Exoesqueletópolis, de Jeffrey Ford – Especial Cuentos de película III

Jeffrey Ford es un veterano y prestigioso escritor estadounidense bien conocido por los seguidores de Cuentos para Algernon, y no solo porque a lo largo de sus más de treinta años de carrera ha publicado once novelas, ocho colecciones de cuentos y más de cien relatos, con los que ha ganado algunos de los galardones más destacados del género (y varias veces, puesto que, entre otros, acumula del orden de siete premios Mundiales de Fantasía y cuatro Shirley Jackson Awards), sino porque esta es la tercera obra de este autor que tenemos el honor de publicar en el blog, tras Radiante mañana y El peso de las palabras.

Exoesqueletópolis (Exo-Skeleton Town) apareció en el primer número de la revista Black Gate, allá por 2001, y posteriormente se ha incluido en diversas colecciones y antologías. Cabe destacar que su traducción al francés ganó en 2006 el premio Grand Prix de l’Imaginaire (concedido por un jurado a las mejores obras del género fantástico publicadas en Francia) en la categoría de Mejor Relato Extranjero.

Con esta tercera entrega de nuestro especial Cuentos de película nos adentramos en el futuro y viajamos a otro planeta gracias a una historia de ciencia ficción cuyo argumento está levemente inspirado en Los papeles de Aspern, de Henry James, y que, en cierto modo, tiene por protagonista a una de las grandes estrellas de la época dorada de Hollywood. El propio autor ha comentado que es muy posible que a los lectores más jóvenes no les suenen muchos de los actores y películas que se mencionan, pero no es algo que le preocupe, sino que incluso se le ha pasado por la cabeza que esa falta de referencias pueda conseguir que el relato resulte incluso más interesante. De todas maneras, mi recomendación personal es que, si alguien no ha visto El tercer hombre o La sombra de una duda, les dé una oportunidad ya sea antes o después de leer el cuento. No porque sea imprescindible para disfrutar de su lectura —que en absoluto lo es—, sino simplemente porque son dos películas estupendas. Y, por supuesto, no dejéis de leer la nota del propio Jeffrey que acompaña al cuento, donde explica algunas otras curiosidades sobre el mismo.

Por último, quiero expresar una vez más mi tremendo agradecimiento a Jeffrey Ford, porque, desde que ya hace más de ocho años me autorizó a publicar Radiante mañana, en todo momento se ha mostrado de lo más receptivo a todas mis peticiones y ha hecho gala de una excepcional amabilidad, gracias a la que hoy podemos disfrutar de este nuevo relato suyo. Thanks a million, Jeffrey!

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Exoesqueletópolis

Jeffrey Ford

Cuando hace una hora salí del fumadero de Spid, vi a Clark Gable pillando un par de boñigas a un pulgón que lo doblaba en tamaño. A plena luz de la noche. Gable debería haber sabido que era una locura, pero, a tenor del estado de su atavío y de lo aplastado que tenía el rizo, era adicto a la soledad. Podía haberle advertido pero, ¡qué coño!, habría terminado arrastrándome al fondo con él. En lugar de eso, retrocedí hasta las sombras de la callejuela y esperé la aparición de la Brigada de Escarabajos. Observé cómo Gable exhibía su pícara sonrisa pero, francamente, Escarlata, a aquel pulgón le importaba un bledo. Cuando dejó de lado el encanto de las películas viejas y en su lugar exhibió el dinero, el bicho le entregó dos preciosos glóbulos que exudaban brillantes gotas plateadas de fresencia. El amor flotaba en el aire.

