La fábrica de zapatos, de Matthew Cook

Matthew Cook es un escritor y artista estadounidense que hasta el momento ha publicado dos novelas y un puñado de cuentos, y cuyos esfuerzos se centran en la actualidad en conseguir una editorial para su última obra, Under Steel Skies, un fix-up de varias novelas cortas de ciencia ficción.

La fábrica de zapatos (The Shoe Factory) se publicó en 2010 en el número 231 de la revista británica Interzone. Posteriormente se incluyó en el número de enero de 2013 de la revista checa XB-1 (en el que casualmente también aparecía la traducción del relato Por falta de un clavo, de Mary Robinette Kowal, que la mayoría de vosotros espero que ya conozcáis). Así que si bien esta no es la primera vez que se traduce uno de sus cuentos, creo que sí que es la primera vez que su obra se traduce al español, por lo que supongo que la mayoría de vosotros no conoceréis a este escritor. Así que os animo a que leáis La fábrica de zapatos, ya que es una estupenda oportunidad para descubrir a un interesante nuevo autor. Y dada la peculiar estructura del cuento a base de flash-backs, mi consejo es que se lea dos veces, porque esa segunda lectura en la que se comprueba cómo encajan todas las piezas de este pequeño rompecabezas se disfruta incluso más, o al menos así fue en mi caso.

Y ya por último me gustaría agradecer a Matt su amabilidad gracias a la cual hoy puedo compartir su cuento con todos vosotros. Thanks a million, Matt!

ACTUALIZACION I: Una vez más, ya tenéis disponibles aquí los tres formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Cortesía como de costumbre de Johan y Jean Mallart. Muchas gracias a ambos.

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La fábrica de zapatos

Matthew Cook

El aroma a naranjas. La aspereza de la lengua de un gato en la yema de los dedos, lamiendo la nata. Parpadea… y ahora Emily le está sonriendo por entre los rayos de sol llenos de chispeantes motas de polvo, con el pelo desparramado sobre la almohada.

Emily suspira por encima del fragor de los coches en la calle, del sonido de los frenos chirriantes, de los bocinazos iracundos. Las naranjas se desvanecen frente al hedor a gases de escape, humedad y hormigón putrefacto. El reconfortante olor de la fábrica de zapatos. El olor de Guangzhou, de China en verano. El olor del hogar.

Parpadea de nuevo. Ahora está en el río. Con diez años e invencible. Sin miedo a nada. Salta, lanzándose al vacío, hacia la sensación de caída. La cuerda entre sus muslos se tensa. El neumático se columpia por encima del agua.

Se pregunta, durante un breve instante, cómo es que ya no está en la fábrica de zapatos, pero es una preocupación efímera. Se abandona al momento y ríe, los dedos de los pies labrando una estela en la superficie marrón, antes de que el arco de la trayectoria lo vuelva a elevar, con las piernas por delante, los dedos apuntando al cielo. Gotas de agua convertidas en prismas; diamantes lanzados hacia el severo y azul cielo estival.

El azul se vuelve negro. Los diamantes se congelan convertidos en puntitos de luz, duros, crueles e indiferentes. Está suspendido en el cénit, ahora sí flotando de verdad, mirando la inconmensurable multitud de estrellas. El traje es viejo y huele a sudor, aliento rancio y al olor del módulo habitacional: verduras fritas, aceite y aire reciclado hasta la saciedad. Toca con la lengua el interruptor que hace llegar la corriente a la mochila de propulsión eléctrica que lleva a la espalda.

Suspendido en la negrura, mira hacia abajo, donde flota la afilada mole de la Easy Rider, un largo rectángulo de vigas de acero entrecruzadas alrededor de una médula espinal de conductos, tubos y cables. Es una nave fea, pero sólida. Fiable. O al menos siempre lo había sido.

Delante de él, en el extremo de la nave, en el punto más alejado del oasis de acero de luz y calor que lo mantiene vivo, está situado el módulo del motor, oculto tras el amplio disco de plomo del escudo antirradiación. Justo debajo de donde se encuentra ahora mismo, en la parte central de la nave, se recortan las siluetas con forma de furgón de los módulos de carga. El sector central está coronado por la tiara de la antena de largo alcance. La gran antena parabólica está apuntando hacia atrás, hacia la estación de Fobos.

Se acuerda de ese momento. Recuerda la angustiosa sensación de miedo cuando se puso el traje, los gemidos de la alarma de fisura en el contenedor resonándole en los oídos. Recuerda la familiar sensación de claustrofobia cuando el casco encajó con un clic, atrapando una minúscula parte de la calidez de la unidad habitacional contra su rostro. Recuerda el crujido del traje cuando la esclusa pasó de una atmósfera al alto vacío, la puerta deslizándose en el perfecto silencio del espacio.

Sacude la cabeza. No. No es así. No fue así como sucedió.

No se quedó parado flotando encima de la antena parabólica. Ahora debería agarrar los mandos de la mochila propulsora. Debería girarlos, lanzar hacia atrás chorros intermitentes de gas comprimido, impulsándose hacia los motores estropeados. Debería pasar por encima del reborde del escudo, oyendo los clics del contador de radiación repiqueteando descontroladamente al traspasar ese límite.

Avanza en sus recuerdos; es una sensación extraña, la de esa doble visión mental, como un déjà vu, pero real. Sabe qué es lo que verá cuando pase flotando por encima del borde del escudo. La boca se le seca, la lengua se le vuelve papel de lija.

Papel de lija. Áspero. El áspero roce de la lengua del gato en la yema de sus dedos. Lamiendo la pegajosa nata. Cuesta lo que saca en un mes de la chatarra, en el mercado a tres kilómetros de la fábrica de zapatos. Las naranjas y la nata montada es lo que más le gusta a Emily. Es su cumpleaños. Este es su regalo.

Aparta la mirada del gato blanquinegro. Los gajos de naranja troceados y colocados en el bol blanco desportillado. La nata la pondrá en otro, para que no se corte. El penetrante olor de la fruta casi, aunque no del todo, desbanca el omnipresente olor de los coches del exterior, y el hedor a moho y humedad de la fábrica de zapatos.

Mira por encima del hombro, hacia el salón que han improvisado con unas cuantas sillas viejas, su futón y un sofá de terciopelo con parte de los muelles salidos. Unos plásticos colgados bosquejan las paredes, que ondulan y se arrugan bajo la brisa húmeda que se cuela por las esqueléticas ventanas sin cristal de la fábrica de zapatos.

Su mirada se posa sobre el lugar vacío que pronto ocuparán un rollo de cable, el vidpod y la fluctuante pantalla plana taiwanesa. Tuerce el gesto.

No tienen una pantalla plana. Siempre miran las viejas películas pirateadas en la cama, en el futón que huele a humedad, tumbados juntos, con las piernas entrelazadas, aguzando la vista ante la diminuta pantalla del vidpod. El anterior dueño del aparato, quienquiera que fuera, tenía más de trescientas películas almacenadas, así que lo miran casi todas las noches, una brillante ventana a una lejana época más feliz.

A él le gustan las películas estadounidenses de acción, sobre todo las de coches o polis de la última mitad del siglo XX protagonizadas por Steve McQueen o Clint Eastwood. A Emily le gustan las románticas, sean de la época que sean, aunque siente debilidad por las de principios del siglo XXI de la actriz coreana Jang Na Ra. El argumento siempre es el mismo; lo único que cambia es el nombre de los personajes. Arreglo que Emily encuentra relajante. A veces él también disfruta con las películas románticas, pero como es un chico disimula.

Frunce el ceño y bate la nata, mientras va abriendo bolsitas de azúcar moreno que ha robado del café para turistas que hay al final de la manzana. A Emily le gusta la nata dulce como el caramelo, más dulce que la fruta. Es su cumpleaños; merecía la pena correr el riesgo y robar el azúcar.

En el exterior, al otro lado de la reja de hierro de la ventana sin cristal, se extienden los laberínticos tejados y callejuelas llenas de ropa tendida de Nansha. Contempla las interminables formaciones de cemento podrido y de paredes de mampostería desmoronándose, que se adentran en la lontananza cargada de humedad. La mayor parte de los grandes almacenes y fábricas del pasado no son ya más que esqueletos en ruinas, con los antiguamente altivos tejados desplomados, poco más que un montón de chatarra oxidada. Unos pocos afortunados, como la fábrica que considera su hogar, todavía conservan el tejado, o parte de él.

Al otro lado de esa irregular masa, el río Perla se desploma hacia su delta. Más allá, casi oculta por la calina, se extiende la reluciente superficie del mar de la China Meridional. A unos cuantos kilómetros de la costa flota una arcología, un inmenso nenúfar artificial coronado por una hiperestructura con forma de bloque, grande como una ciudad. Con la distancia y la humedad parece una acuarela.

Como siempre, fantasea con cómo será vivir allí, empujados por la marea y los vientos. Dicen que no hay enfermedades. Ni muerte. Que aquellos cuyo cuerpo es demasiado viejo se limitan a trasvasar sus recuerdos a otro caparazón joven y nuevo, cultivado en un tanque con meses o años de antelación y almacenado para cuando se produzca esa eventualidad.

Se oye un claxon en la calle y a alguien increpando en cantonés. «¡Haahng-lan-heui!». ¡Quítate de en medio de la calle, joder!

Su bisabuelo le había contado que, mucho tiempo atrás, esta parte de la provincia de Guangzhou había sido la zona más rica de China, con innumerables fábricas, el hogar de millones de trabajadores. Aquí se fabricaban zapatos, juguetes y aparatos electrónicos; mercancías que luego se despachaban hasta el último rincón del globo.

Pero luego los puestos de trabajo se trasladaron a otros lugares más baratos: Somalia, Haití o Mississippi. Y lo que empezó la agobiante pobreza, lo terminó la pandemia de CROSS, que dejó reducida la ciudad a un espectro de su antiguo ser. A veces todavía encuentra huesos entre los escombros de las fábricas en ruinas, lisos y blancos, del color del luto.

Al oír el clic de la cerradura con pestillo que se abre en la planta de abajo empieza a batir con más fuerza, transformando la nata en espuma. Las pisadas de Emily resuenan en la escalera de hierro. Ve su sonrisa cuando el rostro de ella alcanza la plataforma.

—Adivina qué he encontrado —dice Emily dejando caer la bolsa al suelo junto al futón.

«Una pantalla plana. Milagrosamente intacta, encajada dentro de un aparador que estaba debajo de una pared derrumbada.»

—Me rindo —dice su boca, siguiendo el guión de lo que realmente sucedió—. ¿Qué?

—¡Una pantalla plana! Estaba rebuscando en la vieja fábrica de Mattel en el extremo oeste de la ciudad, y la encontré entre los restos de una sala de juntas. Creo que igual funciona, pero tienes que venir a ayudarme a sacarla de entre los escombros.

