Cine marciano, de Gabriela Santiago – Especial Cuentos de película VIII

Gabriela Santiago es una joven autora estadounidense que ha publicado alrededor de una docena de relatos de ficción especulativa en diversas antologías y publicaciones del género. No obstante, su faceta artística no se limita a la escritura, sino que también es actriz, monologuista y la creadora de Revolutionary Jetpacks, un espectáculo de variedades de ciencia ficción.

Cine marciano (Martian Cinema) se publicó en la revista Strange Horizons en 2020, y es una historia de ciencia ficción que seguro que habría hecho las delicias del mismísimo Ray Bradbury. Un relato en el que el cine tiene un papel fundamental, pero como catalizador de la verdadera protagonista: la portentosa e indómita imaginación infantil.

Espero que disfrutéis con esta octava entrega del especial Cuentos de película. Por mi parte, tan solo me queda agradecer a Gabriela su amabilidad, gracias a la que vais a tener el privilegio de asistir a esta sesión de cine marciano. Y además en esta ocasión lo puedo hacer en español, así que, un millón de gracias, Gabriela, por compartir con todos nosotros tu maravillosa historia.

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Cine marciano

Gabriela Santiago

Mara nos bajó a las cavernas porque nos aburríamos, y porque, como era la mayor, era responsabilidad suya idear cosas que hacer cuando a Kay y a mí nos entraba el muermo. Desde hacía tres años, nadie había dado con ningún escondite nuevo para el escondecucas; todos los juegos de mesa de la sala de recreación eran para adultos o niños pequeños, y no nos dejaban jugar a ¡que vienen los marcianos! desde aquella vez en que salimos de sopetón del armario gritando, «¡Aaaaaaah!, ¡los marcianos!», y a la doctora Hatae se le cayeron las muestras geológicas por todo el suelo y tardó tres horas en ordenarlas.

Mara no lo tuvo demasiado difícil. Vivíamos prácticamente encima de la caverna Dena, porque los tubos de lava eran la mejor protección en todo el planeta contra los rayos UVA, los microasteroides, las tormentas de viento y toda la pesca. Y nuestros alojamientos estaban a la mayor profundidad posible, a causa, de nuevo, de los rayos UVA, los microasteroides y las tormentas de viento; todos esos rollos que tenía vivir en Marte eran un auténtico tostonazo, porque el noventa y nueve por ciento del tiempo ni nos dejaban acercarnos a una ventana, así que al exterior ni te cuento. De modo que lo único que Mara en realidad tuvo que hacer fue esperar hasta que le tocó cuidarnos después de las clases a la doctora Okorafor, porque la doctora Okorafor se daba por contenta con que estuviéramos en otra habitación sin armar demasiado follón, para así poder ponerse al día con los últimos seis años de reality shows televisivos transmitidos directamente desde la Tierra. Y entonces tan solo tuvimos que dejar una canción sonando bajito mientras nos escabullíamos por el pasillo y tecleábamos el código de la puerta de entrada a la zona de las cavernas que los mayores utilizaban como almacén; clave conocida por todos porque los adultos empleaban un único código para prácticamente todas las puertas que no tenían material radioactivo al otro lado, como si creyeran que no nos íbamos a dar cuenta de que siempre tecleaban los mismos siete números cada vez que nos acompañaban a un laboratorio.

La entrada de las cavernas estaba casi tan iluminada como los hábitats y laboratorios, con grandes luces halógenas repartidas por toda la zona, que se reflejaban en lonas colgadas por las paredes que cubrían casi por completo las franjas rojas, naranjas y marrones de arenisca. Había cajones enormes por todas partes, con todo el material demasiado frágil para ser almacenado en el exterior (como piezas de repuesto de ordenadores) o demasiado valioso para correr ningún riesgo (como raciones de emergencia y paquetes con semillas, por si el invernadero sufría algún percance).

En las cavernas hacía un frío que pelaba, incluso con el aislamiento proporcionado por el complejo situado sobre nosotras. Había arenilla por todas partes, esa arenilla finísima, como polvo, tan habitual en Marte; mis zapatos estaban cubiertos por una capa de la misma, y tenía miedo de que ni siquiera los potentísimos aspiradores de la esclusa de aire que había entre este y el otro lado fueran a bastar para eliminarla por completo, porque, de no ser así, el polvillo se metería por los ordenadores y conductos de ventilación de nuestro hábitat familiar, y todo el mundo sabría dónde habíamos estado y nos veríamos metidas en un buen lío.

