Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan, de Ian McDonald

Ian McDonald es un autor lo bastante popular para que no necesite presentación, y menos en este blog, donde hace un par de años ya tuvimos el honor de contar con uno de sus relatos, El aria de la reina de la noche. Tras la publicación en España de las dos primeras novelas de su trilogía Luna (Luna nueva y Luna de lobos), supongo que más de uno estaréis ansiosos por leer la tercera entrega, anunciada para 2019, y ¿qué mejor manera de entretener la espera que con un nuevo cuento suyo? Aunque el principal motivo por el que volvemos a tener a Ian por aquí es que El aria de la reina de la noche fue votado por vosotros como el relato favorito de la cuarta temporada del blog y, de acuerdo con las normas de la encuesta, esto me obligaba a ofreceros otro de sus cuentos.

Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan (Botanica Veneris: Thirteen Papercuts By Ida Countess Rathangan) se publicó en 2015 dentro de la antología Old Venus, ganadora del premio Locus de 2016, y  a su vez no solo quedó en sexta posición de estos mismos premios, sino que además fue finalista de los Theodore Sturgeon Memorial Award. También fue incluido en las principales recopilaciones de lo mejor de ese año (las de Jonathan Strahan, Gardner Dozois, Rich Horton, Neil Clarke y Allan Kaster), y repescado en diciembre de 2017 para su publicación online en la revista Clarkesworld.

Old Venus fue editada por George R. R. Martin y el recientemente fallecido Gardner Dozois, y era en cierta manera una continuación de Old Mars, al compartir ambas antologías la misma premisa: se trataba de ofrecer obras que recuperan el espíritu pulp y aventurero de gran parte de la ciencia ficción de la Edad de Oro del género, aunque en esta ocasión el escenario tenía que ser Venus en lugar del Marte de su predecesora. Dado que El aria de la reina de la noche era uno de los relatos incluidos en Old Mars y fue tan bien recibido entre vosotros (no solo ganó la encuesta, sino que quedó segundo en los premios Ignotus), me pareció que Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan era una muy buena opción, porque además se trata de otro relato estupendo, por el que incluso su propio autor siente una especial predilección. Si a esto le añadimos que contiene un explícito homenaje a una de las novelas que más me impresionó en mi infancia, me temo que tenía todas las papeletas para ser el escogido a pesar de su extensión (creo que es el más largo de todos los publicados en el blog). Espero que os guste.

Ya por último, quiero agradecer a Ian no solo su generosidad al cederme este segundo cuento, sino también su paciencia y amabilidad, porque de nuevo le ha tocado lidiar con mis dudas y cuestiones sobre la traducción del mismo. Thanks a million, Ian!

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Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan

Ian McDonald

 

INTRODUCCIÓN, de MAUREEN N. GELLARD

Mi madre tenía instrucciones taxativas de que, en caso de incendio en casa, había que salvar dos cosas: el álbum de fotografías familiar y los granville-hydes. Yo crecí a la sombra de cinco recortados florales originales, ajena por completo a su historia y valor. Al igual que tantos otros en este y otros mundos, no empecé a apreciar el arte excepcional de mi tía abuela hasta alcanzar la edad adulta.

Los coleccionistas buscan con avidez los granville-hydes originales en esas escasas ocasiones en que salen a subasta. Los originales se venden por decenas de miles de libras (a Ida esto le hubiera hecho gracia); hace dos años, las entradas para una exposición en el Museo Victoria and Albert se agotaron con meses de antelación. Se han publicado y continúan estando disponibles docenas de colecciones con reproducciones de sus obras: de Botanica Veneris, en concreto, existen quince ediciones en veintitrés idiomas, no todos terranos.

