El Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle, de Mike Resnick

Mike Resnick es sin lugar a dudas uno de los autores actuales más populares dentro del género. Con sus varias docenas de novelas y más de doscientos relatos ha ganado innumerables premios: cinco Hugos, un Nebula, un Locus, tres Ignotus y otros muchos galardones en Francia, Japón, Polonia, etc. A esto tenemos que añadir sus labores como editor, ya que ha publicado más de cuarenta antologías y en la actualidad es el responsable de la revista Galaxy’s Edge. Y, aunque gran parte de su extensa obra está traducida al español, dado que ha sido nominado a los Hugo en treinta y siete ocasiones (récord absoluto) tampoco es de extrañar que alguno de sus relatos finalistas todavía estuviera inédito en nuestro idioma.

El Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle (Alastair’s Baffle Emporium of Wonders) se publicó por primera vez en la revista Asimov’s Science Fiction en enero de 2008, y un año después fue nominado a los Hugo en la categoría de relato largo. Además de haberse incluido posteriormente en diversas antologías anglosajonas, se ha traducido al chino, ruso, checo, italiano y francés, y ahora tengo el placer de presentarlo aquí. Un cuento agridulce sobre la vida, los sueños y la magia, que creo que es un perfecto broche de oro para el tercer año de este blog.

Por último, quiero dejar constancia de mi eterno agradecimiento a Mike Resnick. No solo me ayudó a conseguir la autorización para el cuento de Robert Sheckley, sino que incluso llegó a enviarme varios de sus relatos humorísticos para que valorara si alguno podía encajar en el Especial Humor. Y, aunque finalmente el cuento seleccionado no fue uno de ellos, me parece un detalle amabilísimo sobre todo viniendo de un autor que ya goza de una enorme popularidad tanto en su país como por aquí. Thanks again, Mike! It’s a huge honor and pleasure to have your story here.

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ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar pinchando aquí el cuento en los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Mil gracias una vez más a Jean y Johan.

El Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle

Mike Resnick

Gold y Silver[1], esos somos nosotros. Y hemos sido un equipo desde la época en que las grandes ligas profesionales de béisbol todavía no se habían expandido hasta el otro lado del río Mississippi y la bandera tenía solo cuarenta y ocho estrellas —y, por cierto, quedaba mucho mejor entonces, como más regular, con seis filas de ocho… o a lo mejor eran ocho filas de seis; supongo que depende de si se está de pie o tumbado—. Entre los dos hemos sobrevivido a tres esposas (una suya, dos mías) y dos hijos (los dos suyos), llevamos siendo amigos más de tres cuartos de siglo (setenta y ocho años, para ser exactos), y viviendo juntos en la residencia para jubilados Hector McPherson desde… bueno, desde que dejamos de poder vivir por nuestra cuenta.

Él es Gold, Maury Gold. Y yo, yo soy Nate Silver. Creo que era Silverstein hasta que mi abuelo se lo cambió cuando Teddy Roosevelt todavía era presidente. El padre de Maury se cambió el suyo nada más terminar la Primera Guerra Mundial, de Goldberg o Goldman o Goldyalgo. Da igual lo que fueran antes. Ahora somos Gold y Silver.

Tal como estaba diciendo, nos conocimos hace setenta y ocho años. Siempre hemos vivido en Chicago. Cuando éramos críos era una ciudad bastante segura. Los polis la habían limpiado de Al Capone y sus amigos y todavía no estaba plagada de yonquis y mendigos, así que a los dos nos dejaban coger el metro para ir por nuestra cuenta al centro, a mí desde Rogers Park, un barrio que queda al norte, y a Maury desde South Shore, a unos tres kilómetros al sur de la Universidad de Chicago, que por entonces rebosaba de genios y comunistas (características que no era nada raro que coincidieran en las mismas personas).

Una de las cosas que me encantaba hacer era ir al Palmer House, el hotel más lujoso de la ciudad. Las habitaciones empezaban en el segundo o tercer piso, pero la planta calle y la entreplanta estaban llenas de tiendas que vendían artículos de lo más fascinante: relojes que brillaban en la oscuridad; pianos que tocaban solos, y ropas y joyas importadas de lugares con nombres exóticos, como Constantinopla, Hong Kong o Bombay.

Y lo más fascinante de todo era un minúsculo comercio ubicado en la entreplanta. Se llamaba Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle y era una tienda de magia. Tenía hasta el último truco habido y por haber (o eso me parecía a mí). Había cajas en las que Alastair Baffle ponía cualquier cosa, desde una moneda hasta un huevo, y esta se desvanecía delante de tus propios ojos. Había chisteras vacías que de pronto ya no estaban vacías, sino llenas de conejos, flores o sedas de colores. Había una guillotina de tamaño natural en la que, no sé cómo, la cuchilla caía más rápida que el ojo y por arte de magia no cortaba el cuello de Alastair Baffle. Había artículos para hacer trucos con cartas y con cuerdas, y varitas mágicas que podían volar por el aire. Había un reloj con el rostro de una hermosa mujer que, justo cuando perdías interés por él, te sonreía y hablaba.

Y lo más maravilloso de todo era la exhibición de magia, que no era gratis, no, aunque si le prometías adquirir algún artículo y le enseñabas el dinero (con cincuenta céntimos solía bastar, pero si no los tenías, alguna que otra vez accedía a cambio de que le compraras algo de veinticinco), Alastair se pasaba media hora enseñándote todos los nuevos trucos que había recibido desde tu última visita.

Yo pensaba que una tienda así solo la frecuentarían los profesionales, pero la clientela no se parecía a los magos que se ven sobre los escenarios. Y no es que de niño yo ya hubiera asistido a algún espectáculo de magia sobre un escenario, pero había visto montones de anuncios y sabía que los magos eran tipos altos y esbeltos, a los que el frac y la pajarita les sentaba tan bien como a Fred Astaire y cuyas ayudantes siempre eran mujeres ligeras de ropa que conseguían que me entraran ganas ser mayor.

Sin embargo, las escasas personas que veía entrar y salir de la tienda no se ajustaban en absoluto a esa imagen. Había un hombre que era calcadito a Paul Muni en una de esas películas en las que está huyendo de la ley. Otro iba engalanado con telas de seda y raso, y llevaba un turbante que en la parte frontal lucía una refulgente joya. También había mujeres; no del tipo que esperarías ver sobre el escenario, sino mujeres con elegantes sombreros con velo, maquillaje exótico y guantes oscuros. Era la época en la que muchas llevaban estolas de piel de zorro, cabeza incluida. Un día vi a Alastair Baffle despedirse con la mano de una clienta que salía de la tienda cuando yo entraba. Y entonces le dijo algo a una de esas cabezas de zorro en un idioma que no era inglés, y yo juraría que la cabeza lo miró y le guiñó un ojo.

Por aquel entonces, mi propina semanal era de veinticinco centavos. Yo acostumbraba a ir a la tienda en cuanto tenía cincuenta para comprar un truco, pero como cada trayecto de metro costaba veinticinco, esto era alrededor de una vez al mes. No dejaba de preguntarme por qué ningún otro chaval había descubierto esa exhibición de magia casi gratuita… y entonces conocí a Maury.

Maury llevaba más de un año yendo a la tienda, igual que yo aunque en sábados distintos, y allí miraba boquiabierto todas las maravillas y se ganaba el espectáculo de magia de Alastair adquiriendo algún artículo.

—¡Vaya, el joven señor Silver! —exclamó Alastair Baffle cuando entré en el Emporio aquella mañana de sábado—. Hay alguien a quien creo que debería conocer. —Deseé que se tratara de la ayudante ligera de ropa de algún mago, pero no era más que otro chaval, de pelo oscuro, algo flacucho y unos cinco centímetros más bajo que yo—. Señor Silver, le presento al señor Gold.

—Maury Gold —dijo él alargando la mano.

Yo se la estreché y le dije que me llamaba Nate Silver, y de inmediato perdimos todo interés el uno por el otro cuando Alastair empezó a ejecutar el truco de la cuerda corintia, seguido por el del ratón evanescente. No obstante, como a mí me sobraron diez centavos, cuando salimos nos paramos a tomar un refresco y empezamos a charlar, y descubrimos que teníamos un montón de cosas en común a pesar de que, en lo referente a los equipos locales de béisbol, él era seguidor de los White Sox mientras que yo era forofo de los Cubs. Estuvimos charlando varias horas, hasta que por fin decidimos que más nos valía irnos a casa antes de que nuestros padres avisaran a la policía, pero quedamos en encontrarnos en el Emporio de las Maravillas cuatro semanas después.

