Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano, de James Alan Gardner

James Alan Gardner es un veterano escritor canadiense de ciencia ficción y fantasía que, a pesar de su dilatada carrera, por desgracia no es demasiado conocido por aquí. Su primer relato apareció en 1990, y desde entonces ha publicado alrededor de media docena de novelas y cerca de una treintena de cuentos, con los que ha conseguido nominaciones a los Hugo, Nebula y Locus, entre otros premios, además de ganar en una ocasión el Writers of the Future y el Theodore Sturgeon Memorial, y en dos el Prix Aurora Award (algo así como los Ignotus canadienses). Por desgracia, su única obra traducida hasta el momento al español es la novela El hombre de bronce (ed. La Factoría de las Ideas, 2004), perteneciente a la franquicia de Tomb Raider. Y efectivamente me parece una pena que la situación sea esta porque, como ya comentaba en la entrada con la que inauguré la sección de Lecturas recomendadas, considero que este autor tiene un puñado de relatos excelentes, tal como se puede comprobar en su colección Gravity Wells.

Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano (Three Hearings on the Existence of Snakes in the Human Bloodstream) fue publicado en febrero de 1997 en la revista Asimov’s Science Fiction, y posteriormente ha sido incluido en diversas antologías, entre ellas la ya citada Gravity Wells, que recoge la ficción breve más destacada de James. Este cuento fue nominado a los premios Hugo y Nebula, quedó segundo en la encuesta anual de la propia revista Asimov’s, y ganó el Prix Aurora Award de 1998 en la categoría de mejor relato escrito en inglés. Se trata de una ucronía que, no solo no ha envejecido durante los casi veinte años transcurridos desde su publicación, sino más bien todo lo contrario. Así que espero que os guste y que sirva para despertar el interés entre nosotros por la obra de este escritor.

Y ya por último, me gustaría agradecerle a Gilberto el que me descubriera a este autor y en concreto este cuento en uno de sus comentarios (porque sí, en la medida de lo posible intento hacer caso a vuestras sugerencias). Y, sobre todo, vaya mi agradecimiento para el propio James, que tan amablemente me ha cedido este cuento para que hoy lo podáis disfrutar todos vosotros. Thanks a million, Jim!

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Tres vistas sobre la existencia de culebras en el torrente sanguíneo humano

James Alan Gardner

  1. En relación con un montaje de lentes, dispuestas de modo tal que amplifican la visión de diversos animálculos demasiado menudos para ser observados a simple vista.

Su Santidad, el supremo patriarca Septo XXIV, era un experto en cadenas.

De acuerdo a la ley sagrada, las cadenas son obligatorias para todos los acusados que sean llevados ante la Corte Inmaculada. Sin embargo, el señor alcaide disfrutaba de gran libertad a la hora de elegir qué cadenas acompañaban a cada prisionero. Un hombre poseedor de abundante peculio podía pagar para así conseguir que únicamente un holgado collar de eslabones de oro le colgara del cuello; una beldad podía hacer una visita privada al carcelero en sus aposentos y salir con unos finos y centelleantes brazaletes de plata… cadenas, sí, pero delicadas como la seda. Si, por el contrario, el acusado no podía ofrecer ni riquezas ni posición ni generosos encantos físicos… bueno, para esos casos la prisión contaba con abundantes grilletes, esposas y demás hierros destinados a mostrar a tales malnacidos el implacable peso de la justicia divina.

El hombre que en aquellos momentos se encontraba frente al patriarca Septo ocupaba una posición intermedia raramente vista en cuanto a cantidad de instrumentos de constricción: dos sólidas manillas unidas por una cadena de hierro de un calibre razonable, lo suficientemente fuertes para que el prisionero no tuviera oportunidad alguna de liberarse, pero no tan pesadas como para tirar de sus hombros hasta el punto de causarle dolor. No había duda de que el señor alcaide había optado por la cautela en este caso concreto, y Septo se preguntaba por el significado de este hecho. Era posible que el imputado no fuera una persona con peso específico propio, pero que estuviera lo suficientemente bien relacionado como para que las indignidades injustificadas quedaran descartadas… por ejemplo, un escultor o un músico que se hubiera ganado el favor de algunas familias notables de la ciudad. Y ciertamente tenía un cierto aire de artista: ojos intensos en un rostro impracticable, y la clase de temperamento excitable que podía expresar la pasión pero no sabía sacarle partido.

«Se participa al tribunal —anunció el primer alguacil— que ante él se presenta un tal Anton Leeuwenhoek, filósofo de la naturaleza acusado de herejía contra Dios y Nuestra Señora, la Virgen Insepulta. Arrodillaos y orad con Su Santidad para implorar que en este día se haga justicia.»

Septo esperó a ver qué es lo que hacía Leeuwenhoek. Los ladrones y asesinos que eran traídos ante el tribunal de inmediato se dejaban caer de rodillas y ofrecían un chabacano espectáculo rogándole a Dios que demostrara su inocencia. Sin embargo, un hereje podía escupir desafiante o lanzar maldiciones al trono patriarcal, lo que no era la manera más adecuada de conseguir el perdón, si bien era cierto que muchos herejes llegaban a la sala resueltos a convertirse en mártires. Leeuwenhoek tenía los ojos de esos fanáticos, pero al parecer no las convicciones; sin hacer ni una mueca, se arrodilló e inclinó la cabeza. El Patriarca cerró rápidamente sus propios ojos y recitó las palabras que ya había dicho cinco veces antes esa misma mañana: «Señor, concédeme sabiduría para que pueda reconocer la verdad. Virgen Santísima, concédeme discernimiento para que pueda administrar justicia. Que todas nuestras acciones en el día de hoy sean a la mayor gloria de Vuestra Divina Unión. Amén».

Se oyeron «amenes» por toda la sala: alguaciles y letrados ciñéndose al ritual. Septo miró de refilón al celador de Satán, un inquietante título para un jovial muchacho pecoso, la única persona presente que estaba eximida del deber de cerrar los ojos durante la oración. El celador asintió con la cabeza dos veces, para indicar que Leeuwenhoek había mantenido una correcta actitud de oración y que había dicho «amén» junto a todos los demás. Bien, el proceso se acababa de convertir en un juicio válido, y cualquier cosa que sucediera a partir de ese momento estaba respaldada por la autoridad celestial.

—Señor fiscal, vuecencia puede presentar los cargos —dijo Septo.

El fiscal hizo una reverencia tan pronunciada como se lo permitió su bastante redondeado contorno, con su frente empolvada perlada ya de sudor. No era un día caluroso, principios de primavera, no más… sin embargo, el fiscal ben Jacob era un hombre famoso por su abundante sudor, una característica que por lo general molestaba a sus adversarios legales más que a sí mismo. Bastantes abogados defensores a los que se había enfrentado se habían visto distraídos por la copiosa corriente que le corría rostro abajo, y debido a ello se les había pasado por alto algún error en sus razonamientos. Que siempre era posible encontrar errores en los razonamientos de ben Jacob era algo que Septo sabía bien: el viejo Abraham no es que fuera demasiado avispado. No obstante, era probo y ni se le pasaría por la cabeza la posibilidad de obtener algún beneficio personal a expensas de aquellos a los que procesaba; motivo por el que el Patriarca en ningún momento lo había destituido de su puesto.

—Su Santidad —dijo ben Jacob—, el objeto del caso de autos son determinadas aseveraciones en contra de la doctrina de la, esto… de las culebras durmientes.

—¡Vaya! —Septo miró a Leeuwenhoek—. Hijo mío, ¿realmente negáis la doctrina divina?

—He probado su falsedad —dijo el hombre con un encogimiento de hombros—, por consiguiente, a malas penas puede ser divina.

Varios alguaciles dejaron escapar una exclamación de asombro, al considerar parte de su trabajo mostrarse horrorizados ante cualquier sacrilegio; los mismos alguaciles que solían susurrar y hacer comentarios jocosos durante las descripciones de los horrores auténticos: asesinatos, violaciones, mutilaciones…

—Los presentes guardarán silencio —dijo Septo cansinamente; era la quinta vez que pronunciaba esas mismas palabras en lo que llevaba de mañana—. Señor fiscal, si os pluguiese leernos el susodicho pasaje…

—Esto… el pasaje, sí, el pasaje.

Septo mantuvo la compostura mientras ben Jacob revolvía entre los papeles y pergaminos buscando lo que necesitaba. La lectura de cualquier pasaje de las escrituras que hubiera sido negado por el hereje formaba parte del procedimiento habitual, por supuesto, para garantizar que no se había producido un malentendido. Y el que a ben Jacob se le perdiera su copia del texto pertinente entre una pila de documentos varios también formaba parte del procedimiento habitual. Con cualquier otro fiscal, podría haberse tratado de algún tipo de fullería; en el caso de ben Jacob, era mera desorganización.

—Helo aquí, sí, helo aquí —dijo por fin sacando una hoja con las esquinas dobladas y una mancha de grasa claramente visible a lo largo de uno de los bordes—. Evangelio de Susana, capítulo veintitrés, versículo primero.

Ben Jacob hizo una pausa mientras los dos secretarios verificadores localizaban el pasaje en su propio ejemplar de las escrituras. Lo irían siguiendo en silencio mientras él leía el texto en voz alta, atentos a cualquier lapsus que se apartara de la palabra sagrada. Cuando ambos estuvieron preparados, ben Jacob se aclaró la garganta y leyó:

Una vez finalizada la procesión, se retiraron a un huerto más allá de los muros de Jerusalén. Y esa noche sucedió que Matías vislumbró una culebra, oculta por la maleza, por lo que aferró una piedra para así poder aplastar la alimaña; pero María le detuvo la mano diciendo:

—No hay peligro, porque mirad, la bestia duerme.

—Maestra —replicó Matías—, no dormirá eternamente.

—Cierto es —admitió María—, pero os prometo que dormirá hasta el amanecer y, cuando llegue el amanecer, abandonaremos este lugar y a todas las culebras que en él moran.

No obstante lo cual, Matías mantuvo la piedra en la mano y siguió mirando la culebra con miedo.

—Hombre de poca fe —le dijo María a Matías—, ¿por qué te preocupas por la criatura que duerme ante ti cuando estás ciego a las culebras de tu propio corazón? Porque yo os digo, cada una de las gotas de vuestra sangre fluye con una legión de culebras en su interior, y eso mismo es así para todos los hijos de la tierra. Todos estáis envenenados por la negra ponzoña, envenenados mortalmente. Pero si creéis en mí, yo las arrullaré y entonces dormirán en paz hasta que dejéis atrás estos cuerpos mortales y os adentréis en el amanecer del nuevo día de Dios.

Ben Jacob bajó la hoja y miró a los verificadores en busca de ratificación. El Patriarca también se volvió hacia ellos, pero no necesitaba sus asentimientos para saber que las Escrituras habían sido leídas correctamente. Se sabía el pasaje de memoria; era uno de los textos fundamentales de la Madre Iglesia: la promesa de salvación de la Virgen. También era uno de los pasajes más populares entre los herejes para ser puesto en entredicho. La presunción del pecado original, de que la condenación es algo inherente a la carne humana… era un anatema para muchas jóvenes almas encendidas. «¿Qué clase de Dios —se preguntaban— condenaría a un niño al averno por el mero hecho de haber nacido?». Era una buena pregunta, y su respuesta seguía siendo objeto de sutiles y frecuentes debates; sin embargo, las palabras de la Virgen eran inequívocas, independientemente de que los teólogos alcanzaran o no a entender todas sus implicaciones.

—Anton Leeuwenhoek —dijo Septo—, habéis oído el pasaje verificado de las escrituras. ¿Negáis su verdad?

—Debo hacerlo —respondió Leeuwenhoek manteniéndole la mirada—. He examinado la sangre humana prolijamente y no contiene culebras.

Los gazmoños de la sala tenían la boca abierta, preparados para dejar escapar otro grito ahogado ante cualquier sacrilegio; pero incluso ellos se percataron de que el hombre no estaba blasfemando de manera deliberada, sino que parecía estar exponiendo… un hecho.

¡Qué curioso!

Septo se enderezó ligeramente en el trono patriarcal. Todo apuntaba a que este proceso iba a ser más interesante que los juicios habituales por herejía.

—Supongo que comprenderéis que este pasaje versa sobre el pecado original —le dijo a Leeuwenhoek—. La Santísima Virgen asevera que todos los seres humanos están emponzoñados por el pecado y que únicamente pueden redimirse a través de ella.

—No es así, Su Santidad. —La voz de Leeuwenhoek era áspera—. Lo que afirma el pasaje es que hay culebras en la sangre humana. Y yo sé que no las hay.

—Las culebras son meramente…

Septo se interrumpió a tiempo. Había estado a punto de decir que las culebras eran meramente una metáfora; pero se encontraban en un juicio público y cualquier pronunciamiento que hiciera tendría fuerza de ley. Declarar que un pasaje de las escrituras, cualquiera, no era literalmente verdad… ningún patriarca lo había hecho jamás en un foro público, y Septo no tenía intención alguna de ser el primero.

—Dilucidemos este punto —dijo Septo a Leeuwenhoek—. ¿Negáis la doctrina del pecado original?

—No. Yo nunca he alcanzado a comprender las cuestiones teológicas. De la sangre es de lo que entiendo, y no hay culebras en ella.

Uno de los gazmoños se atrevió a lanzar un pequeño gemido de horror, pero hasta un sordo hubiera notado que era forzado.

—Debéis tener presente que las culebras pudieran ser muy, pero que muy pequeñas —intervino el fiscal ben Jacob intentado ser de ayuda.

—De eso se trata justamente —respondió Leeuwenhoek con repentino entusiasmo—. He fabricado un instrumento que permite ver las cosas minúsculas igual que si fueran mucho mayores. —Se giró bruscamente hacia Septo—. ¿Su Santidad está familiarizado con el telescopio? El aparato para ver objetos a gran distancia…

El Patriarca asintió con la cabeza a pesar de sí mismo.

—Mi instrumento —continuó Leeuwenhoek— se basa en un principio similar: una disposición de lentes que amplifica la visión y revela cosas demasiado pequeñas para que puedan ser vistas a simple vista. He examinado la sangre con todo detalle y, aunque contiene numerosos animálculos minúsculos que no puedo identificar, juro ante el tribunal que no hay culebras. No las hay dormidas ni las hay despiertas.

—Hum… —Septo se tomó unos instantes para cruzar las manos sobre la mesa que tenía delante y, cuando habló, evitó que su mirada se cruzara con la del prisionero—. Es un hecho palmario que las culebras son muy duchas a la hora de esconderse, ¿verdad? Seguro que pudiera ocurrir que una culebra se ocultara detrás de… detrás de estos otros animálculos minúsculos que habéis mencionado.

—«Una legión de culebras» —citó Leeuwenhoek con cabezonería—, eso es lo que dice el texto. Una legión de culebras en cada gota de sangre. Es inverosímil que todas puedan encontrar donde esconderse; he pasado cientos de horas buscando, Su Santidad. Días, semanas y meses.

—Hum…

Problemático de admitir, pero Septo no dudaba del hombre. El Patriarca había observado los cielos con un excelente telescopio y había visto un universo de inesperadas maravillas: montañas en la Luna, cabellos en el Sol, anillos alrededor del planeta Cronos… No le costaba demasiado creer que el aparato de Leeuwenhoek pudiera revelar sorpresas similares… incluso aunque no mostrara culebras en el torrente sanguíneo. Después de todo, estas no eran más que una parábola, ¿acaso alguien podía dudarlo? La Virgen Santísima acostumbraba a utilizar un lenguaje poético que cualquier persona culta admitía que era más simbólico que literal.

Por desgracia, la Iglesia no estaba constituida por eruditos. Daba igual lo sofisticado que pudiera ser el clero: los feligreses provenían de los estratos más humildes. ¿Culebras en la sangre? Si eso es lo que decía la Virgen, pues tenía que ser verdad; y el patriarca que adoptara una postura menos dogmática las iba a pasar canutas. La Iglesia se cimentaba sobre la Autoridad: la autoridad eclesiástica, la autoridad de las Escrituras. Si Septo reconocía en público que determinados puntos de la doctrina podían interpretarse como mero simbolismo, que una enseñanza clave era una metáfora y no un hecho literal… Bueno, un solo agujero en un odre basta para que se quede vacío.

Por otra parte, la verdad era la verdad. Si no había culebras, pues no había culebras. Dios había creado el mundo y a todos los que en él moraban; si el Creador había elegido que esa sangre vital fuera de una determinada manera, la obligación de la Madre Iglesia era aceptarlo y alabarlo por ello. Aferrarse a una falacia con objeto de preservar la propia autoridad era peor que la mera cobardía: era una blasfemia más condenatoria que cualquier otra.

Septo miró a Leeuwenhoek, que estaba esposado de pie delante del banquillo de los acusados. Un ser humano vivo con un alma viva, y Septo podía hacer con solo una palabra que fuera ejecutado por propagar falsedades.

Pero ¿dónde residía verdaderamente la falsedad?

—Esta causa no puede fallarse hoy —anunció Septo—. La Madre Iglesia investigará las aseveraciones del acusado hasta donde le resulte posible. Construiremos nuestros propios instrumentos ópticos de aumento, debidamente bendecidos para ampararlos de las injerencias de Satán —continuó Septo reprimiendo una sonrisa: todavía quedaban algunos inquisidores retrógrados que creían que el demonio distorsionaba lo que se veía por cualquier lente—. Veremos qué es lo que hay y no hay en la sangre.

Los alguaciles que había en la sala mostraron su acuerdo asintiendo con la cabeza, igual que lo hubieran hecho si la sentencia hubiera sido de muerte o de absolución inmediata. Sin embargo, ben Jacob dijo:

—Su Santidad… tal vez fuera oportuno que el tribunal procediera a… a dictar instrucciones para que nadie construya uno de estos artilugios hasta que la Iglesia haya dictaminado sobre este asunto.

