Escila, de Terrence Holt

Terrence Holt forma parte, junto con, por ejemplo, Chejov, Somerset Maugham e incluso otro de los autores de este blog, Anatoly Belilovsky, de esa lista de escritores que han compaginado su carrera literaria con la profesión médica, en su caso como geriatra. En su faceta de escritor ha publicado dos colecciones de relatos muy distintas, ambas inéditas en español.

La más reciente de estas colecciones, Internal Medicine: A Doctor’s Stories, está compuesta por historias inspiradas en sus experiencias como médico. Por el contrario, la obra con la debutó en 2009, In the Valley of the Kings: Stories, incluye cuentos con una temática muy distinta, aunque todos ellos comparten una exquisita prosa. Esta libro recibió alabanzas de prestigiosos escritores como Junot Díaz (el cual describe a Holt como la suma de Melville, Poe y Borges), Peter Matthiessen o Aleksandar Hemon. Como a Terrence las etiquetas tipo «ciencia ficción» no le gustan por parecerle peligrosas, me limitaré a decir que según su autor estos cuentos tratan del origen de las historias y de hacia dónde nos llevan, y de las grietas en nuestras estructuras mentales por las que el misterio se cuela en nuestras vidas.

Escila (Scylla) está incluido en In the Valley of the Kings: Stories. Es un cuento con un toque onírico, surrealista y bastante kafkiano. Según cuenta Terrence en esta entrevista, lo escribió prácticamente de un tirón en ocho horas y apenas recuerda haberlo escrito; fue casi como si el relato estuviera flotando en el ambiente y su intervención se hubiera limitado a la de ser un mero transmisor del mismo, no su autor. Es un relato extraño y un tanto distinto a los que he publicado hasta el momento, pero por eso mismo espero que os pueda interesar y gustar tanto o más que los anteriores.

Por el momento no estoy autorizada a poner a vuestra disposición formatos descargables del cuento, pero confío en estarlo próximamente. Si eso llega a ser así, avisaré vía Twitter.

Y ya solo me queda agradecer a Terrence (y también a sus agentes literarios) su amabilidad al permitirme tener hoy aquí su estupendo relato, que espero que contribuya a dar a conocer a este interesante autor entre nosotros. Thanks a million, Terrence!

Escila

Terrence Holt

cita odisea

Odisea XII 58

La travesía estaba siendo buena, con los mares en calma, los vientos y corrientes favorables y los cielos tan despejados que el lucero vespertino era visible durante el día. Por la mañana y la tarde asomaban algunas nubes bajas, rosas al alba, naranjas en poniente, que siempre se disipaban ante nosotros. Los tripulantes, libres de guardias, se colgaban de los obenques, donde eran balanceados por la pujante fuerza del oleaje; allá en lo alto, en la cofa, Teófilo, el portugués, cantaba en su lánguido idioma. Esto era en los días antes de la Ley.

El día cuadragésimo hablamos con un barco, que venía del este con una pesada carga. Su capitán nos dijo que la Ley había llegado.

«¿Qué es la Ley», le pregunté, pero empujado por la corriente el barco estaba ya fuera del alcance de mis gritos. Se asentó en el horizonte, y nunca más lo volvimos a ver. En el día sexagésimo, hablamos con un barco negro y esbelto, con un ojo pintado en la proa. Su capitán nos gritó como si estuviera loco, y al parecer lo estaba, porque los tripulantes lo habían amarrado al mástil y remaban como si los persiguiera el demonio. Nos alejamos empujados por un refrescante viento.

El día nonagésimo, con la mar en calma, hablamos con un navío monstruoso, todo hierro y humo entre el hielo. Él también nos dijo que la Ley había llegado, pero cuando preguntamos que qué era esta Ley se limitó a seguir adelante, adentrándose en la noche a toda máquina. Y el último día de nuestro viaje, cuando la punta del faro se alzó por el oeste, y luego el campanario en la colina, y llegamos a la bahía, límpida y tersa como el cristal, con la sombra de la luna cruzando sigilosamente nuestra estela, un estremecimiento sacudió el velamen como si el viento se hubiera detenido y una voz apagada que llegó de popa nos informó de que la Ley había llegado.

Desembarcamos, sin saber qué es lo que podría ser esta Ley, ni qué implicaciones podría tener para nosotros, hombres recién llegados de una prolongada travesía.

