Cese y desistimiento, de Tyler Young – Especial ultracortos XIII

Tyler Young es un abogado estadounidense que empezó a escribir relatos de ficción especulativa en 2015. Desde entonces ha publicado alrededor de una decena de cuentos, que han aparecido en diversas antologías y revistas del género (Gamut, Nature, Daily Science Fiction…).

Cese y desistimiento (Cease and Desist) se publicó en 2017 en la revista científica Nature. Se trata de un cuento de ciencia ficción encuadrable en el subgénero legal-humorístico, pero que con sus menos de mil palabras va más allá de ser un mero chiste.

En esta ocasión mi agradecimiento es doble. En primer lugar, muchísimas gracias a Antonio Díaz (@mertonio), otro abogado cuyas sugerencias han conseguido que este texto parezca escrito por un auténtico profesional de las leyes, en lugar de por una profana tratando de emular a uno. Y, en segundo, gracias también a Tyler Young, por supuesto, por permitirme incluir su cuento en este especial ultracortos. Thanks a million, Tyler!

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Cese y desistimiento

Nuestra palabra es su garantía

Tyler Young

Estimada Humanidad:

Me dirijo a ustedes en nombre de Apogeo S. de R. L., abogados litigantes de la nube de materia oscura conocida como X-o4 en posesión de la Patente Galáctica núm. 40 419 513 934 343 (en adelante, «la Patente»). La Patente, copia adjunta presente, describe el concepto de autoensamblaje basado en enlaces de hidrógeno en organismos vivos. Tribunales a lo largo y ancho de la galaxia han reiterado la validez de patentes de funciones biológicas. Véase, por ejemplo, Fondo de Inversiones II de Alfa Centauri contra Mente Colmena Interestelar. Por consiguiente, todo uso de la técnica de autoensamblado basado en hidrógeno por parte de cualquier organismo vivo se ve afectada por los derechos exclusivos que sobre la misma posee X-o4.

En el día de ayer (de acuerdo con calendario no estándar basado en el Sol utilizado por ustedes), X-o4 se enteró de la existencia de la humanidad. Huelga decir que todos los miembros de su especie utilizan enlaces de hidrógeno en el ensamblaje de su ADN. Por lo tanto, en todo momento, su especie está cometiendo de manera colectiva doce mil millones de violaciones individuales de la patente de X-o4 (en adelante, «la Actividad Infractora»). Cada perpetración de la Actividad Infractora causa un menoscabo incalculable e irreparable a la propiedad intelectual de nuestro cliente. Por este motivo, y en representación suya, requerimos por la presente que la humanidad cese con carácter inmediato en el uso de la técnica objeto de la Patente.

Es posible que ya estén al tanto de que nuestra firma ha presentado con éxito demandas contra numerosas especies por vulneración de derechos de propiedad intelectual, en representación de una amplia variedad de titulares de los mismos, empresas de Fisión500® incluidas. Hemos escuchado (y refutado) todos los argumentos que probablemente presenten contra el ejercicio por parte de X-o4 de su legítimo derecho a controlar el uso del procedimiento objeto de la Patente. Con el objetivo de facilitar que este asunto se resuelva de manera ágil y económica, procedemos a continuación a rebatir por anticipado sus alegaciones; no obstante, nos reservamos el derecho a responder con mayor detalle y a citar otras fuentes en el supuesto de que este asunto alcance instancias judiciales.

En primer lugar, consideramos que el procedimiento objeto de la Patente no es «obvio», de acuerdo con la definición de 25 G.S.C. § 2456 A) 2) b) i). Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo de las formas de vida conocidas hemos confirmado que solo aquellas propias de la Tierra utilizan este sofisticado y valioso método. Entre paréntesis, somos conscientes de que los hemófagos de la galaxia de Andrómeda presentan una asombrosa semejanza con los humanos, pero la biología subyacente difiere en esencia de la humana y del asunto objeto de la Patente.

En segundo, la humanidad no puede alegar que X-o4 no haya actuado con prontitud a la hora de ejercitar sus derechos. Tal como ya se ha indicado anteriormente, esta carta fue enviada cuando aún no habían transcurrido veinticuatro horas terrestres desde el momento en que X-o4 tuvo conocimiento de la Actividad Infractora. A saber, X-o4 se enteró de la existencia de la humanidad viendo un documental sobre vida salvaje: Las extrañas criaturas de la Vía Láctea; los registros de Galcast de la actividad de X-o4 confirmarán la cronología de hitos del visionado de este programa por parte de X-o4. Plazos similares han sido considerados razonables y pertinentes incluso en el caso de criaturas dotadas de capacidades para la alteración temporal de las que X-o4 carece.