Él le devuelve la sonrisa sintiéndose invadido por la alegría. A Emily se le da mucho mejor que a él lo de encontrar chismes abandonados. Ella se le acerca para ver qué le está preparando

—¡Feliz cumpleaños, Em! —dice justo antes de que ella grite y se lance a sus brazos.

Se sientan a la mesa que montó con una puerta vieja y algunos bloques de hormigón ligero, y se comen la sorpresa de cumpleaños. Después, ella se acurruca en su regazo y le besa, con el aroma a naranjas y nata en su aliento. Él la lleva hasta el futón y hacen el amor enredados en las ajadas sábanas.

Lo volverán a hacer más tarde esa misma noche, lo sabe, la piel de ella con un ligero brillo azulado bajo la luz parpadeante de la pantalla plana, pero en ese momento lo único que sabe es que tiene dieciséis años, que tiene el estómago lleno y que está enamorado. Cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir, lo único que ve es negro azabache y la miríada de estrellas.

Justo delante de él está el escudo antirradiación. Lanza un chorro para propulsarse y elevarse unos cuantos grados. Siente una pavorosa inquietud ante lo que le espera, y casi se siente aliviado cuando ve la masa retorcida de acero que antes era el núcleo principal de impulsores.

Es una sentencia de muerte. Debería estar aterrorizado, y una parte de él lo está. El plasma se escapa del contenedor destrozado. Pronto, en una hora, y probablemente incluso antes, se perderá el blindaje de la singularidad controlada que propulsa la Easy Rider. Cuando eso suceda, todo aquello que se encuentre en las proximidades será arrastrado hasta el interior del minúsculo agujero negro, y en un abrir y cerrar de ojos la materia se convertirá en un estallido de radiación dura.

El agujero solo durará una fracción de segundo antes de que las inflexibles leyes de la gravedad y la física borren ese improbable desgarrón, pero eso será más que suficiente. Puede deshacerse del reactor y salir pitando, pero de ninguna manera va a conseguir alejarse lo suficiente antes de que lo pulverice a él y a todo lo que se encuentre a cien mil kilómetros a la redonda. Escapar no es una opción, como tampoco lo es arreglar el maltrecho contenedor.

Se detiene unos instantes preguntándose qué es lo que habrá chocado contra él; lo más probable es que haya sido un micrometeorito, que habrá hecho impacto en el peor de los lugares posibles, tal vez contra una ensambladura presurizada o contra uno de los delicados condensadores vitales para el contenedor. Su misma eterna mala suerte de siempre, antes chatarrero y ahora esto. ¡Mierda! Diu la sing. Mierda, mierda, mierda, ¡mierda!

Se encoge de hombros. Da igual. La implosión no dejará restos que los investigadores vayan a poder examinar. Se da la vuelta, para volver a la unidad habitacional que está a trescientos metros. Tiene cosas que hacer.

Hay algo detrás de él, siente como si tuviera unos ojos clavados en la nuca. Cuando se vuelve, está de pie en la planta de montaje en ruinas de la fábrica de Mattel. El tejado hace tiempo que desapareció. La noche está despejada y la luz de la oronda luna teñida de naranja es más que suficiente. Emily está debajo de la pared desplomada, empujándose con los pies calzados con botas.

—¿Estás seguro de que el soporte está bien encajado? —pregunta Emily, cuya voz llega amortiguada—. Tengo que sacar un poco más de mierda y ya es mía.

Comprueba el puntal de madera y mueve la cabeza afirmativamente.

—Parece firme. A por ella.

Emily le va pasando pedazos podridos de tabique de yeso reseco y de tablero aglomerado deshecho. Él los amontona con el resto de escombros.

Emily retrocede, sonriendo. En las manos enguantadas tiene un bulto cubierto de polvo, la pantalla plana, preservada milagrosamente dentro de una funda de plástico gris.

—Porque estaba en un armario, que si no habría terminado aplastada —comenta admirada—. ¿Crees que funcionará?

«Funciona. La enchufaremos a las baterías solares y chillaremos como colegialas cuando se ilumine con una luz azul —está a punto de responder—. Tendré que toquitear un poco las conexiones de entrada y soldar algunas nuevas que sustituyan a las que están oxidadas, pero estas cosas técnicas siempre se me han dado bien. Funcionará.»

—No sé —dice su voz, siguiendo el guión—. Vamos a casa a averiguarlo.

Se apresuran a volver a la fábrica de zapatos, llevando la pantalla plana entre los dos. Se paran en todos los cruces para asegurarse de que no haya bandas de merodeadores. Si funciona (y él sabe a ciencia cierta que funcionará), el aparato es un tesoro, que vale una fortuna. Ambos saben de gente que ha sido asesinada por menos. Cuando están seguros de que no mira nadie, avanzan a toda prisa, al amparo de las pilas de escombros y de las paredes en ruinas.

A mitad de camino, atajan por la lóbrega mole de un antiguo centro comercial. El techo parcialmente conservado impide entrar la luz de la luna, y las sombras que hay debajo de esa superficie oscura son tan negras como el interior de una mina. Da miedo, pero ambos agradecen el poder avanzar escondidos.

Ya están casi fuera cuando siente deslizarse la pantalla entre sus dedos. Se hace el silencio. Ni oye las pisadas de Emily ni la alcanza a ver en esa penumbra impenetrable.

«No fue así —piensa—. Llegamos a casa sin problemas y estuvimos viendo vídeos y follando durante el resto de la noche. Easy Rider fue una de las películas que vimos.»

Mira detrás de él, pero no vislumbra la luz de la luna más allá del límite del centro comercial. Se agacha. Los escombros y basura que deberían estar desparramados por el suelo ya no están allí, tan solo nota una vaga solidez que sus dedos se niegan a definir.

Oye un susurro a su espalda. Se queda paralizado, con la respiración resonándole con fuerza en los oídos. Ahí detrás hay algo, observándolo. Lo nota. La cosa en la oscuridad se desliza hacia él.

La negrura, el extraño suelo y la sensación de que algo se le acerca por la espalda son demasiado para él. El terror le agarra por la nuca, le sacude. Huye adentrándose en la oscuridad. El miedo le oprime el pecho cortándole la respiración. Mira por encima del hombro y tropieza con su propio pie, cae hacia delante, con los brazos extendidos.

Se hunde en el agua cálida como la sangre, con tanta fuerza que los pulmones se le quedan sin aire. Los ambarinos rayos de sol brillan a su alrededor, tamizados por el cenagoso río. Una galaxia de argénteas burbujas forma remolinos. En un reflejo automático abre la boca, y el agua la inunda.

Tose y de nuevo vuelve a inhalar agua. Se está ahogando. Intenta abrirse camino hacia la superficie. Se acuerda de esto —sucedió así—, pero su miedo arrincona el recuerdo de cómo terminó el incidente. Lo único que sabe ahora mismo es que siente un terrible ardor mientras el agua inunda sus pulmones.

Una mano baja hasta él y lo agarra del pelo, y luego tira. Su cabeza atraviesa la superficie, la boca jadeando mientras tose expulsando el agua. Su rescatador nada hasta la orilla, rodeándole el pecho con el brazo, retrocediendo con brazadas fuertes y regulares.

Se deja caer en la orilla enlodada, presa de las arcadas. Al cabo de un rato recupera el aliento. La garganta le arde.

—¡Joder!, por los pelos —oye decir a una voz familiar—. ¿Estás bien?

Gira sobre sí mismo y ahí está Emily, con quince años, justo como la recuerda en la fábrica de zapatos seis años más tarde. Su camiseta verde, su favorita, la que tenía por delante el dibujo de un pequeño ninja, pegada a sus pechos.

Parpadea. No conocerá a Emily hasta varios años después. Y si él tiene diez años, ella debería tener nueve, y estar todavía viviendo en Hong Kong con su padre estadounidense y la amante coreana de este. Emily no se escapará de casa hasta los trece años. Y ellos se conocerán cuatro meses más tarde.

—¿Estás bien? —le vuelve a preguntar Emily—. Ni que te hubieras tragado medio Perla… Descansa unos minutos, ¿vale?

Emily se incorpora, se recoge el pelo mojado en una coleta y se sube al neumático que cuelga en el aire. Él observa cómo se balancea bien lejos y arriba, y cómo se suelta en lo alto del arco. El agua salpica cuando Emily se hunde en el río Perla con un grito. No vuelve a salir a la superficie.

Se incorpora, y el vértigo hace que la orilla se tambalee bajo sus pies. Su oído interior se está volviendo loco, mientras su mente le grita que no podía ser Emily. Emily no lo sacó del río; fue otra persona, el obeso hijo de un fabricante de ladrillos que vivía al otro lado de la ciudad. ¿Cómo se llamaba? Pai Lui, eso es. ¿Dónde está Pai Lui?

Cierra los ojos y el sonido de su propia respiración le inunda la cabeza. Cuando los vuelve a abrir, ve las estrellas, inmóviles. Ve la larga columna vertebral de la Easy Rider deslizándose por debajo de sus botas. Empuja suavemente los mandos del propulsor para dirigirse hacia la brillante escotilla roja de la esclusa. No tiene demasiado tiempo.

Vuelve a notar los ojos clavados en la espalda, pero se niega a volverse. Se niega a seguir el juego. Si se gira podría volver a distraerse y solo le quedan unos pocos minutos. La singularidad podría hacer (¿hará?) saltar sus cadenas en cualquier momento.

En cuanto se cierra la escotilla exterior, golpea el botón que activa el control manual de emergencia. El aire inunda la esclusa. El traje se agita bajo el breve huracán. Se suelta el casco y siente un chasquido en los oídos bajo la presión parcial, luego se apresura a abrir los precintos del traje.

Menos de un minuto más tarde ya está en el módulo habitacional, con la mirada clavada en el memograbador. Es el único capricho que se permitió traer, y una admisión de ese miedo que en realidad nunca ha dejado atrás.

Cuando se lo compró a Yuan, estaba roto. Yuan pensó que iba a vender las distintas partes como piezas de recambio, pero siempre había sido bastante manitas para las cosas técnicas y consiguió localizar el problema, un simple cable roto. Dos minutos más tarde, el grabador resucitó y empezó a girar, como nuevo.

Lo había utilizado casi todas las noches, para hacer una copia de seguridad de su fichero de personalidad en chips que había encontrado entre los escombros. Por aquel entonces no tenía un clon metido en hielo donde poder volcarlos; eso llegaría más tarde, después de su primer gran éxito con un asteroide. Las grabaciones eran lo importante. Así al menos sabía que si una mañana no se despertaba habría algo que le sobreviviría. No sería exactamente él, técnicamente no, pero se le aproximaría bastante.

Seis meses después de comprar el grabador descubrió un tesoro: un almacén derrumbado lleno de tecnología prepandémica, sobre todo repuestos de chips para memorias RAM de ordenador. Cada unidad estaba cuidadosamente sellada en su bolsa antiestática, tan inmaculada como el día en que había sido fabricada. De no ser por todo lo que Emily le había enseñado, nunca habría dado con él.