Podría parecer que lo último que necesita el mundo es otra edición de Botanica Veneris. No obstante, el misterio de la decisiva (y única) visita de Ida a Venus continúa intrigando medio siglo después de su desaparición. Cuando la totalidad de sus diarios, cuadernos de bocetos y notas de campo llegaron a mis manos tras haber obrado en poder de los duques de Yoo durante cincuenta años, reparé en la oportunidad valiosísima de contar la verdadera historia de la expedición de mi tía abuela —y de un capítulo olvidado de la historia de mi familia— que se me presentaba. El material se encontraba en muy mal estado, enmohecido y deteriorado por el clima húmedo y caluroso de Venus. Había considerables fragmentos que resultaban ilegibles o faltaban sin más. La narración estaba frustrantemente incompleta. He resistido la tentación de rellenar esos huecos. Hubiera sido sencillo dramatizar, novelar e incluso otorgarle un toque de sensacionalismo; pero en lugar de eso he permitido que sea Ida Granville-Hyde quien hable. La suya es una voz fuerte, atractiva y con carácter; de una clase, época y sensibilidad distintas a las nuestras, pero es la original y es una voz genuina.

Huelga decir que los recortados hablan por sí mismos.

 

Figura 1: V strutio ambulans: planta peripatética de Ducrot, conocida en la zona como paseante diurna (thent) o florerrante (thekh).

Papel de recortar, tinta y cartulina.

 

¡Qué gran espectáculo!

Durante el almuerzo, Het Oi-Kranh comentó que estaba previsto que un aerotransbordador marciano —el En busca de la cosecha estelar— amerizase en la laguna. Yo dije que me gustaría verlo —al parecer, el amerizaje de mi propia llegada a este mundo lo pasé durmiendo—, lo que nos iba a obligar a privarnos del sorbete, ¡pero a los Mundos Interiores no se viene por los sorbetes! Het Oi-Kranh puso su coche arácnido a nuestra disposición. Poco después, la princesa Latufui y yo nos bamboleábamos en la burbuja suntuosamente tapizada bajo las seis robustas patas mecánicas que nos transportaban cuesta arriba, ascendiendo por callejones vertiginosos y escaleras serpenteantes, por encima de muros y balconadas ajardinadas, avanzando por contrafuertes y tejados, y subiendo por las antiguas escalerillas de hierro de Ledekh-Olkoi. Las islas del archipiélago son pequeñas; su población, enorme, y solo se puede construir hacia arriba. Ledekh-Olkoi se asemeja a un Monte Saint Michel mucho más extenso y tosco. Por encima de las calles se han tendido puentes y construcciones que las han convertido en una red de túneles bastante impenetrable para los forasteros. Los hets trepan sin más por encima de los hogares y vidas de las clases inferiores en sus maniobrables coches arácnidos.

Llegamos al mirador en lo alto del Starostry, el antiguo faro de Ledekh-Olkoi que antaño guio a los marineros a través de los arrecifes y atolones del archipiélago Tol. Allí nos agarramos bien —mi camarada, la princesa Latufui, tenía arcadas: vértigo, aseguraba, aunque podrían deberse a lo reciente del almuerzo—, Ledekh-Olkoi al completo a nuestros pies en una miríada de niveles y capas, como los pétalos plegados de una rosa.

—¿No necesitaríamos prismáticos? —preguntó la princesa.

¡En absoluto! Porque justo entonces, la perpetua capa de nubes grises se abrió y un rayo de luz, como una lanza rutilante, hendió los cielos. Vislumbré un objeto oscuro en descenso, y luego un borbotón mastodóntico alzándose como una docena de Niágaras. Fugaces arcoíris danzaron por el cielo; mi compañera se retorció las manos encantada —añora terriblemente el sol—, tras de lo cual las nubes se cerraron de nuevo. Círculos de olas rizaron la superficie al alejarse del casco del aerotransbordador, que tenía la línea de flotación baja, como una gran ballena, aunque este mundo alardea de fauna marina incluso más prodigiosa que las ballenas terranas. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Telomerasa, de Ian Muneshwar – Especial ultracortos XI

Ian Muneshwar es un escritor y profesor residente en Estados Unidos, pero de raíces indo-guayanesas. Su primer cuento se publicó en Clarkesworld en 2015, y desde entonces sus relatos han seguido apareciendo en otras revistas como The Dark, Gamut y Strange Horizons, además de en diversas antologías. Y, aunque su obra no sea todavía muy extensa, es un autor muy variado que tan pronto escribe ciencia ficción o fantasía oscura, como relatos tan inclasificables como este.