—Al contrario —replicó Septo—, considero que la Iglesia debería poner estos aparatos a disposición de todos aquellos que los soliciten, para que ellos mismos puedan verlo con sus propios ojos.

El Patriarca sonrió, preguntándose si ben Jacob lo entendía. Un decreto prohibiéndolos solo serviría para animar a los disidentes a construirlos en secreto; por el contrario, proporcionar libre acceso a tales artilugios atraería a los curiosos a la Iglesia, en lugar de alejarlos de ella. En cualquier caso, el asunto solo resultaría de interés para las clases acomodadas, que eran las que disponían de tiempo y de energía para especular sobre cuestiones esotéricas. El grueso de los legos (granjeros, mineros y palafreneros) nunca llegarían a enterarse del ofrecimiento. E incluso en caso contrario, difícilmente les importaría. Los diminutos animálculos podían ser una curiosidad chocante, pero no tenían relación alguna con la vida de un campesino.

Una nueva pausa para la oración antes de que se llevaran a Leeuwenhoek para que enseñara a los eruditos de la Iglesia cómo construir su aparato amplificador. El hombre parecía contento con el resultado: no solo había escapado a una sentencia de muerte, sino que ahora tendría la oportunidad de enseñar a otros lo que había visto. Septo había conocido a muchos hombres como él: adultos que se comportaban como niños, buscando conchas coloridas en la playa y enternecedoramente agradecidos cuando alguien mostraba interés por los objetos llenos de arena reunidos en su pequeña colección.

Y en cuanto al aparato original de Leeuwenhoek, Septo se lo hizo llevar a sus dependencias cuando el tribunal hizo un receso a mediodía. Conseguir sangre fue fácil: un pequeño pinchazo con un alfiler y el Patriarca tuvo su muestra para examinar. Miró ansiosamente por la lente, ajustando el foco igual que en un telescopio.

Animálculos. ¡Asombroso!

Animálculos extraordinariamente minúsculos… innumerables cardúmenes de ellos, nadando en su propia sangre. ¡La de maravillas que Dios ha creado…! Criaturas de distintas formas y tamaños, tal vez depredadores y presas, igual que los peces que nadan en el océano.

Y ¿dónde estaban las culebras? La pregunta era casi irrelevante. Y, sin embargo… apenas perceptible, tan cercano a lo invisible que habría podido tratarse de una ilusión óptica, algo tan fino como un cabello pareció pasar fugazmente por su campo de visión.

Y desapareció.

 

  1. El origen de los análogos culebrinos en la sangre de los papistas.

A su majestad británica Ana VI le agradaba la Cámara Estrellada. Es cierto que a lo largo de los cinco siglos anteriores en ocasiones se había abusado escandalosamente de su poder (juicios subrepticios que terminaban con la ejecución en secreto de personas que probablemente eran mucho más inocentes que los monarcas encargados de administrar justicia), pero incluso en el glorioso Imperio había lugar para las audiencias privadas. La reina a este lado de la mesa, uno de sus súbditos al otro… como si fuera una charla íntima entre amigos, una ocasión para, de una manera u otra, solucionar las diferencias.

—Bueno, señor Darwin —dijo una vez estuvo servido el té—, al parecer habéis armado bastante revuelo, ¿no es así?

El hombre de montaraz barba sentado al otro lado de la mesa no respondió al momento. Colocó un dedo en el asa de su taza como si la de beber o no beber fuera una decisión de capital importancia, y a continuación habló:

—Me he limitado a decir la verdad, señora… tal como yo la veo.

—Sí, pero distintas personas ven verdades distintas, ¿no es cierto? Y las cosas que vos afirmáis que son verdad han molestado a bastantes de mis fieles súbditos. Supongo que sois consciente de que reina un cierto… malestar.

—Estoy al tanto de los disturbios. En varias ocasiones han llegado a estar alarmantemente cerca de mi persona. Y, por supuesto, mi vida ha recibido amenazas.

—Entiendo. —Ana cogió una diminuta rebanada de pan untada con mantequilla y mordió lo que confiaba pareciera un bocado comedido. Por algún motivo, siempre le apetecía comer cuando estaba en la Cámara Estrellada frente a los acusados; mientras que ellos nunca parecían tener ni pizca de apetito—. Las amenazas son uno de los motivos por los que os hemos invitado hoy a este lugar. Scotland Yard se está cansando de tener que protegeros, y sir Oswald lleva tiempo planteándose si vuestra vida realmente lo merece.

Su comentario provocó la reacción esperada: los dedos del hombre se quedaron paralizados sobre el asa de la taza y el color abandonó su rostro.

—No me había percatado… —Y, tras entrecerrar los ojos, Darwin añadió—: Tengo la sensación, señora, de que alguien va a tomar pronto una decisión sobre este asunto.

—Exacto. Sir Oswald ha recurrido en busca de consejo a la corona, que ahora recurre a vos. —Le dio otro bocadito a la rebanada de pan—. ¿Seríais tan amable de explicar vuestras teorías?, ¿de exponer la línea de razonamiento que os ha llevado hasta esas… perturbadoras declaraciones públicas?

—Todo está explicado en mi libro, señora.

—Pero vuestro libro es para científicos, no para reinas. —Ana dejó el pan y se dio el gusto de beber un sorbito de té tomándose su tiempo, pero Darwin continuó en silencio—. Por favor —dijo por fin—, deseamos tomar una decisión bien informada.

Darwin lanzó un gruñido… o tal vez fue una apagada risita cínica. Una muestra de mala educación, en cualquier caso.

—Muy bien, Majestad —dijo asintiendo con la cabeza—. Todo se reduce a una simple cuestión histórica.

—La historia rara vez es simple, señor Darwin, pero continúe.

—En… 1430 y pico, he olvidado el año exacto, Anton Leeuwenhoek fue llevado ante el supremo patriarca Septo para tratar el asunto de la ausencia de culebras en el flujo sanguíneo. ¿Le resulta familiar esa historia, señora?

—Por supuesto. Se trata del suceso desencadenante del cisma entre nuestra iglesia y los papistas.

—Exacto.

Ana notó que Darwin se estaba conteniendo para no levantarse de la silla y empezar a pasear por la sala, igual que un profesor impartiendo una clase a un grupo de alumnos adormilados. Su excesiva impetuosidad le hizo gracia, aunque confiaba en que consiguiera mantener sus impulsos controlados.

—Os ruego continuéis, señor Darwin.

—Todo el mundo sabe que la decisión del Patriarca desembocó en… una avalancha, por decirlo así, de gente examinando su propia sangre con un microscopio. Al principio solo las clases altas, pero la moda no tardó demasiado en extenderse también a los estratos más bajos de la sociedad. Como la iglesia permitía que todo el mundo mirara por un microscopio sin pagar, supongo que para los campesinos se convirtió en una diversión gratuita.

—El opio del pueblo —sugirió Ana, a quien le agradaba la frase: el señor Marx la había empleado cuando también a él le había tocado visitar la Cámara Estrellada.

—Supongo que así será —concedió Darwin—. En cualquier caso, el fenómeno sobrepasó de lejos todo lo que Septo pudiera haber previsto; y lo que fue peor para el Patriarca, muy pronto dividió a la iglesia en dos bandos: aquellos que aseguraban ver culebras en su sangre y aquellos que no las veían.

—Señor Darwin, conocemos perfectamente la diferencia fundamental entre papistas y redimidos.

—Os pido perdón, señora, pero creo que la habitual interpretación histórica está… errada. Confunde causa y efecto.

—¿Cómo va haber una confusión? Los papistas tienen culebras en la sangre; eso es algo que le resulta evidente a cualquier niño que mire por un microscopio. Nosotros, los redimidos, no estamos así contaminados; lo que también es un hecho fácilmente observable. La conclusión obvia, señor Darwin, es que la propia Hija de Dios marcó a los papistas con Su maldición, para que todos y cada uno de ellos fueran conscientes de lo equivocado de su proceder.

—Según los papistas —le recordó Darwin—, las culebras son un signo de la bendición de Dios: una culebra dormida simboliza un pecado amansado.

—¿Es eso lo que vos creéis, señor Darwin?

—Lo que yo creo es que resulta más práctico examinar los hechos antes de emitir cualquier juicio.

—Por eso estamos hoy aquí —dijo Ana con una significativa mirada—. Hechos… y juicio. Si pudierais ir al quid del asunto, señor Darwin…

—El quid del asunto —repitió él—. Faltaría más. Estoy de acuerdo en que hoy en día cualquier microscopio mostrará que los papistas tienen culebras en su torrente sanguíneo… o, tal como los científicos prefieren llamarlas, análogos culebrinos, puesto que es altamente improbable que el fenómeno observado corresponda a verdaderos reptiles…

—No entremos a discutir la nomenclatura —lo interrumpió Ana—. Aceptamos que las entidades en la sangre de los papistas no guardan relación alguna con las cobras ni con las víboras, pero llevamos siglos llamándolas culebras y el nombre resulta aceptable. Continúe con su explicación, señor Darwin.

—Vos misma os lo acabáis de explicar, señora. Han transcurrido varios siglos desde que surgió la controversia original. Lo que vemos hoy en día puede no ser lo que se veía entonces. —Inspiró profundamente—. Al leer los textos de aquella época pretérita se descubre que había grandes dudas en relación con las culebras, incluso entre los papistas. Los análogos culebrinos eran extremadamente raros y difíciles de distinguir… a diferencia de las manifiestas entidades que se observan hoy en día.

—Seguro que es por los aparatos. Los microscopios de entonces eran artilugios rudimentarios comparados con nuestros excelentes instrumentos modernos.

—Ese es el argumento habitual —admitió Darwin asintiendo con la cabeza—, pero yo creo que hay una explicación distinta.

—¿Ah, sí?

—Mi explicación se basa en mis observaciones de las palomas, señora.

Ana parpadeó por la sorpresa.

—¿De las palomas, señor Darwin? —preguntó volviendo a parpadear—. ¿De los pájaros? —Se mordió el labio y añadió—: ¿De esos bichos repugnantes que se posan en las estatuas?

—No de las palomas que están sueltas por ahí, Majestad, sino de las domésticas. De las que se crían para exhibiciones. Por ejemplo, varios siglos atrás, a un terrateniente de Sussex se le metió en la cabeza conseguir una paloma negra a partir de sus ejemplares de raza gris.

—¿Y por qué iba a querer una paloma negra?

—Eso también continúa siendo un misterio para mí; pero los documentos históricos no dejan lugar a duda. Se lanzó a la tarea, seleccionando las palomas del gris más oscuro que pudo conseguir y cruzándolas entre ellas. Con el transcurso de muchas generaciones, su color se fue volviendo más y más oscuro, y así hasta hoy, cuando sus descendientes presumen de tener palomas negras como el carbón.

—¿Que presumen de eso?

—Sin cesar.

Darwin agarró un trozo de pan y prácticamente se lo embutió en la boca. Al parecer estaba tan absorto en la conversación que había olvidado quién se sentaba al otro lado de la mesa. «Bien —pensó Ana—, así bajará la guardia».

—Comprendemos los principios de la cría de animales —señaló Ana—. No obstante, no vemos de qué modo atañen a los papistas.

—Durante los últimos cinco siglos, Majestad, los papistas han pasado justo por ese mismo proceso… y, en realidad, también los redimidos. Pensadlo. En cualquier población, el azar provoca que existan numerosas diferencias entre los individuos; por ejemplo, las palomas del terrateniente, eran de distintas tonalidades de gris. Si un proceso de selección elige enfatizar un rasgo concreto al resultar deseable, mientras que los demás quedan excluidos por no serlo (por ejemplo, si únicamente se cruzan los pájaros más oscuros entre ellos y se impide que los más claros contribuyan a esa línea de sangre), la característica seleccionada tenderá a hacerse más pronunciada con cada generación.

—Seguís hablando de palomas, señor Darwin.

—No, Majestad —dijo él triunfalmente—, estoy hablando de los papistas y de los redimidos. Supongamos que en los tiempos del patriarca Septo algunos individuos tenían unos casi imperceptibles análogos culebrinos en el flujo sanguíneo… por mera casualidad, igual que algunas personas tienen el cabello rizado y otras no.

Ana abrió la boca para decir que con frecuencia los rizos no eran en absoluto una mera casualidad, pero decidió callarse.

—Ahora bien —continuó Darwin—, ¿con qué se encontró aquella gente? Con que algunos vieron esas diminutas y casi invisibles culebrillas, mientras que otros no las vieron. Los que las vieron declararon: «Esta es la demostración de la solidez de la palabra de la Madre Iglesia». Mientras que los que no vieron nada dijeron: «Las Escrituras no pueden ser interpretadas de manera literal; los fieles deben encontrar la verdad en su propio corazón». Y de este modo el Cisma dividió el mundo, enfrentando un bando contra otro.

—Sí, señor Darwin, todo eso lo sabemos.

—Entonces, señora, también debéis saber lo que sucedió durante las siguientes generaciones. El distanciamiento en la fe creó un distanciamiento similar en la población. Los papistas solo se casaban con papistas. Los redimidos solo se casaban con redimidos.

—Por supuesto.

—En consecuencia —prosiguió Darwin haciendo hincapié en esta palabra—, aquellos que veían en su sangre las así llamadas culebras solo se casaban con otros de condición similar. Y los que no veían nada se casaban con otros que no veían nada. Así que ¿cómo puede sorprendernos el que, generación tras generación, las culebras cada vez fueran más visibles en la sangre de los papistas? Y que cada vez hubiera menos y menos probabilidades de vislumbrarlas en la de los redimidos… Es simple y llanamente una cuestión de crianza selectiva, señora. Los papistas no se diferencian de nosotros porque la Virgen los señalara con su mácula; son diferentes porque ellos optaron por diferenciarse, por enfatizar la diferencia, por así decirlo. Y el que los redimidos no tengan culebras en la sangre se debe a ese mismo motivo: se trata de un simple efecto colateral de los prejuicios conyugales de nuestros antepasados.

—¡Señor Darwin! —exclamó horrorizada la reina—. ¡Qué afirmaciones son esas! No me sorprende que hayáis conseguido enojar a los papistas tanto como a vuestros propios compatriotas. Sugerir que una señal sagrada divina no es más que un mero accidente obsceno… —Y, tras contener la respiración unos instantes le espetó—: Caballero, ¿dónde está vuestra decencia?

—Tengo algo mejor que decencia —respondió él con voz tranquila—. Tengo pruebas.

—¿Pruebas? ¿Cómo podríais probar tal cosa?

—Hace algunos años, embarqué en un barco que navegó por los Mares del Sur y, durante esa travesía, vi cosas que me abrieron por completo los ojos.

—¿Más palomas, señor Darwin?

—Las aves de las islas del Pacífico no son demasiado apropiadas para los estudios científicos —respondió él con un gesto desdeñoso de la mano—. Lo que observé fue la labor que realizaban los misioneros, tanto papistas como redimidos, predicando a los nativos que habitaban en aquellas islas. ¿Habéis oído hablar de estas misiones?

—Nosotros hemos sufragado varias de tales misiones, señor Darwin.

—¿Y qué tal los resultados, señora?

—Una de cal y una de arena —confesó Ana—. Algunas tribus están abiertas a la Redención, mientras que otras… —Se encogió de hombros—. A los papistas tampoco es que les vaya mejor.

—Exactamente, Majestad. Por ejemplo, yo visité una isla en la que los papistas llevaban ya establecidos treinta años, a pesar de lo cual el sacerdote del lugar aseguraba no haber conseguido ninguna conversión verdadera. Y quiero hacer hincapié en esa palabra, «verdadera». Muchos de los nativos habían abrazado la doctrina papista, participaban en sus actos de culto y todo eso, a pesar de lo cual el sacerdote no era capaz de encontrar culebras en su sangre, así que su explicación era que no habían abrazado verdaderamente a la Madre Iglesia.

—¿Y vos disentís de tal conclusión?

—Por supuesto. Para mí, la tribu de la isla no era más que una población cerrada que, por mera casualidad, nunca había desarrollado análogos culebrinos en la sangre. Si solo se cruzan palomas blancas, nunca se conseguirá una negra.

—Pero… —empezó a decir Ana antes de interrumpirse bruscamente al venirle a la memoria las palabras de un reciente informe de una misión, «Nuestro trabajo en esta isla nos hace sentir una continua frustración: aunque sus habitantes se inclinan ante el altar del Señor, su sangre sigue mancillada por las culebras de los Impuros…»—. Señor Darwin —musitó Ana—, ¿podría ser posible que hubiera islas en las que todos sus habitantes tuvieran culebras en la sangre independientemente de cuáles fueran sus creencias?

—Por supuesto que las hay —respondió Darwin asintiendo con la cabeza—. La mayoría de las islas cuentan con una población aislada y homogénea. Encontré algunas tribus con culebras y otras sin ellas; y era un hecho independiente del misionero que se ocupara de ellas. Cuando los papistas van a parar a una isla cuyos habitantes ya tienen análogos en su flujo sanguíneo, enseguida aseguran haberlos convertido y lo celebran a lo grande. Por el contrario, cuando se encuentran con una tribu cuya sangre está limpia… bueno, ya pueden predicar todo lo que quieran, pero no van a conseguir cambiar las consecuencias de generaciones y generaciones cruzándose entre sí. Así que por lo general renuncian y se trasladan a otra isla en la que la población sea más receptiva… o lo que es lo mismo, en la que, para empezar, tengan el tipo de sangre correcto.

—Ah.

Ana bajó la mirada. Darwin había estado hablando de los papistas, pero ella sabía que eso mismo era verdad para los misioneros redimidos. Acostumbraban a quedarse un año en un lugar, hacer unos cuantos análisis de sangre y, a continuación, trasladarse a otro si no podían demostrar que conseguían resultados… porque esos resultados se medían exclusivamente por la sangre en lugar de por la fe profesada por los habitantes. Si los misioneros, sus propios misioneros, habían estado abandonando a fieles sinceros porque no creían que las conversiones fueran «verdaderas»… no quería ni pensar qué le parecería a Dios todo este asunto.

