Destino cero, de Jeff Noon

Jeff Noon es un novelista, dramaturgo y músico inglés nacido en Manchester, que lleva más de veinte años escribiendo novelas y relatos de ficción especulativa. Su opera prima, Vurt , ambientada en un peculiar Manchester, se publicó en 1993 (en España en 2000, ed. Mondadori) y gracias a ella ganó el premio Arthur C. Clarke Award (que se otorga a la mejor novela de ciencia ficción publicada ese año en Gran Bretaña) y se convirtió en la nueva promesa de la ciencia ficción británica. La ciudad de Manchester y las plumas Vurt serían también las protagonistas de varios de sus posteriores relatos y novelas (como es el caso de Polen, continuación de Vurt, también publicada por aquí en 2001 por la misma editorial). Aparte de este grupo de obras que conforman lo que se considera el “ciclo de Vurt”, Jeff ha publicado otras varias novelas, cuentos y piezas teatrales. Su obra es de lo más variada y en ocasiones se adentra en lo experimental, lo que la hace difícilmente clasificable, como lo demuestra el hecho de que él mismo haya tenido que inventarse diversas etiquetas para definirla: avant pulp, metamorficción, post futurismo, surrealismo negro… En estos últimos años se ha embarcado en varios proyectos, como la autopublicación en formato e-book de toda su obra (disponible aquí) y diversas colaboraciones con otros escritores y músicos. Pero creo que la demostración más clara de que sigue estando en plena forma son las que él llama «microesporas», unas perlitas de microficción en su versión tuiteratura (@jeffnoon), que todos aquellos para los que el inglés no os suponga un problema no os deberías perder. Y si este no es vuestro caso, aquí  podéis disfrutar de una selección de las mismas traducidas al español por el escritor mexicano Alberto Chimal.

Destino cero (Creeping Zero) está incluido en Pixel Juice, una antología un tanto heterodoxa publicada en 1998, que incluye desde relatos más o menos «tradicionales» (algunos englobados en el ciclo de Vurt) a otras piezas bastante más experimentales en las que su autor se centra en jugar con el ritmo y el lenguaje. Se trata de un relato bastante breve y al que creo que la etiqueta de New Weird le encaja perfectamente. Según Jeff, en realidad trata de cómo los jóvenes se convierten en adultos en ciudades duras como Manchester, de cómo uno se ve obligado a renunciar a su individualidad para ser aceptado; y lo importante de este relato sería más la narrativa interna del joven protagonista que todo lo relacionado con la caza, que vendría a ser poco más que una especie de macguffin (eso sí, extraordinariamente manejado por su autor).

Espero que Destino cero os guste, especialmente a Xtian Romero, a quien agradezco que me sugiriera a este autor como candidato para el blog (aunque espero que no llegues a morirte todavía de la dicha, no te pueda dar alguna otra alegría). Y ojalá sirva para empezar a reavivar el interés por este escritor que tengo la sensación de que ahora mismo tenemos un tanto olvidado tras más de diez años sin que se haya editado nada suyo por aquí.

Y ya por último, quiero agradecerle a Jeff todas las facilidades que me ha dado para que hoy pueda tener este cuento aquí. Además de sus aclaraciones y sugerencias, que tan útiles me han resultado. Thanks a million, Jeff!

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Destino cero

Jeff Noon

Esta noche cazamos cinco. Nos portamos bastante bien. El señor Bone dice que casi volvemos a ir de acuerdo con lo previsto. Yo pensaba que estaba bastante bien hasta que Clingfilm va y dice que eso no quiere decir una mierda, que nos queda un montón hasta que nos ganemos un plus. Porque, oye tú, es que también tenemos días malos. Hemos tenido algunos días malos en los que casi no hemos cazado ninguno. Pero ahora lo estamos compensando. Esta noche cazamos cinco.

Esta noche cazamos tres. Una noche bastante buena. Pero no tan buena como buena lo fue la noche pasada.

Hoy no cazamos ninguno. Hay días que te salen así. No cazas ninguno. A veces cazas uno; la mayoría de las veces, dos. A veces, tres. A veces, cinco. Una vez cazamos seis y otra vez, siete. Es lo más que hemos cazado nunca de golpe, siete. Ese fue un día especial, nos dieron primas. Nunca hemos cazado cuatro, ni una vez. Yo pensaba que no era más que cosas raras de la suerte hasta que el señor Bone va y nos dice que nunca se ven cuatro juntos, que no les gusta ese número. No sabe por qué no les gusta, ni tampoco lo sabe Edie y ni siquiera Shiva que se piensa que lo sabe todo. Pero hoy no cazamos ninguno, que es lo mismo que decir que cazamos cuatro, porque nunca cazas cuatro, no de golpe. Pero el señor Bone dice que eso es hacer trampas, el pensar así.

Esta noche cazamos dos. Ni bien ni mal, el número que sueles cazar una noche o día normal. A mí me agradan más las salidas nocturnas. Todo el mundo me están diciendo siempre de que es más peligroso por la noche porque es entonces cuando salen sobre todo y que es por eso que nos pagan más por el turno nocturno, pero a mí tanto me da. No me importa lo que nos paguen siempre que cacemos los más posibles. Todo el mundo se me ríen cuando digo esto, porque de lo único que hablan ellos es de las pagas, de los pluses y de las primas, excepto Edie que nunca habla mucho, y excepto Shiva que está un poco pirada, pero a quién le importa si caza más que cualquier otro. Con lo que solo quedan el señor Bone y Clingfilm para hablar de las pagas. De sobra. A mí cuando más me gusta es sobre las tres o las cuatro de la mañana cuando toda la ciudad nos pertenece solo a nosotros. Con las calles tan silenciosas… silenciosas y casi como delicadas. Es como si no fuéramos conduciendo, es más como si atravesáramos Manchester flotando. Esta noche cazamos dos.

Esta noche cazamos otros dos. Ya llevamos un montón de doses cazados. Enseguida vamos a tener que empezar a cazar treses otra vez, y cincos y seises, y quién sabe si incluso sietes. La mejor caza que ha tenido nunca un equipo ha sido nueve de golpe, pero ese fue el equipo Suicidio Mambo, que son famosos porque van en plan duro, y además ellos limpian el sector de Gorton. En Gorton lo único que tienes que hacer es salir por la puerta y ya has cazado cinco; están por todas partes. Mientras que nosotros nos curramos el distrito de Levenshulme, donde no hay tantos ni de lejos, y hoy cazamos dos.

Esta noche cazamos tres. Hace un tiempo hubiera dicho que nos había ido bastante bien. Pero ahora es irnos bastante mal. El señor Bone está maldiciendo y Clingfilm dice que se acabó, que ya no hay plus, y Edie está cada vez más y más callada y Shiva se ha puesto como una loca y está en la camioneta desahogándose. Somos cinco. Somos el equipo Destino cero. En un equipo siempre hay cinco. Yo encuentro que está bastante bien pensado, que seamos cinco, porque así uno puede quedarse en la camioneta y los otros cuatro pueden salir de patrulla. De manera que si nos mantenemos juntos cuando estamos aquí fuera nunca nos van a poder confundir con una de sus cuadrillas, ¿a que no? Porque nunca se los ve de cuatro en cuatro. O al menos esa es la explicación del señor Bone. El señor Bone es el jefe y Clingfilm es el conductor y Edie es la rastreadora y Shiva, bueno, Shiva es simplemente Shiva, ¿verdad? Ella es la cazadora. Ha cazado a cientos de ellos. ¿Y yo? Yo soy el chaval, el aprendiz. Este es mi primer equipo. Nunca he cazado ninguno. Solo los arrastro hasta la furgoneta y los despellejo.

Esta noche no cazamos ninguno. No quiero ni hablar de ello.

Hoy cazamos uno. ¿Qué queréis que os diga? Salimos de patrulla, con Edie delante, y encontramos un solitario y lo cazamos, lo matamos y lo despellejamos, y ahí se acabó todo. El resto del día lo único que hicimos fue vagar por las calles, y yo intenté charlar con Edie, diciéndole que me gustaría llegar a ser rastreador un día, pero no me contestó, supongo que estaría en propio su mundo. Y el señor Bone me dijo que no es que se llegue a ser rastreador, chaval, que se tiene que nacer rastreador, y Clingfilm dijo que eso no eran más que un montón de gilipolleces. Pero ¿qué sabrá él?, ¿qué sabe nadie? Hoy cazamos uno.

Esta noche cazamos cinco. Nos fue bastante bien así que estábamos eufóricos, salvo porque se nos había escapado uno. Eso quiere decir que cazamos cuatro. Que en realidad no es lo mismo que realmente cazar cuatro, porque nunca cazas cuatro y eso es así. Lo único que pasó es que se escapó uno. Lo que cabreó a Shiva, ya lo creo. No soporta que se escapen. Y Clingfilm estaba maldiciendo otra vez por lo del plus, cuando en realidad toda la culpa de que se hubiera escapado había sido suya. Y se estaba escondiendo detrás de todas esas maldiciones, hasta yo me estaba dando cuenta. Pero lo más raro fue cuando ese se escapó, y los otros cuatro que quedaban se pusieron como locos, supongo que cuando se dieron cuenta que eran cuatro. Lo normal es que una vez los cazas no te den problemas, pero estos cuatro se volvieron como fieras contra nosotros, y me asusté porque sé que así fue como Destino cero perdió a Wesley, cuando cazaron cinco y dejaron escapar uno, y los cuatro que quedaban se pusieron como locos. Pero esta vez Shiva los mató a todos. Y bien muertos.

Hoy no cazamos ninguno. No me importa. Todavía me notaba alterado por lo de anoche y ahora que he empezado no puedo dejar de pensar en Wesley. Yo no llegué a conocerlo, porque fui quien lo sustituyó. Pero todo el equipo, todos hablan de él, como que fuera, no sé, brillante o algo así, aunque se perdió. Preferiría que no lo hicieran, porque que hablen así de él me obliga a mí a que tenga que ser brillante un día. Espero llegar a serlo y convertirme en un rastreador de primera, pero solo de pensarlo me pongo todavía más nervioso. Hoy no cazamos ninguno. Pues vale.

Hoy cazamos uno. Nos fue bastante bien. Cazar uno no suele estar bastante bien, pero esta vez sí que lo estuvo, porque teníamos que traerlo vivo. De tanto en tanto lo tienes que hacer, traerlos vivos. Te pagan más dinero, así que Clingfilm está contento. El señor Bone se enteró que la universidad quería uno vivo, así que tuvimos que tener cuidado, porque prefieren morir a que se los traiga vivos. Es mi primera vez conservando vivo a uno. Era una hembra. No me hubiera importado tanto si hubiera sido un macho, pero no lo era. Era una hembra. La atamos y la metimos en la camioneta, y yo no podía dejar de mirarla mientras forcejeaba. No sé, es diferente. De cerca es diferente. Ya pensaba que lo sería. Pensaba que de cerca sería fácil distinguirlos, pero no lo es. Porque tenía el mismo aspecto que cualquiera de nosotros. Aunque en hermosa. Y es por eso que fue diferente. Y el señor Bone dice que tienes que tener cuidado, con lo de pensar esas cosas, porque el que tengan el mismo aspecto que nosotros no es más que un disfraz. Es por eso que Edie es tan importante, dice el señor Bone, porque sin un rastreador ¿cómo que íbamos a saber a cuáles cazar? Y hoy hemos cazado uno vivo.

Esta noche cazamos seis. Y todo el mundo está diciendo que de puta madre. Pero entonces ¿qué es lo que me pasa? No puedo dejar de pensar en lo de ayer y en el que mantuvimos vivo, esa hembra. Porque ¿por qué los cazamos? Nadie lo sabe. Le pregunté al señor Bone, él es el jefe y no lo sabe. Le pregunté a Clingfilm y dijo que es por el dinero, y le pregunté a Shiva y dijo que solo es para así poder matarlos. Y le pregunté a Edie y no me respondió. Y entonces el señor Bone dice que nunca habríamos de preguntarnos eso, que es una pregunta estúpida, que es como preguntarle a la luna que por qué sigue saliendo todas las noches. Que los cazamos y punto. Y esta noche cazamos seis. Y entonces me dio por ponerme a pensar otra vez en Wesley, y en por qué cogió y se perdió.