Telomerasa (Telomerase) vio la luz en 2016 en An Alphabet of Embers, una antología editada por Rose Lemberg (la autora de Las siete pérdidas de Na Re), que buscó para la misma piezas muy breves que se caracterizaran por ser especialmente líricas, surrealistas o extrañas. Telomerasa encajaba perfectamente, y es sin duda mi cuento favorito del volumen. Se trata de una emotiva historia sobre la pérdida, la enfermedad y el lenguaje, que confío os sirva para descubrir y estar atentos a un autor que, aunque todavía está empezando, creo que nos puede deparar bastantes alegrías en el futuro.

Y antes de pasar al relato, tan solo me queda dar las gracias a Ian por permitirme tenerlo aquí, ya que desde que empecé a pensar en montar este especial ultracortos tuve muy claro que Telomerasa tenía que formar parte de él. Thanks a million, Ian!

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Telomerasa

Ian Muneshwar

Tú perdiste tu primera palabra cuando yo empecé a perder el pelo.

Trajiste una cesta de mimbre al hospital y la abriste en la sala de espera, sacaste una manta de cuadros azules que extendiste sobre nuestros regazos. Dentro de la cesta había un libro de mitos griegos y dos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, sin corteza y cortados en triángulos, tal como los solías preparar cuando los chicos eran pequeños.

Te dije que era una tontería, que no estaba allí de excursión sino porque tenía cáncer, pero tú sonreíste de oreja a oreja como si me hubieras tendido una trampa para conseguirme hacer justo ese comentario.

Ya con la aguja bajo mi piel y las náuseas arremolinándose en la boca de mi estómago, abriste el libro. Leíste las palabras de Hades con una voz sibilante y enfurecida que hizo estallar en risitas a los niños al otro lado de la sala; Zeus era un grandilocuente barítono que me recordó a ti cuando nos conocimos: rebosante de arrogante y vital confianza.

Tras las primeras historias te pusiste en pie, diciendo que tenías que ir por algo. Tus labios trataron de pronunciar la última palabra, de decirme qué era, pero no fuiste capaz de articular los sonidos. Te pedí que la deletrearas, que la escribieras, pero la palabra se había esfumado por completo, extirpada de raíz de tu memoria.

Regresaste con un té en uno de los vasos desechables del hospital. Lo señalaste y trataste de nuevo de conjurar la palabra; tus finos labios separándose, la punta de la lengua presionando sobre el paladar.

«Té. Té caliente», dije yo.

Sacudiendo la cabeza, cogiste el libro y retomaste la lectura donde la habías interrumpido.

 

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 

Para cuando decidí afeitarme la cabeza, ya habías descubierto la norma aplicable. «Quiero» fue la siguiente en desertar. «Sí» y «no» te abandonaron mientras estabas picando zanahorias, «arriba» y «abajo» cuando llevabas a los nietos a los columpios.

Estabas perdiendo primero las palabras más sencillas, las estabas perdiendo en el orden en el que las habías aprendido. Cuando se lo explicaste a los médicos, no pude evitar percatarme de la ironía, de lo absurdo de que tú, profesor jubilado de Semiótica y Ciencias Clásicas, te quedaras sin tus palabras. Sin embargo, ellos solo vieron un acertijo sin respuesta: no era alzhéimer ni demencia, no era apraxia ni afasia; en todas las páginas de todos sus libros no había un nombre para la manera en que tus palabras se estaban difuminando y desvaneciendo, una a una.

