Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!, de George Alec Effinger

George Alec Effinger fue un escritor estadounidense que, a lo largo de sus alrededor de treinta años de carrera, hasta su fallecimiento en 2002, publicó más de veinte novelas y varias colecciones de relatos, con los que cosechó importantes premios dentro del género, como el Nebula, el Hugo o el Sturgeon. Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas, y al menos tres de sus novelas se publicaron en España hace ya unos cuantos años. En español también se puede leer un buen puñado de sus relatos, aunque en ediciones en su mayoría descatalogadas. De ahí que me haya parecido un buen momento para recuperar uno de sus cuentos más populares, que curiosamente creo seguía inédito en nuestro idioma.

Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! (The Aliens Who Knew, I Mean, Everything) se publicó en octubre de 1984 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y posteriormente ha sido incluido en numerosísimas antologías, la última de ellas la muy recomendable The Very Best of Fantasy & Science Fiction, Volume 2. Aunque, a la postre, no consiguiese ningún galardón, quedó segundo en los premios Hugo, tercero en los Locus, y asimismo fue finalista de los Nebula y del SF Chronicle, algo sin duda bastante meritorio. Se trata de un relato de ciencia ficción francamente divertido, que perfectamente podía estar incluido en el Especial Humor que tuvimos en Cuentos para Algernon hace ya un par de años.

Como complemento al cuento, a continuación del mismo podéis leer un breve texto de la también escritora Barbara Hambly sobre este relato y sobre el propio autor. Y seguro que Barbara habla con total conocimiento de causa, dado que estuvo casada con Effinger durante varios años. George Alec Effinger y los extraterrestres que lo sabían todo fue publicado en 2011 en el muy añorado blog SF Signal.

Tan solo un aviso importante: Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo! no se va poder descargar en ninguno de los formatos habituales, y ya os avanzo que tampoco va a estar incluido en la antología anual. Así que me temo que tendréis que leerlo directamente aquí o generar el ebook por vuestra cuenta. Os aseguro que el pequeño esfuerzo adicional merece la pena.

En esta ocasión me gustaría expresar en primer lugar mi agradecimiento a Barbara, no solo por permitirme tener aquí su texto, sino porque ha sido ella quien me ha autorizado a compartir este cuento con todos vosotros. Y, por supuesto, muchísimas gracias al propio George, por escribir esta hilarante historia. Thanks a million, Barbara and George!

 

Los extraterrestres que lo sabían todo… ¡pero todo!

George Alec Effinger

Yo estaba sentado en mi escritorio, leyendo un informe sobre la situación del pelícano pardo, cuando el secretario de Estado irrumpió en el despacho.

—Señor presidente —dijo con los ojos desencajados—, ¡han llegado los extraterrestres!

Así, sin más, «¡Han llegado los extraterrestres», como si yo fuera a saber qué hacer con ellos.

—Ya veo —dije yo.

En los albores de mi primer mandato había aprendido que «ya veo» es una de las réplicas más útiles y menos arriesgadas que podía dar en cualquier situación. Al decir «ya veo» indicaba que había asimilado la noticia y que, con inteligencia y calma, estaba a la espera de más información. Eso devolvía la pelota al tejado de mis asesores. Miré al secretario de Estado con expresión expectante. Ya tenía perfectamente preparada mi siguiente frase en caso de que él no tuviese nada más que añadir. Mi siguiente frase sería, «¿Y bien?», que indicaba que yo podía solventar el problema, pero que no podía esperarse que tomara una decisión ejecutiva sin suficientes datos, y que él tenía que haber sabido que no debía irrumpir en el despacho oval a menos que esa información obrase en su poder. Por eso teníamos un protocolo; por eso se habían establecido conductos reglamentarios; por eso yo contaba con asesores. Los votantes no querían que tomara decisiones sin la información pertinente. Si no tenía nada más que decirme, bajo ningún concepto debía haber entrado de sopetón en mi despacho. Lo contemplé unos instantes más.

—¿Y bien? —requerí por fin.

—Eso es todo lo que sabemos por ahora —respondió incómodo.