Esta noche cazamos dos. Bastante bien. Bastante mal. No lo sé. No dejo de pensar en la chica, en la hembra, quiero decir. Y en Wesley, y en el trabajo, y en todo. Solo hay dos maneras de dejar este trabajo, o eso dice Shiva. O te mueres o te pierdes. Y seguro que ella dice que morir es la mejor manera, la única manera, porque perderse es cuando coges una noche y te vas caminando, te alejas de la camioneta, del equipo, y te conviertes en uno de ellos, en uno de los que están perdidos aquí fuera, vagando y vagando. Vagando hasta que te cazan. Pero cuando le recordé lo de Wesley, cogió y se dio media vuelta y empezó a toquetear la escopeta. Así que esperé hasta que tuvimos un momento tranquilo y le pregunté al señor Bone que me dice que no habría de pensar en esas cosas. Pero Wesley se perdió, le digo yo. Sí, Wesley se perdió, y entonces la expresión del señor Bone cambia. Pero volverá, dice. Y yo le pregunto que qué quiere decir. Y él me dice, igual que Edie que volvió con nosotros.

Hoy cazamos uno, ¿o fueron dos? No me acuerdo.

Esta noche cazamos alguno. Creo que sí. Lo que pasa es que ahora no puedo dejar de mirar a Edie, ahora que sé que se perdió y que luego volvió, y ahora es rastreadora y le resulta muy fácil dar con los perdidos. A lo mejor es que te tienes que perder, para poder dar con los perdidos, para convertirte en rastreador. A lo mejor es eso a lo que el señor Bone se refería cuando dijo que se tiene que nacer rastreador, porque está claro que para perderte tienes que nacer con ello. Y tengo miedo, miedo de haber nacido así, llevando dentro lo de perderme, y que un día coja y me largue caminando.

Esta noche cazamos algo, pero ¿qué era? Lo que cazamos ha dejado tocado a todo el equipo, porque ¿no es eso la pesadilla de todos?: cazar a los que se perdieron y encontrarte con que se dan media vuelta y no quieren volver. No como Edie, no como Edie que volvió sabiéndolo todo sobre rastrear, sino que se vuelven contra ti hechos unas fieras. Debe ser Wesley. Debe ser el pobre Wesley el que cazamos, pero el señor Bone se niega a hablar del tema, y a Edie está a punto de darle algo, y Shiva está aquí sentada limpiando la escopeta sin parar, y Clingfilm ya ni siquiera quiere hablar de dinero, así de mal están las cosas. Pero teníamos una tarea que cumplir. Y la cumplimos. Salimos y lo cazamos, lo matamos y lo arrastramos de vuelta, y yo lo despellejé. Teníamos una tarea que cumplir.

Esta noche cazamos dos y medio. Nos fue bastante bien y todo el mundo está excitado porque nunca antes nadie ha cazado medio. No es que sea de verdad medio, es solo como les llamamos cuando están en el proceso de transformación. En cualquier caso eso es muy raro, así que nos darán el plus, segurísimo. Y todos están diciendo que lo hice genial, hasta Clingfilm, porque le ayudé a cazar al medio. Es el primero que he cazado nunca, y ha resultado ser de lo más especial. Y luego cogimos y nos adentramos flotando en la noche, y mientras cantábamos.

Copyright © 1998 Jeff Noon

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De mat y mates, de Anatoly Belilovsky – Especial Humor III

Anatoly Belilovsky es un escritor y traductor ruso-estadounidense que a lo largo de estos últimos cinco años ha publicado más de una docena de relatos en diversas antologías y revistas del género. Anatoly nació en una de esas ciudades que a lo largo del siglo XX fueron cambiando de manos (unas cinco o seis veces en este caso) hace los suficientes años como para que recuerde los tanques que la atravesaron camino de Checoslovaquia allá por 1968. Tras ser canjeado por un saco de cereal y un desertor, llegó a los Estados Unidos, donde aprendió inglés viendo las reposiciones de Star Trek. En la actualidad compagina su faceta de escritor con su trabajo como pediatra en un barrio de Nueva York donde el inglés ocupa la cuarta posición en el ranking de idiomas más hablados, con el español en un muy digno segundo puesto tras el ruso y por delante del urdu. Este hecho le ha permitido llegar a conseguir un buen dominio de nuestro idioma, o al menos de ciertas frases y expresiones, como por ejemplo, «Tómese una cucharadita tres veces al día».

De mat y mates (Of Mat and Math) se incluyó en 2012 en la primera de las antologías de la serie Unidentified Funny Objects, editadas por Alex Shvartsman y dedicadas a la ficción breve humorística de fantasía y ciencia ficción. Por mi parte, no tengo muy claro si este cuento se puede encuadrar en la ciencia ficción. Si bien es cierto que la ciencia aparece por partida doble, matemáticas y filología rusa, os puedo asegurar que todo lo relativo a esta segunda (y en concreto al mat) de ficción no tiene nada. En cualquier caso, espero que os divierta tanto como a mí. Y, si es así, podéis pasar por la página de Anatoly donde tenéis un listado detallado de todos sus relatos con enlaces a aquellos que pueden leerse o escucharse online (eso sí, en inglés o en ruso). Y si con eso no os basta, aquí podéis escuchar una serie de instructivas entrevistas en las que Anatoly habla de las paperas, las alergias primaverales o, todavía mejor, podéis escuchar sus consejos sobre la gripe porcina ¡en español!

Como de costumbre, quiero expresar mi enorme agradecimiento a Anatoly por permitirme tener su relato hoy aquí, y por toda la paciencia que ha tenido conmigo a la hora de afinar algunos detalles del mat que requerían ser ajustados ligeramente para que no les rechinen a esa multitud de expertos en mat que estoy segura que van a leer este cuento. Y aprovechando que de nuevo tenemos un autor en el blog que habla español, os animo a que dejéis vuestras opiniones y comentarios sobre De mat y mates, porque seguro que le gustará conocer qué os ha parecido. Así que lo dicho, большое спасибо, Anatoly!

Y ya por último, y puesto que hoy 23 de agosto es el cumpleaños de mi padre, voy a aprovechar para felicitarle y dedicarle este cuento. Es lo menos que puedo hacer teniendo en cuenta que a él le debo el descubrimiento de la Tierra Media, el gran sol de Mercurio, el planeta de los simios y otros muchos mundos literarios igual de apasionantes. ¡Felicidades, papá!

ACTUALIZACION I: Ya podéis descargar desde Google Drive los formatos para ebook (EPUB, FB2 y MOBI) de este cuento. Muchas gracias como de costumbre a Jean Mallart y Johan, responsables de la generación de los mismo.

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De mat y mates

Anatoly Belilovsky

 Arquímedes Hidalgo Ibárruri encajaba en el perfil a la perfección.

Viajaba solo y había comprado el billete tan solo unas horas antes de la hora prevista de salida del vuelo. No llevaba equipaje, a excepción de un portátil bastante deteriorado. Sus ojos enrojecidos y abiertos como platos no miraban tanto a la gente sino a través de ella, y parecían darle vueltas en las órbitas mientras murmuraba para sí mismo de manera incoherente. Y, aunque las directrices escritas nunca mencionaban tales rasgos como motivo de sospecha, atrajo la atención de los guardas de seguridad por su cetrina piel olivácea, la despeinada mata de pelo negro y rizado y una nariz que habría hecho palidecer de envidia a un cuervo.

No deberíamos censurar con demasiada dureza a los guardas por la naturalidad y la agilidad mental con las que se lanzaron sobre la conclusión inevitable. Por aquel entonces, el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú estaba en alerta roja al haberse interceptado y descifrado parcialmente una comunicación en la que se mencionaban planes para derribar el vuelo Moscú-Barcelona y, de hecho, en la cola justo detrás de Arquímedes había dos radicales catalanes y cada uno de ellos llevaba encima uno de los componentes de un gas nervioso binario. En defensa de los guardas habría que alegar que ninguno de los tests de identificación desarrollados hasta ahora ha sido capaz de distinguir de manera fiable un terrorista de un matemático y, a pesar de las dudas que él mismo pudiera albergar, Arquímedes era sin duda alguna esto último.

Lo que no quiere decir que hasta ese momento su carrera como matemático hubiera sido un éxito. De hecho, era gris hasta un extremo que iba más allá del fracaso para adentrarse en el reino del fiasco legendario. Y, tras haberse planteado durante unos momentos inmolarse tras la debacle final de esa mañana, Arquímedes había decidido regresar a casa.

Los bolsillos de su traje gris marengo de raya diplomática estaban vacíos salvo por una tarjeta de crédito, un billete electrónico para el vuelo de Iberia a Barcelona de las tres, un pasaporte válido y algo de pelusilla. La corbata le colgaba torcida desde el cuello de la camisa blanca de algodón con manchas de sudor, los zapatos negros de punta de ala lucían un diseño fractal de sal para nieve proveniente de los restos ya secos del fango derretido, y si sus calcetines estaban conjuntados era únicamente porque nunca había tenido ninguno que no fuera negro.

El único deseo de Arquímedes Hidalgo Ibárruri era ver a su madre en el diminuto apartamento de paredes llenas de libros que tenía junto a Las Ramblas. Quería que le preparara un café. Quería sentarse frente a ella, mirarla a los ojos y decir, «Mamá, soy un completo dolboeb, y mi vida es un pizdets total».

Existen precedentes históricos para lo que entonces le sucedió a Arquímedes. El último día de su vida, mientras se preparaba para el duelo que acabaría con la misma, Évariste Galois hizo un descubrimiento decisivo de teoría de grupos que allanó el camino para la mecánica cuántica. Algo parecido le sucedió a Srinivasa Ramanujan, ya que, según consta en sus «cuadernos perdidos», sus descubrimientos en el campo de la teoría de números le llegaron a través de visiones místicas enviadas por la diosa Namagiri mientras se consumía, días antes de morir de desnutrición, tuberculosis y disentería a la edad de treinta y dos años. Y, de igual modo, en el día de su épico fracaso, entre los escombros de su otrora estelar carrera, también Arquímedes alcanzó a vislumbrar algo tan extremadamente profundo como la teoría unificada del todo.

Así que no fue el nerviosismo lo que le hizo abrir incluso más los ojos cuando se encontró cara a cara con la operadora jefe del escáner de la puerta de embarque. No fue el miedo lo que motivó que, tras un jadeo audible, se le cortara la respiración. No fue el terror lo que hizo que el sudor le corriera por el rostro y le goteara en el traje. Tras haber permanecido durante lo que le había parecido una eternidad en una cola infinita moviéndose a una velocidad infinitesimalmente lenta, en el que ya era el peor día de su vida y que enseguida iba a estropearse más, Arquímedes Hidalgo Ibárruri eligió el momento menos oportuno para tener el primer atisbo de su revelación matemática.

«Blyaaaaa…», musitó frente al rostro de la operadora del escáner, contemplando a través de ella los misterios del universo que le estaban siendo desvelados.

La operadora apretó los dientes y su rostro se ensombreció hasta adquirir el tono de un nubarrón sulfurado.

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El Diccionario práctico de mat ruso dice lo siguiente:

Blyad’: n. Literalmente, «puta», aunque no se suele utilizar en sentido literal. La palabra completa puede emplearse a modo de improperio, generalmente tras haber sufrido algún breve percance aislado, como darse un golpe en el dedo de un pie. En situaciones de estupefacción profunda y prolongada (por ejemplo, tras descubrirse que el paracaídas no funciona), se acostumbra a elidir la última consonante y acabar en una vocal larga, «Blyaaa!».

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La operadora del escáner se llamaba Marchella, en honor de un famoso actor italiano al que a su vez le habían puesto ese nombre en honor de Marcellus, el general romano cuya guerra con Cartago había provocado la muerte del famoso tocayo de Arquímedes, Arquímedes de Siracusa, tal vez la víctima colateral más célebre en todo el mundo. Los rasgos semíticos de Arquímedes, que eran lo primero que había llamado la atención de Marchella, eran a su vez una herencia de sus ancestros cartagineses, que habían colonizado más de dos mil años atrás la Cataluña natal de su madre.

Marchella era una experta en mat y lo hablaba de manera fluida con los pasajeros mordaces y sus colegas del trabajo díscolos, pero en raras ocasiones alguien la había insultado sin una provocación previa. Su adiestramiento se impuso sobre su reacción instintiva, que hubiera consistido en un izquierdazo, seguido de un gancho con la derecha y de otro con la izquierda dirigido al mentón. Aunque tuvo que apretar las mandíbulas para conseguir contenerse.

—Permítame ver esto —dijo Marchella en ruso por entre los dientes apretados, y alargó las manos hacia el portátil de Arquímedes antes de que este tuviera tiempo de decir nada.

Ot’ebis’ ot moij uravneniy —masculló Arquímedes, y le apartó la mano de un golpe.

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Al igual que otras muchas leyendas nacidas alrededor de Arquímedes Hidalgo Ibárruri, la historia de que «¡Eureka!» fue la primera palabra que profirió en la vida es solo a medias verdad.

