Muerte del doctor de la isla, de Gene Wolfe

Gene Wolfe es un veterano escritor estadounidense que a lo largo de sus más de cuarenta y cinco años de carrera ha publicado más de treinta novelas y docenas de relatos, que le han hecho acreedor de la mayor parte de los principales premios del género (Nebula, Locus, World Fantasy Award, BSFA…). De él sus compañeros de profesión han dicho cosas como: «Es nuestro Herman Melville» (Ursula K. Le Guin), «Es el más grande de entre los autores vivos que escriben en inglés» (Michael Swanwick) o «Es un dios» (China Miéville). Su prestigio entre escritores y aficionados es tan grande que son muchos los que no consiguen entender cómo es posible que siga siendo un desconocido fuera del género.

Por fortuna para los aficionados de habla hispana, la popularidad y calidad de su obra han permitido que bastantes de sus novelas hayan sido traducidas a nuestro idioma. Esto mismo ha ocurrido con la mayor parte de sus cuentos más conocidos, sobre todo con aquellos publicados hasta mediados de los años noventa, si bien es cierto que la mayoría pueden resultar bastante difíciles de localizar hoy en día. Sin embargo, al tratarse de un autor bastante prolífico, todavía quedan unos cuantos relatos inéditos en nuestro idioma, y uno de ellos deja de estarlo con esta entrada.

Muerte del doctor de la isla (Death of the Island Doctor) apareció por primera vez en 1983 incluido dentro del prólogo de The Wolfe Archipielago, y posteriormente se ha recogido en un par más de las colecciones de relatos de Wolfe, una de ellas la imprescindible The Best of Gene Wolfe (Tor, 2009), que compila sus mejores obras breves según el criterio del propio autor. Tal vez a alguno os pueda parecer una obra menor, pero tiene una magia que a mí me cautivó desde la primera vez que lo leí. Así que entiendo perfectamente que el propio Gene reconozca en la nota final sentir una debilidad especial por esta historia.

Como la obra de Gene Wolfe tiene fama de ser muy compleja y difícil de leer, otros conocidos escritores del género (como Neil Gaiman o Michael Swanwick) incluso han dado consejos sobre cómo leerla. Por ejemplo, las tres reglas de oro de Michael Swanwick para leer a Gene Wolfe son:

  1. Buscad las implicaciones ocultas.
  2. Tened siempre en mente la carta robada de Poe, y prestad atención a lo obvio.
  3. Nunca olvidéis que las personas son humanas.

Sin embargo, como bien dice el propio Swanwick, estas tres reglas se pueden reducir a una sola, que creo que es la fundamental para encarar este Muerte del doctor de la isla: «Disfrutad».

Por cierto, un aviso, este cuento no va a estar disponible para su descarga, así que tendréis que leerlo directamente aquí. Es bastante corto, así que no creo que os suponga mayor problema.

Ya por último quiero agradecer a la agencia The Virginia Kidd Agency, y en particular a Vaughne, su autorización para compartir este cuento con todos vosotros. Y, sobre todo, vaya también mi especial agradecimiento para Gene Wolfe, no solo por este relato, sino también por toda su maravillosa obra. Y, como además hoy también es su cumpleaños, no voy a dejar escapar la ocasión de felicitarle por sus nada menos que ochenta y cinco años. Así que, thanks a million, Gene! And Happy Birthday and Many Happy Returns!

Muerte del doctor de la isla

Gene Wolfe

Esta historia sucedió en la misma universidad que ya mencioné en la introducción del volumen Gene Wolfe’s Book of Days.

En dicha universidad hubo una vez un profesor jubilado, un tal doctor Insula, al que le perdía todo lo relacionado con las islas, sin duda debido a su nombre. Este doctor Insula llevaba tanto tiempo jubilado que ya nadie recordaba al frente de qué departamento había estado. El Departamento de Literatura decía que había sido del de Historia; y el Departamento de Historia, que del de Literatura. El propio doctor Insula aseguraba que en su época ambos habían sido un único departamento, pero los demás profesores sabían que eso no podía ser cierto.

Una fría y despejada mañana de otoño, este doctor Insula se presentó en el despacho del rector (ante la inmensa sorpresa de este) y anunció que deseaba impartir un seminario. Estaba cansado, explicó, de rusticar lejos de las clases; un pequeño seminario que se reuniera una vez por semana no le supondría problema alguno, y consideraba que a cambio de la pensión que llevaba tantos años percibiendo debía hacer algo para aliviar a los más jóvenes de una pequeña parte de su carga.

El rector se encontró en un dilema, como os imaginaréis. Con objeto de ganar algo de tiempo, dijo:

—¡Estupendo! Sí, ¡estupendo de veras, doctor! Noble, si me permite recurrir a esa palabra un tanto anticuada, pero totalmente acorde con ese noble espíritu de sacrificio que, ¡ah!, nobleza obliga, siempre hemos querido fomentar entre nuestro cuerpo docente. ¿Me permite preguntarle tan solo cuál será la materia sobre la que versará su seminario?

