Volver a cruzar la Estigia, de Ian R. MacLeod

Ian R. MacLeod es un escritor inglés ya conocido por todos vosotros, dado que en 2018 publicamos por aquí su estupenda historia La chica picadillo. Este cuento no solo ganó en su momento el premio Mundial de Fantasía, sino que además ahora también se ha impuesto en la categoría de relato favorito de la 6ª encuesta anual del blog, de ahí que Ian se pase de nuevo por Cuentos para Algernon con un nuevo relato bajo el brazo.

Volver a cruzar la Estigia (Recrossing the Styx) se publicó por primera vez en 2010 en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Posteriormente fue incluido en varias de las antologías de lo mejor de ese año, y también se ha recogido en un par de las colecciones de relatos del propio autor (Frost on Glass y Nowhere). Tanto en tono como en argumento es una historia muy distinta a La chica picadillo, algo que he buscado premeditadamente para que comprobéis que estamos ante un escritor de muy variados registros. En esta ocasión vais a poder leer una historia de ciencia ficción con elementos de literatura negra y toques de humor también un tanto negro, que a la postre resulta bastante sombría, lo que tampoco es sorprendente habida cuenta de que, al fin y al cabo, nos habla de la vejez y la muerte. Y que seguro que os trae a la memoria algún clásico de la literatura o el cine.

Confío en que disfrutéis con este segundo relato de Ian tanto como yo he disfrutado traduciéndolo. Y a él tan solo me queda expresarle por segunda vez mi enorme agradecimiento por su amabilidad y paciencia en todo momento. Thanks a million, Ian!

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Volver a cruzar la Estigia

Ian R. MacLeod

Bienvenidos a bordo de El Grandioso Trotamundos, propulsado íntegramente con energía atómica, cada una de sus 450 000 toneladas. Se trata de un pequeño país, en sentido literal y con todas las de la ley, con sus propias fuerzas armadas, legislación y moneda. No obstante, a pesar de toda su modernidad, a bordo se sigue viviendo a la antigua usanza. Cuenta con los tradicionales locales de comida rápida, restaurantes temáticos, fuentes iluminadas, artistas callejeros e incluso una entrañable barbería improvisada atendida por un cuarteto de espontáneos. Y también con cualificadas legiones de chefs, basureros, recogedores de cacas de perros y técnicos de mantenimiento. Todas las noches, si el tiempo acompaña, hay espectáculos de fuegos artificiales en la cubierta superior, sobre el casino El Multimillonario Feliz. Es fácil comprender por qué quienes se pueden permitir sus tarifas continúan navegando hasta la muerte, y luego hasta mucho después.

Cuando paseaba por cubierta ataviado con su blazer a rayas lilas que lo identificaba como miembro de la tripulación, Frank Onions, guía oficial del crucero, nunca prestaba demasiada atención a las noticias que veía en las coloridas revistas abandonadas sobre los brazos de las tumbonas. No obstante, sabía que morir ya no era el terrible problema de antaño. La muerte había resultado ser la respuesta a numerosos problemas de la tercera edad. Una vez que tu débil corazón se había detenido y tu deteriorado cuerpo había sido eviscerado, tu memoria transferida y tus órganos sustituidos, eras libre de arrastrarte de aquí para allá con tu cadera de titanio durante unas cuantas décadas más. Transcurridas las cuales podías solicitar que el procedimiento se llevara a cabo otra vez. Y otra. Es cierto que algunos quisquillosos cuestionaban que, estrictamente hablando, los posvivos continuasen siendo las mismas personas de antes, pero, en el caso de Frank, que trabaja en un sector que dependía tanto de los poscentenarios, hubiera sido una grosería poner algún reparo.

Cuando acompañó a ese grupo a la excursión matutina a las ruinas de Cnossos, en Creta, con El Grandioso Trotamundos fondeado frente a lo que quedaba de la ciudad de Heraclión, Frank tuvo la sensación de que ese día había más cadáveres que nunca. Al menos catorce de las cuarenta y dos cabezas que contó en el autobús del tour parecían estar muertas. Multiplicadas por dos, si incluías a sus cuidadores. La manera más sencilla de distinguir a muertos de vivos era una ojeada a sus pelucas y peluquines. No era que esos aderezos no gozasen también de popularidad entre los vejestorios vivos, pero no había ni un solo muerto que no estuviera calvo —los científicos no parecían acabar de coger el tranquillo a la sustitución del cabello, e igual pasaba con la piel—, y todos tenían un gusto de lo más nauseabundo en lo relativo a prótesis capilares. De las filas de asientos del autobús que Frank tenía frente a él brotaban copetes dignos de Elvis Presley, crestas punkis teñidas y moños cardados estilo Motown. A los muertos también les encantaba lucir gafas de sol enormes. Evitaban la luz, como los vampiros a los que en cierto modo se asemejaban, y preferían la ropa holgada en insólitas combinaciones de fibras artificiales. Incluso los hombres se maquillaban en exceso para disimular su tez pálida. Mientras el vehículo trepaba camino del destino cultural del día, Frank cogió el micrófono y, cuando estaba soltando su perorata sobre Perseo y el minotauro, le llegó un efluvio mezcla de olor a carne putrefacta, crema facial y formaldehído o algo así.