Durante dos años nos vimos todos los meses, hasta que trasladaron a su padre al norte de la ciudad y su familia se mudó, y a él le acabó correspondiendo el mismo colegio que a mí. Nos volvimos inseparables. Jugábamos en los mismos equipos, leíamos los mismos libros, suspirábamos por las mismas chicas y, aunque ya no íbamos al Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle una vez al mes como antes, nos acordábamos de ir una vez al año para conmemorar nuestro encuentro.

La Segunda Guerra Mundial estalló justo por la época en la que acabamos el instituto. Los dos nos alistamos el mismo día, pero yo terminé en Europa mientras que Maury pasó los siguientes tres años y medio en el Pacífico. Él estuvo en Tarawa y Okinawa; yo, en Italia y en la batalla de las Ardenas. A ninguno de los dos nos alcanzaron en ningún momento ni las balas ni las enfermedades venéreas y, cuando nos licenciamos, decidimos montar un negocio juntos.

La verdad es que montamos un montón de negocios juntos, uno detrás de otro. Ninguno resultó ruinoso, ninguno salió adelante. Lo intentábamos con uno durante un par de años, momento en el que decidíamos que no nos íbamos a forrar con él, lo vendíamos o cerrábamos y nos lanzábamos a por otro, y así una y otra vez. Tuvimos una droguería, una pizzería, una empresa de repartos, una ferretería e incluso una tienda de discos. Este último fue el único que nos proporcionó unos beneficios decentes, pero para entonces la música de verdad había sido sustituida por el rock and roll, que ninguno de los dos aguantábamos, así que también lo vendimos.

Y de pronto, un día nos encontramos con que nos habíamos convertido en un par de viudos de ochenta y dos años. Mi primera mujer me la había arrebatado el cáncer, y la segunda, un derrame cerebral. La esposa de Maury había muerto en un accidente de tráfico; él también había perdido un hijo en Vietnam y una hija por culpa de las drogas. Vivíamos de nuestras pensiones, que tampoco es que fueran gran cosa. La artritis de Maury empeoraba mes a mes; había días en los que no conseguía arrastrarse fuera de la cama, días en los que caminar le resultaba demasiado doloroso. En mi caso se trataba de un montón de cosas: había perdido un pulmón en mi batalla contra el cáncer; tenía problemas de próstata, una cadera artificial y varios males más, ninguno mortal, pero la acumulación de todos había empezado dejarse notar… y, como ninguno de los dos teníamos a mano a nadie que nos cuidara, decidimos que ya era hora de irnos a una vivienda tutelada. Elegimos la residencia Hector McPherson no porque tuviera mejores servicios, y por supuesto que no por la comida, sino porque tenía un pequeño apartamento con dos dormitorios y así nos podíamos hacer compañía. Porque encima nadie más quería escucharnos. La mayoría de los otros residentes hablaban de Tiger Woods, Michael Jordan, Julia Roberts y Tom Cruise. Nosotros… nosotros hablábamos de Citation, aquel extraordinario caballo de los años cincuenta; de Mae West y Bogart, de jugadores de béisbol de nuestra infancia como el Bambino y Lefty Grove. Los otros colgaban en sus habitaciones fotografías de Pam Anderson y Paris Hilton; nosotros rememorábamos las sugerentes imágenes de pin-ups como Betty Grable y Rita Hayworth que teníamos en los barracones.

Nos trasladamos un par de años antes del final del milenio y estábamos razonablemente satisfechos. Supongo que algunos de los otros residentes creían que éramos gays, aunque, heteros o gays, no sé que se pensaban que podría hacer una pareja de carcamales de noventa años cuando se quedaban a oscuras. No contábamos con ver demasiado del futuro, así que hablábamos del pasado. Hablábamos de JFK y de Nixon, y de los caballos de nuestra época, como Nashua y Swaps. Hablábamos de boxeadores, como Sugar Ray Robinson y Jersey Joe Walcott. Hablábamos de aquellos que estaban vivos y de los que no (y hay que ver cuántos había de estos, como Marilyn y James Dean y Brian Piccolo…).

Y tarde o temprano la conversación terminaba por recaer en el Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle, donde nos habíamos conocido tantos años atrás.

—¡Menudo lugar! —dijo Maury—. Y, ¿sabes qué?, yo estaba convencido de que Alastair Baffle hacía magia de verdad.

—Venga ya, Maury. Lo que él vendía eran artículos de magia, cada uno con su truco. Tú siempre le comprabas uno y te lo explicaba.

—No digo que ni tú ni yo pudiéramos hacer magia. Lo que digo es que yo pensaba que él sí podía.

—Te estás convirtiendo en un viejo chocho.

—Y tú en un viejo cascarrabias —me replicó—. Yo era un crío, ¡coño! Tenía por delante toda la vida, el mundo entero, un millón de posibilidades. ¿Por qué no iba a creer en la magia?

—Nunca dijo que fuera mago. Creo que el término es ilusionista.

—Él nunca dijo que fuera nada —insistió Maury testarudamente—, pero podía hacer desaparecer un loro o volverlo a convertir en un huevo, y a los once años para mí eso era suficiente magia.

—Era muy bueno, ¿verdad? Me pregunto por qué nunca lo vimos ni en la tele ni en el cine.

—Si el departamento de efectos especiales puede hacer volar a Superman o lanzar al Halcón Milenario a la velocidad de la luz, ¿para qué necesitas un mago de verdad?

—Él no era un mago de verdad —insistí.

—Para ti y para mí sí que era suficientemente de verdad. Siempre volvíamos, ¿no?

—Hasta que se nos quedó pequeño.

—A mí nunca se me quedó pequeño —porfió Maury—. La vida se va complicando cada vez más, y tenía otras cosas que hacer.

—¡Joder!, a lo mejor si lo hubiéramos contratado para actuar en nuestra pizzería no nos hubiéramos arruinado tan deprisa.

—No hubiera aceptado.

—¿Cómo lo sabes?

—Él era un artista, no un mero animador —aseguró Maury con convicción.

—Pues qué pena, porque a lo mejor podría haber hechizado a los clientes para que se gastaran más dinero.

—Es muy posible que hubiese podido, de haber querido, pero creo que el dinero le importaba un comino. ¿Por qué si no iba a dedicar media hora del sábado a mostrarnos una veintena de trucos solo para que nos gastáramos veinticinco o cincuenta centavos?

Típico de Maury: sacar a colación algún asunto, algún recuerdo de treinta, cincuenta o setenta años atrás, y darle vueltas y vueltas y más vueltas.

—Déjalo ya —dije de mal humor—. Lo más seguro es que lleve muerto medio siglo.

—¿Y qué? Gracias a él nos conocimos.

—Ya, y Wall Street se hubiera hundido de no ser por Gold y Silver.

—¿Qué te pasa? Tú antes no eras así.

—Yo antes no necesitaba mi propia provisión de oxígeno. Ni solía tener que ir al baño cada hora. Ni necesitaba bastón. Ni hacía un montón de cosas que ahora sí que hago.

—Gruñón, que no eres más que un viejo gruñón—se quejó.

—Ni que tú fueras joven. Si no recuerdo mal, había noventa velas en tu pastel de cumpleaños. Faltó nada para que provocáramos un incendio.

—Venga, Nate, se supone que tras la jubilación se disfruta de una segunda juventud. Intenta no ser tan cascarrabias, ¡caray!

—Mi segunda juventud fue hace un cuarto de siglo, y ya entonces me dolía todo.

—¿Te crees que tú eres el único que se hace viejo? Si dentro de un mes yo ya no voy a ser capaz ni de caminar de la silla de ruedas a la cama… pero, ¡puñetas!, ni por asomo pienso quedarme sentado a esperar la muerte.

Así que me cayó su arenga diaria sobre cómo no deberíamos limitarnos a ser espectadores del teatro de la vida, cómo deberíamos participar en él y, como siempre, yo intenté contener la risa al pensar en Maury, en su silla de ruedas, y en mí, con mi prótesis de cadera y mi botella de oxígeno, participando en algo. Porque es que, ¡coño!, si la mitad del tiempo a él le duelen las manos tanto que ni puede mover una ficha por el tablero de damas, y hay días, cada vez más frecuentes, en los yo que contemplo la posibilidad de arrojar el oxígeno por la ventana y terminar con todo de una vez.