—¡Esto es un rollo! —protesté—. No es más que otra maldita caverna.

—Ni siquiera hemos entrado aún en la cueva, so ceporra —me espetó Mara, y me dio un puñetazo en el hombro. Y entonces señaló hacia la esclusa de aire secundaria, la que tenía el simbolito de refugio de emergencia—. Si vamos a ir a cazar marcianos, tenemos que pasar por esa.

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La caverna estaba en tinieblas. Como si alguien hubiera cogido el negro más negro de mi caja de pinturas y lo hubiera volcado por encima de todo; además, Mara no nos dejaba activar la función linterna de nuestros transmis porque «pondría sobre aviso a las avanzadillas de exploradores marcianos». Por supuesto que yo no me tragaba ni una palabra de lo de que hubiera marcianos, porque los mayores habían hecho una millonada de escaneos en busca de formas de vida, aparte de todas las excavaciones en la roca realizadas durante unos veinte años; pero es que estaba oscurísimo, tanto que ni siquiera los hubiéramos visto aunque hubiesen estado a un palmo de nuestras narices; además, el suelo bajo mis pies era irregular y crujía, y yo tenía que avanzar arrastrándolos poquito a poco para no despeñarme por algún precipicio; y, si separaba una mano de la pared y soltaba la otra de la de Kay, que insistía en agarrármela, era facilísimo creer que no estaba en ningún lugar, que había dejado de existir, que estaba cayendo a través de la nada y que nunca jamás me encontrarían.

Y encima se oían ecos extraños. Ecos misteriosos, superespeluznantes, que agarraban nuestras voces y las transformaban en fantasmas que se deslizaban a nuestra espalda para hacernos cosquillas en el cuello, y por delante, para advertirnos de que debíamos marcharnos [No se vayan todavía, aún hay más…]

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En los pórticos de mis oídos, de Norman Prentiss – Especial Cuentos de película VII

Norman Prentiss es un escritor, editor y profesor estadounidense que lleva cerca de veinte años publicando novelas, relatos y poesías. Gran parte de su obra puede encuadrarse en la fantasía oscura y el terror, aunque, más que en el terror violento y gráfico, en el que se denomina quiet horror (terror tranquilo, silencioso), esas historias sutiles y atmosféricas que más que tratar de aterrorizar al lector buscan que se sienta recorrido por un escalofrío. A pesar de que es muy posible que su nombre no os suene, puesto que hasta donde yo sé su obra está inédita en español, puede presumir de haber publicado en numerosas antologías y en prestigiosas revistas del género, y haber ganado nada menos que dos premios Bram Stoker (que la HWA, la Asociación de Escritores de Terror, concede a las mejores obras de fantasía oscura y terror), uno en la categoría de relato y otro en la de novela (con su novela corta Invisible Fences). Para este blog es un tremendo honor poder compartir con todos los lectores de habla hispana el cuento que fue merecedor de este prestigioso galardón.

En los pórticos de mis oídos (In the Porches of My Ears) se publicó originalmente en 2009 en Postscripts 18: This Is the Summer of Love (PS Publishing), y fue seleccionado tanto por Ellen Datlow como por Paula Guran para sus antologías de los mejores relatos de fantasía oscura y terror de ese año. Además, tal como decía, fue galardonado con el premio Bram Stoker. A pesar de esto, no se trata en absoluto de la típica historia de terror al uso, así que, incluso aunque el terror no sea lo vuestro, no dejéis de leerlo, porque, sin una gota de sangre ni de violencia física, esta historia doble consigue inquietar, emocionar y resultar inolvidable. Por cierto, por si alguien siente curiosidad sobre el título, se trata de una frase tomada de Hamlet, y, si tras leer el cuento investigáis un poco, comprobaréis que encaja a la perfección.

Para cerrar, como siempre, llegamos al apartado de los agradecimientos. Para empezar me gustaría darle las gracias a Ellen Datlow, que además de ser la editora de varias de las obras de este especial Cuentos de película, me echó una mano para que lograra contactar tanto con Norman Prentiss como con Kim Newman. Y, por supuesto, al propio Norman, gracias a cuya amabilidad hoy podéis disfrutar de esta maravillosa historia. Thanks a million, Norman!