En tercero, el hecho de que X-o4 no haya inventado sino adquirido esta tecnología es irrelevante. Desde tiempos inmemoriales ha quedado establecido que las patentes, al igual que otras propiedades, pueden ser enajenadas y transferidas con total libertad. Tampoco supone un impedimento excluyente que nuestro cliente comprara la Patente tras descubrir la existencia de la humanidad. De igual modo no viene al caso el precio pagado por ella (6,53 USD). Los únicos hechos que importan son estos: (1) X-o4 está en posesión de la Patente, y (2) la existencia de la humanidad viola la Patente.

En resumen, X-o4 puede conseguir, y así lo hará de resultar necesario, un mandamiento judicial exigiendo a la humanidad que cese toda Actividad Infractora. No obstante, nuestro cliente comprende la situación tan complicada en la que se encuentra la humanidad. X-o4 es una nube financiera flexible y estaría encantada de encontrar una solución al problema beneficiosa para ambas partes; de ahí que esté dispuesta a otorgar a la humanidad una licencia permanente de la Patente a cambio del 50 % de su producto interior bruto (pagadera obligatoriamente en criptoducados). Si la humanidad está de acuerdo con esta propuesta, le pedimos que, con objeto de minimizar cualquier otra Actividad Infractora, recurra a la suspensión criogénica mientras los abogados humanos ultiman los detalles del contrato de licencia. En caso de que la humanidad no disponga todavía de tecnología criogénica se la podemos proporcionar por una módica suma.

Suponemos que la humanidad y el resto de formas de vida propias de la Tierra optarán por la representación conjunta. De no ser el caso, rogamos nos lo notifiquen con carácter inmediato para que procedamos a enviar comunicaciones similares al resto de criaturas terrestres.

Les saluda muy atentamente.

V. J. Glorbton

P.D.: La Patente cubre todos los isótopos del hidrógeno, de modo que cualquier intento de soslayar nuestros derechos mediante deuteración de su especie será infructuoso.

 

Copyright © 2017 Tyler Young

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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Amarillo muerto, de Tanith Lee – Especial ultracortos XII

Tanith Lee es una prolífica autora inglesa que, hasta su fallecimiento en 2015, publicó docenas de novelas y cientos de relatos, muchos de ellos compilados en sus cerca de treinta colecciones. Aunque su obra se encuadra principalmente dentro de la ciencia ficción, fantasía y terror, a lo largo de sus más de cuarenta años como escritora también tocó otros géneros, como la poesía y la literatura histórica e infantil. Gracias a esta vasta obra consiguió ganar varios premios Mundiales de Fantasía y estar nominada a la mayoría de los galardones más destacados del género. Si bien es cierto que un puñado de sus novelas y relatos se han traducido al español, esto fue hace ya bastantes años (alrededor de 1990, mayormente), y tal vez hoy en día esté un tanto olvidada por aquí. Así que espero que aprovechéis la oportunidad de poder disfrutar de esta breve muestra de su extensa obra.

Amarillo muerto (Dead Yellow) se publicó en 2008 en la prestigiosa revista científica Nature. Posteriormente fue incluido en Space Is Just a Starry Night (Aqueduct Press), una de las colecciones de relatos de la autora. Son menos de mil palabras, así que lo mejor es que no diga nada más y que paséis directamente a leerlo. Eso sí, no sin antes darle las gracias a John Kaiine, sin cuya generosidad este cuento no estaría aquí. Thanks, John!

ACTUALIZACION I: Ya tenéis disponibles aquí los formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) del cuento. Muchas gracias como de costumbre a Jean y Johan por su amable colaboración.

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Amarillo muerto

Tanith Lee

Este fue mi vestido de boda. En su momento, mi elección de color provocó los comentarios de la gente, pero con el pelo como lo tenía entonces quedaba bien. Me acuerdo de que había narcisos en flor, pero no te voy a enseñar las fotografías. Ahora ya, ¿para qué?

¿Que cuándo empezó? Oficialmente en 2036, pero antes los periódicos ya llevaban años informando de curiosas anomalías. Y la gente, percatándose de cosas. Al principio pensaban que eran ellos los que tenían algún problema y se asustaban, de ahí que haya tantos casos registrados en expedientes médicos.