El sol de septiembre no pegaba con excesiva fuerza mientras Frank, con la mano derecha alzada enarbolando la insignia redonda de El Grandioso Trotamundos, guiaba a su grupo, que se desplazaba arrastrando los pies por los lugares de interés, salvaescaleras y pasillos rodantes. Este es el fresco del rey-sacerdote y esta es la sala del trono y este el primer retrete con depósito de agua del mundo. El único grupo que había además del suyo era de El Trovador Feliz, otro gran barco de cruceros atracado en la vieja base naval estadounidense de la bahía de Suda. Cuando las dos lentas corrientes se juntaron y mezclaron en sus débiles esfuerzos por llegar a la tienda de souvenirs primero, Frank no pudo evitar preocuparse al pensar que iba a terminar con algunos cruceristas equivocados. Luego, tras contemplarlos un rato más —tan frágiles, con ese entusiasmo tan rematadamente absurdo por gastar el dinero que habían ganado en sus pasadas vidas como contables en Idaho, abogados en Estocolmo o comerciales de empresas de alquiler de maquinaria en Wolverhampton— se preguntó si eso tendría alguna importancia. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Hablar con los muertos, de Sarah Pinsker

Sarah Pinsker es una joven escritora, cantante y compositora estadounidense. Su carrera literaria ha estado centrada mayormente en la ficción breve, aunque, tras publicar alrededor de cincuenta relatos y novelas cortas, en 2019 vio la luz A Song For A New Day, su primera novela. Sin duda su nombre lleva ya unos años sonando con fuerza en el panorama del género, sobre todo gracias a que en 2014 ganó el premio Sturgeon (con el relato In Joy, Knowing the Abyss Behind, que sería el que yo hubiese traducido de no ser porque ya está disponible en español en la revista Axxon) y en 2016 el Nebula. También 2019 fue el año en que Sarah publicó su primera colección de cuentos, Sooner or Later Everything Falls Into the Sea, que como ya dije por aquí me parece francamente recomendable.

Hablar con los muertos (Talking With Dead People) se publicó en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 2016, y es uno de los cuentos incluidos en la ya mencionada primera colección de esta autora. Se trata de un relato que no resulta fácil de clasificar, a caballo entre la ciencia ficción, la ficción criminal e incluso tal vez el terror. Tan solo diré que a mí esta historia me resulta extrañamente inquietante.

Espero que Hablar con los muertos os guste y os animéis a continuar leyendo más relatos de esta autora (podéis encontrar otro en la revista Supersonic y un segundo cuento en Axxon). Y, para que podáis lanzaros ya mismo a leer, tan solo me voy a limitar a expresar mi agradecimiento a Sarah por compartir su historia con todos nosotros. Thanks a million, Sarah!

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Hablar con los muertos

Sarah Pinsker

Sí, fue a mí a quien se le ocurrió el nombre «La Casa de los Hachazos», sí, como en la rima: «Lizzie Borden un hacha empuñó, y cuarenta hachazos a su madre le dio». Como si yo fuese quién para bromear sobre esa clase de asuntos. Y sí, es cierto que Elizabeth Mint me propuso ser socias en el negocio y yo decliné la oferta. Por entonces compartíamos habitación en la universidad, y no me importa reconocer que mi olfato comercial era nulo por completo. Si hubiera visto todas las posibilidades que ella sí le vio a la idea, si hubiese aceptado su oferta, si no hubiera dejado de trabajar con Elizabeth, ahora sería millonaria.

