Cthulhu explicado a la yaya, de Alex Shvartsman – Especial Humor VI

Alex Shvartsman es un escritor, editor y diseñador de juegos estadounidense que reside en Nueva York, aunque su infancia la pasó en su Ucrania natal. Y no solo eso, sino que también ha sido jugador profesional de primerísima fila de Magic: The Gathering. En su faceta como editor, destaca su serie anual de antologías Unidentified Funny Objects, financiadas vía Kickstarter, en las que recopila relatos de ciencia ficción y fantasía de tono humorístico, en una línea similar a los del especial de este blog. De hecho, De mat y mates se publicó en la primera de estas antologías. Ahora mismo está embarcado en la preparación del que será el cuarto título de esta serie. Como escritor ha publicado más de sesenta cuentos en diversas revistas y antologías. Y hace tan solo unos días apareció su primera colección, titulada Explaining Cthulhu to Grandma and Other Stories, prologada por Ken Liu y también financiada vía Kickstarter, en la que recoge gran parte de su ficción breve, y de la que podéis leer una reseña en el blog Fantástica Ficción (donde también podéis leer una entrevista a Alex).

Cthulhu explicado a la yaya (Explaining Cthulhu to Grandma, que podéis leer aquí o escuchar aquí), el relato que da título a dicha colección, se publicó por primera vez en 2013 en la revista InterGalactic Medicine Show, y fue el ganador del WSFA Small Press Award del año 2014 (premio que se concede a la mejor obra de ficción breve de literatura especulativa publicada durante el año anterior por una editorial pequeña). Y, dado su título y el hecho de que forme parte de nuestro Especial Humor, ya os imaginaréis que tal vez a Lovecraft este cuento no le habría acabado de convencer. ;) En cualquier caso, si a vosotros sí que os gusta, existe una secuela, High-Tech Fairies and the Pandora Perplexity, que también está incluida en Explaining Cthulhu to Grandma and Other Stories.

Y, como de costumbre, quiero cerrar esta presentación dándole las gracias a Alex por su amable colaboración, ya que no solo me dio todo tipo de facilidades a la hora de leer sus cuentos y elegir cuál quería publicar, sino que también me ayudó a contactar con algún otro de los autores de este especial. Thanks a million, Alex!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponible aquí el cuento en los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Jean Mallart y Johan por su colaboración.

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Cthulhu explicado a la yaya

Alex Shvartsman

Acababa de cerrar la transacción del año y estaba deseando contárselo a mi abuela.

En cuanto el cliente se marchó, eché el cerrojo de la puerta principal, puse el letrero de cartón por el lado de «Cerrado» y me dirigí a la parte de atrás. Con mi última adquisición abrazada contra la blusa, entré en el abarrotado almacén y rodeé el cañón naval de bronce y, tras evitar por los pelos que el dobladillo de la falda se me enganchara en una armadura oxidada, seguí abriéndome camino por entre una plétora de artículos demasiado grandes o demasiado pesados para las estanterías, la mayoría de los cuales estaban ahí desde antes de que yo naciera y probablemente seguirán en el mismo lugar mucho después de que mis hipotéticos futuros hijos se hagan cargo del local. Nunca se sabe cuándo puede aparecer el comprador adecuado, y nuestra familia tiene intención de seguir con este negocio una buena temporada.

Mi abuela Heide estaba en el despacho, sentada detrás de la mesa. Había apartado el teclado para tener espacio para el solitario que estaba haciendo con un tarot egipcio del siglo XIII, y apenas levantó la vista cuando entré.

—Yaya, sabes que puedes jugar a eso en el ordenador, ¿verdad?

Mi abuela colocó una carta en una de las columnas tras unos instantes de reflexión.

—¿Acaso puede ese cacharro tuyo moderno imitar lo que se siente al barajar unos viejos naipes bien sobados?, ¿o simular el placer de colocar una carta justo en el lugar exacto para conseguir la jugada perfecta? No lo creo. —Me miró por encima de las gafas—. Hacer las cosas a la vieja usanza casi siempre suele ser mejor.

—Sí, vale, no he venido para volver a discutir sobre eso. Adivina lo que acaban de empeñar.

Me acerqué y coloqué delante de ella una dimensión de bolsillo. Parecía una bola de nieve de forma piramidal, alta como una lata de refresco. Estaba llena de agua de océano. En el centro flotaba una criatura con escamas y tentáculos, y perfiles tan antinaturales que si la mirabas fijamente te empezaba a doler la cabeza. Cuando no se guardaba fuera de nuestro continuo espacio-tiempo era del tamaño de un crucero y debía de pesar tanto como una montaña pequeña, motivo por el cual una dimensión de bolsillo resultaba la mar de útil.

Mi abuela cogió la pirámide, empujó las gafas que se le habían deslizado por la nariz y observó el interior de la dimensión.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—¡Cthulhu! —respondí rebosante de orgullo y satisfacción.

—¡Jesús! —dijo mi abuela.

No estaba segura de si lo había dicho en broma o no, aunque lo más probable era que no.

—No he estornudado —señalé—. Se llama Cthulhu. Es un dios ancestral del horror y la angustia, que sigue soñando a pesar de estar muerto.

Mi abuela no parecía estar impresionada.

—¿Qué es lo que hace?, aparte de soñar —preguntó mientras giraba lentamente la dimensión para examinar su contenido.

—¿Hacer? Es un símbolo de los misterios incognoscibles del universo que eclipsan la importancia de la humanidad. Y además es un dios. ¿Desde cuándo no tenías uno de estos?

—Desde 1982 —me respondió al momento—. El gobierno argentino empeñó unos cuantos dioses de la naturaleza guaraníes para ayudar a sufragar los gastos del conflicto de las Malvinas. Aunque no le sirvió de mucho.

Yo no me acordaba, aunque allá por 1982 todavía llevaba pañales.

—Las deidades menores precolombinas apenas cuentan. Este —dije señalando la pirámide— sí que es un señor dios.

Tras terminar de examinar a Cthulhu, mi abuela dejó la dimensión de bolsillo encima del ordenador, junto a una taza llena de bolígrafos, y volvió a dedicarme toda su atención.

—¿Y cuánto has pagado por este artículo tan único y excepcional?

Se lo dije.

Mi abuela apretó los labios y me lanzó una mirada reprobatoria. Desde que de pequeña había roto el ala del fénix disecado, esa ha sido la expresión de severidad que la yaya Heide reserva para cuando meto la pata hasta el fondo.

—Quienquiera que lo haya empeñado, seguro que ha cogido el dinero y se ha largado corriendo —declaró—. Y no volverá. Disfrútalo durante el próximo mes y confiemos en que este pulpo gigante entusiasme a algún mendrugo tanto como a ti. Y si no, a lo mejor lo podemos vender por kilos a las cadenas de restaurantes de sushi.

—Nunca tienes fe alguna en las transacciones que cierro yo —dije cruzando los brazos—. Ya no soy una niñita, y me he pasado la vida entera metida en el negocio. ¿Cuándo empezarás a confiar en mi criterio? Te aseguro que esto ha sido un chollo y te lo demostraré.

—Este establecimiento está lleno de errores de jóvenes excesivamente entusiastas —dijo señalando hacia el almacén, rebosante de objetos—. Yo también cometí unos cuantos a tu edad. El negocio de los empeños es sencillo. Hay que ceñirse a artículos corrientes y de calidad que tengan una salida fácil, y conseguirlos baratos. Cuanto antes lo aceptes, antes estarás preparada para hacerte cargo del negocio familiar. —Y cogió la siguiente carta del mazo para indicarme que la conversación había terminado.

Cuando tu familia regenta la casa de empeños más antigua del mundo, la responsabilidad que vas a tener que asumir es muy grande. Me pregunté si mi abuela se habría encontrado con un problema similar cuando tuvo la edad suficiente para trabajar en el negocio, antes de que mi bisabuelo Hannelore se jubilara.

De acuerdo con las condiciones de la operación, el cliente tenía treinta días para volver a recuperar su artículo. Así que yo contaba con un plazo más que suficiente para buscar posibles compradores. Ante mí se abrían varias posibilidades, pero empecé por la obvia.

Descorrí el cerrojo de la puerta principal y puse el letrero por el lado de «Abierto», y luego encendí mi portátil y me conecté a Craiglist.

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 No hubo que esperar un mes. El primer colectivo interesado se presentó unos días después.

—Soy Keldmo, el Gran Profeta de los Profundos —anunció el gordísimo hombre, que iba ataviado con una especie de toga o de albornoz, probablemente porque nadie fabricaba pantalones de su talla—. Tengo entendido que el gran Cthulhu ha llegado recientemente a vuestro poder…

—Así es. O así será si su anterior dueño no paga el préstamo antes de tres semanas. ¿Cuánto está dispuesto a pagar?

—¿No es suficiente la eterna gratitud de miles de adoradores?

—Ni de cerca.

—No tengo demasiado dinero. —Keldmo se secó el sudor de sus varias y amplias papadas con un pañuelo—. Durante estos últimos años, la congregación no se ha mostrado demasiado devota, y en el cepillo apenas recojo lo suficiente para no pasar hambre.

Me mordí la lengua para no soltar la réplica obvia. Porque además Keldmo no hubiera pillado la pulla: si alguna vez había tenido sentido del humor, lo más probable es que se lo hubiera comido mucho tiempo atrás.

—Estoy seguro de que exhibir al auténtico Cthulhu en los servicios haría cambiar las cosas —continuó—. Reavivaría el interés de los fieles, resultaría de ayuda en las campañas para captar seguidores… todo ese tipo de cosas.

—No estará pensando en despertarlo y soltarlo por el mundo, ¿verdad?

—¡No, por Dios! Un dios vivo puede ser peligroso e impredecible. ¿Qué pasaría si sus ideas y planes respecto a sus fieles no concuerdan con los míos? No, es mejor no perturbar el sueño de esas terribles criaturas durmientes.

—Bien, y ahora ya en serio, ¿cuánto está dispuesto a pagar?

Keldmo hizo su oferta. Era considerablemente inferior a la cantidad que yo había invertido, pero por algo hay que empezar. Le dije al líder del culto que tendría noticias mías y se fue tan campante.

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 Una semana después se presentó en el local un grupo de criaturas de un universo paralelo. Se hubieran parecido un montón a esos extraterrestres grises que salen en la tele de haber tenido estos aletas y branquias. Me los quedé mirando de hito en hito, tal vez más de lo que marca la buena educación. Los visitantes de universos paralelos no son algo que se vea todos los días, ni siquiera en un establecimiento como el nuestro.

—Estamos interesados en los servicios de vuestro dios submarino —dijo el líder del grupo.

—¿En qué tipo de servicios? —Tenía que saberlo.

—Somos criaturas acuáticas —respondió el líder, al que mentalmente apodé Nemo—. Recientemente, nuestras aguas se han visto infestadas de serpientes marinas. Como somos pacifistas, no podemos hacer frente a esta calamidad por nosotros mismos. Pero es bien sabido que los Profundos son los depredadores naturales del océano. Deseamos despertar a Cthulhu y liberarlo para que pueda devorar todas las serpientes marinas.

Tenía mis reservas sobre este plan y sobre lo que Cthulhu podría hacer a los congéneres de Nemo una vez que se hubiera quedado sin serpientes marinas, pero al menos no estaban planeando despertarlo en este, nuestro universo. Un punto muy importante a su favor.

—¿Cuánto podéis pagar?

Los alienígenas se apiñaron nerviosos.

—Además de ser pacifistas, somos una sociedad sin dinero —explicó Nemo—. No explotamos las minas, no pescamos, no producimos obras de arte… Vivimos en armonía con la naturaleza y nos alimentamos de algas. Me temo que no poseemos nada que podáis considerar de valor. Sin embargo —añadió animadamente—, no queremos comprar vuestro dios, tan solo queremos alquilarlo. Os lo devolveremos encantados, y en perfectas condiciones, una vez se haya alimentado.

Fruncí el entrecejo. La idea de recuperar a Cthulhu despierto y bien alimentado no era nada atrayente.

—Contribuiríais a salvar toda una civilización —continuó Nemo—. Y seguro que en este universo también existe el concepto de compasión, ¿verdad?

Me daban pena estos cándidos pacifistas, pero también estaba bastante segura de que no les iba a hacer un favor liberando a Cthulhu en medio de una sociedad que ni siquiera era capaz de hacer frente a unas cuantas serpientes marinas. Y además estaba al frente de un negocio, no de la Sociedad Interdimensional para la Conservación de los Pantanos.

Le dije a Nemo que me lo pensaría y le acompañé a él y a sus amigos hasta la puerta.

—Nadie te va a dar ni un duro por él —dijo mi abuela desde el almacén una vez la puerta se hubo cerrado tras ellos—, pero estoy segura de que puedes encontrar montones de tipos que estarían dispuestos a quedárselo gratis.

Apreté los dientes y continué organizando y etiquetando el estante de las pociones de amor. La número 9 siempre la teníamos agotada por culpa de esa canción, Love Potion Number 9. A pesar de que, según me habían contado, sabía a vómito de trol.

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 Cuando ya habían pasado casi dos semanas y estaba empezando a preocuparme, se presentaron otros interesados en comprar a Cthulhu, en esta ocasión representados por un hombre alto y enjuto que llevaba por los hombros una capa adornada con una melena de león. La cálida temperatura de agosto del exterior no parecía molestarle. Su ancho pecho estaba engalanado con varias hileras de dientes que colgaban de bramantes alrededor de su cuello. Hubiera jurado que algunos de los dientes eran humanos, aunque, bueno, yo no soy dentista. Una larga espada le pendía de su cinto.

—Soy sir Barnabas, gran caballero de la Orden de San Jorge —anunció, en voz más alta de lo que era absolutamente necesario.

—Bienvenido —dijo mi abuela. Los marcados músculos y la profunda voz de barítono de sir Barnabas la habían impelido a abandonar la parte de atrás del local como por arte de magia—. Yo soy Heide. Y esta es mi nieta, Sylvia. Está soltera.

—Mi señora… —Sir Barnabas se inclinó para besar la mano de mi abuela—. Dama mía… —dijo dedicándome una gentil reverencia. Hubiera jurado que oí desmayarse a mi abuela—. En nombre de la Orden de San Jorge vengo buscando al monstruoso Cthulhu que se dice está en vuestro poder. ¿Me ayudaréis en mi causa?

—¿Está vuestra causa dedicada a alguna dama? —preguntó mi abuela.

—¿Para qué lo queréis? —le pregunté yo antes de que mi abuela se lanzara a hacer de celestina.

—Siendo como somos la Orden de San Jorge, ¿no está claro?

—Respondedme no obstante.

—Cazamos y matamos dragones.

—Los dragones se han extinguido —intervino mi abuela.

—¡Vos lo habéis dicho! También cazaremos y mataremos a este Cthulhu. Será algo glorioso. Se compondrán canciones sobre…

—Cthulhu no es un dragón —le interrumpí.

—Estrictamente hablando, tenéis razón —reconoció Barnabas—, pero tiene escamas y alas, y es una bestia inmunda. Eso es lo más parecido a lo que podemos aspirar hoy en día.

—Ya. —La idea de una panda de caballeros intentando derrotar a un antiguo dios clavándole lanzas me resultó graciosa, pero solo hasta que me acordé de que compartía planeta con ellos. Porque lo más probable es que esas lanzas consiguieran cabrear a Cthulhu… todavía más—. ¿Cuánto está vuestra orden preparada a pagar por este honor?

—Los caballeros de San Jorge hacen voto de pobreza. Sin embargo, vuestra contribución a esta causa será inmortalizada en los anales de nuestra orden. Lo que es mejor que el mero dinero.

—El de pobreza es el voto más estúpido que un caballero puede hacer—señaló mi abuela mirándolo con mala cara—. ¿Cómo se supone entonces que va a reunir lo necesario para una dote en condiciones?

Durante quince insoportables minutos, sir Barnabas siguió intentado convencernos de que le entregáramos a Cthulhu, gratis. Le prometí que me lo pensaría, pero solo para conseguir que saliera por la puerta.

—Ya te dije que nadie va a pagar dinero por este bicho —dijo mi abuela, sin quitarle ojo al trasero del caballero mientras este avanzaba calle abajo.

Se equivocaba.

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 Dos días antes de que Cthulhu pasara a ser oficialmente de nuestra propiedad llegó el siguiente y último candidato a comprador. Era un anodino hombre de mediana edad y estatura media vestido con un traje azul oscuro, el tipo de persona a la que no se mira dos veces en mitad de una multitud. Su única característica destacable era un maletín de aluminio, que plantificó encima del mostrador delante de mí.

—Quisiera un Cthulhu, por favor —dijo mientras abría el maletín, que resultó estar lleno de dinero.

Mi abuela volvió a aparecer de la nada. Lo único capaz de hacerla acudir más rápidamente que unos pectorales perfectos era un maletín lleno de dinero.

—Hecho —dijo—, pero tendrá que regresar el miércoles. El dueño original tiene hasta entonces para recuperar su propiedad. Hay normas y regulaciones, ya sabe…

—Soy del gobierno, señora. Le aseguro que no se va a meter en ningún lío por entregarme la criatura unos pocos días antes.

—¿Para qué lo quiere? —No me fío del gobierno, aunque ¿quién sí?—. ¿No será por ese rollo del «¿por qué elegir un mal menor?»? Pero si las elecciones no son hasta dentro de dos años…

—Muy graciosa —dijo, aunque su tono y sus ojos decían algo muy distinto—. Mi departamento está encargado de destruir artículos y seres peligrosos antes de que tengan la oportunidad de escapar y de que nos acabe saliendo a todos el tiro por la culata. Su transacción lleva tiempo en nuestro punto de mira. —Se volvió hacia mi abuela y añadió—: Debería no complicarse la vida y aceptar el dinero. Lo mismo me costaría clasificar a Cthulhu como arma de destrucción masiva y confiscárselo sin pagarles compensación alguna.

Mi abuela se irguió y clavó la mirada en el agente gubernamental, echando fuego por los ojos.

—No, no le costaría lo mismo. Este es un centro ancestral de poder, con capas de protección y salvaguarda establecidas a su alrededor por un centenar de generaciones de mis antepasados. Es un hueso demasiado duro de roer para los de su calaña. Lárguese —le ordenó mi abuela señalando la puerta—. No me gusta que me amenacen en mi propio establecimiento. Vuelva dentro de dos días y ya nos pensaremos si aceptamos su oferta.

Y se fue sin decir ni mu.

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 El miércoles bastante antes de la hora a la que acostumbran a abrir los negocios, a mi abuela y a mí nos despertaron unos fuertes ruidos provenientes de la calle. Las dos nos vestimos y bajamos a investigar. En el exterior de nuestro establecimiento reinaba el caos.

Cientos de fieles de los Profundos se estaban enfrentando a una compañía de soldados igualmente impresionante que contaba con un par de helicópteros y un tanque. Una docena de caballeros se habían plantado hombro con hombro en mitad de la calle, y miraban desdeñosamente a todo aquel que osaba acercárseles demasiado. Y por todas partes pululaban grupitos de alienígenas grises y con agallas estorbando a todo el mundo.

—Esto es una locura —dije—. En cualquier momento van a empezar a matarse entre ellos.

—Sabía que este Cthulhu lo único que nos iba a traer era problemas —señaló mi abuela—. Casi estoy por dejar que se peguen por él. —Pero yo sabía que no lo decía en serio.

En el interior estábamos totalmente a salvo. El local está protegido por una serie de hechizos, conjuros y encantamientos laboriosamente ensamblados por la familia a lo largo de los siglos. A un intruso le costaría menos colarse en el palacio de Buckingham o en la Casa Blanca.

Sin embargo, nada de eso les impedía pelearse en la calle. Y, a pesar del extemporáneo comentario de mi abuela, no podíamos permitir que eso sucediera.

—Sé que te gusta hacer las cosas a la vieja usanza —le dije—, pero yo soy la culpable de que se haya organizado este follón y tengo que arreglarlo. La situación en estos momentos requiere un enfoque innovador y poco ortodoxo. ¿Me harás el favor de dejar que sea yo quien se encargue de solucionarlo?

Mi abuela vaciló durante un brevísimo instante, luego me sonrió y asintió con la cabeza. Abrí la puerta principal y salí fuera.

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 Unos minutos más tarde ya había conseguido reunir al líder de cada uno de los grupos dentro de nuestro establecimiento. Keldmo, sir Barnabas, Nemo y el agente cuyo nombre, tal como cabía esperar, resultó ser Smith se miraban con mala cara. Había tanta tensión en el ambiente que probablemente ni la espada de sir Barnabas hubiera podido cortarla.