Entonces descendieron, irisados bajo la luz mortecina de las farolas, volando en círculos como una bandada de gansos terrestres aterrizando en una laguna. Los escarabajos siempre tenían ganas de acción y existía una directiva que les permitía matar primero y preguntar después. Al pulgón se limitaron a apalearlo hasta convertirlo en una tortita bañada en sirope verde, pero lo de Gable era otra historia. Al tratarse de un humano, le dispararon una vez con una pistola de dardos; cuando el proyectil atravesó la exopiel, el verdadero cuerpo fue succionado por el orificio con un frrrajjjj bastante desagradable y acto seguido se licuó en la calle. Recuperaron las boñigas y afanaron la exopiel; las moscardas se abatieron en picado dispuestas a darse un festín y, veinte minutos más tarde, ya no quedaba nada salvo medio bigote y una moneda de vidrio que alcanzaba para tres caladas en el fumadero de Spid. Crucé la calle, recogí la moneda y regresé al que era mi hogar en el quinto pino del culo del mundo de mi verdadero hogar.

Esta es Exoesqueletópolis, la capital de las cagarrutas de todo el universo, donde el sol nunca brilla y los bichos truecan su riqueza excrementicia a cambio de películas terrestres de casi dos siglos de antigüedad. En Exoesqueletópolis tienen un eslogan sobre este comercio: «Si no lo vendes lo hueles», dicen los lugareños. La presión atmosférica es muy alta y todo se mueve a cámara lenta.

Los primeros terrícolas que aterrizaron en este planeta dos décadas atrás, iban ataviados con exotrajes voluminosos a fin de resistir la presión. Cuando se encontraron con los bichos y, gracias al traductor universal, descubrieron que estos insectos bien trajeados eran inteligentes, se llevaron una auténtica sorpresa. Yo los llamo escarabajos, pulgones, etcétera, pero en realidad no lo son. Estos términos son solo para que os hagáis una idea de su aspecto. Los hay de una gran variedad de tamaños, algunos mucho mayores que los humanos. Son una raza un tanto rudimentaria y austera, pero saben lo que quieren, y lo que quieren es más y más películas terrícolas del siglo XX.

En un intento por mostrarles diversos aspectos de nuestra cultura, uno de los miembros de la primera tripulación terrestre, aficionado a las películas viejas, les proyectó Casablanca. No tengo ni la más remota idea de qué es lo que atrajo a estos bichos de esa historia tan sosa con canciones al piano, gente ataviada con fez y una mujer gimoteante, pero, en cuanto la peli terminó y se encendieron las luces, el alcalde de la ciudad, un enorme espécimen tullido con pinta de pulga llamado Stootladdle, ofreció entregarles algo de inmenso valor a cambio de la cinta y la máquina con la que la habían proyectado.

Con la intención de que las relaciones fueran lo más distendidas posibles, el capitán de la nave accedió de buen grado. Stootladdle pidió a sus subalternos que trajeran la fresencia y ellos así lo hicieron. En una caja de cera de abeja. Entonces el alcalde abrió la tapa con tres de sus cuatro manos y mostró cinco rezumantes boñigas de insecto grandes como albóndigas de buen tamaño. El capitán tuvo que ajustarse el casco del exotraje para poder examinarlas de más cerca, al no dar crédito a sus ojos en un principio. «No faltaría más», dijo por el bien de la diplomacia, y obligó al oficial de derrota, el cinéfilo, a entregar el cartucho de Casablanca y el proyector. El oficial, con la mejor intención del mundo, también le proporcionó al alcalde una copia de Ben Hur y otra de Ciudadano Kane. Cuando, mediante el traductor, el capitán preguntó a Stootladdle por qué le gustaba el film, la descomunal pulga mencionó los ojos de Peter Lorre. Los terrícolas rieron pero el alcalde guardó silencio. Entonces el capitán quiso saber qué se suponía que tenían que hacer con la fresencia; la respuesta fue un zumbido entrecortado: «Comerla». Y así comenzó una de las primeras relaciones comerciales intergalácticas. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Soltad a la bestia, de Stephen Volk – Especial Cuentos de película II

Stephen Volk es un veterano y polifacético escritor galés, autor de novelas, relatos, guiones para cine y televisión, artículos, obras de teatro… Aunque no sea su faceta que más nos interesa aquí, voy a destacar un par de detalles de su carrera en el campo cinematográfico. En primer lugar, su guion tal vez más conocido, el de la película Gothic, dirigida por Ken Russell. Y, en segundo, que un cortometraje escrito por él (The Deadness of Dad) fue galardonado con un premio BAFTA (los Oscar británicos). En su faceta más literaria destaca su trilogía de novelas cortas The Dark Master (centradas en Peter Cushing, Alfred Hitchcock y Aleister Crowley) y sus más de cincuenta relatos, gran parte de ellos recopilados en tres colecciones, que le han servido para ganar dos British Fantasy Awards. Sin embargo, a pesar de su amplia obra y extensa carrera, creo que hasta ahora estaba inédito en español.

