí, salvo en los raros momentos en los que todavía se impone la fuerza de la costumbre.

Cuando se lo diagnosticaron, Gus y ella hablaron de si debían probar este tratamiento. Se habían sentado en la mesa de la cocina, un par de ingenieros, y habían examinado la cuestión con detenimiento. Gus había dicho que no. «Hay bastantes probabilidades de que en cinco años volvamos a tener el alzhéimer aquí —había dicho—. Y nos encontraremos con que habremos gastado todo este dinero en un tratamiento que no habrá servido de nada, y ¿qué pasará contigo entonces?».

En algunos casos, el alzhéimer reaparece a los cinco años. No obstante, el tratamiento solo lleva siete años aplicándose, así que ¿quién sabe?

Gus había pintado un diagrama con las ventajas. En el mejor de los casos, se curaría; pero lo más probable sería que lo único que consiguieran fuese gastar un montón de dinero para ralentizar la enfermedad. «E incluso aunque me cure, el alzhéimer podría atacar de nuevo —había dicho—. No creo que quiera tener esta enfermedad durante mucho tiempo. Y sé que no quiero tenerla dos veces».

Para ser un hombre tiene las manos pequeñas, pero no delicadas, aunque pueda sonar a eso. Sus manos son perfectas; las uñas, limpias y lisas, sin que tuviera que andar arreglándoselas continuamente. Había sido muy mañoso con los lápices; era bueno haciendo dibujos técnicos antes de que se empezara a utilizar el ordenador, y su diagrama de ventajas e inconvenientes en un trozo de papel de la impresora le había quedado elegante y claro. «No llores», le había dicho Gus.

Gus no sabía qué hacer cuando ella lloraba. Durante los treinta años de su matrimonio, cuando había tenido que llorar (que siempre era por la noche, al menos por lo que ella recordaba), Mila había bajado al piso de abajo una vez él ya estaba acostado, se había sentado en el sofá y había llorado. Le hubiera gustado que Gus la consolara, pero en el matrimonio se aprende cuáles son los límites de la otra persona. Y los de uno mismo.

Con lo que saque de la venta de la casa, Mila puede hacer que introduzcan una enzima en el cerebro de Gus que limpiará la placa alzheímica que ha remplazado gran parte de su estructura neural. Y luego introducirán células no diferenciadas, y una sustancia llamada Transglycyn que contendrá un virus que le dirá al ADN del interior de esas células que cree las neuronas que constituirán el nuevo cerebro de Gus.

Mila telefonea a Dan, que está en Boulder.

—Creía que papá y tú no queríais ese tratamiento —dice Dan.

—Eso creía yo también —responde ella—. Pero no sabía cómo iba a ser esto.

Dan se queda en silencio. Silencio digital. Un silencio en el que se oiría el vuelo de una mosca.

—¿Quieres que vaya a casa? —pregunta Dan.

—No. No, tú quédate ahí. Acabas de empezar en el nuevo trabajo.

Dan es chef. Había estudiado en el Instituto Culinario Estadounidense y pasado un par de años trabajando como jefe de partida en el restaurante Four Seasons de Nueva York. Y ahora Étienne Corot va a abrir un nuevo restaurante en Boulder llamado, cómo no, Corot, y Dan ha conseguido trabajo como segundo jefe de cocina. Es un ascenso. El siguiente paso para conseguir hacerse un nombre, y así algún día poder abrir su propio restaurante.

—No pierdas de vista el Schuster’s —le dice Mila.

Se trata de un vieja broma entre ellos, lo de que él va a abrir un restaurante de lujo que se llamará Schuster’s. Y ambos están de acuerdo en que Schuster’s suena a nombre de restaurante franquiciado.

—Artesia —dice él.

—¿Artesia?

—Es el último nombre —explica Dan. Desde que empezó en el Instituto Culinario, los dos han estado proponiendo nombres para el restaurante que abrirá algún día—. ¿Te gusta?

—Si consigo no pensar en la ciudad ganadera de Nuevo México que también se llama así.

—¡Venga ya! —dice Dan, y Mila se lo imagina en el otro extremo de la línea telefónica, la cabeza gacha, igual que su padre.

Dan es un par de centímetros más alto que Gus y tiene sus mismos largos brazos y piernas. Por desgracia, también ha heredado las entradas de su padre y, a sus veinticinco años, sus sienes ya desnudas despiertan en Mila sentimientos de protección y ternura.

—Puedo coger un avión —ofrece él.

—No es una operación —le dice Mila repentinamente irritada. Le gustaría que Dan fuese, pero tampoco iba a servir de nada—. Y me iba a cansar de estar ahí sentada contigo, cogidos de la mano, esperando estos tres meses mientras eliminan la placa, porque ni tú ni yo vamos a notar que esté pasando nada.

—Vale.

—Dan, tengo la sensación de que me estoy gastando tu dinero.

—El dinero me trae sin cuidado. Y además no me gusta hablar del dinero de ese modo. Lo que pasa es que como papá se negó a someterse al tratamiento me da un poco de mal rollo.

—Ya lo sé, pero es que ya no siento que esta persona siga siendo tu padre.

—Después del tratamiento no será papá, ¿verdad?

—No. No, pero al menos es posible que sea una persona capaz de cuidar de sí misma.

—Mira, mamá —dice él, con voz adulta y seria—. Eres tú quien está ahí, quien se está enfrentando a ello todos los días. Haz lo que tengas que hacer. No te preocupes por mí.

Mila siente cómo los ojos se le inundan de lágrimas.

—De acuerdo, cielo —dice—. Bueno, tienes cosas que hacer…

—Llámame si quieres que vaya.

Mila quiere que cuelgue antes de empezar a llorar.

—Lo haré.

—Te quiero, mamá.

Sabe que se ha dado cuenta de que estaba llorando.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—No estoy enfermo —dice Gus.

—Es solo una revisión —le asegura Mila.

Gus está sentado en calzoncillos y camiseta en la mesa de examen del consultorio. Tiempo atrás, cuando lo veía así, le recitaba la lista de todo de aquello que le gustaba en él: la nariz, los ojos azules hechos para mirar a lo lejos, el hueco de la clavícula, las largas piernas… «Enséñame el trasero», le decía, y él se volvía y lo sacudía frente a ella, y los dos se partían de risa como un par de críos.

—Ya hemos esperado bastante —se queja Gus.

—Tampoco llevamos tanto —dice Mila, y, en ese momento, el doctor llama y abre la puerta. Lo acompaña una ATS, una mujer negra, con un carrito.

—¿Quién es usted? —pregunta Gus.

—Soy el doctor Feingold.

Y tiene paciencia, el doctor Feingold. El día anterior estuvo reunido con ellos una hora, y esa misma mañana han estado hablando unos minutos antes de que a Gus le hicieran el análisis de sangre. Pero Gus no se acuerda. Estaba peor de lo normal. Están en Atlanta para el tratamiento. Lexington, en Kentucky, y Windsor, en Ontario, también tienen clínicas donde se aplica, pero el doctor Feingold ha trabajado con Raymond Miller, el especialista que lo ha desarrollado. Por eso Mila ha elegido Atlanta.

Gus está inquieto.

—Usted no es mi médico —dice.

—Soy un especialista, señor Schuster —le explica el doctor Feingold—. Voy a ayudarle con sus problemas de memoria.

Gus mira a Mila.

—Es cierto —le asegura ella.

—Quieres hacerme daño. Me vas a matar, ¿verdad?

—No, cielo. Estás enfermo. Tienes alzhéimer. Estoy intentando ayudarte.

—Me has estado envenenando.

«¿Será porque tiene miedo?, ¿porque todo le resulta completamente extraño?»

