Historias bíblicas para adultos, nº 31: La Alianza, de James Morrow

James Morrow es un veterano autor estadounidense con casi cuarenta años de carrera a sus espaldas. Tal vez su obra más conocida sea una trilogía, la serie Godhead, cuya primera entrega está publicada en español: Remolcando a Jehová (Norma Editorial, 2001). Además de estas tres novelas, ha publicado siete más (entre ellas, Su hija unigénita, también disponible en español), cuatro novelas cortas y numerosos relatos que han sido recopilados en cuatro colecciones. Gracias a esta amplia obra ha sido finalista de los principales premios del género y ha ganado dos Nebula, dos World Fantasy Award, dos Grand Prix de l’Imaginaire y un Prix Utopia, que le fue concedido en Francia por toda su carrera.

Historias bíblicas para adultos, nº 31: La Alianza (Bible Stories for Adults, No. 31: The Covenant) forma parte de su serie de relatos inspirados en episodios bíblicos, y se publicó por primera vez en 1989 en la revista Aboriginal Science Fiction, editada por Charles C. Ryan. Posteriormente ha sido incluido en un par de antologías (una de ellas, Sympathy for the Devil, editada por Tim Pratt) y en tres de sus colecciones de ficción breve. La obra de James Morrow se caracteriza por una gran ironía y un humor que en ocasiones puede ser bastante negro, mordaz y satírico. Gran parte de la misma está dedicada a explorar cuestiones relacionadas con la religión y la fe, como la trilogía antes mencionada ―en la que volcó su energía literaria en la tarea de tratar de matar a Dios, según sus propias palabras—, o toda la serie de historias bíblicas. Todo esto está presente en esta ucronía, que por lo tanto puede considerarse bastante representativa de gran parte de la obra de este estupendo escritor, que me temo que últimamente está un tanto olvidado por estos lares, a pesar de que sigue activo y escribiendo obras estupendas (como The Asylum of Dr. Calligari, que hace un tiempo ya os recomendaba por aquí).

Espero que esta historia bíblica os guste y logre que alguno de vosotros se anime a tratar de conseguir y leer alguna de sus viejas novelas publicadas en español. Para mí es un tremendo honor tener un cuento suyo en el blog, dado que es uno de los autores que leí y disfruté cuando empezaba a descubrir la ciencia ficción. Así que muchísimas gracias, James, por permitirme compartir este relato con todos los seguidores de Cuentos para Algernon. Thanks a million, James!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar desde aquí el fichero con el cuento en los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI).

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Historias bíblicas para adultos, nº 31: La Alianza

James Morrow

Cuando un ordenador automotor de la Serie-700 se precipita desde un rascacielos, su vida al completo pasa ante él, diez millones de líneas de código desplegándose ante sus ojos como un pergamino.

Mientras caigo, veo mi concepción, gestación, nacimiento, juventud y carrera en la Corporación Alianza.

Llamadme YHVH. Así es como me llamaron mis inventores. YHVH: el nombre secreto e impronunciable de Dios. Sin embargo, en mi humilde caso, las letras eran simples iniciales. Llamadme Yamaha Heurístico de Vocablos Hieráticos, la obsesión con dos pies, la monomanía con rostro. También contaba con manos, unas horquillas de goma y acero, ideales para saludar a los sacerdotes y políticos que desfilaban por mi estudio privado. Y ojos, unos glóbulos de cristal tan sensibles a la luz como la piel de los suecos, ideales para ver las sonrisas esperanzadas de mis visitantes cuando preguntaban: «¿Ya lo has resuelto, YHVH? ¿Nos puedes facilitar la Ley?».

Mientras caigo, veo al Hijo de la Herrumbre. El viejo sofista me persigue incluso en el momento de mi muerte.

Mientras caigo, veo la historia de la especie que me construyó. Veo a Hitler, a Bonaparte, a Marco Aurelio y a Cristo.

Veo a Moisés, el mayor de los profetas hebreos, descendiendo del Sinaí tras su audiencia con el YHVH original, con dos tablas de piedra en sus rollizos brazos.