Por aquel entonces se hacía llamar Eliza. Y se aseguraba de que te enterases de que se pronunciaba «i-lai-sa» y no de otra manera. Mantenía una extraña relación de amor-odio con todo el famoso asunto de Lizzie Borden, la presunta asesina acusada de cargarse a sus padres a hachazos. De pequeña había vivido al sur del estado de Nueva Jersey, y allí era simplemente Lizzie sin que nadie montase ningún revuelo por ello. Luego su familia se mudó al norte del estado, a Teaneck, a una hora en coche de donde vivían, justo cuando ella iba a empezar el instituto, justo cuando se estrenó aquella famosa película sobre Lizzie Borden. Y, como al sur de Teaneck había un municipio llamado Bordentown, al poco se encontró convertida en «Lizzie, la de Bordentown», y todo el mundo se dedicaba a preguntarle cómo seguían sus padres. Tras cuatro años aguantando tomaduras de pelo, estuvo encantada de poder hacer borrón y cuenta nueva en la universidad.

A pesar de todo eso, o tal vez a causa de todo eso, la historia ejercía una fascinación especial sobre ella. Yo no lo entendía, pero estaba acostumbrada a convivir con personas que no eran capaces de dejar atrás el pasado. En más de una ocasión prácticamente me obligó a acompañarla en los viajes que hacía de Rochester a Fall River (Massachusetts), la ciudad donde había vivido la familia Borden. También me llevó casi a rastras a otros lugares siniestros: sanatorios abandonados, escenarios de crímenes, hogares de asesinos en serie. Yo no tenía ni idea de cuantísima gente peregrinaba a esos sitios. Al menos, el interés de Eliza era pragmático; aunque al principio yo no lo supiese.

Yo la acompañaba porque ella pagaba la gasolina y porque nunca me había alejado de casa más de ciento cincuenta kilómetros. Además, que a alguien le apeteciese viajar conmigo era toda una novedad, aunque, con la perspectiva que da el tiempo, ahora pienso que tal vez yo estaba asumiendo como mío su propio interés.

Cuando regresábamos de alguno de esos lugares en mi viejo Ford Fiesta —ella era la única persona adinerada que yo había conocido que no conducía—, siempre se mantenía en silencio mientras yo buscaba en mi móvil las canciones más animadas que se me ocurrían. Entonces, de manera inevitable, llegaban las preguntas [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Monos, de Ken Liu + sorteo

Ken Liu ha sido uno de los dos triunfadores de la 6ª encuesta anual de este blog ―la correspondiente al año 2018―. Al igual que ya ocurrió en las ediciones 1ª, 2ª y 4ª, su nombre ha sido el más votado en la categoría de «autor del que más os apetecía leer un nuevo cuento». Y este es el primer motivo por el que lo tenemos aquí de nuevo, ya por séptima vez. El segundo motivo: el 25 de febrero de 2020 (es decir, dentro de tan solo unas semanas) se publica tanto en Estados Unidos como el Reino Unido su esperada segunda colección, The Hidden Girl and Other Stories. A diferencia de El zoo de papel y otros relatos (donde se recopilaron principalmente sus obras más conocidas y premiadas), aquí el principal criterio a la hora de seleccionar los cuentos ha sido su propio gusto. Y no creo que a nadie le extrañe que entre los elegidos figuren «Quedarse atrás» (el relato con el que se inauguró este blog) y «Renacido».

Monos (Monkeys) se publicó en 2012 en la revista científica Nature. Se trata de un relato muy breve en el que Ken nos vuelve a demostrar que el humor también es lo suyo, algo que tal vez pueda sorprender a quienes solo hayan leído sus cuentos más premiados y conocidos, pero que los seguidores del blog ya descubristeis tiempo atrás con La llamada de La Compañía de las Tortitas. con el que inauguramos el especial dedicado al humor.

Sé que Monos os va a saber a poco, pero tranquilos, en realidad es una especie de aperitivo, porque tengo previsto publicar próximamente otra historia de este mismo autor mucho más extensa. Además, para ir calentando motores ante su nueva colección, voy a sortear un ejemplar en papel de El zoo de papel y otros relatos. Ya sé que muchos ya lo tendréis, pero seguro que queda alguien que no. E, incluso si lo tenéis, seguro que conocéis a alguien para quien puede ser un regalo perfecto.

Pero, antes de pasar a detallar las reglas del sorteo, quiero expresar una vez más mi agradecimiento a Ken, que como siempre me ha dado todo tipo de facilidades para que pueda seguir compartiendo algunas de sus historias con todos vosotros. Once again, thanks a million, Ken!

ACTUALIZACIÓN I (24/01/2020): Una vez cerrado el sorteo, he procedido a elegir al ganador del mismo y el afortunado ha sido @DANZAFRACTAL (Francisco M. Juárez). ¡Enhorabuena! Puedes mandarme tu dirección postal para el envío mediante un DM de Twitter. Gracias a todos los que habéis participado.