—Si quiere, puede vestirse —interviene el doctor Feingold—, y podemos intentarlo de nuevo dentro de una hora.

—No quiero intentar nada —afirma Gus.

Se pone de pie. Lleva unos calcetines deportivos blancos y tiene las pantorrillas enjutas de un anciano. La enfermedad lo ha envejecido mucho más allá de sus cincuenta y siete años. En cierto modo, Mila lo está matando. Gus no va a regresar jamás, y ahora ella lo va a reemplazar con un desconocido.

—Tómense su tiempo —dice el doctor.

Es la primera vez que Mila está en la consulta de un médico que no tiene una agenda apretadísima. Aunque también es la primera vez que paga 74.000 dólares por una consulta, que es lo que va a costar la inyección de Transglycyn que le van a poner ese día a Gus para limpiar la placa del cerebro. Bueno, no es solo la visita y el Transglycyn. Se van a quedar un par de días más durante los que Gus va a estar monitorizado.

—¡Que os den! —suelta Gus, volviéndose a sentar—. ¡Anda y que os den a todos!

—Muy bien, señor Schuster —dice el doctor Feingold. La ATS acerca el carrito y el doctor Feingold continúa—: Voy a ponerle una inyección, señor Schuster.

—¡Que os den! —repite Gus.

Gus no solía decir cosas así antes.

El Transglycyn con la enzima debe ser inyectado en la columna vertebral, pero el doctor Feingold coge una jeringuilla hipodérmica y le pone una inyección a Gus en la parte interior del codo.

—¡Quédese tumbado un momento! —le dice el doctor.

Gus se queda en silencio.

—¿No se pone en la espalda? —pregunta Mila.

—Así es, pero ahora mismo lo que quiero es que se calme un poco, así que le he puesto algo para tranquilizarlo.

—No me había comentado nada de esto —se queja Mila.

—No quiero que cambie de opinión mientras le estamos inyectando la enzima. Esto lo relajará y lo hará más manejable.

—Manejable… —repite Mila. Debería quejarse: lo están drogando y no se lo habían advertido. Pero está más que acostumbrada a que Gus no sea manejable. Manejable suena bien. Suena estupendamente—. ¿Es un tranquilizante? —pregunta.

—Es un nuevo fármaco —asegura el doctor Feingold mientras escribe en el informe de Gus—. La mayoría de los tranquilizantes pueden hacer que los pacientes con alzhéimer se pongan todavía más nerviosos.

—Tengo alzhéimer —les interrumpe Gus—. El alzhéimer hace que me ponga nervioso. Pero a veces lo sé.

—Sí, señor Schuster, así es —dice el doctor Feingold—. Esta es Vicki. Me ayuda siempre con esto, y lo hacemos muy bien, pero cuando lo coloquemos de costado necesito que se quede muy quieto, ¿de acuerdo?

Gus, que odiaba que los médicos lo trataran con condescendencia, responde medio grogui por la inyección, «De acuerdo». Gus, que durante una colonoscopia, con un buen colocón producto de la sedación, le preguntó al médico si ya habían llegado al íleon, porque, incluso con el cerebro mecido por los opiáceos, le gustaba enterarse de todo.

Entre Vicki y el doctor colocan a Gus de costado.

—¿Está cómodo, señor Schuster? —pregunta Vicki, con el acento sureño de Atlanta.

El doctor sale de la consulta. Regresa con otras dos personas, dos hombres, y le colocan a Gus un almohadón detrás de las rodillas, para que no le resulte fácil girarse, y luego otro en la nuca.

—¿Está bien, señor Schuster? —le pregunta el doctor Feingold—. ¿Está cómodo?

—Bien —masculla Gus.

Vicki le levanta la camiseta y deja al aire la nudosa columna. El doctor Feingold marca un punto con un bolígrafo negro. Le palpa la espalda como una mujer ciega, el rostro ausente por la concentración, y luego coge una jeringuilla y dice:

—Va a notar un pinchazo, señor Schuster, que hará que se le adormezca la piel de la espalda, ¿de acuerdo?

Y le pone otra inyección a Gus.

Gus dice, «Ay», con solemnidad.

El doctor Feingold y Vicki hacen algunas marcas más con el bolígrafo. Y luego, con otra jeringuilla, el doctor le pone cuidadosamente otra inyección en la espalda. Deja dentro la aguja durante un instante y retira la parte donde está el fármaco. Vicki la coge y le da otra jeringa, y él la encaja en la aguja hipodérmica e inyecta el contenido.

Mila no está segura de si es más analgésico o de si es el Transglycyn.

—Muy bien, señor Schuster —dice el doctor—. Ya hemos terminado con el fármaco, pero quédese tumbado sin moverse unos minutos.

—¿Es como cuando te hacen una punción lumbar? —pregunta Mila—. ¿Le va a doler luego la cabeza?

El doctor Feingold mueve la cabeza negativamente.

—No, señora Schuster, esto es todo. Cuando se sienta con fuerzas para sentarse, puede hacerlo.

Así que ya está en su interior. Pronto empezará a devorar la placa de su cerebro.

Aunque las zonas que deje limpias ya habían dejado de ser Gus. Así que no es que Gus vaya a perder nada que no hubiera perdido ya. Pero, a pesar de ello, a Mila le molesta pensar en ese mejunje, el Transglycyn, moviéndose por los senderos gris plateado de sus neuronas, limpiando ese queso suizo en que se ha convertido el cerebro de Gus por culpa de la enfermedad. Y luego, ¿qué?, ¿quedan agujeros en el cerebro? Agujeros rellenos de fluido, el tejido poroso como una esponja, y el pobre Gus caminando arrastrando los pies, colérico y desesperado.

Le gustaría acariciar su pobre cabeza. Pero está tranquilo, sedado, y quizás sea mejor que lo deje en paz.

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La clínica se parece más a un hotel que a un hospital; la cama tiene una colcha con flores y encima de la cabecera hay un cuadro con un jarrón con rosas color crema y melocotón. Tras haber pasado el día sedado, Gus está inquieto. No quiere irse a la cama. Si Mila se acuesta, intentará salir al pasillo, aunque la puerta está cerrada por dentro para impedírselo. Junto a la puerta hay un teclado, y Mila ha utilizado como clave la fecha del cumpleaños de Dan. No cree que Gus sepa ya cuándo es el cumpleaños de Dan. Un cartel en la puerta dice que, en caso de incendio, todas se abrirán automáticamente. Gus pasa los dedos por la rendija que queda entre la jamba y la pared.

—Quiero salir —dice, y ella le dice que no puede—. Quiero salir —insiste él.

—No estamos en casa, tenemos que quedarnos aquí dentro —le explica Mila.

—Quiero salir —repite Gus, una y otra vez, mucho después de que Mila haya dejado de responderle.

Por fin acaba sentándose y mira la televisión durante cinco minutos, pero luego se levanta y se acerca de nuevo a la puerta.

—Vámonos a casa —dice esta vez, y, cuando ella no responde, sus largos dedos corren como arañas arriba y abajo por el borde de la puerta.

Se sienta, se levanta y se queda junto a la puerta durante varios minutos, veinte, treinta minutos seguidos, hasta que ella, ciega de cansancio y con los ojos ardiéndole por las lágrimas, le acaba gritando:

—¡No se puede salir!

Durante un instante, Gus la mira, perplejo. Luego se vuelve de nuevo hacia la puerta y repite quejumbrosamente:

—Quiero salir.

Llega un momento en que Mila se le acerca y, tomando sus manos entre las suyas, le dice:

—Los dos estamos atrapados.