Sin embargo, Darwin no había terminado de hablar:

—En nuestra travesía visitamos numerosas islas, Majestad, y unas pocas nunca habían sido pisadas por misioneros. Algunas de estas tribus tenían análogos culebrinos en la sangre, mientras que otras no los tenían… y la población de cada una de las islas era homogénea. Mi hipótesis es que las posibilidades de desarrollar análogos podrían haberse distribuido de manera uniforme por toda la humanidad hace milenios; sin embargo, cuando una población se iba quedando aislada, ya fuera geográfica o socialmente…

—Sí, señor Darwin. Ya veo lo que queréis decir. —Ana se percató de que estaba tamborileando con un dedo sobre el borde de la mesa. Se controló y se puso en pie—. Este asunto merece ser estudiado más en profundidad. Daremos instrucciones a la policía para que busque un lugar donde podáis continuar con vuestro trabajo sin tener que sufrir molestias del exterior.

Darwin puso mala cara.

—Y ese lugar, ¿no será una cárcel, señora?

—Un refugio cómodo. Se os proporcionará todo lo que necesitéis: libros, papel, de todo.

—¿Se me permitirá publicar?

—Contaréis al menos con una ávida lectora de todo lo que escribáis —respondió ella dedicándole una leve inclinación de la cabeza—. Me habéis dado mucho sobre lo que pensar.

—Entonces permitidme que os dé todavía otra cosa más sobre la que pensar, Majestad. —Darwin respiró profundamente, como si estuviera intentando decidir si sus siguientes palabras resultarían intolerablemente ofensivas. Y tras decidir que no tenía nada que perder, supuso Ana, continuó—: Papistas y redimidos llevan cientos de años cruzándose de manera selectiva dentro de su propia población. Podría llegar un momento en que se hubieran alejado tanto entre ellos que su… cruzamiento ya no fuera viable. Ya corren rumores sobre una tasa inusualmente alta de mortalidad entre los niños con un progenitor papista y otro redimido. Si continuamos con esta segregación, creo que llegará un momento (tal vez dentro de milenios, pero llegará) en que las dos poblaciones puedan llegar a escindirse en dos especies distintas.

—¿Especies distintas?, ¿de seres humanos?

—Podría suceder, Majestad. Es posible que en estos momentos estemos presenciando el origen de dos nuevas especies.

—¿El origen de las especies, señor Darwin? —dijo la reina Ana torciendo el morro con desagrado—. Si se trata de un chiste sepa que no nos hace gracia.

  1. La eficacia de la trisulfozimasa en la prevención de las reacciones por incompatibilidad AC en los partos con progenitores con distinto tipo de sangre.

La vista se iba a celebrar a puerta cerrada: una mala señal. Julia Grant había preguntado a varios de sus compañeros qué es lo que debía esperarse, y todos le habían dicho, «un juicio espectáculo, un juicio espectáculo». Al senador McCarthy le encantaba que su nombre saliera en los periódicos. A pesar de lo cual, los periodistas no podían entrar ese día, en el que los únicos presentes eran Julia y el comité.

Una muy mala señal.

—Buenas tardes, señora Grant —dijo McCarthy una vez ella hubo jurado decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. La voz del hombre tenía una cierta melosidad, el resultado del intento de un hombre desagradable por resultar amable—, supongo que sabe el motivo por el que está aquí.

—No, senador.

—Venga ya, doctora —la reprendió él como si estuviera hablando con un niño de cinco años—, seguro que conoce el propósito de este comité… Del que como es lógico se sigue que su trabajo nos resulte de sumo interés.

—Mi ámbito de trabajo es la investigación médica —replicó ella escuetamente y, obligándose a mirar a McCarthy a los ojos, añadió—: La política no me interesa lo más mínimo. Yo curo a los enfermos.

—Hay enfermedades y enfermedades —señaló el senador con un encogimiento de hombros—. Todos podemos entender que los médicos se ocupen de la congestión nasal, los estornudos y los ataques al corazón… pero ese no es su campo, ¿verdad?

—No, soy hematóloga, especializada en problemas de compatibilidad AC.

—¿Sería tan amable de explicar al comité qué es eso?

La doctora sospechaba que todos los miembros del comité (todos ellos hombres) ya habían sido puestos al tanto de su investigación. Y, en cualquier caso, seguro que leían los periódicos. Pero bueno, tampoco le costaba nada seguirles la corriente.

—La sangre humana —empezó— o bien es AC-positiva o bien es AC-negativa…

—¿AC quiere decir «análogo culebrino»? —la interrumpió McCarthy.

—Sí, el nombre se deriva de la antigua creencia…

—De que algunos individuos tenían culebras en su flujo sanguíneo —la interrumpió McCarthy de nuevo.

—Correcto.

—¿Y hay individuos que tienen culebras en su flujo sanguíneo? —preguntó McCarthy.

—Entidades que parecen culebras —corrigió otro senador… probablemente un demócrata.

—Los análogos culebrinos no están presentes en el flujo sanguíneo de ningún individuo —respondió Julia—. No aparecen hasta que la sangre queda expuesta al aire. Es un mecanismo especializado de coagulación, desencadenado por una enzima que provoca que se formen filamentos microscópicos en la zona donde existe una herida…

—En otras palabras —dijo McCarthy—, la sangre AC-positiva funciona de manera distinta a la AC-negativa, ¿es correcto?

—En este aspecto en concreto, sí —contestó Julia asintiendo con la cabeza.

—¿Considera que la sangre AC-positiva es, por así decirlo, mejor que la AC-negativa?

—Proporciona una coagulación ligeramente más eficaz cuando se produce una herida…

—¿Le parece que la sangre AC-positiva es… admirable, doctora?

Julia se lo quedó mirando de hito en hito mientras contaba mentalmente hasta diez.

—Todos los tipos de sangre me resultan fascinantes —respondió por fin—. La AC-positiva se coagula más deprisa… lo que resulta útil para detener una hemorragia, pero también aumenta ligeramente el riesgo de sufrir una apoplejía. Mi impresión general es que las ventajas y los inconvenientes se compensan entre ellos. De no ser así, la evolución rápidamente hubiera inclinado la población hacia uno de los dos lados.

—Así que cree en la evolución, doctora Grant… —dijo McCarthy cruzando las manos en la mesa frente a él.

—Soy científica. También creo en la gravedad, en la termodinámica y en la ley de los gases ideales.

Ni uno de los miembros del comité se dignó sonreír siquiera.

—Doctora —dijo McCarthy con voz queda—, ¿cuál es su tipo de sangre?

Julia apretó los dientes antes de responder.

—El Tribunal Supremo resolvió que nadie está obligado a responder esa pregunta.

McCarthy golpeó la mesa con el puño presa de un súbito ataque de ira.

—¿Acaso ve que tengamos aquí con nosotros al Tribunal Supremo? ¿Lo ve? Porque de ser así, dígame dónde están esos maricones con su togas negras para que los haga salir volando por la ventana con una patada en su culo de papistas chupacirios. —Y volviéndose a recostar en la silla añadió—: No me parece que se percate de la gravedad de su situación, doctora Grant.

—¿De qué situación? Soy investigadora médica…

—Y ha desarrollado un nuevo fármaco, ¿verdad? —le espetó McCarthy—. Una nueva droga, que quiere que sea de libre acceso para cualquier ciudadano. Me pregunto si la persona que inventó la heroína también se consideraba un investigador médico.

—Señor McCarthy, la trisulfozimasa no es un narcótico. Se trata de un fármaco cuidadosamente desarrollado…

—Que fomenta el mestizaje entre papistas y redimidos —terminó McCarthy—. Para eso sirve, ¿no es así, doctora?

—¡No! —Julia respiró profundamente antes de proseguir—: La trisulfozimasa sirve para combatir determinadas complicaciones clínicas que se producen cuando un padre AC-positivo y una madre AC-negativa…

—Cuando un papista engendra su nauseabundo retoño en una redimida —interrumpió McCarthy—. Cuando un papista se folla a una redimida. ¿Es eso lo que quiere fomentar, doctora? ¿Es así como va a hacer que este mundo sea un lugar mejor?

Julia se mantuvo en silencio. Sintió cómo le ardían las mejillas, igual que un niño al que han pillado con las manos en la masa; y se indignó al ver que su reacción ante las palabras de McCarthy era más de culpabilidad que de indignación.

«Sí —quería decir—, dejar de dividir a la humanidad en dos bandos hostiles hará que el mundo sea un lugar mejor». La mayor parte de la población del planeta no comprendía ni la teología papista ni la redimida: pero, de alguna manera, la ponzoñosa idea de la discriminación sanguínea se había extendido por todos los países del globo, independientemente de su fe religiosa. ¡Una locura! Y millones de personas eran de su misma opinión. Sin embargo, a los McCarthy del mundo les resultaba un peldaño cómodo para alcanzar el poder, y ¿quién podía detenerlos? Solo había que pensar en Alemania. Y en Irlanda. Y en la India y Paquistán.

Ridículo… y mortal, repitiéndose una y otra vez a lo largo de la historia. Tal vez debería dejar de lado la compatibilidad AC y trabajar en una cura para el impulso de demonizar a los que son distintos.

—El terreno de la medicina es la vida, no el estilo de vida —dijo con frialdad—. Si me encontrara con un paciente cuyo corazón ha dejado de latir, intentaría reanimarlo, independientemente de que la víctima sea un niño inocente, un asesino convicto o incluso un senador. —E inclinándose hacia delante añadió—: ¿Alguno de ustedes ha sido testigo alguna vez de una reacción por incompatibilidad AC?, ¿de cómo muere el recién nacido?, ¿de cómo la madre empieza a sufrir espasmos y por lo general también muere? Son personas auténticas, caballeros, y gritos de dolor auténticos. Solo un monstruo podría presenciar algo así y seguir con sus monsergas ideológicas.

Algunos de los miembros del comité tuvieron el decoro de aparentar sentirse incómodos y apartar la mirada, pero McCarthy no fue uno de ellos.

—Usted cree que estamos aquí por un problema meramente ideológico, ¿verdad, doctora?, que esto no es más que un elevado debate sobre doctrina filosófica. —McCarthy sacudió la cabeza en una muestra de pesar nada convincente—. Ojalá fuera así… De verdad que ojalá fuera así. Ojalá los papistas no estuvieran intentado destruir todo aquello que simboliza este país, obedeciendo las órdenes de sus cabecillas foráneos para corromper el espíritu de la misma libertad. ¿Por qué debería preocuparme por los gritos de una mujer cuando ella se ha prostituido con uno de esos tipos? Ella tomó su decisión y ahora tiene que enfrentarse a las consecuencias. Ninguno de los aquí presentes inventó la incompatibilidad AC, doctora. Fue Dios… y creo que no deberíamos pasar por alto su indirecta, ¿no le parece?

Julia notó un repentino reflujo de bilis en la garganta. Durante un instante no consiguió reunir las fuerzas necesarias para controlarlo, pero no podía vomitar, no delante de estos hombres. Se esforzó por tragar y respirar regularmente hasta que logró superarlo.

—Senadores —dijo por fin—, ¿realmente pretenden prohibir la trisulfozimasa?, ¿negarles un tratamiento que puede salvarles la vida a quienes lo necesitan?

—Hay quien dice que resulta muy significativo —respondió McCarthy— que un redimido pueda tener un hijo con una papista sin mayores complicaciones, pero que al revés no ocurra así. ¿No le parece también a usted significativo?

—Senadores —insistió ella pasando por alto las palabras de McCarthy—, ¿pretende este comité prohibir la trisulfozimasa?

Silencio.

Y entonces McCarthy le preguntó con una ligera sonrisa:

—¿Cómo funciona la trisulfozimasa, doctora?

Julia lo miró fijamente, preguntándose adónde quería ir a parar con esta nueva pregunta.

—La trisulfozimasa descompone la enzima del factor AC en aminoácidos básicos —dijo cautelosamente—, lo que evita una respuesta de riesgo del sistema inmunológico de la madre, que en otro caso podría producir anticuerpos que atacaran la enzima. El verdadero problema son los anticuerpos, porque pueden atacar al bebé…

—Así que lo que está diciendo —la interrumpió McCarthy— es que este fármaco puede acabar con las culebras de la sangre de un papista…

—Ya lo he dicho antes, no hay culebras. La trisulfozimasa elimina de forma temporal esa enzima de coagulación extra que está presente en la sangre AC-positiva.

—¿Solo de manera temporal?

—Con eso es suficiente. Una inyección poco antes del momento del parto…

—Pero ¿y si se suministraran varias dosis? —la interrumpió McCarthy—, ¿o una enorme?, ¿podría eliminarse de manera permanente el factor AC de la sangre de una persona?

—La trisulfozimasa no se le administra a una persona AC-positiva. Se le da a una madre AC-negativa para evitar…

—Pero suponga que sí que se le administrara a un papista. Una dosis grande. Un montón de dosis. ¿Podría eliminar el factor AC definitivamente? —Se inclinó hacia ella ansiosamente—. ¿Los podría hacer como nosotros?

Y fue en ese momento cuando Julia cayó en la cuenta, cuando entendió el motivo de esa vista. Porque el comité en realidad no podía escamotear el tratamiento. Los resultados de sus investigaciones ya eran conocidos en la comunidad científica. Incluso si en su país se prohibía, otros países lo utilizarían, y finalmente la presión pública sería tal que se verían obligados a reevaluarlo. Aquí el problema no eran las vidas de los bebés y de las madres; de lo que se trataba era de cortarle los cuernos al diablo.

—Administrar este o cualquier otro fármaco a una persona cuya salud no lo necesita es algo inaceptable. Dosis grandes o un uso prolongado de la trisulfozimasa tendrían efectos secundarios que ni me atrevo a imaginar. —Los rostros frente a ella seguían impertérritos, así que lo volvió a intentar—: Caballeros, en una persona AC-positiva, la enzima es algo natural. Es un componente natural de la sangre. Interferir en el funcionamiento natural del cuerpo sin que exista una justificación médica… No hacer daño, caballeros —dijo alzando las manos—. La base del juramento hipocrático. Ante todo, un médico debe evitar hacer daño.

—¿Quiere eso decir que se negaría a estar al frente de un proyecto de investigación sobre este asunto? —preguntó McCarthy.

—¿Yo?

—Usted es la mayor experta en su campo —respondió McCarthy con un encogimiento de hombros—. Si hay alguien que puede conseguir acabar con las culebras de una vez por todas y para siempre, es usted.

—Senador, ¿es que no tiene vergüenza? ¿Acaso no tiene la más mínima vergüenza? ¿Quiere que ponga en peligro vidas humanas por esta… trivialidad? Una diferencia irrelevante que solo puede detectarse con un microscopio…

—¡Lo que les permite vivir entre nosotros, doctora! Los papistas pueden vivir entre nosotros. Con su sangre especial, sus culebras, su maldita endogamia… son ellos los que subrayan lo que usted llama una trivialidad. Son ellos los que nos la restriegan por la cara. Dicen que son los Elegidos del Señor, que llevan la marca de su bendición. Pues bien, mi intención es borrar esa marca, con o sin su ayuda.

—Sin ella. Definitivamente sin ella.

McCarthy tenía la mirada clavada en ella. No parecía un hombre que acabara de recibir una negativa rotunda.

—Permítame contarle un secreto, doctora —dijo con un excesivo aire de superioridad—, que conocemos gracias a nuestros agentes en campo enemigo. En este mismo momento, los papistas están planeando contaminar nuestros suministros de agua con su condenada enzima AC. Para envenenarnos o hacernos como ellos… lo uno o lo otro. Necesitamos sin falta su fármaco para luchar contra esa corrupción, para eliminar la enzima de nuestra sangre antes de que pueda destruirnos. ¿Qué le parece eso, doctora Grant? Esa ética médica suya que en tanto aprecio tiene ¿le permitirá trabajar en un tratamiento que nos proteja de las malditas toxinas papistas?

—Usted no tiene ni idea del metabolismo humano —respondió Julia con una mueca—. El factor AC no se contagia a través del agua que bebemos; la enzima simplemente se descompondría en el ácido del estómago. Supongo que sería posible fabricar una versión metilada que consiguiera acabar abriéndose camino hasta el flujo sanguíneo… —Hizo una breve pausa antes de continuar—: En cualquier caso, me resulta imposible creer que los papistas estén tan locos como para…

—Ahora mismo —la cortó McCarthy— en algún escondrijo papista hay reunido un comité de hombres qué están tan locos como nosotros. Créame, doctora. Lo que nosotros estamos dispuestos a hacerles a ellos, ellos están dispuestos a hacérnoslo a nosotros; lo único que está en el aire es quién va a actuar primero. —McCarthy se recostó y cruzó las manos sobre el estómago—. Las culebras están por todas partes, doctora Grant. En sus manos está quién vaya a resultar mordido.

Es posible que esa fuera la única verdad que McCarthy había dicho desde que había empezado a hablar. Julia se esforzó por ponerla en duda, sin conseguirlo. El que se fuera AC-positivo o negativo no influía a la hora de ser un despiadado hijo de puta.

No dijo nada.

McCarthy mantuvo su mirada sobre ella unos instantes más, y luego se volvió hacia los hombres que lo flanqueaban.

—Levantemos la sesión, ¿les parece? Démosle a la doctora Grant un poco de tiempo para reflexionar. —Volvió a mirarla de hito en hito—. Nada más que un poco de tiempo. Nos pondremos en contacto con usted dentro de unos días… para averiguar quién le asusta más, nosotros o ellos.

Y tuvo el descaro de guiñarle un ojo antes de volverse hacia otro lado.

El resto de senadores abandonó la sala, prácticamente chocando unos contra otros en su apresuramiento por marcharse. Cómplices… hombres débiles, a pesar de todo su poder. Julia no se movió de la incómoda silla de los testigos, dándoles tiempo de sobra para que se largaran a toda prisa; no tenía ninguna gana de verlos otra vez cuando por fin saliera al pasillo.

