La fábrica de zapatos, de Matthew Cook

Matthew Cook es un escritor y artista estadounidense que hasta el momento ha publicado dos novelas y un puñado de cuentos, y cuyos esfuerzos se centran en la actualidad en conseguir una editorial para su última obra, Under Steel Skies, un fix-up de varias novelas cortas de ciencia ficción.

La fábrica de zapatos (The Shoe Factory) se publicó en 2010 en el número 231 de la revista británica Interzone. Posteriormente se incluyó en el número de enero de 2013 de la revista checa XB-1 (en el que casualmente también aparecía la traducción del relato Por falta de un clavo, de Mary Robinette Kowal, que la mayoría de vosotros espero que ya conozcáis). Así que si bien esta no es la primera vez que se traduce uno de sus cuentos, creo que sí que es la primera vez que su obra se traduce al español, por lo que supongo que la mayoría de vosotros no conoceréis a este escritor. Así que os animo a que leáis La fábrica de zapatos, ya que es una estupenda oportunidad para descubrir a un interesante nuevo autor. Y dada la peculiar estructura del cuento a base de flash-backs, mi consejo es que se lea dos veces, porque esa segunda lectura en la que se comprueba cómo encajan todas las piezas de este pequeño rompecabezas se disfruta incluso más, o al menos así fue en mi caso.

Y ya por último me gustaría agradecer a Matt su amabilidad gracias a la cual hoy puedo compartir su cuento con todos vosotros. Thanks a million, Matt!

ACTUALIZACION I: Una vez más, ya tenéis disponibles aquí los tres formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Cortesía como de costumbre de Johan y Jean Mallart. Muchas gracias a ambos.

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La fábrica de zapatos

Matthew Cook

El aroma a naranjas. La aspereza de la lengua de un gato en la yema de los dedos, lamiendo la nata. Parpadea… y ahora Emily le está sonriendo por entre los rayos de sol llenos de chispeantes motas de polvo, con el pelo desparramado sobre la almohada.

Emily suspira por encima del fragor de los coches en la calle, del sonido de los frenos chirriantes, de los bocinazos iracundos. Las naranjas se desvanecen frente al hedor a gases de escape, humedad y hormigón putrefacto. El reconfortante olor de la fábrica de zapatos. El olor de Guangzhou, de China en verano. El olor del hogar.

Parpadea de nuevo. Ahora está en el río. Con diez años e invencible. Sin miedo a nada. Salta, lanzándose al vacío, hacia la sensación de caída. La cuerda entre sus muslos se tensa. El neumático se columpia por encima del agua.

Se pregunta, durante un breve instante, cómo es que ya no está en la fábrica de zapatos, pero es una preocupación efímera. Se abandona al momento y ríe, los dedos de los pies labrando una estela en la superficie marrón, antes de que el arco de la trayectoria lo vuelva a elevar, con las piernas por delante, los dedos apuntando al cielo. Gotas de agua convertidas en prismas; diamantes lanzados hacia el severo y azul cielo estival.

El azul se vuelve negro. Los diamantes se congelan convertidos en puntitos de luz, duros, crueles e indiferentes. Está suspendido en el cénit, ahora sí flotando de verdad, mirando la inconmensurable multitud de estrellas. El traje es viejo y huele a sudor, aliento rancio y al olor del módulo habitacional: verduras fritas, aceite y aire reciclado hasta la saciedad. Toca con la lengua el interruptor que hace llegar la corriente a la mochila de propulsión eléctrica que lleva a la espalda.

Suspendido en la negrura, mira hacia abajo, donde flota la afilada mole de la Easy Rider, un largo rectángulo de vigas de acero entrecruzadas alrededor de una médula espinal de conductos, tubos y cables. Es una nave fea, pero sólida. Fiable. O al menos siempre lo había sido.

Delante de él, en el extremo de la nave, en el punto más alejado del oasis de acero de luz y calor que lo mantiene vivo, está situado el módulo del motor, oculto tras el amplio disco de plomo del escudo antirradiación. Justo debajo de donde se encuentra ahora mismo, en la parte central de la nave, se recortan las siluetas con forma de furgón de los módulos de carga. El sector central está coronado por la tiara de la antena de largo alcance. La gran antena parabólica está apuntando hacia atrás, hacia la estación de Fobos.

Se acuerda de ese momento. Recuerda la angustiosa sensación de miedo cuando se puso el traje, los gemidos de la alarma de fisura en el contenedor resonándole en los oídos. Recuerda la familiar sensación de claustrofobia cuando el casco encajó con un clic, atrapando una minúscula parte de la calidez de la unidad habitacional contra su rostro. Recuerda el crujido del traje cuando la esclusa pasó de una atmósfera al alto vacío, la puerta deslizándose en el perfecto silencio del espacio.

Sacude la cabeza. No. No es así. No fue así como sucedió.

No se quedó parado flotando encima de la antena parabólica. Ahora debería agarrar los mandos de la mochila propulsora. Debería girarlos, lanzar hacia atrás chorros intermitentes de gas comprimido, impulsándose hacia los motores estropeados. Debería pasar por encima del reborde del escudo, oyendo los clics del contador de radiación repiqueteando descontroladamente al traspasar ese límite.

Avanza en sus recuerdos; es una sensación extraña, la de esa doble visión mental, como un déjà vu, pero real. Sabe qué es lo que verá cuando pase flotando por encima del borde del escudo. La boca se le seca, la lengua se le vuelve papel de lija.

Papel de lija. Áspero. El áspero roce de la lengua del gato en la yema de sus dedos. Lamiendo la pegajosa nata. Cuesta lo que saca en un mes de la chatarra, en el mercado a tres kilómetros de la fábrica de zapatos. Las naranjas y la nata montada es lo que más le gusta a Emily. Es su cumpleaños. Este es su regalo.