Se siente mareada por la fatiga, pero si llora él todavía se pondrá peor. Gus la mira y luego retoma su examen de la puerta, con los dedos revoloteando como polillas. Mila apaga la luz y él empieza a gemir, «Aaay, aaay, aaay…», hasta que ella vuelve a encenderla.

Finalmente, Mila lo aparta a un lado y sale, dejándolo encerrado en la habitación. Baja a la sala de espera, se sienta en un sofá y levanta los pies descalzos para meterlos dentro del camisón. La sala está desierta. Se plantea el quedarse a dormir allí durante unas horas. Se siente vacía y vulnerable. Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos; le llega un ruido lejano, del sistema de ventilación, y ese extraño vacío audible de las habitaciones grandes, y nota cómo al momento su cerebro se lanza en picado hacia una especie de pesadilla en la que se va quedando dormida pensando en que alguien está enfermo y en que tiene que hacer algo al respecto, y, cuando se despierta con un sobresalto, una ola de agotamiento anega todo su cuerpo

No puede quedarse en la sala. ¿Estará Gus gimiendo en la habitación?

Cuando abre la puerta, allí está Gus de pie, pero Mila tiene la extraña sensación de que es posible que no se haya percatado de que se había marchado.

Alrededor de las tres y cuarto de la madrugada, por fin consigue convencerle de que se acueste, pero se vuelve a levantar poco después de las seis.

Al día siguiente, Mila pregunta si puede deberse a lo que le han inyectado, pero no es eso, por supuesto. Es la sensación de extrañeza. La habitación extraña, el lugar extraño, el alzhéimer, su cerebro devastado.

El asistente social sugiere que, hasta que estén preparados para introducir las células y estimular el crecimiento neuronal, Gus debería quedarse en una residencia para ancianos con demencia.

Incluso aunque se lo pudiera permitir, Mila piensa que debería negarse. Cuando reesculpan su cerebro, Gus será una persona distinta, pero seguirán casados, y ella quiere estar con él y participar en todo el proceso, de manera que, tal vez, su nuevo marido, el nuevo Gus, sea todavía alguien a quien ella ame. O al menos alguien con quien pueda seguir estando casada.

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Mila tiene suerte de poder permitirse el tratamiento. Se trata de un tratamiento experimental, por lo que el seguro no lo cubre. Gus y ella habían guardado para su jubilación algo del dinero de sus padres, pero no puede tocarlo porque, según su gestor, eso sería como la explosión de una bomba de relojería que haría que su impuesto por incremento de patrimonio saliera despedido hacia las nubes. Pero sí que pueden vender la casa.

Vende la casa por 217.000 dólares. La primera mitad del tratamiento cuesta unos 74.000; la segunda, algo más de 38.000. La terapia física debería costar poco más de 2.100 dólares al mes. La asistencia domiciliaria contratada a través de una agencia, alrededor de 32.000 (el seguro ya no seguirá pagándola al tratarse de un tratamiento experimental). Y eso sin contar los billetes de avión y montones de gastos imprevistos. Al menos la casa está totalmente pagada, y su gestor se las arregla para conseguir que le queden 30.000 dólares para la entrada de un pequeño adosado.

El adosado tiene dos pisos, un patio trasero del tamaño de un sello postal y unos gastos de comunidad de 223 dólares al mes. La cuota mensual de la hipoteca es de 739 dólares.

El salón y la cocina están en el piso de abajo y en el de arriba hay dos dormitorios. La alfombra es gris pálido, y los muebles de salón de Mila, que son de unos anticuados e intensos tonos marfil, ocre y rojo, no encajan demasiado bien, pero tampoco quedan tan mal.

—¿Por qué está aquí nuestro sofá? —pregunta lastimeramente Gus—. ¿Cuándo podemos marcharnos a casa?

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Una noche, cuando Gus dice que quiere irse a casa, Mila lo monta en el coche y arranca. Cuando Dan era un bebé y no conseguían que se durmiera, el sonido del motor del coche lo calmaba, y ahora parece ejercer el mismo efecto sobre Gus, que se acomoda contento en el asiento del pasajero de su sedán Honda de siete años y, mientras ella conduce, acaricia el reposabrazos y tararea. Al principio Mila no está segura de si el tarareo significa que está nervioso, pero pasado un rato decide que suena contento.

—¿Te gustan los paseos en coche? —le pregunta.

Gus no responde, pero continúa tarareando, «la, la, la, la».

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Otra noche se despierta sola en la cama. Los enfermos de alzhéimer no duermen demasiado. Antes, cuando Gus o Dan se levantaban por la noche, los oía, pero últimamente está demasiado cansada.

Lo encuentra en la cocina, sacando de la nevera el bol con macarrones con salsa de queso, que está tapado con papel de aluminio porque Mila se ha quedado sin film transparente.

—¿Tienes hambre? —le pregunta.

—Ya lo hago yo —dice Gus.

Su voz suena normal y segura. Mete el bol en el microondas.

—No puedes meterlo en el microondas, cielo —le avisa Mila—. Primero tienes que quitar el papel de aluminio que lo tapa.

Mila odia el hecho de que solo lo llama cielo cuando está molesta con él o cuando no quiere hacerlo enfadar. La hace sentir pasiva agresiva, o algo así.

Gus cierra la puerta del microondas y aprieta el botón para programar el tiempo.

—Gus, no hagas eso.

Mila alarga el brazo y abre la puerta del microondas, y Gus la aparta de un empujón.

—Gus, para.

Alarga de nuevo el brazo hacia la puerta y él la vuelve a apartar con otro empujón.

—Déjalo —le dice Gus.

—No se puede. Tiene papel de aluminio.

«Por el amor de Dios, Gus es ingeniero. O lo era.»

Mila intenta detenerlo. Le agarra el antebrazo con la mano, y él se vuelve hacia ella con una mueca de ira en el rostro, libera el brazo y le da un puñetazo en la cara.

Sigue siendo un hombre alto y fuerte, y el puñetazo la derriba.

Mila ni siquiera sabe cómo reaccionar. Nadie le ha pegado un puñetazo desde que tenía unos doce años, y aquel fue un puñetazo bastante torpe, aunque le hizo sangrar la nariz. El golpe le impide pensar mientras yace sobre el suelo de la cocina. Gus aprieta el botón y el microondas comienza a funcionar.

Mila se palpa el rostro. Tiene un corte en el labio y nota el sabor a sangre. Le duele la cara.

La luz oscila cuando en el microondas salta un arco eléctrico. No se siente capaz de levantarse y hacer algo al respecto. Gus mira con cara de pocos amigos. No a ella, sino al microondas.

Mila se sienta y se examina la cara. Con la lengua nota que tiene un diente flojo. Gus no le presta ninguna atención. Está observando el microondas. Concentrado. Es una parodia del ingeniero resolviendo un problema.

En el microondas, los arcos voltaicos empiezan a saltar ya en serio y Gus retrocede.

Mila se queda sentada en el suelo hasta que del microondas empieza a salir humo, y solo entonces se levanta. Ni siquiera tiene ganas de llorar, aunque le duelen la mejilla y la boca. Aprieta el botón para pararlo, lo saca de su hueco y lo desenchufa. Dejándolo medio fuera, va hasta el fregadero y escupe saliva ensangrentada. Se aclara la boca y luego limpia el fregadero.

—Sube y acuéstate —dice.

Gus la mira. «¿Estará enfadado?», piensa Mila mientras retrocede fuera de su alcance. Tiene miedo. Gus no es un niño, es un hombre corpulento. ¿Va a enfadarse con ella porque sigue teniendo hambre?

—Te voy a calentar un poco de sopa —le ofrece Mila—. ¿Te parece?

Gus aparta la mirada, con la boca entreabierta.