Administrar trisulfozimasa a una persona AC-positiva… ¿cuál sería el efecto? En bioquímica, las predicciones casi nunca servían para nada: la ciencia médica era un vasto océano de ignorancia salpicado de investigadores intentando mantenerse a flote sobre improvisadas canoas. La única predicción que se podía hacer con seguridad era que con una dosis lo suficientemente grande de cualquier medicina matarías al paciente.

Ahora bien, era mejor inyectar trisulfozimasa a una persona AC-positiva que a una AC-negativa. Las reacciones químicas que descomponían la enzima AC también descomponían la trisulfozimasa: destrucción mutua garantizada. Si no se tenía la enzima AC en la sangre, la trisulfozimasa alcanzaría niveles letales mucho más rápidamente ya que no existiría nada que pudiera frenarla. Estaba claro que los individuos AC-positivos podrían tolerar dosis que serían mortales para…

Julia sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo. Había desarrollado un fármaco que envenenaría a los AC-negativos pero no a los AC-positivos… que podría masacrar de manera selectiva a los redimidos sin tocar a los papistas. Y su investigación era de conocimiento público. ¿Cuánto faltaba para que alguien del bando de los papistas llegara a esta misma conclusión? Uno de esos hombres que McCarthy había mencionado, tan implacable y loco como el propio senador.

¿Cuánto tardarían los papistas en utilizar su fármaco para masacrar a la mitad del mundo?

Solo había una salida: acabar con todas las culebras. Si con un simple gesto de la mano pudiera conseguir que todos los individuos AC-positivos se convirtieran en AC-negativos, entonces los dos bandos volverían a estar en igualdad de condiciones sobre el campo de juego. No, sobre el campo de juego no: sobre el campo de batalla.

Era una locura… ¿pero qué otra opción tenía? Alistarse con McCarthy, eliminar las culebras antes de que empezaran a morder y rezar para que los efectos secundarios pudieran ser tratados. A lo mejor, si los más cuerdos terminaban por imponerse, el procedimiento nunca se llegaría a utilizar. Tal vez la amenaza fuera suficiente para forzar algún tipo de desarme enzimático bilateral.

Sintiéndose veinte años más vieja, la doctora Julia Grant abandonó la sala de audiencias. El pasillo estaba desierto; al otro lado de la gran cristalera de la entrada principal del edificio alcanzó a ver los rayos del sol vespertino incidiendo oblicuamente sobre los escalones de mármol. En la acera había un solitario manifestante que sujetaba una pancarta en silencio, sin duda el tipo de individuo al que McCarthy consideraría un simpatizante papista por oponerse como un traidor a un comité del congreso legalmente constituido.

La pancarta decía: «¿Por qué te preocupas por la criatura que duerme ante ti cuando estás ciego a las culebras de tu propio corazón?».

Julia se dio media vuelta, confiando en que el edificio tuviera una segunda puerta en la parte de atrás.

Copyright © 1997 James Alan Gardner

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Cthulhu explicado a la yaya, de Alex Shvartsman – Especial Humor VI

Alex Shvartsman es un escritor, editor y diseñador de juegos estadounidense que reside en Nueva York, aunque su infancia la pasó en su Ucrania natal. Y no solo eso, sino que también ha sido jugador profesional de primerísima fila de Magic: The Gathering. En su faceta como editor, destaca su serie anual de antologías Unidentified Funny Objects, financiadas vía Kickstarter, en las que recopila relatos de ciencia ficción y fantasía de tono humorístico, en una línea similar a los del especial de este blog. De hecho, De mat y mates se publicó en la primera de estas antologías. Ahora mismo está embarcado en la preparación del que será el cuarto título de esta serie. Como escritor ha publicado más de sesenta cuentos en diversas revistas y antologías. Y hace tan solo unos días apareció su primera colección, titulada Explaining Cthulhu to Grandma and Other Stories, prologada por Ken Liu y también financiada vía Kickstarter, en la que recoge gran parte de su ficción breve, y de la que podéis leer una reseña en el blog Fantástica Ficción (donde también podéis leer una entrevista a Alex).

Cthulhu explicado a la yaya (Explaining Cthulhu to Grandma, que podéis leer aquí o escuchar aquí), el relato que da título a dicha colección, se publicó por primera vez en 2013 en la revista InterGalactic Medicine Show, y fue el ganador del WSFA Small Press Award del año 2014 (premio que se concede a la mejor obra de ficción breve de literatura especulativa publicada durante el año anterior por una editorial pequeña). Y, dado su título y el hecho de que forme parte de nuestro Especial Humor, ya os imaginaréis que tal vez a Lovecraft este cuento no le habría acabado de convencer. ;) En cualquier caso, si a vosotros sí que os gusta, existe una secuela, High-Tech Fairies and the Pandora Perplexity, que también está incluida en Explaining Cthulhu to Grandma and Other Stories.

Y, como de costumbre, quiero cerrar esta presentación dándole las gracias a Alex por su amable colaboración, ya que no solo me dio todo tipo de facilidades a la hora de leer sus cuentos y elegir cuál quería publicar, sino que también me ayudó a contactar con algún otro de los autores de este especial. Thanks a million, Alex!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponible aquí el cuento en los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Jean Mallart y Johan por su colaboración.

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Cthulhu explicado a la yaya

Alex Shvartsman

Acababa de cerrar la transacción del año y estaba deseando contárselo a mi abuela.

En cuanto el cliente se marchó, eché el cerrojo de la puerta principal, puse el letrero de cartón por el lado de «Cerrado» y me dirigí a la parte de atrás. Con mi última adquisición abrazada contra la blusa, entré en el abarrotado almacén y rodeé el cañón naval de bronce y, tras evitar por los pelos que el dobladillo de la falda se me enganchara en una armadura oxidada, seguí abriéndome camino por entre una plétora de artículos demasiado grandes o demasiado pesados para las estanterías, la mayoría de los cuales estaban ahí desde antes de que yo naciera y probablemente seguirán en el mismo lugar mucho después de que mis hipotéticos futuros hijos se hagan cargo del local. Nunca se sabe cuándo puede aparecer el comprador adecuado, y nuestra familia tiene intención de seguir con este negocio una buena temporada.

Mi abuela Heide estaba en el despacho, sentada detrás de la mesa. Había apartado el teclado para tener espacio para el solitario que estaba haciendo con un tarot egipcio del siglo XIII, y apenas levantó la vista cuando entré.

—Yaya, sabes que puedes jugar a eso en el ordenador, ¿verdad?

Mi abuela colocó una carta en una de las columnas tras unos instantes de reflexión.

—¿Acaso puede ese cacharro tuyo moderno imitar lo que se siente al barajar unos viejos naipes bien sobados?, ¿o simular el placer de colocar una carta justo en el lugar exacto para conseguir la jugada perfecta? No lo creo. —Me miró por encima de las gafas—. Hacer las cosas a la vieja usanza casi siempre suele ser mejor.

—Sí, vale, no he venido para volver a discutir sobre eso. Adivina lo que acaban de empeñar.

Me acerqué y coloqué delante de ella una dimensión de bolsillo. Parecía una bola de nieve de forma piramidal, alta como una lata de refresco. Estaba llena de agua de océano. En el centro flotaba una criatura con escamas y tentáculos, y perfiles tan antinaturales que si la mirabas fijamente te empezaba a doler la cabeza. Cuando no se guardaba fuera de nuestro continuo espacio-tiempo era del tamaño de un crucero y debía de pesar tanto como una montaña pequeña, motivo por el cual una dimensión de bolsillo resultaba la mar de útil.

Mi abuela cogió la pirámide, empujó las gafas que se le habían deslizado por la nariz y observó el interior de la dimensión.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—¡Cthulhu! —respondí rebosante de orgullo y satisfacción.

—¡Jesús! —dijo mi abuela.

No estaba segura de si lo había dicho en broma o no, aunque lo más probable era que no.

—No he estornudado —señalé—. Se llama Cthulhu. Es un dios ancestral del horror y la angustia, que sigue soñando a pesar de estar muerto.

Mi abuela no parecía estar impresionada.

—¿Qué es lo que hace?, aparte de soñar —preguntó mientras giraba lentamente la dimensión para examinar su contenido.

—¿Hacer? Es un símbolo de los misterios incognoscibles del universo que eclipsan la importancia de la humanidad. Y además es un dios. ¿Desde cuándo no tenías uno de estos?

—Desde 1982 —me respondió al momento—. El gobierno argentino empeñó unos cuantos dioses de la naturaleza guaraníes para ayudar a sufragar los gastos del conflicto de las Malvinas. Aunque no le sirvió de mucho.

Yo no me acordaba, aunque allá por 1982 todavía llevaba pañales.

—Las deidades menores precolombinas apenas cuentan. Este —dije señalando la pirámide— sí que es un señor dios.

Tras terminar de examinar a Cthulhu, mi abuela dejó la dimensión de bolsillo encima del ordenador, junto a una taza llena de bolígrafos, y volvió a dedicarme toda su atención.

—¿Y cuánto has pagado por este artículo tan único y excepcional?

Se lo dije.

Mi abuela apretó los labios y me lanzó una mirada reprobatoria. Desde que de pequeña había roto el ala del fénix disecado, esa ha sido la expresión de severidad que la yaya Heide reserva para cuando meto la pata hasta el fondo.

—Quienquiera que lo haya empeñado, seguro que ha cogido el dinero y se ha largado corriendo —declaró—. Y no volverá. Disfrútalo durante el próximo mes y confiemos en que este pulpo gigante entusiasme a algún mendrugo tanto como a ti. Y si no, a lo mejor lo podemos vender por kilos a las cadenas de restaurantes de sushi.

—Nunca tienes fe alguna en las transacciones que cierro yo —dije cruzando los brazos—. Ya no soy una niñita, y me he pasado la vida entera metida en el negocio. ¿Cuándo empezarás a confiar en mi criterio? Te aseguro que esto ha sido un chollo y te lo demostraré.

—Este establecimiento está lleno de errores de jóvenes excesivamente entusiastas —dijo señalando hacia el almacén, rebosante de objetos—. Yo también cometí unos cuantos a tu edad. El negocio de los empeños es sencillo. Hay que ceñirse a artículos corrientes y de calidad que tengan una salida fácil, y conseguirlos baratos. Cuanto antes lo aceptes, antes estarás preparada para hacerte cargo del negocio familiar. —Y cogió la siguiente carta del mazo para indicarme que la conversación había terminado.

Cuando tu familia regenta la casa de empeños más antigua del mundo, la responsabilidad que vas a tener que asumir es muy grande. Me pregunté si mi abuela se habría encontrado con un problema similar cuando tuvo la edad suficiente para trabajar en el negocio, antes de que mi bisabuelo Hannelore se jubilara.

De acuerdo con las condiciones de la operación, el cliente tenía treinta días para volver a recuperar su artículo. Así que yo contaba con un plazo más que suficiente para buscar posibles compradores. Ante mí se abrían varias posibilidades, pero empecé por la obvia.

Descorrí el cerrojo de la puerta principal y puse el letrero por el lado de «Abierto», y luego encendí mi portátil y me conecté a Craiglist.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 No hubo que esperar un mes. El primer colectivo interesado se presentó unos días después.

—Soy Keldmo, el Gran Profeta de los Profundos —anunció el gordísimo hombre, que iba ataviado con una especie de toga o de albornoz, probablemente porque nadie fabricaba pantalones de su talla—. Tengo entendido que el gran Cthulhu ha llegado recientemente a vuestro poder…

—Así es. O así será si su anterior dueño no paga el préstamo antes de tres semanas. ¿Cuánto está dispuesto a pagar?

—¿No es suficiente la eterna gratitud de miles de adoradores?

—Ni de cerca.

—No tengo demasiado dinero. —Keldmo se secó el sudor de sus varias y amplias papadas con un pañuelo—. Durante estos últimos años, la congregación no se ha mostrado demasiado devota, y en el cepillo apenas recojo lo suficiente para no pasar hambre.

Me mordí la lengua para no soltar la réplica obvia. Porque además Keldmo no hubiera pillado la pulla: si alguna vez había tenido sentido del humor, lo más probable es que se lo hubiera comido mucho tiempo atrás.

—Estoy seguro de que exhibir al auténtico Cthulhu en los servicios haría cambiar las cosas —continuó—. Reavivaría el interés de los fieles, resultaría de ayuda en las campañas para captar seguidores… todo ese tipo de cosas.

—No estará pensando en despertarlo y soltarlo por el mundo, ¿verdad?

—¡No, por Dios! Un dios vivo puede ser peligroso e impredecible. ¿Qué pasaría si sus ideas y planes respecto a sus fieles no concuerdan con los míos? No, es mejor no perturbar el sueño de esas terribles criaturas durmientes.

—Bien, y ahora ya en serio, ¿cuánto está dispuesto a pagar?

Keldmo hizo su oferta. Era considerablemente inferior a la cantidad que yo había invertido, pero por algo hay que empezar. Le dije al líder del culto que tendría noticias mías y se fue tan campante.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 Una semana después se presentó en el local un grupo de criaturas de un universo paralelo. Se hubieran parecido un montón a esos extraterrestres grises que salen en la tele de haber tenido estos aletas y branquias. Me los quedé mirando de hito en hito, tal vez más de lo que marca la buena educación. Los visitantes de universos paralelos no son algo que se vea todos los días, ni siquiera en un establecimiento como el nuestro.

—Estamos interesados en los servicios de vuestro dios submarino —dijo el líder del grupo.

—¿En qué tipo de servicios? —Tenía que saberlo.

—Somos criaturas acuáticas —respondió el líder, al que mentalmente apodé Nemo—. Recientemente, nuestras aguas se han visto infestadas de serpientes marinas. Como somos pacifistas, no podemos hacer frente a esta calamidad por nosotros mismos. Pero es bien sabido que los Profundos son los depredadores naturales del océano. Deseamos despertar a Cthulhu y liberarlo para que pueda devorar todas las serpientes marinas.

Tenía mis reservas sobre este plan y sobre lo que Cthulhu podría hacer a los congéneres de Nemo una vez que se hubiera quedado sin serpientes marinas, pero al menos no estaban planeando despertarlo en este, nuestro universo. Un punto muy importante a su favor.

—¿Cuánto podéis pagar?

Los alienígenas se apiñaron nerviosos.

—Además de ser pacifistas, somos una sociedad sin dinero —explicó Nemo—. No explotamos las minas, no pescamos, no producimos obras de arte… Vivimos en armonía con la naturaleza y nos alimentamos de algas. Me temo que no poseemos nada que podáis considerar de valor. Sin embargo —añadió animadamente—, no queremos comprar vuestro dios, tan solo queremos alquilarlo. Os lo devolveremos encantados, y en perfectas condiciones, una vez se haya alimentado.

Fruncí el entrecejo. La idea de recuperar a Cthulhu despierto y bien alimentado no era nada atrayente.

—Contribuiríais a salvar toda una civilización —continuó Nemo—. Y seguro que en este universo también existe el concepto de compasión, ¿verdad?

Me daban pena estos cándidos pacifistas, pero también estaba bastante segura de que no les iba a hacer un favor liberando a Cthulhu en medio de una sociedad que ni siquiera era capaz de hacer frente a unas cuantas serpientes marinas. Y además estaba al frente de un negocio, no de la Sociedad Interdimensional para la Conservación de los Pantanos.

Le dije a Nemo que me lo pensaría y le acompañé a él y a sus amigos hasta la puerta.

—Nadie te va a dar ni un duro por él —dijo mi abuela desde el almacén una vez la puerta se hubo cerrado tras ellos—, pero estoy segura de que puedes encontrar montones de tipos que estarían dispuestos a quedárselo gratis.

Apreté los dientes y continué organizando y etiquetando el estante de las pociones de amor. La número 9 siempre la teníamos agotada por culpa de esa canción, Love Potion Number 9. A pesar de que, según me habían contado, sabía a vómito de trol.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 Cuando ya habían pasado casi dos semanas y estaba empezando a preocuparme, se presentaron otros interesados en comprar a Cthulhu, en esta ocasión representados por un hombre alto y enjuto que llevaba por los hombros una capa adornada con una melena de león. La cálida temperatura de agosto del exterior no parecía molestarle. Su ancho pecho estaba engalanado con varias hileras de dientes que colgaban de bramantes alrededor de su cuello. Hubiera jurado que algunos de los dientes eran humanos, aunque, bueno, yo no soy dentista. Una larga espada le pendía de su cinto.

—Soy sir Barnabas, gran caballero de la Orden de San Jorge —anunció, en voz más alta de lo que era absolutamente necesario.

—Bienvenido —dijo mi abuela. Los marcados músculos y la profunda voz de barítono de sir Barnabas la habían impelido a abandonar la parte de atrás del local como por arte de magia—. Yo soy Heide. Y esta es mi nieta, Sylvia. Está soltera.

—Mi señora… —Sir Barnabas se inclinó para besar la mano de mi abuela—. Dama mía… —dijo dedicándome una gentil reverencia. Hubiera jurado que oí desmayarse a mi abuela—. En nombre de la Orden de San Jorge vengo buscando al monstruoso Cthulhu que se dice está en vuestro poder. ¿Me ayudaréis en mi causa?

—¿Está vuestra causa dedicada a alguna dama? —preguntó mi abuela.

—¿Para qué lo queréis? —le pregunté yo antes de que mi abuela se lanzara a hacer de celestina.

—Siendo como somos la Orden de San Jorge, ¿no está claro?

—Respondedme no obstante.

—Cazamos y matamos dragones.

—Los dragones se han extinguido —intervino mi abuela.

—¡Vos lo habéis dicho! También cazaremos y mataremos a este Cthulhu. Será algo glorioso. Se compondrán canciones sobre…

—Cthulhu no es un dragón —le interrumpí.

—Estrictamente hablando, tenéis razón —reconoció Barnabas—, pero tiene escamas y alas, y es una bestia inmunda. Eso es lo más parecido a lo que podemos aspirar hoy en día.

