El hornillo eslovo, de Avram Davidson – Especial Humor V

Avram Davidson es un autor estadounidense cuya obra se encuadra principalmente en la ciencia ficción, la fantasía y el género policiaco. Sus primeros relatos aparecieron en la década de los cincuenta y desde ese momento hasta su muerte, en 1993, publicó diecinueve novelas, más de ciento cincuenta cuentos y numerosos ensayos. A lo largo de su vida ganó un premio Hugo en la categoría de relato, un World Fantasy Award en la de mejor colección, otro por toda su trayectoria y un tercero por su labor como director de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, al frente de la cual estuvo durante tres años. Y posteriormente, su antología The Avram Davidson Treasury, publicada en 1999, también conseguiría un premio Locus. Y no solo esto, sino que además logró diversos galardones con sus obras policiacas. Sus novelas y relatos están llenos de ingenio, humor y erudición, y se lo considera un autor más literario de lo habitual en los géneros que frecuentó con más asiduidad, lo que le ha llevado a ser comparado con otros grandes maestros de la ficción breve como Saki, John Collier o John Cheever.

A pesar de todo lo anterior, no es un escritor excesivamente popular, al menos por aquí. Durante los años sesenta, setenta e incluso ochenta, se tradujeron al español varios de sus relatos, aunque en publicaciones que en su mayoría ahora mismo no creo que sean fáciles de conseguir. Sin embargo, en estos últimos años la escasez de traducciones de sus obras creo que ha sido casi total. Por mi parte considero que es un escritor que merece ser descubierto y reivindicado, y espero que tras leer esta pequeña muestra de su obra estéis de acuerdo conmigo.

El hornillo eslovo (The Slovo Stove) se publicó en 1985 en la antología Universe 15, editada por Terry Carr, y fue finalista de los premios World Fantasy Awards en la categoría de obra breve. Posteriormente fue incluido en la anteriormente citada The Avram Davidson Treasury, antología editada por Robert Silverberg y Grania Davis que recopila gran parte de sus mejores relatos. Esta obra cuenta con el aliciente de que cada cuento viene acompañado por un texto complementario cuyos autores son en su mayoría grandes escritores del género; unos textos de homenaje a Davidson y a su obra que son la prueba de la gran influencia que ha tenido sobre otros autores más populares entre nosotros. En el caso de El hornillo eslovo, la introducción corre a cargo ni más ni menos que de Michael Swanwick y, como también tenéis la suerte de poder leerla aquí y yo suscribo totalmente sus palabras, lo mejor es que por mi parte ya no diga nada más sobre este cuento.

Y por último pasemos como es habitual al capítulo de agradecimientos, que en esta ocasión me temo que es incluso más extenso que otras veces. En primer lugar, quiero dar las gracias a Michael Swanwick, por autorizarme a tener hoy aquí su introducción. En segundo lugar, y muy especialmente, a Henry Wessells, escritor, editor, experto en la obra de Davidson, y director ejecutivo y presidente de la junta directiva de la Avram Davidson Society (organización dedicada a dar a conocer la obra de este autor y cuyo actual presidente es Peter S. Beagle). Henry no solo me facilitó la información gracias a la que conseguí el permiso para publicar este cuento, sino que ha tenido la amabilidad de aclararme todas las dudas que me han surgido durante el proceso de traducción del mismo, que os aseguro que no han sido pocas, porque Davidson no es en absoluto un autor sencillo de traducir. Y ya por último a Darrell Schweitzer y, por supuesto, a Grania Davis que ha sido en última instancia quien me ha autorizado a compartir este estupendo relato con vosotros. Thanks a million Michael, Henry, Darrell and Grania!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis a vuestra disposición el cuento en los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) que podéis descargar desde aquí. Y vaya una vez más mi agradecimiento para Jean Mallart y Johan.

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El hornillo eslovo

Avram Davidson

 

 Introducción

El hornillo eslovo es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad. En una ocasión, escribí a Avram para felicitarle por este relato y le comenté que mi esposa, Marianne Porter, de raíces rutenas, había sido prácticamente incapaz de averiguar nada sobre las tradiciones y cultura de sus antepasados. Avram me respondió:

«Y en lo referente a la ya desaparecida República Checoslovaca de mi juventud, la actitud de los habitantes de Yonkers era tal cual esta: “¿Y los checos?”, “Los checos… los checos son buena gente. Tienen nombres raros, pero en esencia son buena gente”. “¿Y los eslovacos?”. “Bueno… los eslovacos… los eslovacos trabajan duro… pero los sábados por la noche se emborrachan y pegan a sus mujeres y a sus hijos; los eslovacos… no llevan sombrero… ¡llevan gorra!”. “¿Y los cárpato-rutenos?”. Respuesta: “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!”. Nunca oí a nadie mencionarlos sin reírse. E incluso hoy sigo sin saber qué demonios es lo que los cárpato-ruso-rutenos tienen o se supone que tienen para que hagan tanta gracia. NI idea.»

Porque así es como Avram escribía normalmente: con erudición, cruda lucidez y un tremendo sentido del humor. Y, a propósito, si tienen algún familiar o amigo que «no lee ciencia ficción» pero que aprecia la exquisita destreza literaria de, por ejemplo, Updike, Cheever o Raymond Carver, este es un cuento que pueden animarle a leer con total tranquilidad. Porque Avram era (lo es) su igual. En maestría, en osadía, en experiencia; sus mejores obras están al nivel de las de ellos. Era, al igual que ellos, uno de los mejores escritores estadounidenses de ficción breve.

En cuanto a por qué este hecho nunca le fue reconocido en vida, es algo que se me escapa por completo. NI idea.

 

Michael Swanwick


El hornillo eslovo

A Fred Silberman le hubiera supuesto un considerable esfuerzo conseguir llegar a decir algo bueno de verdad sobre su ciudad natal; «una panda de palurdos y fanáticos», la había descrito en una ocasión; y la vida lo había arrastrado a muchas leguas de allí. Sin embargo, en Parlour’s Ferry vivía la única tía que le quedaba viva, tita Pesha, y de tita Pesha (en realidad una tía abuela política) solo tenía buenos recuerdos. Sintiéndose muy orgulloso de sí mismo por ello, fue a visitarla; como premio (o castigo), lo reconocieron por la calle y casi al momento le ofrecieron un trabajo estupendo. Muy a su pesar, lo aceptó y, antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo, se encontró con que ya casi se había convertido en un miembro del establishment de la ciudad en la que en el pasado casi se había sentido un paria.

Bien, ya tenía un trabajo nuevo en un negocio nuevo, ¿qué era lo siguiente? Un lugar nuevo para vivir, eso era lo siguiente. Sabía que si le decía a su anciana tía, «Tita, voy a vivir en el hotel» (Parlour’s Ferry tenía uno, bien contado: exactamente uno), ella le diría, «¡Qué bien!». Y, que si le decía, «Tita, voy a vivir contigo», la mujer le diría, «¡Qué bien!». No obstante, Fred pensaba que lo que quería era un apartamento espacioso con vistas al río. Fue confeccionando una imagen del mismo en su cabeza y, un día, caminando por una calle que había acostumbrado a frecuentar mucho tiempo atrás, casi ni se sorprendió de verlo ahí, en la acera opuesta: es decir, de ver la casa donde estaba el apartamento. No se lo había estado imaginando, sino que se trataba de un recuerdo; y ahí estaba la casera, barriendo los escalones, tal como la había visto la última vez, quince años atrás, en 1935. Cruzó a la otra acera y ella levantó la vista.

—Señora Keeley, ¿tiene un apartamento para alquilar? Me llamo Fred Silberman.

—Vaya… —dijo ella—. ¡Vaya!, usted debe de ser el nieto del viejo Jake Silberman. Gueconosco la cara.

—Sobrino nieto.

Gueconosco la cara.

El alquiler era de setenta y cinco dólares al mes, los pintores vendrían de inmediato y la señora Keeley estaba encantada de tener tan buena gente viviendo en su casa. Circunstancia bastante interesante, porque la última vez que Fred había entrado allí (Peter Touey, que vivía en el piso de arriba, le había dicho, «Vente después del colegio, tengo un libro con fotografías de la guerra»), la señora Keeley no le había permitido pasar; «Tú no vives aquí», le había dicho. Bueno, los tiempos habían cambiado. ¿De veras habían cambiado? Estaba claro que había algo que sí había cambiado.

El edificio en el que iba a tener que trabajar se alzaba detrás de donde habían estado las antiguas caballerizas; Fred ya lo había visto, por supuesto, pero se le ocurrió ir a echarle otro vistazo. Las soberbias y elegantes gruesas losas azul grisáceo de antaño aún conformaban el pavimento de la mayoría de las aceras en esas calles pasadas de moda, en las que la modernidad encarnada en el sucio cemento lleno de grietas todavía tenía pendiente inmiscuirse; mientras las admiraba, oyó a alguien llamar, «¡Freddy!, ¿Freddy?», y, al volverse sorprendido, reconoció casi al momento a un antiguo compañero de colegio.

«¿No eres Freddy Silberman? Soy Wesley Brakk. Seguimos viviendo aquí». Charlaron de esto y de lo otro durante un rato, se contaron dónde habían estado en la Guerra, repasaron una parcial lista de amigos comunes y entonces Wesley dijo, «Oye, entra en casa, estamos celebrando el gromzil —o eso es a lo que sonó— de mi padre. No sabes lo que es, ¿verdad? Verás, mi padre falleció hace tres años y tres meses, así que durante tres días tenemos algo así como unas jornadas de puertas abiertas en casa, es una tradición eslova y huzuk, y todo el mundo tiene que venir, a comer y beber». Así que entraron.

Había un montón de gente en la amplia y anticuada cocina situada al fondo del pasillo; el aire estaba cargado de apetitosos olores y los fogones estaban cubiertos de ollas, de buen tamaño, además. Una de las mujeres de más edad preguntó algo en un idioma extranjero y al momento un hombre más joven le espetó:

—¡Por amor de Dios! ¡Habla estadounidense!

El hombre tenía el rostro moreno y aire malhumorado. Fred se enteró de que se llamaba Nick. Y era de la familia.

—Esto es estómago de vaca relleno de salami y huevos duros —le explicó una mujer—. Cuidado, voy a quitar el cordel.

—¿Que vas a comer de eso? —le preguntó Nick—. Que tú no hace falta que comas de eso. Te iré por una hamburguesa a Ma’s Lunch.

¡Ma’s Lunch! ¡Con su comida grasienta! Y la propia Ma, con sus apestosos poros que emponzoñaban el ambiente.

—Gracias, Nick, pero esto está bien —dijo Fred.

