Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano, de James Alan Gardner

James Alan Gardner es un veterano escritor canadiense de ciencia ficción y fantasía que, a pesar de su dilatada carrera, por desgracia no es demasiado conocido por aquí. Su primer relato apareció en 1990, y desde entonces ha publicado alrededor de media docena de novelas y cerca de una treintena de cuentos, con los que ha conseguido nominaciones a los Hugo, Nebula y Locus, entre otros premios, además de ganar en una ocasión el Writers of the Future y el Theodore Sturgeon Memorial, y en dos el Prix Aurora Award (algo así como los Ignotus canadienses). Por desgracia, su única obra traducida hasta el momento al español es la novela El hombre de bronce (ed. La Factoría de las Ideas, 2004), perteneciente a la franquicia de Tomb Raider. Y efectivamente me parece una pena que la situación sea esta porque, como ya comentaba en la entrada con la que inauguré la sección de Lecturas recomendadas, considero que este autor tiene un puñado de relatos excelentes, tal como se puede comprobar en su colección Gravity Wells.

Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano (Three Hearings on the Existence of Snakes in the Human Bloodstream) fue publicado en febrero de 1997 en la revista Asimov’s Science Fiction, y posteriormente ha sido incluido en diversas antologías, entre ellas la ya citada Gravity Wells, que recoge la ficción breve más destacada de James. Este cuento fue nominado a los premios Hugo y Nebula, quedó segundo en la encuesta anual de la propia revista Asimov’s, y ganó el Prix Aurora Award de 1998 en la categoría de mejor relato escrito en inglés. Se trata de una ucronía que, no solo no ha envejecido durante los casi veinte años transcurridos desde su publicación, sino más bien todo lo contrario. Así que espero que os guste y que sirva para despertar el interés entre nosotros por la obra de este escritor.

Y ya por último, me gustaría agradecerle a Gilberto el que me descubriera a este autor y en concreto este cuento en uno de sus comentarios (porque sí, en la medida de lo posible intento hacer caso a vuestras sugerencias). Y, sobre todo, vaya mi agradecimiento para el propio James, que tan amablemente me ha cedido este cuento para que hoy lo podáis disfrutar todos vosotros. Thanks a million, Jim!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar aquí los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) de este cuento. Muchas gracias una vez más a Johan y Jean Mallart.

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Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano

James Alan Gardner

  1. En relación con un montaje de lentes, dispuestas de modo tal que amplifican la visión de diversos animálculos demasiado menudos para ser observados a simple vista.

Su Santidad, el supremo patriarca Septo XXIV, era un experto en cadenas.

De acuerdo a la ley sagrada, las cadenas son obligatorias para todos los acusados que sean llevados ante la Corte Inmaculada. Sin embargo, el señor alcaide disfrutaba de gran libertad a la hora de elegir qué cadenas acompañaban a cada prisionero. Un hombre poseedor de abundante peculio podía pagar para así conseguir que únicamente un holgado collar de eslabones de oro le colgara del cuello; una beldad podía hacer una visita privada al carcelero en sus aposentos y salir con unos finos y centelleantes brazaletes de plata… cadenas, sí, pero delicadas como la seda. Si, por el contrario, el acusado no podía ofrecer ni riquezas ni posición ni generosos encantos físicos… bueno, para esos casos la prisión contaba con abundantes grilletes, esposas y demás hierros destinados a mostrar a tales malnacidos el implacable peso de la justicia divina.  

El hombre que en aquellos momentos se encontraba frente al patriarca Septo ocupaba una posición intermedia raramente vista en cuanto a cantidad de instrumentos de constricción: dos sólidas manillas unidas por una cadena de hierro de un calibre razonable, lo suficientemente fuertes para que el prisionero no tuviera oportunidad alguna de liberarse, pero no tan pesadas como para tirar de sus hombros hasta el punto de causarle dolor. No había duda de que el señor alcaide había optado por la cautela en este caso concreto, y Septo se preguntaba por el significado de este hecho. Era posible que el imputado no fuera una persona con peso específico propio, pero que estuviera lo suficientemente bien relacionado como para que las indignidades injustificadas quedaran descartadas… por ejemplo, un escultor o un músico que se hubiera ganado el favor de algunas familias notables de la ciudad. Y ciertamente tenía un cierto aire de artista: ojos intensos en un rostro impracticable, y la clase de temperamento excitable que podía expresar la pasión pero no sabía sacarle partido.

«Se participa al tribunal —anunció el primer alguacil— que ante él se presenta un tal Anton Leeuwenhoek, filósofo de la naturaleza acusado de herejía contra Dios y Nuestra Señora, la Virgen Insepulta. Arrodillaos y orad con Su Santidad para implorar que en este día se haga justicia.»

Septo esperó a ver qué es lo que hacía Leeuwenhoek. Los ladrones y asesinos que eran traídos ante el tribunal de inmediato se dejaban caer de rodillas y ofrecían un chabacano espectáculo rogándole a Dios que demostrara su inocencia. Sin embargo, un hereje podía escupir desafiante o lanzar maldiciones al trono patriarcal, lo que no era la manera más adecuada de conseguir el perdón, si bien era cierto que muchos herejes llegaban a la sala resueltos a convertirse en mártires. Leeuwenhoek tenía los ojos de esos fanáticos, pero al parecer no las convicciones; sin hacer ni una mueca, se arrodilló e inclinó la cabeza. El Patriarca cerró rápidamente sus propios ojos y recitó las palabras que ya había dicho cinco veces antes esa misma mañana: «Señor, concédeme sabiduría para que pueda reconocer la verdad. Virgen Santísima, concédeme discernimiento para que pueda administrar justicia. Que todas nuestras acciones en el día de hoy sean a la mayor gloria de Vuestra Divina Unión. Amén».

Se oyeron «amenes» por toda la sala: alguaciles y letrados ciñéndose al ritual. Septo miró de refilón al celador de Satán, un inquietante título para un jovial muchacho pecoso, la única persona presente que estaba eximida del deber de cerrar los ojos durante la oración. El celador asintió con la cabeza dos veces, para indicar que Leeuwenhoek había mantenido una correcta actitud de oración y que había dicho «amén» junto a todos los demás. Bien, el proceso se acababa de convertir en un juicio válido, y cualquier cosa que sucediera a partir de ese momento estaba respaldada por la autoridad celestial.

—Señor fiscal, vuecencia puede presentar los cargos —dijo Septo.

El fiscal hizo una reverencia tan pronunciada como se lo permitió su bastante redondeado contorno, con su frente empolvada perlada ya de sudor. No era un día caluroso, principios de primavera, no más… sin embargo, el fiscal ben Jacob era un hombre famoso por su abundante sudor, una característica que por lo general molestaba a sus adversarios legales más que a sí mismo. Bastantes abogados defensores a los que se había enfrentado se habían visto distraídos por la copiosa corriente que le corría rostro abajo, y debido a ello se les había pasado por alto algún error en sus razonamientos. Que siempre era posible encontrar errores en los razonamientos de ben Jacob era algo que Septo sabía bien: el viejo Abraham no es que fuera demasiado avispado. No obstante, era probo y ni se le pasaría por la cabeza la posibilidad de obtener algún beneficio personal a expensas de aquellos a los que procesaba; motivo por el que el Patriarca en ningún momento lo había destituido de su puesto.

—Su Santidad —dijo ben Jacob—, el objeto del caso de autos son determinadas aseveraciones en contra de la doctrina de la, esto… de las culebras durmientes.

—¡Vaya! —Septo miró a Leeuwenhoek—. Hijo mío, ¿realmente negáis la doctrina divina?