Al principio, nos pareció que nada había cambiado. La posada en el muelle estaba iluminada como siempre, el fuego seguía ardiendo en la chimenea, el humo continuaba difuminándose como de costumbre en la franja de nubes bajas, y el posadero nos brindó la misma bienvenida de otras veces. Nuestro equipaje amontonado en un rincón olía fuertemente a mar, y eso también era igual que siempre había sido, el olor a sal de repente extraño entre los olores de tierra.

Y la siguiente mañana, nos levantamos de entre los brazos de nuestras novias y esposas, y esto también fue como siempre había sido. Y les preguntamos, yo pregunté a mi esposa, que qué era esto de la Ley. Y entonces se produjo un cambio. Se le nublaron los ojos, como si estuviera esforzándose por recordar. Sus manos alisaron distraídamente una esquina de la colcha, como si en ella estuviera intentando leer esta Ley.

—¿Así que no es nada? —traté de empujarla a hablar—. ¿No es más que un cuento?

—No —respondió, con voz pausada y vacilante, perpleja ante su incapacidad de recordar—. No, no es eso.

Pero no fue capaz de recordar qué es lo que era la Ley, y yo no conseguí imaginármelo.

Todos mis tripulantes se habían dispersado. Di con el último de ellos, el contramaestre, cuando estaba esperando junto a la estación, poco después del mediodía. Cuando le pregunté, me contó que todos los hombres se habían marchado a casa.

—¿Que se han marchado a casa? —le dije—. Sus hogares están aquí… sus únicos hogares. ¿Y de qué van a hablar los marineros tierra adentro? En la mar, hablamos del hogar; pero en tierra, hablamos de la mar. Así es como ha sido siempre.

—Lo sé —dijo el contramaestre, toquiteando un cordón que llevaba al cuello—, pero eso era antes de la Ley.

Fue recorriendo con los dedos el cordón como si le irritara la piel de debajo de la barbilla. De pronto me fijé en que se había afeitado la barba. Sus dedos alcanzaron el extremo del cordón y echaron en falta el silbato que solía colgar de ahí.

Lo agarré y le grité:

—De vuelta al barco, valiente.

Pero hasta yo me daba cuenta de que mi corazón ya no estaba en ello: mi enérgico tono se perdió inútilmente en la polvorienta calle.

—Por favor, capitán…

Los ojos del contramaestre me miraron suplicantes, más por mí que por él. A nuestro alrededor, la gente clavaba la mirada en nosotros. En la soleada calle, el amarillo de mi gorro impermeable destacaba ridículamente.

En el puerto me encontré con que el barco ya no estaba.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Así que esto debía de ser lo que era la Ley, me dije, y en ese momento ya sentí la fuerza de su autoridad sobre mí. La sentí en mi dócil aquiescencia a la pérdida de mi barco, un barco con el que ni siquiera había tenido la oportunidad de hundirme. En bajamar vagué por el rompeolas, pero ni un mástil se alzaba por encima de la cristalina ensenada. Una bandada de palomas echó a volar desde el campanario y revoloteó una vez en círculo sobre el canal que llevaba hasta el mar, y supe que mi barco se había marchado por allí, y de pronto me acordé de que, en nuestras ansias por desembarcar, ninguno de nosotros se había molestado en amarrarlo. Simplemente había sido arrastrado hasta el mar. Y supe que esto también debía de ser por la Ley; no la marea, sino el olvido de nuestras obligaciones.

Nuestras antiguas obligaciones, debería decir. Hacer guardias. Estar al timón. Subir a la arboladura hiciera el tiempo que hiciera, incluso cuando el hielo en los obenques era tan afilado que nos sangraban las manos. Me refiero a la tripulación, por supuesto. Ahora bien, el vigía, que nunca nos falló, al que nunca se le había escapado ninguna tierra que divisar, ningún barco, ninguna de las curiosidades (ballenas, islas desconocidas) del mar, ¿cómo es que no nos advirtió de la llegada de la Ley?, ¿cómo es que no nos mantuvo lejos de ella?

Y ahora me encuentro con nuevas obligaciones, aquí en tierra. No soy el capitán, por supuesto. Ahora trabajo con otros hombres, mi gorro impermeable en el estante del armario del vestíbulo de nuestro hogar. Es un hogar acogedor. Mi mujer ha intentado hacer que se parezca lo más posible a un barco, algo por lo que le estoy agradecido, pero descubro, con el transcurso de las semanas, que la curiosidad de los vecinos me hace sentir cohibido. Puede que pronto sustituya los ojos de buey por ventanas normales, antes de que llegue el invierno. La luz nos vendrá bien.