Mila coge una manopla de cocina, abre con cuidado el humeante microondas y saca los macarrones. El bol de cerámica se ha partido por la mitad y el papel de aluminio está ennegrecido, pero consigue sujetarlo todo bien junto hasta que lo tira a la basura. Gus se sienta. Mila saca el microondas al jardín. No cree que esté ardiendo por dentro, pero tampoco está segura. Y no puede sentarse a vigilarlo y dejar a Gus solo. Así que si empieza a arder, pues mala suerte. Y además la hierba está húmeda.

Cuando vuelve adentro, se encuentra a Gus en el salón comiendo helado directamente del envase con una cuchara de servir. Tanto él como el sofá están manchados de helado.

Le da miedo acercársele, así que se sienta en una silla y lo mira comer.

No puede quitarse de encima la sensación de que el hombre que tiene delante no debería ser Gus, porque el Gus con el que ella ha estado casada nunca, nunca jamás le hubiera pegado. El Gus con el que estaba casada tenía ciertas características inalienables: su limpieza, casi maniática; su meticulosidad; su desesperada necesidad de ser bueno, de ser muy bueno. Pero este hombre sigue siendo Gus. Incluso con el helado chorreándole por las piernas y por el sofá. ¿Qué es exactamente Gus? ¿Qué es lo que define la gusnidad? ¿Con qué se casó? No es solo con ese cuerpo tan familiar. En su interior también hay algo de Gus. Algo que está presente aunque ella no consiga dar con ello; aunque tal vez sean tan solo los hábitos propios de la gusnidad.

Más tarde, cuando Gus se acuesta pringado de helado, Mila tira el envase aunque todavía está medio lleno. En el exterior, el microondas sigue inerte sobre el césped, oliendo ligeramente a electrodoméstico recalentado. Mila sube y se acuesta en el otro dormitorio.

Intenta decidir qué hacer. El Transglycyn está devorando la placa, pero Gus no empezará a mejorar hasta que reemplacen las neuronas y crezcan las nuevas, y a Atlanta todavía no tienen que volver hasta dentro de un mes. Además, Mila no va a empezar a apreciar ninguna mejoría hasta tres meses después de este segundo viaje.

Menudo cabrón… menudo cabrón es el alzhéimer.

No sabe qué hacer. Ni siquiera puede permitirse pedir unos días de permiso en el trabajo. Así que decide que el sábado contratará un cuidador, reservará una habitación en un hotel y dormirá unas horas. Le sentará bien. Cuando no esté tan cansada pensará mejor.

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Su mejor amiga en el trabajo es Phyllis, que también es ingeniero de calidad. Cada vez hay más y más ingenieros de calidad que son mujeres, y Phyllis dice que es por eso por lo que los ingenieros de calidad ganan diez mil dólares menos al año que los de diseño y los de producción. «Es como Recursos Humanos —asegura—. Se ha convertido en el gueto femenino de la ingeniería». Lo de gueto femenino es un tanto irónico, viniendo de Phyllis, que mide menos de un metro sesenta, pesa cerca de noventa kilos y lleva su canoso pelo muy corto.

Phyllis se pasa por el cubículo de Mila a media mañana y le pregunta:

—Y bien, ¿cómo sigue el viejo cabrón?

Phyllis había conocido a Gus cuando todavía era Gus.

—Pues hecho todo un cabronazo —responde Mila, y aparta la vista del monitor del ordenador para mirar a Phyllis, con el lateral del rostro totalmente amoratado.

—¡Uf, Dios!, pero ¿qué te ha pasado?

—Gus me tumbó de un puñetazo.

—¡Dios!

En la cafetería, sentada con una taza de café delante de ella, Phyllis comenta sarcásticamente, «¡Tienes un aspecto impresionante!», lo cual es un alivio, porque el sobresalto inicial de Phyllis, el que se hubiera quedado sin palabras, era casi más de lo que Mila podía soportar. Si Phyllis no era capaz de hacer bromas sobre el asunto…

Lo que Phyllis no le dice es, «Tienes que meterlo en una residencia». Y lo que sí le dice es, «Gus estaría horrorizado».

—Sí —dice Mila, enormemente agradecida—, ¿verdad que lo estaría?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Van a la clínica de Cleveland, donde anestesian a Gus para extraerle un poco de médula espinal. La médula congelada es enviada a Atlanta para que allí puedan extraer células madre no diferenciadas, que le serán inyectadas para reemplazar las neuronas que faltan.

Durante los dos días posteriores a la anestesia, Gus está inquieto. Le falla el equilibrio y le duele la cadera en el punto de donde le extrajeron la médula espinal, y llama zorra a Mila.

Dos semanas más tarde van a Atlanta, y el procedimiento para inyectar las células no diferenciadas y el virus catalizador es casi idéntico al de la primera vez. Gus intenta pegarle en otras dos ocasiones: una en la clínica de Atlanta y la otra cuando ya están de vuelta en su adosado; pero como ahora le tiene miedo, Mila está atenta y consigue esquivarlo las dos veces. Se lo avisa a Iris, la nueva cuidadora —Cathy se ha marchado porque su novio tiene un primo en Tampa que le puede conseguir trabajo—. Iris tiene treinta y pico años, es fornida y no demasiado simpática, sin llegar a ser antipática. Le dice a Mila que con ella Gus nunca se porta así. Mila se pregunta si estará mintiendo, aunque ¿por qué iba a mentirle?

¿Acaso Iris está insinuando que Gus la prefiere a ella? Siempre tiene la sensación de que Iris piensa que debería estar más en casa, que debería ser la propia Mila quien estuviera cuidando de Gus.

A Gus le gusta salir a dar paseos en coche… a veces. Los dos suben al coche de Mila.

—¿Adónde vamos? —pregunta Gus.

—A terapia —responde ella. «Y ahora empezará a ponerse nervioso», piensa.

Pero Gus baja la ventana y, mientras ve pasar los árboles, reclina la cabeza hacia atrás y canturrea.

—¿Estás contento, mi saxofonista? —le pregunta Mila.

Ahora mismo se encuentran en una situación estacionaria: Gus no va a mejorar ni a empeorar hasta que suceda algo con las células que le han introducido en el cerebro. Tres meses hasta que noten alguna diferencia, como poco. Pero ahora, un mes después de que le inyectaran las células nuevas en su cerebro plagado de agujeros, le van a hacer algunas pruebas para tenerlas como referencia.

Es de lo más razonable. «Es una pena que cuando estamos sanos no nos hagamos pruebas patrón», piensa Mila. A lo mejor, ella misma debería hacerse una. Mila Schuster, resultados brutos de las funciones cognitivas a los cincuenta y un años. Y así, si la demencia la atrapara entre sus fauces, podrían hacer el seguimiento de todo el proceso. Sí, señor, hacer pruebas patrón a toda la población, igual que a las mujeres entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años se les hacen mamografías para tenerlas luego como referencia.

Salvo que ya haya empezado. En el trabajo se le olvidan cosas. Aunque sabe que es por lo preocupada que está con todo lo del alzhéimer. «Lapsos de viejo», así es como Allen, uno de los cuidadores a domicilio, llamaba a esas ocasiones en las que uno se encuentra en la cocina sin conseguir recordar qué es lo que ha ido a buscar.

Si un día tuviera alzhéimer, ¿quién la cuidaría? Gus y ella acabarían en una residencia, los dos con pañales y sin reconocerse el uno al otro.

Gus canturrea.

—Saxofonista —le dice Mila.

Esa ruina en la que se ha convertido Gus tiene algo que despierta su cariño, a pesar de todo el miedo, la rabia y el abatimiento. Es la ruina de todo un cerebro, del ingeniero que tantas veces podía dar con la solución de un problema y decir, «Justo, eso es. Cuanto más fuerte sea el plástico del asa, más frágil va a ser. Tenemos que disminuir ligeramente la resistencia para que pueda doblarse, porque si no se va a romper. Sobre todo si le da el sol y los rayos ultravioleta empiezan a descomponerlo».