Cuando nos lo explicaron, asentiste educadamente con la cabeza y nos marchamos; no necesité que me dijeras nada para saber que no íbamos a volver. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XVI (julio 2018)

Antes de comenzar, me gustaría recomendar muy especialmente las dos últimas antologías editadas por Mariano Villarreal: El viento soñador y otros relatos, dedicada a la fantasía, y Ciudad nómada y otros relatos, centrada en la ciencia ficción. Si el estupendo criterio que ha demostrado Mariano en anteriores recopilaciones no os parece suficiente garantía, espero que os termine de convencer el que en ellas podéis encontrar relatos inéditos de seis autores de este blog. Y pasemos al resto de títulos:

. La tarde dorada, de Andrzej Sapkowski (Bibliópolis; traducción de José María Faraldo; ilustraciones de Emilio y Jesús Gallego): Aunque esté narrada por el gato de Cheshire, comparta protagonistas con Alicia en el País de las Maravillas y tenga unas preciosas ilustraciones, esta breve novelita (más bien relato largo) no es en absoluto un libro infantil. Con su habitual humor mordaz, el autor polaco se marca una hilarante vuelta de tuerca del clásico de Lewis Carroll, salpicándola de detalles reales de la vida del propio Carroll (que además tiene una aparición estelar como un personaje más), y en la que, a pesar de su brevedad, cabe incluso una buena dosis de psicoanálisis. Muy divertida y recomendable.

. Selected Stories, de Mark Valentine (The Swan River Press): Una antología de relatos verdaderamente deliciosa. La mayoría de los cuentos que he leído de este autor transcurren en regiones pertenecientes a los grandes imperios de los siglos XIX y XX, en muchos casos durante los estertores de los mismos, y así ocurre con gran parte de los recogidos en este volumen. En muchos de ellos está presente un componente, si no de fantasía al uso, más bien de extrañeza, aunque no en todos. Lo que sí comparten todos ellos es una atmósfera evocadora, una prosa cuidadísima y un tanto arcaica, una sutil ironía y unas historias melancólicas protagonizadas por personajes bastante corrientes, e incluso anodinos. Con estos elementos, el autor compone pequeñas maravillas como «The Mascarons of the Late Empire», «The Bookshop in Nový Svet» o «The Dwan at Tzern», por citar algunos de mis favoritos. Por desgracia, creo que Valentine está inédito por aquí. Ojalá alguna editorial se anime pronto a traducirlo, porque realmente lo merece.

. And Then There Were (N-One), de Sarah Pinsker (Uncanny Magazine): Sin duda una de las novelas cortas que más he disfrutado en bastante tiempo. Esta historia de ciencia ficción se desarrolla en una convención que se celebra en un hotel aislado, y a la que son invitadas docenas de Sarahs Pinsker de distintos universos alternativos, todas ellas con muchos puntos en común, pero con vidas que se han bifurcado en algún momento más o menos lejano. Durante la convención, una Sarah Pinsker es asesinada, y la asesina tiene que haber sido otra de las Sarahs Pinsker allí presentes. La protagonista es una Sarah Pinsker que trabaja como investigadora para una agencia de seguros, y a la que se le pide resuelva el caso. Pero el misterio y la investigación es un mero mcguffin, y lo que se disfruta realmente es todo el juego que le da a la autora la premisa de ciencia ficción de la historia. Original, divertida y merecedora de todas las nominaciones (Hugo, Nebula, Locus y Sturgeon) que está recibiendo. Y se puede leer gratuitamente online.

. Los virreyes, de Federico de Roberto (El Acantilado, traducción de J. R. Monreal): Si os gusta El gatopardo, de Giuseppe Lampedusa, que no se os escape esta novela mucho menos conocida pero no por ello menos interesante. Por sus más de 700 páginas pasan los miembros de tres generaciones de una familia aristocrática de Sicilia durante la segunda mitad del siglo XIX. Todos ellos irán capeando, cada uno como mejor puede y sin reparo alguno a la hora de zancadillearse entre ellos, los drásticos cambios que se sucedieron en Italia durante esas décadas tan críticas en la historia del país. Una novela coral, con personajes muy bien construidos y una prosa exquisita (al menos en la traducción, que me ha parecido soberbia). Y lo dice alguien que no siente predilección por la novela histórica.