¿Y yo? Bueno, creo que la primera vez que de verdad reparé en ello fue aquel día cuando estábamos paseando por el parque, algo que por entonces hacíamos bastante. Era un bonito parque, con árboles abundantes y zonas agrestes. Pero entonces oí a un niño —¿a que es curioso cómo los niños siempre hacen las preguntas más terribles?—, a un niño que le decía interpelando a un adulto, «¿Por qué todos los árboles se están volviendo marrones?». Y estábamos a finales de mayo, ¿te das cuenta?, en un verano temprano, hojas brotando por doquier, la hierba crecida y todo frondoso. ¿Que qué respondió el adulto? No me acuerdo. Pero cuando continuamos caminando, la venda, como se suele decir, se me cayó de los ojos. Ojalá no hubiera sido así. Yo también empecé a verlo.

No era como hoy en día. Entonces solo estaba empezando a imponerse, el… ¿cómo lo llamaron?… el «Fenómeno».

Era casi como mirar a través de un filtro fotográfico. Salvo porque, lógicamente, este filtro no lo cambiaba todo por completo, como hubiera sido lo normal.

Ninguno de los dos dijo nada al otro. Aunque yo me di cuenta de que él, mi marido, también había empezado a verlo en esos momentos. Continuamos charlando y bromeando, incluso paramos a tomarnos un café y un dónut en la cafetería del parque. Pero una sombra inquietante nos iba envolviendo. Y un silencio.

Durante varias semanas no hicimos comentario alguno sobre el asunto. Una noche estábamos preparando la cena y —lo recuerdo con toda claridad— de pronto él se quedó mirando la encimera y preguntó:

—¿De qué color dirías que es ese pimiento?

—Naranja o así, supongo; es un pimiento naranja— respondí yo

—No, es un pimiento marrón —dijo él—. Y la lechuga, esa es una lechuga marrón claro, solo los bordes son… azul claro.

De pronto nos habíamos convertido en dos estatuas, mientras en la cocina el agua bullía con total despreocupación. Y entonces él dijo:

—Hoy un compañero del trabajo ha ido a su revisión oftalmológica. Me había comentado que temía estar quedándose ciego. Pero su problema no está provocado por ningún defecto en la visión. Al parecer el oculista le ha dicho que es algo que se está generalizando.

Y entonces, como obligados a ello, miramos alrededor, a todas y cada una de las cosas: a las cortinas marrones que habían sido de un verde intenso; y a los árboles verdes que eran del color del fango, sí, incluso bajo esa luz crepuscular, más allá de las ventanas, donde al cielo azul le pasaba algo y el poniente era de un muy sombrío rojo oscurísimo. En la botella de vidrio transparente, el vino blanco brillaba incoloro, como el agua, pero la mostaza del frasco era barro. Y en mi mano, la alianza de oro había metamorfoseado en el metal sin brillo de un penique antiguo y deslustrado.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—Sabe Dios —dijo él.

Pero no creo que Dios, si es que existe, tampoco lo sepa. No más que el resto de nosotros.

Ahora ya todos lo comprendemos, o supongo que la mayoría deberíamos comprenderlo. Al fin y al cabo, se trata de un fenómeno mundial. Apenas nadie habla de ello. Aparte de los muy jóvenes, como tú, que no lo visteis suceder. Ha traído consigo montones de cambios de imagen, casas redecoradas, ropa nueva… bueno para los negocios, por lo tanto. Incluso yo me decoloré mi pelo rubio dorado para dejarlo totalmente blanco. Mejor que ese tono como de agua estancada que había pasado a tener (como mi vestido de boda, ya ves). Y si bien nadie quiere lechugas o repollos azules, marrones y negros; huevos con el centro color café; ni melocotones y albaricoques marronáceos con pinta de estar pudriéndose a pesar de estar recién cogidos, todavía quedan alimentos que se pueden comer. Manzanas y tomates que se asemejan a una vieja herida, dónuts que parecen excrementos. La industria de la joyería se resintió. ¿Quién compra ahora un topacio? Una esmeralda tallada del tamaño del ojo (marrón/gris) de un gato vale menos de nueve euro-dólares… menos que una botella de buen Pinot Gris (color té rancio). O de Merlot negro.

Para los animales es peor. Esos leopardos blancos que perdieron su camuflaje, los canarios marrones que dejaron de criar y se extinguieron… como ocurrió con leopardos y tigres. Y allá en lo alto, el Sol es del blanco del acero fundido o de un carmesí sucio; y las cenizas de la Luna, que a veces fraguan en una masa color sangre.