«Tenías un cerebro tan estupendo… —piensa Mila—. Tú lo explicabas y entonces yo lo veía, y todo el mundo lo veía, era algo obvio. Pero todo es obvio una vez se entiende.»

Van a terapia a un lugar llamado Centro de Rehabilitación Baobab, que está en un centro comercial. La tienda estrella del complejo es una ferretería Sears, que es como un supermercado Sears que solo vende herramientas. Por dentro, el centro de rehabilitación es como cualquier compañía de seguros o de créditos hipotecarios: hay macetas con ficus delante de las ventanas y un complicado laberinto de cubículos como los que hay en los edificios de oficinas más antiguos. En una ocasión, años atrás, Gus y Mila iban caminando juntos por su oficina, y de repente él se agachó un poco para quedar a la altura de ella, que mide un metro sesenta, y le dijo, «Para ti sí que es un laberinto». Fue entonces cuando Mila se percató por primera vez de que Gus veía por encima de las mamparas de los cubículos, y que por lo tanto para él no eran verdaderas paredes.

También ahora Gus está mirando por encima de las mamparas.

Su terapeuta es una joven, que sale a recibirlos.

—Señor Schuster, señora Schuster, soy Eileen.

A Mila le gusta que le hable a Gus. A él puede que le importe o no, pero ella piensa que eso es signo de que en ese centro las cosas no se hacen a la ligera.

Eileen los acompaña por entre los cubículos hasta una habitación de verdad con una mesa y estanterías en la pared.

—Señora Schuster, me gustaría que esta primera vez se quedara con nosotros —dice.

A Mila ni se le había pasado por la cabeza el no quedarse, aunque de pronto se muere de ganas de que la dejen marchar. Podría ir a dar una vuelta. O a echar una cabezadita. Pero lo más probable es que Gus se disguste si lo deja con una desconocida.

Y prácticamente todo el mundo es un desconocido para Gus.

Gus se sienta a la mesa, un tanto desconcertado.

Eileen coge de una estantería un puzle de grandes piezas de madera y le dice:

—Señor Schuster, ¿le gusta hacer puzles?

—No —responde Gus.

¿Le gustaba a Gus hacer puzles? ¿No es la ingeniería una especie de puzle? Mila no consigue recordar a Gus haciendo nunca un puzle normal… si bien es cierto que siempre estaban ocupadísimos. Su vida no propiciaba exactamente el que se sentaran a hacer puzles. Durante una temporada, Gus construyó telescopios. Y luego maquetas de cohetes. Hacía unos cohetes preciosos. Se sentaba delante de la televisión y lijaba los alerones para conseguir una forma totalmente aerodinámica, con el polvillo cayéndole en una toalla o en el regazo, y luego los pegaba al cuerpo del cohete utilizando un pegamento de acción lenta, y, finalmente, cuando ya estaban casi fijos, se mojaba el dedo con alcohol de desinfectar y lo pasaba por la juntura para dejar la ensambladura lisa y perfecta. Hacía unos cohetes preciosos y luego los lanzaba, poniendo en peligro todo su trabajo.

—Probemos a hacer un puzle —propone Eileen.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¿Mila? —Es Gus quien está al teléfono.

—Seguimos dentro de un momento —le dice Mila a Roger, el ingeniero de producción del proyecto en el que está trabajando.

—Espera, solo necesito una firma y ya te dejo en paz… —dice Roger.

—Es Gus —le explica Mila.

—Mila, cielo, lo siento, pero tengo cuatro mil piezas en Auditoría de Calidad.

Roger quiere que le firme la autorización para que esas piezas sean utilizadas, a pesar de que no se ajustan totalmente a las especificaciones, y Mila está casi segura de que él tiene razón y se pueden utilizar, pero su trabajo consiste en estar segura.

—Mila —dice Gus en su oído —, creo que tengo abejas dentro de la cabeza.

Roger conocía a Gus. Y Roger es un cabronazo miope al que lo único que le importa son cuatro mil piezas de plástico ABS. Bueno, en realidad Roger únicamente está haciendo su trabajo. Es una persona concienzuda.

—Te prometo que puedes estar tranquila —le asegura Roger—. He montado veinte y funcionan bien.

Mila suspira.

—Mila… —dice Gus—, ¿me oyes? Creo que tengo abejas dentro de la cabeza.

—¿Qué quieres decir, cariño?

—Me pica dentro de la cabeza.

Gus no debería sentir nada durante el tratamiento. En el cerebro no hay terminaciones nerviosas, no puede estar sintiendo nada. Ya han pasado cuatro meses desde la segunda fase del tratamiento.

—Te pica dentro de la cabeza —repite Mila.

—Eso es —le asegura Gus—. ¿Me puedes venir a recoger? Ya estoy preparado para irme a casa.

Gus está en casa, por supuesto, con Iris, la cuidadora; pero si Mila le dice que está en casa se enfadará.

—Enseguida paso a recogerte. Déjame hablar con Iris.

—Me pica la cabeza —insiste Gus—. Por dentro.

—Sí, cariño. Déjame hablar con Iris.

Gus no quiere pasarle el teléfono a Iris. Quiere… algo. Quiere que Mila haga algo que alivie sus picores de cabeza, o lo que sea que le esté pasando. Mila no sabe qué es lo que Gus sabe sobre el tratamiento. A lo mejor se ha inventado esta historia para que ella vaya a recogerlo y se lo lleve a casa. O a lo mejor es que realmente le pasa algo raro. Se trata de un tratamiento experimental. A lo mejor esta extravagancia es también fruto del alzhéimer. O a lo mejor le duele la cabeza y esta es su manera de expresarlo.

—Son abejas —repite Gus.

Por fin deja que Mila hable con Iris.

—¿Tiene fiebre? ¿Te parece que le pasa algo? —le pregunta.

—No, hoy se está portando estupendamente, señora Schuster —responde Iris—. Creo que las células cerebrales deben de estar volviendo a crecer, porque estos últimos días se ha portado muy bien.

—¿Hace falta que vaya a casa?

—No. Es que ha insistido en llamarla. No sé de dónde ha sacado eso de las abejas, a mí no me lo había dicho.

A lo mejor el tejido en su cerebro está siendo rechazado, aunque eso no debería suceder. Son células madre nuevas. Y de su propio cuerpo. Aunque tal vez haya habido algún error.

Cuando Mila llega a casa, Gus no lo menciona.

Sentada frente a él en la mesa durante la cena, no es capaz de decidir si Gus está mejor o no. ¿Maneja mejor el tenedor?

—Gus, ¿quieres que miremos unas fotos después de la cena? —le pregunta.

—Vale.

Lo sienta en el sofá y saca un álbum de fotos. Lo ha cogido al azar, y resulta ser de cuando Dan iba a primero.

—Este es Dan —señala Mila—, nuestro hijo.

—Ajá —dice Gus.

Sus ojos vagan por la página. Pasa a la siguiente, sin mirar realmente.

¡Es tanto lo que se ha perdido…! Si Gus recupera la lucidez, tendrá que volverle a enseñar su pasado.

Hay una fotografía de Dan sentado encima de una gran calabaza. A un lado hay alguien, un desconocido, y también se ve una hilera de calabazas, a la venta claramente. Dan está sentado con el rostro levantado, sonriendo con esa sonrisa exagerada que ponía siempre que le sacaban una foto. Tendría unos seis años.

Mila no recuerda dónde tomaron la fotografía.

