La criatura desiste, de Dale Bailey

Dale Bailey es un escritor estadounidense que a lo largo de sus más de veinte años de carrera ha publicado cuatro novelas y varias docenas de cuentos de ciencia ficción, fantasía oscura y terror. Tal vez su nombre os suene porque su última recopilación de relatos, The End of the End of Everything, finalista de los premios Shirley Jackson Awards, fue una de las obras que incluí en mi entrada de lecturas recomendadas del pasado mes de abril.

La criatura desiste (The Creature Recants) fue publicado originalmente en el número de octubre de 2013 de la revista Clarkesworld; posteriormente fue asimismo incluido en la ya mencionada The End of the End of Everything y en la antología The Year’s Best Dark Fantasy & Horror: 2014, editada por Paula Guran. Es un cuento muy cinéfilo y menos oscuro que la mayor parte de la ficción breve de este autor. Y, por encima de todo, es un precioso homenaje a La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), película dirigida en 1954 por Jack Arnold. Aunque el relato se puede leer sin haber visto la película, creo que para entrar en el juego que nos propone el autor al menos es conveniente conocer el argumento de la misma.

Espero que La criatura desiste os sirva para descubrir a un autor no muy conocido en España, dado que hasta ahora solo estaban traducidos dos de sus cuentos: «Muerte y sufragio», en la antología Zombies (ed. Minotauro), y «El fin del mundo tal como lo conocemos», incluido en Paisajes del Apocalipsis y en Miedo en el cuerpo, ambas editadas por Valdemar.

Y ya por último, tan solo me queda agradecer a Dale que me haya permitido traducir y compartir este relato con todos vosotros. Thanks a million, Dale!

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La criatura desiste

Dale Bailey

Durante las pausas del rodaje, el monstruo de la laguna Negra acostumbra a descansar en un estanque del plató trasero del estudio, soñando con su hogar. El estanque tampoco es que sea gran cosa. De tal vez un metro veinte de profundidad o así en el punto más hondo y un perímetro de unos cien metros, se trata de un decorado abandonado excavado en el achicharrado terreno del sur de California para alguna película olvidada: espadañas, juncos y, de tanto en tanto, una pequeña estela de ondas cuando la seca brisa se desliza sobre la superficie. Ni siquiera un pez para cuando la criatura tiene un poco de hambre, algo bastante habitual. El catering deja un tanto que desear, y todavía más cuando se está acostumbrado a una dieta de pescado crudo y carne de tortuga viva arrancada directamente de la concha.

Esto es Hollywood.

«No te hagas demasiadas ilusiones», le había aconsejado Karloff en una ocasión, mientras comía sushi al poco de llegar a Hollywood lleno de ambición y optimismo; y Lugosi, que en la época en la que la criatura había iniciado su carrera cinematográfica ya era adicto a la morfina y la metadona, todavía había tenido menos pelos en la lengua: «Te fan a yoder una fes sí y otra tamfién», le había asegurado con su fuerte acento húngaro. Ambos estaban encasillados por culpa de su papel más popular. La criatura había dado por hecho que, a pesar de tenerlo todo en contra, en su caso conseguiría evitarlo; pero durante esas tardes abrasadoras en el estanque, cogiendo agua con la mano de tanto en tanto para humedecerse las branquias, había empezado a reconsiderarlo. El agua era implacable y le devolvía permanentemente su reflejo: el cráneo calvo y encostrado con percebes, los ojos hundidos bajo las protuberancias de recio hueso, los colgajos de carne cubriendo las agallas del cuello… Ni por asomo madera de protagonista.

Y pensar que él había sido el rey de su pequeño mundo, de la inmensa y sombría laguna Negra sobre cuya superficie se inclinaban las ramas de árboles gigantescos… E incluso del poderoso Amazonas, en el que las anacondas se deslizaban por las aguas llenas de lamas; los caimanes se sumergían sigilosamente en la corriente dando coletazos; y siluros del tamaño de Chevrolets rebuscaban por el fondo musgoso. Y no nos olvidemos de la selva, húmeda, fétida y putrefacta, atronadora con el estruendo quitinoso de millones de insectos. Pero en lugar de en su reino ahora estaba aquí, en el sur de California, pasando los días sumergido en un estanque que le llegaba por la cintura, y durmiendo por las noches en una descomunal bañera en un horroroso apartamento.