Y, cómo no, mantengo correspondencia con mi antigua tripulación. Esto, creo, también tiene que ver con la Ley: me escribieron, mandándome sus nuevas direcciones. Teófilo, el portugués, escribe desde Providence, donde trabaja en un negocio de artículos textiles; los domingos sigue cantando, en un coro. Mi primer oficial se dedica ahora a los seguros, en Hartford. El cocinero no tiene trabajo, por supuesto, pero se muestra optimista.

Así que todos me escribieron. Algunos me mandaron fotos de sus hijos, que habían crecido de un modo pasmoso durante el transcurso de nuestra última travesía. Y ya hay planes para que vayan a la universidad, pequeños triunfos de la nueva generación, y también han ocurrido ya desgracias. Organizamos una colecta para Anderson, cuyo benjamín murió de unas fiebres. Esto también, lo sé, es por la Ley.

Sin embargo, lo que es esta Ley y quien la dictó, sigo sin saberlo. Trabajo todo el día en el ayuntamiento, un funcionario insignificante que registra documentos, y se podría pensar que en este lugar, rodeado por la maquinaria de la regulación, de los registros, del orden, en este lugar los mecanismos de la Ley se revelarían. Sin embargo, no es tan sencillo, y creo que también esta complejidad, también ella es por la Ley.

He investigado por mi cuenta. Los he cogido por banda en los vestíbulos marmóreos del juzgado del condado, en el aparcamiento de detrás, junto a la cárcel, desde la que alguna vez se alzan voces airadas, alguna vez se alarga una mano tatuada, y ya ha habido una ocasión en la que he reconocido el tatuaje, me he acordado de cuando esa mano manejaba un remo y he sentido una pena profundísima al verla ahora, lívida en un brazo que ha empalidecido encerrado, la mano que en el pasado remaba resueltamente, convertida en un revoloteo impotente frente a un cristal. Los he acorralado, digo, entre reunión y reunión, intentando determinar quién podría ser la Ley, quién podría saber qué cláusula de la misma decretó que mi nave se fuera a la deriva.

Y en esto, también, media la Ley. Siento cómo me divide, cómo impregna mi discurso de dudas, de salvedades. Cuando en el pasado habría bramado, «¡Basta ya! Os voy a hacer picadillo, pandilla de mangantes», y todo tipo de tonterías así de rotundas, ahora me descubro no queriendo presionar con demasiada insistencia, no queriendo revelar mi desconocimiento de la Ley, pero también haciéndome preguntas, mientras este concejal al que aferro intenta escabullírseme por aquí y por allá, buscando con los ojos, que se agitan igual que una ballena presa de convulsiones, a alguien que lo rescate; me he preguntado si él sabe, si alguien sabe, lo que está pasando. Me pregunto si estos marineros de agua dulce, que en el pasado estaban encantados de alimentarnos, emborracharnos, acostarnos y embarcarnos, de coger nuestras mercancías, nuestro pescado, nuestra grasa de ballena fundida y nuestro ámbar gris, me pregunto si ahora están tan encantados como aparentan, bajo su Ley.

Porque no puedo evitar sentir que es su Ley. Me digo a mí mismo, enfadado incluso mientras me preocupa la posibilidad de que esté yendo demasiado lejos al acorralar a estos concejales, que yo no he tenido nada que ver con esto, y entonces dudo, y me pregunto si esta Ley no habrá viajado como polizón en mi propio barco, si una rata no bajaría sigilosamente por el primero de los cabos de amarre llevando la Ley escondida en el pelaje; pero entonces me digo que también estas dudas no son más que el resultado de las maquinaciones de la Ley, un teredo adherido a la sólida madera de roble de mi corazón, aunque ya es demasiado tarde, el concejal se ha zafado, a la zaga de dos procuradores del condado. Se alejan, prometiéndome comer conmigo la próxima semana cuando ya tenga escrito el sumario, y me dejan con un cuello almidonado de papel en las manos, y ni un paso más cerca de saber cómo podría recuperar mi bajel.