—Puedo solucionar este asunto a satisfacción de todos —dije, y los cuatro me dedicaron toda su atención—. Sir Barnabas, me gustaría presentaros a este alienígena de otra dimensión. Su mundo sufre una terrible plaga de serpientes marinas.

—Vaya… —Al caballero se le empezó a hacer la boca agua solo de pensar en cazar serpientes marinas.

—Estaréis de acuerdo en que filogenéticamente las serpientes marinas se encuentran mucho más próximas a los dragones que un dios ancestral muerto, ¿verdad?

—Sin duda alguna, dama mía.

—¿Aceptáis la noble causa de cazarlas y, a cambio, abandonar cualquier futura pretensión de hostigar a Cthulhu?

—De buen agrado, dama mía —dijo mientras se golpeaba con un puño descomunal el peto a la altura del corazón.

A continuación me dirigí a Nemo:

—¿Y vosotros aceptáis la ayuda de los caballeros y renunciáis a la descabellada idea de liberar un depredador incluso más peligroso en vuestro ecosistema?

—Tienen aspecto de ser lo suficientemente sanguinarios, pero también parecen honorables —dijo Nemo—. Parece una solución magnífica.

Cuando los dos salieron por la puerta para comunicar las noticias a los suyos ya iban hablando de municiones, cuestiones de logística y de las canciones que se compondrían en honor de los caballeros.

—Bueno, esa era la parte fácil —dije volviendo a centrar mi atención en los representantes de los grupos que seguían allí.

—No permitiré que una criatura peligrosa acabe en manos de una secta —advirtió el agente Smith.

—No permitiré que asesinen a mi dios —replicó Keldmo.

—No podrás impedírmelo. Tengo a mi disposición el ejército al completo.

—Mis discípulos están por todas partes. Si os atrevéis a tocar un solo tentáculo de la cabeza de nuestro dios se cobrarán una venganza sangrienta. Los míos están dispuestos a matar y a morir por mí. —Y añadió con un suspiro—: Algunos, al menos.

—Nada de morir y nada de matar. Ya les he dicho que tengo una solución. Espérenme aquí —les conminé antes de dirigirme a toda prisa al almacén de donde regresé con una bandeja bajo el brazo—. Keldmo, me dijo que no quería despertar a Cthulhu, que con una imagen del mismo le bastaría para recuperar a sus seguidores.

Keldmo me miró, esperando a ver a dónde quería ir a parar, pero no puso ninguna objeción.

—Esta es una bandeja encantada, parte de un juego de dos. La imagen de cualquier objeto que se coloque en la otra bandeja se replicará exactamente sobre esta mientras el objeto siga allí. —Golpeé con suavidad el borde de la bandeja y la dimensión piramidal de bolsillo apareció sobre la misma. Le alargué la bandeja a Keldmo, que la agarró ansiosamente—. Podéis verlo, tocarlo y verificar que está sano y salvo en la otra bandeja, que está en la parte de atrás de nuestro local. Lo único es que no se puede quitar la réplica de encima de la bandeja porque el hechizo se rompería.

—Y en cuanto a usted —dije volviéndome hacia el agente Smith—, nada de matar a Cthulhu. No les conviene buscarse problemas con los fieles de Keldmo y, en cualquier caso, tengo serias dudas de que fueran a poder matarlo. Así que en lugar de eso les ofreceré nuestros servicios para que lo guarden aquí de forma permanente. —El agente parecía tener reservas, pero yo continué hablando—: Existen pocos lugares en el mundo que sean más seguros que nuestro local. Eso es algo que usted ya sabe, porque de lo contrario hubiera irrumpido con las armas por delante para intentar apoderarse de Cthulhu por la fuerza. Nadie podrá ponerle la mano encima mientras esté aquí y, de todas maneras, cualquiera que pudiera querer intentarlo se pensará que está en poder de Keldmo. Porque Keldmo ya se asegurará de ello, ¿verdad?

Keldmo movió la cabeza afirmativamente, con una inmensa sonrisa en su rechoncho rostro. El agente Smith se lo pensó y acabó por asentir también.

—Aunque, por supuesto, requerimos un pago por nuestros servicios. El maletín ese del dinero los cubrirá durante los primeros cien años. Y nuestros descendientes pueden renegociar más adelante.

Esta vez se lo pensó un poco más, pero no consiguió encontrar ningún fallo de bulto a mi plan.

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 Horas más tarde se redactaron y firmaron los contratos (por triplicado, como hace las cosas el gobierno), y por fin todo el mundo se marchó. El maletín lleno de dinero se quedó en el despacho junto a la bandeja de plata en la que se encontraba Cthulhu. El agente Smith había pedido que se lo devolviéramos, pero mi abuela se mosqueó en el último momento e insistió en que el maletín también estaba incluido en el trato: debía de estar castigándolo todavía por su anterior prepotencia.

—¿Qué te ha parecido cómo he conseguido contentar a todo el mundo y encima vender una bandeja de plata por un fajo enorme de billetes? —Lo había hecho bien y me merecía aprovechar la oportunidad de poder jactarme—. E incluso nos hemos quedado con Cthulhu. Los gobiernos y los cultos cambian, así que cualquiera sabe lo que puede valer dentro de unas generaciones. ¿Te has convencido ya de que estoy preparada para hacerme cargo del negocio?

—Todavía no —replicó mi abuela—. Para empezar, no deberías haber aceptado ese bicho, y así habríamos podido evitarnos todas estas tonterías.

La miré con mala cara, pero no le llevé la contraria. Entre las prerrogativas de la familia se cuentan el esperar demasiado y el quejarse independientemente de cómo hayan acabado las cosas.

—Todavía no —repitió—, pero ya te falta menos.

Me acerqué y la abracé. Mi abuela torció el morro, pero en sus ojos vislumbré la chispa de una sonrisa.

Copyright © 2013 Alex Shvartsman

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Aciago encuentro en Ulthar, de Tim Pratt

Tim Pratt era casi un desconocido por aquí cuando hace ya más de dos años apareció en este blog su primer relato traducido al español, Otro final del imperio. Sin embargo, tras la publicación de su antología Hic sunt dracones: cuentos imposibles (ed. Fata Libelli, 2013) y de que en 2014 repitiera por aquí con otro cuento, Resultados inesperados, y con un poema, Romance científico, ahora la situación es muy distinta, y como prueba tenemos su doble nominación en los premios Ignotus de 2014. Así que voy a aprovechar estas líneas para presentar brevemente a la protagonista del relato que hoy tengo el placer de compartir con vosotros, puesto que por fortuna Tim ya no lo necesita.

Marla Mason es tal vez el personaje más popular de toda la obra de Tim, una hechicera de nuestros días, descarada y segura de sí misma, que hasta el momento ha protagonizado ocho novelas y varios relatos de fantasía urbana, que por cuestiones de marketing están firmados por T. A. Pratt (y aquí podéis leer una entrevista donde el propio Tim explica los motivos). A pesar de tratarse de una serie, las novelas son autoconclusivas y se pueden leer de manera independiente. Y lo mismo sucede con los relatos, por lo que para disfrutar con Aciago encuentro en Ulthar os basta y sobra con lo que habéis leído hasta aquí. Eso sí, si os gusta y el inglés no os supone un obstáculo, no dejéis de pasaros por la página que su autor tiene dedicada en exclusiva a Marla, donde además de encontrar diversa información sobre la saga y los enlaces para comprar los libros, podéis leer íntegra y gratuitamente varias de las últimas novelas de Marla.

Aciago encuentro en Ulthar (Ill Met in Ulthar) apareció publicado en 2012 dentro de la antología Witches: Wicked, Wild & Wonderful, editada por Paula Guran, y su versión audio fue el número 296 del podcast Podcastle. Según cuenta Tim, está inspirado directamente en el relato Dreams are Sacred, de Peter Phillips, (¡atención, spoiler!) en el que un reportero debe adentrarse en un mundo de fantasía creado por un escritor pulp llamado Marsham Craswell, que aparece mencionado a modo de homenaje en este cuento.

Espero que el que para muchos de vosotros supongo que va a ser el primer contacto con Marla Mason os guste tanto o más que los relatos anteriores de Tim, y que sirva para despertar el interés por aquí hacia esta serie. Por mi parte ya solo me queda agradecerle a Tim su enorme amabilidad al haberme autorizado una vez más (¡y ya van cuatro!) a compartir con vosotros una de sus obras. Thanks a million, Tim!

ACTUALIZACION I: Con algo de retraso, pero por fin ya podéis descargar aquí el cuento en los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI), gracias una vez más a la gentil colaboración de Jean Mallart y Johan. Muchas gracias a ambos.

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Aciago encuentro en Ulthar

Tim Pratt

—Su nombre es Roderick Barrow —dijo la doctora Husch—. Es lo que llamamos un «delirante exotérmico».

Marla Mason, de veintidós años, y de acuerdo con su propia opinión la más implacable hechicera mercenaria de la costa este, apoyó los pies sobre el escritorio de la doctora.

—Pues entonces, menos mal que lo tienen encerrado en la loquería.

La doctora Husch hizo una ligera mueca de desagrado y luego apartó las botas de Marla de encima del escritorio. Parecía la escultura de una ninfa clásica que hubiera cobrado vida, con el pelo recogido en un tirante moño y toda ella ataviada con un traje gris de corte impecable, su exuberancia ceñidamente constreñida.

—¡Ay!, es ahí donde entra lo de la «exotérmico»: sus delirios se están volviendo más y más… atrevidos.

—Vale… pero es que no sé a qué te refieres.

—Te lo enseñaré.

La doctora Husch se levantó de la mesa, hizo salir a Marla del cuarto y la acompañó por un pasillo tan limpio como los de los hospitales… lo que tenía bastante sentido puesto que estaban en un hospital, o en algo parecido. El Instituto Blackwing no se ocupaba de las enfermedades del cuerpo, pero en él estaban recluidos los que padecían dolencias de la mente y, en concreto, aquellos practicantes de la magia que se habían convertido en un peligro para sí mismos, para los demás y, en ocasiones, para la realidad. El instituto había sido fundado por un grupo de destacados hechiceros conscientes de que la locura era una enfermedad profesional y de que podría llegar un día en que ellos también necesitaran ser tratados.

El pasillo estaba flanqueado por puertas de hierro, algunas de las cuales tenían runas de pacificación y confinación grabadas al ácido. La doctora Husch se detuvo más o menos a mitad del corredor y deslizó un panel metálico que tapaba una ventanilla cuadrada situada a la altura de los ojos en una de las puertas con barrotes. Brotó un fogonazo, como si alguien hubiera prendido una barra de magnesio, y sin una palabra la doctora Husch tendió a Marla unas gafas de sol. Esta soltó un par de tacos y entrecerró los ojos mientras se las ponía, y a continuación miró el interior de la habitación.

Una forma se retorcía en el aire, sinuosa y chispeante, parecida a una boa constrictora hecha de luz en lugar de carne. La serpiente flotaba en el aire abriendo y cerrando las mandíbulas, y Marla intentó contarle los colmillos, aunque lo dejó cuando llevaba una docena. La única parte de la criatura que no parecía estar hecha de pura luz blanca eran sus ojos: abismos negros de ausencia, aunque extrañamente conscientes. La serpiente se percató de su presencia y embistió contra la puerta, provocando una lluvia de chispas a su alrededor. Marla se apartó de un salto y se envolvió en su capa mágica, que en esos momentos tenía el lado blanco hacia fuera y la protegía con hechizos de sanación; pero a Marla le bastaba un solo pensamiento para darle la vuelta y que el forro interior cárdeno quedara en el exterior. Cuando iba ataviada de púrpura, los despiadados hechizos de lucha la poseían y la hacían prácticamente imparable, aunque a costa de perder parte de su autodominio. Había quienes opinaban que Marla era una aficionada y que solo era peligrosa porque tenía la capa. Aquellos lo suficientemente estúpidos como para decirlo en presencia de la propia Marla se llevaban una buena patada en el culo, pero antes se quitaba la capa para así demostrarles que estaban equivocados. Sin embargo, ahora se alegraba de llevarla puesta: el concepto de ventaja injusta no existe cuando te tienes que enfrentar a una serpiente eléctrica voladora.

La doctora Husch volvió a correr el panel que cerraba la ventanilla mientras la bestia continuaba aporreando la puerta.

—No te preocupes, no puede salir. El interior del cuarto está forrado con caucho reforzado mágicamente. Antes teníamos a un electrotaumaturgo paranoide encerrado ahí dentro. Y tampoco hay enchufes ni lámparas… Cuando encontramos la criatura en la habitación de Barrow había hecho añicos las bombillas y estaba chupando las tomas de corriente igual que un hámster el bebedero del agua.

Marla se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—¿Qué es esa cosa?

—Barrow la llama electrodraco. Viven en las montañas encantadas que se conocen como los Picos Relampagueantes, al norte del Mar de la Ultimación, un inmenso lago de sufrimiento líquido.

—Suenas como el tráiler de una película mala de fantasía —señaló Marla.

—Bastante apropiado, dado que Barrow escribía obras de fantasía. Aunque tampoco es que fuera demasiado malo, sobre todo para los estándares de su época. Escribía sobre todo obras pulp y publicó junto a autores como Clifford Simak, Doc Smith, Sprague de Camp, Marsham Craswell… ¿Alguna vez has sido aficionada a leer libros de ciencia ficción y fantasía, Marla?

—La verdad es que no, he estado demasiado ocupada fumando y acostándome con tíos. Siempre me ha interesado más este mundo que los imaginarios.

La doctora Husch la miró desdeñosamente.

—Debería darte vergüenza siendo como eres hechicera. La magia consiste en imponer tu voluntad frente a la realidad. Ahora bien, sin imaginación, ¿de qué sirve la voluntad por férrea que sea? Porque ¿qué más da que puedas hacer lo que quieras si no eres capaz de pensar nada interesante que hacer?

—No tengo problemas para mantenerme entretenida —replicó Marla—. Aunque reconozco que ahora mismo estoy empezando a aburrirme un poco. Así que este Barrow, ¿qué?, ¿escribió sobre los electrodracos en una historia de fantasía y luego, como sea, ha hecho que uno de ellos cobre vida?

—Oh, es mucho peor que eso —dijo la doctora Husch.

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—Lo hemos conseguido, Lector —murmuró Barrow, cuyos párpados eran presa de rápidos temblores—. Aunque nuestros aliados y siervos han caído, nosotros hemos alcanzado esta llanura maldita y ahora lo que único que necesitamos…

La doctora Husch apagó el interruptor del intercomunicador y la voz de Barrow se cortó repentinamente. Marla se apoyó en la ventanilla y observó lo que había al otro lado. El cuarto de Barrow era pequeño y estaba amueblado con una cama de hospital y poco más, aunque no faltaban elementos interesantes. Un montón de calaveras con extrañas protuberancias apiladas en un rincón. Algo que parecía una piel de león colocada sobre una silla. Zonas chamuscadas en una de las paredes y en parte del techo. El propio Barrow era un anciano caballero de pelo blanco y barba montaraz, vestido con una bata del hospital, que movía los labios al murmurar y que de vez en cuando abría y cerraba los puños.

—Lleva así unos… veinte años —dijo la doctora Husch—. Sufrió una crisis nerviosa hace treinta y estuvo en coma durante diez y, de buenas a primeras, empezó a hablar. Desde entonces ni come ni bebe ni elimina residuos, y tampoco envejece; hasta donde yo sé, se sustenta a base de energía psíquica. Y fue también entonces cuando su médico de cabecera habitual hizo algunas averiguaciones y se encargó de que lo trasladaran aquí, puesto que nosotros estamos más preparados para tratar… los casos atípicos.

—¿Así que no era hechicero sino escritor sin más?

—Hasta donde sabemos, desconocía sus habilidades psíquicas latentes, aunque es posible que su descontrolado poder mental fuera la causa de la crisis nerviosa. Su alcoholismo crónico también podría haber sido un factor.

—¿Qué es lo que está farfullando?

—Es un diálogo. Al parecer habita en una historia de fantasía épica de su propia creación. Antes tan solo alcanzábamos a vislumbrarla a través de los fragmentos de diálogo que recitaba su… ¿narrador?, ¿personaje?, ¿avatar? Barrow está interpretando, viviendo más bien, el papel de un poderoso héroe embarcado en la búsqueda de un gran tesoro místico. Delirios de grandeza. Pero últimamente tiene… delirios exotérmicos. Sus alucinaciones están empezando a penetrar en este mundo. Las calaveras de goblins muertos, la piel de una mantícora despellejada… el interés científico de esos objetos que han viajado entre ambos mundos es innegable. Sin embargo, cuando ayer apareció un electrodraco vivito y coleando en su habitación… me preocupé más. Su diálogo indica que el objetivo de su misión es hacerse con una llave mágica que le permitirá moverse libremente entre ambos mundos.

Marla dejó escapar un silbido.

—¿Así que piensas que está en un lugar… de verdad?

—Creo que está en un lugar imaginario —dijo la doctora Husch moviendo negativamente la cabeza—, pero que con esa mente suya, tan poderosa psíquicamente, lo está haciendo realidad. Y si su misión tiene éxito y abre una brecha en la frontera entre la realidad y todo ese mundo que tiene en su imaginación… —La doctora Husch se encogió de hombros—. Gigantes. Demonios. Monstruos. Todos ellos podrían abrirse paso en tropel a través del instituto. ¿Qué pasaría si ese sol ternario de su mundo fantástico apareciera en este cielo nuestro? Solo las consecuencias gravitaciones ya serían inconmensurables.

—Lo pillo. ¿Así que quieres que lo mate?

—Soy médico —dijo la doctora con severidad—. Quiero que lo cures, que lo traigas de vuelta a la realidad.

—Lo de la terapia de diálogo no es lo mío. Se me da mejor la terapia de puñetazos.

La doctora Husch optó por pasar por alto el comentario de Marla y continuó:

—Mis ordenanzas están capacitados para controlar las constantes vitales del señor Barrow. Tal como es posible que ya sepas, no son humanos sino homúnculos, seres artificiales de inteligencia limitada.

—Seguro que los pobres capullos ni siquiera ganan el salario mínimo.

—El dinero que me entregan los hechiceros que financian el instituto no me alcanza para contratar empleados humanos. Así que me toca producir mi personal en el sótano, en tanques. Pero pueden comer semillas de lavanda y lombrices hasta decir basta. En cualquier caso, al carecer de mente, los ordenanzas pueden entrar en el cuarto y comprobar cómo está Barrow, pero ningún ser humano se le puede acercar, al menos no sin correr un cierto riesgo. Cualquiera que entra en esa habitación, que entra en contacto con el campo psíquico de Barrow, es arrastrado a su mundo ilusorio. Su hermano vino a visitarlo en una ocasión, y nos tocó enterrar al pobre hombre en la parte de atrás. Barrow trata de incorporar al argumento a cualquiera que entra en su mundo, y digamos simplemente que le encanta matar a los villanos en los que acaban convertidos.

Marla clavó la mirada en ella.

—¿Así que quiere que entre en ese cuarto, sea arrastrada hasta su mundo de ficción y… lo cure?, ¿que le haga percatarse de que su mundo es imaginario o algo así?

—Dudo de que pudieras convencerlo —dijo la doctora Husch negando con la cabeza—. Lleva la mar de años siendo el héroe de ese mundo, que para él es más real de lo que nunca lo fue este. No, quiero que te adentres en su mundo de fantasía y que te asegures de que fracasa en su misión. Quiero que te conviertas en una villana a la que no sea capaz de derrotar. En sus parlamentos hay un tema que aparece una y otra vez: su destino. Al parecer está destinado a conseguir la Llave de la Totalidad. Su destino está prefijado, y él es el elegido de los dioses. Cree que es invencible, imparable, y que está haciendo lo que debe. Pienso que una derrota a tus manos podría ser el shock que su sistema necesita: tras años de únicamente éxitos, un fracaso podría obligarle a dudar de todas esas terribles certezas suyas. Si puedes darle un empujón que lo saque de su cómoda posición en ese mundo, tal vez yo podría llegar hasta él y traerlo de vuelta a esta, nuestra realidad.

—¡Uy!, pero ¿por qué justo yo?, ¿por qué no algún médium famoso?

—Solo conozco a una persona cuyos poderes psíquicos superen los de Barrow. Y resulta que la mujer en cuestión también está en coma, con la mente traumatizada y encerrada en otra habitación del instituto. No necesito a un médium, necesito a alguien pragmático y táctico, a un luchador… a alguien que no retroceda nunca, que ni se rinda ni se detenga. Y tú te has labrado una reputación entre los hechiceros fundadores del instituto. Dicen que eres formidable como agente y que no conoces el significado de la palabra «fracaso».