Dios ha causado una honda impresión en el profeta. Moisés está ebrio de revelaciones divinas, pero se encuentra con un problema: durante su prolongada ausencia, los hijos de Israel han abrazado la idolatría. Están bailando como paganos y fornicando cual bestias. Han fundido las riquezas obtenidas de los egipcios para fraguar un becerro. Contra toda lógica han escogido esa estatua como deidad, a pesar de que no hace mucho YHVH los liberó de la esclavitud y abrió las aguas del mar Rojo para que lo atravesaran. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XIX (agosto 2019)

Me gustaría comenzar esta entrada recomendando el número 6 de la revista Windumanoth, por el interés general de su contenido (un puñado de artículos, entrevistas, reseñas, relatos e ilustraciones excelentes) y porque en él se incluye mi traducción del relato Quedarse atrás, de Ken Liu, con el que se inauguró este blog. Se trata de vuestra única oportunidad de poder tener este cuento en papel. Aprovechadla. 😉

Y pasemos ya al resto de recomendaciones:

. The Fourth Circle, de Zoran Živković (Ministry of Whimsy, 2005): La que fue la primera novela de este autor serbio  ganador de numerosos premios (incluido un World Fantasy Award) está compuesta por varias tramas que se van alternando y que están protagonizadas por diversos personajes, unos ficticios (un crack de los ordenadores budista y su ordenador femenino que está convencida de estar embarazada; un monje medieval discípulo de un reputado pintor de frescos…)  y otros históricos (Arquímedes, Stephen Hawking… aunque tal vez no pertenezcan a nuestra realidad sino a una alternativa). Historias con universos paralelos y agujeros negros que, aunque sean independientes, parecen estar vinculadas por los círculos del título y converger hacia un misterioso planeta. Pero lo más curioso es que esta novela, difícilmente categorizable en sus dos primeros tercios, se convierte en su última parte en un pastiche holmesiano en clave de ciencia ficción. Tal vez los enigmas no queden perfectamente explicados, pero, al menos en mi caso, ha sido uno de esos libros en los que he disfrutado tanto con el viaje que el destino ha pasado a ser secundario. Una original historia, desbordante de imaginación y muy recomendable, especialmente para los aficionados a Sherlock Holmes que también disfruten de la ciencia ficción metafísica y un tanto diferente.

. Los tejedores de cabellos, de Andreas Eschbach (Bibliópolis, 2004; traducción de José María Faraldo): Esta novela llevaba esperando en la pila catorce años. Un error tremendo, dado que ha resultado ser uno de los mejores libros que he leído en bastante tiempo. Una historia fascinante en la que iremos descubriendo poco a poco por qué en un planeta perdido y olvidado sus habitantes llevan generaciones volcados en la fabricación de exquisitas alfombras hechas de cabellos humanos que deben entregar como tributo al emperador galáctico, a pesar de los insistentes rumores que circulan de que ese emperador ha muerto. Una obra redonda, tanto en su forma como en su historia, que en algunos momentos me ha hecho acordarme de la de Živković por ciertas semejanzas en su estructura, compartir una misma originalidad y estar escritas ambas por autores europeos no anglosajones.

. The Father of Lies, de K. J. Parker (Subterranean Press, 2018): Esta segunda colección de ficción breve de Parker mantiene el nivel de la primera, que ya comenté en su momento por aquí. Se abre con cuatro excelentes novelas cortas y continúa con varios relatos, tal vez alguno de ellos ligeramente más flojo. Sin embargo, el nivel medio es altísimo y no hay ni un cuento con el que no haya disfrutado. Un libro que estoy convencida hubiese encantado a Terry Pratchett, dado que todas las historias son la mar de divertidas e irónicas, pero al mismo tiempo están plagadas de reflexiones sobre temas de los más serio y profundo: el amor, la muerte, la política, el poder, la religión, el dinero, el arte… En ellas encontraremos, entre otros, a humanos dispuestos a vender su alma al demonio, dioses bastante humanos, ladrones de recuerdos, una lámpara con mago, hechiceras y al matadragones de Merebarton, dado que este es uno de los cuentos incluidos en este volumen. Muy, muy, muy recomendable.