Arquímedes nació en Princeton (Nueva Jersey), en el mismo hospital en que Albert Einstein había exhalado el último suspiro algunas décadas antes. Eso, junto al hecho de que tanto su padre como su madre hubieran conseguido una plaza en la Universidad de Princeton, es posible que acrecentara las expectativas que se tenían en relación a él; pero para cuando llegó su tercer cumpleaños sin que hubiera dicho su primera palabra, las familias Hidalgo e Ibárruri ya se habían resignado a una vida de circunspecta decepción.

La familia estaba celebrando su tercer cumpleaños con una sencilla y tranquila cena. Un pastel con tres velas fue puesto frente a Arquímedes y las velas fueron debidamente apagadas, tras lo cual fue llevado a la cama y dejado allí. Los adultos (y la adolescente) presentes continuaron con la sobremesa.

Alrededor de una hora más tarde, su conversación se vio interrumpida por Arquímedes que, mientras bajaba tambaleándose las escaleras camino del salón, gritó:

—¡Ey, Rika!

Frederika Rika Stravinskaya, su au pair rusa, clavó la mirada en su diminuta figura mientras Arquímedes iba descendiendo, de escalón en escalón, con un pañal chorreante en una mano y el Cálculo elemental de Perelman en la otra.

—Rika, eb tvoyu mat’, u menya ne balansiruet eto ebanoe uravnenie! —continuó Arquímedes con voz aguda y penetrante.

El profesor Diógenes Hidalgo y la profesora María Elena Ibárruri se quedaron paralizados por la incomprensión, al no haber escuchado hasta ese día ni una sola palabra de boca de Arquímedes, ni en el refinado castellano de su padre, ni en el elegante catalán de su madre, ni en lo que pasaba por inglés en Nueva Jersey. La tía de Rika, la profesora Messalina Erastovna Holmogorova (de Astrofísica) derramó un espumoso Freixenet Brut sorprendentemente bueno sobre su tercera ración de tarta. Parpadeando para intentar contener las lágrimas, contempló al niñito desnudo que, si sus oídos no la habían traicionado, acababa de gritar a su sobrina algo así como, «¡No consigo balancear la puta ecuación!», en un ruso impecable aunque de lo más soez.

Rika fue la primera en reaccionar.

Pizdets! —musitó—, ¡se le han olvidado los infinitésimos!

Tras lo cual cogió a Arquímedes en brazos y corrió escaleras arriba para restituirle su dignidad higiénica y sartorial.

El profesor Hidalgo fue quien rompió el silencio:

—¿Más… cava?

—Sí, por favor —dijo la profesora Holmogorova, con un énfasis en las palabras que se correspondió con la velocidad a la que ofreció su copa para que le fuera rellenada.

Cuando Rika regresó a la mesa del salón fue sometida a un minucioso interrogatorio. De pie, en rígida posición de firmes, reconoció estar pluriempleada y que, utilizando una webcam y cuando Arquímedes podía oírla, también daba clases particulares de matemáticas a algunos cadetes de los últimos cursos de la Alta Academia para Oficiales de las Fuerzas Navales Rusas.

Para evitar mayores estragos en la psique de Arquímedes, los profesores Hidalgo e Ibárruri la despidieron por la vía sumaria la mañana siguiente.

Ya era demasiado tarde.

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Mientras intentaba recuperar la respiración que la paliza de los guardias le había cortado, Arquímedes yacía en el charco de aguanieve al que le habían arrojado, con un cubo de basura al alcance de la mano a un lado y su portátil abollado y rajado algo más apartado al otro. El vértigo resultado de este vuelo, mucho más corto que aquel otro para el que había comprado el billete, provocó la precesión de la luna menguante en el invernal cielo moscovita, lo que le hizo acordarse de su padre sacudiendo la cabeza mientras leía el Diccionario práctico de mat ruso.

Mientras los padres de Arquímedes estuvieron casados, el diccionario ocupó un lugar de honor en su librería, bien al alcance de cualquier mano frenética. Siempre se abría por la misma página, aquella que sus padres consultaban con mayor frecuencia:

Derivados de la raíz «-eb-» (referencia vulgar a las relaciones sexuales):

Naebat’: v. Engañar, gastar una broma pesada, evitar ser apresado. «Yago naebal a Otelo».

Proebat’: v. Perder (en el sentido de «perder el autobús»), perder tontamente (un objeto valioso, un partido). «El rey Lear proebal su reino».

Sjebat’sya: v., reflexivo. Huir, largarse, fugarse. «Macduff sjebalsya antes de que Macbeth pudiera hacerle pizdets (vid.)».

Zaebat’: v. Molestar, fastidiar (a diferencia de sus equivalentes en inglés, el verbo ruso es de aspecto perfectivo, es decir, la acción del verbo se ha finalizado o ha sido llevada hasta su máximo extremo). «Lady Macbeth zaebala a Macbeth».

Ot’ebis’!: imperativo. Equivalente de la expresión española, «¡Vete a tomar por culo!». «Ot’ebis!, le gritó Macbeth a lady Macbeth».

Ebanutyi: adj. Loco. «Tu noble hijo está ebanutyi; es cierto que es lástima y es lástima que sea cierto».

Ebanye: adj. Participio pasado imperfectivo de «-eb-», aquí conjugado en plural, utilizado del mismo modo que el gerundio «jodido» en español. «¡Lejos, lejos de mí esta ebanyi mancha!».

Dolboeb: n. Un tonto con iniciativa y perseverancia. «Polonio es un dolboeb».

Eb tvou mat’!: Literalmente, referencia vulgar al incesto. Con frecuencia se utiliza para expresar sorpresa, asombro, admiración, adoración, gratitud profunda y otras emociones fuertes, o se profiere cuando se comprende algo repentinamente. Véanse también: Blyad’, Blyaaaa.

O sea, que la tajante orden que le dio Arquímedes a la guarda de seguridad Marchella en el día de su vuelo abortado a Barcelona fue verdaderamente de lo más grosera.

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¿Realmente había sido tan solo esa misma mañana cuando Arquímedes había sufrido el último de la serie de fracasos que salpicaban su vida? Había ensayado frente al espejo la disertación de defensa de su tesis una infinidad de veces, traduciendo a decorosas palabras rusas los términos un tanto groseros que utilizaba cuando pensaba en conceptos matemáticos.

Su disertación había ido bien, al igual que las esperadas preguntas que le planteó su director de tesis, el profesor Tomsky. Pero Milutin, ese viejo pizdobol jefe del departamento, tuvo que coger y preguntarle con esa voz suya, chirriante como tiza contra cristal:

—Pero, ¿qué pasa con los términos pares de esta serie de potencias?

A lo que Arquímedes había respondido:

—Ya he demostrado que esta juynya tiende a un infinitésimo. Hace cinco pasos.

—No estoy convencido —dijo Milutin—. Vuelva a demostrármelo.

La puerta se abrió con un crujido y todo el mundo se puso de pie cuando entró el deán.

—Por favor —dijo este indicándoles con un gesto que se volvieran a sentar—. Vamos a necesitar esta sala en breve para una conferencia. ¿Qué es lo que están haciendo que le está llevando tanto?

Juyem grushi okolachivayem —dijo Arquímedes.

Y eso fue el pizdets de su educación universitaria.

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Para cuando el profesor Diógenes Hidalgo (doctor en Filología Clásica por La Sorbona) y la profesora María Elena Ibárruri (doctora en Lenguas Romances por La Sorbona) decidieron divorciarse, ya habían amasado entre los dos una importante biblioteca, además de un puñado de posesiones de otro tipo. Tan solo hubo un objeto que fue motivo de disputa: un sobado librito con las esquinas dobladas llamado Diccionario de mat ruso. María Elena insistió, con bastante razón, que puesto que ella se quedaba con la custodia de Arquímedes también debía quedarse con el diccionario.

Diógenes accedió a regañadientes. Cogió con cuidado el libro, lo abrió al azar y pasó unas cuantas páginas.

El diccionario decía lo siguiente:

Derivados de «pizd-» (referencia vulgar a los órganos genitales femeninos):

Pizdobol: n. Persona necia y parlanchina.

Raspizdyai: n. Persona poco de fiar.

Pizdit’: v. Mentir, disimular, alardear.

Spizdit’: v. Robar.

Pizdets: n. El fin por antonomasia. El final definitivo, irreversible, completo y concluyente. De todo.

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Durante el último curso de Arquímedes en el instituto de Princeton, un día que llegaría a ser legendario en los anales del centro, el señor Obolensky le pidió que obtuviera la fórmula para la resolución de ecuaciones de segundo grado.

Arquímedes se acercó a la pizarra, con la tiza en la mano, y empezó a escribir ecuaciones.

«Esta juynya cancela a esa juynya, y esa juynya cancela a la otra juynya», masculló, mientras tachaba términos a ambos lados de la ecuación sin percatarse de que el señor Obolensky a duras penas estaba consiguiendo contener la risa mientras las lágrimas se le escapaban por entre los párpados apretados, hasta que, con un ademán triunfal, Arquímedes subrayó en la pizarra «b² ± 4ac», se volvió hacia la clase, y declaró, «Pizdets!».

A la mayoría, ese día se le quedó grabado en la memoria por ser el día en que Arquímedes fue expulsado temporalmente por hacer que el señor Obolensky se meara encima de la risa.

A Arquímedes se le quedó grabado porque cuando llegó a casa se encontró a su padre solo, por la mitad de su segunda botella de rioja, hojeando distraídamente el diccionario de mat.

—¿Qué pasa, papá? —preguntó Arquímedes.

Pizdets —dijo su padre—. Tu madre se ha marchado. Se ha vuelto a Barcelona.

—Pero ¿por qué? —preguntó Arquímedes con las lágrimas empañándole los ojos.

Ojuyela —respondió el profesor Hidalgo, y se tomó otro trago de rioja directamente de la botella.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El diccionario estaba sobre la mesa, abierto por otra página de las más leídas.

Derivados de «juy» (referencia vulgar a los órganos genitales masculinos):

Juyovyi: adj. Muy malo.

Juynya: n. Pijada; basura; un chisme; algo inútil; un objeto cuya utilidad no resulta clara; algo demasiado complicado para que se describa; un carajal.

Na Juy: expresión desdeñosa, equivalente a «que te den», «vete a la mierda» o «al carajo».

Ni Juya: nada, absolutamente nada, «ni una polla».

Po Juy: irrelevante, baladí. «Me la trae floja».

Ojuyel: adj. Perplejo, desquiciado.

Juyak!: (siempre con signo de exclamación) utilizado para describir un suceso catastrófico.

Expresión: «Juyem grushi okolachivat’», fig., perder el tiempo, no hacer nada, dejar las cosas para más tarde; literalmente: «hacer caer las peras maduras golpeando los perales con los genitales masculinos».

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En el mapa del metro que había encima de la cabeza de Arquímedes, Kievsky Vokzal, la estación de donde salían los trenes para Kiev, destacaba en negrita.

Prácticamente todas las líneas se cruzaban por debajo de ella. Un tren con coches cama salía hacia Kiev todas las noches, y por la mañana había vuelos de Kiev a Barcelona.

«Por favor, Señor, no permitas que encima también proebat’ ese», rogó en silencio Arquímedes.

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La profesora Ibárruri regresó a buscar a su hijo una semana después de haberse marchado. Un mes más tarde, ella y Arquímedes volaban hacia Barcelona. Arquímedes se llevó el Cálculo elemental de Perelman. María Elena se llevó la Poesía completa de Federico García Lorca y el Diccionario práctico de mat ruso.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Había muchas cosas que Arquímedes ignoraba.

No sabía que lo que había llevado a sus padres al divorcio no había sido la desilusión que él les había supuesto, sino por un lado el que la familia Hidalgo continuamente zaebali al profesor Hidalgo con su desprecio hacia todo lo catalán y, por otro, el que los Ibárruri zaebali a su madre con su desdén hacia todo lo que consideraban castellano.

No sabía que, años atrás, cuando viajaba de Princeton a Moscú, Rika había conocido a un universitario ruso y se había enamorado de él; un matemático como ella, pero de mucho menos talento.

No sabía que el señor Obolensky había aceptado el ofrecimiento que le había hecho el recientemente divorciado señor Greene, el profesor de lengua, para que aprovechara que su casa quedaba cerca para lavar, secar y planchar sus pantalones allí; ni sabía de los chismorreos que vinieron a continuación y que fueron acallados un año más tarde con las invitaciones impresas para el enlace Greene-Obolensky.

No sabía que el profesor Tomsky, su amigo y mentor, había renunciado a su plaza como profesor en la Universidad Estatal de Moscú para aceptar un puesto que le habían ofrecido en Barcelona. No sabía que Tomsky estaba en la lista de espera para el vuelo con overbooking al que no le habían dejado subir a él; ni que pudo cogerlo gracias a que él había sido expulsado del aeropuerto; ni que la terrible propensión de Tomsky a marearse en los viajes solo había respondido en el pasado a la atropina, de la que el profesor llevaba una buena provisión.