Maury se tranquilizó al cabo de un rato, como ocurría siempre, y empezamos a hablar sobre a quién hubiéramos preferido tener cubriéndonos las espaldas en Tombstone, si a John Wayne o a Gary Cooper. Probablemente Clint Eastwood habría podido con ambos, pero como era un recién llegado ni lo tuvimos en cuenta.

—Siento haber perdido los estribos antes —se disculpó Maury.

Era lo que siempre decía, y siempre lo decía de corazón. No era culpa suya que la artritis lo tuviera tan machacado que de tanto en tanto tuviera que estallar.

—No pasa nada —le aseguré.

—Gracias.

—Ahora bien —continué—, de haber sabido lo coñazo que ibas a ser como compañero de piso, me habría asegurado de que Alastair Baffle te hubiera convertido en rana en su momento.

—Al menos así habría podido ir de gira con él. La idea que tenía Sylvia de unas vacaciones era hacer una escapada de compras a Evanston

—Alastair no iba de gira. Siempre estaba en la tienda.

—Me pregunto si todavía estará allí.

—Venga ya, Maury, cuando íbamos ya no es que fuera joven. Ahora tendría, no sé, unos ciento veinticinco o ciento treinta años.

—Lo sé, lo sé, pero aun con todo me pregunto si la tienda seguirá estando allí.

—¿Después de setenta y cinco años?

—Nos pasamos a decirle que nos habíamos alistado, ¿no te acuerdas? —dijo Maury.

—Vale, así que estaba abierta hace setenta y dos años. Menuda diferencia…

—Nate, me voy a pasar el resto de mi vida en este maldito edificio. Me gustaría salir una última vez.

—Pues sal.

—Y lo que más me gustaría ver es el Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle.

—Y a mí me gustaría ver a Babe Ruth cuando señaló hacia dónde iba a mandar la pelota antes de su famoso home run frente a los Cubs. Así que los dos estamos condenados a quedarnos con las ganas.

—Pero Babe Ruth está muerto y enterrado, mientras que la tienda podría seguir abierta. A lo mejor su hijo o su nieto siguen con el negocio. ¿Dónde está tu sentido de la aventura?

—Soy un anciano de noventa y dos años con solo un pulmón y una cadera. Bastante aventura tengo con levantarme por las mañanas.

—Bueno, pues yo pienso ir. Como espere otra semana ya no seré capaz ni de levantarme de esta puñetera silla, así que iré mañana por la mañana.

—A buscar una tienda que lo más probable es que lleve cerrada sesenta años o más. Se te está yendo la olla, Maury.

—Pues igual es cierto que se me ha ido y la encuentro en la tienda de Alastair Baffle.

Los enfermeros pasaron a ver cómo estábamos y una vez se hubieron marchado miramos un combate de lucha libre en la televisión. La lucha libre ha cambiado mucho desde los días de Verne Gagne y Ed Estrangulador Lewis. Ya nadie usa llaves, sino que pelean con sillas y mesas, y siempre hay un tercer luchador que se cuela en el ring para sacudir a quien vaya a ser su contrincante en el programa de la siguiente semana. Al cabo de un rato me harté, como me pasa siempre, y me fui a acostar.

Cuando me desperté supuse que a Maury se le habría olvidado por completo su estúpido plan de ir al centro a la caza de la tienda de magia, pero me encontré con que ya estaba afeitado y vestido. Cuando vio que estaba despierto, se acercó en su silla hasta mi cama.

—Nate, ¿te importa si me llevo un par de tus analgésicos? Solo por si acaso.

—No, cógelos, faltaría más —dije bajando los pies al suelo con cuidado—. ¡Qué leches!, casi mejor que nos llevamos todo el frasco.

—¿Nos llevamos? —repitió.

—No pensarías que te iba a dejar ir solo, ¿verdad?

—Pues es lo que me temía —reconoció.

—¿Qué clase de amigo sería entonces?

—De los cascarrabias.

—Solo soy cascarrabias porque ya ni sé lo que hay ahí fuera, pero es posible que ya sea hora de que ambos echemos un último vistazo.

—Gracias, Nate.

—Por cierto, ¿nos está permitido salir de la residencia?

—En eso ni había caído —reconoció Maury.

—Quizás deberíamos largarnos de extranjis ya mismo, mientras todos andan ocupados preparando los desayunos y la medicación de por la mañana.

Maury asintió con la cabeza, y tras tragarse uno de mis analgésicos y un par de los suyos propios se levantó de la silla de ruedas.

—Toma —le dije alargándole mi bastón antes de dirigirme al armario para coger el que tenía de reserva—. Bajaremos por las escaleras de atrás y saldremos al callejón. Ahora todo el mundo está atareado en la parte de delante.

Y eso fue lo que hicimos.

—¿Cómo coño se va al metro desde aquí? —quiso saber Maury cuando llegamos a una esquina.

—No lo sé —admití—. Creo que con lo lejos que estamos del centro tendremos que coger el tren de superficie.

—No veo ni estaciones ni vías de tren —dijo mirando a su alrededor.

—Ni yo veo nada que se parezca a una estación de metro.

—¿Qué hacemos entonces? No pienso volver, no tras una excursión de solo media manzana.

Metí la mano en el bolsillo y saqué mi destrozada vieja cartera de cuero.

—¿Cuántas escapadas más vamos a hacer? —dije—. ¿Para qué coño me estoy reservando el dinero?

Maury sonrió y paró un taxi que pasaba. Montarnos nos llevó un par de minutos (ninguno de los dos estábamos tan ágiles como antes) y cuando por fin conseguimos instalarnos le dijimos al taxista, que parecía haber nacido en cualquier lugar excepto en Chicago, que nos llevara al Palmer House.

—¿Seguro que no quieres que paremos a desayunar algo antes? —le dije a Maury cuando ya estábamos llegando al centro.

—El Palmer House sigue abierto, porque de no ser así el taxista nos hubiera preguntado dónde estaba o qué era eso. Y si el hotel más elegante de Chicago sigue abierto, tiene que tener uno o dos restaurantes en sus propias instalaciones.

—Sí, parece razonable —asentí.

—Y así la excursión no será una completa pérdida de tiempo si la tienda ya no está.

—Venga ya, Maury. Me alegro de ver la ciudad una última vez, pero ¿no pensarás en serio que la tienda sigue allí, verdad?

—Incluso aunque no siga, allí fue donde Gold y Silver se conocieron y formaron un equipo de por vida. ¿Qué tiene de malo regresar una vez más a nuestros orígenes antes de que lleguemos al final?

—Joder, si lo hubieras planteado así anoche no hubiéramos discutido.

—Vamos, Nate, nosotros siempre discutimos. —Y con una repentina sonrisa añadió—: Probablemente sea eso lo que nos ha mantenido unidos durante tanto tiempo, que ninguno de los dos va a reconocer jamás que el otro lo ha derrotado.

No respondí, pero tenía la sensación de que no se equivocaba.

El tráfico empezó a congestionarse en serio, con esa congestión habitual en el centro, en el distrito financiero, y avanzamos a paso de tortuga, algo así como a una manzana por minuto si los semáforos estaban de nuestro lado, y menos cuando no lo estaban; pero por fin el taxi se detuvo frente a la puerta del Palmer House. Mi vista ya no es lo suficientemente aguda como para leer el taxímetro, así que empecé a pasarle billetes al taxista y, cuando su sonrisa ya fue excesiva, recuperé el último. Maury y yo entramos en el hotel renqueando.

—No ha cambiado gran cosa —señalé.

—Mira todos los dorados, brillan igual que hace setenta y cinco años —dijo él.

—¿Sabes qué?, juraría que me acuerdo de ese butacón de cuero.

—Y yo. Estoy empezando a ponerme nervioso. A lo mejor sí que sigue estando.

—Solo hay una manera de averiguarlo —dije señalando las escaleras mecánicas.

Esperamos hasta que no hubo nadie que las fuera a usar —nuestros pies ya no son demasiado ligeros ni estables, ni siquiera cuando tenemos un día bueno— y subimos a la entreplanta.

—A la derecha —dijo Maury.

—Lo sé.

Tras dejar atrás una fila de comercios, la mayoría de joyas y ropa de mujer, llegamos a la tienda… pero ya no era el Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle. En el escaparate había veinte pares de zapatos femeninos, y cientos más dentro.

—¿Puedo ayudarles en algo? —nos preguntó una joven dependienta elegantemente vestida cuando nos quedamos plantados en la puerta sin ver ni lo que había ahora ni lo que había habido antes en ese local.

—No, gracias —respondí yo.

—Si están buscando la tienda de trajes de ceremonia, está al fondo de la galería.