Y esto, lo sé, no es la Ley: quiero recuperar mi barco. Sueño con él por la noche, sueño que me he despertado, que he corrido las cortinas a la luz de la luna, he levantado la hoja de la ventana de guillotina y allí, desde el piso de arriba de mi acogedor hogar, que sigue teniendo vistas a la bahía, bahía que sigue siendo tersa como el cristal, allí a la luz de la luna mi bajel avanza majestuosamente dejando atrás el rompeolas, y allí en el embarcadero está reunida mi tripulación al completo, los vecinos del lugar, tanto ancianos como esposas y novias, posaderos y comerciantes, todos despidiéndose con la mano, todos llorando, todos jubilosos de vernos partir, y nosotros, jubilosos, corpulentos, absortos en nuestro trabajo, subiendo y bajando por los flechastes, zarpando con la marea. Y al final del canal, mientras se levanta un viento favorable de popa, con nuestra estela empezando a bullir, la embarcación del capitán del puerto se agita contra nuestro costado, y el piloto, que está subiendo a bordo, alarga su mano para estrechar la mía. Su apretón es fuerte y tira de mí hacia él, y juntos caemos, no a la embarcación del capitán del puerto sino a las aguas profundas y frías, y me despierto, me he destapado y apartado la colcha a un lado, y yazgo titiritando cubierto de un sudor que se ha enfriado sobre mi piel, sintiendo frío por la brisa que entra por la ventana abierta, la ventana que, cuando me levanto para cerrarla, veo que no tiene vistas a puerto alguno, sino únicamente al patio de la casa de mi vecino, en cuyo tejado gira una veleta con forma de ballena, quejándose taciturnamente a la luna. Y también reconozco en esto los manejos de la Ley.

He aprendido a reconocerla. Donde más claramente se distingue es en el perfil de las colinas que hay al oeste, en la quebrada que tienen por la que, en estas tardes de diciembre, se pone el sol. No estaban ahí, esas colinas, cuando partimos para nuestra última travesía. Sin embargo, no es en su existencia en la que reconozco la función más evidente de la Ley, no en el hecho de que estén tanto como en el efecto que producen. Cómo atrapan la mirada, cómo bloquean el horizonte que en el pasado yacía tan nítidamente llano que no había duda de que el mundo era redondo; el sol, un imponente navío al que la distancia iba haciendo desaparecer por el horizonte, y todo el globo, un océano. Ahora, estas colinas proporcionan más peso, y una ventaja injusta, a la tierra, e incluso el sol parece hundirse por debajo de ella. Es en esto en lo que percibo más claramente la mano de la Ley, en esto y en cómo he empezado a mirar hacia el oeste, el mar ahora casi siempre a mis espaldas, casi como si me hubiera olvidado de que está ahí. Aparto la vista de él, miro tierra adentro, hacia donde mi tripulación se ha marchado, y me pregunto cuándo seguiré sus pasos.

Conozco las historias. Por supuesto que conozco las tradiciones, las herramientas que debería llevar, las preguntas a las que debería esperar. Cuándo debería plantar el remo. Con suerte, si la tierra fuese fértil, tal vez el remo retoñaría. Bien sabe Dios que cualquier remo que encuentre en esta ciudad estará lo suficientemente verde.

Sin embargo, me resisto, dividido en mi interior, y siento en esa división la mano de la Ley. Las luces fluorescentes en mi despacho, el suave murmullo del aparato de televisión en casa, mis hijos que día tras día me asombran al irse convirtiendo cada vez más en unos desconocidos, las voces se vuelven más ásperas, los rostros se alargan, hasta que me parece haber vuelto por error al hogar equivocado, y que en algún lugar de esta hilera de casas me está esperando mi vida, mi esposa preguntándose qué es lo que puede estar reteniéndome; todo esto, lo sé, es la Ley.

Solo, me digo a mí mismo, solo en este cuestionamiento, solo en mi duda de si estos niños cambiantes pueden ser mis propios hijos, solo en mi convicción de que mi vida se encuentra en otro lugar, en el sueño del regreso de mi bajel; solo ahí, me digo, y en esta historia os lo digo a vosotros, confiando en que comprendáis, solo ahí mantengo a la Ley a raya.

Pero es duro. Siento cómo se debilita mi determinación, cómo mis miembros se van quedando sin fuerzas bajo el peso de la Ley. De hecho, he envejecido aquí, en tierra. Año tras año, por Navidad, las tarjetas de felicitación van siendo menos. Anderson murió el año pasado, sucumbió a la maldición que parece haber perseguido a su familia, una maldición que todos sabemos que es obra de la Ley; ahora bien, por qué le ha afectado a él con más fuerza que a los demás, no lo sé. Los años han pasado tan rápidamente como cualquier sueño, mis hijos son para mí unos completos extraños, voces al teléfono. Hay resentimientos entre nosotros, viejos rencores que ya ni consigo recordar, y estos, también, son resultado de los manejos de la Ley.

