Lecturas recomendadas XXIV (julio 2021)

Han pasado cinco meses desde la última entrada de recomendaciones, pero no pierdo las buenas costumbres. Así que aquí tenéis ocho de los títulos que más me han gustado en este tiempo, tanto del género como de fuera de él:

. Zeroville, de Steve Erickson (Europa Editions 2007 / Pálido Fuego, trad. José Luis Amores): Vikar es un peculiar joven obsesionado con el cine, que llega a Hollywood a finales de los años sesenta y que con el tiempo acaba convertido en un prestigioso montador de visión artística bastante particular. Su historia se nos narra mediante 454 fragmentos bastante cortos, plagados de referencias a una infinidad de películas y con cameos de varios personajes reales del Hollywood de los años setenta y ochenta (Robert de Niro, John Milius…). Esta novela ha pasado a ocupar un lugar de honor en mi podio de historias favoritas sobre el mundo del cine. Aunque no hace falta ser un cinéfilo para leerla, sí que es cierto que cuantas más referencias se pillen más se va a disfrutar. Y, para quien además de cinéfilo sea aficionado al fantástico, este es un libro ideal, porque avanzada la trama el argumento da un giro hacia ese terreno. Yo la he leído en inglés, pero tenéis la suerte de que es una de las pocas obras de este autor que está traducida al español. Si alguien anda muy escaso de tiempo, puede buscar la versión relato de Zeroville, que incluye bastantes elementos de la novela y también funciona muy bien.

. Final Cuts, VV.AA., editado por Ellen Datlow (Bloomhouse Books, 2020): Seguimos con el mundo del cine, pero en esta ocasión en formato relato. Tras The Cutting Room, Ellen Datlow (sin duda la antóloga por excelencia del género) dedica un segundo volumen a cuentos de fantasía oscura centrados en el séptimo arte y parientes más o menos cercanos (televisión, vídeos…). Dieciocho cuentos, escritos especialmente para la ocasión, de autores bastante conocidos, como Jeffrey Ford, John Langan, Dale Bailey y Laird Barron, por mencionar solo los que también hemos podido disfrutar en este blog. Aunque tal vez me gustó algo más The Cutting Room, el nivel medio vuelve a ser alto, y hay un puñado de historias que me han parecido francamente buenas. Mi favorita, la novela corta con la que John Langan cierra el volumen.

. La nave de los muertos, de B. Traven (El Acantilado, 2009, trad. Roberto Bravo de la Varga): Compré este libro porque el misterioso B. Traven es también autor de El tesoro de Sierra Madre, novela que en su momento me gustó mucho. Sin embargo, llevaba muchos años esperando en la pila porque título y portada me hacían pensar que debía de ser denso y deprimente. Pero como la primera novela que lee en su vida el protagonista de Zeroville es esta, decidí que ya era hora de leerla también yo. Y me llevé toda una sorpresa. Se trata de una divertidísima historia protagonizada por un marinero que se queda tirado en un puerto extranjero sin su documentación, y al que la burocracia, las fronteras nacionales, la policía y la ausencia de documentos de identidad convierten en un paria apátrida. Su vida se vuelve un infierno kafkiano, y a la postre se ve obligado a embarcarse en la nave de los muertos, cuya tripulación está formada por indocumentados, delincuentes y demás personajes expulsados de la sociedad convencional. Una extraordinaria oda a la libertad personal y al individuo por encima del estado, las comunidades y las naciones. Y, por lo tanto, una obra que no ha perdido ni una pizca de su relevancia casi cien años después, sino más bien todo lo contrario, dados los tiempos que corren.

. Piranesi, de Susanna Clarke (Bloomsbury, 2020): Sin duda uno de los libros del año para los aficionados al género, a mi entender, por dos motivos. El primero, porque tras Jonathan Strange y el señor Norrell éramos muchos los que llevábamos años esperando una nueva novela de esta autora. El segundo, porque es un muy buen libro, Ahora bien, como creo que cuanto menos se sepa del argumento mucho mejor, me limitaré a avisar que quien espere algo en la línea de Jonathan corre el peligro de llevarse un chasco. Su publicación en español está prevista para septiembre de este año.