—Islas —anunció con firmeza el doctor Insula.

—Sí, claro. Por supuesto. ¿Islas?

—Podría ser que también decida incluir islotes, atolones, cayos, columbretes, archipiélagos y algunos de los arrecifes de mayor tamaño —le confió el doctor Insula, como en una conversación entre amigos—. Depende de cómo se desarrollen las cosas. Pero las penínsulas están totalmente descartadas.

—Ya… —dijo el rector mientras pensaba: «Como le diga que no al pobre vejestorio lo voy a hacer polvo; pero si acepto y lo incluyo como seminario de 0 créditos, no se apuntará nadie y aquí no habrá pasado nada».

Así se hizo y, durante seis años, todos los catálogos de cursos incluyeron el seminario sobre islas del doctor Insula, sin créditos, y nadie se inscribió en él en esos seis años.

Resultó que la secretaria encargada de las inscripciones era una mujer a la que ya se le iba acercando el momento de jubilarse y, cada vez que se había cerrado el plazo de inscripción, de doce cuatrimestres regulares y seis de verano, el doctor Insula había acudido a preguntar si alguien se había apuntado a su seminario. Y llegó un momento, todavía no en otoño sino durante esos deprimentes últimos coletazos del verano en los que en la calle se está a más de treinta grados, en las tiendas ya tienen tarjetas de Halloween y los primeros adornos navideños aparecen sutilmente amenazadores en los escaparates, en que ya no pudo más.

La secretaria estaba inclinada sobre su mesa preparando el nuevo catálogo de cursos (que sería el último que iba a hacer en su vida) y, aunque el aire acondicionado se suponía que estaba programado a veinticinco grados, en la oficina estaban a casi treinta como poco. Un mechón del cabello canoso le resbalaba una y otra vez sobre los ojos, y el murmullo del ventilador eléctrico que ella misma se había comprado, con su propio dinero, le hacía acordarse continuamente de cuando, de niña, dormía en un porche cerrado en Atlanta cuando iba con sus padres a visitar a la familia.

Y en ese momento crítico, el centésimo, tal vez, de una larga sucesión de momentos críticos, llegó a la sección situada bajo el epígrafe «Miscelánea», el remate de lo que era el catálogo propiamente, justo antes de los fraudulentos resúmenes biográficos de los docentes. Y allí estaba el seminario de 0 créditos del doctor Insula sobre islas.

Una especie de locura se apoderó de ella. «Si siempre se cometen errores, caray —pensó para sí misma—. Si mismamente el año pasado la impresora cambió aquel laboratorio del doctor Ettelmann a los lunes, grancoles y viernes. Y además, “0 créditos” seguro que tiene que tratarse de un error. ¿Quién va a apuntarse a un seminario de 0 créditos sobre islas? Y en cualquier caso, si quieren que trabajemos con eficiencia que pongan el aire acondicionado, caray».

Casi antes de que se diera cuenta, su lápiz ya había pintado una fina y corta línea vertical en la columna «Número de créditos», y al momento sintió que ya tenía mucho menos calor.

Así que, cuando justo ese año el doctor Insula fue a preguntar, la secretaria pudo informarle, con cierta satisfacción, de que, de hecho, dos estudiantes, un joven y una joven, le dijo, a juzgar por sus nombres, le dijo, se habían apuntado a su seminario.

Y cuando el joven y, más tarde, la joven fueron a la oficina de inscripciones para informarse de dónde se iba a celebrar el seminario sobre islas de los viernes por la tarde, una de las auxiliares de la secretaria (que lógicamente no lo sabía) los llevó a su presencia, y ella sí pudo explicarles (en dos ocasiones y casi con idéntica satisfacción en ambas) dónde iba a ser. Porque la antigua y grata costumbre de celebrar los seminarios en el salón del domicilio del profesor había caído tan en desuso en la universidad que el propio doctor Insula y la veterana secretaria eran casi las únicas personas que se acordaban de ella.

Así fue que, una tarde de septiembre cuando las hojas justo acababan de empezar a tornar del verde al marrón y al rojo dorado, el joven y la joven recorrieron el pedregoso camino del un tanto descuidado jardín del doctor Insula, subieron los agrietados escalones de piedra del doctor Insula y atravesaron entre crujidos el porche sombrío del doctor Insula, para llamar a la puerta de roble con manchas de humedad del doctor Insula.