—He probado su falsedad —dijo el hombre con un encogimiento de hombros—, por consiguiente, a malas penas puede ser divina.

Varios alguaciles dejaron escapar una exclamación de asombro, al considerar parte de su trabajo mostrarse horrorizados ante cualquier sacrilegio; los mismos alguaciles que solían susurrar y hacer comentarios jocosos durante las descripciones de los horrores auténticos: asesinatos, violaciones, mutilaciones…

—Los presentes guardarán silencio —dijo Septo cansinamente; era la quinta vez que pronunciaba esas mismas palabras en lo que llevaba de mañana—. Señor fiscal, si os pluguiese leernos el susodicho pasaje…

—Esto… el pasaje, sí, el pasaje.

Septo mantuvo la compostura mientras ben Jacob revolvía entre los papeles y pergaminos buscando lo que necesitaba. La lectura de cualquier pasaje de las escrituras que hubiera sido negado por el hereje formaba parte del procedimiento habitual, por supuesto, para garantizar que no se había producido un malentendido. Y el que a ben Jacob se le perdiera su copia del texto pertinente entre una pila de documentos varios también formaba parte del procedimiento habitual. Con cualquier otro fiscal, podría haberse tratado de algún tipo de fullería; en el caso de ben Jacob, era mera desorganización.

—Helo aquí, sí, helo aquí —dijo por fin sacando una hoja con las esquinas dobladas y una mancha de grasa claramente visible a lo largo de uno de los bordes—. Evangelio de Susana, capítulo veintitrés, versículo primero.

Ben Jacob hizo una pausa mientras los dos secretarios verificadores localizaban el pasaje en su propio ejemplar de las escrituras. Lo irían siguiendo en silencio mientras él leía el texto en voz alta, atentos a cualquier lapsus que se apartara de la palabra sagrada. Cuando ambos estuvieron preparados, ben Jacob se aclaró la garganta y leyó:

Una vez finalizada la procesión, se retiraron a un huerto más allá de los muros de Jerusalén. Y esa noche sucedió que Matías vislumbró una culebra, oculta por la maleza, por lo que aferró una piedra para así poder aplastar la alimaña; pero María le detuvo la mano diciendo:

—No hay peligro, porque mirad, la bestia duerme.

—Maestra —replicó Matías—, no dormirá eternamente.

—Cierto es —admitió María—, pero os prometo que dormirá hasta el amanecer y, cuando llegue el amanecer, abandonaremos este lugar y a todas las culebras que en él moran.

No obstante lo cual, Matías mantuvo la piedra en la mano y siguió mirando la culebra con miedo.

—Hombre de poca fe —le dijo María a Matías—, ¿por qué te preocupas por la criatura que duerme ante ti cuando estás ciego a las culebras de tu propio corazón? Porque yo os digo, cada una de las gotas de vuestra sangre fluye con una legión de culebras en su interior, y eso mismo es así para todos los hijos de la tierra. Todos estáis envenenados por la negra ponzoña, envenenados mortalmente. Pero si creéis en mí, yo las arrullaré y entonces dormirán en paz hasta que dejéis atrás estos cuerpos mortales y os adentréis en el amanecer del nuevo día de Dios.

Ben Jacob bajó la hoja y miró a los verificadores en busca de ratificación. El Patriarca también se volvió hacia ellos, pero no necesitaba sus asentimientos para saber que las Escrituras habían sido leídas correctamente. Se sabía el pasaje de memoria; era uno de los textos fundamentales de la Madre Iglesia: la promesa de salvación de la Virgen. También era uno de los pasajes más populares entre los herejes para ser puesto en entredicho. La presunción del pecado original, de que la condenación es algo inherente a la carne humana… era un anatema para muchas jóvenes almas encendidas. «¿Qué clase de Dios —se preguntaban— condenaría a un niño al averno por el mero hecho de haber nacido?». Era una buena pregunta, y su respuesta seguía siendo objeto de sutiles y frecuentes debates; sin embargo, las palabras de la Virgen eran inequívocas, independientemente de que los teólogos alcanzaran o no a entender todas sus implicaciones.

—Anton Leeuwenhoek —dijo Septo—, habéis oído el pasaje verificado de las escrituras. ¿Negáis su verdad?

—Debo hacerlo —respondió Leeuwenhoek manteniéndole la mirada—. He examinado la sangre humana prolijamente y no contiene culebras.

Los gazmoños de la sala tenían la boca abierta, preparados para dejar escapar otro grito ahogado ante cualquier sacrilegio; pero incluso ellos se percataron de que el hombre no estaba blasfemando de manera deliberada, sino que parecía estar exponiendo… un hecho.

¡Qué curioso!

Septo se enderezó ligeramente en el trono patriarcal. Todo apuntaba a que este proceso iba a ser más interesante que los juicios habituales por herejía.

—Supongo que comprenderéis que este pasaje versa sobre el pecado original —le dijo a Leeuwenhoek—. La Santísima Virgen asevera que todos los seres humanos están emponzoñados por el pecado y que únicamente pueden redimirse a través de ella.

—No es así, Su Santidad. —La voz de Leeuwenhoek era áspera—. Lo que afirma el pasaje es que hay culebras en la sangre humana. Y yo sé que no las hay.

—Las culebras son meramente…

Septo se interrumpió a tiempo. Había estado a punto de decir que las culebras eran meramente una metáfora; pero se encontraban en un juicio público y cualquier pronunciamiento que hiciera tendría fuerza de ley. Declarar que un pasaje de las escrituras, cualquiera, no era literalmente verdad… ningún patriarca lo había hecho jamás en un foro público, y Septo no tenía intención alguna de ser el primero.

—Dilucidemos este punto —dijo Septo a Leeuwenhoek—. ¿Negáis la doctrina del pecado original?

—No. Yo nunca he alcanzado a comprender las cuestiones teológicas. De la sangre es de lo que entiendo, y no hay culebras en ella.

Uno de los gazmoños se atrevió a lanzar un pequeño gemido de horror, pero hasta un sordo hubiera notado que era forzado.

—Debéis tener presente que las culebras pudieran ser muy, pero que muy pequeñas —intervino el fiscal ben Jacob intentado ser de ayuda.

—De eso se trata justamente —respondió Leeuwenhoek con repentino entusiasmo—. He fabricado un instrumento que permite ver las cosas minúsculas igual que si fueran mucho mayores. —Se giró bruscamente hacia Septo—. ¿Su Santidad está familiarizado con el telescopio? El aparato para ver objetos a gran distancia…

El Patriarca asintió con la cabeza a pesar de sí mismo.

—Mi instrumento —continuó Leeuwenhoek— se basa en un principio similar: una disposición de lentes que amplifica la visión y revela cosas demasiado pequeñas para que puedan ser vistas a simple vista. He examinado la sangre con todo detalle y, aunque contiene numerosos animálculos minúsculos que no puedo identificar, juro ante el tribunal que no hay culebras. No las hay dormidas ni las hay despiertas.

—Hum… —Septo se tomó unos instantes para cruzar las manos sobre la mesa que tenía delante y, cuando habló, evitó que su mirada se cruzara con la del prisionero—. Es un hecho palmario que las culebras son muy duchas a la hora de esconderse, ¿verdad? Seguro que pudiera ocurrir que una culebra se ocultara detrás de… detrás de estos otros animálculos minúsculos que habéis mencionado.

—«Una legión de culebras» —citó Leeuwenhoek con cabezonería—, eso es lo que dice el texto. Una legión de culebras en cada gota de sangre. Es inverosímil que todas puedan encontrar donde esconderse; he pasado cientos de horas buscando, Su Santidad. Días, semanas y meses.