. Ill Will, de Dan Chaon (Ballantine Books): Sin llegar a ser una novela de terror, esta es una historia inquietante y muy oscura, de ahí su nominación a los premios Shirley Jackson. Su protagonista (aunque existen varios narradores y líneas temporales) es un psicólogo con dos hijos, cuyos padres fueron asesinados siendo él un niño. Su hermano adoptado, que fue acusado del crimen, sale ahora de la cárcel, treinta años después, tras haber quedado demostrada su inocencia. Y justo también ahora comienzan a producirse una serie de muertes que podrían estar relacionadas entre sí y también con aquel crimen. Sectas satánicas, drogas, personajes traumatizados, complicadas relaciones familiares, sentimientos de culpabilidad y mucho más se entremezclan en esta historia que engancha, que se permite experimentos formales en algunas de sus partes, y que cuenta con un protagonista muy bien perfilado aunque, como iremos descubriendo, no muy confiable.

. The Box Jumper de Lisa Mannetti (Smart Rhino Publications), e Infiltrado, de Connie Willis (Ómicron, traducción de Pedro Jorge Romero): La costumbre de elegir libros al azar de entre los que llevan años olvidados en la pila me ha llevado a encontrarme leyendo casi en paralelo dos novelas cortas en las que sus protagonistas tratan de desenmascarar y dejar en evidencia a falsos médiums. Además, en ambas desempeñan papeles importantes personajes reales. Hasta aquí las semejanzas, porque a partir de ahí las dos autoras optan por planteamientos radicalmente distintos. La novela de Mannetti, finalista de los premios Shirley Jackson y Bram Stoker, está protagonizada por Houndini, aunque narrada por la que es su ayudante y mano derecha. Con un tono oscuro y una estructura compleja y fragmentada que obliga al lector a estar muy atento, cuenta con el aliciente de la aparición de Arthur Conan Doyle, un tanto crédulo en relación a estos asuntos, como bien sabemos. Por el contrario, la novela de Willis es amena y nada exigente, tiene bastante humor y puede ser disfrutada por cualquier lector, de ahí que no resulte sorprendente su premio Hugo en 2006. Si tuviera que elegir una, me quedaría sin ninguna duda con la de Mannetti, pero reconozco que el morbo de la comparación odiosa me ha hecho disfrutar más de la lectura de ambas, además de haberme llevado a incluir la novela de Willis en esta entrada. En resumen, dos obras muy distintas sobre un mismo tema, aunque ambas pueden tener su momento y público, que en el caso de la segunda ni siquiera tiene que ser aficionado al género.

 

Voy a cerrar esta entrada con varias recomendaciones cinematográficas, aunque ajenas por completo al género. Recientemente he disfrutado de mi ciclo privado de grandes musicales clásicos desconocidos (para mí), que me ha permitido descubrir algunas joyitas que en mi opinión no son tan conocidas como se merecen. Tal vez no lleguen al nivel de Cantando bajo la lluvia (mi musical favorito), pero El pirata (Vincent Minnelli), Bésame Kate (George Sidney) o Siempre hace buen tiempo (Stanley Donen y Gene Kelly) me han hecho pasar unos ratos estupendos. Y, como colofón, el documental Érase una vez en Hollywood. Solo por contemplar la única ocasión en que Gene Kelly y Fred Astaire bailaron juntos, o a Cary Grant o Clark Gable en números musicales, ya merecería la pena; pero es que ofrece mucho más.

Y una segunda recomendación cinematográfica. Eva quiere dormir, de Tadeusz Chmielewski, es la película que en 1958 le arrebató la Concha de Oro del festival de cine de San Sebastián a Vértigo, de Alfred Hitchcock. Tal vez se deba a esto el que este film polaco sea visto con malos ojos por algunos críticos, pero a mí (que confieso no ser una gran fan de Vértigo) me ha parecido una peliculita divertida y muy disfrutable.