—¿De trajes de ceremonia? —se extrañó Maury.

—Estuvo aquí hasta hace unos seis años.

—Se sorprendería si supiera lo que estuvo aquí —repuso un apesadumbrado Maury, y luego se volvió hacia mí y me dijo—: Vámonos.

—¿Cómo lo llevas? —le pregunté cuando estábamos llegando a las escaleras mecánicas.

—Estoy bien —dijo, y añadió—: Y vale, seré un viejo tonto, pero al menos ahora sé con seguridad que ya no está.

—¡Qué lástima! No me hubiera venido nada mal una exhibición de magia de media hora.

Bajamos a la planta calle y Maury tuvo que sentarse, incapaz de seguir soportando los dolores. Como era de esperar, eligió el butacón de cuero, así que probablemente yo iba a necesitar ayuda para levantarlo.

Tras tragarse un par de analgésicos y hacer una mueca, me pidió que le echara una mano para incorporarse. Yo ya estaba respirando oxígeno entre jadeos, así que le pedí ayuda a un vigilante mayor de pelo canoso.

—Gracias —dijo Maury una vez estuvo de pie.

—Encantado de haberles podido ayudar. ¿Necesitan que les indique cómo ir a algún sitio?

—Dudo muchísimo de que pueda —dije—. Hemos venido buscando una tienda que probablemente lleve cerrada más de cincuenta o sesenta años.

—Ha sido una ocurrencia descabellada —terció Maury—. Culpa mía.

—¿Qué tienda andaban buscando?

—Da igual —dijo Maury—. Ya no está aquí.

—Los comercios se trasladan. A lo mejor puedo ayudarles.

—Este es de antes incluso de su época —le expliqué yo.

—Tenía que ser toda una señora tienda para que les haya empujado a volver tantos años después.

—Lo era —dijo Maury—. Era una pequeña tienda de magia, y fue allí donde nos conocimos.

—¿Una cuyo dueño era un tipo con un nombre de lo más raro?

—Alastair Baffle —respondió Maury.

—Justo.

—¿Le suena? —preguntó Maury ansiosamente—. ¿Hay una foto de la tienda por algún lado?

—¿Por qué conformarse con una foto pudiendo ir a la tienda de verdad? —preguntó el vigilante.

—¿Sigue abierta? —dije con incredulidad.

—Sí, se ha trasladado un montón de veces. La última vez que supe de ella estaba justo al sur del centro, en State Street, muy cerca de donde yo iba a ver los espectáculos de variedades un tanto subidos de tono cuando era un joven bisoño. —Sonrió y nos guiñó un ojo—. Ahora lo que soy es un viejo verde.

—¿Está seguro de que se trata de la tienda de Alastair Baffle? —preguntó Maury.

—Un nombre así no se olvida.

—¡Gracias! —dijo Maury estrechándole la mano—. No sabe cuánto significa esto para mí…

—Que lo pasen bien. De vez en cuando yo también salgo en busca de mi niñez, aunque en mi caso es más probable que la encuentre en alguna tienda de cómics cerrada tiempo atrás, o incluso en el estadio Soldier Field.

Sabía a lo que se refería. En nuestra época, los Chicago Bears todavía jugaban en el estadio Wrigley Field, pero la mitad de los padres de la ciudad habían enseñado a conducir a sus hijos los fines de semana en el aparcamiento del Soldier Field.

Salimos por la puerta como pudimos y echamos a andar hacia State Street, pero Maury se vio obligado a detenerse y a apoyarse en una farola.

—Nate, detesto tener que pedírtelo, pero ¿te queda suficiente dinero para coger otro taxi? —me preguntó—. Debemos de estar a unas cinco o seis manzanas y no creo que pueda llegar tan lejos.

—Sí que me queda. ¿Tienes las piernas muy mal?

—Bastante mal —reconoció sin dejar de apoyarse en la farola.

Paré un taxi de los amarillos —no creo que queden ya de los amarillos y negros— que nos llevó a paso de tortuga calle abajo. Maury mantuvo la nariz prácticamente pegada a la ventanilla de la derecha.

—¡Mierda, Nate! —rezongó cuando pasamos por la manzana donde antaño habían estado los teatros de variedades Follies y Rialto—. ¡No está aquí! ¡Ese cabrón nos ha mentido!

—¡Pare aquí! —le dije al taxista (bueno, más bien le grité).

Nos detuvimos con un chirrido, y Maury gimió cuando prácticamente salió despedido hacia el asiento de delante.

—¿Qué coño te pasa? —refunfuñó.

—Que estás mirando por la ventanilla equivocada —dije, porque allí, en la otra acera de la calle, estaba el Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle, justo al lado del Palacio de las Delicias de Madame Fifi.

—¡Que me aspen…! —exclamó Maury mientras salía del coche entre dolores y yo pagaba al conductor; ni yo mismo creía realmente que estuviera allí.

El taxista se alejó, encantado de haberse librado de un par de viejos chiflados, y nosotros cruzamos la calle renqueando, cada uno apoyándose pesadamente en su bastón. El escaparate no era gran cosa, un par de trucos para niños y algunos pósters de Houdini, Dunninger y Blackstone, lo cual era bastante lógico: a nadie se le ocurría poner nada de valor en el escaparate, no si estaba justo al sur del centro de la ciudad. A unos bloques de allí, el barrio se había aburguesado, pero donde nos encontrábamos seguía siendo tierra de nadie, no llegaba a pertenecer ni al centro ni a la zona de bloques de elegantes apartamentos que habían remplazado a la mayor parte de las barriadas que antiguamente estaba situadas entre este lugar y Chinatown, en Cermak Road.

Me volví hacia Maury, que tenía los ojos chispeantes y abiertos como platos, igual que un niño que acabara de descubrir una tienda de caramelos.

—¿Te vas a quedar plantado aquí fuera todo el día? —le espeté—. ¿A qué estás esperando?

Maury sonrió, abrió la puerta y entró en el Emporio de las Maravillas, conmigo pisándole los talones.

El tipo de detrás del mostrador estaba vuelto de espaldas. «Vayan echando un vistazo, caballeros —dijo—. Enseguida estoy con ustedes».

El local era más pequeño que la tienda del Palmer House, pero vendía la misma parafernalia mágica: las mismas cajas de aparición, la misma selección de varitas mágicas… Me sentí como si tuviera de nuevo once años, y prácticamente pude ver cómo la artritis de Maury se estaba batiendo en retirada de su cuerpo.

Entonces el dependiente se volvió y me quedé de una pieza. Era la viva imagen de Alastair Baffle, hasta en la pequeña verruga en la punta de la nariz. Tenía que ser su nieto, o tal vez su biznieto, pero estaba claro que estaba emparentado con el original.

—¡Vaya!, el señor Gold y el señor Silver —dijo—. ¡Me alegro de verlos otra vez por aquí! Perdónenme que les diga, pero el tiempo no se ha portado tan bien con ustedes como hubiera sido de desear.

—¿Nos conoce? —preguntó Maury.

—Por supuesto. Usted es Morris Gold y usted —se giró hacia mí— es Nathan Silver. Me alegro de volverlos a ver. ¿Qué tal les fue todo al hacerse mayores? Ya veo que bien…

—Nos hicimos socios —dijo Maury.

—Gold and Silver, lógico.

—¿Cuántos años tiene? —le pregunté frunciendo el ceño.

—Soy tan viejo como mi lengua y un poquito más que mis dientes. —Ante la ausencia de reacción, continuó—: Lo decía Edmund Gwenn en De ilusión también se vive. Un encanto de hombre. Acostumbraba a pasar por la vieja tienda del Palmer House siempre que actuaba en algún teatro de Chicago.

—¿Cómo puede todavía seguir aquí, y exactamente con el mismo aspecto que tenía hace setenta y cinco años?

—Supongo que debería decir que gracias a la dieta y a una vida saludable, pero en realidad me encanta comer, fumo montones de cigarrillos turcos y detesto hacer ejercicio.

—¿No tendrá algún truco de magia que le devuelva a uno la juventud, verdad? —preguntó Maury con una sonrisa.

—No podría permitírselo —dijo Alastair.

—A ver —tercié yo—, ¿quién es usted realmente?

—Ya se lo he dicho.

—Ya sé lo que me ha dicho, y es una sandez. No hay nadie tan viejo.

Me observó, no con enojo ni disgusto, sino con frialdad, como si estuviera estudiando un insecto. Decidí sostenerle la mirada, pero por el motivo que fuera no fui capaz de mirarle a los ojos.