Aparta la mirada del gato blanquinegro. Los gajos de naranja troceados y colocados en el bol blanco desportillado. La nata la pondrá en otro, para que no se corte. El penetrante olor de la fruta casi, aunque no del todo, desbanca el omnipresente olor de los coches del exterior, y el hedor a moho y humedad de la fábrica de zapatos.

Mira por encima del hombro, hacia el salón que han improvisado con unas cuantas sillas viejas, su futón y un sofá de terciopelo con parte de los muelles salidos. Unos plásticos colgados bosquejan las paredes, que ondulan y se arrugan bajo la brisa húmeda que se cuela por las esqueléticas ventanas sin cristal de la fábrica de zapatos.

Su mirada se posa sobre el lugar vacío que pronto ocuparán un rollo de cable, el vidpod y la fluctuante pantalla plana taiwanesa. Tuerce el gesto.

No tienen una pantalla plana. Siempre miran las viejas películas pirateadas en la cama, en el futón que huele a humedad, tumbados juntos, con las piernas entrelazadas, aguzando la vista ante la diminuta pantalla del vidpod. El anterior dueño del aparato, quienquiera que fuera, tenía más de trescientas películas almacenadas, así que lo miran casi todas las noches, una brillante ventana a una lejana época más feliz.

A él le gustan las películas estadounidenses de acción, sobre todo las de coches o polis de la última mitad del siglo XX protagonizadas por Steve McQueen o Clint Eastwood. A Emily le gustan las románticas, sean de la época que sean, aunque siente debilidad por las de principios del siglo XXI de la actriz coreana Jang Na Ra. El argumento siempre es el mismo; lo único que cambia es el nombre de los personajes. Arreglo que Emily encuentra relajante. A veces él también disfruta con las películas románticas, pero como es un chico disimula.

Frunce el ceño y bate la nata, mientras va abriendo bolsitas de azúcar moreno que ha robado del café para turistas que hay al final de la manzana. A Emily le gusta la nata dulce como el caramelo, más dulce que la fruta. Es su cumpleaños; merecía la pena correr el riesgo y robar el azúcar.

En el exterior, al otro lado de la reja de hierro de la ventana sin cristal, se extienden los laberínticos tejados y callejuelas llenas de ropa tendida de Nansha. Contempla las interminables formaciones de cemento podrido y de paredes de mampostería desmoronándose, que se adentran en la lontananza cargada de humedad. La mayor parte de los grandes almacenes y fábricas del pasado no son ya más que esqueletos en ruinas, con los antiguamente altivos tejados desplomados, poco más que un montón de chatarra oxidada. Unos pocos afortunados, como la fábrica que considera su hogar, todavía conservan el tejado, o parte de él.

Al otro lado de esa irregular masa, el río Perla se desploma hacia su delta. Más allá, casi oculta por la calina, se extiende la reluciente superficie del mar de la China Meridional. A unos cuantos kilómetros de la costa flota una arcología, un inmenso nenúfar artificial coronado por una hiperestructura con forma de bloque, grande como una ciudad. Con la distancia y la humedad parece una acuarela.

Como siempre, fantasea con cómo será vivir allí, empujados por la marea y los vientos. Dicen que no hay enfermedades. Ni muerte. Que aquellos cuyo cuerpo es demasiado viejo se limitan a trasvasar sus recuerdos a otro caparazón joven y nuevo, cultivado en un tanque con meses o años de antelación y almacenado para cuando se produzca esa eventualidad.

Se oye un claxon en la calle y a alguien increpando en cantonés. «¡Haahng-lan-heui!». ¡Quítate de en medio de la calle, joder!

Su bisabuelo le había contado que, mucho tiempo atrás, esta parte de la provincia de Guangzhou había sido la zona más rica de China, con innumerables fábricas, el hogar de millones de trabajadores. Aquí se fabricaban zapatos, juguetes y aparatos electrónicos; mercancías que luego se despachaban hasta el último rincón del globo.

Pero luego los puestos de trabajo se trasladaron a otros lugares más baratos: Somalia, Haití o Mississippi. Y lo que empezó la agobiante pobreza, lo terminó la pandemia de CROSS, que dejó reducida la ciudad a un espectro de su antiguo ser. A veces todavía encuentra huesos entre los escombros de las fábricas en ruinas, lisos y blancos, del color del luto.

Al oír el clic de la cerradura con pestillo que se abre en la planta de abajo empieza a batir con más fuerza, transformando la nata en espuma. Las pisadas de Emily resuenan en la escalera de hierro. Ve su sonrisa cuando el rostro de ella alcanza la plataforma.

—Adivina qué he encontrado —dice Emily dejando caer la bolsa al suelo junto al futón.

«Una pantalla plana. Milagrosamente intacta, encajada dentro de un aparador que estaba debajo de una pared derrumbada.»

—Me rindo —dice su boca, siguiendo el guión de lo que realmente sucedió—. ¿Qué?

—¡Una pantalla plana! Estaba rebuscando en la vieja fábrica de Mattel en el extremo oeste de la ciudad, y la encontré entre los restos de una sala de juntas. Creo que igual funciona, pero tienes que venir a ayudarme a sacarla de entre los escombros.

Él le devuelve la sonrisa sintiéndose invadido por la alegría. A Emily se le da mucho mejor que a él lo de encontrar chismes abandonados. Ella se le acerca para ver qué le está preparando

—¡Feliz cumpleaños, Em! —dice justo antes de que ella grite y se lance a sus brazos.