Nick se encogió de hombros. Y la conversación continuó.

De vez en cuando se hacía un repentino silencio y se oía un ruidito procedente de la parte de delante de la casa. «¡Por amor de Dios!, ¿que no vas a dar de comer al bebé o qué?», gritó Nick. Su mujer intentó levantarse de la silla en la que estaba prácticamente atrapada detrás de la mesa, pero la «abuela Brakk», que o bien era la madre de Wes o su tía, le indicó con un gesto que no se moviera; «Ya voy yo», le dijo. Y cogió un biberón y un cazo que llenó en el fregadero. Alguien hizo ademán de ir a apartar una de las pesadas ollas de encima de la cocina para que tuviera espacio para calentar el biberón, pero la anciana dijo una o dos palabras y ninguna olla fue movida. Es posible que Fred fuera el único que se percatara de que se dirigía hacia un montoncito de pañales y ropita de bebé que había en una hornacina, como si quisiera llevárselo con ella, pero Fred también se percató de que la mujer tenía las manos ocupadas. Así que él mismo lo cogió y con un gesto le indicó que la acompañaría.

—Gracias, caballero —le dijo la señora Brakk.

Y a continuación le dirigió una extraña mirada, casi como si tuviera un secreto, del que ella estaba al tanto perfectamente y que él desconocía por completo. Extraño, sí, ¿qué sería? Daba igual.

Y una vez estuvieron en su habitación.

—Tú nunca viste hornillo eslovo —dijo la mujer. No se trataba de una pregunta, sino de la constatación de un hecho.

Hasta ese momento, Fred ni siquiera había oído hablar de ningún hornillo eslovo. Le echó una ojeada, carecía de interés, así que apartó la vista, y a continuación lo volvió a mirar. Colocado encima de un trozo de madera, de un trozo de madera de lo más normal, había una especie de rejilla recortada de una lata de chapa grande, que estaba claro que no había sido traída de Europa por el eslovo que había traído el hornillo. Encima de la rejilla había algo negro, más o menos igual de largo y ancho que un libro, pero más delgado. ¿Piedra? Lo tocó con cuidado con un dedo. Piedra… o algo con una composición parecida a la de la piedra. Y con un tacto ligeramente grasiento.

—Primero tienes que poner lo negro —le explicó la señora Brakk. Su cabello podía ser de un ébano brillante, pero las arrugas surcaban su moreno rostro. La mujer colocó encima el cazo con agua y metió el biberón dentro—. Luego el cazo y agua. Y entonces deslizas, debajo, lo azul. —Este «azul» tenía más o menos el tamaño y grosor de una revista, y era de un tono azul ligeramente pálido. Tanto la pieza azul como la negra mostraban fisuras. Y mientras metía la azul en la rejilla, la mujer añadió—: Antes mucho más grande. Los dos. Uy, sí. Podía cocinar comida entera. Ahora, solo sitio para cazuela pequeña; a veces preparo a mí un té, cuando estoy demasiado cansada para ir cocina.

A Fred le dio la sensación de que la pieza negra estaba ligeramente tibia; y cuando desplazó el dedo hasta la pieza de abajo (entre ambas había un espacio libre de unos centímetros), se encontró con que sin duda estaba fría. La anciana cogió al niño que se estaba despertando y, con una gran sonrisa, se arrancó con una serie de ternezas de lo más exótico: «Sí, paquetito mío; sí, mi rubí; sí, mi tarrito de miel…». Del cazo pareció salir un ligero vapor mientras la señora Brakk continuaba con su canturreo, ahora ya en su lengua materna; no había duda, del cazo estaba saliendo ¡vapor! Un instante después, Fred estaba de rodillas, examinando el «hornillo» por dentro y por fuera. Se humedeció la punta de un dedo como había visto hacer un millón de veces a su madre y a sus tías antes de comprobar si la plancha estaba caliente y tocó «lo azul», la pieza de abajo. La señora Brakk soltó un risueño resoplido. La pieza azul seguía estando fría. Y, tras humedecerse de nuevo la punta del dedo y con muchísimo cuidado, comprobó «lo negro» de arriba. Apenas estaba templado. ¿Y el cazo? Tirando a caliente. Sin embargo, seguía saliendo vapor, y por encima del cazo y de la botella el aire estaba… uf… ¡caliente! ¿Y por qué no?

—Puedes meter dedos entre medio —le animó la mujer, y con el bebé sujeto entre el pecho y un brazo se acercó e introdujo los dedos de la mano que tenía libre entre la pieza de arriba y la de abajo.

Fred siguió su ejemplo. El espacio intermedio no estaba en absoluto caliente; ni siquiera estaba más templado de lo normal.

Fred lo miró por todas partes y no vio nada más, nada (nada de nada) que pudiera explicar… bueno… algo… La mujer lo miró a la cara y rompió a reír, luego quitó el bloque de piedra de abajo (si es que era piedra) y aparentemente lo dejó por cualquier lado. Entonces cogió el biberón y, sacudiéndolo, hizo caer unas pocas gotas en su muñeca y otras pocas en la de Fred Silberman… y, sí, sí que estaba templada. Y mientras ella le daba el biberón al bebé, llamando a su nieto mi collar, mi alhaja, mi terroncito de azúcar, Fred se percató de pronto de dos cosas: una, de que el cuarto olía muy parecido al del de su tita Pesha, a falta de ventilación y a un ligerísimo aroma a una cocina que no tenía nada que ver ni con la comida de las cadenas de restaurantes ni con la del popular libro de recetas de Fanny Farmer (¡y menos aún con la de Ma’s Lunch!); dos, de que el corazón le latía muy, muy deprisa. Empezó a hablar y se oyó tartamudear.

—Pe… pe… pero ¿có… có… cómo fucio… funciona, ¡funciona!? ¿Cómo…?

La abuela Brakk le dirigió esa leve sonrisa que Fred llegaría a considerar habitual en ella y se encogió de hombros.

—¿Cómo se enamora chico y chica? ¿Cómo vuela pájaro? ¿Cómo convertir el agua en nieve y la nieve en agua? ¿Cómo?

Fred balbuceó y sacudió brazos y manos; y un momento más tarde ya estaba en la cocina, al igual que dos recién llegados. Reparó en que los había visto cientos de veces muchos años atrás. Y de que no sabía cómo se llamaban, ni nunca lo había sabido.

—El señor y la señora Grahdy —los presentó Wesley.

Wes parecía un tanto inquieto. El aspecto de la señora Grahdy era, y no hay otras palabras que puedan describirla, de elegancia desvaída. El señor Grahdy tenía un bigote curvado hacia arriba y una barbita canosa estilo Van Dyke, y daba la sensación de que en el pasado había sido todo un dandi. Sin señalarlo con el dedo de manera precisa sino inclinándolo en la dirección aproximada en la que se encontraba Fred, el señor Grahdy dijo:

—¡Bien me acuerdo de tu abuelo! [«Tío abuelo»], ¡de su caballo y su carro! Compraba chatarra y periódicos viejos. Y a veces vendía huevos.

Fred se acordaba perfectamente, de los huevos y de todo. En otro momento hubiera estado encantado de ponerse a hablar sobre la historia local y sobre los primeros Silberman, pero no ahora. Señalando hacia el pasillo por donde había venido dijo todo excitado y casi gritando:

—¡Nunca antes había visto nada igual! ¿Cómo funciona?, ¿cómo… funciona?, ¿el… el… —¿cómo lo había llamado la anciana?—… el hornillo eslovo?

Lo que sucedió a continuación no es que lo sorprendiera, es que lo dejó estupefacto. El matrimonio Grahdy se echó a reír, al igual que el hombre de cabello blanco que estaba en el rincón más alejado de la cocina. Este dijo algo en voz alta en su propio idioma, a todas luces una pregunta, sin dejar de reír incluso mientras hablaba. El señor y la señora Grahdy se desternillaron. Una de las mujeres de la familia Brakk soltó una risita ahogada. Otras dos lucían sonrisas avergonzadas. Y otra abrió la boca y, con el rostro carente de toda expresión, se dedicó a mirar el techo, el cual, aunque en sus orígenes había sido de estaño troquelado, había sido pintado y repintado tantas veces que el diseño ya casi ni se distinguía. Un hombre descomunal estaba sentado inclinado hacia delante (¿acaso Fred no lo había visto hacía mucho tiempo con un caballo y un carro, probablemente alquilados durante el día en la vieja caballeriza, gritando «¡Hielo! ¡Hielo!» en verano y «¡Carbón! ¡Carbón!» en invierno?); y este hombre, con la punta de la lengua asomando, bajó la cabeza y fue recorriendo con la vista a los presentes. Wesley miró a Silberman de manera inexpresiva. Y Nick, con el moreno rostro ardiendo, le dirigió una mirada de lo más fulminante. Ante todo esto, totalmente inesperado, totalmente misterioso, Fred sintió cómo su excitación titilaba para a continuación apagarse.

Finalmente, el señor Grahdy se secó los ojos y dijo algo, ¿el mismo algo de antes?, ¿un algo distinto?, ¿ese algo era eslovo?, ¿era huzuk?, ¿había alguna diferencia?, ¿qué diferencia era esa? Con expresión jovial y satisfecha, miró a Fred, el cual, al no haber entendido nada, nada dijo.

—¿No entiende nuestro idioma, caballero?

—No.

—Su abuelo sí lo entendía.

—Sí, pero no me lo enseñó.

En realidad, el tío Jake sí que le había enseñado unas cuantas palabras, pero Fred, a punto de que le vinieran a la memoria al menos una o dos de ellas y dispuesto a decirlas, decidió de pronto callarse. El tío Jake había tenido un sentido del humor bastante irónico y burlón, y cualquiera sabía si el significado de las palabras era realmente el que su tío le había dicho.