Solo mi mujer resiste; solo en ella siento que el tiempo y la Ley pudieran tener sus excepciones. De nuestros cuerpos, por supuesto, la Ley es dueña por completo. Flamean bajo un viento que amaina. Resoplamos mientras subimos la colina camino de nuestro hogar, y el piso de arriba está clausurado, frío en invierno, con un extraño y ligero olor a sal, como si mi viejo equipo de marinero se estuviera enmoheciendo en algún armario olvidado. A nuestro alrededor todo sucumbe a la Ley, salvo en momentos concretos, siempre escasos aunque constantes, los momentos, tal vez, en los que mi mujer me lleva al puerto, y me coloca de modo que mi mirada se adentre en el mar, sabiendo (me he quejado de ello) que se me olvida, y se queda a mi lado en un afable silencio. En estos momentos, me percato de que sus ojos no han cambiado, no en todos los años que se han desvanecido bajo la Ley. Y aunque ahora la presión de su mano sobre mi brazo sea vacilante, el temblor siempre esté ahí, las yemas de los dedos suelan estar frías últimamente, hay algo en ello, también, que siento que no ha cambiado.

Pero ¿basta con esto? Cuando la Ley venga finalmente a reclamarnos, ¿qué pasará entonces?

Porque hay algo más que sé sobre la Ley: sus mecanismos son inescrutables, irracionales y lentos. No se nos llevará juntos, ni se nos llevará deprisa. No es frecuente hoy en día, no como antaño, cuando un hacha en un cadalso, una peste segadora, o incluso esos naufragios sobre los que leía en los periódicos; estas, al parecer, son cosas del pasado. Será algo más decoroso, más estrictamente regulado, hasta que, por fin, incluso nuestra respiración quede bajo su control. Cuando llegue ese momento, sumidos finalmente bajo la Ley, dudo de que siquiera el color de sus ojos me vaya a parecer el mismo.

Mi tripulación no ha respondido a mis cartas; el teléfono suena y suena en habitaciones vacías. Los pocos que se han quedado en la costa me dicen que ahora son viejos, que la vida en el mar ya no es para ellos. Solo mi mujer y yo seguimos montando guardia, y estamos débiles, pero ella continúa ayudándome a mirar hacia el mar. Hemos estado hablando. Por las noches, cuando me convenzo a mí mismo con engaños de que la Ley duerme, hablamos en voz queda debajo de la colcha de lo que todavía podría llegar a ser. Mañana, le digo, los vientos pueden haber cambiado, las corrientes pueden haberlo traído de regreso tras rodear el globo. Mañana puede que esté navegando en el puerto, y podríamos embarcar. Sería algo factible. Hoy en día hacen maravillas con los aparejos: entre los dos podríamos gobernarlo. Y mi esposa, como una buena compañera, me da la razón, y planea los puertos en los que podríamos atracar, el cargamento que podríamos transportar, las lejanas costas que podríamos explorar.

Puede ocurrir, le digo, que el barco zozobre. Puede encontrarse en medio de una tormenta, que sea demasiado para nosotros, aunque lo equipemos lo mejor posible. Puede ser que los puertos en los que acostumbraba a atracar ahora estén clausurados, y que las costas que oteaba con el catalejo en mi juventud, llenas de junglas y anhelos, ahora estén pobladas, que ellas mismas sean puertos, y bajo su propia Ley. Puede ocurrir que la Ley gobierne incluso el océano ahora, y que no haya ningún lugar entre los polos donde ser libres. Puede ser que el Maelstrom haya sido acallado, y que las mareas de la bahía de Fundy hayan sido canalizadas hasta un molino. Todo esto puede ser, pero ¿te harás a la mar a pesar de ello?

Ella asiente con la cabeza, cariñosamente, y a ambos nos recorre un ligero escalofrío, como si la mismísima cama hubiera notado el cambio de la marea. En la ventana, una brisa aparta la cortina. La delicada luz de la luna se cuela en la habitación. Y desde lo alto, desde mi ventana del piso de arriba, vislumbro nuestro bajel adentrándose en la cristalina bahía.

Copyright © 2009 Terrence Holt

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Lecturas recomendadas I (septiembre 2014)

Iniciamos esta nueva sección con un puñado de recomendaciones literarias de todo tipo, elegidas de entre lo que he leído (o releído) a lo largo de este recién terminado verano.