Se sientan a la mesa que montó con una puerta vieja y algunos bloques de hormigón ligero, y se comen la sorpresa de cumpleaños. Después, ella se acurruca en su regazo y le besa, con el aroma a naranjas y nata en su aliento. Él la lleva hasta el futón y hacen el amor enredados en las ajadas sábanas.

Lo volverán a hacer más tarde esa misma noche, lo sabe, la piel de ella con un ligero brillo azulado bajo la luz parpadeante de la pantalla plana, pero en ese momento lo único que sabe es que tiene dieciséis años, que tiene el estómago lleno y que está enamorado. Cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir, lo único que ve es negro azabache y la miríada de estrellas.

Justo delante de él está el escudo antirradiación. Lanza un chorro para propulsarse y elevarse unos cuantos grados. Siente una pavorosa inquietud ante lo que le espera, y casi se siente aliviado cuando ve la masa retorcida de acero que antes era el núcleo principal de impulsores.

Es una sentencia de muerte. Debería estar aterrorizado, y una parte de él lo está. El plasma se escapa del contenedor destrozado. Pronto, en una hora, y probablemente incluso antes, se perderá el blindaje de la singularidad controlada que propulsa la Easy Rider. Cuando eso suceda, todo aquello que se encuentre en las proximidades será arrastrado hasta el interior del minúsculo agujero negro, y en un abrir y cerrar de ojos la materia se convertirá en un estallido de radiación dura.

El agujero solo durará una fracción de segundo antes de que las inflexibles leyes de la gravedad y la física borren ese improbable desgarrón, pero eso será más que suficiente. Puede deshacerse del reactor y salir pitando, pero de ninguna manera va a conseguir alejarse lo suficiente antes de que lo pulverice a él y a todo lo que se encuentre a cien mil kilómetros a la redonda. Escapar no es una opción, como tampoco lo es arreglar el maltrecho contenedor.

Se detiene unos instantes preguntándose qué es lo que habrá chocado contra él; lo más probable es que haya sido un micrometeorito, que habrá hecho impacto en el peor de los lugares posibles, tal vez contra una ensambladura presurizada o contra uno de los delicados condensadores vitales para el contenedor. Su misma eterna mala suerte de siempre, antes chatarrero y ahora esto. ¡Mierda! Diu la sing. Mierda, mierda, mierda, ¡mierda!

Se encoge de hombros. Da igual. La implosión no dejará restos que los investigadores vayan a poder examinar. Se da la vuelta, para volver a la unidad habitacional que está a trescientos metros. Tiene cosas que hacer.

Hay algo detrás de él, siente como si tuviera unos ojos clavados en la nuca. Cuando se vuelve, está de pie en la planta de montaje en ruinas de la fábrica de Mattel. El tejado hace tiempo que desapareció. La noche está despejada y la luz de la oronda luna teñida de naranja es más que suficiente. Emily está debajo de la pared desplomada, empujándose con los pies calzados con botas.

—¿Estás seguro de que el soporte está bien encajado? —pregunta Emily, cuya voz llega amortiguada—. Tengo que sacar un poco más de mierda y ya es mía.

Comprueba el puntal de madera y mueve la cabeza afirmativamente.

—Parece firme. A por ella.

Emily le va pasando pedazos podridos de tabique de yeso reseco y de tablero aglomerado deshecho. Él los amontona con el resto de escombros.

Emily retrocede, sonriendo. En las manos enguantadas tiene un bulto cubierto de polvo, la pantalla plana, preservada milagrosamente dentro de una funda de plástico gris.

—Porque estaba en un armario, que si no habría terminado aplastada —comenta admirada—. ¿Crees que funcionará?

«Funciona. La enchufaremos a las baterías solares y chillaremos como colegialas cuando se ilumine con una luz azul —está a punto de responder—. Tendré que toquitear un poco las conexiones de entrada y soldar algunas nuevas que sustituyan a las que están oxidadas, pero estas cosas técnicas siempre se me han dado bien. Funcionará.»

—No sé —dice su voz, siguiendo el guión—. Vamos a casa a averiguarlo.

Se apresuran a volver a la fábrica de zapatos, llevando la pantalla plana entre los dos. Se paran en todos los cruces para asegurarse de que no haya bandas de merodeadores. Si funciona (y él sabe a ciencia cierta que funcionará), el aparato es un tesoro, que vale una fortuna. Ambos saben de gente que ha sido asesinada por menos. Cuando están seguros de que no mira nadie, avanzan a toda prisa, al amparo de las pilas de escombros y de las paredes en ruinas.

A mitad de camino, atajan por la lóbrega mole de un antiguo centro comercial. El techo parcialmente conservado impide entrar la luz de la luna, y las sombras que hay debajo de esa superficie oscura son tan negras como el interior de una mina. Da miedo, pero ambos agradecen el poder avanzar escondidos.

Ya están casi fuera cuando siente deslizarse la pantalla entre sus dedos. Se hace el silencio. Ni oye las pisadas de Emily ni la alcanza a ver en esa penumbra impenetrable.

«No fue así —piensa—. Llegamos a casa sin problemas y estuvimos viendo vídeos y follando durante el resto de la noche. Easy Rider fue una de las películas que vimos.»

Mira detrás de él, pero no vislumbra la luz de la luna más allá del límite del centro comercial. Se agacha. Los escombros y basura que deberían estar desparramados por el suelo ya no están allí, tan solo nota una vaga solidez que sus dedos se niegan a definir.

Oye un susurro a su espalda. Se queda paralizado, con la respiración resonándole con fuerza en los oídos. Ahí detrás hay algo, observándolo. Lo nota. La cosa en la oscuridad se desliza hacia él.