Él abrió y los hizo pasar a una sala de estar que casi habría podido calificarse de salón de tertulias, de tan colmada como estaba de olor a polvo, recuerdos de tiempos ya pasados, rígido mobiliario y libros viejos. Allí los hizo sentar en dos de las rígidas sillas y trajo café (que dijo que era de Java) para el joven y para sí mismo, y té para la joven. «Antes lo llamábamos té de Ceilán —señaló—. Supongo que ahora es té de Sri Lanka. Los griegos la llamaban Taprobane y los árabes Serendib».

El joven y la joven asintieron educadamente con la cabeza, sin estar del todo seguros de a qué se refería.

También había unas pastas escocesas, y él les recordó que Escocia no era más que el extremo norte de la isla de Gran Bretaña, y que la propia Escocia a su vez comprendía tres famosos grupos de islas: las Shetland, las Orcadas y las Hébridas. Y les recitó a Thomson, el poeta escocés:

Donde el océano septentrional, en espumantes remolinos,
Hierve alrededor de las desnudas y melancólicas islas
De la remota Thule, y las procelosas aguas atlánticas
Se destrozan contra las Hébridas furiosas[1]

Luego le preguntó al joven si sabía dónde estaba Thule.

 —En las historietas, el príncipe Valiente es de allí, creo —respondió él—, pero no es un lugar de verdad.

—Es Islandia —dijo el doctor Insula moviendo negativamente la cabeza. Luego se volvió hacia la joven—. Tengo entendido que el príncipe Valiente se suele considerar coetáneo del rey Arturo. Recordará que el rey Arturo fue enterrado en la isla de Avalón. ¿Sería tan amable de decirme dónde está situada esta isla?

 —Se trata de una isla mítica al oeste de Irlanda —contestó la joven, puesto que era eso lo que le habían enseñado en clase.

 —No, está en Somerset. Fue allí donde se encontró su ataúd, en 1191, con la inscripción: «Hic jacet Arthurus, Rex quondam, Rexque futurus». Avalón también fue la última morada conocida del Santo Grial.

—No creo que esa historia sea real, doctor Insula —terció el joven.

 —Porque no es historia aceptada oficialmente, supongo. Dígame, Historia verdadera, ¿sabe quién la escribió?

 —Nadie escribe la historia verdadera —replicó el joven, puesto que era eso lo que le habían enseñado en clase—. Toda la historia es subjetiva, al reflejar las percepciones y los prejuicios inconscientes del historiador. —Tras su desafortunada respuesta sobre el príncipe Valiente, se sintió bastante orgulloso de esta.

 —¡Caray!, entonces mi historia es tan buena como la historia oficial. Y puesto que realmente existió un rey Arturo (aparece mencionado en las crónicas de la época) seguro que es más probable que esté enterrado en Somerset a que lo esté en algún lugar inexistente… Por cierto, Luciano de Samósata fue quien escribió Historia verdadera.

El doctor Insula les narró los viajes de Luciano por Antioquía, Grecia, Italia y la Galia, y esto le llevó a perorar sobre las naves de aquella época, los peligros de las tormentas y la piratería, y sobre el encanto de las islas griegas. Les habló de que Apolo había nacido en Delos; de Patmos, donde San Juan vislumbró el Apocalipsis; de Phraxos, donde vivió el mago Conchis. Les dijo, «“Pero hender las aguas de este mar, en el tierno otoño, murmurando el nombre de cada isla, supera a toda otra alegría y abre en el corazón del hombre un paraíso.”»[2].

Pero como no rimaba, el joven y la joven no se percataron de que estaba citando una famosa historia.

Y por fin les preguntó:

—Pero ¿a qué se debe que la gente de todas las épocas y de todos los lugares haya considerado las islas como algo único, poseedoras de una magia única? ¿Me lo puede explicar alguno de los dos?

Ambos negaron con la cabeza.

 —Veamos entonces, creo que uno de ustedes tiene un pequeño bote.

 —Yo —dijo el joven—. Es una canoa de aluminio, probablemente la haya visto encima de mi Toyota.

 —Bien. Supongo que no tendrá inconveniente en llevar a su compañera como pasajera… Voy a encargarles una tarea, a los dos. Deben ir a una isla concreta que les diré, y cuando nos volvamos a ver tendrán que describirme qué es lo que le han encontrado de mágico a ese lugar. —Y les dijo cómo ir por determinadas carreteras hasta llegar hasta otras determinadas carreteras hasta llegar a una que estaba sin asfaltar y que terminaba en un río, y cómo desde ese punto avistarían la isla—. Cuando nos volvamos a ver, les revelaré la verdadera ubicación de la Atlántida, de Hy Brasil y de Utopía. —Tras de lo cual citó los siguientes versos:

Nadie alcanzó jamás nuestras costas legendarias,
Ningún marinero descubrió nunca nuestras playas;
Ahora apenas se ve nuestro espejismo,
Ni las olas verdes que flotan cercanas,
Pero los mapas más antiguos contienen
El perfil trazado de nuestro continente;[3]

—Vale —dijo el joven; acto seguido se levantó y se marchó.