Tardó tres meses en encontrar un comprador, pero su paciencia obtuvo finalmente recompensa. Con las ganancias realizó el primer pago de la Easy Rider, una nave de minería de asteroides individual, y despegó hacia el espacio. No miró atrás. No quería volver a ver jamás ni la Tierra ni China. Allí había demasiados fantasmas.

Ahora está mirando el memograbador, una caja del tamaño de una maleta, su delicado armazón grabador guardado con todo el cuidado del mundo. Abre la caja y mira los chips grabados que hay dentro esperando pacientemente a ser actualizados con sus recuerdos y experiencias más recientes.

Frunce el ceño. Esto no tiene ningún sentido. A pesar de lo antigua que es, se trata de una buena unidad, y la actualización solo le llevará uno o dos minutos, pero será en vano. Antes de morir, la singularidad se lo tragará todo: la grabadora y los chips de memoria, y todo lo demás. La luz es lo único que puede viajar lo suficientemente rápido como para escapar del colapso del contenedor y del estrujón consiguiente.

La luz.

Se le ocurre una idea. Un disparate. Imposible. Pero ¿acaso tiene otra opción?

Tarda unos minutos en averiguar cómo desviar hacia la antena láser toda la potencia del reactor, que es bastante. Cuando termina, abre el panel posterior del memograbador, introduce la mano y va recorriendo con los dedos los diminutos conectores de entrada/salida. Es una locura. Nunca va a funcionar, ¿o sí? No tiene cables con los que conectar la memoria flash del grabador con la entrada de la antena, pero los puede fabricar. Si tiene tiempo.

Se vuelve para coger la caja de herramientas y se encuentra en el hospital. Una dura silla de plástico del color de las naranjas de Em. Olor a antiséptico. «No», murmura. Recuerda ese momento demasiado bien. «Esto no, por favor».

Tiene la espalda agarrotada, como si llevara horas allí. Y las lleva. El respirador suspira, más agudo cuando succiona el aire y más grave cuando lo bombea hacia el pobre cuerpo destrozado de Emily.

Se niega a mirar. Sabe lo que verá. En lugar de eso, clava los ojos en la puerta abierta. Una monja pasa por delante, con las alas de la toca abriéndose hacia los lados. El estetoscopio que lleva alrededor del cuello golpea el crucifijo que le cuelga de la cintura.

Se oye un pitido proveniente de algo que hay junto a la cama, y siente helársele la sangre. Es una expresión curiosa. Y de lo más descriptiva: como si un chorro de agua helada le corriera por las venas. Se pregunta qué es lo que provoca esa sensación y se dice que se lo tiene que preguntar a la monja cuando vuelva a entrar para ver como sigue Emily.

«No tendrán tiempo para andar respondiendo preguntas —recuerda—. Dentro de unos segundos las máquinas enloquecerán, empezarán a lanzar pitidos y destellos, anunciando que el corazón de Em ha terminado por rendirse. Entrarán corriendo, la monja y los auxiliares, con bandejas de aparatos en carros metálicos. Lucharán por salvarla durante casi una hora mientras yo espero en el pasillo, mirando por la ventanilla que hay en la puerta. Se esforzarán durante una hora y entonces acabarán dejándolo y tapándole el rostro con la sábana blanca.»

La máquina vuelve a pitar. Siente el escozor de las lágrimas en los ojos, la boca crispándosele por los sollozos que se van acumulando igual que las nubes en la época del monzón. Ya está de pie cuando los aparatos se vuelven locos, ya está camino de la puerta. En el pasillo oye a alguien gritando en inglés: «Código azul, habitación 2346. ¡Código azul!».

Sale al pasillo. Está en el corredor de la Easy Rider, los sonidos del aparato de soporte vital son ahora los aullidos de la alarma del contenedor. Imposible silenciarla, protocolo de seguridad, pero el fragor constante le distrae. Alarga la mano y corta los cables de la alarma con un cortacables, y el bendito silencio inunda el módulo habitacional.

Vuelve corriendo a la mesa, siete cortos pasos, y termina de embutir la última conexión dentro del cable de fibra óptica. Conecta un extremo a la placa madre de la antena y comprueba que en el otro se encienda la luz roja, como un ojo demoniaco. Debería ejecutar un programa de diagnóstico, transmitir unos cuantos terabytes de datos y comparar los ficheros por si hay errores, pero no tiene tiempo. O bien funciona o bien no.

Siente algo frío y levanta la mano, se toca la mejilla. Tiene lágrimas en la cara. ¿Lágrimas? ¿Por qué ha estado llorando?

La cara mojada. El pelo mojado. Un círculo de rostros, que lo miran desde lo alto. El pecho le arde por el agua que ha tragado y vomitado.

—¿Estás bien? —le pregunta uno de los chicos.

Detrás de él ve a Pai Lui, el hijo del fabricante de ladrillos, que fue quien realmente le salvó. Está gordo, tal como lo recuerda, y tiene el cabello negro pegado a su redonda cabeza. Los otros chavales le dan palmaditas en la espalda.

Mira a su alrededor, buscando a Em, pero no la conocerá hasta varios años después.

—¿Estás bien? —repite el chico, alargando la mano para ayudarle a incorporarse.

Coge la mano que le ofrece y se deja levantar. Más allá del círculo de jóvenes rostros preocupados ve moverse algo, una masa informe de oscuridad, arremolinándose, girando.

Observando. Los otros muchachos no parecen percatarse. ¿Por qué iban a percatarse? En realidad no estaba ahí. En realidad no está ahí. Pero lo está.

La mano en su mano se transforma. Es la mano de Emily. Es él quien la está ayudando a levantarse. Sacándola de la cama. Las sábanas empapadas de sangre se pegan a la espalda desnuda de Emily. Tiene que arrancárselas, para que no le hagan tropezar en las escaleras.

—Derribaron la puerta —susurra Emily por entre los labios hechos papilla y los fragmentos de dientes rotos—. Me olvidé de echar el pestillo de la cerradura. Soy tan idiota… lo siento… —dice en un murmullo.

Se la echa al hombro, al no tener otra forma más delicada de trasladarla, y avanza con paso inseguro hacia las escaleras. Su rostro, su encantador rostro, es una masa de moratones y cortes. Un ojo es un orbe de sangre, una mera hendidura por la hinchazón.

—No ha sido culpa tuya —le dice en un susurro—. Te llevare al hospital y en un santiamén te dejarán como nueva. No te preocupes ahora, Em, ¿me oyes? Te dejarán como nueva.

La fábrica de zapatos está patas arriba, todos los objetos de valor han sido robados. El rollo de cable está desconectado; el vidpod y la pantalla plana han desaparecido; la ropa y los papeles están desparramados por todas partes. La pantalla plana era muy valiosa. ¿Por qué no pudieron limitarse a cogerla y a marcharse?

Emily solloza de dolor. La paliza le ha roto varias costillas, debajo de la sangre el pecho está negro y azulado. Él siente cómo una ola de orgullo avanza por entre el atormentador pánico, igual que un rayo de sol atravesando las nubes. Se imagina que Em habrá luchado. Es una luchadora; es una de las cosas que le encantan de ella.

—Lo siento, Em —dice entre jadeos—. Ya casi estamos abajo.

—Al primero —susurra Emily— le agarré de los huevos… No va a tontear con chicas durante una temporada, eso seguro. Pero solo conseguí que los otros se cabrearan más… —Tose, y él siente cómo la sangre cálida le salpica la parte posterior de las piernas.

—Bien hecho —le dice él—. Te vas a poner bien.

Llega al piso de abajo de la fábrica y se dirige hacia la puerta abierta. En el exterior, el sol brilla en un cielo azul y perfecto. Un día estupendo, no demasiado cálido. Demasiado hermoso para encerrar el horror del interior de la fábrica de zapatos.

La luz es tan brillante que le quema al salir al exterior. La luz. En el rostro. Alarga la mano y ajusta la lámpara. Tiene el conector de entrada/salida en las manos, sujeto con unas pinzas.

Lo enchufa. La lucecita verde de la entrada AUX del procesador de la señal de la antena se enciende. Está conectado. Se sienta y acerca hacia él el armazón con los sensores, se coloca los trodos en las sienes y por detrás de la cabeza. El memograbador pita.

Pitidos. Alarmas gimiendo en el pasillo. Alarmas sonando en la habitación de Emily. La enfermera lo aparta al pasar a su lado, mientras da órdenes a gritos. Aquí llegan las bandejas metálicas. Van a abrir nuevo agujeros en el sanguinolento y destrozado cuerpo de Em. Y todo para nada.

Abre la boca para decirles que la dejen en paz. Que la reconforten en sus últimos momentos, que no la torturen, pero un auxiliar le cierra la puerta en las narices. Alarga la mano para abrirla…

Su mano está en el aire inmóvil sobre el botón de transmitir. Piensa en las miles de cosas que no ha tenido tiempo de verificar. La alineación de la antena. Cree que seguirá estando bien, pero a lo mejor se ha movido. La conexión entre la memoria flash del grabador y el transmisor. Podría ser inestable, y no tiene ni idea de cómo afectará la degradación de la señal a la transmisión, si es que afecta. Ni siquiera sabe si lo que está tratando de hacer se ha intentado alguna vez antes, con éxito o sin él. Pero total, también esto son datos, ¿no?

Nota algo a su espalda, la sensación de ser observado cuando lo que sea que lo ha estado siguiendo se acerca para poder ver mejor.

Se niega a girarse. Sabe que si ve que detrás de él tiene una masa de oscuridad se arrancará los trodos de la cabeza y echará a correr, gritando.

Inspira. Su aliento resuena en el pasado, se convierte en el mismo aliento de cuando vio a la enfermera cubrir con la sábana los ojos de Em que miraban fijamente. El mismo aliento que inspiró tumbado sobre la tierra junto al río Perla. El mismo aliento que dejaba escapar tras un orgasmo, con la sudorosa piel de Emily apretándose contra la suya. Oye unas pisadas a su lado y tiene que volverse; no puede evitarlo.

Emily está detrás de él, con quince años y radiante, más hermosa de lo que recuerda haberla visto jamás, con la cartera atravesada sobre el pecho medio tapándole el dibujo del ninja. Huele a naranjas y a agua de río. Está sonriendo.Detrás de ella se agita la silueta de la Oscuridad, bella y terrible.

—Todo saldrá bien —dice Em sin dejar de sonreír—. Confía en mí.

Él asiente con la cabeza y aprieta el pulgar contra la pantalla de control de la antena. Las luces se atenúan, luego se apagan cuando la corriente desviada del reactor entra a raudales en el transmisor. Los ventiladores del sistema de soporte vital quedan en silencio. Ya no los necesita. Huele a quemado cuando los cables de la antena se esfuerzan por amoldarse a la nueva carga. Reza para que aguanten un poco más antes de fundirse.

