Ulder, de Vajra Chandrasekera

Vajra Chandrasekera es un escritor de Colombo (Sri Lanka), cuyo primer relato apareció en 2013 en la revista Clarkesworld. Desde entonces ha publicado alrededor de una docena de cuentos y un puñado de poemas en destacadas antologías y revistas del género y, aunque esta es su primera traducción al español, varias de sus obras ya se han traducido al italiano, francés y holandés.

Ulder (Ulder) es un relato muy breve que se publicó por primera vez en la revista Daily Science Fiction, y que posteriormente se incluyó en formato podcast en Glittership. Un cuento que me resultó impactante porque con menos de mil palabras consigue crear una poderosa sensación de inquietud, y contar y sugerir mucho más que otras obras bastante más extensas. Así que no dejéis escapar esta oportunidad, porque en solo unos minutos podéis descubrir a un prometedor escritor y además averiguar qué es eso de «ulder». 😉

Y ya por último, vaya mi agradecimiento para Vajra, por darme la oportunidad de compartir con todos vosotros su fascinante relato, y también por todas sus aclaraciones, gracias a las que espero que esta traducción haya conseguido reflejar todos los matices y la intensidad del texto original. Thanks a million, Vajra!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar aquí los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) del relato. Muchas gracias una vez más a nuestros imprescindibles colaboradores Johan y Jean.

ACTUALIZACION II: Este relato ha sido el ganador (ex aequo con La llave del gabinete de la noche, de Jeff Noon) en el apartado de relato favorito de nuestra 3ª encuesta anual. ¡Enhorabuena, Vajra! Y gracias a ello ya podéis leer un nuevo cuento de este autor en el blog: El umbral y el dique.

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Ulder

Vajra Chandrasekera

—Ulder —dijo el hombre del sombrero, inclinándose hacia mí, sin apenas mover los labios.

Su mirada saltaba de un pasajero a otro, como si alguien más en el tren fuera a oírle a través de los tapones profilácticos. Nosotros dos éramos los únicos con los oídos expeditos.

—¿Cómo? —dije en voz demasiado alta.

El hombre del sombrero se apartó, los labios apretados, la barba erizándosele. No volvió a mirarme.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En la estación, los soldados se llevaron al hombre del sombrero. Observé por el rabillo del ojo cómo se alejaban; el sombrero se le había caído cuando lo habían derribado, y su cabello estaba despeinado por la escaramuza. No vi el sombrero por ninguna parte, aunque claro, el andén estaba atestado de gente. Me lo imaginé aplastado y pisoteado en medio de la aglomeración.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esa noche en la cama le mencioné la palabra a Kirill, que se puso tenso y quiso saber dónde la había oído.

—¿No te explicó su significado? —me preguntó él cuando le conté la historia.

—¿Cuál es? ¿Tú lo sabes?

Kirill se lo pensó tanto que le di un codazo para comprobar si se había quedado dormido.

—Ya sabes cómo detesto que me ocultes cosas —dije.

—Déjate de dramatismos.

Y entonces me explicó el significado de la palabra.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Hasta varios días después no se me ocurrió preguntarle cómo se había enterado de lo de la palabra. Esos días me sentí ofuscado, inerme, renacido. El viento parecía más frío. Empecé a dejarme crecer la barba. Sentía frágiles los largos huesos de las espinillas, como si estuviera febril. Y la palabra, la palabra resonaba en mi interior, haciendo brotar ecos como hongos en la oscuridad.

«Ulder», me decía sentado en mi mesa, mientras trabajaba y escribía; pero solo en mi cabeza, para que los demás en la oficina no me oyeran. Aunque mi preocupación era superflua, puesto que todos llevaban profilácticos.

«Ulder», me decía cuando veía uniformes en la calle, soldados arrestando a alguien.

(«Desapareciéndolos —había dicho Kirill en una ocasión al poco de conocernos—. Arrestándolos, no, desapareciéndolos». Y yo solo había pensado, «Un hombre libre y hermoso…». Pero si por aquel entonces hubiera conocido la palabra, tampoco hubiese pensado «ulder», porque Kirill nunca lo fue.)

«Ulder», susurraba cuando por la tarde, camino de la estación, oía los himnos religiosos que emitían los altavoces de sonido metálico. Yo, que antes solía ir siguiendo las oraciones, recitándolas entre dientes, por la costumbre, sin fijarme en mi camino.

«Ulder, ulder, ulder.»

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La dije en voz bien alta la siguiente vez que Kirill y yo nos acostamos juntos. La primera vez en casi una semana, porque no podíamos permitirnos que nos vieran juntos con demasiada frecuencia. Fue decirla y Kirill se apartó de mí. Se levantó de la cama y encendió uno de sus cigarrillos de contrabando.

—Y ahora ¿quién es el que está siendo melodramático? —dije.

Lo de los cigarrillos le encajaba perfectamente. En eso consistía tanto el alcance como la naturaleza de su rebelión: elegante, superficial, traviesa, fragante, carcinógena.