El doctor Insula también se puso de pie, para acompañar a la joven a la puerta, pero tenía tan mala cara que ella le preguntó si se encontraba bien.

—Me encuentro todo lo bien que se puede encontrar un anciano —respondió él—. ¿Se siente con fuerzas para una última cita, mi niña? —Y, cuando ella asintió con la cabeza, él susurró:

Los hondos lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
los resonantes surcos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente, hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y nos destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.[4]

El joven y la joven pararon en una tienda y compraron unos sándwiches que pagó la joven, aduciendo que, como conducía él, su dignidad (la joven tuvo buen cuidado de evitar decir «honor») se lo exigía. También compraron un paquete de seis latas de cerveza, que pagó el joven, aduciendo que su propia dignidad se lo exigía (él también tuvo buen cuidado de evitar decir «honor»), dado que ella había pagado los sándwiches.

Luego siguieron las indicaciones que les había proporcionado el doctor Insula y así llegaron a la arenosa orilla de un río, donde bajaron la canoa de aluminio del Toyota y zarparon camino de la pequeña isla cubierta de pinos a unos cien metros corriente abajo.

Una vez allí, exploraron el lugar a fondo, tiraron piedras al agua y se sentaron a escuchar cómo el viento narraba viejas historias por entre las ramas de los pinos de mayor tamaño.

Y tras enfriar las cervezas en el río del marrón de las hojas de los árboles, y comerse los sándwiches que habían comprado, remaron de vuelta hasta el lugar donde habían aparcado el Toyota, mientras decidían cómo contarle al doctor Insula cuando lo vieran la semana siguiente que estaba equivocado con respecto a la isla, cómo podían decirle que ese lugar carecía de magia.

Sin embargo, cuando llegó la siguiente semana (tal y como siempre acostumbran a hacer las siguientes semanas) y, tras atravesar entre crujidos el sombrío porche se plantaron ante la puerta de roble con manchas de humedad y llamaron, una anciana cruzó la calle para decirles que era inútil que llamaran.

 —Justo ayer hizo una semana de su fallecimiento —explicó la mujer—. ¡Qué pena! Esa misma mañana había salido a charlar conmigo. Estaba contentísimo porque al día siguiente se iba a reunir con unos alumnos suyos. Luego debió de entrar en el garaje; fue allí donde lo encontraron.

—Sentado en su bote —señaló la joven.

—¡Caray!, sí —respondió la anciana asintiendo con la cabeza—. Supongo que lo habrá oído comentar.

El joven y la joven se miraron, le dieron las gracias a la mujer y se marcharon. Posteriormente comentarían lo sucedido en alguna ocasión, y pensarían en ello con frecuencia, pero no fue hasta mucho después (cuando llegó el momento de disfrutar de esas vacaciones larguísimas que se prolongan desde la semana que precede a la Navidad hasta el comienzo del nuevo cuatrimestre en enero, y que les mantendrían separados durante casi un mes) cuando descubrieron que, después de todo, el doctor Insula no había estado equivocado con respecto a la isla.

NOTA FINAL

Me encanta este cuento. Bueno, reconozco que me gustan todos los cuentos de este volumen (aunque no todos los que he escrito), pero por este siento una predilección especial. Y no es porque cierre el ciclo que comencé con «La isla del doctor Muerte y otras historias», sino porque se niega en redondo a ser como los demás, con esa personalidad nostálgica tan suya, y sin perder la sonrisa mientras llora. Espero que a vosotros también os guste.

Copyright © 1983 Gene Wolfe



[1] Adaptación de la traducción de Benito Gómez Romero de la obra Las estaciones del año, de James Thomson (Imprenta Real, Madrid, 1801).Volver

[2] Alexis Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis (Alianza Editorial, Madrid, traducción de Roberto Guibourg).Volver

[3] Musketaquid, de Henry David Thoreau (ed. Errata Naturae, 2014, traducción de Miguel Ros González).Volver

[4] Ulises, de Alfred, Lord Tennyson, versión de Randolph D. Pope tomada de Crisei, bitácora de Rafael Martín http://crisei.blogalia.com/historias/14425.Volver

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Cuentos para Algernon repite doble nominación en los premios Ignotus

Una año más tengo el placer de anunciar que Cuentos para Algernon figura entre los finalistas de los premios Ignotus.😀 En esta ocasión, y al igual que el año pasado, el blog está nominado en la categoría de Mejor Sitio Web (por cuarta vez en sus cuatro años de vida), y la antología anual, Cuentos para Algernon: Año III, lo está en la de Mejor Antología, y en inmejorable compañía en ambos casos. Así que enhorabuena al resto de los finalistas, mucha suerte a todos y, sobre todo, muchísimas gracias a todos los que habéis apoyado este proyecto con vuestro voto. Como siempre digo, este blog solo tiene razón de ser si alguien lo lee y disfruta, y dado que el número de visitas que recibe es bastante moderado, estas nominaciones me resultan francamente motivadoras ya que me indican que, aunque no seáis muchos, sí que sois unos cuantos los que todavía seguís apreciando los cuentos que van desfilando por aquí.