Y hasta las cinco de la tarde (las aciagas cinco de la tarde[1] de Federico García Lorca) no se percató tampoco de que se había equivocado de tren.

«Blyaaa», dijo mientras el letrero que anunciaba la Peterburgskiy Vokzal pasaba por delante de su ventanilla.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A las cinco de la tarde[2], según los cálculos de Lorca, mientras el vuelo Moscú-Barcelona sobrevolaba París, los dos separatistas radicales catalanes mezclaron los dos ingredientes del gas nervioso binario sobre el reposabrazos que había entre ellos, el cual empezó a borbotear y bullir.

Mientras uno tras otro los pasajeros empezaban a sufrir náuseas y calambres y a babear de manera incontrolable, el profesor Tomsky recordó su entrenamiento básico durante el servicio militar en el ejército ruso, se metió otra pastilla de atropina en la boca y corrió hacia el telefonillo de la tripulación. «¡Gas nervioso a bordo! —gritó a los pilotos—. ¡Pónganse las mascaras de gas e inicien un aterrizaje de emergencia! ¡Y pidan que tengan preparados kits con antídoto para gas nervioso en nuestro destino».

A Tomsky se le atribuyó el mérito de haber salvado la vida de todas las personas que había a bordo, salvo la de los dos terroristas, a los que nadie lloró.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Arquímedes no sabía nada de esto mientras se apresuraba a cambiar de tren en la Peterburgskiy Vokzal. Mientras miraba los numerosos y confusos letreros, se chocó con una joven que leía un viejo ejemplar del Cálculo Elemental de Perelman.

Dolboeb —gruñó la muchacha—. ¡Preste atención a su ebanyi trayectoria!

Arquímedes se quedó paralizado, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—¿Rika? —susurró.

La joven cerró cuidadosamente el libro con el pulgar marcando la página por donde iba.

—¿Conoce a mi madre? —preguntó.

Una hora más tarde, en lugar de ir camino de Kiev, Arquímedes viajaba a San Petersburgo acompañado por Olga, para reunirse con Frederika, convertida en jefa del departamento de Matemáticas de la Alta Academia para Oficiales de las Fuerzas Navales Rusas. «Arquímedes, ¡cómo has crecido, cabronazo!», gritó Frederika mientras lo abrazaba contra su ahora generoso pecho.

Así que no fue la madre de Arquímedes quien le fue rellenando la taza de café mientras él narraba su trágica historia, sino Rika; y fue Olga quien le ofreció chocolate. De su revelación no contó nada; sus intuiciones todavía no se podían expresar con palabras, ni con las utilizadas en el Cálculo elemental de Perelman ni con las del Diccionario práctico de mat ruso.

Bien pasada la medianoche, lo acompañaron al dormitorio y lo dejaron a solas para que se recuperara.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En París, instalado en una suite en el Ritz, Tomsky bebía a traguitos el Dom Perignon cortesía del hotel mientras el conserje le traía montones de cartas de admiradores. Un considerable número era de mujeres. Algunas incluían fotografías e invitaciones, y no eran pocas las que hacían que se le cortara la respiración.

Una de las notas era un fax. En él figuraba una fecha, de más de veinte años atrás, y un número de teléfono con el prefijo de San Petersburgo.

Tomsky marcó el número. Mientras el teléfono sonaba en el otro extremo de la línea, pensó, durante un instante, en la muchacha que había conocido en un tren, cuyo amor por las matemáticas se le había contagiado como una enfermedad venérea especialmente benigna.

Tras dos señales, respondió una voz de mujer:

—Dígame…

—Hola, Rika —dijo Tomsky.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A pesar de lo cansado que estaba, Arquímedes no se había dormido todavía cuando Olga entró en su habitación y su sombra atravesó el rayo de luz lunar que se colaba por la ventana. Oyó el ligero crujido del parqué bajo sus pies y sintió cómo el colchón se inclinaba bajo su peso.

—Es una función binaria —susurró ella.

—¿Qué? —susurró Arquímedes.

Eb —susurró ella—. Es una función binaria. —Y rodó sobre sí misma para sentarse a horcajadas sobre él.

—Es discontinua —susurró él, menos de un minuto después.

—Ajá —musitó ella—. Y conmutativa. —Se deslizó hasta el colchón y tiró de Arquímedes para que se pusiera encima de ella.

—¿Transitiva? —preguntó él, transcurrido un buen rato.

—Espero que no —respondió rápidamente ella.

—¿Y distributiva?

Olga a punto estuvo de responder, «Sí», pero se calló justo a tiempo y disimuló una sonrisa secreta acurrucándose contra la oreja de él.

De las muchas cosas que Arquímedes no sabía, esta era tal vez la menos importante.

Mientras yacían entrelazados, Arquímedes cayó en la cuenta de que nunca había visto el cuerpo de Olga. No quería despertarla encendiendo la luz ni recorriéndolo con las manos, así que en lugar de eso intentó extrapolar su figura a partir de las partes que en esos momentos le estaban rozando y de las memorias táctiles de cuando habían hecho el amor.

Igual que tras la caída de una masa de nieve de un tejado de pronto vemos las chimeneas, tejas y aguilones que había ocultos, Arquímedes vislumbró con un repentino fogonazo de comprensión la forma del propio universo. Vio el gran juyak con el que había empezado todo, la gran fuerza unificada, mat, que gobernó el universo en su infancia y que esparciéndose a través de dimensiones infinitas dio lugar a sus derivadas finitas: zaebat’, naebat’, vyebat’, raz’ebat’, proebat’, pereebat’ y pod’ebat’. Vio la gran juynya del universo como un todo, y el pizdets al final de los tiempos, descrito todo ello mediante unas matemáticas infinito dimensionales que proporcionaban un conjunto finito de resultados para cada una de sus variedades cuatro dimensionales. Y supo que solo había una persona que pudiera entenderle.

—¡Ey, Rika! —gritó saltando de la cama.

Habían pasado más de veinte años desde que Rika lo había visto desnudo por última vez.

—¡Cómo has crecido, cabronazo! —dijo por segunda vez esa noche, con una voz bastante distinta.

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En Barcelona, María Elena Ibárruri tenía la vista clavada en las ventanas del monitor. En una había un correo de Arquímedes en el que le anunciaba que se marchaba de Moscú y le informaba del vuelo para el que había comprado billete. En otra, una noticia con las fotos del pasaporte de los terroristas.

Los reconoció a ambos: una pareja que había conocido en una reunión de la Asociación Cultural Catalana. Una pareja que había aceptado su generoso donativo para que se enviaran libros en catalán a las escuelas de los pueblos de la región.

María Elena tenía las uñas clavadas en las palmas de las manos. Al principio no notó el dolor y, cuando sí lo notó, apretó los puños todavía con más fuerza.

No se limpió la sangre de las manos antes de coger el teléfono y marcar un número de Nueva Jersey. Los dígitos blancos de las teclas del teléfono enrojecieron.

El teléfono sonó.

—Dígame… —respondió una voz masculina.

—Hola, Diógenes —dijo María Elena Ibárruri por primera vez en muchos años.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No era nada habitual que el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton tuviera tres científicos invitados al mismo tiempo, y todavía lo era menos que los tres estuvieran emparentados. Tanto Nature como Science como Scientific American enviaron reporteros para que entrevistaran a la recién llegada familia. Hubo una ronda de preguntas que fueron debidamente respondidas.

—Tenemos tiempo para una última pregunta —anunció el profesor Ramchandran, director del instituto.

La corresponsal de Science levantó la mano.

—¿Por qué se ha tardado tanto en realizar un descubrimiento tan fundamental como este? —preguntó—. Con todos los miles de matemáticos que llevan todos estos años trabajando, ¿por qué se ha tardado tanto en desarrollar la gran teoría unificada del todo? ¿Qué es lo que han estado haciendo todo este tiempo?

—Si no les importa, creo que me gustaría responder esta pregunta —dijo con voz amable el profesor Ramchandran—. Mis colegas y yo… juyem grushi okolachivali.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Olga se puso de parto cuando estaba dando una clase de geometría analítica avanzada. No la interrumpió, pero para cuando acabó ya tenía contracciones cada cinco minutos.

Fue andando con algo de ayuda hasta la calle donde Arquímedes la esperaba con un coche. El trayecto hasta el Princeton Hospital les llevó escasos minutos; allí Olga fue llevada a una sala de partos y minutos después le hicieron colocar los pies en los estribos.

Ni una sola palabra de mat escapó de sus labios.

A un lado, Arquímedes le daba una mano; al otro, Rika le cogía la otra. María Elena, Diógenes y Tomsky esperaban fuera.

El teléfono de Rika sonó en el bolsillo de Tomsky.

—¡Empuja! —dijo la doctora—. Totalmente dilatada y ya se ve la cabeza —añadió dirigiéndose a la enfermera, que miró el reloj y apuntó algo en una hoja—. ¡Empuja! —repitió.

Fuera de la sala, se había llevado a cabo una apresurada votación. María Elena, que había sido elegida para comunicar la noticia, asomó la cabeza en la sala de partos.

Querido[3], te llaman por teléfono—le dijo a Arquímedes.

—¿Qué?, ¿ahora? —replicó Arquímedes, cuyo rostro se crispó cuando Olga le estrujó la mano.

—Es de Estocolmo —le explicó María Elena.

—¿Qué? ¿Estocolmo? Vaya, vaya. Ni juya sebe! ¡Olga! —Hizo ademán de ir a pasarle el teléfono, se lo pensó mejor y lo apretó contra su propia oreja—. Dígame… Sí, soy Arquímedes Hidalgo Ibarruri. No, creo que Olga no puede ponerse ahora mismo. Bueno, si insiste. —Volvió el teléfono hacia ella—. Olechka, son los del Nobel…

Olga se contuvo para no soltar la respuesta que primero le vino a la cabeza y… ¡empujó!

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Muchos años después, tras haber asistido a miles de partos y haber oído a las madres soltar palabrotas en docenas de idiomas, la doctora Aureliano seguiría acordándose de la niñita de los Hidalgo, por haber sido aquel parto la primera ocasión en la que había sido el bebé el que había gritado, «Blyaaa!».

Copyright © 2012 Anatoly Belilovsky


[1] [2] [3] En español en el original. Volver1 Volver2 Volver3

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Pequeña América, de Dan Chaon

Dan Chaon es un escritor estadounidense que ha publicado hasta el momento dos novelas, You Remind Me of Me (Me recuerdas a mí, ed. La Factoría de las Ideas), elegido como uno de los diez mejores libros del año por The Washington PostChicago Tribune y San Francisco Chronicle, y Await Your Reply, además de tres colecciones de cuentos, Fitting Ends, Among the Missing (finalista del prestigioso National Book Award en la categoría de libros de ficción) y Stay Awake. Sus relatos acostumbran a aparecer en publicaciones generalistas y se han incluido en antologías como The Best American Short Stories, Pushcart PrizeThe O. Henry Prize Stories. Dan compagina la escritura con sus labores como profesor universitario de escritura creativa.

Del párrafo anterior, la conclusión que es posible que saquéis es que de nuevo nos encontramos en este blog con un escritor cuya obra no se encuadra dentro del género fantástico y, efectivamente, así es; lo cual no impide que gran parte de los relatos de este autor transiten por las fronteras del género y que en algunos casos caigan totalmente dentro de él. Algo que tampoco debería extrañarnos si tenemos en cuenta que, según él mismo confiesa, entre sus principales influencias se encuentran dos Rays: Bradbury y Carver; y que, también según sus propias palabras (aunque tomadas de la novela Fantasmas, de Peter Straub), muchos de sus relatos son «cuentos de fantasmas en los que el fantasma no aparece». Ahora bien, cuando decide hacer una incursión en el género con todas sus consecuencias, los resultados son más que satisfactorios. Y, como demostración, me limitaré a señalar un hecho concreto. En el año 2013, Dan estuvo nominado por partida doble en la categoría de relato breve de los Shirley Jackson Awards (que premian obras de intriga psicológica, terror y fantasía oscura). Uno de esos dos cuentos nominados, How We Escaped Our Certain Fate, podría encuadrarse en la categoría de zombis, y del otro, Little America, no voy a desvelar gran cosa, porque es el que tengo el honor de presentar hoy aquí.