La hermana (¿prima?) de Wes, tal vez por educación, tal vez porque quería cambiar de tema, tal vez por algún otro motivo, dijo:

—La señora Grahdy es famosa por lo bien que recita. A lo mejor podemos convencerla para que nos recite algo…

La señora Grahdy fue convencida. Primero se levantó. Puso cara como de tontita. Se metió un dedo en la boca. Era una niña pequeña, a la que remedó con la voz. Y, sucesivamente, se fue mostrando: ilusionada, tímida, obstinada, llorosa y alegre. Y de los presentes: unas cuantas risitas ahogadas, unas cuantas risitas entre dientes. Y entonces la señora Grahdy dejó de jugar con su falda y, tras desaparecer de su rostro todas esas otras expresiones, las comisuras de sus labios se volvieron hacia abajo y ella recorrió con la mirada a todos los que estaban en el cuarto. Se oyeron algunas exclamaciones de, supuestamente, alabanza, y algunos aplausos dispersos, que la señora Grahdy silenció al momento. Durante un segundo se quedó ahí plantada, con cara de póquer, rígida. Y entonces empezó un rápido recitado de lo que a todas luces era una poesía. Su rostro se mostró exaltado, trágico, indignado, severo… ¡tantas cosas! ¡Y cómo movía los brazos y manos!, ¡cómo miraba con ojos escrutadores y reconocía el terreno!, ¡cómo subía montañas y esgrimía espadas! Una voz, medio susurrando, le dijo a Fred al oído, «Es un poema patriótico». La señora Grahdy clavó la bandera en, por así decirlo, Iwo Jima. Fuertes gritos del público. ¡Aplausos abundantes! Estaba claro que el poema patriótico había llegado a su fin. Y en ese momento se desveló que la boca vuelta hacia abajo no era la máscara de la tragedia, sino la disciplinada expresión de alguien demasiado educado para alegrarse o sonreír ante su propio éxito.

Tras unos instantes, la mujer se volvió hacia Fred y le dijo:

—Sé que no habrá entendido ni una palabra, pero ¿reconoció de oído que los versos eran alejandrinos?

A Fred, que a duras penas era capaz de distinguir un alejandrino de una alcachofa, la pregunta le pilló por sorpresa. Sin tomarse unos instantes para hacer memoria o pensarse bien la respuesta, dijo:

—Una vez oí una grabación de Sarah Bernhardt… —tras lo cual sintió ganas de darse cabezazos contra la pared, porque seguro que ella iba pensar que le estaba tomando el pelo.

En absoluto. Con el rostro libre de toda «expresión» fingida, la mujer le hizo una pequeña reverencia; una reverencia perfectamente hecha, muy sofisticada a su pequeña escala, como aceptando un merecido cumplido, un intercambio entre iguales. Lo que dejó bastante pensativo a Fred.

—¿Así que no entendió lo que ha preguntado el señor Kabbaltz? —dijo el señor Grahdy señalando hacia el hombre de cabello blanco del rincón. Fred negó con la cabeza; si la pregunta tenía que ver con los pentámetros yámbicos le iba a dar algo—. El señor Kabbaltz preguntó que si el hornillo eslovo, ya sabe cuál, «¿siquiera se calentó ya?».

¡Jo, jo, jo!, rieron el señor Grahdy, la señora Grahdy y el señor Kabbaltz, ¡jo, jo, jo!

Fred decidió que la ignorancia era una bendición; desvió la atención hacia la humeante fuente que tenía delante y de la que los presentes se servían más comida. ¿Sopa?, ¿estofado?, ¿guiso de lentejas? Por el momento no iba a hacer más preguntas, aunque seguro que si alababa las vituallas no podía meter la pata.

—Muy bueno. Esto está muy bueno —dijo, sin duda lo que correspondía decir y en el tono adecuado… porque realmente estaba muy bueno.

El señor Grahdy de nuevo:

—¿Su bisabuelo nunca le mandó al Centro Huzuk-Eslovo para que aprendiera el idioma?

—No, nunca fui.

—Entonces, ¿adónde lo mandaban?

—A la Escuela Hebraica, como la llamaban ellos. Para que aprendiera las oraciones. Y los salmos.

Al instante Fred volvió a ver esas gigantescas y ancestrales letras negras bien gruesas marchando por la página. Página tras página tras página. Y una fracción de segundo menos al instante, el señor Grahdy repitió ese gesto de señalar no señalando del todo y declamó algo. Y se interrumpió. Y preguntó:

—A ver, ¿cuál es el segundo verso?

Fred:

—Señor Grahdy, ni siquiera he entendido el primero.

Sorpresa.

—¿Qué me dice?, ¿que no? Pero si es un versículo —dijo pronunciando una «v» labiodental—, de un salmo. Está en latín, por supuesto. ¿Y bien…?

—No nos enseñaban latín.

Otra sorpresa. Y luego una cabeza moviéndose negativamente. A Fred se le ocurrió que podía citar un salmo en hebreo, repasó las palabras mentalmente y se sintió abrumado por las dudas. ¿Realmente se trataba de un versículo de un salmo y no, por ejemplo, de la invocación que había que decir tras ver un elefante… o alguna otra cosa? El profesor de hebreo, un aspirante fracasado a rabino que estaba algo loco, tampoco es que hubiera sido un hombre muy dado a las explicaciones. «Leed —acostumbraba a decir—. Leed».

Trajeron más comida: carne envuelta en hojaldre. Y entonces (el señor Grahdy):

—¿Cuándo vendrá mañana? A lo mejor puedo traer mi violín —pronunciado con otra «v» labiodental— y tocar algo.

—Estaría muy bien —dijo Fred sin comprometerse, y continuando con la comida del banquete conmemorativo añadió—: ¡Delicioso!

Señor Grahdy:

—¿Está ya siquiera caliente?

Señor Grahdy, señora Grahdy, señor Kabbaltz:

—¡Jo, jo, jo!

La gente entraba, charlaba, comía, se marchaba.

Alguien:

—¿Eres nieto del viejo Jake Silberman?

—Sobrino nieto.

Al rato, Fred echó un vistazo a su alrededor: el señor Kabbaltz y los Grahdy se habían marchado. Durante un instante los oyó justo al otro lado de la puerta. Risas. Pisadas. La verja se cerró; al parecer los únicos que quedaban eran los miembros de la familia. Y Fred. Silencio.

Alguien dijo:

—Bien, ya se han ido los zuketes.

Un alguien distinto:

—No los llames así. Llámalos huzuks.

Wesley se puso de pie tan bruscamente que a punto estuvo de volcar la silla, y empezó a dar cabezazos contra la pared.

—¡Pase lo de chinorris! —Clonc—. ¡Pase lo de japos! —Clonc—. ¡Pase lo de espaguetis, gabachos y morutas!

—Wesley…

—Wes…

—Wassyli…

—Was…

—Pase lo de sudacas y negratas. —¡Clonc! ¡Clonc!—. Pero lo que no aguanto es lo de… ¡zuketes! —¡Clonc! Y de pronto se sentó y se agarró la cabeza.

Y Fred se dijo: «Pregunta: Entonces, ¿qué es un «zukete»? Respuesta: Un huzuk al que nos referimos desdeñosamente».

Wes empezó otra vez:

—Ellos hablan latín. Nosotros poco más que gruñimos. Ellos recitan poemas. Nosotros a duras penas somos capaces de contar un chiste guarro. Ellos tienen violinistas. Bastante suerte tenemos nosotros de tener rascatripas. ¿Por qué Dios nos castigó a nosotros, a los pobres patanes eslovos, poniéndonos en el mismo país que a ellos allá en Europa? Y ¿por qué seguimos mostrando esa deferencia hacia ellos incluso aquí, en los Estados Unidos? Que alguien me lo explique, por favor. ¡¿Por qué?!

Una hermana, o tal vez una cuñada, respondió con bastante parsimonia:

—Bueno… son más cultos…

Lo que consiguió que Wes la emprendiera de nuevo:

—En ese dialecto suyo, ellos tenían libros, revistas, periódicos… Nosotros, en el nuestro, lo único que teníamos era el catecismo y el misal. Ellos…

—Teníamos un periódico. ¿No nos lo enviaba el hermano de papá… a veces? Nosotros…

Wesley apartó con la mano el invisible periódico de los de su etnia.

—¿El Patriótsk? ¿El Patriótsk? Que salía una vez al mes. Cuatro páginas impresas en un único pliego de papel. ¿Y qué tenía? Las nuevas leyes, el precio de los cerdos, algunos obituarios, cero nacimientos y los santos de los días en los calendarios de ambas iglesias: eso era absolutamente todo. ¡El Patriótsk!

Al parecer, el periódico invisible había vuelto a subirse a la mesa, porque Wesley lo apartó de nuevo de un manotazo y luego lo pisoteó. Con fuerza.

—Vaya, mira qué hora es… Tengo que marcharme. Y, por supuesto, muchas gracias por la deliciosa…

—Damos a ti una poca para llevar a casa —dijo una tía, ¿o era una sobrina?

—Bueno, yo…

—Es costumbre. Y te ha gustado.

—Sí, por supuesto, pero mi nuevo apartamento todavía no está listo y mi tía sigue una dieta estrictamente kosher.

Ni le hicieron ningún comentario a favor de la unidad de las distintas iglesias ni le aseguraron que la Ley de Moisés estaba muerta y condenada; tan solo empezaron a meterle fruta en una bolsa de papel. En una bolsa de papel enorme.

Pero Wes, levantando la cabeza de las manos, todavía no había terminado:

—¿Por qué?, ¡¿por qué?!, ¿me puede decir alguien por qué?

Alguien, seguramente una hermana, con aire demasiado grave como para estar hablando realmente en serio, dijo:

—Son guapísimos y montan caballos rojos.

Wes a punto estuvo de gritar. ¿Cuándo había visto ella un huzuk montado a caballo? ¿Cuándo había visto un caballo ¡rojo!? La mujer de Nick le explicó a Fred que era un dicho. Un refrán.

—En cualquier caso, ya sabes que hay gente que dice que no era el caballo el que era rojo, sino, bueno… lo de encima del caballo. ¿Cómo decirlo?, ¿el traje del caballo?

Nick, que había estado leyendo las tiras cómicas del periódico con expresión de no encontrarles gracia alguna, saltó de pronto. ¿Y a quién demonios le importaba?, preguntó. Que dejaran de hablar de todas esas viejas historias de Europa, exigió. Fred dio las gracias por la fruta. Wes le preguntó a Nick si es que acaso no sentía interés alguno por su rica herencia del Viejo Continente; Nick, con quien intentar ser sutil era perder el tiempo, gritó que ¡no!, que no sentía interés ninguno; Wes dejó de ser sutil y le contestó a gritos; Fred Silberman dijo que de verdad se tenía que marchar. Y se encaminó hacia la puerta.

Alguien salió al pasillo y lo acompañó: la anciana señora Brakk… de lo más educada, pensó Fred. En la habitación de la mujer brillaba una débil luz. La señora Brakk se paró. Fred se detuvo para despedirse. De haber sido ella cuarenta años más joven, la mirada que la mujer le dirigió hubiera implicado una determinada invitación, significado que Fred sabía que era inconcebible en el presente; así que ¿cómo interpretarla ahora?

—Quieres entrar —le dijo ella—. Quieres ver cómo funciona.

La mujer entró en el cuarto. Fred la siguió, empezando a respirar agitadamente, empezando a volver a sentir la excitación de antes. Se había olvidado del hornillo. Pero ¡cómo se había podido olvidar!