La negrura, el extraño suelo y la sensación de que algo se le acerca por la espalda son demasiado para él. El terror le agarra por la nuca, le sacude. Huye adentrándose en la oscuridad. El miedo le oprime el pecho cortándole la respiración. Mira por encima del hombro y tropieza con su propio pie, cae hacia delante, con los brazos extendidos.

Se hunde en el agua cálida como la sangre, con tanta fuerza que los pulmones se le quedan sin aire. Los ambarinos rayos de sol brillan a su alrededor, tamizados por el cenagoso río. Una galaxia de argénteas burbujas forma remolinos. En un reflejo automático abre la boca, y el agua la inunda.

Tose y de nuevo vuelve a inhalar agua. Se está ahogando. Intenta abrirse camino hacia la superficie. Se acuerda de esto —sucedió así—, pero su miedo arrincona el recuerdo de cómo terminó el incidente. Lo único que sabe ahora mismo es que siente un terrible ardor mientras el agua inunda sus pulmones.

Una mano baja hasta él y lo agarra del pelo, y luego tira. Su cabeza atraviesa la superficie, la boca jadeando mientras tose expulsando el agua. Su rescatador nada hasta la orilla, rodeándole el pecho con el brazo, retrocediendo con brazadas fuertes y regulares.

Se deja caer en la orilla enlodada, presa de las arcadas. Al cabo de un rato recupera el aliento. La garganta le arde.

—¡Joder!, por los pelos —oye decir a una voz familiar—. ¿Estás bien?

Gira sobre sí mismo y ahí está Emily, con quince años, justo como la recuerda en la fábrica de zapatos seis años más tarde. Su camiseta verde, su favorita, la que tenía por delante el dibujo de un pequeño ninja, pegada a sus pechos.

Parpadea. No conocerá a Emily hasta varios años después. Y si él tiene diez años, ella debería tener nueve, y estar todavía viviendo en Hong Kong con su padre estadounidense y la amante coreana de este. Emily no se escapará de casa hasta los trece años. Y ellos se conocerán cuatro meses más tarde.

—¿Estás bien? —le vuelve a preguntar Emily—. Ni que te hubieras tragado medio Perla… Descansa unos minutos, ¿vale?

Emily se incorpora, se recoge el pelo mojado en una coleta y se sube al neumático que cuelga en el aire. Él observa cómo se balancea bien lejos y arriba, y cómo se suelta en lo alto del arco. El agua salpica cuando Emily se hunde en el río Perla con un grito. No vuelve a salir a la superficie.

Se incorpora, y el vértigo hace que la orilla se tambalee bajo sus pies. Su oído interior se está volviendo loco, mientras su mente le grita que no podía ser Emily. Emily no lo sacó del río; fue otra persona, el obeso hijo de un fabricante de ladrillos que vivía al otro lado de la ciudad. ¿Cómo se llamaba? Pai Lui, eso es. ¿Dónde está Pai Lui?

Cierra los ojos y el sonido de su propia respiración le inunda la cabeza. Cuando los vuelve a abrir, ve las estrellas, inmóviles. Ve la larga columna vertebral de la Easy Rider deslizándose por debajo de sus botas. Empuja suavemente los mandos del propulsor para dirigirse hacia la brillante escotilla roja de la esclusa. No tiene demasiado tiempo.

Vuelve a notar los ojos clavados en la espalda, pero se niega a volverse. Se niega a seguir el juego. Si se gira podría volver a distraerse y solo le quedan unos pocos minutos. La singularidad podría hacer (¿hará?) saltar sus cadenas en cualquier momento.

En cuanto se cierra la escotilla exterior, golpea el botón que activa el control manual de emergencia. El aire inunda la esclusa. El traje se agita bajo el breve huracán. Se suelta el casco y siente un chasquido en los oídos bajo la presión parcial, luego se apresura a abrir los precintos del traje.

Menos de un minuto más tarde ya está en el módulo habitacional, con la mirada clavada en el memograbador. Es el único capricho que se permitió traer, y una admisión de ese miedo que en realidad nunca ha dejado atrás.

Cuando se lo compró a Yuan, estaba roto. Yuan pensó que iba a vender las distintas partes como piezas de recambio, pero siempre había sido bastante manitas para las cosas técnicas y consiguió localizar el problema, un simple cable roto. Dos minutos más tarde, el grabador resucitó y empezó a girar, como nuevo.

Lo había utilizado casi todas las noches, para hacer una copia de seguridad de su fichero de personalidad en chips que había encontrado entre los escombros. Por aquel entonces no tenía un clon metido en hielo donde poder volcarlos; eso llegaría más tarde, después de su primer gran éxito con un asteroide. Las grabaciones eran lo importante. Así al menos sabía que si una mañana no se despertaba habría algo que le sobreviviría. No sería exactamente él, técnicamente no, pero se le aproximaría bastante.

Seis meses después de comprar el grabador descubrió un tesoro: un almacén derrumbado lleno de tecnología prepandémica, sobre todo repuestos de chips para memorias RAM de ordenador. Cada unidad estaba cuidadosamente sellada en su bolsa antiestática, tan inmaculada como el día en que había sido fabricada. De no ser por todo lo que Emily le había enseñado, nunca habría dado con él.

Tardó tres meses en encontrar un comprador, pero su paciencia obtuvo finalmente recompensa. Con las ganancias realizó el primer pago de la Easy Rider, una nave de minería de asteroides individual, y despegó hacia el espacio. No miró atrás. No quería volver a ver jamás ni la Tierra ni China. Allí había demasiados fantasmas.

Ahora está mirando el memograbador, una caja del tamaño de una maleta, su delicado armazón grabador guardado con todo el cuidado del mundo. Abre la caja y mira los chips grabados que hay dentro esperando pacientemente a ser actualizados con sus recuerdos y experiencias más recientes.