—Hum…

Problemático de admitir, pero Septo no dudaba del hombre. El Patriarca había observado los cielos con un excelente telescopio y había visto un universo de inesperadas maravillas: montañas en la Luna, cabellos en el Sol, anillos alrededor del planeta Cronos… No le costaba demasiado creer que el aparato de Leeuwenhoek pudiera revelar sorpresas similares… incluso aunque no mostrara culebras en el torrente sanguíneo. Después de todo, estas no eran más que una parábola, ¿acaso alguien podía dudarlo? La Virgen Santísima acostumbraba a utilizar un lenguaje poético que cualquier persona culta admitía que era más simbólico que literal.

Por desgracia, la Iglesia no estaba constituida por eruditos. Daba igual lo sofisticado que pudiera ser el clero: los feligreses provenían de los estratos más humildes. ¿Culebras en la sangre? Si eso es lo que decía la Virgen, pues tenía que ser verdad; y el patriarca que adoptara una postura menos dogmática las iba a pasar canutas. La Iglesia se cimentaba sobre la Autoridad: la autoridad eclesiástica, la autoridad de las Escrituras. Si Septo reconocía en público que determinados puntos de la doctrina podían interpretarse como mero simbolismo, que una enseñanza clave era una metáfora y no un hecho literal… Bueno, un solo agujero en un odre basta para que se quede vacío.

Por otra parte, la verdad era la verdad. Si no había culebras, pues no había culebras. Dios había creado el mundo y a todos los que en él moraban; si el Creador había elegido que esa sangre vital fuera de una determinada manera, la obligación de la Madre Iglesia era aceptarlo y alabarlo por ello. Aferrarse a una falacia con objeto de preservar la propia autoridad era peor que la mera cobardía: era una blasfemia más condenatoria que cualquier otra.

Septo miró a Leeuwenhoek, que estaba esposado de pie delante del banquillo de los acusados. Un ser humano vivo con un alma viva, y Septo podía hacer con solo una palabra que fuera ejecutado por propagar falsedades.

Pero ¿dónde residía verdaderamente la falsedad?

—Esta causa no puede fallarse hoy —anunció Septo—. La Madre Iglesia investigará las aseveraciones del acusado hasta donde le resulte posible. Construiremos nuestros propios instrumentos ópticos de aumento, debidamente bendecidos para ampararlos de las injerencias de Satán —continuó Septo reprimiendo una sonrisa: todavía quedaban algunos inquisidores retrógrados que creían que el demonio distorsionaba lo que se veía por cualquier lente—. Veremos qué es lo que hay y no hay en la sangre.

Los alguaciles que había en la sala mostraron su acuerdo asintiendo con la cabeza, igual que lo hubieran hecho si la sentencia hubiera sido de muerte o de absolución inmediata. Sin embargo, ben Jacob dijo:

—Su Santidad… tal vez fuera oportuno que el tribunal procediera a… a dictar instrucciones para que nadie construya uno de estos artilugios hasta que la Iglesia haya dictaminado sobre este asunto.

—Al contrario —replicó Septo—, considero que la Iglesia debería poner estos aparatos a disposición de todos aquellos que los soliciten, para que ellos mismos puedan verlo con sus propios ojos.

El Patriarca sonrió, preguntándose si ben Jacob lo entendía. Un decreto prohibiéndolos solo serviría para animar a los disidentes a construirlos en secreto; por el contrario, proporcionar libre acceso a tales artilugios atraería a los curiosos a la Iglesia, en lugar de alejarlos de ella. En cualquier caso, el asunto solo resultaría de interés para las clases acomodadas, que eran las que disponían de tiempo y de energía para especular sobre cuestiones esotéricas. El grueso de los legos (granjeros, mineros y palafreneros) nunca llegarían a enterarse del ofrecimiento. E incluso en caso contrario, difícilmente les importaría. Los diminutos animálculos podían ser una curiosidad chocante, pero no tenían relación alguna con la vida de un campesino.

Una nueva pausa para la oración antes de que se llevaran a Leeuwenhoek para que enseñara a los eruditos de la Iglesia cómo construir su aparato amplificador. El hombre parecía contento con el resultado: no solo había escapado a una sentencia de muerte, sino que ahora tendría la oportunidad de enseñar a otros lo que había visto. Septo había conocido a muchos hombres como él: adultos que se comportaban como niños, buscando conchas coloridas en la playa y enternecedoramente agradecidos cuando alguien mostraba interés por los objetos llenos de arena reunidos en su pequeña colección.

Y en cuanto al aparato original de Leeuwenhoek, Septo se lo hizo llevar a sus dependencias cuando el tribunal hizo un receso a mediodía. Conseguir sangre fue fácil: un pequeño pinchazo con un alfiler y el Patriarca tuvo su muestra para examinar. Miró ansiosamente por la lente, ajustando el foco igual que en un telescopio.

Animálculos. ¡Asombroso!

Animálculos extraordinariamente minúsculos… innumerables cardúmenes de ellos, nadando en su propia sangre. ¡La de maravillas que Dios ha creado…! Criaturas de distintas formas y tamaños, tal vez depredadores y presas, igual que los peces que nadan en el océano.

Y ¿dónde estaban las culebras? La pregunta era casi irrelevante. Y, sin embargo… apenas perceptible, tan cercano a lo invisible que habría podido tratarse de una ilusión óptica, algo tan fino como un cabello pareció pasar fugazmente por su campo de visión.

Y desapareció.

 

  1. El origen de los análogos culebrinos en la sangre de los papistas.

A su majestad británica Ana VI le agradaba la Cámara Estrellada. Es cierto que a lo largo de los cinco siglos anteriores en ocasiones se había abusado escandalosamente de su poder (juicios subrepticios que terminaban con la ejecución en secreto de personas que probablemente eran mucho más inocentes que los monarcas encargados de administrar justicia), pero incluso en el glorioso Imperio había lugar para las audiencias privadas. La reina a este lado de la mesa, uno de sus súbditos al otro… como si fuera una charla íntima entre amigos, una ocasión para, de una manera u otra, solucionar las diferencias.

—Bueno, señor Darwin —dijo una vez estuvo servido el té—, al parecer habéis armado bastante revuelo, ¿no es así?

El hombre de montaraz barba sentado al otro lado de la mesa no respondió al momento. Colocó un dedo en el asa de su taza como si la de beber o no beber fuera una decisión de capital importancia, y a continuación habló:

—Me he limitado a decir la verdad, señora… tal como yo la veo.

—Sí, pero distintas personas ven verdades distintas, ¿no es cierto? Y las cosas que vos afirmáis que son verdad han molestado a bastantes de mis fieles súbditos. Supongo que sois consciente de que reina un cierto… malestar.

—Estoy al tanto de los disturbios. En varias ocasiones han llegado a estar alarmantemente cerca de mi persona. Y, por supuesto, mi vida ha recibido amenazas.

—Entiendo. —Ana cogió una diminuta rebanada de pan untada con mantequilla y mordió lo que confiaba pareciera un bocado comedido. Por algún motivo, siempre le apetecía comer cuando estaba en la Cámara Estrellada frente a los acusados; mientras que ellos nunca parecían tener ni pizca de apetito—. Las amenazas son uno de los motivos por los que os hemos invitado hoy a este lugar. Scotland Yard se está cansando de tener que protegeros, y sir Oswald lleva tiempo planteándose si vuestra vida realmente lo merece.

Su comentario provocó la reacción esperada: los dedos del hombre se quedaron paralizados sobre el asa de la taza y el color abandonó su rostro.

—No me había percatado… —Y, tras entrecerrar los ojos, Darwin añadió—: Tengo la sensación, señora, de que alguien va a tomar pronto una decisión sobre este asunto.