—Sí, supongo que hice novillos el día que nos la enseñaron. Y probablemente tampoco venga mal que trabaje como free lance y que nadie se vaya a disgustar demasiado si a mí también me tienen que enterrar en la parte de atrás, ¿eh?

—Eso también ha influido —reconoció la doctora Husch—. Al igual que el que tengas una capa encantada con hechizos de lucha. Pero sobre todo es por tu tenacidad. Todo el mundo dice que eres cabezota en extremo, que la casi total carencia de aptitudes mágicas no te ha impedido convertirte en una hechicera extraordinaria porque es lo que deseabas con todas tus fuerzas. Y eso me hace tener esperanzas de que tal vez seas capaz de resistir ante la poderosa imaginación de Barrow.

—Y si no puedo… ¿qué?, ¿me quedo atrapada allí, en esa Narnia de pacotilla?

—Si no has logrado tu objetivo por la mañana o si muestras cualquier señal de estar sufriendo, haré que uno de los ordenanzas te saque a rastras de la esfera de influencia de Barrow. Pero si estás a punto de ser asesinada asegúrate de mencionarlo, ¿eh? Supongo que podré oír tu «diálogo» igual que el de Barrow.

—Vale. Trato hecho, siempre y cuando puedas pagar mi precio…

—Me dijeron que no querías dinero…

—No necesito dinero. Mi precio es que me cuentes un secreto y que me expliques un truco.

—Me parece bien.

—Vale —dijo Marla con una sonrisa—. Siempre quise hacer de villana.

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Barrow de Ulthar hundió el extremo del mango de su fabulosa lanza Matafantasmas en el rocoso suelo de las llanuras de Lengue y alzó la mirada hacia las alturas imponentes de la ciudadela de la Hierba Ensangrentada. Había nacido a tan solo dos leguas de ese lugar, en el reino sin rey de Ulthar, y el periplo de su vida le había llevado al otro lado de los grandes mares del mundo, al interior de bosques encantados y bajo la pedregosa tierra, para finalmente volverlo a traerlo a este lugar, a la ciudadela que había proyectado su sombra sobre el pueblo de su infancia, a esa temible fortaleza a la que ahora, convertido ya en todo un héroe, sí que podía desafiar. La naturaleza circular de su periplo era una demostración más de que avanzaba por la senda de un sino ineludible.

—Mi destino me espera ahí dentro, Lector —bramó Barrow—. ¿Tenéis algún consejo final? ¿A qué peligros nos enfrentaremos en su interior?

Lector, el libro viviente, estaba sujeto a la espalda de Barrow con cadenas de plata, hierro y bronce. La voz con la que habló la boca labrada en la tapa de madera sonó igual que el pasar de páginas de un libro:

—Hay tres puertas: la puerta de los Cuchillos, la puerta de la Luz y la puerta del Viento. Atravesadlas y os encontraréis frente al terrible abismo de las Moscas, que ningún ser humano vivo ha cruzado jamás. La Llave de la Totalidad os espera, pero primero deberéis veros las caras con quien custodia…

—Oye, ¿y a mí no me vas a nombrar? ¿Acaso no te parezco lo suficientemente peligrosa?

Barrow se agazapó con la lanza preparada. Una mujer apareció rodeando tranquilamente una de las rocas con forma de calavera (los restos fosilizados de los gigantes que habían caído víctimas de la fiebre de Lengue milenios atrás) y sonrió. Era joven, aunque no especialmente agraciada, y llevaba una capa de un púrpura intenso, que aleteaba a su alrededor como una sombra viviente, como si estuviera poseída por su propia y siniestra inteligencia.

—Lector, ¿es esta una de las temibles brujas del norte?

Antes de que el libro pudiera hablar, la mujer se echó a reír… no con una risa femenina, sino con un sonido desagradable y chirriante.

—No, soy de la costa este, Barrow.

En la costa este del mar de la Ultimación tan solo se halla la espantosa Ciudad Espejo, habitada por los reflejos vivientes de esos pobres desventurados que tras su muerte habían tenido la desgracia de que sus restos mortales se reflejaran en un cristal y su alma sucumbiera al mal y a la decadencia atrapada en una encarnación especular en este plano mortal.

—Bruja del azogue —le espetó Barrow levantando la lanza.

—No es un espíritu reflejado —le informó Lector—. Es mortal, pero… no la… no está en mi índice. No la encuentro en mis manifiestos. No lo entiendo…

—¿Pretendéis estorbarme en mi búsqueda, bruja? —bramó Barrow.

—Barrow, ¡has acertado a la primera, chaval! —dijo ella aplaudiendo—. Estorbar, eso es lo mío. Junto con usurpar y frustrar. Oye, reconozco que en este lado tienes un aspecto muchísimo mejor. Un tanto demasiado cachas para mi gusto; me refiero a que tus músculos tienen sus propios músculos y, personalmente, me gustan los chicos un poco más delgados… pero no eres el carapacho reseco de pelo blanco que tendrías que ser. Una magia negra estupenda, la que estás utilizando.

—Yo… he bebido de las aguas del mar de la Vitalidad —reconoció Barrow frunciendo el ceño—, pero no por vanidad, sino solo para recuperar las fuerzas. Mi búsqueda me ha llevado más de los sesenta años asignados a cada hombre, pero no fue magia abyecta… la Diosa Verde en persona bendijo mi misión…

—Me parece que me estás vendiendo la burra, lo que me molesta bastante. Así que esta llave que andamos buscando está ahí arriba, en ese castillo tan feo, ¿eh? ¿A quién se le ocurre construir una fortaleza con cristal volcánico? Lo digo porque sí, será impresionante, pero de práctico no tiene nada. Entonces, ¿nos vemos dentro?

—Debo ser yo quien consiga la Llave, da igual que seáis una bruja del azogue, una bruja del norte o una bruja de los gusanos sepulcrales…

—Bruja sí o sí para ti, ¿verdad? A lo mejor soy una guerrera bárbara como tú.

—Yo no soy un bárbaro, aunque algunos me llamen así —afirmó Barrow con gran dignidad—. Lo único que pasa es que las costumbres de mi pueblo son distintas a las del resto del mundo…

—Cualquiera lo diría a la vista de esas botas de pelo y de los calzones de piel de serpiente… pero lo que tú digas. Hay un abismo, una llave y mogollón de cosas molonas esperándonos. Te echo una carrera.

—No. Ultimaremos esto aquí. La lanza encantada que estoy enarbolando es Matafantasmas. Es un instrumento cruel, pero si no os apartáis no me quedará más remedio que utilizar su siniestra magia en vuestra contra.

—Por mí no te cortes.

—Explicadle qué destino le espera, Lector —dijo Barrow—. No creo que alcance a entender qué es lo que empuñan mis manos.

—La punta de la lanza Matafantasmas es un colmillo de un dios de la muerte asesinado —explicó el libro, cuya voz se oía por encima de la fría calma de la llanura a pesar de su timbre susurrante—. Cuando la lanza alcanza a su víctima no perfora la carne, sino que rasga el alma, le arranca el espíritu, el cual queda libre, y deja el cuerpo convertido en un caparazón vacío y sin conciencia. El alma se disuelve como bruma bajo el sol, privada del más allá. Esta lanza trae la muerte más mortal, y esos cuerpos huecos que va dejando a su paso deben ir en pos del tenedor de la lanza, convertidos en un ejército de muertos vivientes.

—Pues por aquí no veo ninguna horda de zombis —señaló la bruja—. ¿Están escondidos detrás de una de estas calaveras? —añadió dándole una patada al cráneo de piedra gris de uno de los gigantes.

—Todos se perdieron cuando atravesamos los Picos Relampagueantes —explicó Barrow—. Y yo no lamenté tener que despedirme de ellos: ese silencioso arrastrar de pies resulta un deprimente recordatorio de las aciagos actos que incluso un héroe debe acometer para alcanzar su sino. Y por apuesto que pueda ser, preferiría no añadir vuestro cuerpo a mi séquito. Os ruego que os apartéis, o no me quedará más remedio que arremeter con mi lanza contra vos.

—¡Ajá!, pues venga, arremete. Y buena suerte arrancándome el alma, porque yo creo que todo eso del dualismo cuerpo-alma no son más que chorradas.

Barrow inclinó la cabeza un instante, apesadumbrado pero decidido, y a continuación dio un paso al frente, esgrimiendo la ávida lanza por delante de él.

La bruja se apartó a un lado… y la capa se movió hacia el otro, alzándose desde sus hombros y echándose a volar. No era en absoluto una capa, sino un criatura viva, una sombra ávida, y en el interior de su silueta de sudario parpadeaba una docena de ojos rojos. La capa se lanzó volando sobre el rostro de Barrow, que entre jadeos intentó volver su lanza contra ella. La bruja se le acercó y le asestó un cortante golpe con la mano en el brazo, un golpe de experta que alcanzó sus nervios y le dejó el brazo como muerto. La punta de la lanza cayó hacia el suelo, y la bruja…

… la bruja pisoteó el asta, partiéndola limpiamente cerca de la punta. El héroe se quedó inmóvil, aturdido, mirando la destrozada arma.

—Puede que la punta fuera el diente de un dios, pero el asta no es más que un trozo de madera —le susurró al oído la bruja—. Una chapuza.

Barrow se arrodilló para recoger la punta de la lanza, pero la capa le rodeó los brazos con sus zarcillos y le arrastró hacia atrás. Mientras forcejeaba contra la prenda que seguía tirando de él suave pero implacablemente, la bruja recogió la punta, arrancó una pluma de un saquito que llevaba colgado al cinto y en un momento ató la pluma alrededor de la punta con uno de sus propios cabellos. Murmuró un breve hechizo de algún tipo, abrió la mano y la punta empezó a ascender, más y más y más, hacia el cielo.

—Adiós, pajarito —dijo la mujer—. Eso la hará volar hasta que llegue al… bueno, hasta que llegue a uno de los nada menos que tres soles de ahí arriba. Demasiados. Y con tres soles cualquiera se hubiera esperado que hiciera más calor.

Barrow lanzó un aullido e invocó la fuerza de sus tótems: el oso, que le había proporcionado su piel para las botas; la magna serpiente, que le había entregado la suya para las calzas, y el lobo, que le había provisto del cuero para su arnés pectoral. El poderío de los animales fluyó por su cuerpo, y Barrow se quitó de encima la capa dejándola hecha jirones. La capa revoloteó alejándose de él y los desgarrones en el tejido cicatrizaron en el acto mientras descendía para volver a posarse sobre los hombros de la bruja.

—¡Ajá!, siempre me pareció que esta capa iba un tanto por libre —comentó ella.

—¡Consorte de los demonios! —la increpó a voz en grito Barrow, todavía rebosante de energía animal.

—¿Qué pasa?, ¿has oído hablar de los íncubos? Yo no lo llamaría «consorte» exactamente, fue más bien uno de esos rolletes en los que ambas partes se utilizan mutuamente…

Barrow lanzó un rugido y arremetió contra ella, que se alejó de él con un salto mortal. Acrobacias así deberían haber sido imposibles con esa larga capa que llegaba hasta el suelo, pero la demoniaca prenda se apartó de su camino mientras ella giraba. Y luego, en lugar de volverse hacia él para hacerle frente, la hechicera se echó a correr, avanzando a grandes zancadas, sin siquiera mirar atrás.

—¡Cobarde! —bramó Barrow—. ¡Enfrentaos a mí!

—Se dirige a la ciudadela —le susurró Lector desde su espalda—. Va a ser la primera en llegar allí.

—¡Mierda! —exclamó Barrow de Ulthar, tras de lo cual se lanzó a la carrera en pos de ella.

Las torres más altas de la ciudadela de la Hierba Ensangrentada eran de un rugoso ónice, y sus chapiteles se clavaban en el mullido vientre azul de la gran diosa celestial que yacía allí arriba y cuya sangre divina corría por los muros de la fortaleza y se encharcaba en el suelo, donde flores malignas brotaban de la combinación de ese terreno maldito con la esencia divina que lo regaba. Barrow avanzó estrepitosamente colina arriba camino del portón, y las largas flores de pétalos encarnados volvieron la cabeza para verle llegar. Con Lector golpeándole con fuerza contra la espalda, el héroe se resintió hasta del último dolor y sufrimiento padecidos durante su largo periplo. O la lanza Matafantasmas le había estado proporcionando fuerza mágica o es que los efectos de su última visita al mar de la Vitalidad estaban empezando a desvanecerse: se sentía agotado, en un momento en el que debería haber estado rebosante de fuerza y paladeando su triunfo.

La bruja le sacaba varias docenas de yardas, pero las flores estaban alzando sus flexibles y nudosos zarcillos para obstaculizar su avance. La mujer gritó una extraña palabra, presumiblemente una invocación de poder («Desfloración») y bolas de fuego brotaron de las palmas abiertas de sus manos, calcinando las plantas y haciéndolas aullar. El aroma tan peculiar de la sangre chamuscada de la diosa, una mezcla de olor a azúcar quemado y a entrañas abiertas, inundó el ambiente. La bruja atravesó corriendo el portón con forma de arco y se adentró en la oscuridad del interior. No había puertas ni guardias que impidieran entrar en la ciudadela, puesto que esta no solo no disuadía a los visitantes de que se acercaran, sino que los recibía con los brazos abiertos, igual que un león a su presa.

Barrow vaciló en el umbral, cuando ni siquiera sus legendariamente agudos ojos fueron capaces de atravesar la oscuridad del interior.

—Lector, aconsejadme. ¿Quién es esta nueva adversaria y cómo puedo derrotarla?

El libro viviente era la mejor arma de Barrow: conocía todos los secretos del mundo y podía desvelar cualquier misterio… siempre que Barrow fuera capaz de plantearle la pregunta adecuada.

—La mujer no aparece mencionada ni en mis códices ni en mis concordancias —respondió Lector—. No os puedo decir cómo derrotarla.

Al héroe el corazón le dio un vuelco en el pecho. Lector conocía los puntos débiles de todos los hombres, dioses y bestias que a lo largo de los tiempos habían vivido, o que habían tenido algo que se asemejara a una vida, y esa sapiencia había contribuido a la mayoría de los triunfos de Barrow.

—Pero… si conocéis todas las verdades del mundo entero… —Barrow se interrumpió un instante—. ¿Me estáis diciendo que ella… no es de este mundo? Que proviene de otro lugar, ¿de algún reino demoniaco? Eso explicaría por qué también busca la Llave de la Totalidad… Tal vez tan solo quiere regresar a su legítimo hogar. ¡Bruja! —gritó—, ¡no hay necesidad de que luchemos! Una vez haya recuperado la llave os abriré gustosamente la puerta a vuestro mundo.

La bruja no respondió. Barrow se armó de valor para el futuro combate y pasó bajo el imponente arco.

La oscuridad tras la puerta era tan sólida que se podía palpar: una membrana pegajosa e inmunda como el verdín en un estanque; por fortuna, un instante más tarde ya la había atravesado y se estaba limpiando los residuos ectoplásmicos de los ojos y mirando a su alrededor en busca de la siguiente e inevitable amenaza. Se hallaba en un vestíbulo inmenso y sombrío lleno de irregulares columnas, no muy distinto del templo del Dios Iracundo en el lejano Paradyll, pero de dimensiones mucho más vastas. Las columnas refulgían con una luz interior rojiza.

Algo descendió revoloteando hacia él desde el techo. Barrow empuñó su hacha de mano, la cual no era un arma mágica, aunque el acero bien afilado y la comodidad de su empuñadura tenían su propia magia. El ondeante objeto era la capa de la bruja, con sus rojos ojos reluciendo, sus zarcillos púrpura llenos de sombras extendiéndose hacia él. Barrow retrocedió de un salto cuando la capa intentó golpearle, y con un rápido movimiento del hacha abrió un gran desgarrón en el cuerpo de la misma. Pero ¿dónde estaba la bruja…?

Barrow notó un tirón en la espalda y lanzó un alarido cuando las delgadas cadenas se le clavaron en la carne y se sintió aligerado del peso de Lector. Se giró, pero la capa intentó estrangularle y, para cuando consiguió liberarse de los zarcillos y lanzarla revoloteando de vuelta hacia el techo, la bruja ya estaba sentada en un saliente situado a media altura de una columna, tan cómodamente como podría haberlo estado Barrow en un tronco caído, con Lector abierto en el regazo mientras pasaba las páginas:

—¿Y qué es todo ese rollo de que sangre el cielo? —preguntó.

Antes de que Barrow pudiera lanzarle un improperio, Lector respondió, igual que hubiera respondido a cualquier pregunta que le hubiera planteado todo aquel en cuyas manos se encontrara.

—La ciudadela está hecha de cristal sobrenatural, lo suficientemente afilado como para que pueda cortar incluso lo divino, de ahí que perfore el vientre de la gran diosa celestial.

—Espera… ¿qué el cielo es el estómago de alguien? Eso es… es… pero ¿qué dices?

—Todo el mundo conoce la historia de la diosa —gritó Barrow—. ¡El triple sol son las joyas de su ombligo! ¡La lluvia es su sudor! Ella yace cerca de su amante, la diosa de la Tierra, pero nunca alcanzan a tocarse, ¡porque los pecados de los hombres las mantienen eternamente separadas!

—Lo siento, pero es que no soy de por aquí.

—Eso ya lo sé —dijo Barrow, tras lo cual alzó la mano con gesto apaciguador—. Bruja… bueno, no, guerrera… habéis demostrado estar a mi altura.

—¿A tu altura? No te engañes a ti mismo. Mis calzones se bastarían ellos solos para patearte bien el culo.

Barrow reprimió la ira que bullía en su interior.

—Aunque hayas arrojado al aire mi lanza y robado mi libro y compañero del alma, todavía estoy dispuesto a ser vuestro amigo. Juntos tenemos más posibilidades de abrirnos camino por la ciudadela…

—Ay, Barrow de Chunga, que no lo pillas —dijo ella—. Estás acabado. Tu papel en esta historia ha concluido. ¿O es que también te tengo que quitar los calzones de serpiente y dejarte desnudo y atado ahí fuera para que te devoren las flores?

—Yo tengo un destino… —empezó Barrow.

—Bueno, pues yo no, pero sí tengo que una misión que cumplir, y esa misión consiste en evitar que te hagas con la Llave. Aquí no eres el héroe. Déjame que te muestre una cosa, del abismo ese.

—¿El abismo de las Moscas? Pero antes de que lleguemos hasta él hay tres puertas…

—Ya no hay puertas —intervino Lector—. La bruja forastera las ha destruido.

—¿La puerta de los Cuchillos?, ¿la puerta del Viento?, ¿la puerta de la Luz? —dijo Barrow sacudiendo la cabeza.

—Efectivamente —dijo la bruja—. Hechizo de oxidación, encantamiento de calma, tintura de oscuridad. Tardo más tiempo en pasar el control de seguridad del aeropuerto del que necesité para acabar con esas puertas. De verdad que en este sitio la magia es débil de cojones, y lo de descalabrar cosas forma parte de mi trabajo. Aunque bueno, da igual, a ver, lo del abismo…

Se dejó caer desde la columna y Barrow, hacha en mano, arremetió contra ella con un bramido.

La bruja lo evitó, grácil como una bailarina, y la zancadilla que le puso cuando pasó por su lado lo envió al suelo, donde acabó todo despatarrado, el hacha resbalando por el pulido suelo negro.

—¿Has acabado? —le preguntó ella.

La capa bajó flotando desde el techo y se volvió a posar sobre los hombros de la bruja. Con el rostro ardiendo por la vergüenza, Barrow se incorporó. Dejó el hacha en el suelo, temiendo la reacción de la bruja si intentaba recuperarla. Si ella le atacaba, lucharía ferozmente; sin embargo, la bruja se limitó a quedarse ahí plantada, mirándole con aire un tanto impaciente e incluso ligeramente aburrido. Hasta ese momento, Barrow nunca había dudado de su destino: él era un héroe y, aunque el camino era largo y lleno de tribulaciones, conseguiría la Llave, un magno objeto mágico en un mundo rebosante de magia, un poderoso artefacto que nunca antes había sido tocado por la mano del hombre. Sus aliados lo respetaban, al igual que sus enemigos, pero esta bruja forastera estaba provocándole y jugando con él, y él no conseguía dar con la manera de doblegarla.