. Mientras dan las nueve, de Leo Perutz (Debate, 1990, trad. Amalia Bosch): Novela publicada en 1918 por este autor austriaco al que todo aficionado al género debería conocer. En esta ocasión acompañaremos a un joven estudiante enamorado que recorre desesperado las calles de la Viena imperial huyendo de la policía y tratando de conseguir el dinero que necesita para ganarse los favores de la mujer a la que ama. Y con las manos ocultas en todo momento. Esta ha sido una relectura, simplemente porque a Perutz hay que leerlo o releerlo cada cierto tiempo.

. Five Degrees of Latitude, de Michael Reynier (Tartarus Press, 2011): Cinco relatos bastante extensos que son una auténtica delicia. Fantasmas, supuestos hombres lobo, un misterioso lugar de otro planeta habitado en el pasado por un grupo de monjes, una casa que se va desplazando a lo largo de los años e investigaciones sobre la propagación de rumores. Justo esto es lo que encontramos en este volumen. Un escritor que no me sonaba de nada, pero esta colección me ha gustado tanto que ya tengo otra suya esperando en el e-book.

. El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein (Libros del Asteroide, 2008, trad. Liliana Tabákova): Que una novela sobre la durísima vida de un judío europeo que sobrevive a dos guerras y tres campos de concentración y que a lo largo de su vida tiene cinco patrias sea divertidísima tiene su mérito. Y esta novela lo es. En parte gracias a que Isaac, protagonista y narrador de la misma, la salpica de todos los chistes habidos y por haber sobre judíos, algo especialmente llamativo en estos tiempos de aburrida corrección política. Un ameno, irónico y brillante repaso a una parte importante de la historia europea durante la primera mitad del siglo pasado. Se trata de la primera entrega de la muy recomendable trilogía escrita por este autor búlgaro, pero las tres novelas son totalmente independientes y pueden leerse en cualquier orden.

. Los tigres de Mompracem, de Emilio Salgari (El Barco de Papel, 2000, trad. José Larrea): Cierro con el que sin duda fue uno de los libros de mi infancia y, a tenor de esta relectura décadas después, solo puedo decir que mis gustos no parecen haber evolucionado demasiado. Este cóctel de aventuras exóticas y romanticismo me ha vuelto a enganchar y me ha hecho pasar un muy buen rato. Entiendo que esta novela lleve años siendo un clásico juvenil, y solo espero que tanto niños como mayores la sigan leyendo muchos años más.

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La hija del devoradolor, de Laura Mauro

Laura Mauro es una joven autora inglesa que empezó a escribir relatos hace unos diez años. Desde entonces ha publicado un par de novelas cortas y una veintena de cuentos. En 2018 ganó el premio British Fantasy Awards en la categoría de mejor relato con Looking for Laika. Y solo dos años más tarde hizo doblete en estos mismos galardones con su colección Sing Your Sadness Deeply (que en su momento os recomendé por aquí) y con uno de los cuentos incluidos en la misma, La hija del devoradolor. Sin embargo, a pesar de su interesante y prometedora carrera, hasta ahora estaba inédita en español.

La hija del devoradolor (The Pain-Eater’s Daughter) se publicó originalmente en 2019 en la hasta ahora única colección de Laura, Sing Your Sadness Deeply (Undertow Publications), y, como decía, meses después se impuso en los British Fantasy Awards en la categoría de Mejor Relato. Aunque fue seleccionado por Ellen Datlow para su antología con lo más destacado del año, The Best Horror of the Year, este no es un cuento de terror, sino una historia pausada, evocadora y oscura, que nos habla sobre la muerte, el dolor y cómo la herencia familiar y cultural puede marcar nuestro futuro.

Espero que La hija del devoradolor os guste y que os sirva para descubrir a una nueva autora de la que ojalá pronto veamos más obras traducidas por aquí. Por mi parte tan solo me queda agradecer a Laura su generosidad, dado que en todo momento se ha mostrado encantada de poder compartir con los lectores de habla hispana su galardonado relato. Thanks a million, Laura!