—Venga ya, Nate —intervino Maury—. Es el mismo tipo, me acuerdo de él como si hubiera sido ayer.

—¿Ah, sí? Pues resulta que no debería estar igual que si hubiera sido ayer.

—Veo que lleva una cartera en el bolsillo, señor Silver —dijo Alastair, que parecía divertido, no porque estuviera pasando algo gracioso, sino por lo tremendamente incómodo que me estaba haciendo sentir—. La última vez que nos vimos era otra cosa lo que tenía en el bolsillo. ¿Recuerda lo que era?

—Claro —mentí—. ¿Qué cree usted que era?

—Un libro de tapa blanda bastante subidito de tono.

Podía ser.

—¿Y la primera vez? —continuó.

—¿Cómo coño quiere que lo sepa? —repliqué de mal talante porque sabía que me lo iba a decir, lo que significaría que yo estaba equivocado y que realmente era Alastair Baffle.

—Una chocolatina. Era un día muy caluroso, y le dije que tenía que elegir entre comérsela o trastear con los trucos, pero que no podía hacer las dos cosas porque como el chocolate estaba muy blando se le pegaría a los dedos y mancharía los artículos.

Me lo quedé mirando un minuto.

—¡Puñetas! —dije por fin—, de eso sí que me acuerdo.

—Y usted sigue aquí —dijo un entusiasmado Maury.

—La tienda es mi vida. Varias vidas, de hecho. —Miró a Maury, cuyo rostro se había puesto tenso de repente—. Creo que será mejor que se siente voluntariamente, señor Gold, antes de que termine sentado por accidente. —Sacó una silla de algún sitio y se la acercó a Maury.

—Gracias, señor Baffle —dijo Maury, que prácticamente se desplomó sobre ella.

—Llámeme Alastair. Entre viejos amigos las formalidades no son necesarias. Porque bien que somos viejos amigos. ¿Cuántos años han pasado desde que ustedes dos se conocieron en el Emporio?

Yo todavía seguía intentando averiguar qué era lo que no cuadraba, cómo era posible que se presentara como un hombre que pudiera tener ciento cuarenta años y que yo no fuese capaz de rebatírselo, pero Maury respondió presto:

—Setenta y ocho años.

—¡Cómo vuela el tiempo! —exclamó el señor Baffle—. Hubiera jurado que no eran más de setenta y cuatro o setenta y cinco.

Yo no tenía claro si había intentado hacer una gracia o si lo había dicho en serio. Mientras estaba intentando decidirlo, habló de nuevo:

—Y bien, ¿qué desean que les enseñe hoy?

—No lo sé —respondí—. A decir verdad, en realidad no esperábamos encontrar que seguía con el negocio. Ni tampoco que seguía vivo. ¿Qué trucos tiene?

—De todo.

Vi una caja de aparición con espejos en los lados, de esas que te hacen tener la impresión de que un objeto está desvaneciéndose delante de tus ojos, a diferencia de las cajas más tradicionales en las que simplemente desaparece tras haber permanecido fuera de la vista durante unos instantes.

—¿Qué me dice de eso? —dije, señalándola.

Alastair movió la cabeza negativamente.

—Podemos aspirar a algo mejor, señor Silver. De niño podía disfrutar con un truco infantil, pero ahora es adulto y ansía algo que vaya más allá de un mero divertimento pasajero, ¿no es así?

—Lo que ansío y lo que es probable que me encuentre son dos cosas distintas —apunté con ironía—. Maury, esto fue idea tuya. ¿Qué truco quieres ver tú?

—Lo dejaré en manos del señor… de Alastair —respondió Maury, cuyos dedos estaban empezando a doblarse como cuando tenía un ataque de artritis.

—Los trucos son para niños y a ustedes se les han quedado pequeños —dijo Alastair, y tras hacer una pausa continuó—: Creo que hoy les mostraré algunas de mis maravillas para adultos.

Se giró para examinar la estantería que tenía a sus espaldas. El anaquel superior estaba envuelto en un velo de oscuridad a pesar de que el resto de la habitación estaba bien iluminada. En el siguiente había un trío de cabezas reducidas; una me sacó la lengua y otra soltó una risita. También había una mesa de ping-pong en miniatura, de alrededor de un palmo de largo, con palas diminutas y una pelota del tamaño de una abeja; cuando la miré, las dos palas se lanzaron a un vigoroso intercambio de golpes. Un bastón de caramelo se transformó en serpiente, luego en flecha y por último de nuevo en bastón de caramelo.

—Cecil B. DeMille debería haber visitado mi tienda antes de rodar Los diez mandamientos —señaló Alastair cogiéndolo—. Este es mucho más vistoso que esa pieza de atrezo tan simple que utilizó Charlton Heston.

El bastón se convirtió en un cinturón y volvió a recuperar su forma original antes de que Alastair lo dejara en la estantería.

—¿Qué más puede hacer ese bastón? —preguntó Maury, con la misma expectación y credulidad de setenta y ocho años atrás.

—Meros trucos de salón —respondió Alastair con desdén—. Nada para adultos.

Y a continuación se dirigió hacia el extremo del mostrador, de donde cogió un frasquito que trajo de vuelta y depositó junto a Maury.

—¿Qué es? —pregunté yo.

—A menos que me equivoque, lo que no suele ocurrir, se trata de algo de lo que estuvieron hablando justo ayer.

—¡Joder! —exclamó Maury—, ¡echa un vistazo, Nate!

Me acerqué y miré el interior del frasco.

—¡Es él, Nate! —dijo Maury todo emocionado—. Y está apuntando hacia donde va a enviar la pelota, ¡justo igual que en la World Series del 32!

Y ahí estaba un Babe Ruth, de tal vez algo más de un centímetro de alto, indicando a todos seguidores dónde exactamente iba a mandar el siguiente lanzamiento. Y no se trataba de una imagen estática: el jugador que estaba entre la segunda y tercera base estaba golpeándose el guante mientras el árbitro le indicaba a Ruth que dejara de señalar y ocupara su posición.

Miré a Alastair.

—¿Cómo lo ha hecho? —pregunté.

Alastair parecía divertido, y yo me volví a sentir como un insecto.

—Con espejos.

—¿Qué clase de respuesta es esa?

—De las que se corresponden con el precio que ha pagado, una que vale lo que cuesta.

Saqué un billete de cinco dólares y lo puse sobre el mostrador.

—Bien —dije—, ahora sí, ¿cómo lo ha hecho?

—Lo siento, señor Silver, pero nunca ofrezco dos respuestas para una única pregunta. —dijo empujando el billete hacia mí.

—¿Qué más tiene? —quiso saber Maury.

—Varias cosas más. A ver, ¿dónde anda mi colección de Morris Gold? ¡Aquí! —Alargó las manos hacia una estantería de las de más arriba, cogió unas partituras y las sostuvo en alto para que las viéramos—. Las canciones que usted nunca llegó a componer. Y también un libro: la novela que nunca escribió. —Una mirada de infinita tristeza atravesó su rostro cuando nos enseñó la fotografía de un niño—: El nieto que nunca tuvo.

—Se parece un montón a Mark —señaló Maury. Mark era el hijo que había perdido en Vietnam—. ¿Quién es?

—Se lo acabo de decir.

—Pero yo no he tenido ningún nieto.

—Lo sé. Así que esta foto nunca ha existido, por supuesto. —Sopló sobre ella y la fotografía se desvaneció delante de nuestros ojos.

—Pensaba que hoy no nos iba a hacer demostraciones de trucos —apunté.

—Y no las he hecho. Los trucos son para los niños.

—Entonces, ¿cómo llama a lo que nos está enseñando?

—Esperanzas. Sueños. Remordimientos —dijo señalando un trío de frascos de cristal opacos.

—Lo digo en serio, ¿cómo lo ha hecho? —insistí.

—¿En serio? —repitió él. Arqueó una ceja y pareció atravesarme con la mirada, como si pudiera vislumbrar un lugar en mi interior que nadie hubiera debido ver jamás—. Cogemos dos vidas bienintencionadas, aunque nada excepcionales; las mezclamos con todos los «podría haber sido» y los «nunca fue»; las rociamos ligeramente con el optimismo de la juventud, el cinismo de la madurez y el pesimismo de los años; añadimos una pizca de triunfo y una taza de fracaso; calentamos el horno con las pasiones que se desvanecieron; espolvoreamos con solo una gotita de sabiduría, y ya está. —Sonrió, como si estuviera totalmente satisfecho con su explicación—. Nunca falla.