REGLAS SORTEO EJEMPLAR EL ZOO DE PAPEL Y OTROS RELATOS

Y ahora sí, pasemos a las reglas del sorteo, que son muy sencillas:

  • Para «ganar una papeleta» para el sorteo podéis:

. contarnos cuál es vuestro relato favorito de Liu (o, si es el caso y os atrevéis, confesar que todavía no habéis leído ninguno 😉 ) dejando un comentario en esta misma entrada en el que se incluya vuestro correo electrónico de contacto: 1 papeleta máximo.
. ídem, pero respondiendo en Twitter a mi tweet anunciando el sorteo: 1 papeleta máximo.

Así que cada persona puede conseguir un máximo de 2 papeletas.

  • NO hay restricciones geográficas.
  • El sorteo se cerrará el jueves 23 a las 24.00 (UTC + 1).
  • El ganador lo elegiré mediante alguno de los sistemas aleatorios habituales para estos casos. El resultado lo anunciaré al día siguiente en esta misma entrada y vía Twitter, y el ganador deberá ponerse en contacto conmigo en un plazo de 7 días escribiéndome un correo a cuentosparaalgernon@gmail.com para facilitarme su dirección de envío. Si transcurrido ese plazo no he tenido noticias suyas, se repetirá el sorteo. Y así las veces que sean necesarias.

 

Mucha suerte a todos. Y los que no ganéis, podéis considerar Monos como un pequeño premio de consolación. Espero que os guste.

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Monos

Prosa, aun cuando con otro nombre se la llame.

Ken Liu

Ted y Kathy contemplaban la caótica escena por entre los barrotes de la jaula. Un gran macaco macho de un par de palmos de alto gritó y levantó por los aires la máquina de escribir —una Olivetti Lettera 22 verde lima de 1953—. Se quedó inmóvil un segundo, como un levantador de pesas, y luego la arrojó con fuerza contra el sucio suelo. La máquina se estrelló estrepitosamente, entre el traqueteo de teclas y carro, y, cuando se detuvo, en la hoja de papel estaba escrita la secuencia «jl,dykb nvcxliuear ».

Kathy se tapó la boca con las manos y lanzó un resoplido.

—Al menos, ahora, ya han tecleado algo —dijo.

Ted se limitó a sacudir la cabeza.

Dos machos más pequeños se acercaron a la máquina. Uno brincó arriba y abajo sobre el teclado: «cx,juoun2 ep89 xadl’». El otro lo observó y luego decidió defecar en la cazoleta cóncava formada por las palancas de los tipos.

—Bueno, el profesor Emroche ya no va a querer que le devolvamos esta máquina en concreto —comentó Kathy tras reponerse de la impresión inicial y antes de estallar en risas.

Los monos se detuvieron para mirarla, lo que solo consiguió hacerla reír más fuerte.

Ted volvió a sacudir la cabeza.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

El proyecto Shakespeare Simio era una colaboración interdisciplinar entre los departamentos de humanidades y ciencias. Sin embargo, después de que un breve vídeo del mono cagando en la máquina de escribir se difundiera por la red, todo el mundo comenzó a desvincularse de él. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XX (enero 2020)

Aunque últimamente la periodicidad de estas entradas de recomendaciones es un tanto variable, aquí tenéis una nueva entrega que, a pesar de las fechas, nadie debe confundir con un «lo mejor del 2019»:

. Imágenes en acción, de Terry Pratchett (Martínez Roca 1993; traducción de Cristina Macía): Siempre es buen momento para leer o releer a Terry Pratchett, como una vez más me ha demostrado esta novela, que además me ha sorprendido muy gratamente: que unos toques lovecraftianos encajen bien en Mundodisco es algo esperable, pero no imaginaba que una buena dosis de cinefilia clásica le fuese a sentar tan bien al humor, ironía e inteligencia de Pratchett. A falta de leer todavía bastantes novelas de la serie, Imágenes en acción se ha convertido en mi favorita. Y encima se puede leer de manera independiente al resto de la serie.

. Sooner or Later Everything Falls Into the Sea: Stories, de Sarah Pinsker (Small Beer Press, 2019): Primera colección de relatos de esta joven escritora y música estadounidense. Como Sarah Pinsker tenía muchísimo material donde elegir (son más de cincuenta los cuentos que ha publicado en inglés), el nivel es francamente alto y la temática muy variada: de la ciencia ficción a la fantasía con distintos grados de oscuridad. Mi favorito del volumen es su estupenda novela corta «And Then There Were (N-One)», que ya recomendé por aquí hace unos meses; aunque varios de los relatos (algunos finalistas y ganadores de premios importantes del género) no le van muy a la zaga en mis preferencias. Una autora a la que alguien debería traducir ya.