—Exacto. Sir Oswald ha recurrido en busca de consejo a la corona, que ahora recurre a vos. —Le dio otro bocadito a la rebanada de pan—. ¿Seríais tan amable de explicar vuestras teorías?, ¿de exponer la línea de razonamiento que os ha llevado hasta esas… perturbadoras declaraciones públicas?

—Todo está explicado en mi libro, señora.

—Pero vuestro libro es para científicos, no para reinas. —Ana dejó el pan y se dio el gusto de beber un sorbito de té tomándose su tiempo, pero Darwin continuó en silencio—. Por favor —dijo por fin—, deseamos tomar una decisión bien informada.

Darwin lanzó un gruñido… o tal vez fue una apagada risita cínica. Una muestra de mala educación, en cualquier caso.

—Muy bien, Majestad —dijo asintiendo con la cabeza—. Todo se reduce a una simple cuestión histórica.

—La historia rara vez es simple, señor Darwin, pero continúe.

—En… 1430 y pico, he olvidado el año exacto, Anton Leeuwenhoek fue llevado ante el supremo patriarca Septo para tratar el asunto de la ausencia de culebras en el flujo sanguíneo. ¿Le resulta familiar esa historia, señora?

—Por supuesto. Se trata del suceso desencadenante del cisma entre nuestra iglesia y los papistas.

—Exacto.

Ana notó que Darwin se estaba conteniendo para no levantarse de la silla y empezar a pasear por la sala, igual que un profesor impartiendo una clase a un grupo de alumnos adormilados. Su excesiva impetuosidad le hizo gracia, aunque confiaba en que consiguiera mantener sus impulsos controlados.

—Os ruego continuéis, señor Darwin.

—Todo el mundo sabe que la decisión del Patriarca desembocó en… una avalancha, por decirlo así, de gente examinando su propia sangre con un microscopio. Al principio solo las clases altas, pero la moda no tardó demasiado en extenderse también a los estratos más bajos de la sociedad. Como la iglesia permitía que todo el mundo mirara por un microscopio sin pagar, supongo que para los campesinos se convirtió en una diversión gratuita.

—El opio del pueblo —sugirió Ana, a quien le agradaba la frase: el señor Marx la había empleado cuando también a él le había tocado visitar la Cámara Estrellada.

—Supongo que así será —concedió Darwin—. En cualquier caso, el fenómeno sobrepasó de lejos todo lo que Septo pudiera haber previsto; y lo que fue peor para el Patriarca, muy pronto dividió a la iglesia en dos bandos: aquellos que aseguraban ver culebras en su sangre y aquellos que no las veían.

—Señor Darwin, conocemos perfectamente la diferencia fundamental entre papistas y redimidos.

—Os pido perdón, señora, pero creo que la habitual interpretación histórica está… errada. Confunde causa y efecto.

—¿Cómo va haber una confusión? Los papistas tienen culebras en la sangre; eso es algo que le resulta evidente a cualquier niño que mire por un microscopio. Nosotros, los redimidos, no estamos así contaminados; lo que también es un hecho fácilmente observable. La conclusión obvia, señor Darwin, es que la propia Hija de Dios marcó a los papistas con Su maldición, para que todos y cada uno de ellos fueran conscientes de lo equivocado de su proceder.

—Según los papistas —le recordó Darwin—, las culebras son un signo de la bendición de Dios: una culebra dormida simboliza un pecado amansado.

—¿Es eso lo que vos creéis, señor Darwin?

—Lo que yo creo es que resulta más práctico examinar los hechos antes de emitir cualquier juicio.

—Por eso estamos hoy aquí —dijo Ana con una significativa mirada—. Hechos… y juicio. Si pudierais ir al quid del asunto, señor Darwin…

—El quid del asunto —repitió él—. Faltaría más. Estoy de acuerdo en que hoy en día cualquier microscopio mostrará que los papistas tienen culebras en su torrente sanguíneo… o, tal como los científicos prefieren llamarlas, análogos culebrinos, puesto que es altamente improbable que el fenómeno observado corresponda a verdaderos reptiles…

—No entremos a discutir la nomenclatura —lo interrumpió Ana—. Aceptamos que las entidades en la sangre de los papistas no guardan relación alguna con las cobras ni con las víboras, pero llevamos siglos llamándolas culebras y el nombre resulta aceptable. Continúe con su explicación, señor Darwin.

—Vos misma os lo acabáis de explicar, señora. Han transcurrido varios siglos desde que surgió la controversia original. Lo que vemos hoy en día puede no ser lo que se veía entonces. —Inspiró profundamente—. Al leer los textos de aquella época pretérita se descubre que había grandes dudas en relación con las culebras, incluso entre los papistas. Los análogos culebrinos eran extremadamente raros y difíciles de distinguir… a diferencia de las manifiestas entidades que se observan hoy en día.

—Seguro que es por los aparatos. Los microscopios de entonces eran artilugios rudimentarios comparados con nuestros excelentes instrumentos modernos.

—Ese es el argumento habitual —admitió Darwin asintiendo con la cabeza—, pero yo creo que hay una explicación distinta.

—¿Ah, sí?

—Mi explicación se basa en mis observaciones de las palomas, señora.

Ana parpadeó por la sorpresa.

—¿De las palomas, señor Darwin? —preguntó volviendo a parpadear—. ¿De los pájaros? —Se mordió el labio y añadió—: ¿De esos bichos repugnantes que se posan en las estatuas?

—No de las palomas que están sueltas por ahí, Majestad, sino de las domésticas. De las que se crían para exhibiciones. Por ejemplo, varios siglos atrás, a un terrateniente de Sussex se le metió en la cabeza conseguir una paloma negra a partir de sus ejemplares de raza gris.

—¿Y por qué iba a querer una paloma negra?

—Eso también continúa siendo un misterio para mí; pero los documentos históricos no dejan lugar a duda. Se lanzó a la tarea, seleccionando las palomas del gris más oscuro que pudo conseguir y cruzándolas entre ellas. Con el transcurso de muchas generaciones, su color se fue volviendo más y más oscuro, y así hasta hoy, cuando sus descendientes presumen de tener palomas negras como el carbón.

—¿Que presumen de eso?

—Sin cesar.

Darwin agarró un trozo de pan y prácticamente se lo embutió en la boca. Al parecer estaba tan absorto en la conversación que había olvidado quién se sentaba al otro lado de la mesa. «Bien —pensó Ana—, así bajará la guardia».

—Comprendemos los principios de la cría de animales —señaló Ana—. No obstante, no vemos de qué modo atañen a los papistas.

—Durante los últimos cinco siglos, Majestad, los papistas han pasado justo por ese mismo proceso… y, en realidad, también los redimidos. Pensadlo. En cualquier población, el azar provoca que existan numerosas diferencias entre los individuos; por ejemplo, las palomas del terrateniente, eran de distintas tonalidades de gris. Si un proceso de selección elige enfatizar un rasgo concreto al resultar deseable, mientras que los demás quedan excluidos por no serlo (por ejemplo, si únicamente se cruzan los pájaros más oscuros entre ellos y se impide que los más claros contribuyan a esa línea de sangre), la característica seleccionada tenderá a hacerse más pronunciada con cada generación.

—Seguís hablando de palomas, señor Darwin.

—No, Majestad —dijo él triunfalmente—, estoy hablando de los papistas y de los redimidos. Supongamos que en los tiempos del patriarca Septo algunos individuos tenían unos casi imperceptibles análogos culebrinos en el flujo sanguíneo… por mera casualidad, igual que algunas personas tienen el cabello rizado y otras no.