Pequeña América (Little America) se publicó por primera vez en 2012 en Shadow Show: All New Stories in Celebration of Ray Bradbury, antología editada por Sam Weller y Mort Castle, que como su nombre indica era un homenaje a Bradbury, y que también fue finalista de los Shirley Jackson Awards de ese mismo año. Posteriormente también fue incluido en The Best Horror of the Year: Volume Five, editado por Ellen Datlow en 2013. Y no voy a decir nada más de este cuento por dos motivos. Por una parte, creo que cuanto menos se sepa de él antes de su lectura, muchísimo mejor. Y, por otra, porque los escritores que participaron en Shadow Show no solo aportaban un relato, sino también un texto complementario, y a continuación del cuento podéis leer la traducción de «Sobre Pequeña América», el texto de Dan donde él mismo explica todo lo que hay que explicar sobre este relato y sobre su entrañable relación con Ray Bradbury. Y un último consejo, incluso si por cualquier motivo decidís no leer este cuento, no os perdáis «Sobre Pequeña América». Descubriréis por qué si hay un escritor que debía figurar en una antología homenaje a Bradbury, ese es Dan Chaon. Y que Bradbury se merecía este homenaje, y no únicamente por su calidad como escritor. Ahora bien, si vais a leer el cuento, dejad «Sobre Pequeña América» para después; no es que tenga spoilers concretos, pero sí que desvela la temática general y, tal como os decía antes, creo que el efecto es distinto cuando se afronta el relato sin saber nada sobre él.

Como de costumbre, también en esta ocasión quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Dan por haber accedido a que su estupendo relato forme parte de este pequeño proyecto que es Cuentos para Algernon. Thanks a million for your kindness and generosity, Dan!

Y ya por último, aprovecho para advertir de que los formatos descargables de Pequeña América únicamente van a estar disponibles durante un tiempo limitado (en principio, hasta mediados de octubre). Pasada esa fecha, se podrá continuar leyendo online, pero no existirá la posibilidad de descargarlo en ningún formato. Los e-books los colgaré en cuanto estén preparados y, como de costumbre, avisaré de ello vía Twitter. Así que en esta ocasión no os despistéis y descargad el cuento ya, no se os vaya a escapar. Os aseguro que merece la pena.

ACTUALIZACION I: Ya están disponibles aquí los formatos descargables para ebook (EPUB, FB2 y MOBI). Gracias de nuevo a Jean Mallart y Johan por su desinteresada y amable colaboración. Y os recuerdo que los formatos descargables únicamente van a estar disponibles hasta mediados de octubre, así que mi consejo es que los bajéis ya mismo.

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Pequeña América

Dan Chaon

En primer lugar, he aquí las carreteras de Estados Unidos. Los estados pintados de azul celeste, rosa, verde claro… atravesados por líneas negras. Peter tiene una versión para niños del mapa, que va siguiendo cuando viajan en el coche. Marca con una «X» los nombres de las ciudades por las que pasan, aunque la mayoría de las que aparecen en el anticuado mapa ya no existen. Está ahí sentado, mirando los pequeños dibujos que representan los productos y servicios de los distintos estados. Maíz. Pozos petrolíferos. Ganado. Esquiadores.

En segundo lugar, he aquí el propio señor Breeze. Helo aquí, tras el volante del Cadillac largo y viejo. Tiene las manos delicadas y finas, aunque enrojecidas, como estropeadas por el frío. Lleva una camisa blanca, los puños y el cuello abrochados. El pelo, un tanto ralo, está cuidadosamente peinado por encima del cuero cabelludo; su rostro alargado y esquelético está sonriendo. Es listo, amable y jovial, igual que los presentadores de los programas infantiles que Peter solía ver en televisión. Cuando habla, abre mucho los ojos y articula con claridad.

En tercer lugar, he aquí la pistola del señor Breeze. Es una semiautomática compacta Glock 19 de nueve milímetros, dice el señor Breeze. Está guardada en la guantera justo delante de Peter, que se la imagina durmiendo. Peter fantasea con la imagen de la boca del cañón, del agujero por donde sale la bala: un ojo cerrado que podría abrirse en cualquier momento.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El señor Breeze está de pie junto a la gasolinera desierta, con su esquelética cabeza ladeada, escuchando los débiles chirridos de la bisagra de un viejo letrero que anuncia cigarrillos. Su rostro muestra una ausencia de expresión, como la de la fachada de la gasolinera. Las ventanas están rotas y parcheadas con trozos de cartón; algunos vasos de papel, hojas y demás restos de basura bailan en círculo en el asfalto manchado de gasolina. Los surtidores se limitan a estar ahí plantados, taciturnos.

—Hola… —dice el señor Breeze en voz bien alta tras unos instantes—. ¿Hay alguien?

Levanta la pistola del surtidor de la horquilla que hay en el lateral del mismo y prueba a ver si funciona. Aprieta el gatillo que hace salir la gasolina por la manguera, pero no sucede nada.

Peter camina junto al señor Breeze, dándole la mano, observando con los ojos entrecerrados la carretera que tienen por delante. Con la mano que tiene libre hace visera para protegerse del sol bajo de última hora de la tarde. Un poco más adelante hay unas cuantas casas y algunos árboles muertos. Una hilera de vagones detenidos en la vía ferroviaria. El elevador de grano de un silo que se alza por encima de las ramas desnudas de los olmos.

En una máquina expendedora de periódicos hay un ejemplar de USA Today del 6 de agosto de 2012, y de eso hace, piensa Peter, ¿tal vez unos dos años? No se acuerda bien.

—No parece que quede ya nadie viviendo por aquí —dice Peter finalmente, y el señor Breeze lo contempla en silencio durante unos instantes.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

En el motel, Peter se tumba en la cama, boca abajo, y el señor Breeze le ata las manos a la espalda con una cuerda de plástico.

—¿Está demasiado apretada? —le pregunta como de costumbre el señor Breeze, siempre tan atento y educado.

—No —dice Peter moviendo negativamente la cabeza.

Peter siente cómo el señor Breeze le acomoda los tobillos para que queden paralelos, y se queda inmóvil mientras el señor Breeze le ata entre sí los cordones de las zapatillas de tenis.

—Ya sabes que a mí me gustaría que las cosas no fueran así —dice como de costumbre el señor Breeze—. Pero es por tu propio bien.

Y Peter se limita a mirarle, con lo que el señor Breeze llama su «mirada inescrutable».

—¿Quieres que te lea algo? —dice el señor Breeze—. ¿Te gustaría escuchar un cuento?

—No, gracias —dice Peter.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Por la mañana se oyen ruidos en el exterior. Peter está encima de la colcha, todavía vestido con los vaqueros, la camiseta y las zapatillas, todavía atado, mientras que el señor Breeze está metido en la cama con el pijama; ambos se despiertan sobresaltados. Desde el otro lado de la ventana les llega un tremendo alboroto. Suena como si estuvieran peleando o posiblemente matando algo. Se oyen gritos y gruñidos angustiosos, y Peter cierra los ojos mientras el señor Breeze sale de la cama y atraviesa la habitación a toda prisa con ágiles pisadas para coger la pistola.

—Chist —le dice el señor Breeze, y luego articula en silencio—: No… te… muevas… —Mueve negativamente el dedo («¡no, no, no!») y después sonríe a Peter y le hace un gesto con la cabeza antes de salir por la puerta con la pistola preparada.

Una vez solo en la habitación, Peter se queda tumbado respirando sobre la cama barata, boca abajo, el rostro apoyado contra la vieja colcha de poliéster que huele a moho y a humo de tabaco de tiempo atrás.

Flexiona los dedos. Las uñas, que antes eran largas, negras y afiladas, han sido limadas a ras por el señor Breeze, por su propio bien, le había dicho.

Pero ¿y si el señor Breeze no vuelve? Entonces, ¿qué? Estará atrapado en esta habitación. Forcejeará contra las ataduras de plástico de las muñecas, pataleará y pataleará con los pies atados, se arrastrará fuera de la cama y avanzará hasta la puerta, la golpeará con la cabeza, pero no tendrá manera de salir. Morir de hambre y sed será muy doloroso, piensa.

Tras unos minutos, Peter oye un disparo, el siniestro eco de un petardo que lo sobresalta y le hace dar un respingo.

Entonces el señor Breeze abre la puerta.

—No hay de qué preocuparse —dice—. ¡Todo va bien!

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Durante un tiempo, Peter había llevado cadena y collar. El lado interno del collar tenía unas protuberancias metálicas redondeadas que estaban en contacto con su cuello y le daban una descarga eléctrica si el señor Breeze apretaba un botón en el pequeño transmisor que llevaba encima.

«A mí me gustaría que las cosas no fueran así —le decía el señor Breeze—. Quiero que seamos amigos. Quiero que pienses en mí como en un profesor. O incluso como en un tío.»

«Demuéstrame que te vas a portar bien —le decía el señor Breeze— y ya no te lo haré llevar más.»

Al principio, Peter había llorado mucho y había querido escapar, pero el señor Breeze se lo impidió. El señor Breeze lo envolvía ciñéndolo bien en un saco de dormir y luego lo ataba, dejando fuera únicamente su cabeza, y él se retorcía igual que un gusano en un capullo, igual que un bebé encerrado en el vientre de su madre.

Aunque Peter tenía casi doce años, el señor Breeze lo abrazaba, lo acunaba, le tarareaba viejas canciones y le susurraba, chist, chiist, chiiist. «Tranquilo, tranquilo —le decía—. No tengas miedo, Peter. Yo cuidaré de ti».

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Están de nuevo en el coche y está lloviendo. Apoyado en la ventanilla del lado del pasajero, Peter ve las gotas de agua que se arrastran lentamente por el cristal, moviéndose como bancos de pececillos, y ve las nubes con sus alevines grises y desdibujados casi a ras del suelo, y los árboles que se inclinan chorreantes.

—Peter —dice el señor Breeze tras una hora o más de silencio—, ¿has estado siguiendo tu mapa? ¿Sabes dónde estamos?

Y Peter baja la mirada hacia el libro que le había dado el señor Breeze, en el que están las carreteras, los estados pintados de rojo o azul pálido en función de cuál fue el partido más votado. Nebraska. Wyoming.

—Creo que ya casi estamos a mitad de camino —dice el señor Breeze.

Mira a Peter y sus joviales ojos de presentador de programas infantiles están llenos de cautela; se le nota que está diciendo una cosa pero pensando otra. Los adultos tienen una forma de mirar que les permite calarte y saber si les estás prestando atención, si te estás enterando, y los ojos del señor Breeze lo escrutan, pinchándole y espoleándole.

—Es un lugar agradable —dice el señor Breeze—. Un lugar de lo más agradable. Tendrás una habitación para ti solo. Con una cama calentita donde dormir. Y buena comida. ¡E irás a la escuela! Creo que te va a gustar.

—Umm… —dice Peter, y se estremece.

Están pasando junto a un grupo de casas, algunas quemadas y todavía humeantes bajo la lluvia. En esas casas no queda gente, Peter lo sabe. Todos están muertos. Lo siente en lo más profundo de su ser; lo sabe por el regusto de su boca.

Y detrás del pueblo, en los campos de girasoles y de alfalfa, hay unos cuantos que son como él. Niños. Se mueven sigilosamente por entre las hileras de plantas, con las palmas de las manos y las plantas de los pies presionando ligeramente el terreno arcilloso, sin apenas dejar huellas. Alzan la cabeza y sus ojos dorados brillan.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Yo tenía un hijo —dice el señor Breeze.

Llevan horas conduciendo sin parar, escuchando una cinta en la que cantan un hombre y unos niños. «B-I-N-G-O —están cantando—. Se llamaba Bingo, oh».

—Un hijo —dice el señor Breeze—. No era mucho mayor que tú. Se llamaba Jim. —Mueve las manos distraídamente sobre el volante—. Coleccionaba rocas. Le gustaban las piedras y los minerales de todo tipo. Las geodas le encantaban. ¡Y los fósiles! ¡De esos tenía una colección enorme!

—Umm… —dice Peter.

Cuesta imaginarse al señor Breeze haciendo de padre, con ese rostro anguloso, cuerpo demacrado y boca de marioneta. Cuesta imaginarse el aspecto que tendría la señora Breeze. ¿Sería esquelética como él, con un vestido negro y largo, el pelo negro y largo, y andares arácnidos?

A lo mejor ella era justo lo contrario: una joven granjera regordeta, rubia y de mejillas rubicundas, toda sonrisas mientras preparaba en la cocina tortitas y otras cosas así.

A lo mejor el señor Breeze simplemente se lo está inventando. Lo más probable es que nunca haya tenido ni una esposa ni un hijo.

—¿Cómo se llamaba su mujer? —pregunta por fin Peter, y el señor Breeze se queda en silencio durante largo rato.

La lluvia afloja y, para cuando las montañas se empiezan a vislumbrar con mayor claridad a lo lejos, ya ha escampado.