Así que la siguió cuando ella cruzó el vestíbulo, avanzó por una serie de serpenteantes pasillos, dejó atrás los restos hechos añicos de las tres grandes puertas y se adentró en el corazón negro rojizo de la ciudadela. «Tal vez esta es la parte de mi periplo en la que recibo una lección de humildad —reflexionó Barrow—. Acaso esta bruja me enseñe algo importante sobre mí mismo, algo que me ayude en…».

—El abismo de las Moscas —dijo la bruja, gritando para hacerse oír por encima del terrible zumbido que resonaba por toda la fortaleza y señalando hacia el inmenso vacío que se abría ante ellos. Tan ancho como la propia ciudadela y extendiéndose hasta donde le alcanzaba la vista a Barrow, el abismo era un gran y bullente foso rebosante de millones y millones de revoloteantes insectos: moscas negras, moscas de un intenso verde, e incluso moscas pálidas como la nieve que eran portadoras de la enfermedad del insomnio—. Lector, ¿de qué se alimentan esas moscas? —preguntó dando unas palmaditas al libro viviente que llevaba bajo del brazo.

—De héroes —respondió Lector, y la bruja rió con ganas.

—No tenía ni idea de que la mierda de mosca oliera así —dijo ella—. Pero cuando multiplicas una partícula de caca de bicho por alrededor de un billón, supongo que se empieza a notar. ¡Uf! Da igual, fíjate en este hechizo. Lo aprendí de una bruja[1] el año pasado, cuando estaba de viviendo de okupa en un sitio de lo más asqueroso con bichos por todas partes. Lo normal es utilizarlo para limpiar una habitación sin más, pero estoy casi segura de que puedo amplificarlo… —Inspiró profundamente y a continuación gritó—: ¡¡¡Largo, moscas!!!

Los insectos se alzaron por millones, una nube negra, verde y blanca, debajo de la cual quedó al descubierto… una fosa común. Un enorme revoltijo de hombres, mujeres y seres de todas las razas capaces de actos heroicos: los Dolorosos, con su piel espinosa; los Hombres Originales, con sus ojos serpentinos; los amorfos Informes… todos ellos destrozados, sanguinolentos, descomponiéndose y vaciados de su alma, convertidos en un mero festín para las moscas.

—¿Ves eso? —le preguntó la bruja—. Es lo que les sucede a los héroes. Tampoco es que sea nada personal: es lo que le sucede absolutamente a todo el mundo. Nadie vive eternamente, y resulta que hasta los dioses pueden sangrar. Sin embargo, los héroes acostumbran a morir de manera desagradable, lejos del hogar y sin sus amigos.

La mujer se deslizó más cerca de Barrow, que estaba mirando los cadáveres y preguntándose cuántos habían sido célebres, sobre cuántos de ellos los juglares habían cantado a voz en grito, tan fuerte como él mismo había oído entonar su propio nombre… y, lo que era peor, cuántos de ellos ya no eran recordados ni en canciones ni en leyendas.

—Pero ¿a que tú creías que eras especial? —continuó ella—. Que en tu caso las cosas iban a ser muy diferentes… En lo más profundo de tu corazón pensabas que tú sí ibas a vivir eternamente, ¿verdad? Y estabas todo entusiasmado con lo de tener un destino. Menuda cosa. También lo tenían todos ellos. Ahí abajo hay suficientes armas mágicas para llenar el arsenal de un dios de la guerra, y suficientes historias heroicas para llenar incluso este extraño libro parlante infinito que te he robado. No digo que nunca haya un buen motivo para hacer grandes cosas, Barrow, pero hacerlas solo para así ser un héroe es una gilipollez. Aunque bueno, te quiero hacer una pregunta…

El zumbido de las moscas se interrumpió bruscamente, a pesar de que los insectos continuaban revoloteando en el aire, y una voz habló:

—Soy yo quien hace las preguntas aquí.

Era una hermosa voz, tranquila y serena, igual que su dueña, la cual atravesó el abismo caminando sobre la nube flotante de moscas como si esos cuerpos que se cernían en el aire fueran losas del pavimento; una belleza rubia perfecta ataviada con poco más que tres racimos de diamantes que hacían el mínimo necesario para proteger su modestia, y con una diadema de oro blanco en la frente.

Barrow sintió como si a su corazón le quitaran un peso de encima cuando vio que la bruja entrecerraba los ojos mientras su capa demoniaca se contorsionaba alrededor de su cuerpo. A ella no le gustaba el aspecto de esta mujer y, por lo tanto, a él sí.

—Soy la guardiana de la Llave —dijo la hechicera rubia, de pie sobre una plataforma de moscas blancas a tan solo unos pasos de ellos—. Habéis franqueado las Puertas y alcanzado el borde del Abismo, y ahora tenéis la oportunidad de conseguir la Llave —bajó la mirada hacia la tumba abierta que tenía bajo sus pies—, o de uniros a aquellos otros que lo intentaron en el pasado.

Barrow clavó una rodilla en tierra e inclinó la cabeza respetuosamente.

—Guardiana —dijo—, estoy ansioso por enfrentarme a cualquier prueba que deseéis proponerme.

—Oye, guardiana —intervino la bruja—. Te pareces un montón a una mujer que conozco. ¿No te apellidarás por casualidad Husch? Podrías ser su hermana gemela.

—Yo no nací de mujer —replicó la hechicera, su voz clara como el cristal—. No tengo ni hermana ni madre ni padre ni hijas. ¿Vos también venís para intentar ganar la llave?

—Claro —respondió la bruja—. Así que ¿cuál es la prueba?, ¿un combate mortal con Barrow el Bárbaro?, ¿una competición de a ver quién aguanta más sin parpadear ni reírse?, ¿o simplemente debo adivinar qué tienes en los bolsillos?

—Tan solo necesitáis responder a una pregunta. Y si vuestra respuesta me satisface, la Llave será vuestra.

La bruja resopló.

—Dejemos que Barrow sea el primero. Lleva mucho tiempo esperando este momento.

La guardiana de la Llave volvió el rostro hacia Barrow y le pidió que se incorporara. Este se puso en pie y se irguió. Había cenado con reyes y seducido a reinas, y entre sus amigos íntimos y sus terribles enemigos se contaban varios dioses… pero la guardiana de la Llave parecía totalmente distinta, más poderosa que los dioses, o tal vez simplemente alguien ajena a ellos.

—Barrow de Ulthar —dijo la hechicera—, decidme, ¿por qué deseáis la Llave?

Barrow parpadeó. Quería la Llave porque era la razón de ser de su peregrinaje; porque a la bruja de la ciénaga del pueblo de su niñez le había sido revelado en una visión que él llegaría a hacerse con ella un día; porque el adivino supremo del Rey de Piedra de las montañas Invertidas había afirmado que Barrow estaba destinado a empuñarla; porque sus propios sueños ya prácticamente solo consistían en vagabundeos interminables por oscuros pasillos llenos de puertas cerradas que él no podía abrir. Se le pasó por la cabeza pensar una respuesta más artificiosa, algo sobre romper los grilletes de los tiranos o abrir nuevos caminos llenos de oportunidades, pero tuvo miedo de que la guardiana de la Llave notara el fingimiento o la exageración. La verdad siempre le había servido de mucho, así que continuaría al servicio de la verdad.

—Porque es mi sino —dijo—. Porque yo soy quien está predestinado a conseguir la Llave, en este lugar en el que todos los demás han fracaso en su intento.

La guardiana inclinó la cabeza.

—Y vos, Marla Mason de Felport, ¿por qué deseáis la llave?

—En el lugar del que vengo tenemos un dicho —respondió Marla—, «Todo aquel que desee ser presidente debería ser descartado». —Y señaló con la cabeza a Barrow—. A todo aquel que piense que se merece poseer el objeto mágico más poderoso del mundo solo porque ese es su destino nunca se le debería permitir ponerle las manos encima. Quiero mantener la llave fuera de su alcance y del de los que, al igual que él, anhelan el poder por el poder.

Barrow se apartó un paso del borde del abismo al sentir una repentina sensación de mareo.

—Pero yo no… yo no la quiero para nada malo, solo es que…

—No es más que tu macguffin —dijo Marla en tono no carente por completo de amabilidad—. No lo has pensando detenidamente, eso es todo. No es culpa tuya. Llevas décadas con esta historia, así que no es de extrañar que esté empezando a perder algo de fuerza. Ese es siempre un problema con las series que se prolongan.

—Has respondido con acierto, Marla Mason —dijo la guardiana de la Llave—. Puedes quedártela.

—¿Qué quieres decir con que puedo…?

La guardiana de la Llave se alzó desde las moscas y flotó hacia ellos. Empezó a brillar, al principio débilmente y luego tan brillantemente como el más brillante sol del trío, y entonces…

… se desvaneció y una llave de refulgente diamante cayó al suelo. Marla Mason se agachó y la recogió.

—No ha sido tan difícil —dijo—. Aunque también es cierto que yo he podido pasar directamente al último capítulo, lo que no es demasiado justo para ti.

Barrow se pasó la lengua por los labios, con los ojos clavados en la llave.

—¿Qué vais a hacer con ella?

—Abrir una puerta —respondió Marla con un encogimiento de hombros.

La bruja entrecerró los ojos, luego clavó la llave en el aire y la giró. Allí apareció un rectángulo esbozado con luz blanca, y ella tiró y abrió la puerta. Barrow se esperaba ver algo asombroso: un universo celestial, tal vez, o ese siniestro foso de donde procedía su capa demoniaca.

En lugar de eso, la puerta abierta solo le mostró un cuarto en el que un anciano de cabello blanco dormía en una cama. Una mujer con un aire a la bruja Marla Mason estaba tendida en el suelo en un rincón, y otra estaba vigilando a través de una ventanilla… una mujer que, aunque llevaba gafas y un tirante moño rubio, era la viva imagen de la guardiana de la Llave, era la mismísima…

—¿Quieres pasar? —le preguntó Marla—, ¿ver el mundo?

Barrow retrocedió. ¿Qué artimaña era esta? La bruja le había robado nada menos que su destino y ahora le ofrecía un cuarto sucio, un camastro, una ventanilla manchada, una criatura mágica transformada en enfermera…

—¡Jamás! —gritó, y saltó al abismo para reunirse con el resto de los que habían fracasado. Tal vez muriera, pero moriría como un héroe, lo cual era mejor que vivir como un hombre vulgar.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Marla entró por la puerta e inmediatamente se giró para quedar tumbada de costado y vomitar, lo que era un tanto raro, porque ella no había estado tumbada, sino que estaba entrando por una puerta, pero ahora estaba en el suelo y…

—Vaya —dijo con voz ronca—, me he despertado en mi propio cuerpo, ¿eh?

La doctora Husch abrió la puerta y un pálido ordenanza se apresuró a entrar para ayudar a Marla a ponerse de pie, luego la sacó de allí y la llevó hasta la seguridad de la sala de observación.

—¿Qué es eso que tienes en la mano? —le preguntó la doctora Husch.

Marla bajó la vista hacia la llave de cristal que tenía en la mano.

—Oh, esto… es… A ti, creo, a ti debe de haberte visto en algún momento, porque no hay ni la más remota duda de que fantasea contigo, o… espera… —Marla sacudió la cabeza. Sabía que acababa de hacer algo, que se había adentrado en un extraño mundo de fantasía y le había dicho alguna insensible estupidez al bárbaro que era el avatar mental de un loco, pero los detalles se estaban desvaneciendo a toda velocidad—. ¿Por qué no consigo recordarlo?

—Si recordar los sueños puede ser difícil —dijo la doctora Husch cogiendo la llave de la mano de Marla—, ¿cómo no va a ser mucho más difícil recordar los sueños de otra persona? Pero hiciste aquello para lo que fuiste enviada. Le demostraste a Barrow que no es un héroe marcado por un destino. Destrozaste la columna vertebral de su historia y te llevaste esta llave que creo que es un objeto mágico bastante poderoso, con una magia que o bien él mismo tuvo que desarrollar o bien consiguió procurarse gracias a sus habilidades psíquicas.

—¿Ah sí?, ¿un objeto mágico? —dijo Marla tirando de su capa que también lo era: un objeto de edad incognoscible y poderosa magia, y con sus propias motivaciones, por inescrutables que pudieran resultar para quien la llevara. Y, por algún motivo, ese día el hormigueo que le recorría la piel cuando iba enfundada en ella era incluso más fuerte de lo habitual. Su maligna inteligencia, que siempre era una presencia en lo más profundo de la mente de Marla, parecía estar más activa y agitada, como un gato que llevara horas vigilando a un grupo ardillas que retozaba tras la seguridad de un cristal—. ¿Crees que la podemos vender?

—Creo que me la voy a quedar. Exactamente por los motivos que tan bien explicaste mientras estabas inconsciente.

—No necesito saber lo que dije en sueños —dijo Marla moviendo la mano negativamente—. Estoy segura de que será algo embarazoso. Pero… ¿por qué no se despierta Barrow? ¿No se suponía que si pulverizaba sus delirios se curaría?

—No lo sé. Por supuesto que confiaba en que recuperara la lucidez cuando le demostraras que sus delirios de grandeza estaban equivocados. No es que esperara que estuviera curado, por así decirlo, pero, si pudiera oírme, entonces la terapia podría ser factible. Aunque como ahora no está hablando, no sé en qué andará embarcado en estos momentos…

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Barrow no murió en el foso. Tras yacer un rato entre los despojos empezó a registrar los cadáveres. Tal como había dicho la bruja, efectivamente había objetos mágicos, innumerables, y eligió para quedarse algunos de los más mortíferos. Salió del foso trepando, arrastrándose cargado con sus instrumentos de guerra hasta alcanzar el suelo de la ciudadela. Lector, el libro viviente, yacía sobre la superficie de piedra, abandonado por la bruja al marcharse.

—Lector —dijo Barrow con voz ronca—, mi viejo amigo, decidme, ¿conocéis hechizos para hacer que los muertos se levanten y lanzar a la batalla este foso lleno de cadáveres?

—Sí —respondió Lector.

—Esta ciudadela… ¿ha habido algún mortal que haya sido su señor alguna vez? —preguntó Barrow relamiéndose.

—Ninguno, solo lo han sido dioses.

—Vaya —dijo Barrow mientras abría y cerraba los dedos de la mano—, entonces me tendré que convertir en dios.

Aunque Lector rara vez hablaba sin que se le hubiera dado pie y lo normal era que se limitara a responder preguntas, ahora intervino:

—Barrow de Ulthar… ¿cuáles son vuestros planes?

—Si no soy un héroe, entonces debo ser… otra cosa. Si no tengo un destino, entonces debo forjarme mi propio destino. Si no puedo abrir todas las puertas en todos los mundos… entonces debo derribar los muros. Si no puedo salvar el mundo…

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—… entonces debo… ¡conquistarlo! —gritó el anciano escritor al otro lado del cristal, y Marla se estremeció—. ¡Me cobraré mi venganza!

—Ahora se nos ha puesto en plan Señor Oscuro, ¿verdad? —preguntó Marla.

—Eso parece —dijo la doctora Husch con un suspiro—. Su historia está volviéndose más siniestra. Se está convirtiendo en un antihéroe.

—Me sorprendería mucho que las historias con protagonistas así tengan luego demasiado mercado —comentó Marla—. Así que… ¿hemos empeorado las cosas? ¿Va a empezar ahora a intentar en serio llegar a este mundo? ¿Nos vamos a encontrar con que, no sé… nos aparecen de pronto por aquí y por allá hordas de orcos y dragones negros echando napalm y nubes de esporas de carbunco? ¿No te preocupa que pueda encontrar otra manera de llegar hasta aquí, y que la próxima vez pueda venir acompañado de un ejército?

—Puede ser. Por mucho que me reviente admitir la derrota, creo que ha llegado el momento de tomar medidas drásticas. Cuando la terapia no funciona, a veces la única solución… es el aislamiento. Por suerte, me has traído una llave, y las llaves no solo se utilizan para abrir puertas, también se utilizan para… digamos que cerrarlas. —Ladeó la cabeza, observó con atención la puerta que tenía frente a ella y luego deslizó la llave de cristal en la cerradura, lo que tuvo su mérito, ya que la llave era demasiado grande. A pesar de lo cual entró, y la doctora la giró, momento en el que se oyó un clic fuerte como un trueno. La puerta empezó a cambiar, el desvencijado metal transformándose en negro cristal volcánico. La transformación se fue extendió lentamente por la pared y la ventanilla, hasta que toda la habitación quedó convertida en un muro de piedra sin fisura alguna—. Ya está. Encerrado —dijo. Y se metió la llave en el bolsillo del traje.

Marla dejó escapar un silbido.

—¡Joder!, cuando incomunicas a alguien no te anda con chiquitas.

—Tengo que pagarte. Dijiste que un truco y un secreto, ¿verdad?

Marla, que se había quedado ensimismada mirando su reflejo en el negro cristal, dio un respingo.

—Ah, sí, a ver. El truco… quería saber cómo has conseguido mantener sometidos a algunos de los hechiceros más poderosos que tienes aquí: Agnes Nilsson, Elsie Jarrow… los de ese calibre. De acuerdo a mis indagaciones, debería ser imposible dominarlos. Aunque bueno, eso lo pensaba antes de que te viera hacer esto…

—No suele ser habitual que un paciente nos proporcione la llave que nos permita mantenerlo a buen recaudo. Barrow es un caso especial. Los amarres de Jarrow y Nilsson son un tanto enrevesados y hoy he tenido un día agotador, pero vuelve la próxima semana y te explicaré los conjuros y símbolos mágicos.

—Me parece bien. En cuanto al secreto… tengo entendido que llevas décadas y décadas al frente de este lugar y nadie te echaría más de veinticinco años, por mucho que intentes aparentar más vistiéndote y peinándote sin gracia alguna, y con ese moño que cualquiera diría que eres masoquista de lo tirante que está. Incluso aunque utilices uno de esos hechizos que hacen que no se envejezca cuando se está durmiendo, solo eso no sería suficiente para justificar una juventud así. Así que ¿cómo lo haces?

—Bueno, Marla, tu error está en que das por hecho que soy humana —dijo la doctora Husch dándole unas palmaditas en el hombro.

—¿No me dirás que eres… un objeto mágico con forma humana? —preguntó Marla frunciendo el ceño.

—Por supuesto que no. Soy un homúnculo, igual que los ordenanzas. Lo único es que mi creador (que ya nos dejó) me hizo mucho más inteligente que a ellos, y a mí me gustan otras cosas además de las semillas de lavanda y las lombrices. Si fuera humana, yo misma hubiera podido adentrarme en los sueños de Barrow para encargarme directamente de su terapia. Por supuesto que no soy humana. ¿Por qué si no te hubiera contratado a ti, cielo?

Marla torció el gesto. Le vino a la memoria una imagen de la doctora Husch diciéndole esto mismo en una ocasión anterior («Yo no nací de mujer»), pero no, no había sido realmente ella sino la versión de Barrow de ella. El anciano escritor tenía unas facultades psíquicas extraordinarias, así que a lo mejor le había leído la mente, había descubierto su secreto y había incorporado su verdadera naturaleza de criatura mágica no humana a su mundo de fantasía. Y si podía leer la mente de la doctora, eso quería decir que…

—La próxima vez, contrata a otro —dijo Marla—. Barrow es malo para mi salud mental.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esa noche, Marla entró en una librería de segunda mano y escarbó en una caja con viejas revistas amarillentas. Tras media hora de búsqueda, por fin encontró una con un cuento escrito por Roderick Barrow llamado ¡La sombra del Conquistador!, así, entre signos de admiración. La pagó con algo de suelto.

Marla leyó la revista en su diminuto estudio al sur del río. Barrow escribía bastante parecido a como hablaba. Las dos últimas páginas estaban arrancadas, pero estaba bastante claro lo que iba a suceder: el héroe desbarataría los planes del villano, liberaría a los esclavos y se quedaría con la chica, que iba ataviada con grilletes de oro y poco más. No hubo nada en la historia que le sonara realmente a conocido, y los recuerdos de su experiencia en la mente de Barrow siguieron igual de confusos que antes, con los detalles convirtiéndose en neblina en cuanto intentaba concentrarse en ellos. Bueno, pues que les dieran… Arrojó la revista a un rincón. ¿Quién necesita fantasías cuando se tienen tantos culos que patear y secretos por aprender?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esa noche, Marla soñó con una casa de negros pasillos interminables. Cada corredor estaba flanqueado por docenas de puertas, algunas identificadas con números, otras con letras, y otras con runas o símbolos místicos. Probó todas las manillas, pero ninguna se abrió (de hecho, ninguna llegó siquiera a girar) y, aunque fue apoyando la oreja en las puertas, no oyó nada. Continuó caminando, hasta que llegó a una puerta de negro cristal volcánico, sin ningún tipo de manilla, pero con algo al otro lado embistiendo contra ella, embistiendo una y otra vez, como si intentara derribarla…

Marla se despertó sudando y se levantó a toda prisa para ir hasta el armario encantado donde guardaba la capa púrpura y blanca. Descolgó la prenda, se envolvió con ella y se arrastró de nuevo hasta la cama. No le gustaba llevarla puesta mientras dormía (sentía como si la capa intentara comunicarse con ella en sueños), pero incluso los siniestros susurros del objeto mágico eran preferibles al peligro de caer en las garras psíquicas de Barrow. No le costaba nada imaginar su cuerpo respirando y abandonado en la cama, mientras su mente, arrancada del mismo, se debatía en el extremo de una lanza, atrapada en el reino de un Señor Oscuro…

Esa noche, sus sueños fueron terribles, pero fueron los suyos.