Siente las características cosquillas en el cuero cabelludo cuando la corriente avanza por los trodos. Todo lo que fue, todo lo que es ahora, está fluyendo hacia el memograbador, para salir por el conector de entrada/salida e introducirse en el extremadamente preciso transmisor láser. Sus pensamientos están siendo transmitidos, a la velocidad de la luz, hacia la gran antena de la estación de Fobos, enormemente amplificados por la potencia que le queda al moribundo reactor.

No podrán evitar oírle, si el rayo da en la diana. Solamente si el rayo da en la diana. No ha comprobado el alineamiento. Los datos de telemetría diarios los acostumbra a transmitir mediante ondas de radio, con gran margen de error, pero solo un fino láser de gran precisión puede transportar la inmensa cantidad de datos que se están transmitiendo desde el grabador. O está perfectamente enfocado o pasará de largo.

Sacude la cabeza. No había tiempo. Que sea lo que sea.

La máquina pita y en el tercio inferior de la pantalla aparece una barra de progreso. Se va llenando con lentitud agónica.

No puede hacer nada, salvo esperar. Se pregunta si verá el fogonazo cuando la Easy Rider y todo lo que hay en su interior queden reducidos a rayos X y a radiación gamma. Se pregunta si le dará tiempo a sentir algo.

Em lo coge de la mano, su mano fresca y suave. Lo rodea para colocarse frente a él, y la Oscuridad se mueve a su vera, ondulando y agitándose como una capa azotada por el viento.

—Por supuesto que tu transmisión no llegó a Fobos —dice Em con una triste sonrisa—. Bastaba con que el alineamiento estuviera mal en una fracción de grado. El rayo láser dejó atrás Marte, la Tierra y el Sol antes de adentrarse en el vacío, avanzando furtivamente a la velocidad de la luz. Nosotros… quiero decir, yo… creo que viajó durante siglos, milenios, antes de que la recibiéramos… de que la recibiera. Para entonces, la señal estaba muy atenuada, apenas se la podía distinguir del ruido de fondo de las estrellas.

—No eres Emily, ¿verdad?

—No. Lo siento. Emily murió hace mucho, mucho tiempo. Lo único que queda de ella es lo que tú has traído contigo.

Los ojos le escuecen por las lágrimas, que nublan la pantalla y la barra de progreso. La pena le oprime el pecho, con más fuerza que el miedo en el que se está ahogando.

—Entonces ¿qué es lo que eres? ¿Qué me está pasando?

—Estoy intentando ayudarte. Llevamos mucho tiempo intentando reconstruirte. Ha sido el trabajo de toda mi vida. Nosotros… mi grupo y yo… hemos aprendido a base de equivocaciones que esta es la mejor manera de llegar hasta ti. Creo que esta vez vamos a tener éxito.

—¿Éxito en qué? —pregunta, aunque cree que lo sabe.

Su angustioso pánico animal se calma. No tiene miedo. Al menos esta vez. Piensa que ha habido otras veces, veces en las que el pánico fue tal que lo destrozó, igual que una pantalla plana aplastada por una pared.

—Tu mente resulta muy difícil de comprender —explica Emily—. Experimentas el tiempo como si fuera un río, fluyendo siempre en la misma dirección, pero almacenas los recuerdos de manera no secuencial. Tu transmisión no tenía la clave para resecuenciarte, así que tuvimos que hacer conjeturas. Siento que todo te resulte tan desconcertante.

—No lo entiendo.

—Lo entenderás. Pronto. Tengo muchas ganas de conocerte por fin.

Oye un ruido procedente de la popa de la nave, el grito de muerte del módulo del motor.

—Ha llegado el momento —dice Emily.

Un silencioso fogonazo, de todos los colores y de ningún color. No siente nada, ni siquiera una fracción de segundo de presión. El mundo se vuelve brillante, del azul vacío de una pantalla plana sin señal.

Siente a Em, a su alrededor. Sabe que está sonriendo. El azul chillón funde a negro, una aterciopelada ausencia de luz tornasolada de rojo.

Siente su propio cuerpo, siente la deliciosa sensación de la gravedad, que lo comprime contra las sábanas ajadas. Siente el olor a humedad de la fábrica de zapatos, el agradable tufo de su hogar, por debajo del penetrante aroma a naranjas recién peladas.

Y una voz, tan parecida a la de Emily, susurrándole al oído.

—¿Lo ves? —le dice la voz—. Ha funcionado.

Siente una sonrisa en los labios mientras abre los ojos.

Copyright © 2010 Matthew Cook

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Resultados inesperados, de Tim Pratt

Como supongo que tras leer el poema Romance Científico os habréis quedado con todavía más ganas de disfrutar de un nuevo relato de Tim Pratt, aquí va otro.

Resultados inesperados (Unexpected Outcomes) es un cuento que se publicó por primera vez en el número de junio de 2009 de la revista Interzone, que un año más tarde apareció en formato audio en Escape Pod, y que también está incluido en Antiquities and Tangibles & Other Stories, la colección de Tim publicada en 2013. Y, aunque Tim tenga la sensación de que tal vez no sea un relato redondo (como podéis leer en la nota incluida a continuación del mismo), es uno de mis favoritos de la citada antología, y por eso está hoy aquí.

Y una vez más (y ya van tres), quiero darle las gracias a Tim por pemitir que este cuento esté hoy aquí. Thanks a million, Tim!

ACTUALIZACION I: Como de costumbre, ya tenéis disponibles aquí los tres formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Una vez más (y ya van ¡19!), muchísimas gracias a Johan y Jean Mallart.

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Resultados inesperados

Tim Pratt

Aquel martes de septiembre por la mañana estaba en la cama con mi novia, Heather, cuando sonó el teléfono, temprano. No corrimos a cogerlo (para eso están los contestadores) y, después de que sonara dos veces y se oyera la señal, escuchamos a nuestro amigo Sherman decir con voz agitada: «Chicos, deberíais encender la tele».

Seguimos sin levantarnos. Era temprano, alrededor de las seis de la mañana en California, y aunque el teléfono nos había despertado, nos quedamos en la cama un rato más, con nuestros cuerpos enmarañados lánguidamente.

—Oye —dijo Heather—, no ha dicho qué canal. ¿Qué puede haber pasado como para que esté en todas las cadenas?

Le di vueltas al asunto unos instantes antes de responder:

—Extraterrestres.

No lo decía ni medio en serio, pero siempre he sido aficionado a la ciencia ficción (sí, ya sé que ahora suena a pitorreo, ¿a que sí?) y casi tenía una cierta esperanza de que pudiera estar en lo cierto. Extraterrestres.

—Venimos en son de paz —añadí.

—Ojalá —dijo Heather con un suspiro—. Probablemente se trate de un asesinato.

—Probablemente.

Casi un año después de las elecciones, seguíamos cabreados porque Gore había perdido la presidencia que había ganado legítimamente y porque el Tribunal Supremo había decidido que sabía mejor que los ciudadanos lo que les convenía. Y a lo mejor alguien todavía más cabreado que nosotros había decidido hacer algo para solucionar lo de Bush hijo, aunque, a decir verdad, Cheney de presidente hubiera sido incluso peor.

Nos levantamos por fin, fuimos al salón en bata y encendimos la tele… y vimos lo mismo que vio el resto del mundo allá donde hubiera un televisor.

Ya sé que es un cliché, pero lo es con motivo: el 11-S lo cambió todo.

Los bustos parlantes estaban prácticamente vociferando, pero no escuchamos lo que decían y nos limitamos clavar la mirada en la imagen imposible de la pantalla. Un avión de pasajeros (un Boeing 767-223ER, según nos enteramos después) estaba en el aire totalmente inmóvil, tan cerca de la fachada de una de las torres del World Trade Center que alguien podría haberse asomado por la ventana de una oficina y haber apoyado la mano sobre el morro del avión (bueno, si las ventanas de tan arriba se abrieran). El avión estaba suspendido en el cielo de manera inverosímil, igual que un efecto visual en una película sobre un chaval cuyo reloj de pulsera mágico pudiera detener el tiempo. Sin embargo, aunque lo primero que se le pasó por la cabeza a todo el mundo al ver el avión fue «parece sacado de una película», no era una película.

—Tim —dijo Heather—, ¿se trata de… algún tipo de ardid publicitario? ¿O es un truco de magia como los de David Copperfield? ¿O…?

Fui cambiando de canal. En todos ellos estaban las mismas imágenes, con tomas desde los mismos ángulos que se iban repitiendo: desde helicópteros, desde el suelo…; lo único que cambiaba eran las voces que vociferaban.

—No creo… —empecé a decir, y entonces en la pantalla apareció el segundo avión, por la izquierda, deslizándose por el cielo con la gracia natural de un tiburón, moviéndose engañosamente despacio, y yo me preparé para lo peor, pensando que se iba a estrellar contra la segunda torre del Trade Center.

Los periodistas que estaban en la calle dejaron de vociferar y empezaron a chillar.

Pero el avión se paró y se quedó inmóvil allá arriba, con el morro inclinado ligeramente, a escasos palmos de la fachada del edificio.

Y fue entonces cuando apareció ese tipo (ese al que la gente llama el Embajador, el Doctor, el Forastero, el Profesor u otros cientos de cosas más). No era más que un hombre de mediana edad con bata blanca de laboratorio, gafas de montura metálica y pelo canoso. Su figura ocupó por completo la imagen por encima del avión, igual que si la cúpula del cielo se hubiera transformado en una pantalla de cine IMAX, lo que solo sirvió para aumentar esa sensación de irrealidad cargada de efectos especiales.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Heather, la misma pregunta que estaban haciéndose los reporteros en la calle, un instante antes de que los labios en movimiento de la figura se sincronizaran con el estentóreo sonido.

—Ciudadanos de la Tierra —dijo—, tengo un mensaje para vosotros.

—Hola —nos saludó una voz desde el extremo más alejado del salón.

Nos giramos rápidamente en el sofá y vimos a un hombre sentado en el viejo confidente lleno de manchas, herencia de un inquilino anterior.

—¿Y tú quién coño eres? ¡Lárgate de aquí!

Vivíamos en una zona de la ciudad bastante cutre, cerca de la calle Cuarenta con la Telegraph Avenue, enfrente de la estación de cercanías de MacArthur, y a veces no podíamos entrar por la puerta principal porque la policía tenía a traficantes de drogas esposados y sentados en la acera que nos impedían pasar; así que el que un vagabundo pirado se hubiera colado en nuestro salón no era algo demasiado descabellado.

Pero mi novia me puso la mano en el brazo y dijo:

—Tim, es el tipo de la tele.

Me volví a acomodar en el sofá, aunque no es que me sintiera precisamente cómodo. No obstante, Heather tenía razón: las mismas gafas, la misma bata de laboratorio, la misma expresión vagamente amable.

—Ciudadanos de… esta casa —dijo—, tengo un mensaje para vosotros.