. De noche bajo el puente de piedra, de Leo Perutz (ed. Muchnick, 1991). Posiblemente mi obra favorita de Perutz, escritor nacido en Praga en 1882. Guardaba un estupendo recuerdo de mi lectura de este libro hace muchos, muchos años, y lo mejor que puedo decir de él es que no me ha decepcionado en lo más mínimo en esta relectura. Se trata de un fix-up de relatos que se desarrollan principalmente en el palacio del emperador Rodolfo II y en los callejones del ghetto judío de la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII, y en los que Perutz aúna magistralmente lo real y lo fantástico.

. Gravity Wells, de James Alan Gardner. Estupenda recopilación de relatos de ciencia ficción y fantasía de este canadiense.

. Ancillary Justice, de Ann Leckie. Esperaba más de una obra que este año está arrasando en todos los premios. Y no es que me haya parecido mala, en absoluto, sino que simplemente contaba con encontrarme con casi una obra maestra, no solo con una buena novela. Sin embargo, la conjunción «buena novela» + «novela de la que todo el mundo habla» la convierte en una obra de lectura obligatoria para los aficionados a la ciencia ficción.

. Engañar a Houdini, de Alex Stone (ed. Debate, 2014). Una agradabilísima sorpresa. Utilizando como hilo conductor su propia evolución y aprendizaje como mago, Stone nos propone una amena y fascinante introducción al mundo de la magia.

. Bajo el techo que se desmorona, de Goran Petrović (ed. Sexto Piso, 2014). Los que sigáis este blog ya sabréis que el serbio Petrović es una de mis debilidades y que aprovecho para recomendarlo siempre que puedo (como aquí o aquí). Y, a pesar de que en mi opinión esta no es su mejor obra, es una novela estupenda, además de una excusa perfecta para animaros una vez más a leer a este autor.

. Siete pecados capitales, de Milorad Pavić (ed. Sexto Piso, 2007). Segundo autor serbio entre mis recomendaciones postveraniegas. Y también se trata de la segunda recomendación de un libro que podría considerarse un fix-up de relatos, en este caso con un espejo como nexo entre ellos. Relatos en los que ficción y realidad se cruzan una y otra vez, y en los que al final tanto el autor como el lector acaban siendo un personaje más de los mismos. Los que hayáis leído el Diccionario jázaro tal vez ya os imaginéis que este no es un libro al uso. Y vais a acertar.

. Butcher’s Crossing, de John Williams. Una novela del oeste del autor de esa maravilla que es Stoner. Y que me ha gustado casi tanto como esta. Creo que con eso ya está todo dicho.

Y como no solo de libros vive el hombre, aprovecho para recomendar también la que posiblemente ha sido la única sorpresa agradable de este penoso verano cinematográfico: Locke, de Steven Knight, un director poco conocido hasta el momento, pero que ya había dirigido la interesante Redención y escrito el guión de nada más y nada menos que Promesas del este.

Y ya que la pantalla grande no me ha deparado demasiadas alegrías, aprovecho para incluir en esta entrada un recordatorio de una película de hace unos años: El ilusionista, de Neil Burger, basada en un relato del gran Steven Millhauser. Viendo la lista de recomendaciones literarias que me ha salido, tal vez no sea de extrañar que esta sea una de las películas con las que más he disfrutado en estos últimos tiempos. Una película para descubrir o volver a ver en cualquier momento.

Y aquí termino yo, pero si os apetece podéis continuar vosotros. Porque os animo a que dejéis vuestros comentarios con vuestras propias recomendaciones. Y también, ¿por qué no?, a que opinéis sobre las mías.

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Nueva sección: Lecturas recomendadas

Habéis sido unos cuantos los que a lo largo de estos últimos meses habéis demostrado interés por seguir mis valoraciones y reseñas en Goodreads. Tal como ya os he comentado a varios de vosotros, aunque la antología Cuentos para Algernon: Año I tiene su página ahí, en realidad no soy usuaria de Goodreads. Sin embargo, esto me ha hecho pensar que, aunque Cuentos para Algernon es y va a seguir siendo un blog centrado en la traducción y publicación de cuentos inéditos en español, tal vez os pudiera resultar interesante que de vez en cuando incluyera una entrada dedicada a recomendar lecturas que me parezcan especialmente destacables. O cualquier otra cosa que crea que se lo merece. Así que voy a probar, a ver qué os parece.
En un principio, más o menos trimestralmente y coincidiendo con el cambio de estación, intentaré hacer balance de lo que he leído durante los tres meses anteriores y seleccionar aquellas lecturas de todo tipo (novelas, relatos, obras de no ficción), de cualquier género, recientes y no recientes, escritas tanto en inglés como en español, que me parezca que pueden resultaros interesantes. Intentaré hacer una selección lo más variada posible y centrarme especialmente en obras no excesivamente comentadas en otros foros, y que por lo tanto corren peligro de pasar más desapercibidas. También incluiré de vez en cuando obras que haya leído hace más tiempo, pero que por algún motivo (o sin motivo) en ese momento me apetezca destacar. Y, aunque me centre sobre todo en lo literario, también aprovecharé para colar alguna recomendación extraliteraria. Espero que, al igual que los cuentos del blog, esta nueva sección os resulte interesante y os sirva para descubrir y disfrutar de algún autor u obra desconocido.
Y ya sin más dilación, aquí tenéis la primera entrada: Lecturas recomendadas I (septiembre 2014).