¿De qué se disfrazó Dan para Halloween ese año? Mila le hacía los disfraces. ¿Fue ese el año en que iba de caballero?, ¿el año en que Mila le hizo un escudo, pero como pesaba demasiado lo terminó llevando Gus? No, porque el escudo lo hizo en el garaje de la casa que estaba en Talladega Trail, y cuando se mudaron allí Dan ya tenía ocho años. A Dan el escudo le había decepcionado, aunque no recordaba por qué. Era por algo del emblema. Ni siquiera se acordaba del emblema, tan solo recordaba que el escudo era rojo y blanco. Le había llevado horas el hacerlo. Había sido un desastre, aunque Dan lo había seguido utilizando durante un par de años en sus batallas con espadas de juguete en el césped de delante de la casa.

¿Cuántos recuerdos tiene una persona? ¿Y cuántos merece la pena conservar?

—¿Quién es esa? —pregunta Gus, señalando.

—Es mi madre. ¿Te acuerdas de mi madre?

—Claro —responde Gus, lo que no quiere decir nada, y añade—: La baraja.

—Sí, mi madre jugaba al bridge.

—Y al póquer, con Dan.

«Esa mente de urraca, dispersa y fragmentada —piensa Mila—. No se acuerda de dónde vive, pero sí de que mi madre le enseñó a Dan a jugar al póquer.»

—¿Y este quién es? —pregunta Gus.

—Es el vecino que teníamos en South Bend —responde Mila. Por suerte, su nombre está escrito junto a la foto—. Mike. Es Mike. Era bombero voluntario, ¿te acuerdas?

Gus no está mirando las fotos, sino el cuarto.

—Creo que ya estoy preparado para que nos vayamos a casa —dice.

—Vale. Nos iremos dentro de unos minutos.

Eso lo deja satisfecho hasta que se olvida y se lo vuelve a decir.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Dan entra por la puerta con su maleta.

—Es bonita, mamá —dice—. Es francamente bonita. Por lo que me contabas, pensaba que estabais viviendo en un tugurio.

Mila se echa a reír, encantada de verlo y tremendamente agradecida.

—No dije que estuviera tan mal.

—No es nada del otro mundo —dice él, con la voz más aguda para imitar la de ella—, tan solo cuatro paredes, pero no está mal.

—¿Quién está ahí? —pregunta Gus.

—Soy yo, papá. Dan. —Su rostro se crispa por… ¿la preocupación? Por los nervios, decide Mila.

—¿Dan? —repite su padre.

—Hola, papá —le saluda Dan—. Soy yo, Dan, tu hijo. —Examina el rostro de su padre en busca de indicios de reconocimiento.

Es uno de los días buenos de Gus, y Mila solo tiene un instante de pavor antes de que Gus diga:

—Dan, estás de visita, hola. —Y a continuación, con esa asombrosa normalidad con la que se comporta a veces, añade—: ¿Qué tal te ha ido el vuelo?

Dan sonríe.

—Estupendamente, papá, estupendamente.

¿Es el tratamiento lo que hace que Gus recuerde?, ¿o es simplemente uno de esos momentos puntuales?

Dan ha ido a casa para Navidad. Le dice a Mila que es su regalo de Navidad, para que así ella tenga un respiro. Aunque no es un respiro, porque Mila ha estado limpiando e intentando comprar regalos por internet. ¡Y menos mal que está internet! Le ha comprado a Dan varios CD y libros de cocina, y un precioso juego de cuchillos alemanes que él siempre había querido pero que no se compraba porque nunca cocina en casa. Se ha gastado demasiado dinero, y además, ¿qué se le puede comprar a Gus? Le ha comprado bombones para un paladar que se ha vuelto infantil. Un par de alegres camisas bien gruesas. Y un puzle.

—No puedo creer que estés aquí —le dice Mila, y siente cómo su rostro se estira en una sonrisa demasiado amplia.

—Estoy aquí. Claro que estoy aquí. ¿Dónde más podría estar? Lisa os manda recuerdos.

Lisa es su nueva novia.

—Podías haberla traído —le dice Mila.

Gus está de pie, ausente y apático.

—Papá, he conocido a una chica estupenda.

Mila le ha hablado a Gus de Lisa, pero sobre todo por oír su propia cháchara y porque a Gus parece tranquilizarle el oírla parlotear. No sabe si habrá reparado en el nombre con esas migajas de mente que le ha dejado la urraca.

—No la he traído porque pensé que bastante trastorno ibais a tener ya conmigo.

Gus ni siquiera parece que esté intentando seguir la conversación.

—Te enseñaré tu cuarto —le dice Mila.

Va a instalar a Dan en el cuarto de invitados, así que ella tendrá que dormir con Gus. Esta semana Gus se ha estado acostando a las diez o incluso antes. Y ha dormido hasta primera hora de la mañana, hasta las cinco o las seis. «Tiene que ser por el tratamiento», piensa Mila.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Para Nochebuena, Dan prepara un fabuloso festín. En Nochebuena solían tomar rosbif, y luego se pasaban todo el día de Navidad comiendo sándwiches de rosbif; sin embargo, estos últimos años, Mila se ha limitado a preparar una comida normal para ellos dos. Dan prepara un asado navideño y un pudin para acompañarlo. También hay salsa de castañas, patatas asadas y una ensalada con granada y aliño de champán. «Y para postre, crème brûlée. He cogido prestado un soplete de Corot’s», dice Dan, blandiendo un pequeño soplete portátil como los de los catálogos de instrumentos de cocina para gourmets. Y añade riéndose, «¡Esta va a ser la mejor Navidad de nuestras vidas!», su chanza particular durante años: una alusión irónica a todos esos especiales navideños de la televisión.

Gus está haciendo un puzle. Los ha estado haciendo en las sesiones de terapia, y la terapeuta (distinta a la de la primera vez, que ahora está de baja maternal) dice que hay síntomas claros de que las células están aglutinándose, de que están rellenando los huecos. A Gus le gustan los puzles. Mila le compra los que son para niños de ocho a doce años. Tienen puesto un CD de Cannonball Adderley. Mila se relaja un poco. La Navidad nunca ha sido una época en la que pasen cosas buenas, no según su propia experiencia. Siempre ha pensado que es porque hay demasiado en juego, con todas esas expectativas de que esa sea la mejor Navidad de la vida.

Sin embargo, en ese momento, siente una profunda gratitud.

—¿Necesitas ayuda? —grita en dirección a la cocina. Dan le ha dicho que no puede entrar so pena de muerte.

—No —le responde Dan.

El olor de la grasa del asado lo inunda todo. Mila ha estado alimentándose de precocinados para microondas y de la comida para llevar que compra en la tienda de comestibles y en el restaurante chino.

—¿Por qué has quitado el microondas? —pregunta Dan desde la cocina.

—Tuvo un cortocircuito —responde ella.

Gus no aparta la mirada del puzle. ¿Tendrá algún ligero recuerdo de aquella noche? Fue después de que le limpiaran la placa del cerebro, así que no debería ser algo que hubiera perdido. Pero ¿acaso lo ha tenido alguna vez? ¿Es consciente de lo que está viviendo, de cada momento, o para él son como granos de arena?

—¿Estás ahí? —susurra.

A las seis de la tarde hay más comida de la que tres personas podrían llegar a comer en un mes. Dan ha cortado el asado y ha colocado elegantemente las lonchas ya limpias en los platos (y Mila ve que la de Gus ya está troceada, y sus ojos se llenan de gratitud). El asado, cocinado a la perfección, está colocado encima de una salsa marrón con una espiral de salsa de rábano picante. En su plato y en el de Dan hay una flor hecha de zanahoria sobre unas hojas de laurel; Gus tiene la flor, pero ninguna hoja de laurel que le pueda parecer comestible. La ensalada reluce y los granos de granada parecen granates. Ella y Dan tienen vino en el vaso, y Gus tiene zumo.