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En los pórticos de mis oídos

Norman Prentiss

Helen y yo deberíamos haber prestado más atención a la pareja que entró delante de nosotros al cine: el paso rígido y vacilante de él, y la manera en la que la mujer lo sujetaba, rodeándole la cintura con el brazo y con el cuerpo apretado contra su costado. Esa postura tan íntima se me antojó un signo de cariño: una pareja mayor que abandona el decoro largo tiempo respetado en favor de la efusividad pública corriente entre los jóvenes de hoy en día. Sentí una cierta vergüenza ajena y aparté la mirada. Lamento que ni mi esposa ni yo observáramos entonces algún detalle crucial, pero la vida real no siempre despierta el impulso de sacar conclusiones que desencadenan las imágenes proyectadas en una pantalla, y tampoco es que exista un departamento de atrezo que proporcione pistas manifiestas: gafas de sol en el interior o un fino bastón blanco tanteando el suelo y trazando semicírculos por el aire.

Helen se adelantó a fin de coger asientos, mientras yo me quedaba haciendo cola en el bar para comprar botellines de agua. Las palomitas nos disgustaban por su olor metálico a mantequilla falsa, y lo que era más importante, preferíamos no contribuir a los crujidos que nos rodeaban: ruidos como de pies aplastando hojas secas, que importunaban en los momentos más silenciosos de las películas. Por motivos similares evitábamos los caramelos, con sus envoltorios ruidosos, y, la peor abominación de los últimos tiempos: la bandeja de plástico con nachos y salsa de queso caliente. Por suerte, el cine Midtowne no servía esto último, lo que lo convertía en uno de nuestros predilectos del barrio. Esto, y su público ya no tan joven, que se comportaba de acuerdo con las normas de aquella época perdida en la que la gente aún no había aprendido a hablar a voces para hacerse oír por encima del sonido de las películas alquiladas que veían en el salón de su casa.

El Midtowne no era lo que se llama un cine de arte y ensayo, y rara vez proyectaban películas subtituladas o con desnudos demasiados explícitos. En lugar de eso, lo suyo eran las adaptaciones de Shakespeare, Dickens o E. M. Forster —equivalentes al teatro televisivo, pero de mayor presupuesto y rodadas para la pantalla grande—, que yo solía preferir; y las comedias románticas más cercanas al gusto de Helen, que resultaban más llevaderas si venían interpretadas por voces con acento británico.

Helen había elegido la película esa tarde, así que de nuevo íbamos a ver a ese actor bajito y un tanto bobalicón que había sobrevivido a un embarazoso escándalo sexual unos años atrás y, aun así, aun así, en la pantalla lograba cautivar a la actriz de largas piernas y cabello rubio rojizo (que en realidad había nacido en Norteamérica, pero que imitaba nuestro acento favorito lo suficientemente bien para que la mayoría no se fijara, y tenía una sonrisa lo suficientemente radiante para conseguir que los demás se lo perdonáramos). Entré en la sala con los botellines —dos dólares cada uno, por desgracia, pero lo compensábamos al ahorrarnos otro tanto con el precio reducido de la primera sesión— y busqué a Helen en la oscuridad parpadeante. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XXVI (abril 2022)

Como el Día del Libro está a la vuelta de la esquina, vamos allá con una nueva entrega de recomendaciones literarias. Empiezo con tres antologías complementarias y muy distintas, y sigo con un popurrí de títulos que he leído en estos últimos meses y que me han gustado especialmente:

. Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual, edición de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Salto de Página, 2009): Partiendo de una definición muy concreta de lo que considera el género fantástico (en un escenario realista y en apariencia normal, aparece una única anomalía de nuestro paradigma de la realidad), el antólogo nos presenta una estupenda selección de cuentos fantásticos bastante recientes (de 1998 a 2009, fecha de publicación del libro, dado que algunos de ellos estaban inéditos) de autores españoles o afincados en España. Así que no esperéis naves espaciales ni dragones, pero sí dobles, espectros, espejos, resucitados e incluso mundos paralelos, como los de Venco a la molinera, de Félix J. Palma, un relato que adoro desde que lo leí hace años, y que ha sido mi favorito del volumen junto con un par que no conocía: Capitán Seymour Sea, de Norberto Luis Romero, y El andén de nieve, de Carlos Castán. Una antología que he disfrutado tremendamente, tal vez porque mi subgénero favorito dentro de lo que se suele denominar literatura fantástica (en el sentido más general, englobando ciencia ficción, terror, realismo mágico y demás géneros no realistas) sea justo este que Muñoz Rengel considera la auténtica literatura fantástica.