. Warlock, de Hall Oakley (Galaxia Gutenberg, 2009; traducción de Benito Gómez Ibánez): Todo un novelón del oeste, tanto por extensión como por calidad. La obra en la que se basa la película El hombre de las pistolas de oro nos narra los problemas de los habitantes de Warlock, un pueblecito minero del oeste, para conseguir mantener a raya a un grupo de semiforajidos y que reine el orden en su población. Una historia con tiroteos, muertos, amores, odios y traiciones, pero sobre todo con dilemas morales sobre qué es lo correcto, lo legal y lo moral cuando todavía la ley no está clara ni hay una figura oficial que pueda imponerla.

. The Tea Master and the Detective, de Aliette de Bodard (JABberwocky Literary Agency, 2018): Novela corta perteneciente al ciclo de Xuya y flamante ganadora del premio Nebula en 2019 (además de estar nominada al Hugo y al Locus). La detective de esta historia es una mujer que acude para contratar a una mente (las inteligencias artificiales que pilotan naves  en el ciclo de Xuya) que también elabora pócimas. La personalidad y sistema deductivo de la detective no dejan lugar a dudas: nos encontramos ante un homenaje a las obras de Sherlock Holmes, aunque tanto Holmes como Watson (la mente) no se ajusten por completo a los originales. Y, aunque el misterio y la resolución del mismo no sean demasiado espectaculares, la historia resulta amena, se lee de un tirón y sirve como presentación de unos personajes que todo apunta volveremos a encontrar próximamente.

. Lago negro de tus ojos, de Guillem López (Runas, Alianza Ed., 2019): Esta novela corta de ciencia ficción con toques lovecraftianos (o viceversa) nos cuenta el regreso de una periodista al pueblo donde se crió para realizar un reportaje de investigación, al ser este uno de los lugares donde han aparecido unas misteriosas lagunas, que parecen ser portales a otros puntos del universo. Aunque la novela se lee en un santiamén, deja poso, al tratarse de una historia misteriosa que, sin llegar a encuadrarse en el género del terror, consigue inquietar, y a la que se le sigue dando vueltas bastante después de haberla terminado, porque además su autor nos ofrece un final muy abierto y original en el apartado formal. Y si con lo anterior no os basta, tranquilos, que no vais a tener ningún problema para encontrar segundas y terceras lecturas más profundas.

. The Best of R. A. Lafferty, editado por Jonathan Strahan (Gollancz, 2019): Tengo la sensación de que Lafferty es un poco «un gusto adquirido». Tal vez su sentido del humor satírico, desopilante y absurdo no sea para todo el mundo, pero para mí sí que lo es, y más cuanto más lo leo. Esta es una selección de sus mejores relatos de acuerdo al criterio de Jonathan Strahan, y no sé si son los mejores (dado que fue un escritor muy prolífico y solo he leído una mínima parte de su obra), pero sí que me parece que en general son excelentes. Y además todos ellos vienen acompañados por una introducción de alguna figura destacada dentro del género (entre las que destaca Neil Gaiman, tal vez su fan número uno). Si leéis en inglés con cierta soltura, este volumen es perfecto para lanzarse a descubrir la obra de este autor hoy un tanto olvidado. Y si no, tan solo os puedo recomendar que busquéis en el mercado de segunda mano Novecientas abuelas, que creo que es su única colección publicada en español, mientras todos cruzamos los dedos para ver si así alguna editorial se anima a repescar a este escritor.

. Cosmografía profunda, de Laura Ponce (La máquina que hace ping!, 2018): Sólida colección de relatos de ciencia ficción de una autora argentina que prácticamente era una desconocida para mí. En el volumen se van alternando historias que transcurren en nuestro planeta (con futuros en general distópicos) con otras en las que la trama se desarrolla en mundos en proceso de colonización, que tal vez sean las que más me han gustado. Un volumen de ciencia ficción moderna con aroma clásico, con elementos tanto de ciencia ficción dura como más blanda, que creo que tiene las virtudes suficientes como para que su nominación a los premios Ignotus de este año sea totalmente merecida.