Frunce el ceño. Esto no tiene ningún sentido. A pesar de lo antigua que es, se trata de una buena unidad, y la actualización solo le llevará uno o dos minutos, pero será en vano. Antes de morir, la singularidad se lo tragará todo: la grabadora y los chips de memoria, y todo lo demás. La luz es lo único que puede viajar lo suficientemente rápido como para escapar del colapso del contenedor y del estrujón consiguiente.

La luz.

Se le ocurre una idea. Un disparate. Imposible. Pero ¿acaso tiene otra opción?

Tarda unos minutos en averiguar cómo desviar hacia la antena láser toda la potencia del reactor, que es bastante. Cuando termina, abre el panel posterior del memograbador, introduce la mano y va recorriendo con los dedos los diminutos conectores de entrada/salida. Es una locura. Nunca va a funcionar, ¿o sí? No tiene cables con los que conectar la memoria flash del grabador con la entrada de la antena, pero los puede fabricar. Si tiene tiempo.

Se vuelve para coger la caja de herramientas y se encuentra en el hospital. Una dura silla de plástico del color de las naranjas de Em. Olor a antiséptico. «No», murmura. Recuerda ese momento demasiado bien. «Esto no, por favor».

Tiene la espalda agarrotada, como si llevara horas allí. Y las lleva. El respirador suspira, más agudo cuando succiona el aire y más grave cuando lo bombea hacia el pobre cuerpo destrozado de Emily.

Se niega a mirar. Sabe lo que verá. En lugar de eso, clava los ojos en la puerta abierta. Una monja pasa por delante, con las alas de la toca abriéndose hacia los lados. El estetoscopio que lleva alrededor del cuello golpea el crucifijo que le cuelga de la cintura.

Se oye un pitido proveniente de algo que hay junto a la cama, y siente helársele la sangre. Es una expresión curiosa. Y de lo más descriptiva: como si un chorro de agua helada le corriera por las venas. Se pregunta qué es lo que provoca esa sensación y se dice que se lo tiene que preguntar a la monja cuando vuelva a entrar para ver como sigue Emily.

«No tendrán tiempo para andar respondiendo preguntas —recuerda—. Dentro de unos segundos las máquinas enloquecerán, empezarán a lanzar pitidos y destellos, anunciando que el corazón de Em ha terminado por rendirse. Entrarán corriendo, la monja y los auxiliares, con bandejas de aparatos en carros metálicos. Lucharán por salvarla durante casi una hora mientras yo espero en el pasillo, mirando por la ventanilla que hay en la puerta. Se esforzarán durante una hora y entonces acabarán dejándolo y tapándole el rostro con la sábana blanca.»

La máquina vuelve a pitar. Siente el escozor de las lágrimas en los ojos, la boca crispándosele por los sollozos que se van acumulando igual que las nubes en la época del monzón. Ya está de pie cuando los aparatos se vuelven locos, ya está camino de la puerta. En el pasillo oye a alguien gritando en inglés: «Código azul, habitación 2346. ¡Código azul!».

Sale al pasillo. Está en el corredor de la Easy Rider, los sonidos del aparato de soporte vital son ahora los aullidos de la alarma del contenedor. Imposible silenciarla, protocolo de seguridad, pero el fragor constante le distrae. Alarga la mano y corta los cables de la alarma con un cortacables, y el bendito silencio inunda el módulo habitacional.

Vuelve corriendo a la mesa, siete cortos pasos, y termina de embutir la última conexión dentro del cable de fibra óptica. Conecta un extremo a la placa madre de la antena y comprueba que en el otro se encienda la luz roja, como un ojo demoniaco. Debería ejecutar un programa de diagnóstico, transmitir unos cuantos terabytes de datos y comparar los ficheros por si hay errores, pero no tiene tiempo. O bien funciona o bien no.

Siente algo frío y levanta la mano, se toca la mejilla. Tiene lágrimas en la cara. ¿Lágrimas? ¿Por qué ha estado llorando?

La cara mojada. El pelo mojado. Un círculo de rostros, que lo miran desde lo alto. El pecho le arde por el agua que ha tragado y vomitado.

—¿Estás bien? —le pregunta uno de los chicos.

Detrás de él ve a Pai Lui, el hijo del fabricante de ladrillos, que fue quien realmente le salvó. Está gordo, tal como lo recuerda, y tiene el cabello negro pegado a su redonda cabeza. Los otros chavales le dan palmaditas en la espalda.

Mira a su alrededor, buscando a Em, pero no la conocerá hasta varios años después.

—¿Estás bien? —repite el chico, alargando la mano para ayudarle a incorporarse.

Coge la mano que le ofrece y se deja levantar. Más allá del círculo de jóvenes rostros preocupados ve moverse algo, una masa informe de oscuridad, arremolinándose, girando.

Observando. Los otros muchachos no parecen percatarse. ¿Por qué iban a percatarse? En realidad no estaba ahí. En realidad no está ahí. Pero lo está.

La mano en su mano se transforma. Es la mano de Emily. Es él quien la está ayudando a levantarse. Sacándola de la cama. Las sábanas empapadas de sangre se pegan a la espalda desnuda de Emily. Tiene que arrancárselas, para que no le hagan tropezar en las escaleras.

—Derribaron la puerta —susurra Emily por entre los labios hechos papilla y los fragmentos de dientes rotos—. Me olvidé de echar el pestillo de la cerradura. Soy tan idiota… lo siento… —dice en un murmullo.

Se la echa al hombro, al no tener otra forma más delicada de trasladarla, y avanza con paso inseguro hacia las escaleras. Su rostro, su encantador rostro, es una masa de moratones y cortes. Un ojo es un orbe de sangre, una mera hendidura por la hinchazón.