Más adelante nos enteraríamos de cómo ese tipo se le había aparecido a todo el mundo, en su salón, choza, yurta, batiscafo, templo en la cima de una montaña o parcelita de terreno. En algunos casos se trató de un tipo blanco con bata de laboratorio; en otros, de un negro con traje de tres piezas; en otros fue una mujer con un pañuelo en la cabeza, y en otros, un dios. Su aspecto fue distinto para cada persona, e incluso su imagen en el cielo sobre el World Trade Center no fue la misma para todos los presentes. Sin embargo, su mensaje sí que fue prácticamente idéntico para todos. Me pregunto cómo sería en el caso de esas tribus incomunicadas en el quinto infierno, en Papúa-Nueva Guinea o en las selvas tropicales de Sudamérica… ¿Cómo les explicó la situación siendo que carecían del contexto tecnológico que les permitiera entenderla? ¿O acaso esos pueblos perdidos ni siquiera existen aquí? Al no pertenecer a la comunidad global, al no haberles afectado en lo más mínimo la era del terrorismo internacional, ¿quedaban fuera de los límites del estudio? Tal vez Dawson y yo deberíamos investigarlo, aunque hoy en día lo de explorar la selva es un tanto complicado, a menos que des con el agujero apropiado.

—Habéis sido los sujetos de un prolongado estudio sociológico e histórico que ha sido todo un éxito —explicó el profesor Apocalipsis—. Y ahora ese estudio ha llegado a su fin. —Hizo un gesto señalando la pantalla de la televisión—. En la historia real, esos aviones se estrellaron contra las torres en un ataque orquestado por fundamentalistas religiosos. Esta mañana marcó el comienzo de lo que nosotros llamamos la era del terrorismo internacional. Hemos estado estudiando la génesis de ese período reproduciendo la historia humana al completo hasta ese momento. Y ahora… hemos terminado —concluyó con un leve encogimiento de hombros.

Creo que pensé algo como, «Uf, ¡qué mierda!», probablemente lo mismo que vosotros, aunque me cuesta recordar qué es lo que sentí realmente en aquel momento. Por supuesto que no me lo quería creer, pero claro, con aviones colgados en mitad del cielo y con un tipo del futuro apareciendo en nuestro salón… El asunto resultaba bastante convincente.

—Vuestro mundo no es más que una simulación que se está ejecutando en unos ordenadores (o en lo que vosotros llamaríais ordenadores) en un lejano futuro. Bueno, en lo que para mí es el presente, pero que desde vuestro punto de vista… Siento si todo esto resulta un tanto confuso. Este no es mi nivel semiótico nativo. El mundo que conocéis, las vidas que habéis tenido, son… una dramatización del pasado, tan ajustada como pudimos hacerla, poblada por las mismas personas que vivieron en la historia real, haciendo las mismas cosas que hicieron los individuos originales de los que sois una copia, regidos no por unos programas automáticos sino por las presiones naturales y sociales reproducidas a la perfección, por la combinación de condiciones iniciales y entorno. —El profesor Malasnuevas miró a su alrededor y señaló una de las láminas que teníamos colgada en las paredes color hueso, ese cuadro de Waterhouse, Las ninfas encuentran la cabeza de Orfeo, y continuó—: Igual que ese cuadro, que es una copia, una reproducción del original, pues vosotros sois eso mismo, una reproducción de…

—Entendemos lo que quiere decir. —Me cabreaba que nos considerara tan torpes, primitivos, o lo que fuera que le pareciéramos—. Somos escritores de ciencia ficción. —O en eso estábamos. Había conocido a Heather en un almuerzo organizado por los promotores de una publicación en línea en la que ambos habíamos colaborado—. Quiere decir que estamos viviendo en una simulación. Como en esa película, Matrix.

El hombre asintió con la cabeza y dijo:

—Esa es una comparación que muchos hacen en este país. Que están haciendo. Salvo porque… no hay unos tanques donde estén almacenados vuestros cuerpos de verdad. Sois solo eso, nada más que simulaciones. Igual que personajes en una holocubierta, según han dicho alguno de vuestros compatriotas.

—¿Que no somos reales? —intervino Heather.

—Estrictamente hablando, no. Aunque es defendible que seáis inteligentes. Por eso estoy aquí. Lo normal es que en una simulación histórica de esta clase, cuando termine el estudio, nos limitemos a, bueno, tal como diríais vosotros, a «echarle el cierre». Pero este es un programa muy avanzado, poblado por actores que, aunque artificiales, también son racionales (y aquí englobo todas las simulaciones de humanos junto con las de algunos de los mamíferos marinos de mayor tamaño), por lo que nuestro comité ético ha decidido que no podemos simplemente «echarle el cierre» a vuestra existencia. Una mayoría del comité considera que eso constituiría un genocidio.

—Si no van a dar por finalizado el experimento, ¿para qué aparecérsenos? ¿Por qué no dejar sin más que sigamos viviendo como antes?

No es que yo suela defender que la ignorancia es una bendición, pero estaba empezando a pensar que no se trataba de una idea tan mala.

—Sí, esa es una pregunta lógica. Este es un estudio de gran envergadura, como os podéis imaginar, y los recursos necesarios para simular con precisión un planeta entero con sus seis mil millones de habitantes son ingentes. Puesto que el estudio ha terminado, no podemos justificar la cantidad de capacidad de procesamiento que se requiere para continuarlo con el actual nivel de resolución, así que he venido para informar a todo el mundo sobre determinados, bueno…, recortes en servicios no esenciales.

«Servicios no esenciales» es una frase que hiela la sangre. Me imaginé píxeles en negro en la superficie de la luna, mareas congeladas y el sol apagado igual que una lámpara.

—¿Como cuáles?

—Bueno… —Se removió incómodo, y esa manipulación psicológica me molestó: era una imagen proyectada, no se sentía incómodo y sospecho que solo estaba intentando darme pena en su papel de portador de malas noticias (y, por cierto, Dawson cree que en esto tengo razón)—. El principal es el clima. Simular el clima consume una enorme cantidad de recursos; solo hemos sido capaces de modelar fielmente unos sistemas tan caóticos durante unas cuantas décadas, y la capacidad de procesamiento que consumen es inmensa. Así que se tiene que acabar.

—¿Que ya no va a haber… clima? —A Heather le gustaba trabajar en el jardín y unos parientes suyos tenían una granja, así que creo que ella captó las implicaciones antes que yo—. ¿Qué quiere decir eso exactamente?

—Pues que el tiempo… no cambiará. Donde esté lloviendo ahora mismo, continuará lloviendo. Donde no esté lloviendo, no volverá a llover. Y así. Se habló de detener la rotación de la Tierra, pero en comparación eso resulta bastante sencillo de modelar, y el comité tenía la impresión de que la noche eterna para la mitad del planeta sería algo innecesariamente agotador psicológicamente. Y por lo mismo también seguirá habiendo mareas.

Me lo quedé mirando de hito en hito y dije:

—Así que ¿qué opciones tenemos?, ¿o vivir en lugares con inundaciones permanentes o con sequía permanente? ¡Nos vamos a morir de hambre!

—¡Ah, no!, ya no necesitáis comer. Que tuvierais que comer sería una monstruosidad. Probablemente se produzcan algunos movimientos de población desde las zonas de clima inhóspito, pero como no nacerán más niños el hacinamiento en las zonas templadas debería ser solo algo temporal…

—¿Que no nacerán más niños?

—Por supuesto que no —dijo frunciendo el ceño—. El estudio ha terminado. No necesitamos más sujetos.

Miré a mi novia y en sus ojos vi la misma desolación que yo sentía que dejaban traslucir los míos. Solo llevábamos un mes viviendo juntos, y cinco veces ese tiempo saliendo; a nuestros veintitantos años ni siquiera nos habíamos planteado el casarnos, y por supuesto que en ningún momento habíamos hablado de tener niños… pero creo que los dos pensábamos que llegaría un día en que sí hablaríamos de tenerlos.

—A ver si lo he entendido —dije hablando pausadamente—. Seguiremos viviendo, sin necesidad de comer, sin que nazcan más niños, hasta que todos… ¿nos muramos de viejos?

—Sí. O de accidentes. O… bueno… sospechamos que es posible que, con esta nueva percepción de la realidad, algunos decidan que prefieren no vivir.

—¿Y qué pasa con las enfermedades? —preguntó mi novia.

El desconocido hizo un gesto como de «así, así» con la mano.

—No habrá más pandemias a escala mundial (que, curiosamente, también son muy difíciles de simular con precisión), pero la mayoría de las enfermedades seguirán existiendo, sí.

—¡¿Y por qué no acaban con las enfermedades?!

Heather parecía enfadada. Su padre había muerto de enfisema antes de que nos conociéramos.

—Es que, bueno… las funciones básicas de vuestro cuerpo y sus debilidades ya estaban definidas e incorporadas de manera intrínseca a la simulación tal como la teníamos, y cambiar todo eso… —Se encogió de hombros—. En un estudio que ha concluido, no. Si no hay más preguntas… esto es todo.

—¿Qué quiere decir con que esto es todo?

—Que no tengo nada más que decir. El estudio ha terminado. Sois libres de vivir vuestras vidas como os parezca oportuno.

—¿Qué vidas?

—Esa es una pregunta cuya respuesta tendréis que encontrar por vosotros mismos.

El hombre parpadeó. Y desapareció.

Mi novia y yo alargamos los brazos el uno hacia el otro y nos abrazamos en el sofá, en silencio. Fuera, en las calles de Oakland, los perros ladraban y las sirenas gemían.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Lo siguiente que recuerdo haber visto en la televisión fueron las imágenes de cuerpos que caían cuando los pasajeros y tripulación del vuelo 11 abrieron la puerta de la cabina y, a pesar de sus forcejeos, lanzaron a los secuestradores hacia la muerte. A algunos periodistas se les cortó la respiración. Otros prorrumpieron en vítores.

Los supervivientes de los aviones dijeron que cuando el embajador llegó desarmó a los secuestradores con un simple gesto de la mano, los reunió y les hizo una serie de preguntas. Ninguno de los supervivientes entendió el idioma que se habló durante esa conversación. Cuando le pregunté a Dawson de qué pensaba que habían hablado el Hombre del Futuro y los secuestradores, se limitó a encogerse de hombros y a decir: «Entrevista de cierre. Bastante habitual en los experimentos psicológicos». Y luego continuó cavando.