Soltad a la bestia (Unchain the Beast) se publicó por primera vez en 2019 en la revista británica Black Static, y es uno de los cuentos que forman parte  de la próxima colección de relatos del autor (Lies of tenderness, que publicará PS Publishing en marzo de 2022) . Si con la primera entrega de este especial Cuentos de película viajamos a la Constantinopla del siglo XV, con esta segunda saltamos hasta el México del siglo XX. Y si con aquella todos descubrimos los verdaderos orígenes del séptimo arte, con esta creo que bastantes vais a descubrir la Edad de Oro del cine de terror y ciencia ficción mexicano, que tuvo lugar durante la década de 1960. Y ello gracias a un relato ameno, delicioso, divertido y con algunos momentos aterradores. Una historia sobre cine, pero sobre todo sobre la amistad y la lealtad. No os la perdáis.

Por último, vaya mi agradecimiento para Stephen, que tan amablemente me ha permitido compartir con todos los lectores de habla hispana su estupendo Soltad a la bestia. Thanks a million, Stephen!

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Soltad a la bestia

Stephen Volk

Déjame que te hable de mi amigo José Camacho Mestre, el director. ¿Te suena? No. A lo mejor no. No es demasiado popular fuera de mi país. No recuerdo cómo nos conocimos, pero éramos uña y carne. José, que siempre fue «Pepe». Y yo, Abelino, siempre «Beli». Mi madre era de La Paz, y todas las semanas, y a veces hasta diariamente, amenazaba con volverse allí conmigo y con mis cuatro hermanas. Decía que el trabajo de mi padre en una fábrica de botellas era el empleo con el que él siempre había soñado, en vista de su amor por la botella.

El padre de Pepe era agricultor. En su tiempo libre tallaba alebrijes[1] —figuras de artesanía tradicional— a fin de complementar sus ingresos, y los vendía en el mercado local. Todo el mundo hacía piñatas o figuras de Judas de cartón piedra. Ver arder a Judas durante la Semana Santa era uno de los puntos álgidos de nuestras vidas. Crecimos con diablos pintados de rojo y ángeles de cartón de grandes alas doradas; con escenas de Jesús siendo descendido de la cruz y depositado sobre un lienzo ensangrentado.

Una mojiganga de santos, sus rostros trágicos en contraste con ropajes de diseños y colores de lo más alegre. Esqueletos a lomos de perros escuálidos de lengua escarlata, desafiando con su humor salvaje tanto al cielo como al infierno. Sin embargo, lo que el padre de Pepe hacía era distinto.

Armadillos. Iguanas. Jaguares. Quimeras. Tallas en madera —en la madera de la zona: el copal— de animales y criaturas míticas e imaginarias. Era una tradición ancestral en el valle de Oaxaca, donde vivíamos. En San Martín Tilcajete, para ser exactos, al sur de México, en el distrito de Ocotlán en la región Valles Centrales, donde siempre, desde hacía siglos, desde hacía milenios, los zapotecas habían tallado animales y bestias fantasmagóricas —criaturas sobrenaturales de nuestro pasado prehispánico—. Y a mí me fascinaba ver a su padre dándoles vida.

No había dos idénticos. Cada uno tenía su propia personalidad, como si algo emanase de manera espontánea de la materia prima. Se decía que la madera de copal tenía propiedades mágicas, pero yo creo que la auténtica magia residía en las manos del padre de Pepe. Mientras observábamos embelesados, teníamos la sensación de que en su génesis intervenía cierto misticismo, misticismo que la mente de su creador había olvidado pero que sus dedos recordaban.