Me sonó a la típica gilipollez que te suelta cualquier vendedor, pero me percaté de que Maury se había tragado hasta la última palabra. Los ojos le brillaban, su rostro resplandecía de entusiasmo, y él volvía a tener once años y a estar pendiente de todas y cada una de las palabras de Alastair Baffle.

—Lo siento mucho, pero van a tener que darse un poco de prisa, ya es casi hora de dar de comer a la banshee y la gorgona.

—¿Podemos verlas? —inquirió Maury.

—Tal vez, pero sospecho que a ustedes les van a parecer idénticas a un par de gatos.

—¿Y a los demás? —insinué yo.

—Depende de si son capaces de ver más allá de la superficie de las cosas.

—¿Siempre fue tan rápido y ocurrente con las respuestas? —le espeté, molesto porque incluso tras todos estos años sus trucos continuaran dejándome perplejo: «ilusiones», mantenía mi cerebro, mientras que otra parte de mí seguía susurrando, «magia».

—No, señor Silver, pero por aquel entonces usted no siempre era así de rápido y sarcástico con las preguntas.

—En algunos círculos, el sarcasmo se considera un signo de inteligencia —dije a la defensiva.

—No son círculos, señor Silver. Lo único que pasa es que desde dentro no se ven todos los ángulos.

Maury lanzó un gemido justo en ese momento. Me giré y vi que tenía el cuerpo corcovado como cuando era presa de dolores. Le saqué un par de pastillas del bolsillo, se las metí en la boca y esperé un minuto antes de preguntarle:

—¿Te han hecho algo?

—No gran cosa —respondió con una mueca—. Esta vez es de las malas, Nate.

—Te llevaré a casa.

—Sí, creo que es lo mejor.

—Tan solo quiero decirles que ha sido un gran placer volver a ver una vez más a mis dos viejos amigos. Y que espero volverlos a ver en el futuro —dijo Alastair, que se había plantado de pronto entre nosotros y la puerta.

—No cuente con ello —repliqué adustamente—. Aunque no haya sido gran cosa, creo que esta ha sido nuestra última escapada al mundo.

—Entonces al menos permítame que me despida con un apretón de manos —dijo agarrando la mía, tras de lo cual se volvió hacia Maury—. Y de usted también, señor Gold.

A Maury se le vio el susto en la cara (detestaba que lo tocaran cuando tenía dolores tan fuertes), y retrocedió un paso para impedir que Alastair le cogiera la mano. Sin embargo, este me apartó con suavidad —y digo con suavidad porque no pareció emplear fuerza alguna, a pesar de lo cual tuve la sensación de que ese mismo y minúsculo esfuerzo le hubiera bastado para empujar a un elefante— y le sonrió.

—No tema, señor Gold, tendré mucho cuidado.

Tomó entre las manos la de Maury, contrahecha, huesuda y arrugada. Cuando eso mismo se lo había visto hacer a alguna enfermera, Maury siempre había gritado, y la mitad de las veces había perdido el conocimiento. Sin embargo, en esta ocasión, no chilló ni se desmayó, y ni siquiera gimió. Tan solo miró a Alastair con una extrañísima expresión en el rostro, como si estuviera volviendo a presenciar su primera exhibición de magia y el mundo fuera joven y estuviera lleno de maravillosas posibilidades.

Salí con él a la calle y paré otro taxi. Cuando me giré para ayudarle a acomodarse en el asiento posterior, lo encontré de pie, erguido sin necesidad de apoyarse lo más mínimo en el bastón. Había levantado la mano y estaba flexionando los dedos una y otra vez, como si no diera crédito a sus ojos.

Yo tenía un montón de preguntas que hacer a Alastair Baffle, pero entonces oí el clic de la cerradura de la puerta y al girarme hacia ella vi que ya había colgado un cartel que decía que había salido a comer.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A duras penas podía creer el cambio que se había operado en Maury. Esa noche dejó de tomar dos de sus analgésicos más fuertes, y la siguiente tarde hasta barajó las cartas, algo que llevaba años sin poder hacer. Los médicos aseguraron que prácticamente era un milagro, que la artritis remite en ocasiones, pero nunca tan deprisa ni tan completamente. Maury los escuchó con educación, pero una vez estuvimos a solas me dijo que a él no le cabía duda alguna de que todo era obra de Alastair Baffle.

Maury vendió algunas obligaciones —total, tampoco sé para qué se las estaba reservando— y la siguiente semana volvimos a bajar al Emporio de las Maravillas.

—Me alegro de volverlos a ver, mis en su día jóvenes amigos —nos saludó Alastair cuando entramos en la tienda—. ¿Qué desean que les enseñe en esta ocasión, caballeros?

—Lo que usted quiera —respondió Maury.

—Déjenme pensar. Sí, ¡tengo algo perfecto!

Entró en la trastienda y salió instantes más tarde con un ratoncito blanco de laboratorio en una jaula que podría haber albergado un perro de treinta kilos.

—El demonio-torbellino neptuniano —anunció—. Una de las criaturas más extrañas del Sistema Solar, si acaso de la galaxia.

—Seguro —dije con tono aburrido.

—¿Acaso lo duda? —preguntó Alastair con ese dejo que me hacía sentir como si él fuera un gato jugueteando con su comida… que era yo.

—Pues claro que lo dudo.

—¡Ay, hombre de poca fe! ¿Qué es lo que le hace dudar?

—¿Además de su aspecto, quiere decir? ¿Respira?

—Por supuesto. ¿A qué viene esa pregunta, señor Silver?

—A que Neptuno es un gigante gaseoso que carece de oxígeno.

—¿De veras? —Su sorpresa parecía auténtica.

—De veras.

—Bueno, me aseguraron que era de Neptuno —dijo con un encogimiento de hombros—, pero supongo que lo mismo podría ser de Pólux IV.

—Venga ya… Es un ratón blanco y es de la tienda de mascotas que hay calle abajo.

—Si usted lo dice, señor Silver.

Entonces se inclinó repentinamente sobre la jaula y dijo «¡Bu!», y en un santiamén el ratón se había convertido en una criatura de más de veinte kilos, que gruñía y giraba sobre sí misma a la par que sacudía dos pares de rudimentarias alas.

—¿Qué coño es eso? —pregunté.

—Ya se lo he dicho —respondió Alastair con una sonrisa de suficiencia—. Vive en un universo en continuo cambio, señor Silver, pero nunca debe dar por hecho que todas las cosas cambian a la misma velocidad.

Levantó el demonio-torbellino para que Maury lo viera bien y luego volvió a llevarse la jaula a la trastienda.

—Este tío está medio chiflado y tiene mucho peligro —le susurré a Maury—. Larguémonos de aquí con viento fresco.

—Tú haz lo que quieras, pero yo me quedo. Él puede hacer milagros y yo necesito otro.

Como me di cuenta de que era inútil discutir con él, me senté, clavé la mirada en una máscara funeraria tribal colgada en la pared e intenté pasar por alto la sensación de que me estaba sonriendo.

—Hoy tiene mejor aspecto, señor Gold —señaló Alastair cuando volvió a reunirse con nosotros—. Me alegro mucho de comprobar que su afección era pasajera.

—No lo era hasta que lo encontré a usted —dijo Maury.

—Me halaga que piense eso, pero yo soy un mero comerciante. Y ahora que ya les he enseñado la maravilla de hoy, ¿qué truco desean comprar?

—No veo con el ojo derecho —terció Maury—. Glaucoma, degeneración macular, no lo sé. Un montón de palabras largas carentes de significado. Haga por mi visión lo que hizo por mi artritis.

—Usted lo que quiere es un dios —dijo Alastair con una sonrisa—, y yo soy un simple tendero.

—Quiero un milagro. Y usted se dedica al negocio de los milagros.

—Yo me dedico al negocio de la magia.

—Es lo mismo —insistió Maury.

—Pídele que haga otro truco —intervine, cada vez más irritado ante la actitud de adoración de Maury—. Estoy seguro de que podría convertir a un ciego en lisiado.

—Ese cinismo del que hace gala no le sienta nada bien, señor Silver. —Metió la mano en el bolsillo y sacó un frasquito diminuto que parecía contener unos polvos y que entregó a Maury—. Esta noche ponga una dosis ínfima de esto en un vaso con agua y lávese el ojo con ello. Tal vez le alivie el dolor.

—Pero si no me duele, lo que me pasa que es que no veo.

—Yo no soy médico —se excusó Alastair—. Este es el único truco que conozco para los ojos.