Al ser el amarillo un color primario no murió solo. Se llevó verde y naranja con él, y prácticamente todos los demás tonos perdieron matices o definición. Algo de lo más extraño. ¿Cómo podríamos haberlo imaginado jamás? Dijeron que lo provocaba algún tipo de microbio del espectro, que atacaba solo a un elemento: el color amarillo. Nada peligroso, no había que alarmarse, inocuo para nosotros. Pero… duele. No, no te voy a enseñar las fotos. También afecta a las fotografías, por supuesto. Esa chica del vestido… marrón, el vestido marrón y los narcisos… color hueso…

¿Mi marido? Por desgracia murió joven.

Gracias por la visita. Sí, ¿verdad que es una puesta de sol espectacular?

Apocalíptica, podría decirse.

 

Copyright © 2008 Tanith Lee

De la ilustración, Copyleft Pedro Belushi

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Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan, de Ian McDonald

Ian McDonald es un autor lo bastante popular para que no necesite presentación, y menos en este blog, donde hace un par de años ya tuvimos el honor de contar con uno de sus relatos, El aria de la reina de la noche. Tras la publicación en España de las dos primeras novelas de su trilogía Luna (Luna nueva y Luna de lobos), supongo que más de uno estaréis ansiosos por leer la tercera entrega, anunciada para 2019, y ¿qué mejor manera de entretener la espera que con un nuevo cuento suyo? Aunque el principal motivo por el que volvemos a tener a Ian por aquí es que El aria de la reina de la noche fue votado por vosotros como el relato favorito de la cuarta temporada del blog y, de acuerdo con las normas de la encuesta, esto me obligaba a ofreceros otro de sus cuentos.

Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan (Botanica Veneris: Thirteen Papercuts By Ida Countess Rathangan) se publicó en 2015 dentro de la antología Old Venus, ganadora del premio Locus de 2016, y  a su vez no solo quedó en sexta posición de estos mismos premios, sino que además fue finalista de los Theodore Sturgeon Memorial Award. También fue incluido en las principales recopilaciones de lo mejor de ese año (las de Jonathan Strahan, Gardner Dozois, Rich Horton, Neil Clarke y Allan Kaster), y repescado en diciembre de 2017 para su publicación online en la revista Clarkesworld.

Old Venus fue editada por George R. R. Martin y el recientemente fallecido Gardner Dozois, y era en cierta manera una continuación de Old Mars, al compartir ambas antologías la misma premisa: se trataba de ofrecer obras que recuperan el espíritu pulp y aventurero de gran parte de la ciencia ficción de la Edad de Oro del género, aunque en esta ocasión el escenario tenía que ser Venus en lugar del Marte de su predecesora. Dado que El aria de la reina de la noche era uno de los relatos incluidos en Old Mars y fue tan bien recibido entre vosotros (no solo ganó la encuesta, sino que quedó segundo en los premios Ignotus), me pareció que Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan era una muy buena opción, porque además se trata de otro relato estupendo, por el que incluso su propio autor siente una especial predilección. Si a esto le añadimos que contiene un explícito homenaje a una de las novelas que más me impresionó en mi infancia, me temo que tenía todas las papeletas para ser el escogido a pesar de su extensión (creo que es el más largo de todos los publicados en el blog). Espero que os guste.

Ya por último, quiero agradecer a Ian no solo su generosidad al cederme este segundo cuento, sino también su paciencia y amabilidad, porque de nuevo le ha tocado lidiar con mis dudas y cuestiones sobre la traducción del mismo. Thanks a million, Ian!

ACTUALIZACION I: Pinchad aquí y podréis descargar el relato en los formatos de ebook de costumbre (EPUB, FB2 y MOBI), cortesía como siempre de Johan y Jean. Dado que es un cuento bastante extenso, en esta ocasión espero que os resulten especialmente útiles.

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Botanica Veneris: Trece recortados de Ida, condesa de Rathangan

Ian McDonald

 

INTRODUCCIÓN, de MAUREEN N. GELLARD

Mi madre tenía instrucciones taxativas de que, en caso de incendio en casa, había que salvar dos cosas: el álbum de fotografías familiar y los granville-hydes. Yo crecí a la sombra de cinco recortados florales originales, ajena por completo a su historia y valor. Al igual que tantos otros en este y otros mundos, no empecé a apreciar el arte excepcional de mi tía abuela hasta alcanzar la edad adulta.