Lo miré con severidad durante unos segundos, anotándome un par de tantos mientras él seguía plantado frente a mí, todo aturullado. Luego le dije que se podía retirar y retomé el informe del pelícano. Yo no pensaba aturullarme, solo faltaría. Tan solo se me ocurría un presidente de la historia reciente que hubiese dado muestras de aturullamiento durante su mandato, y todos sabíamos cómo había acabado. Sonreí mientras el secretario de Estado cerraba la puerta del despacho tras de sí. Era probable que los extraterrestres acabaran convirtiéndose en un problema bastante jodido, pero aún no eran mi problema. Todavía contaba con algo de tiempo. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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La criatura desiste, de Dale Bailey

Dale Bailey es un escritor estadounidense que a lo largo de sus más de veinte años de carrera ha publicado cuatro novelas y varias docenas de cuentos de ciencia ficción, fantasía oscura y terror. Tal vez su nombre os suene porque su última recopilación de relatos, The End of the End of Everything, finalista de los premios Shirley Jackson Awards, fue una de las obras que incluí en mi entrada de lecturas recomendadas del pasado mes de abril.

La criatura desiste (The Creature Recants) fue publicado originalmente en el número de octubre de 2013 de la revista Clarkesworld; posteriormente fue asimismo incluido en la ya mencionada The End of the End of Everything y en la antología The Year’s Best Dark Fantasy & Horror: 2014, editada por Paula Guran. Es un cuento muy cinéfilo y menos oscuro que la mayor parte de la ficción breve de este autor. Y, por encima de todo, es un precioso homenaje a La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), película dirigida en 1954 por Jack Arnold. Aunque el relato se puede leer sin haber visto la película, creo que para entrar en el juego que nos propone el autor al menos es conveniente conocer el argumento de la misma.

Espero que La criatura desiste os sirva para descubrir a un autor no muy conocido en España, dado que hasta ahora solo estaban traducidos dos de sus cuentos: «Muerte y sufragio», en la antología Zombies (ed. Minotauro), y «El fin del mundo tal como lo conocemos», incluido en Paisajes del Apocalipsis y en Miedo en el cuerpo, ambas editadas por Valdemar.

Y ya por último, tan solo me queda agradecer a Dale que me haya permitido traducir y compartir este relato con todos vosotros. Thanks a million, Dale!

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La criatura desiste

Dale Bailey

Durante las pausas del rodaje, el monstruo de la laguna Negra acostumbra a descansar en un estanque del plató trasero del estudio, soñando con su hogar. El estanque tampoco es que sea gran cosa. De tal vez un metro veinte de profundidad o así en el punto más hondo y un perímetro de unos cien metros, se trata de un decorado abandonado excavado en el achicharrado terreno del sur de California para alguna película olvidada: espadañas, juncos y, de tanto en tanto, una pequeña estela de ondas cuando la seca brisa se desliza sobre la superficie. Ni siquiera un pez para cuando la criatura tiene un poco de hambre, algo bastante habitual. El catering deja un tanto que desear, y todavía más cuando se está acostumbrado a una dieta de pescado crudo y carne de tortuga viva arrancada directamente de la concha.

Esto es Hollywood.

«No te hagas demasiadas ilusiones», le había aconsejado Karloff en una ocasión, mientras comía sushi al poco de llegar a Hollywood lleno de ambición y optimismo; y Lugosi, que en la época en la que la criatura había iniciado su carrera cinematográfica ya era adicto a la morfina y la metadona, todavía había tenido menos pelos en la lengua: «Te fan a yoder una fes sí y otra tamfién», le había asegurado con su fuerte acento húngaro. Ambos estaban encasillados por culpa de su papel más popular. La criatura había dado por hecho que, a pesar de tenerlo todo en contra, en su caso conseguiría evitarlo; pero durante esas tardes abrasadoras en el estanque, cogiendo agua con la mano de tanto en tanto para humedecerse las branquias, había empezado a reconsiderarlo. El agua era implacable y le devolvía permanentemente su reflejo: el cráneo calvo y encostrado con percebes, los ojos hundidos bajo las protuberancias de recio hueso, los colgajos de carne cubriendo las agallas del cuello… Ni por asomo madera de protagonista.

Y pensar que él había sido el rey de su pequeño mundo, de la inmensa y sombría laguna Negra sobre cuya superficie se inclinaban las ramas de árboles gigantescos… E incluso del poderoso Amazonas, en el que las anacondas se deslizaban por las aguas llenas de lamas; los caimanes se sumergían sigilosamente en la corriente dando coletazos; y siluros del tamaño de Chevrolets rebuscaban por el fondo musgoso. Y no nos olvidemos de la selva, húmeda, fétida y putrefacta, atronadora con el estruendo quitinoso de millones de insectos. Pero en lugar de en su reino ahora estaba aquí, en el sur de California, pasando los días sumergido en un estanque que le llegaba por la cintura, y durmiendo por las noches en una descomunal bañera en un horroroso apartamento.