. Antología de la ciencia ficción española 1982-2002, edición de Julián Díez (Minotauro 2003): Si os apetece descubrir cómo era la ciencia ficción que se escribía en España durante los que muchos consideran el primer boom del género en nuestro país, este es vuestro libro. No he leído lo bastante para saber si están todos los que son, pero sí que puedo decir que, en mi opinión, sí que son todos los que están. Es decir, que los doce cuentos incluidos en el volumen (algunos considerados casi clásicos, y otros mucho menos conocidos) tienen un excelente nivel medio y demuestran que la ciencia ficción que se escribía en España en esa época era muy variada y de calidad. Sumémosle a esto la introducción de Julián Díez, en la que realiza un completo repaso de la historia del género en nuestro país, y nos encontramos con un volumen de lo más recomendable, sobre todo para quienes hayan empezado a leer ciencia ficción patria en este siglo. Mi cuento favorito (que en mi caso ha sido relectura): el estupendo El rebaño, de César Mallorquí.

. América Fantástica. Panorámica de autores latinoamericanos fantásticos del nuevo milenio, volumen I, edición y selección de Mariano Villarreal (Huso 2019): Pasemos de las dos anteriores antologías a otra de ámbito mucho más amplio. Mariano Villarreal nos propone un viaje apasionante por catorce territorios para descubrir la literatura latinoamericana no realista del siglo XXI. Para ello (y con la colaboración de diversos especialistas y escritores de diversas procedencias, que son los encargados de escribir las introducciones que preceden a los relatos de cada país), ha elegido alrededor de cincuenta autores y cuentos especialmente representativos. El resultado es una obra variada y muy interesante, con nombres que os sonarán (Mariana Enríquez, Carlos Gardini, Ana María Shua, Edmundo Paz Soldán, Daína Chaviano…), mezclados con otros que, al menos para mí, eran totalmente desconocidos, como el del colombiano Julio César Londoño, autor del relato Sacrificio de dama, mi historia favorita de esta selección. Ahora bien, este volumen es el primero de la antología, y en él solo se incluyen los siete primeros países (de Argentina a Chile, dado que el recorrido se realiza en orden rigurosamente alfabético). Por suerte, el segundo está previsto que salga próximamente de la mano de la editorial Cazador de ratas. Una obra fundamental para cualquier aficionado al género, porque, sí, está muy bien descubrir autores de ciencia ficción chinos y nigerianos, pero igual de rompedor y apasionante puede ser descubrir autores colombianos o cubanos.

. Big Dark Hole, de Jeffrey Ford (Small Beer Press, 2021): Octava y hasta ahora última colección de este veterano y prolífico cultivador del relato dentro del género, sin duda uno de los mejores que tenemos. Quince historias ―tres de ellas inéditas―, encuadradas en su mayoría en la fantasía oscura y cotidiana (de hecho, varias están protagonizadas por el alter ego de Ford y coprotagonizadas por su propia esposa, Lynn), aunque en ellas también nos encontremos hadas, personajes mitológicos como Sísifo, freaks dignos de Tod Browning, ángeles luchadores y extraterrestres. A ratos inquietantes, a ratos divertidas, a ratos surrealistas, a ratos terroríficas, pero siempre originales y muy disfrutables. Para empezar a descubrir a Ford, tal vez la colección más adecuada sea la extraordinaria y completísima The Best of Jeffrey Ford (PS Publishing), que recoge la mayor parte de sus relatos más populares y premiados; pero si ya sois fans de Ford, no creo que esta nueva colección os defraude. Y si no lo conocéis en absoluto, no dejéis de leer los tres cuentos suyos que tenéis disponibles en el blog.

. Cloud Cuckoo Land (Scribner, 2021) / Ciudad de las nubes (Suma 2021), de Anthony Doerr: Una ambiciosa novela con tres líneas temporales: una en el pasado, durante el sitio de Constantinopla (sí, como en el relato Los archivos de Constantinopla, de Robert Shearman); otra en Idaho, parcialmente en la actualidad, y otra en una nave generacional en el futuro. Las tres acabarán conformando una única narración unidas por un antiquísimo texto griego parcialmente recuperado: la historia de Aethon, que desea convertirse en pájaro para viajar a una ciudad utópica que flota entre las nubes. Una novela que sobre todo es un precioso homenaje a los libros, las bibliotecas y la magia de la literatura, y que tal vez se les escape a muchos porque se trata de un autor no asociado al género que publica en editoriales generalistas. Sería una pena.

