Masacre en el pícnic del monte Frost, de Seth Fried

Seth Fried es un escritor al que ya tuvimos por aquí con su estupendo Hola de nuevo, incluido dentro del homenaje dedicado a Italo Calvino. También es autor de una colección de relatos de lo más recomendable, The Great Frustration, de ahí que en su momento me quedara con ganas de daros la oportunidad de leer alguno de los cuentos de la misma. Por cierto, quiero aprovechar para felicitarle dado que hace unos días anunció la publicación de su primera novela, Metropolis, que a la vista del argumento parece encuadrarse en la ciencia ficción.

Masacre en el pícnic del monte Frost (Frost Mountain Picnic Massacre) se publicó por primera vez en 2009 como número 124 de la colección One Story (One Story Inc.) Posteriormente fue seleccionado para la antología The Year’s Best Dark Fantasy and Horror, editada por Paula Guran en 2010, y asimismo se incluyó en la ya mencionada The Great Frustration (Softskull Press 2011). Además, también fue galardonado con el premio Pushcart Prize, que se concede anualmente a los mejores relatos, ensayos y poesías publicados por pequeñas editoriales independientes. Se trata de un cuento un tanto kafkiano que, a pesar de que por momentos pueda parecer absurdo, consigue resultar bastante inquietante.

Muchísimas gracias a Seth por haberme cedido tan amablemente este segundo relato para Cuentos para Algernon, que ojalá no sea el último. Thanks a million, Seth!

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Masacre en el pícnic del monte Frost

Seth Fried

El año pasado, los organizadores del pícnic nos hicieron saltar por los aires. Cada año es peor. Me refiero a que cada año son más los que mueren. El pícnic del monte Frost siempre ha sido una fuente de incertidumbre en nuestra ciudad, y la masacre es la peor parte. Incluso hubo algunos que sin haber extendido la manta precisamente encima de la línea de bombas perdieron el conocimiento tras ser golpeados por las extremidades que salieron despedidas; a los demás, como poco, la negra tierra de la base del monte Frost se les metió bajo parpados y uñas y les subió por las fosas nasales. Los carritos de buñuelos de manzana, las casetas donde te adivinan el peso y los puestos de algodón de azúcar que no fueron arrasados por las primeras explosiones se fueron deslizando lentamente hacia el interior de los recién formados cráteres, asentándose entre débiles crujidos sordos. Las escasas personas que estando situadas sobre la línea de bombas sobrevivieron a la onda expansiva salieron despedidas y acabaron, como mínimo, entre las ramas de algún árbol.

El año anterior, el estruendo de la banda de polca había ocultado las detonaciones aisladas de los lejanos rifles. Un hombre adulto que se disponía a dar un mordisco a una manzana caramelizada giró brusca y violentamente, como impulsado por el fino chorro de sangre que brotó de su cuello. Una anciana irrumpió en medio de un corrillo de risueños adolescentes sujetándose el estómago y dando tumbos. Alguien cayó hacia delante y aterrizó sobre su plato de churros, y durante todo el día deambulamos por la zona cerrando los ojos ante lo que estaba sucediendo.

Hubo un año en que los mosquetes de la Asociación para la Recreación de Batallas de la Guerra de la Independencia resultaron estar cargados con munición real. Otro año, todos los niños que jugaron en el castillo hinchable fallecieron tras haber recibido altas dosis de radiación. Mientras que otro, a mitad del pícnic se descubrió que en un tercio de los sanitarios portátiles había serpientes venenosas. El año en que se ofrecieron paseos gratuitos en globo, ninguno de los aerostatos que despegó —llenos de gente riendo y saludando desde las cestas, y tomando fotografías durante el ascenso— regresó jamás.

No obstante, todos los años continuamos acudiendo por cientos al pintoresco muelle fluvial del puerto deportivo para esperar los barcos que nos llevarán al monte Frost. En el aparcamiento en la cima de la colina, aplicamos crema solar en las narices de nuestros hijos. Rebuscamos en nuestras grandes bolsas de lona, haciendo inventario de las gominolas, las sandalias de goma de repuesto, los tetrabriks de zumo… intentando anticiparnos a la inquietud y las inevitables necesidades de nuestros hijos durante los veinte minutos que tendrás que esperar hasta que los barcos estén preparados. Deseosos de ocupar nuestro puesto en la fila, bajamos deprisa y corriendo por la ladera camino de las enormes embarcaciones blancas que flotan sobre las aguas.