Tales son las reflexiones en las que está sumida la criatura cuando un miembro del equipo —Bill, un ayudante de producción que está tratando de abrirse camino en el mundo del cine para llegar a ser técnico de iluminación— baja hasta el estanque para informarle de que Jack ha terminado de preparar la siguiente toma así que tiene que regresar al plató para pasear dando tumbos por la cubierta del Rita (que ni siquiera es un barco de verdad, sino tan solo una réplica barata instalada en uno de los platós cerrados de las instalaciones de la Universal) y acosar a Julie Adams durante más o menos otra hora. Ella es la auténtica reina de los gritos, Julie, no hay otra igual, y en la vida real también es bastante agradable; de vez en cuando incluso baja hasta el estanque para charlar entre toma y toma. De hecho, todos son bastante agradables. Hasta Jack es un buen tipo, a pesar de que siempre está dándole la lata con que se tiene que concentrar en sus motivaciones cuando bastante tiene él ya con conseguir situarse en la marca que le corresponde en cada momento. A decir verdad, la criatura ya no se desvive por el trabajo, pero ha firmado un contrato con la Universal, que su agente (que, a todo esto, raro es que le devuelva las llamadas) asegura no hay manera de romper.

Así que la criatura sale a duras penas del estanque y camina pesadamente de vuelta al plató, intentando no pensar en que podría decapitar a Bill con un solo golpe de esa garra que tiene por mano. Intentando no pensar en que una parte de él desea hacerlo.

 

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Las cosas no tenían que haber tomado este cariz.

Nunca reconocemos la felicidad hasta que se desvanece, así es como lo ve la criatura. El presente siempre nos parece un desastre. Hasta que no se marchó de la laguna no se dio cuenta de lo a gusto que estaba allí. En Hollywood añora esas aguas sombrías. Algunas noches, con la cabeza apoyada en el fondo de la bañera rebosante y los pies palmeados colgando por los laterales hasta rozar el recubrimiento de vinilo del suelo que se está despegando, incluso sueña con ella. Ahora le parece el culmen de la perfección: el lecho turbio donde se cobijaba durante horas entre ondulantes frondas de plantas cuyos nombres desconoce, y el pasaje oculto que llevaba a su rocosa guarida subterránea. Con su blindaje de escamas, inmune tanto al jaguar como a la piraña, cazaba tanto por las orillas llenas de vegetación como por los lóbregos abismos, atrapando monos araña que gritaban desde las ramas y deleitándose con los enormes peces que se deslizaban por las sulfurosas profundidades de la laguna. Incluso rememora esa vida de aislamiento con melancólica pesadumbre. Lo que le había parecido soledad —nunca había conocido a otro de su especie— ahora le parece autonomía; cuando el barco que anunciaba su expulsión del paraíso se adentró humeando en la laguna aquella primera vez, se había acercado a él con una curiosidad que ahora le parece locura. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Lecturas recomendadas XII (julio 2017)

Antes de empezar con mis recomendaciones personales, me gustaría destacar tres de las últimas novedades más destacadas dentro del género que supongo la mayoría ya conocéis. Por una parte, en abril se publicó El zoo de papel y otros relatos, primera colección de Ken Liu y flamante ganadora del premio Locus. Por otra, en mayo nos llegó Luna: Luna de lobos, la segunda entrega de la trilogía de Ian McDonald. Y también en mayo pudimos disfrutar de Dark Fantasies, la nueva y esperada antología editada por Mariano Villarreal, centrada en esta ocasión en obras de fantasía oscura como su propio título indica.

Y en cuanto a mis lecturas del último trimestre, vamos allá con las más destacadas:

. Academic Exercises (Subterranean Press), Mightier Than The Sword (Subterranean Press) y Priest’s Hole (incluido en Five Stories High, Rebellion Publishing), de K. J. Parker: Por si a alguien todavía no le ha quedado claro tras ver que no es una sino que son tres las obras que recomiendo de este escritor, diré que K. J. Parker es probablemente el autor que más me ha hecho disfrutar durante estos últimos meses. A la lectura  (en la mayor parte de los casos relectura) de algunos de sus mejores relatos, novelas cortas y ensayos históricos (estos últimos tan amenos y recomendables como su ficción), gracias a la imprescindible colección Academic Exercises, se le ha sumado la de sus dos últimas novelas cortas, Mightier Than The Sword y Priest’s Hole, que demuestran que Parker sigue en plena forma escribiendo obras amenas, inteligentes y muy divertidas, que, aunque en ocasiones pueden parecer bastante ligeras, están salpicadas de incisivas reflexiones sobre la política, el poder, la religión y otros muchos temas igualmente serios. Crucemos los dedos para que alguna editorial española le eche el ojo.

. Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, de Álvaro Cunqueiro (Destino): Una de mis obras favoritas de este gran fabulador gallego, a la que los años y las relecturas le sientan estupendamente. Con su habitual prosa elaborada y rica, Cunqueiro nos narra el día a día de un Sinbad ya retirado dada su avanzada edad, que entretiene el tiempo narrando sus viajes y sueña con contratar una nueva tripulación con la que lanzarse al mar a correr nuevas aventuras. Al igual que en otras obras de este autor, la novela viene acompañada de unos apéndices, que incluyen el habitual índice onomástico de los personajes mencionados en la historia y una plática de Sinbad sobre mares arábigos con más literatura y sentido de la maravilla en sus seis páginas que muchos libros con cientos. Si ya conocéis a este autor, ya sabéis qué podéis esperar de esta novela, puesto que es 100 % cunqueriana. Y si no lo conocéis, es una opción estupenda para empezar a descubrirlo.

. The White Hands And Other Weird Tales, de Mark Samuels (Tartarus Press): Esta es la primera colección de relatos que publicó allá por 2004 este escritor inglés, y con la que consiguió ser finalista del British Fantasy Awards. En ella se incluyen nueve cuentos en los que nos encontramos personajes obsesionados con escritores, una siniestra exhibición de maniquíes, una partida de ajedrez contra un misterioso oponente, libros con poderes misteriosos, una empresa de lo más kafkiana… Un libro que se lee en un suspiro, en parte por su brevedad y en parte porque estos cuentos resultan ser una lectura inquietante y al mismo tiempo muy disfrutable. Si leéis en inglés, tomad nota de este título y de este interesante autor. Y si no es vuestro caso, uno de sus relatos (no incluido en este volumen) está traducido en Sui Generis: una recopilación weird (Fata Libelli).

. Negra espalda del tiempo, de Javier Marías (Alfaguara): Un libro que, tal como dice el propio autor/narrador en el mismo, no responde a ningún plan ni se rige por ninguna brújula, ni tiene por qué formar un sentido ni constituir un argumento o trama, ni tan siquiera componer una historia con su principio y su espera y su silencio final. Así es, dado que esta obra no es una novela, ni un ensayo, sino tan solo un texto en el que Marías habla y divaga sobre asuntos diversos: las reacciones de sus antiguos compañeros de la universidad de Oxford ante la publicación de su novela Todas las almas; la figura de su madre y de un hermano fallecido antes de que él naciese; o las biografías de algunos escritores bastante desconocidos, que aunque no lo parezcan no son ficticios sino reales, como John Gawsworth, el primer rey de la isla de Redonda, reino del que actualmente Marías es monarca. Un libro inclasificable, ameno, escrito con la habitual prosa exquisita de este autor, y bastante más adictivo que muchísimas novelas.

. The Bleeding Horse And Other Ghosts Stories, de Brian J. Showers (Mercier Press): Lo que podría ser otro libro de cuentos más o menos tradicionales de fantasmas se convierte en algo especial gracias a la habilidad del autor (estadounidense, aunque afincado en Irlanda desde hace años) para hacer que estos relatos fruto de su imaginación parezcan historias de fantasmas que realmente han sucedido y se narran en el barrio de Rathmines (Dublín). Mezclando hechos reales y ficticios; incorporando datos y documentos históricos tanto verídicos como inventados; relacionando lugares, sucesos y personajes de las distintas historias, Brian consigue que en muchos momentos no sepamos si lo que estamos leyendo es realidad o ficción. Y que tampoco nos importe.

. Tainaron, de Leena Krohn (Cheeky Frawg Books / Nórdica): Decidí leer esta novela corta de esta autora finlandesa tras ver que tanto Jeffrey Ford como Jeff VanderMeer la recomendaban; de hecho, este último la ha publicado en su editorial, e incluso la envió de manera gratuita a todo aquel que mostró interés por la misma. Esta obra de difícil clasificación está compuesta por las cartas que escribe un anónimo narrador durante su estancia en Tainaron, una ciudad habitada por insectos, cuyos habitantes comparten un estilo de vida que de forma global guarda muchas similitudes con el humano, pero que tiene múltiples peculiaridades dada su condición. A través de estas misivas, llenas de imágenes fascinantes, bellas y evocadoras, iremos descubriendo ese mundo, sus costumbres y a algunos de sus habitantes. Un libro extraño, sin hilo argumental, pero francamente original, distinto y curioso. Así que me uno a la recomendación de Ford y VanderMeer. Yo lo he leído en inglés, pero también está publicado en español.