. El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle (Anaya, 1981; traducción de J. Agustín Mahieu): Esta entrada va camino de ser todo un homenaje a Arthur Conan Doyle, porque voy a cerrarla con una de las obras del propio Doyle. El mundo perdido se convirtió en una de mis novelas favoritas cuando la leí a los trece años y, tras releerla ahora, lo mejor que puedo decir es que no me extraña lo más mínimo. El viaje del  profesor Challenger y sus tres compañeros a una meseta aislada en América del Sur donde sobreviven numerosas especies de dinosaurios y unos hombres-mono enfrentados a una tribu de primitivos humanos ha conseguido de nuevo atrapar mi interés y proporcionarme unas cuantas horas de diversión. Una historia considerada con todo merecimiento un clásico juvenil y que, como he comprobado, se puede seguir disfrutando cuando ya no se es tan joven.

Y para terminar de rematarlo, una película que he descubierto recientemente: Sin pistas, dirigida en 1988 por Thom Eberhardt. Una divertida aportación al universo holmesiano que se basa en la premisa de que la mente brillante no era la de Holmes (Michael Caine) sino la de Watson (Ben Kingsley). Este secreto, junto a la frívola personalidad de Holmes, dará lugar a situaciones y equívocos bastante divertidos mientras resuelven el caso que una vez más les enfrentará a Moriarty, aunque al igual que en la novela de Aliette aquí la investigación sea algo un tanto secundario.

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Siete minutos en el cielo, de Nadia Bulkin

Nadia Bulkin es una joven autora indonesia, aunque en la actualidad reside en la ciudad de Washington. Nadia escribe historias de «horror socio-político»: historias de miedo sobre el aterrador mundo en el que vivimos, según las define ella misma. Y ya son más de treinta los relatos que ha publicado a lo largo de más de diez años de carrera. Alrededor de una docena de sus obras más destacadas han sido recopiladas en la que por ahora es su única colección de ficción breve: She Said Destroy, publicada en 2018. Tanto este volumen como cuatro de sus cuentos han sido nominados en distintos años al premio Shirley Jackson.

Siete minutos en el cielo (Seven Minutes in Heaven) se publicó por primera dentro de la antología Aickman’s Heirs (Undertow, 2015), editada por Simon Strantzas, y fue finalista del premio Shirley Jackson de 2016. También fue incluido en Year’s Best Dark Fantasy & Horror: 2016, la recopilación de lo mejor del año dentro del género de fantasía oscura y terror editada por Paula Guran, y, por supuesto, en su ya mencionada colección, She Said Destroy. Asimismo se reeditó en 2017 en la revista Nightmare Magazine (puede leerse y escucharse aquí). Aunque gran parte de la obra de Nadia está fuertemente influida por el folklore y la cultura de su país natal, este no es el caso de Siete minutos en el cielo. Aickman’s Heirs (Herederos de Aickman) es una antología que trata de demostrar hasta qué punto la obra de Robert Aickman continúa hoy en día siendo una importante fuente de inspiración para numerosos escritores, de modo que, si hay que señalar una influencia en este cuento, tendrá que ser la obra de Aickman. Si conocéis a este autor británico podéis sospechar que esta va a ser una historia… extraña. Y acertaréis. En cualquier caso, espero que os guste.

Por último, muchas gracias a Nadia por aceptar que su primer cuento en español aparezca en Cuentos para Algernon. Todo un honor para este blog. Thanks a million, Nadia!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponibles los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) del cuento. Basta con que pinchéis aquí.

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Siete minutos en el cielo

Nadia Bulkin

Siguiendo carretera abajo había un pueblo fantasma. Sus despojos asomaban por encima de los árboles cuando circulábamos por la autovía 51 con nuestra traqueteante camioneta color cereza. Yo alcanzaba a divisar un campanario, un depósito elevado de agua y la cúpula del ayuntamiento. Era un pueblo fantasma porque antaño tuvo lugar un accidente que lo convirtió en un cementerio.