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La hija del devoradolor ilustracion

La hija del devoradolor

Laura Mauro

El padre de Sara viaja con una cartera de cuero marrón. Ella no sabe qué hay dentro. Perteneció a su abuelo antes de a su padre, y luce las huellas de una larga vida en la carretera, entreveradas con roces semejantes a cicatrices de tiempos inmemoriales. Sara tiene prohibido tocarla e incluso preguntar qué guarda su padre en ella. Lo había hecho una vez, cuando era más pequeña y su curiosidad no podía ser refrenada, ni siquiera por la sombría mirada azul de su padre y la desaprobación tácita de su boca con las comisuras vueltas hacia abajo. Es mochadi, había dicho él. Ella sabe que mochadi significa «sucio», pero no de la misma manera en que están sucios unos zapatos embarrados o una taza utilizada; significa sucio en el alma, el tipo de suciedad que no se puede lavar con agua y jabón. Ella había querido preguntar por qué, si era algo mochadi, él sí podía tocarla, pero tras ver su mirada gélida se lo había pensado mejor.

La cartera de cuero marrón tintinea cuando él la coge: el alegre repiqueteo de vidrio contra vidrio, melodioso como un pájaro cantor. Ella sabe que es pesada porque, a pesar de que su padre es fuerte como una mula, el hombro parece vencérsele cuando la lleva en la mano. Siempre en la izquierda; puntas de los dedos renegridas, como afectadas por congelación, y palma amoratada. Cuando ella pregunta si le duele, él solo sonríe con los labios apretados y le dice que no se preocupe. Es por su trabajo, asegura él, aunque a ella tampoco le está permitido preguntar sobre el mismo. Lo único que sabe es que él puede tener que marcharse en cualquier momento y estar fuera durante horas o días, y que la cartera de cuero marrón siempre lo acompaña.

Aunque su padre se vaya a la una de la madrugada, su abuelo no deja de despertarla para que, envueltos en la oscuridad atenuada por una luz amarillenta y con los ojos somnolientos, ambos puedan despedirle con la mano desde la puerta mientras la furgoneta se aleja, como a un héroe que parte hacia la guerra. Como si algún día pudiera no regresar.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Sara tiene catorce años cuando su padre por fin transige y se la lleva con él de viaje por primera vez. Su abuelo está demasiado enfermo para ocuparse de ella, y su padre no la quiere dejar en casa con él, incluso aunque su dolencia no sea de las que se contagian. Ella siente un cosquilleo de emoción en la yema de los dedos al enfundarse sombrero y chaqueta; se ata los cordones con manos torpes, trasladada de vuelta a la infancia por el entusiasmo. Los zapatos le van demasiado pequeños y le aprietan el dedo gordo, pero no se queja; cuando llueve no calan, que es más de lo que se puede decir del par anterior.

Sara se cuela en el cuarto de su abuelo. La puerta apenas está abierta y en el interior reina una oscuridad absoluta. Su padre ha tapado las ventanas con cartones y cinta negra gruesa para que el sol no entre. La luz lastima los ojos de su abuelo, de suerte que ahora debe existir en un crepúsculo permanente, como los animales nocturnos que Sara había visto una vez en el zoo. Es la habitación de alguien que nunca tira nada, una cueva de maravillas, atestada de rarezas del suelo al techo: herraduras y maquetas de trenes descoloridas por el sol, latas de galletas vacías, el pulmón desinflado de un viejo acordeón roto. Una cordillera de libros de bolsillo amarillentos y combados junto a la pared del fondo. Ella entra con pies ligeros, aunque las suelas de sus zapatos golpetean el suelo de madera.

—Hela aquí. —La voz de su abuelo gorgotea como el agua por el desagüe—. Mi pequeña Ginger Rogers. —Tiene la cabeza levantada, apoyada en una pila de almohadas; una cáscara de huevo por cráneo, el cabello ralo y fino como hilo de araña—. ¿Dónde vas, princesa? [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Padre, de Ray Nayler

Ray Nayler nació en Canadá y se crió en Estados Unidos, pero lleva casi dos décadas viviendo y trabajando en otros países, entre los que se cuentan Rusia, Turkmenistán, Tayikistán, Kazajistán, Kirguistán, Afganistán, Azerbaiyán, Vietnam y Kósovo, donde reside y trabaja como diplomático en la actualidad. Por si esto os parece poco, a modo de curiosidad también señalaré que, además de hablar inglés y ruso, se maneja con el turcomano, el albanés, el azerbaiyano, el turco y el vietnamita, ahí es nada.