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No sé vosotros, pero yo no tenía paciencia alguna con los escépticos. Por supuesto que algunos eran de esos que dicen que la Tierra es plana, que la llegada a la Luna fue un montaje y que el Holocausto nunca sucedió, pero otros eran gente normal (aunque bueno, resulta difícil no sentir simpatía hacia los pirados de las teorías conspiratorias, sobre todo desde que un pequeño subconjunto de los mismos resultó tener razón: el mundo sí que es una impostura y todo lo que sabemos no son más que mentiras). Lo que mueve a los seres humanos son los motores de la negación, la obstinación y la cortedad de vista, seamos simulaciones o no. Funcionarios del gobierno diciéndonos que no teníamos que creer lo que estábamos viendo con nuestros propios ojos. Expertos hablando de histeria de masas, mientras otros expertos (los expertos en pilotar helicópteros) sobrevolaban Nueva York rescatando a los pasajeros que estaban atrapados en esos aviones paralizados sobre la ciudad, y también a los del otro avión que se había detenido a un palmo del Pentágono. El vuelo 93, tan cerca del suelo en Pensilvania cuando se detuvo que el departamento de bomberos de la zona pudo rescatar a los pasajeros utilizando únicamente camiones de esos con escalera y grandes colchonetas inflables para amortiguar la caída de los que tenían demasiado miedo, eran demasiado mayores o estaban demasiado débiles para bajar por la escalera. Y a pesar de todo eso, la gente discutía, vociferaba en la televisión, culpaba a los terroristas o a los imperialistas occidentales, y aseguraba que todo era un montaje. Los científicos intentaron ser racionales, explicarnos cómo de pronto el espacio profundo se había vuelto estático: los púlsares ya no parpadeaban, las estrellas ya no estallaban (más servicios no esenciales desconectados), pero en los Estados Unidos nunca se presta atención a lo que dicen los científicos. Sin embargo, tras unas cuantas semanas sin que nacieran niños, con la gente percatándose de que ya no sentía hambre, con el clima inmutable… se empezó a asumir. La primera ola de suicidios fue bastante brutal. Puede que llegaran al diez por ciento de la población, las personas que pusieron fin a su propia vida. Convivir con el nihilismo no es nada fácil. Por mi parte, siempre había sido ateo. Descubrir que nuestra existencia carecía de sentido, más allá del que nos inventemos nosotros, no me resultó demasiado duro. Aunque sí que me planteé si me habían robado mi destino. Nunca antes había creído en el destino, pero ahora sabía que existía, literalmente, otra vida distinta que yo debería haber vivido, y que ahora nunca iba a tener.

No se suicidaron tantos chalados religiosos como me esperaba. Esa gente es acomodadiza. Se inventaron una serie de estrafalarias explicaciones totalmente nuevas, en la mayoría de las cuales estaban implicados el Anticristo y la ONU, aunque, a decir verdad, eran igual de aburridas e incomprensibles que las estrafalarias explicaciones de antes.

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En cierto modo, era el fin del mundo, así que decidí lanzarme a la carretera. Mi relación con Heather ni siquiera duró hasta el final de septiembre: estaba preocupada por su madre, que vivía sola en el centro del país, en el centro de una inquietud y locura crecientes, así que se puso de acuerdo con unos antiguos amigos para que la llevaran en su coche hasta allí. Ni nos planteamos el que la acompañara. Durante esos últimos días fue como si ni siquiera me viera: miraba más allá de donde estaba yo y se movía a mi alrededor sin percatarse de mi presencia. Aunque siendo justos, es probable que yo me comportara de la misma manera con ella. Nuestro mundo lleno de posibilidades había sido decapitado. Y yo no tenía ninguna otra cosa que me retuviera en Oakland. Llevaba alrededor de un mes viviendo allí, tras haberme trasladado desde Santa Cruz cuando, al terminárseme el contrato en mi anterior trabajo, Heather había accedido a dejarme vivir con ella; así que apenas había echado raíces. Solo llevaba unas semanas en mi nuevo trabajo como ayudante editorial para una publicación literaria de carácter comercial, y los pocos amigos que tenía o no eran tan íntimos como para empujarme a quedarme o se habían dispersado.

Así que cargué mi Nissan plateado con mis posesiones materiales (que tan solo ocuparon el asiento trasero y el maletero, y que eran sobre todo libros) y me dirigí hacia el este, desandando el camino que había tomado trece meses atrás, cuando había dejado las montañas de Carolina del Norte para ir en busca de mi fortuna.

En la carretera había muchos coches, con un montón de gente intentando ir de un sitio a otro por sus propios motivos, fueran cuales fueran. Dejé atrás los restos de varios accidentes, unos dos o tres al día, y había puntos en las montañas o sobre ríos donde estaba claro que a alguno se le habían aflojado las tuercas, había decidido que ya nada tenía sentido y se había lanzado contra los guardarraíles para caer con su coche simulado en un río o barranco simulado. La radio, sobre todo en los tiempos muertos de la noche, estaba llena de predicadores, y yo los escuchaba, porque era o eso o música country, y uno tiene sus límites.

No os voy a mentir. Fue un viaje deprimente y bien jodido. Miraba el cielo vacío y lo que más echaba en falta eran las nubes. El cómo se deslizaban por el cielo, como si estuvieran yendo a alguna parte, pero no tuvieran demasiada prisa por llegar. Supongo que ese era mi mismo caso: moviéndome como una nube sabiendo que finalmente acabaría llegando a mi destino. No tenía teléfono móvil, pero daba igual, puesto que tampoco te podías fiar ya de que funcionaran, y lo mismo pasaba con las cabinas de teléfono, así que no pude avisar a Dawson de que iba de camino, aunque lo intenté varias veces. Ni siquiera podía estar seguro de que él estuviera todavía allí, viviendo en la casa que habíamos compartido con unos amigos en Boone; tenía familia más al este, así que a lo mejor se había marchado para reunirse con ella en estos tiempos de tribulación. Pero Dawson era uno de mis amigos más queridos y el tipo que siempre parecía saber cómo reaccionar ante cualquier cosa sin ni siquiera parpadear, desde las ruedas pinchadas hasta las catástrofes financieras, pasando por los atracadores y los malos viajes. Nos habíamos conocido en un taller de escritura en el primer curso de la universidad, durante el que Dawson decidió que en realidad no tenía madera de escritor y yo decidí que yo sí la tenía, y desde entonces habíamos mantenido una estrecha relación, e incluso habíamos compartido habitación durante varios años. Él era chino-hawaiano, hijo de un militar, había practicado más artes marciales que nombres yo era capaz de recordar, tenía unas cinco espadas, fumaba sin parar, le encantaba quedarse levantado toda la noche comentando películas y no era mejor que yo jugando al ajedrez, aunque le gustaba tanto como a mí. ¿Qué mejor compañía en la que pasar el fin del mundo? Por supuesto, Dawson no era perfecto. Los asuntos románticos y la escritura creativa se le daban de pena. Solíamos bromear diciendo que yo había nacido para amante y él para luchador. Lo de luchar sonaba bastante bien, ¿pero para qué íbamos a luchar?, ¿o con quién?, ¿o contra quién?

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Aunque, dentro de lo que cabe, fue un apocalipsis bastante tranquilo. Me refiero a que no se rompió nada. No explotó nada. Mientras conducía por Texas, me dio bastante mal rollo ver que alguien había atacado la segunda cruz más grande del hemisferio occidental, una especie de símbolo de la zona, que tenía colgando uno de los brazos, roto. A veces me cruzaba con coches que iban en dirección contraria a toda velocidad, y con vehículos militares y de la policía, pero me imaginaba que estarían haciendo frente a pequeños desastres locales. Me preguntaba cuánto tiempo duraría la gente en esa parte de Texas, que había sido siempre bastante seca, pero es que hay una diferencia entre ser «siempre bastante seca» y «no volver a caer ni una gota de lluvia, jamás, nunca jamás». Porque incluso los cactus terminan muriendo de sed, ¿verdad?

Aunque yo no me morí. Me había acostumbrado a no comer (nunca tenía hambre, así que no se me ocurría comer), pero cuando estaba llenando el radiador sobrecalentado en una estación de servicio en el desierto caí en la cuenta de que llevaba un par de días sin beber ni una gota de nada, ni siquiera de un refresco con cafeína. Y tampoco echaba demasiado en falta el beber. Aunque sí que echaba en falta el mear y cagar, momentos en los que solía aprovechar para reflexionar con calma. Es cierto que podía seguir comiendo, pero me parecía que era demasiado lío, y tampoco es que demasiados de los tugurios de comida rápida de la carretera siguieran abiertos. Cuando el mundo se está desmoronando, no continúas currando en la ventanilla de un garito de comida para llevar.

Había estado durmiendo en el coche a un lado de la carretera, aunque tampoco estaba exactamente lo que se dice cansado. ¿Acaso dormir no era más que otro hábito? Esa noche conduje de un tirón y no me sentí cansado en lo más mínimo, ni tampoco noté ni la visión borrosa ni lasitud ni brote psicótico alguno. Después de todo, a lo mejor este apocalipsis tenía su lado positivo. No dormir significaba más tiempo para… Vale, ya no tenía sentido el hacer nada. Así que mejor olvidarse de que el asunto pudiera tener sus ventajas.

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Llegué a Boone a media tarde y aparqué en la entrada de coches que tan familiar me resultaba, la misma de la que había salido hacía algo más de un año. Por entonces, justo después de la universidad, estaba compartiendo la pequeña casa de ladrillo cuyo alquiler pagábamos entre otros cuatro chicos y yo, pero tras graduarnos cada cual nos fuimos por nuestro lado… excepto Dawson, que se había quedado toda la casa para él. En la universidad, Dawson había estudiado psicología clínica, e incluso había sido coautor de un par de artículos (uno bastante controvertido sobre si los videojuegos violentos predisponían hacia el comportamiento violento en la vida real), pero poco después de graduarse se interesó por la medicina tradicional china y empezó a aprender acupuntura.

Dawson estaba sentado en el porche, vestido con un mono cubierto de salpicaduras de barro, bebiendo una cerveza. Cuando aparqué en la entrada, levantó y movió ligeramente la mano a modo de saludo, como si simplemente me hubiera ausentado para ir a la tienda o algo por el estilo. Apagué el motor y subí las escaleras, y él se incorporó y me abrazó. Ni a él le importó mi hedor tras varios días en la carretera ni a mí sus manchas de barro. Yo solía decir que Dawson era una de esas pocas personas por las que yo cogería el primer avión sin preguntar nada si me llamaban diciendo que necesitaban ayuda. Los aviones ya no vuelan hoy en día, pero la idea subyacente sigue siendo la misma.

—Bienvenido, tío —dijo—. Es mejor que no hablemos aquí. Acompáñame al sótano.

Bajó los escalones de la entrada y rodeó la casa; yo fui tras él, y hasta que no hube dado una docena de pasos no me acordé de que la casa no tenía sótano.

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—He estado cavando este agujero en el suelo —dijo Dawson señalando con la cabeza una sucia lona extendida sobre el suelo del patio trasero—. Aunque fueron los topos los que lo empezaron. Ya sabes que siempre nos han dado problemas porque excavan túneles en el patio. Un día que andaba por aquí vi que uno de los agujeros… tenía una pinta rara. El interior no estaba oscuro. Brillaba. Así que cogí una pala y empecé a agrandarlo y, pues bueno…

Se agachó, cogió el borde de la lona y la apartó.

Un túnel inclinado se adentraba en la tierra, apuntalado por un tablón aquí y allá, y al fondo se veía… una gran y brillante nada blanca.

—¿Qué coño es eso?