Él siempre confería a los animales características humanas exageradas, que casi rayaban en una burla a nuestra herencia cultural más arraigada. Un zorro ejecutaba un swing con un palo de golf, un gato jugaba al póquer, un grillo rasgueaba una serenata en una guitarra o un cerdo con seis patas y gafas de sol fumaba en pipa. La función de los monstruos era ahuyentar a los malos espíritus y proteger el hogar, servir como tótems de buena suerte o convertirse en juguetes infantiles. Pero, a todas luces, los suyos eran obras de arte.

Su creación más brillante y aterradora fue un Coyote, de orejas enormes y puntiagudas, morro alargado, nariz negra, ojos amarillos, cola y zarpas. Aún veo al viejo dando los últimos toques con un pincel a aquellos caninos blancos y brillantes. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Los archivos de Constantinopla, de Robert Shearman – Especial Cuentos de película I

Robert Shearman no necesita presentación en el blog, porque hace dos años ya tuvimos el placer de publicar en primicia mundial su relato Dígitos. No obstante, creo que es interesante recordar que en 2020 se publicó en español su colección Canciones de amor para tímidos y cínicos (ed. La máquina que hace PING!). Y que, también en 2020 y tras diez años de trabajo, vio la luz la que posiblemente sea su obra magna hasta el momento, We All Hear Stories in the Dark, una impresionante y original colección con estructura de “Elige tu propia aventura”, que incluye la friolera de 101 relatos (de la que ya hablé en su momento aquí). Esta obra es ahora mismo finalista con total merecimiento tanto del World Fantasy Awards como del British Fantasy Awards. Dígitos es uno de los relatos incluidos en ella, concretamente el 44, y para inaugurar el especial Cuentos de película tenemos las suerte de contar con el que hace el número 21.

Los archivos de Constantinopla (The Constantinople Archives) se publicó por primera vez en The Cutting Room, la estupenda antología editada en 2012 por Ellen Datlow, que al igual que este especial estaba centrada en el mundo del cine. Y, tal como decía, también forma parte de We All Hear Stories in the Dark, la última colección de Robert. Se trata de la historia perfecta para esta ocasión, ya que con ella vamos a poder descubrir el verdadero nacimiento del séptimo arte, que se remonta unos siglos antes de lo que se creía hasta ahora. Este relato es una nueva muestra de que, aunque son muchos los que asocian a Robert con la fantasía más oscura, rayana incluso con el terror, ante todo es un humorista, que es lo que él asegura considerarse.

Así que aprovechad para disfrutar de este nuevo avance de lo que os espera el día que alguna editorial se anime a publicar We All Hear Stories in the Dark en español. Yo por mi parte aprovecho para dejar constancia de mi tremendo agradecimiento a Robert, que de nuevo se ha mostrado encantado de compartir con sus lectores hispanos otra de sus maravillosas historias. Thanks a million, Robert!

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Los archivos de Constantinopla ilustracion

Los archivos de Constantinopla

Robert Shearman

I

Podemos especular cuanto queramos, pero lo más probable es que la mayoría de las películas mudas producidas durante el sitio de Constantinopla en 1453 no fuesen nada del otro mundo. Y existen motivos claros para ello, tanto políticos como culturales.

Por una parte, no debemos olvidar las circunstancias extremadamente duras en las que se rodaron las películas. Al atacar a los bizantinos en Constantinopla, los turcos otomanos estaban asimismo atacando el último bastión del Imperio romano (aunque solo fuese de una manera simbólica), una cadena ininterrumpida de poder que se remontaba unos dos mil años atrás. Constantinopla también era la sede de la Iglesia cristiana ortodoxa, una fuerza semejante, aunque opuesta, a la Iglesia católica de Roma. En el siglo xv había guerras expansionistas por arrobas, pero esta no era una más del montón: su relevancia ya era tremenda, y desde luego que los bizantinos serían plenamente conscientes de ello. Aparte de que, ya en un plano meramente práctico, el continuo cañoneo de las murallas de la ciudad sin duda tenía que ser una distracción. Seguro que incluso para rodar películas mudas se requiere una cierta dosis de calma y silencio para poder concentrarse.