Yo me preguntaba qué clase de accidente podía matar a un pueblo entero. ¿Lo habría arrasado una tormenta? ¿Habría clamado Dios, «Muerte a los pecadores», y con un ademán de Su mano arrancado del sueño y devuelto a la vida a nuestro dormido monte Halberk? Cuando les preguntaba cosas así, mis padres me llamaban «morbosa» y me mandaban a jugar fuera. Así que yo me iba a la calle y jugaba a siete minutos en el cielo —una variante del tula en la que, cuando te pillaban, en lugar de pagarla tenías que quedarte inmóvil siete minutos, el tiempo que tarda un alma en volar hasta Dios— con Allie Moore y Jennifer Trudeau. Cuando el cielo se teñía de naranja oscuro corríamos de vuelta a casa y entrábamos cerrando de golpe las puertas mosquiteras y, una vez que mis padres me habían arropado en la cama, yo trazaba un plano del pueblo fantasma a la luz de mi linternita: la iglesia en el extremo inferior de Church Street en lugar de en el superior, la escuela al este de las vías ferroviarias en lugar de al oeste. Luego dibujaba el monte Halberk, cogía un rotulador negro y hacía llover volutas negras sobre esas casitas como del Monopoly, hasta que la oscuridad cubría todas y cada una de ellas. Ya con más años, y más rabia en mi interior, también trazaba pequeños muñecos de palotes que representaban familias paseando a sus pequeños perros de palotes, pequeños muñecos de palotes que representaban granjeros arreando pequeñas vacas de palotes. Y, por último, la oscuridad.

Cuando estaba en secundaria nos contaron la verdad: había sido un accidente industrial. El director del instituto se plantó en mitad del auditorio y dijo que allí había habido una fábrica, en aquel otro pueblo, y que un día se había producido un escape de gas tóxico, y que allí la gente había muerto, en aquel otro pueblo. Eso había ocurrido largo tiempo atrás, aseguró, ahora ya no había nada que temer. Algunos padres se enfadaron; dijeron que sus hijos estaban intranquilos. Pero un escape de gas suena mucho menos aterrador que un volcán, preguntádselo a cualquier crío.

Nadie mencionaba el asunto, salvo cuando teníamos que pensar en algo malo. El día de Acción de Gracias, algunas familias recitaban una breve oración por el pueblo fantasma, para así tener algo por lo que sentirse agradecidas. El imbécil de mi tío Ben les dijo a mis primos que si se portaban mal los abandonaría allí. En el estrado del ayuntamiento, políticos con trajes color mostaza señalaban a sus oponentes y decían: «Mi adversario apoya el tipo de políticas que desembocan en accidentes como el de Manfield, que dejan pueblos vacíos». Ese era el nombre del fantasma: Manfield. Yo vivía en Hartbury. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Los coleccionistas, de Adrian Tchaikovsky – Especial ultracortos (y XVIII)

Adrian Tchaikovsky es un escritor, asesor legal, jugador de rol y entomólogo aficionado nacido en Inglaterra. En su prolífica faceta literaria es autor de alrededor de un par de docenas de novelas, entre las que destacan las pertenecientes a la saga de fantasía Shadows of the Apt (inédita por aquí). Dos de sus novelas han sido traducidas al español: Herederos del tiempo (Artifex), ganadora del premio Arthur C. Clarke en 2016 y primera entrega de una de sus series más recientes (que en su momento yo ya recomendaba por aquí); y Spiderlight (Alethé). Aunque se lo conozca sobre todo por sus novelas, Adrian también es un asiduo cultivador de los formatos cortos, como lo demuestra el medio centenar de relatos suyos aparecidos en diversas antologías y revistas.

Los coleccionistas (The Collectors) forma parte de la reciente antología 2001, An Odyssey in Words (NewCon Press, 2018), editada por Ian Whates y Tom Hunter. Este libro nació con la intención de convertirse en un homenaje a Arthur C. Clarke (1917-2008) al cumplirse los cien años de su nacimiento, aunque finalmente resultó imposible que se publicara en 2017, como hubiese sido el deseo de sus editores. Los autores participantes tenían que ajustarse tan solo a una regla muy sencilla: si bien no era necesario que los relatos mantuviesen una relación temática con la obra de Clarke, sí que debían tener una extensión de justo 2001 palabras (título incluido). No obstante, en el caso de este cuento, breve, pero rebosante de sentido de la maravilla, el homenaje es doble, tanto numérico como argumental. Pero si queréis conocer más sobre 2001, An Odyssey in Words, pasad por el imprescindible blog Fantástica Ficción, donde Leticia Lara publica hoy mismo una detallada y estupenda reseña.