Copyright © 2012 T. A. Pratt



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Lecturas recomendadas II (enero 2015)

Bueno, en primer lugar, desearos a todos que el nuevo año venga cargado de muchas y excelentes lecturas, como las que voy a recomendar en esta entrada.

Y, en segundo, aclarar que a pesar de las fechas en las que estamos esta no es la lista de mis mejores lecturas de 2014, sino simplemente un breve comentario de algunos de los libros que más me han gustado de entre aquellos que he leído durante el pasado trimestre.

. White Tiger on Snow Mountain: Stories, de David Gordon: no he leído ninguna de las dos novelas de este autor, que al parecer se encuadran dentro del género negro, pero esta colección de relatos llenos de humor y de protagonistas que distan de ser unos triunfadores en la vida (entre ellos varios escritores, e incluso el propio Gordon) ha sido posiblemente el libro que mejor me lo ha hecho pasar este último trimestre. Muy recomendable, como explico aquí en una breve reseña.

. Los reflejos y la escarcha, de Ignacio Padilla (Páginas de Espuma, 2014): última antología de este siempre interesante escritor mexicano que incluye dos cuentos que tal vez os puedan gustar especialmente a los amantes de la literatura fantástica, «El año de los gatos amurallados», con el que ganó el premio Kalpa (el equivalente mexicano al Ignotus), y «Largo sueño de las cifras», que podéis leer aquí, en el blog del propio autor.

. Never, never stories, de Jason Sandford: variada e interesante colección de relatos de ciencia ficción y fantasía de este autor estadounidense no demasiado conocido por aquí.

. Billie Ruth, de Edmundo Paz Soldán (Páginas de Espuma 2012): puesto que Iris ha sido sin lugar a dudas uno de los grandes libros del género fantástico de 2014 en español, creo que es un buen momento para recordaros que este autor boliviano también escribe relatos, y algunos de ellos son francamente interesantes, como se puede comprobar en esta antología.

. Física familiar, de Jon Bilbao (Salto de Página, 2014): un puñado de estupendos relatos sobre las relaciones familiares, en algunos de los cuales se cuela algún elemento fantástico o aterrador (como en el muy inquietante «El becerro de Lego»), que han hecho que varios de ellos se hayan ganado anteriormente un lugar en diversas antologías del género.

. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal (Destino): el escritor checo repasa en esta novela varias décadas de la historia de su país utilizando como hilo conductor las andanzas de un camarero de hotel, cuya vida consiste en una serie de episodios tragicómicos y un tanto surrealistas, pero rebosantes de humor en todo momento.

Y, al igual que en mi anterior entrada de recomendaciones, aprovecho para colar alguna cinematográfica.

Camino de la cruz, del director alemán Dietrich Brüggemann, fue posiblemente la película que más me gustó en la última Seminci, el festival de cine de Valladolid, y ahora mismo se está proyectando en los cines. Aunque he visto que se la compara con Camino, de Javier Fresser, a mí me hizo acordarme de Ordet, de Dreyer. Aprovechad y que no se os escape.

Mi segunda favorita de la sección oficial fue Little Feet, de Alexandre Rockwell, película de 60 minutos financiada vía Kickstarter y protagonizada por los hijos del director. Una pequeña joyita que no creo que se llegue a estrenar, así que estad atentos.

Y, ya fuera de la sección oficial, pude confirmar algo que sospechaba: que mis películas favoritas de Bong Joon-ho no son las de género fantástico sino aquellas que se acercan más al thriller. Así que si únicamente conocéis a este director por The Host y Snowpiercer, no dejéis de ver Mother y, muy especialmente, Crónicas de un asesino en serie.

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El hornillo eslovo, de Avram Davidson – Especial Humor V

Avram Davidson es un autor estadounidense cuya obra se encuadra principalmente en la ciencia ficción, la fantasía y el género policiaco. Sus primeros relatos aparecieron en la década de los cincuenta y desde ese momento hasta su muerte, en 1993, publicó diecinueve novelas, más de ciento cincuenta cuentos y numerosos ensayos. A lo largo de su vida ganó un premio Hugo en la categoría de relato, un World Fantasy Award en la de mejor colección, otro por toda su trayectoria y un tercero por su labor como director de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, al frente de la cual estuvo durante tres años. Y posteriormente, su antología The Avram Davidson Treasury, publicada en 1999, también conseguiría un premio Locus. Y no solo esto, sino que además logró diversos galardones con sus obras policiacas. Su novelas y relatos están llenos de ingenio, humor y erudición, y se lo considera un autor más literario de lo habitual en los géneros que frecuentó con más asiduidad, lo que le ha llevado ha ser comparado con otros grandes maestros de la ficción breve como Saki, John Collier o John Cheever.

A pesar de todo lo anterior, no es un escritor excesivamente popular, al menos por aquí. Durante los años sesenta, setenta e incluso ochenta, se tradujeron al español varios de sus relatos, aunque en publicaciones que en su mayoría ahora mismo no creo que sean fáciles de conseguir. Sin embargo, en estos últimos años la escasez de traducciones de sus obras creo que ha sido casi total. Por mi parte considero que es un escritor que merece ser descubierto y reivindicado, y espero que tras leer esta pequeña muestra de su obra estéis de acuerdo conmigo.

El hornillo eslovo (The Slovo Stove) se publicó en 1985 en la antología Universe 15, editada por Terry Carr, y fue finalista de los premios World Fantasy Awards en la categoría de obra breve. Posteriormente fue incluido en la anteriormente citada The Avram Davidson Treasury, antología editada por Robert Silverberg y Grania Davis que recopila gran parte de sus mejores relatos. Esta obra cuenta con el aliciente de que cada cuento viene acompañado por un texto complementario cuyos autores son en su mayoría grandes escritores del género; unos textos de homenaje a Davidson y a su obra que son la prueba de la gran influencia que ha tenido sobre otros autores más populares entre nosotros. En el caso de El hornillo eslovo, la introducción corre a cargo ni más ni menos que de Michael Swanwick y, como también tenéis la suerte de poder leerla aquí y yo suscribo totalmente sus palabras, lo mejor es que por mi parte ya no diga nada más sobre este cuento.

Y por último pasemos como es habitual al capítulo de agradecimientos, que en esta ocasión me temo que es incluso más extenso que otras veces. En primer lugar, quiero dar las gracias a Michael Swanwick, por autorizarme a tener hoy aquí su introducción. En segundo lugar, y muy especialmente, a Henry Wessells, escritor, editor, experto en la obra de Davidson, y director ejecutivo y presidente de la junta directiva de la Avram Davidson Society (organización dedicada a dar a conocer la obra de este autor y cuyo actual presidente es Peter S. Beagle). Henry no solo me facilitó la información gracias a la que conseguí el permiso para publicar este cuento, sino que ha tenido la amabilidad de aclararme todas las dudas que me han surgido durante el proceso de traducción del mismo, que os aseguro que no han sido pocas, porque Davidson no es en absoluto un autor sencillo de traducir. Y ya por último a Darrell Schweitzer y, por supuesto, a Grania Davis que ha sido en última instancia quien me ha autorizado a compartir este estupendo relato con vosotros. Thanks a million Michael, Henry, Darrell and Grania!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis a vuestra disposición el cuento en los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) que podéis descargar desde aquí. Y vaya una vez más mi agradecimiento para Jean Mallart y Johan.

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El hornillo eslovo

Avram Davidson

 

 Introducción

El hornillo eslovo es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad. En una ocasión, escribí a Avram para felicitarle por este relato y le comenté que mi esposa, Marianne Porter, de raíces rutenas, había sido prácticamente incapaz de averiguar nada sobre las tradiciones y cultura de sus antepasados. Avram me respondió:

«Y en lo referente a la ya desaparecida República Checoslovaca de mi juventud, la actitud de los habitantes de Yonkers era tal cual esta: “¿Y los checos?”, “Los checos… los checos son buena gente. Tienen nombres raros, pero en esencia son buena gente”. “¿Y los eslovacos?”. “Bueno… los eslovacos… los eslovacos trabajan duro… pero los sábados por la noche se emborrachan y pegan a sus mujeres y a sus hijos; los eslovacos… no llevan sombrero… ¡llevan gorra!”. “¿Y los cárpato-rutenos?”. Respuesta: “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!”. Nunca oí a nadie mencionarlos sin reírse. E incluso hoy sigo sin saber qué demonios es lo que los cárpato-ruso-rutenos tienen o se supone que tienen para que hagan tanta gracia. NI idea.»

Porque así es como Avram escribía normalmente: con erudición, cruda lucidez y un tremendo sentido del humor. Y, a propósito, si tienen algún familiar o amigo que «no lee ciencia ficción» pero que aprecia la exquisita destreza literaria de, por ejemplo, Updike, Cheever o Raymond Carver, este es un cuento que pueden animarle a leer con total tranquilidad. Porque Avram era (lo es) su igual. En maestría, en osadía, en experiencia; sus mejores obras están al nivel de las de ellos. Era, al igual que ellos, uno de los mejores escritores estadounidenses de ficción breve.

En cuanto a por qué este hecho nunca le fue reconocido en vida, es algo que se me escapa por completo. NI idea.

 

Michael Swanwick


El hornillo eslovo

A Fred Silberman le hubiera supuesto un considerable esfuerzo conseguir llegar a decir algo bueno de verdad sobre su ciudad natal; «una panda de palurdos y fanáticos», la había descrito en una ocasión; y la vida lo había arrastrado a muchas leguas de allí. Sin embargo, en Parlour’s Ferry vivía la única tía que le quedaba viva, tita Pesha, y de tita Pesha (en realidad una tía abuela política) solo tenía buenos recuerdos. Sintiéndose muy orgulloso de sí mismo por ello, fue a visitarla; como premio (o castigo), lo reconocieron por la calle y casi al momento le ofrecieron un trabajo estupendo. Muy a su pesar, lo aceptó y, antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo, se encontró con que ya casi se había convertido en un miembro del establishment de la ciudad en la que en el pasado casi se había sentido un paria.

Bien, ya tenía un trabajo nuevo en un negocio nuevo, ¿qué era lo siguiente? Un lugar nuevo para vivir, eso era lo siguiente. Sabía que si le decía a su anciana tía, «Tita, voy a vivir en el hotel» (Parlour’s Ferry tenía uno, bien contado: exactamente uno), ella le diría, «¡Qué bien!». Y, que si le decía, «Tita, voy a vivir contigo», la mujer le diría, «¡Qué bien!». No obstante, Fred pensaba que lo que quería era un apartamento espacioso con vistas al río. Fue confeccionando una imagen del mismo en su cabeza y, un día, caminando por una calle que había acostumbrado a frecuentar mucho tiempo atrás, casi ni se sorprendió de verlo ahí, en la acera opuesta: es decir, de ver la casa donde estaba el apartamento. No se lo había estado imaginando, sino que se trataba de un recuerdo; y ahí estaba la casera, barriendo los escalones, tal como la había visto la última vez, quince años atrás, en 1935. Cruzó a la otra acera y ella levantó la vista.

—Señora Keeley, ¿tiene un apartamento para alquilar? Me llamo Fred Silberman.

—Vaya… —dijo ella—. ¡Vaya!, usted debe de ser el nieto del viejo Jake Silberman. Gueconosco la cara.

—Sobrino nieto.

Gueconosco la cara.

El alquiler era de setenta y cinco dólares al mes, los pintores vendrían de inmediato y la señora Keeley estaba encantada de tener tan buena gente viviendo en su casa. Circunstancia bastante interesante, porque la última vez que Fred había entrado allí (Peter Touey, que vivía en el piso de arriba, le había dicho, «Vente después del colegio, tengo un libro con fotografías de la guerra»), la señora Keeley no le había permitido pasar; «Tú no vives aquí», le había dicho. Bueno, los tiempos habían cambiado. ¿De veras habían cambiado? Estaba claro que había algo que sí había cambiado.

El edificio en el que iba a tener que trabajar se alzaba detrás de donde habían estado las antiguas caballerizas; Fred ya lo había visto, por supuesto, pero se le ocurrió ir a echarle otro vistazo. Las soberbias y elegantes gruesas losas azul grisáceo de antaño aún conformaban el pavimento de la mayoría de las aceras en esas calles pasadas de moda, en las que la modernidad encarnada en el sucio cemento lleno de grietas todavía tenía pendiente inmiscuirse; mientras las admiraba, oyó a alguien llamar, «¡Freddy!, ¿Freddy?», y, al volverse sorprendido, reconoció casi al momento a un antiguo compañero de colegio.

«¿No eres Freddy Silberman? Soy Wesley Brakk. Seguimos viviendo aquí». Charlaron de esto y de lo otro durante un rato, se contaron dónde habían estado en la Guerra, repasaron una parcial lista de amigos comunes y entonces Wesley dijo, «Oye, entra en casa, estamos celebrando el gromzil —o eso es a lo que sonó— de mi padre. No sabes lo que es, ¿verdad? Verás, mi padre falleció hace tres años y tres meses, así que durante tres días tenemos algo así como unas jornadas de puertas abiertas en casa, es una tradición eslova y huzuk, y todo el mundo tiene que venir, a comer y beber». Así que entraron.

Había un montón de gente en la amplia y anticuada cocina situada al fondo del pasillo; el aire estaba cargado de apetitosos olores y los fogones estaban cubiertos de ollas, de buen tamaño, además. Una de las mujeres de más edad preguntó algo en un idioma extranjero y al momento un hombre más joven le espetó:

—¡Por amor de Dios! ¡Habla estadounidense!

El hombre tenía el rostro moreno y aire malhumorado. Fred se enteró de que se llamaba Nick. Y era de la familia.

—Esto es estómago de vaca relleno de salami y huevos duros —le explicó una mujer—. Cuidado, voy a quitar el cordel.

—¿Que vas a comer de eso? —le preguntó Nick—. Que tú no hace falta que comas de eso. Te iré por una hamburguesa a Ma’s Lunch.

¡Ma’s Lunch! ¡Con su comida grasienta! Y la propia Ma, con sus apestosos poros que emponzoñaban el ambiente.

—Gracias, Nick, pero esto está bien —dijo Fred.

Nick se encogió de hombros. Y la conversación continuó.

De vez en cuando se hacía un repentino silencio y se oía un ruidito procedente de la parte de delante de la casa. «¡Por amor de Dios!, ¿que no vas a dar de comer al bebé o qué?», gritó Nick. Su mujer intentó levantarse de la silla en la que estaba prácticamente atrapada detrás de la mesa, pero la «abuela Brakk», que o bien era la madre de Wes o su tía, le indicó con un gesto que no se moviera; «Ya voy yo», le dijo. Y cogió un biberón y un cazo que llenó en el fregadero. Alguien hizo ademán de ir a apartar una de las pesadas ollas de encima de la cocina para que tuviera espacio para calentar el biberón, pero la anciana dijo una o dos palabras y ninguna olla fue movida. Es posible que Fred fuera el único que se percatara de que se dirigía hacia un montoncito de pañales y ropita de bebé que había en una hornacina, como si quisiera llevárselo con ella, pero Fred también se percató de que la mujer tenía las manos ocupadas. Así que él mismo lo cogió y con un gesto le indicó que la acompañaría.

—Gracias, caballero —le dijo la señora Brakk.

Y a continuación le dirigió una extraña mirada, casi como si tuviera un secreto, del que ella estaba al tanto perfectamente y que él desconocía por completo. Extraño, sí, ¿qué sería? Daba igual.

Y una vez estuvieron en su habitación.

—Tú nunca viste hornillo eslovo —dijo la mujer. No se trataba de una pregunta, sino de la constatación de un hecho.

Hasta ese momento, Fred ni siquiera había oído hablar de ningún hornillo eslovo. Le echó una ojeada, carecía de interés, así que apartó la vista, y a continuación lo volvió a mirar. Colocado encima de un trozo de madera, de un trozo de madera de lo más normal, había una especie de rejilla recortada de una lata de chapa grande, que estaba claro que no había sido traída de Europa por el eslovo que había traído el hornillo. Encima de la rejilla había algo negro, más o menos igual de largo y ancho que un libro, pero más delgado. ¿Piedra? Lo tocó con cuidado con un dedo. Piedra… o algo con una composición parecida a la de la piedra. Y con un tacto ligeramente grasiento.

—Primero tienes que poner lo negro —le explicó la señora Brakk. Su cabello podía ser de un ébano brillante, pero las arrugas surcaban su moreno rostro. La mujer colocó encima el cazo con agua y metió el biberón dentro—. Luego el cazo y agua. Y entonces deslizas, debajo, lo azul. —Este «azul» tenía más o menos el tamaño y grosor de una revista, y era de un tono azul ligeramente pálido. Tanto la pieza azul como la negra mostraban fisuras. Y mientras metía la azul en la rejilla, la mujer añadió—: Antes mucho más grande. Los dos. Uy, sí. Podía cocinar comida entera. Ahora, solo sitio para cazuela pequeña; a veces preparo a mí un té, cuando estoy demasiado cansada para ir cocina.

A Fred le dio la sensación de que la pieza negra estaba ligeramente tibia; y cuando desplazó el dedo hasta la pieza de abajo (entre ambas había un espacio libre de unos centímetros), se encontró con que sin duda estaba fría. La anciana cogió al niño que se estaba despertando y, con una gran sonrisa, se arrancó con una serie de ternezas de lo más exótico: «Sí, paquetito mío; sí, mi rubí; sí, mi tarrito de miel…». Del cazo pareció salir un ligero vapor mientras la señora Brakk continuaba con su canturreo, ahora ya en su lengua materna; no había duda, del cazo estaba saliendo ¡vapor! Un instante después, Fred estaba de rodillas, examinando el «hornillo» por dentro y por fuera. Se humedeció la punta de un dedo como había visto hacer un millón de veces a su madre y a sus tías antes de comprobar si la plancha estaba caliente y tocó «lo azul», la pieza de abajo. La señora Brakk soltó un risueño resoplido. La pieza azul seguía estando fría. Y, tras humedecerse de nuevo la punta del dedo y con muchísimo cuidado, comprobó «lo negro» de arriba. Apenas estaba templado. ¿Y el cazo? Tirando a caliente. Sin embargo, seguía saliendo vapor, y por encima del cazo y de la botella el aire estaba… uf… ¡caliente! ¿Y por qué no?

—Puedes meter dedos entre medio —le animó la mujer, y con el bebé sujeto entre el pecho y un brazo se acercó e introdujo los dedos de la mano que tenía libre entre la pieza de arriba y la de abajo.

Fred siguió su ejemplo. El espacio intermedio no estaba en absoluto caliente; ni siquiera estaba más templado de lo normal.

Fred lo miró por todas partes y no vio nada más, nada (nada de nada) que pudiera explicar… bueno… algo… La mujer lo miró a la cara y rompió a reír, luego quitó el bloque de piedra de abajo (si es que era piedra) y aparentemente lo dejó por cualquier lado. Entonces cogió el biberón y, sacudiéndolo, hizo caer unas pocas gotas en su muñeca y otras pocas en la de Fred Silberman… y, sí, sí que estaba templada. Y mientras ella le daba el biberón al bebé, llamando a su nieto mi collar, mi alhaja, mi terroncito de azúcar, Fred se percató de pronto de dos cosas: una, de que el cuarto olía muy parecido al del de su tita Pesha, a falta de ventilación y a un ligerísimo aroma a una cocina que no tenía nada que ver ni con la comida de las cadenas de restaurantes ni con la del popular libro de recetas de Fanny Farmer (¡y menos aún con la de Ma’s Lunch!); dos, de que el corazón le latía muy, muy deprisa. Empezó a hablar y se oyó tartamudear.

—Pe… pe… pero ¿có… có… cómo fucio… funciona, ¡funciona!? ¿Cómo…?