—¿Es que acaso tengo pinta de ser uno de esos jodidos programadores de fuera de la simulación? —respondió con un encogimiento de hombros—. No estoy seguro. Pero ya sabes que a veces cuando se está jugando con un videojuego te topas con una parte que tiene alguna pifia y de pronto te estás moviendo por debajo del terreno. O viendo los polígonos con los colores trastocados, o sin color alguno, porque no es algo que esté previsto que los jugadores vayan ver jamás, es como si fuera un espacio virtual inacabado. Pues yo creo que esto es algo así. Bajemos.

Dawson se deslizó en el interior del agujero (de ahí el barro) y pronto desapareció de mi vista, y yo lo seguí un instante después, igual que lo había seguido a innumerables fiestas, bares llenos de humo y bosques sombríos durante los años de nuestra amistad. Fue un descenso extraño, a ratos avanzando a gatas y a ratos deslizándonos, pero finalmente llegamos a una caverna de unos dos metros de alto por tres de ancho, con una parte de tierra y otra de esa brillante nada blanca. Había una pala, un pico y unos cuantos cubos: Dawson estaba ampliando la caverna, quitando tierra y raíces para agrandar la blancura. En las paredes colgaban un par de lonas, sujetas por las esquina con clavijas de las que se emplean en las tiendas de campaña. También había un par de sillas plegables hechas un asco, y Dawson y yo nos sentamos.

Miré a mi alrededor. La nada seguía siendo igual de extraña cuando se la examinaba: luz blanca que al mismo tiempo era espacio físico.

—Ya veo que has encontrado un proyecto con el que mantenerte ocupado durante el posapocalipsis.

—Igual me equivoco, pero creo que aquí a lo mejor podemos hablar sin ser monitorizados —dijo Dawson inclinándose hacia delante con aire grave—. Creo que esta pequeña sala está técnicamente fuera de la simulación… bueno, debajo. Es posible que aquí no puedan oírnos.

—¿Oírnos? Si no nos están escuchando, tío. Se han marchado abandonándonos aquí.

Dawson dejó escapar un suspiro y dijo:

—Cuando estábamos en la universidad te metí en un par de estudios psicológicos, ¿te acuerdas?

—Claro.

Que sobre todo habían consistido en rellenar cuestionarios, responder preguntas hipotéticas y otras cosas por el estilo. Nada raro como el experimento de la cárcel de la universidad de Stanford.

—¿Qué es lo primero que no se debe olvidar cuando se participa en uno de estos estudios?

—Yo estaba estudiando filología inglesa, Dawson, vas a tener que refrescarme la memoria.

—Los investigadores siempre te mienten. Te cuentan que el estudio es sobre una cosa, pero en realidad es sobre otra. Porque si los sujetos conocieran el verdadero objetivo del experimento, podrían no actuar con normalidad y contaminar los resultados del mismo. Así que te dicen que quieren hacerte unas preguntas sobre tus hábitos de compra y te encierran a solas durante horas en un cuarto con únicamente una jarra de agua, porque lo que en realidad quieren ver es cuánto tardas en dejar de lado tu civismo y mear en un rincón. O te dicen que están midiendo el umbral del dolor de los sujetos participantes en el experimento ante una descarga eléctrica y lo que en realidad están estudiando es cuánto dolor estás dispuesto a infligir a un desconocido solo porque te lo diga un tipo con bata de laboratorio.

—Pero… el estudio ha concluido… —apunté yo frunciendo el ceño.

—Lo dudo —dijo Dawson moviendo negativamente la cabeza—. Si se la analiza, la explicación que nos dieron no se sostiene en modo alguno. Pueden hacer que no nazcan niños, que no tengamos hambre, que no tengamos sed y que no durmamos, ¿y no pueden acabar con las enfermedades? Si son tan poderosos como para ser capaces de simular de manera convincente todo un planeta, ¿cómo es que no pueden permitirse dejar que la simulación siga corriendo tranquilamente en un segundo plano o descargar nuestras mentes a cuerpos de ese mundo real de fuera de la simulación? ¿Que hay alguien en un comité ético en algún lugar que no está por la labor de dejar que desaparezcamos pero a quien no le preocupan las inusuales y crueles implicaciones de dejar que vayamos enloqueciendo lentamente en esta pecera en la que vivimos? Para mí que son mentiras y que aquí se está cociendo otra cosa..

Fue como si me hubieran puesto mi mundo patas arriba… otra vez.

—¿Como qué? ¿Cuál crees que es su verdadero objetivo?

—¡Vete tú a saber! Un ratón en un laberinto no puede aspirar a entender los principios fundamentales de las ciencias de la conducta. Es posible que sea algo que quede más allá de nuestra comprensión.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Bueno, podemos portarnos como buenos ratones y continuar corriendo por el laberinto que nos han construido —dijo Dawson con una sonrisa burlona.

—¿O?

—O…

Se levantó y con una floritura arrancó una de las lonas de la pared dejando a la vista otro túnel, pero al final de este no había una nada blanca. Al final de este había árboles, montones de árboles, un bosque lleno de árboles… de árboles horizontales, con el suelo a la izquierda y el cielo a la derecha. Me empezó a doler la cabeza solo de verlos.

—Tachán… —dijo Dawson—. El mundo no es un globo, Tim, no de verdad. No es más que mapas, sin territorio. La geografía aquí no es más que una ilusión. Al principio solo cavaba por curiosidad, para ver hasta qué profundidad llegaba esa blancura, pero me encontré… no sé, una distorsión. Un atajo hacia otro mapa. Si vas por ese túnel, apareces de costado en Alemania, cerca de la Selva Negra. Encontré otro túnel que lleva a Perth, en Australia. Los viajes internacionales son una cosa del pasado para la mayoría de la gente, y toda la infraestructura mundial de comunicaciones se ha desmoronado. La gasolina se está agotando porque los pozos de petróleo ahora están vacíos. Estamos volviendo a lo básico. Así que creo que, sea lo que sea lo que realmente les interesa a los investigadores, nos quieren aislados, confinados en un lugar, tribales, fragmentados. ¿No será que quieren estudiar el hundimiento de una civilización? Cualquiera sabe. Pero no tenemos por qué hundirnos. No tenemos por qué fragmentarnos. Podemos continuar cavando, y a lo mejor encontrar nuevos túneles, y tú y yo…

—Podríamos patearnos el mundo.

—Podríamos propagar la palabra. Propagar la buena nueva. O, bueno, la mala nueva.

—Pero aunque sus investigadores no nos puedan oír cuando estamos aquí, terminarán por fijarse en nosotros. ¿Qué pasa si arreglan la pifia?, ¿o cierran los atajos?

—Bien —dijo con esa amplia sonrisa que a mí me encantaba—, entonces sabré con seguridad que tengo razón. Entonces tendré la prueba de que no somos solo una simulación dejada a un lado, de que siguen monitorizándonos. En cualquier caso, salgo ganando.

Solté una carcajada.

—¿Y qué pasa si nos borran y fin del problema?, ¿o si el próximo agujero que caves acaba en el fondo del océano y nos ahogamos?

—Una vida sin riesgos no es vida, Tim.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Dawson y yo vamos a montones de sitios, pero tampoco podemos ir a todas partes, así que preparamos este folletillo, esta carta en cadena, y empezamos a enviarla aquí y allá. Si has leído esto, ya sabes lo fundamental: los investigadores nos están mintiendo. Tienen una agenda oculta. Y el solo hecho de que estés enterado de esto ya contribuye a arruinar su estudio, o lo que sea. Contamos con que hagas una copia, a mano o de cualquier otro modo si es que todavía tienes acceso a algún aparato que funcione, y que se la pases a otra persona. O que empieces a cavar tu propio agujero a ver si das con un atajo, y que se lo cuentes a quienquiera que encuentres en el otro extremo. Los atajos están por todas partes. Igual forman parte del experimento, Dawson dice que es posible, que cualquier cosa lo es, que los investigadores son más inteligentes que nosotros, pero también me ha dicho otra cosa que me resulta reconfortante. Me dijo que si de verdad antes éramos una simulación histórica, estábamos constreñidos por lo que realmente hubiéramos hecho en nuestras vidas originales, estábamos limitados por imperativos históricos. Pero que ahora que la historia se ha interrumpido, el futuro está totalmente abierto y somos libres. Por primera vez, somos libres. Y que deberíamos empezar a actuar en consecuencia.

Porque esto no puede seguir así. No somos ratones, no somos gusanos, no somos moscas de la fruta… somos seres inteligentes. Es posible que los investigadores nos crearan así, pero los niños maltratados tendrían que saber que no deben lealtad incondicional a aquellos que los crearon, y nuestros creadores no se han ganado nuestro respeto. Así que jodámosles el juego. Hagamos añicos su estudio. Destrocémosles el experimento. Subamos al tejado y gritemos: «Os hemos calado, cabrones, sabemos que nos estáis mintiendo». Organicemos la mayor sentada que se haya visto en el mundo, o los mayores disturbios, y a lo mejor nos echan el cierre, o nos borran los recuerdos y nos vuelven a colocar en el mismo laberinto de antes para que volvamos a vivir hasta el final nuestras antiguas vidas, pero en cuanto hagan la más mínima cosa… entonces será cuando sepamos que hemos ganado.

Y, ¡joder!, aunque se limiten a no hacernos ni caso, ¿acaso tenéis algo mejor que hacer con el tiempo que os queda en esta Tierra imaginaria?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Durante mi viaje por carretera, pasé mucho tiempo preguntándome qué le habría sucedido a mi yo real, al Tim que no era una simulación. ¿Seguí con Heather? ¿Nos casamos, tuvimos hijos y fuimos felices? Siempre he sentido fascinación por los caminos que se quedan sin tomar, por las posibilidades que no cuajan, y ahora estaba viviendo en el camino equivocado definitivo. Yo solía escribir historias sobre remordimientos, universos paralelos, teorías sobre mundos múltiples y el dios de las encrucijadas, y ahora estoy viviendo en una de ellas.

Sobre todo (y ya sé que es una frivolidad, pero si no puedo ser honesto con la masa anónima del mundo, ¿con quién voy a poder serlo?) me pregunté si mi yo real llegó finalmente a convertirse en un escritor famoso. Si a lo mejor, incluso en la época del profesor Tontoelculo, la gente lee los libros que todavía no había llegado a escribir a finales de 2001. Siempre quise ser un escritor famoso o, más en concreto, quise ser un escritor tan bueno que la fama fuera simplemente un efecto secundario inevitable, un escritor al que todo el mundo leyera, un escritor que todo el mundo se sintiera obligado a leer, un escritor importante, un escritor grandioso. Cuando hace un momento le he mencionado esa vieja ambición, Dawson me ha dicho: «Tío, se trata de un clásico ejemplo del “Ten cuidado con lo que deseas”».

Y supongo que tiene razón. Porque ¿acaso no estáis ahora leyendo esto?