Ana abrió la boca para decir que con frecuencia los rizos no eran en absoluto una mera casualidad, pero decidió callarse.

—Ahora bien —continuó Darwin—, ¿con qué se encontró aquella gente? Con que algunos vieron esas diminutas y casi invisibles culebrillas, mientras que otros no las vieron. Los que las vieron declararon: «Esta es la demostración de la solidez de la palabra de la Madre Iglesia». Mientras que los que no vieron nada dijeron: «Las Escrituras no pueden ser interpretadas de manera literal; los fieles deben encontrar la verdad en su propio corazón». Y de este modo el Cisma dividió el mundo, enfrentando un bando contra otro.

—Sí, señor Darwin, todo eso lo sabemos.

—Entonces, señora, también debéis saber lo que sucedió durante las siguientes generaciones. El distanciamiento en la fe creó un distanciamiento similar en la población. Los papistas solo se casaban con papistas. Los redimidos solo se casaban con redimidos.

—Por supuesto.

—En consecuencia —prosiguió Darwin haciendo hincapié en esta palabra—, aquellos que veían en su sangre las así llamadas culebras solo se casaban con otros de condición similar. Y los que no veían nada se casaban con otros que no veían nada. Así que ¿cómo puede sorprendernos el que, generación tras generación, las culebras cada vez fueran más visibles en la sangre de los papistas? Y que cada vez hubiera menos y menos probabilidades de vislumbrarlas en la de los redimidos… Es simple y llanamente una cuestión de crianza selectiva, señora. Los papistas no se diferencian de nosotros porque la Virgen los señalara con su mácula; son diferentes porque ellos optaron por diferenciarse, por enfatizar la diferencia, por así decirlo. Y el que los redimidos no tengan culebras en la sangre se debe a ese mismo motivo: se trata de un simple efecto colateral de los prejuicios conyugales de nuestros antepasados.

—¡Señor Darwin! —exclamó horrorizada la reina—. ¡Qué afirmaciones son esas! No me sorprende que hayáis conseguido enojar a los papistas tanto como a vuestros propios compatriotas. Sugerir que una señal sagrada divina no es más que un mero accidente obsceno… —Y, tras contener la respiración unos instantes le espetó—: Caballero, ¿dónde está vuestra decencia?

—Tengo algo mejor que decencia —respondió él con voz tranquila—. Tengo pruebas.

—¿Pruebas? ¿Cómo podríais probar tal cosa?

—Hace algunos años, embarqué en un barco que navegó por los Mares del Sur y, durante esa travesía, vi cosas que me abrieron por completo los ojos.

—¿Más palomas, señor Darwin?

—Las aves de las islas del Pacífico no son demasiado apropiadas para los estudios científicos —respondió él con un gesto desdeñoso de la mano—. Lo que observé fue la labor que realizaban los misioneros, tanto papistas como redimidos, predicando a los nativos que habitaban en aquellas islas. ¿Habéis oído hablar de estas misiones?

—Nosotros hemos sufragado varias de tales misiones, señor Darwin.

—¿Y qué tal los resultados, señora?

—Una de cal y una de arena —confesó Ana—. Algunas tribus están abiertas a la Redención, mientras que otras… —Se encogió de hombros—. A los papistas tampoco es que les vaya mejor.

—Exactamente, Majestad. Por ejemplo, yo visité una isla en la que los papistas llevaban ya establecidos treinta años, a pesar de lo cual el sacerdote del lugar aseguraba no haber conseguido ninguna conversión verdadera. Y quiero hacer hincapié en esa palabra, «verdadera». Muchos de los nativos habían abrazado la doctrina papista, participaban en sus actos de culto y todo eso, a pesar de lo cual el sacerdote no era capaz de encontrar culebras en su sangre, así que su explicación era que no habían abrazado verdaderamente a la Madre Iglesia.

—¿Y vos disentís de tal conclusión?

—Por supuesto. Para mí, la tribu de la isla no era más que una población cerrada que, por mera casualidad, nunca había desarrollado análogos culebrinos en la sangre. Si solo se cruzan palomas blancas, nunca se conseguirá una negra.

—Pero… —empezó a decir Ana antes de interrumpirse bruscamente al venirle a la memoria las palabras de un reciente informe de una misión, «Nuestro trabajo en esta isla nos hace sentir una continua frustración: aunque sus habitantes se inclinan ante el altar del Señor, su sangre sigue mancillada por las culebras de los Impuros…»—. Señor Darwin —musitó Ana—, ¿podría ser posible que hubiera islas en las que todos sus habitantes tuvieran culebras en la sangre independientemente de cuáles fueran sus creencias?

—Por supuesto que las hay —respondió Darwin asintiendo con la cabeza—. La mayoría de las islas cuentan con una población aislada y homogénea. Encontré algunas tribus con culebras y otras sin ellas; y era un hecho independiente del misionero que se ocupara de ellas. Cuando los papistas van a parar a una isla cuyos habitantes ya tienen análogos en su flujo sanguíneo, enseguida aseguran haberlos convertido y lo celebran a lo grande. Por el contrario, cuando se encuentran con una tribu cuya sangre está limpia… bueno, ya pueden predicar todo lo que quieran, pero no van a conseguir cambiar las consecuencias de generaciones y generaciones cruzándose entre sí. Así que por lo general renuncian y se trasladan a otra isla en la que la población sea más receptiva… o lo que es lo mismo, en la que, para empezar, tengan el tipo de sangre correcto.

—Ah.

Ana bajó la mirada. Darwin había estado hablando de los papistas, pero ella sabía que eso mismo era verdad para los misioneros redimidos. Acostumbraban a quedarse un año en un lugar, hacer unos cuantos análisis de sangre y, a continuación, trasladarse a otro si no podían demostrar que conseguían resultados… porque esos resultados se medían exclusivamente por la sangre en lugar de por la fe profesada por los habitantes. Si los misioneros, sus propios misioneros, habían estado abandonando a fieles sinceros porque no creían que las conversiones fueran «verdaderas»… no quería ni pensar qué le parecería a Dios todo este asunto.

Sin embargo, Darwin no había terminado de hablar:

—En nuestra travesía visitamos numerosas islas, Majestad, y unas pocas nunca habían sido pisadas por misioneros. Algunas de estas tribus tenían análogos culebrinos en la sangre, mientras que otras no los tenían… y la población de cada una de las islas era homogénea. Mi hipótesis es que las posibilidades de desarrollar análogos podrían haberse distribuido de manera uniforme por toda la humanidad hace milenios; sin embargo, cuando una población se iba quedando aislada, ya fuera geográfica o socialmente…

—Sí, señor Darwin. Ya veo lo que queréis decir. —Ana se percató de que estaba tamborileando con un dedo sobre el borde de la mesa. Se controló y se puso en pie—. Este asunto merece ser estudiado más en profundidad. Daremos instrucciones a la policía para que busque un lugar donde podáis continuar con vuestro trabajo sin tener que sufrir molestias del exterior.

Darwin puso mala cara.

—Y ese lugar, ¿no será una cárcel, señora?

—Un refugio cómodo. Se os proporcionará todo lo que necesitéis: libros, papel, de todo.

—¿Se me permitirá publicar?

—Contaréis al menos con una ávida lectora de todo lo que escribáis —respondió ella dedicándole una leve inclinación de la cabeza—. Me habéis dado mucho sobre lo que pensar.