La abuela Brakk le dirigió esa leve sonrisa que Fred llegaría a considerar habitual en ella y se encogió de hombros.

—¿Cómo se enamora chico y chica? ¿Cómo vuela pájaro? ¿Cómo convertir el agua en nieve y la nieve en agua? ¿Cómo?

Fred balbuceó y sacudió brazos y manos; y un momento más tarde ya estaba en la cocina, al igual que dos recién llegados. Reparó en que los había visto cientos de veces muchos años atrás. Y de que no sabía cómo se llamaban, ni nunca lo había sabido.

—El señor y la señora Grahdy —los presentó Wesley.

Wes parecía un tanto inquieto. El aspecto de la señora Grahdy era, y no hay otras palabras que puedan describirla, de elegancia desvaída. El señor Grahdy tenía un bigote curvado hacia arriba y una barbita canosa estilo Van Dyke, y daba la sensación de que en el pasado había sido todo un dandi. Sin señalarlo con el dedo de manera precisa sino inclinándolo en la dirección aproximada en la que se encontraba Fred, el señor Grahdy dijo:

—¡Bien me acuerdo de tu abuelo! [«Tío abuelo»], ¡de su caballo y su carro! Compraba chatarra y periódicos viejos. Y a veces vendía huevos.

Fred se acordaba perfectamente, de los huevos y de todo. En otro momento hubiera estado encantado de ponerse a hablar sobre la historia local y sobre los primeros Silberman, pero no ahora. Señalando hacia el pasillo por donde había venido dijo todo excitado y casi gritando:

—¡Nunca antes había visto nada igual! ¿Cómo funciona?, ¿cómo… funciona?, ¿el… el… —¿cómo lo había llamado la anciana?—… el hornillo eslovo?

Lo que sucedió a continuación no es que lo sorprendiera, es que lo dejó estupefacto. El matrimonio Grahdy se echó a reír, al igual que el hombre de cabello blanco que estaba en el rincón más alejado de la cocina. Este dijo algo en voz alta en su propio idioma, a todas luces una pregunta, sin dejar de reír incluso mientras hablaba. El señor y la señora Grahdy se desternillaron. Una de las mujeres de la familia Brakk soltó una risita ahogada. Otras dos lucían sonrisas avergonzadas. Y otra abrió la boca y, con el rostro carente de toda expresión, se dedicó a mirar el techo, el cual, aunque en sus orígenes había sido de estaño troquelado, había sido pintado y repintado tantas veces que el diseño ya casi ni se distinguía. Un hombre descomunal estaba sentado inclinado hacia delante (¿acaso Fred no lo había visto hacía mucho tiempo con un caballo y un carro, probablemente alquilados durante el día en la vieja caballeriza, gritando «¡Hielo! ¡Hielo!» en verano y «¡Carbón! ¡Carbón!» en invierno?); y este hombre, con la punta de la lengua asomando, bajó la cabeza y fue recorriendo con la vista a los presentes. Wesley miró a Silberman de manera inexpresiva. Y Nick, con el moreno rostro ardiendo, le dirigió una mirada de lo más fulminante. Ante todo esto, totalmente inesperado, totalmente misterioso, Fred sintió cómo su excitación titilaba para a continuación apagarse.

Finalmente, el señor Grahdy se secó los ojos y dijo algo, ¿el mismo algo de antes?, ¿un algo distinto?, ¿ese algo era eslovo?, ¿era huzuk?, ¿había alguna diferencia?, ¿qué diferencia era esa? Con expresión jovial y satisfecha, miró a Fred, el cual, al no haber entendido nada, nada dijo.

—¿No entiende nuestro idioma, caballero?

—No.

—Su abuelo sí lo entendía.

—Sí, pero no me lo enseñó.

En realidad, el tío Jake sí que le había enseñado unas cuantas palabras, pero Fred, a punto de que le vinieran a la memoria al menos una o dos de ellas y dispuesto a decirlas, decidió de pronto callarse. El tío Jake había tenido un sentido del humor bastante irónico y burlón, y cualquiera sabía si el significado de las palabras era realmente el que su tío le había dicho.

La hermana (¿prima?) de Wes, tal vez por educación, tal vez porque quería cambiar de tema, tal vez por algún otro motivo, dijo:

—La señora Grahdy es famosa por lo bien que recita. A lo mejor podemos convencerla para que nos recite algo…

La señora Grahdy fue convencida. Primero se levantó. Puso cara como de tontita. Se metió un dedo en la boca. Era una niña pequeña, a la que remedó con la voz. Y, sucesivamente, se fue mostrando: ilusionada, tímida, obstinada, llorosa y alegre. Y de los presentes: unas cuantas risitas ahogadas, unas cuantas risitas entre dientes. Y entonces la señora Grahdy dejó de jugar con su falda y, tras desaparecer de su rostro todas esas otras expresiones, las comisuras de sus labios se volvieron hacia abajo y ella recorrió con la mirada a todos los que estaban en el cuarto. Se oyeron algunas exclamaciones de, supuestamente, alabanza, y algunos aplausos dispersos, que la señora Grahdy silenció al momento. Durante un segundo se quedó ahí plantada, con cara de póquer, rígida. Y entonces empezó un rápido recitado de lo que a todas luces era una poesía. Su rostro se mostró exaltado, trágico, indignado, severo… ¡tantas cosas! ¡Y cómo movía los brazos y manos!, ¡cómo miraba con ojos escrutadores y reconocía el terreno!, ¡cómo subía montañas y esgrimía espadas! Una voz, medio susurrando, le dijo a Fred al oído, «Es un poema patriótico». La señora Grahdy clavó la bandera en, por así decirlo, Iwo Jima. Fuertes gritos del público. ¡Aplausos abundantes! Estaba claro que el poema patriótico había llegado a su fin. Y en ese momento se desveló que la boca vuelta hacia abajo no era la máscara de la tragedia, sino la disciplinada expresión de alguien demasiado educado para alegrarse o sonreír ante su propio éxito.

Tras unos instantes, la mujer se volvió hacia Fred y le dijo:

—Sé que no habrá entendido ni una palabra, pero ¿reconoció de oído que los versos eran alejandrinos?

A Fred, que a duras penas era capaz de distinguir un alejandrino de una alcachofa, la pregunta le pilló por sorpresa. Sin tomarse unos instantes para hacer memoria o pensarse bien la respuesta, dijo:

—Una vez oí una grabación de Sarah Bernhardt… —tras lo cual sintió ganas de darse cabezazos contra la pared, porque seguro que ella iba pensar que le estaba tomando el pelo.

En absoluto. Con el rostro libre de toda «expresión» fingida, la mujer le hizo una pequeña reverencia; una reverencia perfectamente hecha, muy sofisticada a su pequeña escala, como aceptando un merecido cumplido, un intercambio entre iguales. Lo que dejó bastante pensativo a Fred.

—¿Así que no entendió lo que ha preguntado el señor Kabbaltz? —dijo el señor Grahdy señalando hacia el hombre de cabello blanco del rincón. Fred negó con la cabeza; si la pregunta tenía que ver con los pentámetros yámbicos le iba a dar algo—. El señor Kabbaltz preguntó que si el hornillo eslovo, ya sabe cuál, «¿siquiera se calentó ya?».

¡Jo, jo, jo!, rieron el señor Grahdy, la señora Grahdy y el señor Kabbaltz, ¡jo, jo, jo!

Fred decidió que la ignorancia era una bendición; desvió la atención hacia la humeante fuente que tenía delante y de la que los presentes se servían más comida. ¿Sopa?, ¿estofado?, ¿guiso de lentejas? Por el momento no iba a hacer más preguntas, aunque seguro que si alababa las vituallas no podía meter la pata.

—Muy bueno. Esto está muy bueno —dijo, sin duda lo que correspondía decir y en el tono adecuado… porque realmente estaba muy bueno.

El señor Grahdy de nuevo:

—¿Su bisabuelo nunca le mandó al Centro Huzuk-Eslovo para que aprendiera el idioma?

—No, nunca fui.

—Entonces, ¿adónde lo mandaban?

—A la Escuela Hebraica, como la llamaban ellos. Para que aprendiera las oraciones. Y los salmos.

Al instante Fred volvió a ver esas gigantescas y ancestrales letras negras bien gruesas marchando por la página. Página tras página tras página. Y una fracción de segundo menos al instante, el señor Grahdy repitió ese gesto de señalar no señalando del todo y declamó algo. Y se interrumpió. Y preguntó:

—A ver, ¿cuál es el segundo verso?

Fred:

—Señor Grahdy, ni siquiera he entendido el primero.

Sorpresa.

—¿Qué me dice?, ¿que no? Pero si es un versículo —dijo pronunciando una «v» labiodental—, de un salmo. Está en latín, por supuesto. ¿Y bien…?

—No nos enseñaban latín.

Otra sorpresa. Y luego una cabeza moviéndose negativamente. A Fred se le ocurrió que podía citar un salmo en hebreo, repasó las palabras mentalmente y se sintió abrumado por las dudas. ¿Realmente se trataba de un versículo de un salmo y no, por ejemplo, de la invocación que había que decir tras ver un elefante… o alguna otra cosa? El profesor de hebreo, un aspirante fracasado a rabino que estaba algo loco, tampoco es que hubiera sido un hombre muy dado a las explicaciones. «Leed —acostumbraba a decir—. Leed».

Trajeron más comida: carne envuelta en hojaldre. Y entonces (el señor Grahdy):

—¿Cuándo vendrá mañana? A lo mejor puedo traer mi violín —pronunciado con otra «v» labiodental— y tocar algo.

—Estaría muy bien —dijo Fred sin comprometerse, y continuando con la comida del banquete conmemorativo añadió—: ¡Delicioso!

Señor Grahdy:

—¿Está ya siquiera caliente?

Señor Grahdy, señora Grahdy, señor Kabbaltz:

—¡Jo, jo, jo!

La gente entraba, charlaba, comía, se marchaba.

Alguien:

—¿Eres nieto del viejo Jake Silberman?

—Sobrino nieto.

Al rato, Fred echó un vistazo a su alrededor: el señor Kabbaltz y los Grahdy se habían marchado. Durante un instante los oyó justo al otro lado de la puerta. Risas. Pisadas. La verja se cerró; al parecer los únicos que quedaban eran los miembros de la familia. Y Fred. Silencio.

Alguien dijo:

—Bien, ya se han ido los zuketes.

Un alguien distinto:

—No los llames así. Llámalos huzuks.

Wesley se puso de pie tan bruscamente que a punto estuvo de volcar la silla, y empezó a dar cabezazos contra la pared.

—¡Pase lo de chinorris! —Clonc—. ¡Pase lo de japos! —Clonc—. ¡Pase lo de espaguetis, gabachos y morutas!

—Wesley…

—Wes…

—Wassyli…

—Was…

—Pase lo de sudacas y negratas. —¡Clonc! ¡Clonc!—. Pero lo que no aguanto es lo de… ¡zuketes! —¡Clonc! Y de pronto se sentó y se agarró la cabeza.

Y Fred se dijo: «Pregunta: Entonces, ¿qué es un «zukete»? Respuesta: Un huzuk al que nos referimos desdeñosamente».

Wes empezó otra vez:

—Ellos hablan latín. Nosotros poco más que gruñimos. Ellos recitan poemas. Nosotros a duras penas somos capaces de contar un chiste guarro. Ellos tienen violinistas. Bastante suerte tenemos nosotros de tener rascatripas. ¿Por qué Dios nos castigó a nosotros, a los pobres patanes eslovos, poniéndonos en el mismo país que a ellos allá en Europa? Y ¿por qué seguimos mostrando esa deferencia hacia ellos incluso aquí, en los Estados Unidos? Que alguien me lo explique, por favor. ¡¿Por qué?!

Una hermana, o tal vez una cuñada, respondió con bastante parsimonia:

—Bueno… son más cultos…

Lo que consiguió que Wes la emprendiera de nuevo:

—En ese dialecto suyo, ellos tenían libros, revistas, periódicos… Nosotros, en el nuestro, lo único que teníamos era el catecismo y el misal. Ellos…

—Teníamos un periódico. ¿No nos lo enviaba el hermano de papá… a veces? Nosotros…

Wesley apartó con la mano el invisible periódico de los de su etnia.

—¿El Patriótsk? ¿El Patriótsk? Que salía una vez al mes. Cuatro páginas impresas en un único pliego de papel. ¿Y qué tenía? Las nuevas leyes, el precio de los cerdos, algunos obituarios, cero nacimientos y los santos de los días en los calendarios de ambas iglesias: eso era absolutamente todo. ¡El Patriótsk!

Al parecer, el periódico invisible había vuelto a subirse a la mesa, porque Wesley lo apartó de nuevo de un manotazo y luego lo pisoteó. Con fuerza.

—Vaya, mira qué hora es… Tengo que marcharme. Y, por supuesto, muchas gracias por la deliciosa…

—Damos a ti una poca para llevar a casa —dijo una tía, ¿o era una sobrina?

—Bueno, yo…

—Es costumbre. Y te ha gustado.

—Sí, por supuesto, pero mi nuevo apartamento todavía no está listo y mi tía sigue una dieta estrictamente kosher.

Ni le hicieron ningún comentario a favor de la unidad de las distintas iglesias ni le aseguraron que la Ley de Moisés estaba muerta y condenada; tan solo empezaron a meterle fruta en una bolsa de papel. En una bolsa de papel enorme.

Pero Wes, levantando la cabeza de las manos, todavía no había terminado:

—¿Por qué?, ¡¿por qué?!, ¿me puede decir alguien por qué?

Alguien, seguramente una hermana, con aire demasiado grave como para estar hablando realmente en serio, dijo:

—Son guapísimos y montan caballos rojos.

Wes a punto estuvo de gritar. ¿Cuándo había visto ella un huzuk montado a caballo? ¿Cuándo había visto un caballo ¡rojo!? La mujer de Nick le explicó a Fred que era un dicho. Un refrán.

—En cualquier caso, ya sabes que hay gente que dice que no era el caballo el que era rojo, sino, bueno… lo de encima del caballo. ¿Cómo decirlo?, ¿el traje del caballo?

Nick, que había estado leyendo las tiras cómicas del periódico con expresión de no encontrarles gracia alguna, saltó de pronto. ¿Y a quién demonios le importaba?, preguntó. Que dejaran de hablar de todas esas viejas historias de Europa, exigió. Fred dio las gracias por la fruta. Wes le preguntó a Nick si es que acaso no sentía interés alguno por su rica herencia del Viejo Continente; Nick, con quien intentar ser sutil era perder el tiempo, gritó que ¡no!, que no sentía interés ninguno; Wes dejó de ser sutil y le contestó a gritos; Fred Silberman dijo que de verdad se tenía que marchar. Y se encaminó hacia la puerta.

Alguien salió al pasillo y lo acompañó: la anciana señora Brakk… de lo más educada, pensó Fred. En la habitación de la mujer brillaba una débil luz. La señora Brakk se paró. Fred se detuvo para despedirse. De haber sido ella cuarenta años más joven, la mirada que la mujer le dirigió hubiera implicado una determinada invitación, significado que Fred sabía que era inconcebible en el presente; así que ¿cómo interpretarla ahora?

—Quieres entrar —le dijo ella—. Quieres ver cómo funciona.

La mujer entró en el cuarto. Fred la siguió, empezando a respirar agitadamente, empezando a volver a sentir la excitación de antes. Se había olvidado del hornillo. Pero ¡cómo se había podido olvidar!

—Primero colocar la cosa negra, aquí arriba. —El bloque de tamaño de un libro se deslizó en su lugar en la rejilla. El bebé suspiró en sueños—. Sí, mi collarcito de perlas —dijo ella quedamente—. Luego, poner encima cazuela con agua dentro. Ahora, solo preparo un tazón de té, para mí. Y entonces… después… es meter la cosa azul —la del tamaño de una revista— aquí… abajo. ¿Ves? Esto es lo que llamamos hornillo eslovo. Y ahora ya se calienta…

¿Qué es lo que los huzuks, esos casi compatriotas de estos viejos eslovos, qué es lo que habían querido decir en realidad con ese, «¿Está ya siquiera caliente?»? Fred se olvidó de la pregunta cuando vio alzarse los vapores; sintió calentarse el aire por encima; sintió cómo seguía sin calentarse el espacio entre las dos «piezas», el trozo más grueso de piedra negra (si es que realmente era piedra) y el trozo delgado azul pálido; vio, sorprendentemente pronto, cómo se formaban diminutas burbujas del tamaño de los ojos de un cangrejo y, finalmente, la borboteante ebullición. Todavía seguía aturdido cuando la mujer se preparó el té; no recordaba haber dejado la bolsa con fruta, pero ahora la recogió y, tras dar las gracias y desear buenas noches en voz baja, salió de la casa.

En la cocina todavía se oían gritos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¡Qué bien! —dijo la tita Pesha cuando Fred le entregó la fruta.

—Tita, ¿qué problema tienen los huzuks y los eslovos?

Fuera los plátanos.

—¿Los huzuks? —La mujer lavó los plátanos y los secó con papel de cocina que tiró a la basura—. Los huzuks. Son buena gente.

Fuera las naranjas.

—Vale, ¿y los eslovos?

Tita Pesha lavó las naranjas.

—¿Los eslovos? —Secó las naranjas con papel de cocina y lo tiró a la basura—. ¿Los eslovos? Son muy limpios. Podrías comer del suelo de su casa. Los sábados por la noche se emborrachan. —Fred siguió esperando algo más, pero no llegó nada: la tita Pesha estaba lavando las manzanas. Una vez terminó, fue presa de los escrúpulos y añadió—: O al menos así era antes. ¿Ahora? Desde que no vivo allí ya no sé.

¿Cuánto habían vivido ella y el tío Jake cerca del vecindario de huzuks y eslovos? La mujer empezó a secar las manzanas con papel de cocina. ¿Cuánto? Cuarenta años, dijo.

—¿Cuarenta años? ¿Cuarenta y dos? Digamos que cuarenta.

¿Y alguna vez había oído hablar de un hornillo eslovo? No…, nunca.

—Y ¿por qué…?, ¿cómo es que huzuks y eslovos no se caen nada bien?

La tita Pesha lo miró durante unos instantes.

—¿Qué no se caen bien? —se extrañó. Y dejó caer el papel de cocina en la basura. Luego colocó la fruta en un gran frutero y, tras apartarse un poco, lo contempló—. ¡Qué bien! —dijo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A la mañana siguiente, bien temprano, Fred fue en coche hasta la ciudad, organizó su mudanza y luego condujo de vuelta a Ferry. Fue a echar un vistazo a su futuro apartamento y hete aquí que los pintores sí que estaban pintándolo. La señora Keeley dejó de barrer para asegurarle que todo estaría listo en un día o dos.

—Bueno, en un paj de días —se corrigió—. No va repentir; esta siempre ha sido una manzana muy agradable, y eso no puedo decir de otros barrios, con los elementos que están viniendo a vivir últimamente. Le pongo una nevera estupenda, señor Silberman.

—Vaya, gracias, señora Keeley. Se lo agradezco de veras. Por cierto, señora Keeley, ¿qué diferencia hay entre huzuks y eslovos?

La señora Keeley se encogió de hombros y frunció los labios.

—Bueno, la mayoría no viven en por aquí mismo. Sobre todo viven en por… esto… Tompkins… Gerry… De Witt… sobre todo en por allí.

La mujer se ajustó la redecilla del pelo.

—Pero… ¿hay alguna diferencia entre ellos? Bueno, haberla tiene que haberla, si unos se llaman huzuks y otros se llaman eslovos. Así que tiene que haber alguna…

La señora Keeley le dijo que bueno, que si le era sincera, no era ese un asunto que nunca le hubiera interesado demasiado.

—Monseñor, el de Santa Carol, esa iglesia grande de la colina, era hozok, ¡descanse en paz! Eso dicen a mí. Ahora, esos bosnios, como llaman a ellos, viven sobre todo en por Greenville Street, Ashby y Saint Lo. Y los lemkos, que quién demonios sabrá quiénes son, y disculpe mi lenguaje, a esos se los encuentra en por esas callegüelas de cerca del arroyo: Ivy, Sumac, Willow, Lily, Rose. Bueno… se los encontraba. Hoy día… hoy día la gente se mueve de aquí p’aiá, de aquí p’aiá —dijo con tono quejumbroso—. Y mejor si no lo hacían. Ojalá que la gente se quedaría quieta. Y bueno, de esos que me pregunta, los hozoks y los eslovos, a la mayoría los encontrará en por Tompkins… Gerry… De Witt… por esas calles de allá. ¿Qué hora es? ¿Que empieza ya mi programa?