—Connie —dice el señor Breeze—. Se llamaba Connie.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Para cuando anochece, ya han dejado atrás Cheyenne («Un mal lugar —dice el señor Breeze—, no es seguro») y ya casi están en Laramie, que tiene, dice el señor Breeze, una buena milicia bien organizada y una alambrada alta alrededor de todo el perímetro de la ciudad.

Peter ve Laramie cuando todavía está muy lejos. Los postes de la luz son gruesos y altos como secuoyas, cada uno con varias luces halógenas agrupadas en el extremo superior, un grito de resplandor, y Peter sabe que no quiere ir a ese lugar. Le empiezan a picar los brazos y las piernas, y se rasca con las uñas recortadas y doloridas, aunque solo el roce con la piel ya le hace daño.

—No te rasques, por favor, Peter —dice con tono amable el Mr. Breeze, pero cuando Peter no para alarga la mano hacia él y le da un golpecito en la nariz con un dedo—. Para… ahora… mismo.

Una luces amarillas parpadean algo más adelante, donde ha sido instalada una barrera, y el señor Breeze frena el Cadillac cuando dos hombres salen de detrás de una estructura hecha con troncos, alambre de púas y fragmentos de coches que han sido afilados hasta ser convertidos en objetos punzantes. Los hombres, soldados de algún tipo, van armados con rifles y enfocan con una linterna a Peter y al señor Breeze a través del parabrisas. A su espalda, la alta alambrada crea sombras chinescas sobre la carretera cuando se mueve sacudida por el viento.

El señor Breeze detiene el coche, alarga el brazo y saca la pistola de la guantera donde está guardada. Los hombres se están acercando lentamente y uno de ellos dice en voz muy alta, «Salga del coche, por favor», y el señor Breeze le da un golpecito a Peter en la pierna con la pistola.

—Pórtate bien, Peter—susurra el señor Breeze—. No intentes huir o te dispararán.

Entonces el señor Breeze exhibe su amplia y alegre sonrisa de marioneta. Saca la cartera y la abre para que los hombres puedan ver su documentación, para que puedan ver el sello dorado del emblema de los Estados Unidos de América con sus brillantes estrellas. Abre la puerta y sale. Lleva la pistola encajada en la cintura de los pantalones y levanta las manos relajadamente, mostrando la cartera.

La puerta se cierra con un golpe seco y Peter se queda encerrado en el coche.

En el lado del pasajero no hay manija, así que Peter no puede abrir la puerta. Si quisiera, podría deslizarse al asiento del conductor, abrir la puerta de ese lado, escurrirse hasta el pavimento e intentar arrastrarse adentrándose en la oscuridad tan deprisa como pudiera, y a lo mejor podría correr lo suficientemente rápido, en zigzag, para que las balas que le dispararían solo mordieran el suelo a su espalda, y podría llegar hasta unos arbustos o un bosque y correr y correr hasta dejar bien atrás las voces y las luces.

Pero los hombres lo están observando con atención. Uno de ellos sujeta la linterna de modo que el haz de luz atraviese el parabrisas y enfoque directamente el rostro de Peter, sobre el que también tiene los ojos clavados el otro hombre mientras el señor Breeze habla y gesticula, habla y gesticula igual que un actor televisivo en un anuncio infantil. Y el hombre está diciendo que no con la cabeza. «¡No!».

«Me da igual los documentos que tenga, señor —dice el hombre—. A esa cosa no la va a entrar por esta puerta, ni por asomo.»

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Peter antes era un niño de verdad.

Todavía lo recuerda, y gran parte de ello lo sigue teniendo grabado con toda claridad en la cabeza. «Juro fidelidad a la bandera», y «Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña» y «Con la A, con la E, con la I, con la O, con la U, con la AEIOU» y «Yesterday… all my troubles seemed so far away» y…

Se acuerda de la casa que tenía delante unos altos árboles; de que montaba en patinete por la acera, moviendo el pie adelante y atrás para darse impulso. Del insecto en un tarro (una cigarra) saliendo de su caparazón con sus alas verdes. De su madre y sus dos trenzas. De los cereales en un bol y de cómo se echaba leche. De su padre agachado en la alfombra y él subiéndosele a la espalda, «¡Arre!».

Sigue sabiendo leer. Las letras se agrupan y se convierten en sonidos en su cabeza. Cuando el señor Breeze le preguntó, descubrió que todavía podía decir su número de teléfono, su dirección y el nombre de sus padres.

—Mark y Rebecca Krolik —dijo—. Overlook Boulevard número dos mil ciento treinta y cuatro, South Bend, Indiana, cuarenta y seis mil seiscientos uno.

—¡Muy bien! —dijo el señor Breeze—. ¡Estupendo!

Y entonces el señor Breeze dijo:

—¿Dónde están, Peter? ¿Sabes dónde están tus padres?

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El señor Breeze se aleja de la barricada de Laramie y la grava sale despedida desde debajo de los neumáticos, y Peter ve en el retrovisor a los hombres con las escopetas rodeados por una polvareda y por la luz roja de los faros traseros.

—¡Mierda! —dice el señor Breeze golpeando el salpicadero con la mano—. ¡Mierda! Sabía que te tenía que haber metido en el maletero…

Y Peter no dice nada. Nunca ha visto al señor Breeze enfadarse de esta manera y está asustado (las manchas rojas en la piel del señor Breeze, el olor a cólera adulta), aunque también se siente aliviado por estar alejándose de esas grandes luces halógenas. Mantiene la mirada al frente y las manos cruzadas en el regazo, y escucha cómo se desovilla el silencio del señor Breeze, escucha cómo se mueve la carretera debajo de ellos y observa cómo las rayas amarillas discontinuas del centro de la calzada son atrapadas una tras otra bajo el coche. Durante un rato, Peter finge que se las están comiendo.

Poco después, el señor Breeze parece haberse calmado.

—Peter —dice—, dos más dos.

—Cuatro —dice Peter en voz baja.

—Cuatro más cuatro.

—Ocho.

—Ocho más ocho.

—Dieciséis.

Peter vislumbra el rostro del señor Breeze gracias al brillo de la luz azulada del velocímetro. Es el frío perfil de un retrato, como los de los dibujos de esas personas que están en los billetes. Se oyen los neumáticos, se oye la velocidad.

—¿Sabes qué? —dice por fin el señor Breeze—. Yo no creo que no seas humano.

—Umm… —dice Peter.

Peter reflexiona sobre esto. Es una frase complicada, más complicada que las matemáticas, y no está seguro de qué es lo que quiere decir. Tiene las manos apoyadas en el regazo y siente como si le corriera un hormigueo por las uñas mutiladas igual que si todavía estuvieran ahí. El señor Breeze dijo que enseguida ni se acordaría de ellas, pero Peter no cree que eso sea verdad.

—Cuando ahora tenemos hijos —dice el señor Breeze— no salen como nosotros. Salen como tú, Peter, y algunos incluso se parecen menos a nosotros de lo que te pareces tú. Las cosas ya llevan unos años siendo así. Pero yo no puedo evitar pensar que estos niños, o al menos algunos de estos niños, en realidad no son tan distintos, porque son una parte de nosotros, ¿verdad? Tienen sentimientos. Experimentan emociones. Son capaces de aprender y razonar.

—Supongo —dice Peter, porque no está seguro de qué decir.

Cuando los adultos quieren que les des la razón te miran de una determinada manera, con una mirada que es como un collar que te ponen con los ojos, y notas las pequeñas protuberancias contra el cuello, por donde saldrá la electricidad. Está claro que él no es como el señor Breeze ni como los hombres de las escopetas en la entrada de Laramie; sería de tontos fingir, pero eso es lo que el señor Breeze parece querer.

—Puede ser —dice Peter, y mira como dejan atrás un letrero luminoso verde con una flecha blanca que dice, «SALIDA».

Se acuerda de cuando se le cayó el primer diente y lo puso debajo de la almohada en una bolsita que su madre le había hecho que decía «Ratoncito Pérez», pero después de eso los dientes le empezaron a salir muy deprisa y eran afilados. No como los de su madre y su padre. Y las uñas empezaron a ganar grosor, igual que el vello de los antebrazos, la barbilla y la espalda, y los ojos le cambiaron de color.

—Dime —dice el señor Breeze—, ¿verdad que tú no hiciste daño a tus padres? Tú les querías, ¿a que sí? A tu mamá y a tu papá.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Después de eso, se vuelven a quedar en silencio. Conducen sin detenerse y la oscuridad de las carreteras de montaña se cierne sobre ellos. Las sombras de los pinos que juguetean sobre su ropa. Las adustas sombras de las rocas sólidas y vigilantes. Las sombras de las nubes que se deslizan sobre la luna.

«Tú les querías, ¿a que sí?»

Peter apoya la cabeza en la ventanilla de su lado y cierra los ojos un instante, atento a la radio mientras el señor Breeze gira el mando lentamente moviéndose por el dial: ruido blanco. Más ruido blanco… ruido… un hombre llorando… ruido… ruido… música mexicana muy lejana que viene y va… ruido… un hombre predicando con gran fervor… ruido… ruido. Y entonces se hace el silencio cuando el señor Breeze apaga el aparato, y Peter mantiene los ojos cerrados e intenta respirar lenta y profundamente, igual que una persona dormida.

«Tú les querías, ¿a que sí?»

Y el señor Breeze está murmurando algo. Una larga sarta de murmullos, nada inteligible.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando Peter se despierta, ya es casi de día. Están detenidos en un área de descanso y ve un letrero que dice, «ÁREA DE DESCANSO DE WAGONHOUND», que está apoyado encima de un montón de piedras blancas; ve el contorno de unas casetas, una para «HOMBRES», otra para «MUJERES», y también algunos grafitis pintados sobre la pared de ladrillo, «TANTO AMO DIOS A EL MUNDO QUE ENTREGO A SU UNICO IJO»; y los cubos de basura volcados con todos los desperdicios desparramados, las numerosas bolsas de comida rápida destrozadas al ser abiertas, hechas jirones y lamidas hasta dejarlas limpias, cuyos restos, con suerte, habrán sido lamidos de nuevo más tarde y, con suerte las aberturas de las latas de refrescos aplastadas también habrán sido catadas, y los demás restos examinados, olfateados a fondo, esparcidos por la zona.

Se oye un ruido en las proximidades. Ruidos. Un puñado de ellos se está acercando sigilosamente.

Uno está empujando con el morro un recipiente de plástico viejo por el asfalto, movido por la posibilidad de que en su interior quede todavía pegado algún resto seco de azúcar. Peter lo oye. El envase rueda, plaf, plaf, plaf, y luego se detiene. Uno de ellos lo ha cogido, otro lo está examinando, los restos secos de cola del fondo. Peter oye el crujido de la botella de plástico cuando es aplastada con los dientes, y cómo alguien lame y mastica ruidosamente.

Y entonces ve que uno se está acercando al coche, en el que el señor Breeze y él se supone que están durmiendo.

Uno de ellos sube de un brinco a la parte de delante del Cadillac, desnudo, a cuatro patas, y libera un prolongado chorro de orina sobre el capó. El coche da un bote cuando el muchacho aterriza sobre él, se oye el ruido del líquido salpicando con fuerza y luego el culpable se marcha de un salto.

Todo esto despierta al señor Breeze, que se incorpora sobresaltado, buscando a tientas, y durante un instante Peter alcanza a ver su verdadero rostro, la mirada dura, los dientes al descubierto (un rostro que no tiene nada de amable, nada de televisivo, nada de marioneta simpática), y el señor Breeze agarra la pistola y la blande a su alrededor.

—¡Qué coño…! —dice el señor Breeze.

Durante unos instantes respira como un animal, con boqueadas rápidas y seguidas. Apunta con la pistola hacia las ventanillas: delante, atrás, ambos lados. Peter se encoge en el asiento.

El señor Breeze sigue estando nervioso después. Arrancan de inmediato, pero el señor Breeze no guarda la pistola en la guantera. La deja en el regazo y cada cierto tiempo le da unas palmaditas, como si fuera un bebé que quisiera mantener dormido.

Tarda un rato en serenarse.

—Bueno —dice por fin dirigiéndole a Peter una de sus sonrisas de labios apretados—. Ha sido mala idea, ¿verdad?

—Supongo —dice Peter.

Observa como el señor Breeze acaricia la pistola lenta y tranquilizadoramente. «Chiiist. Ya ha pasado todo». El rostro simpático del señor Breeze ya está de vuelta, pero Peter repara en que le tiemblan las puntas de los dedos.

—Me tenías que haber avisado, Peter —dice el señor Breeze con tono amable aunque cargado de reproche.

El señor Breeze alza una ceja.

Y frunce el ceño con aire de ligera decepción.

—Estaba dormido —dice Peter, y luego se aclara la garganta—. No quería despertarle.

—Eso ha sido muy considerado por tu parte.