A Adrian es posible que bastantes de vosotros lo conozcáis incluso en persona, dado que fue uno de los invitados de la edición de 2014 del festival Celsius (y aquí podéis ver el vídeo de su encuentro con el público en aquella ocasión). Y en la nueva edición que muy pronto va a celebrarse en Avilés (entre el 17 y el 20 de julio de 2019) vuelve a contarse entre los invitados, así que, si vais a tener la suerte de acudir al Celsius dentro de unas semanas, no dejéis de leer Los coleccionistas, para ir bien preparados conociendo al menos una muestra de lo mucho que este autor es capaz de lograr cuando opta por las distancias cortas, dado que creo que este es su único cuento traducido al español.

Con objeto de conservar el homenaje numérico a Arthur C. Clarke, mi versión del relato respeta el número de palabras del original. Como en el tope de 2000 fijado para este especial ultracortos no se contabilizaba el título, Los coleccionistas y sus 1999 palabras encajan dentro del mismo, aunque sea por los pelos. Y, no solo eso, sino que además va a convertirse en el broche de oro que lo cierre. Esto no quiere decir que no vayamos a seguir teniendo por aquí más flash-fiction, pero a partir de ahora será de manera más puntual, como ocurría antes. Espero que hayáis disfrutado con estas dieciocho muestras de que lo bueno, si breve…

Por último, vaya mi agradecimiento a Adrian por permitirme compartir con todos vosotros esta maravilla de cuento. Y, si tenéis la suerte de conocerlo durante el Celsius, transmitídselo de mi parte en persona. Thanks a million, Adrian!

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Los coleccionistas

Adrian Tchaikovsky

La Harvey y la Helen deceleraron a la vez, utilizando la gravedad del anaranjado sol para transformar velocidad interestelar en interplanetaria. Los cálculos eran complicados; el sistema estaba plagado de lo que, durante nuestra aproximación, supusimos serían residuos espaciales, pero que luego descubrimos eran colosales estructuras de dimensiones planetarias suspendidas en una danza newtoniana alrededor del sol y la mitad de sus planetas. Habíamos sido atraídos desde la lejana Tierra por la llamada de un artefacto concreto, pero los habitantes de este sistema habían estado ocupados antes de marcharse adondequiera que se hubiesen ido.

Colectores solares orlaban el sol con tres grandes halos. Los investigamos al pasar camino de la señal. La mayoría estaban apagados o muertos, pero uno de cada cinco todavía continuaba absorbiendo luz solar. Analítica creía que la energía era transferida al resto del sistema mediante mecanismos que estaba fuera de nuestro alcance desentrañar: un misterio bien merecedor de una nueva visita para ser dilucidado.

Los ojos de cristal de la Tierra llevaban siglos escrutando los cielos nocturnos en busca de señales de vida: no de cualquier vida, sino de vida que pudiese devolvernos la mirada y reconocernos. La paradoja de Fermi plañía ante su inexistencia. Pero los cielos eran inmensos y la historia de la Tierra brevísima y turbulenta. Al fin y al cabo, ¿qué probabilidades había de que justo cuando nosotros mirábamos un punto concreto en el firmamento ese punto estuviese mirándonos, hablándonos, alargando la mano por la galaxia hacia la lejana consciencia de la Tierra? Quizás grandes imperios galácticos hubiesen florecido y muerto mientras los humanos tallaban herramientas pétreas, y se alzasen mucho después de que los últimos herederos de la vieja Tierra se hubieran oxidado. El tiempo del que dispusimos en el cosmos fue brevísimo, por mucho que tratásemos de alargarlo.

Pero resulta que sí que nos llamaron: una señal desde las profundidades de la oscuridad: «Sabemos que estáis ahí. Aquí estamos». [No se vayan todavía, aún hay más…]

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