La mujer entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí. Un segundo más tarde, tras oír cómo subían el volumen de una radio, Fred salió a la calle.

Las calles.

Las calles habían sido sobradamente amplias cuando su tío Jake con su carro tirado por un caballo no era ni de lejos el único comerciante que ejercía su oficio en ellas. Aunque de eso hacía mucho tiempo. Por entonces las calles estaban llenas de niños, ¡y que alegría daba verlos!, ¿verdad que sí? Para Fred Silberman, de pequeño, esto había sido territorio comanche, lleno de enemigos. ¡Qué tiempos…! Luego, durante la Depresión, gran parte de la población se había marchado. Las tiendas habían ido cerrando, y habían seguido cerradas, e incluso una de las escuelas públicas, «la número siete», también había sido clausurada. Sin embargo, uno o dos años antes de la Segunda Guerra Mundial, varias fábricas abandonadas habían sido reabiertas como plantas de producción de suministros de guerra y las calles se habían llenado de caras nuevas: negros del sur, morenos de las islas, blancos de las montañas… Entonces Fred se había marchado para incorporarse al ejército… y… la verdad… no había vuelto hasta ahora. Al salir de su ensoñación, se sintió como si hubiera retrocedido en el tiempo.

Los bloques de apartamentos de cuatro pisos habían ido desapareciendo, uno tras otro, y Fred se encontraba en un barrio de casas de madera, viejas casas de madera, viejas vallas de madera, viejos árboles de madera. Justo al otro lado de la calle había un almacén, un rectángulo combado construido con tablones. Aparentemente justo tal como él lo recordaba, incluso las letras en relieve en el escaparate de cristal: H LADOS M KO. El letrero «Mat. Grahdy. Carnes, Ultramarinos» no había sufrido recientemente los estragos de la pintura. Fred entró, sabiendo que se oiría una campanilla y, por supuesto, así fue.

La vitrina que había a un lado era lo suficientemente grande como para que se expusieran en ella montones de carnes y embutidos; pero lo que había expuesto ahora eran unos escuálidos pedazos de cerdo, un trozo de fiambre, otro de queso suizo, una bandeja de salchichas color lila y (en un charco de sangre coagulada) media cabeza de algo, cortada longitudinalmente y con un aspecto increíblemente orgánico. El almacén parecía tener un tamaño desmedido y estaba desmedidamente vacío; el olor revelaba que Coolidge era presidente[1]; el suelo estaba astillado pero limpio. Levantando la vista de algo que había en el mostrador, el señor Grahdy le dirigió una mirada de total asombro. ¿Estaba simplemente asombrado de que Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿de que alguien clavado a Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿o simplemente de que alguien, quienquiera que fuera, estuviera entrando en su almacén?

Y entonces sonrió. Inclinó la cabeza hacia un lado. Se estrecharon la mano. Fred pidió un artículo de nada. El señor Grahdy encogió un hombro. Fred pidió otro artículo distinto. Otro encogimiento. Fred intentó pensar en un tercer artículo, abrió la boca para decir algo, dijo, «Esto…», y no llegó a nombrar nada. El señor Grahdy se echó a reír, se acarició con el dedo sus largos bigotes: ¡derecho!, ¡izquierdo!

«¿Arroz? —preguntó—, ¿azúcar?, ¿patatas?». Fue el turno de reír de Fred. El hombre se le unió. Un trozo del fiambre de la vitrina fue su siguiente sugerencia; «¿y un pedazo de queso suizo?, ¿un bocadillo preparado al momento? La mostaza la pongo gratis». De algún modo terminaron compartiendo el bocadillo. Fred se fijó en que había un libro abierto encima de un periódico sobre el mostrador y le preguntó al señor Grahdy qué estaba leyendo.

El libro fue girado, pero para Fred fue como si estuviera en chino.

—Schiller —dijo el tendero pasando páginas—. Heine. ¿Puede leerlos en su lengua original? —Y puso los ojos como platos cuando Fred negó con la cabeza—. Se está perdiendo todo un placer. Bueno, pero… ¿Lermontov?, ¿Pushkin?, ¿qué…?, ¿tampoco…? —Una mirada de ligera sorpresa. Y de ligera reprobación. Un suspiro—. Bueno. ¡No me extraña que tenga amigos eslovos! —La parte de delante de su muy limpio y muy raído delantal se agitó a causa de la risa.

Aquí estaba. La oportunidad.

—Señor Grahdy… —el señor Grahdy le dirigió una pequeña venia: su caballo y su carruaje estaban a disposición de Fred Silberman—, señor Grahdy… ¿qué pasa… qué pasa entre… entre ustedes… ustedes, los huzuks… y los eslovos? ¿Me lo podría explicar? Me gustaría saberlo. Me gustaría saberlo de veras.

El señor Grahdy se acarició la sonrisa, bigotes, Van Dyke, todo. Se parecía (fue lo que de pronto se le pasó por la cabeza a Fred), se hubiera parecido un montón al Kaiser… si el Kaiser en algún momento hubiera dado la impresión de tener sentido del humor.

—Bien, se lo explicaré. En nuestro antiguo reino, allá en Europa, en una provincia vivían principalmente solo huzuks, en una provincia vivían principalmente solo eslovos. En nuestra provincia vivíamos ambos. ¿Cómo explicarlo?, ¿diciendo que los eslovos eran nuestros siervos? No exactamente. ¿Nuestros arrendatarios?, ¿nuestros criados? Esto… aunque… bueno… ¿nuestros esclavos? Se hace una idea, ¿no? Y los reyes, los reyes eran de origen extranjero, una dinastía. Nosotros éramos sus vasallos. Nosotros, los huzuks. Y los eslovos, los eslovos, ¡ellos eran nuestros vasallos! —Su sonrisa no se debía tanto a lo satisfecho que estaba por la posición subordinada de los eslovos como a lo satisfecho que se sentía ante su propia explicación.

Y, mientras Fred continuaba apoyado en el mostrador asimilando todo esto, el anciano tendero continuó.

Los eslovos no eran, bueno…, no eran mala gente. Eran un tanto simples. Gente muy simple. Llegaron a Europa mucho tiempo atrás siguiendo a los magiares y los ávaros. Se les había concedido permiso para asentarse en un «territorio sin ocupar» que pertenecía a los huzuks. Se habían convertido al cristianismo. Se habían civilizado. Abandonaron su idioma ancestral. Adoptaron el de los huzuks. Que hablaban mal. Muy mal. Y, en este punto, entre abundantes risitas, el señor Grahdy le proporcionó diversos ejemplos del cómico dialecto de los eslovos, ejemplos de los que Fred, por supuesto, no entendió ni palabra.

Fred aprovechó que las risas del anciano se transformaron en un ataque de tos y a continuación en un silencio risueño.

—¿Y ese hornillo suyo, señor Grahdy? ¿Qué me dice del hornillo eslovo? ¿Qué es?, ¿qué es?, ¿cómo funciona?

Momento en el que el señor Grahdy echó la cabeza hacia atrás y rió y rió y tosió y tosió y rió y tosió y rió.

Al señor Grahdy le llevó un rato recuperarse. Y después de que hubiera recibido varias palmadas en la espalda, de que se hubiera bebido un vaso de agua, de que hubiera chupado un caramelo y de que hubiera asegurado a Fred (con mucha mímica y gestos) que ya estaba bien, habló con voz débil, incomprensible; luego, con voz algo más clara aunque ronca, preguntó:

—¿Siquiera se calentó ya?

Fred se apartó sobresaltado del mostrador.

—Pero ¿a qué se refiere con eso? Ya lo dijo anoche, y también el señor Comoquieraquesellame, el de la mata espesa de cabello blanco, y entonces ustedes dos se rieron sin parar…

—Pues a la mujer de la historia. A la mujer eslova de la historia. De esa famosa anécdota. Ya sabe…

Pero finalmente Fred consiguió que el señor Grahdy comprendiera que no, que no lo sabía. Al señor Grahdy le hizo mucha gracia que no lo supiera, aunque a continuación se mostró incrédulo. Por fin, una vez convencido de que de verdad, famosa o no tan famosa, Fred Silberman desconocía por completo la anécdota («¿De verdad que nunca se la contó su bisabuelo?, ¿que no?, ¿de verdad que no?»), se mostró totalmente encantado. La de tiempo que hacía que no tenía una audiencia totalmente virgen…

Una emigrante eslova recién llegada a los Estados Unidos estaba alojada con unos familiares. Cuando llevaba poco tiempo con ellos, alguien pidió que pusieran a calentar agua para preparar té. «Ya voy yo», se ofreció la recién llegada. ¿Sabía cómo hacerlo? ¡Por supuesto!, ¡por supuesto! ¡Qué se creían! ¡Por supuesto que sabía! «¿No debería ir alguien a enseñarle?» Tonterías, ¡no hacía falta! Así que allá se fue, del salón a la cocina para preparar el agua para el té. Y ellos hablaron y esperaron y esperaron y esperaron, sin que les llegara ninguna señal de vida desde la cocina. ¿Se habría marchado por la puerta trasera? Así que alguien fue a ver. La encontraron de pie frente a la cocina, mirándola. Y ahora el señor Grahdy le mostró la mirada de perplejidad de la mujer. ¿Estaba ya caliente el agua? Y ahora el señor Grahdy hizo un gesto indicando que se acercaba el gran golpe cómico final; y ahora el señor Grahdy se puso en jarras con una expresión de fastidio y desconcierto en el rostro.

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«“¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Como tampoco lo estaba Silberman. ¿Dónde demonios estaba la gracia? Pero la anécdota no había terminado. Al golpe cómico final le siguió una explicación. (a) La recién llegada eslova no tenía ni idea de lo que era una cocina de gas. (b) La recién llegada eslova había dado por hecho que la cocina de gas era, sencillamente, un hornillo eslovo de estilo estadounidense. (c) Así que, al ver la rejilla (que para ella era, por supuesto, «la pieza negra»), al ver que esta ya estaba en su lugar, había puesto agua en la olla y la había colocado encima. (d) Apoyada contra el quemador estaba la bandeja que se acostumbraba a colocar debajo de los fuegos para recoger los jugos o grasa que pudieran gotear o salpicar; la acababan de lavar y por eso estaba donde estaba. Era una bandeja esmaltada de un tono azul pálido. (e) Así que, dando por hecho que esta era «la pieza azul», la mujer la había colocado en su lugar, debajo de los quemadores. (f) No había encendido el fuego, (g) no había encendido una cerilla, (h) se había limitado a esperar a que la cocina de gas estadounidense se comportara como un hornillo eslovo… Y aquí llegaron de nuevo pregunta y respuesta, una detrás de la otra, tan inexorables como una tragedia griega y ya casi tan familiares como el Gordo y el Flaco o Abbott y Costello:

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«“¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Este era sin lugar a dudas, y a estas alturas Fred ya había tenido montones de pruebas, el momento cumbre del humor huzuk en toda la historia del mundo mundial: barón Munchausen, Oscar Wilde, Charlie Chaplin… dad un paso atrás. Y preparaos para algo verdaderamente desternillante: la anécdota de la mujer eslova que recién llegada a los Estados Unidos creyó que simplemente colocando la bandeja para la grasa debajo de los quemadores de una cocina de gas y sin necesidad de hacer nada más ¡podía producir calor!

¡Tachán!

¡Ratatachán!

Los motivos por los que este venerable chascarrillo racial, que bien es cierto se hubiera merecido una risita cuando estaba fresco y reciente, todavía seguía provocando carcajadas en su avance por los túneles del tiempo, requerían un estudio demasiado profundo como para que Fred pudiera entregarse a él. Sin embargo, sí que era mucho, muchísimo más fácil comprender por qué los eslovos, que llevaban oyéndolo durante… ¿cuánto tiempo?, ¿cuarenta años?, ¿ochenta años?… estaban empezando a hartarse. Y…

—Y ¿cómo funciona realmente, señor Grahdy? Me refiero a… la base científica.

El encogimiento de un hombro.

—¿Quién sabe?, mi estimado y joven caballero. Acuérdese de las propiedades eléctricas del ámbar, toda una curiosidad en el pasado; sin embargo, hoy en día, nos limitamos a darle a un interruptor.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La biblioteca pública local no había cambiado gran cosa desde que Andrew Carnegie[2] había contribuido a dotarla de fondos; en el catálogo no había nada bajo los epígrafes «huzuk», «eslovo» ni «hornillo» que iluminara a Fred en lo más mínimo. La enciclopedia tenía información sobre la antigua dinastía y sus innumerables y mediocres soberanos; y también «La regiones huzukya se han industrializado moderadamente» y «Las regiones eslovoya siguen siendo principalmente agrícolas; entre los productos que exportan se incluyen el plumón de pato, las cerdas porcinas, y la lana y el pelo de cabra poco procesados». Pues qué bien…

En la sala de consulta, el menudo bibliotecario de grandes gafas escuchó su petición y le dijo, con la voz ultrasecreta de un profesional con larga experiencia, «Creo que hay un folleto»… y efectivamente sí que había un folleto; estaba encuadernado, y encuadernado de forma bien compacta, junto con otro montón de folletos que versaban sobre un montón de otros asuntos. El autor-editor anónimo («Publicado por el autor») había disimulado el hecho de que no tenía demasiado que decir utilizando caracteres de bastante buen tamaño para decirlo. Apoyándose sobre el volumen con ambas manos para mantenerlo abierto, Fred se enteró de que «los propios eslovoi ya no afirman saber cuál era la ubicación, ni exacta ni siquiera aproximada, de su antigua «Morada Ancestral» u «Hogar Ancestral» cerca de «el Gran Mar». Se ha sugerido que este último podía tratarse del mar Caspio o del mar de Aral, e incluso se ha llegado a proponer con gran imaginación que pudiera ser el lago Baikal. En Parlour’s Ferry abundan los huzuki de clase media dedicados al comercio, y no se equivocan quienes dicen que los eslovoi acostumbran a ser unos obreros de encomiable honestidad y dedicación». Sobre hornillos no había nada, y Fred sintió que, a menos que quisiera terminar vendiendo fotografías de sus muñecas para que fueran utilizadas en la propaganda de algún método de culturismo, más le valía soltar el volumen de los panfletos encuadernados; así lo hizo, y el tomo se cerró igual que una trampa para osos.

Lo más probable es que el texto del panfleto fuera un trabajo escrito para alguna clase de educación nocturna para adultos de antes de la Primera Guerra Mundial, cuyo autor, obnubilado ante la buena nota recibida, se había apresurado a llevarlo a una imprenta; a Fred se le pasó por la cabeza que probablemente (¿probablemente?) se tratara de un huzuk.

De vuelta en el futuro nuevo apartamento de Fred, hete aquí que ya no había pintores pintando; de hecho, ya no había pintores, aunque el apartamento tampoco estaba terminado de pintar. Ahora bien, en mitad del escurridor del fregadero de la cocina había un sándwich de sardinas de pan blanco al que le faltaba un único y simétrico bocado. Uno de esos enigmas sin resolver; salvo que el sándwich hubiera aparecido allí por un agrupamiento de átomos al azar, y ¿por qué no podía haber sido así? Así que Fred bajó y llamó al timbre de la señora Keeley. Tras unos instantes, la puerta se abrió mostrando una rendija lo suficientemente grande como para que la atravesara una respiración jadeante y el olor a ginebra y cebollas; casi de inmediato, la puerta se volvió a cerrar de nuevo y momentos después el volumen de la radio fue subido. La señora Keeley no era una de esas oyentes quisquillosas del País de la Radio que necesitan una sintonización perfecta, por lo que Fred fue incapaz de saber si la mujer estaba escuchando una vieja grabación de un tema folk tradicional de los Tasty Yeast Jesters o tal vez de una canción de amor interpretada por el presidente Harding[3]. Fred se marchó.

A côte chez Brakk, cuando Fred entró una de las tías dijo, «Te he guardado un poco de fruta en compota», y Wes también le sirvió algo de aspecto potente. Estaba claro que el conventículo/festín ceremonial no había terminado y la presencia de Fred seguía siendo aceptable. Sin embargo… Alguien bajó el periódico; y ese alguien que estaba detrás era… ¡Nick!

—No la pidas a la vieja que te vuelva a enseñar ese maldito hornillo —le dijo—. Está agotada.

—Vale, Nick —repuso Fred como sin darle importancia, y preguntó dirigiéndose a todos en general—: ¿Quién más tiene uno?

Unos instantes de reflexión. Y Wes le dijo que, que él supiera, nadie.

—Es el último de los mohicanos —añadió Wes.

Nick dio un golpe con el periódico.

—Mejor la valiera librarse de él, ¿me oís? Lo voy a machacar, lo voy a tirar por el puente; no quiero ni oír hablar de él… ¡así cómo no se van a burlar de nosotros todo el tiempo!

Nadie dijo ni una palabra, así que Nick aprovechó para decir una, una palabra corta y rotunda, y, como si se hubiera escandalizado a sí mismo, se marchó de la habitación dando un portazo. Un instante más tarde un coche se alejó a toda velocidad. Wes permaneció inexpresivo y aparentemente impasible.

Fred probó la fruta en compota. ¿Era lo mismo que la compota de fruta?, no, para nada. No obstante estaba buena. En cuanto su cuchara rozó el fondo, una fuente de otra cosa fue colocada a su lado. Y un plato de una tercera. «En este es puré de alubias con vinagre y crema agria. En este son croquetas de cordero con eneldo fresco». ¡Caray, qué raro sonaba todo! ¡Caray, qué bueno estaba todo!

En la esquina opuesta de la habitación, un hombre y una mujer de avanzada edad cantaban desafinando; cantaban, de un libro grande y antiguo que compartían, himnos religiosos en ese gran y ancestral idioma que es el huzuk, o en algo por el estilo.

—Dicen que beneficia al alma del difunto —explicó un hombre muy joven de rostro amplio y radiante, en tono precavidamente desafiante.

—Ya está el listillo… —le espetó Wes—. ¿Es que acaso le puede perjudicar?

Fred Silberman dejó la cuchara. Porque ¿se pueden comer croquetas con cuchara? Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Acaso te puede perjudicar?

—Oídme, ¿dónde estaba la «Morada Ancestral junto al Gran Mar»? —preguntó.

Y el listillo se apresuró a responder:

—Gichigami[4].

Wes dijo, con un encogimiento de hombros mucho más marcado que el de Mat Grahdy:

—¿Quién coño sabe? ¿Quién lo ha sabido nunca? ¿O es que crees que en aquella época tenían mapas? Supongo que un año las cosechas fueron mal y las boñigas de cabra no alimentaban lo suficiente, así que ¡carretera y manta! ¡Rumbo al oeste! Y una vez hubieron atravesado un par de montañas y cruzado un par de ríos, no solo no sabían ni dónde estaban entonces sino que tampoco tenían ni idea de dónde habían estado antes.

—Vamos, vamos… —dijo Fred—, ni Nick ni los huzuks están ya aquí, solo quedamos nosotros, así que déjate… déjate de milongas. ¡Que me parta un rayo si me río de ti! ¿De dónde demonios han salido los hornillos?, ¿los hornillos eslovos?—preguntó todo excitado.

—¿Y quién coño sabe?

—A ver, ¿los tenían ya cuando se marcharon de… de donde quiera que se marcharan? Del lago Ontario o del mar Amarillo. ¿Los tenían ya…?

Wes se limitó a suspirar. Sin embargo su, probablemente, hermana se lanzó a responder la pregunta, y las preguntas que vinieron a continuación y, cuando no sabía la respuesta, preguntaba a sus mayores y traducía las respuestas. Según contaban las ancestrales leyendas, sí, efectivamente tenían los hornillos antes de abandonar el Hogar Ancestral. Las piezas negras provenían de la montaña, y las azules, del Gran Mar. De dentro de la montaña, de qué montaña, nadie sabe qué montaña, y del fondo del Gran Mar. ¿Cómo se les ocurrió la idea? Bueno, el padre Yockim decía que se la dieron los ángeles. ¡Bah!, el padre Yockim decía…. Eso no es lo que decían nuestros antepasados… ¿Y qué decían ellos? Ellos decían que fueron los diosecillos negros y blancos, pero al padre Yockim, a él le parecía que la gente iba a pensar que se referían a demonios o algo por el estilo, así que lo cambió y… Pero, ¡por el amor de Dios!, si los diosecillos blancos y negros no existen… Vaya, como te crees tan listo te piensas que tú…

—¿Y si vinieron del espacio exterior? —propuso Fred, sorprendiéndose a sí mismo tanto como a los demás.

Un silencio de lo más profundo. Y entonces el «listillo», probablemente o bien un sobrino o un primo, dijo con voz pausada:

—A lo mejor fue así.