Por otra parte estaba el hecho, tal vez incluso más relevante, de que el arte bizantino siempre se había caracterizado por cierta austeridad plana. Las pinturas y mosaicos bizantinos que se pueden estudiar hoy en día están llenos de color, pero bajo todo ese colorido subyace una cierta funcionalidad adusta; las líneas están trazadas con austeridad y hacen que los personajes representados parezcan planos y carentes de dramatismo. Sería una estupidez esperar que, en el proceso de creación de una forma artística por completo nueva, se fuera a dar la espalda de la noche a la mañana a varios siglos de arraigada cultura bizantina. Es injusto imaginar que los payasos que se pegaban batacazos, bailoteaban y se metían el dedo en el ojo unos a otros en las películas bizantinas eran otros Chaplin o Keaton, incluso otros Fatty Arbuckle. Las condiciones no eran las propicias. Es fácil que su genio no floreciese.

Y no obstante, ni que decir tiene que esas películas de la época bizantina siguen fascinándonos. Y sí, es posible que en parte se deba a que ellos fueron los pioneros, a que la historia del cine comienza con estas borrosas figuras a orillas del Bósforo predestinadas a ser asesinadas o esclavizadas por el potentado musulmán; pero a mí me gustaría que nuestra fascinación no fuese una cuestión meramente intelectual. Me gustaría que no nos limitáramos a admirar esas obras por la relevancia histórica de lo que fue inventado, sino que las estudiáramos con cuidado, con una mentalidad abierta, y tratáramos de apreciar su valor artístico intrínseco.

II

Como era esperable, no se conserva ninguna copia íntegra de una película bizantina. Cuando el sultán Mehmet II conminó a los bizantinos a rendirse con la promesa de que se les perdonaría la vida, sus condiciones fueron rechazadas. El emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, dijo que la ciudad no podía ser entregada, dado que no se trataba de un bien con un único dueño que pudiese entregarlo. Con estas valientes palabras, selló el destino de los cincuenta mil habitantes de Constantinopla y, aún más importante, el destino de ese puñado de valiosas latas de películas que se hallaban en su interior. Los turcos llevaban cincuenta y cinco días de sitio, estaban cansados y furiosos. Como era la costumbre, una vez franqueadas las defensas, a los soldados se les permitió saquear y rapiñar la ciudad durante tres días, que dedicaron al pillaje y a arrasar edificios y violar y masacrar a la población. En estas condiciones era imposible que una incipiente industria cinematográfica pudiese prosperar.

No obstante, somos afortunados. A pesar de todo, se conservan algunas secuencias de películas. Son tan solo fragmentos, en su mayoría de poco más de unos segundos, pero a pesar de ello nos permiten hacernos una idea de los atractivos primeros pasos de esta cinematografía y de las obras que aquellas audiencias bizantinas debieron de disfrutar. Cuando un hombre se dispone a sentarse en un taburete y otro se lo aparta, cae al suelo patas al aire. Un granjero utiliza un cubo para regar su cosecha, pero un bromista lo sujeta e impide que el agua caiga; cuando el granjero vuelca el cubo sobre su cabeza para tratar de descubrir cuál es el problema, acaba empapado. De acuerdo que se trata de una comedia nada sofisticada, pero está imbuida de un espíritu socarrón; es cierto que utiliza a débiles y vulnerables como víctimas, pero nadie sale malparado, nadie es atacado con saña, y por supuesto que nadie sufre atrocidades como las que les esperan al término del asedio. Algunos historiadores han tratado de buscar un subtexto político en estos fragmentos, pero en mi opinión tal vez sea un tanto exagerado. En una de las secuencias más admiradas (con justicia), un mendigo o vagabundo clava durante la cena un cuchillo en dos verduras y las hace bailar cual marionetas. Durante el sitio, la comida escaseaba, y esta indiferencia flagrante hacia su valor puede interpretarse como algo deliberadamente provocador, un repudio, en primer lugar, de la propia crisis causante de la carestía de alimentos y, por ende, un repudio de la guerra. Sin embargo, lo que nos atrae de la película no es el mensaje, sino su sencilla belleza, la tremenda elegancia de la danza y de su imaginativa concepción cómica, y el que, durante todo la secuencia, el vagabundo sonría al espectador con inocencia infantil. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Presentación especial Cuentos de película