—Entonces permitidme que os dé todavía otra cosa más sobre la que pensar, Majestad. —Darwin respiró profundamente, como si estuviera intentando decidir si sus siguientes palabras resultarían intolerablemente ofensivas. Y tras decidir que no tenía nada que perder, supuso Ana, continuó—: Papistas y redimidos llevan cientos de años cruzándose de manera selectiva dentro de su propia población. Podría llegar un momento en que se hubieran alejado tanto entre ellos que su… cruzamiento ya no fuera viable. Ya corren rumores sobre una tasa inusualmente alta de mortalidad entre los niños con un progenitor papista y otro redimido. Si continuamos con esta segregación, creo que llegará un momento (tal vez dentro de milenios, pero llegará) en que las dos poblaciones puedan llegar a escindirse en dos especies distintas.

—¿Especies distintas?, ¿de seres humanos?

—Podría suceder, Majestad. Es posible que en estos momentos estemos presenciando el origen de dos nuevas especies.

—¿El origen de las especies, señor Darwin? —dijo la reina Ana torciendo el morro con desagrado—. Si se trata de un chiste sepa que no nos hace gracia.

  1. La eficacia de la trisulfozimasa en la prevención de las reacciones por incompatibilidad AC en los partos con progenitores con distinto tipo de sangre.

La vista se iba a celebrar a puerta cerrada: una mala señal. Julia Grant había preguntado a varios de sus compañeros qué es lo que debía esperarse, y todos le habían dicho, «un juicio espectáculo, un juicio espectáculo». Al senador McCarthy le encantaba que su nombre saliera en los periódicos. A pesar de lo cual, los periodistas no podían entrar ese día, en el que los únicos presentes eran Julia y el comité.

Una muy mala señal.

—Buenas tardes, señora Grant —dijo McCarthy una vez ella hubo jurado decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. La voz del hombre tenía una cierta melosidad, el resultado del intento de un hombre desagradable por resultar amable—, supongo que sabe el motivo por el que está aquí.

—No, senador.

—Venga ya, doctora —la reprendió él como si estuviera hablando con un niño de cinco años—, seguro que conoce el propósito de este comité… Del que como es lógico se sigue que su trabajo nos resulte de sumo interés.

—Mi ámbito de trabajo es la investigación médica —replicó ella escuetamente y, obligándose a mirar a McCarthy a los ojos, añadió—: La política no me interesa lo más mínimo. Yo curo a los enfermos.

—Hay enfermedades y enfermedades —señaló el senador con un encogimiento de hombros—. Todos podemos entender que los médicos se ocupen de la congestión nasal, los estornudos y los ataques al corazón… pero ese no es su campo, ¿verdad?

—No, soy hematóloga, especializada en problemas de compatibilidad AC.

—¿Sería tan amable de explicar al comité qué es eso?

La doctora sospechaba que todos los miembros del comité (todos ellos hombres) ya habían sido puestos al tanto de su investigación. Y, en cualquier caso, seguro que leían los periódicos. Pero bueno, tampoco le costaba nada seguirles la corriente.

—La sangre humana —empezó— o bien es AC-positiva o bien es AC-negativa…

—¿AC quiere decir «análogo culebrino»? —la interrumpió McCarthy.

—Sí, el nombre se deriva de la antigua creencia…

—De que algunos individuos tenían culebras en su flujo sanguíneo —la interrumpió McCarthy de nuevo.

—Correcto.

—¿Y hay individuos que tienen culebras en su flujo sanguíneo? —preguntó McCarthy.

—Entidades que parecen culebras —corrigió otro senador… probablemente un demócrata.

—Los análogos culebrinos no están presentes en el flujo sanguíneo de ningún individuo —respondió Julia—. No aparecen hasta que la sangre queda expuesta al aire. Es un mecanismo especializado de coagulación, desencadenado por una enzima que provoca que se formen filamentos microscópicos en la zona donde existe una herida…

—En otras palabras —dijo McCarthy—, la sangre AC-positiva funciona de manera distinta a la AC-negativa, ¿es correcto?

—En este aspecto en concreto, sí —contestó Julia asintiendo con la cabeza.

—¿Considera que la sangre AC-positiva es, por así decirlo, mejor que la AC-negativa?

—Proporciona una coagulación ligeramente más eficaz cuando se produce una herida…

—¿Le parece que la sangre AC-positiva es… admirable, doctora?

Julia se lo quedó mirando de hito en hito mientras contaba mentalmente hasta diez.

—Todos los tipos de sangre me resultan fascinantes —respondió por fin—. La AC-positiva se coagula más deprisa… lo que resulta útil para detener una hemorragia, pero también aumenta ligeramente el riesgo de sufrir una apoplejía. Mi impresión general es que las ventajas y los inconvenientes se compensan entre ellos. De no ser así, la evolución rápidamente hubiera inclinado la población hacia uno de los dos lados.

—Así que cree en la evolución, doctora Grant… —dijo McCarthy cruzando las manos en la mesa frente a él.

—Soy científica. También creo en la gravedad, en la termodinámica y en la ley de los gases ideales.

Ni uno de los miembros del comité se dignó sonreír siquiera.

—Doctora —dijo McCarthy con voz queda—, ¿cuál es su tipo de sangre?

Julia apretó los dientes antes de responder.

—El Tribunal Supremo resolvió que nadie está obligado a responder esa pregunta.

McCarthy golpeó la mesa con el puño presa de un súbito ataque de ira.

—¿Acaso ve que tengamos aquí con nosotros al Tribunal Supremo? ¿Lo ve? Porque de ser así, dígame dónde están esos maricones con su togas negras para que los haga salir volando por la ventana con una patada en su culo de papistas chupacirios. —Y volviéndose a recostar en la silla añadió—: No me parece que se percate de la gravedad de su situación, doctora Grant.

—¿De qué situación? Soy investigadora médica…

—Y ha desarrollado un nuevo fármaco, ¿verdad? —le espetó McCarthy—. Una nueva droga, que quiere que sea de libre acceso para cualquier ciudadano. Me pregunto si la persona que inventó la heroína también se consideraba un investigador médico.

—Señor McCarthy, la trisulfozimasa no es un narcótico. Se trata de un fármaco cuidadosamente desarrollado…

—Que fomenta el mestizaje entre papistas y redimidos —terminó McCarthy—. Para eso sirve, ¿no es así, doctora?

—¡No! —Julia respiró profundamente antes de proseguir—: La trisulfozimasa sirve para combatir determinadas complicaciones clínicas que se producen cuando un padre AC-positivo y una madre AC-negativa…

—Cuando un papista engendra su nauseabundo retoño en una redimida —interrumpió McCarthy—. Cuando un papista se folla a una redimida. ¿Es eso lo que quiere fomentar, doctora? ¿Es así como va a hacer que este mundo sea un lugar mejor?

Julia se mantuvo en silencio. Sintió cómo le ardían las mejillas, igual que un niño al que han pillado con las manos en la masa; y se indignó al ver que su reacción ante las palabras de McCarthy era más de culpabilidad que de indignación.

«Sí —quería decir—, dejar de dividir a la humanidad en dos bandos hostiles hará que el mundo sea un lugar mejor». La mayor parte de la población del planeta no comprendía ni la teología papista ni la redimida: pero, de alguna manera, la ponzoñosa idea de la discriminación sanguínea se había extendido por todos los países del globo, independientemente de su fe religiosa. ¡Una locura! Y millones de personas eran de su misma opinión. Sin embargo, a los McCarthy del mundo les resultaba un peldaño cómodo para alcanzar el poder, y ¿quién podía detenerlos? Solo había que pensar en Alemania. Y en Irlanda. Y en la India y Paquistán.

Ridículo… y mortal, repitiéndose una y otra vez a lo largo de la historia. Tal vez debería dejar de lado la compatibilidad AC y trabajar en una cura para el impulso de demonizar a los que son distintos.