Otro silencio. Tras el que todos se volvieron a lanzar a la carga.

Todos los problemas empezaron con el conde Cazmar. El conde Cazmar tenía algo así como una especie de monopolio sobre toda la leña del bosque. Se lo había dado el rey. Sí, pero el rey no se lo «dio» así sin más: el conde tenía que pagar al rey. Bien, así que, como él tenía que pagar al rey, pues todos los que quisieran leña, pues todos tenían que pagar al conde Cazmar. Y entonces el conde se picó porque los eslovos no le estaban comprando leña bastante y, pues eso, que él seguía teniendo que pagar al rey. ¿A qué rey? ¿Quién coño sabe a qué rey? ¿Y a quién coño le importa? Total, ninguno valía un pepino. ¿Qué dices?, ¿que el viejo rey Joseph no valía un pepino?, ¿el que sacó a Yashta Yushta de los calabozos? A ver, ¿queréis dejar en paz al rey Joseph y continuar con la historia?

Así que el conde Cazmar envió a todos los herreros para que fueran casa por casa con sus descomunales mazos a destrozar todos los hornillos eslovos para así obligar a los eslovos a comprar más leña y… ¿Qué…? Sí, por eso el hornillo de la abuela está como roto. Todos acabaron, pues eso, como rotos. Aunque por supuesto que se podían utilizar todavía. Pero el bobo del conde Cazmar, no lo sabía. Así que lo que al final ocurre, lo que al final ocurre, es que todo el mundo tuvo que pagar una tasa por la leña y daba igual la cantidad que utilizaran. Así que un montón de eslovos pensaron, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. ¿Lo ves? Un montón de eslovos piensan, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. Y así, un montón de eslovos dejaron de utilizar los hornillos eslovos. Pues eso.

—Ahí tenéis, vuestra civilización huzuk tan superior… —dijo Wes.

Justo entonces, el diácono y la diaconisa del rincón, o lo que quiera que fueran, alzaron sus cascadas y viejas voces y terminaron su canto; y todo el mundo dijo algo en voz bien alta mientras pataleaba.

—Oye, Fred, tómate un poco más de… tómate otro vaso de cerveza de mora —le ofreció Wes.

Y de inmediato una tía colocó dos fuentes más delante de Fred. «En este es un guiso con trocitos de bazo y trigo sarraceno. Y en otro es morro de vaca cocinado bajo cebolla. Espera. Te doy pimienta».

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Finalmente, Fred se mudó a su nuevo apartamento y, finalmente, se mudó a su nuevo trabajo; su nuevo trabajo le obligó (entre otras cosas… entre otras muchísimas cosas) a visitar a los fabricantes de tipos, a los impresores y a los proveedores, y qué bien le vino que los tres estuvieran ubicados en un nuevo o tirando a nuevo polígono industrial y comercial bastante a las afueras… Mientras iba conduciendo, los lugares conocidos por los que iba pasando, como un acueducto, un cementerio y una vieja fundición de ladrillos, le hicieron acordarse de que más o menos en donde ahora estaba el polígono industrial y comercial tiempo atrás estuvo Applebaum. Y, ¡quién lo iba a decir!, al parecer seguía estando. Decrépito, pero todavía anunciando, «M. APPLEBAUM AUTOSERVICIO MAYORISTA DE COMESTIBLES». ¿Y qué si a todos esos otros intrincados comercios e industrias probablemente no les gustaba demasiado que el viejo y cochambroso autoservicio aguantara en mitad de ellos? Mala suerte, ¡que se volvieran por donde habían venido!

Más tarde, allí, una vez liquidados el resto de asuntos:

—Freddy. ¡Ho-la!

—Hola, señor Applebaum. ¿Cómo está usted?

—¿Y cómo quieres que esté? Tengo la sensación de cada semana otro pequeño negocio de ultramarinos muerde el polvo. Nu[5]. Tengo una cienaguita en Florida y a lo mejor cierro el gesheft[6] y me voy a vivir a una casa barco con agua y cocodrilos corrientes, fríos y calientes. ¡Ja, ja! Aquí llega un viejo cliente con sus diez dólares para gastar en mi negocio, y eso si ambos estamos de suerte: Mat Grahdy.

Efectivamente. Le ganaría por la mano.

—Hola, señor Grahdy, ¿se ha calentado ya?

El señor Grahdy rió y rió, y luego me dio la réplica oficial:

—¡Si ni siquiera está templada! ¡Jo, jo, jo, jo! —Señaló a otro hombre—. Este es Petey Plazzek, es mestiso. Eh, Petey, ¿se ha calentado ya? ¡Jo, jo, jo, jo! ¡Mosek! —esto dirigido al viejo Applebaum—, un poco de azúcar necesito, y un poco de sémola, un poco de harina de repostería, caramelos de regaliz, galletas rellenas.

El señor Applebaum dijo que justo ese día le podía ofrecer las galletas a buen precio, así que entraron juntos al comercio.

Petey Plazzek, un hombre de aspecto ajado con una chamarra de leñador de aspecto ajado, fue directo al grano.

—Si va a pasar por la estación de bus, podría llevarme.

—Por supuesto, suba. —Y se fueron. La mirada de Fred no apreció unos pómulos iroqueses—. Disculpe, y sin ánimo de ofender, pero ¿a qué se refería el señor Grahdy con lo de «mestizo»?

—De mestizo na. Medio huzuk, medio eslovo.

Una chispa de excitación.

—Bueno, esto… señor Plazzek…

—Petey, solo Petey.

—Bueno, esto, Petey, ¿cuánta gente queda que tenga uno de esos antiguos hornillos eslovos?

—Nadie. Los hornillos son ahora cosa del pasado. Cuida ese camión.

—¿Y eso, Petey? ¿Cómo se ha llegado a eso?

Petey se frotó la nariz, lanzó un muy profundo suspiro.

—Pues bueno, cuando alguien acababa de llegar a Norteamérica… como solíamos decir, «Tenía seis cabras y vendió cinco para comprar el billete del barco y le dio una al cura para que rezara por que tendría una buena travesía». Me refiero en concreto a los eslovos. Los huzuks, esa es otra historia por completo. Así que aquí está el pobre eslovo con sus botas altas, los pantalones bien remetidos, con el blusón, un abrigo de piel de borrego y un gorro de piel. Esto era antes de la isla de Ellis. Por Castle Garden se entraba por entonces. Y el eslovo en cuestión no tenía ni baúl para llevar el equipaje en el barco, ni bolsa de viaje, tan solo tenía una especie de morral; y ¿qué había en el morral? Un blusón limpio y algunos harapos para los pies, porque no utilizaban calcetines; y una olla pequeña de hierro y algunas de esas galletas duras que aguantan mucho, y las dos piezas del hornillo, la negra y la esto…, la…

—¡La azul!

—… la azul, eso. Cuida ese Chevy. Pues bueno, el eslovo conseguía un puesto haciendo el trabajo más sucio y peor pagado, y arrendaba una choza que ni le habrías pedido a un perro que viviría allí, ¿lo pillas, verdad, chaval? Luz… luz ni tenía, ni un candil siquiera, no tenía más que una lata con un poco sebo y un cachico de trapo pa’cer de mecha. Y cogía algún ladrillo viejo aquí y allá y se montaba su hornillo eslovo, y cocinaba el trigo sarraceno en la ollita de hierro y dormía en el suelo encima del abrigo de borrego. Pero con el tiempo las cosas mejoraban; ¡esto era América!, la tierra de las oportunidades. Así que en cuanto empezaba a ganar un pelín de dinero, se traía la parienta y se mudaban a una habitación, una habitación de verdad, y se compraban una lámpara de queroseno y un par de zapatos para cada uno, aunque, bueno… la gente se seguía riendo de ellos, sobre todo los zuketes se los seguían riendo porque siguieran utilizando el hornillo eslovo. Así que acababan comprándose una cocina de leña. O una cocina de carbón. Y empezaban a usar lámparas de gas. E incluso se acordaban de no soplar para apagarlas.

—Sí, pero, Petey, la madera y el carbón ¡costaban dinero! Y el hornillo eslovo les salía gratis. Así que…

Petey volvió a suspirar.

—Bueno, a decir verdad, sí que se podía cocinar con él, claro. Aunque no es que diera demasiado lo que se dice calor. Si hervirías un montón de agua, el lugar se llenaba de vapor.

—Calefacción a vapor, ¡calefacción a vapor! —gritó Fred Silberman.

Petey pareció sobresaltarse primero y a continuación, y por primera vez, interesarse; pero su interés se esfumó al momento, y dijo con un suspiro:

—Ninguno era fontanero. Nunca se los pasó por la cabeza nada parecido, ni a ellos ni tampoco a nadie. Y el hornillo eslovo… ¿de qué acaba siendo sinónimo?…, pues acaba siendo sinónimo de pobreza, ¿lo pillas? Acaba siendo sinónimo de ridículo. Y en cuanto dejaban de ser pobres como ratas, pues eso, que si lo he visto no me acuerdo.

Y Fred preguntó, lleno de ansiedad:

—Pero ¿no quedan todavía muchos por los desvanes? Bueno… ¿unos cuantos?, ¿en los sótanos?

—Pero ¿ande vas? —le espetó Petey con tono de fastidio—. Para la estación de bus, ¡debieras haber girado a la izquierda! Vaya, vas a rodear la manzana. Pues no… se limitaron a eso… a tirarles. Cuida esa camioneta.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El nuevo trabajo y las nuevas responsabilidades de Fred lo mantuvieron ocupado y preocupado la mayor parte del tiempo, pero una tarde, mientras estaba revisando una factura con el contratista encargado de instalar el sistema de calefacción en la planta, hete aquí que de pronto se acordó de la cuestión de días atrás.

—¿Se le ha ocurrido de repente algo? —le preguntó el señor McMurtry.

—Esto… ¿us… usted no habrá oído hablar alguna vez de los… hornillos eslovos?

Al momento:

—No. ¿Acaso debería?

Y si Fred se lo contaba, ¿qué pasaría? ¿Reacción ludita por parte de McMurtry?

—Permítame que le haga una pregunta hipotética, señor Mc…

—Soy todo oídos.

Así que… desinformado y titubeante… Fred (sin mencionar ni nombres ni grupos étnicos) le explicó el asunto lo mejor que pudo, terminando:

—Así que ¿se le ocurre alguna explicación científica de cómo un artilugio tal puede, o podría, quizás, de algún modo, llegar a funcionar?

La frente del contratista se frunció, rizando los pelos de sus cejas siamesas: un efecto de lo más extraño.

—Bueno, resulta evidente que el líquido en el recipiente actúa como algún tipo de catalizador no contiguo, lo que amplifica el vórtice del campo de fuerza creado por la yuxtaposición de la pispireta y el placebo. —Bueno, por supuesto que el señor McMurtry no dijo exactamente eso, pero así fue como le sonó a Fred. Así que como si lo hubiera dicho. Y el señor McMurtry añadió unas últimas palabras—: Si estos artilugios no fueran hipotéticos sería interesante examinarlos. Con solo un par de trocitos bastaría. Lo que se puede analizar se puede llegar a duplicar.

Una vez que las cosas se encarrilaron en el trabajo, Fred pensó que podía ir a pedirle a la señora Brakk… ir a pedirle a la señora Brakk ¿qué? ¿Le dejaría el único hornillo eslovo existente para que lo examinara un experto?, ¿para que lo analizaran en un laboratorio?, ¿para que lo rasparan para conseguir muestras que pudiera ser examinadas con un microscopio electrónico?

¿¿¿???

Podría sugerir que, si no se fiaba de él, podría llevarse a cabo mediante una Fundación Brakk… o algo así… que se creara con ese objetivo. A través de Wes… y, por ejemplo, incluso de Nick…

Podría haberlo sugerido, ¡sin duda!

Pero esperó demasiado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Fred no sabía nada, por supuesto, ¿cómo podría haberlo sabido? Los propios habitantes de la casa se acababan de enterar. Cuando llegó temprano una noche, lo único que Fred sabía era que, según se estaba acercando a la casa, dentro había estallado un tumulto. Montones de gente gritando. Y cuando entró en la cocina de los Brakk, Nick era el único que estaba gritando.

—Somos es-ta-dou-ni-den-ses, ¿verdad? —vociferaba—. Pues vivamos como estadounidenses; ya es bastante malo que los huzuks se rían de nosotros, estoy hasta las narices de todas esas costumbres de nuestra vieja patria. ¿Qué será lo siguiente?, ¿qué más?, ¿gorros de piel?, ¿botas?, ¿una cabra en el patio? —Y dirigiéndose a su esposa—: Cien veces la he dicho a tu vieja, «Tíralo, tira el condenado cacharro, estoy más que harto de que se rían de nosotros, madre, ¿me oye?». Pero no lo tiró. No lo tiró. Así que lo tiré yo. —Se interrumpió, con la respiración agitada—. Y listo…

Fred empezó a notar una desagradable sensación en el pecho.

La esposa de Nick:

—¿Dónde lo tiraste? ¿Dónde? ¡No era tuyo! —Nick apretó los labios. Su esposa se dio una palmada en la frente—. Siempre lo decía. «Lo tiraré por el puente. ¡Lo tiraré por el puente!». ¡Ahí fue! ¡Ay, so bruto!

Durante unos instantes, Nick la miró indignado. Luego se encogió de hombros, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar con un exagerado aire de inmensa despreocupación.

La vieja señora Brakk siguió sentada unos momentos con su leve sonrisa, y luego comenzó a hablar en su lengua natal. Su voz derivó hacia un canturreo y terminó por quebrarse, y entonces se llevó el delantal a los ojos.

—Dice, es lo único que ella tenía para acordarse de su vieja patria. Lo único que quería poder hacer era calentar a veces el biberón del bebé o prepararse a veces una taza de té en su propio cuarto si estaba cansada. Es vieja y ha trabajado duro y nunca ha querido molestar a nadie…

Nick arrojó el cigarrillo al suelo de linóleo y, sin prestar atención a los gritos, lo pisó con fuerza. Tras lo que se quedó repentinamente tranquilo.

—Muy bien. A ver, mañana la compro una pequeña cocina eléctrica un… un… ¿cómo le dicen? ¡Un hornillo eléctrico! Mañana para su propio cuarto la compro un hornillo eléctrico, ¿vale?

El revuelo fue enorme; no se sabía de ninguna ocasión en la que, de manera voluntaria, Nick hubiera comprado nada de nada, ¡para nadie!

La anciana señora Brakk exclamó, en inglés:

—¿Me lo comprarás?

Nick asintió solemnemente con la cabeza.

—Lo juro ante Dios —afirmó llevándose la mano al corazón—. Mañana. El mejor que haya en la tienda. Madre me puede acompañar —añadió.

Su mujer le besó. El mayor de sus cuñados le dio unas palmaditas en la espalda. La anciana recuperó la sonrisa.

Fred sintió que su corazón latía al doble de su velocidad habitual. No se atrevía a decir nada. Y, cuando al cabo de un rato, Nick salió al patio y encendió otro cigarrillo, Fred salió detrás de él.

—Nick.

—Sí.

—Te voy a preguntar algo, pero no te enfades.

—Adelante.

—¿De verdad que tiraste las piezas del hornillo por el puente?

—Sí. Bueno… los… pedazos.

—¿Los pedazos?

Nick bostezó. Movió la cabeza afirmativamente.

—Me fui con el maldito cacharro al taller. Ande trabajo. Tú ya lo conoces. —Fred lo conocía—. Y lo pasé por el triturador. Y lo que quedó… lo metí a una bolsa. Y lo tiré del puente.

Ni estaba enfadado ni tampoco arrepentido. Dejó caer el cigarrillo, lo pisó y volvió a entrar en la casa. Fred lo oyó manipular la televisión.

El taller. Con todo el disimulo del que era capaz, Fred acechó y merodeó y se asomó. La luz estaba encendida, la puerta estaba abierta. ¿Se las habría dejado así Nick? Daba igual, seguro que quedaban algunos restos azules y negros, y él entraría como un bólido, los recogería del suelo donde habrían caído en las inmediaciones del triturador y… Una larga sombra se deslizó prestamente por el suelo. El conserje, acarreando su escoba. Un auténtico eslovo de la vieja escuela, hasta con un inmenso bigote y todo, un auténtico bigote eslovo de la vieja escuela; el hombre desapareció instantes después. Fred entró como un bólido, bien que sí. Sin embargo, no recogió nada; no había nada que recoger. Nada de restos. No quedaba ni polvo siquiera. Tita Pesha no estaba físicamente presente, pero su voz resonó en los oídos de su sobrino nieto: «¿Los eslovos? Son muy limpios… podrías comer del suelo de su casa…».

Fred deambuló con el coche por las silenciosas calles. Y gritó bien fuerte: «¡Es que no me lo creo! El mayor descubrimiento en el campo de la termodinámica desde el descubrimiento… ¡del fuego! ¡Y se ha perdido!, ¡se ha perdido! ¡No puede haberse perdido! ¡No es posible…!

Durante los siguientes días, y semanas y meses, llamó a puertas, puso anuncios, ofreció recompensas. Suplicó. Rogó. Ese increíble descubrimiento, que de manera misteriosa había llegado a este planeta nadie sabía cómo ni cuántos miles de años atrás ni a cuántos miles de kilómetros de allí…

… se había perdido.

Fred se entregó en cuerpo y alma al trabajo. Empezó a tener, allí mismo en su ciudad, una activa vida social. Salía con mujeres. Se le pasó por la cabeza el casarse. Cambió por completo. También cambiaron otras cosas. Wes Brakk se mudó de improviso a Idaho. ¿Por qué precisamente a Idaho? «Porque dijo que era el lugar más alejado de los huzuks al que podía largarse donde todavía podría seguir llevando zapatos». Vaya… Y el resto de la familia Brakk junto con Nick (bueno, con Nick al frente), se mudó casi igual de improviso a Brownsville, en el estado de Texas. ¿Y por qué a Brownsville, nada más y nada menos que en Texas? «Para huir del frío». Otros se irían a Florida, a California o a Arizona para huir del frío: el resto de la familia Brakk (junto con Nick) se fue a vivir nada más y nada menos que a Brownsville, en el estado de Texas, para huir del frío.

Y en cierto modo parecía justo el tipo de cosa que se puede esperar de los eslovos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Una vez más estaban de obras en Statesman Street y Fred tuvo que desviarse con el coche. Aunque ¿realmente tenía que ir por las calles Tompkins, Gerry y De Witt? Por el motivo que fuera, fue por ahí: ¡caramba!, ¡cómo había cambiado el barrio! Las miradas que le dirigieron los nuevos vecinos no eran ni de lejos de buena vecindad. Y allí estaba el almacén del señor Grahdy. Sin embargo, una de las antiguas cristaleras había desaparecido en su totalidad, y en su lugar había tablones clavados. Fred se detuvo. Entró. Allí estaba el señor Grahdy, con parte de la cara vendada, y el resto, amoratado y amarillento. Tenía el violín en la mano. El hombre le saludó con la cabeza con su aire desenfadado. «¿Le apetece escuchar un poco de Paganini?», le preguntó. Y empezó a tocar.

Fred sintió que estaba presenciando la que era casi la última escena de un drama antiquísimo. El viejo Mat Grahdy, con los alejandrinos de su esposa, su violín, Heine, Schiller, Lermontov, Pushkin, Paganini y los versículos de salmos en latín, ¿cuánto tiempo iba a poder aguantar? Si no se moría de hambre en su almacén prácticamente vacío, ¿cuánto tardarían en acabar matándolo?

El anciano dejó caer el violín al costado. Durante un prolongado y extraño instante miró a Fred con enorme placidez. Y entonces una repentina sonrisa apareció retorciéndose en su rostro hinchado y magullado. Encogió un hombro. Soltó una carcajada. «Ni siquiera se ha templado todavía», dijo riéndose entre dientes.

 Copyright © 1985 Avram Davidson


Notas sobre la traducción:


[1] Coolidge fue el presidente de los Estados Unidos entre 1923 y 1929, bastantes años antes de la época en la que transcurre el relato.Volver

[2] Empresario y filántropo estadounidense fallecido en 1919 que fue famoso porque a lo largo de su vida donó la mayor parte de su fortuna para obras de caridad y proyectos sociales.Volver

[3] Presidente de los Estados Unidos entre 1921 y 1923.Volver

[4] Así es como llamaban los indios objiwa al lago Superior. Significa «Gran Mar».Volver

[5] Muletilla proveniente del yiddish que significa algo como «así», «pues eso».Volver

[6] Término proveniente del yiddish que quiere decir «negocio».Volver

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