Los coleccionistas buscan con avidez los granville-hydes originales en esas escasas ocasiones en que salen a subasta. Los originales se venden por decenas de miles de libras (a Ida esto le hubiera hecho gracia); hace dos años, las entradas para una exposición en el Museo Victoria and Albert se agotaron con meses de antelación. Se han publicado y continúan estando disponibles docenas de colecciones con reproducciones de sus obras: de Botanica Veneris, en concreto, existen quince ediciones en veintitrés idiomas, no todos terranos.

Podría parecer que lo último que necesita el mundo es otra edición de Botanica Veneris. No obstante, el misterio de la decisiva (y única) visita de Ida a Venus continúa intrigando medio siglo después de su desaparición. Cuando la totalidad de sus diarios, cuadernos de bocetos y notas de campo llegaron a mis manos tras haber obrado en poder de los duques de Yoo durante cincuenta años, reparé en la oportunidad valiosísima de contar la verdadera historia de la expedición de mi tía abuela —y de un capítulo olvidado de la historia de mi familia— que se me presentaba. El material se encontraba en muy mal estado, enmohecido y deteriorado por el clima húmedo y caluroso de Venus. Había considerables fragmentos que resultaban ilegibles o faltaban sin más. La narración estaba frustrantemente incompleta. He resistido la tentación de rellenar esos huecos. Hubiera sido sencillo dramatizar, novelar e incluso otorgarle un toque de sensacionalismo; pero en lugar de eso he permitido que sea Ida Granville-Hyde quien hable. La suya es una voz fuerte, atractiva y con carácter; de una clase, época y sensibilidad distintas a las nuestras, pero es la original y es una voz genuina.

Huelga decir que los recortados hablan por sí mismos.

 

Figura 1: V strutio ambulans: planta peripatética de Ducrot, conocida en la zona como paseante diurna (thent) o florerrante (thekh).

Papel de recortar, tinta y cartulina.

 

¡Qué gran espectáculo!

Durante el almuerzo, Het Oi-Kranh comentó que estaba previsto que un aerotransbordador marciano —el En busca de la cosecha estelar— amerizase en la laguna. Yo dije que me gustaría verlo —al parecer, el amerizaje de mi propia llegada a este mundo lo pasé durmiendo—, lo que nos iba a obligar a privarnos del sorbete, ¡pero a los Mundos Interiores no se viene por los sorbetes! Het Oi-Kranh puso su coche arácnido a nuestra disposición. Poco después, la princesa Latufui y yo nos bamboleábamos en la burbuja suntuosamente tapizada bajo las seis robustas patas mecánicas que nos transportaban cuesta arriba, ascendiendo por callejones vertiginosos y escaleras serpenteantes, por encima de muros y balconadas ajardinadas, avanzando por contrafuertes y tejados, y subiendo por las antiguas escalerillas de hierro de Ledekh-Olkoi. Las islas del archipiélago son pequeñas; su población, enorme, y solo se puede construir hacia arriba. Ledekh-Olkoi se asemeja a un Monte Saint Michel mucho más extenso y tosco. Por encima de las calles se han tendido puentes y construcciones que las han convertido en una red de túneles bastante impenetrable para los forasteros. Los hets trepan sin más por encima de los hogares y vidas de las clases inferiores en sus maniobrables coches arácnidos.

Llegamos al mirador en lo alto del Starostry, el antiguo faro de Ledekh-Olkoi que antaño guio a los marineros a través de los arrecifes y atolones del archipiélago Tol. Allí nos agarramos bien —mi camarada, la princesa Latufui, tenía arcadas: vértigo, aseguraba, aunque podrían deberse a lo reciente del almuerzo—, Ledekh-Olkoi al completo a nuestros pies en una miríada de niveles y capas, como los pétalos plegados de una rosa.

—¿No necesitaríamos prismáticos? —preguntó la princesa.