Tales son las reflexiones en las que está sumida la criatura cuando un miembro del equipo —Bill, un ayudante de producción que está tratando de abrirse camino en el mundo del cine para llegar a ser técnico de iluminación— baja hasta el estanque para informarle de que Jack ha terminado de preparar la siguiente toma así que tiene que regresar al plató para pasear dando tumbos por la cubierta del Rita (que ni siquiera es un barco de verdad, sino tan solo una réplica barata instalada en uno de los platós cerrados de las instalaciones de la Universal) y acosar a Julie Adams durante más o menos otra hora. Ella es la auténtica reina de los gritos, Julie, no hay otra igual, y en la vida real también es bastante agradable; de vez en cuando incluso baja hasta el estanque para charlar entre toma y toma. De hecho, todos son bastante agradables. Hasta Jack es un buen tipo, a pesar de que siempre está dándole la lata con que se tiene que concentrar en sus motivaciones cuando bastante tiene él ya con conseguir situarse en la marca que le corresponde en cada momento. A decir verdad, la criatura ya no se desvive por el trabajo, pero ha firmado un contrato con la Universal, que su agente (que, a todo esto, raro es que le devuelva las llamadas) asegura no hay manera de romper.

Así que la criatura sale a duras penas del estanque y camina pesadamente de vuelta al plató, intentando no pensar en que podría decapitar a Bill con un solo golpe de esa garra que tiene por mano. Intentando no pensar en que una parte de él desea hacerlo.

 

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Las cosas no tenían que haber tomado este cariz.

Nunca reconocemos la felicidad hasta que se desvanece, así es como lo ve la criatura. El presente siempre nos parece un desastre. Hasta que no se marchó de la laguna no se dio cuenta de lo a gusto que estaba allí. En Hollywood añora esas aguas sombrías. Algunas noches, con la cabeza apoyada en el fondo de la bañera rebosante y los pies palmeados colgando por los laterales hasta rozar el recubrimiento de vinilo del suelo que se está despegando, incluso sueña con ella. Ahora le parece el culmen de la perfección: el lecho turbio donde se cobijaba durante horas entre ondulantes frondas de plantas cuyos nombres desconoce, y el pasaje oculto que llevaba a su rocosa guarida subterránea. Con su blindaje de escamas, inmune tanto al jaguar como a la piraña, cazaba tanto por las orillas llenas de vegetación como por los lóbregos abismos, atrapando monos araña que gritaban desde las ramas y deleitándose con los enormes peces que se deslizaban por las sulfurosas profundidades de la laguna. Incluso rememora esa vida de aislamiento con melancólica pesadumbre. Lo que le había parecido soledad —nunca había conocido a otro de su especie— ahora le parece autonomía; cuando el barco que anunciaba su expulsión del paraíso se adentró humeando en la laguna aquella primera vez, se había acercado a él con una curiosidad que ahora le parece locura. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XII (julio 2017)

Antes de empezar con mis recomendaciones personales, me gustaría destacar tres de las últimas novedades más destacadas dentro del género que supongo la mayoría ya conocéis. Por una parte, en abril se publicó El zoo de papel y otros relatos, primera colección de Ken Liu y flamante ganadora del premio Locus. Por otra, en mayo nos llegó Luna: Luna de lobos, la segunda entrega de la trilogía de Ian McDonald. Y también en mayo pudimos disfrutar de Dark Fantasies, la nueva y esperada antología editada por Mariano Villarreal, centrada en esta ocasión en obras de fantasía oscura como su propio título indica.

Y en cuanto a mis lecturas del último trimestre, vamos allá con las más destacadas:

. Academic Exercises (Subterranean Press), Mightier Than The Sword (Subterranean Press) y Priest’s Hole (incluido en Five Stories High, Rebellion Publishing), de K. J. Parker: Por si a alguien todavía no le ha quedado claro tras ver que no es una sino que son tres las obras que recomiendo de este escritor, diré que K. J. Parker es probablemente el autor que más me ha hecho disfrutar durante estos últimos meses. A la lectura  (en la mayor parte de los casos relectura) de algunos de sus mejores relatos, novelas cortas y ensayos históricos (estos últimos tan amenos y recomendables como su ficción), gracias a la imprescindible colección Academic Exercises, se le ha sumado la de sus dos últimas novelas cortas, Mightier Than The Sword y Priest’s Hole, que demuestran que Parker sigue en plena forma escribiendo obras amenas, inteligentes y muy divertidas, que, aunque en ocasiones pueden parecer bastante ligeras, están salpicadas de incisivas reflexiones sobre la política, el poder, la religión y otros muchos temas igualmente serios. Crucemos los dedos para que alguna editorial española le eche el ojo.

. Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, de Álvaro Cunqueiro (Destino): Una de mis obras favoritas de este gran fabulador gallego, a la que los años y las relecturas le sientan estupendamente. Con su habitual prosa elaborada y rica, Cunqueiro nos narra el día a día de un Sinbad ya retirado dada su avanzada edad, que entretiene el tiempo narrando sus viajes y sueña con contratar una nueva tripulación con la que lanzarse al mar a correr nuevas aventuras. Al igual que en otras obras de este autor, la novela viene acompañada de unos apéndices, que incluyen el habitual índice onomástico de los personajes mencionados en la historia y una plática de Sinbad sobre mares arábigos con más literatura y sentido de la maravilla en sus seis páginas que muchos libros con cientos. Si ya conocéis a este autor, ya sabéis qué podéis esperar de esta novela, puesto que es 100 % cunqueriana. Y si no lo conocéis, es una opción estupenda para empezar a descubrirlo.

. The White Hands And Other Weird Tales, de Mark Samuels (Tartarus Press): Esta es la primera colección de relatos que publicó allá por 2004 este escritor inglés, y con la que consiguió ser finalista del British Fantasy Awards. En ella se incluyen nueve cuentos en los que nos encontramos personajes obsesionados con escritores, una siniestra exhibición de maniquíes, una partida de ajedrez contra un misterioso oponente, libros con poderes misteriosos, una empresa de lo más kafkiana… Un libro que se lee en un suspiro, en parte por su brevedad y en parte porque estos cuentos resultan ser una lectura inquietante y al mismo tiempo muy disfrutable. Si leéis en inglés, tomad nota de este título y de este interesante autor. Y si no es vuestro caso, uno de sus relatos (no incluido en este volumen) está traducido en Sui Generis: una recopilación weird (Fata Libelli).

. Negra espalda del tiempo, de Javier Marías (Alfaguara): Un libro que, tal como dice el propio autor/narrador en el mismo, no responde a ningún plan ni se rige por ninguna brújula, ni tiene por qué formar un sentido ni constituir un argumento o trama, ni tan siquiera componer una historia con su principio y su espera y su silencio final. Así es, dado que esta obra no es una novela, ni un ensayo, sino tan solo un texto en el que Marías habla y divaga sobre asuntos diversos: las reacciones de sus antiguos compañeros de la universidad de Oxford ante la publicación de su novela Todas las almas; la figura de su madre y de un hermano fallecido antes de que él naciese; o las biografías de algunos escritores bastante desconocidos, que aunque no lo parezcan no son ficticios sino reales, como John Gawsworth, el primer rey de la isla de Redonda, reino del que actualmente Marías es monarca. Un libro inclasificable, ameno, escrito con la habitual prosa exquisita de este autor, y bastante más adictivo que muchísimas novelas.

. The Bleeding Horse And Other Ghosts Stories, de Brian J. Showers (Mercier Press): Lo que podría ser otro libro de cuentos más o menos tradicionales de fantasmas se convierte en algo especial gracias a la habilidad del autor (estadounidense, aunque afincado en Irlanda desde hace años) para hacer que estos relatos fruto de su imaginación parezcan historias de fantasmas que realmente han sucedido y se narran en el barrio de Rathmines (Dublín). Mezclando hechos reales y ficticios; incorporando datos y documentos históricos tanto verídicos como inventados; relacionando lugares, sucesos y personajes de las distintas historias, Brian consigue que en muchos momentos no sepamos si lo que estamos leyendo es realidad o ficción. Y que tampoco nos importe.

. Tainaron, de Leena Krohn (Cheeky Frawg Books / Nórdica): Decidí leer esta novela corta de esta autora finlandesa tras ver que tanto Jeffrey Ford como Jeff VanderMeer la recomendaban; de hecho, este último la ha publicado en su editorial, e incluso la envió de manera gratuita a todo aquel que mostró interés por la misma. Esta obra de difícil clasificación está compuesta por las cartas que escribe un anónimo narrador durante su estancia en Tainaron, una ciudad habitada por insectos, cuyos habitantes comparten un estilo de vida que de forma global guarda muchas similitudes con el humano, pero que tiene múltiples peculiaridades dada su condición. A través de estas misivas, llenas de imágenes fascinantes, bellas y evocadoras, iremos descubriendo ese mundo, sus costumbres y a algunos de sus habitantes. Un libro extraño, sin hilo argumental, pero francamente original, distinto y curioso. Así que me uno a la recomendación de Ford y VanderMeer. Yo lo he leído en inglés, pero también está publicado en español.