Esperamos en una larga cola demarcada mediante sogas, que se dobla sobre sí misma innumerables veces antes de alcanzar el muelle con su toldo de vinilo azul. No bien llegue la hora de partir, la fila avanzará y nos conducirá hasta el embarcadero, donde los marineros nos dividirán equitativamente entre los distintos barcos. Desde ahí navegaremos río arriba, hacia el norte de nuestra ciudad, donde se levanta imponente el monte Frost. Al cabo de un rato divisaremos desde las cubiertas un lozano prado verde salpicado de carpas de brillantes colores y de rutilantes atracciones de feria, el cuadro enmarcado al completo por la impresionante altura del monte Frost alzándose hacia el cielo de un azul gélido y esplendoroso. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XIV (enero 2018)

Comenzamos 2018 no con mis mejores lecturas de 2017, sino tan solo con una selección de las obras que más me han hecho disfrutar durante el último trimestre del recién terminado año:

. Los mejores cuentos de terror, volumen I (selección del podcast Todo tranquilo en Dunwich): Esta entrega no la abrimos con un libro concreto, sino con la selección de once cuentos de terror con la que Érica Couto y José Luis Forte inauguraron su podcast Todo tranquilo en Dunwich, dedicado a la literatura fantástica y ficción extraña. Como es lógico, no están todos los que son (de hecho, su volumen II de mejores relatos ya se puede escuchar en el 7º episodio), pero sí que son todos los que están. A mí me ha servido para leer por fin cuentos que llevaban años esperando en mi pila (El papel amarillo, todo un clásico de Charlotte Perkins Gilman), buscar y descubrir otros que no conocía (La mansión de los ruidos, de Matthew P. Shiel) y releer algunos que tenía bastante olvidados (el kafkiano Siete plantas, de Dino Buzzati) y otros que siempre tengo muy presentes al contarse entre mis favoritos de dentro y fuera del género (El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, tan impactante como la primera vez que lo leí). Ahora bien, el podcast está plagado de spoilers, por lo que mi consejo es que primero se lean los cuentos y luego se escuche el podcast. Los once están traducidos al español, aunque no todos en ediciones fáciles de encontrar (podéis rastrearlos en la base de datos de La Tercera Fundación, imprescindible para estos menesteres), por lo que para algunos de ellos yo he tenido que recurrir a ediciones en inglés. En cualquier caso, una experiencia muy recomendable y satisfactoria. Tanto que, de aquí a no mucho, me lanzaré a repetirla con el volumen II.

. You’ll Know When You Get There, de Lynda E. Rucker (The Swan River Press): Nueve relatos protagonizados en su mayoría por mujeres y por casas y otros lugares encantados (tal como señala muy acertadamente Lisa Tuttle en la presentación). Una obra que es una delicia leer. Cuentos con una aire clásico, con ecos y homenajes a autores como M. R. James y Charlotte Perkins Gilman, pero que resultan originales y modernos a un mismo tiempo. Y encima en una edición tan bonita (y firmada por la propia autora) como es habitual en esta pequeña editorial irlandesa.

Antología de la literatura fantástica, editada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (ed. Edhasa): Selección muy personal de estos tres autores de algunas de sus obras favoritas dentro del género. Fantasmas, sueños, viajes en el tiempo, deseos que se vuelven en tu contra, personajes inmortales… La mayor parte de los grandes temas clásicos del género a lo largo de los siglos están representados en este volumen, con autores de muy distintas épocas y procedencias, entre los que destacan los argentinos, algo que no sorprende dada la nacionalidad de los seleccionadores. El volumen no se compone exclusivamente de relatos, sino que también incluye fragmentos de obras más extensas y bastante textos muy breves, de tan solo unas líneas. En cualquier caso, un libro que es todo un clásico que cualquier aficionado al género (en su sentido más amplio) debería leer.