Cuentos de pelicula

Desde que ya a finales del siglo XIX y principios del XX, George Méliès, uno de los padres del séptimo arte, centrara la mayor parte de sus esfuerzos en la realización de elaboradas obras llenas de trucajes, magia y fantasía (con viajes a la Luna, sirenas, vampiros, esqueletos, fantasmas y mucho más), el género fantástico en todas sus variantes ha estado siempre muy presente en el cine. De manera recíproca, el mundo del cine también ha sido protagonista o ha tenido un papel relevante en numerosas piezas literarias del género fantástico. Por citar algunos ejemplos, mencionaré tan solo tres de las últimas obras de temática fantástica-cinematográfica que he tenido el placer de leer: Parpadeo, de Theodore Roszak; Zeroville, de Steve Erickson, y la original antología Studio of Screams.

Es cierto que los aficionados a ambos géneros artísticos tenemos tendencia a sentir cierta debilidad por las obras que combinan nuestros dos amores, o al menos este es mi caso: el mero el hecho de que una historia gire en torno a cualquiera de las ramificaciones del mundillo del cine ya consigue que de principio mi interés por la misma sea mayor. Sin embargo, no creo que esta sea la explicación de que recientemente me haya cruzado con varios cuentos encuadrables en esta categoría que me han parecido estupendos. Por el contrario, estoy convencida de que realmente lo son, de ahí que el cuarto especial de Cuentos para Algernon vaya a estar dedicado a relatos en los que el séptimo arte es un elemento clave.

En estos ocho años de vida del blog, ya hemos tenido algunas muestras de este subgénero, siendo las más claras Loup-Garou, de R. B. Russell, La mejor amiga de una mujer, de Robert Reed y La criatura desiste, de Dale Bailey. Las tres encajarían en este especial y os pueden dar una idea de por qué derroteros va desarrollarse el mismo. Los contenidos aún no están cerrados, pero espero poder traer por aquí relatos ambientados en la Tierra, en otros planetas y en mundos por completo imaginarios; siglos atrás, en un pasado reciente, en la actualidad y en futuros lejanos. Relatos encuadrables en la ciencia ficción, la fantasía en sus diversas vertientes, la literatura weird y el terror. Relatos galardonados con premios internacionales y otros que han pasado casi de puntillas. Relatos de autores ya conocidos en el blog y otros que se estrenarán en el mismo. Eso sí, advierto que el grado de disfrute de alguno de los cuentos creo que es directamente proporcional al nivel de cinefilia del lector, porque es cierto que a algunas historias se les saca más jugo si conoces a los actores o directores que se mencionan, has visto determinada película o estás al tanto de ciertos detalles de la vida de algún personaje real. Cuando considere que este es el caso, trataré de avisar en la presentación del cuento.

Tal como comentaba antes, los contenidos del especial no están cerrados, así que si conocéis algún relato inédito en español que creéis que encajaría, podéis dejarme un comentario indicándomelo.

Como podéis imaginar, aquí no van a estar todos los cuentos que hubiera querido tener (bien porque ya están traducidos, como Sueños imposibles, de Tim Pratt o Diamantes de tequila, de Walter Jon Williams; bien porque no he conseguido la autorización pertinente; bien porque son demasiado extensos), pero estoy convencida de que todos lo que están han hecho méritos suficientes para ello. Así que espero que disfrutéis con este puñado de historias y que, ya de paso, aprovechéis para descubrir o volver a ver algunas películas que guardan relación con ellas.

Y sin más dilación vamos a comenzar de la manera más lógica: por los orígenes del séptimo arte. Así que preparad palomitas y bebida porque las luces están apagándose y empieza a abrirse el telón.

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Lista de contenidos hasta el momento del especial Cuentos de película:

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