—Ya. —La idea de una panda de caballeros intentando derrotar a un antiguo dios clavándole lanzas me resultó graciosa, pero solo hasta que me acordé de que compartía planeta con ellos. Porque lo más probable es que esas lanzas consiguieran cabrear a Cthulhu… todavía más—. ¿Cuánto está vuestra orden preparada a pagar por este honor?

—Los caballeros de San Jorge hacen voto de pobreza. Sin embargo, vuestra contribución a esta causa será inmortalizada en los anales de nuestra orden. Lo que es mejor que el mero dinero.

—El de pobreza es el voto más estúpido que un caballero puede hacer—señaló mi abuela mirándolo con mala cara—. ¿Cómo se supone entonces que va a reunir lo necesario para una dote en condiciones?

Durante quince insoportables minutos, sir Barnabas siguió intentado convencernos de que le entregáramos a Cthulhu, gratis. Le prometí que me lo pensaría, pero solo para conseguir que saliera por la puerta.

—Ya te dije que nadie va a pagar dinero por este bicho —dijo mi abuela, sin quitarle ojo al trasero del caballero mientras este avanzaba calle abajo.

Se equivocaba.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 Dos días antes de que Cthulhu pasara a ser oficialmente de nuestra propiedad llegó el siguiente y último candidato a comprador. Era un anodino hombre de mediana edad y estatura media vestido con un traje azul oscuro, el tipo de persona a la que no se mira dos veces en mitad de una multitud. Su única característica destacable era un maletín de aluminio, que plantificó encima del mostrador delante de mí.

—Quisiera un Cthulhu, por favor —dijo mientras abría el maletín, que resultó estar lleno de dinero.

Mi abuela volvió a aparecer de la nada. Lo único capaz de hacerla acudir más rápidamente que unos pectorales perfectos era un maletín lleno de dinero.

—Hecho —dijo—, pero tendrá que regresar el miércoles. El dueño original tiene hasta entonces para recuperar su propiedad. Hay normas y regulaciones, ya sabe…

—Soy del gobierno, señora. Le aseguro que no se va a meter en ningún lío por entregarme la criatura unos pocos días antes.

—¿Para qué lo quiere? —No me fío del gobierno, aunque ¿quién sí?—. ¿No será por ese rollo del «¿por qué elegir un mal menor?»? Pero si las elecciones no son hasta dentro de dos años…

—Muy graciosa —dijo, aunque su tono y sus ojos decían algo muy distinto—. Mi departamento está encargado de destruir artículos y seres peligrosos antes de que tengan la oportunidad de escapar y de que nos acabe saliendo a todos el tiro por la culata. Su transacción lleva tiempo en nuestro punto de mira. —Se volvió hacia mi abuela y añadió—: Debería no complicarse la vida y aceptar el dinero. Lo mismo me costaría clasificar a Cthulhu como arma de destrucción masiva y confiscárselo sin pagarles compensación alguna.

Mi abuela se irguió y clavó la mirada en el agente gubernamental, echando fuego por los ojos.

—No, no le costaría lo mismo. Este es un centro ancestral de poder, con capas de protección y salvaguarda establecidas a su alrededor por un centenar de generaciones de mis antepasados. Es un hueso demasiado duro de roer para los de su calaña. Lárguese —le ordenó mi abuela señalando la puerta—. No me gusta que me amenacen en mi propio establecimiento. Vuelva dentro de dos días y ya nos pensaremos si aceptamos su oferta.

Y se fue sin decir ni mu.

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 El miércoles bastante antes de la hora a la que acostumbran a abrir los negocios, a mi abuela y a mí nos despertaron unos fuertes ruidos provenientes de la calle. Las dos nos vestimos y bajamos a investigar. En el exterior de nuestro establecimiento reinaba el caos.

Cientos de fieles de los Profundos se estaban enfrentando a una compañía de soldados igualmente impresionante que contaba con un par de helicópteros y un tanque. Una docena de caballeros se habían plantado hombro con hombro en mitad de la calle, y miraban desdeñosamente a todo aquel que osaba acercárseles demasiado. Y por todas partes pululaban grupitos de alienígenas grises y con agallas estorbando a todo el mundo.

—Esto es una locura —dije—. En cualquier momento van a empezar a matarse entre ellos.

—Sabía que este Cthulhu lo único que nos iba a traer era problemas —señaló mi abuela—. Casi estoy por dejar que se peguen por él. —Pero yo sabía que no lo decía en serio.

En el interior estábamos totalmente a salvo. El local está protegido por una serie de hechizos, conjuros y encantamientos laboriosamente ensamblados por la familia a lo largo de los siglos. A un intruso le costaría menos colarse en el palacio de Buckingham o en la Casa Blanca.

Sin embargo, nada de eso les impedía pelearse en la calle. Y, a pesar del extemporáneo comentario de mi abuela, no podíamos permitir que eso sucediera.

—Sé que te gusta hacer las cosas a la vieja usanza —le dije—, pero yo soy la culpable de que se haya organizado este follón y tengo que arreglarlo. La situación en estos momentos requiere un enfoque innovador y poco ortodoxo. ¿Me harás el favor de dejar que sea yo quien se encargue de solucionarlo?

Mi abuela vaciló durante un brevísimo instante, luego me sonrió y asintió con la cabeza. Abrí la puerta principal y salí fuera.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 Unos minutos más tarde ya había conseguido reunir al líder de cada uno de los grupos dentro de nuestro establecimiento. Keldmo, sir Barnabas, Nemo y el agente cuyo nombre, tal como cabía esperar, resultó ser Smith se miraban con mala cara. Había tanta tensión en el ambiente que probablemente ni la espada de sir Barnabas hubiera podido cortarla.

—Puedo solucionar este asunto a satisfacción de todos —dije, y los cuatro me dedicaron toda su atención—. Sir Barnabas, me gustaría presentaros a este alienígena de otra dimensión. Su mundo sufre una terrible plaga de serpientes marinas.

—Vaya… —Al caballero se le empezó a hacer la boca agua solo de pensar en cazar serpientes marinas.

—Estaréis de acuerdo en que filogenéticamente las serpientes marinas se encuentran mucho más próximas a los dragones que un dios ancestral muerto, ¿verdad?

—Sin duda alguna, dama mía.

—¿Aceptáis la noble causa de cazarlas y, a cambio, abandonar cualquier futura pretensión de hostigar a Cthulhu?

—De buen agrado, dama mía —dijo mientras se golpeaba con un puño descomunal el peto a la altura del corazón.

A continuación me dirigí a Nemo:

—¿Y vosotros aceptáis la ayuda de los caballeros y renunciáis a la descabellada idea de liberar un depredador incluso más peligroso en vuestro ecosistema?

—Tienen aspecto de ser lo suficientemente sanguinarios, pero también parecen honorables —dijo Nemo—. Parece una solución magnífica.

Cuando los dos salieron por la puerta para comunicar las noticias a los suyos ya iban hablando de municiones, cuestiones de logística y de las canciones que se compondrían en honor de los caballeros.

—Bueno, esa era la parte fácil —dije volviendo a centrar mi atención en los representantes de los grupos que seguían allí.

—No permitiré que una criatura peligrosa acabe en manos de una secta —advirtió el agente Smith.

—No permitiré que asesinen a mi dios —replicó Keldmo.

—No podrás impedírmelo. Tengo a mi disposición el ejército al completo.

—Mis discípulos están por todas partes. Si os atrevéis a tocar un solo tentáculo de la cabeza de nuestro dios se cobrarán una venganza sangrienta. Los míos están dispuestos a matar y a morir por mí. —Y añadió con un suspiro—: Algunos, al menos.

—Nada de morir y nada de matar. Ya les he dicho que tengo una solución. Espérenme aquí —les conminé antes de dirigirme a toda prisa al almacén de donde regresé con una bandeja bajo el brazo—. Keldmo, me dijo que no quería despertar a Cthulhu, que con una imagen del mismo le bastaría para recuperar a sus seguidores.

Keldmo me miró, esperando a ver a dónde quería ir a parar, pero no puso ninguna objeción.

—Esta es una bandeja encantada, parte de un juego de dos. La imagen de cualquier objeto que se coloque en la otra bandeja se replicará exactamente sobre esta mientras el objeto siga allí. —Golpeé con suavidad el borde de la bandeja y la dimensión piramidal de bolsillo apareció sobre la misma. Le alargué la bandeja a Keldmo, que la agarró ansiosamente—. Podéis verlo, tocarlo y verificar que está sano y salvo en la otra bandeja, que está en la parte de atrás de nuestro local. Lo único es que no se puede quitar la réplica de encima de la bandeja porque el hechizo se rompería.

—Y en cuanto a usted —dije volviéndome hacia el agente Smith—, nada de matar a Cthulhu. No les conviene buscarse problemas con los fieles de Keldmo y, en cualquier caso, tengo serias dudas de que fueran a poder matarlo. Así que en lugar de eso les ofreceré nuestros servicios para que lo guarden aquí de forma permanente. —El agente parecía tener reservas, pero yo continué hablando—: Existen pocos lugares en el mundo que sean más seguros que nuestro local. Eso es algo que usted ya sabe, porque de lo contrario hubiera irrumpido con las armas por delante para intentar apoderarse de Cthulhu por la fuerza. Nadie podrá ponerle la mano encima mientras esté aquí y, de todas maneras, cualquiera que pudiera querer intentarlo se pensará que está en poder de Keldmo. Porque Keldmo ya se asegurará de ello, ¿verdad?

Keldmo movió la cabeza afirmativamente, con una inmensa sonrisa en su rechoncho rostro. El agente Smith se lo pensó y acabó por asentir también.

—Aunque, por supuesto, requerimos un pago por nuestros servicios. El maletín ese del dinero los cubrirá durante los primeros cien años. Y nuestros descendientes pueden renegociar más adelante.

Esta vez se lo pensó un poco más, pero no consiguió encontrar ningún fallo de bulto a mi plan.

 ∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

 Horas más tarde se redactaron y firmaron los contratos (por triplicado, como hace las cosas el gobierno), y por fin todo el mundo se marchó. El maletín lleno de dinero se quedó en el despacho junto a la bandeja de plata en la que se encontraba Cthulhu. El agente Smith había pedido que se lo devolviéramos, pero mi abuela se mosqueó en el último momento e insistió en que el maletín también estaba incluido en el trato: debía de estar castigándolo todavía por su anterior prepotencia.

—¿Qué te ha parecido cómo he conseguido contentar a todo el mundo y encima vender una bandeja de plata por un fajo enorme de billetes? —Lo había hecho bien y me merecía aprovechar la oportunidad de poder jactarme—. E incluso nos hemos quedado con Cthulhu. Los gobiernos y los cultos cambian, así que cualquiera sabe lo que puede valer dentro de unas generaciones. ¿Te has convencido ya de que estoy preparada para hacerme cargo del negocio?

—Todavía no —replicó mi abuela—. Para empezar, no deberías haber aceptado ese bicho, y así habríamos podido evitarnos todas estas tonterías.

La miré con mala cara, pero no le llevé la contraria. Entre las prerrogativas de la familia se cuentan el esperar demasiado y el quejarse independientemente de cómo hayan acabado las cosas.

—Todavía no —repitió—, pero ya te falta menos.

Me acerqué y la abracé. Mi abuela torció el morro, pero en sus ojos vislumbré la chispa de una sonrisa.

Copyright © 2013 Alex Shvartsman

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Aciago encuentro en Ulthar, de Tim Pratt

Tim Pratt era casi un desconocido por aquí cuando hace ya más de dos años apareció en este blog su primer relato traducido al español, Otro final del imperio. Sin embargo, tras la publicación de su antología Hic sunt dracones: cuentos imposibles (ed. Fata Libelli, 2013) y de que en 2014 repitiera por aquí con otro cuento, Resultados inesperados, y con un poema, Romance científico, ahora la situación es muy distinta, y como prueba tenemos su doble nominación en los premios Ignotus de 2014. Así que voy a aprovechar estas líneas para presentar brevemente a la protagonista del relato que hoy tengo el placer de compartir con vosotros, puesto que por fortuna Tim ya no lo necesita.

Marla Mason es tal vez el personaje más popular de toda la obra de Tim, una hechicera de nuestros días, descarada y segura de sí misma, que hasta el momento ha protagonizado ocho novelas y varios relatos de fantasía urbana, que por cuestiones de marketing están firmados por T. A. Pratt (y aquí podéis leer una entrevista donde el propio Tim explica los motivos). A pesar de tratarse de una serie, las novelas son autoconclusivas y se pueden leer de manera independiente. Y lo mismo sucede con los relatos, por lo que para disfrutar con Aciago encuentro en Ulthar os basta y sobra con lo que habéis leído hasta aquí. Eso sí, si os gusta y el inglés no os supone un obstáculo, no dejéis de pasaros por la página que su autor tiene dedicada en exclusiva a Marla, donde además de encontrar diversa información sobre la saga y los enlaces para comprar los libros, podéis leer íntegra y gratuitamente varias de las últimas novelas de Marla.

Aciago encuentro en Ulthar (Ill Met in Ulthar) apareció publicado en 2012 dentro de la antología Witches: Wicked, Wild & Wonderful, editada por Paula Guran, y su versión audio fue el número 296 del podcast Podcastle. Según cuenta Tim, está inspirado directamente en el relato Dreams are Sacred, de Peter Phillips, (¡atención, spoiler!) en el que un reportero debe adentrarse en un mundo de fantasía creado por un escritor pulp llamado Marsham Craswell, que aparece mencionado a modo de homenaje en este cuento.

Espero que el que para muchos de vosotros supongo que va a ser el primer contacto con Marla Mason os guste tanto o más que los relatos anteriores de Tim, y que sirva para despertar el interés por aquí hacia esta serie. Por mi parte ya solo me queda agradecerle a Tim su enorme amabilidad al haberme autorizado una vez más (¡y ya van cuatro!) a compartir con vosotros una de sus obras. Thanks a million, Tim!

ACTUALIZACION I: Con algo de retraso, pero por fin ya podéis descargar aquí el cuento en los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI), gracias una vez más a la gentil colaboración de Jean Mallart y Johan. Muchas gracias a ambos.

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Aciago encuentro en Ulthar

Tim Pratt

—Su nombre es Roderick Barrow —dijo la doctora Husch—. Es lo que llamamos un «delirante exotérmico».

Marla Mason, de veintidós años, y de acuerdo con su propia opinión la más implacable hechicera mercenaria de la costa este, apoyó los pies sobre el escritorio de la doctora.

—Pues entonces, menos mal que lo tienen encerrado en la loquería.

La doctora Husch hizo una ligera mueca de desagrado y luego apartó las botas de Marla de encima del escritorio. Parecía la escultura de una ninfa clásica que hubiera cobrado vida, con el pelo recogido en un tirante moño y toda ella ataviada con un traje gris de corte impecable, su exuberancia ceñidamente constreñida.

—¡Ay!, es ahí donde entra lo de la «exotérmico»: sus delirios se están volviendo más y más… atrevidos.

—Vale… pero es que no sé a qué te refieres.

—Te lo enseñaré.

La doctora Husch se levantó de la mesa, hizo salir a Marla del cuarto y la acompañó por un pasillo tan limpio como los de los hospitales… lo que tenía bastante sentido puesto que estaban en un hospital, o en algo parecido. El Instituto Blackwing no se ocupaba de las enfermedades del cuerpo, pero en él estaban recluidos los que padecían dolencias de la mente y, en concreto, aquellos practicantes de la magia que se habían convertido en un peligro para sí mismos, para los demás y, en ocasiones, para la realidad. El instituto había sido fundado por un grupo de destacados hechiceros conscientes de que la locura era una enfermedad profesional y de que podría llegar un día en que ellos también necesitaran ser tratados.

El pasillo estaba flanqueado por puertas de hierro, algunas de las cuales tenían runas de pacificación y confinación grabadas al ácido. La doctora Husch se detuvo más o menos a mitad del corredor y deslizó un panel metálico que tapaba una ventanilla cuadrada situada a la altura de los ojos en una de las puertas con barrotes. Brotó un fogonazo, como si alguien hubiera prendido una barra de magnesio, y sin una palabra la doctora Husch tendió a Marla unas gafas de sol. Esta soltó un par de tacos y entrecerró los ojos mientras se las ponía, y a continuación miró el interior de la habitación.

Una forma se retorcía en el aire, sinuosa y chispeante, parecida a una boa constrictora hecha de luz en lugar de carne. La serpiente flotaba en el aire abriendo y cerrando las mandíbulas, y Marla intentó contarle los colmillos, aunque lo dejó cuando llevaba una docena. La única parte de la criatura que no parecía estar hecha de pura luz blanca eran sus ojos: abismos negros de ausencia, aunque extrañamente conscientes. La serpiente se percató de su presencia y embistió contra la puerta, provocando una lluvia de chispas a su alrededor. Marla se apartó de un salto y se envolvió en su capa mágica, que en esos momentos tenía el lado blanco hacia fuera y la protegía con hechizos de sanación; pero a Marla le bastaba un solo pensamiento para darle la vuelta y que el forro interior cárdeno quedara en el exterior. Cuando iba ataviada de púrpura, los despiadados hechizos de lucha la poseían y la hacían prácticamente imparable, aunque a costa de perder parte de su autodominio. Había quienes opinaban que Marla era una aficionada y que solo era peligrosa porque tenía la capa. Aquellos lo suficientemente estúpidos como para decirlo en presencia de la propia Marla se llevaban una buena patada en el culo, pero antes se quitaba la capa para así demostrarles que estaban equivocados. Sin embargo, ahora se alegraba de llevarla puesta: el concepto de ventaja injusta no existe cuando te tienes que enfrentar a una serpiente eléctrica voladora.

La doctora Husch volvió a correr el panel que cerraba la ventanilla mientras la bestia continuaba aporreando la puerta.