—El terreno de la medicina es la vida, no el estilo de vida —dijo con frialdad—. Si me encontrara con un paciente cuyo corazón ha dejado de latir, intentaría reanimarlo, independientemente de que la víctima sea un niño inocente, un asesino convicto o incluso un senador. —E inclinándose hacia delante añadió—: ¿Alguno de ustedes ha sido testigo alguna vez de una reacción por incompatibilidad AC?, ¿de cómo muere el recién nacido?, ¿de cómo la madre empieza a sufrir espasmos y por lo general también muere? Son personas auténticas, caballeros, y gritos de dolor auténticos. Solo un monstruo podría presenciar algo así y seguir con sus monsergas ideológicas.

Algunos de los miembros del comité tuvieron el decoro de aparentar sentirse incómodos y apartar la mirada, pero McCarthy no fue uno de ellos.

—Usted cree que estamos aquí por un problema meramente ideológico, ¿verdad, doctora?, que esto no es más que un elevado debate sobre doctrina filosófica. —McCarthy sacudió la cabeza en una muestra de pesar nada convincente—. Ojalá fuera así… De verdad que ojalá fuera así. Ojalá los papistas no estuvieran intentado destruir todo aquello que simboliza este país, obedeciendo las órdenes de sus cabecillas foráneos para corromper el espíritu de la misma libertad. ¿Por qué debería preocuparme por los gritos de una mujer cuando ella se ha prostituido con uno de esos tipos? Ella tomó su decisión y ahora tiene que enfrentarse a las consecuencias. Ninguno de los aquí presentes inventó la incompatibilidad AC, doctora. Fue Dios… y creo que no deberíamos pasar por alto su indirecta, ¿no le parece?

Julia notó un repentino reflujo de bilis en la garganta. Durante un instante no consiguió reunir las fuerzas necesarias para controlarlo, pero no podía vomitar, no delante de estos hombres. Se esforzó por tragar y respirar regularmente hasta que logró superarlo.

—Senadores —dijo por fin—, ¿realmente pretenden prohibir la trisulfozimasa?, ¿negarles un tratamiento que puede salvarles la vida a quienes lo necesitan?

—Hay quien dice que resulta muy significativo —respondió McCarthy— que un redimido pueda tener un hijo con una papista sin mayores complicaciones, pero que al revés no ocurra así. ¿No le parece también a usted significativo?

—Senadores —insistió ella pasando por alto las palabras de McCarthy—, ¿pretende este comité prohibir la trisulfozimasa?

Silencio.

Y entonces McCarthy le preguntó con una ligera sonrisa:

—¿Cómo funciona la trisulfozimasa, doctora?

Julia lo miró fijamente, preguntándose adónde quería ir a parar con esta nueva pregunta.

—La trisulfozimasa descompone la enzima del factor AC en aminoácidos básicos —dijo cautelosamente—, lo que evita una respuesta de riesgo del sistema inmunológico de la madre, que en otro caso podría producir anticuerpos que atacaran la enzima. El verdadero problema son los anticuerpos, porque pueden atacar al bebé…

—Así que lo que está diciendo —la interrumpió McCarthy— es que este fármaco puede acabar con las culebras de la sangre de un papista…

—Ya lo he dicho antes, no hay culebras. La trisulfozimasa elimina de forma temporal esa enzima de coagulación extra que está presente en la sangre AC-positiva.

—¿Solo de manera temporal?

—Con eso es suficiente. Una inyección poco antes del momento del parto…

—Pero ¿y si se suministraran varias dosis? —la interrumpió McCarthy—, ¿o una enorme?, ¿podría eliminarse de manera permanente el factor AC de la sangre de una persona?

—La trisulfozimasa no se le administra a una persona AC-positiva. Se le da a una madre AC-negativa para evitar…

—Pero suponga que sí que se le administrara a un papista. Una dosis grande. Un montón de dosis. ¿Podría eliminar el factor AC definitivamente? —Se inclinó hacia ella ansiosamente—. ¿Los podría hacer como nosotros?

Y fue en ese momento cuando Julia cayó en la cuenta, cuando entendió el motivo de esa vista. Porque el comité en realidad no podía escamotear el tratamiento. Los resultados de sus investigaciones ya eran conocidos en la comunidad científica. Incluso si en su país se prohibía, otros países lo utilizarían, y finalmente la presión pública sería tal que se verían obligados a reevaluarlo. Aquí el problema no eran las vidas de los bebés y de las madres; de lo que se trataba era de cortarle los cuernos al diablo.

—Administrar este o cualquier otro fármaco a una persona cuya salud no lo necesita es algo inaceptable. Dosis grandes o un uso prolongado de la trisulfozimasa tendrían efectos secundarios que ni me atrevo a imaginar. —Los rostros frente a ella seguían impertérritos, así que lo volvió a intentar—: Caballeros, en una persona AC-positiva, la enzima es algo natural. Es un componente natural de la sangre. Interferir en el funcionamiento natural del cuerpo sin que exista una justificación médica… No hacer daño, caballeros —dijo alzando las manos—. La base del juramento hipocrático. Ante todo, un médico debe evitar hacer daño.

—¿Quiere eso decir que se negaría a estar al frente de un proyecto de investigación sobre este asunto? —preguntó McCarthy.

—¿Yo?

—Usted es la mayor experta en su campo —respondió McCarthy con un encogimiento de hombros—. Si hay alguien que puede conseguir acabar con las culebras de una vez por todas y para siempre, es usted.

—Senador, ¿es que no tiene vergüenza? ¿Acaso no tiene la más mínima vergüenza? ¿Quiere que ponga en peligro vidas humanas por esta… trivialidad? Una diferencia irrelevante que solo puede detectarse con un microscopio…

—¡Lo que les permite vivir entre nosotros, doctora! Los papistas pueden vivir entre nosotros. Con su sangre especial, sus culebras, su maldita endogamia… son ellos los que subrayan lo que usted llama una trivialidad. Son ellos los que nos la restriegan por la cara. Dicen que son los Elegidos del Señor, que llevan la marca de su bendición. Pues bien, mi intención es borrar esa marca, con o sin su ayuda.

—Sin ella. Definitivamente sin ella.

McCarthy tenía la mirada clavada en ella. No parecía un hombre que acabara de recibir una negativa rotunda.

—Permítame contarle un secreto, doctora —dijo con un excesivo aire de superioridad—, que conocemos gracias a nuestros agentes en campo enemigo. En este mismo momento, los papistas están planeando contaminar nuestros suministros de agua con su condenada enzima AC. Para envenenarnos o hacernos como ellos… lo uno o lo otro. Necesitamos sin falta su fármaco para luchar contra esa corrupción, para eliminar la enzima de nuestra sangre antes de que pueda destruirnos. ¿Qué le parece eso, doctora Grant? Esa ética médica suya que en tanto aprecio tiene ¿le permitirá trabajar en un tratamiento que nos proteja de las malditas toxinas papistas?

—Usted no tiene ni idea del metabolismo humano —respondió Julia con una mueca—. El factor AC no se contagia a través del agua que bebemos; la enzima simplemente se descompondría en el ácido del estómago. Supongo que sería posible fabricar una versión metilada que consiguiera acabar abriéndose camino hasta el flujo sanguíneo… —Hizo una breve pausa antes de continuar—: En cualquier caso, me resulta imposible creer que los papistas estén tan locos como para…

—Ahora mismo —la cortó McCarthy— en algún escondrijo papista hay reunido un comité de hombres qué están tan locos como nosotros. Créame, doctora. Lo que nosotros estamos dispuestos a hacerles a ellos, ellos están dispuestos a hacérnoslo a nosotros; lo único que está en el aire es quién va a actuar primero. —McCarthy se recostó y cruzó las manos sobre el estómago—. Las culebras están por todas partes, doctora Grant. En sus manos está quién vaya a resultar mordido.