Peter baja la mirada hacia su mapa. Mira los puntos: Wamsutter, Bitter Creek, Rock Springs, Pequeña América, Evanston.

—¿Cuántos crees que había, Peter? —dice el señor Breeze—. ¿Una docena?

Peter se encoge de hombros.

—Una docena quiere decir doce —dice el señor Breeze.

—Lo sé.

—Entonces… ¿crees que había doce?, ¿o más de doce?

—No lo sé —dice Peter—. ¿Más de doce?

—Eso me parece a mí. Me atrevería a decir que había unos quince, Peter.

Y se queda callado unos instantes, como si estuviera pensando en los números, y Peter también piensa en números. Cuando piensa en «una docena», se imagina una huevera. Cuando piensa en «quince», se imagina un «1» y un «5» colocados uno al lado del otro, codo a codo, cogidos de la mano como si fueran hermanos.

—Tú no eres como ellos, Peter —susurra el señor Breeze—. Lo sé. No eres uno de… ellos, ¿a que no?

¿Qué puede decir?

Peter baja la mirada hacia sus manos, hacia las uñas recortadas y doloridas; pasa la lengua por la punta de los dientes; nota cómo se contraen los músculos fuertes y grandes de sus hombros, y cómo el recio y erizado vello de la espalda le roza molestamente contra la camiseta.

—Escúchame —dice el señor Breeze, con voz amable, firme, pausada—. Escúchame, Peter. Tú eres especial. La gente como yo viaja por todo el país, buscando niños que sean justo como tú. Tú eres diferente, sabes que lo eres. Esas criaturas que había en el área de descanso… Tú no eres como ellas, lo sabes, ¿verdad?

Peter asiente con la cabeza tras unos instantes.

«Tú les querías, ¿a que sí?», piensa Peter, y nota cómo se le hace un nudo en la garganta.

Él no quería matarlos. No quería.

La mayor parte del tiempo no se acuerda de que eso sucedió, e incluso cuando sí se acuerda, no es capaz de recordar por qué sucedió.

Es como si su mente se hubiera quedado dormida un rato y cuando se había despertado la casa estaba toda desordenada, como si un ladrón hubiera revuelto todo, buscando los objetos de valor. El cuerpo de su padre estaba en la cocina y el de su madre, en el dormitorio. Montones de sangre, montones de arañazos y mordiscos en el cuerpo de ella, y Peter hundió la nariz en su cabello y lo olió. Levantó la mano inerte de la mujer, apoyó la palma contra su propia mejilla y la hizo acariciarle. Y luego hizo que le pegara en la nariz y en la boca.

«Malo —había susurrado—. ¡Malo! ¡Malo!»

—Todo irá mejor cuando lleguemos a Salt Lake —dice el señor Breeze—. Hay una escuela especial para niños como tú y sé que te va a encantar. ¡Vas a hacer un montón de nuevos amigos! Y también vas a aprender muchas cosas, ¡cosas sobre el mundo! Leerás libros y utilizarás calculadoras y ordenadores, y también pintarás y aprenderás música. Y habrá orientadores que te ayudarán con tus… emociones. Porque las emociones no son más que eso, emociones. Son como el clima, vienen y van. Tú no eres tus emociones, Peter. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Sí —dice Peter.

Dirige la mirada hacia los imponentes precipicios de un tono amarillo blanquecino y la clava en el punto donde han sido excavados para que pase la carretera; el guardarraíl metálico va desplegándose junto a ellos, y el cielo es de un azul brillante y vacío. Peter parpadea lentamente.

Si va a esa escuela, ¿le harán contar lo de su padre y su madre?

A lo mejor todo irá bien, a lo mejor sí que le va a gustar la escuela.

A lo mejor los otros niños le tratarán mal y a los profesores tampoco les caerá bien.

A lo mejor sí es cierto que es especial.

¿Siempre le van a doler tanto las uñas? ¿Siempre se las van a tener que cortar y limar?

—Escúchame —dice el señor Breeze—. Estamos llegando a un túnel. Se llama Green River Tunnel. Probablemente lo puedas ver en tu mapa. Pero quiero que sepas que en este tipo de túneles ha habido problemas. Es fácil bloquear los extremos una vez un coche está dentro, así que voy a acelerar y cuando lleguemos a él voy a ir muy, muy deprisa, ¿de acuerdo? Solo quiero que estés advertido para que no te asustes, ¿vale?

—Vale —dice Peter, y el señor Breeze sonríe de oreja a oreja y mueve la cabeza afirmativamente, y entonces sin una palabra más empieza a acelerar.

El guardarraíl empieza a deslizarse más y más deprisa hasta que no es más que una borrosa corriente plateada, y entonces las bocas del túnel aparecen delante de ellos: una para el carril izquierdo de la carretera, otra para el derecho; a lo mejor en lugar de bocas son un par de ojos, dos cuencas negras bajo una escarpada montaña, y a pesar del dolor Peter no puede controlarse y clava los dedos en las piernas.

Cuando pasan bajo los arcos de hormigón, se oye un suave plof, como si hubieran atravesado una membrana, y entonces de pronto reina la oscuridad. Nota el techo curvado del túnel en lo alto, una caja torácica de oscuridad contra oscuridad pasando por encima de ellos, y el eco del coche al acelerar, más y más deprisa, un prolongado crescendo a medida que la abertura a lo lejos se va haciendo cada vez más y más grande y la que han dejado atrás empequeñece.

Pero incluso mientras el coche acelera, Peter nota ralentizarse el tiempo, hasta que cada rotación de los neumáticos es el clic del segundero de un reloj. En el túnel hay niños. ¿Veinte? No, puede que treinta, y Peter puede sentir sus cuerpos calientes cuando se estremecen y trepan por las paredes del túnel, cuando se dan media vuelta y empiezan a perseguir las luces traseras del automóvil, cuando dejan caer piedras y trozos de metal desde sus posiciones elevadas en las vigas de hormigón del túnel. «¡Yaaah! —gritan— ¡Yaaah!». Y al oír sus voces a Peter le duelen los dedos.

Delante de ellos, el agujero de luz del día se expande cada vez más brillante, una corona de blancura, y, cuando los niños se abalanzan delante del coche, Peter solo alcanza a vislumbrarlos como borrosos esqueletos de sombras.

Deben de estar yendo a ciento cincuenta kilómetros por hora o más cuando atropellan al niño. Tendrá ocho o nueve años, Peter no sabría decir. Lo único que alcanza a registrar es un rostro crispado, y el grito que deja escapar ese cuerpo delgado y nervudo cuando salta. Y entonces un fuerte golpe cuando el parachoques topa con él y un raudal de sangre que empaña el parabrisas, y los golpes sordos que se oyen cuando el cuerpo rebota por el techo del coche y luego cae en la calzada detrás de ellos.

El señor Breeze pone en marcha el limpiaparabrisas y un chorro de líquido limpiador sale lanzado hacia arriba mientras las escobillas atraviesan chirriando el cristal. El mundo se ve a través de los arcos embadurnados que dibuja el limpiaparabrisas. Una gran extensión de valle y montañas y el vasto cielo abierto.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—Estamos quedándonos casi sin gasolina —dice el señor Breeze cuando llevan un rato conduciendo en silencio.

Y Peter no dice nada.

—Hay un sitio más adelante. Antes era seguro, pero no tengo la certeza de que lo siga siendo.

—Vaya —dice Peter.

—Tú me dirás si es seguro, ¿verdad?

—Sí —dice Peter.

—Se llama Pequeña América. ¿Sabes por qué?

El señor Breeze lo mira. En sus ojos se vislumbra una ligera tristeza, y le dirige una leve sonrisa, lánguidamente, y es una pena, pero tampoco pasa nada porque ese niño no era especial, no como lo es Peter. Es algo que tenemos que dejar atrás, dice la expresión del señor Breeze.

Peter se encoge de hombros.

—Es muy interesante —dice el señor Breeze—, porque hubo un explorador llamado Richard Byrd, que fue a la Antártida, que es un país helado que está muy, muy al sur, y montó una base en la barrera de hielo de Ross, al sur de la bahía de las Ballenas. Y llamó a su base Pequeña América. Y después (mucho, mucho después), construyeron un motel en Wyoming, y como estaba muy aislado decidieron ponerle ese mismo nombre. Y utilizaron un pingüino como símbolo, porque los pingüinos son de la Antártida, y cuando yo era pequeño había montones de letreros y vallas publicitarias que hicieron que el motel fuera muy conocido.

—Vaya —dice Peter, y no puede evitar pensar en el niño, en el niño diciendo, «¡Yaaah!».

Están conduciendo muy lentamente, porque cuesta ver a través del parabrisas y el líquido limpiador ha dejado de funcionar. El limpiaparabrisas continúa haciendo ruidos mecánicos, pero ya no sale líquido.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Este lugar es una especie de oasis. Esta Pequeña América. Un aparcamiento grande, inmenso; muchos surtidores de gasolina; una tienda, y detrás un motel, con un dinosaurio verde de hormigón en el césped, una cría de brontosaurio, un poco más alta que una persona.

Es el tipo de paraje que les gusta. Los edificios alargados y amplios de los centros comerciales de una hilera de tiendas con sus pasillos llenos de estanterías; los largos y tenebrosos corredores de hormigón de los enormes moteles de carretera, con sus moquetas húmedas y camas desvencijadas, y con esos pequeños nichos donde los expendedores de hielo y las altas máquinas de refrescos inexplicablemente a veces todavía funcionan; los aparcamientos donde los coches abandonados ofrecen mejores refugios y escondrijos que un bosque lleno de árboles.

—Por aquí hay muchos, me parece —dice el señor Breeze. Se acaban de detener junto a un surtidor, debajo de una especie de cubierta de metal y plástico, y durante un rato se quedan a su sombra. Peter nota la incertidumbre del señor Breeze—. ¿Cuántos crees que hay? —dice el señor Breeze, como sin darle importancia, y Peter cierra los ojos—. ¿Más de cien?

—Sí —dice Peter, y mira el rostro del señor Breeze, de reojo, y es el rostro de un hombre que está obligado a superar de un salto una gran distancia pero no quiere hacerlo—. Sí. Más de cien.

Los siente. Están mirándoles atentamente desde el interior del edificio del área de descanso, por las ventanas del motel clausurado con tablones y por las ventanillas de los viejos coches abandonados del aparcamiento.

—Si salgo del coche e intento poner gasolina, ¿vendrán? —dice el señor Breeze.

—Sí —dice Peter—. Vendrán a todo correr.

—Vale.

Y los dos se quedan largo tiempo en silencio. El rostro del señor Breeze no es el de un presentador de televisión ni el de un esqueleto ni el de una marioneta. Es el rostro esquivo que muestran los adultos cuando te están contando una mentira, por tu propio bien, creen, cuando ocultan algo importante de lo que se arrepienten.

«No lo olvides nunca —dijo la madre de Peter—. Yo te he querido, incluso aunque…»

—Quiero que cojas mi pistola —dice el señor Breeze—. ¿Crees que, si empiezan a venir, podrás…?

Y Peter intenta ver su verdadero rostro. ¿Cabría decir que el señor Breeze le quiere, incluso aunque…?

—No vamos a poder llegar a Salt Lake a menos que consigamos gasolina —dice el señor Breeze, y Peter lo mira abrir la puerta del coche.

«Espere», piensa Peter.

Peter quería haberle preguntado por su hijo, por Jim, el que coleccionaba piedras. «Lo mató, ¿verdad?», había querido preguntarle, y se esperaba que el señor Breeze le hubiera dicho que sí.

El señor Breeze hubiera titubeado unos instantes, pero finalmente le hubiera dicho la verdad, porque ese era el tipo de persona que era.

«¿Y qué pasa conmigo? —había querido preguntarle Peter—. ¿También me mataría a mí?»

Y el señor Breeze hubiera dicho que sí, «Sí, por supuesto, si tuviera que hacerlo. Pero tú nunca me pondrías en una situación así, ¿verdad que no, Peter? Tú no eres como los demás, ¿a que no?».

Peter piensa todo esto mientras el señor Breeze sale del coche. Siente cómo los otros niños se ponen en alerta, con sus largas uñas negras y dientes afilados, con sus ágiles músculos listos para saltar y el vello erizado. Se percata de los lentos y flojos movimientos de las piernas del señor Breeze. ¡Qué fácil sería pensar, «Presa»!

Los tendones tan cálidos y llenos de líquido vital…, la piel tan delicada…, las mejillas suaves como melocotones…

Peter sabía que se lanzarían sobre él tan deprisa que no tendría ni tiempo de gritar. Sabía que ellos no podían evitarlo, igual que él mismo tampoco podía evitarlo. Su madre, su padre. «¡Espere!», quiso decir, pero todo ocurrió mucho más rápido de lo que había esperado.