¡En absoluto! Porque justo entonces, la perpetua capa de nubes grises se abrió y un rayo de luz, como una lanza rutilante, hendió los cielos. Vislumbré un objeto oscuro en descenso, y luego un borbotón mastodóntico alzándose como una docena de Niágaras. Fugaces arcoíris danzaron por el cielo; mi compañera se retorció las manos encantada —añora terriblemente el sol—, tras de lo cual las nubes se cerraron de nuevo. Círculos de olas rizaron la superficie al alejarse del casco del aerotransbordador, que tenía la línea de flotación baja, como una gran ballena, aunque este mundo alardea de fauna marina incluso más prodigiosa que las ballenas terranas. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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Telomerasa, de Ian Muneshwar – Especial ultracortos XI

Ian Muneshwar es un escritor y profesor residente en Estados Unidos, pero de raíces indo-guayanesas. Su primer cuento se publicó en Clarkesworld en 2015, y desde entonces sus relatos han seguido apareciendo en otras revistas como The Dark, Gamut y Strange Horizons, además de en diversas antologías. Y, aunque su obra no sea todavía muy extensa, es un autor muy variado que tan pronto escribe ciencia ficción o fantasía oscura, como relatos tan inclasificables como este.

Telomerasa (Telomerase) vio la luz en 2016 en An Alphabet of Embers, una antología editada por Rose Lemberg (la autora de Las siete pérdidas de Na Re), que buscó para la misma piezas muy breves que se caracterizaran por ser especialmente líricas, surrealistas o extrañas. Telomerasa encajaba perfectamente, y es sin duda mi cuento favorito del volumen. Se trata de una emotiva historia sobre la pérdida, la enfermedad y el lenguaje, que confío os sirva para descubrir y estar atentos a un autor que, aunque todavía está empezando, creo que nos puede deparar bastantes alegrías en el futuro.

Y antes de pasar al relato, tan solo me queda dar las gracias a Ian por permitirme tenerlo aquí, ya que desde que empecé a pensar en montar este especial ultracortos tuve muy claro que Telomerasa tenía que formar parte de él. Thanks a million, Ian!

ACTUALIZACION I: Ya está disponible aquí el cuento en los formatos de ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias una vez más a Johan y Jean por su colaboración.

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Telomerasa

Ian Muneshwar

Tú perdiste tu primera palabra cuando yo empecé a perder el pelo.

Trajiste una cesta de mimbre al hospital y la abriste en la sala de espera, sacaste una manta de cuadros azules que extendiste sobre nuestros regazos. Dentro de la cesta había un libro de mitos griegos y dos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, sin corteza y cortados en triángulos, tal como los solías preparar cuando los chicos eran pequeños.

Te dije que era una tontería, que no estaba allí de excursión sino porque tenía cáncer, pero tú sonreíste de oreja a oreja como si me hubieras tendido una trampa para conseguirme hacer justo ese comentario.

Ya con la aguja bajo mi piel y las náuseas arremolinándose en la boca de mi estómago, abriste el libro. Leíste las palabras de Hades con una voz sibilante y enfurecida que hizo estallar en risitas a los niños al otro lado de la sala; Zeus era un grandilocuente barítono que me recordó a ti cuando nos conocimos: rebosante de arrogante y vital confianza.

Tras las primeras historias te pusiste en pie, diciendo que tenías que ir por algo. Tus labios trataron de pronunciar la última palabra, de decirme qué era, pero no fuiste capaz de articular los sonidos. Te pedí que la deletrearas, que la escribieras, pero la palabra se había esfumado por completo, extirpada de raíz de tu memoria.

Regresaste con un té en uno de los vasos desechables del hospital. Lo señalaste y trataste de nuevo de conjurar la palabra; tus finos labios separándose, la punta de la lengua presionando sobre el paladar.

«Té. Té caliente», dije yo.

Sacudiendo la cabeza, cogiste el libro y retomaste la lectura donde la habías interrumpido.

 

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Para cuando decidí afeitarme la cabeza, ya habías descubierto la norma aplicable. «Quiero» fue la siguiente en desertar. «Sí» y «no» te abandonaron mientras estabas picando zanahorias, «arriba» y «abajo» cuando llevabas a los nietos a los columpios.

Estabas perdiendo primero las palabras más sencillas, las estabas perdiendo en el orden en el que las habías aprendido. Cuando se lo explicaste a los médicos, no pude evitar percatarme de la ironía, de lo absurdo de que tú, profesor jubilado de Semiótica y Ciencias Clásicas, te quedaras sin tus palabras. Sin embargo, ellos solo vieron un acertijo sin respuesta: no era alzhéimer ni demencia, no era apraxia ni afasia; en todas las páginas de todos sus libros no había un nombre para la manera en que tus palabras se estaban difuminando y desvaneciendo, una a una.

Cuando nos lo explicaron, asentiste educadamente con la cabeza y nos marchamos; no necesité que me dijeras nada para saber que no íbamos a volver. [No se vayan todavía, aún hay más…]

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