Maury se llevó los polvos a casa, se limpió el ojo con ellos… y a la mañana siguiente veía.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Maury vendió todas sus inversiones (que tampoco era tantas) y empezó a ir al Emporio cada pocos días, a veces conmigo, a veces solo, cuando yo no me sentía capaz de afrontar otra jornada con su idolatrado Alastair. También tomó por costumbre dar largos y enérgicos paseos por las noches y hacer fondos y abdominales por las mañanas. Últimamente lo normal venía siendo que cuando intentábamos montar un equipo con los para nosotros mejores jugadores de los Bears de todos los tiempos, Maury se olvidara de que Gale Sayers y Walter Payton habían ocupado la misma posición, o pensara que Sid Luckman en realidad se llamaba Lucky Sid Loquefuera, pero ahora no se le escapaba ni una. ¿En cuántos estados había ganado Harry Truman en 1948? ¿Cuál había sido la media de puntos de Michael Jordan durante su primera temporada? ¿Y el primer disco de oro de Rosemary Clooney? Se las sabía todas.

Alastair Baffle nunca se ofreció a venderme un truco ni yo me ofrecí nunca a comprarle uno. Maury no dejaba de insistirme, pero yo consideraba que tras pasar más de noventa años acumulando todas mis dolencias y achaques me las había ganado definitivamente. Eso no quitaba para que me resultara duro ver a Maury más vigoroso y saludable cada día que pasaba. Yo siempre había sido el más corpulento y fuerte, y ahora, por primera vez en mi vida, no podía estar a su altura. ¡Joder!, pero si es que hasta tenía más pelo… La primera vez que alguien nos preguntó si era mi hijo, a duras penas conseguí contenerme para no darles un bastonazo a cada uno.

Y un día Maury desapareció. Yo sabía que había ido a ver a Alastair Baffle (no iba a ningún otro sitio), pero esa noche no volvió. No llamó, y al día siguiente la residencia comunicó su desaparición a la policía. No sirvió de nada. Nadie fue capaz de dar con rastro alguno de él.

Pero yo sí sabía dónde estaba. Dos días después salí por el camino de detrás y me dirigí a la esquina de siempre, donde paré un taxi, que diez minutos más tarde me dejaba en State Street, delante del Emporio de las Maravillas. La puerta estaba cerrada y el escaparate vacío, y en la puerta colgaba un cartel que rezaba, «Nos hemos trasladado», sin decir a dónde.

Probé con las páginas amarillas, sin suerte. Lo intenté también con las páginas blancas. Y, ¡leche!, de haber existido páginas malvas o moradas también lo hubiera intentado con ellas. Pasé las siguientes dos semanas vagando por la zona, preguntando a todas las personas con las que me cruzaba si sabían qué había sido del Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle. Al principio se mostraban muy educadas, pero no tardaron en empezar a mirarme como si fuera el chiflado del barrio y a darse media vuelta y largarse en cuanto me veían.

Me quedé en la residencia Hector McPherson siete meses más. Como tenía un apartamento de dos habitaciones, continuamente estaban intentando que accediera a compartirlo con otro ocupante, pero Gold y Silver ya formaban equipo antes de que ninguno de los candidatos hubiera nacido, y yo no estaba por la labor de tener que amoldarme a un nuevo compañero.

Y entonces llegó el día que yo sabía que acabaría por llegar. El doctor carraspeó y titubeó antes de decírmelo: el cáncer había reaparecido en el otro pulmón. Pregunté cuánto me quedaba. Durante unos minutos anduvo de puntillas alrededor de la respuesta y por fin me dijo que podía ser cualquier cosa entre tres semanas y tres meses. Ni siquiera me sentí triste; nueve décadas es mucho tiempo, más de lo que tiene la mayoría, y desde que Maury se había marchado la vida ya no resultaba demasiado divertida.

Cada vez me costaba más respirar, me costaba más desplazarme. Y entonces leí en el periódico que iban a reponer Casablanca en un pequeño cine situado en Old Town, a unos tres kilómetros al norte del centro, en ese barrio que primero fue beatnik, luego hippie y por último yuppie. La habían pasado por la tele unas tropecientas mil veces, pero esta iba a ser la primera reposición comercial en pantalla grande en casi cuarenta años, y yo me dije, «¿Qué mejor manera de morir que viendo a Bogey y a Claude Rains alejándose hacia lo desconocido para forjar una sólida amistad y luchar contra los malvados, lo mismito que soñábamos con hacer Maury y yo de críos?».

Me obsesioné con la idea de que quería morir así y en ese lugar. Esperé unos días más, hasta que ya casi ni tenía fuerzas para bajar las escaleras. Y entonces, en un momento en que los enfermeros y cuidadores estaba ocupados con sus diversas tareas, salí por la puerta principal y esperé el taxi que había pedido por teléfono, ya que no estaba seguro de que con ese frío fuera a tener fuerzas para esperar en la calle hasta que pudiera parar uno.

Le indiqué la dirección del cine al taxista, que me dejó frente a él quince minutos más tarde. Le entregué un billete de veinte dólares, metí en el bolsillo de la camisa uno de diez para la película y otro de veinte (por si resultaba que no me moría y necesitaba otro taxi para volver) y me dirigí a la taquilla. Cuando llegué me detuve y me di media vuelta para echar un último vistazo al mundo…

… y entonces lo vi, enclavado entre una frutería a la antigua usanza y una pequeña ferretería: Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle. Crucé la calle y miré por el escaparate. Tenía exactamente la misma pinta que la última tienda. Contemplé la puerta durante un largo instante antes de abrirla y entrar.

—Señor Silver —dijo Alastair al que mi llegada no pareció sorprender lo más mínimo—. ¿Cómo es que ha tardado tanto?

—La vida… —respondí casi sin aliento.

—La vida nos obliga a aflojar la marcha —dijo dándome la razón en un tono más comprensivo que intimidatorio—. Bueno, no se quede en la puerta con este frío. Hay alguien que le está esperando.

—¿Maury?

—Yo tenía mis dudas —dijo mientras asentía con la cabeza—, pero él me aseguró que más tarde o más temprano aparecería.

Un muchacho que me resultó extrañamente familiar entró desde la trastienda. Cuando me sonrió supe que había visto esa misma sonrisa un millón de veces antes.

—¿Maury? —dije pasmado y asustado al mismo tiempo.

—Hola, Nate. Sabía que vendrías.

—¿Qué te pasó?

—Ahora trabajo aquí. A tiempo completo.

—Pero ¡si eres un anciano!

—Ya sabes lo que se dice, uno es tan viejo como se siente. Y yo, yo me siento como si tuviera doce años, tres meses y veintidós días, —sonrió de nuevo—, que es la edad que tenía el día que nos conocimos. Y ahora nos hemos vuelto a encontrar.

—Por muy poco tiempo —dije, mentalizándome para contarle lo del cáncer—. La semana pasada me dieron malas noticias.

—Entonces son noticias de hace una semana, así que ya están de lo más pasadas —señaló sin dar muestra alguna de preocupación.

—Tengo que dar de comer a los gatos-arácnidos denebianos —anunció Alastair—. Dejaré que los viejos amigos charlen en privado unos instantes.

—¿Has entendido lo que te he dicho? —pregunté a Maury mirándolo de hito en hito—. Tengo cáncer en el otro pulmón. Me han dado tres meses, como mucho.

—¿Por qué no le preguntas a Alastair qué es lo que tiene para ti?

—¿De qué hablas?

—Mírame, Nate. Yo no soy una ilusión. Tengo doce años. Él lo hizo por mí. Y también lo puede hacer por ti. Le pedí que te guardara un puesto de trabajo.

—¿Un puesto de trabajo? —repetí frunciendo el ceño.

—Un puesto de trabajo para toda la vida —dijo recalcando significativamente el final de la frase—. Y en este lugar nunca se puede saber cuánto tiempo va a ser eso. Míralo a él, ¿sabías que una vez vio pasar a George Washington a caballo?

—Más te vale que te haya mentido, Maury.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó desconcertado.

—¿No te das cuenta de cuánto tiempo vas a tener que servirle?

—Tal como lo dices cualquiera diría que soy su esclavo —se quejó—. Me encanta trabajar aquí. Me enseña cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Tú las llamarías trucos, pero no lo son.

—Más te vale regresar conmigo, Maury.

—¿Para que pueda pudrirme en la silla de ruedas mientras me voy quedando ciego? ¿Para que no pueda siquiera coger un lápiz sin tener la sensación de que me arde la mano? Si me quedo ¡puedo seguir estando sano eternamente!