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Media conversación, oída desde el interior de una babosa gigante inteligente, de Oliver Buckram – Especial Humor IV

Como espero que Un Opera nello Spazio (Una ópera espacial) os gustara y dada su brevedad os supiera a poco, aquí tenéis otro relato humorístico de Oliver Buckram.

Media conversación, oída desde el interior de una babosa gigante inteligente (Half a Conversation, Overheard While Inside an Enormous Sentient Slug), que podéis leer u oír en inglés en Drabblecast, comparte varias características con Un Opera nello Spazio (Una ópera espacial): es igual de breve, también se publicó por primera vez en 2013 en la revista Fantasy & Science Fiction y de nuevo su título describe exactamente el contenido del cuento. Pero creo que lo mejor es que ya sin más prolegómenos pasemos al relato. Eso sí, no sin antes agradecer a Oliver el que haya accedido a cederme no uno sino dos de sus cuentos para este especial dedicado al humor. Thanks a million, Oliver! We’ll keep watching the skies!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar desde aquí los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) de este relato. Una vez más, muchísimas gracias a Jean Mallart y Johan.

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Media conversación, oída desde el interior de una  babosa gigante inteligente

Oliver Buckram

Gracias, señor inspector, ya estoy preparado.

Sí, entiendo mis derechos como residente extraterrestre. No, eso no va a ser necesario.

Por supuesto, pregúnteme lo que desee. Lo único que quiero es que se haga justicia.

Me duele decirlo, pero estoy de acuerdo: no hay duda sobre quién asesinó a lord Ash.

A ver, cuando oí el disparo del rifle láser yo estaba en la cocina con la señora Moncrieff. Ella estaba preparando sándwiches de pepino mientras yo lavaba los cacharros del desayuno. Lord Ash tiene (discúlpeme, tenía) una extraordinaria colección de vajillas de porcelana. La taza de té que tiene en la mano, por ejemplo, es una Wedgwood del siglo diecinueve.

No, no tengo apéndices ocultos. Soy tal cual me ve. Los miembros de la Hermandad Babosa nunca hemos llegado a desarrollar manos. Utilizamos el aparato digestivo.

Muy sencillo. Friego los platos tragándomelos. Mientras recorren mi tracto intestinal, los restriego con diversos esfínteres, membranas mucosas y ácidos estomacales.

¿Que si los vomito? Por supuesto que no, sería de mala educación.

Exacto, aunque yo prefiero el término «defecar». Esa taza de té en concreto ha pasado por mi interior innumerables veces. Me la trago y un minuto más tarde sale por el otro extremo, impecable.

¡Inspector!, se ha manchado de té toda la gabardina.

Pues si quiere que le diga la verdad, sí que es una taza muy valiosa; pero no se preocupe, enseguida la arreglo.

De acuerdo. Hace cuatro años, mi anterior amo y yo llegamos aquí procedentes de Calisto. Mi amo era un hombre amable, aunque aficionado en exceso a jugar al whist. Tras una racha de mala suerte en la mesa de juego, se vio obligado a ofrecer mis servicios para saldar la considerable deuda que había contraído con lord Ash. Fue así como llegué a la mansión de los Ash.

Lord Ash era un amo de un estilo bastante distinto. Se pasaba el tiempo bebiendo, cazando y (al menos eso me parecía a mí) martirizando a los sirvientes. A su señoría le hacía gracia utilizarme como criado, aunque por toda la galaxia es bien sabido que los miembros de la Hermandad somos grandes eruditos y curanderos. Era bastante habitual que, cuando lord Ash estaba un tanto achispado, me tirara sal encima por accidente mientras yo estaba sirviendo la mesa. A sus compañeros de borrachera esto les parecía el colmo del ingenio, y no había vez que no les hiciera desternillarse de risa.