—¡Dios mío! —musita. Es una cena para adultos en una casa que lo único que ha visto ha sido lasaña congelada y comida china para llevar—. ¡Oh, Dan!, ¡qué maravilla!

—¡Más me vale! Vivo de esto.

—Gus, ven a comer la cena que ha preparado Dan —dice Mila.

—No tengo hambre.

—Entonces ven y hazme compañía mientras como.

A veces va y a veces no. Esa noche va y ella lo acompaña hasta su asiento.

—Es Nochebuena, papá —dice Dan—. Y tenemos rosbif para cenar.

A Mila le gustaría decirle que no se esfuerce tanto, que se limite a dejar que Gus vaya a su aire, pero después de todo ese trabajo… «Por favor, que vaya todo bien», piensa.

—¿Rosbif? —repite Gus. Coge el tenedor y come un trozo—. Está bueno.

Mila y Dan se sonríen y ella come un bocado.

—¿Dónde has comprado esta carne? —pregunta.

—En el supermercado.

—No me lo creo…

—Pues créetelo. Lo que pasa es que llevas tantos años cocinando que ya no te acuerdas de cómo sabe cuando lo único que has hecho ha sido olerlo. Todos mis talentos culinarios los he heredado de ti, mamá.

No es cierto. Dan es igual que su padre: igual de meditabundo, con su misma meticulosidad. Cocinar es siempre como hacer un puzle. Para ella cocinar era un entretenimiento. Dan cocina con la misma profunda obsesión con la que Gus construía maquetas de cohetes.

—No me gusta eso —dice Gus.

—¿El qué? —le pregunta Dan.

—Eso. —Gus señala hacia la espiral de rábano picante—. Está asqueroso.

—¿El rábano picante? —dice Dan—. Pero si siempre te ha gustado.

A Gus le volvía loco el rábano picante. Y el wasabi, el chile picante y el jengibre. Le gustaba el regaliz, el kimchi, el queso azul y cualquier cosa con un sabor fuerte.

—Está asqueroso —repite Gus.

—Te pondré un poco sin rábano —interviene Mila antes de que Dan se ponga a discutir. «No le contradigas nunca. No tiene importancia», le dice mentalmente—. Ya no está acostumbrado a los sabores fuertes —le comenta de pasada a Dan, confiando en que Gus no preste atención, en no tener que dar más explicaciones.

—Ya voy yo —se ofrece Dan—. Tú siéntate.

Dan trae un plato.

—¿Qué es lo que has estado comiendo, papá?, ¿requesón? Mamá, ¿no debería comer cosas con distintos sabores para… no sé, estimularle o algo así?

Gus frunce el ceño.

—Déjalo —le pide Mila.

Como si no fuera suficientemente difícil ya sin necesidad de que Dan le empiece a echar cosas en cara…

Gus se ha refugiado en las comidas prácticamente insulsas y come igual que un crío de tres años. Macarrones gratinados. Sándwiches de queso a la plancha. Sopa de tomate. Helado. Y ella le ha dejado porque era lo más sencillo. Se le pasa por la cabeza contarle a Dan que Gus le ha pegado, que la última temporada ha sido muy difícil.

Es posible que invitar a Dan haya sido un error. Gus necesita una rutina, sin nada que lo trastorne.

—¿Qué tal está, papá? —pregunta Dan.

—Bien —responde Gus.

Gus se come el rosbif sin salsa de rábano, las patatas y la salsa de castañas. Rebaña el platito de la crème brûlée con el dedo índice mientras Dan lo mira, sonriendo estupefacto.

Y entonces, ahíto, sube al piso de arriba y se acuesta vestido. Una hora más tarde, Mila sube, lo descalza y lo tapa. Gus duerme plácidamente, como un niño, hasta casi las siete de la mañana del día de Navidad.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Estoy mejorando —anuncia Gus un día de febrero tras terminar la sesión de terapia.

—Sí, así es —dice Mila.

Ahora va a terapia tres veces por semana, donde hace el tipo de ejercicios que se emplean con los niños con problemas de integración sensorial. Mucho tocar y moverse. Las noches de los días que ha tenido terapia, se acuesta temprano, agotado.

—Me acuerdo mejor de las cosas —asegura Gus.

Eso también es cierto. Se acuerda de que viven en el adosado, por ejemplo. Ya no le pide que se vayan a casa, aunque dice que le gustaría que siguieran viviendo en su antigua casa. Y en esa afirmación a Mila le parece percibir una cierto matiz recriminatorio.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¿Te apetece que cenemos fuera? —le pregunta Mila una noche.

Llevan sin salir a comer… bueno, años. Ya ha perdido la costumbre.

Mila decide ir a Applebee’s, donde la comida es tranquilizadoramente insulsa. Ahora mismo, Gus podría ser alguien que ha sufrido una apoplejía. Ya no tiene la expresión ausente. Hay alguien ahí, aunque a veces Mila tiene la sensación de que se trata de un desconocido.

Después de la cena van a alquilar un DVD. Gus vaga por entre las estanterías de DVD y se detiene en la zona del videoclub donde todavía tienen cintas de vídeo.

—Esta la hemos visto —dice Gus.

—Sí, con Dan.

—Dan es mi hijo —dice Gus, tentativamente, aunque por lo que ella sabe nunca ha llegado a olvidar quién es Dan.

—Dan es tu hijo —confirma Mila.

—Pero ya es mayor.

—Cierto.

—Elígeme una película —le pide Gus.

—¿Qué te parece una película que te gustaba?

Mila elige Planeta prohibido. La tenían en vídeo hasta que se mudaron al adosado. Había tirado todas las viejas cintas de vídeo de Gus cuando se trasladaron porque no tenían suficiente espacio. Gus tenía todas las películas de la saga de La guerra de las galaxias, incluso las pésimas. Y todas las de Star Trek, y 2001, Blade Runner y la primera y tercera de Regreso al futuro.

—Esta es una de tus favoritas —le dice—. Hiciste una maqueta del cohete.

De niño, a Dan le encantaba que le contaran cosas de cuando era un bebé, y a Gus ahora le pasa lo mismo con lo relativo a su forma de ser anterior. Gus le da la vuelta al DVD, una y otra vez.

Una vez en casa, lo mete en el reproductor y se sienta frente a la pantalla. Tras unos minutos pone mala cara.

—Es vieja —dice.

—Es un clásico —le explica Mila.

—Es una tontería. A mí no me gustaba esto.

Mila está a punto de decirle que era su favorita. La habían visto cuando salían juntos, sentados los dos en el sofá. Gus le había puesto todas sus películas de ciencia ficción y las habían visto en la televisión. No obstante, se calla, no empieza una pelea. Cuando se enfada, Gus recae en el comportamiento típico del alzhéimer: intranquilo, andando de un lado a otro, para terminar encerrándose en sí mismo.

Mila enciende la televisión y va cambiando de canal.

—Espera —le pide él—, retrocede.

Ella va retrocediendo hasta que le dice que pare. Es un programa de esos de policías, de los que hoy en día ve todo el mundo. Está rodado en directo con tres cámaras, y a ella le parece un cruce entre Cops y la vieja comedia Vida y milagros del capitán Miller.[1] A ratos es más o menos gracioso, como las series cómicas, y a ratos está plagado de tacos y de idiotas con tatuajes de más y dientes de menos.

— Este programa no me gusta—comenta Mila.

—A mí sí —dice Gus. Y lo ve hasta el final.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Mila despide al cuidador de Gus.