. One Morning, de Jessica Hagy (Tartarus Press 2020): Doce capítulos para doce voces femeninas de un antiguo pueblo minero de Pensilvania en horas bajas; una hora de la vida de cada una de ellas de un día concreto, en tiempo real y orden cronológico desde la medianoche hasta el mediodía. Un fragmentario mosaico de puntos de vista que permite al lector recomponer una terrible historia: la de dos niñas secuestradas años atrás y que esta noche por fin consiguen escapar. Con una original y hábil estructura tipo “vidas cruzadas”, que a mí me ha funcionado muy bien, la primera novela de esta autora ―deprimente, estremecedora y con cierto aire gótico― me enganchó por completo y en alguna escena consiguió darme más miedo que la mayoría de las novelas oficialmente de terror.

. La palabra mágica de François Tidét, de Fernando Llor (texto) y Manuel Gutiérrez (ilustraciones) (El Transbordador, 2021): Un cuento para todas las edades, protagonizado por François Tidét, un mago que triunfa en el París de principios del siglo XX hasta que su carrera sufre un inesperado y duro traspié que lo convierte en el hazmerreír de todos. Una edición cuidadísima y bellamente ilustrada, para una historia llena de magia e imaginación, que se lee en una hora y que desprende el mismo aroma de todos esos cuentos y fábulas clásicos que, al igual que este libro, nos hablan de qué es la verdadera felicidad.

. Unexpected Places to Fall From, Unexpected Places to Land, Malcolm Devlin (Unsung Stories, 2021): Segunda colección que leo de Devlin, que sin duda me parece uno de los autores más interesantes entre los que han aparecido estos últimos años. Sus cuentos alternan momentos divertidos, surrealistas, inquietantes… pero no dejan de ser originales y sorprendentes. Aquí encontramos un poco de todo, con ciencia ficción pura en un extremo y, en el opuesto, historias en las que el elemento fantástico o bien no existe o no va más allá de una cierta sensación de extrañeza. De hecho, lo que más me ha sorprendido de esta segunda colección ha sido que, siendo estrictos, gran parte de los cuentos caerían en esta segunda categoría, pero la sensación que me ha quedado al terminar fue la de haber leído una colección plenamente de género. Si tenéis ocasión, dadle una oportunidad.

. Munky, de B. Catling (Swan River Press 2020): Deliciosa historia de fantasmas, bueno, de un fantasma, el de un irreverente monje que empieza a aparecerse en un pequeño pueblo inglés en el que existe una antigua abadía. Esto obligará a los habitantes del pueblo a solicitar la ayuda de un experto en fenómenos paranormales. Quien busque escalofríos en esta historia, posiblemente saldrá un tanto decepcionado, porque esta novela corta de difícil clasificación rebosa ironía y en su mayor parte se lee con una sonrisa en los labios, gracias al puñado de peculiares personajes que la protagonizan, entre los que destacan el canónigo de la abadía, el desagradable vicario, el lujurioso dueño de la taberna, la eficiente encargada de la misma, una feligresa de habla un tanto incomprensible y, por supuesto, el experto londinense. Este es la primer obra que he leído de este autor inglés ―que por lo visto también es escultor, artista de performances y realizador de cine―, y cuyo nombre ni siquiera me sonaba hasta que me regalaron el libro, y ha resultado ser una muy agradable sorpresa.

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Recordatorio/sugerencias premios Ignotus 2022

Dado que ya se ha abierto el plazo para votar en la primera ronda de los premios Ignotus de Pórtico, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (la fase en la que se proponen los candidatos para ser finalistas), vamos un año más con la entrada tradicional en la que repasamos las obras publicadas en Cuentos para Algernon que, si consideráis lo merecen, podéis proponer dado que cumplen el resto de condiciones, junto con algún otro posible candidato que de una manera u otra tiene relación con este blog.

Empecemos por lo más sencillo y que no ha cambiado: el blog puede ser nominado en la categoría de Mejor Sitio Web.