. Telling the Maps, de Christopher Rowe (Small Beer Press): Terminamos con más ficción breve, en este caso de un autor norteamericano residente en Kentucky. La mayoría de los cuentos de esta colección, y en general los que más me han gustado, se encuadran dentro de la ciencia ficción; en varios casos la acción transcurre en Kentucky, y varios son distopías con tintes religiosos. El volumen incluye el multinominado The Voluntary State, cuya lectura se me hizo un poco ardua ya que la información a asimilar para entender esa sociedad distópica es tal vez excesiva para la longitud del relato. Sin embargo, The Border State, novela corta de carreras ciclistas que transcurre en ese mismo mundo, ya no tiene ese problema gracias a su mayor extensión (ocupa la segunda mitad del volumen) y a que llegamos a ella tras haber leído el relato anterior, lo que me permitió disfrutarla mucho más. Si os apetece descubrir a un autor no demasiado conocido por aquí, este libro es una buena opción.

Y una última recomendación, en este caso cinematográfica. Id viendo o refrescando ese clásico de la serie B que es La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), dirigida por Jack Arnold en 1954. ¿Por qué? La respuesta la tendréis dentro de unos días en este mismo blog. 😉

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El peso de las palabras, de Jeffrey Ford

Jeffrey Ford es un escritor al que ya conoceréis la mayoría de vosotros, y no solo porque a lo largo de su dilatada carrera ha publicado numerosas novelas e infinidad de relatos con los que ha conseguido varios de los galardones más destacados del género, sino porque su Radiante mañana fue una de las primeras obras aparecidas en Cuentos para Algernon. Dado que este cuento tuvo una muy buena acogida por vuestra parte y además Jeffrey tiene un montón de relatos que yo sería feliz de poder tener por aquí, he pensado que ya era hora de que repitiera en el blog.

El peso de las palabras (The Weight of Words) se publicó en 2002 dentro de la antología Leviathan Three, editada por Jeff VanderMeer y Forrest Aguirre, tal como el propio autor explica en la nota que acompaña al cuento, que podéis (y debéis) leer a modo de epílogo. Estuvo nominado al premio World Fantasy Awards de 2003 (que perdió frente a Creation, otro cuento también escrito por él), y la antología no solo fue finalista de este mismo premio sino que además lo ganó en su categoría. Algunos años después, el relato se incluiría en The Empire of Ice Cream, la segunda de las cinco colecciones publicadas por Jeffrey hasta el momento.

Como se trata de un texto bastante extenso, creo que lo mejor es que no me alargue más en la presentación y que pasemos ya al mismo. Tan solo un aviso, tras varias horas de arduos cálculos, en esta ocasión he considerado oportuno cambiar la fuente que habitualmente utilizo en los textos. 😉

Y, por supuesto, mi enorme agradecimiento para Jeffrey Ford, que no solo escribe cuentos tan estupendos como este (y como Radiante mañana), sino que en todo momento se ha mostrado amabilísimo conmigo y de lo más receptivo y complaciente ante mis peticiones. Thanks a million, Jeffrey!

ACTUALIZACION I: Gracias una vez más a la colaboración de Johan y Jean, ya podéis disfrutar de este estupendo relato en vuestro lector electrónico (formatos EPUB, FB2 y MOBI). Descargadlo pinchando aquí.