—Primero colocar la cosa negra, aquí arriba. —El bloque de tamaño de un libro se deslizó en su lugar en la rejilla. El bebé suspiró en sueños—. Sí, mi collarcito de perlas —dijo ella quedamente—. Luego, poner encima cazuela con agua dentro. Ahora, solo preparo un tazón de té, para mí. Y entonces… después… es meter la cosa azul —la del tamaño de una revista— aquí… abajo. ¿Ves? Esto es lo que llamamos hornillo eslovo. Y ahora ya se calienta…

¿Qué es lo que los huzuks, esos casi compatriotas de estos viejos eslovos, qué es lo que habían querido decir en realidad con ese, «¿Está ya siquiera caliente?»? Fred se olvidó de la pregunta cuando vio alzarse los vapores; sintió calentarse el aire por encima; sintió cómo seguía sin calentarse el espacio entre las dos «piezas», el trozo más grueso de piedra negra (si es que realmente era piedra) y el trozo delgado azul pálido; vio, sorprendentemente pronto, cómo se formaban diminutas burbujas del tamaño de los ojos de un cangrejo y, finalmente, la borboteante ebullición. Todavía seguía aturdido cuando la mujer se preparó el té; no recordaba haber dejado la bolsa con fruta, pero ahora la recogió y, tras dar las gracias y desear buenas noches en voz baja, salió de la casa.

En la cocina todavía se oían gritos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¡Qué bien! —dijo la tita Pesha cuando Fred le entregó la fruta.

—Tita, ¿qué problema tienen los huzuks y los eslovos?

Fuera los plátanos.

—¿Los huzuks? —La mujer lavó los plátanos y los secó con papel de cocina que tiró a la basura—. Los huzuks. Son buena gente.

Fuera las naranjas.

—Vale, ¿y los eslovos?

Tita Pesha lavó las naranjas.

—¿Los eslovos? —Secó las naranjas con papel de cocina y lo tiró a la basura—. ¿Los eslovos? Son muy limpios. Podrías comer del suelo de su casa. Los sábados por la noche se emborrachan. —Fred siguió esperando algo más, pero no llegó nada: la tita Pesha estaba lavando las manzanas. Una vez terminó, fue presa de los escrúpulos y añadió—: O al menos así era antes. ¿Ahora? Desde que no vivo allí ya no sé.

¿Cuánto habían vivido ella y el tío Jake cerca del vecindario de huzuks y eslovos? La mujer empezó a secar las manzanas con papel de cocina. ¿Cuánto? Cuarenta años, dijo.

—¿Cuarenta años? ¿Cuarenta y dos? Digamos que cuarenta.

¿Y alguna vez había oído hablar de un hornillo eslovo? No…, nunca.

—Y ¿por qué…?, ¿cómo es que huzuks y eslovos no se caen nada bien?

La tita Pesha lo miró durante unos instantes.

—¿Qué no se caen bien? —se extrañó. Y dejó caer el papel de cocina en la basura. Luego colocó la fruta en un gran frutero y, tras apartarse un poco, lo contempló—. ¡Qué bien! —dijo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A la mañana siguiente, bien temprano, Fred fue en coche hasta la ciudad, organizó su mudanza y luego condujo de vuelta a Ferry. Fue a echar un vistazo a su futuro apartamento y hete aquí que los pintores sí que estaban pintándolo. La señora Keeley dejó de barrer para asegurarle que todo estaría listo en un día o dos.

—Bueno, en un paj de días —se corrigió—. No va repentir; esta siempre ha sido una manzana muy agradable, y eso no puedo decir de otros barrios, con los elementos que están viniendo a vivir últimamente. Le pongo una nevera estupenda, señor Silberman.

—Vaya, gracias, señora Keeley. Se lo agradezco de veras. Por cierto, señora Keeley, ¿qué diferencia hay entre huzuks y eslovos?

La señora Keeley se encogió de hombros y frunció los labios.

—Bueno, la mayoría no viven en por aquí mismo. Sobre todo viven en por… esto… Tompkins… Gerry… De Witt… sobre todo en por allí.

La mujer se ajustó la redecilla del pelo.

—Pero… ¿hay alguna diferencia entre ellos? Bueno, haberla tiene que haberla, si unos se llaman huzuks y otros se llaman eslovos. Así que tiene que haber alguna…

La señora Keeley le dijo que bueno, que si le era sincera, no era ese un asunto que nunca le hubiera interesado demasiado.

—Monseñor, el de Santa Carol, esa iglesia grande de la colina, era hozok, ¡descanse en paz! Eso dicen a mí. Ahora, esos bosnios, como llaman a ellos, viven sobre todo en por Greenville Street, Ashby y Saint Lo. Y los lemkos, que quién demonios sabrá quiénes son, y disculpe mi lenguaje, a esos se los encuentra en por esas callegüelas de cerca del arroyo: Ivy, Sumac, Willow, Lily, Rose. Bueno… se los encontraba. Hoy día… hoy día la gente se mueve de aquí p’aiá, de aquí p’aiá —dijo con tono quejumbroso—. Y mejor si no lo hacían. Ojalá que la gente se quedaría quieta. Y bueno, de esos que me pregunta, los hozoks y los eslovos, a la mayoría los encontrará en por Tompkins… Gerry… De Witt… por esas calles de allá. ¿Qué hora es? ¿Que empieza ya mi programa?

La mujer entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí. Un segundo más tarde, tras oír cómo subían el volumen de una radio, Fred salió a la calle.

Las calles.

Las calles habían sido sobradamente amplias cuando su tío Jake con su carro tirado por un caballo no era ni de lejos el único comerciante que ejercía su oficio en ellas. Aunque de eso hacía mucho tiempo. Por entonces las calles estaban llenas de niños, ¡y que alegría daba verlos!, ¿verdad que sí? Para Fred Silberman, de pequeño, esto había sido territorio comanche, lleno de enemigos. ¡Qué tiempos…! Luego, durante la Depresión, gran parte de la población se había marchado. Las tiendas habían ido cerrando, y habían seguido cerradas, e incluso una de las escuelas públicas, «la número siete», también había sido clausurada. Sin embargo, uno o dos años antes de la Segunda Guerra Mundial, varias fábricas abandonadas habían sido reabiertas como plantas de producción de suministros de guerra y las calles se habían llenado de caras nuevas: negros del sur, morenos de las islas, blancos de las montañas… Entonces Fred se había marchado para incorporarse al ejército… y… la verdad… no había vuelto hasta ahora. Al salir de su ensoñación, se sintió como si hubiera retrocedido en el tiempo.

Los bloques de apartamentos de cuatro pisos habían ido desapareciendo, uno tras otro, y Fred se encontraba en un barrio de casas de madera, viejas casas de madera, viejas vallas de madera, viejos árboles de madera. Justo al otro lado de la calle había un almacén, un rectángulo combado construido con tablones. Aparentemente justo tal como él lo recordaba, incluso las letras en relieve en el escaparate de cristal: H LADOS M KO. El letrero «Mat. Grahdy. Carnes, Ultramarinos» no había sufrido recientemente los estragos de la pintura. Fred entró, sabiendo que se oiría una campanilla y, por supuesto, así fue.

La vitrina que había a un lado era lo suficientemente grande como para que se expusieran en ella montones de carnes y embutidos; pero lo que había expuesto ahora eran unos escuálidos pedazos de cerdo, un trozo de fiambre, otro de queso suizo, una bandeja de salchichas color lila y (en un charco de sangre coagulada) media cabeza de algo, cortada longitudinalmente y con un aspecto increíblemente orgánico. El almacén parecía tener un tamaño desmedido y estaba desmedidamente vacío; el olor revelaba que Coolidge era presidente[1]; el suelo estaba astillado pero limpio. Levantando la vista de algo que había en el mostrador, el señor Grahdy le dirigió una mirada de total asombro. ¿Estaba simplemente asombrado de que Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿de que alguien clavado a Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿o simplemente de que alguien, quienquiera que fuera, estuviera entrando en su almacén?

Y entonces sonrió. Inclinó la cabeza hacia un lado. Se estrecharon la mano. Fred pidió un artículo de nada. El señor Grahdy encogió un hombro. Fred pidió otro artículo distinto. Otro encogimiento. Fred intentó pensar en un tercer artículo, abrió la boca para decir algo, dijo, «Esto…», y no llegó a nombrar nada. El señor Grahdy se echó a reír, se acarició con el dedo sus largos bigotes: ¡derecho!, ¡izquierdo!

«¿Arroz? —preguntó—, ¿azúcar?, ¿patatas?». Fue el turno de reír de Fred. El hombre se le unió. Un trozo del fiambre de la vitrina fue su siguiente sugerencia; «¿y un pedazo de queso suizo?, ¿un bocadillo preparado al momento? La mostaza la pongo gratis». De algún modo terminaron compartiendo el bocadillo. Fred se fijó en que había un libro abierto encima de un periódico sobre el mostrador y le preguntó al señor Grahdy qué estaba leyendo.

El libro fue girado, pero para Fred fue como si estuviera en chino.

—Schiller —dijo el tendero pasando páginas—. Heine. ¿Puede leerlos en su lengua original? —Y puso los ojos como platos cuando Fred negó con la cabeza—. Se está perdiendo todo un placer. Bueno, pero… ¿Lermontov?, ¿Pushkin?, ¿qué…?, ¿tampoco…? —Una mirada de ligera sorpresa. Y de ligera reprobación. Un suspiro—. Bueno. ¡No me extraña que tenga amigos eslovos! —La parte de delante de su muy limpio y muy raído delantal se agitó a causa de la risa.

Aquí estaba. La oportunidad.

—Señor Grahdy… —el señor Grahdy le dirigió una pequeña venia: su caballo y su carruaje estaban a disposición de Fred Silberman—, señor Grahdy… ¿qué pasa… qué pasa entre… entre ustedes… ustedes, los huzuks… y los eslovos? ¿Me lo podría explicar? Me gustaría saberlo. Me gustaría saberlo de veras.

El señor Grahdy se acarició la sonrisa, bigotes, Van Dyke, todo. Se parecía (fue lo que de pronto se le pasó por la cabeza a Fred), se hubiera parecido un montón al Kaiser… si el Kaiser en algún momento hubiera dado la impresión de tener sentido del humor.