«¡Espere! —piensa, quiere decirle al señor Breeze—. Quiero…»

¿Quiero?

Pero en realidad no hay tiempo para eso. «De verdad, mamá, me voy a portar bien —piensa—. Quiero portarme bien».

Copyright © 2012 Dan Chaon

Sobre Pequeña América

Ray Bradbury cambió mi vida.

Es posible que suene melodramático, pero no es esa mi intención. Yo no sería la misma persona (no habría llegado a ser escritor) de no ser por Ray Bradbury.

Empecé a leer a Bradbury a una edad temprana. Me gustaría recordar qué fue lo primero que leí de él (creo que tal vez fue El país de octubre), pero, en cualquier caso, para cuando tenía diez u once años, ya había avanzado bastante en mi objetivo de leer su obra completa, y una de las consecuencias de todas estas lecturas fue que me sentí estimulado a empezar a escribir. Escribí secuelas de sus historias, e imitaciones, porque siempre me dejaban con ganas de más.

Me crié en Nebraska, en un rincón de lo más rural al oeste del estado. El pueblecito donde vivía tenía unos veinte habitantes y, como yo era el único niño de mi curso, me llevaban en autobús al colegio de un pueblo más grande, a unos quince kilómetros; pero siempre me gustaba regresar a mi hogar, con mis libros, porque además no acababa de encajar demasiado bien con los chavales de aquel otro pueblo.

Cuando tenía unos doce años, mi profesor de lengua, el señor Christy, nos puso como deberes una tarea un tanto extraña: nos pidió que escribiéramos una carta a nuestro escritor favorito, vivo o muerto. En la carta teníamos que explicarle por qué nos gustaban sus libros.

Decidí que escribiría a Ray Bradbury. Sin embargo, no me limité a cumplir con el encargo del profesor. Fui a la biblioteca y averigüé la dirección de Ray Bradbury en una especie de enciclopedia de información bibliográfica de autores. Le envié algunos de los cuentos que había escrito y le pregunté si le parecía que podía llegar a ser escritor.

Unas semanas más tarde recibí una carta suya contestándome. Estaba mecanografiada en el papel de carta más bonito que había visto jamás y dirigida a mí. «Querido Dan Chaon: Nunca debes permitir que nadie te diga lo que quieres ser. Si quieres ser escritor, sé escritor. Es así de sencillo. A tu edad, yo escribía sin falta todos los días, y lo que escribía no era ni la mitad de bueno de lo que lo son tus cuentos. Y cuando se está empezando, la calidad no es lo que cuenta, sino la cantidad. Cuanto más escribas, mejor llegarás a ser. Piensa en cuánto vas mejorar si escribes un relato a la semana durante los próximos tres o cuatro años. Y, sobre todo, ¡lo bien que lo vas a pasar! ¿Eres de esos que se pasan horas y horas en la biblioteca? Espero que sí. Y si no lo eres, a partir de ahora, cuando no estés escribiendo debes estar en la biblioteca, leyendo, descubriendo, familiarizándote con la poesía, con los ensayos, con la historia, ¡con todo! ¡Ánimo y a por ello!».

Y una semana más tarde me mandó una crítica de uno de los cuentos que le había enviado, y yo me sentí enardecido y locamente enamorado. Crecí en una familia en la que nadie leía y en la que los libros no tenían ningún papel destacado en la vida cotidiana, y para mí fue como si me hubieran rescatado. Ray me envió su libro Zen y el arte de escribir, y también Si quieres escribir, de Brenda Ueland, y yo los leí una y otra vez.

Durante los siguientes años, mis años de instituto, le seguí enviando aquellos de mis cuentos que me parecían buenos, y él me contestaba con sus comentarios sobre los mismos. «El cuento es una joyita y, tal vez, como pasa con tus otros cuentos, es demasiado modesto», me decía. O, «Revisa la estructura. ¿Qué es lo que quiere el señor B. de la vida? Creo que eso lo has omitido. Mis personajes escriben mis cuentos para mí. Me dicen lo que quieren, y entonces yo les digo que adelante, a por ello, y los sigo mientras corren, dándole a la máquina de escribir, mientras ellos persiguen su destino. Montag, en Fahrenheit 451, quería dejar de quemar libros. ¡Pues déjalo!, le dije. Y él se apresuró a hacer justo eso. Y fui tras él, mecanografiando. Ahab, en Moby Dick, quería ir en pos de una ballena para matarla. Y se dejó de chácharas y se lanzó a por ella. Melville lo siguió y escribió la novela con un arpón en la carne de la condenada ballena».

Y, «Este cuento del hombre lobo ¡es demasiado corto! Es una idea en busca de conflicto, pero no estás lejos de dar con un relato porque contiene algunas buenas ideas. ¡Desarróllalas! ¿Qué pasa con los otros niños de la escuela? Insinúas algunas cosas, pero me gustaría saber más sobre los otros. Es casi como si fuera el principio de un cuento más largo. ¿Qué pasa cuando llega a la escuela?, si es que llega… Juega con esa idea».

Para cuando me marché de mi pueblo para ir a la universidad, había empezado a escribir otro tipo de relatos, y mi correspondencia con Ray empezó a espaciarse. Estaba distraído con la vida universitaria y había un montón de cosas a las que no les prestaba la debida atención. Ray me escribió, «¿Por qué vas a la universidad? Si no tienes cuidado, te robará tiempo de escritura y dejarás de escribir cuentos. ¿Es eso lo que quieres? Piénsalo. ¿Es realmente escritor lo que quieres llegar a ser en la vida? ¿Qué vas a aprender en la universidad que te vaya a ayudar a ello? Ya has desarrollado un estilo. Lo único que necesitas ahora es seguir practicando la estructura. Contéstame. ¡Enseguida! Un abrazo. R. Bradbury».

Nunca le contesté. Me asustaba que pusiera en tela de juicio las bondades de la universidad y, por aquella época, yo estaba enamorado de otro Ray: Raymond Carver. Y, en última instancia, no sabía qué decir. Me encantaba la universidad. Pensaba que era buena para mí, pero no quería decepcionarle.

Y entonces caí en las garras del día a día. Publiqué algunos cuentos en revistas y se los envié, pero nunca me respondió. Hablé de él en entrevistas, de cómo me había influido… y, en una ocasión, incluso lo vi durante unos instantes en la Feria del Libro de Los Ángeles, pero había una cola de varias horas para verle y no estoy seguro de que cuando me encontré frente a él cayera en la cuenta de quién era yo. Le entregué unos ejemplares de mis libros y le dije, «Gracias, gracias», y entonces me apremiaron para que me apartara. Era muy mayor y llevaba horas y horas firmando libros. No sé si supo o no quién era yo.

¡Ay!, pensé, ¡ojalá le hubiera contestado aquella carta tantos años atrás! ¡Ojalá hubiera mantenido viva nuestra correspondencia!

Ya han pasado más de treinta años desde que recibí mi primera carta de Ray Bradbury. Y, cuando Mort Castle me escribió proponiéndome que escribiera un relato «homenaje», no pude evitar pensar en aquel viejo cuento del hombre lobo que había enviado a Ray tantísimos años atrás. La primera y la última frase son las mismas que cuando tenía diecinueve años; la parte central está contaminada por mi madurez.

Tengo casi la misma edad que tenía Ray cuando me escribió por vez primera, y aquel niño de doce años que necesitaba ayuda desesperadamente queda ya muy lejos. Sin embargo, ahora veo hasta qué punto Bradbury se ha hecho un hueco en mi cabeza. No se trata únicamente de que fuera mi mentor en la época en la que más lo necesitaba, sino también de que su estilo, su idiosincrasia y su manera de pensar han calado hasta lo más hondo de mi obra.

No sé si a los lectores les parecerá que Pequeña América es un relato bradburiano; pero de lo que sí estoy seguro es de que Ray Bradbury tiene un gran ascendiente sobre mi alma como escritor.

Dan Chaon

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Finalistas premios Ignotus 2014: «Cuentos para Algernon» vuelve a estar presente por triplicado

Se acaban de dar a conocer los finalistas de los premios Ignotus 2014 (los premios anuales de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) y tengo el placer de anunciar que, por segundo año consecutivo, Cuentos para Algernon figura entre los finalistas de la categoría de Mejor Sitio Web. Por si esto fuera poco, Cuentos para Algernon: Año I, que recopila los doce relatos aparecidos en el blog durante sus primeros doce meses de vida, también está nominada en la categoría de Mejor Antología. Y, como guinda del pastel, 26 monos, además del abismo, de Kij Johnson, es uno de los cuentos finalistas en la categoría de Mejor Relato Extranjero.

Tal como comentaban en uno de sus podcasts los VerdHugos (enhorabuena también a vosotros por la nominación), 2013 ha sido posiblemente el año de las antologías y del renacer del formato breve del género. Renacimiento al que sin lugar a dudas han contribuido hechos como la aparición de una editorial especializada tan interesante como Fata Libelli (que cuenta también con dos merecidísimas nominaciones por la antología de Tim Pratt), la publicación del segundo volumen de la serie de antologías Terra Nova (con nada menos que ¡siete! nominaciones, ¡enhorabuena!) y el que alguna editorial de las grandes se haya atrevido a publicar alguna antología de nivel (como La bomba número seis, que también está entre las finalistas de esta categoría). Y creo que muchos estamos de acuerdo en que la feliz consecuencia de todo lo anterior es que la cantidad, calidad y variedad de los relatos extranjeros publicados por aquí durante el 2013 ha sido muy superior a la de años anteriores, por lo que si cualquier año una triple nominación ya la hubiera considerado todo un éxito, este año en concreto la alegría y el honor es todavía mayor.

Si la nominación del año pasado en la categoría de Mejor Sitio Web la interpreté como una muestra de apoyo a un blog que por aquel entonces era poco más que una promesa, me gustaría pensar que la de esta año ya puedo considerarla como un signo de que el proyecto se está consolidando por buen camino y de que bastantes de vosotros seguís pensando que todo esto no es una locura sino algo útil e interesante. Espero ser capaz de mantener el nivel en el futuro y de seguir publicando buena literatura mientras sigáis interesados en lo que os pueda seguir ofreciendo. Y, aunque en ocasiones tengo la sensación de que no son muchos los que leen estos cuentos, utilizaré esta triple nominación para convencerme a mí misma de que se trata de una falsa percepción y de que el esfuerzo realmente merece la pena porque hay quien está disfrutando descubriendo todos estos autores y relatos.

Confío en que estas nuevas nominaciones contribuyan a dar una mayor visibilidad al blog porque sigo pensando que esto puede ayudar a que me encuentre con una recepción más positiva por parte de los autores, algo que creo que nos beneficiará a todos. Porque, como ya he comentado en alguna otra ocasión, lo que veis aquí son los intentos que fructifican, no los que por desgracia se quedan por el camino (que los ha habido, y de cuentos y autores de lo más interesantes). En cualquier caso, mi objetivo es que, dadas las particulares características de este blog (carácter no comercial y no profesional) ya que no van a poder estar todos los que son, al menos sí que sean todos los que están.

Y una vez más (porque nunca serán demasiadas), aprovecho para dar las gracias a todos aquellos autores que, sin recibir ningún tipo de compensación económica, me han permitido traducir y publicar sus relatos aquí. Y ya de paso vayan también mis felicitaciones, ya que estas nominaciones las han ganado en realidad todos ellos con sus maravillosos cuentos. Y muy especialmente quiero felicitar en esta ocasión a Kij Johnson. Ya sé que tras haber ganado un Premio Mundial de Fantasía con 26 monos, además del abismo una nominación a los Ignotus a ella seguramente no le parecerá gran cosa, pero a mí sí que me ha hecho una gran ilusión que figure entre los finalistas en la categoría de relato, aunque considero que ninguno de los otros cuentos hubiera desmerecido en la misma. Así que, por mencionar únicamente a aquellos autores cuyas obras han aparecido a lo largo del 2013 o están incluidas en la antología nominada, thanks a million Ken, Joseph, Tim, Jeffrey, Maureen, Ted, Kij, Rose, Mary, Annette, Aliette, Peter, R.B., Zen and Robert.

Vaya asimismo un agradecimiento muy especial para Johansolo y Jean Mallart, ya que sin su colaboración seguramente no existiría la antología anual. Y a todos los que habéis apoyado el proyecto en estos meses de cualquier manera, aunque, de forma particular en este caso, a todos los que lo habéis votado en cualquiera de las categorías de los Ignotus.

Y ya por último, enhorabuena al resto de finalistas. Y muy especialmente a Aliette, Ken y Tim, que cuentan con diversas nominaciones por sus trabajos publicados fuera de este blog. ¡Que gane el mejor!

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