Copyright © 2009 Tim Pratt

Nota del autor:

Esta es una de las dos metaficciones incluidas en la colección Antiquities and Tangibles and Other Stories, en las que, tal vez desacertadamente, he tomado la decisión de incluirme como personaje en el relato; aunque puedo argumentar que, en realidad, en este yo no soy un personaje, sino que es una simulación mía quien lo es, que está ejecutándose en un futuro extremadamente lejano.

La mañana del 11 de septiembre de 2001 empezó para mí igual que en este cuento, con un mensaje de nuestro amigo Sherman en el contestador preguntándonos si nos habíamos enterado de la noticia, y con nuestras especulaciones sobre qué es lo que podría estar en las noticias de todos los canales. Y ojalá hubiera sido una invasión extraterrestre… Esto me llevó a plantearme un cuento en el que lo que hubiera ocurrido hubiera sido un extraño y colosal acontecimiento de ciencia ficción, y añadí a la mezcla la provocativa propuesta del filósofo Nick Bostrom de que casi con seguridad estamos viviendo en un universo simulado, recreando la historia pasada para provecho de un grupo de investigadores en un futuro muy lejano. A punto estuve de escribir este relato con personajes de ficción, pero para mí resultó mucho más potente cuando lo hice sobre mi vida, extrapolando lo que podía haber sucedido si ese día mi realidad hubiera sido hecha añicos, que es lo que le había sucedido a mucha gente en la vida real, claro está. El 11-S no tuvo un gran impacto en mi vida personal (una vez me hube asegurado de que mi amiga Megan, que vivía y trabaja en Nueva York y que era mi única conexión personal importante con ese lugar, se encontraba bien), aunque por supuesto que conozco a gente a la que le afectó mucho más profundamente. A mi mujer todo esto no le hacía demasiada gracia: es comprensible que un cuento en el que rompíamos y en el que la existencia de nuestro hijo era borrada la incomodara un tanto; pero a la postre estuvo de acuerdo en que si consideraba que esta era la manera en que mejor podía contar la historia, debería hacerlo así. Sigo pensando que es una historia ambiciosa, aunque no estoy seguro de si me ha quedado tan redonda como me hubiera gustado. El título está sacado de una cita de Buckminster Fuller: «No hay experimentos fracasados, solo resultados inesperados».

Mi querido amigo Dawson (o al menos fragmentos de su biografía) lleva años apareciendo de manera camuflada en mi ficción, así que ha sido agradable permitirle salir en una historia con su propio nombre y en todo su esplendor, que es bastante. Su formación en el campo de la psicología clínica y nuestras largas conversaciones sobre la materia me proporcionaron algunos de los principales puntales de esta historia.

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Romance científico, de Tim Pratt

Tim Pratt ya no necesita presentación. Tras la publicación en Cuentos para Algernon de su relato Otro final del imperio y la de la recopilación Hic sunt dracones de la editorial Fata Libelli con siete de sus cuentos, ha pasado de ser prácticamente un desconocido por aquí a ser uno de los autores más alabados en estos momentos por los aficionados hispanos a la literatura fantástica (y si no me creéis, leed las reseñas y comentarios que han aparecido tanto de Cuentos para Algernon: Año I como de Hic sunt dracones). Ahora bien, es muy posible que bastantes de vosotros no sepáis que además de estupendos relatos y novelas, también ha escrito abundantes poemas. Y con uno de ellos (Soul Searching, que podéis leer en inglés aquí) incluso ganó en 2005 un Rhysling Award (premio que se concede anualmente a las mejores obras poéticas de ciencia ficción, fantasía o terror).

Romance científico (Scientific Romance) es un romántico poema que Tim colgó en su página en 2010, y que posteriormente ha incluido en su colección Antiquities and Tangibles & Other Stories, publicada en 2013. Es posible que no haya ganado ningún premio, pero tal como el propio Tim cuenta en una breve nota incluida en Antiquites and Tangibles (cuya traducción podéis leer a continuación de la poesía) es una obra que gusta a todo el mundo. Así que espero que ninguno de vosotros seáis la excepción (yo no lo he sido, eso os lo aseguro). Y como lo escribió a modo de regalo de San Valentín para su mujer, creo que hoy es el día perfecto para disfrutarlo.

Porque además con Romance científico yo empiezo a cumplir mis promesas pendientes, puesto que Tim (con su Otro final del imperio) fue el segundo autor más votado en nuestra primera encuesta anual, tanto en la pregunta relativa al autor que os gustaría que repitiera en el blog como en la del cuento que más os había gustado del primer año. Con lo que me habéis dado una estupenda excusa para que podamos tener el placer de continuar descubriendo su obra.

Por último, quiero volver a dejar constancia de mi agradecimiento a Tim, porque además es uno de los autores que más facilidades me está dando para que podamos tenerlo por aquí. Once more, thanks a million, Tim!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar aquí el poema en los tres formatos habituales para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Muchas gracias a Johan y Jean Mallart por su amable colaboración.

                  Descargar Romance científico DOC      Descargar Romance científico PDF

Romance científico

Tim Pratt

Si un viaje espacial de ida y vuelta
desde nuestra Tierra hasta
alguna estrella lejana
a velocidades cercanas a la de la luz
te hiciera más joven que yo
debido a los efectos relativistas
de la dilatación del tiempo,
yo me presentaría en tu puerta deseando
que te hubieran empezado a gustar los hombres maduros,
y te pediría que me enseñaras todo
lo que aprendiste para pasar el tiempo
ahí fuera en el vacío sin fin
de la noche.

Si fuéramos los únicos supervivientes
de un apocalipsis zombi
y te mordieran y te transformaras
en un cadáver andante
yo ni siquiera cogería mi
rifle de asalto,
me limitaría a dejarte
morderme, porque prefiero ser
un muerto viviente eternamente
contigo
que seguir vivo solo
y sin ti.

Si tuviera una máquina del tiempo, retrocedería
hasta los días de tu juventud
para ver cómo te convertiste en esa persona
a la que tanto amo hoy, y luego
volvería al momento en que nos conocimos
solo para poder ver mi propio rostro
cuando vi tu cara
por primera vez,
y, vale,
probablemente viajaría a la época
en la que éramos una pareja joven
e intentaría que montáramos
un trío. Nunca he entendido
por qué más viajeros del tiempo no hacen
estas cosas.

Si llegaran los invasores extraterrestres
y se quedaran flotando encima de nuestras ciudades,
juzgándonos severamente, intentando decidir
si invitarnos a la Federación
Galáctica de Galaxias
Confederadas o en lugar de eso
lo apropiado era un pequeño genocidio,
creo que nuestro amor podría ser un poderoso
argumento para la preservación
de la humanidad en general o, al menos,
de la tuya y la mía
en particular.

Si estuviéramos cautivos juntos
en un zoo alienígena, intentaría sacar
el mayor partido a la situación, cultivar una vena
de xenoexhibicionismo,
subir y bajar las cejas y hacer chistes
sobre la reproducción en cautividad.

Si me perdiera en
el multiverso, explorando
las infinitas dimensiones paralelas, mi
único criterio para asentarme
en algún lugar sería
el que pudiera o no encontrarte:
y una vez que te encontrara, me quedaría allí incluso
si fuera un mundo regido por arañas-sacerdote
gigantes, o uno en el que robots
asesinos hubieran ganado la guerra civil, o incluso
un mundo en el que los sándwiches
nunca se hubiera inventado, porque
en cualquier caso tú lo harías
el mejor de todos los mundos posibles,
y además
nos podríamos hacer ricos
inventando los sándwiches.

Si llega la Singularidad
y subimos nuestras mentes a una colosal
simulación informática de complejidad
casi infinita y resolución perfecta,
y somos capaces de experimentar cualquier
fantasía, explorando mundos limitados solo
por nuestra imaginación aumentada,
yo seguiría pasando al menos 1.021 ciclos
de procesador al mes simplemente sentado
en un sofá virtual contigo,
viendo la televisión virtual,
comiendo fajitas virtuales,
cogidos de nuestras manos virtuales,
y deseando
que fuera de verdad.

© 2010 Tim Pratt

Nota del autor:

Escribí este poema para mi mujer por San Valentín, hace unos años. Lo colgué en mi página y ha terminado haciéndose sorprendentemente popular. También fue grabado para el podcast Escape Pod, con lo que llegó a miles de oyentes. Cuando lo recito en alguna lectura pública siempre gusta a todo el mundo, y ha sido leído en al menos seis u ocho bodas (que yo sepa). Ojalá todo lo que escribiera resultara así de bien.

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Cuentos para Algernon: Año I, lo que se dice por ahí

Cuando decidí reunir todos los cuentos publicados durante el primer año en lo que acabaría siendo la antología Cuentos para Algernon: Año I, tan solo estaba pensando en que el tenerlos todos juntos os podía resultar más cómodo que tenerlos dispersos en doce documentos. De ahí mi grata sorpresa al ver la estupenda acogida y enorme repercusión (siempre relativa a los parámetros en los que este blog se mueve, por supuesto) que ha tenido la misma.

Transcurridos algo más de tres meses desde su lanzamiento, he querido reunir en esta entrada los enlaces a páginas donde se ha hablado de Cuentos para Algernon: Año I. Y lo hago por varios motivos. Por una parte, por si alguno de vosotros tenéis curiosidad por saber qué es lo que se está diciendo de ella. Por otra, porque la mayoría de estos comentarios han aparecido en páginas y blogs de lo más recomendable si os interesa la literatura fantástica, por lo que así ya aprovecho para animaros a que descubráis aquellos que podáis no conocer. Y por último, porque sabiendo la infinidad de libros interesantes que hay en el mercado, me gustaría agradecer a los autores de todas estas reseñas y recomendaciones el que hayan dedicado su tiempo a leer y comentar esta antología a pesar de que es un librito publicado de manera totalmente amateur y, por lo tanto, con muy pocos medios, pero, eso sí, con muchísimo cariño.

Es muy posible que falten páginas, por lo que si sabéis de alguna otra, decídmelo para que la incluya. Y en el caso de que aparezca alguna más, iré actualizando la entrada para intentar que esté lo más completa posible.

Reseñas

Sagacomic

Donde acaba el infinito

C

Fantástica Ficción

Ciencia Ficción Perú

El jardín del sueño infinito

Resúmenes de lo más destacado del año 2013

El zombi de Schrödinger

Sense of Wonder

Deprisa, Deprisa (selección Manuel de los Reyes, invitado en el blog)

Donde acaba el infinito

Literatura fantástica: Recomendaciones libros publicados en español y relatos traducidos en el 2013

C (donde además de estar entre los recomendados también recomendamos)

Podcast

VerdHugos: segundo episodio de la tercera temporada

Otros

ELBAILEDESANVITO

Todo e-Readers

Aventureros Inc.

Goodreads: página de Cuentos para Algernon: Año I en la que también podéis leer diversos comentarios y valoraciones sobre la antología, que en algunos casos son auténticas reseñas.

sedice: hilo donde se puede opinar sobre la antología e incluso puntuarla

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