—No te preocupes, no puede salir. El interior del cuarto está forrado con caucho reforzado mágicamente. Antes teníamos a un electrotaumaturgo paranoide encerrado ahí dentro. Y tampoco hay enchufes ni lámparas… Cuando encontramos la criatura en la habitación de Barrow había hecho añicos las bombillas y estaba chupando las tomas de corriente igual que un hámster el bebedero del agua.

Marla se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—¿Qué es esa cosa?

—Barrow la llama electrodraco. Viven en las montañas encantadas que se conocen como los Picos Relampagueantes, al norte del Mar de la Ultimación, un inmenso lago de sufrimiento líquido.

—Suenas como el tráiler de una película mala de fantasía —señaló Marla.

—Bastante apropiado, dado que Barrow escribía obras de fantasía. Aunque tampoco es que fuera demasiado malo, sobre todo para los estándares de su época. Escribía sobre todo obras pulp y publicó junto a autores como Clifford Simak, Doc Smith, Sprague de Camp, Marsham Craswell… ¿Alguna vez has sido aficionada a leer libros de ciencia ficción y fantasía, Marla?

—La verdad es que no, he estado demasiado ocupada fumando y acostándome con tíos. Siempre me ha interesado más este mundo que los imaginarios.

La doctora Husch la miró desdeñosamente.

—Debería darte vergüenza siendo como eres hechicera. La magia consiste en imponer tu voluntad frente a la realidad. Ahora bien, sin imaginación, ¿de qué sirve la voluntad por férrea que sea? Porque ¿qué más da que puedas hacer lo que quieras si no eres capaz de pensar nada interesante que hacer?

—No tengo problemas para mantenerme entretenida —replicó Marla—. Aunque reconozco que ahora mismo estoy empezando a aburrirme un poco. Así que este Barrow, ¿qué?, ¿escribió sobre los electrodracos en una historia de fantasía y luego, como sea, ha hecho que uno de ellos cobre vida?

—Oh, es mucho peor que eso —dijo la doctora Husch.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Lo hemos conseguido, Lector —murmuró Barrow, cuyos párpados eran presa de rápidos temblores—. Aunque nuestros aliados y siervos han caído, nosotros hemos alcanzado esta llanura maldita y ahora lo que único que necesitamos…

La doctora Husch apagó el interruptor del intercomunicador y la voz de Barrow se cortó repentinamente. Marla se apoyó en la ventanilla y observó lo que había al otro lado. El cuarto de Barrow era pequeño y estaba amueblado con una cama de hospital y poco más, aunque no faltaban elementos interesantes. Un montón de calaveras con extrañas protuberancias apiladas en un rincón. Algo que parecía una piel de león colocada sobre una silla. Zonas chamuscadas en una de las paredes y en parte del techo. El propio Barrow era un anciano caballero de pelo blanco y barba montaraz, vestido con una bata del hospital, que movía los labios al murmurar y que de vez en cuando abría y cerraba los puños.

—Lleva así unos… veinte años —dijo la doctora Husch—. Sufrió una crisis nerviosa hace treinta y estuvo en coma durante diez y, de buenas a primeras, empezó a hablar. Desde entonces ni come ni bebe ni elimina residuos, y tampoco envejece; hasta donde yo sé, se sustenta a base de energía psíquica. Y fue también entonces cuando su médico de cabecera habitual hizo algunas averiguaciones y se encargó de que lo trasladaran aquí, puesto que nosotros estamos más preparados para tratar… los casos atípicos.

—¿Así que no era hechicero sino escritor sin más?

—Hasta donde sabemos, desconocía sus habilidades psíquicas latentes, aunque es posible que su descontrolado poder mental fuera la causa de la crisis nerviosa. Su alcoholismo crónico también podría haber sido un factor.

—¿Qué es lo que está farfullando?

—Es un diálogo. Al parecer habita en una historia de fantasía épica de su propia creación. Antes tan solo alcanzábamos a vislumbrarla a través de los fragmentos de diálogo que recitaba su… ¿narrador?, ¿personaje?, ¿avatar? Barrow está interpretando, viviendo más bien, el papel de un poderoso héroe embarcado en la búsqueda de un gran tesoro místico. Delirios de grandeza. Pero últimamente tiene… delirios exotérmicos. Sus alucinaciones están empezando a penetrar en este mundo. Las calaveras de goblins muertos, la piel de una mantícora despellejada… el interés científico de esos objetos que han viajado entre ambos mundos es innegable. Sin embargo, cuando ayer apareció un electrodraco vivito y coleando en su habitación… me preocupé más. Su diálogo indica que el objetivo de su misión es hacerse con una llave mágica que le permitirá moverse libremente entre ambos mundos.

Marla dejó escapar un silbido.

—¿Así que piensas que está en un lugar… de verdad?

—Creo que está en un lugar imaginario —dijo la doctora Husch moviendo negativamente la cabeza—, pero que con esa mente suya, tan poderosa psíquicamente, lo está haciendo realidad. Y si su misión tiene éxito y abre una brecha en la frontera entre la realidad y todo ese mundo que tiene en su imaginación… —La doctora Husch se encogió de hombros—. Gigantes. Demonios. Monstruos. Todos ellos podrían abrirse paso en tropel a través del instituto. ¿Qué pasaría si ese sol ternario de su mundo fantástico apareciera en este cielo nuestro? Solo las consecuencias gravitaciones ya serían inconmensurables.

—Lo pillo. ¿Así que quieres que lo mate?

—Soy médico —dijo la doctora con severidad—. Quiero que lo cures, que lo traigas de vuelta a la realidad.

—Lo de la terapia de diálogo no es lo mío. Se me da mejor la terapia de puñetazos.

La doctora Husch optó por pasar por alto el comentario de Marla y continuó:

—Mis ordenanzas están capacitados para controlar las constantes vitales del señor Barrow. Tal como es posible que ya sepas, no son humanos sino homúnculos, seres artificiales de inteligencia limitada.

—Seguro que los pobres capullos ni siquiera ganan el salario mínimo.

—El dinero que me entregan los hechiceros que financian el instituto no me alcanza para contratar empleados humanos. Así que me toca producir mi personal en el sótano, en tanques. Pero pueden comer semillas de lavanda y lombrices hasta decir basta. En cualquier caso, al carecer de mente, los ordenanzas pueden entrar en el cuarto y comprobar cómo está Barrow, pero ningún ser humano se le puede acercar, al menos no sin correr un cierto riesgo. Cualquiera que entra en esa habitación, que entra en contacto con el campo psíquico de Barrow, es arrastrado a su mundo ilusorio. Su hermano vino a visitarlo en una ocasión, y nos tocó enterrar al pobre hombre en la parte de atrás. Barrow trata de incorporar al argumento a cualquiera que entra en su mundo, y digamos simplemente que le encanta matar a los villanos en los que acaban convertidos.

Marla clavó la mirada en ella.

—¿Así que quiere que entre en ese cuarto, sea arrastrada hasta su mundo de ficción y… lo cure?, ¿que le haga percatarse de que su mundo es imaginario o algo así?

—Dudo de que pudieras convencerlo —dijo la doctora Husch negando con la cabeza—. Lleva la mar de años siendo el héroe de ese mundo, que para él es más real de lo que nunca lo fue este. No, quiero que te adentres en su mundo de fantasía y que te asegures de que fracasa en su misión. Quiero que te conviertas en una villana a la que no sea capaz de derrotar. En sus parlamentos hay un tema que aparece una y otra vez: su destino. Al parecer está destinado a conseguir la Llave de la Totalidad. Su destino está prefijado, y él es el elegido de los dioses. Cree que es invencible, imparable, y que está haciendo lo que debe. Pienso que una derrota a tus manos podría ser el shock que su sistema necesita: tras años de únicamente éxitos, un fracaso podría obligarle a dudar de todas esas terribles certezas suyas. Si puedes darle un empujón que lo saque de su cómoda posición en ese mundo, tal vez yo podría llegar hasta él y traerlo de vuelta a esta, nuestra realidad.

—¡Uy!, pero ¿por qué justo yo?, ¿por qué no algún médium famoso?

—Solo conozco a una persona cuyos poderes psíquicos superen los de Barrow. Y resulta que la mujer en cuestión también está en coma, con la mente traumatizada y encerrada en otra habitación del instituto. No necesito a un médium, necesito a alguien pragmático y táctico, a un luchador… a alguien que no retroceda nunca, que ni se rinda ni se detenga. Y tú te has labrado una reputación entre los hechiceros fundadores del instituto. Dicen que eres formidable como agente y que no conoces el significado de la palabra «fracaso».

—Sí, supongo que hice novillos el día que nos la enseñaron. Y probablemente tampoco venga mal que trabaje como free lance y que nadie se vaya a disgustar demasiado si a mí también me tienen que enterrar en la parte de atrás, ¿eh?

—Eso también ha influido —reconoció la doctora Husch—. Al igual que el que tengas una capa encantada con hechizos de lucha. Pero sobre todo es por tu tenacidad. Todo el mundo dice que eres cabezota en extremo, que la casi total carencia de aptitudes mágicas no te ha impedido convertirte en una hechicera extraordinaria porque es lo que deseabas con todas tus fuerzas. Y eso me hace tener esperanzas de que tal vez seas capaz de resistir ante la poderosa imaginación de Barrow.

—Y si no puedo… ¿qué?, ¿me quedo atrapada allí, en esa Narnia de pacotilla?

—Si no has logrado tu objetivo por la mañana o si muestras cualquier señal de estar sufriendo, haré que uno de los ordenanzas te saque a rastras de la esfera de influencia de Barrow. Pero si estás a punto de ser asesinada asegúrate de mencionarlo, ¿eh? Supongo que podré oír tu «diálogo» igual que el de Barrow.

—Vale. Trato hecho, siempre y cuando puedas pagar mi precio…

—Me dijeron que no querías dinero…

—No necesito dinero. Mi precio es que me cuentes un secreto y que me expliques un truco.

—Me parece bien.

—Vale —dijo Marla con una sonrisa—. Siempre quise hacer de villana.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Barrow de Ulthar hundió el extremo del mango de su fabulosa lanza Matafantasmas en el rocoso suelo de las llanuras de Lengue y alzó la mirada hacia las alturas imponentes de la ciudadela de la Hierba Ensangrentada. Había nacido a tan solo dos leguas de ese lugar, en el reino sin rey de Ulthar, y el periplo de su vida le había llevado al otro lado de los grandes mares del mundo, al interior de bosques encantados y bajo la pedregosa tierra, para finalmente volverlo a traerlo a este lugar, a la ciudadela que había proyectado su sombra sobre el pueblo de su infancia, a esa temible fortaleza a la que ahora, convertido ya en todo un héroe, sí que podía desafiar. La naturaleza circular de su periplo era una demostración más de que avanzaba por la senda de un sino ineludible.

—Mi destino me espera ahí dentro, Lector —bramó Barrow—. ¿Tenéis algún consejo final? ¿A qué peligros nos enfrentaremos en su interior?

Lector, el libro viviente, estaba sujeto a la espalda de Barrow con cadenas de plata, hierro y bronce. La voz con la que habló la boca labrada en la tapa de madera sonó igual que el pasar de páginas de un libro:

—Hay tres puertas: la puerta de los Cuchillos, la puerta de la Luz y la puerta del Viento. Atravesadlas y os encontraréis frente al terrible abismo de las Moscas, que ningún ser humano vivo ha cruzado jamás. La Llave de la Totalidad os espera, pero primero deberéis veros las caras con quien custodia…

—Oye, ¿y a mí no me vas a nombrar? ¿Acaso no te parezco lo suficientemente peligrosa?

Barrow se agazapó con la lanza preparada. Una mujer apareció rodeando tranquilamente una de las rocas con forma de calavera (los restos fosilizados de los gigantes que habían caído víctimas de la fiebre de Lengue milenios atrás) y sonrió. Era joven, aunque no especialmente agraciada, y llevaba una capa de un púrpura intenso, que aleteaba a su alrededor como una sombra viviente, como si estuviera poseída por su propia y siniestra inteligencia.

—Lector, ¿es esta una de las temibles brujas del norte?

Antes de que el libro pudiera hablar, la mujer se echó a reír… no con una risa femenina, sino con un sonido desagradable y chirriante.

—No, soy de la costa este, Barrow.

En la costa este del mar de la Ultimación tan solo se halla la espantosa Ciudad Espejo, habitada por los reflejos vivientes de esos pobres desventurados que tras su muerte habían tenido la desgracia de que sus restos mortales se reflejaran en un cristal y su alma sucumbiera al mal y a la decadencia atrapada en una encarnación especular en este plano mortal.

—Bruja del azogue —le espetó Barrow levantando la lanza.

—No es un espíritu reflejado —le informó Lector—. Es mortal, pero… no la… no está en mi índice. No la encuentro en mis manifiestos. No lo entiendo…

—¿Pretendéis estorbarme en mi búsqueda, bruja? —bramó Barrow.

—Barrow, ¡has acertado a la primera, chaval! —dijo ella aplaudiendo—. Estorbar, eso es lo mío. Junto con usurpar y frustrar. Oye, reconozco que en este lado tienes un aspecto muchísimo mejor. Un tanto demasiado cachas para mi gusto; me refiero a que tus músculos tienen sus propios músculos y, personalmente, me gustan los chicos un poco más delgados… pero no eres el carapacho reseco de pelo blanco que tendrías que ser. Una magia negra estupenda, la que estás utilizando.

—Yo… he bebido de las aguas del mar de la Vitalidad —reconoció Barrow frunciendo el ceño—, pero no por vanidad, sino solo para recuperar las fuerzas. Mi búsqueda me ha llevado más de los sesenta años asignados a cada hombre, pero no fue magia abyecta… la Diosa Verde en persona bendijo mi misión…

—Me parece que me estás vendiendo la burra, lo que me molesta bastante. Así que esta llave que andamos buscando está ahí arriba, en ese castillo tan feo, ¿eh? ¿A quién se le ocurre construir una fortaleza con cristal volcánico? Lo digo porque sí, será impresionante, pero de práctico no tiene nada. Entonces, ¿nos vemos dentro?

—Debo ser yo quien consiga la Llave, da igual que seáis una bruja del azogue, una bruja del norte o una bruja de los gusanos sepulcrales…

—Bruja sí o sí para ti, ¿verdad? A lo mejor soy una guerrera bárbara como tú.

—Yo no soy un bárbaro, aunque algunos me llamen así —afirmó Barrow con gran dignidad—. Lo único que pasa es que las costumbres de mi pueblo son distintas a las del resto del mundo…

—Cualquiera lo diría a la vista de esas botas de pelo y de los calzones de piel de serpiente… pero lo que tú digas. Hay un abismo, una llave y mogollón de cosas molonas esperándonos. Te echo una carrera.

—No. Ultimaremos esto aquí. La lanza encantada que estoy enarbolando es Matafantasmas. Es un instrumento cruel, pero si no os apartáis no me quedará más remedio que utilizar su siniestra magia en vuestra contra.

—Por mí no te cortes.

—Explicadle qué destino le espera, Lector —dijo Barrow—. No creo que alcance a entender qué es lo que empuñan mis manos.

—La punta de la lanza Matafantasmas es un colmillo de un dios de la muerte asesinado —explicó el libro, cuya voz se oía por encima de la fría calma de la llanura a pesar de su timbre susurrante—. Cuando la lanza alcanza a su víctima no perfora la carne, sino que rasga el alma, le arranca el espíritu, el cual queda libre, y deja el cuerpo convertido en un caparazón vacío y sin conciencia. El alma se disuelve como bruma bajo el sol, privada del más allá. Esta lanza trae la muerte más mortal, y esos cuerpos huecos que va dejando a su paso deben ir en pos del tenedor de la lanza, convertidos en un ejército de muertos vivientes.

—Pues por aquí no veo ninguna horda de zombis —señaló la bruja—. ¿Están escondidos detrás de una de estas calaveras? —añadió dándole una patada al cráneo de piedra gris de uno de los gigantes.

—Todos se perdieron cuando atravesamos los Picos Relampagueantes —explicó Barrow—. Y yo no lamenté tener que despedirme de ellos: ese silencioso arrastrar de pies resulta un deprimente recordatorio de las aciagos actos que incluso un héroe debe acometer para alcanzar su sino. Y por apuesto que pueda ser, preferiría no añadir vuestro cuerpo a mi séquito. Os ruego que os apartéis, o no me quedará más remedio que arremeter con mi lanza contra vos.

—¡Ajá!, pues venga, arremete. Y buena suerte arrancándome el alma, porque yo creo que todo eso del dualismo cuerpo-alma no son más que chorradas.

Barrow inclinó la cabeza un instante, apesadumbrado pero decidido, y a continuación dio un paso al frente, esgrimiendo la ávida lanza por delante de él.

La bruja se apartó a un lado… y la capa se movió hacia el otro, alzándose desde sus hombros y echándose a volar. No era en absoluto una capa, sino un criatura viva, una sombra ávida, y en el interior de su silueta de sudario parpadeaba una docena de ojos rojos. La capa se lanzó volando sobre el rostro de Barrow, que entre jadeos intentó volver su lanza contra ella. La bruja se le acercó y le asestó un cortante golpe con la mano en el brazo, un golpe de experta que alcanzó sus nervios y le dejó el brazo como muerto. La punta de la lanza cayó hacia el suelo, y la bruja…

… la bruja pisoteó el asta, partiéndola limpiamente cerca de la punta. El héroe se quedó inmóvil, aturdido, mirando la destrozada arma.

—Puede que la punta fuera el diente de un dios, pero el asta no es más que un trozo de madera —le susurró al oído la bruja—. Una chapuza.

Barrow se arrodilló para recoger la punta de la lanza, pero la capa le rodeó los brazos con sus zarcillos y le arrastró hacia atrás. Mientras forcejeaba contra la prenda que seguía tirando de él suave pero implacablemente, la bruja recogió la punta, arrancó una pluma de un saquito que llevaba colgado al cinto y en un momento ató la pluma alrededor de la punta con uno de sus propios cabellos. Murmuró un breve hechizo de algún tipo, abrió la mano y la punta empezó a ascender, más y más y más, hacia el cielo.