Iris los dejó al cambiarse de agencia, Mila no sabe por qué, y entonces les mandaron a William. Por suerte, para cuando empezó William, no pasaba nada aunque Gus se quedara solo algunos ratos, porque William nunca llegaba antes de las ocho y media y ella se tenía que marchar al trabajo antes de las ocho. Era un veinteañero agradable y desmañado, pero a Gus parecía caerle bien. ¿Sería porque era un hombre en lugar de una mujer?

—Gracias por aguantarme —le dice Gus, y William sonríe.

—Me alegro muchísimo de que esté mejor, señor Schuster —le dice William—. Es la primera vez que me tengo que ir porque un paciente ha mejorado.

—Has sido de gran ayuda —le asegura Gus.

Gus ya puede quedarse solo. Hay muchísimas cosas que todavía no sabe, que se entremezclan con todas las cosas extrañas que sí que sabe. Sin embargo, ya es capaz de seguir instrucciones. El último terapeuta (durante los diez meses que Gus lleva yendo a terapia han tenido cuatro, y el último es un hombre joven y paciente llamado Chris), el último terapeuta dice que Gus tiene la capacidad necesaria para llegar a ser prácticamente normal. Tan solo es una cuestión de reaprendizaje. Y está reaprendiendo como si fuera mucho más joven de lo que en realidad es, porque esas nuevas neuronas están estableciendo conexiones.

Esas nuevas neuronas generan una cierta inquietud. Los niños van estableciendo más y más conexiones hasta que llegan a la pubertad, y entonces parece como si el cerebro las organizara, eliminando unas y reforzando otras, para ser más eficiente en otros campos. Nadie sabe qué va a pasar con Gus. Y, por supuesto, el factor desencadenante del alzhéimer todavía sigue latente. Es posible que dentro de diez años comience a empeorar de nuevo.

—Te estoy enormemente agradecido —le dice a Mila cuando William ya se ha marchado—. Has tenido que pasar tanto por mí…

—No tiene importancia. Tú harías lo mismo por mí.

Aunque no sabe qué es lo que haría Gus. No sabe si le gusta este nuevo Gus. Este niño grande.

—Yo haría lo mismo por ti —repite él.

—¿Seguro que no me meterías en una residencia?, ¿y me visitarías solo una vez al mes? —Intenta decirlo con un tono que no pueda dar lugar a dudas, que cualquiera se pueda percatar de que el comentario es solo una broma.

Pero Gus no se percata. Las bromas lo ponen nervioso.

—No, te lo prometo, Mila —le dice—. Cuidaría de ti igual que tú has cuidado de mí.

—Lo sé, cielo. Solo era una broma.

Gus frunce el ceño.

—Venga, vamos a revisar los deberes —le dice ella.

Gus está estudiando para obtener el diploma de secundaria. Es un objetivo que fijaron entre el terapeuta y él. Mila iba a decir que Gus no solo tenía el título de ingeniero, sino que también contaba con el certificado necesario para ejercer como tal, pero claro, ese era el antiguo Gus.

Está estudiando la Guerra Civil, y Mila le revisa los deberes antes de que se vaya a clase.

—Creo que me gustaría ir a la universidad —dice Gus.

—¿Qué quieres estudiar?

«¿Ingeniería?», está a punto de decir Mila, pero la realidad es que a Gus no le gustan las matemáticas. La aritmética nunca fue lo suyo, pero la matemática pura (álgebra, cálculo, ecuaciones diferenciales…) se le daba estupendamente. Sin embargo, ahora ya no tiene la paciencia necesaria para los ejercicios de fracciones y de raíces cuadradas.

—No lo sé. A lo mejor quiero ser terapeuta. Creo que quiero ayudar a la gente.

«Ayúdame a mí», piensa Mila, pero rápidamente aparta el pensamiento de la cabeza. Gus está ahí y está mejorando. Ya no está en cuclillas entre las malvarrosas. Ya no le tiene miedo. Y, aunque es posible que ya no lo quiera como a un marido, la verdad es que todavía lo quiere.

—¿Cómo se llamaba ese chico? —pregunta Gus, mirando hacia la calle con los ojos entornados.

Se refiere al cuidador.

Durante unos instantes, Mila no consigue acordarse, y siente cómo el miedo le encoge el estómago. Le ha empezado a ocurrir últimamente; cuando se olvida de algo siente ese pánico repentino. ¿Tendrá alzhéimer?

—William —responde—. Se llama William.

—Era agradable —comenta Gus.

—Sí —dice Mila, con la voz y el rostro tranquilos, pero con el corazón latiéndole demasiado deprisa.

Copyright © 2002 Maureen F. McHugh

El texto original (y por lo tanto también mi traducción) está publicado bajo licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0.



[1] Cops es una serie de telerrealidad estadounidense de gran éxito que sigue y graba a policías auténticos durante su trabajo diario. Vida y milagros del capitán Miller fue una serie cómica de ficción cuyos protagonistas eran los agentes de una comisaría de Nueva York, y que fue emitida en EEUU entre 1975 y 1982.Volver

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10 respuestas a Presencia, de Maureen F. McHugh

  1. manuti dijo:

    Impresionante el anterior cuento, espero mucho de este. Gracias!!!

  2. manuti dijo:

    Impresionante, me ha encantado el cuento: el tema, el desarrollo, las mini sub tramas,… Impresionante como se puede hacer tanto, con tan pocas palabras. Y por supuesto GRAN TRADUCCIÓN!!!

    • marcheto dijo:

      Estaba casi segura de que te iba a gustar. Es un cuento estupendo en el que efectivamente no sobra nada, y que además una vez terminado nos obliga a seguir dándole vueltas, porque la situación que plantea es tan creíble y cercana que uno no puede evitar preguntarse qué haría en ese caso.
      En cualquier caso, muchas gracias una vez más por tu comentario y me alegro de que el relato no te haya decepcionado. Quedas emplazado para el siguiente que va a ser muy distinto 😉

      • manuti dijo:

        El año pasado fue para mí un año de cuentos, leí tu recopilación y desde esas enganche con las de Fatalibelli de Tim Pratt, Peter Watts, Ominosus, Sui Generis,… y gran parte de culpa es de la hija de Frankstein, la de veces que me he encontrado pensando en esa historia perfecto incluso en lo incompleto, en ese final del hermano huyendo y la madre azuzándolo. Un millón de gracias por tus traducciones y por el trabajo previo para que te dejen hacerlas y publicarlas.

        • marcheto dijo:

          Bueno, pues espero que lo de los cuentos no se te haya pasado y que en 2016 sigas leyendo tantos o más. Y como mencionas a Fatalibelli, si no has leído su última recopilación, la de Robert Shearman, me voy a permitir recomendártela. Me parece un autor francamente interesante y uno de mis grandes descubrimientos de estos últimos tiempos.
          Estoy segura de que Maureen estaría encantada si supiera el efecto que ha tenido sobre ti su hija de Frankenstein. Y ojalá alguien se anime a publicar algún otro de sus cuentos, que tiene varios más francamente buenos. Y puesto que hablábamos de ellas, tal vez se lo podrías dejar caer a Fatalibelli… 😉

  3. Jorge Jaramillo Villarruel dijo:

    Maravilloso cuento. Me gustó tanto como La Hija de Frankenstein, así que creo que me iré a comprar un libro suyo.

    • marcheto dijo:

      Es posible que este sea mi cuento favorito de esta autora, pero tiene otros muchos también muy interesantes, así que espero que te animes a seguir leyéndola. Por si no lo sabes, la primera de sus antologías puede descargarse íntegra y legalmente desde la página de la editorial. Puedes probar con esa y si te gusta ya lanzarte a comprar la última.

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