Pues porque esa es nuestra costumbre. Una vez que hemos aceptado a un nuevo amo, lo servimos hasta su muerte. Por fortuna para mí, ese momento ya ha llegado.

Un verano, lord Ash se marchó de Io para visitar sus propiedades en el cinturón de Kuiper. Y sorprendió a todos cuando regresó a la mansión con una prometida. Nunca olvidaré sus primeras palabras ante la servidumbre. Nos dijo que teníamos que obedecerla a ella igual que lo obedecíamos a él.

Su taza ya está arreglada, señor inspector. ¿Quiere que la excrete? Estoy seguro de que la señora Moncrieff le preparará más té de mil amores.

Como quiera. Al principio, el matrimonio parecía haber transformado a lord Ash de manera milagrosa. Dejó de beber. Ya no gritaba cuando el desayuno se retrasaba. Dejó de darle patadas a Faraón. Yo ya no tenía la piel llena de ampollas por culpa de la sal. Incluso dejó…

Faraón. El perro labrador de su señoría. Tal como le estaba diciendo, lord Ash dejó de cazar. Antes de su matrimonio, pasaba horas con el rifle, al acecho de las focas de magma que retozan en las pozas de lava. Pero como a la señora le destrozaba el corazón ver sufrir a las criaturitas, lo dejó. O eso fue lo que dijo.

Esa fue la mejor época. Fueron muchas las veladas felices en las que entretuve a lady Ash con las historias de mis viajes por la galaxia. Y ella tenía numerosos detalles conmigo. A veces me traía tierra del mantillo del jardín de rosas. Y en una ocasión, cuando tuve un brote de sarna de abono, ella misma me extendió por la piel con sus propias manos un ungüento calmante.

Pero todo cambió en su primer aniversario. Yo estaba limpiando la chimenea de la habitación contigua y lo oí todo. Sin querer, por supuesto. Lord Ash le regaló un abrigo de piel de foca. Él mismo las había cazado y desollado, para darle una sorpresa. Lady Ash se echó a llorar y salió corriendo de la habitación.

A partir de ese momento, las cosas cambiaron. Ella pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio. A juzgar por el gusto salado de sus fundas de almohada, lloraba todas las noches hasta que se quedaba dormida.

Sí, su señoría también tenía a bien hacerme lavar la colada.

Lord Ash volvió a ser el de antes, solo que peor. Empezó a beber de nuevo. Volvió a gritar cuando el desayuno se retrasaba. Una mañana, golpeó a Faraón con el atizador de la chimenea. Por suerte, yo pude curar a la pobre criatura mientras su señoría se ausentó para ir de caza.

Sí, a Faraón lo apañé del mismo modo que he arreglado su taza. Por supuesto que ahí dentro podía respirar. ¿No le apetecerá probarlo? Puedo aprovechar para limpiarle la gabardina mientras está en mi interior. Tal vez le apriete un poco cuando pase por el canal pilórico, pero estoy seguro de que no estará mal. Simplemente métase con los pies por delante en mi…

¿No? Como quiera. Después de oír el disparo, la señora Moncrieff y yo nos apresuramos escaleras arriba. Aunque claro, en mi caso «apresurarse» es un término relativo. Encontramos a la señora de pie junto al cadáver de su marido, con el rifle en las manos.

Lady Ash estaba en un estado lamentable. Todo apuntaba a que lord Ash la había maltratado (creo que por primera vez), y entonces ella había agarrado el rifle y lo había matado de un tiro. A todas luces un caso de defensa propia.

Bueno, supongo que tiene razón. Eso es algo que tendrá que decidir un jurado.

Pena de muerte… entiendo.

¿Cómo va la búsqueda? ¿Todavía la están buscando peinando los campos volcánicos?

No, ya me imagino que no. No si se ha suicidado arrojándose a una poza de lava.

Totalmente destrozada, sí, la última vez que la vi.

Por supuesto. ¿Tiene alguna otra pregunta?

En absoluto. Estaba pensando en coger el cañón de riel de las tres para Ganimedes central, si le parece bien.

Sí, he reservado un pasaje para volver a casa en el Emperatriz de Rigel. Llevo demasiado tiempo sin ver a mis hermanos de babas.

No hay de qué. Adiós.

Copyright © 2013 Oliver Buckram

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