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El peso de las palabras

Jeffrey Ford

I

En el otoño de 1957, cuando no tenía más de treinta años, salía casi todas las noches de la semana. No era tanto que buscase pasar un buen rato como escapar de uno malo. La que había sido mi esposa durante cinco años me había dejado hacía poco para largarse con un hombre más atractivo, rico y dinámico que yo; y aunque ella había mantenido una aventura a mis espaldas durante una buena temporada, y cuando se marchó me dejó bien claro que yo era un timorato, todavía continuaba amándola. Las noches de lectura apacible siempre habían sido una fuente de placer para mí; sin embargo, tras nuestra separación, la mera idea de sentarme tranquilamente, en soledad, con las páginas de un libro y mis desbordantes emociones por única compañía, me resultaba insoportable. Así que noche tras noche me ponía el abrigo y el sombrero, salía de mi piso y me dirigía al centro del pueblo, al cine, donde me sentaba en la oscuridad y mantenía mi propia y melancólica aventura con cualquier Katharine Hepburn cuya película se proyectara esa noche en el Ritz. Cuando la que aparecía en la marquesina era la Monroe o la Bacall, o alguna otra estrella menos típicamente virtuosa, a veces, en lugar de entrar me iba a cenar algo a alguna cafetería o a escuchar una conferencia en el centro cultural. El ciclo de conferencias no era, por decirlo con delicadeza, nada del otro mundo; pero en la sala había una iluminación brillante y por lo general estaban presentes unas cuantas almas solitarias como yo, ya fuera tomando notas o echando una cabezadita; y la continua verborrea del orador interfería en mis recuerdos y silenciosas recriminaciones. Y no solo eso, sino que ya había aprendido unas cuantas cosas sobre La Revolución Rusa, El cuidado de los rosales y La poesía de John Keats. Fue en una de estas charlas cuando conocí a Albert Secmatte, anunciado como «químico del lenguaje impreso».

Habida cuenta del título tan soso de su conferencia, «El peso de las palabras», yo no esperaba gran cosa de Secmatte, tan solo que hablara sin parar durante una o dos horas, me llevase a un estado de modorra al borde del sueño y me mantuviera en él. Antes de empezar se situó ante el atril (con una pantalla blanca detrás y un proyector de transparencias a su lado), y durante unos instantes sonrió y asintió con la cabeza sin motivo aparente; era un hombre menudo, con el cabello oscuro peinado hacia atrás. El traje negro y un tanto demasiado holgado habría podido hacerle parecer el subalterno de alguna funeraria, pero este efecto quedaba mitigado por su sonrisa hueca y las gafas de culo de vaso y montura cuadrada, que anulaban cualquier otra especulación sobre él salvo la de que, al menos en cierta medida, estaba loco. El resto del público, compuesto por una docena de personas, bostezó y se frotó los ojos, preparándose para recibir la sabiduría del orador con miradas en las que ya se percibía cómo su determinación empezaba a flaquear. La monótona voz de Secmatte no solo resultó ser tan embrujadora como un metrónomo, sino que además era aguda y débil, casi infantil. Su charla versaba sobre las palabras, y su comienzo fue tan prometedor como el de una de esas clases de secundaria que garantizan acabar con la fascinación que pudiese sentir cualquier muchacho por el lenguaje.

Me desperté de mi sopor inicial a los veinte minutos de conferencia, cuando el anciano que tenía a tres asientos se levantó para marcharse y tuve que salir al pasillo para dejarle pasar. Tras recuperar mi lugar e intentar de nuevo alcanzar ese estado de aletargada placidez objetivo de mi asistencia al acto, escuché por casualidad unas pocas frases de la charla de Secmatte que por el motivo que fuera despertaron mi interés.

«Las palabras impresas son como los elementos químicos de la tabla periódica —estaba diciendo—. Interactúan entre sí, influyen unas sobre otras mediante una especie de fuerza de gravedad que actúa entre las partículas en ese tubo de ensayo que es una frase. La proximidad de dos palabras puede ocasionar bien la apropiación bien la combinación de partículas básicas con carga connotante y gramatical, por así decir, y la formación de un compuesto de entidad y significado desconocido con anterioridad al momento en que quien escribe inició el proceso que desencadenó la reacción.»

Esta afirmación era a un mismo tiempo desconcertante y fascinante. Me incorporé en mi asiento y escuché con más atención. Por lo que pude deducir, Secmatte aseguraba que a las palabras impresas les correspondían, en función de su longitud, componentes fonéticos y estructura silábica, unos valores fijos calculables por métodos matemáticos. Las cifras así obtenidas correspondientes a sus características representativas podían ser analizadas con relación a la ubicación y proximidad de los distintos vocablos en el contexto de la frase; y un investigador competente en la materia podía entonces deducir la eficacia e influencia de la presencia de las distintas palabras. Lo que me pareció que estaba dando a entender me llevó a ajustar mi evaluación inicial del grado de su locura. Sacudí la cabeza, porque ahí teníamos un lunático con todas las de la ley. Pero era una chaladura demasiado alucinante para que la pasara por alto y retomase mi trance. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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¡¡¡Cuádruple nominación para Cuentos para Algernon en los Ignotus 2017!!!