Dicho lo cual, pasemos ya a hablar de su carrera literaria, que es lo que nos interesa principalmente aquí. Ray publicó su primer relato de ficción especulativa en 2015, en la revista Asimov’s, y desde entonces sus cuentos han continuado apareciendo en publicaciones punteras del género (Clarkesworld, Lightspeed, Analog, The Magazine of Fantasy & Science Fiction…). Varios de ellos han sido seleccionados para antologías de lo mejor del año editadas por Jonathan Strahan, Neil Clarke o Rich Horton, entre otros. Y, en los cinco meses que llevamos de 2021 son ya cinco los cuentos inéditos suyos que se han publicado en diversas revistas. No obstante, la carrera de Ray no se circunscribe a la literatura de género, dado que también ha publicado literatura generalista, cómics y poesía. E incluso ha traducido un relato del ruso al inglés (Terra Rasa, de Anastasia Bookreyeva, publicado recientemente en la revista Clarkesworld).

Padre (Father) apareció en 2020 en la veterana revista Asimov’s, y ahora mismo es uno de los finalistas en la encuesta anual en la que los lectores de la publicación eligen sus cuentos favoritos de año. Además, ha sido seleccionado para dos de las antologías de lo mejor de 2020: The Year’s Best Science Fiction and Fantasy 2020 (editada por Jonathan Strahan) y The Year’s Top Tales of Space and Time (editada por Allan Kaster). Se trata de una historia con un agradable aroma a esa ciencia ficción clásica con la que muchos de nosotros nos aficionamos al género. Al igual que otras varias historias de este autor, se desarrolla en un mundo que posiblemente sería el nuestro de no ser porque unas décadas atrás un nave extraterrestre se estrelló en la Tierra, lo que ha permitido a los humanos empezar a utilizar (aunque no siempre comprender ni dominar) diversas tecnologías alienígenas. Tal vez como consecuencia de este hecho, la historia no se ha desarrollado tal como la conocemos (por ejemplo, en nuestra realidad, Franklin D. Roosevelt falleció en 1945). Este es el marco de esta emotiva historia que nos habla, entre otras cosas, del amor paterno-filial, la venganza, la traición, y la guerra y sus traumas. Espero que os guste.

Por último, tan solo quiero agradecerle a Ray su amabilidad en todo momento y desearle mucha suerte en su prometedora carrera literaria. Thanks a million, Ray!

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Padre

Ray Nayler

Yo tuve un padre durante seis meses.

Lo conocí a los siete años. Alguien llamó a la puerta de nuestra casa prefabricada. Mi madre estaba en la cocina echando champiñones en la olla donde la salsa para espaguetis hervía a fuego lento, y me dijo con una sonrisa: «¿Quién será? ¿Por qué no vas a ver, cielo?».

Huelga decir que ella sabía quién era.

Era el 5 de junio de 1956. El hombre a quien mi madre llamaba «tu papá» llevaba muerto desde antes de que yo naciese. En la fotografía de la repisa de la chimenea, su rostro estaba vuelto hacia el sol con los ojos entornados y los botones de su uniforme brillaban.

Él nunca había sido alguien real para mí. Él era esa foto y una bandera plegada en un marco de madera. Las fotografías no son más que imágenes en papel. Las banderas no son más que trapos.

Abrí la puerta.

El robot era plateado y muy alto, estaba pulido y relucía. Los ojos eran un círculo perfecto y tenían una luz naranja oscuro en su interior, como la de una vela. La boca era un altavoz de malla metálica. En una mano sujetaba un ramo de margaritas, envuelto en celofán verde barato, todavía con la etiqueta del precio. Y en la otra, un guante de béisbol. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Colecciones especiales, de Kurt Fawver

Kurt Fawver es un autor norteamericano que compagina su vocación literaria con su trabajo como profesor de literatura y escritura creativa. En su faceta como escritor, ha publicado más de sesenta cuentos en múltiples antologías y revistas, aunque creo que este es el primero que se traduce al español. A las dos colecciones que ya tiene en el mercado, se le sumará una tercera este mismo año. Su relato The Convexity of Our Youth ganó el premio Shirley Jackson Award en 2018, galardón para el que ha estado nominado en un par de ocasiones más, siempre en las categorías de ficción breve, dado que por el momento su obra más extensa ha sido una novela corta. Sus historias se encuadran en la fantasía oscura, el terror y, sobre todo, la narrativa weird, como vais a poder comprobar a continuación.