En cuanto a la novena entrega de nuestra serie de antologías, Cuentos para Algernon: Año IX, publicada en diciembre de 2021, puede ser votada como siempre en la categoría de Mejor Antología. Si todavía no la habéis leído, aprovechad que aún estáis a tiempo. Como siempre, podéis descargarla gratuitamente en diversos formatos aquí. O leer algunas opiniones y comentarios sobre la misma en su página de Goodreads. Ahora bien, este año hay una novedad, puesto que se ha creado el premio Matilde Horne, para premiar la mejor traducción (aquí se trata de valorar el trabajo del traductor, no del autor original). Y la antología también cumple las condiciones para poder ser candidata al mismo. Así que si consideráis que mis traducciones lo merecen, sabed que la antología puede optar a este nuevo galardón.

Pasemos ahora al apartado de los cuentos que pueden ser candidatos a Mejor Relato Extranjero. Este año de nuevo coinciden con todos los incluidos en la mencionada antología, la totalidad de los publicados en el blog a lo largo de 2021. Si nos ajustamos al orden en que aparecen en el volumen, son los siguientes:

. Señor Muerte, de Alix E. Harrow
. Esperando a que Bella…, de Marie Brennan
. Hermanastra, de Leah Cypess
. Padre, de Ray Nayler
. Se han ido, de John Crowley
. Sueños de octubre, de Michael Kelly
. Colecciones especiales, de Kurt Fawver
. La hija del devoradolor, de Laura Mauro
. El buen hijo, de Naomi Kritzer
. Los archivos de Constantinopla, de Robert Shearman
. Soltad a la bestia, de Stephen Volk
. Exoesqueletópolis, de Jeffrey Ford
. Me casé con un monstruo del espacio exterior, de Dale Bailey

Y, por supuesto, todas las ilustraciones (las 13 que acompañan los cuentos más la de la presentación del especial Cuentos de película), todas ellas obras de Pedro Belushi, también son nominables.

En cuanto a la categoría de revista, este año me gustaría destacar dos. Por una parte, Windumanoth, no solo por la calidad de todos sus contenidos, sino porque de vez en cuando sigue ofreciendo un segundo hogar en sus páginas a algunos relatos publicados anteriormente en el blog (el último, Das Steingeschöpf, de G. V. Anderson, que puede leerse en el número 14). Como ya he dicho en años anteriores, es una iniciativa que me ilusiona mucho y que les agradezco enormemente. Y, por otra, Supersonic, para la que tengo el placer de traducir un cuento en cada uno de sus números. Los cuatro publicados en 2021 fueron los siguientes: El nido de libros, de Naomi Kritzer (Supersonic 16); Las historias de fantasmas que contamos en torno a las hogueras de fotones, de Cassandra Khaw (Supersonic 17); Introducción al Relato de Terror. Sesión 1, de Kurt Fawver (Supersonic 18) y La última travesía de la Henry Charles Morgan en seis piezas de eboraria (1841), de A. C. Wise (Supersonic 19). Los cuatro son estupendos y pueden asimismo ser votados en la categoría de Mejor Relato Extranjero.

Varios autores del blog han publicado obras en español este año. Como son bastantes, seguro que me olvido de alguna, pero de todas maneras vamos a tratar de repasar el mayor número posible de ellas. Empezamos por la ficción breve. De Ken Liu nos llegó su segunda colección, La chica oculta y otros relatos. De Robert Searman, el volumen Las preferidas de entre mis muertes. Y, de Zen Cho, un relato publicado de manera independiente: La mujer de terracota. Creo que ninguna de las dos antologías cumple las condiciones para poder ser votada en la categoría de Mejor Colección/Antología, pero los relatos inéditos que incluyen sí que pueden optar en la de Mejor Relato Extranjero (igual que el de Zen Cho).

En cuanto a novelas, de nuevo menciono las que recuerdo: La belleza, de Aliya Whiteley, Las diez mil puertas de Enero, de Alix E. Harrow, Los herederos de Grace, de Tim Pratt, y La luna implacable, de Mary Robinette Kowal. Hasta donde yo sé, las tres últimas son nominables en la categoría de Mejor Novela Extranjera, y la de Aliya en la de Mejor Novela Corta Extranjera.

Tanto si vais a votar en los Ignotus como si no, espero que esta entrada os pueda resultar útil para refrescaros la memoria bien cara a esta fase de nominaciones bien cara a futuras lecturas. Porque no olvidemos que el verdadero objetivo de estos galardones, y de cualquier premio literario, es ayudar a descubrir obras que se nos han escapado y que nos pueden proporcionar unos minutos u horas de disfrute.

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