. Perelmanía: Los mejores relatos de humor, de S. J. Perelman (Editorial Contra, 2017; traducción de David Paradela López): Perelman es todo un clásico dentro de la literatura humorística anglosajona. Y, aunque no tiene nada que ver con el género, me he divertido tanto leyendo esta recopilación de algunas de sus mejores historias que no puedo dejar de recomendarla aquí. Piezas irónicas y muy originales, tanto en su contenido como en su forma, e incluso en los títulos (como muestra un botón: «¡Habrase visto! ¿De dónde han salido ese par de zánganas con curvas de guitarra?»), que en muchos casos no son historias con un hilo narrativo tradicional, sino ocurrencias del autor a partir de anécdotas de su propia vida, anuncios o noticias de actualidad. Tras terminar este libro se entiende por qué entre los miembros de su club de fans se cuentan desde los Hermanos Marx (con los que colaboró como guionista en dos películas) hasta Woody Allen, pasando por Somerset Maugham y Philip Roth. Por último, mis felicitaciones para el traductor, que ha debido de sudar sangre, pero que ha logrado un resultado excelente.

. The Hunger / El hambre, de Alma Katsu (G.P. Putnam’s Sons, 2018 / Runas, Alianza Ed., 2019; traducido por Natalia Cervera): Basándose en un conocido episodio real ocurrido a mediados del siglo XIX durante la conquista del Oeste americano, la autora ha escrito una apasionante novela en la que se combinan los géneros del western y del terror. Si bien es cierto que la historia consiguió inquietarme en varios momentos, lo que más me enganchó del libro fue su faceta de western. El gran trabajo de documentación de la autora consigue que casi compartamos la vida cotidiana de una de esas expediciones de carretas que se dirigían hacia el salvaje Oeste. Yo lo he leído en inglés, pero por suerte también podéis disfrutar de este libro en español.

. El secreto del orfebre, de Elia Barceló (Roca Editorial, edición ampliada 2017): Esta breve historia nos demuestra de nuevo por qué Elia Barceló es uno de los grandes nombres dentro del género fantástico. Una romántica novela corta con viajes en el tiempo a la que yo tan solo le encontré una pega: en mi caso hubiera funcionado mejor sin el apéndice que se le ha añadido en esta edición ampliada. Una lectura tan breve como recomendable.

. Yo, Claudio, de Robert Graves (Biblioteca El Mundo, 2002; traducción de Floreal Mazía) / Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, de Robert Graves (El País, Novela Histórica, 2005; traducción de Floreal Mazía): Si mientras esperáis las nuevas entregas de Canción de hielo y fuego tenéis mono de intrigas palaciegas, traiciones, asesinatos y campañas bélicas, ¿por qué no cambiar radicalmente de tercio y darle una oportunidad a estas dos novelas? En esta supuesta autobiografía, Claudio nos va narrando la historia de los emperadores que le precedieron; cómo fue posible que, a pesar de sus taras físicas (cojera, tartamudez…) y de ser partidario de la república, él mismo acabara convertido en emperador; y cómo se desarrollaron los trece años en los que estuvo al frente del Imperio romano. Todo ello salpicado de sus reflexiones sobre el poder, la libertad, la religión, los sistemas políticos… Dos novelas amenas, instructivas y muy documentadas e interesantes, incluso si no sois aficionados a la novela histórica. Por cierto, la serie de televisión inglesa de los años setenta también es muy recomendable.

. The Fisherman / El pescador, de John Langan (Word Horde, 2016 / La Biblioteca de Carfax, 2018; traducción de Alberto Chessa): En un intento por superar la muerte de su esposa, el protagonista de esta novela acaba convertido en un apasionado de la pesca. Con el tiempo se le unirá un compañero del trabajo, que también ha perdido a su familia. Durante una de sus salidas les narrarán una larga y terrorífica historia sucedida muchos años atrás, que ocupa toda la parte central del libro (sí, estamos ante una de esas novelas con estructura de muñeca rusa) y que permite que tanto los protagonistas como los lectores comprendan los acontecimientos del tercio final. Y, aunque esta novela se encuadra en el género de terror y está llena de elementos sobrenaturales, lo que a mí más se me ha quedado grabado ha sido la estremecedora historia de amistad y camaradería entre dos hombres destrozados por el dolor y la pérdida que tratan de rehacer sus vidas aferrándose a esa frágil tabla de salvación que es la pesca. Todo ello con un estilo y prosa muy cuidados, que al parecer la traducción ha conseguido trasladar perfectamente al español (en esto hablo de oídas, yo lo he leído en inglés).

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