. Siete cuentos imposibles, de Javier Argüello (Lumen): Siete sugerentes piezas de un autor que se estrenaba en 2002 con esta colección de cuentos. Una historia contada por una voz que sale de un enchufe, un gobierno que prohíbe toser, borgianos relatos metaliterarios… Mis dos favoritos pertenecen a esta última categoría: Zeezir, sobre un escritor que se inventa a un escritor, y Relato acerca del tiempo, de un viejo cuento, y de la manera en que ocurren las cosas, un genial homenaje al cuento Enoch Soames, de Max Beerbohm, que adopta la forma de una especie de continuación del mismo (que el protagonista lee en la antología que acabo de recomendar justo antes de este libro).

. The North Water/La sangre helada, de Ian McGuire (Henry Holt and Co./Roca Editorial): Un joven cirujano se embarca como médico en un ballenero del siglo XIX tratando de huir de su pasado y confiando en tener por delante una travesía tranquila. Pero como resulta que uno de los tripulantes es un violador y asesino, y el verdadero objetivo del capitán no es capturar cetáceos, el viaje termina dramática y catastróficamente. Un libro que por momentos recuerda a Moby Dick y a las novelas de aventuras de Jack London, pero con pasajes mucho más crudos, violentos y salvajes. Eso sí, me enganchó casi tanto como La llamada de la selva cuando por primera leí la novela de London a los doce años, y eso mucho decir.

. Mandelbrot the Magnificent, de Liz Ziemska/Acadie, de Dave Hutchinson (Tor.com): Estos dos títulos son dos de las últimas entregas de la serie de novelas cortas publicadas por Tor.com. Y, si bien es cierto que ninguna de las dos me ha parecido una obra redonda, son perfectas si queréis una lectura breve y entretenida. En la primera se combinan magia, matemáticas y la supuesta biografía de Mandelbrot, matemático que se dedicó a la investigación de los fractales, todo ello enmarcado en la época de la Segunda Guerra Mundial y la persecución de los judíos. Acadie es distinta por completo: una space opera que cuenta la historia de un grupo de humanos que huyeron de la Tierra para así evitar las leyes que ponían límites a las manipulaciones genéticas. El protagonista de la historia es Duke Farady, su presidente, que ahora debe decidir si evacuan el sistema donde están escondidos, dado que todo apunta a que una sonda terrestre podría haberlos descubierto.

. Skyfaring/Travesía aérea, de Mark Vanhoenacker (Alfred A Knopf/Capitán Swing): El autor de este libro es un piloto locamente enamorado de su trabajo que a lo largo de estas páginas comparte con el lector su pasión por todo lo que tiene que ver con los vuelos y los aviones: cuestiones técnicas (siempre con un nivel y lenguaje apto para profanos), todo tipo de curiosidades sobre la vida de los pilotos, detalles autobiográficos, ese sentido de la maravilla que en él se continúa despertando con cada vuelo… Es posible que este libro sea especialmente recomendable para aquellos que o bien tengan pánico a volar (y que tras leerlo tal vez se sientan algo más tranquilos) o bien adoren los aviones; pero incluso si no estáis en ninguno de estos dos grupos resulta una lectura muy curiosa y amena.

 

Y retomo la costumbre de terminar con una recomendación cinematográfica. Mil ojos tiene la noche (Night Has a Thousand Eyes, 1948), de John Farrow, es una pequeña película basada en la novela de Cornell Woolrich del mismo título. Su protagonista, Edward G. Robinson, interpreta a un mentalista que un día descubre que vislumbra sucesos del futuro, sin que pueda hacer nada para cambiarlos o impedirlos. Un interesante y curioso cruce entre cine negro y fantástico que, si como a mí os gustan estas pequeñas joyitas clásicas de serie B, seguro que os dejará un muy agradable sabor de boca.

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Más allá de Paraparapara, de Rhys Hughes – Especial ultracortos V

Rhys Hughes es un autor que gusta especialmente de escribir relatos muy cortos, como ya pudisteis comprobar en el homenaje que dedicamos a Italo Calvino, de ahí que desde un principio tuviera bastante claro que tenía que estar presente en este nuevo especial centrado en la flash fiction.

Más allá de Paraparapara (Beyond Paraparapara) es otro de los cuentos incluidos en su colección Thirty Tributes to Calvino, pero como vais a poder comprobar es muy distinto a los otros tres que ya habéis tenido oportunidad de leer por aquí. También forma parte de The Million Word Storybook, tanto en su edición masculina como femenina. Es un relato lleno de ironía y que creo viene muy al caso ahora mismo. Espero que nadie se lo tome a mal.