—No ha sido culpa tuya —le dice en un susurro—. Te llevaré al hospital y en un santiamén te dejarán como nueva. No te preocupes ahora, Em, ¿me oyes? Te dejarán como nueva.

La fábrica de zapatos está patas arriba, todos los objetos de valor han sido robados. El rollo de cable está desconectado; el vidpod y la pantalla plana han desaparecido; la ropa y los papeles están desparramados por todas partes. La pantalla plana era muy valiosa. ¿Por qué no pudieron limitarse a cogerla y a marcharse?

Emily solloza de dolor. La paliza le ha roto varias costillas, debajo de la sangre el pecho está negro y azulado. Él siente cómo una ola de orgullo avanza por entre el atormentador pánico, igual que un rayo de sol atravesando las nubes. Se imagina que Em habrá luchado. Es una luchadora; es una de las cosas que le encantan de ella.

—Lo siento, Em —dice entre jadeos—. Ya casi estamos abajo.

—Al primero —susurra Emily— le agarré de los huevos… No va a tontear con chicas durante una temporada, eso seguro. Pero solo conseguí que los otros se cabrearan más… —Tose, y él siente cómo la sangre cálida le salpica la parte posterior de las piernas.

—Bien hecho —le dice él—. Te vas a poner bien.

Llega al piso de abajo de la fábrica y se dirige hacia la puerta abierta. En el exterior, el sol brilla en un cielo azul y perfecto. Un día estupendo, no demasiado cálido. Demasiado hermoso para encerrar el horror del interior de la fábrica de zapatos.

La luz es tan brillante que le quema al salir al exterior. La luz. En el rostro. Alarga la mano y ajusta la lámpara. Tiene el conector de entrada/salida en las manos, sujeto con unas pinzas.

Lo enchufa. La lucecita verde de la entrada AUX del procesador de la señal de la antena se enciende. Está conectado. Se sienta y acerca hacia él el armazón con los sensores, se coloca los trodos en las sienes y por detrás de la cabeza. El memograbador pita.

Pitidos. Alarmas gimiendo en el pasillo. Alarmas sonando en la habitación de Emily. La enfermera lo aparta al pasar a su lado, mientras da órdenes a gritos. Aquí llegan las bandejas metálicas. Van a abrir nuevos agujeros en el sanguinolento y destrozado cuerpo de Em. Y todo para nada.

Abre la boca para decirles que la dejen en paz. Que la reconforten en sus últimos momentos, que no la torturen, pero un auxiliar le cierra la puerta en las narices. Alarga la mano para abrirla…

Su mano está en el aire inmóvil sobre el botón de transmitir. Piensa en las miles de cosas que no ha tenido tiempo de verificar. La alineación de la antena. Cree que seguirá estando bien, pero a lo mejor se ha movido. La conexión entre la memoria flash del grabador y el transmisor. Podría ser inestable, y no tiene ni idea de cómo afectará la degradación de la señal a la transmisión, si es que afecta. Ni siquiera sabe si lo que está tratando de hacer se ha intentado alguna vez antes, con éxito o sin él. Pero total, también esto son datos, ¿no?

Nota algo a su espalda, la sensación de ser observado cuando lo que sea que lo ha estado siguiendo se acerca para poder ver mejor.

Se niega a girarse. Sabe que si ve que detrás de él tiene una masa de oscuridad se arrancará los trodos de la cabeza y echará a correr, gritando.

Inspira. Su aliento resuena en el pasado, se convierte en el mismo aliento de cuando vio a la enfermera cubrir con la sábana los ojos de Em que miraban fijamente. El mismo aliento que inspiró tumbado sobre la tierra junto al río Perla. El mismo aliento que dejaba escapar tras un orgasmo, con la sudorosa piel de Emily apretándose contra la suya. Oye unas pisadas a su lado y tiene que volverse; no puede evitarlo.

Emily está detrás de él, con quince años y radiante, más hermosa de lo que recuerda haberla visto jamás, con la cartera atravesada sobre el pecho medio tapándole el dibujo del ninja. Huele a naranjas y a agua de río. Está sonriendo. Detrás de ella se agita la silueta de la Oscuridad, bella y terrible.

—Todo saldrá bien —dice Em sin dejar de sonreír—. Confía en mí.

Él asiente con la cabeza y aprieta el pulgar contra la pantalla de control de la antena. Las luces se atenúan, luego se apagan cuando la corriente desviada del reactor entra a raudales en el transmisor. Los ventiladores del sistema de soporte vital quedan en silencio. Ya no los necesita. Huele a quemado cuando los cables de la antena se esfuerzan por amoldarse a la nueva carga. Reza para que aguanten un poco más antes de fundirse.

Siente las características cosquillas en el cuero cabelludo cuando la corriente avanza por los trodos. Todo lo que fue, todo lo que es ahora, está fluyendo hacia el memograbador, para salir por el conector de entrada/salida e introducirse en el extremadamente preciso transmisor láser. Sus pensamientos están siendo transmitidos, a la velocidad de la luz, hacia la gran antena de la estación de Fobos, enormemente amplificados por la potencia que le queda al moribundo reactor.

No podrán evitar oírle, si el rayo da en la diana. Solamente si el rayo da en la diana. No ha comprobado el alineamiento. Los datos de telemetría diarios los acostumbra a transmitir mediante ondas de radio, con gran margen de error, pero solo un fino láser de gran precisión puede transportar la inmensa cantidad de datos que se están transmitiendo desde el grabador. O está perfectamente enfocado o pasará de largo.

Sacude la cabeza. No había tiempo. Que sea lo que sea.

La máquina pita y en el tercio inferior de la pantalla aparece una barra de progreso. Se va llenando con lentitud agónica.