Aunque sé perfectamente que los premios solo tienen una importancia relativa, confieso que una de las mayores satisfacciones que me ha dado este blog a lo largo de sus cuatro años y medio de vida ha sido la posibilidad de escribir año tras año una entrada parecida a esta. Porque ayer se hicieron públicas las nominaciones a los premios Ignotus 2017, que convoca y concede la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, y por quinta vez consecutiva Cuentos para Algernon está presente entre los finalistas de varias categorías.

A la alegría de la quinta nominación para el propio blog como mejor sitio web (y en la estupenda compañía de Fantífica, La nave invisible, La tercera fundación y Sense of Wonder, enhorabuena a todos ellos), se une este año la de que dos de los cuentos publicados en el blog son finalistas por méritos propios como mejor relato extranjero. Se trata de El aria de la reina de la noche, de Ian McDonald, y Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies, de Ken Liu. Así que una enhorabuena muy especial para Ian y para Ken, y en el caso de este último por partida doble, dado que su novela La gracia de los reyes también está nominada.

En la categoría de mejor relato extranjero nos acompañan La reina pescadora, de Alyssa Wong (enhorabuena, Alyssa y Fantífica), y otros dos cuentos que quiero destacar especialmente, Fotos de gatitos, por favor, de Naomi Kritzer, y Siete maravillas de un mundo pasado y futuro, de Caroline M. Yoachim, ambos publicados en la revista Supersonic, y ambos traducidos por mí. Así que mis felicitaciones para Naomi y Caroline; y para Cristina Jurado, editora de Supersonic (y mi genio de la lámpara, como ya contaba por aquí), no solo mis felicitaciones sino también mi enorme agradecimiento por todos los estupendos relatos que me está permitiendo traducir para su publicación, que acumula varias nominaciones más, así que enhorabuena por todas ellas. Si cuando decidí comenzar con el blog (a la vista de que ninguna editorial estaba interesada en mis labores como traductora) alguien me hubiese pronosticado que cuatro de los cinco cuentos nominados como mejor relato extranjero en una edición de los Ignotus iban a estar traducidos por mí, le hubiese dicho que estaba loco de atar.

Vaya también mi enhorabuena y agradecimiento para el resto de los autores cuyos textos se incluyen en Cuentos para Algernon: Año IV, puesto que el volumen también tiene el honor de figurar entre los finalistas en la categoría de mejor antología, y si está ahí es gracias a todos y cada uno de ellos. Y también para aquellos autores cuyos cuentos he publicado en el blog en 2016 pero que no están incluidos en la antología. Una vez más os recuerdo que todos ellos (o los titulares/responsables de los derechos de autor) han cedido estas obras sin obtener ningún tipo de contraprestación económica. So, thanks and congratulations to Ken, Maureen, Kris, Ian, Eileen, Jeff, Rhys, Ursula, Seth, Ekaterina, Hannu, Theodora, Gene and Tim!

Yo interpreto estas nominaciones como un mensaje por vuestra parte de que el trabajo de selección y traducción que hago os continúa interesando, y que por lo tanto el considerable esfuerzo y tiempo que invierto en este blog sigue teniendo un sentido, lo que para mí es fundamental. Y, como siempre digo, confío en que estas nominaciones sirvan para dar mayor visibilidad a Cuentos para Algernon, y que para que quienes todavía creen que precio y calidad siempre van de la mano se den cuenta de que eso no es así y se animen a dar una oportunidad a estos cuentos y antologías gratuitos publicados por una simple aficionada. Si no creyera sinceramente que estas obras y autores lo merecen, hace tiempo que hubiese echado el cierre. Además, confío en que la cuadruple nominación también contribuya a que los autores a los que pueda solicitar cuentos en un futuro estén más dispuestos a ceder sus obras al tener la garantía de que alguien las va a leer y disfrutar, lo que creo que nos beneficia a todos. 😉

Ya por último, muchísimas gracias a todos los que nos habéis votado, y también a todos los que apoyáis al blog de cualquier manera (mención especial para mis colaboradores habituales, Johan Solo y Jean Mallart). Y por supuesto, enhorabuena a todos los demás finalistas en esta edición de los Ignotus. ¡Que gane el mejor!

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