Y pasemos ya a lo importante, eso sí, no sin antes darle las gracias a Rhys por haber accedido a estar con nosotros por cuarta vez. ¡Muchísimas gracias, Rhys!

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Más allá de Paraparapara

Rhys Hughes

Os preguntaréis cómo el país llamado Paraparapara llegó a ser independiente cuando en un principio no era más que una región periférica de la nación llamada Parapara. Parapara ya era de por sí famosa por lo remoto de su ubicación; lo extremamente difícil que resultaba llegar hasta ella, ya fuese por tierra o mar, y los numerosos peligros con los que podías tropezarte en el viaje: tormentas, piratas, bandidos y virulentos rumores.

Pero lo cierto es que, antaño, la propia Parapara era parte de un país llamado Para, antes de que decidiera tirar por su lado; de manera que había un precedente, aunque la historia parezca haber olvidado este hecho.

Los habitantes de Parapara, que a la sazón no era más que una recóndita península, vivían desperdigados por bosques y valles profundos, concentrados en pequeñas agrupaciones en pueblos costeros o apiñados en grutas en laderas de montañas; de resultas de lo cual era un pueblo tenaz, que no sentía ninguna vinculación especial ni hacia la nación dominante de Para ni hacia las costumbres de esta.

Ellos ya consideraban que vivían en un país separado, aunque los obstáculos logísticos del proceso requerido para oficializar su independencia los habían disuadido de intentar lograr el reconocimiento internacional de dicho régimen. Esta situación se prolongó muchos años, hasta que el gobierno de Para decidió subir una vez más los impuestos, y en una cuantía que iba más allá de lo que el pueblo de Parapara estaba dispuesto a tolerar.

Los acontecimientos se sucedieron a gran velocidad y pillaron totalmente por sorpresa al gobierno de Para, que fue incapaz de reaccionar ante la posterior evolución de los acontecimientos. Los habitantes de Parapara se movilizaron y actuaron con eficacia implacable, fatalista e incuestionable. Con paciencia despiadada llevaron a cabo todos los trámites necesarios para garantizar su independencia, forjando alianzas con potencias extranjeras y convenciéndolas de que reconocieran su condición jurídica en contra de los deseos de Para, sin desmayar ante los tremendos esfuerzos requeridos. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Antes y después, de Ken Liu – Especial ultracortos IV

Ken Liu ha ganado hace unos días su cuarto premio Ignotus en la categoría de Mejor cuento extranjero. Y en esta ocasión lo ha logrado con su relato Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies, publicado por primera vez en español en Cuentos para Algernon, y que también es el cuento que abre su colección El zoo de papel y otros relatos (col. Runas, Alianza Editorial).

Esta es la primera vez que una obra publicada en Cuentos para Algernon se alza con el que probablemente sea el más importante galardón que se concede a obras de literatura fantástica en nuestro país, de ahí que haya considerado que la ocasión merecía ser celebrada por todo lo alto. Así que, aprovechando que Ken se prodiga bastante en las distancias muy breves y que estamos embarcados en un especial dedicado a la flash fiction, ¿qué mejor celebración que tener una obra suya como cuarta entrega de nuestro especial?

Antes y después (Before and After) se publicó en 2013 en la revista Apex Magazine, y posteriormente ha aparecido en formato podcast en StarShipSofa y se ha traducido al francés. Se trata de una pieza de ciencia ficción muy, muy breve (menos de 700 palabras en inglés), pero, como vais a poder comprobar, esa no es su única peculiaridad formal. Mi recomendación es que la leáis al menos un par de veces y, dada su brevedad, espero que me hagáis caso. 😉 Espero que os guste y además os sirva para descubrir una faceta de este autor que sospecho muchos de vosotros no habíais podido disfrutar hasta ahora, dado que en su antología no se ha incluido ningún relato ultracorto.

Ya por último solo me queda reiterar la enhorabuena a Ken por su nuevo Ignotus y agradecerle una vez más su amabilidad y generosidad hacia este blog (y, por extensión, hacia todos los lectores de Cuentos para Algernon), gracias a las cuales ya hemos podido disfrutar por aquí de cinco de sus obras. Congratulations on your Ignotus Award and thanks a million for this story, Ken!