Colecciones Especiales (Special Collections) se publicó en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 2016, y es uno de los cuentos incluidos en The Dissolution of Small Worlds, segunda coleccion de este escritor. Se trata de una inquietante historia cuyo germen está en el hecho de que su autor imparte clases universitarias en el turno de noche, por lo que conoce a la perfección el ambiente que reina en el campus una vez cae la oscuridad y, en concreto, en una inmensa biblioteca que con frecuencia tiene que atravesar. Según confiesa el propio Kurt, en este cuento se puede rastrear la influencia de autores como Steven Millhauser (esa voz en primera persona del plural) y Thomas Ligotti. Por mi parte, dado que los auténticos protagonistas de este relato son los libros, he tenido la sensación de que estaba pidiendo a gritos ser publicado el 23 de abril, Día del Libro. Espero que os guste y que estéis de acuerdo conmigo en que es una historia perfecta para leer justo hoy.

Para concluir esta breve presentación, tan solo quiero agradecer a Kurt que haya estado dispuesto a compartir con nosotros todo su saber sobre estas enigmáticas Colecciones Especiales. Thanks a million, Kurt!

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Colecciones Especiales

Kurt Fawver

LA PRIMERA NORMA

Tenemos dos normas en la biblioteca. La primera norma es que no se debe entrar en Colecciones Especiales sin compañía. Es lo primero que nos enseñan en el curso de orientación, antes de empezar con las características de los rigurosos protocolos de clasificación de libros en los anaqueles, el sistema de préstamos y la compleja base de datos de textos online. Incluso antes de que recibamos la plaquita con nuestro nombre y se nos asigne un número de identificación de alumno-bibliotecario, se nos inculca el mensaje: «No os aventuréis en solitario más allá del umbral de Colecciones Especiales».

Los motivos que nuestros supervisores aducen para justificar esta norma son vagos, si bien esgrimidos con énfasis amenazador.

«Los alumnos-bibliotecarios se han visto involucrados en numerosos… incidentes en Colecciones Especiales», dicen.

«La sección de Colecciones Especiales posee ciertas… propiedades bastante excepcionales.»

«Debido a lo especial de sus contenidos, se reciben frecuentes informes de… experiencias inusitadas en Colecciones Especiales y sus inmediaciones.»

«La utilización sin permiso de determinados materiales de Colecciones Especiales puede acarrear… repercusiones graves.»

Como niños acobardados ante la autoridad de un profesor particularmente severo, nosotros obedecemos casi siempre y entramos en Colecciones Especiales de dos en dos. Casi siempre.

Entendednos, todos nosotros hemos visitado la sección de Colecciones Especiales acompañados. Da igual que se trate de un supervisor, un miembro del profesorado u otro compañero de estudios o trabajo, cuando franqueamos la frontera de Colecciones Especiales con alguien a nuestro lado, el resultado es siempre el mismo: no ocurre nada. Recorremos con los dedos los lomos de libros encuadernados en pieles de origen desconocido y contemplamos artículos arcanos encerrados en gruesas urnas de cristal. Nos sentamos a las mesas de roble oscuro bañadas por la tenue luz blanca de pesadas lámparas de latón. Nos deslizamos por un mar suntuoso de moqueta azul real mientras efluvios de moho envuelven con suavidad nuestros semblantes cual cortinas sedosas. Si alguien nos acompaña, cuando estamos en Colecciones Especiales solo estamos en una biblioteca. Una biblioteca ordinaria. Sí, tiene un encanto erudito particular, y sí, caminar por Colecciones Especiales es, en muchos sentidos, como atravesar las cavidades del corazón académico; pero, en compañía de otra persona, en nuestro camino jamás se cruzan «incidentes», «propiedades», «experiencias» ni «repercusiones», que, de ser totalmente sinceros, es lo que más nos gustaría encontrar en la biblioteca.

De suerte que nuestra curiosidad acerca de la primera norma crece, libre y descontrolada. Nos preguntamos por qué existe y por qué se recalca hasta convertirla en evangelio. Rezongamos sobre ello durante nuestros turnos de trabajo, preguntándonos unos a otros qué es lo que podría haber exactamente de malo en entrar en la sección de Colecciones Especiales en solitario, qué trivialidad prohibida podría estar oculta a plena vista allí dentro. Deambulamos por la biblioteca ideando escenarios en los que infringimos la norma y conjeturamos que, en todos y cada uno de esos casos imaginados, con toda seguridad no sucedería nada. Nada de nada. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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