Aunque ninguno de los cuentos publicados en el blog figure en la categoría de Mejor Relato Extranjero, sí que me he llevado una alegría al comprobar que cuatro de los cinco nominados en la misma (Ken Liu, Mary Robinette Kowal, Mike Resnick y Ted Chiang) son autores a los que de un modo u otro tenemos presentes en el blog. Enhorabuena y mucha suerte para todos ellos, y también para la antología editada por Mariano Villarreal en la que aparecen sus cuentos nominados, A la deriva en el mar de las Lluvias, ya que se trata de un proyecto con el que este blog comparte no solo bastantes autores sino sobre todo un mismo objetivo: dar a conocer por aquí la buena ficción breve del género de allende las fronteras de nuestro idioma.

También me gustaría destacar las nominaciones en diversas categorías de la revista Supersonic, con la que tengo el placer de colaborar en labores de traducción. Enhorabuena y suerte para Supersonic, su editora, Cristina Jurado, y todos sus colaboradores finalistas en esta ocasión.

Por último, una vez más quiero aprovechar para dejar constancia de mi especial agradecimiento hacia mis dos colaboradores habituales en la elaboración de los e-books, Jean Mallart y Johansolo, ambos fundamentales sobre todo en el caso de la antología. Y, cómo no, muchísimas gracias a todos los autores de los textos incluidos en la antología o publicados en Cuentos para Algernon a lo largo de 2015, ya que la mayor parte del mérito de este blog y de estas nominaciones es de ellos. So, thanks a million to Alastair, Avram, Tim, Alex, James Alan, Charles, Benjanun, Robert, Ursula, Jeff, Vajra, Dan, Jason, Mike, Ken and Maureen!

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Hola de nuevo, de Seth Fried – Especial Calvino III

Seth Fried es un escritor residente en Brooklyn cuyas historias y textos han aparecido en numerosas publicaciones (The New Yorker, Electric Literature, One Story, McSweeney’s…). Once de estos cuentos  componen su estupenda primera colección, The Great Frustration (Soft Skull Press, 2011), sobre la que ya hablé en una de mis entradas de Lecturas Recomendadas.

Hola de nuevo (Hello Again) se publicó en 2014 en la revista Tin House. Según su autor, la principal dificultad con la que se encontró al escribir este relato fue conseguir reducir el número de veces que aparecía la palabra «universo», que en el primer borrador era de alrededor de ochenta, cantidad ciertamente un tanto elevada dada la brevedad del mismo. Se trata de una historia muy cosmicómica, y mi segundo intento (tras la reseña de Ursula K. Le Guin) por animaros a que leáis o releáis Las cosmicómicas o, incluso mejor, Todas las cosmicómicas. De hecho, el propio Seth recomienda en esta entrevista que si os gusta Hola de nuevo también leáis «Priscilla» (incluida en Tiempo Cero y en Todas las cosmicómicas), porque considera que casi con total seguridad también os va a gustar.

Para no perder las buenas costumbres, por último quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Seth por enviarme este cuento y permitirme compartirlo con todos vosotros dentro de este pequeño homenaje a Calvino, al que creo que está encantado de haberse unido puesto que este autor es también es uno de sus favoritos. Thanks a million, Seth!

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Hola de nuevo

Seth Fried

Tras una larga y turbulenta expansión, el universo comenzó a contraerse. La velocidad a la que había salido despedido fue superada finalmente por la fuerza gravitacional centrípeta de su propia materia en suspensión, de modo que, como si fueran viajeros fatigados, las estrellas y planetas hicieron una pausa antes de emprender el largo camino de regreso para volver a reunirse. Se juntaron en grandes conglomerados, chocando con tanta fuerza que implosionaron en agujeros negros. De esta manera, la creación al completo se devoró a sí misma y quedó comprimida en una región increíblemente caliente y densa. La situación era idéntica por completo a las condiciones iniciales que habían precedido al big bang. Y, como no había nada que impidiera que esa afortunada explosión se repitiera, el universo inevitablemente salió proyectado una vez más en un ciclo que carecía de fin. Si se hubiera podido observar este movimiento de forma global a lo largo de un período imposible de tiempo, habría parecido que el universo estaba inspirando y espirando de manera regular, inspirando y espirando, inspirando y espirando.