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Antes y después

Ken Liu

Para Jerry, había un antes —sentado en el tren camino de casa desde Connecticut, donde había estado visitando a su padre, suspendido en ese angustioso ocaso vital desde el cual era incapaz de distinguir a Jerry del hermano de Jerry, Brian, temiendo la siguiente llamada a Brian en la que discutirían una vez más sobre si realmente ya era hora de llevar al viejo a ese lugar del folleto que Jerry ya había mencionado en varias ocasiones, caminando las seis manzanas desde la estación hasta su casa en el rojizo crepúsculo de finales de verano mientras comprobaba en el móvil el valor de sus acciones, soñando con dejar el trabajo algún día cuando la cifra fuera lo suficientemente grande, pero sabiendo que la cifra nunca sería lo suficientemente grande porque Liddy y Jacob tenían que ir a la universidad y ese lugar del folleto tampoco era gratis, torciendo al llegar al camino de entrada a su casa, fantaseando con cómo Beth iba a abrir la puerta y exclamar, «¿a que no sabes qué, cielo?», y le iba a mostrar un billete de lotería ganador, por algún motivo tan descomunal como esos cheques gigantes que a veces entregan en la tele, acordándose, mientras introducía la llave en la cerradura, de que todavía no había limpiado los canalones por lo que seguro que Beth estaría disgustada aunque no fuese a decir nada y él prefería de veras verla sonreír, contemplando, al entrar en el cuarto de estar, las caras lívidas de su esposa e hijos reunidos en torno al gran televisor, y pensando que era algo de lo más inusual habida cuenta de que ni se acordaba de la última vez que la familia había encontrado algo que quisieran ver juntos—

y un después —volviendo a salir al camino de entrada, donde la brisa estival arrastraba el olor a parrillas humeantes, a lavanda y zumaque, las plantas favoritas de Liddy que los dos habían plantado juntos durante una deliciosa tarde, una tarde que él había deseado nunca terminase, y el sonido de chapoteos en piscinas y el zumbido de mosquitos, alzando la vista hacia el despejado cielo que se iba oscureciendo, en el que las primeras y esplendorosas estrellas estaban asomando y los pájaros volaban en círculos y danzaban como las estelas de planetas, lunas, cometas y satélites en el programa de astronomía que a Jacob siempre le hacía tanta ilusión que él mirase en el ordenador, buscando y encontrando el argénteo brillo de otro mundo de los cascos curvados de esas naves que habían atravesado distancias inimaginables para venir hasta aquí, naves iluminadas por luces verdes y que amenazaban con lanzar esos relampagueantes rayos azul celeste que tan familiares se volverían los días que vinieron después, sin dejar a un tiempo de observar a los vecinos, vecinos a los que había sonreído y con los que tal vez había intercambiado unas palabras alguna que otra vez sin saber nada sobre su vida, sus preocupaciones y sueños, la angustia enterrada en su pasado y lo que escondían bajo su fachada de inofensivos habitantes de ciudad dormitorio, vecinos que de repente sentía muy cercanos, tan cercanos como se deberían sentir los miembros de la misma especie cuando están siendo observados desde una perspectiva de años luz, pársecs y tiempo ralentizado, vecinos que también salían de sus casas, mirándose unos a otros, buscando en los rostros de los demás respuestas que todos sabían de antemano no estarían ahí, y luego oyendo los pasos vacilantes de Beth, Liddy y Jacob a su espalda, y cayendo en la cuenta de que no había necesidad alguna de respuestas, sino tan solo del deseo de resistir y la fortaleza para ello—

pero el propio instante era un recuerdo confuso —la pantalla de televisión parpadeante, y cifras y palabras deslizándose por la parte inferior mientras el Presidente hablaba («… paciencia y fe… y Dios bendiga a los Estados Unidos…») con esas descabelladas imágenes de fondo, y Jerry no conseguiría recordar, en todos los años venideros, por mucho que lo intentara, el momento en que por fin había comprendido que el mundo había cambiado para siempre jamás, como una frase que da vueltas y se retuerce, acumulando detritus de ideas, sentimientos, temores, recuerdos y anhelos hasta que reparamos en que en algún punto del camino un cambio alteró irrevocablemente su curso, talante y tono, de suerte que al alcanzar el final, un abrupto punto, vacilamos, esperamos, contenemos la respiración, para recordar.

Copyright © 2013 Ken Liu

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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