Es posible que esa fuera la única verdad que McCarthy había dicho desde que había empezado a hablar. Julia se esforzó por ponerla en duda, sin conseguirlo. El que se fuera AC-positivo o negativo no influía a la hora de ser un despiadado hijo de puta.

No dijo nada.

McCarthy mantuvo su mirada sobre ella unos instantes más, y luego se volvió hacia los hombres que lo flanqueaban.

—Levantemos la sesión, ¿les parece? Démosle a la doctora Grant un poco de tiempo para reflexionar. —Volvió a mirarla de hito en hito—. Nada más que un poco de tiempo. Nos pondremos en contacto con usted dentro de unos días… para averiguar quién le asusta más, nosotros o ellos.

Y tuvo el descaro de guiñarle un ojo antes de volverse hacia otro lado.

El resto de senadores abandonó la sala, prácticamente chocando unos contra otros en su apresuramiento por marcharse. Cómplices… hombres débiles, a pesar de todo su poder. Julia no se movió de la incómoda silla de los testigos, dándoles tiempo de sobra para que se largaran a toda prisa; no tenía ninguna gana de verlos otra vez cuando por fin saliera al pasillo.

Administrar trisulfozimasa a una persona AC-positiva… ¿cuál sería el efecto? En bioquímica, las predicciones casi nunca servían para nada: la ciencia médica era un vasto océano de ignorancia salpicado de investigadores intentando mantenerse a flote sobre improvisadas canoas. La única predicción que se podía hacer con seguridad era que con una dosis lo suficientemente grande de cualquier medicina matarías al paciente.

Ahora bien, era mejor inyectar trisulfozimasa a una persona AC-positiva que a una AC-negativa. Las reacciones químicas que descomponían la enzima AC también descomponían la trisulfozimasa: destrucción mutua garantizada. Si no se tenía la enzima AC en la sangre, la trisulfozimasa alcanzaría niveles letales mucho más rápidamente ya que no existiría nada que pudiera frenarla. Estaba claro que los individuos AC-positivos podrían tolerar dosis que serían mortales para…

Julia sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo. Había desarrollado un fármaco que envenenaría a los AC-negativos pero no a los AC-positivos… que podría masacrar de manera selectiva a los redimidos sin tocar a los papistas. Y su investigación era de conocimiento público. ¿Cuánto faltaba para que alguien del bando de los papistas llegara a esta misma conclusión? Uno de esos hombres que McCarthy había mencionado, tan implacable y loco como el propio senador.

¿Cuánto tardarían los papistas en utilizar su fármaco para masacrar a la mitad del mundo?

Solo había una salida: acabar con todas las culebras. Si con un simple gesto de la mano pudiera conseguir que todos los individuos AC-positivos se convirtieran en AC-negativos, entonces los dos bandos volverían a estar en igualdad de condiciones sobre el campo de juego. No, sobre el campo de juego no: sobre el campo de batalla.

Era una locura… ¿pero qué otra opción tenía? Alistarse con McCarthy, eliminar las culebras antes de que empezaran a morder y rezar para que los efectos secundarios pudieran ser tratados. A lo mejor, si los más cuerdos terminaban por imponerse, el procedimiento nunca se llegaría a utilizar. Tal vez la amenaza fuera suficiente para forzar algún tipo de desarme enzimático bilateral.

Sintiéndose veinte años más vieja, la doctora Julia Grant abandonó la sala de audiencias. El pasillo estaba desierto; al otro lado de la gran cristalera de la entrada principal del edificio alcanzó a ver los rayos del sol vespertino incidiendo oblicuamente sobre los escalones de mármol. En la acera había un solitario manifestante que sujetaba una pancarta en silencio, sin duda el tipo de individuo al que McCarthy consideraría un simpatizante papista por oponerse como un traidor a un comité del congreso legalmente constituido.

La pancarta decía: «¿Por qué te preocupas por la criatura que duerme ante ti cuando estás ciego a las culebras de tu propio corazón?».

Julia se dio media vuelta, confiando en que el edificio tuviera una segunda puerta en la parte de atrás.

Copyright © 1997 James Alan Gardner

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8 respuestas a Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano, de James Alan Gardner

  1. Gilberto dijo:

    Muchísimas gracias Marcheto. Gracias por complacer mi petición: ¡Un exquisito regalo! Es uno de mis relatos favoritos.
    ¡Excelente traducción! He podido percibir y paladear sutilezas que en la versión original, al no dominar el inglés, no pude ver.

    ¡Un fuerte abrazo!

    • marcheto dijo:

      Un placer por mi parte. Gracias a ti por tu excelente sugerencia, que no solo me ha hecho descubrir este relato, sino otros cuantos más de este autor que perfectamente podrían haber tenido un hueco en este blog.

  2. Excelente relato y excelente traducción (Como siempre, Marcheto). Sorprende lo benevolente que ha sido el autor con el personaje del inquisidor en contraposición de lo energúmeno que es McCarthy. Se nota cómo afectó el alma de la sociedad norteamericana este señor y su cacería de brujas en los cincuentas. Por cierto, en estos días me he estado leyendo los relatos de Wild Cards, y el hombre aparece allí igual de impotable.
    Una pregunta: ¿por qué has traducido “Vistas” en lugar de “Audiencias”? En mi país el término más usual sería este último. Bueno, he recibido la Rae y “vista” cuadra en su acepción 16. Supongo que en España es común usar el término para este significado.

    • marcheto dijo:

      Muchísimas gracias por tus palabras, Juan. Me alegro de que te haya gustado el relato.
      Y en cuanto a lo que comentas de la elección de “vistas”, en España se utilizan indistintamente ambas palabras. De hecho, barajé ambas posibilidades hasta el final, y no recuerdo que optara por “vistas” por ningún motivo concreto, salvo que era algo más corta y ya bastante largo era el título. Ahora bien, de haber sabido que por allá no se acostumbra a utilizar con este significado, seguramente la elección hubiera sido justo la contraria. Para la próxima vez ya lo sé.

  3. Irene G. dijo:

    Escalofriante. Yo nací “redimida” (protestante) en un país de “papistas” (católicos), no me enteré hasta que tuve que ir a un funeral y no sabía la liturgia. Pero al menos era sólo una ignorante, nadie me hizo análisis de sangre.

    • marcheto dijo:

      La ciencia ficción más terrorífica no es aquella que nos presenta un montón de aliens terroríficos, sino aquella que nos resulta muy cercana a nuestra realidad, como es el caso de este relato. Así que te entiendo perfectamente, y más en tu caso concreto. Muchísimas gracias por tu comentario, Irene.

  4. manuti dijo:

    Increíble de principio a fin. Me ha recordado a Cántico por Leibowitz en versión corto. Lo curioso es que lo que cuenta es real. Lo que nosotros llamamos RH+ o RH- (erre hache negativo) se manifiesta como hilillos al coagular la sangre, y provoca esa incompatibilidad en embarazos que a día de hoy tratamos con un «vacuna». Impresionante como una misma realidad puede cambiar tanto al verla desde otro punto de vista.

    • marcheto dijo:

      Sí, estoy de acuerdo en que eso es lo que hace el cuento tan impactante, que perfectamente podríamos estar viviendo en ese mundo. Porque en el que vivimos se dan situaciones igual de absurdas o incluso más. Un cuento que sin lugar a dudas se merece el premio y las nominaciones que recibió.
      Por cierto, tal vez debería releer Cántico por Leibowitz. Lo leí hace tantos años que lo tengo totalmente olvidado.

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