. Telling the Maps, de Christopher Rowe (Small Beer Press): Terminamos con más ficción breve, en este caso de un autor norteamericano residente en Kentucky. La mayoría de los cuentos de esta colección, y en general los que más me han gustado, se encuadran dentro de la ciencia ficción; en varios casos la acción transcurre en Kentucky, y varios son distopías con tintes religiosos. El volumen incluye el multinominado The Voluntary State, cuya lectura se me hizo un poco ardua ya que la información a asimilar para entender esa sociedad distópica es tal vez excesiva para la longitud del relato. Sin embargo, The Border State, novela corta de carreras ciclistas que transcurre en ese mismo mundo, ya no tiene ese problema gracias a su mayor extensión (ocupa la segunda mitad del volumen) y a que llegamos a ella tras haber leído el relato anterior, lo que me permitió disfrutarla mucho más. Si os apetece descubrir a un autor no demasiado conocido por aquí, este libro es una buena opción.

Y una última recomendación, en este caso cinematográfica. Id viendo o refrescando ese clásico de la serie B que es La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), dirigida por Jack Arnold en 1954. ¿Por qué? La respuesta la tendréis dentro de unos días en este mismo blog. 😉

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El peso de las palabras, de Jeffrey Ford

Jeffrey Ford es un escritor al que ya conoceréis la mayoría de vosotros, y no solo porque a lo largo de su dilatada carrera ha publicado numerosas novelas e infinidad de relatos con los que ha conseguido varios de los galardones más destacados del género, sino porque su Radiante mañana fue una de las primeras obras aparecidas en Cuentos para Algernon. Dado que este cuento tuvo una muy buena acogida por vuestra parte y además Jeffrey tiene un montón de relatos que yo sería feliz de poder tener por aquí, he pensado que ya era hora de que repitiera en el blog.

El peso de las palabras (The Weight of Words) se publicó en 2002 dentro de la antología Leviathan Three, editada por Jeff VanderMeer y Forrest Aguirre, tal como el propio autor explica en la nota que acompaña al cuento, que podéis (y debéis) leer a modo de epílogo. Estuvo nominado al premio World Fantasy Awards de 2003 (que perdió frente a Creation, otro cuento también escrito por él), y la antología no solo fue finalista de este mismo premio sino que además lo ganó en su categoría. Algunos años después, el relato se incluiría en The Empire of Ice Cream, la segunda de las cinco colecciones publicadas por Jeffrey hasta el momento.

Como se trata de un texto bastante extenso, creo que lo mejor es que no me alargue más en la presentación y que pasemos ya al mismo. Tan solo un aviso, tras varias horas de arduos cálculos, en esta ocasión he considerado oportuno cambiar la fuente que habitualmente utilizo en los textos. 😉

Y, por supuesto, mi enorme agradecimiento para Jeffrey Ford, que no solo escribe cuentos tan estupendos como este (y como Radiante mañana), sino que en todo momento se ha mostrado amabilísimo conmigo y de lo más receptivo y complaciente ante mis peticiones. Thanks a million, Jeffrey!

ACTUALIZACION I: Gracias una vez más a la colaboración de Johan y Jean, ya podéis disfrutar de este estupendo relato en vuestro lector electrónico (formatos EPUB, FB2 y MOBI). Descargadlo pinchando aquí.