—¿Sabes cuánto tiempo es «eternamente»? —repliqué—. ¿Te limitaste a firmar el contrato sin leer la letra pequeña? ¿Cuánto tiempo te llevará pagar la deuda que has contraído con él? ¿Cuándo serás libre de marcharte?

—¡Pero si no quiero marcharme! —casi me gritó—. ¿Qué hay ahí fuera aparte de dolor y sufrimiento?

—Ahí fuera es donde está absolutamente todo. El dolor y el sufrimiento no son más que una pequeña parte de ese todo. Son el precio que tenemos que pagar para poder disfrutar lo bueno.

—Lo bueno se ha acabado para los ancianos enfermos como nosotros —terció Maury—. No deberías estar intentando convencerme de que no me quede. Debería ser yo quien te estuviera convenciendo a ti de que te vinieses aquí conmigo.

—Me parecería un fraude, Maury. Si Dios existe, me voy a encontrar con él muy pronto y tengo intención de que sea con la conciencia tranquila. Nunca defraudamos en los negocios, nunca engañé a mis esposas, y no voy a empezar con los chanchullos ahora.

—Te estás equivocando por completo en el planteamiento —insistió él—. Si no te quedas conmigo, te estarás defraudando a ti mismo. —Hizo una pausa y luego continuó—: No sé cuánto tiempo te va a guardar el puesto, Nate. No me parece que le caigas demasiado bien.

—Pues tendré que aguantarme…

—¡Maldita sea, Nate! Vas por ahí con un solo pulmón, ¡en el que encima tienes cáncer! ¡De ningún modo puedes aguantarte! Ya no puedes aguantar nada más. Vente mientras estás a tiempo. Podemos volver a ser Gold y Silver, ¡durante toda otra vida!

—Todavía no he terminado con esta. A lo mejor solo me quedan tres meses. O a lo mejor descubren un nuevo tipo de quimio o algún otro nuevo tratamiento. La vida siempre ha sido una aventura peligrosa, Maury. Hasta ahora yo me he atenido a las reglas y no pienso cambiar a estas alturas.

—¿Y qué si te curan? Te darán otros ocho meses. Él puede darte ocho décadas.

Alastair regresó entonces de la trastienda.

—Supongo que el señor Gold le ha contado lo del puesto de trabajo en la tienda… —dijo.

—Lo que necesita no es un anciano cansado y enfermo —repuse yo.

—Cierto. Un anciano cansado y enfermo no me iba a servir de gran cosa. —Y añadió tras una pausa—: Pero un joven saludable siempre me viene bien.

—Espero que tenga suerte y dé con la persona adecuada, que me temo que no soy yo. Y ahora creo que ya va siendo hora de que me marche.

—¿Sin su truco? —preguntó Alastair.

—Voy a tener que pasar del truco. Llevo el dinero justo para la película que ponen al otro lado de la calle y para el taxi de vuelta.

—Me lo puede dejar a deber. —Alastair alargó la mano, hizo brotar del aire una rosa roja y me la ofreció—. Cuidado con las espinas —me advirtió.

—Le vi hacer esto mismo la primerísima vez que visité su tienda —le dije.

—No, señor Silver, cada vez es diferente. Huela la fragancia.

—No puedo —repuse señalando mi aparato de oxígeno.

Alastair se acercó y, antes de que pudiera impedírselo, me quitó el oxígeno y lo tiró a una papelera.

—El oxígeno está prohibido aquí, señor Silver. Es demasiado inflamable.

Me preparé para agarrarme la garganta y empezar a jadear por la falta de aire, pero lo único que sucedió es que inspiré profundamente. Y me sentí bien. Me sentí de puta madre.

—Ahora sí, ¿cómo huele?

Me llevé la rosa a la nariz.

—Maravillosamente —dije asombrado.

—Me queda a deber un dólar para la próxima vez que venga a la tienda.

—Nate —dijo Maury—, ¿seguro que no te quieres quedar?

—No puedo. ¿Seguro que no te quieres marchar?

Maury movió la cabeza negativamente.

Yo no sabía si estrecharle la mano o darle un abrazo, así que tan solo clavé la mirada en él, grabando su rostro en mi memoria por última vez, y luego salí por la puerta.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Acudí al hospital para comenzar mi tratamiento dos días después. Los doctores me hicieron montones de escáneres y de radiografías, además de un análisis de sangre y alguna que otra prueba más, y luego me dejaron sentado esperando durante horas. Cuando por fin salió, el jefe del equipo me informó de que el diagnóstico inicial había estado equivocado y que después de todo no tenía cáncer.

A la mañana siguiente cogí un taxi para ir a la tienda y pagarle el dólar a Alastair. En el escaparate había un cartel: «Nos hemos trasladado».

Sigo buscando. No para aceptar su oferta, sino solo para pagarle lo que le debo, y tal vez para volver a ver a Maury una vez más y saber cómo le va. Me enteré de que había abierto una tienda en Morse Avenue, en el distrito de Rogers Park, pero cuando llegué ya se había vuelto a trasladar.

Alguien me ha comentado que han abierto una tienda de magia en Hyde Park, en la zona de la universidad, y en cuanto me sienta con fuerzas me acercaré a verla con mis propios ojos. Lo más probable es que para entonces ya no esté. No creo que Alastair quiera que lo encuentre. A lo mejor tiene miedo de que haya cambiado de opinión. Por mi parte, yo no sé lo que les diría, al hombre que vendió su alma de mil amores y al que se la compró.

Pero daría uno de los meses que me quedan a cambio de poder echar tan solo un último vistazo al Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle.

Copyright © 2008 Mike Resnick



[1] En inglés, gold quiere decir «oro», y silver, «plata». También cabe señalar que baffle significa «desconcertar».Volver

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10 respuestas a El Emporio de las Maravillas de Alastair Baffle, de Mike Resnick

  1. Maravilloso cuento. Muchas gracias por dárnoslo a conocer..

    • marcheto dijo:

      A mí también me pareció un cuento precioso, con un perfecto equilibrio entre melancolía, humor, fantasía, sentimentalismo… Vamos, que se merecía sin lugar a dudas un hueco en el blog. Así que me alegro de que estés de acuerdo conmigo. 🙂

  2. Pedro L. M. dijo:

    Una jodida maravilla, que diría Maury. Gran desarrollo de personajes, pulso narrativo, historia, originalidad… Mi voto del cuento del año está decidido.
    ¡Saludos!

    • marcheto dijo:

      Comentarios como este (y cuentos como este) me reafirman en la idea de que este blog tiene su razón de ser. Así que muchas gracias por pasarte por aquí para compartir tu entusiasmo. 😀

  3. El cuento de Resnick me trajo recuerdos de un episodio clásico de La Dimensión Desconocida (Twilight Zone) de 1962, que también fue incluido en la película de 1983: “Kick the Can”, donde un personaje mágico llega a una casa de retiro para ancianos y a través del juego de patear una lata convierte a los más entusiastas en niños.

    • marcheto dijo:

      Hola, Juan.
      A pesar de que he visto The Twilight Zone completa, me temo que no recuerdo el episodio que mencionas. A ver si algún día de estos tengo un rato y lo repesco, porque las películas y obras que tienen que ver con la magia me suelen gustar bastante. La película de 1983 creo que no la llegué a ver.
      Y, por supuesto, muchas gracias por pasarte por aquí a dejar tu comentario.

  4. Roberto dijo:

    Un cuento precioso…y una lastima no poder disfrutar en español de todos los relatos de resnick, espero con ansias su novela “nueva” . Nuevamente gracias

    • marcheto dijo:

      Hola, Roberto.
      Me alegro de que te haya gustado el cuento de Resnick, que efectivamente es precioso. Y, aunque es muy difícil que lleguemos a ver traducidos al español la totalidad de sus numerosísimos relatos, supongo que sabrás que otro de sus cuentos nominados a los Hugo también se ha traducido recientemente. Se trata de “Regreso a casa”, y lo puedes leer en la estupenda antología “A la deriva en el Mar de las Lluvias“, que también incluye relatos de varios otros autores de este blog (Ken Liu, Rachel Swirsky y Mary Robinette Kowal). Aprovecha.

      • Anónimo dijo:

        Una antología totalmente recomendable, creo que , “lamentablemente” tengo todo lo publicado por resnick en español, sus historias de un burdel espacial tienen que ser la leche, pero me fastidia que existan más de un centenar de novelas sin traducir…espero con ansia la publicación en español este año de su novela Kiriyanga

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