Y lo que es más, como los distintos componentes del universo siempre salían lanzados en el mismo orden y con la misma cantidad de fuerza, el siguiente universo era siempre indistinguible del anterior. Todas las galaxias, todas las cordilleras, todas las moléculas quedaban distribuidas en el espacio y tiempo como lo habían estado en todas las otras innumerables iteraciones del universo. Incluso algo tan aparentemente accidental y caprichoso como la raza humana era reproducido a la perfección y sin variación alguna. Las personas nacían con un cuerpo compuesto exactamente de la misma materia de la que lo había estado cientos de billones de años atrás. Nacían en el mismo momento y de la misma madre, y el destino que se labraban era el mismo destino hasta su fin.

Aunque los individuos podían hacer elecciones que eran totalmente espontáneas y acordes con su propia naturaleza, siempre se encontraban con que en todo momento su coyuntura personal y todas las circunstancias externas eran idénticas, de modo que sus decisiones (aunque tomadas con total libertad) eran de manera inexorable las mismas. Ya se tratara de un asesinato impune o del descubrimiento de la penicilina, los implicados acertaban a la perfección e interpretaban sus papeles con la involuntaria perentoriedad resultado de la asunción de que nunca habían vivido ya su vida en un universo anterior. Bueno, hasta que el creciente conocimiento del universo de la raza humana alcanzó a englobar el hecho irrefutable de que el universo y todo lo que este contenía se estaba repitiendo, momento en que la humanidad se vio abocada a un estado de crisis existencial. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Por el cosmos con Qfwfq, de Ursula K. Le Guin – Especial Calvino II

Ursula K. Le Guin no solo ha escrito novelas, relatos y poesías, sino que, como bien sabéis, también es la autora de numerosos textos de no ficción, uno de los cuales podéis leer en este mismo blog: Un mensaje sobre los mensajes.

La estupenda acogida que ha tenido este ensayo me hizo pensar que, si ella os recomendaba un libro de Italo Calvino, le ibais a hacer mucho más caso que a mí 😉, así que decidí ficharla para este homenaje en el que tengo el honor de que participe con su reseña Por el cosmos con Qfwfq (Into the cosmos with Qfwfq), de la edición en inglés de una de las colecciones de cuentos de este autor, publicada en España con el título Todas las cosmicómicas por la editorial Siruela en 2007; y en inglés, como The Complete Cosmicomics, por Penguin Classics en 2009.

Así que espero que leáis este breve texto (que no va a estar disponible para su descarga) y, a continuación, os lancéis a leer o releer todas o algunas de las cosmicómicas de Calvino. Si no habéis leído ninguna, mi recomendación es que empecéis por las originales (y aquí podéis leer la primera), es decir, aquellas que están incluidas en Las cosmicómicas, con las que seguro que vais a pasar un rato excelente.

Y, ya por último, quiero dejar constancia por segunda vez de mi agradecimiento a la agencia Curtis Brown, LTD (y muy en particular a Sarah), por autorizarme tan amablemente a traducir y publicar este texto, y, sobre todo, a Ursula K. Le Guin, por haber accedido a unirse a este homenaje al gran Calvino. Un millón de gracias, Ursula.

Por el cosmos con Qfwfq

Ursula K. Le Guin

Las lecturas veraniegas que más me gustan son, o bien una de esas novelas extensas, uno de esos maravillosos tochos en el que sumergirme plácidamente tumbada, o bien una colección de cuentos, para, como si de una cesta con fruta de verano se tratara, ir saboreando uno o dos por vez. Y con este libro, Italo Calvino nos ofrece una enorme cesta de cuentos: nectarinas, albaricoques, melocotones, higos… de todo.

Todas las cosmicómicas incluye el volumen Las cosmicómicas, la primera traducción al inglés de siete de los cuentos de La Memoria del Mondo, todas los relatos de Tiempo cero, cuatro de los incluidos en La gran bonanza de las Antillas, y un par no recogidos anteriormente en ningún otro libro.[1] Es un placer tener la totalidad de las cosmicómicas tras la tapa de un único volumen (una tapa preciosa, además, y un volumen de buena factura). Más de un tercio de las historias me eran completamente desconocidas y también lo serán para la mayor parte de los lectores de habla inglesa; y algunas son auténticas joyas. La traducción es enteramente satisfactoria, y la introducción de Martin McLaughlin no podía ser una mejor guía para estos relatos deslumbrantemente peculiares.

¿Qué fue Italo Calvino?, ¿un prepostmodernista? Tal vez ya sea hora de dejar de lado el modernismo y todos sus prefijos. Tras luchar en su juventud junto a la resistencia comunista de oposición a la ocupación de Italia por los nazis, Calvino llegó a ser, y nunca dejó de serlo, un escritor de fantasía intelectual de originalidad plenamente coherente. Y ¿qué es una cosmicómica, este género que inventó mediada su carrera? Se trata a todas luces de una subespecie de la ciencia ficción, que acostumbra a consistir en la exposición de una hipótesis científica (verdaderas en su mayor parte, aunque en ocasiones no comúnmente aceptadas) que sirve de marco a una historia en la que el narrador suele ser un personaje llamado Qfwfq. De modo que nos encontramos con que «Todo en un punto» empieza así:

A través de los cálculos iniciados por Edwin P. Hubble sobre la velocidad de alejamiento de las galaxias, se puede determinar el momento en que toda la materia del universo se hallaba concentrada en un solo punto, antes de empezar a expandirse en el espacio.