No puede hacer nada, salvo esperar. Se pregunta si verá el fogonazo cuando la Easy Rider y todo lo que hay en su interior queden reducidos a rayos X y a radiación gamma. Se pregunta si le dará tiempo a sentir algo.

Em lo coge de la mano, su mano fresca y suave. Lo rodea para colocarse frente a él, y la Oscuridad se mueve a su vera, ondulando y agitándose como una capa azotada por el viento.

—Por supuesto que tu transmisión no llegó a Fobos —dice Em con una triste sonrisa—. Bastaba con que el alineamiento estuviera mal en una fracción de grado. El rayo láser dejó atrás Marte, la Tierra y el Sol antes de adentrarse en el vacío, avanzando furtivamente a la velocidad de la luz. Nosotros… quiero decir, yo… creo que viajó durante siglos, milenios, antes de que la recibiéramos… de que la recibiera. Para entonces, la señal estaba muy atenuada, apenas se la podía distinguir del ruido de fondo de las estrellas.

—No eres Emily, ¿verdad?

—No. Lo siento. Emily murió hace mucho, mucho tiempo. Lo único que queda de ella es lo que tú has traído contigo.

Los ojos le escuecen por las lágrimas, que nublan la pantalla y la barra de progreso. La pena le oprime el pecho, con más fuerza que el miedo en el que se está ahogando.

—Entonces ¿qué es lo que eres? ¿Qué me está pasando?

—Estoy intentando ayudarte. Llevamos mucho tiempo intentando reconstruirte. Ha sido el trabajo de toda mi vida. Nosotros… mi grupo y yo… hemos aprendido a base de equivocaciones que esta es la mejor manera de llegar hasta ti. Creo que esta vez vamos a tener éxito.

—¿Éxito en qué? —pregunta, aunque cree que lo sabe.

Su angustioso pánico animal se calma. No tiene miedo. Al menos esta vez. Piensa que ha habido otras veces, veces en las que el pánico fue tal que lo destrozó, igual que una pantalla plana aplastada por una pared.

—Tu mente resulta muy difícil de comprender —explica Emily—. Experimentas el tiempo como si fuera un río, fluyendo siempre en la misma dirección, pero almacenas los recuerdos de manera no secuencial. Tu transmisión no tenía la clave para resecuenciarte, así que tuvimos que hacer conjeturas. Siento que todo te resulte tan desconcertante.

—No lo entiendo.

—Lo entenderás. Pronto. Tengo muchas ganas de conocerte por fin.

Oye un ruido procedente de la popa de la nave, el grito de muerte del módulo del motor.

—Ha llegado el momento —dice Emily.

Un silencioso fogonazo, de todos los colores y de ningún color. No siente nada, ni siquiera una fracción de segundo de presión. El mundo se vuelve brillante, del azul vacío de una pantalla plana sin señal.

Siente a Em, a su alrededor. Sabe que está sonriendo. El azul chillón funde a negro, una aterciopelada ausencia de luz tornasolada de rojo.

Siente su propio cuerpo, siente la deliciosa sensación de la gravedad, que lo comprime contra las sábanas ajadas. Siente el olor a humedad de la fábrica de zapatos, el agradable tufo de su hogar, por debajo del penetrante aroma a naranjas recién peladas.

Y una voz, tan parecida a la de Emily, susurrándole al oído.

—¿Lo ves? —le dice la voz—. Ha funcionado.

Siente una sonrisa en los labios mientras abre los ojos.

Copyright © 2010 Matthew Cook

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15 respuestas a La fábrica de zapatos, de Matthew Cook

  1. Gilberto Quintero dijo:

    ¡Ay, Marcheto! Siempre nos traes cosas maravillosas. Muchas gracias, me ha encantado. No conocía al autor, pero me ha gustado mucho, mucho, su tono, su estilo, su prosa. Algo diferente, muy bien logrado a mi gusto. Ciencia ficción de la mejor. Y desde luego tu traducción excelente. Gracias, gracias.
    Un fuerte abrazo.

    • marcheto dijo:

      Hola, Gilberto.
      No me extraña que no lo conocieras, creo que la mayoría de los cuentos que ha publicado han aparecido en Interzone, y al no ser una publicación disponible gratuitamente online es más difícil llegar a leerlos. En mi caso, esta reseña de Jason Sanford llamó tanto mi atención que decidí comprar el número de Interzone donde aparecía el cuento. Pero aparte de este relato, tan solo le he leído otro que casualmente se incluía en el número de Interzone que se nos proporcionó a los votantes de los premios Hugo creo que hace un par de años. Así que espero que consiga publicar su fix-up de novelas porque tiene pinta de que puede ser muy interesante.
      Y gracias una vez más por tu comentario.

  2. Gilberto Quintero dijo:

    La he vuelto a leer con toda la calma, y te puedo decir que me ha gustado mucho más. Son de esas historias que, de inicio, puedes pensar que son surrealistas o de fantasía metafórica, algo así como los cuentos de Kelly Link, que me gustan mucho, pero es ciencia ficción pura, todo tiene sentido y congruencia. La prosa y el ritmo te llevan de la mano. Pero al final, ¡qué maravilla!, todo encaja con una estética extraordinaria. Es un relato con imágenes evocadoras y poderosas. Gracias de nuevo.
    Créeme que de ahora en adelante leeré todo lo que sugieras, pues aparte de ser una excelente traductora tienes un gusto literario excelente.