—Bien, se lo explicaré. En nuestro antiguo reino, allá en Europa, en una provincia vivían principalmente solo huzuks, en una provincia vivían principalmente solo eslovos. En nuestra provincia vivíamos ambos. ¿Cómo explicarlo?, ¿diciendo que los eslovos eran nuestros siervos? No exactamente. ¿Nuestros arrendatarios?, ¿nuestros criados? Esto… aunque… bueno… ¿nuestros esclavos? Se hace una idea, ¿no? Y los reyes, los reyes eran de origen extranjero, una dinastía. Nosotros éramos sus vasallos. Nosotros, los huzuks. Y los eslovos, los eslovos, ¡ellos eran nuestros vasallos! —Su sonrisa no se debía tanto a lo satisfecho que estaba por la posición subordinada de los eslovos como a lo satisfecho que se sentía ante su propia explicación.

Y, mientras Fred continuaba apoyado en el mostrador asimilando todo esto, el anciano tendero continuó.

Los eslovos no eran, bueno…, no eran mala gente. Eran un tanto simples. Gente muy simple. Llegaron a Europa mucho tiempo atrás siguiendo a los magiares y los ávaros. Se les había concedido permiso para asentarse en un «territorio sin ocupar» que pertenecía a los huzuks. Se habían convertido al cristianismo. Se habían civilizado. Abandonaron su idioma ancestral. Adoptaron el de los huzuks. Que hablaban mal. Muy mal. Y, en este punto, entre abundantes risitas, el señor Grahdy le proporcionó diversos ejemplos del cómico dialecto de los eslovos, ejemplos de los que Fred, por supuesto, no entendió ni palabra.

Fred aprovechó que las risas del anciano se transformaron en un ataque de tos y a continuación en un silencio risueño.

—¿Y ese hornillo suyo, señor Grahdy? ¿Qué me dice del hornillo eslovo? ¿Qué es?, ¿qué es?, ¿cómo funciona?

Momento en el que el señor Grahdy echó la cabeza hacia atrás y rió y rió y tosió y tosió y rió y tosió y rió.

Al señor Grahdy le llevó un rato recuperarse. Y después de que hubiera recibido varias palmadas en la espalda, de que se hubiera bebido un vaso de agua, de que hubiera chupado un caramelo y de que hubiera asegurado a Fred (con mucha mímica y gestos) que ya estaba bien, habló con voz débil, incomprensible; luego, con voz algo más clara aunque ronca, preguntó:

—¿Siquiera se calentó ya?

Fred se apartó sobresaltado del mostrador.

—Pero ¿a qué se refiere con eso? Ya lo dijo anoche, y también el señor Comoquieraquesellame, el de la mata espesa de cabello blanco, y entonces ustedes dos se rieron sin parar…

—Pues a la mujer de la historia. A la mujer eslova de la historia. De esa famosa anécdota. Ya sabe…

Pero finalmente Fred consiguió que el señor Grahdy comprendiera que no, que no lo sabía. Al señor Grahdy le hizo mucha gracia que no lo supiera, aunque a continuación se mostró incrédulo. Por fin, una vez convencido de que de verdad, famosa o no tan famosa, Fred Silberman desconocía por completo la anécdota («¿De verdad que nunca se la contó su bisabuelo?, ¿que no?, ¿de verdad que no?»), se mostró totalmente encantado. La de tiempo que hacía que no tenía una audiencia totalmente virgen…

Una emigrante eslova recién llegada a los Estados Unidos estaba alojada con unos familiares. Cuando llevaba poco tiempo con ellos, alguien pidió que pusieran a calentar agua para preparar té. «Ya voy yo», se ofreció la recién llegada. ¿Sabía cómo hacerlo? ¡Por supuesto!, ¡por supuesto! ¡Qué se creían! ¡Por supuesto que sabía! «¿No debería ir alguien a enseñarle?» Tonterías, ¡no hacía falta! Así que allá se fue, del salón a la cocina para preparar el agua para el té. Y ellos hablaron y esperaron y esperaron y esperaron, sin que les llegara ninguna señal de vida desde la cocina. ¿Se habría marchado por la puerta trasera? Así que alguien fue a ver. La encontraron de pie frente a la cocina, mirándola. Y ahora el señor Grahdy le mostró la mirada de perplejidad de la mujer. ¿Estaba ya caliente el agua? Y ahora el señor Grahdy hizo un gesto indicando que se acercaba el gran golpe cómico final; y ahora el señor Grahdy se puso en jarras con una expresión de fastidio y desconcierto en el rostro.

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«“¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Como tampoco lo estaba Silberman. ¿Dónde demonios estaba la gracia? Pero la anécdota no había terminado. Al golpe cómico final le siguió una explicación. (a) La recién llegada eslova no tenía ni idea de lo que era una cocina de gas. (b) La recién llegada eslova había dado por hecho que la cocina de gas era, sencillamente, un hornillo eslovo de estilo estadounidense. (c) Así que, al ver la rejilla (que para ella era, por supuesto, «la pieza negra»), al ver que esta ya estaba en su lugar, había puesto agua en la olla y la había colocado encima. (d) Apoyada contra el quemador estaba la bandeja que se acostumbraba a colocar debajo de los fuegos para recoger los jugos o grasa que pudieran gotear o salpicar; la acababan de lavar y por eso estaba donde estaba. Era una bandeja esmaltada de un tono azul pálido. (e) Así que, dando por hecho que esta era «la pieza azul», la mujer la había colocado en su lugar, debajo de los quemadores. (f) No había encendido el fuego, (g) no había encendido una cerilla, (h) se había limitado a esperar a que la cocina de gas estadounidense se comportara como un hornillo eslovo… Y aquí llegaron de nuevo pregunta y respuesta, una detrás de la otra, tan inexorables como una tragedia griega y ya casi tan familiares como el Gordo y el Flaco o Abbott y Costello:

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«“¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Este era sin lugar a dudas, y a estas alturas Fred ya había tenido montones de pruebas, el momento cumbre del humor huzuk en toda la historia del mundo mundial: barón Munchausen, Oscar Wilde, Charlie Chaplin… dad un paso atrás. Y preparaos para algo verdaderamente desternillante: la anécdota de la mujer eslova que recién llegada a los Estados Unidos creyó que simplemente colocando la bandeja para la grasa debajo de los quemadores de una cocina de gas y sin necesidad de hacer nada más ¡podía producir calor!

¡Tachán!

¡Ratatachán!

Los motivos por los que este venerable chascarrillo racial, que bien es cierto se hubiera merecido una risita cuando estaba fresco y reciente, todavía seguía provocando carcajadas en su avance por los túneles del tiempo, requerían un estudio demasiado profundo como para que Fred pudiera entregarse a él. Sin embargo, sí que era mucho, muchísimo más fácil comprender por qué los eslovos, que llevaban oyéndolo durante… ¿cuánto tiempo?, ¿cuarenta años?, ¿ochenta años?… estaban empezando a hartarse. Y…

—Y ¿cómo funciona realmente, señor Grahdy? Me refiero a… la base científica.

El encogimiento de un hombro.

—¿Quién sabe?, mi estimado y joven caballero. Acuérdese de las propiedades eléctricas del ámbar, toda una curiosidad en el pasado; sin embargo, hoy en día, nos limitamos a darle a un interruptor.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La biblioteca pública local no había cambiado gran cosa desde que Andrew Carnegie[2] había contribuido a dotarla de fondos; en el catálogo no había nada bajo los epígrafes «huzuk», «eslovo» ni «hornillo» que iluminara a Fred en lo más mínimo. La enciclopedia tenía información sobre la antigua dinastía y sus innumerables y mediocres soberanos; y también «La regiones huzukya se han industrializado moderadamente» y «Las regiones eslovoya siguen siendo principalmente agrícolas; entre los productos que exportan se incluyen el plumón de pato, las cerdas porcinas, y la lana y el pelo de cabra poco procesados». Pues qué bien…

En la sala de consulta, el menudo bibliotecario de grandes gafas escuchó su petición y le dijo, con la voz ultrasecreta de un profesional con larga experiencia, «Creo que hay un folleto»… y efectivamente sí que había un folleto; estaba encuadernado, y encuadernado de forma bien compacta, junto con otro montón de folletos que versaban sobre un montón de otros asuntos. El autor-editor anónimo («Publicado por el autor») había disimulado el hecho de que no tenía demasiado que decir utilizando caracteres de bastante buen tamaño para decirlo. Apoyándose sobre el volumen con ambas manos para mantenerlo abierto, Fred se enteró de que «los propios eslovoi ya no afirman saber cuál era la ubicación, ni exacta ni siquiera aproximada, de su antigua «Morada Ancestral» u «Hogar Ancestral» cerca de «el Gran Mar». Se ha sugerido que este último podía tratarse del mar Caspio o del mar de Aral, e incluso se ha llegado a proponer con gran imaginación que pudiera ser el lago Baikal. En Parlour’s Ferry abundan los huzuki de clase media dedicados al comercio, y no se equivocan quienes dicen que los eslovoi acostumbran a ser unos obreros de encomiable honestidad y dedicación». Sobre hornillos no había nada, y Fred sintió que, a menos que quisiera terminar vendiendo fotografías de sus muñecas para que fueran utilizadas en la propaganda de algún método de culturismo, más le valía soltar el volumen de los panfletos encuadernados; así lo hizo, y el tomo se cerró igual que una trampa para osos.

Lo más probable es que el texto del panfleto fuera un trabajo escrito para alguna clase de educación nocturna para adultos de antes de la Primera Guerra Mundial, cuyo autor, obnubilado ante la buena nota recibida, se había apresurado a llevarlo a una imprenta; a Fred se le pasó por la cabeza que probablemente (¿probablemente?) se tratara de un huzuk.

De vuelta en el futuro nuevo apartamento de Fred, hete aquí que ya no había pintores pintando; de hecho, ya no había pintores, aunque el apartamento tampoco estaba terminado de pintar. Ahora bien, en mitad del escurridor del fregadero de la cocina había un sándwich de sardinas de pan blanco al que le faltaba un único y simétrico bocado. Uno de esos enigmas sin resolver; salvo que el sándwich hubiera aparecido allí por un agrupamiento de átomos al azar, y ¿por qué no podía haber sido así? Así que Fred bajó y llamó al timbre de la señora Keeley. Tras unos instantes, la puerta se abrió mostrando una rendija lo suficientemente grande como para que la atravesara una respiración jadeante y el olor a ginebra y cebollas; casi de inmediato, la puerta se volvió a cerrar de nuevo y momentos después el volumen de la radio fue subido. La señora Keeley no era una de esas oyentes quisquillosas del País de la Radio que necesitan una sintonización perfecta, por lo que Fred fue incapaz de saber si la mujer estaba escuchando una vieja grabación de un tema folk tradicional de los Tasty Yeast Jesters o tal vez de una canción de amor interpretada por el presidente Harding[3]. Fred se marchó.