Por supuesto que todo estaba allí —dijo el viejo Qfwfq—, ¿y dónde si no? Todavía nadie sabía que existía el espacio. Y el tiempo, ídem: ¿qué queréis que hiciéramos con el tiempo estando allí apretados como sardinas en lata?[2]

Fíjense, por favor, en las sardinas, características y esenciales del método y estilo de Calvino. A partir de este inicio, la historia se va a ir desarrollando con una lógica perfecta… al menos para todos aquellos cuya definición de lógica incluya, tal como debería ser, no solo la astrofísica moderna, sino también la paradoja de Zenón, el Aleph de Borges y la merienda del Sombrerero Loco.

Puede considerarse que los últimos relatos de Calvino no son cuentos en el sentido convencional del término, sino apólogos: ilustraciones narrativas de una apercepción, idea o teoría intelectual, o incluso de una ocurrencia. Uno de los instrumentos favoritos de la Ilustración, el apólogo se presta a la sátira y a la comedia. El Cándido de Voltaire es una obra maestra del género. Los apólogos ofrecen caricaturas más que personajes; ironía, en lugar de empatía. Aunque a veces personalidad y emociones se cuelan sigilosamente y llegan a ejercer su influencia, este formato también puede ser fríamente cerebral. Los apólogos de Calvino hacen juegos de palabras con la ciencia, el tiempo, el espacio y los números; y en algunos de ellos esos juegos es todo lo que hay. A los lectores que disfruten con ellos, tal vez a aquellos a quienes Wittgenstein o Eco fascinen, las piezas de Tiempo cero les resultarán especialmente satisfactorias; a aquellos de nosotros más enfangados en la mortalidad, sus abstracciones radicales pueden resultarnos estériles. Porque la imaginación de Calvino es totalmente radical. En «La persecución» reduce tan literalmente la historia a una persecución, que la misma no es el clímax de una película de acción sino la totalidad de la historia: el mundo reducido a una carretera, la emoción reducida al suspense, la ausencia de contexto y personalidad llevada hasta tal extremo en esta historia de autos que parece apuntar (el juego de palabras resulta inevitable) a una especie de autismo.

De igual manera, Las ciudades invisibles tiene su origen en una idea, en una ocurrencia; pero, esa idea de un Marco Polo ya anciano que regresa a China para describirle al Khan, también anciano, las ciudades que este no visitó en sus correrías resulta tan intrínsecamente cómica y poética, tan infinitamente sugestiva, que llevó a su autor hasta el que tal vez sea su libro más hermoso. No obstante, aunque haya cosmicómicas que son un tanto excéntricas, la mayoría son absolutamente disfrutables, y algunas se sitúan entre las obras más sublimes de Calvino: inteligencia, humor, emotividad e ironía para destilar pura lucidez.

Las cosmicómicas versan sobre asuntos de estimulante inmensidad: los confines del espacio y el tiempo, en los que la calidez y el humor se cuelan a través de todo tipo de brechas, anomalías y trucos. La prosa leve, escueta y clara de Calvino baila sobre los años luz, salpicada en todo momento de imágenes familiares y gráficas. Como por ejemplo, las sardinas; como por ejemplo, el cielo de piedra sobre aquellos que moran en el interior de la Tierra y ven cómo «a ratos, la oscuridad es surcada por un zigzag llameante. No es un rayo, es metal incandescente que serpentea hacia abajo por una vena».

La única pega que le encuentro a esta prosa es su convención satírica o jocosa de los nombres inarticulables. Si no puedo ni decir ni oír «Qfwfq» (¿cufufcu?), ¿cómo voy a oír la cadencia de la frase donde aparece? En esto, la tendencia hacia la abstracción de Calvino supone una amenaza para el propio lenguaje al reducirlo a simbología matemática literalmente impronunciable. Ese juego se va volviendo más arriesgado, pero seguimos devorando el libro, arrastrados por el buen humor y el aplomo del narrador, sobre todo del omnipresente e insaciable Qfwfq, y encantados con sus amigos y parientes, con toda la gente que estaban allí al principio, porque ¿dónde si no?, como su abuelo, el viejo coronel Eggg, y su esposa, que se trasladaron a nuestro sistema solar justo cuando se estaba formando. «En cuatro mil millones de años que llevo aquí, ya están bastante ambientados, han conocido gente», nos explica Qfwfq. Sin embargo, los vecinos de sus abuelos, los Cavicchia, se van a marchar, se vuelven a Abruzi; y a su abuela también le gustaría hacer algún viajecito, tal vez ir a visitar a su madre en la galaxia de Andrómeda. Pero no es lo mismo, protesta el abuelo, y discuten sobre el asunto, discuten eternamente, hasta el final de los tiempos dale que te dale con «ese “siempre crees que tienes razón” y “porque tú nunca me escuchas” sin el cual la historia del universo no tendría para él ni nombre ni recuerdo ni sabor, ese altercado conyugal ininterrumpido, si por casualidad un día terminara: ¡qué desolación, qué vacío!».