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La paradoja de la señora Zenón, de Ellen Klages – Especial ultracortos X

Ellen Klages es una escritora estadounidense que a lo largo de sus veinte años de carrera ha publicado tres novelas, un par de novelas cortas y numerosos relatos. Con uno de estos, Basement Magic, obtuvo el premio Nebula en 2005, y con Wakulla Springs, novela corta escrita a cuatro manos con Andy Duncan, ganó el World Fantasy Awards en 2014. Portable Children, su primera colección de relatos, fue también finalista del World Fantasy Awards, y su segunda colección, Wicked Wonders, es una de las nominadas a los premios Locus de este año. A pesar de todo lo anterior, me temo que hasta el momento su obra sigue inédita por aquí.

La paradoja de la señora Zenón (Mrs. Zeno’s Paradox) se publicó en 2007 dentro de la antología Eclipse One, editada por Jonathan Strahan, y también está incluido en Wicked Wonders. Según cuenta la propia Ellen, este relato se le ocurrió al observar que cuando llega el momento de pedir el postre en un restaurante, siempre hay alguien que busca un voluntario para compartirlo con él. Y la relectura de Dorothy Parker le permitió encontrar, no solo el tono y la voz adecuados para el cuento, sino a las protagonistas del mismo, dado que Annabel y Midge las tomó prestadas de Nivel de vida (The Standard of Living), un relato de Parker. Si a lo anterior le añadimos unas gotitas de ciencia, el resultado es esta original historia que espero os sepa a poco y os anime a seguir descubriendo la obra de esta autora.

Como digo siempre en las entregas de este especial, no quiero alargarme más que el propio cuento, así que vaya ya simplemente mi agradecimiento para Ellen. Thanks a million, Ellen!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponible para descargar desde aquí el fichero con los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Johan y Jean por hacerlo posible.

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La paradoja de la señora Zenón

Ellen Klages

Annabel ha quedado con Midge con la intención de darse un capricho.

Entra en un pequeño café en el barrio de Mission District de San Francisco: paredes cubiertas de llamativos grafitis y baristas displicentes luciendo múltiples piercings. A veces se trata del local de la cadena de restaurantes Schrafft’s que hace esquina entre la Calle 57 y la avenida Madison, justo después de la guerra, las camareras ataviadas con uniformes negros de almidonados puños blancos. En una ocasión es una patisserie de la rue Montorgueil, donde el estruendo de la artillería prusiana dificulta la conversación.

Al entrar en el restaurante escudriña las mesas en busca de Midge, que todavía no ha llegado.

Annabel se sienta y pide un expreso. Pide té con leche. Espera a que llegue Midge para pedir, por cortesía.

Midge llega. Es joven y lleva ropa barata, un abrigo de cachemira, zapatos de tacón de aguja que tac-tac-taconean sobre el suelo de mármol. Tiene el cabello del color de los narcisos marchitos, liso y oscuro, peinado a la perfección. Arrastra las deportivas por el suelo de madera desgastado.

Da un beso al aire cerca de la mejilla de Annabel.

―¿Llego tarde? ―pregunta.

Deja el bolso en una silla libre. Sus contenidos repiquetean y tintinan, restallan y crujen.

―No sabría decir ―dice Annabel. Una mentirijilla, un detalle con una querida amiga.

Aparece el camarero.

―¿Qué va a ser?

Annabel responde y Midge apostilla:

―Para mí lo mismo, por favor.

―¿Sabes qué? ―añade Annabel―, se me antoja alguna cosita dulce.

―Uy, yo no debería.

—Nada empalagoso, nada demasiado refinado. ¿Qué tal un brownie?

—Lo que te apetezca. Yo solo tomaré un bocado.

―¿Estás segura?

—Totalmente. ―Midge se da unas palmaditas en la cintura―. El bocadito más minúsculo posible.

El brownie llega en un plato moderno y colorido, en una servilleta plegada, en una preciosa bandejita de porcelana del siglo XVII. Las dos mujeres lo contemplan: de un tono caramelo oscuro, la superficie glaseada, agrietado como Arizona en julio, espolvoreado con azúcar glasé. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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