—Adiós, pajarito —dijo la mujer—. Eso la hará volar hasta que llegue al… bueno, hasta que llegue a uno de los nada menos que tres soles de ahí arriba. Demasiados. Y con tres soles cualquiera se hubiera esperado que hiciera más calor.

Barrow lanzó un aullido e invocó la fuerza de sus tótems: el oso, que le había proporcionado su piel para las botas; la magna serpiente, que le había entregado la suya para las calzas, y el lobo, que le había provisto del cuero para su arnés pectoral. El poderío de los animales fluyó por su cuerpo, y Barrow se quitó de encima la capa dejándola hecha jirones. La capa revoloteó alejándose de él y los desgarrones en el tejido cicatrizaron en el acto mientras descendía para volver a posarse sobre los hombros de la bruja.

—¡Ajá!, siempre me pareció que esta capa iba un tanto por libre —comentó ella.

—¡Consorte de los demonios! —la increpó a voz en grito Barrow, todavía rebosante de energía animal.

—¿Qué pasa?, ¿has oído hablar de los íncubos? Yo no lo llamaría «consorte» exactamente, fue más bien uno de esos rolletes en los que ambas partes se utilizan mutuamente…

Barrow lanzó un rugido y arremetió contra ella, que se alejó de él con un salto mortal. Acrobacias así deberían haber sido imposibles con esa larga capa que llegaba hasta el suelo, pero la demoniaca prenda se apartó de su camino mientras ella giraba. Y luego, en lugar de volverse hacia él para hacerle frente, la hechicera se echó a correr, avanzando a grandes zancadas, sin siquiera mirar atrás.

—¡Cobarde! —bramó Barrow—. ¡Enfrentaos a mí!

—Se dirige a la ciudadela —le susurró Lector desde su espalda—. Va a ser la primera en llegar allí.

—¡Mierda! —exclamó Barrow de Ulthar, tras de lo cual se lanzó a la carrera en pos de ella.

Las torres más altas de la ciudadela de la Hierba Ensangrentada eran de un rugoso ónice, y sus chapiteles se clavaban en el mullido vientre azul de la gran diosa celestial que yacía allí arriba y cuya sangre divina corría por los muros de la fortaleza y se encharcaba en el suelo, donde flores malignas brotaban de la combinación de ese terreno maldito con la esencia divina que lo regaba. Barrow avanzó estrepitosamente colina arriba camino del portón, y las largas flores de pétalos encarnados volvieron la cabeza para verle llegar. Con Lector golpeándole con fuerza contra la espalda, el héroe se resintió hasta del último dolor y sufrimiento padecidos durante su largo periplo. O la lanza Matafantasmas le había estado proporcionando fuerza mágica o es que los efectos de su última visita al mar de la Vitalidad estaban empezando a desvanecerse: se sentía agotado, en un momento en el que debería haber estado rebosante de fuerza y paladeando su triunfo.

La bruja le sacaba varias docenas de yardas, pero las flores estaban alzando sus flexibles y nudosos zarcillos para obstaculizar su avance. La mujer gritó una extraña palabra, presumiblemente una invocación de poder («Desfloración») y bolas de fuego brotaron de las palmas abiertas de sus manos, calcinando las plantas y haciéndolas aullar. El aroma tan peculiar de la sangre chamuscada de la diosa, una mezcla de olor a azúcar quemado y a entrañas abiertas, inundó el ambiente. La bruja atravesó corriendo el portón con forma de arco y se adentró en la oscuridad del interior. No había puertas ni guardias que impidieran entrar en la ciudadela, puesto que esta no solo no disuadía a los visitantes de que se acercaran, sino que los recibía con los brazos abiertos, igual que un león a su presa.

Barrow vaciló en el umbral, cuando ni siquiera sus legendariamente agudos ojos fueron capaces de atravesar la oscuridad del interior.

—Lector, aconsejadme. ¿Quién es esta nueva adversaria y cómo puedo derrotarla?

El libro viviente era la mejor arma de Barrow: conocía todos los secretos del mundo y podía desvelar cualquier misterio… siempre que Barrow fuera capaz de plantearle la pregunta adecuada.

—La mujer no aparece mencionada ni en mis códices ni en mis concordancias —respondió Lector—. No os puedo decir cómo derrotarla.

Al héroe el corazón le dio un vuelco en el pecho. Lector conocía los puntos débiles de todos los hombres, dioses y bestias que a lo largo de los tiempos habían vivido, o que habían tenido algo que se asemejara a una vida, y esa sapiencia había contribuido a la mayoría de los triunfos de Barrow.

—Pero… si conocéis todas las verdades del mundo entero… —Barrow se interrumpió un instante—. ¿Me estáis diciendo que ella… no es de este mundo? Que proviene de otro lugar, ¿de algún reino demoniaco? Eso explicaría por qué también busca la Llave de la Totalidad… Tal vez tan solo quiere regresar a su legítimo hogar. ¡Bruja! —gritó—, ¡no hay necesidad de que luchemos! Una vez haya recuperado la llave os abriré gustosamente la puerta a vuestro mundo.

La bruja no respondió. Barrow se armó de valor para el futuro combate y pasó bajo el imponente arco.

La oscuridad tras la puerta era tan sólida que se podía palpar: una membrana pegajosa e inmunda como el verdín en un estanque; por fortuna, un instante más tarde ya la había atravesado y se estaba limpiando los residuos ectoplásmicos de los ojos y mirando a su alrededor en busca de la siguiente e inevitable amenaza. Se hallaba en un vestíbulo inmenso y sombrío lleno de irregulares columnas, no muy distinto del templo del Dios Iracundo en el lejano Paradyll, pero de dimensiones mucho más vastas. Las columnas refulgían con una luz interior rojiza.

Algo descendió revoloteando hacia él desde el techo. Barrow empuñó su hacha de mano, la cual no era un arma mágica, aunque el acero bien afilado y la comodidad de su empuñadura tenían su propia magia. El ondeante objeto era la capa de la bruja, con sus rojos ojos reluciendo, sus zarcillos púrpura llenos de sombras extendiéndose hacia él. Barrow retrocedió de un salto cuando la capa intentó golpearle, y con un rápido movimiento del hacha abrió un gran desgarrón en el cuerpo de la misma. Pero ¿dónde estaba la bruja…?

Barrow notó un tirón en la espalda y lanzó un alarido cuando las delgadas cadenas se le clavaron en la carne y se sintió aligerado del peso de Lector. Se giró, pero la capa intentó estrangularle y, para cuando consiguió liberarse de los zarcillos y lanzarla revoloteando de vuelta hacia el techo, la bruja ya estaba sentada en un saliente situado a media altura de una columna, tan cómodamente como podría haberlo estado Barrow en un tronco caído, con Lector abierto en el regazo mientras pasaba las páginas:

—¿Y qué es todo ese rollo de que sangre el cielo? —preguntó.

Antes de que Barrow pudiera lanzarle un improperio, Lector respondió, igual que hubiera respondido a cualquier pregunta que le hubiera planteado todo aquel en cuyas manos se encontrara.

—La ciudadela está hecha de cristal sobrenatural, lo suficientemente afilado como para que pueda cortar incluso lo divino, de ahí que perfore el vientre de la gran diosa celestial.

—Espera… ¿qué el cielo es el estómago de alguien? Eso es… es… pero ¿qué dices?

—Todo el mundo conoce la historia de la diosa —gritó Barrow—. ¡El triple sol son las joyas de su ombligo! ¡La lluvia es su sudor! Ella yace cerca de su amante, la diosa de la Tierra, pero nunca alcanzan a tocarse, ¡porque los pecados de los hombres las mantienen eternamente separadas!

—Lo siento, pero es que no soy de por aquí.

—Eso ya lo sé —dijo Barrow, tras lo cual alzó la mano con gesto apaciguador—. Bruja… bueno, no, guerrera… habéis demostrado estar a mi altura.

—¿A tu altura? No te engañes a ti mismo. Mis calzones se bastarían ellos solos para patearte bien el culo.

Barrow reprimió la ira que bullía en su interior.

—Aunque hayas arrojado al aire mi lanza y robado mi libro y compañero del alma, todavía estoy dispuesto a ser vuestro amigo. Juntos tenemos más posibilidades de abrirnos camino por la ciudadela…

—Ay, Barrow de Chunga, que no lo pillas —dijo ella—. Estás acabado. Tu papel en esta historia ha concluido. ¿O es que también te tengo que quitar los calzones de serpiente y dejarte desnudo y atado ahí fuera para que te devoren las flores?

—Yo tengo un destino… —empezó Barrow.

—Bueno, pues yo no, pero sí tengo que una misión que cumplir, y esa misión consiste en evitar que te hagas con la Llave. Aquí no eres el héroe. Déjame que te muestre una cosa, del abismo ese.

—¿El abismo de las Moscas? Pero antes de que lleguemos hasta él hay tres puertas…

—Ya no hay puertas —intervino Lector—. La bruja forastera las ha destruido.

—¿La puerta de los Cuchillos?, ¿la puerta del Viento?, ¿la puerta de la Luz? —dijo Barrow sacudiendo la cabeza.

—Efectivamente —dijo la bruja—. Hechizo de oxidación, encantamiento de calma, tintura de oscuridad. Tardo más tiempo en pasar el control de seguridad del aeropuerto del que necesité para acabar con esas puertas. De verdad que en este sitio la magia es débil de cojones, y lo de descalabrar cosas forma parte de mi trabajo. Aunque bueno, da igual, a ver, lo del abismo…

Se dejó caer desde la columna y Barrow, hacha en mano, arremetió contra ella con un bramido.

La bruja lo evitó, grácil como una bailarina, y la zancadilla que le puso cuando pasó por su lado lo envió al suelo, donde acabó todo despatarrado, el hacha resbalando por el pulido suelo negro.

—¿Has acabado? —le preguntó ella.

La capa bajó flotando desde el techo y se volvió a posar sobre los hombros de la bruja. Con el rostro ardiendo por la vergüenza, Barrow se incorporó. Dejó el hacha en el suelo, temiendo la reacción de la bruja si intentaba recuperarla. Si ella le atacaba, lucharía ferozmente; sin embargo, la bruja se limitó a quedarse ahí plantada, mirándole con aire un tanto impaciente e incluso ligeramente aburrido. Hasta ese momento, Barrow nunca había dudado de su destino: él era un héroe y, aunque el camino era largo y lleno de tribulaciones, conseguiría la Llave, un magno objeto mágico en un mundo rebosante de magia, un poderoso artefacto que nunca antes había sido tocado por la mano del hombre. Sus aliados lo respetaban, al igual que sus enemigos, pero esta bruja forastera estaba provocándole y jugando con él, y él no conseguía dar con la manera de doblegarla.

Así que la siguió cuando ella cruzó el vestíbulo, avanzó por una serie de serpenteantes pasillos, dejó atrás los restos hechos añicos de las tres grandes puertas y se adentró en el corazón negro rojizo de la ciudadela. «Tal vez esta es la parte de mi periplo en la que recibo una lección de humildad —reflexionó Barrow—. Acaso esta bruja me enseñe algo importante sobre mí mismo, algo que me ayude en…».

—El abismo de las Moscas —dijo la bruja, gritando para hacerse oír por encima del terrible zumbido que resonaba por toda la fortaleza y señalando hacia el inmenso vacío que se abría ante ellos. Tan ancho como la propia ciudadela y extendiéndose hasta donde le alcanzaba la vista a Barrow, el abismo era un gran y bullente foso rebosante de millones y millones de revoloteantes insectos: moscas negras, moscas de un intenso verde, e incluso moscas pálidas como la nieve que eran portadoras de la enfermedad del insomnio—. Lector, ¿de qué se alimentan esas moscas? —preguntó dando unas palmaditas al libro viviente que llevaba bajo del brazo.

—De héroes —respondió Lector, y la bruja rió con ganas.

—No tenía ni idea de que la mierda de mosca oliera así —dijo ella—. Pero cuando multiplicas una partícula de caca de bicho por alrededor de un billón, supongo que se empieza a notar. ¡Uf! Da igual, fíjate en este hechizo. Lo aprendí de una bruja[1] el año pasado, cuando estaba de viviendo de okupa en un sitio de lo más asqueroso con bichos por todas partes. Lo normal es utilizarlo para limpiar una habitación sin más, pero estoy casi segura de que puedo amplificarlo… —Inspiró profundamente y a continuación gritó—: ¡¡¡Largo, moscas!!!

Los insectos se alzaron por millones, una nube negra, verde y blanca, debajo de la cual quedó al descubierto… una fosa común. Un enorme revoltijo de hombres, mujeres y seres de todas las razas capaces de actos heroicos: los Dolorosos, con su piel espinosa; los Hombres Originales, con sus ojos serpentinos; los amorfos Informes… todos ellos destrozados, sanguinolentos, descomponiéndose y vaciados de su alma, convertidos en un mero festín para las moscas.

—¿Ves eso? —le preguntó la bruja—. Es lo que les sucede a los héroes. Tampoco es que sea nada personal: es lo que le sucede absolutamente a todo el mundo. Nadie vive eternamente, y resulta que hasta los dioses pueden sangrar. Sin embargo, los héroes acostumbran a morir de manera desagradable, lejos del hogar y sin sus amigos.

La mujer se deslizó más cerca de Barrow, que estaba mirando los cadáveres y preguntándose cuántos habían sido célebres, sobre cuántos de ellos los juglares habían cantado a voz en grito, tan fuerte como él mismo había oído entonar su propio nombre… y, lo que era peor, cuántos de ellos ya no eran recordados ni en canciones ni en leyendas.

—Pero ¿a que tú creías que eras especial? —continuó ella—. Que en tu caso las cosas iban a ser muy diferentes… En lo más profundo de tu corazón pensabas que tú sí ibas a vivir eternamente, ¿verdad? Y estabas todo entusiasmado con lo de tener un destino. Menuda cosa. También lo tenían todos ellos. Ahí abajo hay suficientes armas mágicas para llenar el arsenal de un dios de la guerra, y suficientes historias heroicas para llenar incluso este extraño libro parlante infinito que te he robado. No digo que nunca haya un buen motivo para hacer grandes cosas, Barrow, pero hacerlas solo para así ser un héroe es una gilipollez. Aunque bueno, te quiero hacer una pregunta…

El zumbido de las moscas se interrumpió bruscamente, a pesar de que los insectos continuaban revoloteando en el aire, y una voz habló:

—Soy yo quien hace las preguntas aquí.

Era una hermosa voz, tranquila y serena, igual que su dueña, la cual atravesó el abismo caminando sobre la nube flotante de moscas como si esos cuerpos que se cernían en el aire fueran losas del pavimento; una belleza rubia perfecta ataviada con poco más que tres racimos de diamantes que hacían el mínimo necesario para proteger su modestia, y con una diadema de oro blanco en la frente.

Barrow sintió como si a su corazón le quitaran un peso de encima cuando vio que la bruja entrecerraba los ojos mientras su capa demoniaca se contorsionaba alrededor de su cuerpo. A ella no le gustaba el aspecto de esta mujer y, por lo tanto, a él sí.

—Soy la guardiana de la Llave —dijo la hechicera rubia, de pie sobre una plataforma de moscas blancas a tan solo unos pasos de ellos—. Habéis franqueado las Puertas y alcanzado el borde del Abismo, y ahora tenéis la oportunidad de conseguir la Llave —bajó la mirada hacia la tumba abierta que tenía bajo sus pies—, o de uniros a aquellos otros que lo intentaron en el pasado.

Barrow clavó una rodilla en tierra e inclinó la cabeza respetuosamente.

—Guardiana —dijo—, estoy ansioso por enfrentarme a cualquier prueba que deseéis proponerme.

—Oye, guardiana —intervino la bruja—. Te pareces un montón a una mujer que conozco. ¿No te apellidarás por casualidad Husch? Podrías ser su hermana gemela.

—Yo no nací de mujer —replicó la hechicera, su voz clara como el cristal—. No tengo ni hermana ni madre ni padre ni hijas. ¿Vos también venís para intentar ganar la llave?

—Claro —respondió la bruja—. Así que ¿cuál es la prueba?, ¿un combate mortal con Barrow el Bárbaro?, ¿una competición de a ver quién aguanta más sin parpadear ni reírse?, ¿o simplemente debo adivinar qué tienes en los bolsillos?

—Tan solo necesitáis responder a una pregunta. Y si vuestra respuesta me satisface, la Llave será vuestra.

La bruja resopló.

—Dejemos que Barrow sea el primero. Lleva mucho tiempo esperando este momento.

La guardiana de la Llave volvió el rostro hacia Barrow y le pidió que se incorporara. Este se puso en pie y se irguió. Había cenado con reyes y seducido a reinas, y entre sus amigos íntimos y sus terribles enemigos se contaban varios dioses… pero la guardiana de la Llave parecía totalmente distinta, más poderosa que los dioses, o tal vez simplemente alguien ajena a ellos.

—Barrow de Ulthar —dijo la hechicera—, decidme, ¿por qué deseáis la Llave?

Barrow parpadeó. Quería la Llave porque era la razón de ser de su peregrinaje; porque a la bruja de la ciénaga del pueblo de su niñez le había sido revelado en una visión que él llegaría a hacerse con ella un día; porque el adivino supremo del Rey de Piedra de las montañas Invertidas había afirmado que Barrow estaba destinado a empuñarla; porque sus propios sueños ya prácticamente solo consistían en vagabundeos interminables por oscuros pasillos llenos de puertas cerradas que él no podía abrir. Se le pasó por la cabeza pensar una respuesta más artificiosa, algo sobre romper los grilletes de los tiranos o abrir nuevos caminos llenos de oportunidades, pero tuvo miedo de que la guardiana de la Llave notara el fingimiento o la exageración. La verdad siempre le había servido de mucho, así que continuaría al servicio de la verdad.

—Porque es mi sino —dijo—. Porque yo soy quien está predestinado a conseguir la Llave, en este lugar en el que todos los demás han fracaso en su intento.