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El peso de las palabras

Jeffrey Ford

I

En el otoño de 1957, cuando no tenía más de treinta años, salía casi todas las noches de la semana. No era tanto que buscase pasar un buen rato como escapar de uno malo. La que había sido mi esposa durante cinco años me había dejado hacía poco para largarse con un hombre más atractivo, rico y dinámico que yo; y aunque ella había mantenido una aventura a mis espaldas durante una buena temporada, y cuando se marchó me dejó bien claro que yo era un timorato, todavía continuaba amándola. Las noches de lectura apacible siempre habían sido una fuente de placer para mí; sin embargo, tras nuestra separación, la mera idea de sentarme tranquilamente, en soledad, con las páginas de un libro y mis desbordantes emociones por única compañía, me resultaba insoportable. Así que noche tras noche me ponía el abrigo y el sombrero, salía de mi piso y me dirigía al centro del pueblo, al cine, donde me sentaba en la oscuridad y mantenía mi propia y melancólica aventura con cualquier Katharine Hepburn cuya película se proyectara esa noche en el Ritz. Cuando la que aparecía en la marquesina era la Monroe o la Bacall, o alguna otra estrella menos típicamente virtuosa, a veces, en lugar de entrar me iba a cenar algo a alguna cafetería o a escuchar una conferencia en el centro cultural. El ciclo de conferencias no era, por decirlo con delicadeza, nada del otro mundo; pero en la sala había una iluminación brillante y por lo general estaban presentes unas cuantas almas solitarias como yo, ya fuera tomando notas o echando una cabezadita; y la continua verborrea del orador interfería en mis recuerdos y silenciosas recriminaciones. Y no solo eso, sino que ya había aprendido unas cuantas cosas sobre La Revolución Rusa, El cuidado de los rosales y La poesía de John Keats. Fue en una de estas charlas cuando conocí a Albert Secmatte, anunciado como «químico del lenguaje impreso».

Habida cuenta del título tan soso de su conferencia, «El peso de las palabras», yo no esperaba gran cosa de Secmatte, tan solo que hablara sin parar durante una o dos horas, me llevase a un estado de modorra al borde del sueño y me mantuviera en él. Antes de empezar se situó ante el atril (con una pantalla blanca detrás y un proyector de transparencias a su lado), y durante unos instantes sonrió y asintió con la cabeza sin motivo aparente; era un hombre menudo, con el cabello oscuro peinado hacia atrás. El traje negro y un tanto demasiado holgado habría podido hacerle parecer el subalterno de alguna funeraria, pero este efecto quedaba mitigado por su sonrisa hueca y las gafas de culo de vaso y montura cuadrada, que anulaban cualquier otra especulación sobre él salvo la de que, al menos en cierta medida, estaba loco. El resto del público, compuesto por una docena de personas, bostezó y se frotó los ojos, preparándose para recibir la sabiduría del orador con miradas en las que ya se percibía cómo su determinación empezaba a flaquear. La monótona voz de Secmatte no solo resultó ser tan embrujadora como un metrónomo, sino que además era aguda y débil, casi infantil. Su charla versaba sobre las palabras, y su comienzo fue tan prometedor como el de una de esas clases de secundaria que garantizan acabar con la fascinación que pudiese sentir cualquier muchacho por el lenguaje.

Me desperté de mi sopor inicial a los veinte minutos de conferencia, cuando el anciano que tenía a tres asientos se levantó para marcharse y tuve que salir al pasillo para dejarle pasar. Tras recuperar mi lugar e intentar de nuevo alcanzar ese estado de aletargada placidez objetivo de mi asistencia al acto, escuché por casualidad unas pocas frases de la charla de Secmatte que por el motivo que fuera despertaron mi interés.

«Las palabras impresas son como los elementos químicos de la tabla periódica —estaba diciendo—. Interactúan entre sí, influyen unas sobre otras mediante una especie de fuerza de gravedad que actúa entre las partículas en ese tubo de ensayo que es una frase. La proximidad de dos palabras puede ocasionar bien la apropiación bien la combinación de partículas básicas con carga connotante y gramatical, por así decir, y la formación de un compuesto de entidad y significado desconocido con anterioridad al momento en que quien escribe inició el proceso que desencadenó la reacción.»

Esta afirmación era a un mismo tiempo desconcertante y fascinante. Me incorporé en mi asiento y escuché con más atención. Por lo que pude deducir, Secmatte aseguraba que a las palabras impresas les correspondían, en función de su longitud, componentes fonéticos y estructura silábica, unos valores fijos calculables por métodos matemáticos. Las cifras así obtenidas correspondientes a sus características representativas podían ser analizadas con relación a la ubicación y proximidad de los distintos vocablos en el contexto de la frase; y un investigador competente en la materia podía entonces deducir la eficacia e influencia de la presencia de las distintas palabras. Lo que me pareció que estaba dando a entender me llevó a ajustar mi evaluación inicial del grado de su locura. Sacudí la cabeza, porque ahí teníamos un lunático con todas las de la ley. Pero era una chaladura demasiado alucinante para que la pasara por alto y retomase mi trance. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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