A côte chez Brakk, cuando Fred entró una de las tías dijo, «Te he guardado un poco de fruta en compota», y Wes también le sirvió algo de aspecto potente. Estaba claro que el conventículo/festín ceremonial no había terminado y la presencia de Fred seguía siendo aceptable. Sin embargo… Alguien bajó el periódico; y ese alguien que estaba detrás era… ¡Nick!

—No la pidas a la vieja que te vuelva a enseñar ese maldito hornillo —le dijo—. Está agotada.

—Vale, Nick —repuso Fred como sin darle importancia, y preguntó dirigiéndose a todos en general—: ¿Quién más tiene uno?

Unos instantes de reflexión. Y Wes le dijo que, que él supiera, nadie.

—Es el último de los mohicanos —añadió Wes.

Nick dio un golpe con el periódico.

—Mejor la valiera librarse de él, ¿me oís? Lo voy a machacar, lo voy a tirar por el puente; no quiero ni oír hablar de él… ¡así cómo no se van a burlar de nosotros todo el tiempo!

Nadie dijo ni una palabra, así que Nick aprovechó para decir una, una palabra corta y rotunda, y, como si se hubiera escandalizado a sí mismo, se marchó de la habitación dando un portazo. Un instante más tarde un coche se alejó a toda velocidad. Wes permaneció inexpresivo y aparentemente impasible.

Fred probó la fruta en compota. ¿Era lo mismo que la compota de fruta?, no, para nada. No obstante estaba buena. En cuanto su cuchara rozó el fondo, una fuente de otra cosa fue colocada a su lado. Y un plato de una tercera. «En este es puré de alubias con vinagre y crema agria. En este son croquetas de cordero con eneldo fresco». ¡Caray, qué raro sonaba todo! ¡Caray, qué bueno estaba todo!

En la esquina opuesta de la habitación, un hombre y una mujer de avanzada edad cantaban desafinando; cantaban, de un libro grande y antiguo que compartían, himnos religiosos en ese gran y ancestral idioma que es el huzuk, o en algo por el estilo.

—Dicen que beneficia al alma del difunto —explicó un hombre muy joven de rostro amplio y radiante, en tono precavidamente desafiante.

—Ya está el listillo… —le espetó Wes—. ¿Es que acaso le puede perjudicar?

Fred Silberman dejó la cuchara. Porque ¿se pueden comer croquetas con cuchara? Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Acaso te puede perjudicar?

—Oídme, ¿dónde estaba la «Morada Ancestral junto al Gran Mar»? —preguntó.

Y el listillo se apresuró a responder:

—Gichigami[4].

Wes dijo, con un encogimiento de hombros mucho más marcado que el de Mat Grahdy:

—¿Quién coño sabe? ¿Quién lo ha sabido nunca? ¿O es que crees que en aquella época tenían mapas? Supongo que un año las cosechas fueron mal y las boñigas de cabra no alimentaban lo suficiente, así que ¡carretera y manta! ¡Rumbo al oeste! Y una vez hubieron atravesado un par de montañas y cruzado un par de ríos, no solo no sabían ni dónde estaban entonces sino que tampoco tenían ni idea de dónde habían estado antes.

—Vamos, vamos… —dijo Fred—, ni Nick ni los huzuks están ya aquí, solo quedamos nosotros, así que déjate… déjate de milongas. ¡Que me parta un rayo si me río de ti! ¿De dónde demonios han salido los hornillos?, ¿los hornillos eslovos?—preguntó todo excitado.

—¿Y quién coño sabe?

—A ver, ¿los tenían ya cuando se marcharon de… de donde quiera que se marcharan? Del lago Ontario o del mar Amarillo. ¿Los tenían ya…?

Wes se limitó a suspirar. Sin embargo su, probablemente, hermana se lanzó a responder la pregunta, y las preguntas que vinieron a continuación y, cuando no sabía la respuesta, preguntaba a sus mayores y traducía las respuestas. Según contaban las ancestrales leyendas, sí, efectivamente tenían los hornillos antes de abandonar el Hogar Ancestral. Las piezas negras provenían de la montaña, y las azules, del Gran Mar. De dentro de la montaña, de qué montaña, nadie sabe qué montaña, y del fondo del Gran Mar. ¿Cómo se les ocurrió la idea? Bueno, el padre Yockim decía que se la dieron los ángeles. ¡Bah!, el padre Yockim decía…. Eso no es lo que decían nuestros antepasados… ¿Y qué decían ellos? Ellos decían que fueron los diosecillos negros y blancos, pero al padre Yockim, a él le parecía que la gente iba a pensar que se referían a demonios o algo por el estilo, así que lo cambió y… Pero, ¡por el amor de Dios!, si los diosecillos blancos y negros no existen… Vaya, como te crees tan listo te piensas que tú…

—¿Y si vinieron del espacio exterior? —propuso Fred, sorprendiéndose a sí mismo tanto como a los demás.

Un silencio de lo más profundo. Y entonces el «listillo», probablemente o bien un sobrino o un primo, dijo con voz pausada:

—A lo mejor fue así.

Otro silencio. Tras el que todos se volvieron a lanzar a la carga.

Todos los problemas empezaron con el conde Cazmar. El conde Cazmar tenía algo así como una especie de monopolio sobre toda la leña del bosque. Se lo había dado el rey. Sí, pero el rey no se lo «dio» así sin más: el conde tenía que pagar al rey. Bien, así que, como él tenía que pagar al rey, pues todos los que quisieran leña, pues todos tenían que pagar al conde Cazmar. Y entonces el conde se picó porque los eslovos no le estaban comprando leña bastante y, pues eso, que él seguía teniendo que pagar al rey. ¿A qué rey? ¿Quién coño sabe a qué rey? ¿Y a quién coño le importa? Total, ninguno valía un pepino. ¿Qué dices?, ¿que el viejo rey Joseph no valía un pepino?, ¿el que sacó a Yashta Yushta de los calabozos? A ver, ¿queréis dejar en paz al rey Joseph y continuar con la historia?

Así que el conde Cazmar envió a todos los herreros para que fueran casa por casa con sus descomunales mazos a destrozar todos los hornillos eslovos para así obligar a los eslovos a comprar más leña y… ¿Qué…? Sí, por eso el hornillo de la abuela está como roto. Todos acabaron, pues eso, como rotos. Aunque por supuesto que se podían utilizar todavía. Pero el bobo del conde Cazmar, no lo sabía. Así que lo que al final ocurre, lo que al final ocurre, es que todo el mundo tuvo que pagar una tasa por la leña y daba igual la cantidad que utilizaran. Así que un montón de eslovos pensaron, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. ¿Lo ves? Un montón de eslovos piensan, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. Y así, un montón de eslovos dejaron de utilizar los hornillos eslovos. Pues eso.

—Ahí tenéis, vuestra civilización huzuk tan superior… —dijo Wes.

Justo entonces, el diácono y la diaconisa del rincón, o lo que quiera que fueran, alzaron sus cascadas y viejas voces y terminaron su canto; y todo el mundo dijo algo en voz bien alta mientras pataleaba.

—Oye, Fred, tómate un poco más de… tómate otro vaso de cerveza de mora —le ofreció Wes.

Y de inmediato una tía colocó dos fuentes más delante de Fred. «En este es un guiso con trocitos de bazo y trigo sarraceno. Y en otro es morro de vaca cocinado bajo cebolla. Espera. Te doy pimienta».

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Finalmente, Fred se mudó a su nuevo apartamento y, finalmente, se mudó a su nuevo trabajo; su nuevo trabajo le obligó (entre otras cosas… entre otras muchísimas cosas) a visitar a los fabricantes de tipos, a los impresores y a los proveedores, y qué bien le vino que los tres estuvieran ubicados en un nuevo o tirando a nuevo polígono industrial y comercial bastante a las afueras… Mientras iba conduciendo, los lugares conocidos por los que iba pasando, como un acueducto, un cementerio y una vieja fundición de ladrillos, le hicieron acordarse de que más o menos en donde ahora estaba el polígono industrial y comercial tiempo atrás estuvo Applebaum. Y, ¡quién lo iba a decir!, al parecer seguía estando. Decrépito, pero todavía anunciando, «M. APPLEBAUM AUTOSERVICIO MAYORISTA DE COMESTIBLES». ¿Y qué si a todos esos otros intrincados comercios e industrias probablemente no les gustaba demasiado que el viejo y cochambroso autoservicio aguantara en mitad de ellos? Mala suerte, ¡que se volvieran por donde habían venido!

Más tarde, allí, una vez liquidados el resto de asuntos:

—Freddy. ¡Ho-la!

—Hola, señor Applebaum. ¿Cómo está usted?

—¿Y cómo quieres que esté? Tengo la sensación de cada semana otro pequeño negocio de ultramarinos muerde el polvo. Nu[5]. Tengo una cienaguita en Florida y a lo mejor cierro el gesheft[6] y me voy a vivir a una casa barco con agua y cocodrilos corrientes, fríos y calientes. ¡Ja, ja! Aquí llega un viejo cliente con sus diez dólares para gastar en mi negocio, y eso si ambos estamos de suerte: Mat Grahdy.

Efectivamente. Le ganaría por la mano.

—Hola, señor Grahdy, ¿se ha calentado ya?

El señor Grahdy rió y rió, y luego me dio la réplica oficial:

—¡Si ni siquiera está templada! ¡Jo, jo, jo, jo! —Señaló a otro hombre—. Este es Petey Plazzek, es mestiso. Eh, Petey, ¿se ha calentado ya? ¡Jo, jo, jo, jo! ¡Mosek! —esto dirigido al viejo Applebaum—, un poco de azúcar necesito, y un poco de sémola, un poco de harina de repostería, caramelos de regaliz, galletas rellenas.

El señor Applebaum dijo que justo ese día le podía ofrecer las galletas a buen precio, así que entraron juntos al comercio.

Petey Plazzek, un hombre de aspecto ajado con una chamarra de leñador de aspecto ajado, fue directo al grano.

—Si va a pasar por la estación de bus, podría llevarme.

—Por supuesto, suba. —Y se fueron. La mirada de Fred no apreció unos pómulos iroqueses—. Disculpe, y sin ánimo de ofender, pero ¿a qué se refería el señor Grahdy con lo de «mestizo»?

—De mestizo na. Medio huzuk, medio eslovo.

Una chispa de excitación.

—Bueno, esto… señor Plazzek…

—Petey, solo Petey.

—Bueno, esto, Petey, ¿cuánta gente queda que tenga uno de esos antiguos hornillos eslovos?

—Nadie. Los hornillos son ahora cosa del pasado. Cuida ese camión.