La guardiana inclinó la cabeza.

—Y vos, Marla Mason de Felport, ¿por qué deseáis la llave?

—En el lugar del que vengo tenemos un dicho —respondió Marla—, «Todo aquel que desee ser presidente debería ser descartado». —Y señaló con la cabeza a Barrow—. A todo aquel que piense que se merece poseer el objeto mágico más poderoso del mundo solo porque ese es su destino nunca se le debería permitir ponerle las manos encima. Quiero mantener la llave fuera de su alcance y del de los que, al igual que él, anhelan el poder por el poder.

Barrow se apartó un paso del borde del abismo al sentir una repentina sensación de mareo.

—Pero yo no… yo no la quiero para nada malo, solo es que…

—No es más que tu macguffin —dijo Marla en tono no carente por completo de amabilidad—. No lo has pensando detenidamente, eso es todo. No es culpa tuya. Llevas décadas con esta historia, así que no es de extrañar que esté empezando a perder algo de fuerza. Ese es siempre un problema con las series que se prolongan.

—Has respondido con acierto, Marla Mason —dijo la guardiana de la Llave—. Puedes quedártela.

—¿Qué quieres decir con que puedo…?

La guardiana de la Llave se alzó desde las moscas y flotó hacia ellos. Empezó a brillar, al principio débilmente y luego tan brillantemente como el más brillante sol del trío, y entonces…

… se desvaneció y una llave de refulgente diamante cayó al suelo. Marla Mason se agachó y la recogió.

—No ha sido tan difícil —dijo—. Aunque también es cierto que yo he podido pasar directamente al último capítulo, lo que no es demasiado justo para ti.

Barrow se pasó la lengua por los labios, con los ojos clavados en la llave.

—¿Qué vais a hacer con ella?

—Abrir una puerta —respondió Marla con un encogimiento de hombros.

La bruja entrecerró los ojos, luego clavó la llave en el aire y la giró. Allí apareció un rectángulo esbozado con luz blanca, y ella tiró y abrió la puerta. Barrow se esperaba ver algo asombroso: un universo celestial, tal vez, o ese siniestro foso de donde procedía su capa demoniaca.

En lugar de eso, la puerta abierta solo le mostró un cuarto en el que un anciano de cabello blanco dormía en una cama. Una mujer con un aire a la bruja Marla Mason estaba tendida en el suelo en un rincón, y otra estaba vigilando a través de una ventanilla… una mujer que, aunque llevaba gafas y un tirante moño rubio, era la viva imagen de la guardiana de la Llave, era la mismísima…

—¿Quieres pasar? —le preguntó Marla—, ¿ver el mundo?

Barrow retrocedió. ¿Qué artimaña era esta? La bruja le había robado nada menos que su destino y ahora le ofrecía un cuarto sucio, un camastro, una ventanilla manchada, una criatura mágica transformada en enfermera…

—¡Jamás! —gritó, y saltó al abismo para reunirse con el resto de los que habían fracasado. Tal vez muriera, pero moriría como un héroe, lo cual era mejor que vivir como un hombre vulgar.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Marla entró por la puerta e inmediatamente se giró para quedar tumbada de costado y vomitar, lo que era un tanto raro, porque ella no había estado tumbada, sino que estaba entrando por una puerta, pero ahora estaba en el suelo y…

—Vaya —dijo con voz ronca—, me he despertado en mi propio cuerpo, ¿eh?

La doctora Husch abrió la puerta y un pálido ordenanza se apresuró a entrar para ayudar a Marla a ponerse de pie, luego la sacó de allí y la llevó hasta la seguridad de la sala de observación.

—¿Qué es eso que tienes en la mano? —le preguntó la doctora Husch.

Marla bajó la vista hacia la llave de cristal que tenía en la mano.

—Oh, esto… es… A ti, creo, a ti debe de haberte visto en algún momento, porque no hay ni la más remota duda de que fantasea contigo, o… espera… —Marla sacudió la cabeza. Sabía que acababa de hacer algo, que se había adentrado en un extraño mundo de fantasía y le había dicho alguna insensible estupidez al bárbaro que era el avatar mental de un loco, pero los detalles se estaban desvaneciendo a toda velocidad—. ¿Por qué no consigo recordarlo?

—Si recordar los sueños puede ser difícil —dijo la doctora Husch cogiendo la llave de la mano de Marla—, ¿cómo no va a ser mucho más difícil recordar los sueños de otra persona? Pero hiciste aquello para lo que fuiste enviada. Le demostraste a Barrow que no es un héroe marcado por un destino. Destrozaste la columna vertebral de su historia y te llevaste esta llave que creo que es un objeto mágico bastante poderoso, con una magia que o bien él mismo tuvo que desarrollar o bien consiguió procurarse gracias a sus habilidades psíquicas.

—¿Ah sí?, ¿un objeto mágico? —dijo Marla tirando de su capa que también lo era: un objeto de edad incognoscible y poderosa magia, y con sus propias motivaciones, por inescrutables que pudieran resultar para quien la llevara. Y, por algún motivo, ese día el hormigueo que le recorría la piel cuando iba enfundada en ella era incluso más fuerte de lo habitual. Su maligna inteligencia, que siempre era una presencia en lo más profundo de la mente de Marla, parecía estar más activa y agitada, como un gato que llevara horas vigilando a un grupo ardillas que retozaba tras la seguridad de un cristal—. ¿Crees que la podemos vender?

—Creo que me la voy a quedar. Exactamente por los motivos que tan bien explicaste mientras estabas inconsciente.

—No necesito saber lo que dije en sueños —dijo Marla moviendo la mano negativamente—. Estoy segura de que será algo embarazoso. Pero… ¿por qué no se despierta Barrow? ¿No se suponía que si pulverizaba sus delirios se curaría?

—No lo sé. Por supuesto que confiaba en que recuperara la lucidez cuando le demostraras que sus delirios de grandeza estaban equivocados. No es que esperara que estuviera curado, por así decirlo, pero, si pudiera oírme, entonces la terapia podría ser factible. Aunque como ahora no está hablando, no sé en qué andará embarcado en estos momentos…

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Barrow no murió en el foso. Tras yacer un rato entre los despojos empezó a registrar los cadáveres. Tal como había dicho la bruja, efectivamente había objetos mágicos, innumerables, y eligió para quedarse algunos de los más mortíferos. Salió del foso trepando, arrastrándose cargado con sus instrumentos de guerra hasta alcanzar el suelo de la ciudadela. Lector, el libro viviente, yacía sobre la superficie de piedra, abandonado por la bruja al marcharse.

—Lector —dijo Barrow con voz ronca—, mi viejo amigo, decidme, ¿conocéis hechizos para hacer que los muertos se levanten y lanzar a la batalla este foso lleno de cadáveres?

—Sí —respondió Lector.

—Esta ciudadela… ¿ha habido algún mortal que haya sido su señor alguna vez? —preguntó Barrow relamiéndose.

—Ninguno, solo lo han sido dioses.

—Vaya —dijo Barrow mientras abría y cerraba los dedos de la mano—, entonces me tendré que convertir en dios.

Aunque Lector rara vez hablaba sin que se le hubiera dado pie y lo normal era que se limitara a responder preguntas, ahora intervino:

—Barrow de Ulthar… ¿cuáles son vuestros planes?

—Si no soy un héroe, entonces debo ser… otra cosa. Si no tengo un destino, entonces debo forjarme mi propio destino. Si no puedo abrir todas las puertas en todos los mundos… entonces debo derribar los muros. Si no puedo salvar el mundo…

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—… entonces debo… ¡conquistarlo! —gritó el anciano escritor al otro lado del cristal, y Marla se estremeció—. ¡Me cobraré mi venganza!

—Ahora se nos ha puesto en plan Señor Oscuro, ¿verdad? —preguntó Marla.

—Eso parece —dijo la doctora Husch con un suspiro—. Su historia está volviéndose más siniestra. Se está convirtiendo en un antihéroe.

—Me sorprendería mucho que las historias con protagonistas así tengan luego demasiado mercado —comentó Marla—. Así que… ¿hemos empeorado las cosas? ¿Va a empezar ahora a intentar en serio llegar a este mundo? ¿Nos vamos a encontrar con que, no sé… nos aparecen de pronto por aquí y por allá hordas de orcos y dragones negros echando napalm y nubes de esporas de carbunco? ¿No te preocupa que pueda encontrar otra manera de llegar hasta aquí, y que la próxima vez pueda venir acompañado de un ejército?

—Puede ser. Por mucho que me reviente admitir la derrota, creo que ha llegado el momento de tomar medidas drásticas. Cuando la terapia no funciona, a veces la única solución… es el aislamiento. Por suerte, me has traído una llave, y las llaves no solo se utilizan para abrir puertas, también se utilizan para… digamos que cerrarlas. —Ladeó la cabeza, observó con atención la puerta que tenía frente a ella y luego deslizó la llave de cristal en la cerradura, lo que tuvo su mérito, ya que la llave era demasiado grande. A pesar de lo cual entró, y la doctora la giró, momento en el que se oyó un clic fuerte como un trueno. La puerta empezó a cambiar, el desvencijado metal transformándose en negro cristal volcánico. La transformación se fue extendió lentamente por la pared y la ventanilla, hasta que toda la habitación quedó convertida en un muro de piedra sin fisura alguna—. Ya está. Encerrado —dijo. Y se metió la llave en el bolsillo del traje.

Marla dejó escapar un silbido.

—¡Joder!, cuando incomunicas a alguien no te anda con chiquitas.

—Tengo que pagarte. Dijiste que un truco y un secreto, ¿verdad?

Marla, que se había quedado ensimismada mirando su reflejo en el negro cristal, dio un respingo.

—Ah, sí, a ver. El truco… quería saber cómo has conseguido mantener sometidos a algunos de los hechiceros más poderosos que tienes aquí: Agnes Nilsson, Elsie Jarrow… los de ese calibre. De acuerdo a mis indagaciones, debería ser imposible dominarlos. Aunque bueno, eso lo pensaba antes de que te viera hacer esto…

—No suele ser habitual que un paciente nos proporcione la llave que nos permita mantenerlo a buen recaudo. Barrow es un caso especial. Los amarres de Jarrow y Nilsson son un tanto enrevesados y hoy he tenido un día agotador, pero vuelve la próxima semana y te explicaré los conjuros y símbolos mágicos.

—Me parece bien. En cuanto al secreto… tengo entendido que llevas décadas y décadas al frente de este lugar y nadie te echaría más de veinticinco años, por mucho que intentes aparentar más vistiéndote y peinándote sin gracia alguna, y con ese moño que cualquiera diría que eres masoquista de lo tirante que está. Incluso aunque utilices uno de esos hechizos que hacen que no se envejezca cuando se está durmiendo, solo eso no sería suficiente para justificar una juventud así. Así que ¿cómo lo haces?

—Bueno, Marla, tu error está en que das por hecho que soy humana —dijo la doctora Husch dándole unas palmaditas en el hombro.

—¿No me dirás que eres… un objeto mágico con forma humana? —preguntó Marla frunciendo el ceño.

—Por supuesto que no. Soy un homúnculo, igual que los ordenanzas. Lo único es que mi creador (que ya nos dejó) me hizo mucho más inteligente que a ellos, y a mí me gustan otras cosas además de las semillas de lavanda y las lombrices. Si fuera humana, yo misma hubiera podido adentrarme en los sueños de Barrow para encargarme directamente de su terapia. Por supuesto que no soy humana. ¿Por qué si no te hubiera contratado a ti, cielo?

Marla torció el gesto. Le vino a la memoria una imagen de la doctora Husch diciéndole esto mismo en una ocasión anterior («Yo no nací de mujer»), pero no, no había sido realmente ella sino la versión de Barrow de ella. El anciano escritor tenía unas facultades psíquicas extraordinarias, así que a lo mejor le había leído la mente, había descubierto su secreto y había incorporado su verdadera naturaleza de criatura mágica no humana a su mundo de fantasía. Y si podía leer la mente de la doctora, eso quería decir que…

—La próxima vez, contrata a otro —dijo Marla—. Barrow es malo para mi salud mental.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esa noche, Marla entró en una librería de segunda mano y escarbó en una caja con viejas revistas amarillentas. Tras media hora de búsqueda, por fin encontró una con un cuento escrito por Roderick Barrow llamado ¡La sombra del Conquistador!, así, entre signos de admiración. La pagó con algo de suelto.

Marla leyó la revista en su diminuto estudio al sur del río. Barrow escribía bastante parecido a como hablaba. Las dos últimas páginas estaban arrancadas, pero estaba bastante claro lo que iba a suceder: el héroe desbarataría los planes del villano, liberaría a los esclavos y se quedaría con la chica, que iba ataviada con grilletes de oro y poco más. No hubo nada en la historia que le sonara realmente a conocido, y los recuerdos de su experiencia en la mente de Barrow siguieron igual de confusos que antes, con los detalles convirtiéndose en neblina en cuanto intentaba concentrarse en ellos. Bueno, pues que les dieran… Arrojó la revista a un rincón. ¿Quién necesita fantasías cuando se tienen tantos culos que patear y secretos por aprender?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Esa noche, Marla soñó con una casa de negros pasillos interminables. Cada corredor estaba flanqueado por docenas de puertas, algunas identificadas con números, otras con letras, y otras con runas o símbolos místicos. Probó todas las manillas, pero ninguna se abrió (de hecho, ninguna llegó siquiera a girar) y, aunque fue apoyando la oreja en las puertas, no oyó nada. Continuó caminando, hasta que llegó a una puerta de negro cristal volcánico, sin ningún tipo de manilla, pero con algo al otro lado embistiendo contra ella, embistiendo una y otra vez, como si intentara derribarla…

Marla se despertó sudando y se levantó a toda prisa para ir hasta el armario encantado donde guardaba la capa púrpura y blanca. Descolgó la prenda, se envolvió con ella y se arrastró de nuevo hasta la cama. No le gustaba llevarla puesta mientras dormía (sentía como si la capa intentara comunicarse con ella en sueños), pero incluso los siniestros susurros del objeto mágico eran preferibles al peligro de caer en las garras psíquicas de Barrow. No le costaba nada imaginar su cuerpo respirando y abandonado en la cama, mientras su mente, arrancada del mismo, se debatía en el extremo de una lanza, atrapada en el reino de un Señor Oscuro…

Esa noche, sus sueños fueron terribles, pero fueron los suyos.

Copyright © 2012 T. A. Pratt



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Lecturas recomendadas II (enero 2015)

Bueno, en primer lugar, desearos a todos que el nuevo año venga cargado de muchas y excelentes lecturas, como las que voy a recomendar en esta entrada.

Y, en segundo, aclarar que a pesar de las fechas en las que estamos esta no es la lista de mis mejores lecturas de 2014, sino simplemente un breve comentario de algunos de los libros que más me han gustado de entre aquellos que he leído durante el pasado trimestre.

. White Tiger on Snow Mountain: Stories, de David Gordon: no he leído ninguna de las dos novelas de este autor, que al parecer se encuadran dentro del género negro, pero esta colección de relatos llenos de humor y de protagonistas que distan de ser unos triunfadores en la vida (entre ellos varios escritores, e incluso el propio Gordon) ha sido posiblemente el libro que mejor me lo ha hecho pasar este último trimestre. Muy recomendable, como explico aquí en una breve reseña.

. Los reflejos y la escarcha, de Ignacio Padilla (Páginas de Espuma, 2014): última antología de este siempre interesante escritor mexicano que incluye dos cuentos que tal vez os puedan gustar especialmente a los amantes de la literatura fantástica, «El año de los gatos amurallados», con el que ganó el premio Kalpa (el equivalente mexicano al Ignotus), y «Largo sueño de las cifras», que podéis leer aquí, en el blog del propio autor.

. Never, never stories, de Jason Sandford: variada e interesante colección de relatos de ciencia ficción y fantasía de este autor estadounidense no demasiado conocido por aquí.

. Billie Ruth, de Edmundo Paz Soldán (Páginas de Espuma 2012): puesto que Iris ha sido sin lugar a dudas uno de los grandes libros del género fantástico de 2014 en español, creo que es un buen momento para recordaros que este autor boliviano también escribe relatos, y algunos de ellos son francamente interesantes, como se puede comprobar en esta antología.

. Física familiar, de Jon Bilbao (Salto de Página, 2014): un puñado de estupendos relatos sobre las relaciones familiares, en algunos de los cuales se cuela algún elemento fantástico o aterrador (como en el muy inquietante «El becerro de Lego»), que han hecho que varios de ellos se hayan ganado anteriormente un lugar en diversas antologías del género.

. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal (Destino): el escritor checo repasa en esta novela varias décadas de la historia de su país utilizando como hilo conductor las andanzas de un camarero de hotel, cuya vida consiste en una serie de episodios tragicómicos y un tanto surrealistas, pero rebosantes de humor en todo momento.

Y, al igual que en mi anterior entrada de recomendaciones, aprovecho para colar alguna cinematográfica.

Camino de la cruz, del director alemán Dietrich Brüggemann, fue posiblemente la película que más me gustó en la última Seminci, el festival de cine de Valladolid, y ahora mismo se está proyectando en los cines. Aunque he visto que se la compara con Camino, de Javier Fresser, a mí me hizo acordarme de Ordet, de Dreyer. Aprovechad y que no se os escape.

Mi segunda favorita de la sección oficial fue Little Feet, de Alexandre Rockwell, película de 60 minutos financiada vía Kickstarter y protagonizada por los hijos del director. Una pequeña joyita que no creo que se llegue a estrenar, así que estad atentos.

Y, ya fuera de la sección oficial, pude confirmar algo que sospechaba: que mis películas favoritas de Bong Joon-ho no son las de género fantástico sino aquellas que se acercan más al thriller. Así que si únicamente conocéis a este director por The Host y Snowpiercer, no dejéis de ver Mother y, muy especialmente, Crónicas de un asesino en serie.

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