—Me temía que ibas a reaccionar así —replicó—. Hay gente que es inmune a las enfermedades de transmisión memética, pero tú…

—Las ETM no existen —aseguré—. Ya te lo he dicho, no son más que propaganda del estado para desacreditar las ideologías que reprueba. Ulder…

—A mí no me la digas —me espetó él, presa de la tos y de su risa amarga y alquitranada—. ¿Qué sabrás tú de esto? Si fui yo quien te lo conté…

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No quiero hablar de la pelea. No es así como quiero recordarlo. Pero gritamos mucho y supongo que alguien debió de oírnos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Unos días después quise hacer las paces, así que acudí a la tetería donde acostumbrábamos a reunirnos después del trabajo, aunque, cuando estaba llegando, por el jaleo ya supe que pasaba algo. Al principio no reconocí los andares de Kirill, aprisionado entre los soldados que lo sacaban del edificio para meterlo en la camioneta que estaba esperándolos. Solo me di cuenta de que era él cuando oí su risa, amarga como el alquitrán.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Sin saber qué hacer, cogí el tren para volver a casa. Estaba abarrotado, como siempre, y me aferré al asidero igual que un hombre ahogándose. Y cuando me fijé en la joven, la única persona en el vagón aparte de mí que no llevaba tapones, fui incapaz de contenerme.

Sabía lo que sucedería, que no pasaría inadvertido, que me estaríais esperando en el andén con las porras.

Pero durante un instante vislumbré esa receptividad, ese algo frágil y quebrantado que siempre había visto en el espejo, pero que nunca había reconocido hasta oír la palabra, y, aunque sabía que ni ella lo entendería ni yo se lo podría explicar, me incliné y dije, «Ulder», la palabra desnuda y brillante, febril en mi boca.

Copyright © 2014 Vajra Chandrasekera

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13 respuestas a Ulder, de Vajra Chandrasekera

    • marcheto dijo:

      Un comentario conciso y que no se anda por las ramas, de lo más apropiado para este cuento. 😉
      Y, por supuesto, me alegro mucho de que te haya gustado tanto.

  1. Poe dijo:

    Nuevo seguidor, primera lectura, imposible empezar mejor 🙂 felicitaciones por el blog!

    • marcheto dijo:

      Entonces lo primero darte la bienvenida. Y lo segundo, las gracias.
      Si eres nuevo, te animo a que te descargues las dos antologías anuales, que es lo más cómodo, a ver qué te parecen el resto de los cuentos, pero ten en cuenta que son muy distintos unos de otros, así que lo más probable es que unos te gusten más que otros. Ya me contarás.

  2. Iliondos dijo:

    Por favor, me ha encantado.

    (Es que el “soberbio” ya me lo habían pisado.)

    Gracias, Marcheto.

    • marcheto dijo:

      Estupendo, de eso se trata. En mi opinión, un ejemplo perfecto de “Lo bueno, si breve…”. Y no te preocupes, que los comentarios no tienen que ser excesivamente literarios (para eso están los cuentos), así que se vale repetir las palabras. 😉

  3. Gilberto dijo:

    ¡Pero que buen cuento! Hacía mucho que no leía algo tan bueno en proporción a su extensión.
    Gracias, Marcheto. ¡A leer más de Vajra!

    • marcheto dijo:

      Pues, de los que le he leído yo, te recomiendo que sigas con “Pocket Full of Stones, publicado en Clarkesworld, que es el otro cuento que barajé para el blog. Espero que también te guste. Y si te quedas con más ganas, “Documentary”, que tienes en Lightspeed.

  4. scorpius05 dijo:

    Hola, Marcheto. La brevedad y los pequeños detalles permiten adentrarte en esta historia de opresión e intolerancia. Es una distopía religiosa, que sería el sueño anhelado de muchas teocracias actuales.

    • marcheto dijo:

      Hola de nuevo. Una curiosidad, ¿de dónde deduces que se trata de una teocracia? Porque a mí ese detalle se me ha escapado.

      • scorpius05 dijo:

        De este par de párrafos:
        “«Ulder», susurraba cuando por la tarde, camino de la estación, oía los himnos religiosos que emitían los altavoces de sonido metálico. Yo, que antes solía ir siguiendo las oraciones, recitándolas entre dientes, por la costumbre, sin fijarme en mi camino.”
        “La dije en voz bien alta la siguiente vez que Kirill y yo nos acostamos juntos. La primera vez en casi una semana, porque no podíamos permitirnos que nos vieran juntos con demasiada frecuencia. Fue decirla y Kirill se apartó de mí. Se levantó de la cama y encendió uno de sus cigarrillos de contrabando.”
        Es obvio, que el protagonista vive bajo el régimen de una teocracia islámica y teme ser castigado por ser gay. Presta más atención a los detalles en una próxima lectura similar. Cuídate.

        • marcheto dijo:

          Tienes toda la razón, se me ha había olvidado el detalle de lo de los himnos religiosos por los altavoces :oops:, pero por si sirve de descargo diré que hace varias semanas que lo traduje y mi memoria es nefasta. Lo de que sea islámica o no, ya no estaría tan claro, pero tampoco tiene mayor importancia. Gracias por recordármelo. Y cuídate tú también.

  5. Pingback: Relatos cortos: “Ulder” de Vajra Chandrasekera. | Origen Cuántico

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