    • marcheto dijo:

      Coincido totalmente contigo en que la segunda lectura se disfruta de una manera totalmente distinta de la primera. Al no tener que preocuparte por entender qué está pasando, se puede disfrutar más del estilo y del fluir del relato.
      Y, bueno, ya sabes que sobre gustos no hay nada escrito. Pero lo que sí está claro es que tus gustos y los míos están en bastante sintonía, porque yo también he disfrutado bastante con alguno de los relatos que me has recomendado. Y todavía tengo pendientes de leer unas cuantas de tus recomendaciones.
      Por cierto, si no recuerdo mal, en algún momento demostraste interés por votar en los premios Ignotus de este año. Si sigues estando interesado, que sepas que está abierto el plazo para inscribirse en el censo de votantes. El límite es el 20 de abril. Tienes toda la información en la página de la AEFCFT.

  3. Gilberto Quintero dijo:

    Muchísimas gracias Marcheto, ya me inscribí.
    Y estoy por comprar el número 235 de la revista Interzone donde viene otro cuento de Matthew, “Insh’alla”…
    Gracias por renovar mi gusto por esta fascinante literatura. Tengo una lista enorme de relatos por leer, tiempo es lo que me falta.
    Un fuerte abrazo.

  4. Malapata dijo:

    Un relato precioso, me ha encantado.
    Saludos y gracias, Marcheto.

    • marcheto dijo:

      Hola, Malapata.
      Muchas gracias por pasarte por aquí, porque cuando casi nadie se anima a comentar (como es por ahora el caso de este cuento), nunca sé cómo interpretarlo: no sé si es que nadie lo ha leído o es que a nadie le ha impactado lo suficiente (ya sea positiva o negativamente) como para dejar su opinión.
      A mí también me parece un relato precioso y original. Así que espero que sean muchos los que acaben por darle una oportunidad a pesar de tratarse de un autor totalmente desconocido por aquí, porque de verdad creo que se la merece.

  5. gloin dijo:

    Otro que coincide en que es un muy buen relato.

    Quizás la trama no lineal dificulte un poco la lectura, pero es precisamente esa forma de narrar, ligada con la misma historia, lo que hace tan bueno el relato. Además, la misma ambientación que descubrimos a grandes pinceladas “detrás” de los personajes parece contarnos una historia propia. Y, por si fuera poco, es uno de esos cuentos que te hacen pensar: a veces se fantasea con la posibilidad de cancelar algún momento incómodo o doloroso de nuestra vida; y, sin embargo, siguiendo el relato, nos damos cuenta que son también esos momentos, en el instante y el orden en que fueron vividos, los que te hacen ser tú.

    Muchísimas gracias por el relato.

    • marcheto dijo:

      Antes de nada, perdona por el tiempo que ha tardado tu comentario en aparecer en el blog. Por algún motivo fue catalogado como spam y he tardado unos cuantos días en verlo.
      Yo también creo que gran parte del mérito del relato reside en su estructura, perfectamente encajada con la historia que se está contando. Y que además permite una relectura del mismo tan disfrutable como la primera, pero totalmente distinta. Y si encima como dices te hace pensar, pues ya casi que lo tiene todo. Me alegro mucho de que te haya gustado tanto como a mí. Y es curioso, por algún motivo que desconozco, durante estos últimos días el relato está teniendo muchas más visitas que durante las semanas anteriores. Así que espero que aunque a pequeña escala «se haya corrido la voz» y tenga los lectores que se merece.

  6. Fromlanteira dijo:

    Me pensaba que era el único que no lo había entendido a la primera! Efectivamente su estructura no lineal dificulta mucho su entendimiento! Pero la satisfacción de la segunda lectura donde todo encaja no tiene precio!
    Gracias por el relato!

    • marcheto dijo:

      Cuando pienso en este cuento a mí me viene a la cabeza siempre la película Memento, que la primera vez que la ves estás tan en tensión que casi ni la disfrutas. Y es en los sucesivos visionados cuando ya más relajado compruebas que todo encaja, te metes más en la historia y sales de lo más satisfecho. Es algo que me gusta en el cine y que también me encantó en este relato. Así que me alegro de que también a ti el esfuerzo te haya merecido la pena.

  7. Anónimo dijo:

    Excelente relato, el autor parece haber barajado las partes que lo componen y después reensamblado de manera soberbia. Me recordó una película: Mr Nobody, de Jaco Van Dormael. Y en menor medida a Doce Monos, y a Memento, de Nolan. (Disculpen mis referencias cinematográficas, sólo pretendo trasmitir lo que sentí al leer La fábrica de zapatos, y esto fue lo primero que se me ocurrió).
    PD: Gracias por este excelente blog, para mí es diez sobre diez.

    • marcheto dijo:

      No te disculpes por las referencias cinematográficas (el cine me gusta tanto como los libros), y más cuando comparas el relato con una película como “Mr Nobody”, con la que, al igual que me pasó con este relato, me lleve una grata sorpresa, aunque en este caso ya había visto otra película de su director que me había gustado mucho mientras que Matthew Cook era un total desconocido para mí.
      Y gracias a ti por pasarte a dejar tu comentario y por tus palabras. Como siempre digo, me hace mucha ilusión comprobar que os gustan los cuentos que elijo y muy especialmente cuando se tratan de autores totalmente desconocidos por aquí.

  8. amatriain dijo:

    Con bastante retraso, pero por fin lo he leído.

    Confieso que al principio no me convenció demasiado, no por la estructura del relato sino porque lo que contaba no terminaba de despertar mi interés. Pero al final todo tiene un sentido y encaja muy satisfactoriamente. Habrá que tener en cuenta al señor Cook cuando vuelva a tener oportunidad de leer algo suyo.

    • marcheto dijo:

      Aunque es posible que la trabajada estructura sea lo que más llame la atención en este relato, a mí la historia también me enganchó. Sobre todo en esa segunda lectura más relajada donde como bien dices se va comprobando que todo encaja. Y, sí, yo también pienso estar atenta a las futuras publicaciones de este autor.

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