—¿Y eso, Petey? ¿Cómo se ha llegado a eso?

Petey se frotó la nariz, lanzó un muy profundo suspiro.

—Pues bueno, cuando alguien acababa de llegar a Norteamérica… como solíamos decir, «Tenía seis cabras y vendió cinco para comprar el billete del barco y le dio una al cura para que rezara por que tendría una buena travesía». Me refiero en concreto a los eslovos. Los huzuks, esa es otra historia por completo. Así que aquí está el pobre eslovo con sus botas altas, los pantalones bien remetidos, con el blusón, un abrigo de piel de borrego y un gorro de piel. Esto era antes de la isla de Ellis. Por Castle Garden se entraba por entonces. Y el eslovo en cuestión no tenía ni baúl para llevar el equipaje en el barco, ni bolsa de viaje, tan solo tenía una especie de morral; y ¿qué había en el morral? Un blusón limpio y algunos harapos para los pies, porque no utilizaban calcetines; y una olla pequeña de hierro y algunas de esas galletas duras que aguantan mucho, y las dos piezas del hornillo, la negra y la esto…, la…

—¡La azul!

—… la azul, eso. Cuida ese Chevy. Pues bueno, el eslovo conseguía un puesto haciendo el trabajo más sucio y peor pagado, y arrendaba una choza que ni le habrías pedido a un perro que viviría allí, ¿lo pillas, verdad, chaval? Luz… luz ni tenía, ni un candil siquiera, no tenía más que una lata con un poco sebo y un cachico de trapo pa’cer de mecha. Y cogía algún ladrillo viejo aquí y allá y se montaba su hornillo eslovo, y cocinaba el trigo sarraceno en la ollita de hierro y dormía en el suelo encima del abrigo de borrego. Pero con el tiempo las cosas mejoraban; ¡esto era América!, la tierra de las oportunidades. Así que en cuanto empezaba a ganar un pelín de dinero, se traía la parienta y se mudaban a una habitación, una habitación de verdad, y se compraban una lámpara de queroseno y un par de zapatos para cada uno, aunque, bueno… la gente se seguía riendo de ellos, sobre todo los zuketes se los seguían riendo porque siguieran utilizando el hornillo eslovo. Así que acababan comprándose una cocina de leña. O una cocina de carbón. Y empezaban a usar lámparas de gas. E incluso se acordaban de no soplar para apagarlas.

—Sí, pero, Petey, la madera y el carbón ¡costaban dinero! Y el hornillo eslovo les salía gratis. Así que…

Petey volvió a suspirar.

—Bueno, a decir verdad, sí que se podía cocinar con él, claro. Aunque no es que diera demasiado lo que se dice calor. Si hervirías un montón de agua, el lugar se llenaba de vapor.

—Calefacción a vapor, ¡calefacción a vapor! —gritó Fred Silberman.

Petey pareció sobresaltarse primero y a continuación, y por primera vez, interesarse; pero su interés se esfumó al momento, y dijo con un suspiro:

—Ninguno era fontanero. Nunca se los pasó por la cabeza nada parecido, ni a ellos ni tampoco a nadie. Y el hornillo eslovo… ¿de qué acaba siendo sinónimo?…, pues acaba siendo sinónimo de pobreza, ¿lo pillas? Acaba siendo sinónimo de ridículo. Y en cuanto dejaban de ser pobres como ratas, pues eso, que si lo he visto no me acuerdo.

Y Fred preguntó, lleno de ansiedad:

—Pero ¿no quedan todavía muchos por los desvanes? Bueno… ¿unos cuantos?, ¿en los sótanos?

—Pero ¿ande vas? —le espetó Petey con tono de fastidio—. Para la estación de bus, ¡debieras haber girado a la izquierda! Vaya, vas a rodear la manzana. Pues no… se limitaron a eso… a tirarles. Cuida esa camioneta.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El nuevo trabajo y las nuevas responsabilidades de Fred lo mantuvieron ocupado y preocupado la mayor parte del tiempo, pero una tarde, mientras estaba revisando una factura con el contratista encargado de instalar el sistema de calefacción en la planta, hete aquí que de pronto se acordó de la cuestión de días atrás.

—¿Se le ha ocurrido de repente algo? —le preguntó el señor McMurtry.

—Esto… ¿us… usted no habrá oído hablar alguna vez de los… hornillos eslovos?

Al momento:

—No. ¿Acaso debería?

Y si Fred se lo contaba, ¿qué pasaría? ¿Reacción ludita por parte de McMurtry?

—Permítame que le haga una pregunta hipotética, señor Mc…

—Soy todo oídos.

Así que… desinformado y titubeante… Fred (sin mencionar ni nombres ni grupos étnicos) le explicó el asunto lo mejor que pudo, terminando:

—Así que ¿se le ocurre alguna explicación científica de cómo un artilugio tal puede, o podría, quizás, de algún modo, llegar a funcionar?

La frente del contratista se frunció, rizando los pelos de sus cejas siamesas: un efecto de lo más extraño.

—Bueno, resulta evidente que el líquido en el recipiente actúa como algún tipo de catalizador no contiguo, lo que amplifica el vórtice del campo de fuerza creado por la yuxtaposición de la pispireta y el placebo. —Bueno, por supuesto que el señor McMurtry no dijo exactamente eso, pero así fue como le sonó a Fred. Así que como si lo hubiera dicho. Y el señor McMurtry añadió unas últimas palabras—: Si estos artilugios no fueran hipotéticos sería interesante examinarlos. Con solo un par de trocitos bastaría. Lo que se puede analizar se puede llegar a duplicar.

Una vez que las cosas se encarrilaron en el trabajo, Fred pensó que podía ir a pedirle a la señora Brakk… ir a pedirle a la señora Brakk ¿qué? ¿Le dejaría el único hornillo eslovo existente para que lo examinara un experto?, ¿para que lo analizaran en un laboratorio?, ¿para que lo rasparan para conseguir muestras que pudiera ser examinadas con un microscopio electrónico?

¿¿¿???

Podría sugerir que, si no se fiaba de él, podría llevarse a cabo mediante una Fundación Brakk… o algo así… que se creara con ese objetivo. A través de Wes… y, por ejemplo, incluso de Nick…

Podría haberlo sugerido, ¡sin duda!

Pero esperó demasiado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Fred no sabía nada, por supuesto, ¿cómo podría haberlo sabido? Los propios habitantes de la casa se acababan de enterar. Cuando llegó temprano una noche, lo único que Fred sabía era que, según se estaba acercando a la casa, dentro había estallado un tumulto. Montones de gente gritando. Y cuando entró en la cocina de los Brakk, Nick era el único que estaba gritando.

—Somos es-ta-dou-ni-den-ses, ¿verdad? —vociferaba—. Pues vivamos como estadounidenses; ya es bastante malo que los huzuks se rían de nosotros, estoy hasta las narices de todas esas costumbres de nuestra vieja patria. ¿Qué será lo siguiente?, ¿qué más?, ¿gorros de piel?, ¿botas?, ¿una cabra en el patio? —Y dirigiéndose a su esposa—: Cien veces la he dicho a tu vieja, «Tíralo, tira el condenado cacharro, estoy más que harto de que se rían de nosotros, madre, ¿me oye?». Pero no lo tiró. No lo tiró. Así que lo tiré yo. —Se interrumpió, con la respiración agitada—. Y listo…

Fred empezó a notar una desagradable sensación en el pecho.

La esposa de Nick:

—¿Dónde lo tiraste? ¿Dónde? ¡No era tuyo! —Nick apretó los labios. Su esposa se dio una palmada en la frente—. Siempre lo decía. «Lo tiraré por el puente. ¡Lo tiraré por el puente!». ¡Ahí fue! ¡Ay, so bruto!

Durante unos instantes, Nick la miró indignado. Luego se encogió de hombros, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar con un exagerado aire de inmensa despreocupación.

La vieja señora Brakk siguió sentada unos momentos con su leve sonrisa, y luego comenzó a hablar en su lengua natal. Su voz derivó hacia un canturreo y terminó por quebrarse, y entonces se llevó el delantal a los ojos.

—Dice, es lo único que ella tenía para acordarse de su vieja patria. Lo único que quería poder hacer era calentar a veces el biberón del bebé o prepararse a veces una taza de té en su propio cuarto si estaba cansada. Es vieja y ha trabajado duro y nunca ha querido molestar a nadie…

Nick arrojó el cigarrillo al suelo de linóleo y, sin prestar atención a los gritos, lo pisó con fuerza. Tras lo que se quedó repentinamente tranquilo.

—Muy bien. A ver, mañana la compro una pequeña cocina eléctrica un… un… ¿cómo le dicen? ¡Un hornillo eléctrico! Mañana para su propio cuarto la compro un hornillo eléctrico, ¿vale?

El revuelo fue enorme; no se sabía de ninguna ocasión en la que, de manera voluntaria, Nick hubiera comprado nada de nada, ¡para nadie!

La anciana señora Brakk exclamó, en inglés:

—¿Me lo comprarás?

Nick asintió solemnemente con la cabeza.

—Lo juro ante Dios —afirmó llevándose la mano al corazón—. Mañana. El mejor que haya en la tienda. Madre me puede acompañar —añadió.

Su mujer le besó. El mayor de sus cuñados le dio unas palmaditas en la espalda. La anciana recuperó la sonrisa.

Fred sintió que su corazón latía al doble de su velocidad habitual. No se atrevía a decir nada. Y, cuando al cabo de un rato, Nick salió al patio y encendió otro cigarrillo, Fred salió detrás de él.

—Nick.

—Sí.

—Te voy a preguntar algo, pero no te enfades.

—Adelante.

—¿De verdad que tiraste las piezas del hornillo por el puente?

—Sí. Bueno… los… pedazos.

—¿Los pedazos?

Nick bostezó. Movió la cabeza afirmativamente.

—Me fui con el maldito cacharro al taller. Ande trabajo. Tú ya lo conoces. —Fred lo conocía—. Y lo pasé por el triturador. Y lo que quedó… lo metí a una bolsa. Y lo tiré del puente.

Ni estaba enfadado ni tampoco arrepentido. Dejó caer el cigarrillo, lo pisó y volvió a entrar en la casa. Fred lo oyó manipular la televisión.