La postura de Calvino ante la dualidad, ante la existencia de opuestos, es casi exclusivamente sexual. La dualidad no conduce a una síntesis, sino que es un proceso eterno, como la figura del yin yang, con la discusión conyugal como representación bastante ajustada. Qfwfq pertenece al género masculino, independientemente de la forma que resulte tener en cada momento: un átomo cayendo, un viajero espacial o (en el hermoso cuento «La espiral») un molusco diminuto. Por lo general, también está presente una entidad femenina, cuya esencia no es solo la diferencia, sino también la discrepancia, la resistencia, la huida: esa amada siempre femenina, que ni corresponde a ese amor ni puede ser poseída. Como el punto de vista nunca es el de ella, el cosmos calviniano puede parecer en algunos momentos sesgado hacia el principio masculino. No obstante, la que a mí me resulta más provechosa y entrañable es su omnipresente metáfora de esos amplios clanes familiares italianos, ilimitados y eternos. Calvino desarrolla, empero, su dualismo de géneros de manera profusa y con gran sentimiento en relatos como «El cielo de piedra» y su reescritura, «La otra Eurídice». Allá donde hay verdadero deseo, el varón percibe rivalidad; de forma que la dualidad se amplía hasta el eterno triángulo… que aquí sí que es realmente eterno.

Calvino estuvo por delante de su tiempo en tantos aspectos que únicamente ahora, veinticinco años después de su muerte, su obra no solo no es percibida como algo marginal por pertenecer al género fantástico, sino que es ampliamente considerada un hito dentro del campo de la ficción, la obra de un maestro. Cuando él escribía, en los círculos literarios estaba mal visto hablar de ciencia ficción, y los cómics estaban, si es que eso era posible, incluso peor considerados. Antes del final de la década de los noventa eran pocos los críticos literarios que se imaginaban que fueran a dedicarles sesudos análisis. Si esos críticos prestaron alguna atención al nombre con el que Calvino bautizó estas historias, fue para recalcar una implicación: la comedia cósmica. No obstante, no hay duda de que la intención de Calvino también era que nos acordáramos de los planteamientos vertiginosos, los saltos e inmensas simplificaciones de la narrativa gráfica en viñetas: las tiras de historietas, los cómics… Un cuento, «El origen de los pájaros», juega directamente con esta imagen, dando instrucciones al lector de una manera sumamente característica de Calvino: «Es mejor que vosotros mismos intentéis imaginar la serie de viñetas con todas las figuritas de los personajes en su sitio, en un fondo eficazmente trazado, pero intentando al mismo tiempo no imaginaros las figuritas, y ni siquiera el fondo».

Así que, ya ven, hemos recibido instrucciones totalmente contradictorias. Tal vez si pudiéramos seguirlas podríamos estar cerca de alcanzar el estado de «capacidad negativa», que Keats consideraba el más fructífero de todos. Y yo soy de la opinión de que fue en ese estado donde Italo Calvino permaneció gran parte del tiempo.

Copyright © 2009 Ursula K. Le Guin

First published in The Guardian, 15 June 2009. / Publicado por primera vez el 15 de junio de 2009 en The Guardian.

Used by permission of Curtis Brown, Ltd. All rights reserved. / Publicado con la autorización de Curtis Brown, Ltd. Todos los derechos reservados.



[1] Los títulos de las obras citadas en el texto original en inglés son los siguientes: Cosmicomics, publicado en inglés en 1968, cuyo contenido se corresponde con, entre otras, la edición española de Las cosmicómicas (Minotauro, 1985); Time and the Hunter, publicado en inglés en 1969, y en español como Tiempo cero (Minotauro, 1985); y Numbers in the Dark, publicado en inglés en 1995, y en español como La gran bonanza de las Antillas (Tusquets, 1993). La Memoria del Mondo fue publicado en italiano en 1968 y no ha sido editado de manera independiente ni en inglés ni en español.Volver


[2] La traducción de este y del resto de fragmentos de cuentos de Italo Calvino está tomada directamente de la edición de Todas las cosmicómicas, publicada por la editorial Siruela, y traducida del italiano por Ángel Sánchez-Gijón.Volver

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