El taller. Con todo el disimulo del que era capaz, Fred acechó y merodeó y se asomó. La luz estaba encendida, la puerta estaba abierta. ¿Se las habría dejado así Nick? Daba igual, seguro que quedaban algunos restos azules y negros, y él entraría como un bólido, los recogería del suelo donde habrían caído en las inmediaciones del triturador y… Una larga sombra se deslizó prestamente por el suelo. El conserje, acarreando su escoba. Un auténtico eslovo de la vieja escuela, hasta con un inmenso bigote y todo, un auténtico bigote eslovo de la vieja escuela; el hombre desapareció instantes después. Fred entró como un bólido, bien que sí. Sin embargo, no recogió nada; no había nada que recoger. Nada de restos. No quedaba ni polvo siquiera. Tita Pesha no estaba físicamente presente, pero su voz resonó en los oídos de su sobrino nieto: «¿Los eslovos? Son muy limpios… podrías comer del suelo de su casa…».

Fred deambuló con el coche por las silenciosas calles. Y gritó bien fuerte: «¡Es que no me lo creo! El mayor descubrimiento en el campo de la termodinámica desde el descubrimiento… ¡del fuego! ¡Y se ha perdido!, ¡se ha perdido! ¡No puede haberse perdido! ¡No es posible…!

Durante los siguientes días, y semanas y meses, llamó a puertas, puso anuncios, ofreció recompensas. Suplicó. Rogó. Ese increíble descubrimiento, que de manera misteriosa había llegado a este planeta nadie sabía cómo ni cuántos miles de años atrás ni a cuántos miles de kilómetros de allí…

… se había perdido.

Fred se entregó en cuerpo y alma al trabajo. Empezó a tener, allí mismo en su ciudad, una activa vida social. Salía con mujeres. Se le pasó por la cabeza el casarse. Cambió por completo. También cambiaron otras cosas. Wes Brakk se mudó de improviso a Idaho. ¿Por qué precisamente a Idaho? «Porque dijo que era el lugar más alejado de los huzuks al que podía largarse donde todavía podría seguir llevando zapatos». Vaya… Y el resto de la familia Brakk junto con Nick (bueno, con Nick al frente), se mudó casi igual de improviso a Brownsville, en el estado de Texas. ¿Y por qué a Brownsville, nada más y nada menos que en Texas? «Para huir del frío». Otros se irían a Florida, a California o a Arizona para huir del frío: el resto de la familia Brakk (junto con Nick) se fue a vivir nada más y nada menos que a Brownsville, en el estado de Texas, para huir del frío.

Y en cierto modo parecía justo el tipo de cosa que se puede esperar de los eslovos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Una vez más estaban de obras en Statesman Street y Fred tuvo que desviarse con el coche. Aunque ¿realmente tenía que ir por las calles Tompkins, Gerry y De Witt? Por el motivo que fuera, fue por ahí: ¡caramba!, ¡cómo había cambiado el barrio! Las miradas que le dirigieron los nuevos vecinos no eran ni de lejos de buena vecindad. Y allí estaba el almacén del señor Grahdy. Sin embargo, una de las antiguas cristaleras había desaparecido en su totalidad, y en su lugar había tablones clavados. Fred se detuvo. Entró. Allí estaba el señor Grahdy, con parte de la cara vendada, y el resto, amoratado y amarillento. Tenía el violín en la mano. El hombre le saludó con la cabeza con su aire desenfadado. «¿Le apetece escuchar un poco de Paganini?», le preguntó. Y empezó a tocar.

Fred sintió que estaba presenciando la que era casi la última escena de un drama antiquísimo. El viejo Mat Grahdy, con los alejandrinos de su esposa, su violín, Heine, Schiller, Lermontov, Pushkin, Paganini y los versículos de salmos en latín, ¿cuánto tiempo iba a poder aguantar? Si no se moría de hambre en su almacén prácticamente vacío, ¿cuánto tardarían en acabar matándolo?

El anciano dejó caer el violín al costado. Durante un prolongado y extraño instante miró a Fred con enorme placidez. Y entonces una repentina sonrisa apareció retorciéndose en su rostro hinchado y magullado. Encogió un hombro. Soltó una carcajada. «Ni siquiera se ha templado todavía», dijo riéndose entre dientes.

 Copyright © 1985 Avram Davidson


Notas sobre la traducción:


[1] Coolidge fue el presidente de los Estados Unidos entre 1923 y 1929, bastantes años antes de la época en la que transcurre el relato.Volver

[2] Empresario y filántropo estadounidense fallecido en 1919 que fue famoso porque a lo largo de su vida donó la mayor parte de su fortuna para obras de caridad y proyectos sociales.Volver

[3] Presidente de los Estados Unidos entre 1921 y 1923.Volver

[4] Así es como llamaban los indios objiwa al lago Superior. Significa «Gran Mar».Volver

[5] Muletilla proveniente del yiddish que significa algo como «así», «pues eso».Volver

[6] Término proveniente del yiddish que quiere decir «negocio».Volver

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14 respuestas a El hornillo eslovo, de Avram Davidson – Especial Humor V

  1. Gilberto dijo:

    ¡Guau! ¡Avram Davidson es un clásico de la talla de Sturgeon! Su prosa es de una elegancia y profundidad únicas. Es un autor culto y sutil, verdaderamente genial. Lo primero que le leí fue “No le oigo, Señor” en Cuentos que mi madre nunca me contó” de Hitchcock, hace muchos, muchos años. También le publicaron algunas historias en la revista “Ciencia y fantasía” que se publicaba aquí en México a finales de los años 50. Lo mismo escribía ciencia ficción, como fantasía o terror. Y de verdad es muy poco lo que se puede encontrar en castellano. Un gran autor a recuperar.
    ¡Ah, que forma de celebrar, Marcheto!
    Lo voy a paladear con toda la calma este fin de semana y ya te diré que me pareció. Pero de antemano muchas gracias por este fabuloso obsequio: ¡cada día te superas y nos sorprendes!

    Muchas gracias.

    • marcheto dijo:

      Yo reconozco que para mí era un desconocido hasta no hace mucho. Tenía su antología en la pila desde hace años, pero nunca conseguía ponerse en primera posición. Por fortuna, no recuerdo debido a qué carambola extraña, lo acabó consiguiendo, y me alegro un montón, porque aunque todavía no la he terminado (voy paladeándola poco a poco), los relatos que sí que he leído me parecen de una calidad media mucho mayor de lo habitual. Ahora bien, en general son bastante complejos y difíciles de traducir, así que tampoco me sorprende que no sea fácil encontrar demasiados en castellano. En cualquier caso y como bien dices, un autor a recuperar.
      Espero que El hornillo eslovo te guste tanto como los cuentos de Davidson que ya conoces. Ya me contarás.

      • Gilberto dijo:

        ¡Qué cuento tan más delicioso! Me ha recordado mucho “Los pollos feos” de Howard Waldrop, con igual erudicción pero la voz de Avram Davidson es única. Te puedo decir que me ha gustado más de lo que le había leído, y tuve que recurrir a mis diarios de lectura para poder acordarme qué había leído de él y cuándo. ¡Tenía más de diez años que no leía nada de este genial autor!
        “Todos los mares llenos de ostras”, Premio Hugo, sigue siendo genial a pesar de los años, “Peregrino: Perplejo” en el Asimov Magazine 4 de Forum y “La mujer que pensó que sabía leer” en Historias de lo Oculto, una antología editada por Asimov en su colección azul de P&J, es también muy interesante.

        Me has dejado con ganas de más pero he abandonado de inmediato, la prosa de este autor en inglés es verdaderamente ardua. Gracias dobles por esta hermosa traducción, Marcheto.
        ¡Y bravo por recuperar clásicos olvidados y tan valiosos!

        • marcheto dijo:

          La verdad es que no me sorprende que te haya recordado a Los pollos feos, y no solo argumentalmente. Por lo que he leído hasta el momento de ambos autores, tengo la sensación de que son dos de los escritores más peculiares, originales e inimitables dentro del género. Y, por ejemplo, Todos los mares llenos de ostras, tal vez el relato más popular de Davidson ya que con él ganó el Hugo, es otro ejemplo de esto. Eso sí, como ya comentaba, su prosa es bastante complicada y es habitual que abunden las referencias a la cultura estadounidense de su época que no siempre son sencillas de pillar.
          Y en cuanto a la recuperación de clásicos, me gustaría que este no fuera el único. No sé si finalmente será posible o no, pero ya tengo pensado al menos otro nombre con el que lo voy a intentar.

          • Gilberto dijo:

            He estado releyendo muchos cuentos de él en castellano porque el Treasury lo tuve que abandonar. ¡Es muy complejo y difícil de leer, como tú misma dices, en inglés! Para los que no dominamos la lengua de Shakespeare es todo un reto…

          • marcheto dijo:

            Sí, la verdad es que es un autor difícil de disfrutar en inglés. Incluso yo tengo la sensación de que se me escapan bastantes referencias cuando lo leo. Para la traducción de este cuento tuve la inmensa suerte de poder contar con la ayuda de Henry Wessells, al que recurrí con unas cuantas dudas que él amablemente me aclaró, y el cual además me advirtió de algunos detalles que de no ser por él seguramente se me habrían pasado por alto. Todo un lujo en este caso en el que por desgracia no podía contar con el propio autor como en el resto de cuentos del blog.

  2. Serge dijo:

    Gracias por el relato…

  3. Malapata dijo:

    De momento el relato que más he disfrutado del “Especial humor”. Un gran sentido del humor, personajes al mismo tiempo estereotipados y creíbles, y una historia deliciosa, divertida y triste a la vez. Ya tengo apuntado el Treasury en la lista de pendientes 🙂

    • marcheto dijo:

      Este es un relato muy distinto a los anteriores del especial. Digamos que tiene más entidad, es más literario y ambicioso. Avram Davidson es un autor que creo que merece ser descubierto y espero que finalmente te hagas con el Treasury como comentas, porque es lo que su propio nombre indica. Yo todavía no lo he terminado, porque este es un autor para leer despacio (no es fácil de leer en inglés, y muchos de sus cuentos están llenos de referencias culturales que no nos resultan demasiado conocidas), pero tiene relatos estupendos.

  4. fromlanteira dijo:

    Estoy de acuerdo con malapata, es el relato que mas me ha gustado con diferencia del “Especial Humor”. Me ha gustado como trata el tema de la perdida de identidad de los inmigrantes. Gran relato marcheto. gracias.

    • marcheto dijo:

      Me alegra mucho comprobar que este relato os está gustando. Avram Davidson es un autor injustamente olvidado y sería estupendo que este cuento acabara convirtiéndose poco a poco en uno de los relatos “estrella” del blog, porque sinceramente creo que se lo merece.
      Y muchas gracias por tu comentario, por supuesto.

  5. manuti dijo:

    Curioso, interesante y absorbente. Me ha dejado pensando que tecnología podría ser esa de la piedra negra y la piedra azul. ¿super conductividad a temperatura ambiente? ¿inducción magnética?

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